Nubis
Rango12 Nivel 57 (11033 ptos) | Ensayista de éxito
#1

─Comprendo. Pero, primero, dime. ¿Quién eres?
─Soy Ramiro.
─¿Por qué?
“¿Por qué?”. “¿Era una trampa?”. Ramiro no las tenía todas consigo al tratarse del diablo.
─Porque…
─Si no sabes responder ni a eso, ¿cómo vas a necesitar de mis servicios?
─Por eso mismo, por mis carencias.
─Para pedir deseos hay que estar completo y no ir al tuntún y tiro porque me toca ─dijo el diablo con naturalidad─. No es suficiente con saber lo que se desea, más bien al contrario.
─Mi deseo es sencillo.
─Hasta un millón de pecadoras embadurnadas en crema y billetes es sencillo. Para mí. Por supuesto.
─Entonces lo mío es una mota, en comparación.
─Déjame adivinar ─calló e hizo como que se concentraba, atenuando una sonrisa digna de los lienzos que lo habían retratado─. Oh, sí, dinero. Gimme the money ─dijo exagerando el acento babilónico.
─No.
─¿No? Sexo.
─No…
─Has titubeado. Ah, claro ─alargó─. Amor. ¡Qué topicazo, por Dios!
Ramiro no supo si se sintió más violento por la reacción o la expresión.
─Bueno, sí ─afirmó Ramiro─. Es por amor.
─Una mujer se puede conseguir, no necesitas de mí.
─Pudiera ser. Pero...

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3

25
Despeinada
Rango14 Nivel 65
hace casi 3 años

Muy buen diálogo, lo de ir al tun tun y tiro ppr que me toca y lo del acento babilónico, me hizo reír, me gusta.

Nubis
Rango12 Nivel 57
hace casi 3 años

Muchas gracias a ambos.


#2

...en este caso ─dudó─, ya sabes.
─Es única, especial, bla, bla, blá. ¿Cuán de especial, hombrecito?
─Como Eva.
Al diablo se le levitaron las cejas ígneas (tal cual) y fue que, con pasmosa calma, gesticuló una mueca de boca abierta temblorosa. Al fin disparó la carcajada, con el consecuente retorcer de espalda, tan exagerado como actuado.
Ramiro sintió miedo antes de dar paso al pudor. Esperó paciente por su pronto acreedor, que sin prisas regresó a la postura sin borrar la sonrisa:
─Tú ─inició el diablo, sonando a acusación divertida─. Tú te has documentado, cabronazo.
─¿Comprendes lo importante que es para mí?
─Como todo ser, exageras tu existencia. Pero eso es lo que en parte amo de vosotros. No es Eva. Vamos, ni por asomo. ¿Qué mundo tenéis que crear por delante?
─El que nosotros decidamos.
─Esos son idealizaciones dignas de misántropo. ¿Dejaré de conoceros? Soy el hermano mayor. Sin embargo ─inició y posó sus dedos en la barbilla─, eso me recuerda al eterno dilema de si acaso Eva o Adán se amaron porque no existía otro ser humano al que meter mano. De tener un sexo los ángeles, ¿habrían escogido? ─dijo y ladeó la cabeza─. Me pone, y eso que no tengo rabo, al contrario de lo que se piensa…
─Lo siento.
─¿Eres tonto? ¿Cómo voy a echar de menos algo que nunca he tenido? Oh, perdona, cierto, las personas sois expertas en eso ─concluyó sacudiendo una risita muda─. Mira, ya me superáis en algo. Además, eso del rabo a veces lo hago aparecer e interpreto y disfruto de la debilidad de la carne. En el sentido físico, no lascivo, y no es para tanto…
─¿Podemos hablar de mi deseo?
─Eh, que tengo que cumplir con las expectativas, no es mi culpa. En fin, te daré lo que pides.
─Bien. Imagino qué quieres a cambio.
─Sí y no ─comenzó a gesticular─. La compraventa de almas era un negocio seguro, lo que sucede que me sobran almas por allí y aquí, y no quiero liarla cual película de George Romero. Sí, así es, también veo cine, ¿eh? ¡Os adoro, joder! El caso, hermano, que durante lo que llamáis civilización habéis aprendido a venir solitos a mi puerta. Así que, como cada vez tengo menos trabajo, me he visto obligado al alquiler…
─¿Alquilar?
─Sí, joder, te lo estaba explicando. Ya no compro almas, las alquilo. Según el deseo pueden ser más días o menos.
Ramiro afirmó, pensativo.
─Mi deseo serán muchos días, ¿no?
─¿El amor? Que va. El amor está sobrevalorado.
─La quiero junto a mí para siempre.
─Para siempre también está sobrevalorado. Mira, chatín, con un día me sobra.
─¿Un día?
─¿Por qué todos repetís las palabras interrogando? ¿Hay una epidemia de sordera o qué? Mira, bró, me dices quién es la mujer, le activo la néura para que te ame y a cambio sólo te pido tu alma por un día.
─¿Qué pasará en ese día?
─Que será para mí. Está bien a cambio de polvos asegurados de por vida, ¿eh…? Tranquilo, no te tenses, que es sólo una forma de hablar. Qué idiotas os ponéis cuando os enamoráis…
─Eva.
─Que te den.
─No, me refiero a que se llama Eva.
─Anda ─alargó─. Mejor entonces. Llévame ante ella y tú déjate llevar. El resto será historia. Y de la buena.
─Me parece bien.
─¿Y qué hay del rollo del amor verdadero? Si me pides esto es porque no te ama. ¿No te parece triste que alguien te quiera haciendo trampas?
─No me arrepentiré. ¿Acaso el héroe se siente mal tras su hazaña cuando enamora a quien antes no lo amaba?
─¿Insinúas que la vas a salvar de su vida?
Pero Ramiro calló. El diablo prosiguió:
─Hermano, no te sientas culpable. Hay cosas más importantes por lo que sentirlo.
─La amo. Sólo sé eso. Sólo sé de eso.
─Y tu egoísmo es más grande y tal y cual. No eres diferente a cualquier otro que me haya invocado. En fin, vamos a buscarla.

YessGuill
Rango12 Nivel 58
hace casi 3 años

Me gusta mucho lo que leo.

jorge9102
Rango4 Nivel 18
hace casi 3 años

Este diablo es divertidísimo 🖒

Jose_Mierez
Rango13 Nivel 64
hace más de 2 años

jajajaja Éste diablo es la'crem de la'crem.


#3

Ramiro sintió la brisa en la cara y terminó de despertar. El ventilador del techo de su habitación estaba activado. Recordó cierta película y se fue incorporando. A pesar del calor, estaba tapado con una manta, de la que recordó que llevaba años queriendo jubilar. Miró su cuerpo sudado. Estaba en calzones, cosa rara pues solía dormir en pijama o incluso con la ropa puesta si regresaba agotado del trabajo.

Apoyó la mano y sintió la colcha caliente. Analizó que el juego de sábanas estaba más arrugado de lo normal, sacado en las puntas. Revisó cada esquina de la cama; de su cuarto; de su cuerpo. Todo tenía un leve toque surrealista.

Se percató y quedó fijo en unas manchas rojas en su cuerpo.

Las tenía por la zona de la barriga, junto al ombligo. Analizó primero y después acercó los dedos. Eran diminutas, salpicaduras, apenas una constelación formada por una docena. Parecían manchas resecas de sangre, pero igual podían ser de pintura. Levantó la vista y quedó pensativo mirando sin ver la pared, sin poder recordar.

Se levantó y fue al baño, saliendo del cuarto y cruzando el pasillo tras rebasar un par de puertas. Entró y lo primero que hizo fue mirarse al espejo. Estaba un tanto desordenado por el pelo y los ojos. Por lo demás seguía igual de peludo y pálido, con ese par de kilos de más. Examinó las manchas como si acaso el espejo revelara otra verdad. La única verdad que descubrió era que tenía que darse una ducha. Se fue quitando la ropa interior, y desnudo fue a buscar por un muda limpia. Fue repasando lo último que pudiera recordar.

Hizo bien en invocar al diablo el día anterior a su día libre.

Bajo la ducha se lavó a conciencia, insistiendo en las manchas. Sin embargo la sensación que le producían no se lavaba, permaneciendo aun después de salir y secarse. Se puso la ropa de calle y salió del baño dispuesto a un nuevo día.

Fue a la cocina, situada al final del pasillo, al otro extremo de la ubicación de la habitación, y sobre la bancada se fue preparando meticuloso el desayuno. Se detuvo entre medias al percatarse que no sabía ni la hora que era. Buscó por su móvil, que estaba allí mismo conectado cargándose sobre una silla junto a un enchufe, a saber desde cuándo. Sin cogerlo, alargó el brazo y pulsó varias veces. La pantalla se encendió: la una del mediodía. La idea sobre que era mejor prepararse la comida se aplazó debido a que figuraban siete llamadas perdidas. Entonces sí cogió el móvil y pulsó para abrir el menú correspondiente y descubrir que eran de Jacinto, su jefe.

La sensación de las manchas se intensificó.

Sin pensarlo, pulsó a llamar y colocó el teléfono en la oreja. Esperó para recibir de primeras la cólera de Jacinto. En un principio de la conversación pensó que su jefe estaba siendo injusto, pero decidió no interrumpirle cuando éste le acusó de no ir a trabajar.

“Un día para mí, nene”.

Sintió unas ganas tremendas de mear, pero tuvo miedo porque la imagen de su pene expulsando sangre le sobrevino. Aguantó por ambos frentes, y entonces sintió una finísima hilera caliente por su pierna, por lo que salió de allí y fue al baño sin dejar el móvil y la reprimenda. Levantó la tapa y con una mano realizó la maniobra, casi desesperado. Lanzó el chorro, tan amarillo y oscuro como de costumbre. Eso le hizo suspirar aliviado, lo que provocó a Jacinto, que le exigió que esa tarde fuera antes para tener una charla, atenuando su ira cuando escuchó la orina chocando contra el agua, produciendo tan característico burbujeo que merma.

Ramiro colgó tras despedirse y comenzó a pensar. Se lo tomó con calma, sin guardarse aún el miembro, comenzando a estar helado y escocido. Reaccionó, se guardó, subió la cremallera, bajó la tapa y pulsó el botón superior del inodoro. El ruido lo hipnotizó, cortejándolo a seguir pensando.

