NoraCiliaste
Rango8 Nivel 39 (3041 ptos) | Poeta maldito
#1

Era la primera vez que alguien le dejaba rosas en la puerta de su casa. También era una hora a la que dudaba que las floristerías estuvieran abiertas y que sólo unas cuantas especies de madrugadores (estudiantes de exámenes, corredores...) ven dibujada en el reloj. No obstante para ella ese día no era temprano suficiente, ya que los segundos de incertidumbre al descubrir la sorpresa en su felpudo fueron culpables de que el tren que debería haberla llevado al trabajo se marchara en sus narices.
Era la segunda vez que le pasaba ese mes. También hoy tendría que soportar que su despreciable jefe le interpretara toda una sinfonía de gritos delante de sus recién estrenados compañeros. Y pensó que quizá se los merecía: unas flores no eran excusa suficiente para perder una hora de trabajo, como tampoco lo fueron las sábanas que se le pegaron al cuerpo la mañana después de la noche en que vivió el mayor desengaño amoroso que jamás sufriría. Como le había recomendado su psicóloga, y aunque la idea le pareciera bastante inútil, tendría que contar hasta diez.No era fácil cambiar de trabajo en ese momento.

Hace más de 3 años Compartir:

2

10
AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace más de 3 años

Tranquilidad y respirar lento.

eleachege
Rango17 Nivel 83
hace más de 3 años

Jajaja eres genial @NoraCiliaste para representar lo picaresco de la cotidianidad. Un saludo. Te sigo.


#2

Era la tercera mujer a la que, en su espera al siguiente tren, veía pasar muy agobiada, cargada con maletín y carpeta y enganchada al teléfono. Por suerte para ellas no discutían con un jefe gritón, sólo prometían llegar a tiempo de preparar la comida o comprar todos los materiales necesarios para la clase de manualidades de los niños del día siguiente. A lo mejor eran madres solteras. O a lo mejor después las recompensaban con muchas flores por todo su esfuerzo. Contó hasta diez. Le gustaba imaginar y fantasear acerca de las vidas de las personas que veía pasar, pero esos últimos pensamientos la habían indignado bastante.
Pocos minutos antes de que por fin llegara su tren vio aparecer a ese hombre que, entre toda la gente con la que se cruzaba por las mañanas, le llamaba la atención. Esto sólo se debía a la extraña mochila o especie de maletín que llevaba siempre a la espalda y a su vestimenta, siempre de negro. En su mente era algún vendedor de biblias de esos a los que les cierras la puerta de tu casa con un “no, gracias”. Rió internamente ante la fugaz idea de preguntarle si su teoría era cierta ese día, pues ocupó el asiento de al lado suyo en el tren.
Era la cuarta vez que coincidían.

Hace más de 3 años

1

7
AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace más de 3 años

Si es un vendedor de Biblias no está mal, lo malo es que sea algo peor.


#3

Era la quinta vez que el mismo llanto los despertaba esa noche. A sus cinco años de edad ya hace algún tiempo que debería haber aprendido a dormir sola, pero dormir nunca había sido su fuerte. Podía pasar noches enteras en vela y seguir y doblar el ritmo al día siguiente de todos los niños del patio en sus juegos. “Se aburría” durmiendo. En ciertas revistas habían leído que el insomnio era algo reservado a las mentes brillantes. Debían ser los padres de la reencarnación de Einstein.
-Te toca a ti- le dijo en un susurro para el que ni siquiera logró despegar los ojos.
Era la sexta vez que la niña escuchaba la misma historia, pero desde que la descubrió unos pocos meses atrás no había vuelto a pedir otra. Adoraba evocar la imagen que su padre describía de su madre en una estación de tren, con un elegante pero sencillo vestido verde claro y unas zapatillas de correr, escondiendo en su bolso grande unos tacones no demasiado altos, pero lo suficiente como para retrasar su recorrido hasta la estación. Le encantaba cuando le decía que su madre era de esas personas que llamaban la atención por la alegría de su rostro, y que le intrigaba saber qué pasaba por su cabeza cuando la veía observar a la gente que caminaba por el andén y reír para sí misma, quizás por la sensación de aislamiento que le provocaban los auriculares con música a todo volumen que llevaba, que la harían pensar que a ella nadie la observaba.

