Abel
Rango10 Nivel 48 (5367 ptos) | Fichaje editorial

[16. Transparencia]
Mis pantalones, cosidos todos al estilo pitillo, ya no se me adhieren a las piernas como antaño. La tela se abulta, desconcertada por el vacío, y se me hacen bolsas en los tobillos y debajo de las rodillas. También se me escurren cadera abajo, por lo que he tenido que incorporar el cinturón a mi vestuario de forma permanente.
Mis camisetas, por su parte, cuelgan de mis hombros como si de cortinas se tratasen, como si estuviesen puestas a secar en la cuerda de tendedero que es mi clavícula. Ondean y se sacuden al viento como si no cubriesen ningún cuerpo, y eso tiene un curioso efecto expansivo, porque me da la sensación de que yo mismo me disolveré en el aire y que luego las corrientes me esparcirán por el mundo.
Lentamente, estoy empezando a desaparecer. Mas créeme, Amado, porque nunca he sido más feliz que sumido en las tranquilas aguas de la no-presencia.

Fin de la segunda parte.

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leo1
Rango12 Nivel 57
hace más de 3 años

Uff!!! muy interesante , suena anorexia?...pues veremos...


#2

[1. Credulidad]
Tengo los músculos de brazos y piernas entumecidos y los párpados pesados por la falta de sueño. Desde una de las últimas filas del aula escalonada oigo la voz de la profesora de Temas Fundamentales de la Filosofía (la asignatura, por supuesto, no podía llamarse «Filosofía» sin más. Otra cosa que he aprendido en estas primeras semanas: en la universidad todo tiene que sonar cuanto más impresionante mejor). Apoyada en la esquina de su escritorio, la profesora lee en voz alta corolarios de la Ética de Spinoza. Nos explica lo importante que es entender e integrar nuestros sentimientos para alcanzar una vida feliz, serena y en paz.
Sobre nosotros, el adormecido sol de finales de verano se cuela por las altas ventanas, formando rectángulos blancos que se proyectan sobre el suelo y sobre el lado derecho de las filas de pupitres, consecuentemente desocupadas. Una de las ventanas está abierta, y por ella se puede oír, a ratos, el susurro de las hojas.
Javier deja de escribir en la libreta, me agarra un hombro y me cuchichea algo al oído, tan cerca que su barbilla me roza el cuello. Yo me río, abrumado, y le contesto en voz baja con fingida despreocupación. Él me zarandea el hombro, sonríe y me llama «tío». Dice que soy «el puto amo».
Tengo miedo de que se aburra conmigo, de que le imponga mi compañía, de que mi presencia no le permita relacionarse con los demás, de ser una carga. Es un chico inequívocamente heterosexual, a veces contengo el impulso de sonreírle porque sí, y la verdad es que pienso demasiado a menudo en él.
Aun así, en este instante, soy feliz.

Hace más de 3 años

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#3

[2. Inconsciencia]
En el tranvía hace un frío impropio para el mes de noviembre. Yo aprieto los dientes y tiemblo bajo mi fina chaqueta de entretiempo. Javier, como yo, viaja de pie, agarrado a una de las barras metálicas que hay dispuestas a lo largo del vagón. El vaivén del tranvía hace que su cuerpo se balancee hacia delante y hacia atrás, y mientras habla acerca y aleja su rostro del mío, sin saber que cada vez que hace eso me roba el aliento. Nuestras amigas están sentadas cerca de las ventanas, algo alejadas de nosotros, y conversan con un tono sosegado y plácido. Alguna ríe de vez en cuando.
Pero yo me froto las manos una contra la otra y las cobijo debajo de mis axilas, castañeando cada vez con menos disimulo.
-... y llego a casa, ¿vale?, y entonces... Oye, ¿tienes frío? -se interrumpe de repente Javier. Yo asiento maldiciendo mentalmente a mi abrigo, guardado cuidadosamente en el armario, bien calentito y perfectamente inútil.
-Toma -oigo.
Y antes de que me tiempo a añadir nada más Javier me cubre los hombros con su propio abrigo.
Él es más alto y más fuerte que yo, de manera que la prenda me cuelga por debajo de las rodillas. Las costuras de los hombros se precipitan hacia abajo, desconcertadas por la poca robustez del cuerpo que cubren, y los puños de las mangas apenas dejan asomarse a las yemas de mis dedos. Y aun así es cálido y acogedor, y me arrebujo con satisfacción bajo su manto. Lo miro agradecido y un poco cohibido, pero él ya continua hablando, sin al parecer darle mayor importancia al gesto. Tal vez no la tenga.
Llegamos a la cantina de la facultad. Nadie nos conoce, pero aun así todos son testigos de que él vela por mí, como un padre por su hijo, como un caballero por su prometida. Sé que es una tontería, pero todo el episodio desprende una vaga impresión de romanticismo decimonónico que nadie se molesta en sacar a relucir.
Yo tampoco lo hago, pero cuando me despoja de su abrigo no puedo evitar sentirme terriblemente desamparado, aliviado, reconfortado, incómodo, todo y nada a la vez.

Hace más de 3 años

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Mardus
Rango11 Nivel 51
hace más de 3 años

Muy bueno tu estilo. Una forma muy correcta de escribir y una ortografía impecable.

leo1
Rango12 Nivel 57
hace más de 3 años

la descripción plasmada en el texto está cuidada con tal detalle que la delicadeza se manifiesta florecida y encantadora: )

Abel
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

Muchísimas gracias @leo1. Merece la pena escribir sólo para recibir comentarios como los tuyos, que casi parecen obras de arte. Gracias :)

TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace alrededor de 3 años

Son buenísimas, de verdad, @Abel. Y los mismos subtítulos, o títulos de caja, me encantan.

Abel
Rango10 Nivel 48
hace casi 3 años

Muchísimas gracias @TinadeLuis por tus amables palabras :)


#4

[3. Autocomplacencia]
Pasan los días, y mi incredulidad crece. ¿De verdad me está pasando esto a mí? Recuerdo a mis compañeros del instituto (la única experiencia con chicos hasta la fecha), esa masa uniforme que comía y estudiaba a mi lado a la que yo confusamente creía pertenecer aun sintiéndome totalmente ajeno a ella. Recuerdo la incomodidad y el retraimiento que me causaban, los aterrorizados monosílabos que, a no ser que pusiera todo mi empeño, eran lo único que lograba pronunciar en su turbadora presencia. Me atraían, me repugnaban y me asustaban, y continuamente sentía que hacía el ridículo delante de ellos, tratando de parecer algo que desde luego no soy. Recuerdo sus risas cavernosas en el vestuario, a mi costa, recuerdo las miraditas burlonas de Pau y los gestos con las manos que me dedicaba debajo del pupitre.
Y sin embargo Javier se corre a un lado para que me siente con él en clase. Me pide que le acompañe a la impresora, que vayamos juntos en metro, que hagamos grupo en los trabajos colectivos. Se ríe ante la torpeza física y social con la que afronto la cotidianidad, tan trivial a su juicio. Se ríe de mis traspiés en las escaleras, de mis chistes sin gracia, de mis sobresaltos, de mis despistes y tardanzas. No lo hace con crueldad (ni mucho menos), sino con una calidez que recuerda al cariño. O a la piedad, tal vez. Bromea conmigo, me toca, busca mi mirada cuando salimos al descanso. En definitiva, me escoge a mí en vez de a los otros setenta y nueve compañeros y compañeras que estudian con nosotros la carrera. ¡A mí, que nunca pensé que tuviera algo que remotamente le pudiera interesar a un chico, y mucho menos a uno heterosexual!
Me llama «tío». ¡El súmmum de la camaradería masculina!
¡A mí, por Dios!, me repito, sin aliento, casi sin creérmelo.
Informo de mi éxito a todas mis amigas. «¡He conseguido hacer un amigo!», les digo, fieramente orgulloso, zarandeándolas por los hombros con emoción. No es difícil darse cuenta: mi tono de voz, mis gestos, el brillo en mis ojos cuando hablo de él. No me importa no ocultarlo.
Nadie lo menciona.

Hace más de 3 años

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leo1
Rango12 Nivel 57
hace más de 3 años

hermoso...


#5

[4. Riesgo]
Un día poso mi mano sobre la suya. Otro día le toco la cara, otro el cuello. Y otro día, de sopetón, le anuncio mi sexualidad. Me tiemblan un poco las manos cuando confieso, y el corazón me late tan fuerte en el pecho que pienso que es un milagro que él no lo oiga.
-Oh -dice con la boca abierta. ¿No se lo esperaba o sólo finge sorpresa para llenar de contenido un momento tan raro, tan incómodo?
Es jueves, el único día en el que comemos solos en la cantina gracias a la extraña configuración de horarios que propugna nuestra universidad. No quiero seguir fingiendo que me interesan las cabelleras o los pechos (meros bultos sobre el torso, prácticamente). Además, él se merece que sea sincero. Si no, tal vez se pueda interpretar que me aprovecho de su ignorancia.
Javier se pone muy serio, deja los cubiertos sobre la fiambrera y me comunica con una solemnidad algo cómica que no pasa absolutamente nada, que las personas que lo condenan deberían tirarse todas juntas del Empire State y que mientras yo estuviese a gusto y fuera feliz, no habría ningún problema. Ni soy feliz ni me encuentro excesivamente a gusto al respecto, aunque no me molesto en señalárselo, pues ya he agotado mi cuota de valentía para todo el día.
¿He hecho lo correcto?, me pregunto más tarde, carcomido por la angustia. ¿Y si mi declaración hace añicos el clima de relajada camaradería que nos unía? ¿Y si ahora, temiendo ofenderme o darme falsas esperanzas, se vuelve más comedido, más delicado, más precavido? ¿Más falso, por ende?
No sucede nada de eso. Javier sigue abrazándome cuando me ve y me habla con absoluta normalidad. Cuando se sienta detrás de mí, en clase, a veces se entretiene poniéndose de improviso a masajearme los hombros (qué estrechos y huesudos se me antojan cubiertos por sus grandes manos), o tratando de distraerme chasqueando los dedos cerca de mis oídos (con lo que pego un respingo) o toqueteándome los lóbulos de las orejas. Yo intento atender a lo que dicta la profesora desde la tarima, pero a la que él me roza la piel cualquier pensamiento coherente abandona mi mente, casi a patadas.
No puedo evitar suspirar de alivio. Sabía que no pasaría nada, pero un minúsculo reducto de mi alma, que yo trataba de ignorar deliberadamente, estaba seguro de que, a pesar de todo, Javier me rechazaría.
Es tan bueno conmigo... A veces me gustaría que surgiese una situación en la que pudiera ayudarle, no como si sintiera que le debo algo o movido por un interés más o menos perverso, sino porque eso es lo que hacen los amigos. Y a mí me encanta ser su amigo.
En los siguientes días me pregunto vagamente cómo he sido capaz de acumular en mi interior la valentía suficiente como para imponerme sobre todos los temores y todas las limitaciones que desde siempre me han atormentado. Supongo que, sencillamente, hay chicos que te hacen sacar lo mejor de ti, y que Javier forma parte de ese grupo, a pesar de que nos conozcamos desde hace apenas un par de meses.

Hace más de 3 años

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#6

[5. Entusiasmo]
Javier me ve cuando salgo del tren. Aun viniendo de la cima de las escaleras mecánicas, situadas al final del andén, su sonrisa vuela sobre las cabezas de la gente y se estrella en mis ojos, los traspasa y me hace sentir en el pecho esa emoción cegadora e intensísima, tan agradable que tengo que apartar la mirada con precipitación, resistiéndome a dejarme arrastrar por ese no se qué acariciador que me sube a la cabeza y casi me derrite el entendimiento.
Al captar mi mirada, Javier se aparta del flujo de gente y coge el móvil para entretenerse mientras me espera. Ese gesto, tan sencillo y cotidiano, me abruma de agradecimiento. También soluciona la incómoda disyuntiva de mantener o no la mirada mientras las escaleras mecánicas me transportan a su encuentro. Él guarda rápidamente el móvil cuando llego a su lado, me pasa un brazo por los hombros y me atrae hacia sí de esa manera tan intranscendente, casi distraída, que rezuma sin embargo un hondo cariño, una estima subyacente.
Cruzamos el vestíbulo de la estación y pasamos por las portezuelas de plástico automáticas. Ante nosotros se extiende un larguísimo pasillo que lleva a otras escaleras mecánicas, que a su vez llevan a la calle, a la universidad y a la clase a la que ya llegamos dos minutos tarde.
Avanzamos a grandes zancadas y él me explica con voz alegre que, de algún modo, ha percibido mi presencia a sus espaldas. Una brisa invernal se cuela por la boca del metro y me roza la mejilla sin piedad. Él vuelve a rodearme los hombros con un brazo mientras me cuenta una historia sobre algo que le ocurrió ayer, ante la cual yo suelto una risa temblorosa. Luego retira de nuevo el brazo por encima de mi cabeza, y mientras yo hablo me recoloca la capucha de la sudadera, que él ha arrugado en su parte izquierda. Y yo casi lloro de pura incredulidad. Las piernas me tiemblan sin remedio ante el contacto con su piel, y me sobreviene una extraña aspiración por la garganta que hace que me ahogue. Es sólo un momento, pero son unos segundos catapultados bajo una cascada de emociones: alegría desbordante, gratitud infinita y terror a aburrirle, a decepcionarle con mis insípidos comentarios. Todo eso me suscita, a pesar de que él está fuera de mi alcance, de que está, nunca mejor dicho, al otro lado de la frontera.
Aun así, y a pesar de que cogiendo Rodalies tardaría menos, me sigo levantando más temprano para subirme gustoso al metro, esperando encontrármelo; todo nervios y expectación mezclados con una engorrosa vocecita que me dice que tal vez me estoy entregando demasiado a este sentimiento y que eventualmente lo lamentaré. Pero no hago nada, porque esto es maravilloso.

