OdioLosLunes
Rango8 Nivel 36 (2465 ptos) | Poeta maldito
#1

Prólogo: Grieta

Cuando sonó el despertador supe que no quería salir de la cama. Era el primer día de instituto y, por mi parte, estaba mejor tumbada sobre el colchón. La luz pálida del amanecer despuntaba por los huecos que no atinaban a cubrir las persianas. Escuchaba, también, el molesto trinar de un pajarillo que se había posado cerca de mi ventana. Quería espantarlo para que todo se quedara en silencio, porque cuando había silencio recobrabas un tipo de conciencia distinta sobre el mundo. Era como si no escuchar sonidos te hiciera más consciente de tu alrededor: veías las cosas sin edulcorar, y eso a veces dolía. Pero no importaba: yo estaba acostumbrada a aquel tipo de dolor.

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#2

Mis ojos se fijaron en una grieta que se había formado en el techo de mi habitación. Hacía mucho que estaba ahí, cada vez más grande. Cuando llovía se oscurecía y empezaba a llenarse de moho. Mamá se quejaba, porque decía que la reforma de mi habitación había sido un fiasco. Y la grieta seguía ahí, recordándoselo. Yo muchas veces la miraba porque me daba la sensación de que si lo hacía durante mucho tiempo se dilataba. La miraba horas con la esperanza de que creciera como un agujero negro hasta engullirme. Entonces viajaría a una dimensión alterna donde no hubieran institutos, exámenes ni nada por aquel estilo.

Sería un lugar maravilloso en el que nadie llevaría puestas caretas. La gente se presentaría sin segundas intenciones o ideas estúpidas que estaban ahí para fingir que había cosas que te importaban cuando no era así. Podría sonreír cuando me apeteciera y estar triste cuando me diera la gana. Venga a visitarme usted, señora grieta, que tengo muchas ganas de hacer viajes interdimensionales.

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#3

Capítulo I: El hada y el elfo

Cuando llegué a la cocina mamá me estaba esperando con una taza de café caliente entre sus manos. Tenía el pelo a la altura de los hombros, de un color caoba idéntico al mío, y perfectamente planchado. Algunas arrugas despuntaban en los extremos de sus ojos pero, aun así, yo sabía que pocas personas podían ser más guapas que ella. Sus ojos eran grandes, con las pestañas largas y atigradas, y del color de la miel. Tenía pecas sobre su nariz y mejillas. Blanca de piel y siempre elegante. Perfumada con una colonia que nada más olerla me hacía recordar cuando me daba abrazos de pequeña y me manchaba a besos con su pintalabios.

Tomé asiento en la barra americana de nuestra cocina esperando a que me sirviera un poco de café. Estaba ardiendo y era oscuro. Creo que me gustaba sobre todo por su aroma: podía resucitar a un muerto. Por eso lo tomaba con apenas una cucharada de azúcar. Lo quería fuerte, arañando mis papilas gustativas. Mamá se acercó a mí y me dio un beso en la frente: «Buenos días, cariño», me dijo. Asentí y removí mi taza. Luego miró hacia su reloj. «En nada desayuno, ma».

Cinco minutos después estuve saliendo por la puerta. Me llevé un croissant de chocolate, que mordisqueé con desgana hasta llegar a clase. Luego me senté en un pupitre alejado y pegado a la ventana. Desde allí llegaba a mirar a los vecinos de un bloque de pisos que estaba enfrente de nosotros. Había una mujer mayor que parecía entrañable con su cabello largo y blanco recogido en una cola baja. Llevaba puesto un vestido fresco con estampado de girasoles. Intercambiamos miradas. Estiré los labios intentando sonreír pero hice una mueca rara que me hizo ponerme nerviosa. Pasé la mano derecha sobre mi cabello cobrizo, que despeiné. La mujer siguió mirándome con una mezcla de curiosidad e incomprensión. Tendía la ropa mientras se preguntaba si yo era un alienígena; o eso me pareció a mí. Quizá tenía razón y la realidad era que salí de la brecha interdimensional que había en el techo de mi habitación.