Hace más de 3 años

3

7
Romahou
Rango18 Nivel 89
hace más de 3 años

Esa progresión numérica tiene su propia capacidad de atracción...
Pone algo diferente en el texto

Saludos

NoraCiliaste
Rango8 Nivel 39
hace más de 3 años

Gracias @Romahou , intentaba experimentar con algo distinto para dar un poco de gancho y ritmo a una historia sencilla. Espero que salga, ¡Saludos!

eleachege
Rango17 Nivel 83
hace más de 3 años

Un consejo allí @NoraCiliaste. En vez del guió (-) ó (_), pulsa simultáneamente Alt y 0151 y obtendrás (—) que la ya correcta para los diálogos. Un saludo.


#4

Volvió a contarle cómo era la séptima vez que ella pasaba la canción de su iPod cuando paró en una de su grupo archifavorito y se relajó en el asiento a su lado tarareándola, de nuevo como si no hubiera gente alrededor. La niña, que conocía ya la historia de memoria, en este punto sabía que su padre tararearía también el tema de “The verve” que su madre escuchaba aquel día y que a él, que miraba el aparato de reojo, le hizo animarse a interrumpirla. Conocía de primera mano la enorme capacidad de unir a las personas que tiene la música, y le pareció una buena excusa para iniciar una conversación.

Hace más de 3 años

0

8
#5

Era la octava vez seguida que repetía las mismas seis notas. Sabía de sobra que no era la última, ni muchísimo menos. Pasados más de treinta años junto a él, conocía bastante bien el tormentoso proceso de estudio de un músico. Sin embargo, hacía tiempo que no lo notaba tan nervioso y exasperado preparando una obra. Era una ocasión importante para él, por eso decidió hacer una visita rápida a su sagrada sala de estudio. Se detuvo en la puerta y contó despacio hasta diez, los nervios de su marido la contagiaban y necesitaba transmitirle algo de tranquilidad. Sabía bien lo que pasaría ahí dentro: ella le diría que sonaba maravillosamente bien (lo que para cualquier oído del común de los mortales era totalmente cierto), él le explicaría alterado que tenía algún problema con la sonoridad, la respiración, la embocadura o sabría Dios qué y, con suerte, le serviría como desahogo para seguir con su estudio algo más relajado.
Salió de la pequeña estancia pensando que cada vez iba entendiendo un poco más las explicaciones del músico, y rió para sí al recordar cuando todavía confundía la indumentaria de clarinetista con la de vendedor de biblias. Se dispuso a adelantar algo de trabajo que se había llevado a casa. No todo el mundo conoce el privilegio de hacerlo escuchando en directo el precioso adagio del Concierto para clarinete en La mayor de Mozart.

Hace más de 3 años

0

7
#6

Era la novena vez que su madre la llamaba ese día. No podía retrasar más esa decisión. Por un lado le fascinaba la idea: dirigir una editorial tan importante a los treinta y pocos no era para menos. Por otro, sentía que no se lo merecía: si bien era cierto que trabajaba concienzudamente en ese lugar día tras día, sabía el sudor que le había costado a su madre llegar hasta ahí y a ella su puesto le caería como un regalo del cielo tras su jubilación si así lo deseaba. La admiraba profundamente como madre, como profesional, como persona y como mujer. La directora nunca había soportado que nadie le diera órdenes: ni sus padres, ni ningún hombre en sus relaciones, ni jefes tiranos. De ahí su esfuerzo por llegar a lo más alto. Pensó que si ella anhelaba que ocupara su lugar, en cierto modo se lo debía. Además, dada su propia pasión por la literatura, rechazar esa oferta le parecía atentar contra sí misma. Llevándose por dicha pasión dejó que le fluyeran por la cabeza las palabras de uno de sus grandes ídolos: “Dile que sí. Aunque tengas miedo, aunque te arrepientas. Porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no”. Contó hasta diez y descolgó el teléfono.
Recordó la versión materna de la historia que tanto le gustaba oír de pequeña. En ella su madre siempre contaba que fueron esas mismas las palabras que hicieron que aceptara la invitación de su padre a uno de los conciertos de su orquesta, a pesar de acabar de salir de una fea relación y de ser dos desconocidos que sólo habían compartido unos pocos minutos de charla informal sobre música en un tren. Sonrió pensando que García Márquez había sido fundamental en sus vidas.

