Gandalf
Rango10 Nivel 47 (4926 ptos) | Fichaje editorial

I

El primer llanto del niño viajó lejos en la noche tranquila. A la luz azul de la vela de la Huaisse la niña no veía a su madre; solo veía como esa vieja diminuta, arrugada, de ojos lechosos y sonrisa aterradora, que había llegado esa tarde en brazos de su padre, movía la cabeza de un lado otro mientras sus caderas cubiertas por un trapo de color indefinido entre pardo y gris se balanceaban al compás de su constante murmullo. Entonces se escuchó el llanto de su hermano, aunque los gritos de su madre se habían apagado hacía unos instantes. Recién en ese momento su padre despegó los ojos de la mujer tendida en la cama, unos ojos color tierra como los suyos, pero que ahora parecían dos hoyos de fango opaco, llenos de preocupación. 

-¿Es un niño? -preguntó, o tal vez afirmó.

-Un niño -dijo la Sabia.

Su padre apretó la mano de su madre y siguió contemplándola como si nada más existiera.

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Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Me las vi crudas con el límite de caracteres :) pero realmente me pareció excelente la idea de la página (llegué por casualidad) y quise hacerle honor y agradecer por las buenas historias intentando publicar algo. Ahora gracias a sus "corazoncitos" voy a mandar una segunda parte.


#2

Su padre apretó la mano de su madre y siguió contemplándola como si nada más existiera. La niña se acercó lentamente, quería ver a su hermano y a su madre, pero le tenía demasiado miedo a la Sabia de ojos de niebla. La anciana Huaisse la miró, si es que podía llamársele mirar, y le entregó al niño. Sianna sostuvo al pequeño en brazos mientras la sabia lo limpiaba, y le anudaba un cordel que nacía en el medio del vientre.

Entonces su madre gimió. -Quiero verlo, tengo que ver.

La niña se aproximó a su madre mostrándole la criatura que le había costado horas de dolor y esfuerzo dar a luz.

-Brënne -susurró antes de desvanecerse.

La Anciana comenzó de nuevo a aplicarle hierbas, emplastos, mezclas de cortezas, yuyos y flores en las axilas, los pechos, la frente y entre las piernas, sin cesar su murmullo. La vendó con paño blanco, que al instante se tornaba rojo mientras la vida de su madre se escapaba por el mismo lugar de dónde había surgido su hermano. Sin embargo, su hermano estaba cada vez más vivo y su madre cada vez más fría. La Anciana por fin cesó su murmullo, con lágrimas en los ojos neblinosos apretó el hombro de su padre, de su misma altura ahora que estaba sentado.

-Ha superado la Cortina, ahora está con Danadde, no siente dolor, no siente alegría, no ve, no oye, no sabe. Espera. -pronunció la Sabia con voz solemne.

Su padre soltó a su madre, le pasó una mano por su pelo de fuego, esa misma mano que podía atravesar un Sidduru de un golpe de arpón, parecía ahora la de un tallista de Hammi si uno se dejaba guiar por la delicadeza con la que la tocaba. Tomó un candil de grasa de cerdo con la diestra, lo encendió y colocó su otra mano de forma que la grasa fundida cayera sobre ella, causándole quemaduras, pero permaneció impasible hasta que seis gotas se hubieron derramado. Entonces salió de la casa y se alejó varios tiros, aún así Sianne pudo escuchar sus aullidos de dolor como si se encontrase detrás de la puerta.

La Anciana le quitó al niño que había dejado de llorar y lo examinó con sus manos callosas de frágiles dedos largos, que parecían las ramitas de un viejo árbol marchito.

-¿Qué ves? -preguntó.

La niña se quedó muda sin saber qué decir.

-Sé mis ojos, ya que los míos hace tiempo quedaron velados por la niebla de la vejez; ¿que ves?

La niña tragó. -A mi Hermano -dijo con un hilo de voz.

La Anciana dirigió sus ojos ciegos hacia ella, tenía una expresión cansada y triste.

-¿Y cómo luce tu hermano?

El niño no se parecía en nada a ella ni a su padre, ni a nadie que ella conociera excepto su madre. Sus piel era pálida, bajo la luz azul de la vela de la Huaisse adquiría un tinte tétrico. Su cabello era abundante y oscuro, no se vislumbraba bien con tenue esa luz pero seguramente era rojo como el de su madre, sus ojos despiertos eran del color del sol cuando se ocultaba detrás de las montañas, y a la izquierda de su cuello se veía una marca de nacimiento, un granate en forma de gota.

-Su piel es de de nubes, de la espuma del Elddu, su pelo es una hoguera y sus ojos son dos chispas, y tiene una gota de sangre en el cuello, a la izquierda. -Sianne había visto recién nacidos antes, y ninguno era tan despierto, tan pequeño ni tan callado como éste.

-Es muy pequeño, y sus ojos miran demasiado. ¿Por qué no llora?

La Huaisse tomó de un saquito hecho de cuero de cabra, y sacó una bota de beber llena de leche de ese animal con pequeño orificio donde se podía succionar el líquido, se la colocó al niño en la boca y éste ávidamente bebió el contenido.

-Aliméntalo, mientras pueda beber de esto vivirá, no tendrá la fuerza de la leche de una madre pero vivirá -dijo la Anciana.

Sianne cerró sus oídos a la mención de que su madre nunca se levantaría de aquella cama, ella sólo estaba descansando, no tenía importancia que la Anciana hubiese pronunciado las Palabras, no significaba nada que su padre se hubiese quemado la palma, ni que ahora estuviera gritándole a la noche, su madre no había cruzado la Caída de Agua, era imposible.

-Brënne se llamará el niño -pronunció la anciana Huaisse.

-No puede llamarse así, ¡ese no es un nombre! -protestó la niña mirando a la Anciana sin comprender. Ese no era un nombre, y si lo fuese, no sería para un varón, sino para una mujer.

-En las tierras del norte, de dónde proviene tu madre, ese nombre probablemente sea reservado a personas con un gran destino, siento el poder en la lengua cuando lo pronuncio. Brënne- lo pronunció como lo había hecho su madre, como si paladeara la "e". -Brënne,
si... Brënne.

Nacho_Saavedra
Rango6 Nivel 29
hace más de 3 años

Un relato muy bueno. La narración es rápida y muy visual. Me encanta... Saludos...

Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace alrededor de 3 años

Un placer :)

Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace alrededor de 3 años

Estaba en eso, leyendo "Ella no es mi reina." Me di cuenta de que cuando recien llegue a Sttorybox habia leido varios relatos tuyos y me habian gustado, el problema es que me olvido de los nombres de los usuarios muy facilmente.


#3

II

Fisska se descubrió de nuevo contemplando a su hijo, que jugaba con los demás niños de la granja, sus ojos estaban fijos en el niño pero su mente estaba con su madre. El niño le recordaba a ella en muchos sentidos, el mismo fuego de su pelo, los mismos ojos de color naranja, la misma piel tan diferente a cualquier otro habitante de las orillas del Fleddu.

Recordó cuando la trajo del lejano Norte en su Trimmo, su Viaje. Había llegado más lejos que muchos, y había traído consigo más riquezas que ninguno, una fortuna hecha calor en forma de mujer. Por más que ella nunca hubiese abandonado a los dioses de su tierra; él sabía que Branadda le había dado más de sí que los otros tres Ibssi. Ella era fuego por dentro y por fuera.

Llamó a su hijo por su nombre, también extraño. Brënne, le había llamado su madre según la Huaisse que estuvo en el parto. El no recordaba nada de aquella noche, pero le creía.

-¡Sianne! Trae a tu hermano a la casa que la tormenta casi está arriba de nosotros -le pidió a su hija, cuyo aspecto era mucho más similar a la gente de su pueblo. El olor a la tormenta le llenó los pulmones cuando inspiró hondo.

-Será una buena tormenta -pronosticó Getta, un viejo pastor amigo de su padre. No se sabía cuántos inviernos llevaba caminando desde que Vissa le había dado su cuerpo, pero por su aspecto parecía que se derrumbaría en cualquier momento. Así era desde que Fisska tenía memoria.

El ambiente en la casa era agradable. Ya que hoy no comerían en la sala grande Fisska comenzó a cocinar en el hogar circular del centro de la habitación un conejo recién cazado en leche de cabra, no todos los días se podía comer conejo. Sianne estaba entreteniendo al niño que se desesperaba por salir a jugar a pesar de que el cielo se estaba desplomando sobre la tierra ahí afuera. A Fisska el sonido de la lluvia lo reconfortaba, una de las pocas cosas que le hacían olvidar un poco la soledad que lo acompañaba desde hacía tres años. Recién tres inviernos, y había pasado toda una vida.

Comieron en silencio, con la lluvia como compañía, sumidos en sus pensamientos; hasta Brënne estaba en silencio, sólo miraba el fuego como extasiado. Le fascinaban las llamas, Fisska había tenido serios problemas para que no se quemara. Pasada la cena los hermanos fueron a su cama, y él a la suya. Antes de acostarse contempló el Hammu que su compañera le había tallado, pasó su mano por las cicatrices que tenía en el costado izquierdo de su torso, las que le había grabado la Huaisse cuándo pasó de ser un niño a un hombre, cuando superó la Prueba de Leinne, y la Lluvia lo señaló como su protegido; y se preparó para otra noche de frío. “Tal vez ésta será diferente” pensó, “tal vez la Lluvia me cuide esta noche.”

Fisska estaba sumido en un sueño agradable por primera vez en muchos días cuando el grito de su hija se introdujo como un ariete en su mente tranquila, haciendo volar su sueño en astillas que se perdieron en la oscuridad de la noche. Tomó el arpón con su brazo derecho, el de tirar, el que podía atravesar un pez de diez sacas de peso de lado a lado, y completamente despierto, se movió hasta la cortina que separaba su cama del resto de la habitación y la corrió apenas para poder ver lo que había asustado a su hija. Probablemente era solo una pesadilla pero después del Hundimiento ninguna precaución era demasiada. Vio a su hija parada mirando horrorizada los restos del fuego de cocinar con un grito pugnando por escapar de su garganta.

Brënne estaba parado sobre las brasas al rojo sonriendo mientras sostenía con sus delgados brazos un leño ardiente a pocos dedos de su cara, lo observaba con una expresión curiosa, mezcla entre fascinación y cariño.

Fisska reaccionó súbitamente, agarró a su hijo por la falda de cuero de conejo y lo sacó del fuego, luego tomó el leño y lo arrojó al suelo instintivamente. Revisó a su hijo que lo miraba divertido buscando inútilmente quemaduras en sus manos y pies. La mano le ardía, y vio como se le empezaban a formar las ampollas así que salió al exterior y colocó la mano bajo la lluvia y la envolvió con un paño.

Cuándo volvió al interior su hija había apagado el leño antes de que causara un incendio y su hijo lo miraba preocupado.

-¿Qué sucedió?

-No lo se, estaba durmiendo cuando lo sentí moverse, y me despertó, pero no le hice caso, pensé que se estaba poniendo cómodo; hasta que sentí el aire frío en la espalda no noté que se había ido de la cama -le contó su hija con un hilo de voz. -Salí a buscarlo y… lo vi.

Fisska miró al niño un tiempo, sin cambiar la expresión de seriedad y preocupación, envió una oración a su Lluvia que nunca lo había defraudado, luego acostó a sus hijos de nuevo.

-Nunca hablaremos sobre esto- le dijo a su hija mayor al oído. -Nunca.

artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 3 años

Me ha gustado hasta aquí, @Gandalf. Seguiré leyéndolo más adelante, pero ya estoy interesado por lo que pueda ocurrir con Brënne.
Un saludo y enhorabuena por esta intrigante historia.


#4

III

El niño corría junto con los demás, saltaba los charcos llenos de el barro de la última tormenta con los demás. A veces saltaba dentro de los charcos llenos de barro junto con los demás. Pero no lucía como los demás, su pelo era rojo fuego, los ojos eran del color del atardecer y su piel un poco más pálida que la de los niños que corrían a su lado, con ojos marrones, desde la arcilla clara hasta el barro oscuro y sus cabellos castaños. Skinna le llamaban los demás por su parecido con el zorro, era delgado, pequeño y ágil, y tenía el cabello rojo igual que estos animales.

-¡Los Mercaderes! ¡Llegaron los Mercaderes!- iba gritando la manada de salvajes crías de humano.

Skinna se cansó de correr a medio camino de los embarcaderos, sabía que su fuerza era menor a la de los demás niños de su edad, incluso los más pequeños que él lo superaban en las carreras y los juegos, pero siguió adelante a pesar de que la tropa aullante lo dejara relegado.

Cuando llegó a los embarcaderos dos barcazas ya estaban en el agua cruzando el Fleddu con unos cuantos mercaderes, junto a sus animales y carros. Las cinco barcazas eran propiedad de su pueblo, y eran la única manera de cruzar el río más arriba de Elddu, el salto de agua junto al que vivía la mayor parte del Pueblo del Fleddu. Las barcazas las maniobraban los habitantes de las granjas de la zona, de las cuales la más importante era la de su padre. Todos los años sacaban algún dinero cobrándole a los que querían cruzar el río para llegar al Puerto de Camlai, excepto a los Mercaderes. Ellos cruzaban sin pagar nada, siempre había sido así y así seguiría en adelante. Para los Mercaderes de Puerto Camlai los habitantes del resto del mundo eran clientes, excepto los del Río Fleddu, ellos eran amigos. Se instalaban unos días en un prado cercano a Eldd-Mannu, el pueblo más grande de la Gente del Río, entre festines organizados por los mismos pobladores, que podían obtener artículos de todo Marddo a un precio único.

Brënne nunca había visto a los Mercaderes, ya que su último viaje había sido hacía seis primaveras, durante el Año del Hundimiento y el nació el Otoño siguiente a todo aquello. Sin embargo algunos habían salido de Puerto Camlai a pesar de los peligros, sobre todo a recabar noticias del resto del mundo. Uno de ellos había pernoctado a menudo en la granja de su padre, un enano llamado Dûirn; el entrecano enano vivía despotricando contra el mundo y todo lo que en él había, pero los niños lo admiraban por sus historias de tiempos perdidos en tierras remotas, relatadas con su profunda voz e ilustradas con figuras de madera talladas por el mismo enano. Era una de las pocas personas existentes capaz de mantener a la parva de salvajes críos de la granja quietos por más de unos instantes.

Brënne se introdujo en el revoltijo de carros estorbando a personas y animales hasta que lo encontró, estaba sobre su carro cruzando en la barcaza que dirigía su padre. Lo veía gesticular hacia los demás conductores, hacia los hombres de las pértigas y hacia el búfalo que tiraba del carro. Mientras desembarcaba sin dejar de insultar, Brënne tomó ventaja de su distracción y se encaramó al pescante.

-¡...dito arroyo pestilente, demoramos una jornada entera en cruzar, habría que cortarlo con un buen dique hecho por enanos! ¡Y éstos inútiles pueblerinos no saben ni fabricar un condenado puente! ¡Y ahora vamos al pueblucho ese a perder más tiempo, que ni siquiera saben hacer una cerveza decente! ¡Maldita sea su brebaje asqueroso con sabor a meada de sus cabras! -escupía el enano sin detenerse a respirar.

-¡Y tú seboso pedazo ternero, si no caminas planeo asarte en el próximo campamento, y usar tus cuernos para beber esa asquerosa cerveza, y tu piel para hac… -recién entonces reparó el enano en el niño que iba sentado a su lado muy orondo. - ¡Y hay que aguantar a mocosos críos de humanos, inútiles que solo sirven para corretear y pedir historias! ¡Debí quedarme en las montañas maldita sea!

En el tiempo que demoraron en recorrer las tres marcas de distancia que habían hasta el pueblito donde vivía la mayor parte de la Gente del Río Fleddu se hizo la noche. El prado donde era costumbre que acampara la Caravana ya estaba iluminado por una hoguera en la cual se asaban cabras, cerdos y peces, además de un venado y un enorme Sidduru. Además, por todo el lugar había tablas con bandejas de madera repletas de frutas, vegetales, quesos, hongos y raíces; y en muchos hornos excavados en la tierra se ahumaban peces de todas clases. Los Mercaderes dispusieron sus carros en círculo en los alrededores del prado, desuncieron a los animales de tiro y se unieron a los pobladores.

Brënne había viajado todo el tiempo acompañado por los insultos de Dûirn, fascinado por la multitud de gente que viajaba en la Caravana, un par de cientos entre animales y personas de muchas de las especies de Marddo.

La mayoría eran Medianos, ya que en sus inicios inicio Puerto Camlai era una colonia mercantil suya. Con el tiempo se les habían unido Duendes y Enanos del lejano Norte, Idligs y Khêrgrar como se llamaban a si mismos; Humanos, algunos de la gente del Río, otros de mucho más lejos, incluso Errantes, los Esilir, los primeros humanos de Marddo según sus propias historias. También había especies que el niño nunca había visto, un par de Hombres Caballo de aspecto imponente caminaban al costado de la caravana con expresión alerta, vigilando los alrededores; un Hombre Cabra limpiando un instrumento de madera que parecía un tubo largo de forma extraña. Al niño no le bastaba con su par de ojos anaranjados para verlo todo.

El Campamento estuvo montado con la celeridad que brinda la práctica y todo el mundo se sentó en troncos y tocones esparcidos por el prado a devorar los alimentos dispuestos. Su padre le alcanzó un plato hecho de corteza, y él mismo se sirvió lo que más le gustaba: carne de Sidduru con bayas del bosque y un puñado de pequeños Dardos de Plata pescados por los niños de la granja de su padre como colaboración al banquete. Comió sin mirar lo que se introducía en la boca, absorto en lo que lo rodeaba, devorando ávidamente con los ojos y oídos más que con la boca.

Observó a una pareja de Esilir de cabellos oscuros y ojos color de noche tocando en sendos laúdes una melodía que hablaba de días animosos errando por los caminos de Esgladuir, nombre que ellos daban a esta tierra; súbitamente interrumpida por un coro de disonantes aullidos provenientes de un grupo de varios Medianos que al parecer habían hecho desaparecer un barril entero de "brebaje asqueroso con sabor a meada de sus cabras". Dûirn, el malhablado enano, hacía desaparecer una palada tras otra de comida entre su espesa barba gris, deteniéndose ocasionalmente para escupir y lanzar constructivas críticas sobre la inutilidad de los cocineros. También había rostros conocidos, vislumbró a Getta masticando algo alegremente, un misterio ya que sólo le quedaba un diente, al inconfundible Dunna con el oso Taggra, reconoció a Jadde, una vieja amiga de su padre, a Litte, la Manne de la gente del Río, y a Vussa, el anciano Huaissa de Eldd-Mannu; pero por supuesto, lo que más atraía la atención de Brënne eran los forasteros.

Cuando Tillide, la Luna, estuvo alta en el cielo nocturno y ya todos habían comido suficiente, y ya muchos habían bebido demasiado, un par de medianos patearon el plato de comida de Dûirn mientras otro le quitaba la pinta de cerveza, y lo arrastraron entre maldiciones e insultos hasta una roca plana que se elevaba en el medio del lugar.
Un mediano calvo trepó a la Roca y proclamó - ¡Es el momento de las historias!

-¡Historias, Historias, Historias! -coreó la multitud.

-¡Nuestro Maestro de Historias nos deleitará con uno de sus cuentos! ¡Dûirn, sube a la Roca de los relatos!

Dûirn se subió a la Roca, empujó al calvo de vuelta con sus compañeros y obsequió a su público con uno o dos insultos acerca de los impertinentes medianos que no dejan que uno coma y beba como se debe, y encima llaman cuentos a relatos tan reales como la roca. Luego entonó con voz profunda -En los tiempos cuando aún no habían pisado esta tierra muchos de los forasteros que hoy la habitan… -y en todo el prado se hizo el silencio, incluso cesaron los berridos de los medianos borrachos.

Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Si se me hace posible voy a intentar continuar escribiendo con este ritmo de una cajita por día. No me canso de sorprenderme de lo original y práctico que es este sistema de cajas, una muy buena medida de la dosis de relato diario.


#5

-En los tiempos cuando aún no habían pisado esta tierra muchos de los forasteros que hoy la habitan… -y en todo el prado se hizo el silencio, incluso cesaron los berridos de los medianos borrachos.

“-...vivía un khêrgra cuyo nombre nuestra gente, a pesar de ser larga nuestra memoria, no recuerda. Algunos dicen que se llamaba Khêlarr, otros Khêlan, o también Khêlhed. Tal vez su nombre es otro y se perdió en las brumas corrosivas del Tiempo. Khêlarr era un Înzgrim, que en nuestra lengua significa Hacedores de Leyendas. En este tiempo el clan de los Înzgrim tenían sus salones en las Montañas de Sangre, que se ubican cruzando el mar, al Sur de esta tierra ustedes llaman Marddo.

Khêlarr había caído en desgracia ante los Maestros de los Salones debido a su insistencia en buscar otro lugar para establecer colonias mineras, porque sostenía que el hierro de las Montañas de Sangre iba a agotarse, por lo que debían apresurarse a buscar nuevos yacimientos. Pero los Înzgrim lograban sacar suficiente metal para trabajarlo y venderlo en forma de magníficas armaduras y armaduras a reyes de reinos olvidados; a pesar de que los túneles y las minas se habían vuelto más peligrosos desde que abandonaron las vetas más superficiales y se introducían cada vez más en el corazón de las Montañas, donde había zonas irrespirables, derrumbes, incluso a veces se generaba una chispa con los picos y el aire se encendía en una llamarada abrasadora como el fuego de un dragón.

Dos de los hermanos de Khêlarr murieron en las minas un día, en una veta muy rica que había sido cerrada por los riesgos para los mineros. Sin embargo los Maestros habían enviado un grupo de mineros a retomar la explotación porque el hierro extraído ya no llenaba las fraguas de los enanos. Khêlarr supo todo esto por su amigo, Thôvek lo llaman algunas historias, otros dicen que se enteró por un enemigo celoso, no lo sé; pero si sé que enfrentó a los Maestros en la Sala de la Palabra, los acusó de mandar a la muerte a los enanos, y así selló su destino.

Los Maestros debían escuchar sus palabras, así está dicho, pero cuando todos los Khêrgar se hubieron retirado de la Sala debatieron en concilio que hacer con él insurgente, y resolvieron enviar a enanos de confianza a acabar con él. Algunos cuentan que eran dos, y que lo emboscaron en un callejón con dagas y hachas de mano, otros que eran siete, todos con armadura completa y veneno letal en el filo de sus armas, no lo sé; pero lo que si sé es que Khêlarr los derrotó en combate, y huyó de los Salones con Thôvek y otros pocos khêrgrar cansados de los Maestros y sus limitaciones.

Pasaron muchísimas peripecias siempre perseguidos por los asesinos de los Maestros, que consideraron su huída como una traición, y los desterraron de los Salones Înzgrim para siempre. Luego de muchos meses y muchas pérdidas, llegaron a un puerto al inicio del Verano, y se embarcaron a pesar de las advertencias sobre las tormentas de verano que asolan los mares; pero ellos habían pasado muchos horrores, y estaban desesperados por escapar de la muerte a manos de los Maestros.

Una atroz tormenta los envió a pique luego de algunos días de viaje, los supervivientes, pocos y dispersos llegaron a una tierra desconocida donde vagaron durante años, reuniéndose poco poco. La gente los llamaba Perdidos, ellos se denominaban Khûz-Dogur, los Sin Salones.
Una mañana Khêlarr se despertó repentinamente, sobresaltando a los demás, asegurando que Kvîndgrim, el Dragón de la Tierra le había hablado, y que debían ir al norte siguiendo las estrellas hasta encontrar la Kvînmimghaz, la Madre de Montañas. Ninguno sabía cómo era, dónde estaba, ni siquiera si existía esta Madre de Montañas, pero cuentan que la confianza en Khêlarr nunca se debilitó.

Cruzaron el Continente de sur a norte, de este a oeste, agotados, perdidos, gentes sin hogar vagando como mendigos, ganando su pan como granjeros, mercenarios, constructores y porteadores. En todos lados llamaban la atención ya que no había Khêrgrar en éstas tierras. Pero cualquiera que mirara en sus ojos veía que no estaban acabados, que una promesa los mantenía en pie, caminando, un paso tras otro hacia un destino incógnito.

Después de varios tristes años de búsqueda fútil llegaron a una llanura verde, que se perdía en la niebla matinal hacia el horizonte. Cómo avanzar siempre era preferible a volver atrás se internaron en la hierba, tan alta que los ocultaba y no les permitía ver hacia adelante, cuentan que se ataron para no separarse. Probablemente se hubieran perdido y muerto vagando en círculos a pocas marcas del inicio de la llanura sino hubiese sido por los Hombres Caballo.

Al segundo día de vagar por la llanura los enanos escucharon el ruido de un grupo de criaturas acercándose, y se dispusieron en círculo prestos a defender su vida y la de sus compañeros. Los Hombres Caballo eran estas criaturas, y la extensa llanura verde era la misma donde habitan hasta estos tiempos. Los rodearon, los capturaron y los llevaron ante la Matriarca de su Manada.

Mediante gestos y ruidos, ayudados por las trazas de Lengua Común que habían aprendido, le explicaron al Jerarca su búsqueda. Para su sorpresa éste los escuchó con respeto, casi con reverencia, porque los Hombres Caballo conocen el valor de los Sueños y las Búsquedas. Dio a varios Hombres Caballo órdenes de llevar a los vagabundos más allá de la llanura, aún más al norte.