Me forcé a mirar cómo se iba llenando la clase por mis compañeros. Conocía el nombre de la mayoría de ellos aunque ninguno me dirigiera la palabra. También podía saber pequeños detalles de sus vidas tan solo observándolos porque, como dije antes, el silencio daba una percepción diferente de las cosas. Me sorprendió cuando una chica entró y no pude reconocerla. Era bastante alta y delgada. Tenía el cabello largo y rizado, de un castaño claro que estaba al límite de ser rubio. Sus ojos eran tan parecidos a los de mamá que pensé que sería más correcto que ella fuera su hija en lugar de yo. Era morena de piel y bastante guapa. Llamativa, porque llevaba un vestido lleno de volantes como una princesa. Estaba maquillada, también, con una gruesa línea sobre sus párpados, rímel y brillo de labios. Pensé en si aquel brillo de labios olería a algo: había algunos con sabor a coco o a frutas del bosque. Hacía un tiempo tuve uno que me gustaba mucho, pero nunca me lo ponía porque me sentía tonta.

Envidié mucho a aquella desconocida porque se veía bonita con la boca brillante y tal vez aromática. Sonreía arrugando sus ojos pintados y batiendo unas pestañas que desafiaban la gravedad. Tuve el amago de encogerme, porque a su lado me sentía pequeña. Con una sonrisa se sentó a mi lado. «Hola, me llamo Violeta». Me sonrió más. «Este es mi primer año en el instituto», añadió. Yo asentí. Abrí la boca intentando hablar, pero me quedé sin palabras. Aquello, desde luego, no era una novedad. En su día la pedagoga dijo que tenía mutismo selectivo.

—Clara no habla —intervino Patricia, que me estaba prestando atención por primera vez en todos mis años de instituto. La desconocida con ropa de princesa era un imán para las personas. Y yo no me llevaba bien con las personas.

—¿Te llamas Clara? Es un nombre muy bonito. —Volvió a sonreír y sus mejillas se sonrojaron. Mis mejillas se sonrojaron, también, pero seguro que no me vi con tanto estilo como ella. Intenté sonreír, pero me pasó lo mismo que con la señora mayor que vi por la ventana: hice una mueca rara. Violeta me miró con confusión y luego pareció divertida. Aquella reacción fue tan extraña que no supe medir si se estaba riendo de mí o conmigo. Me puse rígida y abrí mi libreta. Lo mejor era ignorarla hasta que se cansara de estar ahí plantada.

En respuesta Violeta se inclinó sobre mí y pasó su mano sobre mi frente repetidas veces. «Llevas carmín. ¿Alguien te ha besado?» Me quedé más pálida y sonrojada aún, si es que aquello era físicamente posible. Me encogí, enfurruñada, y no le respondí nada en absoluto. La curiosidad que parecía tener por mí era incómoda y reconfortante. Aquello me sorprendió, porque nunca había tenido dos sentimientos contradictorios a la vez. Aun así, me tranquilizaba pensar que al poco se iría a otra mesa.

—Soy nueva aquí —se presentó Violeta a Patricia—. Encantada de conocerte.

Patricia arrugó una ceja y miró a Violeta de arriba abajo. Le lanzó una mueca burlona, con algo de malicia, y después habló.

—¿Qué se te pasó por la cabeza para ponerte ese modelito? Parece un disfraz con tantos volantes.

Violeta rio con ganas.

—¿Quién decide lo que es un disfraz y lo que no? Hasta donde yo sé puedo llevar la ropa que me dé la gana. —Se sacudió el cabello fuera de los hombros. —Estoy ideal de la muerte.

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#4

Patricia la miró con condescendencia, mientras que Violeta por su parte volvió a fijarse en mí. Entonces supe por aquel cruce de miradas que compartimos que su forma de tratarme era la de un igual. Ella había sufrido discriminación como yo, por eso había escogido sentarse a mi lado. Mi comportamiento rezumaba «Inutilidad social» a quilómetros de distancia y aquello la hacía sentirse integrada. No se sentía cómoda lidiando con personas promedio, porque en su día la desplazaron. La desgracia para Violeta era que yo no era una asocial cualquiera: yo era extraña incluso para la gente extraña.

Me sorprendió la confianza que tenía para actuar, a pesar de haber vivido algún tipo de discriminación. Tuve el impulso de preguntarle cómo tenía tanta autoestima, pero cuando tomé aire para empezar a hablar me quedé estática con la boca abierta. Era extraño. Mandaba la orden e intencionalidad de hablar, pero luego me quedaba a medio fuelle. Rígida y encogida sobre mí misma clavé mi vista sobre la entrada del aula. Había llegado la profesora.

—Buenos días —saludó, sin tan siquiera presentarse porque no era el primer año que nos daba clase. Se llamaba Marta y su característica principal eran sus enormes y saltones ojos chocolate. Era menuda, regordeta y tenía una verruga en la barbilla. Su cabello oscuro siempre estaba recogido en un topo o coleta.

