Raiquen
Rango9 Nivel 42 (3552 ptos) | Escritor autopublicado
#1

Siempre me parecieron unas aves tan bellas y gráciles, con sus cuellos esbeltos y su andar elegante.
Pero sus historias me parecían aún más hermosas e interesantes.
Una de las que más me gusta es la de los cisnes negros: los griegos creían que los cisnes sólo eran blancos, hasta que descubrieron a los cisnes negros y se sintieron tan perplejos, que en Economía se acuñó el término "cisne negro" para los hechos imprevisibles que desestabilizan un sistema.
Otra historia que recuerdo también es griega, y trata sobre el último canto de los cisnes, que se supone siempre es el más bello y trágico que cantan nunca, y que al terminarlo mueren irremediablemente.

Todo ésto paso por mi cabeza cuando te vi llegar con tus plumas negras y tu canto agónico.

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#2

Me debato entre creer que todo eso fue casualidad, una premonoción o la súbita comprensión de cómo iban a desarrollarse los acontecimientos inmediatos y posteriores a tu llegada.
No podía decirse que el primer pensamiento que uno tenía al verte tuviera algo que ver con cisnes. No tenías nada en común.
Tu andar apesadumbrado.
Tu garbo torcido.
Tu belleza marchita.
Tu figura maltratada.
Todo en ti desentonaba con la imagen que tenía de los cisnes.
Y aun así...
Te recostaste en el diván con cierto cansancio, tus cabellos negros cayendo sin gracia por los bordes de la cabecera.
Te observé largo rato mientras mirabas el techo con la mirada perdida (o encontrada en otra parte). La mía, en cambio, seguía con atención los movimientos de tu pecho, acompasados a tus pensamientos.
Así hasta que los segundos, los minutos de silencio te parecieron demasiados, opresivos, y giraste la cabeza hacia mí, clavándome tus pétreos ojos.
-¿Y?- inquiriste con impaciencia.
-¿"Y" qué?- te respondí, con fingida indiferencia. No me gustaba empezar las sesiones así, pero normalmente hacerlo de esa forma predisponía a los pacientes para hablar.
-¿No va a preguntarme por qué estoy aquí?- respondiste, los primeros compases de tu melodía final pugnando por salir.
Bien, iba a ser algo casi mecánico, un caso sencillo.
-Dígame, srta. Suann, ¿qué la trae a mi consultorio?
La más bella canción comenzó.

Hace más de 4 años

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Demer
Rango6 Nivel 29
hace más de 4 años

Me encanta y estoy enganchada. Espero leer más pronto :D


#3

Me hubiese gustado incluirte en un test de Roschach para ver si había algo mal con mi aparato psíquico, o alguien más veía en ti a un cisne. Quizá después de la lámina que parece un murciélago o una mariposa. Como si llegaras después de algo oscuro o algo hermoso, solo para cambiarlo.
- Creo que no amo a mi esposo- comenzaste, anunciando una canción violenta.
- Muchas mujeres se desenamoran al tiempo. ¿No debería acudir a un consejero matrimonial en lugar de un psicólogo?- te contesté, algo desconcertado. Si tan solo hubieses dejado de retorcerte ese mechón burdo con el dedo...
- No es eso. Aún le quiero, pero no como antes, y no quiero herirlo.- bufaste. Un silencio de calderón a mitad de tu canción. Supe esperar, y los ruidos poblaron la sala, hasta que decidiste continuar. - Creo que soy yo la que no termina de quererse.
Es el primer movimiento, y tu canto ya tiene un crescendo.
- ¿Y eso? ¿Por qué no te quieres? - me acomodé en mi asiento, quizá señalaras lo que yo había notado al contrastar los cisnes contigo.
- No sé, siento que me abandoné, que dejé de hacer lo que me gustaba.
- ¿Tienes hijos?- inquirí. Grave error: tu rostro, ya de por sí de frágil belleza, se contorsionó en una mueca que terminó de matar cualquier rastro de atractivo de forma momentánea.
- No, soy estéril. Consulté a un ginecólogo luego de un año de intentar con mi marido, y me diagnóstico que no podía tener hijos por una malformación ovárica.
- Cuánto lo siento - dije sin pensar.
- Usted no tiene nada que sentir, así que mejor guárdese sus respuestas prefabricadas.- dijiste, indignada, cruzando tus brazos sobre tu pecho.
- Tiene razón, fui un entrometido. ¿Quiere continuar con la sesión?
Me miraste desde el diván, clavándome esa pétrea mirada que había conocido mejores días, y exhalaste profundamente. ¿Resignación? Los pacientes que suelen acudir por voluntad propia a mi consultorio no actúan con resignación.
- Está bien, pero aténgase a la consulta y trate de necesitar la menor cantidad de información sobre mi vida.
Tu canto dio lugar a un examen poco importante sobre tu estado psicológico, que hice sin ánimo, ansioso de seguir escuchando tu último lamento.