Hace más de 3 años

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TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace alrededor de 3 años

¡Qué ternura y nobleza de corazones! Muy bonitas, @Abel.

Abel
Rango10 Nivel 48
hace casi 3 años

Mil gracias!! Me alegro muchísimo que te gusten mis historias, concretamente ésta, a la que le tengo especial aprecio :)


#7

[6. Ceguera]
Todo lo que nos rodea, nuestros compañeros, las clases, los edificios, el cielo y las aceras, mis padres, los árboles, la música, la actualidad informativa; todo empalidece y pierde cualquier sentido. El mundo entero se disuelve y se torna algo contingente, secundario, circunstancial. Un mero decorado, casi un estorbo que yo ahuyento con impaciencia.
Siguen habiendo adorados jueves en los que Javier y yo estamos solos varias horas. Durante el transcurso de ese tiempo yo le pongo al corriente, a grandes rasgos, de mis ineptitudes sociales, mi paralizante timidez y mi incapacidad para beber, salir de fiesta o relajarme mínimamente, todo ello relacionado con la honda inseguridad, casi desconfianza, que siento hacia mí mismo. A su vez, Javier me explica que *.
Poco a poco empezamos a conocernos. No del modo casual y desenfadado propio de las personas que tienen que estar juntas por una cuestión de circunstancias y que, en el fondo, no pretenden revelar nada de su intimidad, sino por un interés genuino y bienintencionado que nos lleva a descubrirnos como realmente somos para así ahondar más en nuestra amistad.
Es difícil confiar en los demás, sin embargo. En el colegio, y más tarde en el instituto, me pasaba lo mismo. Básicamente, tengo miedo de acercarme a otras personas. Tengo miedo de abrirme a ellos y que piensen que soy imbécil, o que mis pensamientos son infantiles, o estúpidos o sin fundamento (cosa que yo mismo pienso algunas veces). Incluso temo que ellos se acerquen a mí y me expliquen cosas suyas. Nunca sé hasta qué punto ahondar en mis preguntas cuando los demás dejan caer en la conversación un leve atisbo de su mundo privado, porque no quiero que crean que violo su intimidad o que soy un entrometido o un cotilla. Pero tampoco quiero que piensen que no me importan, o que soy una persona desapegada a la que no le interesan los problemas de los demás.
Aun así, afrontarme a mis limitaciones merece la pena. Descubro que Javier conoce el sufrimiento y la marginación, pero eso sólo lo hace más humano, más cercano, más vulnerable. Más amable, también.
Llego a casa, y tras cerrar el chat con él y pulsar la tecla de bloqueo, me llevo sin pensar el móvil a los labios y beso la parte superior de la pantalla.
Más tarde me sorprendo a mí mismo por lo espontáneo del gesto, y aunque la cursilería normalmente me incomoda, ahora me parece la cosa más adorable del mundo.
-Ah, Javier -exhalo con un suspiro lastimero mientras me dejo caer sobre la cama, apretando el móvil contra mi corazón como una tonta quinceañera con la fotografía de su ídolo.

Hace más de 3 años

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Mardus
Rango11 Nivel 51
hace más de 3 años

"A su vez, Javier me explica que *."
¿Faltó algo en esa parte?

Abel
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

Muchas gracias por tu comentario @Mardus! Tranquilo, el asterisco no es ningún error. Lo que pasa es que la voz narrativa prefiere ocultar esa información.


#8

[7. Justificación]
Corren rumores.
Nuestra amiga me la señala mientras estamos en clase. Es bajita, pálida, lleva gafas y la odio. No es particularmente atractiva, lo cual engrandece a Javier, supongo, porque significa que se ha enamorado de ella, no de su cuerpo. Eso debería bastarme.
No lo hace. En absoluto.
Hay otras chicas a las que le cae mal, pero no sabría decir con exactitud el motivo. Es cierto que tiene un timbre de voz un poco chillón y repelente, y que he oído cautelosos comentarios acerca de su egocentrismo y de sus ganas de llamar la atención, pero nada de eso es determinante, y desde luego no sirve para crearme argumentos sólidos con los que odiarla.
Después de todo, yo ya sabía que tarde o temprano Javier encontraría a una chica, así que no sé por qué... Rápidamente abandono estas cavilaciones, asustado, pero no consigo detener la punzada de resentimiento que me recorre el cuerpo de pies a cabeza.
La odio. Con todas mis fuerzas.
Que se joda. Sé que sólo son celos, una de las emociones más pueriles y repugnantes que existen, y sin embargo yo me entrego a ellos sin vacilación alguna. Por una vez tengo ganas de enviar a la madurez y a la corrección a la porra.
Que se joda, reitero.

Hace más de 3 años

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TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace casi 3 años

Hay veces en que es necesario desahogarse y mandarlo todo a freír espárragos, claro que sí.

Abel
Rango10 Nivel 48
hace casi 3 años

Sí, a veces es la única de escape @TinadeLuis. Muchas gracias por tu comentario! :)


#9

[8. Autocompasión]
El ridículo es una constante en mi vida. El miedo a hacerlo me persigue desde el momento en el que me levanto de la cama. Mi ropa, por ejemplo. Sé que no me favorece y que siempre llevo la misma. Creo que si vestir siempre lo mismo fuera socialmente aceptable mi vida mejoraría en varios sentidos. Mi forma de andar también es muy ridícula: camino encorvado, mirando al suelo y con las manos en los bolsillos arqueando rígidamente los brazos. También tengo cierta tendencia a doblar las muñecas hacia dentro y, en general, a moverme sin elegancia alguna. Y la forma en que salgo en las fotos, con esas sonrisitas tensas y esa postura aún más jorobada.
Luego está mi voz: no quiero ser misógino ni mucho menos, pero la mía es femenina hasta el punto de que me confunden con mi madre al teléfono, y encima incluye esas horrorosas aspiraciones al final de las palabras propias de los homosexuales afeminados. Sé que estas descripciones parecen homófobas, y seguramente lo son, pero estoy tan acomplejado al respecto que, de momento, me es imposible deshacerme de ellas.
Luego está la cuestión de las intervenciones en la conversación. Se me antojan patéticas, poco interesantes, insoportablemente prescindibles y dignas de lástima. El tartamudeo y el temblor de mi voz no ayudan. Tampoco soy excesivamente ingenioso ni gracioso, es más, me cuesta pillar muchas de las bromas que hace Javier, y a veces cuando las entiendo no me hacen gracia, y otras veces no llego a entenderlas y me río igualmente.
Pienso constantemente qué decir, y lo que digo es siempre en función de lo que creo que complacerá más a mis interlocutores. Examino mis comentarios con lupa una y otra vez, tartamudeo, estoy nervioso, inquieto, inseguro. Y se hacen silencios. Torpes silencios que en ocasiones duran varios minutos, y en los que cada segundo adquirido se traduce en un desproporcional aumento de mi estado de alarma. No quiero que nadie piense que no tengo nada que decir. O que soy aburrido o poco interesante. ¿Por qué soy tan dependiente de la opinión de los demás? ¿No puedo limitarme a ser yo mismo y ya está?
¿Cómo puede Javier querer ser mi amigo? ¿Cómo lo va a querer nadie, en realidad? Soy consciente de que estas palabras suenan plañideras y lamentosas, pero, ¿acaso no estamos en el capítulo dedicado a la enfermedad de la Autocompasión? Y se pueden decir muchas cosas de ella, pero el fondo tiene un matiz que se parece mucho al consuelo.

Hace más de 3 años

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leo1
Rango12 Nivel 57
hace más de 3 años

interesante, una mirada sesgada en las minusvalías

TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace casi 3 años

¡Pobre! Es terrible sentirse así, como el patito feo. Su autoestima está por los suelos. Demos gracias a que siempre hay un Javier en la vida, que nos tiende una mano, @Abel.

Abel
Rango10 Nivel 48
hace casi 3 años

Gracias que hay gente como tu que ayudan a uno a seguir escribiendo. Muchas gracias por tus comentarios @TinadeLuis, se agradecen mucho.


#10

[9. Prejuicio]
A lo largo de mi oscura adolescencia mi madre me fue asegurando que no me preocupara, que no pasaba nada si no encontraba un grupo y no me sentía del todo cómodo con mis amigas (inmersas en maquillaje, novios y ensoñaciones sobre los Jonas Brothers), porque en la universidad me abriría al mundo y encontraría a los amigos del alma que salen en las películas americanas. Yo sabía que eso era una ensoñación pobremente verosímil, y que mi madre la sacaba a colación más para tranquilizarse a sí misma que a mí, pero en el fondo estuve guardando ciertas expectativas hacia la universidad que se convirtieron de hecho en grandes expectativas, y que, finalmente, no se han cumplido. Ojo, no le estoy echando la culpa a mi madre. Eso sería injusto y condenatorio.
El caso es que no consigo sentirme del todo a gusto con las amigas que he hecho, y mira que ya casi hemos terminado el trimestre. Son agradables y divertidas, pero no siento que tengamos la confianza suficiente como para que yo les pueda contar todo esto. Y a mis amigas del instituto las veo muy poco.
La verdad es que, en el fondo, me siento bastante solo.
El otro día lo comentaba con una amiga mía. Parece que hay una vergüenza especial esparcida en la sociedad a la hora de reconocer la propia soledad. Creo que esto ocurre porque es visto como un fracaso. Es el fracaso de tu capacidad de relacionarte con los demás, una capacidad altamente valorada, hoy en día y siempre.
De esa vergüenza, continuó mi amiga, surge una especie de ansia por demostrar que uno tiene planes, sale, hace cosas, y no se queda encerrado en casa todo el fin de semana. Lo llama postureo de vida emocionante o fardar de amigos. Nadie quiere que los otros piensen que estás algo inadaptado.
Ella me dijo que a veces también se siente sola. Me pregunto cuánta gente se siente sola en mi carrera, si sufren por dentro, si fingen ser felices. Cuántas cosas solucionaríamos si fuéramos capaces de confiar un poco más los unos con los otros. Cuántas cosas solucionaría yo. Qué condenadamente difícil es.
Mis compañeros de carrera han organizado unas colonias de tres días para finales de mayo. Ello me provoca, como no puede ser de otra manera, las ya acostumbradas emociones de terror, culpabilidad, hastío y cansancio.
Por un lado soy consciente de que será una magnífica oportunidad para conocer a la gente con la que comparto proyección de futuro. Por otro lado sé que eso no pasará.
En general, yo detesto ir de colonias. Es más, entre las motivaciones principales que tenía para acabar el Bachillerato figuraba la de que, por fin, ya nunca más tendría que preocuparme por ese infierno anual.
Por un lado está el tema de las habitaciones, un asunto por el cual aún estoy bastante traumatizado. Ya he mencionado que, antes de Javier, yo no tenía amigos de mi género, por lo que encontrar a alguien que me acogiese era una de las tareas más tortuosas a las que nunca me he enfrentado. Primero estaba el humillante desfile que hacía grupo por grupo preguntando si, por favor, tendrían la amabilidad de reservarme una cama. Ese desfile en sí mismo ya subrayaba mi homosexualidad a ojos de todo el mundo, porque delataba que, en efecto, yo no tenía amigos. Y eso en una época en la que ocultar mi homosexualidad era la principal preocupación de mi vida.
Luego, por las noches, en la habitación, me invadía la certeza insoportable de que yo no pintaba nada allí, de que mi mera presencia los incomodaba e impedía que se divirtieran. Los pedos, los tacos, una vorágine de hormonas y sudor que me repugnaba pero que, en cierto modo, también me atraía, cosa que me repugnaba aún más. Lo peor, sin embargo, era cuando amparados por la oscuridad de la noche empezaban a «hablar de tías». «Qué pechotes tiene la tal». «Imaginaos a la tal y a la cual chupándoosla». ¡Ay Dios mío, y yo allí en medio, con los ojos como platos, fingiendo que ese tipo de conversaciones eran normales en mi vida y que las disfrutaba! ¡Intentando que no se me notara la incomodidad y el puro terror a que adivinasen lo que en realidad yo era!
Esto desde luego, no pasará en estas colonias. A la mínima que alguien me hable de pechotes, sea hombre o mujer, saldré corriendo.

Hace más de 3 años

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TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace casi 3 años

Es muy curioso lo de pasar por aburrido y querer demostrar actividad lúdica. Conozco un caso real. Lo ves a las 3 de la mañana en algún bar, bostezando y más aburrido que nadie, sin embargo siempre pregunta: ¿A qué hora os fuisteis a casa? ¡Qué pronto! Yo estuve de juerga hasta las...

Abel
Rango10 Nivel 48
hace casi 3 años

Yo también conozco casos reales, @TinadeLuis. Inspiran lástima...


