juanCarlos
Rango8 Nivel 35 (2355 ptos) | Poeta maldito
#1

Gentes que suben y bajan, que habitualmente o por primera vez cogen este ascensor y lo hacen solos o acompañados de conocidos de toda la vida o son completos extraños. Con historias personales y rutinas diarias, aprovechando el trayecto para quizás no hacer nada o mirarse en el espejo o usar el móvil evitando el tiempo incómodo. Historias de emociones y sentimientos que suben y bajan en un ascensor.

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#2

El miedo.

Esta vez no evitaría subirse en un ascensor aunque la planta a la que debía ir fuera la 13, no es que fuera supersticioso, o eso quería creer, pero siempre pensaba que mejor no tentar a la suerte. Con aquel acto para cualquiera tan cotidiano mataría dos pájaros de un tiro, eso esperaba.

Pulsó el botón de llamada y tras unos instantes en los que casi flaqueó su determinación, las puertas se abrieron invitándole a entrar, no sabía si ser el único era mejor que estar con más personas dentro del pequeño habitáculo. Quedó allí fuera, frente al espejo que a pesar de crear la ilusión de mayor espacio seguía haciéndole dudar de atreverse a entrar, pero no podía volverse y dar una vez más la espalda a sus miedos cogiendo el camino más fácil de las escaleras.

Dos veces se cerraron las puertas antes de montarse, al fin, y pulsar el botón de la planta 13, ya estaba hecho, su corazón latía acelerado y un sudor frío humedeció su frente y sus manos. Su mirada fija en la pequeña pantalla que mostraba cómo aumentaba el número de planta le ayudaba a centrar su atención en la idea de "ya queda menos, no pasa nada" con la que intentaba calmarse y superar la situación.

10… 11… 12… las luces parpadearon, el ascensor dio una sacudida antes de pararse y en solo cuestión de segundos volvió a funcionar… al fin llegó al 13. Con la expresión de quien ve un fantasma dejó el ascensor, para él aquella aterradora experiencia le había servido para todo lo contrario de lo que en un principio se pretendía, lo reafirmó en su convicción de nunca más subir a otro ascensor, al fin y al cabo usar las escaleras es más sano, ¿no?.

Hace alrededor de 3 años

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#3

El deseo.

A esas horas nunca había nadie por allí y el edificio entero parecía pertenecerles. La distancia que separaba el portal del edificio de su apartamento les parecía tan grande como el deseo mutuo que sentían.

Besos impacientes esperando el ascensor, besos ardientes dentro de éste que nada más cerrarse las puertas, en la irreal intimidad, desbocaron sus más básicos instintos. Besos que dieron lugar a caricias, y caricias a que la ropa les empezara a sobrar… ella aflojando su corbata y abriendo de un tirón su blanca camisa medio sacada fuera del pantalón… él besando apasionadamente su cuello y su mano colándose por debajo de su falda para acercarla aún más a él…

En el momento más inoportuno el elevador se paró y al ver como la puerta se abría y tras ella la cara del asombrado conserje del edificio que hacía una última ronda por las plantas antes de irse a casa, en un acto reflejo de pudor intentaron recomponer sus ropas y peinados. Éste no supo reaccionar, quedó un instante quieto y con la incomodidad del momento intentó, al igual que la acalorada pareja, actuar como si nada hubiera pasado y subirse al ascensor con un “buenas noches” con el que normalizar la situación.

Nunca como en ese momento había cobrado tanto sentido lo de “tres son multitud”, y estos tres se ignoraron entre sí, el uno al frente y los otros dos al fondo del pequeño recinto, hasta que el conserje de la discordia llegó a su planta. Fue el corto trayecto más largo que jamás ninguno de ellos había experimentado. Una vez volvieron a quedarse solos se miraron a los ojos, en sus rostros se dibujaron sendas pícaras sonrisas de complicidad seguidas de una carcajada de alivio que daban a entender que a pesar de todo, aquello les había parecido tan excitante y porqué no repetirlo.

Hace alrededor de 3 años

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#4

La ira.

No era la primera vez que por un motivo u otro, casi siempre absurdos, llegaban a casa en medio de una discusión y solo hacían la breve tregua del qué dirán si alguien más subía con ellos en el ascensor. Y a veces, si el enfado era demasiado grande, tan solo se limitaban a bajar la voz queriendo creer que con eso nadie más oiría sus reproches y acusaciones, o por lo menos que el susurro ahogaría el tono combativo de sus palabras y eso que aunque tal táctica hubiera funcionado, todos sabían ya, después de tantas broncas, que ellos eran esos vecinos siempre enfadados.

Después de cada pelea, entre ellos se sentía la tensión como se siente el olor a tabaco que el cigarrillo de algún vecino, apurando las últimas caladas, deja antes de entrar en su casa, pero esa vez no habría ninguna otra, él y sus maletas entraron en el ascensor que se le asemejaba al tren que lo liberaría en lugar de conducirlo a su condena. Era lo mejor para ambos pero nunca ninguno se había atrevido a dejar esa relación tóxica, siempre hay una gota que colma el vaso y aquella gota se había vuelto demasiado grande como para poder continuar en ella. Así pues con un "ahí te quedas", de la peor y más lógica manera, cada uno salió de la vida del otro.

Atrás quedaron los años felices, atrás quedaron los días de monotonía y tedio y atrás quedaba la infelicidad acomodada en el sillón en el que ignorarse mutuamente. Y la tranquilidad llegó a esa casa y por extensión a ese ascensor que tantas veces vieron sus desavenencias.

Hace alrededor de 3 años

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