#4

En Criminalística, habrían dicho que era obvio que ibas a volver. Los criminales siempre vuelven a la escena del crimen.
Pero me sorprendió igual que volvieras.
Y hasta me alegré.
- Hola, señorita Suann. Veo que decidió continuar con la terapia.- dije a modo de saludo mientras guardaba los folios de otros pacientes.
- Sí... - dijiste algo frívola, frotándote los brazos. ¿Me encontraba ante una deflectora?
- ¿Qué sucede? Tome asiento - te invité a medida que yo hacía lo mismo.
- No, no es importante, es solo un comentario que hizo mi esposo. Pero en serio que no tiene importancia.- sacudiste la mano, ahuyentando tus propias mentiras.
Mi especialización no era Lenguaje Corporal, pero años de desempeñar la carrera me habían otorgado nociones básicas de las expresiones que suelen acompañar a determinados sentimientos.
Como lo encorvada que estaba tu espalda, aún cuando (y yo lo sabía) no tenías ningún problema.
Tus manos jugando entre sí.
Tu mirada desviándose de mí al hablar.
La sonrisa en tu rostro que no arrugaba la piel alrededor de tus apagados ojos.
Tu esposo había dicho algo que te hería.
- ¿Qué fue lo que dijo?
- Le estoy diciendo que no...
- Es importante para la terapia.- te interrumpí- Ahora, señorita Suann, dígame qué dijo su esposo.
Suspiraste, miraste al piso, respiraste profundo, te acomodaste en la silla, tratando de que no doliera demasiado el sonido de las palabras al salir de tu garganta, y me contaste:
- Me acusó de no quererle.
La mueca amarga que se dibujó en tu rostro era el acento perfecto del movimiento "grave" de tu canto. No dije nada, y esperé a que continuaras.
- Fue cuando llegué a casa después de la última consulta que tuve con usted. - dijiste, mirando los zapatos algo sucios que llevabas puestos. - Había olvidado un evento de caridad al que me había invitado. Creo que él exageró en su reacción, pero tenía razón en que debería haber ido o al menos avisado.
- ¿Su esposo no sabía que usted estaba en una sesión?- pregunté mientras fingía escribir datos útiles. Al mirar la hoja, había dibujado otro cisne.
- Si y no.- sonreíste, pensando en cómo excusarte sin que sonara tan mal lo que ibas a decir- Él cree que los psicólogos solo crean problemas a la gente, pero como se lo pedí muchas veces, me dejó que viniera a dos meses de terapia.
Así que tu esposo no era tan bueno como lo habías pintado. Tanto mejor, quizá el problema fuera eso...
- Pero discutimos, y me soltó que quizá no lo quisiera tanto como decía.- reíste por no llorar, aunque tus ojos ya estuvieran preparados.
Creo que era momento que tu canto dejara de ser un solo, y tuvieras algún acompañamiento. Pero no hasta el final, eso lo enfrentarías sola. Solo un momento de "tutti" hasta que tu melodía final pudiera continuar.