SergioPR
Rango12 Nivel 55 (9422 ptos) | Ensayista de éxito
#1

Se escribe en la historia, que una vez, existió un reino de ensueño. Uno, en el cual, podías pedir un deseo y se te hacía realidad. El cual, era habitado por seres pequeños, tan pequeños que casi nos se les veía. Para ello, era necesario creer en ellos.
Esos seres, se hacían llamar Hadas. Y sí, existen, aunque no las veas.
Esta es la historia de Marion, una niña pequeña, que con tan sólo 7 años, decide ir en busca de ese reino.
Descubre su extraordinario viaje, las nuevas amistades que hace por el camino, criaturas mitológicas de las que no creía de su existencia hasta que se encuentra con una de ellas.

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#2

Su diminuta sonrisa, le iluminaba su carita redonda; preciosa a su vez. Marion, le tiraba de las orejas a su viejo abuelo; el único de la familia que la podía seguir el ritmo. A sus ya 80 años, mantenía una salud de hierro.
Esa noche, como desde hacía más de tres semanas, subía a su habitación, llamaba e intentaba entrar en ella sin apenas hacer ruido alguno. La nieta, le esperaba escondida tras las cortinas. ¡Era el momento del día que más disfrutaba! Pues no se dormía sin que su apreciado y querido abuelo, le contara un cuento.
En esa ocasión, estaba entusiasmada, pues su viejo abuelo, le prometió relatar el más bello cuento que hubiera oído. Por primera vez, descubriría el mundo de las hadas.

A mitad del relato, la joven interrumpió a su abuelo. Se sorprendía a cada poco tiempo y le preguntaba muy alegremente.

—¡Entonces, abuelo! ¿Cómo es que vuelan las hadas?

—¡Jejeje! Mi dulce Marion, sería la tercera vez que te lo explico.— contestó el abuelo, quitándose las gafas. —Será mejor que continuemos mañana, pues ya es muy tarde. Te lo prometo mi dulce niña.

La muchacha, asintió apenada, pero no estaba preocupada. Pues sabía de sobra, que una promesa de su abuelo, jamás se rompería.

—Que descanses abuelo.— dijo Marion mientras era arropada por su abuelo.

—Ten dulces sueños, mi pequeña hada.— la dio un beso en la frente y salió de la alcoba de la muchacha, pero sin antes observar, cómo su nieta se quedaba profundamente dormida.

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#3

El anciano, se dirigió hacia las escaleras, pues tenía pensado terminar el día tomando una taza de te. Inició la bajada del piso superior, puesto que la ubicación de la cocina, se encontraba atravesando uno de los dos salones que tenía la casa. Una vez en la cocina, sacó una linda caja de porcelana, donde guardaba las bolsitas del te. Agarró una vieja tetera y la llenó de agua. La puso en fogón para que empezara a hervir.
El anciano, empezó a sentirse muy cansado, se dijo que sería a causa del ajetreo con la pequeña Marion, pues no le dejaba descansar ni un minuto.
Lo dejó pasar y se sentó a esperar.
Cerró los ojos unos instantes. Al abrirlos, la cocina empezó a dar vueltas. Se agarró con una mano en la mesa y con la otra, en el respaldo de la silla. No le fue suficiente, puesto que se desvaneció en el suelo, produciendo un gran ruido por el golpe. Nadie apareció, nadie le buscó en toda la noche...

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#4

El sol se intentaba colar por los pequeños huecos que las cortinas dejaban en la habitación de Marion. Lo consiguieron, haciendo que la pequeña se despertara de un sobresalto. —"¡No me he quedado dormida, no me he quedado dormida!".— se decía la muchacha. Una vez se hubo despertado del todo, se dio cuenta, que estaba sola. Se durmió con las últimas "buenas noches de su abuelo". —¡Abuelo!— se deslizó hasta el filo de la cama y se puso sus diminutas zapatillas, engancho a "Rupert", su conejito de peluche, descendió las escaleras en busca del anciano.
La sorpresa que se encontró, no fue de gran agrado.

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#5

El Ama de llaves de la casona, le tenia el desayuno preparado en la mesa de la cocina. No era habitual verla a esas horas, puesto que su jornada empezaba más tarde.