“¿Qué día es?”.

Miró el móvil y se percató que no era el día que correspondía. No necesitó saber más.

“¿Qué pasó ayer?”.

Reaccionó al reevaluar que Jacinto lo había citado antes, por lo que no tendría tiempo ni para comer. Regresó a la cocina y se preparó un par de sándwich, donde el primero desapareció conforme preparaba el segundo, devorado después sin miramientos, como si el primero le hubiese dado más hambre, no sorprendiéndole si se hubiese mordido y arrancado un dedo sin querer. Preparó un par más para el camino al trabajo.

La charla no fue para tanto, pues Jacinto pareció relajarse conforme avanzó la discusión de un único sentido. Pareció un monólogo entretenido para Ramiro, absorto en qué hizo ayer. Al final su jefe pareció cambiar su enrojecimiento y le pidió que fuese a su puesto y que recuperara a base de horas extras que, por supuesto, no le iba remunerar; así iba el país, pero era algo ínfimo en comparación a lo que rondaba por la cabeza de Ramiro en esos momentos.

#4

Salió del trabajo cuando la noche ya no siente pudor de luces, salvo las de la ciudad que lo invitaba a tomarse una copa o lo que no lo es. Decidió dejarse llevar por ese canto oculto que provenía de él mismo y se adentró andando por las calles del fuego artificial.
Fue al local llamado “Al de Siempre”, sentándose en uno de los taburetes frente a la barra, no dándole tiempo a pedir un pequeño antojo que sintió, pues el camarero le puso lo que solía pedir. Sin embargo, en su whisky doble igualado con agua había una sombrilla digna del mejor cóctel.
─¿Y esto?
─Qué cachondo ─fue la respuesta del camarero, del que nunca había visto sonreír de esa forma.
─Ya.
Miró alrededor, y no tardó en percatarse de las risillas disimuladas de alguno de los clientes habituales situados en las mesas. El lugar era amplio y sin ventanas o cristalera, una caja iluminada con luces que iban cambiando de color de vez en cuando, alternadas por luces estándar reguladas a baja intensidad. El alto techo provocaba impresión, y se podía apreciar sólo por las miradas que de vez en cuando realizaban los clientes, repartidos en la media docena de mesas redondas que había que esquivar desde la entrada para llegar a la barra. Por las paredes había un par de sofás y mesas altas donde se situaban clientes en la intimidad, acompañados por los enormes dibujos en blanco y negro pintados en la pared azulada: desde un Elvis a una Joplin pasando por Hendrix, preguntándose todavía, hasta el dueño, por qué también figuraba Nixon entre las estrellas. Quizá se necesitaba de un agujero negro para completar el cosmos.
De los clientes en ese momento del local el único que se mantenía tan impasible como roca era Manolo, el habitual de la esquina de la barra, considerado ya parte del inmobiliario, avatar del deseo de no querer cambiar incluso para los demás, donde se sentirían como extranjeros en ese buen lugar en caso de faltar cualquier detalle, incluido él.
Ramiro respiró y el olor a whisky mezclado con tabaco secreto le hizo sentirse tenso. Siguió evaluando sin disimulo las miradas que le lanzaban los clientes. Antes de acabar harto, se dirigió al camarero:
─Pep, ¿qué pasó ayer?
Lo que provocó la risa en Pep.
─Qué cabronazo ─fue la respuesta de éste.
─No, no, en serio. No me acuerdo…
Pero el camarero volvió a reír. Ramiro se sintió incómodo, y enseguida pasó a sentirse de un modo menos adecuado. Decidió apurar cuanto antes el whisky. La sombrilla se deslizó y chocó contra su cara, sacándola entonces del vaso con un gesto lanzado de la mano. Conforme efectuaba la acción de beber en varios pasos, fue hablando:
─Fue mi gran noche, ¿verdad?
─Cómo lo sabes, “joputa”.
El tono de Pep era de pura broma, aunque Ramiro creyó ver un brillo diferente en la mirada del camarero, que ya le debían doler las mejillas de tanto que forzaba la sonrisa. Apuró el vaso y Ramiro se marchó de allí sin despedirse.
Caminó durante un par de calles, hacia otro local donde sabía que ponían música latina. Se adentró y el barrullo le asaltó tras abrir la segunda puerta, situada tras un corto pasillo donde sobrepasó a dos hombres de raza negra que se besaban y manoseaban alternándose contra la pared. Consideraba la música de salsa un género dócil en comparación al Metal que solía ponerse en casa, pero en ese lugar era incluso más violenta que lo más extremo que se hubiera echado a los auriculares. Al ritmo de la locura de la noche, multitud de personas bailaban solas o acompañadas; incluso un trío conformado de dos y una que bailaban pegados sin importar, queriendo acabar fusionados. La carne de allí era de todos los colores, apretujada entre ropas ceñidas y carnes de otro.
Fue a la barra y pidió otro whisky, esta vez sin rebajar. Pagó, lo agarró y se dirigió a un taburete situado bajo una luz fundida, lugar de sombras donde podría pasar desapercibido. Se sentó y, sin prisas, disfrutó del paisaje aderezado por la bebida. Enseguida se percató de lo que destacaba una negra que debía ser cubana, algo alocada, vestida de rojo y que no tenía ritmo ni por un momento, de la que no sintió vergüenza fijarse antes en sus pechos que en su cara o trasero. Viendo aquellas prominencias comprendió porqué existían mujeres planas, mal repartidas las mamas al igual que las riquezas del mundo.
Sentado, espectador apartado de la existencia por propia voluntad, se imaginó todo lo que podría llegar a hacer con aquella mujer. No parecía acompañada, pudiera tener la oportunidad, y sin embargo no se animaba, como tantas veces: los eternos posibles, como gustaba acusar a su padre sin reconocer que él era mera copia digna de mercadillo.
“Mi padre nunca supo ni tratar ni amar a una mujer. Lo contrario que yo”.
Sintió la erección contra el pantalón del traje. Recordó que aún iba de oficina, por lo que resultaría un bufón trajeado, lo que le quitaba posibilidades con la cubana. Eso no le impedía imaginar la otra clase de cubana que podría realizar con ella, o que así sucedía en un universo alternativo. Entre los miles de millones de posibles universos, en ninguno estaba con Eva. Suspiró. Más probable era estar con la reina de Inglaterra que con ella, su Eva.
Dio un buen sorbo al whisky. Madera ardiente, la garganta así lo sintió. La acidez en la boca del estómago regresó a lo físico y al recuerdo.
Que le diesen (de eso se trataba), él tenía la mente ocupada en cosas más importantes como la geografía.
Notó la vibración en el bolsillo del pantalón cada vez más apretado, lo que dificultó a la mano introducirse para agarrar el móvil y sacarlo de la prisión. Elevó la parte baja del cuerpo y al final se obligó a ponerse de pie, completando la bufonería. Sustrajo el aparato y se fijó que la pantalla indicaba “Eva”.
El mundo silenció.
Era imposible, él ya no tenía el número de Eva en su móvil, ella se lo había cambiado y no había surgido el momento, no había conseguido el número, ella ahora lo ignoraba en cada segundo de su vida, él…
Dejó el vaso en el taburete y con urgencia buscó por la salida. Esquivó a un par de parejas bailando y llegó a la puerta. Fue saliendo dejando a un lado a los tipos que seguían a lo suyo y abrió la puerta exterior, donde el aire le recordó quién era y dónde estaba.
Elevó el móvil para comprobar que había dejado de sonar. En la pantalla figuraba el teléfono rojo que avisaba de la llamada perdida. ¿Qué debía hacer? Sintió la boca seca, y la acidez se convirtió en dolor de estómago.
Era cuestión de hacerlo.
Pulsó con el pulgar y el móvil obedeció: estaba llamando a Eva.
Acercó el aparato a su oído y permaneció allí, en esa otra esquina de la existencia. Los coches pasaban a una velocidad media, y le parecieron mil antes de que sonara el primer tono.
El segundo.
El tercero.
La voz de Eva.
El corazón le dio un vuelco, y los ojos se humedecieron.
─Ramiro, ¿dónde estás?
─He, he salido ahora del trabajo.
─¿Y eso?
El demonio. El puto diablo.
─Te va a molestar. Me he dormido esta mañana y he tenido que recuperar horas.
─No.
La forma en que lo dijo pareció de horror, incluso le pareció escuchar un leve quejido grave antes de que Eva siguiese hablando.
─Es mi culpa, te entretuve demasiado.
─No es tu culpa, Eva. Yo, nosotros, bueno. ¿Qué pasó ayer?
El silencio.
─¿Eva? Perdona, era sólo una broma. ¿Cómo lo voy a olvidar?
─Capullo. No hagas esas bromas ─entonó de un modo bastante serio─. Anda, peque, ven ya que llevo dos horas esperándote.
¿Dos… dos horas? Él no la haría esperar ni un segundo de más, toda la vida se lo había demostrado.
─Cla… claro. En tu casa, ¿no?
─Que sí. Recalentaré la cena.
─Perdona por no avistarte, tía.
─No pasa nada. Hasta ahora.
─Hasta ahora, Eva.
─Te quiero.
El mundo cobró otro sentido. De los ojos de Ramiro descendieron lágrimas. Eran gruesas y rápidas como balas.
Ramiro no pudo evitar temblar. De repente tenía frío.
Era una noche perfecta, de temperatura media.
Pero él se encontraba helado.

Nubis
Rango12 Nivel 57
hace casi 3 años

Aun queda historia. Es uno de mis relatos más extensos.

Nubis
Rango12 Nivel 57
hace casi 3 años

Ah, leñe. De la caja, jeje.


