MikJaeL
Rango7 Nivel 30 (1490 ptos) | Autor novel
#1

Dicen que en algún momento de nuestra efímera existencia elaboramos una lista mental de las personas más importantes en nuestra vida. Pueda que tus padres estén en la parte inalcanzable de esta lista y quizá en algún otro momento de tu vida, alguna hermosa, curvilínea y sexy chica opte por destronarlos de esta lista, o que al menos seas tú el que se plantee hacer algo así. Pero, en una manifestación insondable de mi sagacidad adolescente, decidí hacer dos listas: una en la que sólo estuviera mi familia y otra en la que estuvieran mis amigos. De ese modo me aseguraba de que mis amigos nunca interfirieran en la lista de mi familia y que mi familia no se metiera en la lista de mis amigos. Me fue bien por unos años, pero como sucede con todas las listas, las mías también terminaron traspapeladas. Irónicamente, la única razón por la que mis listas terminaron así, fue la misma que me había motivado a hacerlas: una hermosa, curvilínea y sexy chica. Mi vecina: Angela Alarcón.

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#2

Una de las personas que tenía importancia más que considerable en mi lista de amigos era, sin duda alguna, Ángela Alarcón, mi vecina.
Claro, que mi vecina me pareciera sumamente atractiva, puede sonar trillado, pero en realidad no lo era, bueno lo era, pero no para mí.
Ambos asistíamos al mismo jardín de niños cuando éramos niños y ambos compartíamos el mismo salón de clases. Yo casi no hablaba. No hablaba con nadie. No es que fuera mudo o algo así, es que era de los tipos que optaba por observarlo todo. Únicamente me encantaba hablar con mi profesora, hacerle preguntas como por qué al final de la canción unos gorrioncillos tenían que llevarse a Pulgarcito a un lugar incierto o, por qué todos los niños del mundo necesitábamos un inidentificable ángel de la guardia y si los guardias de verdad también tenían cada uno un ángel de la guardia; sin duda eran cuestiones infantiles tan transcendentales como lo sigue siendo hasta el día de hoy la inexorable costumbre de comerse el moco creyendo que nadie observa cuando la realidad es que sí.
Hasta que llegó un día en el que nos pidieron a todos que saliéramos al patio para jugar a la ronda y dar vueltas alrededor de un árbol adornado con juguetes de plástico y algunas golosinas que aquella vez nos parecieron carísimas pero que en realidad eran todas baratísimas. Nos teníamos que tomar de las manos, y a mí me tocó tomar la mano de Ángela, pero prefiero pensar que fue ella la que me tomó de la mano a mí.

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#3

Recuerdo lo mal que estaba, tenía un chorro de moco verde que le caía de las narices a cada minuto y, aunque no tenía papel higiénico para limpiárselo, poseía la grandiosa y poco reconocida capacidad de sorbérselo de un tirón muy poco silencioso. De hecho, recuerdo ese sonidito y también puedo recordarla llevándose una mano al rostro para limpiarse la nariz y luego conducirla hasta el interior de los bolsillos de su pantalón y después extenderla para que yo la sujetara entre mis dedos.
Su mano estaba algo sudorosa, pero no me importaba porque la mía estaba igual. Recuerdo que se había hecho una coleta en el pelo que intentaba en vano retener sus rizos que se mecían sin parar a causa de una brisa que en aquel mismo instante acarició su carita. Me quedé mirándola, pensando en que si algún día dejaba de respirar, entonces me encantaría ser una brisa de viento para volver por su rostro una y otra vez y quizá lograr de ese modo que al menos ella sorbiera algo de mí por sus narices, aunque nunca descubriera que fuera yo. Creo que este fue el preciso instante en el que empezó su reinado de dominio total sobre mí.

Los años pasaron para ambos, pero aparte de tocarle las manos y un poco de sus mocos, nunca volví a tocar nada más de ella.

