amongreveries
Rango3 Nivel 11 (107 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1
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  • #2

Era un jueves cualquiera. Veía en la televisión la reposición de un concurso televisivo de la temporada pasada mientras comía un sandwich y bebía cerveza. Podría incluso repasar qué ropa llevaba, qué aspecto exacto hubiera mostrado si me hubiera contemplado en el reflejo de cualquier espejo: el momento previo a la muerte de mi día a día se grabó a fuego en mi mente, tanto que en ocasiones es el único instante de normalidad que puedo rescatar con claridad.
Reí con un chiste del presentador que ya conocía, y, mientras se agotaba mi risa, una llave se introdujo en el pomo de la puerta y accionó el pestillo. Tarde unos instantes en racionalizar lo increíble de lo que sucedía: no vivía nadie más conmigo en aquella casa, y mi arrendador vivía a varios kilómetros de aquí, sin que existiera ningún motivo en especial para que viniera. Pero, siendo honestos, no fui capaz de sorprenderme y observe la puerta con languidez, perezoso, casi lamentando levantar la vista de la televisión.
La puerta se abrió y entro Él.
Apenas tardé unos segundos en reconocer a mi réplica perfecta, que me miraba estupefacta

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#2

Dejé la cerveza contra la mesa y amenacé con incorporarme, sin saber bien cómo actuar. Él, por su parte, se deslizó por el pasillo hasta la habitación de invitados, cerrando quedamente la puerta. Con cautela abandone la seguridad del sofá y la televisión para observar el rastro que el individuo había dejado a lo largo del pasillo: había barro en el linóleo a pesar de que hacía dos o tres días que no llovía.
Sé lo que cualquiera hubiera hecho en mi situación: puede que coger un cuchillo de la cocina y entrar en el cuarto, quizá llamar a la policía, tal vez impelar al desconocido, incluso emprender la huida. No puedo explicar por qué, pero rehusé a hacer cualquiera de esas cosas y me limite a limpiar las huellas y volver al sofá. La inquietud desapareció tan rápido que me dormí con rapidez.
Cuando desperté, unas seis o siete horas más tarde, lo hice desde la consciencia de que Él seguía ahí, confirmándose mis sospechas en el baño: alguien ya había usado el agua caliente y el felpudo se encontraba algo mojado. Pude oír como Él abría la puerta de su cuarto y andaba hacia la cocina, pero seguí reaccionando tratando de obviar lo extraño de la situación y subí el caudal de agua para no escucharlo. Calculé el tiempo que le costaría desayunar e irse de casa como si se tratara de mí -al fin y al cabo, de mí se trataba- hasta que escuche la puerta de la calle cerrándose con fuerza, como si Él quisiera que me enterara de que tenía vía libre.
Sé que podría haberme preocupado entonces, preguntarme quién era Él, cómo era posible que fuéramos iguales, que intenciones tenía o si era peligroso. No lo hice. En todo este asunto, mi mente actuó esquivando el problema o las preguntas: al principio, trataba de no pensar en ello, como si no hacerlo fuese suficiente para que no fuera real. Más tarde, me fustigaba desde el convencimiento de que había sido inevitable. Ahora pienso que en aquel entonces aún estaba a tiempo de reaccionar y escapar de la avalancha que me acabaría aplastando.