David_Casado
Rango10 Nivel 49 (5859 ptos) | Fichaje editorial
#1

Sucedió en Roma, reinando en los Estados Pontificios el papa Clemente VIII (1536-1605), considerado hoy como el último pontífice de la Contrarreforma. Aquel príncipe de la Iglesia, estaría hoy olvidado de no haber sido el tenaz impulsor del proceso, condena y ejecución, del repudiado fraile dominico Giordano Bruno (Filippo Bruno, de nacimiento, 1548-1600), quien el 17 de febrero del año 1600 sufrió una muerte agónica, pereciendo abrasado en las hogueras de la Santa Inquisición.

Discípulo intelectual de Nicolás Copérnico, y de otros sabios de su tiempo, como Nicolás de Cusa, Marsilio Ficino, Giovanni Pico della Mirandola, o Ramon Llull, aquel filósofo, astrónomo, matemático y poeta napolitano, había cometido el delito de haberse atrevido a sostener y defender en público una idea herética, de la que se mostraba totalmente convencido y hasta el final de su vida supo defender con valentía. Negándose incluso a tener que retractarse de ella frente a sus verdugos, pese a las torturas padecidas.

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David_Casado
Rango10 Nivel 49
hace más de 3 años

Gracias por comentar @Brando_Ballantine , aunque no soy especialista en ello, creo que es cierto. Se humedecía más o menos la leña si se quería que la muerte del reo ocurriera pronto o no fuera exclusivamente por las llamas.

AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace más de 3 años

Fue y es un gran hombre sin duda.
Gracias a seres como él el mundo se mueve.

AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace más de 3 años

Sufrió la misma suerte que Miguel Servet.


#2

Tal y como Giordano Bruno afirmaba en sus escritos, y así lo había enseñado a sus alumnos ─mientras pudo dar clases de filosofía, matemáticas o astronomía─, en las universidades de la Sorbona, Oxford, Cambrai, Wittenberg, Praga o Helmstedt: «en el cielo existían incontables Soles e incontables Tierras, que orbitaban alrededor de su propio Sol». Y como todos sabemos, esta creencia con la que abiertamente desafiaba lo expuesto por el Evangelio de Roma, y las enseñanzas del Génesis vertidas en las Sagradas Escrituras, le costó el sufrimiento de padecer una muerte tan injusta como atroz.

Poseedor de una inteligencia poco común, Giordano se interesó desde muy joven por el estudio de los clásicos; pero insatisfecho con la imperante filosofía de Aristóteles, pronto descubriría el mundo de la ciencia que, tímidamente, ya se abría paso en el Renacimiento. Además de la irrupción de la imprenta, tanto la filosofía sacada de la experiencia de la realidad, como las investigaciones médicas llevadas a cabo sobre el cuerpo humano, junto con la observación directa de las estrellas ─que ahora hacía posible la invención del telescopio─, estaban acelerando el desarrollo del conocimiento humano, y Giordano se sintió atraído por recorrer el sendero que antes de él, ya había iniciado el sabio Copérnico, quién además de servirle de ejemplo, fue para él el revulsivo con el que combatiría la filosofía de la Escolástica.

Quizá llevado por sus ansias de conocimiento, la verdad es que al sabio napolitano nunca le importó demasiado el tener que deslizarse en su camino del saber, por la pendiente de la heterodoxia, que a lo largo de su amplio peregrinaje por las cortes europeas, le llevó finalmente hasta Ginebra. Allí se interesó por las doctrinas de Calvino, que poco después rechazaría, al comprender que los calvinistas también resultaban contrarios a sus irrenunciables exigencias de libertad intelectual. Y desengañado de casi todos, regresó a la península itálica, imaginando en su fuero interno «un universo tan infinito como Dios mismo, y por ello, no distinto del Creador».

Fue entonces cuando un discípulo suyo, un fanático malnacido y desagradecido cuyo nombre no merece pasar a la historia, lo denunció a la Inquisición de Venecia, acusándolo de hereje y de sostener y enseñar doctrinas contrarias a la verdadera fe. Y remitido su proceso finalmente a Roma, debido a su especial fama y significación, el Papa Clemente ─tan contrario a su nombre y a la caridad cristiana─, decidió que Giordano Bruno merecía un castigo ejemplar por su heterodoxia y renuncia a los hábitos.