#5

Conocer a Eva había supuesto un minuto de presentación, pero llegar hasta ahí significó decidir estudiar en la misma universidad así como coincidir y elegir el mismo grupo de amigos. Pero intentar conquistarla había supuesto noches sin dormir, horas conduciendo, memorizar la ciudad, conocer mejor a sus amigos, hacer más amigos, saber sobre niños y ancianos, conocer música con nombres raros, horas de caminar, de charla, conducción temeraria y dormirse con libros tan gruesos como aburridos, de coaccionar a su amiga más fea a base de polvos, de comprarse un perro que no deseaba y que se vio obligado a abandonar alegando que se escapó, de dinero a base de copas, drogas, gasolina y facturas de móvil, de discutir, pelearse hasta llegar a las manos con tipos que ni conocía y otros demasiado, de sentirse solo, aguantar las indirectas, aprender a tolerar el fracaso, la indiferencia… Y sin embargo no lo había logrado. Eso era el amor, o al menos una parte de él. La fe mueve montañas, pero el amor es capaz de destrozarlas.
Era tan poderoso su amor por Eva como lo era la indiferencia de ésta.
Era tan poderoso su amor egoísta, que leyó lo que no debía hasta coincidir o provocar al diablo. Puso el culo a su merced. No fue literal, aunque…
Conoció a un colgado de la universidad que tonteaba con el satanismo. Ramiro había estado saliendo un par de semanas con la hermana de éste y cuando estaba con ella en la habitación lo escuchaba realizando cánticos. Al principio pensaba que era la música que escuchaba, no juzgando pues a él también le molaba las cosas raras y oscuras. Fue entonces que la hermana le explicó que realizaba misas negras y mierdas de esas.
No se lo pensó dos veces conforme conoció mejor a su cuñado del momento, y decidió participar en un par de rituales por comprobar si conseguía el amor de Eva.
Tan desesperado se sentía.
Pero nada.
Pedro, que así se llamaba el satanista, sectario, luciferino infernal o lo que fuese, le dijo que el problema era la obsesión. Si quería a Eva tenía que ser sin obsesión. Eso enfadó a Ramiro, pues le parecía una contradicción. Tantear con los oscuro sólo sirvió para cortar con su novia demasiado pronto tras enterarse para qué quería Ramiro realizar aquellas chorradas. No le importó. Para él sólo existía una mujer que incluso estaba por encima de su propia madre enferma y casi moribunda. ¿Cómo era eso posible?
Qué joven e ingenuo. Sólo una de las dos palabras había dejado de serlo.
Sin embargo, más de diez años después, y a pesar de los muros y vocablos o insultos que le instaban a desistir por parte suya y de los demás, ahí estaba él, dirigiéndose a la victoria.
Sin saber cómo; o mejor dicho, sin recordarlo.
Lo importante que la voluntad de la insistencia había triunfado, y sólo había dado un día de su vida. Se lamentó no haberse tomado más en serio esos años de leer libros esotéricos y perdidos. El último fue el acertado, pero al parecer, como el propio Lucifer le contó antes de la amnesia, todo el camino realizado hasta el momento podía considerarse parte del propio ritual. También recordaba que el demonio le dijo que no importaba que se hubiese meado encima, que a la mayoría le sucedía. ¡Qué débiles los humanos! alegó riendo. Nadie piensa en ir al baño antes de un ritual de invocación.
Y tanto, hermano mayor.
Aparcó y, tras asegurarse sin motivo que no tenía que coger nada, bajó del coche, comenzando a sentir los nervios recorriendo el cuerpo desde los hombros.
Las piernas le temblaban, y ahora era desde el talón el recorrido de nervios. Dar un paso suponía conseguir un dolor sordo en la planta de los pies y la parte baja de las rodillas. Sentía la barriga cargada, llena de piedras.
Llegó a la puerta del bloque de pisos donde vivía Eva. Bien sabía de sobra cuál era el piso de Eva aunque sólo hubiese entrado un par de veces. Desde hacía años.
Ella vivía sola, hace tiempo. ¿Cuántos, cuantos hombres…?
Cerró los ojos y se apoyó en la puerta, que cedió al estar abierta, frenándola a tiempo. Tragó saliva y notó la sequedad raspando. Avanzó y se adentró en esa nueva oscuridad.

#6

El beso. Sus labios insistían en la repetición. Cuando entró en la casa fue recibido con su verdadero primer beso. Todos los labios que había probado en su vida, de novias, amigas, prostitutas, un amigo borracho e incluso de una prima, no eran nada en comparación. Una canción de The Beatles le vino a la cabeza, y eso no podía ser malo.
Para nada.
Cuando Eva le besaba, tensaba el cuello y la parte alta de la espalda. Ella lo notaba, y entonces lo acariciaba en la cara y bajaba por el brazo, lo que no conseguía arrancarlo de la tensión, atrapado con electricidad.
Eva, joder, mi Eva.
Sus labios; su aliento; su mirada más cerca que nunca. El choque de las narices…
Había sentido de cerca el aliento de Eva en una ocasión de la que no se sentía orgulloso. Arrepentido de haberse puesto enfermo y no asistir en la noche en que sus amigos jugaron al juego de la botella, se arriesgó en una ocasión que realizaban una acampada en la periferia de un bosque. Manteniéndose despierto y aguantando la ebriedad se había acercado a una Eva dormida y desprevenida, gloriosa al tener uno de los tirantes de la camisa bajados. Hombro de diosa, pecas de deidad…
Acercó su boca a la de Eva y respiró. Olía a ginebra, pero por debajo había algo más. Esa era Eva.
Se empalmó, y se fue de allí antes de terminar de cagarla. Mientras se masturbaba en mitad de la nada del bosque, el frío le hizo daño, preguntándose si Eva en verdad estaba despierta y también lo había respirado.
Su aliento olería a mierda.
Terminó. Se arrepintió al rebuscar y descubrir que no llevaba encima un pañuelo para limpiarse la mano. Acto seguido vomitó.
Pero en el ahora, en esos momentos tan imposibles como reales, ellos estaban desnudos en la cama, sentados frente a frente, con las piernas y el calor de sus cuerpos enredados. Ligados por siempre.
Para siempre.
El diablo nunca miente. El rey de la mentira cumple con su palabra.
Sus sexos rozaron. En un principio de forma tímida, pero los labios femeninos se atrevían a besar a su modo el tronco del pene.
Debía de estar soñando.
No supo cuántos besos llevaban, cuántos primeros besos.
─Ey, relaja ─dijo Eva─. Qué tenso estás.
─Yo, es que ─su voz resultó un tanto aflautada. Recordó los malos tiempos en el instituto─. En el trabajo no paraba de pensar en ti. Me he dado cuenta cuánto te amo ─quiso sincerar aunque le pareciese sonar estúpido─. Y me abruma.
─Ayer no estabas igual.
─¿Cómo estaba?
Eso hizo la hizo sonreír. Ver su sonrisa tan de cerca era algo nuevo, tan curtido que se creía.
─Bueno, llevabas el timón, capitán. Estaba asustada al principio, lo reconozco, pero… ─calló apartando la mirada. Era el mismo cielo. Miró de reojo y se animó a hablar─. Creo que jamás me lo habían hecho así. Bueno ─se reafirmó─. Jamás me lo han hecho así.
Eso hizo sentirse mal a Ramiro. Sabía de sobra que Eva no podía ser virgen, era lógico. Incluso la ayudó en una ocasión a ligarse a un tipo alto y amargado, puro capricho del que no acabó contenta.
Se sintió como un crío que aún idealiza el amor y la pureza de las bragas. Eva no le debía ninguna confianza, ¿por qué se tomaba a mal que se acostara con otros antes de…? Antes del suceso… de ayer… comprendió que su incomodidad era con respecto a ese tipo que la llevó al amor antes que él, un tipo que sin embargo había sido él mismo.
Maldito Lucifer. Sigues amando a las personas, y creíste que esta Eva era la tuya.
“Hermano, hijo, no se lo digas a nadie ─le dijo el diablo antes de la oscuridad del olvido─, pero Caín y Abel eran míos, o al menos uno de ellos ─su sonrisa resultó físicamente imposible─. ¿Cómo si no la humanidad puede llegar a ser tan malvada en ocasiones?” ─confesó y rió. Mucho.
Demasiado.
Esa situación resultaba exorbitante, pero no quería que acabase. Ni conocer ese secreto diabólico suponía algo en comparación a estar, por fin, con ella.
─Ramiro, céntrate.
─Perdona. He trabajado demasiado.
─Yo también. Por eso he sacado esto, ¿recuerdas? ─dijo y señaló con el dedo a un lado de la cama─. Venga, a ponerse las pilas, peque.
Eva posó las manos sobre los hombros de Ramiro. Con calma casi artística, lo fue empujando para tumbarlo. Relamiéndose los labios, Eva alargó la mano para coger la bolsita con los gramos que se situaba junto a ellos. La miró sonriente, y luego a él con complicidad.
“En cuantas mierdas me has metido por culpa de eso, Eva. Y a cambio de nada. Por fin eso se ha acabado. Complace mi resignación, diosa”.
Ramiro reaccionó con un leve sobresalto cuando sintió los dedos de Eva rozando su pene. Acariciaba con delicadeza, y lo medio duro pasó a estar completo. Estaba convencido que iba a sufrir un gatillazo, pero fue ver por primera vez el cuerpo desnudo de Eva que se activó su libido, endurecido con poco.
La mano agitó con suavidad el falo. Con tranquilidad; luego más deprisa. Una vez tanteada y comprobada la dureza, Eva acercó la bolsita y fue colocando la raya sobre el tronco del pene. Quedó una línea perfecta, practicada tantas veces. Con misma fluidez, Eva alcanzó el billete enrollado con insistencia hasta lograr un tubito consistente, situado en la misma zona donde estaba la bolsita. Lo siguiente fue colocárselo y recorrer el pene con la cara, absorbiendo el polvo.
─El polvo previo.
─¿Cómo? ─preguntó Eva incorporándose, apretando una de sus fosas mientras miraba con curiosidad.
─Nada.
Pero Eva comenzó a reír de una forma forzada. ¿Se reía de la tontería que acababa de decir o de la droga que actuó como un relámpago?
─Eres lo mejor, Ramiro ─aseguró─. Anda y atácame, cabrón.