—Buenos días pequeña.— dijo el Ama con una sonrisa poco habitual en su rostro.

—¿Y abuelo? ¿Me espera en el jardín como siempre?— preguntó Marion inocentemente. Le era extraño que el viejo no fuera quien la recibiera a primera hora, y no era de extrañar, que la muchacha no sentía demasiado aprecio sobre el Ama, puesto que sus bromas la sacaban de quicio.

—Marion, será mejor que te sientes y te pongas a desayunar.— le aconsejó retirando la silla para que se sentara.

—¡Pero el abuelo...!— reprocho la muchacha.

El Ama se acercó a Marion, puso sus viejas manos sobre sus hombros y le contó parte de la verdad.

—Pequeña, tu abuelo no está en casa.

—¿Se ha ido sin despedirse? ¿Sin nisiquiera darme el beso de buenos días?

—No Marion. Tu abuelo está en el hospital.— la cara de Marion se quedó pálida, pues nunca recordaba que su abuelo se hubiera puesto enfermo alguna vez.

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#6

Sin mediar palabra, se dio media vuelta y salió al jardín, creyó que el Ama de llaves la estaba gastando una broma. Pero no fue así. En el exterior de la casa, pudo comprobar, que no había señales de vida de su querido abuelo. Se alejó un poco más, donde un hermoso roble, daba cobijo a una pequeña casita de madera, la cual frecuentaba casi todas las tardes. Nada. Su abuelo no la esperaba en su asiento habitual. Llorando, decidió volver con el Ama de llaves.

—¡Señora Carol!, ¿cuando se han llevado al abuelo?— dijo entre sollozos.

—Mi niña, a tu abuelo se lo llevaron en la madrugada. Mucho después de que se durmiera usted.

—¡Pero...!

—No te preocupes Marion. Está en buenas manos. Tu padre, se encuentra con él. Ha llamado antes de que se despertara usted y se encuentra fuera de peligro.

Se le quitaron las ganas de desayunar, apenada por su abuelo. Se encerró en su habitación y recordando el cuento de la noche anterior, lo tomó para continuar la lectura. De esta forma; aparte del recuerdo fresco y el aroma de su abuelo, impregnadas en las hojas del libro; se quedaría inmersa en un mundo donde el dolor no la alcanzase.

Abrió el libro y comenzó a leer.

—"Desdichados son, los que en alguna ocasión, creyeron en nosotros. A día de hoy, nos envuelven en nuestra más difícil tarea. Hacer que vuelvan a creer..."

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#7

Capítulo 1. La Peor Noticia.

No entendía lo que estaba leyendo, puesto que sus recuerdos del relato, se diferenciaban a esas palabras escritas. No obstante, continuó con la lectura, descubriendo un relato no demasiado infantil.

—"...Y por consecuencia, tendremos que salir de estos muros, para expandir lo que en un tiempo fue."— Marion, con expresión de alucine, seguía sin entender lo mínimo. Pasó la siguiente página con decisión, ansiosa por encontrar lo que buscaba. —[Más de lo mismo.— se dijo a sí misma. —Portales, ninfas, elfos, seguridad de los humanos... ¡aquí está! Hadas].

Tras varias horas de intensa lectura, le entró un poco de hambre. Dejó el libro encima de su mesita de noche, después de haber marcado la página por donde lo dejaba. Volver aa buscar aquella parte entre tanta locura...

Sin ruido alguno, cerró la puerta tras de sí. No quería que el Ama de llaves la viese. Comenzó a descender los peldaños dirección a la entrada de la vivienda, pero a mitad de camino, se detuvo. Escuchaba lo que parecía una conversación entre su padre y otro señor. —¿Cómo que está mi padre en casa y no ha venido a verme?— se dijo en voz baja, casi un susurro.

Decidida, se aventuró hasta la puerta del salón, donde su querido padre, mantenía aquella charla.

—...Posiblemente, su suegro salga de esta. Pero tenga en cuenta, que los medicamentos necesarios, no son nada asequibles.— escuchó decir a aquel hombre extraño.

—Por el dinero no se preocupe. Pagaremos lo que sea necesario.— contestó su padre con voz apenada. —No creo que superase otra perdida más. Mi esposa sigue muy aferrada a su padre. Se hundiría.