#11

[10. Pánico]
Estamos comiendo en la cantina, y de repente, estando yo sentado e inclinado sobre mi fiambrera, me encuentro con Javier de pie detrás de mí y tendido sobre mi espalda, rodeándome con sus brazos e interrumpiéndome el aliento. Entonces desenvuelve encima de mi fiambrera un paquete de fuet de Vic e, inclinado sobre mi oído derecho, me pide que coja tantos trozos como quiera. Yo, desorientado y casi al borde del desfallecimiento por el abrumador contacto físico, no puedo hacer otra cosa que obedecer e ir comiendo trozos de fuet con movimientos rígidos y contenidos, pues todo él me rodea y ni siquiera puedo separar los brazos del pecho.
-Ya no quiero más, gracias -farfullo cada vez que, intentando contener el temblor de mis manos, cojo una loncha del embutido.
-¡Insisto! -dice él a su vez, con la voz tan próxima a mi oído.
-D-de verdad, ya está... -repito cada vez más desesperado, e intentando por todos los medios que mi voz suene convenientemente agradecida y apesadumbrada, y no aterrorizada ni muerta de vergüenza como es el caso.
Al vernos, una chica exclama:
-¡Qué monos! ¡Si parecen novios!
Y entonces me paralizo.
Al instante, contemplo horrorizado e impotente cómo surgen por toda la mesa comentarios del mismo tono, formulados por las enternecidas y alegres voces de las chicas con las que compartimos habitualmente la comida.
-¡Si parecen la pareja perfecta!
-¡Mira cómo lo cuida!
-¡Qué adorable!
Cada vez que alguien abre la boca brota de mi pecho un sarpullido de asfixiante incomodidad, mezclada, a mi pesar, con un puntito de satisfacción apenas perceptible.
Sin tomarse demasiadas prisas, Javier retira los brazos y vuelve a su sitio con una sonrisa en la cara a mi juicio incomprensible. Las chicas siguen riendo a sus anchas, y cuando parece que todo vuelve a la normalidad, y el suceso se evaporará de la memoria de todo el mundo como una intranscendente broma para amenizar la comida, la misma chica, que en este momento odio con una intensidad sobrehumana, me señala y dice:
-¡Pero si se ha puesto rojo!
Todas ríen de nuevo, y yo, viéndome descubierto, sonrío como puedo. Sonrío tímidamente, rojo como un tomate y apartando la vista con rapidez. Y las risas se extinguen, y las sonrisas se quedan congeladas en los rostros, con un leve y mal disimulado apuro, y entonces alguien dice algo y todo el mundo se apresura a cambiar de tema.
«Mierda -pienso a duras penas, con la vista clavada de nuevo en la fiambrera-, ahora seguro que todas creen que me gusta».
Debería mirar a Javier. Pero juro que, en este momento, ese gesto no es una opción.

Hace más de 3 años

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#12

[11. Desorientación]
Las escaleras mecánicas nos transportan hacia la noche invernal. Estamos a mediados de diciembre, y Javier y yo nos dirigimos a la redacción de nuestro profesor de Escritura Periodística para una visita guiada por él mismo. Javier me ha pedido que vayamos juntos para suplir su desastrosa orientación en el transporte público, y yo he accedido encantado.
Entonces un ratón gris muy pequeño asoma su hocico y atraviesa rápidamente uno de los largos travesaños de las escaleras embaldosadas que hay nuestro lado. Luego, desaparece por un agujero de la pared.
Este tipo de animalillos son usuales en el metro, pero Javier se estremece visiblemente y me agarra un brazo con manos temblorosas.
-Odio... Odio l-los ratones... -balbucea, pálido.
Yo me vuelvo hacia él, pensando que es otra de sus bromitas teatrales, y me lo quedo mirando sin saber cómo reaccionar. Suelto una risita y le acaricio torpemente el hombro.
-Vamos, que no es para tanto -digo-. Mira, ya se ha ido.
-Lo digo en serio -la expresión de Javier parece asustada de verdad, y yo me maldigo a mí mismo por mi falta de consideración-. Los ratones... me repugnan.
-Te entiendo, a mí me pasa lo mismo con las cucarachas.
Yo también tiemblo de pies a cabeza. Esto parece una de esas manidas escenas propias de las comedias románticas en las que el hombre padece un agudo temor hacia cosas inofensivas (alturas, arañas, espacios cerrados, etc.) que lo hacen parecer aún más adorable a los ojos de la mujer, pues denota vulnerabilidad y cierta necesidad de ser protegido. Así que la mujer lo tranquiliza tratando de aguantarse la risa. Es una escena juguetona y cómica, y suele acabar con ambos revolcándose en la cama al son de una música frenética.
Trago saliva, porque esto no es una cutre sitcom americana. Así que antes de que pueda sopesar detenidamente qué hacer o qué decir (para tranquilizarlo, para crear un momento que confusamente creo que derivará en un recuerdo entrañable), las escaleras nos escupen de la boca de metro a la ajetreada plaza urbana y la oportunidad que a lo mejor no es una oportunidad ni es nada pasa de largo.
Caminamos un par de pasos y Javier se desenlaza de mi brazo. Yo apenas puedo respirar bien.
«¿Y si sigue estando intranquilo y siente que no me he esmerado lo suficiente en sosegarlo? ¿Y si ha dado la impresión de que me daba igual? ¿Y si todo ha sido una broma y se ha desconcertado por mi reacción tan circunspecta? ¿Debería haber bromeado yo también? ¿Habría sido eso una buena forma de tranquilizarlo?»
No sé pensar. No sé qué está pasando. Creo que me duele la cabeza.
-Oye, ¿tú sabes dónde estamos yendo?
Pues no lo sé, Javier, no lo sé. No tengo ni la más remota idea.

Hace más de 3 años

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#13

[12. Desconfianza]
De cuando en cuando Javier me pregunta si iré a las colonias, y yo respondo haciendo un mohín con la nariz y diciendo que no tengo ganas. No me gusta que saque el tema, pero a la vez me siento tremendamente bien cuando lo hace. Me gusta que cuente conmigo, que piense en mí a la hora de hacer de planes, que quiera mi compañía para algo más allá del ámbito académico.
O tal vez lo único que quiera es verme borracho por primera vez y cachondearse de mí.
¿Ves? Es muy difícil confiar en las personas.
¿Pero por qué soy tan suspicaz, tan desconfiado? ¿Por qué sigo ocupándome en paranoicos pensamientos sobre las posibles intenciones de los demás? ¿Por qué pienso que todos tratan de burlarse de mí, como si aún tuviera doce años y estuviera en el colegio y temiera que la gente me llame «maricón» al doblar la esquina del pasillo? ¿Aún arrastro toda esa mierda? ¿Alguna vez, siquiera, me libraré de ella?

Hace más de 3 años

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TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace casi 3 años

La eterna incomprensión social. Ahora se habla mucho del acoso. Lo hay y se debe combatir, pero existe cierto tipo de acoso que ha existido toda la vida, ante el cual la gente se cruza de brazos.

Abel
Rango10 Nivel 48
hace casi 3 años

Aquí no hay conciencia por parte del protagonista de que sus problemas provengan del exterior. En lo que a él le concierne, todo lo que le pasa es su culpa, y si no puede solucionarlo es debido a sus propias carencias. Gracias por comentar @TinadeLuis


#14

[13. Osificación]
Estamos en la breve pausa que hacemos entre hora y hora de clase , rezongando en el primer piso del patio de la universidad. El ambiente es brumoso y quieto, y las ventiscas soplan entre las estrechas columnas de la galería. Ya estamos a finales de marzo, pero sigue haciendo frío por las mañanas. Javier me interroga sobre plazos de entrega, lecciones, apuntes y terminología de la Primera Guerra Mundial. Contesto con diligencia, tremendamente feliz de que me escoja a mí como depositario de sus dudas.
«Eres un puto genio», dice, sonriendo. A modo de broma, me pasa un brazo por los hombros, me atrae hacia sí y me estrecha entre sus brazos. Al instante, mi vista se oscurece y la respiración se me interrumpe de pura embriaguez. Me retraigo ante esa inmensa muestra de familiaridad, no obstante. No estoy acostumbrado al contacto físico, y mucho menos lo estoy a estos abrazos, en los que intervienen un número de partes del cuerpo hasta ahora inverosímil.
Pero me sobreviene el deseo de apoyar la mejilla en su pecho, de apretarlo contra mí, de sentir que está a mi lado, delante de mí, conmigo. Pero en cambio sólo soy capaz de darle un par de torpes palmaditas en la espalda, atontado, tembloroso, consumido por la duda. ¿Cómo debo proceder sin parecer demasiado anhelante ni tampoco demasiado huraño?
Espontaneidad, una cualidad que se me escapa de las manos.
Por encima de su hombro veo que ella se acerca. Javier se desenlaza de mí, y torsos, hombros, rodillas y codos se desatan unos de otros, y de repente me destenso hasta el punto de que parece que me vaya a marear, y me quedo solo, rodeado de vacío, como si estuviera al borde de un precipicio. Javier me da una palmada en el hombro, me llama «tío» y va a su encuentro.
Sin pensarlo levanto un brazo hacia él, pero mi mano sólo aferra el aire. Rápidamente corrijo la trayectoria y finjo rascarme una oreja.
Nadie ha notado nada.

Hace más de 3 años

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leo1
Rango12 Nivel 57
hace más de 3 años

ese "me quedo solo, rodeado de vacío" con el desarrollo que le precede muy elocuente...se siente el vacío, muy bueno!!!


#15

[14. Envidia]
He decidido juzgar a Javier no siguiendo los parámetros de lo que él supone para mí, sino desde un punto de vista más o menos objetivo. El resultado es que he llegado a la conclusión de que Javier es un chico extraordinariamente normal. Se lo ve feliz, satisfecho del lugar que ocupa en el mundo y completamente relajado y seguro de sí mismo en todas y cada una de las acciones que emprende. Ahora que lo pienso, nunca lo he visto dubitativo, ni indeciso, ni nervioso, ni en ninguna otra actitud que delate otra cosa que no sea amabilidad y cierta facilidad para dejarse llevar.
Ojo, yo adoro que Javier sea feliz. Sólo le deseo cosas buenas. Pero no parece una persona excesivamente atormentada. Y eso, a mi gusto, es muy poco interesante.
A veces pienso que mi atracción hacia las personas tristes, o que tienen problemas o que están pasando por un mal momento no es para nada normal, más bien algo siniestra. Pero es que siento que las personas felices no pueden enseñarme nada. «Soy feliz...». Muy bien, ¿y? No sé, me da la impresión de que sus vidas carecen de objetivo, que no tiene otra razón de ser más allá del puro hedonismo. Que son hasta aburridas.
¿Es aburrido ser feliz? Si así fuera daría una explicación a la general tendencia al melodrama que ostenta la raza humana.
Pero en las películas, en los libros, o en las obras de ficción en general, eso también ocurre. A nadie le interesa saber lo contenta que está una persona, y menos tragarse ciento diez minutos de cinemáticas sobre absurdos y jovencísimos matrimonios joviales, o sobre la idílica vida de unos pastores en una isla de Dinamarca.
El hecho es que las personas tristes, aquellas que no están satisfechas consigo mismas, o aquellas que están frustradas o arrepentidas, tienen que hacer un esfuerzo adicional para salir adelante a través de los días. Tienen que batallar contra el mundo, sobreponerse a lo que sea que les perturbe y derrotarlo. Para eso se necesita valentía, muchísima resolución, y en ocasiones algo de egoísmo. Pero es perfectamente legítimo, y sobre todo, interesante.
En cambio, las personas cuya vida ha transcurrido en un remanso de alegría y facilidad, que nunca han tenido que afrontar nada serio, ante ellos mismos o ante otras personas... bien, sencillamente me parecen poco profundas emocionalmente. Aunque dudo que existan personas así. Como dice mi madre, «todos cargamos mochilas a nuestras espaldas».
Pero algunas pesan más que otras, le suelo replicar para mis adentros.
Mi perspectiva, desde luego, es totalmente parcial. Si fuera feliz de verdad, supongo que juzgaría de otra manera a otras personas felices, o al menos desde una postura más alejada de la pura amargura.
Volviendo a Javier, creo que es injusto por mi parte decir que es completamente feliz. A pesar de que exclusivamente muestre un carácter ligero y jovial, estoy seguro de que a veces (pocas, imagino) también se siente triste y solo. Pero, la verdad, no puedo imaginármelo en ninguna de las dos actitudes.
Pero eso es positivo. Así, nuestras personalidades se complementan.
Pero aun así, somos tan diferentes...

Hace más de 3 años

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#16

[15. Suplicación]
Mañana, 26 de mayo, será su cumpleaños. Pero mañana sólo hay clase por la tarde, lo que significa que no podré comer con él.
Así pues, madrugo, me planto en el supermercado justo cuando abren, como un caballero templario dispuesto a cumplir con su deber, compro el fuet, lo corto y lo empaqueto. Luego lo envuelvo con una cinta de gasa violeta, con manos temblorosas, riéndome de la ocurrencia, pues el pequeño ornato es inofensivo y anticuado, cómico pero curiosamente entrañable, inocente y bienintencionado. Todo en él rezuma cierto aire de patetismo, de hecho.
Una acción tan inofensiva, sin embargo, me consume de indecisión: el atrevimiento de darle un regalo, en público y dando pie probablemente a comentarios que, sin tener mala intención, me harán enrojecer de apuro y ridículo, me aterroriza. Pero más intensa es la expectación de ver su cara de sorpresa, sus risas incrédulas, el abrazo de oso posterior, lleno de regocijo, y tal vez (estirando al máximo mis ensoñaciones) un poco conmovido, dándose cuenta en ese momento de que efectivamente tiene un amigo delante de él.
Eso no impide que en la comida me venga abajo y sea invadido por la aprensión y el nerviosismo. Una impaciente mirada de nuestra amiga (a la que he informado de mis intenciones esta misma mañana, en el tren) me da las fuerzas suficientes, así que me armo de valor, me levanto, voy hasta su sitio (tres sillas a la derecha del mío) me inclino sobre su espalda como tantas veces ha hecho él conmigo, le planto el tupper en la mesa y digo: «toma, Javier, este es tu regalo». Él traslada su mirada de mí al tupper repetidas veces, algo confuso, y luego se ríe, encantado e incrédulo, al descubrir el fuet.
Hay efectivamente comentarios en la mesa. Exclamaciones enternecidas. Risas. Miradas piadosas y cómplices. Pero me da igual, porque yo sólo tengo ojos para él. Ya no somos compañeros de universidad que han acabado uno al lado del otro por una cuestión meramente contingente y que tienen que convivir rellenando los silencios que se abren entre ellos. Somos amigos, con todo lo que eso implica la palabra. Y con todo lo que no implica, aunque no pienso en eso, porque cuando vuelvo a sentarme tengo que hacer verdaderos esfuerzos por no ponerme a gritar de alegría.
Más tarde, Javier trata de atarse la cinta violeta alrededor de la cabeza, pero es demasiado pequeña, y al final nuestra amiga le ayuda a anudársela en la muñeca, por encima de las pulseras y del reloj que lleva siempre. Nuestra amiga dice bromeando que Javier no puede quitarse nunca la cinta violeta, porque es el símbolo de su amistad. Yo intervengo sin pensarlo, como movido por un impulso, subconscientemente creyendo que se están atribuyendo el mérito de algo que he hecho yo.
-¡Perdona que te diga, pero esa cinta es el símbolo de «mí» amistad! -replico con un tono cómico, aunque, ahora que lo pienso, tal vez demasiado posesivo.
Da igual. La cinta violeta, símbolo de nuestra amistad. Qué romántico. Y qué adecuado, pues el violeta es el color de la eternidad, porque es el último color que vemos en el cielo antes de que oscurezca por completo. Es el color del clero secular, y también el de la intelectualidad.
Qué paradoja tan maravillosa.