#7

Ramiro observó cómo Eva adelantaba su torso, realzándose y enalteciendo los pechos, bien empitonados. Cómo deseaba sacarse un ojo con ellos si hiciese falta… no lo terminaba de creer, las glorias de Eva a su merced.
Se incorporó y acercó su rostro con delicadeza. Comenzó a lamer los pezones, alternando con los labios para morder con carne contra la carne.
─Ramiro…
Éste se percató que ella le ofrecía la bolsita. Hacía mucho que no probaba de esa porquería, pero accedió cogiéndola. Tardó un poco en percatarse qué quería Eva, pero comprendió y comenzó a verter el polvo sobre uno de los senos. Ella se mantuvo quieta, estatua digna de ser alabada por todo culto posible.
Consiguió una línea irregular que llegaba hasta el pezón. La respiración cada vez más excitada de Eva lo estremecía, mesmerizado por el pecho hinchándose y desinflándose a un ritmo que produjo una canción en su mente. Una gota en la punta del glande delató la épica que se avecinaba.
─No me lo puedo puto creer ─dijo Ramiro desde otro plano mental.
─Pues créetelo, ¿no? Venga, tírale, que a este paso me vas a matar de ansia.
Ansia, joder, sí.
Agarró el canuto que le ofrecía y sin demora comenzó a tomarse la raya. Llegó al pezón y absorbió adrede de forma exagerada como intentando esnifar la punta.
Eso hizo reír a Eva de nuevo, igual de excedida. Ramiro se sintió incómodo, pero se le pasó enseguida conforme notó realzarse las paredes interiores de la garganta y la nariz. Le recordó a cuando tenía alergia, aunque se le cortaron los pensamientos cuando sintió el sexo femenino atacando al suyo.
─Uf…
Eva interpretó la expresión de Ramiro y, apoyando los brazos, comenzó a elevar su cadera, mostrando la intención de bajar e introducirse el pene. Ramiro quedó bloqueado, sin respirar, observando como el sexo de su repentina chica lo buscaba, resbalando el glande con suavidad en la entrada que siempre creyó vetada.
Te consideraba como un ángel, sin sexo.
Pero eres mejor.
Venga, tú puedes ─se dijo─. Va siendo hora. Te lo debes, Ramiro.
Te lo debes.
Acercó su mano y cogió con la punta de los dedos la parte inferior del miembro. La vagina seguía rozando, jugueteando. Eso tenía que acabar, así que dejó firme el falo y elevó la entrepierna. Los sexos coincidieron, y tan húmedos que se encontraban que no resultó difícil la penetración.
Dios.
O el diablo.
Está pasando.
Su pene llegó hasta el fondo, notándose apretujado, atrapado por el deseo. Notó como expulsaba algunas gotas, hablándose Ramiro a sí mismo para no ser precoz en el mejor momento de su vida. Sin embargo no tuvo tiempo a pensar en operaciones matemáticas o en gatos con caras tristes, pues Eva había iniciado el ritmo, aproximándose gemidos interpretados que aumentaron su sinceridad conforme las penetraciones avanzaban.
“Me la estoy, me la estoy… dios, si le pudiera contar a mi yo de la universidad. Bravo por aguantar. Bravo”.
Ramiro adelantó el cuerpo y agarró la cintura de Eva. Esta ya parecía ida. Sus ojos estaban medio cerrados, tenía la boca abierta y la cabeza hacia atrás. Ramiro aprovechó para arrimarse al completo y besarla en el cuello; la cara; morderle con suavidad los labios; ir descendiendo hasta los pechos…
El acto prosiguió, donde ella aumentaba el ritmo y los gemidos. Los gritos resultaban excitantes, así como el sonido de las entrepiernas chocando.
Ramiro seguía en su propio juego, acariciando cada rincón de Eva, rodeando con sus brazos la cintura de ella. Fue entonces que decidió lanzarse hacia delante para tumbarla y tenerla debajo, a su merced.
Comenzó a tomar las riendas, golpeando con su entrepierna sin importar. Dolía, pero merecía la pena.
La expresión de Eva no era normal, sin embargo reconocía al placer: debía ser amor. Maldita sea, era la cara que pone el amor cuando se lo follan. Eva lo amaba de verdad, jamás tendría que preocuparse de desconfiar.
Viva el amor, maldita sea.
Aumentó el ritmo.
Joder.
Comenzó a eyacular, con lo que rápidamente sustrajo el pene, que produjo un sonido húmedo. Se incorporó y se agarró el miembro, agitándolo para correrse sobre la barriga de Eva. Las manchas rodearon el ombligo y mancharon el pubis. El brillo del semen formó su propia constelación del momento.
Ramiro emitió un gemido profundo. El mejor posible.
Eva siguió gimiendo y retorciéndose. Se llevó los dedos a la vagina, introduciéndose y frotándose el clítoris con furia. Gritó, y eso los apartó a ambos de la realidad. Los dedos de Eva subieron con calma donde el ombligo, que estaba lleno de líquido. Introdujo el dedo para después pasear por su cuerpo hacia arriba y formar una línea hasta el pecho. Regresó y repitió el proceso a la inversa, donde se embadurno los labios vaginales y el interior con esa esencia de vida.
Con cuidado, Ramiro se dejo caer sobre ella para encontrar cuanto antes sus labios. Juntaron sus cuerpos, que se mancharon de semen donde la carne temblaba íntima; sería la excusa perfecta para repetir el proceso en la bañera, donde lavarían sus cuerpos, despejarían sus mentes y purificarían sus almas con el amor verdadero.
Eva…

#8

Habían pasado semanas desde que empezó su relación con Eva. Los días transcurrían rápidos debido a la felicidad. Parecía inagotable, tanto la armonía como Eva. Era feliz, ¿qué más podía pedir?
Quizás comprender por qué no se sentía del todo completo.
Era mediodía y salió de la oficina para ir a comer. Decidió llamar a su amigo Sergi, que hacía tiempo que no quedaban. Éste aceptó la propuesta de ir a comer y tomar luego el café en el Al de Siempre. Fue allí donde surgió el tema:
─Al final con Eva ─afirmó Sergi─. Qué paciencia.
─Me lo he ganado.
─¿Y ya…? ─alargó. Esperó un momento mirándolo─. ¿Y ya habéis intimado?
─Sí.
─Qué máquinas. Se me hace raro porque os conozco bien a ambos. Pero supongo que tenía que suceder, tantos años detrás de ella.
─Que me lo he ganado, vaya.
─Brindo por ello.
Brindaron con las tazas de café y charlaron un poco del día en que conocieron a Eva y todas las movidas que habían pasado, incluidas las que Sergi tuvo que soportar, aunque lo fue recordando sin rencor.
─Y, bueno ─inició Sergi─, hay confianza. ¿Qué tal es en la cama?
─Se deja hacer de todo.
─Tiene esa pinta ─dijo y entonces adelantó una mano como aclaración─. No lo digo con intención, perdona.
─Es romántica.
─Mola.
─Por ejemplo, se deja acariciar, mucho ─levantó las manos de la mesa y alejó la conciencia─. Se estuvo tumbada, muy quieta, y me dejó pasarle los dedos por todo el cuerpo ─agitó suave los dedos─. Por cada rincón, ella mirando y excitándose…
─Conteniéndose.
─Fue increíble ─regresó las manos sobre la mesa─, me pareció, no sé. Es bonito.
─Intento hacer lo mismo a Luisa y seguro me grita por hacer el mamarracho. También me desesperaría, es de acción directa.
─Tiene esa pinta.
Sergi rió, quedando con una sonrisa de boca abierta y ofreciendo otro brindis donde apuraron el café. Fue entonces que Ramiro tuvo la idea de pedir un par de chupitos de orujo del bueno, que invitaba. Sergi accedió y lo pidieron a voz de grito. Un minuto después se acercó Pep. Desde lejos ya destacaba lo que portaba en las manos.
Dejó los vasos, donde el que era para Ramiro tenía dentro una diminuta sombrilla acorde:
─¿Y esto?
Pero el camarero regresó a reír como la otra vez, lo que irritó a Ramiro, bien lo hizo notar. Sergi reaccionó a tiempo y se levantó, tocando a Pep en el hombro para alejarlo. El camarero se marchó sin disimular la risa. Sergi regresó a la mesa:
─No te pongas así, Ramiro.
─No sé, el gilipollas este, es la segunda vez que hace la bromita.
─¿Pero por qué lo hace?
─No sé, será por lo de hace unas semanas. Un día que… que no recuerdo bien.
Sergi no dijo nada. Se limitó a alzar su vaso y mirarlo. Le dio un pequeño sorbo.
─Sergi. ¿Tú sabes qué hice aquel día?
─Creo que sé a cuál te refieres. Hace tiempo que no nos pegamos una borrachera legendaria, así que debe ser ese día.
─¿Qué hice?
─No lo sé, no estaba. Pero he oído cosas.
─¿Bien?
─La gente lo va exagerando cada vez más, así que no lo tomo en cuenta. Eres mi amigo y sé de sobra con quién te juntas y qué no harías.
─¿Qué cuentan? Dímelo.
─Tranquilo. A ver, ¿cómo te lo digo? Vaya tela, son gilipolleces, hombre.
─Cuenta.
─La Tomillo ─dijo señalando con la cabeza hacia atrás.
Ramiro miró hacia la pared del fondo. Joplin le devolvió la mirada, sabiendo a qué se refería Sergi. La Tomillo era una prostituta sin oficio que frecuentaba el local. Pocos se le acercaban, pues se sabía que tenía el sida.
─No me jodas…
─Dicen que te vieron liándote con ella. Yo por supuesto no me lo creo.
─Venga, va.
─También cuentan otras cosas. Si quieres hablo un momento con Pep y le pregunto para saber una versión más directa.
─Sí, por favor.
Sergi terminó el chupito y se levantó para acercarse a la barra, dejando a Ramiro, que se bebió de un golpe el suyo.
Ramiro quedó pensativo, mirando la pared donde solía estar La Tomillo. No tenía sentido, jamás habría pensado acercarse a esa mujer cuando siquiera habían intercambiado un par de frases de cortesía. Le daba pena su condición, pero no era decente, solía causar peleas y malmetía. Los problemas se los buscaba y merecía.
Sergi regresó. Su rostro estaba un tanto pálido, mostrando la mirada esquiva.
─¿Qué te ha dicho? ─preguntó Ramiro impaciente.
─Exageraciones. Sé que no son verdad.
─¿Pero qué te ha dicho?
─Tonterías, en serio. No merece la pena que te hierva la sangre por esto.
─Sergi, me cago en dios, ¿qué ha dicho?
─¡Nada!
Por el fondo Pep y Manolo miraron. Sergi continuó con la mirada inquieta, cada vez más ido.
─Perdona. Sólo quiero ayudarte ─aseguró Sergi. Parecía como si se estuviese confesando de haber realizado algo terrible.
─¿Ayudarme? ¿Por qué piensas eso?
─Se hace tarde. Vámonos.
─Ve tú. Yo entro más tarde.
Sergi se mantuvo, mirándolo entonces sin comprender.
─Me lo deben porque hice unas horas extras que no me correspondían. Vete, Sergi, ya pago yo.
Su amigo afirmó con la cabeza y se marchó sin despedirse. Ramiro se mantuvo mirando la pared. Pidió un whisky y se lo sirvieron sin sombrilla.
Se mantuvo mirando al mismo lugar hasta que fue ocupado por La Tomillo. Era mujer de costumbres, después de todo. Ramiro buscó por la voluntad para levantarse y acercarse, pero una sonrisa de la mujer, de alma reseca y piel arrugada antes de tiempo, con una mirada pobre y triste, lo llenó de incomodidad. Rompió el bloqueo y avanzó.
Una vez a la altura, La Tomillo lo miró de arriba abajo de forma actuada. Una sonrisa volvió a surgir:
─¿Qué hicimos? ─fue la directa de Ramiro.
La mujer pestañeó con presteza. No comprendía, sin embargo no borró el gesto:
─Qué cabrito. Tú sabrás.
─Iba muy puesto. No me acuerdo.
─No sé, a mí me pareciste muy ─enalteció─ cuerdo ─la sonrisa se atenuó─. Ah, ¿que quieres repetir? Esta vez en privado, ¿vale? Que yo también tengo vergüenza.
─Mira, yonki, dime qué hice o te estampo la cabeza.
La sonrisa desapareció.
─Eh, imbécil, no te pases. No fui yo la que buscaba.
─Qué ─inició Ramiro con calma─, cojones, hice. Y te dejo en paz.
─Imbécil.
─Lo sé. Ahora dime.
─¿En serio no te acuerdas? Me tendrás que pasar de esa mierda. Te inspiró a base bien.
─Qué ─expulsó Ramiro y cerró los ojos. Resopló por la nariz antes de abrirlos y continuar─. Por favor. Explica.
─Bueno. Aquí delante de todos me metiste mano.
─Vale.
─Tu dedito es magia, ¿sabes? Se metió todo lo que pudo y quiso, y luego bien que lo chupaste delante de mis morros.
Ramiro notó un escalofrío recorriendo la espalda.
─Yo iba loca, extasiada, y no grité de milagro, chaval. Y… ─la mujer posicionó su cuerpo─. Te digo que no me importa repetir. Nada de penetración, no te preocupes.
─Joder, no…
─Eh, tranqui. Que hay tíos que se acuestan conmigo y no pasa nada si se lleva cuidado. Un dedito y te la chupo. Con condón. ¿Te parece?
─Pero, lo que hice ─dijo y se tapó los ojos con la mano─. ¿Debería? Ya sabes. Mierda.
─Sí, encanto. Creía que sabías lo que te hacías.
─¿Debería…? ─dijo Ramiro apretando la mano contra su rostro.
─Sí, cojones. De-deberías hacerte la prueba ─a pesar de la dureza de las primeras palabras, La Tomillo acabó mostrándose débil.
Ramiro apartó la mano y descubrió una expresión ida. Dio media vuelta y caminó unos pasos. Se detuvo, enalteciendo su figura en mitad del local, llamando la atención de los presentes. Pep y Manolo habían estado cuchicheando cuando se acercó a La Tomillo, aunque ahora callaban y miraban preocupados. Le pareció que fue Manolo a quien le escuchó decir “Pobre chico”.
El chico elevó el rostro, comprobando que no veía nada. Se pasó la mano para secarse y, sin importar si había pagado los whiskys, salió del local.
“Eva, joder, Eva…”.