En ese momento, Marion decidió entrar en el salón.

—¡Papa! ¿Qué sucede? ¿Le pasa algo malo al abuelo?

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Rango19 Nivel 93
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No suelo comentar mucho @SergioPR
Te diré algo me gusta na historia y tu forma de escribrir @SergioPR
Espero la siguiente caja.


#8

La mirada que Marion le ofreció a su padre, con los ojos apunto de derramar una lágrima, fueron suficiente para que éste se la llevase del salón principal. Antes de salir, se despidió de su compañía. Se dirigieron a un pequeño despacho, que solía frecuentar para sus "cosas de mayores", como le decía a su pequeño tesoro. Abrió la puerta de roble joven, aún así, las bisagras hicieron ruido. —[Tendría que engrasar estas bisagras].— pensó para sí mismo. Una vez sentados, le empezó a explicar lo que realmente sucedía.

—Mi pequeña Marion, por donde puedo empezar.— se encendió su pipa, que anteriormente extrajo de uno de los cajones. —Tu abuelo se encuentra bien. No le va a pasar nada, sólo es necesario darle unos medicamentos. Nada más.

—Si es así, ¿quién era ese hombre? ¿Por qué dijo que eran muy caras? ¿No quería que se pusiera bueno el abuelo?

—No cariño. No quería decir eso.— se levantó de su sillón e intentando agacharse para estar a la altura de Marion, le cogió de las manos. —Este hombre, era su doctor. Y lo que realmente desea, es que el abuelo se recupere lo más rápido posible.

—Entonces, ¿por qué dijiste que mama no lo superaría?

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#9

La situación, no era prometedora, puesto que el Señor Fauler, no sabía con certeza que contestar a la pequeña. Depositó su mano sobre la cabeza de esta, dándole suaves golpecitos de comprensión. Retomó su asiento y se quedó pensativo. La niña, viendo que su padre no la contestaba, decidió salir del pequeño despacho.

Un poco enfadada, tomó el camino fácil, salir al jardín, en su casita de madera se encontraría totalmente sola. Nadie la molestaría en mucho tiempo. Se acordó del libro de su abuelo, pero no se atrevía entrar a la casa, no estaba dispuesta a que algún adulto la cogiera u no la dejara salir de nuevo. Esperaría a la noche, cuando todo el mundo, estuviera durmiendo.

Transcurrió parte de la mañana, casi se acercaba la hora de la comida, pues el olor de los guisos, le llegaron a su diminuta nariz.

—¡Ummm! Huele de maravilla.— dijo en voz alta.

—¡Ya te digo que huele bien!— Marion pegó un pequeño brinco. No sabía a quien pertenecía esa voz. Y aún menos le veía.

—¿Quién eres? ¡Me has asustado!

—Digamos que soy un conocido de tu abuelo.

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#10

Asomó una pequeña cabeza por el umbral de la puerta. Marion, un poco asustada, se quedó agazapada entre los asientos que tenía en la casita. Miró de nuevo y observó que aquella persona, hizo ademán de entrar.

Se quitó el sombrero de su cabeza. Para asombro de la pequeña, descubrió que existían dos cuernos, casi inapreciable para la vista, de su cuero cabelludo. Marion se asustó aún más.

—¡Traquila pequeña! No tengo intención de hacerte daño.— terminó por entrar, descubriendo su auténtico aspecto.

—¡Eres, eres...! ¿Qué eres?

El estudio exhaustivo que le realizó, no terminó por reconecer quien o que era. Los cuernos en la cabeza, un tronco de humano y por lo que parecía a primera vista, unas patas de cabra.

—Soy un Sátiro. Puede que no me conozcas, Marion, pero yo te conozco desde que naciste.— dijo aún desde el umbral de la puerta.

—Entonces, si eres un conocido de mi abuelo, ¿cómo es que nunca me a hablado de ti?— según iba transcurriendo el tiempo, la pequeña Marion, perdía el miedo que la pudo infundir desde el principio. Con las mismas, se levantó de su escondite para acercarse más al Sátiro. —Alguien como tú, no se olvida así como así.