Hace más de 3 años

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leo1
Rango12 Nivel 57
hace más de 3 años

Me ha encantado esta frase "y que tienen que convivir rellenando los silencios que se abren entre ellos" hermosa cuando la imagino en una relación...muy bien plasmada: )

TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace casi 3 años

Sí, a mí también me parece una frase encantadora. Menos mal que tiene la valentía de darle el regalo.


#17

[16. Horror]
Aparecen de sopetón. Me pillan con la guardia baja, porque esta mañana le he escrito un larguísimo mensaje de felicitación que él ha respondido con afecto y agradecimiento, y llevo desde entonces suspendido en una nube de felicidad.
Creo que no he extinguido mi expresión de consternación a tiempo. Están en uno de los bancos que hay en los extremos del patio del campus, concretamente, en los que están al lado de la entrada principal. Por tanto, están situados muy amablemente en el lugar por donde yo tengo que pasar sí o sí, no vaya a ser que no pueda contemplar su ya vistoso amor.
Ella está sentada a horcajadas encima de él y recostada sobre su pecho como si Javier fuera un colchón, con la espalda ridículamente arqueada y el culo en pompa. Dios, estoy aporreando el teclado de pura rabia, y debería parar porque he oído a mi madre revolverse en su habitación.
Él me ve, y a duras penas y mirando sobre la coleta castaña de su novia grita mi nombre. Yo soy incapaz de sonreír. Me acerco a la pareja a grandes zancadas, aparentando trivialidad sin conseguirlo, pero entonces otra chica que los acaba de ver se acerca a ellos antes de que llegue yo, se pone detrás del banco y le revuelve el pelo a Javier, felicitándolo. Él aparta la vista de mí y, con dificultad, gira el cuello e intenta mirar hacia atrás para encararse a la chica, fracasando estrepitosamente en el intento, pues su novia, la muy puñetera, se niega a quitarse de encima suyo para hacer la conversación mínimamente menos incómoda (tanto física como socialmente). ¿Podría interpretarse eso como un signo de recelo y posesión?
Yo, por mi parte, decidido al menos a verlos juntos sólo el número de segundos indispensables, me acerco a ellos, exclamo «¡Felicidades!» mientras Javier aún habla con la otra chica, y me marcho con la sensación de tener el estómago deshecho. Y cuando ya llevo un buen trecho oigo la voz de Javier, que me llama desde los brazos de su amada. Pero yo no me vuelvo, pues soy físicamente incapaz enfrentarme a esa visión otra vez.
Es la chica. Me aterroriza. Me aplasta. No puedo mirarla a los ojos. Apenas puedo hablar en su presencia.
Llego al aula, y sin apenas darme cuenta la lección ya se ha impartido y todos los alumnos se empiezan a levantar. Sigue siendo el cumpleaños de Javier, pero me da vergüenza ir a hablarle delante de todos sus amigos. De hecho, ni siquiera soy capaz de girarme para comprobar si ya se ha ido. No puedo, siento que si mi mirada se cruza con la suya, aunque sea sólo un momento, me echaré a llorar aquí mismo. Así que abandono el aula con la cabeza gacha, sintiéndome miserable, aminorando a propósito mis pasos para darle la oportunidad de alcanzarme.
Pero Dios no está de mi parte. Pillo todos los semáforos en verde y cuando entro en la estación mi tren me espera con puntual desfachatez. Lo pierdo, nuevamente a propósito. Tal vez esto una prueba, una elección que me brinda el Señor para demostrarle que puedo luchar contra el curso de los acontecimientos. De modo que espero. Y cuando llega de nuevo el tren, yo giro disimuladamente la cabeza hacia la izquierda, pero sólo distingo entre la multitud a un compañero que coge el mismo tren que yo (lo hemos cogido juntos una sola vez, y ambos nos mantuvimos en un incomodísimo y eterno silencio durante todo el viaje). Yo suspiro, porque a su lado veo a dos de los mejores amigos de Javier haciéndose fotos y riéndose a carcajadas. Esto es la prueba definitiva. Si Javier no ha bajado al metro con ellos significa que está con ella. De noche. En su cumpleaños.
Así que subo al tren, pero por si acaso me desplazo hasta el primer vagón (donde Javier siempre se sube) para cerciorarme de su ausencia. Debo hacerlo con disimulo, porque si no el compañero me puede ver y yo tendré la obligación de ir hacia él y restar nuevamente en incómodo silencio, para desesperación tanto suya como mía.
No lo distingo, así que apoyo una sien sobre el cristal de una de las puertas, deprimido, mientras el tren entra en la siguiente estación. Esta es la parada de Javier. Raramente hacemos estos breves minutos juntos, porque Javier siempre coge el metro de vuelta con sus amigos de Periodismo, y yo no tengo ganas de estar con ellos.
Pero ha sido el cumpleaños de Javier, y en todo el día no le he dirigido una sola palabra en persona.
Y entonces lo veo entre la multitud que se arremolina para entrar y salir del vagón. No lo había visto. Dios, no lo había visto, me repito, incrédulo.
¡Y yo aquí, en el lado equivocado de la ventana, observando impotente cómo Javier y el compañero se alejan riéndose por el andén, hacia la salida! Un sobrecogimiento helador, paralizante, monstruoso, de un inigualable y genuino dolor.
¿Por qué me haces esto, Señor?, rezo inmediatamente cuando el metro reanuda su marcha, acordándome de Él sólo cuando mi conciencia así lo exige. Sé sin embargo que esto no es sino el castigo por el odio injustificado y pueril que siento hacia ella, estoy seguro.
¡Oh, si lo hubiera visto! ¡Si lo hubiera visto, Madre Santísima! Le habría felicitado personalmente, le habría abrazado con calidez, y nos habríamos despedido dando al día el broche final perfecto. Es muy frustrante.
Me imagino que es mi cumpleaños y que Javier no me dirige una sola palabra en todo el día, sino que se lo pasa entero con sus amigos. Y aunque me hubiese escrito la Biblia por WhatsApp, me habría hecho sentir triste, desatendido y ninguneado, como si no le importase... Dios, ¿y si Javier se siente así por mi culpa?
Pero, ¿y si no se siente así? ¿Y si le da igual?
¡AAAHH, QUIERO GRITAR!

Hace más de 3 años

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Sixto_GS
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

Alguna vez creo haberte leído algo. Debí hacerlo de un modo superficial y perezoso. Imperdonable.
Me ha encantado pasar este rato contigo. Tu escritura es limpia, sincera, cercana, valiente a la hora de poner su vista en el protagonista. Nos lo muestras, no nos lo vendes. Se agradece. Si el personaje se corresponde al escritor, irrelevante. Tengo claro que he leído sobre una persona.
Me alegro de haberme percatado de mi mal juicio anterior.
Esperando nuevas entregas.
Un saludo!

Abel
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

Muchísimas gracias por tus palabras, @Sixto_GS. Es muy gratificante recibir comentarios como los tuyos. A uno le animan a seguir escribiendo. Muchas gracias otra vez :)


#18

[17. Admisión]
Es la primera noche de las colonias. Cantamos en círculo, al son de la guitarra española que una alumna rasguea con los ojos cerrados. Es una situación muy pintoresca, que casi recuerda a las películas americanas de campamentos de verano. Me hace sentir joven, como si el hecho de cantar con ellos me uniera más al grupo, a sus inquietudes, a sus deseos, a su fe en sí mismos. Tal vez sea así.
Javier también canta, y entonces me ve y me hace señales para que me acerque. Yo obedezco (qué otra cosa voy a hacer), él me abraza y me aparta del círculo. «Esto es ron con cola», dice. «Yo empecé a beber con esto». Musito algo, bebo y trago, y entonces continuamos unos breves segundos solos.
Estoy un poco obsesionado con sus labios. Los tiene muy brillantes, jugosos, tremendamente sensuales, y yo no puedo dejar de mirarlos. Es casi un impedimento físico.
Entonces aparece nuestra amiga, tan inoportuna, la pobre, bailando y moviéndose al vaivén de la música. Javier le explica emocionado que yo acabo de beber, y ambos siguen hablando animadamente sobre el tema durante varios minutos. Luego Javier se acerca a mí y me rodea con los brazos. No lo hace del modo habitual, sino que me pone una mano en la cintura (sobresalto instantáneo) y me atrae hacia sí, volviéndose hacia mí para hablarme. Tiene este gesto un nuevo matiz, más protector, más reconfortante, con la intención visible de querer hacerme sentir seguro. Me dice que trate de pasármelo bien, que no ocurrirá nada malo, y que se alegra profundamente de que haya venido.
De modo que yo, repentinamente abrumado por toda la situación (Javier, la bebida, las colonias, la música, sus manos alrededor de mi cintura, sus labios) me acerco aún más a él y hago un breve ademán de ocultar mi rostro contra su pecho, pero por pudor no me atrevo a concluir el movimiento.
Javier dice «Un momento, ahora vengo» y se desenlaza de mí para ir a besarla, pues ella está sentada muy cerca de nosotros.
Y es entonces, justo ahora, cuando constato que, en efecto, estoy perdida e irremediablemente enamorado de Javier.
Ya no hay marcha atrás, pues. Ni tampoco marcha hacia delante, como a mí mismo me obligo a descubrir. O, más bien, a reconocer, pues siempre lo he sabido.
Eso, por supuesto, no lo hace menos doloroso.

Fin de la primera parte.

Hace más de 3 años

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Sixto_GS
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

No abandono. Esperaré a que haya unas cuantas cajas para leer. Leer muy intermitentemente me aleja de la historia.

Abel
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

Te entiendo @Sixto_GS. Las cajas son muy cortas, y eso hace que el conjunto se diluya. Gracias de nuevo por tu paciencia y tus ánimos. Significan mucho :)

leo1
Rango12 Nivel 57
hace más de 3 años

Como siempre texto muy fluido, pulcro, excelente ritmo, y un manejo exquisito de las imágenes para trasmitir emociones, te felicito @Abel , en la parte de la Envidia, te quería decir...que envidia tengo yo por la forma como escribes jajaja pero de la buena: )

Abel
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

Millones de gracias @leo1. Como siempre, tus comentarios me alientan y me motivan a seguir escribiendo, casi me sonrojan d: Muchas gracias, de verdad.

TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace casi 3 años

Pues yo tengo la suerte de estar leyendo de tirón, y es una maravilla. Tan entrañable, tan humano. ¡Enhorabuena, @Abel!


#19

[1. Autodestrucción]
Sigue siendo la primera noche de las colonias. Al Amado no le ha sentado bien el alcohol, así que está estirado sobre uno de los bancos que hay al lado de los lavabos. Reposa la cabeza sobre los muslos de ella, que con ternura infinita le acaricia el cabello y las mejillas y se inclina sobre su rostro, tapándole los ojos con su cabellera mientras le murmura cosas al oído. Se oyen risitas. Un mundo privado, en definitiva, sólo para ellos dos.
Yo lo observo todo, porque tengo que acompañar a nuestra amiga borracha al lavabo cada diez o quince minutos. La espero sentado lo más lejos posible de ellos, tapándome la cara con las manos. Cuando nuestra amiga me pide que la acompañe otra vez es como revivir una pesadilla. Conforme nos acercamos a los lavabos me voy poniendo más rígido, y hasta poner un pie delante del otro me supone un esfuerzo cada vez más sobrehumano. Pero aun así acudo. Y los contemplo, y sufro, porque eso es mejor que la posibilidad de no verlo.
Los dos duermen en la habitación 208, justo delante de la mía, la 209. Es una coincidencia inesperada y en principio inofensiva, pero no sé si Dios la ha orquestado para brindarme un regalo, pues estar cerca del Amado siempre es motivo de celebración, o como instrumento de tortura, porque si hay algo más angustioso que no saber dónde está el Amado es saber con exactitud el lugar en el que está teniendo sexo, y que ese lugar se encuentre a una docena de pasos de donde te encuentras tú ya rebasa lo mínimamente soportable. Es una certeza demoledora, pavorosa, una certeza que te aplasta, que te destroza por dentro segundo a segundo, con implacable tenacidad. Pero, aun así, con vocación de sadomasoquista, yo voy a contemplar la estrecha puerta de madera cerrada a cal y canto, con un imperioso «208» gravado en ella como una señal de advertencia. Compongo el rostro más inexpresivo que soy capaz y trato de contener los temblores de mis manos. ¿Por qué estoy aquí?, me pregunto. ¿Por qué me torturo tanto, y encima de forma voluntaria? ¿No puedo sencillamente ignorar la presencia de esta habitación, o como mínimo no ir expresamente a mirarla?
No, no puedo. Algo me lo impide. Soy como la mosca que se acerca a la luz, a sabiendas de que moriría abrasada. O como el perrito triste y aterido que se queda ante la habitación de su amo, esperando vanamente una caricia.
Y ahora es por la mañana. Estoy dormidísimo, y apenas me fijo mientras reúno todas mis cosas y las meto sin cuidado alguno en la mochila, hechas un auténtico «gurrumio», como diría mi madre. Yo, con lo aprensivo que soy con las arrugas y la ropa sin doblar. Eso demuestra lo aturdido que estoy y, en consecuencia, lo incapaz que soy de enfrentarme a situaciones sociales complejas, o, si más no, que pueden considerarse como un reto. Esta distinción, ahora que lo pienso, no tiene ningún sentido si es aplicada a mi persona, ya que todas las situaciones sociales son para mí, en mayor o menor medida, un reto.
De modo que yo, ignorante de todo, me dirijo al lavabo a lavarme los dientes, y justo cuando entro en el distribuidor, el Amado sale de la habitación 208, nueva y divina coincidencia.
Está descalzo, con pantalones cortos de deporte y una camisa sin mangas, bostezando y despeinado. Al verlo, me llevo la mano a un ficticio sombrero, como si fuéramos un par de banqueros británicos que nos hubiésemos cruzado de paseo por Hyde Park. Él me mira y murmura algo aturdido:
-Estoy agotado... ¿Qué haces despierto?
-Yo me voy ya -contesto componiendo una adormilada sonrisa-. Voy a lavarme los dientes.
-Yo voy a beber agua. Tengo muchísima sed.
Luego nos inclinamos levemente y cada uno se va por su camino, y yo no vuelvo a hablar con él hasta el lunes.

