GloriaWhibley
Rango8 Nivel 35 (2380 ptos) | Poeta maldito
#1

Calles llenas de gente andando en todas direcciones. Gente andando sola. Parejas cogidas de la mano. Un chico gordito con una hamburguesa en la mano. Intenta darle un bocado, pero un señor con maletín hablando por teléfono lo empuja, y se le cae al suelo. El hombre continúa su camino, ajeno a lo que acaba de pasar. El hombre sigue con el teléfono, mira hacia un lado, semáforo en rojo para los coches, él podía cruzar, siguió hablando por teléfono. 3, 2, 1... Un coche rojo se lo ha llevado por delante.
Antes de morir, ve al chico con la hamburguesa, el empujón, pero esta vez se detiene, y le da dinero para comprar otra. Reanuda su camino. Mira el semáforo, puede pasar. No viene ningún coche, y continúa su camino. Tras verse a sí mismo alejándose por la calle, cierra los cierra los ojos, y finalmente muere. Casualidad. ¿Destino?
Esta historia puede significar mucho, o no significar nada. No hay nombres, sólo ella y él. Él y ella. No importa quiénes son. Si no lo que fueron lo que fueron.
Eran dos polos opuestos. Dos caras de una misma moneda.

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AL_Garcia
Rango10 Nivel 49
hace casi 5 años

Me gusta mucho el inicio, sobre todo la ultima parte. ¡Ánimo mi niña!


#2

Ella.

Había vuelto a casa. Venía de las pocas horas que había pasado en el instituto. Su rutina era la misma, se acostaba tarde, porque no podía dormir bien, y se levantaba temprano. Se bebía un café, o a veces dos, depende de cómo se encontrara. A veces iba las dos primeras horas a clase, o cuatro, cuando se encontraba mejor, raras veces seis. Si iba al instituto, simplemente intentaba sobrevivir allí. El instituto era relativamente nuevo, salvo por algunas clases que se debieron terminar deprisa, y tienen goteras y grietas por las paredes. Es un edificio bastante grande, el segundo mayor de la ciudad. Visto desde fuera, casi parece un hospital. Blanco, con las letras del instituto sobresaliendo en placas metálicas. Por dentro también lo parece, completamente blanco, con las puertas de las clases negras. Se entra a este a través de varias puertas con cristaleras. A fuera, en la entrada, se encuentran las escaleras, donde la gente se reúne antes de pasar y formarse como personas para un futuro. O eso es lo que dicen. En realidad, ella no era mala estudiante, simplemente no podía concentrarse, además, tampoco era de números. Lo suyo eran las letras, pero nadie lo veía. Aunque no lo tenía claro, le gustaba todo, y a la vez nada. Le gustaba dibujar, pero también escribir y leer, pero a la vez se sentía totalmente realizada cuando era capaz de resolver un problema de física o matemáticas. No sabía qué hacer.
Desde hacía un par de años la gente empezó a distanciarse de ella, y ella, se distanció de la gente. A penas hablaba con sus compañeros, sólo con algunos profesores, de vez en cuando. Los profesores eran buenos con ella, veían cómo era, la animaban a seguir, le decían que podía hacer algo más con su vida, ‘Puedes salvarte’, le decían. Ella siempre respondía, ‘Claro, lo intentaré’, con su mejor sonrisa, aunque lo único que pensaba era, ‘Ya es demasiado tarde.’
Cuando no iba al instituto, a veces dormía hasta tarde, cuando podía. O simplemente permanecía en la cama, abrazada a la almohada, luchando por respirar, por seguir latiendo. Pensando en su mundo interno. Mirando por la ventana, el cielo, las estrellas. Las golondrinas que van y vienen. Y ella se queda.