—Es cierto, Marion. Digamos que no era aconsejable para tu abuelo.— miró hacia una de las pequeñas sillas, y pidió permiso con la vista para sentarse. Marion accedió sin problemas. —Te estarás preguntando, que le pasa realmente a tu abuelo.

—Nadie me quiere decir nada.—dijo esta apenada. —Sólo saben decir que en el hospital está mejor, que pronto se mejorará.

—Pobre muchacha. En parte no te han mentido.— se acercó más a Marion, con la intención de consolar su pobre ánimo. —Tu abuelo, se pondrá bien. Pero no en el hospital. Tu abuelo no es de este mundo. ¿Has leido bien el libro que te dejó?

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#11

Marion, se quedó extrañada. Se giró y de encima de la mesita, cogió su libro.

—Este es el libro que me dio el abuelo, pero es un simple cuento de hadas.— empezó a pasar las páginas, hasta que en una de ellas, descubrió el nombre de su abuelo. En ese preciso momento, descubrió quien era el verdadero autor de la obra. —Eso no quiere decir nada, Señor Sátiro.

—¿En serio, pequeña?— y señalando con un dedo, incitó a la pequeña Marion a continuar con la lectura.

—"Saúl F. Riddick. Diario personal. Mi vida en El Reino de las Hadas".— levantado su mirada, observo que el Sátiro afirmaba su pregunta sin necesidad de realizarla. —Entonces quieres decir que...

—Que tu abuelo, pertenecía al Reino de las Hadas. Y allí es donde debe volver.

—¿Para curarse?¿Me estas diciendo que es un hada?

—No mi niña. Aunque pertenezca al mundo mágico, no es un hada, ni elfo, ni duende.— más confundida la dejó a la pobre. —Es un simple humano, pero con cualidades especiales. Aunque sólo es capaz de usarlas, si se encuentra en el Reino.

—¿Y cómo lo llevamos? Si es verdad que está tan enfermo, no aguantará el viaje.

—Existe una forma. Pero no creo que te guste.— la pequeña, con cierto interés y a su vez, con gran inquietud, se dispuso a escuchar la propuesta del Señor Sátiro. —Existe una pócima, ¿cómo lo llamáis los humanos? ¡Ah! Medicina. Lo que complica la cosa, es que el paradero es una simple teoría, basada en una antigua leyenda.

—Y entonces ¿qué hacemos?

—¿Quieres tanto a tu abuelo, como para vivir una gran aventura?— la afirmación de la pequeña, se hizo notar mucho antes de que el Sátiro terminara de formular la pregunta.

—¡¿Entonces, me estás pidiendo que vayamos al Reino de las Hadas?!

—Si pequeña. Pero no será nada fácil.

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#12

Capítulo 2. El Cuentacuentos.

Posiblemente, nadie creería a Marion, si llegara a contar lo que la acababa de pasar en el jardín. Por eso, tomó la decisión de no contar nada. Ni a su querido padre, ni al Ama. Lo que sí podía hacer; y para eso no la ganaba nadie a cabezota; era volver a preguntar por su madre. Tenía la espinita clavada tan dentro y se propuso a conseguir sacarla. Se encontró con su padre en el recibidor de la vivienda, a punto de salir de ella.

—¡Papa, espera!— le llamó desde la puerta del salón.

—Cielo, ¿no puede esperar para luego? Tengo que volver al Hospital y volveré a la hora de la cena.— posó la mano en la manilla de la puerta e hizo la intención de salir.

—No papa.— la pequeña se acercó hasta su padre, le cogió de la mano y tiró de él suavemente. —Quiero que me digas lo de mamá. ¿Por qué no saldría si le pasa algo abuelo?— quiso decirle a su padre, lo que había descubierto en el jardín, pero no dijo nada y se mordió el labio, como solía hacer su buena madre.

Su padre, con intención de resistir la tentativa de chantaje por parte de Marion, entró en la vivienda. Cerró la puerta tras de sí, se agachó para quedarse a la misma altura que la pequeña.