Hace más de 3 años

0

6
#7

Era consciente de que no le gustaba que le regalaran flores. Ahora sí lo sabía. Compartió con ella absolutamente todo, cada momento, cada experiencia y cada secreto, permitiéndose únicamente guardar uno sólo para él. Desde que su esposa no estaba le rondaba el pensamiento de cuál habría sido su reacción de haberse enterado de que él mismo puso aquella cesta de rosas amarillas en su felpudo, hacía ya tantos años. Ni siquiera sabía bien por qué nunca se lo contó. Estaba claro que en un principio no iba a admitir la investigación personal que llevó a cabo para conocer la dirección de la chica que le llamaba la atención por su alegría cada mañana. Probablemente y conociendo el fuerte carácter de su mujer sólo habría conseguido una orden de alejamiento. Se le dibujó un amago de sonrisa inconsciente al venir a su cabeza una multitud de recuerdos, ahora agridulces. En su lugar, había dejado que atribuyera el regalo a su ahora tan lejana ex pareja durante todo ese tiempo, total eso jugó a su propio favor mientras se conocían, ya que sólo incrementaba su odio hacia aquel. No pudo evitar acabar de formar la sonrisa en su cara pensando en la picardía de sus juveniles pensamientos.
Supuso que más tarde no lo hizo porque sabía que sólo le habría servido para escuchar el discurso de "por qué no me gusta que me regalen flores". Le habría dicho que a ella le gustaba el amor que se compartía en forma de caricias, confidencias, viajes, tareas y pasiones, en concreto aquellas dos alrededor de las cuales giraron sus vidas: música y literatura, tan iguales y tan distintas. Las que de algún modo los habían unido para siempre. Y él no quería escuchar eso. Así que ahora no lo hacía por ella, sino porque a estas alturas se permitía disfrutar de ese gesto que para él también era amor, ese que ella le había vetado de alguna manera durante tanto tiempo.
Amarillas, como las que el adorado escritor de su esposa solía llevar en la solapa y que afirmaba le daban suerte. Si había rosas amarillas cerca nada podía salir mal, según aquel. Y su vida había salido inmejorablemente bien. Dejó las rosas justo al lado del anterior ramo, ya bastante seco y se marchó de aquel triste lugar. Era la décima vez.

Hace más de 3 años

4

5
eleachege
Rango17 Nivel 83
hace más de 3 años

Interesante representación de la comedia urbana y tu genialidad expresiva, expuesta al incorporar la numeración en los diferentes hechos que comulgan tu historia. Un saludo @NoraCiliaste.

Miguel_Otxoa
Rango11 Nivel 53
hace más de 3 años

Es muy bonita. Cierto es que, después de haber leído más sobre ti, se aprecia demasiada rapidez en la escritura. Quizá, escrita más a conciencia, hubiese terminado de bordarlo. Pero ello no le quita mérito. Te felicito, @NoraCiliaste.

PD: Gracias, de antemano, por tu respuesta.

NoraCiliaste
Rango8 Nivel 39
hace más de 3 años

Muchas gracias, @Miguel_Otxoa . No te esperaba hoy por estos remotos lugares, pero me alegra que haya sido ahora (tras haber leído más de mí) cuando has dado con ellos y no antes, porque estoy de acuerdo contigo. No es de lo mejor que considero que haya escrito, y tiene mucho que mejorar.

Ya que traes esta historia de nuevo a mi mente, quizá la reescriba cuando tenga algo de tiempo, a ver si, como dices, le echo una dosis más de conciencia. Me alegra que te haya gustado, en todo caso.

PD: nada que agradecer, ¡hombre! Gracias a ti por leer siempre y además, también siempre, dejarme tu opinión sincera. ¡Un abrazo!