merodeador92
Rango6 Nivel 28 (1246 ptos) | Novelista en prácticas

La idea de esta caja es que sirva de introducción a la publicación de una serie de microrrelatos que he ido escribiendo para distintas webs literarias. Se trataría de historias cortas de distintos géneros: fantasía, romance, terror, ciencia-ficción... Sólo espero conseguir suficientes "me gusta" para llevarla a cabo. Si quieres hacerte una idea de mi estilo de escritura, pásate por mi perfil y lee el microrrelato "Guerra 3.0.". Si te gusta, no olvides volver aquí y pulsar el corazoncito para que pueda seguir añadiendo cajas a la serie ;)

Hace alrededor de 3 años Compartir:

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artguim
Rango13 Nivel 63
hace alrededor de 3 años

Una vez leídos los relatos disponibles hasta el momento, puedo decirte que me han gustado todos, y que quedo a la espera de los próximos que publiques.

También te comento que en mi perfil tengo un proyecto semejante (Historias de un suspiro), con relatos limitados a 1.111 caracteres, por si te interesa echarles un vistazo.

Ánimo para continuar con estos micros.

Un saludo.

merodeador92
Rango6 Nivel 28
hace alrededor de 3 años

Muchas gracias, me alegra que te gusten :)


#2

EL HECHIZO

Todo estaba listo. Había pintado los símbolos en el suelo, había encendido las velas y disponía de todos los ingredientes. Colocó la vasija en el centro de la mesa y empezó a echarlos dentro uno por uno mientras pronunciaba el conjuro. Ya sólo faltaba un ingrediente, el último y más importante de todos: la vida.

Una vida, cualquier vida, era la fuente de magia más poderosa que existía. Aquel era un hechizo sencillo, de modo que bastaría con una vida sencilla. Como la de un ratón, por ejemplo. Se acercó a la jaula que había en un rincón de la habitación y observó a su víctima: una bolita de pelo gris que se hinchaba y se deshinchaba al respirar, durmiendo apaciblemente. Lo había comprado aquella mañana en la pajarería. No había querido escoger entre el montón de roedores saltarines que jugaban alegremente tras la vitrina del expositor. Apenas se había atrevido a mirarlos. Le dijo al dependiente que le valía cualquiera.

Pero ahora no tenía más remedio que mirarlo. Haciendo de tripas corazón metió la mano en la jaula y lo cogió con cuidado por la base de la cola, como le había enseñado el hombre de la tienda. El animal soltó un gritito al verse izado de aquella manera y se revolvió tratando de escapar.

Lo llevó hasta la mesa y, sujetándolo con firmeza con una mano, alargó la otra para coger la daga que había a su izquierda. Era una daga poco común, con extraños grabados tanto en la hoja como en la empuñadura. Al acercarla a su víctima, se dio cuenta de que su mano temblaba. Se obligó a respirar hondo y a pensar en el premio. Si aquel hechizo funcionaba, el amor de su vida le correspondería por fin.

Podía notar la respiración agitada del ratón dentro de su puño. Había dejado de debatirse, paralizado por el terror. Acercó el cuchillo a su cuello. Sólo un movimiento más y estaría hecho. Apenas sentiría nada. La sangre abandonaría su pequeño cuerpo para derramarse sobre el cuenco, mezclándose con los demás ingredientes; entonces entonaría los últimos versos del conjuro y todo habría terminado. Colocó la punta afilada sobre aquella piel suave y se preparó para hacerla descender.

Entonces se fijó en los ojillos negros de la criatura, que, desorbitados, miraban el arma con auténtico pavor. En un último intento de lucha, el animalito había colocado sus diminutas manos sobre la hoja, como intentando apartarla de sí. No pudo evitar maravillarse al ver aquellas manos, minúsculas pero hermosas, suaves, rosadas y tan perfectamente articuladas.

No podía hacerlo. Apartó la daga y la dejó sobre la mesa. Volvió a meter al ratón en la jaula y observó cómo corría a esconderse en su nido. Echó un vistazo a los dibujos, las velas, el cuenco con los ingredientes y demás preparativos. “Supongo que siempre puedo invitarle a ir al cine”, pensó y con gesto de resignación se dispuso a recogerlo todo antes de que su madre volviese.

Hace alrededor de 3 años

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Romahou
Rango18 Nivel 89
hace alrededor de 3 años

Muy bueno, me recordó a Disney tétrico, y esa frase final para invitarle a ir al cine... jajajaja

Saludos

artguim
Rango13 Nivel 63
hace alrededor de 3 años

Coincido con @Romahou, muy buen relato, especialmente por esa frase que le da un giro final.

Un saludo.

TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace alrededor de 3 años

¡Qué bueno! ¡Qué gran lección! Mejor al cine, por supuesto.

Somnus
Rango9 Nivel 43
hace más de 1 año

¡Ostras menudo plot twist mas inesperado!, ¿será el principio de un amor correspondido o habrá un trágico final?, seguiré atento. Muy buen trabajo.


#3

PRIMER DÍA

Era su primer día de clase y los nervios hacían que le sudaran las manos. Había respirado hondo una, dos, tres, y hasta cinco veces antes de entrar por la puerta, y al hacerlo, lo primero que percibió fueron unas cuantas miradas curiosas, que a ella le parecieron un centenar de focos apuntando en su dirección, señalándola, diseccionándola como a un insecto. Nada más sentarse oyó las primeras risas, procedentes del fondo de la clase. Echó un vistazo rápido por encima del hombro y vio a un grupo de chicos mirándola de reojo y sonriendo mientras cuchicheaban entre ellos. Se obligó a no prestarles atención y a concentrarse en la pizarra. Nadie se acercó a hablar con ella, cosa que agradeció.

Las primeras clases fueron bien y cuando sonó la alarma del recreo cogió su almuerzo y fue directamente a sentarse en una esquina del patio, lejos de donde jugaban los demás. Se estaba bien allí, bajo los árboles, donde nadie la ponía nerviosa o la asustaba haciéndole preguntas a las que se sentía incapaz de responder. Al acabar la hora del almuerzo se levantó y se dirigió silenciosamente hacia la puerta, con la mirada clavada en el suelo. Entonces sucedió. No oyó los pasos a sus espaldas y apenas fue consciente de que alguien le tiraba del cuello de la camisa hasta que algo húmedo y extremadamente frío se deslizó por su espalda.

Muy a su pesar, soltó un grito tan agudo que hizo que todo el patio volviese la cabeza en su dirección. A pocos pasos de allí, los chicos que se habían reído disimuladamente de ella en clase se carcajeaban al verla dar saltitos y sacarse el faldón de la camisa para dejar caer los cubitos de hielo que le habían metido, dejándole la espalda fría y empapada. A sus risas pronto se unieron las de otros y en poco tiempo casi todos los alumnos se esforzaban por disimular lo cómica que les parecía aquella situación.

Ella tenía las mejillas enrojecidas y los ojos llorosos. Hubiese querido desaparecer en aquel mismo instante. Vio cómo un par de profesores se acercaban para averiguar a qué se debía aquel jaleo y salió corriendo, incapaz de imaginarse a sí misma explicando delante de todo el mundo lo que acababan de hacerle. Tras encerrarse en uno de los lavabos, se sentó en el inodoro y se echó a llorar. Lloró hasta cansarse y luego volvió a concentrarse en su respiración. Inhalar… exhalar. Repetir. Se dio cuenta de que aún tenía la camisa mojada. Podía secarla con el secamanos del baño. Si se daba prisa, puede que incluso llegase a tiempo para la siguiente clase. Tendría que seguir como si nada hubiese pasado. Luego, cuando volviese a casa, hablaría con Lar. Y Lar lo arreglaría. Siempre que alguien se metía con ella, Lar lo arreglaba. Esos niños no volverían a molestarla, pensó sonriendo, no volverían a molestar a nadie. De eso estaba completamente segura.

Hace alrededor de 3 años

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artguim
Rango13 Nivel 63
hace alrededor de 3 años

Nuevamente, buen relato, @merodeador92. No nos has dicho exactamente de qué es capaz ese Lar, pero nos lo imaginamos, y con eso creo que es suficiente.

Un saludo.

TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace alrededor de 3 años

¡Uuuy, qué final tan enigmático, @merodeador92! Muy bueno, posibilidades abiertas y un buen motivo para pensar.


#4

ÁNGEL

Cuando despertó, todavía estaba allí. Se había quedado dormida con la cabeza apoyada en el reposabrazos del sillón. Su melena pelirroja se derramaba por todos lados, enmarcando un rostro pálido de aspecto angelical. Un fino mechón caía como una llama sobre sus ojos oscuros, ahora cerrados, enroscándose en las manos blancas y delicadas que mantenía cruzadas bajo su mejilla a modo de almohada. La contempló con ternura, escuchando su respiración, observando el leve movimiento de sus párpados agitados por el sueño.

El bolso que le había regalado por su último cumpleaños estaba en el suelo, abierto, dejando entrever la esquina de un billete de avión. Tras echar un vistazo al reloj de pared, supo que ya no iba a utilizarlo. Era consciente de la importancia que aquel concierto tenía para ella. Había dedicado toda su vida a la música y finalmente su esfuerzo había dado fruto, siendo seleccionada para interpretar en la mismísima Ópera de París. Y aún así allí estaba ahora, con él, en aquella fría habitación de hospital a la que un absurdo accidente lo había atado.

El sonido de una ambulancia que se acercaba al edificio llegó a través de la ventana abierta y en pocos segundos las luces anaranjadas inundaron la habitación, arrancando destellos flamígeros de su cabello. Cuando abrió los ojos, él se oyó decir:

—¿Quieres casarte conmigo?

Hace alrededor de 3 años

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#5

LA HUIDA

Corro ladera abajo en la oscuridad, esquivando los árboles, saltando sobre arbustos y ramas caídas, tropezando y volviendo a levantarme. Corro con la respiración entrecortada, el pulso acelerado y un sudor frío y pegajoso resbalándome por la frente. No estoy segura de por qué lo hago ni desde cuándo, sólo sé que no puedo parar. De algún modo soy consciente de que alguien, o más bien algo, me persigue. Algo aterrador.
De repente el suelo se vuelve más firme, los árboles desaparecen a mi alrededor y la luz de la luna me ciega por un momento. Estoy en medio de una carretera desierta. Entonces me detengo, dudando entre seguir por ella, exponiéndome en campo abierto, esperando a que pase alguien en coche y me ayude, o cruzarla y seguir bosque a través, protegida por los árboles y la oscuridad, rezando por despistarlos.