Después de algunos días de andar por la llanura Thôvek preguntó por la silueta azul que se veía en el horizonte, preocupado porque fuera una tormenta de nieve, ya que el invierno estaba al caer. Los Hombres Caballo y los Khêrgrar habían aprendido a comunicarse durante este tiempo, pero no muy bien, así que no entendieron la explicación, pero se tranquilizaron porque sus guías no mostraban preocupación alguna. Luego de un mes casi habían llegado al otro lado, según sus guías, aunque la llanura seguía extendiéndose hasta donde la niebla permitía ver.

Al otro día la mañana amaneció sin niebla alguna, el frío viento del mar la había barrido, y podía verse increíblemente lejos en el aire claro. Khêlarr dirigió su vista al norte y se sorprendió al notar que la figura azulada que tanto los había intrigado era en realidad una serie de picos pequeños que estaban muy cerca, pero que la niebla no permitía ver. Ahora que tenían un mojón no se perderían, y así se los dijo a los guías, para que volvieran a sus hogares; pero los Hombres Caballo insistieron en seguir con ellos. A medida que avanzaban, las montañas no parecían acercarse, por lo tanto estaban más lejos de lo que Khêlarr estimaba; esa maldita llanura uniforme le hacía errar las distancias.

Marcharon durante otros cinco días hasta que salieron de la llanura y los Hombres Caballo se despidieron y retornaron al mar de hierba verde. Para ese entonces la cadena de montañas era evidentemente más grande que lo imaginado, probablemente algunas fueran más altas que sus Montañas de Sangre, sin embargo no llegaron a apreciar su verdadera inmensidad hasta que Thôvek pronunció con voz ahogada: "Esas montañas son realmente gigantescas, las veíamos desde hace días, y sin la niebla probablemente se vislumbren desde cientos de marcas alrededor, nosotros creemos que estamos cerca, pero probablemente aún nos falte otro mes para alcanzar sus raíces".

Los otros no lo tomaron en serio, porque para ser esto verdad debían tener un tamaño mucho mayor las Montañas de Sangre, a excepción Khêlarr. Él tenía un sentimiento de familiaridad creciente a medida que se acercaban a las montañas. Las palabras de Thôvek resultaron ser proféticas, ya que exactamente en un mes la compañía llegó a las raíces de las montañas. Para ese entonces ninguno dudaba de que el tamaño de la cordillera superaba con creces el de las Montañas de Sangre. Durmieron en una cueva al pie de las montañas, allí se recuperaron de las peripecias, viviendo de las provisiones que les habían dado los centauros.

Khêlarr esperaba una confirmación de que esta era la Madre de Montañas, aunque él estaba seguro de que así era. La obtuvo unas noches después, cuando nuevamente se despertó bruscamente, nuevamente le había hablado el Dragón. Ésta vez le había dado indicaciones para encontrar un tesoro fabuloso, que usarían para traer a su pueblo aquí.

Nunca nadie supo dónde está ese tesoro, ellos nunca lo dijeron, ni tampoco dejaron pistas escritas, el secreto murió con ellos. La leyenda dice que llegaron a una gran caverna, repleta de Astarcita, o Cristal de Estrella como lo llaman ahora.

Retiraron con sus cuchillos lo suficiente como para comprar varios barcos, vestimentas lujosas y contratar una tripulación; y retornaron al sur, a las Montañas de Sangre. Cuando entraron en los Salones de su pueblo al principio no los reconocieron, todos los daban por muertos, y los recibieron como a enanos de otro Clan. Los llevaron ante los Maestros, y allí Khêlarr reveló su identidad y contó su historia. Los Înzgrim estaban pasando por tiempos difíciles, el hierro se estaba acabando, y no tenían con qué comprar los alimentos necesarios, así que muchísimos siguieron la promesa de Khêlarr y viajaron con él hasta la Madre de Montañas. Con el paso de las generaciones y generaciones de Khêrgrar, allí se construyeron los Salones más amplios y hermosos de todos los clanes enanos, de donde provenimos todos los Khêrgrar de Marddo.”

Dûirn miró a cada uno de los mudos presentes antes de continuar.

-Mi padre me contó esta historia, y a él su padre, pero yo no tengo hijos, entonces se las cuento a ustedes para evitar que sea olvidada fácilmente-.

Hace más de 3 años

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#6

IV

Cuando Dûirn calló el prado parecía un cementerio. Los enanos y los duendes, que ya conocían la historia, miraban a su compatriota con asombro, ni se les había pasado por la barbuda cabeza la idea de que contase justo esta leyenda. Los demás también guardaban silencio, de alguna forma intuían que aquella leyenda se pasaba de generación en generación desde tiempos inmemoriales entre enanos, y más tarde duendes; y que el hecho de haberla escuchado de un enano significaba que este los consideraba casi como su familia.

Brënne estaba en silencio pensando en su hermana. A él le encantaban los cuentos, de cualquier tipo, le atraían las tierras lejanas, las aventuras, las cacerías de dragones, las búsquedas de tesoros, y su hermana siempre le contaba historias, no tenía la voz de Dûirn ni sabía leyendas tan épicas como los trovadores y bardos que llegaban esporádicamente a la granja; pero Brënne llevaba todas sus historias grabadas a fuego en su mente. Sianne había recibido el llamado de Danadde hacía poco menos de un año, y él se había quedado con sus historias y sus manos. Aún cuando tuviera que realizar algún esfuerzo para recordar su rostro, sus caricias y sus historias venían solas a él.

Dûirn se secó un ojo, saltó de la roca y preguntó de vuelta a su tono de siempre -¿Y ahora que me miran? ¡Ya tuvieron su historia, ahora váyanse todos a seguir emborrachándose! -y se dirigió a recuperar su pinta de cerveza.

Todo el prado volvió a respirar, la música siguió fluyendo, la bebida más aún, los animales del pueblo andaban por el lugar disputándose las sobras, aunque todos evitaban a Taggra, el enorme oso negro, que masticaba tranquilamente la mitad de una cabra. Brënne avistó a su padre bailando con Jadde. Desde lo de Sianne se lo veía sonreír poco, solo lo hacía cuando estaba junto a Jadde o con él, así que no lo molestó. En su lugar se unió a la banda de chiquillos que correteaban por todo el prado armando desmanes.

Con Jarra y su hermana menor Annite, dos niños que vivían en la granja de su padre, comenzaron una batalla de frutos secos, y pronto nueces, castañas y bellotas volaban por el prado golpeando niños, adultos y animales de tiro sin ninguna consideración.

La fiesta terminó muy tarde, tan tarde que casi era temprano. Los Mercaderes dormían en sus carros, la gente de Eldd-Mannu en sus casas, y los habitantes venidos de las granjas de los alrededores, y de los otros poblados de las márgenes del Fleddu, se repartieron entre ambos, y el cielo nocturno.

Brënne se encontró acostado en la hierba entre un montón de perros y el oso negro, y debían existir pocos lechos más seguros y tibios que aquel. Su padre había desaparecido con Jadde, así que supuso que pasarían la noche juntos, como tantas otras veces que venían al pueblo.

Brënne se despertó cuando el sol ya estaba alto, y solamente porque sintió un repentino dolor en el vientre.

-¡Uy! Skinna, te pido me disculpes, no te vi, vine a despertar al pedazo de carne que ronca que tienes a tu lado -dijo una voz, que pertenecía a la misma persona que la bota que lo había pisado.

El “pedazo de carne que ronca” era el oso negro. Él y Brënne eran los únicos que permanecían de la maraña de animales y niños que habían dormido allí la noche pasada. Le aceptó aún medio dormido las disculpas a Dunna y encandilado por el sol se levantó y se sacudió la hierba de las ropas.

Los Mercaderes habían abierto sus carros, convertidos de dormitorios a puestos de venta. Los aldeanos excitados vagaban por el lugar, mirando, probando, evaluando y comentando con entusiasmo las mercancías expuestas. Brënne saltó y comenzó a investigar. Un mediano pelirrojo que vendía fruta con cara de resaca, y que seguramente pertenecía al coro aullante de la noche pasada, le regaló una naranja para desayunar. En el puesto de un enano robusto, de cara curtida y hirsuta pelambre negra se quedó mirando fascinado las espadas y las hachas, que probablemente proviniesen de las fraguas enanas excavadas en Kvînmimghaz por los enanos del clan de Dûirn, cuya leyenda había contado a todos la noche anterior. En el carro de un duende que vendía pieles se probó un par de guantes increíblemente suaves y cálidos, que según el vendedor estaban hechos de visón nival. Así siguió recorriendo la Caravana, mirándolo todo, piedras preciosas, incluso Cristales de Estrella, probablemente encantados, abalorios, armaduras, telas, dagas, cinturones, collares, vestidos, botas, pociones, venenos y antídotos, amuletos de todas clases, dientes, garras, cráneos, anillos, berilos, escudos, yelmos, hierbas y hongos; y mil cosas más, y hubiese seguido mirando si no hubiese escuchado el familiar silbido que emitía su padre para llamarlo.

Corrió buscándolo entre la gente, hasta que lo reconoció parado al lado de un hombre de piel cobriza y ojos rasgados. Brënne se acercó y lo saludó.

-Salud y bienvenidos, que Ninnive ilumine tus noches e Isstira tus días.

Pronunció el saludo formal de su gente con tono serio, pronto tendría que empezar a trabajar como un adulto en la granja por lo tanto debía comportarse con propiedad. El hombre lo miró fijamente durante unos instantes en los que Brënne sintió que leía en él.

-¿Cuantas primaveras has vivido muchacho? -preguntó con voz ronca y acento exótico.

-Seis señor -fue su respuesta.

-¿Seis? Naciste después del Hundimiento, te esperan tiempos difíciles en este mundo.

Luego silbó de forma extraña, casi como si estuviera hablando en otro idioma. Apareció al trote una potranca pinta, blanca con una lluvia de chispas rojo sangre que comenzaba en su pecho y se iba desvaneciendo hacia sus cuartos.

-Éste animal es un ejemplar de raza Urdigùr, con sangre de los magníficos caballos que montan los Esilir. Tiene la resistencia y firmeza de paso de los nuestros, potenciada por una cruza lejana de un semental salvaje. No está domado, su sangre salvaje no lo permitirá, tendrás que ganarte el privilegio de subir a su lomo, pero vivirá casi tanto como tú, tal vez más si así lo disponen los Dragones, así que tienes tiempo muchacho.

Brënne miró a su padre sin entender nada, no podía creer que esa hermosa potranca fuera de su propiedad.

-Es tuya hijo, las últimas cosechas fueron desmesuradamente buenas, y hay muchas bocas nuevas que alimentar ahora que el mundo se volvió un lugar mucho más incierto, así que me permití este regalo. Cuídala y enséñale bien hijo, mírala, parece capaz de ganarle una carrera al viento.

Brënne no sabía que decir, los caballos eran muy raros en esa zona, el paisaje quebrado y la poca hierba hacían imposible su crianza, así que como mucho había uno en cada granja, generalmente animales pesados que tiraban del arado o las carretas cuando no habían bueyes, además de un par de caballos veloces que se mantenían en el pueblo por si era necesario mandar un mensaje urgente. Estaba seguro de que era el único niño de la orilla del Fleddu que poseía un caballo.

La yegüita se le aproximó y lo rozó con el hocico, cuando Brënne la acarició lo pisó y salió corriendo con la cola erguida, relinchando de una forma que parecía burlarse de él, desafiándolo a intentar atraparla. Brënne corrió detrás de ella, intentando cazarla mientras la potranca hacía cabriolas para esquivarlo. Al final se cansó sin poder siquiera rozarle con los dedos y se acostó en el piso. La potranca se echó a su lado y apoyó la cabeza en su pecho. Brënne no entendía que había hecho para ganarse su confianza, pero le acarició la cabeza mientras pensaba un nombre para ella.

-Calibbe -susurró. La yegua movió la oreja como si atendiera lo que el niño decía.

-¿Te agrada el nombre? Significa Chispa en nuestra lengua.

La yegua cerró los ojos y espantó una mosca con un movimiento de su oreja.

Calibbe.

Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Releyendo vi que las cajas anteriores tal vez quedaron algo aburridas. La historia no va a tener un disparate de acción y sangre, de todos modos, a medida que Brënne crezca se pondrán más movidos. No esperen unos Campos del Pelennor tampoco, pero denle una chancesita.

Me encantaría escuchar opiniones, por favor, si no les molesta comenten que les parece. Aunque sea para decir que es una porquería me quedo contento igual.

Ichabod
Rango10 Nivel 49
hace más de 3 años

La verdad es que si, un poco más de acción o movimiento no le vendría mal @Gandalf . He de reconocer que me resulta curiosa esa duplicación de letras en nombres, dioses... Usas mitología sumeria/babilónica? Ese Ninnive e Isstira recuerdan mucho a la ciudad de Nínive y la diosa Ishtar :)

Consejo, usa los guiones adecuados para los relatos/novelas... El guión normal, el que usas, no sería el correcto. Tienes que usar el llamado guión largo o raya que en el word aparece cuando pulsas AltGr+-

Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Ah!! Lo estuve buscando durante mucho tiempo al maldito guión largo!! Pasa que escribo mucho en el trabajo (espero que mi jefa no esté leyendo esto) que tiene un teclado medio raro, y no daba con la tecla.

La duplicación de letras en los nombres no recuerdo de donde salió, pero es una característica del pueblo que vive a orillas del Fleddu. Muchos de los nombres de los dioses los saque de modificar raíces de distintos idiomas, raíces de palabras que significan algo relacionado con la persona o la deidad en cuestión. Sobre todo muchas palabras de idiomas eslavos, helénicos y también de oriente medio. Por ejemplo, Dannade es la guardiana de la muerte y Tánatos es la muerte en griego. Yo que sé, me gusta meterle palabras al traductor de google y ver de que formas tan épicas se dicen en otros idiomas.

Otra peculiaridad que tiene el idioma es que los nombres masculinos terminan con "a", los femeninos con "e", los plurales y los "apellidos" terminan con "i" y las palabras que nombran objetos terminan con "u".

Gracias por el comentario @Ichabod

Ichabod
Rango10 Nivel 49
hace más de 3 años

Pues si @Neck_Romancer Abercrombie ayudaría. Precisamente empecé hace unos días a leer "La voz de las espadas" y me está gustando mucho.

De grandes escritores siempre se pueden aprender cosas :)

Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

JAJAJAJAJAJAJAJAJA la puta madre. Acabas de mencionar a dos de mis 5 autores favoritos en un mismo comentario. Rothfuss y Abercrombie. Me he pasado los últimos años, desde que empecé con La Primera Ley, recomendando a todo el que se me cruce a leer Abercrombie. Es genial. Los Héroes es fantástico. Es una novela entera que narra el transcurso de una sola batalla. Que demas encontrarse con otro Abercrombiero.

Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

El viernes tengo un examen, de Evolución, y tengo que salvarlo, pero después del viernes me voy dedicar a estudiar más esta página que la he explorado poco, en los descansitos entre estudio y estudio, pero me parece que levante una piedra y encontré petróleo. No he podido ni siquiera entrar a vichar el blog, ni como es el tema del concurso.

Oscar_GLeon
Rango6 Nivel 29
hace más de 3 años

Disfruto la historia con guion largo o corto. Pues no siempre tiene que haber acción, hay veces que también se trata de crecer. Así como la comedia no te hace reír el 100% del tiempo también las novelas no deben ser la búsqueda de un imposible o de ametralladoras de las que usa Rambo de esas que no se le acaban las balas o las pistolas de los Hermanos Almada que sufren esa misma maldición.

Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Bueno, en lo que se pueda realismo ante todo. Aunque quien sabe, capaz aparece un viajero en el tiempo y le da una ametralladora y se pudre todo. Me parece que "también se trata de crecer" es una buena forma de verlo, ya que justamente va creciendo. Gracias por la opinión.

artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 3 años

De nuevo, satisfecho hasta este punto con la historia, @Gandalf. Como te comentan algunos compañeros, introducir algo de acción puede agilizar el relato, pero personalmente, y hasta este punto, todavía no se me ha hecho pesada la lectura, teniendo en mente que se trate de una historia de extensa duración. Continuaré leyendo.
Un saludo.


#7

V

Tres días habían pasado desde que habían llegado los Mercaderes, y ahora se marchaban. Los habitantes los despidieron con tristeza, volverían recién el año que viene, cerca del final de Otoño cuando hicieran el camino de vuelta a Puerto Camlai; los miembros de la caravana ya tenían todo preparado, los carros cerrados, los animales uncidos, las provisiones que les habían regalado los habitantes del río.

Las expresiones de los hombres y mujeres se habían vuelto sombrías y alertas, sabían que este viaje iba a ser duro, era la segunda vez que viajaban desde el Hundimiento. La primera fue el viaje de vuelta a Puerto Camlai hacía unos seis años, y había sido un desastre. Ahora parecía que las cosas se habían calmado, los reyes, reinas, nobles, jefes y demás habían logrado que las cosas no se fueran de su cauce, pero ellos eran personas, no Dragones, por lo tanto había muchos más bandidos en los caminos, y bestias en los bosques. Todos los miembros que podían blandir un arma, iban armados. Algunos con un simple cuchillo y gesto de no saber qué hacer con él, otros, como el par de centauros, llevaban sendas lanzas y un espadón cruzado a la espalda. Hasta Dûirn llevaba una ballesta de factura enana colgada a su lado, y un hacha de dos filos llena de muescas bajo el pescante.

Fisska los iba saludando a medida que se iban. Les deseó suerte, sabía que ningún grupo de bandidos atacaría una caravana semejante, eran casi un centenar. Deseó tener razón. Cuando el último desapareció se dio la vuelta y fue a buscar a su hijo. Primero se dio de lleno con una mole negra, segundo se dio cuenta de que era Taggra parado en dos patas que se había colocado, milagrosamente sin hacer ruido, allí para ver a los carros irse.
Su hijo estaba correteando a la potranca, Calibbe la había llamado. Los demás niños lo miraban alucinado, con la envidia infantil reflejada en sus ojos. Fisska sonrió, a pesar de que los mercaderes les vendían casi las cosas al mismo precio que a ellos les había costado conseguirlas, esa potranca se había llevado la mayor parte de los ahorros de las últimas cinco cosechas, unas cosechas excelentes a decir verdad, pero había valido la pena. A su hijo siempre le había gustado Brodda, el viejo y enorme caballo de granja, solía subirse a su lomo y pasear mientras Brodda pastaba, y ahora tendría a Calibbe para aliviar un poco la soledad.

Uno de los chiquillos, un niño de unos cuatro inviernos, comenzó a correr a Calibbe, pero ella en lugar de huir lo empujó con el hocico y lo hizo caer sentado; el resto de la jauría se levantó y comenzaron a cazar a la potranca, aullando y gritando como si fueran una manada de lobos cazando. La potranca los esquivaba, los saltaba, los esperaba hasta el último instante para escapar por los pelos con una finta, corría por el prado incansablemente, y uno a uno los cazadores iban cayendo, agotada esa energía mil veces maldita por sus padres.

Fisska silbó a su hijo, el cual rápidamente se dirigió con su padre, y la potranca como su sombra.

—Prepara tus cosas, nos vamos a la granja, hay que llegar antes de que se ponga el sol, voy a uncir a Brodda al carro si lo puedo separar de la yegua de la granja Drignnu.

Cuando volvió con Brodda su hijo lo esperaba en el carro con su bolsita de piel de cabra donde guardaba sus cosas. Le colocó los arneses al caballo, subió al pescante y volvieron a la granja. Brënne comenzó a contarle todo lo que había visto en la caravana, mientras le mostraba sus nuevas adquisiciones.

—Ésto me lo regaló uno de esos hombres cabra, que él dijo que no les gusta que los llamen chivos, dice que con estos tubos de madera que ellos llaman Dribusil pueden hacer magia tocando la melodía correcta, el estaba tallando éste pero le quedó mal una runa, así que las borró y me lo regaló, porque dice que es importante que todas las runas queden bien o pueden ocurrir accidentes con la magia, ahora es solo un instrumento musical, mira...

Su hijo, si se entusiasmaba con algo era capaz de emitir diez palabras en lo que normalmente toma decir "hola". Brënne tomó su nuevo instrumento y comenzó a soplar, los sonidos salían extraños, como limpios y vibrantes, a pesar de que su hijo no tuviera ni idea de como tocar un instrumento así.

—Y mira, ésto me lo regaló Jadde, son unas botas de montar, dice que es para que no me lastime cuando monte a Calibbe.

Le mostró las botas de caña alta, casi hasta la rodilla, de cuero negro resistente y flexible; Fisska no sabría decir a qué animal perteneció. Sintió una especie de presión en el pecho, sabía que Jadde había sido más madre para el niño que la hermosa mujer de cabellos rojos que había venido con él desde el norte, sabía también que ella era la única capaz de traer algo de felicidad a su vida, y sabía que su fallecida compañera que ahora descansaba en la caverna bajo el Elddu habría aprobado esa unión. Él era quién no podía soltarla, sabía que su cuerpo yacía en un nicho excavado en la piedra, y que su espíritu estaba con Danadde, pero aún así la sentí presente, y no podía dejarla ir, no podía dejar de verla en la granja, en su casa, durmiendo junto a él. Alejó esos pensamientos, se dijo que ahora no podía hacer nada, guardó lo que sentía por Jadde en un cofre al fondo de su mente, y siguió escuchando a su hijo, que ahora hablaba sólo de la potranca pinta que trotaba al lado del carro, explicándole a Getta, que iba detrás acostado sobre sacos de verduras, las innumerables razones por las cuales Calibbe era el más veloz caballo sobre la tierra.

Llegaron a la granja, descargaron el carro y enviaron a Brodda a su lugar en el establo, saludaron a Gertte y Fucca, la pareja que se había quedado a cuidar de la granja la noche anterior. Cuando estaba por irse a dormir Getta lo llamó aparte.

—Oye, no se cuanto te costó esa potranca pinta, pero estoy seguro que fue barato —le dijo con admiración.

—Pagué la mayor parte de lo que había ahorrado en las últimas cinco o seis cosechas -le replicó, y ya sabes como son los mercaderes con nosotros, nos venden las cosas sin cobrar su trabajo ni lo lejos que viajaron.

—¡De cualquier forma, prácticamente te la regaló, podrías haber pagado eso con toda tu granja arriba y aún así seguiría siendo un regalo! Escucha, tu hijo hoy me dijo que era la yegua más veloz del mundo, y sé que no es verdad, pero créeme que podría competir con un caballo Esilir perfectamente -dijo el anciano casi gritando. Tenía los ojos brillantes y sonreía como un niño pequeño.

—Tiene sangre Esilir me dijo el mercader, un Urdigùr de las Planicies.

—¡Todos sus caballos tienen maldita sangre Esilir! Esta yegua no tiene sólo sangre, tiene todo, la forma, la cabeza, los ojos, el color de un caballo Esilir. Por alguna razón, no se mezclaron las razas en ella, es casi pura. Créeme podría ir a correr la gran carrera esa que hacen los Esilir y no hacer el ridículo, ya te lo digo. Me sigo preguntando porqué te la dio tan regalada, tendré que buscarlo cuando vuelvan y preguntarle, maldición.

Fisska se fue a dormir pensando en todo aquello, además se preguntó algo que nunca le había surgido antes. ¿Qué hacía Getta antes de caer en ésta granja? ¿Por qué sabía tanto de caballos un hombre criado en estas sierras y quebradas? Cuando Fisska nació el hombre ya vivía en la granja, así que para él siempre había vivido en la granja, nunca se preguntó si había conocido otra vida.

Se durmió pensando en eso y en los ojos verdes, casi tan raros como los naranjas de Brënne, que brillaban en la morena cara de Jadde, enmarcados por esos dos mechones de cabello negro que tanto le gustaban.

Hace más de 3 años

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Oscar_GLeon
Rango6 Nivel 29
hace más de 3 años

En espera de la siguiente caja


#8

VI

Jadde se despertó ese día con una sonrisa en la cara, sus ojos verdes brillaban de anticipación. Se levantó tirando al suelo la piel de venado con la que se abrigaba en las cálidas noches de verano, y comenzó a realizar las tareas de cada mañana, intentando aparentar que ese día era un día cualquiera, aunque en su interior bullía una mezcla de nervios, expectación, alegría y miedo.

Cuando el sol ya estaba en su punto más alto se encaminó hacia el anfiteatro natural donde eran celebrados todos los eventos importantes de la comunidad. Cruzó el Fleddu por el puente colgante que atravesaba el abismo al oeste del Elddu, atravesó los pocos cientos de pasos de bosque caminando por un sendero cubierto de hojarasca. El anfiteatro estaba formado por unas gradas talladas en las pendientes naturales que se abrían hacia un acantilado, al suroeste del Elddu. Justo delante de la visión del magnífico salto de agua había una gran roca plana, a la que se le había dado la forma de un escenario. Sobre él ya esperaban los demás jueces de las pruebas de aquél verano.

—Saludos y felicitaciones hija —le dijo con cariño Vussa, el Huaissa de su pueblo, quién la había criado al morir su padre en un accidente de pesca. Su madre había muerto de fiebres cuando ella era muy pequeña.

—Gracias Sabio, me honra que seas tú quien me guíe por esto.