Violeta estuvo estudiándola con curiosidad. Por mi parte yo clavé la vista en un grillo al que parecía que nadie prestaba atención. Era verde brillante y estaba en una esquina del cuarto, saltando en el mismo sitio. Me recordó a una rana enana. Luego pensé que era muy valiente, porque cuando supieran de su presencia podrían aplastarlo. Había varios chicos en clase a los que les gustaba alardear hundiendo a personas emocionalmente débiles. ¿Un insecto podía ser emocionalmente débil? Eran pequeños y a los chicos les gustaba aplastar a las cosas pequeñas. Ego. Ego de machos.

El insecto me miró. ¿Los insectos podían mirar? Saltaba mirándome. La profesora seguía hablando mientras repartía hojas. No le presté atención: solo miraba al insecto porque una parte de mí sentía que debía de contar una historia. A lo mejor no era un insecto, sino un hada. A mí me gustaban las hadas y las princesas, aunque a muchos les parecieran ridículas. Llevaba un tiempo trabajando en un cuento de una princesa que se llamaba Soledad, pero no me apetecía hablar de Soledad sino del insecto que en realidad era hada. Así que cogí mi bolígrafo y me puse a escribir.

«Había una vez un hada que era la más hermosa del reino. Tenía las alas verdes como la madreselva y delicadas como las mariposas. Sus ojos eran violeta claro y tan carentes de emoción que recordaban a un muro de hormigón. El hada más hermosa del reino estaba triste, opaca y sola porque un malvado elfo la engañó. El hada más hermosa del reino iba a convertirse en una anciana de tez olivácea y caduca.

Estuvo muchos años subiendo a una colina elevada hacia la luna para recoger sus rayos dentro de unos tarros mágicos de cristal. La luna, que era tan hermosa, regalaba su resplandor todas las madrugadas y el hada se hacía con él para conservar su belleza eterna. Cuando envejecía los abría y su piel absorbía el brillo del satélite. Entonces, volvía a ser la perfecta hada del reino.

Pero llegó un elfo astuto y malvado, que tampoco quería que las arrugas y bolsas empezaran a nacer en su piel. Tenía el pelo largo y azul: a juego con sus pupilas de zafiro. Su sonrisa era de gato, con los dientes puntiagudos y finos. Se puso de rodillas para decirle al hada «Eres la dueña de mi corazón». Aquellas palabras conmovieron al hada, que cayó rendida bajo sus encantos y, al poco, se casaron. Fue entonces cuando el elfo pudo descubrir el lugar donde la vanidosa hada guardó sus tarros. Se los arrebató. Todos; sin dejar ninguno. El hada estuvo llorando hasta que se le secaron los ojos.

Todavía desconsolada volvió a recolectar en su desesperación rayos de luna. Pero, por desgracia, era demasiado tarde y no tenía reservas para detener su vejez cuando fuera a hacerle una visita. Sería un hada fea que se convertiría en insecto. Porque como todo el mundo sabía la magia solo existía en la belleza y el castigo a los mediocres era tener exoesqueleto».

Cuando terminé de escribir me di cuenta de que todos lo seguían haciendo. Había unas preguntas en la pizarra a las que no les había prestado la debida atención. Con disimulo me levanté para coger otra hoja y contestar lo poco que me diera tiempo, pero Marta, la profesora, me detuvo. «Dije que contestarais solo en el folio que os di», repuso seca. Asentí con la certeza de que me estaba metiendo en un lio.

De repente, alguien chilló. El grillo que era un hada había dado un salto sobre la mesa de Marta. Se pusieron todos de pie, histéricos, y algunos chicos de clase fueron hacia él para cazarlo. Me puse tensa por las circunstancias. «¡Ya basta! ¡Sentaos! Es solo un insecto». El hada en forma de grillo me miró y, acto seguido, desapareció: había saltado por la ventana.

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#5

Capítulo II: El injusto castigo

Marta dirigió su mirada hacia mí inmediatamente, como si fuera la principal responsable de aquello. Me sentí bastante avergonzada por las circunstancias aunque fuera estúpido; yo tenía poco que ver con que un grillo entrara en las aulas. Pero en cambio tenía la mirada incriminatoria de Marta y la amargura de haber escrito un relato corto sobre él. ¿Estaba compinchada con el insecto? La lógica me gritaba que no pero mi corazón quería creer que la magia existía. Y Marta también. Marta creería en cualquier cosa con tal de incriminarme.

—¿Clara Alegre? —Solo asentí. —Entrégame tu examen, por favor.