#3

También leía, leía mucho. O dibujaba, aunque últimamente no dibujaba, era la desgana y la falta de inspiración que se habían apoderado de ella, y simplemente no podía. Pero le encantaba pintar. Mezclar colores y construir imágenes a partir de la nada. Pintar sentimientos y realidades que quizá no podían convivir. Jugar con los lienzos, pasando el pincel suavemente sobre este, acariciándolo, como si el pincel fuese una pluma, y ella tratase de hacerle cosquillas. También tocaba el violín, o limpiaba la casa, o simplemente buscaba nuevas formas de autodestruirse. Mataba el tiempo intentando no matarse a sí misma.
Cerró la puerta tras ella y dejó la mochila en la mesa de la cocina, entre los platos sucios y las bolsas de chucherías y la cena de la noche anterior. Su padre aún no había llegado a casa. Últimamente trabajaba más, aunque para qué, ganaba el mismo dinero que siempre y a veces no era suficiente. Trabajaba en una inmobiliaria. Sí, vendiendo casas. Aunque no vendía muchas. Su jefe le solía decir que no tenía don de gentes, no estaba hecho para estar todo el día rodeado de gente e intentar inculcarles una idea, es decir, venderles una casa. Pero él insistía, lo intentaba. Al menos, tenía trabajo. Se quitó la chaqueta y la dejó en una silla al lado de la puerta, dónde siempre solía sentarse su madre. Cuando de pequeña volvía del colegio, pasaba por la puerta y su madre la recibía sonriendo desde esa silla, viendo la televisión, o leyendo. Ella entraba corriendo en la casa, siempre directa a esa silla, directa a abrazar a su madre. Cuando venía llorando porque había suspendido algún examen o le había regañado la profesora, ella siempre estaba allí para consolarla. Su silla. Ahora estaba llena de sombras de ella. Se quedó ahí un rato, mirando la silla, pensando en quién sabe quién o en quién sabe qué. Una lágrima salió casi con miedo de su ojo, y antes de que llegara a la mejilla se la quitó con la mano, limpiándose los ojos, intentando borrar las secuelas, los daños, intentando eliminar los recuerdos.
-Débil, que eres débil.
Se repitió varias veces lo mismo hasta que consiguió volver a la realidad, moverse de allí y separarse de sus pensamientos.

#4

Se alejó de la cocina, atravesó el estrecho pasillo, con alguna que otra baldosa rota. Qué viejo se estaba quedando el apartamento. Sucio y viejo. Con sombras por todas partes. Y recuerdos rotos. Observó las paredes, casi llenas por sus dibujos de cuando era pequeña, y ahora también por los de su hermano. Viendo los dibujos, se dio cuenta de que no se parecían en nada. Ella era igual que su padre. Sus dibujos estaban hechos en tonos fríos, azules, grises y negros, poco color, y figuras abstractas, sentimientos emborronados. Su hermano era igual que su madre, siempre con la sonrisa en la cara, aunque quizá fuera porque todavía era pequeño. Ella era como su padre, con los ojos negros y la piel pálida, con una forma de ser más fría y reservada, aunque su forma de ser de esta manera la fue desarrollando con la edad, de pequeña era más extrovertida, y siempre andaba sonriendo, hablando con niñas desconocidas siempre intentando hacer amigas. Siempre intentando ser feliz. Con los años cambió. No recuerda por qué, simplemente un día se despertó y fue así. Sin más. Sin más sus ganas de ser feliz desaparecieron. Las ganas de vivir se agotaron después. Su hermano era más como su madre, con el pelo rizado, ojos iluminados por la luz, la felicidad, ojos claros, los de él eran azules, los de su madre verdes. En su sonrisa la veía a ella, aunque él no se daba cuenta. Tenía 6 años y lo que más le preocupaba era que sus cromos no estuviesen repetidos.
Ella fue a su habitación, se cambió la ropa del instituto y se puso unos vaqueros y una camiseta ancha. Se sentó un rato en la cama, mirando todo, y nada. Su estantería de libros, ordenada de los que más le gustaban a menos. Sus discos, también ordenados por gustos. Amaba la música. Era de las pocas cosas que le hacían escapar, sentirse libre, despreocupada, sin problemas. Encima de la cama tenía varios posters. Y entradas de conciertos, de pequeña su padre la llevaba a todos sitios, con su madre. Antes de que todo cambiase.

#5

Pasó la mano por las entradas, después se levantó, fue al lavabo y se peinó. Se lavó la cara con agua fría, quizá intentando congelar aún más sus sentimientos. Se miró en el espejo, como siempre. Recorriendo cada centímetro de sí misma para encontrar algún nuevo defecto al que odiar. Apoyó los codos en el lavabo, y se puso las manos en la barbilla, y se quedó así durante un rato. Quieta. Mirándose al espejo. Enfrentándose a sí misma. Se miró el pelo. Cada vez lo tenía más largo, aunque tenía las puntas abiertas y algo quemadas. Era castaño, en invierno parecía más oscuro, casi negro, y en verano se le ponía de un castaño más claro. El flequillo le caía por los ojos, por mucho que se lo echara hacia un lado, siempre se le ponía sobre los ojos. Después, se encontró cara a cara consigo misma. Mirándose a sí misma a los ojos. Oscuros cómo un cielo una noche sin luna, sin estrellas. Sin esperanza. Eran totalmente negros, no se le diferenciaba el iris de la pupila. Pero expresaban mucho. Podían decirte lo que pensaba, lo que sentía, podía decirte las noches que había pasado llorando sin dormir. Te podían contar su vida, su todo y su nada. Sus miedos e inquietudes, sus deseos, y sus heridas más oscuras. Te podías quedar mirando sus ojos, hundiéndote en ellos, en su alma, y no escapar nunca.
Podía decirte que las pesadillas habían vuelto, pero en realidad no quería que lo supieras. Podría decirte que los recuerdos habían vuelto. Podía decirte que ahora se sentía más sola que nunca, que aunque antes nadie la consolara, nadie hubiese estado allí para ella, era ahora cuando necesitaba a alguien. No quería acostumbrarse a estar sola. No quería acostumbrarse a sentir nada. No quería seguir estando hecha de hielo, porque después, cuando un corazón se descongela, duele más.