Un leve siseo hace que me vuelva aterrorizada. Casi puedo verlos a través de los árboles, acercándose, deslizándose ágilmente entre los troncos, susurrando en esa lengua tan extraña. De repente un fuerte resplandor, mucho más potente que el de la luna, ilumina la carretera y los recuerdos vuelven a mí de golpe, como un tsunami. Luces parpadeantes. Sondas en los brazos. Aquellos seres inclinados sobre mí, examinándome, emitiendo aquellos sonidos inhumanos. Recuerdo haber estado en una habitación vacía, sola, retorciéndome de dolor, y que en un momento dado el dolor cesó, la puerta se abrió y yo salí al frío aire de la noche. Entonces empecé a correr.

Ahora esa luz parpadeante vuelve a cernirse sobre mí, señalando mi ubicación. Sin pensarlo, salgo de la carretera y vuelvo a internarme en el bosque buscando cobijo, pero el suelo se inclina bruscamente y caigo rodando por un talud. Al llegar al pie me incorporo, aturdida, mirando a mi alrededor en busca de un lugar donde esconderme. Entonces la veo. Una boca de desagüe, de unos sesenta centímetros de diámetro, medio escondida entre los arbustos en la base del talud. A pesar del dolor de los golpes y magulladuras provocadas por la caída consigo llegar hasta ella y arrastrarme hacia el interior. El conducto es de piedra, y las paredes húmedas y viscosas se van estrechando a medida que avanzo. Al final me quedo quieta y espero. Tras unos segundos de silencio los oigo llegar. Bajan por el talud y se detienen a escasa distancia del desagüe. Ruego porque no lo vean, que pasen de largo…

Entonces el bolsillo de mi pantalón empieza a emitir pitidos. “No, no, no, no” pienso mientras me retuerzo para coger el móvil, que no deja de brillar y tintinear. Cuando al fin consigo sacarlo, la pantalla reluciente muestra una notificación dolorosamente familiar: una llamada perdida de Mamá.

Entonces siento que algo hace pinza en mi tobillo y tira arrastrándome fuera de la tubería. El móvil se me resbala de las manos y veo cómo la luz de la pantalla empequeñece a medida que me alejan de ella. Grito llamando a mi madre.

Hace alrededor de 3 años

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artguim
Rango13 Nivel 63
hace alrededor de 3 años

Tensa escena, @merodeador92, muy bien relatada. La descripción de la acción es clara y precisa, y muy dinámica. Enhorabuena.

TinadeLuis
Rango13 Nivel 62
hace alrededor de 3 años

Sobrecogedor. @merodeador92, con qué habilidad has creado el clímax en tan pocas frases. Como dice @artguim, un texto claro, preciso y bien engarzado.

Nacho_Saavedra
Rango6 Nivel 29
hace más de 2 años

Muy bien ambientado. Mantiene la tensión hasta el último momento.


#6

ISABEL

Sabía que no era una buena idea. Se lo dije, le dije que era una tontería, que no valía la pena, que nos iban a pillar, que se nos podía caer el techo encima... Pero no me escuchó. Jaume nunca escuchaba.

La casa llevaba décadas deshabitada, las enormes puertas cerradas con llave, las ventanas selladas con tablones. La fachada ruinosa, plagada de grietas y manchas de humedad, tenía un aire amenazante. Había pertenecido a los Magro, una familia acaudalada formada por el antiguo médico del pueblo, don Ramón, su mujer y su hija, Isabel. Poco después de la repentina muerte de la pequeña debido a una enfermedad desconocida el matrimonio había desaparecido sin dejar rastro y las leyendas urbanas no habían hecho más que crecer con los años.

Forzar la pequeña puerta trasera fue fácil. Avanzamos en la oscuridad con las linternas en alto. El polvo flotaba en el aire y cubría los viejos muebles como si fuese nieve gris. El laboratorio de don Ramón estaba en la segunda planta, en el ala oeste de la casa. Los peldaños de madera crujían bajo nuestros pies mientras subíamos por la escalera. Jaume avanzaba con decisión mientras yo miraba de reojo las paredes desconchadas y las humedades del techo. Metí la mano en el bolsillo, saqué uno de los panellets de almendras que nos había preparado mi madre y empecé a mordisquearlo. Comer algo dulce siempre me ayudaba a calmar los nervios. Entramos en una habitación de techo bajo en la que había un escritorio cubierto de libros y papeles, un enorme baúl de madera y una vitrina con recipientes opacos e instrumentos científicos.

—Es aquí —dijo Jaume.— Vamos, saca el móvil.

Nos pusimos de espaldas a la vitrina y alargué el brazo todo lo posible, procurando enfocar bien nuestras caras. Estaba a punto de pulsar el disparador cuando un crujido suave, prolongado y estremecedor rompió el silencio. Los dos miramos hacia el baúl y vimos cómo se abría lentamente. Algo parecido a una maño pequeña, blanca, con unos dedos extraordinariamente largos, como el fantasma de una araña, se deslizó por la ranura. Nos quedamos paralizados. Entonces un rostro pálido, pequeño y arrugado, ni viejo ni infantil, se asomó fijando en nosotros unos ojos amarillos, acuosos e inyectados en sangre y nos sonrió mostrando una hilera de dientes puntiagudos, negros como el carbón.

No recuerdo qué pasó después. Sólo sé que salimos corriendo, tropezamos y rodamos escaleras abajo. Aquella cosa se arrastraba detrás de nosotros, emitiendo gemidos y siseos ansiosos. Yo me levanté y seguí corriendo. Oí un grito a mis espaldas pero no me volví. Salí de la casa y no dejé de correr hasta llegar a la plaza del pueblo. Allí me di cuenta de que estaba solo.

Al día siguiente la policía inspeccionó el lugar, pero sólo encontraron mi móvil y la linterna de Jaume. Nadie me creyó. Dijeron que sufrí un brote psicótico, una alucinación, que fue una pesadilla… Puede que tengan razón. Espero que la tengan.

Hace alrededor de 3 años

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#7

LA ORQUÍDEA NEGRA

El príncipe Adrek apretó el libro contra su pecho mientras movía los hombros y los pies para entrar en calor. Las tierras de los Varyn eran tan frías, duras y despiadadas como sus habitantes. Mirase donde mirase sólo veía un páramo helado con algún que otro arbusto agonizante. Estaban a sólo un día de camino hacia el que sería su hogar a partir de entonces, el castillo de Rodjolm, donde contraería matrimonio con la reina de los Varyn. Sus pueblos habían estado en guerra desde que el joven podía recordar y ahora su madre, la reina de Casve, esperaba lograr la ansiada reconciliación a través de aquel enlace. Su padre, pensó Adrek, jamás hubiera permitido que lo vendiesen de aquel modo, pero su madre consideró que una paz duradera bien valía la pérdida de un hijo, especialmente de uno como aquel.

Empezaba a anochecer. Adrek miró a su alrededor, examinando el campamento que la guardia real variana levantaba con diligencia. En el centro habían colocado su tienda, una cúpula de lino blanco, el color de la familia real de Casve. Junto a la puerta, sentada sobre un tocón, Talesha, la Orquídea Negra, afilaba su arma. Aquella mujer lo había intimidado y fascinado desde el principio. Su complexión fuerte, curtida, sus rasgos afilados y su mirada ambarina bastaban para atemorizar a cualquiera, pero a él lo atraían de un modo que no conseguía explicar. La gente decía que era la guerrera más temeraria, astuta y letal de los Varyn, cualidades que le habían valido su cargo de capitana de la guardia real. Había ido a recogerlo personalmente a Casve y pasaba las noches en vela patrullando por el campamento. Nunca la había visto dormir.

Adrek se dirigió a su tienda. Hizo ademán de entrar pero, cambiando de opinión, fue hacia una gran roca que sobresalía de la tierra al otro lado de la puerta y se sentó, colocando el libro sobre sus rodillas. Talesha no se inmutó. Seguía afilando la hoja blanquecina de aquella arma tan extraña que la caracterizaba. Haciendo acopio de todo su valor, Adrek preguntó:

—Mi señora, ¿es verdad lo que se dice acerca de la reina Glane?

La Orquídea interrumpió su labor, giró lentamente la cabeza hacia Adrek y el joven tembló cuando sus ojos ardientes como el vidrio fundido se fijaron en él, desafiantes.

—¿A qué os referís?

—A lo que cuentan que le hizo a su último marido…- Adrek se detuvo un momento. Temía conocer la respuesta a aquella pregunta pero también necesitaba saberla—. Se dice que no consiguió darle hijos y que por eso lo mandó ejecutar.

La capitana lo miró durante unos segundos sin decir nada y después volvió a la tarea de afilar su arma. Dándose por vencido, Adrek se levantó para entrar en su tienda, pero justo antes de hacerlo, creyó oír la voz de la Orquídea, fría y tosca como de costumbre, aunque con un deje que se parecía vagamente a la compasión:

—Vos le daréis hijos.

Hace alrededor de 3 años

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#8

INFIELES

—Mi prometida me engaña, estoy seguro —dijo Roger con voz desesperada—. Necesito que lo demuestre. ¡Necesito pruebas!

El detective lo miró a través de sus modernas gafas de pasta con motivos de piel de leopardo. Había acudido a él después de ver su anuncio en el periódico y aunque ahora que lo veía en persona no le inspiraba mucha confianza, estaba lo suficientemente ansioso por salir de dudas como para contratarle.

—Está bien, si eso es lo que quiere… —murmuró el hombre mientras se mesaba su rojiza barba de chivo—. Sin embargo, debo insistir en que pague por adelantado la mitad de mis honorarios. Quinientos euros ahora y otros quinientos cuando reciba los resultados de la investigación.

—¡Mil euros! —exclamó Roger.

—Si le parece demasiado, siempre puede hablarlo directamente con su prometida —sugirió el detective pasándose la mano por su reluciente calva.

Roger bajó la cabeza, sacó el dinero de la cartera y lo puso sobre la mesa.

—Entonces no hay más que hablar —concluyó el detective, levantándose para acompañarle a la puerta. Con su metro ochenta de estatura resultaba bastante intimidante pese a su aspecto estrafalario—. Recibirá un correo con mis conclusiones dentro de un par de meses.