Negué y retrocedí hacia atrás. Mi examen, además de ser la prueba de mis poderes sobre animales con exoesqueleto, era mi historia. Mis historias solo las leía mamá porque me intimidaba mucho desvelar algo de mí a los demás. Siendo sincera también me daban miedo las críticas: que me dijeran que apestaba como escritora y que lo mejor era que me dejara de tonterías y me pusiera a hacer algo útil. Pero me intimidaba más que pudieran leer algo de mí en ellas. Podrían decir «Esto lo escribes porque no tienes amigos y te sientes incomprendida. Qué patética eres, Clara, con tus ilusiones de niña de cinco años». Cuando escribías había un cachito de ti ello y si te cruzabas con personas lo suficientemente listas como para darse cuenta estabas metida en un lío.

Marta era una señora con bastante mal genio porque tenía una vida triste y, en lugar de buscar algún consuelo, proyectaba su odio en los demás. Esa era una de las pocas cosas que había leído en su silencio. En ocasiones me gustaba quedarme mirando a las personas durante mucho tiempo. Era algo extraño pero también útil. A la larga podías memorizar patrones de conducta concretos que te desvelaban bastantes cosas. Las personas eran como libros, solo que a veces se nos olvidaba. Quizá una de las razones por las que Marta me procesaba odio era que ella en realidad siempre fue lista. También le gustaba hacer esa cosa de leer a los demás y probablemente a mí me había calado de pleno. Siempre fui muy fácil de leer aunque, para mi fortuna, nadie me prestaba la debida atención.

—¿Por qué no me quieres dar tu examen? Ya va siendo hora de que lo entreguéis todos. —Arqueó una ceja. —Dejad ya los bolígrafos encima de la mesa.

Me acerqué hacia la puerta con la intención de escaparme de allí. Las circunstancias se estaban sobreponiendo y no me consideraba con la suficiente entereza como para sobrevivir a semejante presión. Violeta, que también se había incorporado, se acercó a mí.

—No puedes obligarla si no te quiere entregar el examen —le repuso a Marta—. Puedes ponerle un cero, y ya. Déjalo estar, por favor.
A aquellas alturas quería que la tierra me engullera bajo diez metros de profundidad. Semejante bochorno no se lo deseaba a absolutamente nadie. Yo, que siempre había pasado desapercibida, acababa de ser el foco de atención de absolutamente toda la clase. Salí corriendo de allí con unas lágrimas que me picaban en los ojos.

Fui hacia los baños y me quedé encerrada bastantes minutos. Me costaba tomar aire y cada vez que pensaba en lo ocurrido aumentaba aún más si cabía mi angustia. Luego escuché a alguien entrar llorando como lo estaba yo. No me atreví a salir de mi cubículo: me quedé jadeando lo más silenciosa que pude. Aquella persona debía de estar muy triste, porque la intensidad de sus lágrimas incrementaba. Emitía chillidos ahogados y la escuché golpear la pila. Luego abrió el grifo, tal vez para que se la oyera menos.

No sé por qué lo hice y creo que en realidad nunca podría justificar mis acciones. Quizá fue porque me daban pena sus lágrimas, que eran muy amargas: como mi café, oscuro y solitario. El café que tomaba por las mañanas siempre iba sin leche, porque podía acompañarse a sí mismo. Pero aquel llanto era el de alguien que necesitaba leche condensada. Cuando salí del váter me detuve en seco.

—¿Clara? —repuso Violeta, con la voz rota. Su voz rota era bonita, como la de algunos cantantes de la radio. Asentí. —No sabía dónde estabas. La profesora esa fue horrible conmigo porque le contesté.

Se acercó lo suficiente a mí como para que pudiera oler su colonia. Era dulce, y de nuevo tuve envidia. Luego sus brazos me envolvieron y dejó caer su cabeza sobre mi hombro. Era la primera vez en mucho tiempo que hacía algo así con alguien que no fuera mamá. Violeta era bastante más alta que yo, así que creo que se aprovechó de mi desventaja para dejar caer parte de su peso. La rodeé despacio y abrí la boca para decirle algo que la hiciera sentir mejor. «Relájate». Solo fue una palabra, y la dije bastante bajo, aunque creo que me escuchó.