#6

Los recuerdos en forma de humo la llevaron a otras épocas mejores. Antes de la tormenta. Recuerdos mejores. Recordó el primer CD que le regaló su madre, se pasaron días y días escuchándolo juntas, les encantaban los Beatles. Recordaba las tardes de verano sentadas en el porche cuando se ponía el sol leyendo a Poe. Recordaba su sonrisa, la forma en la que hacía que un problema que parecía una montaña, se asemejase más a un grano de arena. Recordaba sus consejos, sus abrazos y sus besos. Después se le inundaban los oídos de los gritos. Las discusiones. El humo. Y el portazo. Y su espalda. Y todas sus consecuencias. Empezó a llorar de nuevo, más. Ya no le importaba. Las lágrimas salían disparadas. Dejó de mirarse en el espejo. Odiaba verse tan débil. Odiaba ser tan débil. Se puso las manos en la nuca, masajeándose nerviosamente el pelo. Estaba sufriendo un ataque de ansiedad. Le faltaba el aire. La asfixiaban los recuerdos. Intentó calmarse. Dejó de llorar, o al menos por fuera lo parecía. Bebió agua y se volvió a lavar la cara con agua fría.

Hacía dos años que su madre se había ido, y era ahora, ahora cuando la inundaba el miedo.

#7

Él.

Servirse el desayuno era lo primero que hacía cada mañana. Una costumbre ya convertida en rutina. Abría el frigorífico, cogía la leche. Después iba a la despensa, y los cereales. De fondo se escuchaba el llanto del hijo de su vecino, siempre a las 7:30.

Por las mañanas era siempre todo tan aburrido. Es lo que tenía ser hijo único. Sus padres no se levantaban hasta las 8'30, un poco después de irse él, casi nunca los veía por las mañanas, por lo que tenía que prepararse él el desayuno, y desayunar solo. La verdad es que ya estaba acostumbrado, había sido así desde que empezó el instituto.

De pequeño siempre estaban sus padres alrededor de él, era el único hijo, por lo que realmente estaba un poco consentido. Desde pequeño siempre había sido un niño muy curioso, inseguro, pero con una mirada muy tierna. Los ojos azules de no haber roto en la vida un plato, grandes pero en la medida perfecta, con el pelo negro y una sonrisa que hacía que todo estuviese bien. Siempre había sido muy listo, le interesaba todo: las ciencias, las letras, el arte... cualquier cosa que se pudiese conocer, él quería aprenderla. Sacaba muy buenas notas y tenía excelentes amigos. Y la verdad, las cosas continuaban siendo así. Seguía siendo el chico amable y dulce que era, pero había crecido. Su mandíbula se marcaba más, sus ojos azules parecían haberse esclarecido y su sonrisa parecía más grande que nunca. Todo parecía irle bien.

Su familia nunca había pasado por dificultades. Su padre era el jefe de una importante empresa, por lo que ganaba bastante dinero, más del necesario para los tres miembros de la familia. Su madre era ama de casa, y la verdad es que a ella le entusiasmaba eso, o al menos lo parecía. Siempre estaba de buen humor, haciendo la comida, degustando y oliendo cada plato, era una excelente cocinera. Siempre que llegaba del instituto la veía limpiando, escuchando música sentada en el sofá, viendo la tele, cocinando... pero siempre con una sonrisa en la cara. Él ya sabía que su sonrisa era igual que la de su madre, y eso le alegraba, pensaba que era como llevar una parte de ella con él. Estaban muy unidos, siempre le contaba todo y ella le ayudaba en lo que podía.

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#8

Aunque realmente él nunca necesitaba mucha ayuda.

Terminó el desayuno mientras estos pensamientos se desvanecían en su mente, absorto mirando a la nada. Su teléfono móvil empezó a vibrar. Era su mejor amigo, diciéndole que estaba en la puerta de su casa, que se diera prisa. Terminó lo más rápido que pudo y recogió intentando hacer el menor ruido posible.