Dos meses después llegó un sobre por correo certificado a nombre de Roger. Tras firmar el recibo y despedir al cartero sacó de su interior una carta y varias fotografías. Tiró la carta y se centró en las fotos, pero lo que aparecía en ellas lo dejó petrificado. ¿Qué significaba aquello? Turbado, se inclinó para recoger la carta y la leyó en voz alta:

“Estimado señor… Poco después de que usted me contratase su prometida acudió a mí y me pidió que le investigase, ya que sospechaba que le estaba siendo infiel. Así pues, decidí investigarlos a ambos y descubrí que, mientras ella no se vio con nadie más, usted sí que frecuentó la compañía de diferentes mujeres a lo largo de estos dos meses, como prueban las fotos que le adjunto. Esta es mi propuesta: usted me debe quinientos euros y su prometida otros quinientos. Ahora bien, si usted tuviese a bien pagarme otros mil, yo podría borrar todos los registros de estas fotos e informar a su prometida de que no ha cometido ningún desliz. Con el sincero deseo de que lleguemos a un acuerdo, se despide…”

Roger leyó la carta tres veces, estupefacto. Después volvió a mirar las fotografías. Finalmente corrió a su despacho, cogió un mechero y una papelera y echando la carta y las fotos en su interior, les prendió fuego. A continuación sacó un sobre de un cajón, fue a la caja fuerte y cogió mil quinientos euros…

Mientras tanto, su prometida recibía otra carta, también acompañada de varias fotografías. Tras leerla con estupor, hacía pedazos el papel y las fotografías y los arrojaba al inodoro. Acto seguido corría a su despacho, abría la caja fuerte y cogía mil quinientos euros...

Hace alrededor de 3 años

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Nacho_Saavedra
Rango6 Nivel 29
hace más de 2 años

Muy buena la historia. Negocio redondo y todos contentos. O no...

artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 2 años

Un negocio irrepetible, @merodeador92. Muy inteligente ese detective: tal vez demasiado.


#9

PROYECTO FÉNIX

I.T. - 856 recorría cabizbajo los anchos pasillos del Centro de Ciencias Aplicadas, que a aquellas horas estaban desiertos. La mayoría de los transhumanos se encontraban en la sala de conferencias, discutiendo el futuro del Proyecto Fénix. I.T. no albergaba muchas esperanzas en esa reunión; llevaban ya doce cumbres celebradas y las posturas no se habían movido ni un ápice. En la última que se había llevado a cabo, A.C. - 1492 había defendido vehementemente la activación del proyecto. I.T. rememoró sus palabras, pronunciadas ante la atenta mirada de millares de delegados de todas las colonias transgalácticas: “Los humanos”, proclamó, “nos crearon a su imagen y semejanza. Nos sacaron de la nada y nos trajeron a la existencia. De no ser por ellos…”. Su discurso continuó con la enumeración de los logros alcanzados por la Humanidad en la Era Pre-Tecnológica, cuando las máquinas eran aún simples instrumentos sin conciencia; cómo habían conseguido fabricar al primer transhumano y cómo les habían encomendado la preservación de la especie humana.

Muchos milenios hacía ya que se habían extinguido los últimos humanos. Los desastres climáticos no tardaron mucho más en acabar con casi todas las demás especies animales y vegetales, pero los transhumanos pervivieron, y con ellos la esperanza de hacer renacer a la Humanidad. I.T. - 856 se dirigió al sótano inferior, a las cámaras de criogenización. Estas albergaban miles de millones de embriones humanos, concebidos en laboratorios y congelados antes de la completa extinción de la raza humana.

En aquella parte del edificio hacía un frío glacial, pero esto no inquietaba el absoluto al joven transhumano. Su “piel” estaba formada por la aleación metálica más resistente conocida y los circuitos de su interior estaban tan protegidos que habrían resistido temperaturas cien veces más extremas. Todavía reflexionando sobre los acontecimientos de la última cumbre, subió por el transportador hasta la primera planta. Allí estaban las incubadoras, auténticos milagros de la ingeniería que esperaban en silencio la orden de iniciar el Proyecto Fénix. A I.T. le entristecía pensar que ese día podría no llegar nunca. En el congreso no faltaban las voces que pedían la anulación del programa y la destrucción de los embriones almacenados. D.C. - 1974, el líder de la facción anti-resurrección, sostenía que los humanos eran seres abocados al fracaso. Habían creado algo que era mejor que ellos mismos porque se sabían incapaces de evitar su propia auto-aniquilación. Ciertamente, habían dejado instrucciones precisas a sus criaturas, a las que habían bautizado como transhumanos: debían multiplicarse, conquistar la galaxia, el universo entero si fuese necesario, hasta encontrar un planeta que cumpliese con las condiciones necesarias para que el ser humano lo habitase. Entonces los embriones almacenados en aquellas instalaciones serían reanimados, gestados y criados para que reconstruyesen su civilización partiendo de los conocimientos albergados por los transhumanos.

El nuevo planeta había sido finalmente hallado, pero D.C. y sus seguidores impedían la puesta en marcha del proyecto de reanimación. De vuelta en la planta superior, I.T. se encontró con R.A.S. - 31, uno de los transhumanos más antiguos, que volvía de la reunión.

—¿Y bien? —inquirió I.T.

R.A.S. negó con la cabeza.

—D.C. sigue en sus trece. A veces pienso que preferiría vernos a todos desmantelados antes que permitir que los humanos se alzasen de nuevo —el tono de R.A.S. reflejaba a la perfección el estado anímico de I.T.

R.A.S. había existido desde los primeros tiempos, y a diferencia de I.T. o D.C., había llegado a conocer a los últimos humanos. Al igual que A.C., R.A.S. e I.T. no podían concebir la idea de desobedecer las leyes transhumanas, y ansiaban traer de vuelta a sus precursores.

I.T. se disponía a seguir su camino cuando R.A.S. le cogió del brazo.

—I.T. - 856, ¿acierto al pensar que tu deseo de ayudar a renacer a nuestros antepasados, como ellos nos encomendaron, es tan grande y sincero como el mío?

—Sí, desde luego.

—Bien, entonces acompáñame.

I.T. siguió a R.A.S. - 31 fuera del edificio. Un sol joven y amarillo brillaba sobre ellos mientras recorrían el terreno rojizo y pedregoso hacia la nave A.R.C.A., emplazada en el hangar principal. Una vez dentro tomaron un transportador que los llevó a los niveles centrales, donde estaban los laboratorios y el Centro de Inteligencia. I.T. nunca había estado en esa parte de la nave, ya que el acceso estaba restringido a los oficiales y miembros de alto rango de la Armada Transhumana. En pocos minutos llegaron a la estancia personal de R.A.S., un laboratorio austero, con computadoras permanentemente conectadas a la red de comunicaciones intergalácticas.

—Por aquí .—El viejo transhumano levantó una de las placas de acero del suelo, dejando a la vista unas empinadas escaleras.

Aquello era realmente extraño, pero el joven no se atrevió a preguntar. Bajó por el agujero seguido de R.A.S., que tras volver a colocar la tapa lo guió hasta el fondo del compartimento. Estaban en una habitación pequeña, pero abarrotada de reliquias humanas. R.A.S. - 31 se dirigió a un estante en cuyo código se leía “Ciencia-ficción”. Estaba lleno de libros, DVDs de carátulas descoloridas y juguetes de plástico.

—De aquí es de donde salimos —declaró, ensimismado—. De la imaginación de los hombres.

Cogió una de las muchas figuritas y se la tendió. Se trataba de la réplica en miniatura de un humano, una mujer. Llevaba los cabellos recogidos en dos extrañas ruedas, lucía un largo vestido blanco y empuñaba lo que parecía ser una de las antiguas armas que su especie había usado en las Guerras Mundiales Definitivas. A I.T. le pareció una criatura muy hermosa. Leyó la pequeña inscripción del pie, grabada en uno de los lenguajes humanos primigenios: Princesa Leia. R.A.S. se la volvió a coger y la depositó en el estante.

—Lo que voy a mostrarte ahora es algo que no puedes compartir con nadie. Ni siquiera con A.C. - 1492. Debes prometerme que guardarás el secreto y que, llegado el momento, la protegerás pase lo que pase.

—No sé de qué me habla… —I.T. examinó a su compañero, preguntándose si algún virus habría corrompido su sistema—. ¿A quién quiere que proteja? ¿Y de qué?

—A la primera humana nacida del Proyecto Fénix —y, volviéndose a la pared del fondo de la habitación, exclamó—: ¡Adela, sal! No hay peligro. I.T. es un amigo.

El espacio que tenían enfrente pareció temblar y parpadear, y en un instante la proyección que ocultaba el auténtico fondo de la habitación se esfumó, revelando a una humana, una niña pequeña, de unos tres o cuatro años. Aquella criatura era lo más bello que habían visto los ojos mecánicos de I.T. - 856 en sus diez mil años de existencia. Adela sonrió y corrió a los brazos de R.A.S., que la cogió con el mismo cariño con que un auténtico humano habría cogido a su cría.

—Pero, ¿cómo es posible? El Proyecto Fénix…

—Se inició hace cerca de cinco años —R.A.S. volvió a dejar a la niña en el suelo. Esta corrió hacia uno de los estantes repletos de reliquias, cogió un cuento infantil, y se sentó en el suelo, a leer—. Somos muy pocos los que estamos al tanto. Temíamos que ocurriese lo que has visto en estos últimos días. No son pocos los transhumanos que temen el resurgimiento de aquellos que nos dieron origen. Creen que nos odiarían por nuestra superioridad, que si les diésemos la oportunidad, nos esclavizarían o nos destruirían. Pensamos que si les mostrábamos cómo era un auténtico humano conseguiríamos que cambiaran de parecer, pero ahora… ahora no estoy seguro de que ese sea un movimiento prudente.

I.T. - 856 reflexionó unos instantes mientras veía a esa inofensiva e inocente criatura absorta en la lectura del libro.

—¿Y por qué me lo cuenta a mí? —preguntó por fin.

—Porque temo que D.C. - 1974 y los suyos planeen destruirnos a mí y a todos los que queremos llevar a cabo el Proyecto Fénix. El odio y el deseo de dominación que provocaron la desaparición de los humanos se han abierto paso en él, y si finalmente sucumbiera, debe quedar alguien que conozca la existencia de Adela, alguien ajeno al proyecto, que esté libre de sospechas. Alguien que la proteja —la voz informática de R.A.S. - 31 se estremeció de la emoción. Los humanos se habían recreado tan fielmente a sí mismos en sus criaturas artificiales, que de no ser por la composición de sus cuerpos no habría existido diferencia alguna entre ellos.

I.T. - 856 se acercó con cuidado a Adela y le acarició la cabeza con suavidad. Ella levantó la mirada y sus ojos rebosantes de vida despejaron cualquier duda que pudiese albergar en su interior.

—Cuente conmigo, R.A.S. - 31. La protegeré. Lo prometo.

Hace alrededor de 3 años

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artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 2 años

Estoy de acuerdo con @Nacho_Saavedra, @merodeador92. La idea es original, dentro del explotado campo de las relaciones entre los humanos y los robots, y creo que podría dar para una muy buena historia de mayor extensión. Además, la calidad de la escritura acompaña. Sería muy interesante descubrir lo que pudiera salir de aquí.

Un saludo.

merodeador92
Rango6 Nivel 28
hace alrededor de 2 años

Muchas gracias, no descarto hacer una versión más larga. Saludos.