Los demás también la congratularon y le desearon muchísima felicidad. Después del mediodía llegaron los habitantes de la región a presenciar las pruebas. Eran tres los jóvenes que pedían ser hombres ese verano, y dos las jóvenes que querían convertirse en mujeres; que pretendían ganarse la marca del Ibbso que los guiaría, protegería y apoyaría hasta que Danadde los reclamara a su Espera.

Primero habló Vissa. —Hoy, pueblo del Fleddu, en el primer día del primer mes de Verano, presenciaremos a cinco niños que quieren abandonar éste anfiteatro como hombres o mujeres. Quiero que sepan que los que elijan mal hoy, van a poder intentarlo el verano siguiente, y que todo el mundo tiene un Guía, aunque cueste descubrirlo. Yo tuve que hacer la prueba cuatro veranos seguidos antes de que Huasside la Sabia se me revelara como mi guía —hizo una pausa para observar a los presentes, —pasen al frente.
Entre deseos de buena suerte, palabras de ánimo y cuchicheos curiosos se adelantaron de las gradas los cinco jóvenes que iban a intentarlo ese año.

—Rialle Farggi de la granja Farggi, intentará conseguir la marca de Tillide, la Luna. Tillide es una hija de Ninnive, Señora de la Noche, y Dassala, el Ibsso del Mar. La Luna es paz, es constancia, ella surca el cielo de su Madre sin que nada la perturbe, los pescadores de la costa saben que ella es capaz de influir en el reino de su Padre con su andar, algunos piensan que los espíritus del mar intentan acercarse a su prima, elevando el mar cuando ella está cerca. La prueba consistirá en demostrar constancia y paz interior. Se han dispuesto diez tablillas en el bosque y los riscos, al caer la noche tendrás que localizar tu Hammu entre esas tablillas, para iluminarte utilizarás la luz de tu Ibsso, para encontrar el Hammu, la constancia de tu Ibsso, para no desesperar y perderte, la paz interior que brinda tu Ibsso.

La chica asintió y se dirigió a las gradas a esperar la noche, ya sabía que muchas de las pruebas de Tillide eran nocturnas.

El Sabio llamó a otro de los jóvenes al frente. —Gunna Gretti de Eldd-Mannu, intentará conseguir la marca de Unnuna, la Roca, Maestro de la Piedra, Unnuna es hijo de Ethacca, Ibsso de la Tierra en su forma mas Pura, y su madre es Helccare, Hielo toda ella. Unnuna es fuerte y resistente, su inquebrantable voluntad sostiene los reinos por encima de sus dominios. Sólo su Madre, y su compañera Rivsse, pueden desgastar su inquebrantable voluntad. Tu prueba consistirá en llevar el peso de esos reinos mientras que, con inquebrantable voluntad, consigues el Hammu, superando a Helccare y Rivsse en el camino.

Los tres miembros que actuaban de jueces en nombre de su Ibsso y que eran los que formulaban la prueba se dirigieron hacia el bosque, Gunna, un chico enorme de casi dos metros de altura los siguió, y detrás fueron los espectadores. La procesión se detuvo a la orilla de un arroyuelo de aguas claras, provenientes de los últimos deshielos de primavera. Junto a éste había un bloque de piedra con un montón de Hammi sobre él. El chico debía levantar el bloque y cruzar hasta el otro lado, donde lo esperaba su Hammu, mientras el agua helada del arroyo le bañaba los pies desnudos. Ninguno de los Hammi podía caer, y eran muchos, cada uno representaba un reino que se sostenía gracias a Unnuna.

El chico levantó la piedra, le temblaban los músculos por el esfuerzo, pero la alzó hasta su cabeza y la aseguró sobre su hombro derecho, luego dio un paso, y otro, las piernas le temblaban. Cuando se introdujo en el arroyo lanzó un grito de dolor al sentir la caricia cortante del agua helada, pero el temblor de sus piernas no iba más allá de la cintura, y los Hammi que viajaban sobre su hombro no se movían. El agua ya le llegaba a la rodilla, su cara estaba roja por el esfuerzo y le costaba respirar, pero no soltó el bloque en ningún momento. Después de angustiosos instantes logró cruzar los tres metros de arroyo que lo separaban de su marca y se agachó a recogerla, pero con el movimiento se tambalearon los Hammi sobre el bloque. Gunna se detuvo, volvió a erguirse, se volvió y miró a sus jueces, y después comenzó a doblar las rodillas manteniendo su cuerpo perfectamente recto. Lentamente fue bajando, temblaba de manera incontrolable pero en sus mandíbulas apretadas se leía una voluntad férrea.

Alcanzó el Hammu, lo alzó con su mano libre y se enderezó lentamente. Cuando los jueces asintieron, dejó caer la piedra, y luego se desplomó sobre el barro, incapaz de sostenerse a si mismo un instante más, con el Hammu apretado contra su pecho.

Volvieron al anfiteatro, con el chico en andas, vitoréandolo por lo que había logrado, una prueba difícil como pocas. Allí el Huaissa subido de nuevo a la roca llamó a otro.

—Jianna Farri de la granja Dunni va a intentar conseguir la marca de Essia, Señor del Viento del Oeste. Essia es hijo de Sibbila, Maestro de Vientos, y de Harre, la Hacedora de Tormentas. Essia trae desde el Oeste las lluvias y las tormentas que dan vida a esta tierra, Essia trae aludes, incendios y muerte, y trae lluvia, renovación y vida, Essia es impredecible, rápido en su furia y en su risa. Trae enormes tormentas que encogen el corazón, y que luego se retiran tan rápido como vinieron. La prueba se superará si utiliza la explosiva energía de su Ibsso, y su furia repentina. La prueba consiste en alcanzar una piedra que va a ser arrojada por uno de tus jueces, antes de que llegue al suelo.

La prueba no parecía tan dura, pero el chico de ojos color miel y piel clara no mudó su expresión, las pruebas nunca eran fáciles. Caminaron hasta un saliente de unos diez pasos de ancho, donde estaban montadas tres finas paredes de barro, probablemente levantadas el día anterior, ya que aún estaban frescas. El chico tendría que atravesarlas por la fuerza y correr hasta el otro lado antes que la piedra tocara el piso, eran sólo unos cincuenta pasos, pero el chico de constitución delgada no parecía muy capaz de atravesar una pared. Sin embargo se posicionó frente al corredor con expresión inmutable y esperó a que fuera arrojada la piedra, del tamaño de un huevo de pato.

Uno de los jueces arrojó la piedra utilizando una honda, de forma que recorriera un arco muy pronunciado y demorara en tocar tierra. Apenas lo hizo el chico voló hacia la primera pared, colocó sus manos hacia adelante para atravesarla y bajó la cabeza. Cuando estuvo a punto de chocar saltó, abrió sus dedos y los clavó en el blando adobe, usándolo como apoyo se elevó unos tres metros y superó la barrera por encima. Los jueces se miraron desconcertados, no estaba planeado que la prueba fuese superada de esa forma. Jianna hizo lo mismo con la segunda pared pero la piedra ya había comenzado un descenso a toda velocidad y no llegaría a tiempo.

Gritando enterró manos y pies en la tercera pared, se impulsó hacia arriba, utilizó la parte superior de la pared para saltar nuevamente y casi voló, estirándose lo más posible interceptó la piedra en vuelo. Después, con un grito de victoria y de dolor, se estampó contra el suelo.

Los jueces se miraron y se dispusieron a deliberar. Nada de aquello había sido previsto, y debido a que la prueba no estaba diseñada para ser superada de tan espectacular manera, podían considerar negarle el símbolo. El chico los miraba, recuperada la impasibilidad habitual en él.

Al final se dieron la vuelta y uno sentenció —Essia es explosivo, es furia y energía, siempre lo hemos consideramos demasiado impulsivo como para detenerse a dudar. Este chico nos ha recordado que además Essia es imprevisible, tan imprevisible es que ni siquiera nosotros, sus protegidos, logramos anticipar lo que va a hacer. En la piedra está tallada la marca de tu Ibsso.

Entonces los tres asintieron y el público estalló en vítores. El chico sonrió con orgullo y alivio, volvió a sentarse entre sus amigos y familiares. Jadde sintió entonces un pellizco en su hombro que la hizo sobresaltarse, y luego derretirse al darse vuelta y encontrarse con los ojos de Fisska que la miraban sonrientes. Le hizo un lugar a su lado, y luego se apoyó en él.

Hace más de 3 años

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Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Ya que mañana tengo examen y no voy a poder escribir nada, aquí va otra cajita para compensar.


#9

Jadde sintió entonces un pellizco en su hombro que la hizo sobresaltarse, y luego derretirse al darse vuelta y encontrarse con los ojos de Fisska que la miraban sonrientes. Le hizo un lugar a su lado, y luego se apoyó en él.

—¿Cómo van las pruebas? ¿Tenemos alguna nueva mujer u hombre entre nosotros? -preguntó Fisska de buen humor.

Típico suyo, ponerse a hablar de cosas sin importancia en un momento así.

—¿Por qué demoraste tanto? ¿Dónde está Brënne? Dos chicos superaron la prueba, y Rialle lo intentará hoy a la noche.

—Demoré por Brënne, que tenía que asegurarse una y mil veces que Calibbe estuviera bien, que no le iba a suceder nada mientras él estuviese ausente por media tarde. La yegua ha mejorado desde que se tragó aquella flor de Drussdu, todo gracias a la Huaisse. Ahora Brënne está hablando con Rialle, así que lo dejé tranquilo —respondió riendo.

Jadde no veía con buenos ojos el nuevo entusiasmo de Brënne por Rialle, la chica tendía demasiado a la superficialidad y el egoísmo, aunque la mayor parte del tiempo fuese encantadora. De todos modos, sería lo tendría que ser. Y con este pensamiento se puso tan nerviosa que le produjo un escalofrío. Fisska rió con alegría.

—He de irme, seré jurado del próximo niño —dijo Jadde, y se levantó para acercarse a los otros dos jueces mientras el Sabio hablaba.

—Senna Enrri, de Locc-Mannu intentará obtener la marca de Sibinne, Ibsso de la Hierba. Sibinne es hija de de Ethacca, señor de la Tierra, y Leinne, la Lluvia. Sibinne es vitalidad, es de lo que vive la cabra, es de lo que vive el oso, es de lo que vive el hombre. Sibinne se debilita y fortalece a lo largo de las estaciones, pero nunca muere. Sibinne es flexibilidad, adaptación y al mismo tiempo es constancia. Sibinne forma los el pilar que sostiene a toda vida. La prueba consistirá en ser ser flexible para ser constante. En ésta prueba deberás demostrar que eres capaz de permanecer en un mismo lugar sin dejar de moverte.

Se dirigió hasta un tronco que habían colocado horizontal entre otros dos troncos verticales, a la altura del pecho. El tronco horizontal giraba libremente cuando le quitaban un seguro. Sobre los pilares había otro otro tronco del que colgaban un par de sacos llenos de algo.

—Deberás subir a este tronco y correr en él, si dejas de moverte, caerás, si te mueves muy rápido, caerás, si te mueves muy lento, caerás. Con cada vuelta del tronco el Hammu con la marca de la Hierba bajará un poco más.

No había explicado nada sobre el par de péndulos que estaban sostenidos por una cuerda, prontos para lanzarse sobre la persona que estuviera sobre el tronco.

Senna subió y se colocó en el centro del tronco. Cuando sacaron el seguro comenzó a correr, el tronco giraba cada vez más rápido, y sobre la cabeza del chico se veía el Hammu bajar lentamente sostenido por un cordel. El joven tenía una expresión decidida, y cuando la tablilla estuvo a su alcance estiró un brazo para tomarla. En ese momento el mecanismo de sujeción de los péndulos se soltó y uno de ellos se dirigió hacia Senna. El chico, concentrado en la tablilla, no lo percibió hasta el último instante. Saltó al costado, salvándose por poco, pero perdiendo el equilibrio tan bien logrado. Con el último impulso saltó para agarrar la tablilla.

Falló por poco, cayó sobre el tronco que seguía girando a mucha velocidad y salió despedido hacia atrás. El chico se levantó con la rabia pintada en el rostro.

—¡Nunca dijeron que los malditos péndulos se iban a soltar cuando se acercase la tablilla! ¡¿Qué no es su trabajo decir cómo quieren que superemos la prueba?! ¡Mierda de Dragón, es injusto, a los demás no les fueron con sorpresas!

—Sobre Sibinne cae granizo, incendios, aludes y tormentas, caen plagas y caen pestes, y nadie le avisa a Sibinne. Sin embargo, Sibinne mantiene el equilibrio. Nuestro trabajo es asegurar que aquellos a los que guía Sibinne puedan mantener el equilibrio de la naturaleza. Tú no puedes mantener tu propio equilibrio, lo siento —pronunció Jadde con voz neutra.

El chico volvió a su asiento, pero se notaba que no estaba conforme. Era común que muchos tildaran las pruebas de injustas, imposibles o peligrosas, pero la última palabra siempre la tenían los Tres.

*********

—Britte Kassi de la granja Noussi va a intentar obtener la marca de Rivsse, Madre de Ríos. Rivsse es hija de Eravva el Hacedor de Montañas y de Ilunne el Ibsso más Puro del Agua. Rivsse nace en las laderas de su Padre, y corre por ellas llevando el espíritu de su Madre hasta el reino de su hermano, el Mar. Corre con fuerza, nadie la para, siquiera su compañero la Roca, que puede detenerla un poco, pero al final cede también. También sabe fluir lentamente, dejándose llevar por los bajíos pacientemente, haciendo el camino más largo y mas seguro. La prueba consistirá en saber cuándo ser una fuerza imparable y saber cuándo dejarse llevar. En el fondo de la poza dejada por la caída del Elddu te espera tu Hammu. Para llegar a él has de saber dejarte llevar por las corrientes de tu Ibsso.

Todos los espectadores se quedaron en silencio. Las pruebas solían no estar exentas de peligro, pero esto era demasiado, muy pocas veces se imponían pruebas tan duras. La chica podía morir. Jadde notó que la delgada chica se había puesto pálida, seguramente se había dado cuenta de lo mismo. Entonces se rompió el silencio, la madre de la chica gritaba rogándole que no lo hiciera, que lo intentara otro año, que su Ibsso no era ese.
La niña dio un paso hacia las gradas, se detuvo y cerró los ojos, su expresión se suavizó, respiró hondo y dejaron de temblarle los labios.

—Lo va a intentar —le susurró Fisska, al mismo tiempo que a ella se le ocurría esa inconcebible idea. Iba a bajar hasta la poza y lo iba a intentar aún a riesgo de su vida. Se equivocaron.

La chica se dio la vuelta de pronto, corrió hacia el risco, y sin detenerse saltó al vacío. Se escuchó el desgarrador grito de su madre, después solo el agua del Elddu cayendo sin pausa. Todos se apiñaron contra el borde intentando ver algo. Los jueces tomaron una cuerda y bajaron corriendo por el sendero que iba hasta la poza. Jadde vislumbró, diez brazas más abajo, cómo una cabeza salía del agua, escupía, respiraba y volvía a sumergirse. Probablemente solo escuchaba el fragor del Elddu, y no los desesperados gritos de la multitud que le pedían que no lo hiciera. Durante angustiosos instantes no vieron nada, sólo la blanca espuma del Elddu. Cuando comenzó a pasar mas tiempo del que una persona aguanta la respiración las cosas se pusieron aún mas tensas, y empezaron a correr palabras fuertes contra los jueces.

Entonces alguien gritó y señaló, una forma se despegaba del remolino blanco del Elddu, era una espalda y una cabeza cubierta de cabello negro que flotaba inerte en el Fleddu. Aún peor, alrededor suyo, en la espuma blanca se había formado un halo rosado. Dos hombres grandes tuvieron que sujetar a la madre para que no se arrojase tras su hija, y a duras penas lograron sostenerla sin caer los tres. Entonces el cuerpo golpeó contra una roca y allí quedó, presionado contra la roca por la fuerza de la corriente. Los jueces tenían un lazo pronto para arrojar al agua, pero Jadde sabía que nunca la iban a alcanzar así. Al parecer pensaron lo mismo porque uno de ellos se arrojó al agua con los otros dos sosteniéndolo por la cuerda atada a su cintura, y nadó como pudo hasta la niña y la abrazó. Luego fueron remolcados hacia la orilla por los demás.

Uno de ellos le quitó a golpes el agua de los pulmones e intentó reanimarla, una y otra vez, pero la niña no respondía. Parecía aún más pequeña de lo que en realidad era allí tumbada, semidesnuda. Se había quitado la ropa para que no le hiciera lastre.

“Pobre niña, para lo que le ha servido”, pensaba Jadde.

Entonces la niña convulsionó y escupió agua como una fuente. Entre toses levantó una temblorosa mano izquierda y, aunque nadie se había fijado antes, allí estaba firmemente sujeta una tablilla con la marca de Rivsse, y nunca antes nadie se había merecido tanto ese honor.

Hace más de 3 años

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#10

VIII

Corre por la colina, ve como el borde se acerca a ella, luego un despeñadero profundo, tan alto como ella parada sobre ella misma; no disminuye la velocidad, no intenta frenar. Siente la sangre golpear contra su pecho. Estira las manos mientras fuerza a los potentes músculos de sus patas a impulsarlos sobre la hondonada. Siente la presión de las patas del joven humano sobre sus costillas. Escucha su grito, probablemente fruto de la sangre quemando en el pecho. Sus manos pisan suelo firme, muy cerca del borde, así que utiliza el impulso del salto para alejarse de una peligrosa caída. Cuando tiene las cuatro patas apoyadas en la tierra relincha ruidosamente para aliviar la tensión, agita la cabeza y salta hacia adelante a toda velocidad de nuevo hacia la granja.

No toman ningún sendero, conocen los terrenos circundantes hasta el mas pequeño hilo de agua, quebrada o mata de arbustos. Se detiene en seco y olfatea el aire, le llega un sutil olor a humo y carne. El humano que viajaba sobre su lomo entiende que algo sucede con esa intuición tan poco común que le permite comprenderla. Se baja y se dirige sin hacer ruido en la dirección que ella indica.

***********

Luego de andar unos cuantos tiros le llegó el olor del humo y de la carne asándose. Miró a la yegua que lo seguía, y le indicó que esperara oculta. Giró el cinturón de modo que la hebilla no reflejase el sol, y se desplazó contra el viento sigilosamente. Últimamente se habían visto forasteros en la región, y también habían desaparecido cabras; tal vez aquel campamento, porque no tenía dudas de que era un campamento, no había granjas en aquella zona de floresta; perteneciera a los intrusos.

Eran tres, sentados alrededor de un fuego donde se asaba un cabrito. Uno era calvo, tenía un jubón de cuero raído y aspecto desagradable, estaba inclinado sobre el fuego, de frente al arbusto donde estaba oculto. A su lado estaba recostado cómodamente contra una roca un joven atractivo, vestido con una túnica verde, y un jubón de cuero sobre ella, y un par de botas negras de caña larga, todo muy simple pero de evidente calidad, sobre la cintura tenía una espada. El tercero estaba de espaldas, y lo único que veía de él era una espalda enorme cubierta por una piel de oso y una mata de pelo negro, tenía un hachuela de mano en el suelo a su derecha.

Cuando estaba por volver a donde Calibbe lo esperaba escuchó un sonido a su espalda y sintió como lo elevaban del suelo. Una mano enorme lo sostenía del cuello de la camisa mientras que el enorme hombre a quien pertenecía les gritaba a los del campamento
—¡Uhop! ¡Hey! ¡Miren lo que encontré fisgoneando!

Brënne estaba congelado del terror. Los tres miraron hacia él, y el joven ordenó —tráelo, Bogren.

Recién entonces Brënne pudo reaccionar, logró superar el terror paralizante y arrojó el puñado de tierra, que había estado apretando desde que se agarró al suelo en un inútil intento por evitar que lo alzaran, directamente a los ojos de su captor, que lo soltó por un segundo para agarrarse la cara. Brënne corrió por su vida esquivando y saltando árboles y arbustos, mientras escuchaba los pesados pasos de sus perseguidores, y las órdenes del joven líder.

—¡Maldición Bogren! ¡Inútil! ¡Gunghar, ve tras ese chico, quiero saber si escuchó algo! ¡Oso, traeme a Soplo, no podrá escapar a pie!

Brënne corría y corría, la respiración le faltaba y le dolía el costado. Sabía que podía correr como el Viento del Sur pero solo montado sobre Calibbe, y Calibbe estaba muy lejos. Pero conocía aquellos lugares y su perseguidor no; o al menos esa era su esperanza. Dio un quiebre brusco hacia la derecha, otro hacia la izquierda. El pesado Bogren no podía competir con la agilidad que le había ganado el apodo de Skinna, pero Bogren no se cansaba y él sí.

Cruzó un arroyuelo que corría entre dos barrancas de un salto y escuchó como Bogren se caía por ellas, desprevenido. Se permitió una sonrisa y una mirada atrás. La sonrisa se le borró, reemplazada por una mueca de desesperación. El sujeto calvo, Gunghar probablemente, estaba mucho más cerca que Bogren y corría con una sonrisa diabólica pintada en su feo rostro. Brënne notó que tenía un ojo bizco antes de volver la mirada y seguir corriendo. Entonces recordó un lugar que había explorado hace poco. Era una barranca que quedaba disimulada por arbustos, porque las matas de aulaga y brezo la cubrían de tal forma que parecía terreno llano.

Se lanzó hacia allí, intentando despistar a su perseguidor con un giro brusco, pero esas maniobras obvias no funcionaban con él. Sentía que estaba por alcanzarlo, escuchaba su respiración pocos pasos detrás suyo, y él se estaba agotando, nunca había tenido la resistencia de los demás chicos. Entonces cruzó un hilo de agua y contó dos, cuatro, seis pasos y saltó repentinamente, justo cuando el calvo estaba por cazarlo de la camisa.

Cayó y rodó entre los arbustos haciéndose raspaduras, cortes y moretones en todo el cuerpo, pero aún así tuvo mas suerte que el calvo, que continuó su carrera seguro que su presa estaba asegurada, y puso pie en el vacío rodando hasta el fondo de la hondonada.
Brënne estaba agotado pero sabía que tenía que volver hacia donde estaba su yegua y correr a avisar al pueblo. La carrera lo había alejado del lugar donde se había separado de Calibbe así que se orientó y se dirigió hacia allí tan rápido como sus mermadas fuerzas se lo permitían.

Entonces lo escuchó, era el sonido de caballos corriendo, y eran dos. No podía ser Calibbe, reconocería su andar ligero entre miles, así que seguramente eran sus otros dos perseguidores buscándolo. Se estremeció al pensar en el joven que los lideraba y el tono frío con el cual había ordenado su captura, si lo encontraban estaba perdido. Afortunadamente parecía que se estaban alejando.

Brënne por fin salió del bosque, y pronto estaría montado en su yegua pinta volando hacia la granja de su padre. No había recorrido más de diez tiros cuando escuchó un grito a su espalda. Los jinetes lo habían visto y ahora se dirigían hacia él espoleando sus monturas salvajemente. Se maldijo por haber salido al descampado, habría sido mucho más inteligente mantenerse a cubierto, ahora lo atraparían y probablemente lo asesinarían. Éste fúnebre pensamiento le dio fuerzas para intentar otra carrera, corrió esta vez más veloz que nunca, sus pies golpeaban el suelo tan rápido como podía. Todo inútilmente, los perseguidores iban montados, y el caballo del líder era un palafrén de caza, de paso firme y presto.

Sus perseguidores estaban ya a menos de dos tiros de distancia cuando escuchó el relincho de la yegua pinta. Si ella estaba cerca aún tenía una oportunidad. Subió una loma y vio a la yegua corriendo con la cabeza gacha y las orejas contra su cuello; parecía una saeta sobrevolando la pradera.

Un día Getta le había comentado que los Esilir entrenaban para subir a sus caballos mientras estos corrían a pleno galope; y desde ese día había entrenado con Calibbe, lo que le había dejado como recompensa muchos golpes, cortes, y una aceptable habilidad para montar a Calibbe en movimiento. Ahora ella iba a pleno galope, más rápido de lo que nunca habían corrido, tenía espuma en la boca y relucía de sudor. Las consecuencias de fallar no iban a ser unas simples heridas, ni una fractura grave; iba a ser la muerte, destrozado contra el suelo, o a manos de sus perseguidores.

Cuando estuvo tan cerca que podía distinguir las pintas de su pecho, Brënne saltó; la yegua pasó por su lado, la yema de los dedos rozando su cuello. Entonces cerró la mano, aferrando con todo su espíritu un mechón blanco de las crines de la yegua. Sintió una sacudida hacia atrás que le hizo morderse la lengua pero no soltó su única esperanza, estiró una pierna en el aire, la pasó por encima del lomo de la yegua, y se ayudó con las crines para poder sentarse.

La yegua pasó como una centella por entre ambos perseguidores, y la sangre que Brënne escupió luego de haberse mordido la lengua dio de lleno en las greñas del de la piel de oso. Los hombres dieron vuelta a sus monturas espoleándolas cruelmente, pero no podían alcanzar a Calibbe por mas jirones de piel que arrancaran a los flancos de los caballos. El caballo del Oso greñudo fue el primero en parar; cayó y no volvió a levantarse, probablemente agarrotado por el excesivo esfuerzo.

