MakaSanderson
Rango8 Nivel 36 (2570 ptos) | Poeta maldito
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Rita y Amelia
Mi abuela abandonó a su familia cuando mi mamá tenía doce años. Mi tata siempre fue un hombre muy trabajador y bondadoso, nunca se volvió a casar. Por tanto, mi madre como hermana mayor de dos pequeños varones de cinco y seis años, asumió las responsabilidades del hogar. Pasó el tiempo y todos ahogaron su pérdida en la rutina, hasta que a los veinte años mi madre se quedó embarazada de su mejor amigo y vecino de toda la vida, mi papá.
Nunca tuve un recuerdo de mi abuela, el tema jamás se tocó en una conversación de domingo. Una vez pregunté si estaba muerta y mi mamá sólo respondió con los ojos llenos de pena que Rita (así se llamaba) los había abandonado porque se había enamorado perdidamente de otra persona, y nunca más supieron de ella.
Vivía con mi tata y mis padres; la casa era grande y mi abuelo estaba viejito. Mis tíos partieron jóvenes del alero del patriarca, uno estaba casado con su trabajo y viajaba mucho, el otro vivía en Hamburgo, se había enamorado de una alemana y nunca más volvió.
Esa tarde un hombre de traje azul tocó el timbre; abrí y dijo:

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-.Buenas tardes, estoy en busca de algún familiar de la señora Rita Cox-.
Me tomó unos segundos asimilar que ese era el nombre de mi abuela, lo había escuchado sólo un par de veces.
-.Espere un momento-. Respondí.
Mi mamá lo hizo pasar a la sala de estar, estuvieron ahí como media hora. Luego él se despidió muy cordial; le pasó una tarjeta, mientras ella se sonaba con un pañuelo desechable, tenía los ojos llorosos. El tipo cerró la puerta, mi madre me miró y dijo:
-.Tenemos mucho de qué hablar, vamos por un café-.
Fuimos por un café y llegamos a un mirador; mi madre no habló en todo el camino, sólo escuchamos un CD de Elvis, nos bajamos y relató:
-.Tu abuela, Rita Cox ha muerto hace un par de días de un ataque al corazón. Ese hombre de traje azul, era su abogado, nos dejó una gran fortuna y también un gran problema, campos, casas y una empresa de salmones en el sur.
Hija, quiero que entiendas que esto es muy raro. Porque es el esfuerzo de trabajo de toda una vida, de Rita y la persona por la que nos abandonó, no sé cómo va a tomar esto tu abuelo.
Eso no es todo, hay algo más que tengo que contarte, es un secreto de familia, y ya estás en edad para comprenderlo. Rita, no era feliz con mi padre, ella se casó muy joven, fue un acuerdo como en los viejos tiempos. Algo urgía que ella se casara. Tu abuelo siempre fue un buen hombre, ella aprendió a quererlo pero nunca pudo encontrar el amor con él, finalmente optó por su felicidad.
Años atrás, cuando Rita era una adolescente, su papá la encontró durmiendo desnuda en la misma cama con su mejor amiga, luego de eso, inmediatamente se acordó el matrimonio de tus abuelos. Ella aguantó, pero un día apareció su antiguo amor, y Rita nos dejó. Luego, escribió un par de veces, la última carta llegó cuando tú naciste.
Tu abuela se fue con la cabeza gacha porque ella amaba a otra mujer, y en esos tiempos este tema era incomprendido, sobre todo para una familia de militares y tan conservadora como la suya. Ahora viene este hombre vestido de azul, primero me cuenta que mi madre ha muerto y segundo que nos dejó una fortuna, es todo tan contradictorio-.
Abracé a mamá, ¿qué más podía hacer frente a semejante dolor? Al día siguiente fuimos a la oficina del abogado. Nos leyó una carta, en ella, Rita citaba “la fortuna que construí junto a mi amada Amelia, quién me dejó hace siete años… Aunque si estás leyendo esto es porque ya me reencontré con ella. Todos nuestros bienes se los dejo a mi hija María Rita Cabrera Cox, quién sabrá qué hacer con ellos, a modo de compensación por haber sido una madre ausente tantos años…”, luego dejó una foto frente a nuestros ojos donde salía mi abuela y una mujer en un lago, mi mamá volteó la fotografía, decía “Rita y Amelia. Verano de 1987”.
Por unos días, no hablamos de esto con nadie; mamá pidió silencio para pensar en cómo contar la historia a la familia. Una semana después mi tata amaneció muerto en su cama, todos pensaron que la herencia era de su parte. Mi mamá vendió la empresa y los terrenos en el sur; sus hermanos no tenían mucho contacto con mi tata, así que no discutieron por lo que se les depositó, aunque la suma no era para discutir, nadie hizo pregunta alguna, lo demás se invirtió en nuestro negocio familiar.
Hoy, siete años más tarde, tenemos un café en el cerro Castillo de Viña del Mar, se llama “Salmón”, ponemos música de la nueva ola y rancheras todos los miércoles y jueves en honor a nuestro viejo y su melena de ese color. Hay fotos de recuerdos en una de las paredes, de nuestra familia, viajes, algunas que nos han dejado distintos clientes, ahí –también- reconciliatoriamente, nos atrevimos a colgar esa fotografía de Rita y Amelia.

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