Giordano Bruno nunca se amilanó, y para irritación de sus enemigos, jamás se retractó de este especial neoplatonismo que predicaba, y con el que alimentó sus deseos de saber más acerca de Dios y del Universo. Lo explicó y desarrolló ampliamente en los tres ensayos que le dieron fama, al tiempo que precipitaban su desgracia. Y que a diferencia de los sabios que le precedieron, escribió en su lengua materna en lugar del latín, con el ánimo de que le pudieran entendieran mejor todos sus contemporáneos. Estas tres obras fueron: “De la causa, principio y uno” publicada en 1584; al igual que “Del universo, infinito y mundos”; y por último, “De mónade, número et figura” (1591), que a diferencia de su autor, por fortuna nunca acabaron en la hoguera, pese a figurar durante demasiado tiempo en los índices infames de los libros prohibidos por la Santa Sede.

Recuerdo que según puso de manifiesto el astrónomo norteamericano Isaac Asimov: «la muerte de Giordano Bruno tuvo un efecto devastador y disuasorio en el avance científico de la civilización, particularmente en las naciones católicas pero, a pesar de esto, sus observaciones científicas continuaron influyendo en otros pensadores como Newton, y hoy se le considera uno de los precursores de la revolución científica».

Y en efecto, tras la muerte de Giordano Bruno y la pública humillación de su contemporáneo y mucho más longevo Galileo Galilei (1564-1642) ─ambos discípulos de las enseñanzas de Copérnico, y dos astrónomos cumbres del Renacimiento, junto con el alemán Johannes Kepler─, la Iglesia católica pareció ganar la batalla contra la herejía científica. En consecuencia, las cosmogonías religiosas de todos los credos volvieron a ensombrecer las incipientes luces del conocimiento. Pero nada más lejos de la realidad.

Hace más de 3 años

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jajuac
Rango2 Nivel 8
hace alrededor de 3 años

El conocimiento se abre camino a pesar de los obstáculos,... y eso nos hace más libres.


#3

Ochenta y siete años después de la ejecución de Giordano Bruno, sus cenizas se transmutaron en la purga amarga que el genio del físico y matemático Isaac Newton (1643-1727), elaboró para todos los fanáticos de cualquier pelaje, poniendo los cimientos de las nuevas ciencias de la Física y la Cosmología. Conocedor de los estudios sobre el Sistema Solar de Copérnico, el movimiento de Galileo, la cosmología de Giordano Bruno, y las leyes sobre las órbitas de los planetas desarrolladas por Kepler, Newton estableció las tres leyes fundamentales de la dinámica (ley de la inercia, proporcionalidad entre fuerza y aceleración, y el principio de acción y reacción), deduciendo de ellas la nueva «Ley de gravitación universal».

Los hallazgos de Newton deslumbraron a toda la comunidad científica de su tiempo, para irritación de la Iglesia; pero la verdad era que la clarificación y formulación matemática de la relación entre fuerza y movimiento, permitía por fin explicar y predecir tanto la trayectoria de un disparo de cañón como la órbita descrita por los planetas o la Luna, unificando así por primera vez, la mecánica terrestre con la celeste, que ahora desvelaba sus misterios. Con su magistral sistematización de las leyes del movimiento, el estudio de la emisión de la luz, la determinación de las masas del Sol y los planetas que giran alrededor del astro, la explicación de las mareas, el cálculo infinitesimal, o sus avanzados estudios de óptica, el físico inglés liquidó definitivamente el aristotelismo y el tomismo, tal y como a Giordano Bruno le hubiera gustado.

Toda la filosofía Escolástica, hasta entonces sustentadora de la enseñanza universitaria y defensora de la Contrarreforma en los países católicos, caía definitivamente en el abismo del ridículo y el descrédito. Y gracias a la publicación de sus conocidos: “Philosophiae naturalis principia mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural), editados en 1687, nacía la Física clásica, que se mantendría vigente hasta principios del siglo XX, cuando otro genio de su misma magnitud, Albert Einstein, formuló en 1905 la teoría de la relatividad.

Desde entonces, y hasta llegar a las ecuaciones espacio-temporales de Albert Einstein (1879-1955), la Ciencia consumó su divorcio de la Religión, arrinconando desde la época de la Ilustración a todas las cosmogonías en el reducido espacio de las creencias sin mayor fundamento. Para la Ciencia, el deseo de trascendencia de los seres humanos, que les hace pensar en la existencia de una vida más allá de la muerte, carece de importancia y fundamento, y hasta la propia idea de una deidad anterior al espacio y el tiempo, la materia y la energía, carece de valor y no importa lo más mínimo. De hecho, todas las cosmogonías desarrolladas por la Humanidad, sin excepción de culturas o credos, no dejan de ser para la Ciencia, historias inventadas que nos contábamos unos a otros para no volvernos locos, al pensar en el misterioso origen de nuestro mundo y aun de nosotros mismos.