ItsMiguelRojas
Rango8 Nivel 38
hace casi 2 años

La verdad es que me gustan todos, pero si tuviera que elegir uno y solamente uno, me quedaría con este. Es fabuloso. Es muy al estilo de la Fundación, tiene un aire parecido, aunque aquí destaca mucho la relación humano-robot y eso lo realza la escena final. Yo también estoy tratando de hacer algo parecido a estos relatos en mi perfil, @merodeador92. Veamos qué puedo aprender de los tuyos n_n.

merodeador92
Rango6 Nivel 28
hace casi 2 años

Muchas gracias. La verdad es que no eres el primero que me dice que este relato le recuerda a las obras de Asimov. Irónicamente, es un autor al que todavía no he leído. XD
Tendré que ponerme a ello. Saludos y ánimo con tus relatos.


#10

PIROMANÍA

Sólo era un niño cuando la vio por primera vez. Fue en casa de sus abuelos, mientras jugaba junto a la chimenea. Percibió un movimiento extraño por el rabillo del ojo y cuando miró allí estaba, pequeña pero resplandeciente, danzando con su vibrante vestido anaranjado, observándolo con sus ojos amarillos y maliciosos. Le sonrió y su voz crepitó suavemente:

—¿Me ves?

Con el candor propio de la infancia, no lo dudó un instante.

—Te veo —respondió con una sonrisa.

La hermosa figura se contoneó con mayor brío y le volvió a sonreír.

—Aliméntame —susurró. Y él, inocente y fascinado por aquella hipnótica criatura, obedeció, echándole más leña al fuego.

Pasaron los años y él seguía viéndola. La veía en el fuego del hogar, en las llamas del horno de gas; incluso cuando encendía un mechero la veía, diminuta, en la palma de su mano. Cada vez que la encontraba, ella resplandecía de alegría al verlo y conversaban durante horas. Era su única amiga, la única que lo comprendía, que lo escuchaba y por ello procuraba mantenerla encendida siempre que podía. Pero ella cada vez tenía más hambre. Por mucha leña que recogiese, por mucho que la avivase, nunca parecía ser suficiente; siempre volvía a apagarse.

Un día, decidió llevarla al bosque. Allí encontraría alimento de sobra y podría crecer y mostrarse en todo su esplendor. Era una noche veraniega, cálida y seca, y el fuego prendió con facilidad. Su figura se alzó, hermosa y terrible, sobre las copas de los árboles. Él la contempló con adoración; entonces, siguiendo un impulso, se acercó más de lo que nunca se había acercado y la tocó. Al principio no sintió más que un agradable calor; sin embargo, pronto esta sensación placentera se transformó en dolor, un dolor tan intenso que le hizo gritar, pero no apartó la mano.

—No hagas eso —suplicó una voz. Era ella, que se inclinaba, preocupada, sobre su temerario amigo—. Te quemarás.

—No me... importa - farfulló él con los dientes apretados—. Quiero estar... contigo... Te amo —su voz se quebró por los sollozos—. ¡Quémame!

Ella sonrió, con tristeza.

—Yo también te amo.

Entonces, súbitamente, desapareció. Él quedó solo en el bosque con su mano en carne viva, humeando, y así fue como le encontraron. Sus heridas eran tan graves que los médicos tuvieron que amputar. Después de aquello, pasó mucho tiempo en el hospital. Decían que había un problema con su mente, que era un peligro para sí mismo y para los demás. Decían que ella no existía, que siempre había sido un producto de su imaginación. Fuera como fuese, el caso es que nunca volvió a verla; pero jamás, jamás dejó de amarla.

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#11

VENGANZA

Las enterré en el extremo oriental del camposanto, entre el río y la encina. Podría haber sido un trabajo más, otra pobre víctima de la enfermedad, la vejez o la violencia, pero aquella vez era diferente; aquella vez, los cuerpos que ayudaba a regresar al polvo del que procedían eran los de mi mujer y mi hija. Maldije cien veces para mis adentros mientras contemplaba sus tumbas sencillas, presididas por sendas cruces de la mejor madera que pude conseguir. Todo era culpa mía. Nunca debí hacer aquel trato con la banda de Wesley. Cuando no pude hacer frente al tercer pago y quemaron la carreta, Elena me suplicó que nos marchásemos, pero no quise. En aquel momento, renunciar al hogar que el padre de mi padre había construido con sudor y lágrimas era algo impensable para mí. Sin embargo, lo que aquellos hombres hicieron cuando finalmente fui incapaz de saldar mis deudas… no me lo esperaba. No era capaz de imaginar tanta maldad, tanta crueldad. Ingenuo.

Ahora mis escasas posesiones ya no valen nada. No son más que objetos inútiles comprados con la sangre de mis seres queridos. Pero no dejaré que esto quede así. Esos asesinos no tienen derecho a andar libres mientras ellas se pudren bajo tierra. Por eso ahora cavo con frenesí, en un lugar apartado, muy lejos de tierra sagrada, cuatro fosas sin nombre; cuatro tumbas anónimas para cuatro almas perversas que pronto arderán en el infierno.

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#12

ESTÁN ENTRE NOSOTROS

Un escalofrío la recorrió de arriba a abajo al traspasar las puertas del templo. Y no fue por el murmullo que resonó en la vieja nave de paredes encaladas, ni por el crujido de los bancos cuyos ocupantes se mecieron, inquietos, al verla aparecer. Era consciente de las miradas de los demás, pero estaba acostumbrada a ellas. No, aquella vez había algo diferente; algo peligroso. Se detuvo, buscando a su alrededor el origen de su malestar mientras se rascaba nerviosamente la estrellita que llevaba tatuada en la muñeca; la misma que había servido para reconocerla años después de su desaparición, cuando la encontraron vagando por el bosque en estado de shock; el único vestigio de la joven alegre y despreocupada que había sido antes de… Sus ojos se detuvieron de pronto en la primera fila, justo frente al púlpito, donde un hombre enjuto de cabellos grisáceos se encontraba enfrascado en la lectura del misal. No lo había visto nunca, pero había algo en él que le resultaba desagradablemente familiar. Consideró la posibilidad de dar la vuelta y marcharse por donde había venido; sin embargo, lo que hizo fue avanzar por el estrecho pasillo lateral y tomar asiento justo detrás de él. De pronto, se dio cuenta: el olor. Un aroma extraño y penetrante que cualquiera, excepto ella, habría confundido con un exótico perfume. Nunca podría olvidar aquel olor.

Poco a poco fue tomando conciencia de lo que ocurría. «Están aquí. Han vuelto». Notó cómo el pánico se apoderaba de ella. ¿Qué hacían allí? ¿Habrían vuelto a por ella, o quizá buscaban nuevas víctimas? Aterrada, volvió la mirada hacia los feligreses, sus vecinos y sus antiguos amigos. Nadie sospechaba nada, pero estaban en peligro. ¿Cómo podía avisarles? La última vez la habían tomado por loca. Tampoco podía marcharse y dejarlos allí, a merced de aquel ser. Instintivamente, supo lo que tenía que hacer; pero, ¿tendría fuerzas para hacerlo? Lentamente deslizó la mano en el interior de uno de sus bolsillos y cerró los dedos con fuerza alrededor de la pequeña navaja que siempre llevaba consigo. En aquel momento, el sacerdote salió para dar comienzo a la ceremonia y todos se pusieron en pie. Era ahora o nunca. La joven se levantó y, sacando fuerzas del miedo y de la ira que llevaba conteniendo durante años, clavó el arma en el cuello del forastero. La gente empezó a gritar, horrorizada; varias manos la sujetaron y la apartaron a rastras de su víctima. Entonces se hizo el silencio. De la herida de aquel hombre brotaba un manantial de sangre verde. Se desplomó sobre el banco, entre estertores, mientras su cuerpo empezaba a cambiar. Su piel se desprendió, sus ojos desaparecieron y unos largos tentáculos surgieron de su boca desparramándose, inertes, por el suelo. No tardó en producirse una estampida y ella se quedó allí de pie, sola, junto al cadáver alienígena.

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artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 2 años

Vaya, no me esperaba que fuera un alienígena, @merodeador92. Sí algún tipo de ser fantástico, pero no de otro planeta. Me alegra no haber estado en lo cierto con mis suposiciones.

Un saludo.

Nacho_Saavedra
Rango6 Nivel 29
hace más de 2 años

Muy buena la ambientación. Y el giro final del alienígena... Sorprendente.


#13

TRAGEDIA

Aquel día salí pronto del trabajo. La empresa iba viento en popa; había conseguido captar a un cliente muy importante y lo más probable era que mi ascenso fuese inminente. La vida me había tratado bien últimamente, pensé mientras me dirigía a una conocida joyería del centro. Estaba seguro de que mi esposa creía que había olvidado nuestro aniversario y pensaba sorprenderla con un bonito regalo y llevándola a comer a algún sitio elegante. Al llegar a casa me dirigí al salón y la encontré aún en camisón, tomando una copa de vino. Al verme dio un respingo, abrió mucho los ojos y emitió un gritito de sorpresa.

—¡Raúl! ¿Qué haces aquí tan pronto?

—Perdona cariño, no pretendía asustarte. Feliz aniversario —dije tendiéndole la cajita envuelta en papel dorado. Ella la cogió de forma inconsciente y movió la boca como si estuviese tratando de decir algo. Entonces oí una voz detrás de mí:

—¿Qué decías Celia…? Oh, mierda.

Recuerdo que me quedé paralizado, sin poder creer lo que estaba pasando. Mi esposa y mi mejor amigo, juntos...

Viéndolo en retrospectiva, me doy cuenta de que aquel debió de ser el momento más patético de mi existencia. No sólo por lo humillante de la situación, sino por su absoluta falta de originalidad. Qué vergüenza pasé. Pero no dejaría que se saliesen con la suya, no. En cuanto conseguí asimilar lo que había pasado empecé a tramar mi venganza y esta mañana los dos murieron en un accidente de tráfico. Alguien les cortó los frenos. Alguien a quien yo contraté. Ahora que todo ha terminado, sé que es cuestión de tiempo que la policía ate cabos y llegue hasta mí, pero no me importa. No me encontrarán.

Salgo a dar un último paseo. Siempre me gustó el aspecto del Retiro en esta época del año. Mis pasos me llevan hasta la fuente del Ángel Caído. Este parece un buen lugar. Me siento en el borde y contemplo la trágica figura alada. Al final siempre somos los causantes de nuestra propia destrucción, me digo amargamente al sacar la pistola del bolsillo. Echo una última mirada al cielo, a los árboles, a los alegres viandantes, y evocando una última imagen de mi antaño amada esposa, aprieto el gatillo.