El palafrén del líder estaba mejor preparado, entrenado para las cacerías, y estaba más descansado que Calibbe; la yegua había estado corriendo toda la mañana explorando las quebradas. Brënne miró hacia atrás y vio el atractivo rostro de su perseguidor contorsionado en una mueca de furia; tenía en la mano derecha la espada desenvainada, y azotaba al caballo en la grupa con el plano de la hoja. Justo entonces un terrón despedido desde los cascos de Calibbe le dio en la cara, perdió la concentración y el equilibrio, y casi se va de bruces contra el suelo, lo cual a la a la velocidad que llevaba significaba matarse.

Cuando recuperó el equilibrio ya había perdido mínimos pero cruciales instantes, y Brënne tuvo un último vistazo suyo castigando al caballo antes de bajar una loma y perderlo de vista.

Hace más de 3 años

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#11

IX

—Brënne Fisski de la granja Fisski va a intentar obtener la marca de Lasissa, el Viento del Sur. Hijo de Sibbila, Maestro de Vientos y Gajikke, Guardiana de los Desiertos. Lasissa es el más veloz de los cuatro hijos de Sibbila, anuncia el cambio de estación en estas tierras, barriéndolas con su aliento seco cargado del polvo y del calor del Sur. Para superar la prueba necesitará velocidad, por supuesto, pero también habilidad para soplar en el momento preciso.

Brënne intentaba concentrarse, por encima de las dudas, los nervios y la emoción; en las palabras del anciano, pero eran otras palabras de otra anciana las que resonaban en su cabeza. Las de una anciana con la que se había encontrado en los bosques hacía más de una luna.

*************

Brënne desmontó y se acercó a la choza circular, la cual tenía todo el aspecto de estar vacía, al menos de momento, no salía humo por el respiradero ni se escuchaban sonidos. Cuando se acercó más descubrió a una anciana diminuta y arrugada apoyada en un bastón. La anciana lo miró con un par de ojos de leche y le indicó con un gesto que se aproximase.

Brënne dudó, pero al final lo ganó la curiosidad y se acercó. La anciana extendió una mano hacia él y le tocó la frente con las yemas de los dedos, y le regaló una sonrisa desdentada. El chico se dio cuenta entonces que la encontraba familiar.

—Saludos Brënne, que Ninnive ilumine tus noches e Isstira tus días— lo saludó.

La anciana tenía una voz cristalina y melodiosa, Brënne hubiese esperado un susurro ronco más acorde a su aspecto. Primero se sorprendió de que lo había saludado formalmente, como si él fuera digno de su respeto; ésto le impidió notar que lo había llamado por su nombre una persona a la que no recordaba haber visto nunca. Cuando se percató dio un paso inconsciente hacia atrás.

—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó un tanto asustado por todo aquello. La anciana se rió a carcajadas de su reacción.

—Sé mucho más que tu nombre, sé cuándo naciste, y dónde naciste. Conozco a tu padre y conocí a tu madre y a tu hermana, y te vi nacer niño —fue su explicación; —te hice nacer —concluyó.

Brënne había oído de su padre solo una vez en su vida la historia de su nacimiento, era un recuerdo amargo y dulce para Fisska, que aún le causaba dolor a pesar de estar feliz con Jadde. Entonces reconoció a la anciana como la Huaisse que le había salvado la vida la noche de su nacimiento.

La Huaisse se dio la vuelta y entró en la cabaña haciéndole señas que la siguieran, así que joven y yegua entraron al recinto, aunque Calibbe se tuvo que conformar con asomar medio cuerpo. La habitación circular estaba repleta de objetos. De las vigas del techo colgaban Hammi, hierbas, astas de venados y cuernos de cabras, bolsitas, jamones, espinas de pescado, hongos y mil objetos mucho más extraños. En las paredes había estantes con frascos, pieles, hilos, y polvos. El suelo era un laberinto de pilas de objetos, pero la anciana se movía entre ellos con una seguridad que solo confiere el hábito y una memoria sorprendente. Le indicó que se sentara en un taburete, mientras ella se sentaba en una cama diminuta cubierta de pieles de cabra.

Brënne notó que la piel de la anciana parecía madera, las arrugas vetas, y los nudillos los nudos de su bastón. El aroma era único, mezcla de muchos aromas conocidos, y no resultaba desagradable.

La anciana lo observó, si observar era la palabra, un largo rato antes de preguntarle —tienes edad para la Prueba de tu Ibsso, niño, ¿sabes cuál marca intentarás ganar?

Brënne encontraba sorprendente que recordara su edad, a pesar de que no lo había visto desde que nació.

—Voy a ganar la marca de Lasissa, el viento sureño, porque junto con Calibbe somos tan veloces como él —contestó orgullosamente.

La risa de la anciana le molestó y le hirió en el voluble orgullo típico de la juventud.

—Y dime, ¿será Calibbe o serás tu quien intentará la prueba? Tal vez Calibbe obtenga la marca del Viento del Sur pero, ¿crees que te la darán a ti por ir rebotando en su lomo como un saco de papas?

Las orejas de Brënne enrojecieron, por suerte la anciana no podía verlo, aunque de alguna forma supo de su azoramiento porque volvió a reír, con una carcajada melodiosa más propia de una joven.

Abruptamente su expresión cambió, cerró los ojos ciegos y volvió a tocarle la frente con las yemas de los dedos, luego bajó por la nariz, y le rozó ambas mejillas.

—Una vez dije que había poder en ti, y tu madre también supo reconocerlo, por eso te dio tu nombre. No sé qué significa ese nombre tuyo, pero si sé reconocer que tiene poder, Brënne, y fue ese poder el cual me permitió reconocerte hoy parado a la puerta de mi choza. Pero ese poder no proviene de Lasissa. No, ese poder es fuego, como tus cabellos. Te diría que intentaras la marca de Alrra, el Sol, pero tampoco lo percibo claro, sin embargo, uno de los hijos de Brannada te brinda su favor.

Luego de eso la anciana lo había despedido, pidiéndole que enviara saludos a su padre, y que pensara en lo que había hablado. Por más que intentó nunca más logró localizar la choza.

************

Volvió su mente al presente, al momento en que uno de los jueces daba la orden de seguirlo. No había mucha gente en esas Pruebas, luego de que volviera hace dos días con la historia de los bandidos las granjas nunca se dejaban solas, así que solo los familiares y amigos cercanos de los jóvenes que intentarían convertirse en adultos estaban en el lugar. Llegaron al lugar donde se realizaría su prueba.

El juez le explicó —para superar la prueba tendrás que cruzar al otro lado de éste corredor, y recoger el Hammu. Deberás ser veloz para que los péndulos no te golpeen, o perderás la prueba.

El lugar era una arboleda, y dos hileras de árboles dejaban el espacio justo para que pasase una persona. De los árboles colgaban ocho péndulos en sucesión, formados por un fino brote de árbol con un pesado saco relleno en el extremo. Cada saco tenía una marca para cada una de las cuatro épocas del año. Verano, Otoño, Invierno y Primavera, dos veces. Al otro lado lo esperaba su Hammu, colgando de una rama baja. El juez dio la orden de mover los péndulos, que fueron tirados con cuerdas hasta su posición, y asegurados.

—¿Listo?.

—-Sí —respondió, aunque no se sentía nada listo.

—Corre entonces, corre como el Viento del Sur.

Los péndulos se soltaron y Brënne corrió. Se fijó en que todos se balanceaban a distintos tiempos, pero no logró descifrar el orden antes de entrar de lleno en el corredor. Superó al primer verano y al otoño, dejándolos a su derecha, pero se vio obligado a frenar para dejar pasar al invierno que bajaba imparable. Logró saltar antes que el otoño volviera a pasar por el centro y lo enviara fuera del corredor. Pasó la primavera corriendo y superó el primer año. El segundo verano lo frenó un segundo, suficiente para que la primavera comenzara su descenso a toda velocidad. Sintió como el péndulo le agitaba el pelo de la nuca al pasar zumbando a su espalda. El Hammu estaba ahí delante, pero observó que otoño, invierno y primavera caían los tres al mismo tiempo. No le daría el tiempo para esperar a que pasaran por el centro, así que debía correr tan rápido como pudiese intentando superar los tres al mismo tiempo. Se lanzó con la cabeza baja, sin mirar hacia adelante, concentrado en su carrera. Sintió el golpe en el costado que lo mandó rodando fuera del corredor.

Había perdido la prueba.

Sentado en las gradas, luego de que Jadde lo consolara asegurándole que podría intentarlo cuantas veces fuera necesario para encontrar si Ibsso, observó abatido como la última joven intentaba ganar el Hammu de Drissna, el Guardián de los Bosques. La chica debía resolver un acertijo, tenía ante sí una esfera formada por muchos Hammi entrelazados en perfecto equilibrio, cada uno representando uno de la enorme cantidad de actores entrelazados en el equilibrio de un bosque. En el corazón de la esfera se encontraba el Hammu con la marca de Drissna, y la chica debía retirar alguna de las tablillas que la formaban para poder sacarla y ganarse la marca.

La chica llamada Trisse tenía ojos y nariz pequeños, en contraste con sus labios gruesos, lo cual le daba aspecto de estúpida, acentuada por su expresión concentrada.

Después de un corto tiempo se enderezó, miró a los jueces y dijo —no se puede.

—¿Entonces, no eres capaz de hacerlo? —se aseguró el juez antes de dar la prueba por fallida.

—Exacto, no puedo, ni yo, ni nadie. Cualquier pieza que retire, sea cual sea, derrumba todo, porque todo está conectado con el resto, y cada pieza es esencial dentro de ese equilibrio. Si retiro aunque solo sea una pieza tendré que volver a armarlo todo nuevamente en un equilibrio diferente, o permitir que se derrumbe —aseguró la chica con tono serio.

Los jueces sonrieron y afirmaron al mismo tiempo, y le entregaron un Hammu que mantenían oculto. La chica sonrió, habiendo contradicho su aspecto de lenta de mente.

Y así finalizaron las primeras Pruebas del Verano de Brënne.

Se encontraba en su casa, en la granja. El edificio había crecido mucho gracias a las buenas cosechas y al manejo hábil de su padre, así que ahora disponía de una pequeña habitación, lo que permitió a su padre y Jadde disponer de intimidad, y a él de independencia.

Acostado en su cama sin poder dormir, pensaba en su fracaso de hoy, pero no con un sentimiento amargo, no como se había sentido al fallar. Pensaba en ello como buscando algo. Tenía la sensación de que algo se le había pasado por alto, pero no lograba darse cuenta de lo que era.

Cuando al final se durmió su último pensamiento fue para una anciana riéndose de él por adjudicarse a sí mismo la capacidad de correr como el Viento del Sur.

Hace más de 3 años

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Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Y acá va otro porque ayer fallé.


#12

X

El grito resonó en la noche tranquila. Brënne saltó del lecho de pieles donde dormía un sueño ligero. Inmediatamente percibió un olor que aunque le costó identificarlo. “¡Humo! ¡Humo y el acre olor a pelo quemándose!”

Tomó una azada por un impulso y salió al patio. Con un grito de angustia se dirigió tropezando hacia el establo, que se encontraba envuelto en llamas.

—¡Calibbe! —llamó desesperadamente.

Escuchaba los espeluznantes sonidos de los animales encerrados dentro. Un ala de la granja también había prendido, y ahora ardía con furia. Vio como sus vecinos intentaban frenéticamente apagar las llamas antes que llegaran a los depósitos y causaran daños irreparables en las cosechas almacenadas. Brënne chocó con Fucca, cuya casa era la que estaba ardiendo, que le pasó dos cubos de agua del pozo para que ayudara con el fuego. Pero a Brënne no le importaba la granja, él solo quería liberar a Calibbe. Le devolvió los baldes y siguió corriendo ignorando las maldiciones y los insultos del granjero.

Intentó mover la tranca de la puerta, pero solo logro quemarse la mano apenas tocarla. El calor era casi insoportable pero no iba a abandonar a la yegua pinta. Le extrañó que ni siquiera su padre no estuviese intentando salvar a los animales en lugar de a la propiedad. Entonces reparó que no había soltado la azada en ningún momento. La clavó en la juntura de las puertas y haciendo palanca arrancó la traba. Las puertas se abrieron de golpe y emergió una bocanada de humo espeso, y entre el humo, huyendo despavoridas, salieron dos pares de cabras, aunque una no logró avanzar más de unos pasos antes de caer sofocada.

Cuando Brënne intentó entrar al establo casi es arrollado por Dalle, la yegua de tiro que su padre había comprado al morir Brodda; la pobre estaba encabritada, con su crin y cola en llamas. La esquivó como pudo, y entró al granero.

Apenas podía respirar, el humo hacía que sus ojos ardieran y lloraran, así que no veía por donde iba. Casi vomita y sale corriendo al pisar el carbonizado cuerpo de una cabra. Moviéndose de memoria llegó hasta el lugar donde ella dormía. Generalmente tenía salida libre al exterior, pero como el atardecer pareció anunciar una tormenta habían asegurado puertas y ventanas antes de acostarse. Desde el interior del establo se accedía al dormitorio de la yegua mediante una pequeña puerta que dejaba una abertura por encima, pero el tamaño apenas permitiría que un hombre pasara por ella.

Calibbe daba patadas a la puerta en su desesperación por escapar del infierno, pero los restos del carro, al quemarse, habían caído frente a la puerta y no permitían que se abriera. Intentó levantar el carro pero le resultó imposible por más que empujó con todas sus fuerzas. Allí el humo era menos espeso, pero los ojos no paraban de llorarle, y respirar era doloroso. Cruzó junto a la yegua por la abertura para calmarla antes que se hiciera daño. El animal tenía la boca abierta y llena de espuma, y respiraba espasmódicamente, con las dilatadas en una expresión de puro terror, pero no tenía heridas que Brënne pudiera apreciar.

Le acarició el hocico, le susurró al oído —eres el Viento del Sur, tu si habrías ganado la marca donde yo fracasé, así que saldrás de esta corriendo más veloz que el fuego.

Sabía que no la dejaría morir allí, que si ella moría él la seguiría. Saltó por la abertura y se dirigió al rincón donde se guardaban los aperos para el carro, se abrió paso entre el humo y las llamas, que aún no habían bajado por las vigas, pero consumían el techo de paja y ramas de pino a una velocidad de miedo. Tomó una gruesa cuerda y el yugo, y volvió con Calibbe arrastrando todo. Ató la cuerda al eje del carro, la pasó por una argolla de la pared donde solían atar a Brodda para herrarlo, y la aseguró al yugo, luego lo arrojó por la abertura y a pesar de su reticencia inicial, se lo pasó a Calibbe por el cuello.

Volvió a escurrirse hacia afuera y le gritó —¡Tira! ¡Tira! ¡Tira!

El carro comenzó a moverse lentamente, pero antes de que se arrastrara lo suficiente, la cuerda se quemó por el contacto con la argolla de metal al rojo. Brënne tomó ambos extremos y se los envolvió en los antebrazos, intentando resistir la tensión. Gritó con el poco aliento que le quedaba al sentir que le arrancaban los brazos, los pulmones se le llenaron de humo y cayó de rodillas. Aguantó lo necesario para que el carro se corriera apenas lo necesario para que la puerta se abriera.

La yegua la arrancó de una patada y se paró a su lado. Él se abrazó a su cuello con todas las fuerzas restantes y así lo arrastró hasta el aire fresco de la noche. Se soltó del cuello de la yegua al salir del establo y se tambaleó, estaba mareado y no podía ver a través de la cortina de lágrimas, y por más que boqueaba el aire no llegaba a sus pulmones.

De pronto el suelo se dirigió hacia él a toda velocidad, intentó colocar las manos para frenar el golpe pero fue inútil, y se dio de lleno contra la tierra, al lado de un bulto inerte. El golpe le hizo vaciar los pulmones, y luego vomitó todo lo que había comido. Recién allí logró aspirar una bocanada de aire fresco.

Se incorporó apoyándose en los codos para poder ver qué sucedía, y se convenció que en realidad todo aquello era una pesadilla. A la luz de las llamas vio a una cantidad de sombras corriendo y gritando en el patio, pero curiosamente nadie intentaba apagar el fuego. Entonces reparó que el bulto inerte no era la cabra que se había desplomado al salir, era Fucca, y tenía la mitad de la cara destrozada.

Entonces, acorde a la pesadilla más extraña y realista que jamás había tenido, Getta saltó por encima de ambos, montado en Dalle y con una espada en la izquierda, cortando horizontalmente rajó la garganta de una de las sombras al pasar por su lado, luego arrolló a una segunda sin siquiera intentar frenar.

Todo lo que Brënne veía era el negro de las siluetas, las sombras de la casa, y el rojo de las llamas y del charco de sangre debajo del granjero muerto a su lado. En esa realidad azabache y carmesí presenció horrorizado como Jarra, su amigo de la infancia, era atravesado por una lanza. Dinnele, la madre del muchacho estaba apuñalando repetidamente a otra sombra tendida en el suelo de tierra.

Escuchó un grito agudo y aterrador, y observó como Jadde, con una mueca de horror y determinación pintada en su cara, le abría la garganta a una desconocida con un golpe de azada. Daffa, un pescador joven que vivía en la granja desde hacía un par de años, arrojó su arpón y atravesó el costado de un hombre gigantesco, pero solo logró que, aullando de dolor, cayera de rodillas, y luego le abriera el cráneo con un hachuela de mano arrojada con increíble potencia.

Entonces de la nada surgió Dalle con Getta sobre su lomo. El anciano saltó sobre el gigante y le clavó su espada en la nuca. El resto de las siluetas desconocidas comenzaron a retirarse. Quedaban solo cuatro, y una de ellas cojeaba pronunciadamente. Getta arrancó la lanza del cuerpo de Jarra y la arrojó hacia el grupo. La figura que cojeaba se desplomó con el asta asomándole por su espalda, y las restantes corrieron hacia el bosque.

Brënne sintió que los codos no lo sostenían y se abandonó a la sensación de inconsciencia, deseando despertarse cuanto antes.

Hace más de 3 años

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Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Me alegro que guste. La verdad es que estaba medio trancado con lo de a escritura, pero la modalidad de ésta página, y el hecho de que otras personas lo puedan ir leyendo y dándote consejos y opiniones mientras se va escribiendo hizo que retornaran las ganas.

artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 3 años

Es cierto que el sistema de esta página anima a la dedicación diaria a la escritura, en cuyo proceso uno se ve apoyado y aconsejado por los comentarios de los demás compañeros, aunque en ocasiones la limitación de espacio de las cajas también dificulte el desarrollo de la historia.
En cualquier caso, @Gandalf, me está gustando el camino que está tomando la historia, desviándose de la idea más "inspirada en otras obras" que se intuía al principio.
Por último, me alegra descubrir que no soy el único al que esta página le ha rescatado del estancamiento en esto de la escritura.
Un saludo


#13

XI

Una caricia cosquilleante en su cara lo devolvió a la realidad, pero por alguna razón no recordada no quería salir de la bruma de la inconsciencia. Algo apretó su brazo, lo levantó y lo dejo caer, pero él seguía intentando volver a dormir. Algo lo arrastró por el suelo agarrándolo de la bota. Brënne abrió los ojos y la yegua pinta lo soltó, vio a varias figuras tendidas en el suelo, y a otras de pie o de rodillas llorando. El fuego seguía ardiendo pero nadie intentaba ya controlarlo.

Se levantó lentamente apoyándose en el cuello de la yegua, y la siguió por el patio. Atravesaron la verja que daba al norte y salieron del recinto rodeado por el muro de piedra. En el suelo, a un tiro de distancia había otra figura tendida, y otras dos a su lado. Brënne se acercó un poco, y una de las figuras se volvió a mirarlo. Era Jadde, las lágrimas bañaban su rostro, pero tenía una expresión perdida, como sino supiera que había sucedido. La otra persona era Getta. El anciano se levantó y se acercó a Brënne.

—Al parecer sospechó que el incendio no había surgido por accidente y salió a investigar, quiere verte, necesita verte.

Fisska estaba tendido sobre una mancha oscura, con su cabeza apoyada sobre las rodillas de la sollozante Jadde. Lo miró y le habló, o al menos lo intentó, ya que su voz no era siquiera una sombra del vozarrón grave que Brënne conocía.

—Lo intentarán de nuevo, no se cuando, pero lo harán, haz lo que puedas para impedirlo —dejó de hablar, respiró hondo con una mueca de dolor y prosiguió —tienes fuego dentro Brënne, igual que tu madre. No permitas que se extinga, o el mundo será un lugar más oscuro.

Tosió sangre y comenzó a temblar, estaba blanco como la espuma, y respiraba apenas con una mueca de dolor, dirigió sus ojos a la mujer que lo sostenía.

—No llores, te veo después de la espera —fue lo último inteligible que emitió, y entre temblores cada vez más leves huyó con Danadde.

Jadde comenzó a llorar aún mas fuerte, por fin reaccionando a las palabras de su compañero.

—Ha superado la Cortina, ahora está con Danadde, no siente dolor, no siente alegría, no ve, no oye, no sabe. Espera —susurró Getta mientras le cerraba los ojos y le juntaba ambas manos sobre el pecho.

Brënne gritó hasta abrirse la garganta, luego tomó aire y lloró abrazándose a si mismo. Sintió como alguien lo sacudía luego de un tiempo, y escuchó a Getta decirle algo.

—Debes correr, avisar a las demás granjas, hay más roñosos hijos de una puta por la región esta noche.
Brënne no le hizo caso, solo quería esconderse, acurrucarse, huir de ese dolor que no le permitía respirar.

—Vamos, arriba, tu yegua Esilir corre como el Viento del Sur, debes ir antes que ataquen otra granja, o más gente matarán, deben estar advertidos. ¡Arriba! —lo levantó de golpe agarrándolo por debajo de los brazos, y lo sostuvo parado frente a él.

—Vamos chico, nadie más puede montar a Calibbe, debes ir, tu padre lo pidió antes de morir, evita que otros caigan como él.

Una rabia sorda llenó los sentidos de Brënne, furia contra todo el mundo, contra aquel anciano que se atrevía a darle órdenes en nombre de su padre. Ira hacia los vivos que lloraban en el patio, y hacia los muertos que lo habían abandonado. Odio para los que habían asesinado a su padre e incendiado su hogar. Deseó que todos se quemaran, todo se incinerase y quedase reducido a cenizas que se fueran volando con el Viento del Sur.

Empujó a Getta lejos de él, lo golpeó en la cara con la fuerza que da la furia y montó en Calibbe de un salto. Tomaron el mismo camino que los bandidos al huir, iban volando sobre el sendero cubierto de hojas, que se levantaban a su paso. Brënne iba llorando contra el cuello de la yegua, diciéndose a sí mismo que esas lágrimas eran producto del viento en la cara. La rabia había mitigado un poco, igual que el dolor, ya no lo cegaban ni inmovilizaban, no, ahora lo movían a una velocidad increíble dispuesto a hacer que pagaran los culpables.

Llegó a la granja Farggi, hogar de Rialle. Había recorrido casi dos marcas en minutos. Entonces cayó en la cuenta que los bandidos se habían salido del camino en algún punto. Fargga, el dueño de la granja, salió a preguntarle qué había sucedido, entonces vio el fuego en el horizonte y enmudeció.

—Atacaron la granja, muchos murieron —fue la explicación de Brënne.
Ya muchos habitantes salieron y lo miraban a él y al resplandor carmesí que provenía del incendio.

—¿Como que atacaron? ¿Murieron? ¿Quién murió? ¿Están todos bien?— preguntaba del gordo Fargga con una expresión de aturdimiento tal, que de ser otra la situación Brënne se hubiese reído. Ahora solo se enfureció con él muy estúpido.

—Atacaron la granja y murieron granjeros, y están muertos. Los bandidos huyeron por el camino hacia aquí, vine a advertirles que se preparen. Getta cree que son más y que volverán a atacar esta noche, no sé por qué pero lo piensa.

Uno de los granjeros gritó entonces señalando el horizonte, hacia el sureste. Un nuevo incendio había aparecido en la noche.

—¡Es la granja Dunni, está en llamas, mi hija está allí —dijo con espanto el gordo granjero, tenía aspecto de estar a punto de desvanecerse. —¡Rialle! —llamó con una voz agudizada por el miedo.

Entonces los asesinos se habían dirigido hacia el sur, Getta tenía razón. Asesinos, ahora sabía dónde estaban. Se lanzó hacia adelante pegado al cuello de la yegua. En la cada vez más cercana granja de Dunna estaban los asesinos de su padre, o sus compañeros, poco importaba, todos eran asesinos.

Hace más de 3 años

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#14

Calibbe salió del bosque, y la granja en llamas apareció frente a él. Descendió y entró en el patio a pie, justo cuando una pared del incendiado establo estallaba y salía Taggra. El oso era una sombra negra que rugía augurando dolor y muerte a los que se pusieran al alcance de sus zarpas y dientes. Se elevó sobre sus patas traseras y aplastó a un bandido con un desagradable crujido Una mujer morena, armada con una espada corta y una rodela de madera, le hizo un corte en la pata derecha. El oso negro se dio la vuelta y mordió a la mujer en el brazo, el escudo que intentó usar para cubrirse se partió como si hubiese sido de cera. Taggra la sacudió y la mujer voló hasta estamparse contra una pared. Se escuchó un siseo y el oso rugió, con un asta emplumada asomándole por el costado.