Sin embargo, cualquiera de nosotros, los ciudadanos que hoy tenemos noticia de los progresos de la ciencia y acceso al conocimiento, sabemos que el Universos resulta más grande, complejo y espléndido, de cuanto pudieron imaginar nuestros antepasados. Hoy les resultaría tan inconcebible como asombroso el saber que, por ejemplo, en términos cosmológicos y viajando a la velocidad de la luz (299.792.458 km./seg.), los cúmulos o clústeres galácticos se extienden por el espacio/tiempo del cosmos a una distancia de alrededor de 13.800 millones de años luz de la Tierra. Y para colmo, no se trata de un universo estático o inmutable, tal y como pensaba Newton, Copérnico, Galileo, Kleper, o Giordano Bruno, sino que el cosmos posee un pasado y evoluciona hacia un futuro, aunque jamás haya existido algo parecido al concepto o la percepción de la nada, puesto que el cosmos jamás ha estado vacío, ni parece que necesite del impulso o la decisión de ningún Creador.

Y siguiendo con las ecuaciones de la teoría de la relatividad de Einstein, el físico y jesuita belga Georges Lemaître, construyó a principios del siglo XX un modelo matemático de un universo imaginario, que por primera vez se expandía y contraía según viajáramos en el tiempo. La conclusión a la que llegó no podía resultar más clara: nuestro Universo, posiblemente tuvo un inicio. En la actualidad, cualquier teoría que afirme que todo lo que contiene el cosmos visible tuvo en algún momento del pasado un tamaño (por caliente) igual al cero matemático (o muy próximo al cero), recibe el nombre de teoría del Big Bang (por grande y explosión), aunque no resulte oportuno pensar en términos de ninguna explosión, sino más bien, una especie de deflagración de la materia que tuvo lugar a lo largo de todo el espacio gravitatorio físico/temporal.

Seguro que Giordano Bruno hubiera disfrutado hasta la saciedad de haber podido vivir en nuestra época, sabiendo de los logros de las ciencias físicas y la Cosmología, que con tanto sufrimiento y esfuerzo intelectual él mismo concibió y ayudó a que se hiciera realidad. Y frente a tanta intolerancia religiosa, tal y como la que él padeció, y que aún hoy nos persigue y anida en la mente de los más crédulos o fanáticos, estoy seguro que sabría perdonar a sus verdugos, consciente de que la ignorancia nunca tuvo fácil remedio.

Hace más de 3 años

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Charlies27
Rango13 Nivel 62
hace más de 3 años

@David_Casado, gracias a el valor de personas como Giordano Bruno, se ha conseguido y se conseguirá seguir adelante, a pesar de la irremediable ignorancia.
Un bonito homenaje a un personaje tan importante. Chapó como siempre.

David_Casado
Rango10 Nivel 49
hace más de 3 años

@Brando_Ballantine muchas gracias por comentar. Giordano Bruno desafiaba el Evangelio de la Roma de la Contrarreforma, por que este se justificaba en la Escolástica. Es decir, en la filosofía de Aristóteles y Santo Tomás, con la que Giordano no estaba de acuerdo. De ahí que estudiara el protestantismo, aunque este último tampoco le convenciera.

David_Casado
Rango10 Nivel 49
hace más de 3 años

@Brando_Ballantine resulta apasionante los inicios de la Cosmología. De todas formas en la época de Giordano, Galileo Galilei ya había desarrollado su telescopio y demostrado matemáticamente que la Tierra se movía y no estaba quieta o suspendida, como sostenía la Iglesia, en el centro del Universo. Igualmente, Kepler había desarrollado su estudio del movimiento de los planetas alrededor del Sol. Pero realmente, nada de eso le importaba verdaderamente a la Iglesia, salvo preservar su indiscutido poder, que desde la eclosión del Renacimiento, estaba en entredicho.

jajuac
Rango2 Nivel 8
hace alrededor de 3 años

Me ha encantado vuestro debate,... y estoy de acuerdo con los dos, Giordiano era un hombre su época y por lo tanto preso de los conocimientos previos, incluso creía en la magia, algo muy común entonces. Era un hombre admirable por poner en duda cualquier conocimiento, de hecho la iglesia católica le procesa por 8 causas o proposiciones, entre las que está el alma del universo y la materia original como principios universales e infinitos,... donde reside el alma humana,... tampoco creía en las imágenes, ni creía en la trinidad, ni en la virginidad de María,... en fin, dudaba de todo. Quizás le fallase el método científico; pero, no cabe duda que era un científico de su siglo, se replanteaba todos los conocimientos y no daba nada por establecido, excepto su fe.
Un precusor, un martir y un sabio de su tiempo.
Un teórico avanzado a su tiempo, con un conocimiento extenso de su tiempo y de los grandes adelantos que se estaban produciendo y con ellos elaboró una teoría que el tiempo ha confirmado. Y desde luego que daba igual si sus teorías fueran o no ciertas, lo triste es que se le causó una muerte horrible para detener el libre pensamiento.