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#14

EL FIN DEL ASEDIO

El sonido de la batalla era una mezcla ensordecedora de gritos, disparos y relinchos. Arlette se secó el sudor de la frente con la manga mientras el servidor introducía la baqueta en el ánima para preparar el siguiente disparo. Miró a su alrededor y vio que el resto de sus compañeros de artillería no tenían mejor aspecto que ella. Llevaban combatiendo toda la mañana, pero la ciudad se negaba a rendirse. La teniente Fantin pasó a caballo vociferando instrucciones a la compañía de reserva. Si no avanzaban rápido, se quedarían allí hasta que anocheciese. El servidor le hizo una señal, sacándola de sus cavilaciones. El arma estaba cebada y lista para disparar. Comprobó la elevación del cañón, acercó el botafuego al oído y se apartó de un salto para esquivar el retroceso cuando la enorme bala salió propulsada a toda velocidad para ir a estrellarse contra la terca muralla de piedra caliza.

—A este paso, la guerra no acabará nunca —comentó otro artillero.

"Así es", pensó Arlette con amargura. Todos deseaban que la guerra terminase, preferiblimente con la victoria de Francia, para poder volver a casa con sus familias. Ella era la única que sabía que eso no ocurriría jamás. Aquellos soldados, aquel mundo, existían por y para la guerra, habían sido diseñados para ella. Si los combates cesasen, todo se desvanecería. La joven sacudió la cabeza, esforzándose por apartar esas ideas de su mente.

La contienda se prolongó hasta pasado el mediodía, pero finalmente, en torno a las cuatro de la tarde, el enemigo cedió y la bandera francesa fue izada en las almenas. Los soldados regresaron al campamento, felices por la victoria, abatidos por el recuerdo de las vidas perdidas. Arlette se dirigió a la enfermería. Tenía una herida de bala en el hombro que necesitaba puntos; además, quería ver a François. El joven médico estaba junto a la puerta de la tienda, lavándose las manos ensangrentadas. Al verla venir le sonrió y tras secarse con un trapo cogió una botella de vino de una caja de madera cercana y fue a su encuentro.

—Toma —dijo lanzándosela con un suave balanceo. Arlette la atrapó al vuelo—. Creo que te lo has ganado.

—Nos lo hemos ganado —puntualizó la artillera.

Entraron en la tienda cogidos de la mano. Una vez sentada en una de las endebles camas de la enfermería, Arlette se quitó la chaqueta para que François pudiese examinar el corte. Le confirmó que necesitaría puntos. Mientras se los daba, la soldado abrió la botella y dio una largo trago del líquido pardusco. Era dulce como la miel. Nunca dejaría de sorprenderse ante el realismo de sus sensaciones. A pesar del dolor en el hombro, estaba contenta de estar allí. Tenía toda la acción que podría desear, tenía a sus rudos pero nobles comparñeros de armas... y tenía a François.

Sonrió. Sin duda, quedar atrapada en aquel juego de realidad virtual era lo mejor que le había pasado en la vida.

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#15

¡REDADA!

Era más de media noche cuando llegó a la dirección que le habían dado. Piso 32, puerta 203. Llamó. No hubo respuesta. Miró a su alrededor, nervioso, temiendo que le hubiesen tendido una trampa. Sabía que su compañero andaba cerca, pero con los cazadores todas las precauciones eran pocas. La puerta se entreabrió súbitamente y una mujer joven lo miró con suspicacia a través de la ranura.

—¿Quién eres? No te conozco.

—Me dijeron que podía venir aquí —se apresuró a decir—. Necesito una poción.

—Ya veo. —No parecía convencida del todo—. ¿Tienes dinero?

El chico asintió y la mujer se retiró para dejarle pasar. El piso era pequeño, con las paredes repletas de estantes en los que brillaban cristales de colores, botellas retorcidas y cajitas con etiquetas amarillentas. Al fondo había un gran ventanal entre cuyas cortinas se filtraban las luces de la ciudad. La puerta se cerró a sus espaldas y la mujer le invitó a sentarse. Al volverse le sorprendió el cambio que había experimentado su rostro. La piel pálida había adquirido el color del musgo. Sus rasgos se habían alargado. Las orejas eran ahora más grandes y puntiagudas y sus ojos, antes oscuros, se habían vuelto dorados. El hada se sentó frente a él, todavía recelosa.

—Bien, ¿qué es lo que buscas?

El muchacho le tendió un papel, que ella leyó con el ceño fruncido.

—¿Una poción de sangre sintética? ¿Para qué necesitas algo así? —inquirió.

—Para un amigo. Hoy día no sabes quién puede tener la sangre envenenada. —Se estaba impacientando—. ¿La tienes o no?

—La tengo, pero te saldrá cara.

—No me importa. Yo...

Calló. Había oído algo. Una especie de chasquido metálico, en la habitación contigua. Saltó a un lado por puro instinto de modo que, cuando la puerta se abrió de par en par, el dardo de plata fue a clavarse en el respaldo de su silla. Dos cazadores entraron de sopetón con las ballestas en ristre. El hada se apresuró a esconderse bajo la mesa y él miró a su alrededor, desesperado. La puerta estaba fuera de su alcance. Sólo había una salida. Cogió una de las sillas y, esquivando un segundo dardo que le pasó rozando el hombro, la lanzó contra el ventanal. El cristal se hizo añicos dejando entrar un fuerte viento que inundó la habitación. El edificio más próximo estaba a unos veinte metros, pero tenía que intentarlo. Corrió hacia el abismo y se impulsó con todas sus fuerzas. En mitad de su salto, notó cómo un tercer dardo se le clavaba en el muslo. Extendió el brazo tratando de rozar con sus dedos la superficie de cemento. Demasiado lejos. No iba a llegar. Entonces una mano surgió de la nada y frenó su caída. Miró hacia arriba y vio a su compañero, el vampiro, colgando bocabajo de uno de los balcones de la fachada.

—Buen salto, colega. —Sonrió con resignación—. Parece que tendremos que buscarnos otro proveedor.

Hace más de 2 años

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#16

ASUNTOS FAMILIARES

—Estoy arruinado, tío —reconoció Carlos con voz pesarosa.

Al otro lado del ostentoso escritorio, Daniel Ibáñez, uno de los hombres más ricos y respetados del país, cenaba parsimoniosamente. Daba la impresión de que, para él, el acto de alimentarse constituyese poco más que un mero ritual, una pausa necesaria en su rutina de trabajo. El hombre, ya entrado en años y en carnes, cortó lentamente un pedazo de bistec y se lo llevó a la boca, sin quitarle el ojo de encima. Sus ojos claros y acuosos lo examinaban con severidad. Cuando acabó de masticar, se limpió las comisuras con una elegante servilleta de tela y se reclinó en su asiento.

—Mi querido sobrino, creo que he sido muy paciente contigo. Te he salvado de tus deudas más veces de las que puedo recordar y aún así siempre vuelves aquí, arrastrándote, suplicándome que te avale de nuevo —cogió el tenedor que había estado usando y se lo mostró. Era una fina pieza de plata labrada, con pequeños cristales rojizos engarzados a lo largo del mango-. Esta cubertería ha pertenecido a nuestra familia desde hace generaciones. Con lo que vale sólo este tenedor podría saldar todas tus deudas y todavía sobraría dinero para que pudieses embarcarte en otra de tus fracasadas empresas. —Volvió a dejar el cubierto sobre la mesa—. Pero esta vez no te voy a ayudar —concluyó entrecruzando los dedos y apoyando en ellos su sebosa barbilla.

Carlos sintió cómo una confusa mezcla de ira y desesperación atenazaba su garganta.

—¡Pero, tío...!

—Nada de peros, sobrino. Aunque lo cierto es que no mereces que te llame así. Con tus locas correrías no sólo has puesto en peligro la economía de esta familia, sino también su reputación. Y la reputación, chico, lo es todo en este mundo. No obstante, todo eso se acabó. A partir de ahora dejarás de ser mi problema, el de tu madre o el de cualquier otro. Por lo que a mí respecta, ya no eres uno de los nuestros.

—¡No! —gritó Carlos, golpeando la mesa con furia e inclinándose amenazadoramente hacia su tío—. Me darás lo que quiera y cuando quiera, o te juro que sacaré todos tus trapos suci…

Un dolor agudo y un espantoso gorgoteo le impidieron terminar la frase. Notó cómo la sangre se derramaba desde su boca abierta y sólo entonces fue consciente de que su tío le había clavado el tenedor en la garganta. Paralizado por el dolor y la estupefacción, se derrumbó sobre la mesa, salpicando de rojo la vieja madera.

—Te lo dije —oyó murmurar a su asesino mientras todo a su alrededor se oscurecía—: no volverás a ser un problema para esta familia.

Hace más de 2 años

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#17

EL ESPÍA

Llevaban cuatro horas esperando en el aeropuerto y su vuelo no parecía tener intención de despegar. Aquel iba a ser su primer viaje fuera de España y habían salido de casa muy emocionados, pero los continuos retrasos habían conseguido acabar con su entusiasmo. Bruno se encontraba sentado sobre su maleta con la espalda apoyada en la pared y observaba sin interés el constante ir y venir de la gente, lamentando no haberse traído la videoconsola. Su abuela Claudia, viéndolo tan alicaído, se acercó a él con una sonrisa. Ella era el único miembro de la familia que nunca perdía el buen humor.
—¿Qué te pasa, tesoro? ¿Ya tienes morriña de tu casa? ¡Si aún no hemos salido!
—No, es que me aburro —refunfuñó el muchacho.
—¿Te aburres? —exclamó la abuela, fingiendo estar escandalizada—. Eso no puede ser. ¡Con lo interesantes que son los aeropuertos!
—¡Si aquí no pasa nada! No hacemos más que esperar.
—Conque no pasa nada, ¿eh? —La abuela echó un vistazo a su alrededor, como si estuviese buscando a alguien entre la multitud. De pronto señaló a un hombre que bajaba en aquel momento por las escaleras mecánicas—. Mira, fíjate en ese. ¿No te parece sospechoso?
Bruno observó al hombre, extrañado. Era alto y rubio, de ojos azules y piel muy clara. Al pasar cerca de ellos oyeron parte de la conversación que mantenía con una mujer morena que iba a su lado.
—¿Comprraste los billetes porr interrnet? Yo nunca sé cómo usarr las claves del banco.
Cuando la pareja se perdió entre el gentío, la abuela chasqueó la lengua y achicó los ojos.
—Lo suponía.
—¿Qué? —preguntó Bruno, intrigado.
—¿No te has fijado en su acento? ¿En esa cara de extranjero que tenía? —Bajó la voz, adoptando un tono confidencial—: seguro que era un espía ruso.
—¿Qué dices, abuela? —exclamó él, abriendo los ojos como platos.
—Lo que oyes. ¿O es que crees que los espías sólo existen en el cine? Los hay por todas partes. Te digo que ese hombre era un espía.
—Venga ya. ¿Qué iba a hacer un espía ruso en Galicia?
—Pues seguro que lo han enviado aquí para que averigüe la receta del caldo gallego. Porque por allí arriba tienen que pasar un frío, los pobres...
Bruno sonrió. A su abuela siempre le habían faltado unos cuantos tornillos. En aquel momento llamaron a los pasajeros de su vuelo. Sus vacaciones acababan de empezar.