Hace más de 3 años

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#20

[2. Ilusión de progreso]
Abro la puerta y compruebo aliviado que la casa está desierta. De modo que dejo la mochila de las colonias sobre mi cama y vuelvo al comedor a espatarrarme en el sofá. Son las doce y media de la mañana, y tener que pasarme otras diez horas despierto se me hace una perspectiva totalmente desalentadora.
De repente me incorporo, helado, porque las imágenes de las colonias (temporalmente neutralizadas por el cansancio) empiezan a pasearse por mi mente como trémulos flashes. Recuerdo que estuve risueño y bromista toda la noche, que le di un beso en la cabeza y llamé «guapa» a una chica que apenas conocía, que incluso...que incluso bailé, me repito para mis adentros, atónito. ¡Bailar, yo, que ni siquiera sé qué hacer con las manos cuando las saco de los bolsillos! ¿Acaso aquellos inofensivos sorbos de alcohol ya sirvieron para «achisparme»? Pero eso no tiene sentido, razono, porque me acuerdo de todo y no tengo ni dolor de cabeza ni ningún tipo de secuela.
Entonces, ¿qué ocurrió para que mutase mi férrea actitud de rechazo hacia la cultura de la fiesta?
Analizando la cuestión detenidamente, me temo que lo único que fue que todos estaban demasiado enturbiados como para que les importase mi conducta (cuando no lo están tampoco les importa, lo sé, pero la timidez hace que pienses que todo el mundo te está juzgando y que secretamente te considera ridículo). La liberación, por lo tanto, no fue fruto de un cambio en mi interior, sino debido al cambio de la actitud de los demás. No es lo adecuado, pero como mínimo es un paso adelante.
Mi aversión hacia este tipo de eventos, por cierto, no tiene nada que ver con la música tan alta que ponen, ni con creer que sean la pura expresión del vicio, ni siquiera con los sólidos principios abstémicos de los que me vanaglorio en sociedad. Lo que ocurre en realidad es que detesto la idea de que los demás me vean perdiendo el control y que luego murmuren a mis espaldas.
Es curioso, pero romper las cadenas de la timidez no fue ni de lejos tan transcendental como siempre he imaginado. No me molesté en pensar que sí, que por fin tenía la valentía suficiente como para bailar delante de los demás y ser capaz de divertirme en una fiesta, ni tampoco pensé que eso significaba la culminación de algún proceso, ni que era un antes y un después en mi vida y en la historia de mi pobre habilidad social, más que nada porque estaba demasiado contento no sintiéndome inadaptado, desplazado, o culpable por no estar aprovechando mi juventud como para ocuparme en reflexiones de ese tipo.
Aun así, no entiendo la sobreexcitación tan exagerada que inspira a mis coetáneos esto de las borracheras. Cuando hablan de las locuras que hacen estando ebrios lo cuentan con satisfacción, con orgullo, como si eso fuese motivo de aplausos. ¿Los hace sentirse más arrojadizos, más altivos, más rebeldes, más valientes? ¿O, tal vez, sencillamente, lo encuentran divertido? En ese caso, mi humor dista bastante del suyo. Y, por primera vez, no me importa.
Creo que sé cuál es la razón exacta por la que me sentí tan seguro de mí mismo esa noche (seguridad que, por otra parte, no he conseguido trasladar a la cotidianidad, pero algo es algo). Durante todas esas horas, las pocas amigas que tengo se me iban acercando, y con preocupación y con genuino y auténtico interés por mi bienestar, me iban preguntando si me lo estaba pasando bien, si estaba a gusto, si quería irme.
Eso es algo que con mis amigas del colegio nunca he experimentado, porque cuando salía con ellas todas estaban demasiado entretenidas como para prestarme atención. Siempre pensaba que, si desaparecía, nadie me echaría en falta. Recuerdo lo culpable que me sentía en esas «quedadas», viendo que era incapaz de divertirme sencillamente porque estaba demasiado ocupado. Siempre tenía que estar en alguna conversación, metido en tal o cual broma (que normalmente no me hacía gracia o, directamente, no entendía) y procurando que siempre tuviera a alguien a mi lado, y que no fuera siempre la misma persona («¿y sí cree que soy un pesado? ¿Y sí cree que me pego a ella como un niño a su madre, porque soy demasiado torpe para relacionarme con los demás?»). Y era difícil. Muy difícil. Porque no podía evitar que, a veces, surgieran grupitos a mi alrededor. De algún modo siempre acababa en medio, sin estar en una conversación ni en la otra. Y me acercaba a sus espaldas, y sonreía a pesar de que no supiera de qué estaban hablando, e intentaba que me hicieran sitio sin que se notara. A veces funcionaba. Otras veces no.
Más tarde, cuando me veía atrapado en el compromiso de tener que asistir a una discoteca (cumpleaños, colonias, fiestas de graduación), recuerdo cómo me invadían la paralización y el nerviosismo. El volumen de la música, tan alto que la melodía parecía una frenética explosión nuclear, me intimidaba y me hacía sentir pequeño e inseguro. En ese tipo de establecimientos no se podían tener conversaciones decentes, y había poca luz, sólo antipáticos fluorescentes y luces de tonos oscuros. Así que me quedaba allí, sin saber qué hacer, con los brazos pegados al cuerpo (dejábamos las chaquetas en la entrada, y como ahora también había que ir elegante a las «quedadas nocturnas», no podía llevar sudaderas), concentrándome en forzar una sonrisa convincente y en intentar que no se me notara lo mucho que deseaba irme, pues la postura de mis hombros, la inclinación de mi barbilla, hasta los movimientos que hacían mis ojos en sus cuencas me parecían ridículos e inapropiados. A la mínima que intentaba mover un brazo al ritmo de la música ya me imaginaba los murmullos maliciosos de mis amigas: «Mirad que mal baila», «¡Uy, que chispa tiene hoy Jaime!».
Mientras, a mi alrededor, todo el mundo gritaba y disfrutaba y levantaba un puño al aire como revolucionarios enardecidos. Me sobrevenía entonces una terrible punzada de desamparo, de otredad, de culpabilidad, de frustración hacia todo lo que me rodeaba y hacia todo lo que yo era.
«No estoy hecho para ser joven», pensaba, exhausto y al borde del llanto, cuando por fin me metía bajo las sábanas y apagaba la luz, a salvo del mundo.
Cuando mis amigas quedaban sin mí (lo que ocurría casi siempre) era peor en cierto sentido. Sabía que aquello sólo me deprimía más, pero aun así me ponía a leer cada uno de los mensajes que enviaban por el grupo de WhatsApp a lo largo de la velada: los chicos se llamaban «gay» unos a otros, mis amigas enviaban fotografías borrosas en los que apenas se distinguían dos o tres caras pálidas y a veces subían notas de voz llenas de graznidos desinhibidos y balbuceos incomprensibles. Me sentía más cercano a ellas si iba siguiendo sus pasos conforme avanzaba la noche. Era una manera de engañarme a mí mismo y sentirme un poquito menos desplazado. Sólo un poquito. Todo lo que fuera posible.
Luego me iba a dormir y le lanzaba una última mirada al móvil, de insoportable desesperanza, de odio, de anhelo, de todo a la vez.
-Tienes que forzarte, tienes que sacrificarte y hacer cosas que no deseas si quieres conocer gente -me decía mi madre con voz dura-. Fuera del ámbito académico las personas son diferentes, y se generan experiencias y lecciones que a muchos les acompañarán toda su vida. Si sigues diciendo que no -añadía, amenazadora-, nadie volverá a invitarte, y quedarás excluido de todo eso.
«Y habrá sido por mi culpa», pensaba yo con la cabeza gacha, incapaz de articular una sola palabra ante la mirada de mi madre, concentrándome con precisión insana en observar cómo mis nerviosos dedos jugueteaban con la cremallera del abrigo.
- Sí, mamá -asentía, apenado, dolido, sin fuerzas, con una extraña presión detrás de los ojos.
Me siguen viniendo a la mente episodios de esos oscuros y difíciles años (2011, 2012, 2013), pero no me molesto en tratar de distinguir si ha habido algún cambio con el tiempo.
Ahora mismo, nada me importa menos.

Hace más de 3 años

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#21

[3. Ananké]
Sigo tumbado en el sofá, con la mirada fija en el techo y las manos entrelazadas sobre el esternón. Entonces saco el móvil del bolsillo. En su nueva foto de perfil, el Amado está sentado en un sofá cubierto por una sábana blanca con un pastel de cumpleaños entre las manos. Es el sofá tan paradigmático, lo he visto tal cantidad de veces en tantos hogares parecidos que mi mente es capaz de imaginar con una claridad casi vertiginosa el resto de su comedor, la vista desde su ventana (un árbol y la fachada de otro edificio de viviendas), la cocina, la lavadora y el baño. En mi mente brotan los pasillos, las baldosas y las paredes, casi como si el piso fuera un ser vivo que eclosionase en mi pensamiento, y entonces lo veo a él en su habitación, de noche, tumbado sobre su cama, mirando pensativamente el techo en la más inaccesible intimidad. Veo a sus padres casándose y comprando este piso, teniéndolo, enseñándole a andar y llevándolo por primera vez a la escuela. Los veo a los dos conversar de noche sobre él, en la cama de matrimonio, preocupados por una gripe o por un problema en el patio del colegio.
Yo ya lo quería entonces. Me da la impresión de que lo quería antes de que hubiese nacido, antes incluso de que ambos hubiésemos sido concebidos. Lo que siento hacia él se me antoja como algo inevitable, algo escrito con anterioridad, algo impredecible pero ya previsto desde el mismo momento en el que el ser humano abrió por primera vez los ojos.
Y algo mío, al fin y al cabo.

Hace más de 3 años

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Sixto_GS
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

Iba a escribir un comentario algo crítico en la anterior caja sobre que no sentía que hubieras aportado algo que no supiera (o tuviera la sensación de ya saber).

Prefiero alabar esta caja. Un acierto pleno. Me ha encantado la escena elegida para describir esa clarividencia que da el enamoramiento. Brillante. He sentido la emoción.

Abel
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

Coincido con tu crítica. Supongo que quiero dejar los pensamientos del personaje lo mejor explicados posible, y eso puede incurrir a veces en la repetición infundada. No me había dado cuenta hasta ahora, y tu comentario me ha aportado una nueva perspectiva sobre el relato. Gracias :)
En cuanto a tu halago, sólo puedo expresar agradecimiento y alegría. Has sentido exactamente lo que quería transmitir. Así que gracias por partida doble, @Sixto_GS


#22

[4. Patetismo]
Tras contemplar un par de segundos su foto me pongo a leer de cabo a rabo el chat de WhatsApp con el Amado, a sabiendas de que tal vez no sea lo más aconsejable considerando mi estado de ánimo.
El chat se remonta al 26 de octubre del pasado año, unos días antes de que volviera a las clases tras su convalecencia por la mononucleosis que padeció justo después de empezar la universidad. Así, mi dedo se desliza por los primeros acercamientos en catalán, vacilantes y escuetos, en los que me preguntaba cosas sobre horarios, aulas y apuntes de seminarios. Todos estos mensajes estaban inundados por una miríada de modismos corteses, «Muchas gracias», «Disculpa las molestias», «Nos vemos en clase», «Perdona la pregunta». Ahora sigue utilizándolos de vez en cuando, pero por aquella época (madre mía, lo digo como si hubieran pasado varios años), sonaban mucho más forzados.
Luego paso por nuestra primera etapa de confidencias, en los adorados jueves en los que yo le confesaba mi homosexualidad y le hablaba un poco de mis turbaciones de adolescente, y él a su vez me contaba la dificultad que había tenido para hacer amigos en la ESO. Luego empiezan las bromas, tímidas al principio, y que más adelante se van haciendo más desinhibidas y descaradas, mayoritariamente por él, desde luego, pero también por mí. Paso por muchos momentos memorables, como la vez en la que le indiqué la parada de metro equivocada para venir a la universidad y luego él llegó tarde a clase por mi culpa, cuando me felicitó por mi cumpleaños o cuando él perdió el autobús porque había ido a mirarme a una tienda una sudadera que, minutos antes, yo había recibido por correo. A partir de marzo el goteo de mensajes se va reduciendo lentamente, y se van limitando a esporádicas preguntas académicas y a alguna torpe broma por mi parte. Y así llego al día de hoy.
Y entonces, para mi asombro, rompo a llorar.
Es un proceso gradual, no obstante. Primero se me humedecen los ojos, y yo trato de secármelos furiosamente, enrabiado conmigo mismo, sintiéndome ridículo por dejarme arrastrar por los celos, tan infantiles y egoístas. Pero la presión en mi pecho continúa, y las lágrimas van resbalando por mis mejillas lentas, persistentes y agotadoras. La tráquea se me empieza a obstruir, así que me veo obligado a dejar escapar los sollozos.
Me siento un poco avergonzado por la escenita (lloro tumbado en el sofá, o de pie, con la cabeza apoyada en el marco de una puerta, o me paseo arriba y abajo poniéndome un puño en la boca), pero en el fondo es reconfortante, pues siento irracionalmente que alguien me está escuchando y se compadece de mí.