Nubis
Rango12 Nivel 57
hace casi 3 años

Gracias, de verdad. Es mi historia más desarrollada, y comprobar que el esfuerzo mereció la pena me llena a escribir más y más. Un saludo.


#9

Salió de la clínica. Tras el encogimiento y repugnancia inicial porque le reconociese su médico y una enfermera, se armó y reconoció su error, pidiendo un análisis. Fueron comprensibles y compasivos, lo que le molestó, y le dijeron que tendría que esperar a que lo llamasen durante lo que bien podía ser una semana. Fue entonces que Ramiro se sorprendió a sí mismo gritando, alegando que sabía que podían darle los resultados enseguida, ese mismo día, y no a saber cuándo, que era siempre la misma mierda con la sanidad. Blasfemó varias frases más, los mandó a la mierda y se fue de allí.
Por ese acto no sintió nada de vergüenza. Ni un poco.
Sólo pensaba en Eva.
De camino a casa de ella, recapacitó sobre cómo podía devolvérsela al demonio. Sabía de rituales menores y mayores, que nunca habían funcionado. Por otro lado, ¿cómo iba a poder contrarrestar al mismo diablo? Usando la lógica más pura, sólo sería posible con su propio poder, hecho inverosímil.
Era imposible para él. La venganza no tenía cabida.
─Hijo de la gran puta.
Y de ese modo comprendió que Dios podría ser mujer.
Entró en casa de Eva con la llave que le había dado. Sintió como si ya estuviesen casados o algo similar. Ese pensamiento no le gustó.
Asomó al comedor y la escuchó por el fondo de la casa. Forzó una sonrisa y esperó por ella. Le dolió mantenerla, preocupado porque sus ojos no pudieran mentir.
─Ramiro.
Eva surgió del pasillo y se abalanzó hacia él. Se abrazaron y, cuando Eva quiso besarle, él apartó la cara. Eva lo tomó como un juego, y siguió buscándolo mientras besaba su mejilla y se acercaba. Tras la cuarta rehuida, se extrañó:
─¿Qué pasa?
─Tengo que contarte algo.
Estaban en el cuarto. Eva analizaba cada gesto de su novio hasta que éste salió de allí y le pidió que esperase. De lo más extraño fue cuando le llamaron al móvil varias veces y no descolgó en ninguna. Por el tipo de melodía debía ser del trabajo. ¿Por qué Ramiro había vuelto antes de hora del trabajo?
Ramiro asomó por la puerta de la habitación. Llevaba varios libros de tapa negra en las manos, los cuales reconoció de las pertenencias que se había ido trayendo Ramiro desde su casa, ya puesta en alquiler. Ramiro se introdujo en el cuarto y a la altura de la cama se sentó y dejó caer los libros sobre la misma. Eva comenzó a analizarlos. Eran libros viejos, con símbolos en las tapas. Agarró y abrió uno, leyendo y pasando páginas por un rato:
─¿Son libros de brujería?
─Algo así.
─¿Te gusta la magia negra?
─No. Pero la he usado.
─¿Y crees en estas cosas?
─Cuando uno está enamorado cree en todo.
─Ya te digo ─aseguró Eva sin dejar de pasar páginas.
─Ese es el problema, Eva. Que tu amor por mí es forzado.
Eva lo miró. Pareció enojada, aunque enseguida regresó a su rostro dócil, ese que portaba desde aquel día, de ojos brillantes sólo junto a él.
─Eva, no creía en estas cosas pero las probé. Con insistencia.
─Hasta que, por lógica de probar, funcionaron. Una casualidad.
─No, tía, no. Para nada una casualidad.
─¿Es cierto eso de sacrificar y beber sangre?
─Una vez matamos a un gato. Pobre animal.
─¿Pero os bebisteis su sangre?
─No, por favor. No.
─Si es eso, Ramiro, no me importaría que bebieses de mi sangre.
─¿Qué?
─Si lo que quieres que esto funcione, seré tu sacrificio.
─¿Te escuchas?
─Es eso, ¿no? Para que funcione es necesario matar a una persona.
─En mi vida te haría daño, Eva.
─Entonces te ayudaré a conseguir a quien…
─Eva, hostia, deja de decir gilipolleces ─gritó, apenando las cejas al percatarse de la expresión de Eva, que se convirtió en pasividad de un momento a otro─. Eva, lo que quiero decirte que esto acabó funcionando. Y ya te imaginas qué pedí.
─¿Qué pediste?
─Joder, ¿en serio? ─expresó Ramiro y se mantuvo analítico. Cuando encontró las mismas palabras por enésima vez, se pronunció─. Pues a ti. Mi obsesión.
Eva no dijo nada. Continuó analizando un momento el libro que tenía en las manos y entonces lo dejó. Se mantuvo pensativa. Cuando Ramiro quiso pronunciarse, la chica se adelantó:
─No me importa.
─¿Por, por qué dices eso?
─Somos felices, ¿no? ¿Dónde está el problema?
─Tu amor por mí no es real.
─Mentira.
Se miraron. Mantuvieron la mirada. Entonces Eva se adelantó y, gateando, alcanzó la cara de Ramiro, donde le besó. Se dejaron llevar. Eva apartó la cara y se pronunció:
─Sea verdad o mentira lo que dices, no me importa. Soy feliz contigo.
─Pero es mentirte a cada momento. He hecho mal para conseguirte.
─Déjalo.
─Eva, ¿no te parece raro que de un día para otro me quieras?
─Fue esa noche, ahí me conquistaste…
─¿Es eso? ¿Eh?
─Claro. Por fin te lo curraste por una vez en la vida.
─¡¿Qué?! No me jodas Eva, ¡llevo toda la puta vida detrás de ti!
─Pues claro, lo sé ─respondió Eva con mucha calma─. Estabas obsesionado, tú mismo lo dices. Dabas un poco de asco.
─¿Y ya no lo doy?
─No. Me mostraste lo mejor de ti. Fue imposible no enamorarme.
─No fui yo esa noche. Fue, fue la magia negra ─titubeó─. ¿Comprendes? No me acuerdo de nada de lo que pasó. ¡No sé qué hice! Y, y de golpe ─Ramiro se mostró de pronto agotado─. No sé, me quieres.
─Mucho.
─Demasiado ─asumió, aunque no logró ninguna reacción en Eva─. ¿De verdad te da igual?
─Te amo. ¿Qué más debería importar?
─No, claro que importa. Por culpa de esa noche puede que los dos estemos…
Pero el repentino valor se esfumó. Quedó cabizbajo, pensativo, ausente del todo.
─Ramiro.
Eva se acercó y comenzó a besarle en el cuello. Por otro lado lo acarició, descendiendo.
─Sabías que iba detrás de ti ─dijo Ramiro sin dejar su ausencia. Parecía hablarse a sí mismo─. Siempre. ¿Por qué nunca lo hablamos?
─Me caías un poco mal. Reconozco que al principio de conocerte me llamaste la atención, pero entonces salía con otro chico. Cuando corté con él, tú ya estabas un tiempo ahí. Ya me entiendes.
─No.
─Joder, Ramiro ─sus manos buscaron por la entrepierna. Acariciaron con fuerza─. Fuiste muy pesado. Haberlo tomado con calma.
─Me lo dijeron tantas veces que perdió valor.
─Ahora da igual, ¿no? Estamos juntos. El pasado no importa.
─Pero sí importa el reciente. Eva ─reaccionó y la miró─. Puede que tenga sida.
Eva se detuvo y se mantuvo analizando el rostro de Ramiro. Entonces, continuó con sus besos y el manoseo, buscando por quitarle la camisa.
─Eva, joder, ¿tampoco te importa?
Pero no obtuvo respuesta, sólo besos.
Y algo más.
Desnudos del todo, la tenía encima saltando y gimiendo. Él agarraba y apretaba la cadera de Eva contra él. Quería participar, pero ella usaba el peso de su cuerpo, produciendo un daño que se convertía al instante en placer. En un momento dado Eva adelantó las manos y las posó sobre los hombros de Ramiro. En esa postura alzó y descendió su entrepierna tan rápido que Ramiro no pudo contenerse mucho más, eyaculando, apretando para descargar al máximo dentro de ella.
Eva gritó de forma exagerada, alegando a los cuatros vientos que lo quería. Él liberó la carga que sentía en el pecho y le correspondió, diciendo que la querría por siempre.
Para siempre.
Unos golpes se escucharon en la pared. Se miraron apurados, arrimándose Eva para abrazarse y reír con placer y complicidad.
Que hasta los vecinos compartiesen su felicidad.