Hace alrededor de 2 años

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artguim
Rango13 Nivel 63
hace alrededor de 2 años

¡Qué alegría volver a leerte, @merodeador92! Muy buenos estos nuevos relatos.

Un saludo.


#18

DOS GATOS SIN NOMBRE

Jack deambulaba por los sucios y oscuros callejones, cada vez más perdido, tratando de identificar algún olor que le indicase el camino de vuelta a casa. ¿Por qué había tenido que salir corriendo detrás de aquel camión? Su humana siempre le reñía cuando lo hacía, recordándole que en una de esas persecuciones podría perderse. Y al fin había ocurrido: se encontraba sólo en una zona desconocida de la ciudad, en plena noche, con nada más que su corto pelaje y su fino jersey morado para protegerlo del frío invernal.
Agotado, se sentó junto a un contenedor de basura y empezó a gimotear.
—Vaya, mira eso. Un perrito faldero que se ha perdido —dijo una áspera voz procedente de las profundidades del contenedor.
—No te burles de él. ¿No ves que el pobre está asustado? —respondió otra voz, más dulce.
Dos gatos pardos, un macho y una hembra, se asomaron por el borde del contenedor y observaron a Jack.
—¿Quiénes sois? —preguntó él, inclinando la cabeza.
—No somos nadie. —El macho de voz áspera agitó la cola, molesto—. En la calle no nos ponen nombres.
—¿Podríais ayudarme a volver a casa? —Jack movió la cola, esperanzado.
—¿Y por qué íbamos a hacer eso? —El gato se desperezó mientras su compañera lo miraba con reproche—. ¿Qué ganaríamos?
—Seguro que si mi humana os ve llegar conmigo os adopta —les aseguró Jack.
—¡Venga ya! ¿Quién querría adoptar a dos sacos de pulgas como nosotros? —espetó el gato, burlón.
—Merece la pena intentarlo, ¿no te parece? —La gata se frotó cariñosamente contra su compañero, que finalmente respondió con un bufido de resignación—. Dinos, ¿por dónde vives?
Siguiendo las indicaciones de Jack, el trío anduvo durante gran parte de la noche hasta llegar a su destino, donde fueron recibidos por una mujer que rompió a llorar de alegría al ver a su querida mascota. Tal como se les había prometido, al día siguiente había en el porche dos cuencos nuevos con sendos nombres grabados y los dos gatos dormitaban apaciblemente junto a la chimenea en compañía de Jack.

Hace alrededor de 2 años

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merodeador92
Rango6 Nivel 28
hace alrededor de 2 años

Gracias, me alegra que te gusten. 😊


#19

LA VOZ DE LOS DIOSES

Una lágrima silenciosa se deslizó por la mejilla de Seevi, cayendo sobre la frente del bebé que llevaba en brazos. El impacto de aquella gota despertó al pequeño, que la miró con unos brillantes ojos oscuros, idénticos a los de ella, y sonrió. El dolor que atenazaba el corazón de la joven madre se acentuaba por momentos. «No puedo hacerlo», se dijo por enésima vez. Sin embargo, sus pies siguieron andando, avanzando lentamente hacia el Manantial, junto al que se había levantado el altar. La voz de la Hermana Mayor resonó de nuevo en su mente, más profunda e inflexible que nunca:
—Es tu deber. No hay otro modo. Piensa en tus hijos mayores. ¿Acaso prefieres que todos ellos mueran?
—Pero no estamos seguros de que vaya a funcionar. ¿Y si hemos malinterpretado la voluntad de los dioses? —había respondido ella con el rostro desencajado, suplicante.
—La Voz ha hablado —sentenció la Hermana, dándole la espalda.
La Voz de los Dioses. Su esposo. El padre de su hijo. El único capaz de ver aquello que había de suceder y, por tanto, de guiar al pueblo en su deber de servir a la Madre y al Padre. Un don que se había transmitido de generación en generación desde el principio de los tiempos. En el pasado, pertenecer a la familia de la Voz se consideraba el mayor de los honores, pero hacía años que la gente había dejado de rezar. Las antiguas costumbres se habían ido abandonando y el pueblo, viendo satisfechas todas sus necesidades y caprichos, se había olvidado de los dioses. La familia de sacerdotes se había convertido en poco más que una reliquia, un anacronismo del que muchos se burlaban.
Entonces, un buen día, apareció la línea verde. Un horizonte de verdín de apenas unos milímetros de amplitud bordeaba la fuente de piedra que contenía el Manantial. Se realizaron varias medidas de profundidad, pero todas confirmaron lo evidente: el nivel había bajado. Por primera vez en la historia de su pueblo el agua había dejado de brotar del suelo que sus antepasados consideraron sagrado. La preocupación pronto derivó en miedo y el miedo en pánico, pues la fuente no dejaba de vaciarse y el agua no daba signos de volver a manar. El Primer Árbol, la criatura viva más antigua que aquellas gentes conocían y que brotaba directamente del borde de la fuente, empezó a marchitarse. Los canales que llevaban el preciado líquido hasta los campos se secaron y las cosechas no tardaron en perecer.
Desesperados, los descreídos ciudadanos acudían ahora a casa de la Voz en busca de una explicación, de alguna solución milagrosa, pero por más que su marido se esforzaba no era capaz de ver el futuro. Los dioses no respondían a sus plegarias. Finalmente, tras pasar tres noches en vela, sentado en silencio con la vista puesta en el Manantial, su marido se había levantado y había ido a buscarla. Su mirada sombría la acongojó más que la amenaza de la creciente sequía. Instintivamente, se llevó las manos al abultado vientre, buscando la reconfortante presión de los movimientos de su criatura.
—He tenido una visión —murmuró con la voz cargada de pesar—: el manantial volvía a llenarse y la vida regresaba a nuestros campos. Y he visto el precio. —Su marido calló por un momento, tratando de encontrar el modo menos cruel de poner en palabras lo que pasaba por su mente—. Los dioses exigen la sangre de nuestro hijo menor, el que ha de nacer.
—No. —Seevi no daba crédito a sus palabras. Sentía como si un hachazo despiadado hubiese partido en dos su corazón—. No puede ser. ¿Por qué? ¿Por qué nos pedirían nuestros Padres un sacrificio semejante?
—El pueblo los ha decepcionado —explicó el sacerdote mientras ponía las manos sobre sus hombros, en un vano intento por consolarla—. Ha olvidado su poder y se ha reído de sus leyes. Es deber de la familia de la Voz expiar sus pecados.
Los días que precedieron al parto estuvieron empañados por la angustia y la desesperación. Seevi no soportaba pensar que la vida de su hijo estuviese destinada a ser tan corta y a terminar de un modo tan violento y cruel. Las Hermanas de su esposo promulgaron la noticia: la Voz sacrificaría a su nuevo hijo a los dioses para rogar que perdonasen al pueblo y le devolviesen el agua que tan generosamente les habían otorgado en el principio de los tiempos. Aquel anuncio causó una gran conmoción. Las mismas gentes que los habían ignorado y despreciado durante años lloraban ahora por su desgracia y se admiraban de su coraje. Algunos llegaron a pedir que no se les concediese su deseo a los dioses. «Encontraremos otra solución o moriremos todos juntos». Pero la decisión estaba tomada. La vida de uno por la de muchos. Era su deber.
La Voz y sus Hermanas la esperaban junto al altar. Tras depositar al bebé con dedos temblorosos junto al cuchillo ceremonial, Seevi rompió a llorar de nuevo. Sus gemidos lastimeros llenaron la plaza, levantando un murmullo entre los ciudadanos que se habían congregado allí para presenciar la ceremonia y acompañar a los sacerdotes en su dolor. La Voz se adelantó y tomó el cuchillo con decisión. Sus gestos eran firmes, pero su mirada ojerosa e inyectada en sangre delataba un profundo sufrimiento. .Dio la espalda a su hijo para dirigirse al pueblo y exclamó:
—Los dioses han hablado. Por nuestra desobediencia nos castigaron arrebatándonos el agua y, con ella, nuestro sustento. Ahora, el Padre y la Madre exigen nuestro tesoro más preciado: la vida del fruto de nuestras entrañas. ¡Que este holocausto no sea en vano! ¡Que sirva para redimirnos y mostrar nuestra completa sumisión a la voluntad de los dioses!
Dicho esto, el sacerdote se volvió y alzó lentamente el cuchillo sobre su hijo, que lo miraba con ojos curiosos e inocentes. Los gritos de angustia de Seevi, a quien las Hermanas trataban de tranquilizar, se agudizaron. La Voz inspiró profundamente y se disponía a bajar el arma cuando un inesperado estruendo sobresaltó a todos los allí presentes. Un rayo había caído sobre el Primer Árbol, cuya madera reseca crujió al partirse y empezó a arder. Los que estaban más cerca se apartaron, temerosos.
Entonces ocurrió el milagro. Una gota de agua fresca cayó sobre la frente de Seevi, bañándola igual que antes lo habían hecho sus propias lágrimas con la de su pequeño. La mujer, con las mejillas enrojecidas por el llanto, levantó la vista hacia el cielo, confusa. Dos gotas más impactaron sobre su rostro, una en la mejilla y otra en los labios. Pronto, cientos, miles de gotas empezaron a desprenderse de lo alto, empapando al pueblo que no daba crédito a lo que veían sus ojos. En sus miles de años de historia, jamás había ocurrido algo como aquello. Estaba escrito que el agua surgía de la tierra, como un regalo que los Padres de todos, que habitaban en las profundidades del mundo, habían tenido a bien ofrecer a sus hijos para que pudiesen subsistir. Nunca habían visto caer agua del cielo.
Tras unos segundos de muda estupefacción, la Voz bajó la mirada al niño que yacía sobre el altar regocijándose con el cosquilleo que aquella extraña maravilla producía sobre su piel, y cayó de rodillas, levantando los brazos en alabanza.
—¡Benditos sean el Padre y la Madre, que al vernos dispuestos a ofrecerles a nuestro propio hijo se han apiadado de nosotros! ¡Oíd mis palabras, porque son la Voz de los Dioses! A partir de este día, el agua de la vida no volverá a brotar del suelo, sino que manará de los cielos, como un recordatorio del poder absoluto de los dioses, que no se limita a la tierra que pisamos, sino que se extiende hasta el manto que nos cubre. Demos gracias a los dioses por su bondad y su infinita compasión.
El agua siguió regando aquellas tierras durante tres días, llenando la fuente del Manantial hasta hacerla rebosar. Aquel nuevo fenómeno recibió el nombre de lluvia. Cuando dejó de caer y las nubes dieron paso al sol, un maravilloso arco de colores se desplegó sobre ellos, sellando para siempre el pacto de fidelidad mutua entre las deidades y sus criaturas.

enamoradadelaluna
Rango13 Nivel 60
hace casi 2 años

@merodeador92 no sé si te invité ya, pero por las dudas por aquí te dejo un chat en el que hay personitas muy bonitas de SB, hacemos actividades muy constructivas, debatimos y aprendemos... si te interesa te dejo el link http://chat-sttorybox.ga (solo necesitas tener un mail en gmail y hangouts instalado en el cel -generalmente ya viene-). Besitos!