—Mi niña, no te asustes por las palabras que has oído antes. A tu madre, no la va a pasar nada. Sólo es una forma de hablar.— le levantó su pequeña cara con su mano derecha. Los ojos de la niña, empezaban a llorar. Sacó un pañuelo de su bolsillo y con el, le limpió las lágrimas. — Esta noche vendré con tu madre. Que sea ella la que te diga todo lo que quieras saber. Te lo explicará mejor.

Le dio un beso en la frente, se levantó del suelo y se puso su sombrero. Marion vio como su padre salia de la casa en dirección al coche familiar. Se quedaba triste, pero en el fondo, no le preocupaba quedarse sola hasta la noche. Tenía planes y los iba a preparar.

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#13

Subió a s habitación al trote, estaba ansiosa por coger lo necesario e ir en busca de aquel medicamento. Pero, ¿cómo iba a ir? Necesitaba que el Señor Sátiro apareciera. Le prometió que a media noche, se reuniría con ella en su dormitorio. Para eso aún quedaban varias horas.

Como la muchacha se aburría, cogió el libro de su abuelo. Necesitaba toda la información que pudiera aprender en su espera. Sentada sobre su cama, se decidió a abrir el libro.

—¡Ups! ¿Y las letras? ¡Han desaparecido!— no entendía que pasaba, si apenas unos minutos antes, estaba leyendo en su casita de madera.

Cerró el libro de golpe, creyendo que lo habría estropeado en el trayecto de vuelta a casa. Lo pensó unos instantes, pero no recordaba haber hecho algo inusual. Probó por volver ha abrirlo otra vez.

—No creo que te funcione, muchacha. Sólo te deja leerlo un par de vez. ¡Y eso sólo si le caes bien!— la pequeña se quedó perpleja, puesto que dos voces diferentes, la asustaron en el mismo día.

Una mano a su lado, le ayudó a cerrar el libro. La pequeña pegó un bote sobre la cama. Apareció de la nada y volvió a desaparecer como si nada.

—¡Quien quiera que sea, que aparezca de inmediato? ¡No me gustan los sustos!— gritaba con todas sus fuerzas.

En esta ocasión, fue apareciendo por partes. Las manos, los brazos, tronco,. cabeza, piernas, etc.

—Hola pequeña. Soy el Cuentacuentos. Un Elfo a tu servicio.

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#14

Se coló por la ventana, cogió la pequeña silla que la pequeña Marion tenía en la habitación y se sentó delante de ella. Observó que la niña, poseía un libro en sus manos. Con sumo cuidado, se lo pidió prestado. Marion le miraba con asombro. Pues un diminuto Elfo, se dignaba a verla.

—¿Se ha leído todo el libro, señorita?— dijo el Elfo con el tono de voz muy fina.

—Ehhh..., me lo leía mi abuelo.— la pequeña, intentó enseñar a su nuevo compañero, por donde se situaba su lectura. Este, hizo caso omiso y abrió el libro desde el inicio.

—Se lo leeré yo personalmente, puesto que esta historia, es parte de mi vida.— los ojos de Marion, se salían de la sorpresa. Se acomodó en su cama y se dispuso a escuchar con atención. El cuentacuentos, pronunció unas palabras en un lenguaje que la pequeña, no comprendía. Brillaron las páginas unos segundos, las palabras se revolvieron para así formar, unas nuevas. —¡Este viejo loco! ¿No le dije que pusiera un hechizo más complejo?— se dijo el Elfo en voz alta. —Bien, empecemos.

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#15

Las primeras palabras que el Elfo pronunció, parecían más una carcajada, que simples frases escritas. Miraba de reojo a la pequeña, por si estaba atenta al relato.

—¿Es de tu agrado, pequeña?— este, se detuvo unos instantes, pues la cara de la niña, no expresaba lo que el Elfo se esperaba.

—No entiendo nada. Es una lengua que desconozco.— dijo subiendo los hombros.

El pequeño Elfo, se levantó de la silla y se acercó a Marion. Le entregó un colgante.

—Siendo la nieta de quien eres, deberías conocerlo. Toma pequeña, con esto será suficiente, pues este relato, debe contarse en su lengua de origen.— mirando el colgante que le había entregado, lo acarició suavemente. Se fijó que existían unos signos en el.

—¿Qué significan estos simbolos? — preguntó extrañada.