SARACEN
Rango15 Nivel 74
hace casi 3 años

Me encanta, nada más que decir.


#10

Días después; ¿cuántos? Ya no lo sabe. ¿Somos dueños de los días? Por supuesto que sí, lo que sucede que no somos conscientes de su potencial. Un día lo puede significar todo, pero tenemos tantos y tan seguidos que es difícil valorarlos.
Un mundo se puede definir en un día.
Perdió un día y lo valoró. Entonces consiguió recuperarlo.
Y superarlo.
¿Cuál, cuál es el límite? Ninguno, esa palabra sólo existe para alentarnos.
La habitación está destrozada, nada es reconocible, ni él mismo. La cosa que repta se va acercando. Se acerca. Repta y repta. Se aproxima para tragarlo como una serpiente. La situación le recuerda a otra…
La mujer que se asemeja a Eva aplastada por la cama, arrebato de pasión. Está inconsciente, así lo espera Ramiro. La habitación está desordenada, ¿tanto ha roto y desencajado en un momento? Se da miedo, aunque más miedo le da el rostro de ojos abiertos de la mujer.
¿Cuándo empezó todo? Aquel día que no recuerda… no. El día anterior: el diablo, sus promesas cumplidas.
Los peros de cada deseo.
No. No es culpa del diablo.
Su risa resuena detrás de la pared.
Alguien golpea la puerta.
Regresa al momento de la mujer aplastada.
Va más atrás, rebusca en la memoria de ese mismo día.

─Lo siento Ramiro. Estás despedido.
Iba en serio. Jacinto mostraba una tez rígida, capaz de ocultar cualquier emoción.
Se sucedieron los porqués, las explicaciones, pero sólo hubo alegato de faltar al trabajo.
─Han sido un par de veces.
─No, Ramiro, no. No.
─Es por lo que pasó aquel día, ¿verdad?
─Por más de un día, Ramiro. Me siento decepcionado. Lo siento.
─También ha oído los rumores… ¿O acaso lo sabe todo? Dígamelo.
─Ramiro, por favor ─dijo Jacinto agachando el rostro. Los rincones de la cara se le llenaron de sombra─, recoja sus cosas y márchese. No estoy cómodo.
─Claro, nadie lo está. Claro que sí. Joder, mierda ─se dijo apartando la cara.
De verdad estaba siendo despedido.
Jacinto se levantó y señaló con la palma hacia la puerta. Ramiro tardó en reaccionar, alejándose con decisión.
Sus brazos estaban tensos. Lo mejor era recoger e irse de allí cuanto antes. Ya sabía que iba a ser un día especial, a primera hora le habían llamado por lo del análisis. Suspiró, recogió la caja donde había depositado sus objetos de la oficina y se dirigió a despedirse de cada compañero. Cada trabajador de la oficina se mostró reticente, mal lo disimulaban, sobre todo la secretaria de la entrada:
─Rosa, ¿qué sabes de mí? ─le preguntó como petición. La muchacha retrocedió un poco la cabeza, apenando el rostro.
─Lo justo. Que trabajas bien.
─¿Qué sabes de mí? ¿Tan sólo lo que sucedió aquel día?
─No… no sé de qué hablas.
─Pues guárdatelo. No lo necesito.
Y se marchó sin dar portazo.
Una vez en la calle sintió que debía llorar, o un equivalente, pero se reservó; quedaba el análisis. Respiró hondo, mirando la acera de enfrente como a un paisaje mutante, que en parte así era por la gente, vehículos y las luces inquietas del cartel de una tienda. Se sucedían; siempre igual, diferentes; siempre otras personas actuando igual.
Dejó la caja en el suelo sin importar interrumpir el paso de los peatones y buscó por el móvil. Llamó a Sergi y este no descolgó, surgiendo el contestador. Lo citó en el Al de Siempre, aunque fuese unos minutos.
─El trabajo está sobrevalorado, Sergi. Hazme caso.
Ramiro esperó toda la tarde en el local. Tenía en las manos el papel con el resultado de las pruebas del análisis. Habían tardado media hora en entregárselo, lo que le pareció el triple o cuádruple. Una vez lo obtuvo, se puso a insultar y despotricar del funcionamiento de ese centro, llenando de mierda verbal las mentes de aquellos trabajadores y pacientes. Salió de allí sin mirar el papel, sin querer escuchar lo que le tuviese que contar el doctor.
Sergi no acudía. Hacía una hora que tenía que haber salido del trabajo, pero no acudía. Fuera, la noche ya se habría establecido.
─De acuerdo. Se queda sin saber que estoy sano.
Miró al fondo, donde La Tomillo. Allí estaba la pobre mujer, tonteado con todos y con nadie al mismo tiempo. Su mirada ausente delataba que pensaba a cada segundo en su vida manchada, en su condena buscada. Tampoco es que Ramiro supiera cómo se contagió La Tomillo, pero, si ni siquiera sabía su nombre, ¿qué le iba a importar?
Animado por el cuarto whisky, buscó por el móvil y llamó a Eva:
─Ey, peque, ¿vienes ya? ─clamó Eva tras descolgar al primer tono.
─Sí, muy bien. ¿Sabes? Estoy sano. Estamos sanos.
─Ah, bien.
─Ah. Bien ─repitió con calma─. ¿También te da igual que no tengamos el puto sida?
─Aunque estuviésemos contagiados no cambiaría nada. Seguiría a tu lado.
Estuvo tentado de mandarla a la mierda.
─Me parece bien. ¿Y qué es lo que piensas tú?
─¿Eh?
─El amor piensa eso, que nada importa mientras estemos juntos, apretaditos y cachondos. ¿Pero qué es lo que piensa Eva?
─Ramiro, ¿qué pasa?
─Eso digo yo, ¿qué pasa? ¿Te daría igual que ahora me fuera de putas?
Al decirlo miró alrededor. Los clientes miraban de reojo. Pep parecía serio, no disimulando su atención hacia él.
─O con tu amiga esa ─prosiguió Ramiro─, la fea. ¿Sabías que me la zumbaba?
─Sí, claro.
─Ah. Claro. Bien. ¿También te da igual?
─Hace años de eso.
─¿Y no te resulta patético que me camelara a tus amigas para llegar a ti?
─Y has llegado a mí, ¿qué más necesitas?
─A Eva. Dime, tú, la de verdad. ¿No te parece patético?
─Sí, me lo pareció. Pero ya no importa porque…
─Me quieres. Lo sé, nena. Y yo a ti. Por supuesto.
─Ramiro, me pones triste.
─Doy pena, lo sé. Lo sé bien, zorra.
Ramiro colgó. Notó su respiración alterada y el cerebro embotado por el alcohol. Miró a la barra y se percató que Pep estaba delante de la misma. Se mantenía alejado, atento a Ramiro. Manolo parecía llevar la misma tónica, bastante serio el ambiente.
“Que os jodan. Mira, eso me ha dado una idea”.
Entonces se levantó del sitio y se acercó a Pep, sin ninguna prisa, vacilante. Sacó su cartera y buscó por un billete de valor. Se lo ofreció al camarero, el cual extendió la mano, recibiendo un choque de manos donde se quedó el billete.
─Quédate las vueltas, majo. Me han despedido y yo me voy a follar.
Y acto seguido Ramiro se dio la vuelta y regresó al asiento en busca de la caja en el suelo con las cosas que se había llevado de la oficina. Se movió con mucha calma, enalteciendo sus movimientos. Tenía las cejas levantadas todo el tiempo, y su boca tarareaba una melodía silenciosa.
Ramiro se marchó de allí para siempre. Había que saber dejar el pasado a tiempo.
Pero no olvidarlo.
Fue a un ciber-café para conectarse a un ordenador. Sin disimular y con un crío en el ordenador de al lado, buscó en varias páginas de prostitución de la zona por una mujer que se pareciese a Eva. Fue foto a foto analizando, evaluando cada detalle posible. Al final, tras renovar dos veces el tiempo del servicio del ordenador, encontró una madura que recordaba a Eva por un par de detalles en el rostro. Era mucho más mayor, pero eso en parte tenía su gracia.
“Hola, bonita”.
La llamó y quedaron en un hostal barato. La esperó en la puerta. La reconoció acercándose. Llevaba un vestido sencillo de una pieza y un bolso de imitación, lo más cercano que iba a estar de por vida de ser una de lujo. Se saludaron con un par de besos en las mejillas y no demoraron en entrar. Pidieron la habitación, aguantando la sonrisilla del recepcionista y la sorpresa de éste para que guardara sin preguntar la caja con las pertenencias de la oficina. Subieron a la habitación del tema.
Una vez dentro, encendieron la luz y cerraron pasando el pestillo. Ramiro se mostró con prisas, lo que la mujer decidió obedecer, sentándose en la cama para comenzar a quitarse la ropa por la parte superior.
La habitación era pequeña, de las de una cama, con la típica lamparilla sobre una mesita de noche. Apenas había algún cuadro en la pared, salvo por el cuadrado que conforma una ventana cerrada con la persiana bajada, pareciendo que llevaban tiempo de ese modo. Sólo había una puerta además de la de entrada, que sería el baño. Todo allí parecía envejecido, manchado de esa suciedad oscura y penosa que sólo logra el tiempo.
─Sólo pido una condición ─dijo Ramiro. No había comenzado a quitarse la ropa.
─¿Y es? ─la mujer ya estaba en sujetador.
─Llamarte Eva.
─Eu, bueno. Lo que te dé la gana ─la mujer entrecerró los ojos, gestó que recordó a Eva.
Sería suficiente.
La prostituta recibió el golpe en el lateral de la cara, cayendo de bruces sobre la cama.