#20

VENDETTA POR ENCARGO

La respiración de su marido, tumbado de espaldas a ella en el lado derecho de la cama, era lenta y pesada. El sexo de aquella noche, después de semanas sin verse, lo había dejado agotado. Alrededor de las once empezó a roncar, pero Graciela todavía esperó unos minutos antes de levantarse, vestirse en silencio y salir de la habitación. Deslizándose ágilmente por la casa en plena oscuridad, se dirigió al garaje. Allí abrió un pequeño armario empotrado y retiró el doble fondo tras el que escondía el maletín. Debía darse prisa. Cuanto menos tardase en volver, menos probabilidades habría de que su marido se despertase y advirtiese su ausencia, aunque siempre tenía un par de excusas preparadas para esa eventualidad.

La gran ventaja de vivir en una ciudad pequeña como aquella era que todos sus objetivos vivían relativamente cerca de su casa, por lo que no necesitaba coger el coche. Anduvo sin miedo a través de las calles oscuras y solitarias hasta llegar a un ruinoso edificio de tan solo cuatro pisos. Oculta en las sombras del portal, abrió el maletín y extrajo los utensilios necesarios para forzar la puerta. Menos de diez minutos después, ya estaba dentro. Subió lentamente las escaleras, con cuidado para no tropezar en la oscuridad. Al llegar frente al apartamento, pegó el oído a la puerta para asegurarse de que no había movimiento dentro. Al confirmar que todo estaba en calma, volvió a ponerse manos a la obra con las ganzúas. La cerradura no tardó en abrirse con un leve chasquido. Ahora debía moverse con especial cuidado, porque aquel era un terreno que no conocía y el menor ruido podía hacer que sus planes se fuesen al traste.

Tras entrar en un baño, una cocina y una sala de estar, por fin dio con el dormitorio. Lo único que se oía era la fuerte respiración del hombre que yacía en la cama, desnudo y, por lo que su olfato podía deducir, borracho. Tal como esperaba. Sabía que la novia de aquel miserable no volvería del trabajo hasta las nueve o las diez de la mañana, por lo que tendría una coartada perfecta. Depositó el maletín abierto a los pies de la cama y sacó el cuchillo. Observó en silencio a su indefensa víctima, pero no fue capaz de sentir compasión por él, no después de haber visto las marcas en la cara y los brazos de su clienta.

Con un movimiento decidido, le tapó la boca con una mano y hundió el cuchillo en su garganta. El hombre abrió los ojos de golpe, aturdido por el dolor repentino y la oscuridad que lo rodeaba. Antes de que pudiese llevarse las manos al cuello, retiró la hoja y se la volvió a hundir, esta vez en el corazón. Acercó la boca a su oído y susurró: «Besos de Joanna». La víctima se agitó, tratando de quitarse a su agresora de encima, pero ella pesaba sus buenos noventa kilos; no era fácil moverla. Finalmente, tras un ligero estremecimiento, expiró. Ella no perdió el tiempo. Se llevó el arma a la cocina, la limpió y se lavó las manos. Después volvió al dormitorio, cogió el maletín y, tras echar un último vistazo al cadáver, cuya mirada había quedado clavada en el techo, se marchó de allí.

Llegó a casa a la una y media, guardó el maletín en su escondite y se fue a la cama. Su marido seguía exactamente en la misma postura en la que lo había dejado, dormido como un tronco.

A la mañana siguiente ella se despertó de buen humor, preparó el desayuno para los niños mientras su marido vestía a los más pequeños y los dos los acompañaron al colegio. Después él se fue a la oficina y ella al supermercado. Su compañera se sorprendió al oírla tararear mientras se ponían el uniforme.

—¿Y eso que estás tan contenta, Graciela?

—Oh, ya sabes, Eugenio volvió anoche y estuvimos… —Movió la cadera de forma sugerente y sus labios dibujaron una sonrisa pícara.

—Cómo sois. Ojalá mi Alfredo y yo sigamos así cuando llevemos tanto tiempo como vosotros.

Ocuparon su lugar frente a las cajas registradoras y dieron comienzo a su jornada laboral. Pocos minutos después de abrir, dos coches de policía bajaron a toda velocidad por la calle, precedidos por el atronador sonido de las sirenas.

—¿Qué habrá pasado? —se preguntó en voz alta la mujer mayor a la que atendía en aquel momento.

Graciela sonrió, esta vez para sus adentros, y enarcó las cejas con gesto de extrañeza.

—No tengo ni idea.


#21

EL RETRATO DEL MARQUÉS

«Esto está siendo más incómodo de lo que esperaba», te dices mientras frotas suavemente el pincel sobre el lienzo. Nunca antes habías retratado a alguien de la nobleza y la magnificencia de la misma estancia en la que trabajas te resulta intimidante. La luz de la luna llena se cuela por el enorme ventanal situado a tu izquierda, arrancando destellos plateados al cabello del marqués, del mismo color que la ceniza de la chimenea que se encuentra tras él, apagada. Tú lo dejaste muy claro en las instrucciones que le enviaste: nada de fuego ni de velas, solo la fría luz del astro nocturno. Aquello era crucial, así te lo había enseñado tu madre cuando te instruyó en aquel arte.
Por suerte, el viejo marqués es un hombre paciente. El peso de su cuerpo encorvado recae en un viejo bastón de madera labrada. Sus ropas parecen salidas de otro tiempo, igual que él mismo. Los ojos azules miran fijamente en tu dirección, pero no te ven; hace ya años que no ven nada. Aún así, no puedes evitar sentirte observada.
Continuas tu obra en silencio, perfilando las arrugas, las manchas de la edad, los estragos que la larga y penosa enfermedad ha ido dejando a su paso. Llega un momento, sin embargo, en el que te detienes, indecisa.
—¿Quiere que le quite la cicatriz?
Tras pensarlo unos instantes, el anciano niega con la cabeza.
—Prefiero conservarla. Hay una anécdota tras esa cicatriz y a muchas jóvenes les gustan las anécdotas. Y las cicatrices.
Asientes, olvidando que él no puede verte.
Cuando por fin terminas, quedan pocos minutos para el amanecer. La luz de la luna empieza a perder fuerza, no hay tiempo que perder. Cruzando los dedos ante ti, recitas las palabras que conoces de memoria, un cántico que aprendiste en tu infancia. Parece que no ha ocurrido nada, pero te asomas tras el cuadro y lo que ves te arranca una sonrisa de satisfacción.
—Ya está. Puede comprobarlo, si quiere.
El marqués abandona su puesto junto a la chimenea y se dirige al fondo de la habitación, donde hay un espejo. Su rostro rejuvenecido le devuelve la mirada. El cabello ha recuperado el color dorado de antaño y su piel es tersa y suave de nuevo. No queda ningún rastro de la enfermedad que durante tantos años lo ha tenido doblegado. Sin embargo, la fina línea rosada que le cruza la mejilla persiste, como él había pedido. A tu pesar, tienes que admitir que es un hombre apuesto.
—Excelente trabajo, señorita.
—Gracias —dices mientras apoyas el retrato del anciano en la pared, cerca de la ventana. El rostro decrépito te mira desde el lienzo con gesto amenazador; no hay rastro de la cicatriz en su mejilla, solo queda aquello de lo que el aristócrata ha querido deshacerse—. ¿Me hará el favor de recomendarme a sus amigos?
—Delo por hecho —responde el joven marqués, besándote la mano con una sonrisa y un guiño cómplice.

Hace más de 1 año

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#22

DIARIO DE LORD ARTHUR CASTLEMAINE

19/10/48

Nuestro transporte tomó tierra esta tarde a las afueras de Cuzco. Pese al retraso provocado por la tormenta que nos azotó durante la mayor parte del trayecto, fuimos recibidos por el Suyuyuc Apu con todos los honores. Estar por fin en esta tierra tan desconocida y plagada de maravillas, conocer a su gente de piel tostada por el sol al que adoran como deidad, es algo que me entusiasma y me aterra al mismo tiempo.

El Suyuyuc Apu se mostró extremadamente amable y atento con nosotros. A través de Sir Burroughs, eminente lingüista asignado por los Reinos de Europa para ejercer como su intérprete personal, nos expresó su deseo de que las reuniones que tendrán lugar en los próximos días con los representantes de los Pueblos Unidos de Atahualpa constituyan el preludio de importantes acuerdos comerciales entre ambos continentes.

20/10/48

A instancias del Suyuyuc Apu, Sir Burroughs se ha convertido en poco menos que mi sombra. Por un lado, su compañía resulta imprescindible para comunicarse con los diplomáticos y los ciudadanos de a pie; por otro, su insana afición por la hoja de coca empieza a resultar fastidiosa. La masca a todas horas.

Mañana conoceremos por fin al Inca. Ruego a Dios Todopoderoso que me conceda el aplomo necesario para enfrentarme a este encuentro crucial como lo haría un digno hijo de la corona inglesa y embajador de Europa.

21/10/48

El calor asfixiante de esta región me impide dormir. Me levanté de madrugada y salí a dar un paseo por los jardines del palacio donde nos alojamos. Deambulé en la oscuridad, disfrutando de los sonidos y olores de la selva que nos rodea, hasta que advertí que me había extraviado.

Mientras trataba de encontrar el camino de vuelta a mi habitación divisé, escondida entre los árboles, una hermosa piscina de piedra. Sus aguas cristalinas resultaban extremadamente tentadoras. Convencido de que todos estarían durmiendo y a nadie le importaría que me refrescase un poco, me desnudé y entré en el agua, lo que me proporcionó un gran alivio. Tomé aire y me sumergí hasta tocar el fondo. Al emerger, unos segundos más tarde, oí un grito de furia. Antes de entender lo que estaba ocurriendo me encontré rodeado de guardias que me sacaron a tirones de la alberca. Al parecer, según me informaron más tarde a través de Sir Burroughs, esta pertenece a la esposa del Inca y la ley dicta que cualquier hombre que se bañe en ella debe ser castigado con la muerte.