Dunna, el dueño de la granja, estaba de pie, cubriendo una puerta, con un martillo de herrero en sus manos. Dos bandidos yacían a su lado con el cráneo destrozado, mientras un tercero, un calvo armado con una daga y una espada de forma extraña se mantenía fuera de su alcance, intentando alejarlo de la puerta tal vez. Un gigante de cabello negro y largo, cubierto por una piel de oso que empuñaba dos hachas hendió la mandíbula de un granjero armado con una horca para paja, y se lanzó a enfrentarse al oso.

Brënne seguía parado en el umbral de aquella carnicería, petrificado, hasta que vió a la niña. No había vivido más de seis inviernos, y estaba allí, muerta y desmadejada en el suelo. La misma furia lo invadió, la misma ansia de quemarlos a todos, y se lanzó contra la espalda de un arquero. Tomado por sorpresa se tambaleó, y la flecha que apuntaba hacia Taggra salió desviada; pero el peso de Brënne no era suficiente para tumbarlo. Agarrándolo por el cuello de la camisa lo arrojó por sobre su hombro, y el chico cayó de espaldas, quedándose sin respiración. El arquero desenvainó un puñal y se arrojó sobre él. Brënne levantó las piernas para frenarlo, ganándose un profundo corte en la pantorrilla izquierda. El arquero inmovilizó sus piernas con un brazo, y con el otro intentó apuñalarlo.

Se escuchó un crujido y el arquero cayó entre convulsiones al suelo, muerto instantáneamente de una patada de caballo en la nuca. Brënne se giró, la pierna herida no le permitía levantarse, y vio que los bandidos estaban masacrando a los granjeros. Una pescadora, una mujer grande y curtida que Brënne había visto más de una vez cargando enormes siluros que muchos hombres no hubiesen sido capaces de levantar, empaló a un joven delgado contra la pared con un arpón de pesca mientras gritaba maldiciones de parte de Thummne el trueno.

Otro arquero, apostado en la otra abertura del muro le dirigió una flecha a la garganta; la mujer murió entre maldiciones. El gigante con la piel de oso manejaba una lanza de unos dos metros ahora, y se enfrentaba a Taggra. El oso se lanzó hacia él rugiendo, esquivó la letal punta, y quebró la lanza con los dientes; pero el hombre en lugar de huir se encaramó a su espalda y le enterró el asta quebrada profundamente en un ojo. Dunna se distrajo al ver ésto, y el calvo no dejó pasar la oportunidad; cortó verticalmente con la espada, el granjero levantó el martillo parando a duras penas el tajo, y el calvo coló la daga entre sus costillas.

Nadie reparaba en Brënne, que intentaba vendarse la pierna con la tela de su camisa. El resto de los habitantes de la granja se habían encerrado en la habitación que protegía Dunna, y al parecer habían bloqueado la puerta. El gigante vestido con la piel de oso intentó abrirla chocando contra ella, pero fue inútil.

—Quémala, es sencillo y mucho más divertido —fue el comentario del calvo.

Recién en ese momento Brënne los reconoció. Aquellos dos eran parte del grupo que encontró en los bosques hacía ya tres días. Los saqueadores ya entraban a las casas y revisaban los cadáveres tomando su botín. El calvo, llamado Gunghar según recordaba Brënne, pegó fuego al techo y paredes utilizando un cubo de brea y una antorcha, luego se alejó a mirar su obra, mientras en el interior los gritos ya comenzaban a escucharse.

La ira que Brënne sentía alcanzó otro nivel, ya no sentía dolor, la herida dejó de molestarle, ni siquiera la sentía. No escuchó los gritos de sorpresa de los bandidos cuando uno de los cuerpos se levantó sangrando de un corte en la frente y otro en la pierna, cubierto de hollín y con los ojos rojos, brillando como brasas ardientes. Apenas veía entre la niebla roja que era su furia; sintió como una parte de su mente se rajaba, y una llama abrasó todos sus sentidos. El arquero le arrojó una saeta pero tenía las manos temblorosas por el miedo. Apareció Calibbe corriendo, e ignorando las quemaduras golpeó la madera en llamas repetidamente, hasta hacer un agujero lo suficientemente grande para que pudieran salir los aldeanos.

Recién entonces reaccionaron los bandidos, Gunghar el primero, se arrojó contra la yegua con una mirada enloquecida en su ojo bizco, y el arquero le arrojó una flecha, hiriéndola en su cuarto izquierdo.

Y el arquero comenzó a gritar revolviéndose en la tierra envuelto en llamas. El gigante piel de oso se dirigió hacia él empuñando sus dos hachas gemelas.

—¡Hechicero! ¡Maten al hechicero primero! —aullaba.

Brënne no le prestó atención, solo deseaba que ardiera, y ardió. Su capa de piel de oso se encendió súbitamente; el bandido se la arrancó solo para descubrir que su mano también ardía. La observó un instante sorprendido, y luego comenzó a gritar.

El calvo se dirigió al hueco por donde los niños y los ancianos intentaban huir de las llamas, intentando impedir que salieran. Le clavó la hoja a un anciano, rebanándole el brazo con el que intentó cubrirse. La mujer que venía atrás se resistía a salir luego de aquello, pero era empujada hacia afuera por los demás. Calibbe mordió al calvo en un hombro, triturándole la clavícula, y la mujer, embarazada, le clavó su propia daga en el pecho.

Una mujer de cabello castaño y una cicatriz sobre una mejilla, le arrojó un arpón de pesca arrancado del cuerpo de un bandido. Tanto el arpón como la mujer se encendieron ante el odio de Brënne. Las llamas saltaban de la granja en llamas a los bandidos que corrían hacia el bosque, no huían de un hechicero, como había declarado su compañero, huían de un demonio de piel de carbón y cabello de fuego.

Brënne sintió de pronto como las fuerzas lo abandonaban, su cabeza cayó sobre su pecho, y notó que estaba parado sobre un charco de sangre que manaba de su pierna. Los granjeros lo miraban sin atreverse a acercarse. Paulatinamente recuperó los sentidos, sintió el olor de la carne chamuscada, y de cabello ardiendo, escuchó los gritos de miedo y dolor, sintió el dolor de la pierna y cayó. Nadie se acercaba a ayudarlo, hasta Rialle tenía una expresión horrorizada, los había salvado y ahora tenían demasiado miedo.

La última visión de Brënne fue la de su yegua que se acercaba cojeando hacia él, quiso estirar un brazo y tocarla pero su cuerpo no le respondía.

Hace más de 3 años

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Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Teniendo en cuenta que me voy al campo durante dos días (básicamente, a ver ovejas comer pasto), que no voy a tener posibilidades de subir nada en esos días, y que la última caja fue intensa pero corta, aquí les dejo otra para compensar mi ausencia.
Por otro lado, me alegro de poder irme, cada tanto tengo que salir de la ciudad a purificarme un poco o me empiezo a sentir encerrado. Así que, aunque parezca aburrido ver ovejas comer (es mi trabajo final para recibirme), no estaré respirando humo por dos días enteros.
Nos vemos en un rato.

artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 3 años

Muy satisfecho hasta este punto con la historia, @Gandalf. Que sepas que desde ahora cuentas con un fiel lector del porvenir de Brënne, de quien se comienzan a intuir los grandes acontecimientos a los que está predestinado.
Mucho ánimo para continuar la historia. Un saludo.

Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Muchas gracias por tus comentarios @artguim . Me encanta ver a otros disfrutar de lo que tenia guardado en l cabez


#15

XII

Brënne sintió como un par de manos lo alzaban, y como otras lo sostenían de las piernas, otras mantenían su cabeza, y luego lo movían. Volvió a caer en ese pozo negro que lo reclamaba.

Sintió humedad en la cara, y en los brazos, había algo que presionaba su pierna también. Volvió a desmayarse.

Algo intentaba colarse en su garganta, no sabía que era, escupió y abrió los ojos, distinguió una silueta borrosa, que se fue aclarando cada vez más hasta tomar la forma de una anciana pequeña y arrugada.

—Es agua niño, bebe agua, bebe agua o no te recuperaras.

“Agua”. Con la sola mención de la palabra sintió como la sed subía por su garganta. Bebió ávidamente del cucharón de madera, hasta que se atoró y comenzó a toser. Un suplicio, la cabeza casi le estalla y la garganta le ardía. Volvió a caer en la inconsciencia.

—Bebe agua niño, pero lentamente.

Bebió esta vez con tranquilidad. Notó que podía sentir el sabor, era dulce, tal vez tenía miel, o jugo de bayas. Abrió los ojos, pero mirar dolía, estaba agotado, sentía sus músculos agarrotados y su cabeza palpitando. Volvió a dormirse.

Se despertó, el dolor persistía, aunque había remitido un poco. Todo estaba oscuro, pero la anciana se movía con agilidad entre las pilas de objetos como si pudiese ver claramente. “O como si para ella siempre fuese de noche”. Con ese pensamiento repentino reconoció a la anciana, y reconoció el lugar.

La anciana se le acercó, se detuvo un instante, inclinó la oreja y sonrió.
—Hola niño, sé que estás despierto, lo escucho, ¿tienes sed?

Tenía sed, y hambre. Se lo intentó decir a la anciana, pero sólo logró emitir un sonido ronco. La anciana rió y se alejó con su paso ágil. El volvió a cerrar los ojos, hasta que sintió la cuchara contra su boca, tragó el líquido dulce, notando como éste volvía lentamente a sumirlo en la inconsciencia.

La siguiente vez que se despertó logró hablar.

—¿Cuándo? —preguntó con un hilo de voz que nadie habría podido oír, pero la anciana, que estaba sentada en el extremo opuesto, contra la única ventana de la cabaña, le respondió.

—Hace cuatro días ya que estás aquí. Tu yegua está bien, ella te trajo.

Sus palabras despertaron ciertos recuerdos en él, pero los apartó inmediatamente. Era reconfortante saber que Calibbe estaba bien, aunque no recordaba ninguna razón por la que podría estar mal. Volvió a dormirse con ese pensamiento.

Se despertó de pronto, la anciana lo miraba con ojos brillantes, rojos en vez de blancos. Se levantó lentamente, aterrorizado, aquellos ojos le producían pavor, y la anciana lo seguía con la mirada. Salió al exterior, no había luna aquella noche, y las colinas bullían de sombras negras. Las sombras venían hacia él como un enjambre terrorífico, se dio vuelta para entrar a la cabaña, pero los ojos de la anciana lo paralizaron nuevamente.

Sintió un ruido de cascos y pronto se encontró sobre Calibbe, que galopaba rauda a pesar de la flecha que llevaba clavada en un flanco. Las sombras negras los rodeaban, arañando a la yegua, quitándole la piel a jirones. Sobre ambos, los ojos de la anciana los seguían desde un cielo de tinta.

Calibbe cayó ante el ataque de las sombras, pero Brënne no podía hacer nada, estaba paralizado por la mirada roja de la anciana. Una de las sombras tenía el rostro de un calvo de ojos bizcos y mirada demente, y lo atacó, junto con otra con la cara de un joven rubio de cabello largo. Brënne no podía impedirlo, pero los ojos sí. Miraron a los hombres, a través de ellos, y las sombras estallaron en llamas. Pero mientras ardían sus rostros se convirtieron en los de su padre y Jadde, y Brënne gritaba que ellos no eran los correctos, que ellos no debían morir.

La mirada quemaba a las sombras que Brënne señalaba, las que atacaban a Calibbe primero. Señaló una sombra con cabeza de oso, pero la que se derritió frente a él era una cara pelirroja que siempre asociaba con su madre.

Estiró el dedo hacia otra con la cara de Rialle que estaba despellejando el hocico de Calibbe, cuando ardió poseía la faz de Getta, y Brënne se puso a llorar de pura desesperación e impotencia mientras la mirada quemaba a sus seres amados y odiados por igual.

Cuando despertó llorando lo recordaba todo. La anciana dormitaba con los ojos cerrados. En el primer instante lo llenó un terror irracional la posibilidad de que la anciana los abriera y la mirada roja hubiese sustituido a la blanca. Luego se obligó a tranquilizarse, pero era imposible, las escenas de las granjas se mezclaban con las del sueño, impidiéndole conciliar el sueño.

Revivió nuevamente como el arquero estallaba en llamas ante su odio, había matado a un hombre. “¿Había matado a esos hombres realmente?” No había movido un dedo, ni siquiera los señaló como en su pesadilla, habían muerto quemados cuando él había deseado que se quemaran. “¿Habían muerto quemados porque él había querido que se quemaran?” No lo sabía, pero no se le ocurría otra explicación y no quería pensar en ello.

Se incorporó, despertando a la anciana con algún ruido imperceptible para el resto de los humanos. La anciana rebuscó entre una pila de objetos, y se acercó llevando lo que había sacado de la pila. Lo primero que pensó fue que lo obligaría a acostarse de nuevo, pero en lugar de eso, le dio el objeto de madera que había llevado. Era un bastón, una recia vara a la cual le habían agregado más patas. La anciana lo destapó y lo ayudó a sentarse en la cama, tenía una fuerza considerable para su tamaño. Brënne se sentía mareado, pero no quería volver a acostarse y seguir pensando la posibilidad de haberse convertido en un asesino. Cuando superó el mareo la anciana le dio instrucciones para levantarse.

—Tú sujetate de esto, coloca las manos aquí, y ahora levántate por el Fleddu que yo no puedo sola— aunque prácticamente ella hizo toda la fuerza.

Logró pararse sostenido del extraño bastón. La anciana se apartó y lo observó, escrutando sus reacciones, probablemente intentando anticiparse a un posible desmayo. Movió un pie, luego el otro, luego adelantó unos dedos el bastón. Su siguiente paso fue más largo, y así llegó hasta la mitad de la cabaña. La anciana abrió la puerta y el sol entró a raudales entibiando su piel.

—Puedes salir, tus heridas no se infectaron, la pierna ya no corre riesgo, solo estás agotado.

Brënne salió al exterior, era una mañana fresca, pero el aire limpio lo hizo sentir mejor. Sintió frío en la cabeza, y cuando se acarició la nuca se dio cuenta que estaba totalmente calvo. Lo recibió con alegría un relincho de Calibbe, la yegua trotó hacia él, y notó que tenía una venda cubriéndole un cuarto completo.

—Ella te ha cuidado desde que llegaste, otros muchos han ido y venido, pero ella nunca se se alejó de la cabaña —le comentó la anciana, mientras arrastraba una pesada butaca de cuero. Ese día lo pasó sentado en la butaca, junto a Calibbe, comiendo un guisado sin preguntar que tenía. Era el primer alimento sólido que comía en días y estaba exquisito. Iba a devorar hasta la última cucharada aunque fuese de rata.

Hace más de 3 años

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Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

En realidad no se muy bien que es. Mas bien diría novela corta, muy corta. Con esta historia me pasa que ya la he repasado tanto en mi cabeza que me resulta fácil escribirla, y casi no tengo que revisarla, por eso puedo meter una por dia. Ahora, cuando se me acabe tengo otras en la "sala de espera" que no las tengo tan claras y ahi me las voy a ver turbias para mantener este ritmo. La paciencia es una virtud muy valiosa porque pocos hombres la poseen le dijo Pálido como la Nieve a Calder, ya vendrá el clímax y el final, a su tiempo 😊


#16

Habían pasado ya varios días, había recibido visitas de algunos, pero no de todos. Getta se acercó con Jadde muchas veces Se quedaban largo rato hasta que la anciana los echaba con firmeza argumentando la necesidad de descanso del niño, como ella insistía en llamarlo. Le había preguntado a Getta todo lo que sabía acerca de cómo había llegado allí, y al parecer la Huaisse había aparecido de la nada en medio de la granja, ordenando cargar heridos en un carro y seguirla. Getta conducía el carro, uno viejo, ya que el nuevo se había quemado.

—Atendió a muchos durante el viaje, y llegó a la granja Dunni, donde dio las mismas órdenes. Al parecer a ti te habían metido inconsciente dentro de una casa, y por lo que escuché, al principio nadie se atrevía a tocarte. Decían… —dudó, —dicen que incendiaste a un par de bandidos haciendo magia de fuego.

Llegado a ese punto Getta se detuvo y lo miró esperando alguna confirmación o negación de los rumores, pero Brënne no dijo una palabra, así que se tragó admirablemente su curiosidad y prosiguió.

—Sea lo que sea, los dejaste asustados, pero Citte, una mujer embarazada a quién tu yegua salvó de morir quemada, se acercó y te alzó, espoleados por ese ejemplo otros te ayudaron, te llevaron a un ala de la granja que no estaba quemada, y allí intentaron vendarte. Yo te vi cuando llegué, mientras te cargaban en otro carro, junto a los demás heridos. Tenías un aspecto estremecedor. Estabas cubierto de hollín, negro como un carbón, más incluso de lo que habías quedado al salvar a Calibbe del granero. Tu cabello se había quemado al introducirte en el incendio, igual que tus ropas, pero no había ninguna quemadura sobre tu piel, como tampoco cuando sacaste a la yegua de ese granero en llamas.
¡Oh si! Fue toda una sorpresa cuando terminó todo y estaban ambos vivos, con los pulmones llenos de humo, sí, pero sin ninguna maldita quemadura; sin embargo esto ya era demasiado. La sangre cubría lo que no cubría el hollín, media cara la tenías cubierta de sangre que manaba de tu frente, y la pierna estaba aún peor. Muchos soldados han muerto por heridas menores que aquella.
Luego estuviste aquí, los demás heridos murieron o se curaron antes que despertaras por primera vez. A pesar de que habías perdido mucha sangre tus heridas sanaron, la Huaisse es la mejor sanadora del pueblo del Río, cuando alguien muere bajo su cuidado probablemente nada había ya por hacer.

La historia de Getta aumentó la presión en el pecho formada por su miedo y preocupación de ser el causante de aquellas muertes. Tenía la esperanza de que no fuese así, de que se aclarara la causa de los bandidos estallando en llamas, pero no, todos los granjeros lo habían visto, se habían dado cuenta que había sido él, que de alguna forma inexplicable los había prendido fuego. El saber que no era un invento de su mente lo alivió y lo hirió a partes iguales, pero el dolor resultó ser más sano que la incertidumbre.
Aquella noche lloró, intentando quitar todo rastro de culpa de su mente, de todos modos soñó con los hombres en llamas, y con otros muchos que no había matado él, que no habían muerto quemados, o que ni siquiera habían muerto aquella noche.

Al otro día se despertó abatido, y salió al exterior de la cabaña. El día era gris, como su estado de ánimo. La Huaisse se sentó a su lado.

—¿Cómo sabías que se necesitaba ayuda en las granjas? ¿Alguien envió un mensaje? —preguntó Brënne, aunque sabía que la cabaña de la anciana era casi ilocalizable.

—Una curadora sabe donde se requiere curar, no necesita que la llamen. Había estado inquieta ese día, así que me dirigí al sur, hacia Eldd-Mannu. Cuando vi el fuego cambié mi dirección y me dirigí hacia allí.

Permanecieron en silencio largo rato, hasta que la Huaisse habló de nuevo.

—¿Me dirás que te atormenta niño?

Brënne le estaba dando vueltas desde el día anterior a la idea de que había acabado con la vida de aquellos hombres, pero no había planeado decírselo a la Huaisse, sin embargo en un impulso le contó todo lo que Getta le había dicho, y sus conclusiones.

—Es todo cierto niño, esos bandidos se encendieron por tu intervención, pero no debes sentir culpa por ello, siente lástima hacia ellos porque la vida en este mundo la desperdiciaron lastimando a otros para conseguir riquezas que tendrán que dejar atrás en la espera de Danadde. Estos hombres y mujeres habrían asesinado a todos en el lugar y se habrían marchado. Has salvado de una horrible muerte a personas que no lo merecían. ¿Quién lo merece y quién no? No lo sé, no me corresponde a mi elegir. Tal vez ni siquiera a los Ibssi. Pero se acercan tiempos difíciles donde tendremos que hacer muchas elecciones que no nos corresponden, niño, y luego vivir con ellas. ¿Podrías vivir con la idea de que las personas que se salvaron hubiesen muerto quemadas si no hubieses actuado?

La respuesta de la anciana, dicha así, en ese tono frío, parecía razonable, pero Brënne aún se sentía sucio. Comenzó a llover de pronto, una cortina de agua gris ocultó el mundo, pero ellos no se movieron.

—Yo no los maté para salvar a los granjeros, los mató mi odio por lo que hicieron, por lo que estaban haciendo, los mató mi odio.

Brënne se quitó la última cosa que lo carcomía por dentro y se largó a llorar.

—Entonces niño, lo que los mató fue tu odio hacia la injusticia, no hacia ellos, y si logras que ese odio a la injusticia no se transforme en amor por la venganza podrás vivir en los tiempos que se acercan. Sino morirás niño, morirás aunque sigas viviendo. Ahora llora, niño, pero no por lo que hiciste, sino por lo que te hicieron, por los que te quitaron; y deja que el llanto del cielo te limpie tu culpa por ti.

La anciana volvió al interior de la choza y Brënne caminó hasta estar rodeado por la lluvia. Sintió un chapoteo y Calibbe estaba junto a él. Se retorció de dolor abrazado a la yegua, llorando a su padre, a su madre, a su hermana, y a todos los demás mientras la lluvia lo limpiaba por dentro y por fuera.

Hace más de 3 años

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#17

XIII

—¿Sabes por qué se te ha traído aquí? —preguntó uno de los Huaissi, un hombre de mediana edad, cabello negro y barba recortada prolijamente a la altura del mentón.

—¿Para dar una explicación de los acontecimientos de la noche del asalto a mi granja?

—¿Es eso una respuesta o una pregunta? —replicó el Huaissa.

—Pienso que estoy aquí por esa razón.

—¿Puedes explicar lo que pasó esa noche?

Ante esta pregunta Brënne no respondió, así que el silencio se prolongó, hasta que admitió —no.

—Te encuentras hablando ante los Ibssi, y no se miente ante los Ibssi. Si estás preparado, necesitamos saber qué fue lo que sucedió.

Brënne comenzó a relatar, todo, el ataque a la granja, el rescate de Calibbe, la muerte de su padre, la cabalgata nocturna. La ira acumulándose en su interior por su padre, su hogar, sus amigos, esa niña pequeña, hasta finalmente desatarse al ver a su yegua herida. Los bandidos quemándose entre aullidos. La recuperación en la casa de la anciana Huaisse.

Cuando finalizó su historia sin ser interrumpido, los Huaissi se retiraron a deliberar sobre lo que habían escuchado, Brënne no los escuchaba, pero notaba la tensión en el aire. No había podido explicar cómo había quemado a los asaltantes, ni siquiera había podido asegurarles que había sido él. Se sentía solo sin la compañía de Calibbe en esos momentos desagradables. Comenzó a pensar en lo que pasaría si decidían que su presencia implicaba un riesgo para toda la comunidad. Probablemente se marcharía con Calibbe, y tal vez intentaría llegar hasta el lejano Norte y las tierras de su madre.

Al final los Huaissi volvieron a la roca plana que se alzaba frente al Elddu, desde dónde se dirigían las Pruebas de Verano, y le preguntaron algo muy extraño.

—¿Por qué existen las pruebas de verano?

Brënne pensó un poco antes de responder, era obvio que no estaban buscando una respuesta evidente.

—Para que cada uno de nosotros tenga una oportunidad de probarse a sí mismo, y a los demás, que tiene las habilidades necesarias para actuar como un hombre o una mujer, en cercanía con los Ibssi.

Un par de Huaissi que no conocía más que de vista parecieron sorprendidos con su respuesta.

Vussa, el que le había hecho la pregunta, rió y comentó alegremente —creí que nos ibas a responder "para obtener la marca del Ibsso que nos protege", o algo así, como la mayoría de la gente hace. Ahora bien, ¿sabes cómo llegamos a este mundo?

Brënne no entendía el sentido de aquel interrogatorio, las preguntas eran difíciles de responder sin dar una respuesta banal y aprendida de memoria, y él nunca se había puesto a razonar sobre estos temas, así que recitó lo que muchas veces le habían dicho.

—Todos los espíritus están en la Espera de Danadde, algunos ya pasaron por el Mundo, otros aún no. Los que sí, esperan a que el Mundo se acabe, lo que ocurre luego de que todos los espíritus hayan vuelto a la Espera, detrás de la Cortina.

Los que no, esperan a que Vissa el Hacedor tome sus espíritus y les de sustancia usando las esencias de los Cuatro Ibssi Puros. Ethacca forma carne y hueso, de Ilunne sacan la sangre y las lágrimas, Alassie nos brinda el aliento y a Branadda pertenece nuestro calor. Nuestro espíritu está atado a este mundo por estas cuatro esencias, y si alguna de ellas faltase, se retiraría a la Espera de Danadde, a esperar un nuevo Mundo.

Entonces Vussa preguntó —¿entonces nuestro espíritu nunca cambia a través de los Mundos, solo cambia como está Hecho el cuerpo en el que habita?

Brënne quedó desconcertado, no sabía que se suponía que debía responder a eso, así que solo dijo —no sé.

La sonrisa de un par de Huaissi lo molestó un poco. Al parecer se le notó en la expresión porque Vussa lo calmó.

—Calma muchacho, no nos reímos de ti, está bien aceptar lo que uno no sabe. Nosotros tampoco lo sabemos porque la experiencia de Mundos pasados se borra totalmente de nuestra memoria al morir. Te preguntamos qué es lo que crees.