Desde aquel momento Violeta y yo nos hicimos muy amigas. La mayoría de veces sentía que era un opuesto a mí y aquello estaba bien. Lo que más me gustaba de ella era que sabía llenar mis silencios. Me enseñó que el ruido también tenía cosas bonitas: en las palabras podías encontrar respuestas menos enrevesadas que en los pequeños gestos.
Nuestra estancia en el instituto fue cada vez más complicada, probablemente porque no pasábamos desapercibidas. Aquello era lo que más odiaba. Me sentía cómoda en la invisibilidad: era un velo que me prevenía de recibir golpes. Con Violeta todo fue distinto. Cada día recibíamos un guantazo de mil maneras. Todavía podía recordar la forma en la que se enteró de la muerte de mi padre.

Aquel día llevé un vestido azul celeste. Era un homenaje a papá, que le gustaba que llevara vestidos y aquel era su color favorito. Todavía podía recordar cómo cinco años atrás me preguntó Patricia «¿Por qué llevas puesto un vestido?». En aquel entonces tenía trece años y había algo dentro de mí que me impulsaba a contestarle que tenía derecho a llevar lo que me diera la gana. Desde que me alcanzaba la memoria saboreaba una sensación muy desagradable que me empujaba a pensar que cada cosa que hacía estaba expuesta al juicio de los demás. La vida me ponía exámenes y yo no había estudiado.

Lo cierto era que nunca me habían gustado los vestidos. Mi prenda favorita eran los pantalones cortos y las camisetas ajustadas de lycra. La lycra era suave, calentita y la vendían con colores muy vivos. Probablemente a Patricia le llamó la atención que hubiera cambiado de manera tan repentina mi vestuario y yo, en lugar de no contestarle, fui lo suficiente inocente como para darle una respuesta que usaría todos los años de bomba arrojadiza. «A papá le habría gustado. Hace un año que no está». Patricia no me dijo nada: solo se quedó mirándome sin saber cómo reaccionar. Quise creer que aquello la hizo compadecerse pero, sin embargo, me equivoqué. Horas después tuve a todos mis compañeros increpándome.

La gente me preguntaba cosas para conseguir información que me dejara en evidencia. Porque era divertido reírse de Clara y yo había sido muy estúpida. Poco después perdí la capacidad de hablar con el resto. Y se rieron más.

—¿Qué pasa, Clara? ¿Otra vez el vestidito de la muerte de tu papá? —espetó Patricia aquella mañana. Tenía las manos sudadas por el nerviosismo que me provocó aquel comentario. Violeta me lanzó una mirada de extrañeza.

—¿La muerte de su padre? ¿Qué dices?

—Su papá murió hará unos años de una puñalada que le dieron en un robo de su casa. —Sonrió con sorna, como si le gustara regodearse en mi desgracia. —Al poco dejó de hablar, porque se puso muy triste.

Invertí todas mis fuerzas en no darle una bofetada. Aquello fue extraño para mí, que nunca había tenido pensamientos agresivos. Cuando se portaban mal conmigo simplemente deseaba desaparecer. Pero en aquella ocasión solo anhelaba golpear fuerte a Patricia y gritarle que lamentaba que mi vida no fuera tan maravillosa como la suya.

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Capítulo III: El papá de Clara y de Violeta

Desconocía cómo explicarle lo ocurrido con mi padre a Violeta. Aquel no era un tema que me gustaba compartir: prefería guardármelo para mí misma, donde nadie podía establecer juicios de razón sobre mis circunstancias. No sabía si odiaba más cuando me miraban con petulancia o cuando lo hacían desde la compasión. Me daba la sensación de que ambas nacían del mismo sentimiento: el ego. No me apetecía ver cómo nacían emociones así en Violeta; no quería que mi visión sobre ella se malograra. La quería intacta y pura, aunque fuera imposible. La vida ensuciaba las cosas.

Aquel día en la salida de clase me desvié en el camino; Violeta en respuesta solo enarcó una ceja. Me siguió hacia las afueras del pueblo, donde estaba el cementerio. Ahí descansaba papá: en una tumba de mármol blanco. La foto que puso mamá era de él sonriendo con su barba descuidada y sus gafas de culo de vaso de color vino. Cuando miraba aquella foto me daba la sensación de que nuestros ojos estaban interconectados. Entonces me acordaba de que estaba muerto y me entraba la impotencia. Siempre tuve la lágrima fácil y, como estaba acostumbrada a llorar por absolutamente todo, era complicado batallar contra aquello.

También era cierto que me costaba admitir cuando estaba triste. Normalmente lo posponía pensando en otras cosas. Pero luego, cuando tenía la guardia baja, ocurría alguna tontería que me recordaba una tontería del pasado que no era tan tonta y caían mis lágrimas como si fueran la cascada del Niágara.