—¡Este viejo! Ni siquiera le ha enseñado lo más básico.— enfadado, volvió a la silla. Cogió el libro y lo abrió por donde dejó la lectura. —Pronuncia las palabras "Meu dan exion". Con eso entenderás todo.

—"Meu dan exion". — pronunció la pequeña. —No noto nada.

—Coge el libro, niña.— se lo entregó en las manos y esta lo cogió. Intentó enfocar las frases existentes, pero estas, parecían que estuvieran locas. Una vez que se detuvieron, Marion pudo ver, que entendía todo lo escrito en la página. —Lee un poco.— le sugirió este.

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#16

—"Nunca fue nuestra intención, que aquellos a los que protegemos, sean total devotos a nuestras costumbres. Cualquier ser; ya sea mágico o no; tiene un sólo deber, no abandonar esta tierra más de lo debido.

La fuente de su vida, queda enlazada, con la esencia de este Reino. Si por causas desconocidas y ajenas a la persona, existe un remedio que podría salvar su existencia."— Marion sabía a que se refería, el antídoto o medicamento, como le dijo el Sátiro. —¿Para qué quieres que lea esto, si ya lo sé?— le dijo sutilmente al Elfo.

—Sigue, por favor. No todo lo sabes y en esas palabras encontrarás lo que buscas.— contestó este.

—No sé que podré encontrar nuevo, pero bueno. "Ese remedio, se encuentra en tierras ajenas al Reino, pues quien lo creo, ya no pertenece al mundo mágico. Existe una regla para poder conseguirlo. Quien lo desee, ha de viajar sólo. Pagará el precio que le exija su dueño, aunque nunca ha de entregar ninguna vida a cambio."— en esta ocasión, todo cambió. Sabía que debía realizar ese viaje, pero nunca pensó que iría ella sola.

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#17

Cerró aquel pesado libro. Lo depositó a un lado de su cama y se acercó al Elfo.

—¿Pero cómo diablos voy a ir yo sola? Soy demasiado pequeña para realizar un viaje sin compañía.— Marion, sin decir nada más, se sentó en el suelo, cruzó las piernas y colocó sus diminutos dedos en su cara

—Querida niña, no irás sola hasta allí, pues mi deber es acompañarte hasta allí.

De repente, separó los dedos de su cara, se le abrieron los ojos tanto, que casi dio la impresión de que se les salían.

—¡De verdad! Bien, empezaré a preparar la ropa...

—Chiquilla, solamente te podré acompañar hasta el Reino de las Hadas. El resto del camino, deberás realizarlo por tu cuenta.

Su pesimismo, volvió a decaer de inmediato. Ir sola en busca de la cura de su abuelo, era demasiado para ella. Pero quería intentarlo. Su abuelo, lo era todo para ella.

—¡Bien!— prosiguió el Elfo. — Aclarado esto, pues vayamos.— chasco los dedos y desaparecieron.

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#18

Capítulo 3. Un encuentro fortuito.

La sensación que Marion estaba sintiendo, era inexplicable. Acababa de dejar atrás su casa, para encontrase en medio de un extenso bosque. Abrió sus pequeños ojos grises, pues todo lo que la rodeaba, la estaba observando. Una pequeña hormiga, se subió por su pierna. Siguió hasta alcanzar la mano de la muchacha. Esta, intrigada, se la acercó a la cara. ¡La hormiga tenía traje! Eso era imposible.

—Por favor, ¿serías tan amable de no pisar nuestro hogar?— le dijo la pequeña hormiga. Marion, perpleja, miró hacia abajo, en dirección a sus pies.

—¡Oh, lo lamento!— contestó esta, al darse cuenta que pisaba un hormiguero.

Depositó a la hormiga en el suelo, y esta se lo agradeció. El Elfo, desde el otro lado de un camino próximo, la observaba con interés. Una vez que la chica se despidió de la hormiga, se reunió con el Elfo.

—¡Bienvenida al Reino de las Hadas, muchacha!— dijo el Elfo con una ligera sonrisita.

Marion, observó todo su alrededor. Por fin estaba en el Reino de las Hadas. La pequeña, pegó un sobresalto. Se llevó las manos a la boca, tapando un pequeño grito.

—¿Y mi ropa?— logró recordar.

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