Hace más de 3 años

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#23

[5. Culpa]
Cuando lo conocí sabía que esto acabaría pasando tarde o temprano, por mucho que tratase de engañarme a mí mismo al respecto. Lo cual desmiente aún más si cabe el mito clásico del amor a primera vista (que no es más que puro y parco deseo sexual), pues incluso cuando sabes que el sentimiento amoroso efectivamente irrumpirá, éste se toma su tiempo en aparecer.
Pero, aun sabiéndolo, ¿cómo he podido permitir que las cosas llegaran a este punto? ¿Cómo he podido ir internándome alegremente en este camino aun sabiendo que nunca tendría ni el más mínimo futuro, y que si el sentimiento prosperaba estaría condenado a la angustia, a los celos y a la sensación de desgarro, de desesperación, de pura agonía?
Fèlix, la Lisa de sexto, Lisa Dalí, ni siquiera el encaprichamiento con Leonid que tuve el primer día de la Selectividad. Nada de eso era real. Eran meras obsesiones que me fabricaba para estar en sintonía con mi entorno unas veces (y responder a la incómoda pregunta de «¿a ti quién te gusta?» con un mínimo de credibilidad), a causa de la ansiosa y crédula concupiscencia pubescente otras, o como simple entretenimiento para darle a mi vida algo de color.
Eran a fin de cuentas sentimientos de cartón, sin ninguna base emocional verdadera, que en el fondo podía desechar si empezaban a hacerme daño de verdad.
¡Y ahora me veía a mí, que con mis diecisiete años de entonces creía saberlo todo del mundo, sin haber experimentado jamás el amor, los celos, la douleur exquise! ¡Esa opresión que me imponía a mí mismo, esas introspectivas y nada sanas cavilaciones morales sobre la homosexualidad, sobre la imperturbabilidad del ánimo, sobre la vigilancia de los sentidos! ¡Tan absurdas, ahora! Bueno, tan absurdas no, que en aquel momento estaba cargado de sentido. Pero sí de una estrechez de miras insoportable.
Esto es diferente en todos los sentidos, incluso en esos sentidos que yo no sabía que existían. Porque los celos son una emoción muy extraña, y aún más en este caso, me temo, pues yo nunca podré ser correspondido por mucho que me amargue.
Y, aun así, me provoca una frustración y una tristeza intensísimas, totalmente imposibles de equiparar a nada que haya experimentado hasta el momento. Y me siento culpable, y siento asco hacia mí mismo, porque en el fondo todo esto viene porque yo soy rencoroso, posesivo e infantil, porque no lo quiero lo suficiente como para alegrarme de que sea feliz aunque no sea conmigo (¡pero si eso ni siquiera es posible!). Y yo sigo llorando y llorando sin parar, sintiendo que esto es insoportable, que me ahogo, que me quiero morir... Pero mi mente, una y otra vez, con cruel tenacidad, insiste en recuperar el recuerdo del Amado despeinado saliendo de la habitación 208, y eso sólo hace que redoblar la intensidad de mis sollozos.
A fin de cuentas, sin embargo, todo se reduce a que la prefiere a ella. La prefiere a ella en lugar de a mí, y eso me provoca miedo a perderlo. Ha sonado muy egoísta, lo sé, pero es la verdad.
Últimamente me ha dado por escuchar la canción Without You, fruto de una colaboración entre Usher y David Guetta. La letra no es excesivamente magistral, pero tiene un ritmo que me induce a la reflexión y a ese tipo de desánimo a la vez dulce y resignado. Y hay un verso que dice: I Will never win this game without you.
Bueno, pues en lo que a mí concierne, I Will never win this game, anyway.

Hace más de 3 años

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#24

[6. Descrédito]
El Amado me pide si puedo leerme su trabajo de Literatura. Le digo que sí, que por supuesto, y me leo su trabajo dos veces, y busco en el DRAE las palabras que me suenan imprecisas, y le envío largos mensajes de WhatsApp recomendándole formas diferentes de cita y poniéndole la atención en errores puntuales, normalmente relacionados con la bibliografía o con la ortografía. Tanto la introducción como las conclusiones de su trabajo son ideas sacadas de la explicación que le di sobre la diferencia entre verosimilitud y realismo hace unas semanas (aunque a mí, todo lo ocurrido antes de las colonias se me antoja como si me hubiese ocurrido en otra vida), pero yo no le doy importancia. Incluso le digo que estoy orgulloso de él por haberme entendido tan bien.
Él me lo agradece someramente, e incluso llega a escribir: «que suerte tengo de tenerte».
«Que suerte tengo de tenerte...».
Durante toda la mañana, hasta los adoquines del suelo parecen más agradables. Me pongo a bailar en medio de mi habitación, solo, tratando de contener la exacerbada alegría que me recorre psicodélicamente brazos y piernas, como si fueran impulsos eléctricos. Si no tuviera vecinos quisquillosos al otro lado de las paredes, creo que no me importaría ponerme a cantar.
Minutos más tarde me entero de que hay convocada una huelga en el metro, así que yo, diligente, envío un mensaje al respecto al Amado. Llego a clase, pero él, naturalmente, no aparece porque ha obviado mi advertencia, de modo que me pide por WhatsApp que le pase los apuntes de la primera parte de la lección. Yo accedo sin siquiera tratar de reunir en mi interior las fuerzas necesarias para oponerme, o al menos para echarle en cara no haberme hecho caso. No quiero parecer un repelente, ni originar un ambiente desagradable, ni una confrontación.
Pero llevamos ya cuarenta y cinco minutos de clase y aún no hay ni rastro de él. De modo que saco disimuladamente el móvil y tecleo bajo el cajón del pupitre, «¿Cómo vas?». Pero entonces él me contesta con desvergonzada desfachatez: «No, si llevo aquí quince minutos».
Guardo el móvil de un manotazo y parpadeo, furioso. ¿Es eso? ¿El Amado únicamente se molesta en mantener el hilo relacional conmigo para que le pase apuntes y él pueda saltarse clase? ¿Acaso me hace estas bromas para manipularme y que así yo permita que ponga mis explicaciones en sus trabajos? Me utiliza descaradamente, pero aun así yo me siento miserable, pues sé que no me hubiera dado tanta rabia si no hubiese tenido la certeza absoluta de que en este momento está con ella.

Hace más de 3 años

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#25

[7. Deterioro]
Llega entonces el descanso, y él me abraza otra vez por detrás, pero eso no me suscita la acostumbrada alegría. De hecho, me pone aún más triste. Todo lo relacionado con él me inspira hastío y tristeza.
¿Por qué ya no puedo disfrutar de sus muestras de cariño como antaño? Tal vez porque me recuerdan a algo que no podré experimentar nunca con él, a algo superior que sólo se me permite atisbar con las yemas de los dedos. Tal vez, en el fondo, guardaba unas pequeñas expectativas con respecto al Amado que se iban incrementando con cada abrazo de oso y con cada broma, a pesar de mi supuestamente férreo y disciplinado control. Unas pequeñas expectativas que, como las que me inspiraba la universidad, resultaron ser al final grandes expectativas que han acabado truncadas por los suelos. Y ahora me da miedo volver a sentir algo hacia él, por inofensivo que sea. Me da miedo hacerme ilusiones (totalmente irreales, lo sé), sólo para que acaben despedazadas de nuevo. Cuando me habla, cuando me pone una mano en el hombro, su mera presencia me produce el deseo de huir precipitadamente al lavabo y romper a llorar sobre la taza del váter.
¡Ah, qué puros e ingenuos me parecen mis pensamientos a propósito del Amado, a principio de curso! ¡Sin resentimiento, ni ansiedad, ni amargura! ¡Qué sentimientos tan maravillosos, tan despojados de todo este armazón negativo y corruptor!
Recuerdo cuando sólo nos teníamos el uno al otro. Construimos a lo largo de esos adorados jueves y de esas comidas solitarias un mundo frágil, tembloroso, que poco a poco iba abandonando la superficialidad y la cortesía, a pesar de nunca conseguimos librarnos del todo de los silencios. Un mundo nuestro, a pesar de todo, íntimo.
Él llegó un mes más tarde a la universidad y no conocía a nadie excepto a mí, pues estábamos juntos en la cola el día de la matrícula. Ahora ya tiene amigos y ha encontrado su grupo (amigos en los que confía de verdad, amigos con quienes se lo pasa mejor y se ríe con más ganas) y una novia y no me necesita para nada.
Nuestros compañeros empiezan a comentar anécdotas de las colonias, y la verdad es que es curioso escuchar historias de borracheras desde el lado opuesto, desde el lado que estuvo presente, quiero decir. El Amado explica que por la mañana me encontró en el distribuidor, pero que estaba tan dormido que no recuerda ni qué me dijo.
-¿Tú te acuerdas?
«Ay, hijo mío, si tú supieras», pienso con cansancio.

Hace más de 3 años

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MaroonTigers_64
Rango7 Nivel 30
hace más de 3 años

Me intrigó el principio y una vez empecé a leer, no pude parar hasta leerlo todo; me encanta cómo está narrada esta historia, realmente te hace sentir en la piel del personaje. Muero por saber cómo continúa :)


#26

[8. Balbuceo]
A lo largo de los siguientes días siguen habiendo huelgas de metro (que sumen a Barcelona en el resentimiento y el caos) y yo sigo informando de los nuevos horarios al Amado como si fuese su secretario. En realidad, no es más que una excusa. Aún no hemos hablado de las colonias. Ni siquiera le he preguntado qué tal se lo pasó.
Al final, sin embargo, siempre acabo inmovilizado por las dudas:
«¿No se notará que le he dicho lo del metro únicamente como excusa para preguntarle sobre las colonias? ¿No suena eso a falsedad? Además, es evidente que se lo ha pasado bien, así que, ¿por qué tengo que preguntárselo? ¿No es eso una forma de tranquilizarme a mí, preocupado por quedar bien, que no un verdadero interés por si se ha sentido bien o no en las colonias? ¿No queda muy de entrometido?»
Pero nuevamente es él el que va un paso por delante, porque durante el breve viaje en tranvía me interroga respecto a ese agotador fin de semana. Pero yo, imbuido por la habitual timidez, no aprovecho para agradecerle lo apoyado que me sentí por él, y que eso me dio fuerzas para confiar más en mí mismo, sino que hago un par de observaciones distantes y asépticas sobre las colonias que no son ni reales ni fundadas.
¡Estúpido!, me digo. ¿Por qué me cuesta tanto abrirme a él? Tantas ganas de demostrarle que le quiero, y a la hora de la verdad siempre acaba triunfando el miedo al ridículo, a meter la pata, a sonar demasiado cursi.
Dios, tendría que pegarme con un canto en los dientes, por idiota.
Y luego, en la fila de los microondas, un adorado momento en el que estamos solos, él aprovecha para explicarme algo íntimo.
-Porqué ha tenido que venir Daniela... -musita.
-¿Por qué dices eso? -pregunto yo con un pequeño respingo.
-¿Por qué quieres saberlo?
-Bueno... por curiosidad...
¡No, no, no, no, NOO! ¡Imbécil! ¿Por curiosidad? ¿En serio no se me ocurre otra razón un poco más comprometida? ¿Por qué no le digo la verdad, que soy su amigo y que me preocupa si hay algo que le incomoda o le haga sentirse mal? ¿Por qué si él confía en mí yo no hago lo mismo?
De modo que, intimidado ante este repentino episodio de sinceridad y desahogo (episodios que yo casi he olvidado), me pongo de los nervios en mi afán por decir lo correcto, por decir justo lo que haga darse cuenta al Amado que yo estoy de su lado y que me hace muchísima rabia que Daniela lo haya hecho sentir tan mal. Pero sólo soy capaz de pronunciar los modismos insustanciales de siempre («Vaya...», «Que fuerte», «No me lo puedo creer»), impedido, casi paralizado por el retraimiento y la presión.
Lo decepciono. Cuando yo le cuento una cosa que considero importante, me gusta que muestre interés, que haga preguntas. Pero yo no sé qué preguntar ni qué comentarios pronunciar al respecto. Se me ve reticente, casi irritado. Ahora nunca más volverá a contarme nada, estoy seguro. Esta ha sido la prueba definitiva de que no merezco la pena como amigo. Le he fallado.
¿Ves? ¡Es que ni siquiera me preocupo por lo que debe sentir el Amado al respecto, sino sólo de cómo me afecta eso a mí!
Sea como sea, mi reacción es totalmente errónea, como al parecer lo es todo lo que hago relacionado con el Amado. Pobre chico. Se merece alguien mejor que yo. Tan egoísta, tan inseguro, tan neurótico, tan autocompasivo y con tendencia a lamentarse sin llegar a solucionar nunca nada.