—Creo que no entiendo que tienen que ver todas estas preguntas con el asunto que aquí los trajo, pero si de verdad quieren saber lo que pienso, creo que el Espíritu cambia, aún durante una única vida.

“El mío ha cambiado mucho.” Apenas podía creer que solo unos días atrás había estado parado allí mismo, frente a esa misma roca, presentándose a superar su Prueba de Lasissa. “Parecen haber pasado años, en otra vida.”

Grisse, la Sanadora le preguntó con un tono de burla en su rostro juvenil —¿y cual es ese asunto que nos trajo aquí, que no tiene nada que ver con este tema?

Brënne la miró irritado. La conocía y sabía que era capaz de bromear acerca de cualquier cosa. Una vez la escuchó comentar que era una lástima que a los humanos no les crecieran alas, mientras atendía a un hombre que se había caído del Elddu, pero igual le molestaba. “¡Por los Cuatro! Se está discutiendo si me permitirán seguir viviendo entre mi pueblo, o no.”

—¿No están aquí para decidir si soy un peligro para los habitantes del Fleddu?- respondió con fastidio.

—¿Es una respuesta o una pregunta?— fue el sardónico comentario del Huaissa de cabello oscuro.

Antes de que Brënne respondiese, Vussa aclaró la situación.

—No Brënne, no estás obligado a irte, a pesar de que no sabes cómo surgió ese poder, es claro que tienes control sobre él, incluso en los momentos mas críticos de la fatídica noche, nadie salió herido por un fuego que tu… por un fuego tuyo. No sabemos si eres o no un peligro, no sabemos nada de tu poder, ni si serás capaz de controlarlo si surge de nuevo. Como no sabemos nada, no vamos a desterrarte hijo, basándonos en una posibilidad. Pero te vigilaremos.

Brënne suspiró con alivio, no estaría obligado a marcharse de su hogar. Más relajado, sintió curiosidad por saber a dónde querían llegar con su razonamiento los Huaissi.

—Todo lo que has dicho es cierto, todos estamos formados por las cuatro esencias, desde el Mundo hasta los propios Ibssi, incluso nuestros espíritus, pero no en igual forma o cantidad, por lo tanto a cada uno de nuestros espíritus se le asigna un Ibsso diferente. Pero nadie recibe la protección de los Puros, ni de Vissa, ni de Danadde. ¿Por qué?

Brënne sí sabía que responder a esto.

—Porque nadie es solo una esencia, sino una mezcla de las cuatro; y Vissa y Danadde no son parte del Mundo, así que no son parte de nosotros tampoco.

Se sintió orgulloso de su respuesta cuando los Huaissi asintieron, hasta que vio a Grisse sonreír más bien como si él fuese un pez y hubiese entrado de cabeza en su red.

—Es cierto, y sin embargo niño tú acabas de romper con todas esas creencias. Branadda era el único que podía controlar el fuego como si fuese parte de Él, hasta que llegas tú— Grisse le puso un dedo en el pecho —muchacho y haces lo que estaba reservado para los Ibssi más Puros.

—Brënne Fisski —le dijo Vussa —has obtenido la Marca de Branadda hijo de Nadie, porque superaste la prueba que nadie te impuso, porque nadie más que Branadda mismo podría hacerlo. Por primera vez en la historia de éste Mundo, y tal vez de todos los Mundos, un Espíritu cuenta con la protección de un Ibssi Puro.

Los Huaissi extendieron su mano izquierda con los dedos extendidos y la palma hacia adelante, luego la cerraron y se golpearon el pecho y la frente. Las personas más poderosas, honradas y sabias que conocía le estaban haciendo la señal de sumo respeto, de que lo tenían en la mente y en el espíritu. Era demasiado.

Más tarde, en un claro apartado del bosque, solos él y Calibbe, meditó sobre los acontecimientos de los últimos días, y llegó a la conclusión de que, por alguna razón incomprensible, Branadda lo había elegido a él para que siguiera su labor luego del Hundimiento.

Sentado sin camisa contra un tronco caído acarició la marca que le habían realizado Vussa y Grisse usando una afilada hoja, un cicatrizante de color rojo y un Hammu de curación. La marca de Branadda resaltaba, roja contra su piel clara, en el centro del pecho, justo debajo de la base del cuello. Sentía el relieve de la cicatriz reciente cuando pasaba los dedos.

Miró a Calibbe, admiró su figura, que aún inmóvil era la expresión de la velocidad. Eran el Fuego montado sobre una Chispa que volaba rauda como el Viento del Sur. No podían fallar, fuera lo que fuera que Branadda quería de ellos.

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Gandalf
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Uh, que halago señorita. Me hace usted sonrojar. Encantado yo de que haya gente que la disfrute, espero que pueda continuarla hasta el final y seguir con una opinión tan alta (aunque tal vez un poco inmerecida). Aprecio mucho los corazones y aún más el comentario.


#18

XIV

Sintió cómo lo sacudían pero no quería despertar. En el sueño su padre y su hermana aún seguían vivos, y nadie poseía una marca de un Ibsso Puro, pero apenas se le vino ese pensamiento a la cabeza, la realidad se coló hasta su adormilado cerebro, y lo obligó a abrir los ojos.

Era noche cerrada, una luna menguante brillaba en el cielo, y se encontraba tendido en su piel de venado en medio de las quebradas. A su alrededor los integrantes de la partida se levantaban o se acostaban, era el cambio de guardia. Getta lo zarandeó un poco más para asegurarse y se marchó a despertar a Jianna de la quemada granja Dunni, un chico delgado de cabello dorado y ojos de miel, que había perdido a su madre en el ataque. El chico no se encontraba en la granja esa noche, por lo que había sobrevivido, y ahora acarreaba consigo un ansia de venganza que podía leerse en sus ojos negros. Brënne tenía que admitir que le daba un poco de miedo, no quería volverse como él.

Brënne esperó a que hirviera agua en alguna de las calderas, se preparó un té de hierbas para quitarse la somnolencia, y se sentó al lado de Getta con el jarro apretado entre sus manos para calentárselas. Había llegado un mensajero, hacía ya cinco días, con funestas noticias. Una banda de ladrones había saqueado e incendiado dos granjas cercanas a las montañas, así que los Huaissi decidieron enviar una partida para dar caza a los bandidos. Veintiún hombres y mujeres habían salido a batir las quebradas cercanas a las montañas, bajo el mando de Getta.

Era la cuarta noche al descampado y seguían sin tener un rastro de los bandidos. Los dos rastreadores, dos hermanos mellizos de Locc-Mannu cuya hermana menor había muerto en los pillajes, alegaban que con la última tormenta el rastro se había borrado.

—¿Por qué te nombraron como líder de la partida Getta? ¿Y cómo es que tenías una espada? ¿Fuiste soldado antes de ser granjero?

Brënne tomó la oportunidad de hacer las preguntas que venían alimentando su curiosidad desde que, contando a los Huaissi los acontecimientos de aquella noche, recordó cómo el anciano cuidador de cabras acababa con la vida de dos bandidos desde la grupa de una yegua encabritada, caía sobre otro en plena carrera, y atravesaba a un cuarto con una lanza a más de medio tiro de distancia.

Getta lo miró seriamente, parecía ofendido, tal vez se había extralimitado con sus preguntas sobre el pasado del viejo. Hay gente a la que no le gusta hablar de su vida pasada.

—Niño, tu me has visto toda la vida como un cuidador de cabras, pero la gente también tenía vida antes que nacieras —le replicó el anciano. Luego se dispuso a recordar eventos ocurridos hacía muchísimo tiempo.

—Mi madre emprendió su Trimmo y conoció a mi padre, curtidor de oficio, y se quedó a vivir con él. Nací hace ya más de ochenta inviernos, nunca me preocupó saber exactamente cuándo, pero Malgren era Rey y se sentaba en el Trono de Astracita en esa época. Nací en la curtiembre de mi padre, en la ciudad de Angrist, Las Fauces. Allí mismo serví como Guardia de Caminos desde los quince, yo era más joven que lo permitido para ser enrolado en la guardia, pero mi padre había muerto y necesitábamos el dinero, así que mentí sobre mi edad, y como era robusto me creyeron. Ascendí tres lanzas velozmente, pronto fui Oficial de Caminos y comandaba una patrulla.

Luego de un incidente que terminó con varios muertos y unos cuantos criminales capturados me dieron la oportunidad de vestir de verde, y fui Guardia de Frontera en Linde Azul. Tenía poco más de treinta años cuando llegué a ser Capitán de Fronteros, según los registros oficiales tenía treinta y cuatro, y aún así sigo siendo el Capitán más joven de la historia de los Fronteros. Ningún intruso cruzó la frontera en mi guardia.

El propio Rey Cantharo me convocó para la Guardia de la Ciudad y llevé el Tabardo con la Alabarda hasta los cincuenta años, y llegué a ser Guardián de la Puerta ¡Guardián de la Puerta niño! ¡Los más altos mandos de todas las órdenes de la Guardia me miraban con respeto!

Getta sonrió, la voz le había cambiado al recordar aquellos orgullosos tiempos, hablaba con firmeza y autoridad reemplazando a la ronquera habitual.

—El Rey murió, y yo ya estaba viejo, así que me retiré y decidí conocer las tierras de mi madre, que no se encontraban lejos al sur. En el camino me encontré a tu abuela, que volvía a su granja a orillas del Fleddu, y me ofrecí como su escolta, para protegerla de los salteadores de caminos. En recompensa me alojó en su granja, aprendí a cuidar cabras y vi crecer a tu padre, y luego a ti muchacho, como si fuera parte de la familia.

Llegó el amanecer y la partida se puso en camino, debían registrar mucho bosque buscando rastros de los saqueadores, lo mismo que las dos jornadas anteriores. Los rastreadores mellizos, Annita y Gradda, marcharon adelante, otros cazadores con experiencia en localizar rastros caminaban a los lados, y el resto, los inexpertos que probablemente no sabrían distinguir una huella ni aunque la bota les pisara la cara, se dirigían al lugar donde estaba planeado el próximo campamento.

A media mañana uno de los cazadores, una joven llamada Liffe, volvió con la noticia que todos esperaban con una mezcla de miedo e impaciencia. Un rastro de botas pesadas se dirigía al noreste, eran dos personas corpulentas arrastrando algo, probablemente una pieza de caza.

Se dieron nuevas órdenes, Liffe y Annita debían seguir el rastro hasta encontrar otros signos de actividad humana, los demás nos dirigimos todos hasta una hondonada, y comenzamos a armar el campamento. Los días anteriores habían encontrado un rastro, pero resultó ser cazadores de una granja cercana. Brënne deseaba que aquella no fuera una nueva pista falsa, la tediosa espera los estaba matando a todos. Los nervios se acumulaban debido a la tensión, y la partida no permanecería unida mucho más.

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#19

Bastante después de que el sol pasase el cenit la pareja regresó. Habían encontrado un campamento, pero a la distancia que se acercaron no podían asegurar a quien pertenecía. Getta eligió a diez personas para que lo acompañaran, Brënne entre ellos, y siguieron a los rastreadores hasta las proximidades del campamento, llegaron cuando anochecía. Getta subió una colina arbolada, y estuvo allí hasta pasada la puesta del sol. Cuando bajó tenía una expresión seria, reemplazada por completo la jovialidad familiar en él.

—Son unos trece o quince bandidos, en un campamento dispuesto contra una pared de roca que les defiende la espalda. La pared emprende una curva hacia el norte permitiéndoles huir por allí si fuese necesario. Alrededor del campamento dispusieron un perímetro de estacas como único elemento defensivo, por lo que deduzco que no están aquí hace mucho, y no se quedarán mucho tiempo más. Las tiendas tienen la boca contra la pared, protegidas del viento, así que los que estén dentro no podrán reaccionar con rapidez, sin embargo solo hay dos tiendas, por lo que supongo que la mayoría duermen afuera. El campamento está montado con mucha precisión, la elección del lugar es la que cualquier Frontero en partida de exploración hubiese hecho, lo que significa que no todos son brutos incultos. El asalto a ese campamento pondrá a prueba cuánto queda de lo que fuese que me hizo un buen Frontero —una sonrisa mezcla de resignación y nostalgia se abrió paso en su rostro. —De los mejores.

Luego controló su expresión y llovieron las órdenes.

—Jianna, usa esa velocidad y astucia que mostraste en tu Prueba y corre sin dejar muchos rastros hasta el campamento, les dirás a todos que se dirijan a la Cuesta de la Cabra. Nada de fuegos para cocinar o yo mismo asaré al responsable, luego volverás aquí conmigo.

Liffe, tomarás este Hammu, que tiene un conjuro que agudizará tus sentidos, te acercarás al campamento y escucharás todo lo que puedas, luego volverás y reportarás, el conjuro te roba fuerzas para funcionar, no lo uses mucho tiempo o no me servirás para más nada.

Los demás, quiero que todo lo que pueda reflejar la luz del fuego esté bien cubierto, llego a ver un destello y le haré tragar todo el acero que encuentre al maldito imbécil. Brënne, conmigo.

Alejados del resto, el anciano le preguntó, y no por primera vez, —¿Seguro que no serás capaz de encender a los sarnosos de allí abajo como si fueran yesca?

—No Getta, ya te lo dije, no puedo controlarlo. Sucedió, creo, porque estaba muy enfadado. Me he pasado los últimos días intentándolo pero no se como volver a sacarlo. “Tampoco estoy seguro de querer lograrlo”.
Getta suspiró.

—No importa, sólo quería asegurarme que no contábamos con esa ventaja, de todos modos nos resultarás útil, hay que quitar a esa roña de estas tierras.

Le dio una palmada en el hombro y marchó con los demás.

Liffe volvió con su informe cuando hacía rato ya era noche cerrada, un informe que no auguraba nada bueno.

—Estaba escondida a una distancia a la que escuchaba todo lo que sucedía en el campamento, aunque me costaba entender lo que decían. Los bandidos estaban inquietos, pero no temerosos, sólo expectantes. El que parecía dar las órdenes era un joven de cabellos castaños, vestido de verde oscuro y con un chaleco de cuero. Cuando ya me parecía extraño que los hombres no sortearan los turnos de guardia y se acostaran, llegaron más bandidos, una docena, así que ahora son veinticinco.

Los bandidos recién llegados venían bajo el mando de una mujer de cabello corto, que daba órdenes blandiendo una espada de aspecto siniestro; y con ellos venía un hombre de cabello negro, largo, nariz ganchuda y un andar tétrico, todo vestido de cuero negro. Parecía un cuervo. El cuervo no daba órdenes pero todos parecían respetarlo, por lo que supongo que es el verdadero líder de la banda. Los tres fueron a una de las tiendas, y el resto se acostó a dormir, dejando a cuatro hombres de guardia.

—Nos superan en número, tenemos que volver a casa a traer más gente —dijo Canna, un granjero que había venido todo el camino alardeando de cómo le destrozaría la cabeza al mismísimo líder de los bandidos, ahora estaba pálido y no dejaba las manos quietas.

—No volveremos después de lo que nos costó ubicarlos, tendremos que jugar con las fichas que nos dieron, es necesario que los expulsemos de las quebradas —le respondió Getta con firmeza.

—¿Estás loco viejo? No podemos vencer contra bandidos armados que nos superan en número. ¡No pienso ir a la muerte porque un anciano que lo único que tiene son sueños de logros pasados, que nadie sabe siquiera si son reales me lo ordene!

—Todos aquí se ofrecieron como voluntarios, ahora no hay posibilidad de retractarse, es muy tarde Canna. Tienes una espada y un escudo, le destrozarás la cabeza al jefe bandido mañana —terció Inasse, una mujer menuda de rostro fiero, la única superviviente de una de las granjas.

Se decía que había encerrado a los bandidos dentro de su propia casa, y que la había incendiado con ella adentro, luego había escapado por una madriguera de conejos que corría por debajo de su casa, en la que casi muere atorada. El granjero se calló ante la mirada de la mujer, pero era obvio que el valor se le había ido lejos.

Más tarde en el lugar donde los esperaba el resto de la partida Getta anunció su plan.

—Tengo una estrategia que tal vez nos permita expulsarlos de aquí, pero quiero que sepan que nos superan en número, y tienen un campamento bien diseñado por gente con experiencia, por lo que es casi imposible que todos volvamos con vida. Nuestra ventaja radica en que están demasiado confiados, no han encontrado resistencia en ninguno de sus ataques. Esta gente lucha por dinero fácil, no conoce lo que significa defender lo que se ama. A las primeras de cambio, abandonarán a sus compañeros y huirán.

Esa peste será erradicada mañana, pero quiero que todos comprendan que están aquí, tal vez para dar su vida, por el pueblo del Fleddu, y no quiero arrepentimientos cuando llegue el momento de lanzarse con las armas en alto a matar o morir.

Luego de unos momentos en silencio durante los cuales cada uno reflexionó acerca de lo que les esperaba adelante, y lo que habían dejado atrás, la estrategia de Getta se puso en marcha.

“Que los Ibssi nos protejan.”

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Gandalf
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hace más de 3 años

@Neck_Romancer por supuesto, me encantaría una opinión tuya. Siempre siempre siempre se puede mejorar, y se que yo como relator tengo varios puntos flacos. Pero, como dijo Abercrombie, "no hay que tomarse a uno mismo demasiado en serio".

Gandalf
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@Neck_Romancer ah no, esas cosas de tuiter y redes sociales no son mi mundo, ni idea tengo. Nunca pasé de facebook y hasta por ahí nomás.


#20

XV

Gunnar estaba asustado, desde pequeño le temía a la oscuridad, y si alguna palabra definía aquella noche, era oscura. Siguió retorciendo con nerviosismo el borde de la raída capa de lino, que alguna vez fue blanca, o tal vez gris, con la que se abrigaba de un frío inusitado para la época, haciendo caso omiso de las miradas molestas de Crai, su compañero de guardia.

Un ruido en la maleza, ramitas rotas y el roce de hojas. Crai colocó una flecha en el arco, mientras Gunnar oteaba la oscuridad.

—¿Qué sucede?

La pregunta venía de Armaud, el alto y morocho integrante de la banda de Harra, un desertor de las Marcas según sabía Gunnar.

—Escuchamos pasos, tal vez algún animal.

—¡Ojalá sea un venado! —exclamó el cuarto vigía, un bárbaro del Clan del Jabalí, como atestiguaba el collar con un colmillo; la bestia de la cual provenía debió haber sido gigantesca.

—Cállate imbécil, si despertamos a los jefes por nada, Harra nos desollará vivos —lo amonestó Crai.

—Es un ciervo, lo veo en la espesura —dijo Armaud que se había acercado a ellos.

—Sí, es un ciervo —confirmó Crai, y tensó el arco. Sin embargo, el ciervo desapareció antes que pudiese apuntar.

—¡Ja!, ¡Se te ha escapado! —se burló Kavria desde el otro extremo del campamento.

—¡Qué te calles imbécil! —repitió Crai, y luego dio una mirada al tranquilo campamento para asegurarse que el grito no había despertado a nadie. No se percató que sobraba un bulto de pieles.

**********

Brënne alimentó la pequeña hoguera que ardía contra la barranca. Debía asegurarse de que no se apagara, pero no debía divisarse desde el campamento de los saqueadores. Sintió ruidos a su espalda pero no se sobresaltó, reconocería el andar de Calibbe en medio de una estampida de caballos.

Acarició el cuello de la yegua pinta preguntándose si habría funcionado. No escuchó gritos de alarma desde el campamento, así que supuso que así era. Le quitó la piel y las astas de venado con una sonrisa. No podía volver a controlar el fuego, pero los bandidos no sabían esto, así que Getta buscaba explotar esa ventaja. Su rol era sencillo, pero debía ejecutarlo con precisión o los bandidos escaparían por allí. Disponía de seis ánforas del mejor aceite, que usaría para pegar fuego a la posible vía de escape del enemigo, o sea, contra la barranca.

Acomodó una rama y observó el baile de las chispas, los movimientos de las llamas, y el fulgor de las brasas como tantas veces. Entonces una imagen se fijó en su mente, tal vez fuese un recuerdo. Estaba sentado en la granja, en el hogar de cocinar, y sostenía un leño medio apagado. Las ascuas brillaban, reaccionando a su aliento, con figuras maravillosas hechas por trazos de fuego, hipnotizantes, que hablaban de la fuerza latente que residía en un simple leño.

Miró la pequeña hoguera, y dudó recordando también el rescate de Calibbe del establo en llamas, y la granja Dunni ardiendo a su alrededor; luego introdujo la mano. El dolor fue inmediato e insoportable, retiró la mano con un siseo y le echó agua de la cantimplora. Se revisó la mano, pero no se le formaban ampollas, ni siquiera estaba enrojecida. Se calmó, cerró los ojos y se concentró. Lentamente volvió a introducir la mano en las llamas, el dolor volvió, sentía como la mano ardía, pero se obligó a dejarla. Cerró su mano, sintió como las brasas apretadas abrasaban su carne, pero no las soltó. Abrió los ojos y las brasas en su mano emitían esos hipnotizantes destellos que tanto le fascinaban.

Sonrió.

“Si Getta quiere su Demonio Flamígero...yo se lo daré.”

***********

Annita miró a su hermano, y vio reflejados en su expresión sus propios pensamientos. Venganza. Venganza por su hermana, venganza por su familia. Los asquerosos asesinos que dormían allí abajo pagarían con sangre sus acciones. Su hermano estaba atando cuidadosamente una fina pero resistente cuerda, cubierta por una capa de aceite, a un puñado de flechas.

Miró hacia el campamento de los asesinos, señalado por el resplandor de su fuego, y casi sonrió con la idea de que pronto enviarían a los que descansaban alrededor de las llamas, a descansar envueltos por ellas.

************

Jubón de cuero, cota de malla, sobreveste, cinturón, perneras de cuero sobre los calzones de suave piel de cabra, gruesos guantes con refuerzos de metal en el dorso y los nudillos, brazales de acero, botas negras de caña larga, casquete de cuero, el yelmo encima, capa de pesado tejido de lana marrón y tahalí con la funda de la espada.

Getta colocó cada pieza casi como en un ritual, y sentía que cuanto más pesaba la armadura sobre él, menos pesaban los años que llevaba encima. Sintiéndose más joven sonrió macabramente. Junto a los demás integrantes de la partida cubrió con tela las hebillas, las empuñaduras, los refuerzos, todo lo que pudiese reflejar la luz del fuego.

*********

Inasse pasó la áspera piedra contra el filo del hacha, transformada de herramienta para hacer leña en una mortífera arma, mediante largas vigilias de afilado constante, refuerzos de hierro, y un feroz clavo asomando en su extremo. Ella no sonreía. Vigilaba a Canna mientras se preparaba; varios estaban nerviosos, pero el pobre hombre estaba realmente asustado con la perspectiva de la batalla, y no podía permitir que cometiera un acto imprudente.

**********

Jianna se quedó congelado, no movía un músculo, incluso dejó de respirar, luego dejó escapar el aire aliviado al escuchar al vigía más cercano reírse y lanzar chanzas a sus compañeros.

—¡Ja!, ¡Se te ha escapado!

No lo habían descubierto. Observó detenidamente al vigía, era robusto, alto, y morocho, cubierto por una cantidad de peludas pieles que lo hacían parecer gigantesco.

“Excelente.”

Notó que tenía cicatrices de quemaduras en la cara y en los brazos, zonas sin pelo con piel brillante. Seguramente había participado en los saqueos. El chico apretó las mandíbulas, el odio corría por su cuerpo, compitiendo con su sangre por llegar a sus músculos.

Rápido y repentino como una tormenta traída por el Viento del Oeste, saltó los escasos dos pies que lo separaban del enorme vigía y le rajó la garganta. Se sentó en sus rodillas, tirando de las pieles para ocultarse, y amortiguar las convulsiones del moribundo. El puñal que había pasado noches enteras afilando para ese momento cumplió con su tarea a la perfección, nada más que un gorgoteo escapó de la garganta del bandido.

Ahora la sangre caliente fluía desde el cuello rebanado, y corría por la espalda del muchacho.

“Es irónico que la gente diga que la venganza es fría como el hielo que trae el Fleddu en Invierno." El la sentía bastante tibia.

***********

Introdujo ambas manos en el fuego, y se las frotó en su cara, ennegreciéndola con carbón, luego tomó la piel de venado y usó una de las ánforas para empaparla en aceite. Distribuyó el resto del líquido en mantas y pieles. Los paños impregnados fueron dispuestos en semicírculo, prontos para ser encendidos y formar una barrera de fuego durante unos cruciales instantes.

************

—¿Qué dices, Kavria? Crai, me parece que Kavria se ha dormido, acabo de escucharle un ronquido —dijo Gunnar.

—Pues ve a despertarlo entonces —fue la hosca respuesta.

—No yo no, el hijo de una cerda me partirá la cara. Déjalo dormir, ya lo despertará Harra con el látigo si sigue durmiendo en el cambio de guardia.

—A él y a todos nosotros —intervino Armaud con voz queda. —Ve a despertarlo.

Gunnar se levantó, despotricando en voz baja contra los que se creían con el derecho de darle órdenes, cruzó el campamento esquivando a los durmientes y se acercó a Kavria.

—Vamos despierta, te escucho roncar hijo de una cerda, despiértate.

El bulto gigante de pieles no reaccionó, así que le apoyó una mano mano en el hombro, preparado para echarse atrás al primer movimiento brusco, no estaba dispuesto a ganarse un puño gigante en un ojo.

