Iker_Salart
Rango12 Nivel 55 (9568 ptos) | Ensayista de éxito
#1

El era pequeñito. Rondaba el metro sesenta y cinco. Ella era muy alta. Medía casi uno ochenta. Pero no les importaba. Iban por la calle contentos, agarrados de la mano. El siempre a la derecha. La izquierda era para ella. A él le llamaban el euro, porque no llegaba a uno sesenta y seis, y ella era conocida en el barrio como la jirafa. A ellos les daba igual, cuando paseaban enamorados al calor de la primavera, que les llamaran el dúo sacapuntas, y que cuando, al entrar en el bar, a ella le preguntaban, ¿y el niño, que va a tomar?, ella contestaba siempre sonriente, doble de whisky DIC, con coca cola, y él la miraba con cariño y le decía, con dos hielos, mi amor, y el camarero no podía dejar de sonreír, porque hacía frío esa mañana de febrero, porque hasta el otro lado de la barra llegaba el calor que emanaba de los cuerpos del euro y la jirafa.

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#2

La jirafa tenía treinta y nueve, pero aparentaba cincuenta. El tiempo había hecho estragos en su cuerpo, en su cara. La heroína también había tenido algo que ver, el caballo, sobre el que galopó durante doce años hasta encontrarse con el euro. El euro, tan menudito, con su pelo, sus patillas, a sus cuarenta, podría tranquilamente pasar por universitario. Eran la atracción del barrio. La gente se daba la vuelta al verles pasar, y comentaban sobre las inconveniencias de su amor, sobre la conveniencia de sus besos y abrazos, allí, delante de tanta gente.
La jirafa siempre había vivido en el barrio. Era hija del antiguo carnicero, el único de la calle, fallecido allá por la década de los ochenta. Ella, que ya había perdido a su madre siendo muy pequeña, y quedó al cargo de una tía, hermana de su madre, que la acogió no ya como a una hija, sino como a una prima.

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#3

Allí duró cinco años, entre broncas pequeñas y enormes alborotos, cortados de cuando en cuando por la policía municipal y casi siempre por el vecino de enfrente, conocido como el algarrobo, que salía al descansillo y golpeaba sin cesar la puerta de entrada. Le tenían miedo, y callaban de repente, y llegaba la tregua, pero la semilla del rencor ya estaba plantada, y la jirafa se refugió primero entre sus amigos, hijos del mismo barrio, para más tarde hundirse de lleno en la droga, primero unos porros a la salida del instituto, un poquito de speed los fines de semana, al cabo un poco de coca, para dar el salto y montarse a la grupa del caballo, que la hizo desaparecer durante diez años.

Un día frío de diciembre, a mediados de los ochenta, la jirafa cogió una mochila, metió toda su ropa, que tampoco era mucha, se puso las botas y salió por la puerta para no volver. Al menos así lo creía ella. Cuando cerró la puerta entró de lleno en la historia de los ochenta.

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#4

Se fue con el que era entonces su novio, el Maikel, que se parecía un montón a David Hasselfolf en los vigilantes de la playa, pero en cutre y con veinte centímetros menos, más delgado de pecho y de cartera. No acabaron en las bonitas playas de Malibú, sino en el bar Maiami, el garito más asqueroso de toda la Cañada Real, regentado por la Ambrosia y su marido Julián, la definición más acercada a decencia en el vocabulario de los vecinos. Tuerta y malencarada ella, borrachín y un poco pulpo él, malvivían vendiendo cerveza Pilsner caducada de importación local y pulguitas de jamón curado al sol que azotaba los contenedores de la gran vía.
Allí recalaron el Maikel y la Jirafa, atraídos por la vida tranquila y los paisajes, que disfrutaban una vez consumida la ración diaria de polvo, conseguida malamente entre juegos al escondite de ella, en los que participaba cualquiera que pagara los cinco euros, y asaltos al caminante de él, que por ser toda la población de la misma condición, se podía decir, que, en la pareja del Maikel y la Jirafa, era ella la que traía lo necesario a la chabola.

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#5

Tres euros diarios pagaban a la Ambrosia por una habitación de cartón con uralita, hundida en la parte sur en la pasada tormenta, cuando el olivo que traía sombra a la casa todos los veranos no pudo aguantar más y se tiró sobre la residencia de la Ambrosia, que, estoicamente, aquella mañana, salió al barro de la calle desde el calor de la cama, y al ver el estropicio, y mirando al cielo, dijo: “Cago en Dios”.
A partir de ese día el alquiler bajó en 50 céntimos diarios en verano y un euro en invierno, por las molestias. Hasta que no apareciera cerca de la chabola otro trozo de uralita para proceder a las reparaciones no podrían hacer nada, le dijo el Matías a la jirafa cuando despertó del morón por el frío y pidió explicaciones al casero. Él era demasiado mayor para andar de expediciones y la Ambrosia sólo utilizaba aquel ojo que le quedaba para cuidar de su negocio, que en resumidas cuentas era el sustento de ella, de él, y de los dos gorrones que se les habían apalancao en la habitación de los invitados.
Ante tan lógica respuesta la jirafa no pudo responder, volvió por donde había venido, se tumbo sobre sus cartones cerquita al Maikel, que dormía todavía, y fumándose un porrito se durmió enseguida, pensando en las maravillosas noches de verano, con el Maikel, con las estrellas, con el calorcito rico de julio, con la heroína del tortuga...

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#6

No debieron pasar ni cinco minutos hasta que la habitación de invitados del garito de la Ambrosía comenzó a echar humo.

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