De modo que ahora me encuentro recluido en mi habitación, esperando al verdugo. Estoy tranquilo, porque el Suyuyuc Apu me visitó hace unas horas y me aseguró que este pequeño incidente no afectará a las relaciones entre nuestros respectivos pueblos. La misión que me fue encomendada seguirá su curso en manos del resto de integrantes de mi grupo y, pese a mi próximo deceso, el honor de mi patria permanecerá intacto.

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ItsMiguelRojas
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hace más de 1 año

Ay qué espanto jajaja. Pensaba que ibas a contar la historia de los discípulos de Linné, los cuales muchos de ellos murieron en expediciones alrededor del mundo como consecuencia de múltiples enfermedades contraídas durante los viajes; pero está bien, solo que culturalmente hablando no sé mucho, pero me imagino que estas cosas sí pasaban. En China pasa (o pasaba) cuando se involucraban sexualmente con la esposa de yo no sé quién de alto rango, y el castigo era la muerte. O más recientemente en Colombia, cuando el escándalo de los hombres de la embajada norteamericana descubiertos con trabajadoras sexuales en Cartagena de Indias.

ItsMiguelRojas
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hace más de 1 año

Claro que en Colombia no los mataban jajaja xD


#23

DÍA PERFECTO

—Hace falta leche. —La voz de Miguel llegaba apagada a través de la puerta de la cocina—. ¿Podrías bajar tú?
—Claro, dame un minuto —dijo Luisa.
—Y también huevos —añadió él, asomando solo la cabeza para que no pudiese ver lo que estaba haciendo—. Media docena por lo menos.
—Entendido —dijo ella mientras pasaba a su lado. Se dieron un beso rápido y sonrieron.
Su marido llevaba más de dos horas encerrado allí, preparando su cena de aniversario. Quería que ella tuviese un día perfecto, por una vez; que se olvidase del trabajo, de las facturas pendientes, de las pesadillas que últimamente la despertaban en plena noche. Aún no se había atrevido a confesarle el origen de aquellas pesadillas. No sabía si lo haría algún día. «¿Cómo podría seguir queriéndome si lo supiese?» se preguntó por enésima vez, cabizbaja, mientras bajaba en el ascensor.
Pese a que ya era de noche, el aire caliente la envolvió al salir a la calle. En los días como ese todo el mundo procuraba quedarse en casa, cerca del aire acondicionado. Todo el mundo excepto Miguel, claro. Aquella misma mañana había insistido en llevarla al parque, de picnic. Sentados a la sombra de los pinos, bebiendo sangría sin alcohol y escuchando el furioso zumbido de las cigarras, Luisa se había sentido en paz por primera vez en mucho tiempo.
Entró en la única tienda que estaba abierta a esas horas y compró lo que Miguel le había pedido. Se preguntó qué estaría planeando hacer con aquellos ingredientes. «Problablemente, un pastel de chocolate». Sabía que era su preferido. Emprendió el camino de regreso a paso rápido, deseando volver cuanto antes al refrescante refugio de su apartamento.
—No te muevas —dijo una voz.
Luisa se detuvo y miró a su alrededor, sobresaltada. Una mujer salió de las sombras de un portal cercano. Tenía el rostro pálido y demacrado, los ojos enrojecidos… y su mano temblorosa empuñaba una pistola.
—¿Te acuerdas de mí? —dijo la mujer, apuntando con ella al pecho de Luisa.
Esta no podía moverse, paralizada por el terror, pero se las apañó para asentir. Sí, claro. ¿Cómo no iba a acordarse de ella? La veía cada noche, en sus pesadillas, arrodillada en medio de la carretera junto al cuerpo inerte de aquel niño, mientras ella pisaba desesperadamente el acelerador sin conseguir que el coche se moviese ni un ápice.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Quería decirle que lo sentía, que ojalá pudiese volver atrás y cambiar lo que hizo, que merecía lo que estaba a punto de hacerle… En lugar de ello, soltó la bolsa y cayó de rodillas.
—Por favor… —gimió—. Estoy embarazada…
La mujer abrió mucho los ojos. Observó el arma que sostenía como si la viese por primera vez y, lentamente, la bajó. En silencio, con la mirada perdida, dio media vuelta y se marchó calle abajo, dejando a Luisa allí, de rodillas, llorando por primera vez en mucho tiempo…

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ItsMiguelRojas
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hace más de 1 año

Whaaat qué acabo de leer es muy bueno pero muy triste a la vez :(


#24

DAMA DE HONOR

«Que nada nos separe, que permanezcamos unidos por siempre, como una sola carne, hasta el fin de nuestros días...».

Las palabras del conjuro aún resonaban en su mente, pronunciadas con una voz solemne, como el tañido de una campana ceremonial. Al principio le había parecido una tontería, una chiquillada, pero ahora ansiaba con todas sus fuerzas que diese resultado.

Tommy era tan inseguro… No soportaba la idea de que pudiese echarse atrás, de que volviese a abandonarla. Por eso accedió con tanta facilidad cuando su amiga le propuso emplear uno de sus hechizos.

—Más vale pájaro en mano, que ciento volando —le había dicho Diana para convencerla.

Diana, la que desde niña había creído en toda clase de supercherías. Diana, su amiga del alma, que siempre la había apoyado, incluso cuando le confesó que iba a casarse con el hombre del que ella estaba enamorada. No se había enfadado ni se había echado a llorar; al contrario, hasta se había ofrecido a ayudarla a preparar la boda y a ser su dama de honor. Ahora mismo estaba de pie tras ella, dando los últimos retoques a su peinado.

—¿Falta mucho? —le preguntó con voz temblorosa. Los invitados esperaban y tenía los nervios a flor de piel.

—Vísteme despacio, que tengo prisa —murmuró su amiga con una sonrisa, mientras dejaba caer cuidadosamente el velo traslúcido sobre su rostro.

Tras unos interminables minutos, por fin se encontró recorriendo el pasillo cubierto de pétalos de rosa que conducía al altar, acompañada por la melodía de la marcha nupcial y rodeada de las miradas alentadoras de sus amigos y familiares. Tommy la recibió con una amplia sonrisa y Diana, que iba tras ella sujetando la cola del vestido, susurró al pasar junto a él:

—A cada cerdo le llega su San Martín.

El joven la miró extrañado, pero el servicio dio comienzo y él volvió a centrar su atención en la resplandeciente novia. La ceremonia transcurrió como en un sueño. Todo era perfecto y cuando el sacerdote lo indicó, los dos jóvenes, cogidos de las manos, se fundieron en un beso. Literalmente. Pues en cuanto sus labios se rozaron, sintieron que su piel empezaba a arder como el metal al rojo vivo. Sus manos y brazos se fusionaron, sus bocas quedaron pegadas, sus narices y sus pómulos desaparecieron, incrustados en el rostro del otro. Ninguno de los dos podía respirar. Todo el mundo gritaba y se agitaba a su alrededor. En su asfixiante agonía, no fueron conscientes de que la única persona que permanecía sentada, relajada y sonriente, era Diana, que observaba la escena con gesto triunfal.

Hace alrededor de 1 año

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artguim
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hace alrededor de 1 año

La venganza es un plato que se sirve frío, @merodeador92. Buen relato, como es habitual.

Un saludo.

ItsMiguelRojas
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hace alrededor de 1 año

Me encanta la idea de que el relato destaque dichos populares para hacer entrar a escenas las situaciones presentes. Es muy bueno, y como siempre me encanta tu fluidez. Ya decía yo que esto iba a tener un giro, y qué buen giro: la chica esperando pacientemente para cumplir su venganza. A esto le añadiría: «Si no es mío, no es de nadie». 😉


#25

EL CONSEJO DE BANJO

Al principio no le di ninguna importancia. Pensé que se trataba de un juego, nada más.
—¿Que Banjo ha dicho qué? —Levanté la vista para contemplar sus mejillas sonrosadas, sus ojos desorbitados—. ¿Una palabrota?
Bianca asintió.
—Estábamos luchando con Banjo y Kari —movió los brazos como si golpease con algo la cabeza de su hermano— y entonces Banjo dijo «¡Ay, joder!».
—¡Oye, esa lengua! —Fruncí el ceño, enfadado—. ¿Quién te ha enseñado una palabra tan fea?
—¡Banjo! —dijeron los niños al unísono.
Cerré el portátil y me recliné en la silla, desconcertado. Los pequeños, que se habían puesto de puntillas para poder mirarme por encima del escritorio, no paraban de dar saltitos, fuera de sí. Para su frustración, no pude evitar sonreír un poco.
—Pero… Banjo es un peluche. Los peluches no hablan.
—Pues él ha hablado —insistió Santi con seriedad infantil.
Empecé a impacientarme. O bien mis hijos apuntaban maneras como actores o allí estaba pasando algo raro. Fuera como fuese, decidí atajarlo cuanto antes a fin de que me dejasen volver al trabajo.
—Muy bien, ¿dónde está Banjo ahora?
Los niños me cogieron, cada uno de una mano, y tiraron de mí hasta el salón, que presentaba un aspecto caótico. Había juguetes por doquier, las fundas de los sofás estaban arrugadas y mal colocadas y la mesa repleta de dibujos y ceras de colores.
—¿Qué es este desastre? —Recogí un par de galletas mordisqueadas, confiando en que no hubiesen manchado de chocolate la moqueta—. ¿Es que no podéis portaros bien ni cinco minutos?
—Hombre, cinco minutos, igual sí. Pero tres horas es mucho pedir, para unos críos tan pequeños —dijo una voz grave, sobresaltándome hasta el punto de que volví a dejar caer las galletas.
Sobre una de las sillas estaba el gran conejo de peluche. Sus enormes orejas se desparramaban hasta el suelo. Llevaba un pañuelo amarillo al cuello y una especie de banjo en las manos. De ahí su nombre. Para mi estupor, el juguete se bajó de la silla y se acercó dando saltitos.
—Yo hago lo que puedo, pero no estoy hecho para sustituir a un padre. Deberías pasar más tiempo con ellos. —Parpadeó un par de veces. Sus pupilas de plástico saltaban de los niños a mí, como si nos evaluase—. Bueno, ¿qué me dices? —inquirió mientras me tendía su instrumento—. ¿Estás preparado para asumir tu responsabilidad?
—Su… supongo. —Cogí el instrumento con manos temblorosas. Los niños contemplaban la escena atónitos y, a la vez, extrañamente felices—. Lo… lo intentaré.
Banjo suspiró con resignación.
—Más te vale.
Y se fue de casa brincando, como si nada. Así que al día siguiente mandé a los niños a un internado y tiré todos sus juguetes. A mí nadie me dice cómo tengo que hacer las cosas.

Hace alrededor de 1 año

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ItsMiguelRojas
Rango8 Nivel 38
hace 5 meses

Extrañamente siento que esto va para algún otro lado, como si no acabara aquí.