Kavria se movió más rápido de lo que esperaba, antes que pudiese reaccionar le había apuñalado en la mano, atravesándola, y clavando la hoja en su propio hombro. Gunnar se quedó paralizado por la conmoción un instante más breve que un parpadeo, y luego lanzó un alarido que despertó al campamento. Durante ese parpadeo, una sombra se separó del cuerpo de Kavria, que se desplomó de costado.

**********

Jianna tenía una mueca feroz en el rostro cuando salió disparado. Saltó uno de los bultos tendidos en el suelo. El segundo bandido se incorporaba ya, estirando una mano hacia la espada cuando le enterró el puñal en el ojo hasta la empuñadura. Se dirigió hacia las tiendas a toda velocidad, debía llegar allí antes que sus ocupantes salieran e impusieran orden entre sus subordinados. Aquello le recordaba mucho a la prueba de Verano de hacía tres años, cuando ganó su marca.

Sin frenar su carrera se impulsó sobre una de las carpas y cayó frente a la boca, ante una sorprendida mujer de aspecto mortífero, armada con una pesada lanza de punta ancha de aspecto aún más mortífero. Utilizó el impulso del salto para rebotar con ambos pies, y la envió hacia el interior de la tienda con una patada en el pecho; para luego cortar los vientos y quebrar las varas, haciendo que la estructura se viniese abajo, dejando a la mujer atrapada por la pesada lona.

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Gandalf
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Bueno, que les puedo decir. Ayer me di una sobredosis de "inspiracion", y me sobregiré. Me pase de rosca escribiendo esta escena, que claramente me va a ocupar más de una caja, pero no tiene sentido publicarla en varios días, perdería toda sensación de cohesión y continuidad, cortada por límites aleatorios impuestos por el límite de caracteres. Espero que disfruten leyendola como yo disfrute escribiendola, aunque me haya quedado desproporcionadamente larga y haya detalles innecesarios.


#21

Un grito, era la señal más clara que existía.

“Jianna se ha movido.”

Getta esperaba que hubiese logrado inmovilizar a los los jefes de la banda.

—¡Nuestro turno gente del Fleddu! —gritó, y montó a caballo.

A pesar de haber traído caballos para la carga, había decidido no usar granjeros montados en caballos de granja en la batalla. Una montura inexperta en manos inexpertas era más peligrosa para su propio bando que para el enemigo. Él, sin embargo montaba a Canddla, un caballo veloz que mantenían en el pueblo para enviar mensajes. No era un caballo de batalla y tal vez se asustase al recibir alguna herida, o ante el ruido y el fuego, pero confiaba en poder controlarlo. Además los bandidos no disponían de caballos, Liffe sólo había visto tres y seguramente eran de los jefes.

El y siete miembros corrieron a través del bosque, saliendo de la espesura por el extremo opuesto al que Jianna había entrado. Muchos bandidos estaban de pie ya, y empuñaban sus armas. Aquella gente dormían con la armadura puesta. Canddla esquivó un hombre con un arco, y Getta casi cae al suelo.

"Maldición, tendrías que haberlo pisado, burra inútil" pensaba mientras blandía la espada.

Cortó la cara de una mujer que se levantaba a su derecha con un tajo en diagonal, esquivó un lanzazo proveniente de la izquierda, espoleó al caballo y se dirigió hacia la tienda que no estaba en el suelo. Al parecer Jianna no había logrado tumbarla a tiempo.

Chocó violentamente contra la tienda, escuchó gritos y maldiciones desde el interior, e intentó salir de allí antes que los ocupantes lograsen reaccionar, pero el caballo se había enredado con la lona y tiraba inútilmente para zafar de la trampa. La tienda se rajó de pronto frente a él, y surgió un joven atractivo de cabellos castaños, vestido de verde oscuro y negro. En su mano sostenía la daga enjoyada con la que se había abierto camino a través de la lona.

Getta sintió que el mundo daba vueltas, Canddla se encabritó, casi arrancándole la cabeza al muchacho de una patada. Cayó al suelo de espaldas, y dos sombras se arrojaron sobre él.

************

Escucharon el grito del bandido, y se asomaron al borde de la barranca. Medio tiro bajo ellos estaba el campamento de los saqueadores. El caos reinaba allí, los bandidos tomados por sorpresa habían caído al principio, pero ya se reponían. Los atacantes eran granjeros y aldeanos, muchos no habían matado nunca a nadie, y no deseaban hacerlo; mientras que los bandidos eran luchadores curtidos.

“Ahora que estamos aquí es matar o morir”.

Gradda confiaba que su pueblo haría lo necesario. Ahora a ellos les tocaba hacer su parte. Tomó una de las flechas que estaban unidas a una cuerda, la colocó en su arco, tensó y disparó. La flecha se clavó en un grueso pino del otro lado del campamento, su hermano hizo lo mismo, mientras Liffe y Kanne, las dos cazadoras que estaban con ellos, enhebraban un ánfora llena de aceite a cada cuerda, dejando que se deslizase hacia el pino.

Cuando el ánfora pasaba sobre el campamento frenaron su caída con una cuerda amarrada al asa del ánfora y encendieron el cordel impregnado en aceite. El fuego corrió por el cordel, y bajó por una pequeña mecha hasta el aceite. Cuando el fuego quemó la cuerda, el ánfora en llamas cayó desde más de veinte pies de altura sobre los bandidos. Fragmentos de cerámica volaban entre ellos cortándolos y clavándose en la piel descubierta, pero el aceite encendido no envolvió a ninguno.

La segunda ánfora fue más letal, se rompió sobre la cabeza de un bandido, quemándolo mientras se retorcía por la tierra, y el aceite salpicó a otros dos, causándoles quemaduras serias, y un fragmento del ánfora se introdujo en el ojo de otro bandido. Y aún tenían cuatro vasijas más para arrojarles.

***********

Gunnar se vendó la mano con una de las pieles de Kavria, y desenvainó su vieja y oxidada espada corta. Los malditos granjeros irrumpieron en el campamento cuando terminaba de parar la hemorragia, matando a dos desconcertados bandidos por la espalda. Eran ocho solamente, y ellos veinticinco, no podían esperar ganar.

Uno de los aldeanos, un anciano que iba montado, se separó del resto. Probablemente fuese el viejo que había acabado con varios compañeros en los primeros saqueos, así que ni borracho se iba a enfrentar a él. En lugar de eso, cargó hacia los demás.

Los aldeanos elevaron unos toscos escudos de madera y cuero para protegerse de las flechas, luego devolvieron el ataque con arpones de pesca. Gunnar se agachó a tiempo, sino evitando ser ensartado como un bagre, otros no fueron tan rápidos. Con un ruido desagradable de desgarro y succión un chico muy joven, que se había unido a la banda hacía muy poco, fue atravesado por un arpón en el pecho, cayó sacudiéndose mientras escupía sangre por la nariz y la boca, probablemente le habrían destrozado un pulmón.

Gunnar saltó sobre un bandido con la pierna clavada al suelo por otro de los arpones de pesca y clavó su espada en la barriga de uno de los granjeros, un hombre gordo y calvo armado con un pesado martillo. La sangre lo salpicó y el olor a mierda llenó el aire cuando le abrió las tripas al sorprendido granjero.

Por el rabillo del ojo, vio a Crai clavarle una flecha en la garganta a un pescador, antes que pudiese arrojar su arpón. El borde de un escudo le golpeó en la boca por su distracción, retrocedió levantando la espada para cubrirse de un posible ataque, y cuando miró a su adversario se encontró con una mujer huesuda que sostenía mal el escudo y llevaba una horquilla para paja en la otra mano.

Sonrió y atacó con un tajo en diagonal desde izquierda a derecha, cambiándolo la dirección bruscamente cuando la mujer subió el escudo para cubrirse, dejando el pecho al descubierto. Lanzó la estocada al delgado torso, antes que se recuperara de la finta, pero se le enredó la espada con los dos dientes de la horquilla, desviando el tajo hacia la derecha y perdiendo el equilibrio. En esos momentos el escudo bajó repentinamente sobre su nuca, tirándolo de rodillas, y sintió las dos puntas de la horquilla dentro de su pecho, estaban demasiado frías.

"Usar el escudo para atacar, y el arma para defender. Que buen truco. Tendré que usarlo en el futuro".

**********

Inasse escuchaba los gritos de la escaramuza, deseaba entrar en la matanza y acabar con los saqueadores, asesinos y violadores, pero la habían designado para dirigir aquel pequeño grupo de seis personas. Debía esperar el cuerno.

Girnna, su hermano de leche acariciaba la cabeza a Carugge, una enorme perra de caza que lo seguía a todas partes, al parecer a la muerte también. Canna había recuperado un poco la compostura, y sujetaba la lanza con más firmeza. Cabresse era una la más joven del grupo, y no había perdido a nadie en los saqueos, pero había sufrido las atenciones de muchos de aquellos malnacidos, así que nadie se sorprendió cuando se unió a la partida, además, manejaba el arpón de pesca como nadie. Por último estaba Brudda, un hombre bajo, peletero de oficio, al que se le notaba su miedo, y su esfuerzo para controlarlo manteniendo un semblante tranquilo.

**********

Celtta nunca imaginó encontrarse dentro de una cosa así, había escuchado historias de batallas de miles de hombres matándose unos a otros, pero ésta pequeña escaramuza le parecía mucho más real y peligrosa que todas las demás juntas.

Saltó detrás de Getta blandiendo su martillo de herrero. Aplastó la cabeza del primer hombre que apareció frente a él, sintió como el golpe quebraba el cráneo y se hundía en los sesos. Tuvo que tragarse su vómito y levantar el escudo para esquivar las flechas, de lo único que se alegraba era de que tener que defender su piel le impedía pensar mucho en que había acabado con la vida de un hombre.

Una flecha se clavó vibrando en el escudo, se dio la vuelta y vio a una mujer de cabello corto armada con un alfanje correr hacia él. Levantó el escudo justo a tiempo, pero el golpe le acalambró todo el brazo izquierdo. Golpeó por debajo del escudo pero la mujer se había retirado ya. Se dio cuenta que la salteadora tenía mucha más experiencia en la lucha que él.

Atacó levantando el martillo por encima de su cabeza, como si fuera a darle forma a un trozo de hierro allá en su forja, la mujer se deslizó hacia su costado desprotegido, el derecho, y le hizo un corte sobre las costillas al pasar por su lado. Celtta se dobló de dolor, por lo que esquivó el alfanje que iba directo a su cuello. Se dio la vuelta y golpeó con el escudo, ahora sí alcanzando a la mujer, tumbándola sobre tierra. Se lanzó sobre ella sabiendo que no tendría otra oportunidad, y golpeó el pecho de la mujer como si fuera una herradura sobre su yunque.

Se volvió hacia el campamento para buscar otro enemigo, cuando un asaltante con una mano vendada le clavó una oxidada espada corta en el estómago.

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Hace más de 3 años

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#22

Getta levantó ambas manos para cubrirse la cabeza, y sintió como los brazales de acero paraban los cortes. Pateó hacia adelante y su pierna dio contra algo sólido. Hizo un corte horizontal con su fiel hoja, y sintió cómo cortaba tela y carne. Una lanza casi se clava en su brazo, en cambio le hizo un corte en la axila que le ardía debido al sudor.

Agarró el asta de la lanza y se impulsó hacia arriba. Cuando se paró y logró ver que sucedía, uno de los bandidos se encontraba en el suelo, intentando vendarse un corte que exhibía el hueso, el de la lanza se había echado atrás, alzando un escudo largo y desenvainando su espada, y el joven líder estaba luchando contra Jianna.

La primera vasija cayó, estallando en un infierno de aceite en llamas, y el bandido frente a él miró hacia atrás un instante. Un instante demasiado largo; antes que volviera la cabeza le enterró la hoja entre los omóplatos empujando con ambas manos.

Cayó la segunda vasija, y la tercera. La cuarta cayó antes de que encenderse, pero golpeó a un arquero dejándolo sin conocimiento. El cadáver de Canddla estaba frente a él con una flecha clavada en la grupa y otra en el ojo. Al parecer había destrozado la cabeza de uno de los bandidos de una patada.

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Armaud desenvainó a Furia, su espada bastarda, del tahalí que llevaba cruzado al pecho, separó los pies, y adelantó ligeramente la pierna izquierda. Había sido un soldado de gran habilidad en las Marcas, y no la había perdido luego de aquel incidente con la esposa del capitán que le había costado todo, la ropa, el dinero y las demás pertenencias excepto la espada. Y no le costó la vida porque huyó hacia estos páramos desolados, cuna de bandidos.

El primer enemigo que se enfrentó murió con el corazón destrozado por la punta de Furia, esquivó un arpón arrojado con maestría, y se lanzó contra el que lo había arrojado. Era un pescador moreno y curtido, que arrojaba ya otro arpón cubierto tras un escudo del tamaño de una canoa pequeña.

Algo estalló en el campamento. Miró solo el tiempo necesario para averiguar qué era. Una línea de fuego corría por aire hasta una vasija que flotaba sobre el campamento, y cuando la alcanzó bajó en picado sobre sus compañeros, incendiándolos.

"¡Que se hagan dar por sus cabras!"

Si alguna de esas cosas le caía encima tendría una horrible muerte. El moreno pescador había agotado sus arpones, y ahora aplastaba con el escudo a una delgada mujer contra un pino. La mujer intentaba inútilmente apuñalarlo a través de la gruesa madera, hasta que se escuchó un estampido y las costillas se hundieron. Corrió hacia el hombre por la espalda, espada en mano. Una vez que superara la formidable defensa del escudo el pescador estaría indefenso. Voló hacia atrás sin respiración.

El moreno no estaba distraído como pensaba, y por subestimarlo se había ganado un terrible golpe con el escudo. Se levantó, respirar le dolía, se palpó el costado y notó con desazón que tenía al menos dos costillas rotas. El pescador había tomado una espada de algún caído, y acababa de partirla contra el yelmo cónico de Furlongo, uno de los pocos hombres de la banda cuya habilidad con las armas Armaud respetaba cayó fulminado.

El gigante tomó ahora un pesado cuchillo de carnicero y lo miró. Armaud buscó desesperadamente a Furia, pero no estaba por ninguna parte, así que en cambio levantó una lanza y se colocó dolorosamente en posición, con el fuego de las vasijas a su espalda. El enemigo ya se dirigía hacia él. No blandía el escudo tan fácilmente, notó que tenía una flecha asomando de su hombro.

"Y yo tengo las costillas destrozadas, podría tener una lanza en su hombro para lo que me va a servir".

Entonces notó un movimiento sobre su cabeza, era otra vasija que caía del cielo. Ignorando el punzante tormento de sus costillas arrojó la lanza hacia el ánfora de aceite, rompiéndola en el momento que su enemigo pasaba por debajo. El pescador rugió cuando el aceite en llamas lo alcanzó, pero no frenó su carrera.

"Hijo de una cerda.”

Armaud se lanzó hacia el costado esquivando la embestida, y notó que el hombre estaba medio ciego. Se colocó detrás suyo, empuñó el cuchillo de caza de su cinturón y lo clavó en el hombro herido. Rugiendo, el pescador moreno se dio la vuelta, intentando alcanzar al enemigo invisible con los enormes puños. Retrocediendo, Armaud pisó una hoja, y al mirar para abajo reconoció a Furia. La tomó, y entres veloces movimientos le cercenó los dos brazos y lo degolló.

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Liffe lanzó la última vasija sobre la cabeza de los bandidos, observando cómo ardía cuero, tela y carne. Después comenzaron las flechas sin cordel. Tomó una de las que estaban clavadas en el suelo frente a ella, acarició la pluma de ganso, tensó su arco largo de caza y apuntó a las figuras allá abajo. Soltó. Era la primera vez que disparaba contra una persona.

Vio como la flecha acertaba en la espalda de uno de los bandidos, y como el granjero contra el que luchaba le enterraba un hacha en la cabeza.

"No lo maté yo", se dijo. Luego tomó otra flecha.

Oyó el cuerno de Annita anunciando que no había más vasijas, y los silbidos de las flechas de sus tres compañeros. Los arqueros enemigos comenzaron a disparar hacia arriba, pero su posición los cubría, y hacía difícil que los bandidos hicieran blanco. Disparó de nuevo, pero la flecha se clavó en la tierra. Notó que temblaba, así no podría darle a nada. Intentó tranquilizarse, respirando hondo, entonces sintió un siseo, un desagradable ruido húmedo, y la salpicó algo caliente.

Miró hacia el costado y se estremeció. Un palmo de asta de flecha asomaba del ojo izquierdo de Kanne, que convulsionaba a su lado. La conmoción la paralizó, le impidió pensar, permaneció totalmente ajena a todo lo que no fuese su compañera muerta hasta que uno de los mellizos la golpeó con el arco.

**********

El cuerno era la señal que Inasse y su grupo estaban esperando, era su turno de atacar a los bandidos por la espalda. Los seis corrieron, con la perra siguiéndolos, y entraron en la lucha aullando como posesos. La perra atrapó el brazo de uno de los bandidos el tiempo justo para que Girnna le clavara la azada en la garganta. Cabresse arrojó una red de pesca sobre otro de los saqueadores, un gordo armado con un hacha toda mellada, y le clavó el arpón en la prominente barriga, lo retiró, y lo arrojó a la espalda de otro de los luchadores.

Los bandidos seguían siendo más que ellos, pero ahora los atacaban por la espalda, les llovían flechas del cielo y sus líderes no aparecían por ningún lado.

Dos arqueros cayeron bajo los golpes del hacha de Inasse. Una mujer acabó con Brudda colándole un sable por debajo del escudo. Carugge sacudía por la cabeza al desgraciado que había caído en sus fauces. El gordo Canna golpeó con el mango de la lanza en la frente a otro saqueador, pero dudó al clavarle la punta; hubiese muerto sino fuera por Girnna, que le dio con la azada en la cabeza.

“Esto claramente no está yendo como debería.”

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Guy esquivó los cascos del caballo, y se dispuso a ultimar al viejo que había derrumbado su tienda, cuando sintió una hoja atravesando su chaleco de cuero y haciéndole un profundo corte en el costado. Se dio la vuelta furioso, para encontrar a un muchacho sosteniendo un puñal que brillaba de afilado; tenía que estarlo para poder atravesar sus protecciones.

El muchacho tenía una expresión de calma y concentración, pero podía ver el odio en sus ojos, seguramente había perdido a alguien durante los saqueos. Cortó en horizontal con la espada, esperando que saltara hacia atrás esquivando la punta. En lugar de eso su oponente se dejó caer, esquivando la hoja por un par de dedos, y en su otra mano surgió un cinturón grueso que atrapó su espada.

El afilado puñal subía al encuentro de su estómago, colocó su daga para pararlo pero de todos modos se clavó en su carne.

"Maldita sea con este chico." Lo había salvado nuevamente la excelente armadura de cuero negro.

En la cara del chico apareció una expresión de desconcierto, y se retiró de un salto. Era rápido y astuto, debía tener cuidado. Esquivó un golpe del cinturón y le envió un mandoble, que su oponente desvió con su liviana hoja. El chico volvió a mover el cinturón como si fuese una serpiente atacando, y esta vez no fue lo suficientemente rápido; la hebilla le dio en la sien y perdió el equilibrio. Se salvó de probar el filo del puñal por tercera vez, solamente porque realizó un movimiento errático con la espada y desvió el golpe por pura casualidad.

Lanzó un tajo hacia las piernas, pero solo era una finta, cuando el muchacho bajó su hoja para pararlo, subió la espada, envolvió el cinturón en el antebrazo siseando de dolor por el latigazo, y atacó con ambas hojas a la vez. El muchacho esquivó un golpe, desvió otro, recibió un corte en un hombro, logró parar la espada que venía por la izquierda, pero la daga se introdujo en sus defensas, atravesándole el corazón.

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Hace más de 3 años

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#23

Getta volvió con el grupo, intentando hacer que formaran una especie de fila. De los trece aldeanos que entraron en el cuerpo a cuerpo, sólo quedaban seis, mientras que había más del doble de bandidos. Reunió un grupo de tres hombres, y formó una especie de línea defensiva, que resistió la carga de media docena de bandidos. Por debajo de los escudos, clavó la espada en una pierna, y uno de los saqueadores cayó al suelo. Cercenó la cabeza a otro, y uno de los aldeanos cayó bajo los golpes de un garrote.

Escuchó gritos de mando y vio a una mujer, probablemente una de las líderes, que daba órdenes señalando con el hacha. Tenía que parar aquello, si los bandidos se organizaban estaba todo perdido.

Tomó una lanza, la arrojó contra la mujer de cabello corto, y cargó detrás de ella. La mujer esquivó la lanza, levantó una rodela con una cara monstruosa pintada en rojo, y se preparó. Getta mató a un bandido que luchaba con un perro de caza sin dejar de correr, y lanzó un mandoble que la mujer paró con habilidad usando la rodela. Alguien lo atacó por detrás, sintió como la cota de malla resistía el golpe; lanzó una estocada hacia atrás por debajo de su brazo, un grito y un chorro de sangre fueron lo único que supo de su atacante.

Esquivó el hacha de la mujer, una flecha silbó sobre su cabeza y otro de los bandidos cayó revolcándose. Estocada por debajo de la rodela, parada, la mujer tenía mucha fuerza y el brazo le quedó entumecido. El cuerpo decapitado del perro de caza se sacudía en el suelo, e hizo tropezar a su oponente. Getta no desaprovechó la oportunidad y realizó un corte en el brazo que sostenía el escudo.

La mujer escupía maldiciones e improperios mientras el brazo sangrante colgaba inútilmente a su lado, paraba torpemente los envites de la espada, impedida por el dolor. Le lanzó un hachazo con todas sus fuerzas, si le hubiese acertado seguramente ahora estaría partido por la mitad, pero el golpe era muy obvio. La potencia del golpe la desequilibró, y Getta la mató por la espalda.

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Crai disparaba flecha tras flecha, ya había matado al menos a dos granjeros. Siguió soltando proyectiles sin descanso desde su escondite. Había colocado un escudo enorme que halló entre los cuerpos contra un árbol, y se había cubierto detrás de él. Apuntó a los invisibles arqueros que estaban sobre el barranco, y esperó pacientemente a que uno asomara para disparar. Una sombra se recortó contra el cielo y soltó la flecha. Sabía que había acertado, aunque no vio el arco caer y quebrarse contra el suelo.

Siguió intentando herir a los atacantes para que sus compañeros los remataran. Vio aparecer otro grupo de granjeros y pescadores, una media docena seguidos por un perro. Intentó apuntarles, pero desde su ángulo era más probable que le acertara a un compañero, así que esperó con paciencia. Un granjero gordo, armado con una lanza se puso a tiro y disparó, la flecha rozó la cabeza del bandido que, por alguna inexplicable razón, se agachó justo en ese instante. Antes que pudiese recargar el gordo corría pesadamente hacia él, intentando clavarle la lanza. Lo esquivó fácilmente, la agilidad no caracterizaba a su oponente. Cuando el sorprendido granjero se volvió, lo apuñaló con una flecha en la garganta y el gordo se desplomó, intentando parar la sangre con las manos.

Aquello lo había alejado de su escondite, así que se dio la vuelta para volver a cubierto, entonces escuchó el siseo y sintió el golpe en su espalda y cayó al suelo. Intentando incorporarse, se puso de rodillas. Sentía un dolor punzante en el pecho, se volvió y miró hacia el cielo; una figura se encontraba sobre el barranco, y una segunda flecha hendió el aire para meterse en su estómago.

Respirar le dolía, moverse le dolía. “¿Por qué no muero más rápido?”

Pero el arquero no le disparó una cuarta flecha, lo dejó morir entre horribles espasmos en los que escupía más y más sangre.

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Armaud paró el golpe de hacha a duras penas. La diminuta mujer que tenía frente a él era más fuerte de lo que simulaba, y sus costillas rotas lo torturaban a cada movimiento. La habían atacado tres, y sólo quedaba él, a uno se lo había llevado un gigantesco mastín de caza, y otra estaba a unos pasos con el cráneo hendido por la temible hacha de la mujer.

Lanzó un tajo con Furia, y la cara de la mujer se bañó en sangre. Le había desprendido la piel de la frente, pero no se inmutaba; es más, sangraba por varias heridas y no les hacía el menor caso. Al parecer, cuanto más sangre perdía, más fuerza le proveía su ira.

Desvió otro golpe de hacha, y esta vez la mujer le dejó un costado vulnerable. Lanzó una estocada a fondo, y Furia se introdujo en el pecho de la granjera. Entonces observó con asombro como el hacha bajaba, imparable. Tiró de Furia con las fuerzas que le restaban, pero la hoja se atascó en las costillas. Gritó desesperado y la hundió del todo en el cuerpo de su asesina. Y no sintió nada más.

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Brënne debía encender el semicírculo de mantas luego del toque de cuerno, para cortar el escape de los bandidos por allí, pero notaba que algo iba mal. Ningún bandido había aparecido huyendo, así que tal vez las cosas no estaban yendo según lo planeado en el campamento.

Sin pensarlo demasiado se colocó sobre los hombros la piel de venado, tomó una rama del fuego y montó en Calibbe. Corrieron por el bosque hasta llegar a dónde se suponía que debía encender la barrera de fuego. Estaba muy cerca del campamento, escuchaba los sonidos de la batalla, y veía a las sombras bailar contra la luz de la hoguera.