Hace más de 3 años

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#27

[10. Impedimento]
Cada día hablamos menos. Desde principios de trimestre que no hay adorados jueves. La verdad es que no me importaría elevarlos a los altares, esos jueves, porque ahora me doy cuenta que de no ser por esas distraídas y mortecinas horas de biblioteca nunca habría llegado a ganarme su amistad.
Tampoco hay trabajos en grupo, ni largas conversaciones de WhatsApp en las que me preguntaba sobre los seminarios de Historia y yo me emocionaba cuando me llamaba «tío». De hecho, ahora me deja varias horas con el doble tic azul, como una oprobiosa prueba de desdén.
Ya ni siquiera está todo el tiempo del descanso de la comida con nosotros. Se queda cinco minutos de rigor, y luego, con la excusa de comprarse el té, corre a los brazos de su novia y de su grupo de amigos de verdad. En la comida se mantiene apartado de la conversación, con los ojos fijos en el móvil y sin quitarse los auriculares. Creo que, en realidad, se aburre con nosotros. Se aburre conmigo.
Me gustaría poder tener una conversación de verdad con él, una solamente, sin espectadores ni intermediarios, en la que él y yo hablemos con sinceridad, sin tapujos, como antaño. Le puedo explicar lo que sentí en las colonias, mis impresiones sobre otra gente, mis opiniones. Y, si le presiono un poco, a lo mejor me cuenta cosas de su novia, de cómo es estar enamorado y que te correspondan. Tal vez, si él me explica lo feliz que está siendo, si me lo explica porque quiere, porque tiene el gusto o la necesidad de confiármelo; entonces, tal vez, mi tristeza se mitigará un poco. Tal vez, si veo que quiere compartir su felicidad conmigo, por propia iniciativa, no movido por convenciones sociales o compromisos irritantes, entonces puede que yo también sea más feliz. O no. No lo sé.
Pero el caso es que ya nunca lo pillo solo. Sólo por las mañanas, en el corto trayecto que va de la estación de metro a la universidad, y durante unos miserables y valiosísimos minutos en la cola del microondas. Pero ninguna de esas situaciones da pie a confidencias, porque no son sino meros espacios de tiempo entre dos episodios más importantes. Un tiempo vacío de contenido, muy breve, pero que sin embargo hay que rellenar con algunas palabras intrascendentes. Incluso cuando él me hace preguntas personales yo soy reticente a contestar, porque siempre me las hace cuando estamos comiendo, y siempre están delante nuestras otras amigas. Y esa aprensión por su presencia se mezcla con las ganas desesperantes que tengo de sincerarme con él, de demostrar que confío en él y que le considero un buen amigo.
Me da la sensación de que no puedo hacer nada por evitar el distanciamiento, y a la vez que todo esto está pasando por mi culpa.
Lo más horrible de todo es que ahora llega el verano, estación en la que los dos se sumergirán sin pudor ni contención algunos en la ola de entusiasmo sexual que sobreviene a todas las petulantes parejas al inicio de su relación. Se lo pasará genial, y dudo que se acuerde de mi existencia en todas las vacaciones. Y cuando volvamos a las clases, en septiembre, se habrá acostumbrado tanto a no verme, a no pensar en mí, a que yo no forme parte de su vida, que cuando nos veamos de nuevo me percibirá como un completo desconocido. No, será aún más incómodo, porque me percibirá como un desconocido que antes fue su amigo, un amigo con el que ya no tiene nada en común.
¿Y quedar con él en verano? ¡Claro que no! No quiero imponerle mi compañía, que, en el fondo, le aburre e irrita. Y, por supuesto, me da vergüenza quedar con él a solas, fuera de la universidad... Creo que no sabría cómo comportarme.
Una persona que quiere a otra de verdad es feliz si ésta lo es, aunque no sea con ella. Me lo repito continuamente para mis adentros, pero creo que nunca ha habido nada más difícil de cumplir.

Hace alrededor de 3 años

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#28

[11. Paroxismo]
Últimamente escucho música a un volumen mucho más alto de lo recomendable. Levanto la rodilla derecha repetidas veces mientras estoy sentado en clase, como una suerte de tic nervioso, tengo la imperiosa necesidad de manipular objetos con las manos (tijeras, quita-grapas, mandos a distancia, a veces incluso mis propios dedos) y tomo apuntes apretando mucho el bolígrafo contra el papel de la libreta, como si quisiera perforarlo, con una especie de ansiedad furiosa. Estoy siempre triste e irritable, me cuesta muchísimo concentrarme en clase, lloro a la mínima provocación y a veces me cuesta respirar.
He perdido de vista hasta el entorno más cercano. Duermo poquísimo, escribo sin parar (sobre todo en el móvil), y lo único que hago es estudiar, estar en la biblioteca de ocho a ocho e ir en transporte público (en el que tampoco permito que mi cabeza acceda al ocio, pues leo textos relacionados con mis asignaturas).
También se me han quitado las ganas de comer, como cuando hice la Selectividad. Ya no salgo a correr, ni leo, ni veo series, ni películas, ni documentales. Estoy completamente desconectado de la actualidad informativa, de las vidas de mis padres, de mis amigas del colegio, de mi hermana, de mis vecinos, de mis compañeras de música. Todas esas actividades y personas han quedado desprovistas de cualquier tipo de sentido, no digamos ya de interés. Pues, ¿qué atractivo le puede quedar ya al mundo? ¿Qué más me puede ofrecer esa realidad chillona que presuntuosa se despliega más allá de mis pupilas?
Nada me distrae de esta laboriosidad frenética, pero aun así el Amado logra colarse. Tal vez sea yo el que le deje entrar.
Es que aunque me haga daño estando cerca de mí. No soy capaz de apartarlo. Llegados a ese punto, el dolor es tan intenso que resulta casi placentero. Lo digo porque, a pesar de todo (a pesar de todo, reitero), prefiero mil veces este dolor a una vida en la que no hubiera conocido al Amado. Él es, en efecto, lo mejor y lo peor de todo cuanto he experimentado.
Aún así, debo aprender a dejarlo marchar. En el fondo yo no soy tan especial para él, porque él es cariñoso y amigable siempre, y abraza y toca a todo el mundo. Que también sea así conmigo no significa nada.
Debo aceptar que se lo pasa mejor con otras personas. Que siente más próxima a otra gente que a mí. Pero, ¡ay, ay, ay, ay! Tengo ganas de arrancarme los ojos de sus cuencas, de comerme las manos a mordiscos, de darme cabezazos contra la pared, de desgarrarme el pecho hasta que se me caiga el corazón al suelo. ¡Lo que sea con tal de que esto pare!

Hace alrededor de 3 años

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Sixto_GS
Rango10 Nivel 48
hace alrededor de 3 años

¡Ay,ay,ay!
Me alegro de haber avanzado en la historia, así sea con este dolor.
Un saludo @Abel

Abel
Rango10 Nivel 48
hace alrededor de 3 años

Muchas gracias por tu apoyo y tu fidelidad @Sixto_GS. Se agradecen mucho :)


#29

[12. Alienación]
Hay suelos relucientes, bosques dorados tras altos ventanales, y un retrato y una cruz presidiendo la estancia, como marca la ancestral costumbre. Al fondo, el doctor Dilliard dicta cátedra desde la tarima. A mi lado, tomando apuntes desde el anfiteatro, están el mago de Oz y la reina Fabiola de Bélgica. Y el doctor Dilliard es una Cabra.
Y aun así no es suficiente, porque desciendo a otra lección y a otra aula, con ventanas diminutas y paredes blancas iluminadas por antipáticos fluorescentes que amarillean mi piel. Sentada delante de mí está ella, con una blusa verde que permite entrever la goma del sujetador. El Amado ha tensado esa goma, la ha retirado de ese torso.
Intento flotar hacia arriba, lejos del temblor y la angustia, pero éstos se me aferran a la garganta y me arrastran de nuevo al interior del tórax. Atrapado, digo fe en la ceguera, y entonces cierro los ojos: la oscuridad, el no rotundo e impenetrable.
Tampoco eso es suficiente, porque tengo que ponerme un puño en la boca para no echarme a llorar de insoportable pero exquisita opresión. A lo lejos, en la pizarra, la profesora de Introducción a la Comunicación Pública habla de Chomsky, y todos asienten a mi alrededor con un aire muy distinguido.

Hace alrededor de 3 años

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leo1
Rango12 Nivel 57
hace alrededor de 3 años

Cautivada con este relato del sentir por el Amado...objeto de deseos y querencias...como siempre muy bien contado...trasmites ese paradójico mundo interior del protagonista de forma muy vívida, saludos querido @Abel

Abel
Rango10 Nivel 48
hace alrededor de 3 años

Muchas gracias, @leo1! Lamento haber contestado con una tardanza tan inexcusable, pero no he estado mucho por la página últimamente. Gracias de nuevo! :)


#30

[13. Ego]
«¡Háblame! ¡Háblame, te lo ruego!», suplico en voz baja mientras agarro el móvil con manos temblorosas y fijo mi vista en el icono de WhatsApp, con cierto aire obsesivo, me temo. Mis padres y mi hermana revolotean a mi alrededor, formulando requerimientos incomprensibles: recoge la cocina, juega conmigo, baja la basura, estás muy raro últimamente. Yo mismo voy cambiando de escenarios (mi habitación, el tren, un plato de comida, la ducha) pero mi estado permanece invariable. Es como si el sufrimiento nunca vaya a desaparecer, como si me persiguiese allá donde vaya. Como si el sufrimiento y yo fuéramos la misma cosa, como si nos hubiésemos fundido en un nuevo ser: no en un ser que piensa, o desea o se complace, sino en un ser que únicamente sufre, que no deja lugar para otra emoción.
Mi padre se sienta conmigo a la mesa. Me habla de política. De Sánchez y Junqueras e Iglesias. ¡A mí, que ni siquiera sé si estamos a día 2 o a 22!
¡Qué hagan lo que quieran los británicos con su Brexit! -me veo tentado de gritarle-. ¡Me da absolutamente igual!
Y mi hermana... ¿Cuántos días hace que no hablo con mi hermana? ¿Dos? ¿Tres? Tengo un vago recuerdo de habérmela cruzado por el pasillo, de habernos dicho buen provecho y buenas noches.
No estar seguro de algo tan elemental me asusta.

Hace alrededor de 3 años

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#31

[14. Reincidencia]
Hace ya algún tiempo el Amado bromeó sobre qué ocurriría si él y yo fuéramos a trabajar juntos en una tienda de ropa. Recuerdo que dijo que tendríamos un lenguaje de signos para comunicarnos si yo estaba en la caja y él atendiendo a los clientes, que nos chocaríamos la mano si nos cruzábamos por la tienda, que cuando él necesitara una camiseta yo se la lanzaría y él la cogería al vuelo, perfectamente sincronizados, haciendo gala de una complicidad íntima y perfecta.
Luego empezó a decir que surgiría el amor durante el verano, entre cajas de ropa, perchas y clientes estresados, en los vestidores, en el almacén... «Entre bambalinas», como apostillé yo, que me uní a las carcajadas de las demás intentando controlar que los latidos de mi corazón no se me disparasen y que no me ruborizase demasiado.
Luego estuve unos cuantos días perdiéndome en ensoñaciones crédulas. Sé que es una tontería irrealizable, pero ojalá... ojalá que nada de eso no fuera una broma...

Hace alrededor de 3 años

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#32

[15. Agotamiento]
A lo mejor debería huir de aquí, bien lejos. Lejos del Amado, de la universidad, de mis padres, de todo este dolor, que parece que inunda sin remordimientos hasta los recovecos más ocultos de mi ser. Lejos de Barcelona, de esta ciudad cosmopolita, venida arriba y tan desvergonzadamente próspera, moderna y petulante que sólo consigue hacer que me enoje.
Podría ir a un lugar remoto y perdido, donde nunca pase nada. Podría ir a Islandia a estudiar los géiseres, o a la taiga lapona, a perderme por los neblinosos bosques de coníferas. Podría hacer un voluntariado en Europa del Este, un voluntariado de verdad, de los de ayudar a hijos de padres alcohólicos y de hundirse en el fango hasta el pecho. Podría irme a vivir a orillas del lago Baikal (tan grande como Cataluña) y contemplar cada día su superficie vítrea y luminosa, tan inmensa, misteriosa e indiferente. Podría unirme a una tribu nómada del desierto de Gobi, o a una expedición para encontrar ruinas incas en los Andes.
Podría recluirme en un monasterio tibetano, en el lugar más alto de la tierra. Me enseñarían a conducir todo este dolor hacia algo más elevado. Podría raparme el cabello, embutirme dentro de un hábito rojo y fundirme con el silencio ensimismado de la congregación. Entonces dejaría de pensar y me abstraería de mí mismo hasta desaparecer. Me vaciaría y me convertiría en una individualidad mínima, en pura transparencia. Como una pompa, sin nada dentro. Sin emociones, sin remordimientos, sin dolor ni alegría. Flotar hasta abandonar el mundo.
E irme lejos, muy lejos, donde no tenga que hablar con nadie ni tampoco sienta nada por nadie.
Mis padres me han dicho que me he adelgazado demasiado. Que no como. Que apenas hablo con ellos.
Me da igual.