La primera vez que pensé en la princesa Soledad fue en aquel cementerio, porque era el lugar indicado para las almas en pena y yo siempre la imaginé como un alma en pena. Era una princesa que no se acordaba de nada y dudaba su existencia. Por aquella razón vagaba entre tumbas. Era el espectro más maravilloso del mundo. Llevaba el pelo rubio platino: largo y blanco. Pálida toda, porque era un folio en blanco. Su vestido estaba rasgado por los bajos, donde a través de las telas se podía ver un aparatoso cancán de color blanco. Me imaginaba sus telas de color ocre o blanco, también, y siempre sucias. Las medias rasgadas y sin zapatos. Sus ojos grises, o incluso blancos, con el maquillaje corrido. Los ojos con regueros negros, porque de llorar tanto se le habían marcado unos surcos de melancolía. Sus labios pálidos y recubiertos de un pintalabios rojo, vencido hacia uno de los extremos de su barbilla.

Estaría danzando entre ataúdes; bailando una canción con el viento. Sí, sería amiga del viento porque se llevaba increíblemente bien con el olvido. El viento estaba ahí, y luego se largaba para que nadie hablara de él. Quise decirle a Violeta que la princesa Soledad se había vuelto un eslabón muy importante de mi vida, porque me hacía encontrar la paz. Era su historia la que me ayudaba a lanzar fuera todos mis demonios.

—Tienes la misma nariz que tu padre —musitó Violeta, con la vista clavada en la foto del nicho. Asentí con una sonrisa rota. Recordaba que mamá se reía de él porque su tabique era tan pequeño que le costaba mantener las gafas en el sitio y, en ocasiones, se le caían al suelo. Había roto muchas lentes.

Tuve cierto miedo de enfrentar mi mirada con la de Violeta. No me apetecía enfrentarme a su compasión o algo por aquel estilo. Pero en cambio, cuando nuestros ojos se cruzaron, me enfrenté a la única cosa que no me esperaba: comprensión. Violeta estaba empatizando conmigo y se sentía capaz de no juzgarme. Tampoco me preguntó lo que le ocurrió a papá, como hacían muchas personas en busca de detalles morbosos sobre mi tristeza.

Recordé que la primera vez que imaginé a la princesa Soledad era una niña. La princesa Soledad fue una niña que lloraba. Vivía en un castillo gigantesco lleno de opulentas habitaciones que, a pesar de que estuvieran llenas de joyas y objetos de valor, las sentía vacías. La vida de la pequeña Soledad estaba vacía porque buscaba cosas que eran imposibles de conseguir en el plano material. Por aquella razón lloraba días y noches. Lloraba mucho en aquel castillo, y nadie le hacía caso. Lloró tanto que terminó inundándolo todo, y entonces le hicieron caso. Tuvieron que navegar entre la sal de sus lágrimas sobre un velero hecho de pañuelos de papel.

—La próxima vez si quieres le traemos una rosa —musitó Violeta—. Las rosas son muy bonitas y estoy segura de que le gustarán.

Aunque llevaba un tiempo relacionándome con ella todavía me costaba intercambiar palabras. Cualquiera se habría cansado de hablar conmigo, porque la mayor parte de las veces no encontrabas respuesta, pero a Violeta no le pasaba aquello. Hablaba conmigo de muchas cosas y nunca le respondía nada. Sin embargo no se molestaba o le sentaba mal mi silencio: sonreía ante mi boca cerrada como si fuera capaz de imaginar mis respuestas mudas.

—Yo tampoco tengo padre, ¿sabes? —Violeta se sentó en el suelo, rodeada de los nichos que estaban anclados a la pared. Aquello lejos de parecerme una imagen desgarradora, se me hizo tierno. —Pero no ha muerto. En realidad, yo nunca tuve padre. Cuando nací no estaba ahí y mamá no me dijo nada de lo que le ocurrió. Creo que simplemente se largó, y ya.
»Al principio recibía por correo regalos la fecha de mi cumpleaños y de navidad. Mamá no me dijo que eran específicamente de él, pero creo que fue así. Llegué a preguntarle dónde se había ido mi padre y a exigirle que me explicara las cosas. Yo quería tener una familia como todo el mundo, pero en ocasiones apuntamos demasiado alto. Cada persona tiene, digamos, sus problemas, ¿sabes? Nadie es feliz del todo y siempre encuentra alguna carencia en algún aspecto de su vida.