Se decidió, arrojó la rama encendida sobre una manta y el bosque se iluminó repentinamente con el fulgor de las llamas. Ni la yegua ni el chico pudieron evitar un sobresalto cuando, en un parpadeo, un tiro de bosque se encendió. Entonces Brënne gritó, y la yegua salió al galope. Saltaron por sobre las llamas, la piel de venado ondeando en la espalda se cubrió de llamas.

Así aparecieron en el campamento, entre el humo y la noche. Un ser de piel oscura surgiendo de un muro de llamas, con un manto de fuego a su espalda, y montado sobre un corcel demoníaco que parecía volar más que correr.

Y así huyeron. Todos los que habían escuchado los cuentos del demonio que había quemado a sus compañeros con sólo señalarlos con el dedo, huyeron.

**********

Guy escuchó los gritos y vio a los bandidos huir de la figura en llamas. Observó detenidamente al hombre montado sobre aquella yegua, le resultaba extremadamente familiar. Y entonces la reconoció, no al hombre sino a la yegua. Había perseguido a aquella yegua hacía varios meses ya, así que aquel chico era el demonio que sus hombres temían; de haberlo eliminado en aquellos bosques no estaría ahora dando problemas.

Corrió hacia su caballo, el único que no había logrado cortar el cabresto para huir, y montó. Tomó una de las lanzas que dejaba junto a sus arreos y cargó hacia el chico que estaba haciendo huir a sus subordinados. El muchacho seguramente lo reconoció, porque abrió los ojos en un gesto de sorpresa.

Levantó la lanza apuntando hacia el pecho del chico en llamas, un truco impresionante la verdad, pero nadie estallaba en llamas, malditos supersticiosos. Con una agilidad fuera de lo común, el chico se deslizó por el cuerpo del animal hasta cabalgar de costado, justo antes de que la lanza lo alcanzara; pero Guy ya lo había visto montar en plena carrera, no esperaba ensartarlo tan fácilmente. Lo que hizo en su lugar fue bajar la lanza en el último instante, enterrándola en el pecho de la yegua.

**********

Caerre escuchó los pasos y los gritos, los bandidos ya venían.

“Excelente.”

Mientras tenía lugar el enfrentamiento, había dispuesto varias trampas de caza, en lugares donde sospechaba que podían pasar los bandidos. Preparó la vieja ballesta que había pertenecido a su padre. Según él, era capaz de atravesar a un hombre con virote a cincuenta pasos.

Una pareja de bandidos pasó por debajo del árbol donde estaba oculta. Uno pisó el cepo de su trampa y quedó atrapado, se escuchó un chasquido desagradable al quebrarse el hueso. El otro, lejos de ayudarlo, siguió su carrera, hasta que un virote de ballesta le atravesó el pecho. Eran sólo quince pasos.

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Hace más de 3 años

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#24

Brënne cayó al suelo rodando, y no fue aplastado por Calibbe por un pelo. Usando el impulso de la caída se levantó rápidamente, sólo estaba un poco magullado. Escuchó los relinchos de agonía de su yegua y se dio la vuelta. Un asta rota sobresalía de su pecho, y la sangre roja se confundía con las pintas de la yegua. No pudo siquiera gritar de dolor, solo corrió hacia Calibbe mientras las lágrimas amenazaban con brotar incontrolables.

Entonces el joven de cabello castaño, el líder de los bandidos que habían atacado las granjas de Dunna y de su padre, apareció en su campo visual. Tenía una nueva lanza en la mano, y se dirigía hacia él. Brënne no tenía miedo, la furia le impedía sentir otra cosa. Corrió directo hacia el caballo oscuro, y escuchó la risa del jinete al darse cuenta de la estupidez que estaba haciendo. Esquivó la punta de lanza en el último instante, saltó y agarró al caballo por las crines; y como tantas veces, usó la carrera del caballo para impulsarse hacia arriba. En esta ocasión, sin embargo, no quería montar. Elevó una pierna, y el taco de su bota chocó contra la mandíbula del joven salteador.

Brënne cayó al suelo de espaldas, sintió como el aire escapaba de sus pulmones, pero se puso de pie y buscó a su enemigo. Se encontraba a unos pasos de allí, al caer una bota se le había enredado en el estribo, y la pierna se le había quebrado. Ahora intentaba arrastrarse hasta un árbol para levantarse. Con un rugido Brënne saltó sobre él y lo golpeó una y otra vez. En su furia, ese hombre no solamente era culpable de la muerte de su padre y de Calibbe, era el origen de toda la crueldad que existía en el mundo. Lo golpeó contra el suelo, sentía como la piel se desprendía de sus nudillos, sentía como la cabeza del bandido rebotaba contra la tierra una y otra vez; la sangre lo salpicaba, pero siguió golpeándolo. Cuando se detuvo, la cara era una masa informe, y él tenía las manos destrozadas.

**********

Grisse entró en el claro del campamento, con sus elementos de curación preparados. Había venido con la partida como sanadora, y se suponía que debía quedarse lejos a esperar al final del combate, pero sabía que cuanto más esperara, más vidas se perderían esa noche.

La escena era macabra, cuerpos tendidos por todas partes, un par aún vivos, arrastrándose o gimiendo de dolor. Muchos estaban inertes, demasiados. Se agachó ante una aldeana de Eldd-Mannu, una pescadora a la que conocía muy bien, pero sus heridas eran demasiado graves, así que le suministró un vial con un veneno que haría que se durmiera sin más dolor. Lo mismo sucedió con el siguiente superviviente, y con el siguiente Al cuarto, logró parar la sangre que manaba del muñón de una mano cercenada, y siguió buscando heridos.
Entonces sintió como unas manos le tiraban la túnica. Se dio vuelta con un puñal en la mano, pero solo era un chico con surcos de lágrimas en la cara ennegrecida, y las manos destrozadas. Entonces vio la marca sobre su pecho desnudo y lo reconoció.

—¿Brënne, qué sucede? ¿Por qué estás llorando?

“¡Por Huasdde, que pregunta estúpida! Estamos parados entre los cuerpos de amigos y vecinos, ¿por qué no iba a estar llorando?”

La respuesta, sin embargo, la desconcertó.

—Mi yegua aún vive.

Estuvo a punto de decirle que no podía ocuparse de un caballo habiendo personas que requerían sus cuidados, pero recordó que para el chico aquella yegua era parte de la familia. Con resignación se dirigió hasta el animal caído que resoplaba trabajosamente con media asta de lanza surgiendo de su pecho. Tenía sangre en el hocico pero parecía más producto de la caída, que por tener un pulmón perforado.

—Sostenla —ordenó, y el chico se apresuró a obedecer. La hemorragia había sido tapada con un trapo sucio, probablemente la camisa del chico. La retiró y examinó la herida, era profunda, pero tal vez solo afectara al músculo. Comenzó a retirar la lanza pero la yegua se sacudió y lanzó dentelladas al aire.

—¡Que la sostengas, esto le va a doler, pero si se mueve se puede lastimar seriamente!

Envolvió la lanza en un trapo y tiró de ella con fuerza, arrancándola de la carne. La yegua chilló y se sacudió, era demasiado fuerte para sostenerla, pero logró sacar la punta sin abrir mucho la herida. Luego comenzó a tratar de cortar desesperadamente el chorro de sangre que manaba.

***********

Getta y los demás aldeanos persiguieron a los bandidos que huían, pero no se internaron mucho en los bosques, sabían que podían caer en una de las trampas de Caerre. Mató a una mujer que se iba cojeando, y persiguió a otro, un salteador con muchos inviernos arriba.

Entonces surgió una sombra oscura, un hombre delgado, vestido de negro, con el cabello largo cayendo como una cortina sobre su cara y una nariz que le daba aspecto de ave. Encajaba perfectamente con la descripción de Liffe del tercer líder de aquellos desgraciados, ya le extrañaba no habérselo encontrado.

En su rostro se leía la ira que sentía por haber sido derrotado. Desenvainó una espada fina y larga, de aspecto frágil, que no era de acero, y acuchilló a uno de los aldeanos con un movimiento casi desganado. Aquella iba a ser una lucha desigual.

“Y yo estoy tan agotado.”

Se colocó en guardia, adelantó un pie, y levantó la espada. Otro aldeano pasó por su lado gritando, blandía una horquilla y estaba cubierto de sangre. El hombre desvió el ataque y degolló al aldeano en un solo movimiento. Después de eso el resto se apartó, y aquel maldito cuervo se dirigió hacia él, el único que no retrocedió ante su mirada cruel.

Le dirigió un golpe usando solo una mano, que Getta paró sin problemas. El brazo se le entumeció con la fuerza de un golpe que parecía apenas una finta. Aquello se ponía cada vez mejor. Getta atacó entonces, lanzó un tajo en diagonal, luego un mandoble y una estocada, pero a todos los paró fácilmente el hombre de aspecto de cuervo. Entonces comenzó a presionarlo con su fina espada, los golpes le adormecían el brazo, y cada vez le costaba más pararlos. El salteador era muy fuerte a pesar de su delgadez.

Retrocedió cediendo terreno hasta chocar contra un árbol, entonces la fina hoja atravesó sus defensas realizándole un corte en el muslo y otro en el costado que la cota de malla no logró parar. Volvió a intentar ponerse a su nivel pero era superado en cada lance. Comenzó a dudar de su capacidad de derrotarlo, incluso descansado y en sus mejores años. Estaba poniendo todo su esfuerzo y habilidad en esta pelea, mientras que su oponente tenía aspecto de estar casi jugando.

Recibió más heridas, la hoja atravesaba fácilmente los anillos de su armadura. Se preguntó qué encantamientos tendría, de qué material era, por quién habría sido forjada aquella hoja tan letal. Entonces el cuervo hizo un quiebre con su muñeca y la hoja se deslizó sobre la guarda de su espada, cortándole dos dedos y haciéndole perder el arma. Getta intentó agarrarla con la otra mano pero recibió una patada en el estómago, que lo tumbó de espaldas, seguida de una estocada que le quebró una costilla por debajo de la cota de malla, y le llegó hasta el pulmón.

Estaba muerto y lo sabía, pero aún no podía irse con Danadde. Se arrojó contra el hombre sorpresivamente, que colocó su espada rápidamente de modo que Getta se atravesara con su propio impulso; pero el anciano estaba preparado. Extendió la mano mutilada y la espada penetró por la palma con su increíble filo, y siguió hasta que la mano de Getta alcanzó la empuñadura. El cuervo intentó destrabar la espada, pero el cuchillo de Getta se introdujo bajo su boca y le atravesó el paladar.

Ambos cayeron, al suelo entre estertores y convulsiones. A Getta cada vez le costaba incluso respirar, pero con un último esfuerzo levantó la cabeza. El cuervo estaba inmóvil en un charco de sangre, con la empuñadura de su cuchillo asomando desde la barbilla.

“Está hecho.”

Hace más de 3 años

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4
Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Estaría bueno que se pudieran subir imágenes para acompañar las historias

Ichabod
Rango10 Nivel 49
hace más de 3 años

Solo decir que pensaba que mis lecturas de verano iban a ser los libros que tengo en el ebook. Error, esta es LA lectura del verano :)

Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Señor @Ichabod , un placer estar en la exclusiva lista de "lecturas de verano". Hoy ya subiré el capitulo que toca. Saludos y gracias.


#25

XVI

Estaba totalmente agotado, aquel día habían cubierto casi diez alas, y diez más el día anterior. Llegarían a las fronteras de Esglarion antes de la siguiente semana, si todo salía según lo planeado. Se dio cuenta que estaba cabeceando y se obligó a abrir los ojos, no podía dormirse en su guardia, o lo matarían. Miró alrededor, los hermanos mellizos Annita y Gradda dormían profundamente, y Grisse, la enviada por el consejo para intentar informar de todo esto al Rey Manra y a la Reina Ámroga, estaba roncando.

Para distraerse comenzó a repasar lo que le había dicho Vussa antes de partir, les había hablado de Esglarion y sus reglas, los había advertido sobre sus peligros y los había aconsejado sobre cómo moverse en ciudades que tenían más habitantes que todo el pueblo del Fleddu.

“Esglarion es el reino humano más antiguo de Marddo, y tal vez del mundo entero. Tiene ciudades mucho más antiguas que nuestra gente, y mucho más pobladas. Viajarán hasta el Palacio de Esglar, en Andúvrin, la populosa capital del reino, e intentarán conseguir audiencia para contarles lo sucedido. El pueblo del Fleddu no está gobernado desde el trono de Esglar, pero las relaciones han sido siempre de cooperación, y la mayoría de los asentamientos humanos de Marddo aceptan a los Reyes y Reinas de Esglarion como la máxima autoridad cuando sucede algo importante.”

De la escaramuza del bosque, o "La Batalla de los Riscos", como la llamaban pomposamente algunos que obviamente no habían estado presentes, habían sobrevivido ocho, uno de ellos había perdido el brazo, y habían sido capturados seis bandidos. Luego de ser interrogados duramente confesaron que El Cuervo, el hombre vestido de negro, era quien había reclutado a la banda de Harra y a la de Guy para hacer su trabajo sucio. El problema era que ninguno sabía cuál era ese trabajo sucio, ni que relación tenía con los pobladores del Fleddu.

Se realizaron los funerales, los muertos ahora descansaban en la enorme caverna que se encontraba tras la caída de agua del Elddu, en la Espera de Danadde. Los Ancianos habían formado un grupo para informar todo eso, y Brënne se había ofrecido voluntario inmediatamente, necesitaba alejarse del Fleddu, y de todo lo que había sucedido allí. Además esperaba encontrar respuestas para la marca de Branadda que llevaba en el pecho.

Hace más de 3 años

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Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Tu lo has dicho jajajaja


#26

El bosque estaba mucho más iluminado ahora, las estrellas estaban especialmente brillantes, y la Luna colgaba enorme del cielo nocturno. Se apoyó en el árbol contra el que estaba recostado para levantarse para estirar las piernas pero en lugar de sentir el tacto áspero de la corteza palpó una superficie pulida.

Se dio la vuelta y encontró una puerta que llevaba al interior del árbol. La abrió con cuidado, solo un par de dedos, pero una fuerza tiraba de él hacia el interior. Intentó cerrar la puerta, ahora ya sabía lo que era. Era una entrada hasta aquello que no quería ver, cosas que no quería recordar. Pero ya era muy tarde, estaba del otro lado de la puerta.

Se encontraba en una sala circular de unos pocos pasos de ancho, con puertas de todas clases en las paredes, y había un segundo nivel de puertas, y un tercero, y un cuarto, y se perdían en la altura infinita hasta que la sala parecía cerrarse sobre su cabeza miles y miles de tiros más arriba, pero no había escaleras para llegar a esos niveles.

Atravesó un puerta al azar, una hermosa puerta de madera blanca y rebordes dorados que parecía guardar cosas hermosas dentro. Cuando la abrió se encontró sumergido en agua fría, el fondo rocoso se veía nítido en el agua clara, braceó hacia la superficie y unas manos tiraron de él. Su padre le apartó el cabello de la cara mientras lo felicitaba por lo bien que nadaba.

Salió del agua, y se subió al bote de su padre, pero ya no estaba en el Fleddu, ahora estaba en la cabaña de la anciana que le había salvado la vida llorando bajo una lluvia gris. Se encontraba en la granja jugando con los demás niños bajo la misma lluvia. Corría con Calibbe por las quebradas cercanas a la granja, los árboles les lanzaban las últimas gotas de la reciente lluvia al pasar.

Estaba parado frente al muro de piedra que rodeaba su granja, la verja de hierro había desaparecido y en su lugar había una puerta. La puerta era negra con el símbolo de Danadde en plata justo en su centro. No quería entrar allí, pero sabía que no tenía otra opción así que traspasó el umbral para verse dentro de su casa en la granja. Una mujer con el cabello rojo estaba tendida en la cama con gesto de dolor mientras una anciana muy familiar le decía que hiciera aún más fuerza. Comenzó a sentirse agitado, sabía lo que sucedería ahora, lo había visto muchas veces en sueños cuando se enteró cómo había muerto su madre. Un niño, muy parecido a él, se abriría paso rasgando la piel de la mujer, causándole la muerte. Intentó huir de allí, no quería presenciarlo otra vez, ya hacía mucho que había olvidado ese sueño.

Esta vez, sin embargo, todo fue distinto, lo que salió de su madre fue un bebé diminuto cubierto de sangre, no un niño monstruo, y la anciana lo atendió con cuidado. Escuchó a su madre susurrar su nombre, “Brënne”, antes de desmayarse, y Brënne perdió el sentido junto con ella.

Se despertó tendido sobre la piedra, estaba nuevamente en la sala de las mil puertas, pero ahora estaban abiertas, todas, y de ellas caían cosas. Eran escenas de su pasado, muchas olvidadas, otras nunca recordadas. Eran personas que había conocido, vio a su padre, su madre, su hermana, Getta, Calibbe y Jadde, y a miles más, comerciantes, granjeros, pescadores, bardos ambulantes, gente desconocida. Eran lugares que había visitado o querido visitar, eran sueños y pesadillas, eran ilusiones, deseos, era todo lo que lo hacía ser quien era, todo lo que ocupaba algún mísero rincón de su mente.

Se paró, se encontraba sobre una piedra circular en el centro de la sala, lo único que quedaba del suelo de la habitación, y todo caía a su alrededor. A su alrededor se abría un abismo ardiente donde caía lo que salía por las puertas. Las personas y lugares que había conocido y querido caían lentamente y demoraban más en arder, pero al final lo hacían, otros eran solo una mancha borrosa que desaparecía con una salpicadura.

No sabía si habían sido días o años, pero ya no quedaba nada por caer. Entonces comenzó a derrumbarse la misma sala, no con estruendos y piedras desmoronándose sobre su cabeza, simplemente comenzó a descender hacia el abismo. Brënne miró hacia arriba y vio como las puertas bajaban, pasaban frente a él y desaparecían vertiginosamente.

Pronto no quedó nada, ni la sala, ni el abismo, ni siquiera la piedra en la cual estaba parado. No sabía donde era arriba ni abajo, no estaba parado sobre una superficie, pero podía caminar si lo deseaba. A su alrededor todo era blanco, todo excepto él. Entonces a la distancia descubrió algo, un punto oscuro brillando en medio de la brillante oscuridad blanca, y hacia allí se dirigió.

Tal vez iba muy lento, o tal vez la distancia era mucha, pero el punto no parecía aumentar de tamaño. Tal vez era solo un punto. Entonces lo alcanzó, y cuando paró de caminar el vacío se había vuelto negro, y no estaba vacío. Frente a él, había un Dragón en una jaula. Brënne nunca había visto un Dragón, más que en un par de ilustraciones, en los relatos alrededor del fuego, y en su imaginación, pero sabía que aquello era un Dragón, aunque no se pareciese en nada a los que su imaginación fabricaba.

El Dragón era enorme, lo sabía de algún modo, aunque la prisión en la que se encontraba era apenas más alta que él. Lo miró fijamente, tenía unos ojos de color del fuego, de los mil tonos que forman las llamas, sin pupila. Aquellos ojos profundos no quemaban tu carne, quemaban tu mente. Tenía la piel cubierta de extrañas escamas, parecían gemas semifundidas de mil tonalidades, y las mil atestiguaban el calor y el poder que encerraban en su cuerpo.

El Dragón abrió la boca y escupió un torrente fuego que, por alguna razón, no pasó por entre los barrotes, sino que se abrió a los lados al chocar contra una invisible barrera. Al ver esto, Brënne comenzó a abrir la jaula, no tenía puerta ni abertura alguna, pero de alguna forma sabía que estaba abriendo un conducto hasta el Dragón.

Entonces una y mil imágenes llenaron su cabeza al mismo tiempo. Las mil hablaban de montañas orgullosas y eternas, bosques gigantescos antiquísimos, mares profundos rebosantes de misterio, ríos que avanzaban imparables por el magnífico paisaje, y criaturas de todas clases viviendo en aquel lugar; la una mostraba una ventanita dorada que se estaba abriendo lentamente, y cuanto más se abría más rebosaban de vida las otras mil.

Entonces Brënne se dio cuenta de que si la ventana se abría más, aunque fuese solamente el ancho de un pelo cortado en mil partes, cosas terribles acaecerían. El mundo que estaba admirando ardió, los bosques se quemaron, las montañas se fundieron, los mares se secaron, los ríos dejaron de fluir. Lo que quedaba era una tierra calcinada que se desgranaba lentamente en cenizas, y se esparcía por el vacío.

Abrió los ojos, todo estaba oscuro, las estrellas iluminaban tan poco como siempre y la luna creciente estaba oculta por los árboles, pero comparado con el vacío era cegador. Se incorporó y miró alrededor para asegurarse que nada grave había sucedido, todo el campamento estaba en orden, aún se escuchaban los ronquidos de Crisse. Calibbe lo estaba mirando con atención, probablemente debido a su brusco despertar de un sueño que no recordaba. Cayó en la cuenta de que tenía frío, había dejado apagar el pequeño fuego y la noche estaba fresca.

"Maldición, con lo que le costó a Gradda prender ese diminuto fuego con la poca leña húmeda que habían podido reunir" pensó.

“¡Fuego!”

El sueño completo volvió a su mente en ese momento, tan repentinamente que perdió el equilibrio por la impresión. Se sentó sobre sus pieles y se quedó contemplando las escasas ascuas que aún ardían. Cerró los ojos y se sumió en sus pensamientos. Recogía uno cualquiera y lo descartaba, luego venía otro, y luego otro, iba saltando de idea en idea, de recuerdo en recuerdo, intentando borrarlos a todos, algunos ofrecieron una dura resistencia, y retornaban una y otra vez a su mente.

Al final su mente quedó casi vacía, solo quedaba la imagen de un muro inmaculadamente blanco creado por él para que no volvieran los pensamientos. Entonces eliminó también la pared. Podría haber descrito lo siguiente como una horrible sensación de vacío si hubiese sido capaz de sentir algo.

Ahí fue cuando lo notó en el fondo de su mente, un fuego contenido que pugnaba por salir, se concentró allí y permitió que saliera ese fuego, que atravesara la fina barrera que lo separaba del resto de su mente, apenas una diminuta gota del poder que allí había, e incluso tan solo eso llenó por completo el vacío que habían dejado sus recuerdos e ideas al desaparecer.

Cuando volvió a conectarse con su cuerpo abrió los ojos, se sentía entumecido y helado, notó que la claridad del amanecer ya comenzaba a intuirse en el cielo por el este. Pero aún conservaba el vacío de su mente lleno de ese poder esperando para ser liberado. Miró a la consumida hoguera y chasqueó los dedos. Sobre su mano apareció una pequeña llamita danzarina de color rojo brillante.

Con la luz de la llama debajo de su rostro se acentuó la sonrisa de Brënne, dándole un aspecto misterioso, poderoso y siniestro. Los ojos le brillaban, rojos en vez de naranjas, en medio de su rostro envuelto en sombras que danzaban al compás con las llamas.

Hace más de 3 años

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#27

Epílogo

"Mi madre murió al nacer yo, luego de nombrarme; Brënne me llamó. Mi hermana cayó desde el Elddu cuando yo tenía ocho años. Mi padre fue asesinado por bandidos a mis dieciséis. La granja que había llamado hogar fue arrasada por un incendio. Todos aquellos a los que llamaba familia han muerto. Nada me ata ya a volver con quienes siempre consideré mi pueblo.

Muchos pensarían, de conocer mi historia, que estoy lleno de odio e ira. Lleno de dolor y amargura. De rencor, o al menos de tristeza. No es así, el odio, la furia, el rencor y el dolor fueron devorados por el fuego. Mi pasado, mi familia, mi hogar los siguieron a las llamas de mi mente. Y Brënne ardió junto a todo lo demás."

Extracto del libro conocido como "El Diario de Skinna Eflagrer", una de las pocas páginas rescatadas del fuego, datadas del Octágesimo año después del Hundimiento.

-Gyl-Dhear, Escriba del Reino, Biblioteca de Andúvrin, Año 652 desde el Hundimiento-.

Hace más de 3 años

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Gandalf
Rango10 Nivel 47
hace más de 3 años

Bueno, este es el final. No es el final de Brënne y Calibbe, claramente, ni tampoco el final de Marddo. Pero es el final de esta historia. Les agradezco a todos por leerla, y por compartirme sus opiniones en los comentarios, que lo sigo sosteniendo, es lo que veo más valioso de esta comunidad. Ya veremos como sigo, que otra historia me surge, muchas gracias @Neck_Romancer @Ichabod @alenora @artguim @Oscar_GLeon @Nacho_Saavedra y a los demás que garparon sus corazones.

Oscar_GLeon
Rango6 Nivel 29
hace más de 3 años

Gracias a ti mi estmado @Gandalf lo terminare de leer en breve saludos

artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 3 años

Gracias a ti,@Gandalf, por compartir esta historia. Te adelanto que, ahora que la he terminado, me ha gustado. Considero que está bien escrita y que es interesante. No obstante, creo oportuno esperar a una próxima relectura más continuada para darte una opinión más fundada y detallada, como la que me has ofrecido recientemente sobre mi historia.
Mientras tanto, puedes sentirte satisfecho por el trabajo realizado, pues estoy seguro de que será mucha la gente a la que le guste.
Cuenta con mi lectura para esa nueva historia que está surgiendo.
Un saludo.