Hace alrededor de 3 años

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#33

[1. Subjetivismo]
Las ramas de los árboles se mecen apáticamente, como si hubieran perdido cualquier interés en la vida. El cielo, plúmbeo y opresivo, parece que se acomode directamente sobre mis hombros. Las fachadas de los edificios están oscurecidas por la lluvia de los últimos días, y el trino de los pájaros se me antoja histérico, desquiciado, como si chillasen de desesperación.
Para llegar a casa tengo que bordear un parque. Los enmarañados arbustos, los recios troncos de los pinos, la pedregosa arenilla arremolinándose en sus raíces; todo no hace sino confirmar la impresión que tengo de que el desánimo es inherente a la propia naturaleza.
Los transeúntes caminan a grandes zancadas con la mirada absorta en móviles, en libros, en portfolios o en el propio suelo, pues temen levantar la vista y encontrarse con la incómoda mirada de un desconocido, lo que podría interpretarse como un leve signo de mala educación, puede que incluso de descaro.
Yo nunca he sido capaz de pasear por Barcelona con tranquilidad. Los locales de moda adornados con lucecitas, las tiendas caras, la música amena, los sofás y las risas y las botellas de cerveza, las birres. Me parece un ambiente que está vetado para mí, reservado sólo para la gente segura de sí misma o para los jóvenes de anuncio. Yo desentonaría. Ni siquiera sería capaz de apoyar la espalda en el sofá de lo tenso que estaría.
Pero lo que más odio, sin duda, es encontrarme con gente de mi edad por la calle. Son un público socarrón y malintencionado, a veces me da la sensación de que me siguen con la vista y que luego se lanzan entre ellos miraditas divertidas y condescendientes a mi costa. Por eso trato en la medida de lo posible ir por las calles menos transitadas, aunque eso implique llegar más tarde a todas partes.
Con este panorama, la verdad es que prefiero pasear por los polígonos desiertos del área metropolitana que por el Arco del Triunfo.
En ese sentido, recuerdo cuando era pequeño y jugaba al Assassin’s Creed en la televisión del comedor. Me gustaba vagar sin rumbo por el desierto o por los barrios pobres de las ciudades, ignorando las insistentes misiones que parpadeaban en el mapa, simplemente por el placer de poder pasearme tranquilo, de ir adonde quisiera, de explorar o descansar en un tejado o en el rincón más umbrío de una plaza sin tener que darle explicaciones a nadie, sin temer miradas de burla o de extrañeza.
Me creo el centro de la vida humana. Todos me miran, todos me juzgan y me señalan.
Pero es mentira. Sé que todo está dentro de mi cabeza, pero, como dice Dumbledore, «¿por qué no iba a significar eso que no es real?»

Hace alrededor de 1 año

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#34

[2. Incomprensión]
Me derrumbo y se lo cuento todo a nuestra amiga. Estamos sentados en los bancos del andén de la estación de Rodalies (con todo este revuelo de huelgas, hace semanas que no utilizo el metro). Espero a que nos quedemos en silencio, y entonces le cojo la mano.
-Tengo un problema -confieso-. Soy profundamente infeliz.
No sé por qué he sido tan reticente a contárselo a alguien. Supongo que tenía miedo de que viesen lo mucho que dependo de él, lo poco que me valoro a mí mismo y lo poco que tengo presente el discurso feminista de «No necesitamos a los hombres para sentirnos realizadas» y ese tipo de cosas.
Subimos al tren. Ella me mira apenada, y conforme va avanzando la conversación va atando cabos y comprendiendo recuerdos con todo su significado («¡Por eso le regalaste el fuet en su cumpleaños!», «¡Por eso querías que bajásemos a la primera planta de la biblioteca!»). Me coge el brazo y me lo acaricia, tratando de animarme, y me dice que tengo que tratar de poner distancia con estos sentimientos. Me ofrece su ayuda, su apoyo, y todo lo que ella pueda darme.
¿Me siento reconfortado? No ha dicho nada demasiado pintoresco ni arrebatador, ni siquiera se ha sorprendido en exceso. Pero la presión del pecho se afloja levemente, y siento que puedo exhalar con normalidad.
Ella está a mi lado. Se preocupa. No estoy solo, y he estado demasiado concentrado en mí mismo como para darme cuenta.
Esa noche, mi madre levanta la vista del plato. Al principio muestra alivio (creo que pensaba que tenía depresión o algo así), pero enseguida frunce el ceño.
-Eso no puede ser, Jaime -dice con severidad, casi irritada-. Tienes que ser lo suficientemente adulto como para pasar página y no dejar que esos sentimientos te hagan más daño.
Sé que está enfadada por no habérselo contado antes. También noto su preocupación por mí, sus ansias de protegerme, su maravilloso altruismo. Sé que ahora mismo podría plantarse delante de Javier, llamarlo «Cabrón» y darle una bofetada.
Pero siento que no me entiende. Me habla como si todo esto fuera una tontería, un encaprichamiento infantil o una especie de error fruto de mi torpeza e inexperiencia, como cuando tengo miedo de ir al banco solo o me olvido de ir a la cita del médico. Luego se levanta, me da un beso en la mejilla, me sonríe con lástima y abandona la cocina.
Ella se lo cuenta a mi padre, al día siguiente vamos a la playa y entonces él me suelta:
-A ver, Jaime, a veces tienes que buscarte la vida. Y hay un montón de aplicaciones para encontrar pareja.
Me lo quedo mirando con estupor. Sé que suena muy de adolescente, pero a veces pienso que mis padres y yo vivimos en planetas distintos.

Hace alrededor de 1 año

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#35

[3. Obstinación]
La opinión imperante, no obstante, apenas difiere de la sostenida por mis padres o por nuestra amiga. En efecto, a lo largo de los siguientes días voy reuniéndome con las pocas amigas del instituto que conservo, y entonces me abro el pecho de arriba a abajo y de esa zanja salen expulsados, casi a borbotones, los secretos de todos estos años. Ellas se sacuden las salpicaduras como buenamente pueden y comentan, se sorprenden, y me cogen del brazo.
A cambio, recibo también muchas confesiones. Sus vidas tampoco son perfectas: inseguridades, desilusiones y traiciones las poblaban y las pueblan. A mí, semejante posibilidad ni se me había pasado por la cabeza. La verdad es que, ahora que lo pienso, yo tampoco debo de ser un muy buen amigo, siempre tan serio y distante, tan reconcentrado en mí mismo. Todo el asunto no hace sino ofrecerme nuevas y emocionantes formas de mortificarme, porque descubro que, en el fondo, no he sido más que un egocéntrico inútil y narcisista. Pero el cambio, ese concepto tan abstracto que para mí es casi irreal, se presenta de repente como una opción perfectamente viable.
En mis silencios y en la serenidad con que hacía la señal de la cruz antes de cada examen ellas creían ver estoicismo. En mis palabras vacilantes veían equilibrio y prudencia, en mi intransigencia hacia las fiestas, sencilla madurez. Secretamente me envanezco que pensaran eso de mí, pero aun así no lamento desilusionarlas. Ahora siento que tengo un apoyo, que yo también cuento. Que ellas cuentan conmigo.
Es bonito.
Me dicen que, habiendo vivido en un temeroso hermetismo que me asfixiaba y me protegía a partes iguales, es normal que me vea golpeado por este arrebato con tal grado de intensidad. Me dicen que tengo que intentar verlo como «uno más», y que si eso no es posible lo mejor es distanciarse, o mejor, conocer a otra persona. En ese sentido intentan alentarme recordándome que pronto llegará el verano.
La perspectiva es desoladora. Intento imaginarme un mundo donde el Amado sea de nuevo Javier, no el Javier que me provocaba expectación y alegría, sino otro ser que se alzará ante mí como un recordatorio de mi deseo eternamente postergado.
No lo puedo evitar. Sin el Amado, la existencia entera se diluye en gris, en una nada omnipresente y opresiva, un océano informe, un absurdo sin razón de ser.
Ni los estudios, ni deshacerme de la timidez, ni escribir un libro, ni mis amigas (lo que me provoca una punzada de culpabilidad, sobre todo ahora), ni eventualmente encontrar a un brumoso «alguien». ¿De qué manera puedo existir para satisfacerme? ¿Y por qué querría satisfacerme? Sin el Amado, sólo me queda una vaga sensación de que la vida no merece la pena.

Hace alrededor de 1 año

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#36

[4. Xenofobia]
¿Y si Lotte tiene razón? ¿Y si me acerqué al Amado únicamente porque me daba miedo la posibilidad de que pudiera corresponderme? Con él podía jugar sobre seguro, porque si me rechazaba no sería tanto por mis propios defectos, sino por una cuestión biológica.
Repaso mentalmente a los chicos homosexuales que hay en mi vida: mi primo, dos meses menor que yo, que nunca ha tenido problemas al respecto y con quien nunca he hablado sobre este tema ni sobre ningún otro. Un compañero de nuestra clase de Escritura Periodística, que es gimnasta y rubio. Y el propio Pau, que me acosaba durante nuestra pubertad porque su manera de no aceptarlo era meterse con los que eran como él. La mía, simplemente, era acallarlo hasta que, a fuerza de no hablar de ello, desapareciera.
De todos ellos estoy separado por un muro de incomprensión, recelo y envidia. No me imagino manteniendo una conversación con ellos, ni asistiendo a sus desfiles, ni entrando en sus discotecas o en sus bares. Tampoco es que tenga nada que celebrar, ni mucho menos algo de lo que sentirme Orgulloso. Y ese estilo de vida me resulta ajeno y oscuro, pícaro, depredador. Ellos advertirían de inmediato mi inexperiencia, mi mirada asustadiza y bisoña, mi incapacidad casi física para respirar su mismo aire o incluso para concebirlos también como humanos. Porque en el fondo es como si estuviese incompleto. Un desgarro, una ablación. Algo que todo el mundo desarrolla en algún momento, todos menos yo.
¡Soy tan mojigato! Pero si no me sentía cómodo con el juego de bromitas estridentes y un poco histéricas que establecían mis amigas con otros chicos, tampoco lo estaría con uno donde sólo hubiese chicos: me sentiría expuesto y trastornado, perdido y sin referencias. De hecho, si uno se me acercase a flirtear conmigo creo que me desmayaría allí mismo antes de poder pronunciar palabra alguna. En cualquier caso, tengo claro que sería horripilante.
La verdad es que la idea de que haya otros homosexuales como yo campando por el mundo me pone nervioso.
De todo esto hablo con una amiga mía que conoce tales ambientes. Admite que en ocasiones pueden presentar cierta degeneración, pero a ella le gustan. No lo tengo muy claro, pero creo que mi amiga es bisexual. Me suele reprender al respecto por «utilizar etiquetas», pero a mí la manía de no definir siempre me ha irritado. Yo soy homosexual, y ya me ha costado lo suficiente aceptarlo y comprenderlo como para que ahora me quiten esa identidad en aras del libertinaje. Aunque llamar a todo esto "identidad" quizás es sobrepasarse, al menos en mi caso. Yo lo llamaría... no sé, algo molesto y complicado, una criatura extraña que me observa con reproche porque no sé amaestrarla, o satisfacerla, o honorarla, una criatura que es en parte un estorbo, pero que a la vez también es, soy yo mismo.
Lo que quiero decir con todo esto es que no puedo imaginarme siendo la pareja de alguien. La confianza, la complicidad, el desbordamiento mutuo, todo eso me aterra, todo eso deseo. Ni siquiera puedo generar la imagen de tener por horizonte los ojos de otro hombre («hombre», qué palabra más imponente, qué grande me viene a mí), mientras que una lengua se adentra en lo que hay después de mis labios. La verdad, visto así, parece un poco asqueroso. Como si tuviese un gusano húmedo hurgando dentro de la boca y tuviera la necesidad de escupirlo. Y la penetración me parece algo tan violento que apenas puedo concebir el acto en sí.
Y si nada de todo eso es posible culminarlo con el Amado, si no lo era desde un buen principio, entonces, ¿a santo de qué tantos lamentos?

#37

[5. Advertencia]
Nuestra amiga empieza a desarrollar una honda antipatía hacia el Amado. Cada vez que él me abraza, apoya la cabeza en mi hombro o me hace cosquillas la sonrisa de nuestra amiga se queda congelada en su rostro y cruza conmigo una rápida mirada.
-Él lo sabe -sentencia un día en la estación de Rodalies (que ya se ha convertido en nuestro espacio predilecto para las confidencias).
Dice que él me incita, que siempre lo ha hecho y siempre lo ha sabido, más o menos. Dice que no me tengo que dejar engatusar y que él se está aprovechando de mí, porque hay personas a las que les gusta demasiado sentirse deseadas. Dice también que merezco mucho más de lo que el Amado a sabiendas me ofrece: sus vanas promesas, las imágenes conjuradas por nuestros roces, los delicados vapores, la sutil intimidad de sus miradas, sus juegos y provocaciones… Nunca fue una amistad normal.
Así que ahora mi Javier tiene vocación de ídolo, de deidad perversa y espléndida. Dar, sí, pero dar lo justo. Inflamar el pecho del hombre con ansias de unión, pero luego esconderse tras resplandecientes tinieblas. Y hacerlo bailar en su mano.
Si el Amado es un dios (no importa lo que diga nuestra amiga), entonces yo acepto sin reparos el papel de su sumo sacerdote, y me postro ante el ara de sacrificio y entono para Él mis salmos desesperados: «¡Quiero verte, Señor, y morir luego, morir del todo; pero verte, Señor, verte la cara, saber que eres, saber que vives! ¡Mírame con tus ojos, ojos que abrasan; mírame y que te vea! ¡Que te vea, Señor, y morir luego!»
Por eso, cuando me abre por WhatsApp dejo todo lo que estoy haciendo y contesto sus bromas y me quedo mirando su foto de perfil varios minutos. Me derrito del alivio. Nuestra amistad, que tan frágil me parecía hace unos días, me hace llorar de lo sólida que parece ahora. De repente, los tenues reproches de nuestra amiga me parecen muy lejanos e incomprensibles, porque él sigue aquí.
Ya lo estableció Werther: como el sano que guarda el lecho del enfermo, el hombre razonable tampoco puede curar al ofuscado de aquello que lo ciega.
¡Dios mío, puede hacer lo que quiera conmigo! ¡Estoy totalmente a su merced!