»El caso es que me volví algo idiota con mamá porque mi padre no estaba: la culpaba de alejarme de él sin siquiera saber lo que había ocurrido en realidad. Fui un poco idiota, si quieres que te sea sincera. —Suspiró. —Mamá nunca me dijo nada al respecto: solo se quedaba callada y actuaba como si mi manera de comportarme no le hiciera nada, aunque yo sabía que era mentira y una parte muy siniestra de mí buscaba hacerla padecer. Creía que yo era la única que lo pasaba mal, cosa estúpida, y buscaba que mamá lo pasara mal cuando en realidad ya lo pasaba mal. No sé si me explico.

»Encontré una carta de papá en el aparador de mamá, donde decía que no debió de haberle avisado de que se quedó embarazada. También le insistió en que abortara porque según él yo era un error. Un error que arruinó sus vidas. —Violeta me miró a los ojos y creí que iba a empezar a llorar. —Ahora que lo veo con objetividad sí que fui un error, porque les impedí ser felices y probablemente provoqué que mamá se fuera. Yo no elegí ser un error, Clara, pero lo era.

»Mamá le dijo que era su hija y que decidió tenerme porque quería. El caso no es que yo fuera un error o no, le dijo mamá, sino que era su decisión llevar el embarazo adelante y él no le podía impedir el aborto. Le dijo que no lo necesitaba en su vida.

»Me habría gustado haber podido encontrar más cartas para ver si se decían más cosas o poderle preguntar a mamá sin tapujos lo que ocurrió. Pero no puedo, porque no responde o ignora el tema. Creo que moriré sin conocer todos los detalles de lo que vivió con papá.

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Capítulo IV: El reino del Olvido

Quise hacer sentir a Violeta mejor, porque no era agradable en absoluto saber que tu padre nunca se interesó por ti. Alguna vez pensé que quizá sería mejor haber nacido sin la existencia de papá porque así no podría sufrir su pérdida. Pero luego estaba el contrapunto de Violeta: ella parecía destrozada por no haber tenido algo que la mayoría de personas experimentaron. Debía de doler sentir que alguien que tenía que ser cercano no había estado ahí. Quizá el punto era en que las dos teníamos dos faltas desde perspectivas diferentes: yo tenía la pérdida y ella tenía la carencia.

Tal vez si le enseñaba la historia de Soledad estaría identificada con ella. Violeta alguna que otra vez se había quedado con la mirada fija en las hojas que escribía en clase. Nunca se las enseñaba, pero sabía que tenía curiosidad. En cambio ella decidió no decir algo al respecto porque con su súperpoder de comprenderme sabía que me incomodaba hablar de ello.

Me senté a su lado, con la espalda pegada donde estaban empotrados los nichos. Abrí mi mochila y saqué mi libreta azul cielo, donde escribía cada una de las ideas que me venían a la cabeza. Generalmente eran cuentos, pero se había dado el caso de que un cuento que empecé en aquel cementerio había terminado alargándose hacia un relato bastante largo, que contaba sin contar cosas de mí. La mayoría de veces me pasaba aquello: hablaba de mí sin querer. Aquella historia la bauticé como El reino del olvido, porque todos habían olvidado. Violeta tomó mi libreta por la página donde se la tendí. Sus ojos resplandecieron de la alegría y empezó a leer en voz alta.

«Había una vez una princesa que estuvo toda su vida llorando porque vivía en un mundo gris. La princesa tuvo un nombre precioso, que todo el mundo pronunciaba con delicadeza y suavidad. Su cabello era negro, largo y repleto de tirabuzones porque, como todo el mundo sabía, las princesas debían de tener tirabuzones en el pelo y pecas sobre sus mejillas rosadas. Sus ojos eran madreselva, exóticos, y sus labios llevaban siempre carmín color vino. Era la mejor de todas las princesas, aunque la más invisible.

Solía llorar porque le hacían llevar tacones y un corsé que le oprimía el pecho hasta arrebatarle las ganas de respirar. A ella le gustaba, pero no. Le parecía bonito, pero quería llevar más cosas. Así que lloraba porque sentía que había algo mal en hacer lo que el mundo esperaba de ella. No estaba preparada ni para conocer a un príncipe ni para gobernar en su palacio.

Su desgracia llegó en forma de envidia, porque cuando la contemplaban desde fuera solo se impregnaban de su hermosura. Así que todo el mundo pensaba que su tesitura era envidiable. Recibía un odio infundado que tampoco sabía cómo afrontar. La pobre princesa solo buscaba que alguien ahondara más en ella; que se preocuparan por su ideal de alma libre. Entonces entró en escena una bruja con rostro de niña pequeña. Su historia era casi tan trágica como la de nuestra princesa, pero poca gente se preocupaba por lo que le ocurría a los villanos. La bruja tampoco tenía nombre, porque con los años la gente se olvidó de que existía. Y como nadie la llamaba, su identidad se quedó muda. En su cuello pendía un espejo mágico que utilizaba para capturar almas.