#11

La prostituta recibió el golpe en el lateral de la cara, cayendo de bruces sobre la cama. Alzó la cabeza mostrando un rostro de horror, incorporándose entonces con lentitud. Se encontraba un poco despeinada, y eso le dio rabia a Ramiro a juzgar por la patada que le propinó en el pecho. La mujer volvió a quedar tumbada, rebotando sobre la cama.
─¡Me cago en dios, Eva! ¡Todo te da igual!
Ramiro alargó el brazo y cogió la lámpara de la mesilla. Acto seguido la estampó contra el suelo, resonando los añicos.
─¡¿Quién eres?!
Se agachó y cogió un trozo. Sin embargo se detuvo a mitad de la acción, analizando para al final soltarlo.
─Estás loco… ─dijo la mujer en voz baja. Se la notó ahogada.
Ramiro alzó la vista. Se incorporó y fue rodeando la cama. La mujer intentó incorporarse, pero su pelo fue agarrado.
─Quieta.
La zarandeo y obligó a sentarse. Balanceó el brazo de forma violenta, empujando y soltando a la mujer, la cual aprovechó pero resbaló al intentar ponerse de pie, cayendo de ese modo encima de los trozos de la lámpara.
Un grito agudo se produjo.
─Calla, joder, mierda, calla ─expresó Ramiro con otra personalidad más asustadiza.
La mujer continuó gritando, y nervioso terminó de rodear la cama, actuando por instinto para agarrar por debajo, alzar con fuerza cada vez con más éxito y velocidad, y terminar de volcar el lecho al completo con y encima de la mujer, que se convulsionó del golpe antes de ser cubierta por el colchón, expulsando un alarido ensordecedor.
La prostituta no cejó en su aullido, por momentos entrecortado, lo que puso más nervioso a Ramiro, que surgió de detrás del muro que era la cama. Se acercó, empujó a un lado el colchón ladeado para entonces agacharse y propinar un puñetazo en la cara de la prostituta.
El mundo silenció.
Poco a poco fue apareciendo el sonido que producía su respiración. El aire inundaba la cabeza. Notó la gota de sudor por la sien.
“Mierda”.
Miró a la mujer. Tenía miedo al acercar la mano para comprobar el pulso del cuello. La analizó, temiendo lo peor al verla con los ojos entreabiertos. Parecía drogada o borracha, y un poco de saliva salía de su boca. Un bulto entre sus ojos pronto sería cardenal. Ramiro se miró el puño. Tenía un par de nudillos pelados. Se percató entonces del escozor.
Cerró los ojos y se concentró en relajarse.
Llamaron a la puerta.
“Mierda, mierda, mierda”.
Insistieron en los golpes.
Le pareció oír una voz. Resultaba inentendible, el mundo parecía amortiguado. La sangre acumulada en su cabeza nublaba los sentidos.
Ramiro se incorporó y buscó por la habitación. Le hormigueaba el cuerpo entero. Intentar salir por la ventana sería inútil, no recordaba ni en qué piso se encontraban, sólo que a cierta altura. Se fijó entonces en el bolso en el suelo. Fue a por ello, medio agachó y en esa postura lo abrió para rebuscar dentro.
Condones, spray para el aliento, caramelos, folletos y propaganda de casas… una navaja.
Una maldita navaja.
Se enderezó hacia la puerta como si allí ya hubiese alguien. Volvieron a llamar. La voz seguía sin identificarse. ¿Era un hombre?
Lo comprobaría.
Si sangra, así es.
Los hombres sólo son hombres.
Paso a paso, sin intención, se acercó a la puerta. A la altura, sin saber porqué, Ramiro golpeó a su vez la puerta, llamando del mismo modo. El silencio no quiso responder.
“Qué maleducado”.
Corrió el pestillo y con presteza abrió con cierta fuerza. La puerta golpeó contra la pared con un leve golpe continuado de un chasquido.
El recepcionista observaba bobo; más idiota que asustado.
Ramiro elevó la navaja, la cual tenía guardada el filo.
El chico la miró sin comprender. El agresor también.
“No me jodas, Ramiro, subnormal”.
Sin pensarlo adelanto la mano con la navaja como si atacara, lo que hizo reaccionar al recepcionista saltando hacia atrás, lo que aprovechó Ramiro para moverse, atravesar el umbral de la puerta y esquivar por el lado, corriendo entonces mientras tiraba la navaja al suelo.
Bajó por las escaleras, cada vez más acelerado. No notaba los pies, no los podía controlar, y la impresión del mundo abalanzándose sobrevenía, vértigo de lo inminente.
Logró llegar a la planta baja y continuó corriendo, notando la ropa pegada a la piel. Rebasó la recepción y se dirigió hacia la entrada como si tuviese la intención de atravesar de cuajo la puerta.
La empujó.
Respiró el aire.

#12

Se encontraba en un parque, sentado en un banco para recuperar el aliento. Sentía el cuerpo helado, la cara fría y húmeda como si hubiese llorado lo que se debía en esos años.
Y se debía tanto.
Analizó el entorno. El atardecer acontecía, anaranjando los momentos. Identificó a unas pocas personas paseando y un par de deportistas a media marcha apurando el tiempo.
Estornudó, logrando enmudecer a los últimos pájaros.
Repasó lo acontecido. No se reconoció, y tendría que pagar por ello. La policía lo buscaría, había dejado demasiadas pistas y un testigo.
Se había dejado demasiado en el pasado.
El móvil atrapado en su bolsillo comenzó a sonar y vibrar. Lo ignoró: era la melodía de Eva. Su canción favorita se había transformado.
Pero no podía evitarlo. Tenía que superar o corresponder de algún modo la indiferencia de Eva.
No podían estar así siempre.
Exhaló aire.
Decidió que tenía que cortar su relación con ella.
No se reconoció.

#13

En casa de Eva, las manos de Ramiro eran tratadas. Ella no preguntó mucho, lo que Ramiro agradeció, aunque le explicó que le habían echado del trabajo y que había tenido una pelea con un compañero bocazas. Eva quiso saber el motivo del despido, a lo que Ramiro alegó que por llegar tarde y faltar algunos días. Seguía pareciéndole exagerado:

─Es por mi culpa ─defendió Eva.

─Vale ya. A nadie le gustan los mártires.

Callaron. Se centraron en tratar la mano de Ramiro. Le escocía, e incluso comenzó a notar dolor en los huesos. Abrió y cerró el puño varias veces, gesticulando cuando un recorrido de dolor se producía por décimas para mantenerse unos segundos.

─Nunca te he visto tan agresivo.

Ramiro la miró. Eva reaccionó apartando la mirada. Eso le hizo evaluar, pensando acaso qué cara habría puesto.

─Pues por ti me he peleado alguna vez.

─¿Ah, sí?

─¿Recuerdas a Ricardo? Cuando me enteré que intentó meterte mano sin permiso fui a por él.

─Así que fuiste tú ─dijo Eva mientras regresaba la mirada. Entonces quedó ausente mientras empapaba un paño en una cubeta de agua con hielo.

─Sí. Supongo que soy demasiado celoso ─confesó mirando su mano afectada.

─No tenías que haberte molestado. El caso que si hubiese sabido que fuiste tú te habría dejado de hablar.

Ramiro giró el rostro hacia ella.

─Esa es Eva.

─¿Qué dices? Me refiero a que, a ver, ¿no pensaste que me estaba dejando… pues eso, meter mano? De hecho, que no te sepa mal, estuve saliendo con Ricardo debido a esa misma paliza que le diste.

─No me jodas.

─Es verdad. Él me dijo que había sido otro tipo, parecía cagado de miedo, y aproveché esa conversación para acercarme más a él.

─Era el típico chulito. No sé qué viste en él.

─Lo que tú nunca supiste mostrar.

Ramiro torció la boca.

─Ahora ya da igual, ¿vale? ─dijo Eva─. Tenemos que pensar en nosotros.

─¿Si hubiese sido un hijo de puta me habrías querido?

─No lo sé. Era una mañaca que no se enteraba de nada. Sólo puedo pedirte perdón por lo que te hiciera pasar.

El silencio volvió a ser presencia. El paño húmedo se colocó sobre la mano de Ramiro. Volvió a reaccionar ante el frío. Se lo enrolló y apretó, comenzando a caer una ristra de gotas.

Eva, hablando con la mirada, tocó el brazo de Ramiro y lo alzó. Entonces colocó la cara bajo la lluvia, chocando las gotas contra sus mejillas y nariz, donde se deslizaron. Abrió la boca y adelantó la lengua. Sus ojos estaban entrecerrados con intención.

La otra mano buscaba por la bragueta.

─Basta.

Ramiro se apartó con intención de incorporarse, pero se mantuvo sentado, apartando su cuerpo de una Eva que había abierto su expresión.

─¿Qué pasa?

─No me gusta que seas tan ─enalteció─ servicial.

“Ni los mejores seres son dignos de servicio”, le había dicho el diablo. “Ahí tienes una de las pruebas de la mezquindad humana”.