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#4

Vivíamos en la misma avenida: Panamá, conocida por ser la calle más empinada del vecindario, de Abancay, del Perú y probablemente de toda la tierra. Ella vivía con sus dos padres, a una cuadra más abajo de la mía. Su casa era de dos pisos con una horrible fachada verde y una puerta de color negro que luchaba por continuar siendo de ese color pese a la corrosión que luchaba por continuar siendo una corrosión.
Sabía lo suficiente de Ángela Alarcón como para escribir una biografía de ella, una biografía en la que, por supuesto, mi nombre aparecería en las primeras páginas aludiendo a las funciones de un tristemente memorable papel higiénico para luego dar paso a una sucesión inalcanzable de otros envidiables y nefastos nombres con los que soñó en algún momento de su vida.

Ángela llegó a tener su primer novio a los doce —muy niña dirás, pero si te digo que tuvimos una vecina que llegó a tener una hija a los trece, seguro que ya no te parecerá tan raro. Y no estoy tratando de decir que había una especie de concurso barrial en el que la preñez adolescente era preconizada, es sólo que pasó y fue algo que de alguna manera marcó a los chicos del barrio, al menos a los de aquella generación—. Diez días después la besaron por primera vez. La excusa era la más estúpida que pudiera haberse dado para besar a alguien luego de haberle invitado un helado: «Tienes un poco de helado en la boca. Me haría inmensamente feliz si pudiera limpiártelo. O lamértelo». Y así, Ángela Alarcón, dejó atrás la virginidad de sus labios a cambio de la felicidad del entonces primer gran amor de su vida.

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#5

Unos doce meses más tarde —cuando ambos habíamos acabado de cumplir trece años y Avril Lavigne empezaba a ponerse de moda en las radios—, conoció a quien sería el segundo gran amor de su vida: Elvis Ortiz. Era un tío que venía todos los años desde Lima a visitar a sus parientes en temporada de vacaciones. Todos lo conocíamos porque era el único que se hacía ese peinado comparable a la cresta de un gallo. Pero su indiscutible consagración junto a los dioses del Olimpo llegó cuando empezó a salir con Ángela.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Era uno de esos días en los que se les ocurría llamar a todos los muchachos del vecindario para jugar a la chancalalata, una suerte de juego de estrategia juvenil que ponía a prueba tus reflejos motrices.
Ella llevaba un polo celeste con un dibujo estampado del Pato Donald sobre una patineta, un short beis, calcetines y zapatillas blancas. Me quedé observándola: se recogió el pelo y se lo torció hasta darle la forma de una extraña coleta, luego la sostuvo con una peineta negra y escarchada y la dejó descansando sobre su espalda. Si hay que poner nombre a este recuerdo, podría sugerir este: «Dios permite que los mortales admiren la belleza más sublime de su creación. Sin embargo, eso no impide que dejes de sentirte como un completo, frustrado y autentico idiota». Claro, hay más adjetivos, pero creo que estos quedan bien.
A Elvis le tocaba ir por la lata y todos los demás nos ocultamos, incluida Ángela. El muy astuto había visto dónde se había escondido, o quizá ella dejó verse a posta, así que fue directo a donde estaba ella, unos minutos después, los dos salieron del escondite tomados de la mano. Ella con el pelo algo revuelto y sujetando su peineta negra en la otra mano y él dibujando una estúpida y maldita sonrisa en su estúpido y maldito rostro. Y entonces comprendí que él sería el siguiente en su lista. Esa relación duró cinco semanas y dos días. Pero como sucede con cualquier tipo de relación a esta edad, y como yo esperaba que sucediera, Elvis Ortiz rompió con ella. «No puedo seguir con alguien que no puede ser capaz de mover el estómago como una de las chicas de Axe Bahía», fue la respuesta que dio cuando Ángela le preguntó el porqué de su ruptura. La pobre se puso tan triste que buscó refugio emocional en el que sería su siguiente gran amor: Abel Niño de Guzmán.

Hace más de 3 años

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Tete
Rango13 Nivel 62
hace más de 2 años

Guau!!. Me ha encantado!!. Enhorabuena.

MikJaeL
Rango7 Nivel 30
hace más de 2 años

Qué gusto. Gracias por leer. ;)