Una noche, mientras la princesa dormía, la despertó poniendo el espejo frente a su rostro. Lo primero que vio fue la imagen de una bruja de ocho años, que en realidad tenía quinientos.

—¡Es el miedo! —chilló la princesa, asustada por el vacío en los ojos de aquel reflejo. Su cabello morado tenía un resplandor sobrenatural. Morado, como si fuera un sacrificio, porque los sacrificios se vestían de aquel color.

La bruja, entonces, se quedó con las palabras de la princesa. Miedo, le dijo, y así quedó su nuevo nombre. La bruja del Miedo sería entonces. Después hizo un bautismo a la princesa que, perdida por la pesadumbre del espejo, bloqueó en sus recuerdos. Era tanto sentir el dolor de Miedo, que cuando se aunó al suyo su cabeza se desconectó de su cuerpo. Lo olvidó todo.

Miedo se arrepintió porque había condenado a la monarca a vaciarse por dentro. Tan fuerte fue el hechizo que su cabello se tiñó de blanco, y sus ojos, y sus ropajes. Sus pupilas fueron las de la soledad; por ello Miedo la llamó «Princesa de la Soledad». Las pupilas de Miedo, las del miedo; las pupilas de Soledad, las de la soledad. Aquella desgraciada noche se crearon dos almas errantes que, sin saberlo, eran la mitad de algo nuevo.»

Fue extraño aquello de escuchar lo que había escrito. Me avergonzaba un poco ver materializadas mis palabras en voz alta. Tenía cierta angustia por si había algún fallo de redacción o alguna que otra redundancia en lo que había escrito. Pero, aun así, estaba orgullosa de mi trabajo porque por encima de aquello estaban los conceptos que pretendía ahondar en la superficie.

—Es muy cierto eso que dices de que en los cuentos se toma muy poco en cuenta el punto de vista de los malvados. Las brujas nacieron para ser malas, y ya. —Violeta suspiró. —Eso es triste. Miedo seguro que sería mucho más feliz si alguien se parara a comprenderla. ¿A qué sí?

***

Aquella noche me costó más que de costumbre dormir. Tal vez fue porque me sentía más viva que de costumbre. Habitualmente en mi día a día no ocurrían tantas cosas: desde que me llegaba la memoria solo no pasa nada. Amanecía y llegaba la noche. Pasaba frío y me daba pereza ir al instituto. Y ya. Pero con Violeta estaba empezando a sentir que los días no estaban vacíos.

Estuve dándole vueltas a cómo sería la mejor forma de crear la historia de la bruja del Miedo. Quería impresionar a Violeta porque en aquella ocasión no escribía solo para mí: esperaba que mis letras fueran leídas por otra persona. Aquello me intimidaba bastante, porque nunca se me había dado bien estar bajo la lupa de los demás. Aunque tenía la sensación de que con Violeta sería algo distinto.

Entonces el aire frío me puso los cabellos de punta. La ventana de mi habitación estaba abierta y las cortinas se removían inquietas, como si fueran olas. Las imaginé como seda, del color del coral y con olor a sal y océano. Cuando toqué el vidrio helado y empañado por el contraste de temperatura, la vi. Estaba flotando, con su vestido blanco rasgado y su cabello platino enredado. Fue la cosa más hermosa que presencié en mi vida. Era Soledad, como un folio en blanco. Nuestros ojos conectaron y su gris, tan vacío y distante, parecía querer decirme algo. No derramaba lágrimas, aunque tenía los surcos de tristeza enmarcados por el delineador negro.

Era una visión de Soledad algo diferente a cómo la creé en mi imaginación porque no parecía desesperanzada. Sus labios se abrieron hasta articular una palabra: «Descansa». Sentí que ella era mi ángel de la guarda y se proyectaba solo para demostrarme que se solidarizaba con mis circunstancias. «Te quiero», le dije yo y me sentí como una estúpida porque hablaba tan poco que cuando lo hacía la voz me salía grave y ronca. Quise imaginarla sonriendo, pero no pude. Cerré los ojos con el deseo de que las cosas fueran distintas para que ella y yo pudiéramos ser felices.

Hace más de 2 años

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