“¿Eso incluye a Dios?”.

Pero el diablo sólo rió.

Le pareció escuchar su risa tras las paredes.

Eco en la memoria.

─Lo siento. Tendré más cuidado.

─Eva no habría dicho eso.

─Eva esto, lo otro… ¿qué cojones quieres, Ramiro? Te amo, ¡lo has conseguido!

─¿Estás resentida? ¿Tu voluntad está siendo forzada?

─No. Lo que siento en el pecho es real.

─¿Acosta de tu felicidad? ¿Se mezcla ese sufrimiento por lo que sientes por mí?

─No. Sólo siento una cosa en cada momento de mi vida. Y es gracias a ti.

“A mí. Soy tu dios. ¿Eh, zorra?”.

─Eres un muñeco ─espetó Ramiro─, y eso no me gusta ─tragó saliva y se mantuvo un momento. Elevó un poco la cara y abrió la boca, temblando su mandíbula─. Creo que deberíamos dejarlo.

─¿Qué?

─No somos felices juntos. Deberíamos dejarlo. Cortar, joder.

─Ramiro, no digas tonterías. Si esto no es amor… ─pero calló, quedando paralizada con la mirada perdida.

─Hacer todo lo que te diga, ¿eh?. Venga, no me jodas. Yo no me enamoré de esa Eva.

─Te enamoraste de un imposible ─Eva regresó─. Ahora ya no merece la pena, ¿es eso?

─No lo sé. Ni tampoco quiero saberlo ─se reafirmó─. Por favor, Eva, lo de la cama es genial, pero te dejas hacer todo.

─¿No te gusta?

─Joder, sí, ¿pero a ti? Que te pida un anal no significa que te dejes al instante. Noté que no te gustaba, pero ahí te mantuviste, sumisa y estúpida.

─Si a ti te gusta me hace feliz.

─¿Y si, ahora cojo, y empiezo a rajarte con un cristal mientras te vuelvo a dar por culo? ¿Eso te gustaría?

Eva no respondió.

─Dime, me cago en dios. Responde.

─Si es lo que deseas, me hará feliz.

─¿Pero qué dices?

─Cada marca que dejaras representaría el amor. Serían marcas perpetuas, ¿no sería hermoso? ─dijo con los ojos brillantes, la boca abierta de deseo.

─¡Tú eres imbécil!

Ramiro se puso en pie. Tuvo un amago, pero se contuvo, alterado en respiración:

─Me asustas ─dijo Ramiro en voz baja.

Miró hacia el suelo y después a Eva. Negó con la cabeza.

─Esto tiene que terminar. El amor es terrible.

─Ramiro.

Pero Ramiro se alejaba. Fue atravesando la casa sin motivo, deteniéndose en mitad del pasillo. No sabía qué hacer. Escuchó los pasos acercándose hacia él, y le parecieron los de un zombie.

“Tú ya no eres Eva. Te he matado. El demonio tenía razón y no le escuché. Nadie le escucha aunque sea quien es. ¿El orgullo nos viene del demonio? ¿Por eso consigue no escucharlo y creerse más listo que él”.

La mezquindad de los hombres. Se creen superiores incluso al orden universo, engranajes que se creen superiores a la maquinaria.

─Joder ─sentenció Ramiro con la cabeza gacha mientras unas lágrimas comenzaban a asomar.

─Ramiro.

Eva lo abrazó por detrás, arrimando su cara contra la espalda. Su respiración era lenta, y eso lo relajó. A un tiempo sus respiraciones coincidieron.

─Te quiero.

Quedó en el eco del pasillo. Ramiro, con delicadeza soltó la presa de Eva, dándose la vuelta para mostrar su rostro empapado de lágrimas:

─Eva, siento no poder decir lo mismo.

─¿Por qué?

─Porque ya no sé ni quién soy yo. Además, tampoco sabía mucho de ti en estos años. La Eva que recuerdo es la de aquel entonces. Te idealizaba, por lo que a la de ahora mucho más. ¿Comprendes?

─Pero ahora hay una nueva Eva ─dijo mientras rodeaba la cintura de Ramiro con los brazos. Sus rostros quedaron a escasos centímetros.

─Lo sé. Pero me es imposible enamorarme de ella.

─¿Qué puedo hacer para lograrlo?

─¿Hacer lo mismo que yo? ─dijo con tono tembloroso─. ¿Tratar con el diablo?

─Lo haré.

─No, Eva, las cosas empeoraran. Ya lo he hecho yo.

Eva ladeó la cabeza.

─¿A qué te refieres?

─La policía vendrá a buscarme ─dijo esperando alguna reacción por parte de ella. Prosiguió─: Eva, dime, ¿quién eras antes de que me interpusiera en tu vida?

─Nadie. Sólo una chica sin rumbo porque iba a casarse con el hombre equivocado.

Un vuelco del corazón.

─Espera, no me jodas. No lo sabía.

─Era un tipo serio, aunque lo adoraba. Nos entendíamos casi sin palabras. Dábamos envidia a los amigos.

─¿Tienes amigos? ─Ramiro no lo quiso decir así, pero le surgió al percatarse entonces de la actual nula vida social de Eva.

─Sí, aunque decidí pasar de ellos para poder dedicarme a ti. También puede ser que mi antiguo prometido haya hablado con ellos y no dijera nada bueno de mí…

─Para.

─Resultó muy repentino. Supongo.

─Que pares.

─Son tonterías, sí.

─No. No ─repitió angustiado.

─Ramiro, sólo existes tú.

─Eso no es verdad. Te he matado, joder, he matado a la mujer que eras…

─¿Y qué más da?

─¡Deja de actuar así!

Eva cayó inconsciente al tercer golpe.

#14

Curioso. Detestamos, odiamos, anhelamos y por lo tanto sufrimos, y sin embargo queremos mantener un honor, una dignidad que no puede evitar desbocarse. Defendemos una mentira, somos dignidad corrupta, y todo porque nosotros lo decimos más que decidirlo. Qué diferente hubiese sido el mundo si la primera dignidad hubiese sido tirarse por un barranco.
Eso le recuerda al vacío. Esa es la autentica verdad que pasamos siglos negando. Pero con algo hay que llenar el tiempo, ¿no?
Una canción de Elvis por el fondo. Desde la calle. Se calla. Las luces alternadas han llegado, al igual que la cosa que repta.
Sonríe.
Esa cosa que durante minutos se ha arrastrado por el pasillo para llegar al comedor y recorrerlo hasta él. Es ella, la cosa con la que se acuesta con placer, por el más puro amor.
La cosa lo toca; lo acaricia. Sigue reptando, no parece que lo vaya a devorar.
Hay cosas que no saben cambiar. Seres.
Recuerda los recientes gritos: “¡Dime! ¡¿Cuál fue mi hazaña?! ¡¿Qué hice?!”.
El calor del enorme gusano lo termina de cubrir. Nota los labios ocupados, y corresponde. Recuerda la botella que tiene en la mano y la acerca hacia esa especie de labios hinchados. La cosa bebe, y luego beberá de él. Compartirán las cicatrices.
Analiza el cuerpo que ha vejado, uno que se ha dejado domar por cada agujero, sin pedir explicación. Se ha dejado golpear hasta el cambio de tonalidad. Los puños duelen y dolerán por mucho tiempo. El cuerpo hinchado resulta vomitivo, pero a él le gusta. Le excita. Como siempre.
Para siempre.
El gusano humano parece inquieto. Le sorprende que pueda ver por esas rendijas rojizas.
─No tienes remedio, mi amor.
Deja la botella a un lado y busca por la bolsita. La abre, y sin dejar de rodear con un brazo a la cosa; su cosa, vierte el contenido en su palma ensangrentada. Tira la bolsa a un lado y acerca el contenido a la cara de su ser predilecto.
El cúmulo de bultos acerca la supuesta cara y comienza a aspirar, casi a devorar. Es tal el ansia que él se siente hipocondriaco y corresponde la subida que debe de estar sintiendo en el cerebro.
Río plateado en la oscuridad.
El diablo vuelve a reír. Está justo detrás de la pared donde se apoyan y donde se volverán a amar en su honor.
Llaman a la puerta. Después golpean.
Una voz inentendible.
Tardarán en tumbarla, por lo que resulta perfecto.
El gusano comienza a toser. Aparta la cara y tose con más fuerza. Expulsa diminutas gotas rojizas que le manchan a él la barriga. Una salpicadura se crea junto a su ombligo. El ser regresa al alimento, aspirando y mamando de la palma y después de los dedos.
Sonríe.
El diablo, ¿qué es en verdad? Aparte de un bromista perpetuo debido a la resignación que ya forma parte de su naturaleza, es el heraldo de Dios, que sigue educándonos a partir de los pecados. El diablo existe para enseñarnos.
Es una pena que para aprender la lección tenga que existir el daño. No hay otro modo, sólo podemos evitarlo si acaso sucede de nuevo.
Que sucederá.
El ser sigue alimentándose del polvo blanco empapado con la sangre de su amado.
Al final es el peso de nuestros pecados lo que nos define.
Te quiero, Eva.
Te quiero.
El perfil de la sonrisa se moja. Lágrimas caen justo donde las manchas en la barriga. Más gotas anuncian el derrumbamiento de ese hombre.
La aprieta contra su cuerpo, y cubre su cara contra la cabeza de ella, que tiene gran parte del pelo arrancado.
Eva…
El llanto se acentúa. El ser sigue devorando por varios agujeros el polvo en la palma.
Lágrimas caen.
Gotas de sangre acompañan.
La sangre se mezcla.
Las conciencias también.
Pronto lo harán los fluidos.
Así como las lágrimas.
“Allí donde estuviese ella, estaba el paraíso”.
Eva, mi Eva.
El diablo no deja de reír, y llorar, detrás de la pared.

Nubis
Rango12 Nivel 57
hace casi 3 años

Compruebo @Evasttory que te ha gustado la historia de tu tocaya :)

Jose_Mierez
Rango13 Nivel 64
hace más de 2 años

Necesitaré terapia pero fue maravillosa @Nubis uffs jajajaja sin palabras,

Nubis
Rango12 Nivel 57
hace más de 2 años

Gracias @Jose_Mierez por tu paciencia y dedicación. Hasta la fecha es mi relato más extenso. Lo último es más corto, jeje.