Salió por la puerta y ahí estaba su mejor amigo, con esas pintas de niño abandonado que llevaba siempre. Dolía decirlo, pero era así. Su familia no había tenido la misma suerte que él, sus padres estaban divorciados, su padre en paro y su madre se había casado con un ricachón y desentendido de su vida anterior. No le iban muy bien las cosas, pero lo tenía a él, su mejor amigo, que estaba siempre ahí.

Se saludaron y bromearon, y se pusieron de camino para ir al instituto. Los Lunes eran los peores días de la semana, los demás días le gustaban. Sabía ver algo de encanto en los Martes, lo bonito de los Miércoles, le gustaba lo melodramático de los Jueves, y lo divertido de los Viernes; pero no, los Lunes no eran nada encantadores.

Siempre saludaba a sus vecinos de camino al instituto. Le dedicaba un saludo amable al señor que todas las mañanas salía a regar sus flores, y una sonrisa extraña a la mujer de la esquina que sacaba a pasear a su gato; su vecindario a pesar de ser uno de los más caros, estaba lleno de gente rara. El camino al instituto era relativamente corto, les servía para ponerse al día de lo que habían hecho los dos el fin de semana.

-Tío, ¿por qué no saliste el Sábado? Lo pasamos bien, te hubiese gustado, había muchas chicas.

-Estuve enfermo, y mi madre necesitaba ayuda con una cosa de las cortinas... Están cambiando la cocina y está todo patas arriba- en realidad se había pasado el fin de semana leyendo, viendo películas y estudiando, y aunque su amigo ya sabía cómo era él, no quería recalcárselo más.

-A la próxima te apuntas, ¿trato?

-Hecho.

Posiblemente no. Se sentía extraño, no era un ermitaño de la sociedad, había salido varias veces, pero definitivamente no era lo suyo. No sabía beber con control, y borracho lo único que era capaz de hacer era el ridículo.

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#9

Además, no le gustaba que sus amigos tengan que cuidar de él cuando se pone así. Podría evitar beber, claro, pero entonces no sería capaz de hablar con nadie. No era muy extrovertido... teniendo en cuenta que en un encuentro social el único tema que se le podría ocurrir sobrio sería preguntar sobre los deberes para la semana que viene, no muy divertido la verdad.

Estaban entrando ya al instituto, a ese gran edificio que a ciertas personas suele darle tanto miedo, pero claro, a él no. Incluso le gustaba, es raro encontrar algo que no le guste a él, ¿verdad? Los Lunes... y las chicas. Bueno, no de ese modo.

De pequeño tuvo una novia, o lo que se le pueda llamar a cuando tienes 5 años y le tiras de las trenzas a otra niña. Esta niña llegó un día al colegio y le regaló una flor. Él se echó a llorar y tuvo que ir su madre a recogerlo. No es que le tuviera miedo a las niñas, desde pequeño le tenía miedo al dolor. Su madre le había prestado tanta atención desde pequeño que no se imaginaba cómo sería que otra mujer pudiera hacerlo, y lo doloroso que sería, cuando ésta se olvidase de él, por lo que había reducido el contacto con el sexo opuesto... a 0. Se limitaba a clase, trabajos y proyectos y nada más. Con sólo una mirada alegre de una chica, algo fuera de lo normal y del ambiente 'amistoso', ya se ponía nervioso. Le tenía miedo al amor, y a lo que viene cuando se acaba.

El día se desarrolló como todos los demás Lunes: Matemáticas, Física, Química, Inglés, Lengua y Filosofía. Aunque no tuvo clase de Física, se había esparcido el rumor de que el profesor se había separado de su mujer y se había fugado con una rubia que conoció un fin de semana en Las Vegas. Realmente nadie sabe lo que pasó, pero le vino bien tener una hora libre.

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#10

Pasó la hora de Lengua totalmente ausente, sin enterarse de nada y mareado. Incluso cuando la profesora le preguntó sobre un ejercicio, dijo que no sabía la respuesta, algo realmente extraño.

Cuando sonó el timbre decidió que ya no podía aguantar ni una hora más, tenía que irse a casa o iba a desmayarse allí mismo, o peor, vomitar, y entonces el conserje tendría que recogerlo y todo el mundo se enteraría de que había vomitado y bromearían por ello, algo no muy inteligente la verdad, pero así era la gente.

Recogió sus cosas y se dirigió a la puerta, pero justo cuando iba a salir pasaba una chica, y chocó con ella. Sí, era ella. Todas sus cosas se esparcieron por el suelo, incluso el móvil de ella, que estaba escuchando música. 'Es última hora y todavía anda por aquí, debe de ser un buen día', pensó él.

Recogió sin mirarla, y se fue a casa.

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