MikJaeL
Rango7 Nivel 30 (1490 ptos) | Autor novel
#1

Me acerqué lentamente. Apoyé mi mano sobre el ataúd y, a través del cristal, pude ver su rostro. Al verlo atrapado, quieto y recostado dentro de esa caja de madera, sólo quise cerrar mis ojos por unos instantes. Fue entonces cuando comprendí que la muerte no es nada. La muerte sólo impide que los ojos de las personas a las que más amas vuelvan a abrirse y así puedan seguir mirándote. La muerte sólo es un rostro sin ojos, por eso suele llevarse al primero que encuentra en su camino. No le importa si ese alguien sea la persona más importante de tu vida, porque sólo es un rostro sin ojos que se encapricha en seguir estirando los brazos al vacío para llevarse a los que se encargan de llenar con sus existencias nuestros encogidos y estragados corazones.
Abrí los ojos, volví a observar su carita y la encontré más nívea de lo normal; aún pude encontrar en ella los vestigios del brillo que solía acampar en sus mejillas cada vez que sus ojos observaban los míos y hacía que su sonrisa renaciera para mí.

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Karlerin
Rango10 Nivel 49
hace más de 4 años

Me encanta el pensamiento retratado sobre la vida y la muerte.
Felicidades, me gustó mucho :3

jrodriguezl
Rango8 Nivel 35
hace más de 4 años

Me gusta. Gracias por compartir.

MikJaeL
Rango7 Nivel 30
hace más de 4 años

@Karlerin_HELL, me alegra mucho leer eso. Espero que lo demás también sea de tu agrado. ;)

rosablanca
Rango8 Nivel 37
hace más de 4 años

Que manera de escribir.. Te segui hasta que termino muchas veces empieso a leer y en los primeros renglones pierdo el interes, que hermosa manera de interpretar sobre la muerte , sobre la vida, gracias por compartir

RedFoxes_24
Rango2 Nivel 8
hace más de 3 años

Peculiar forma la tuya de hablar sobre la muerte.

AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace alrededor de 3 años

No hace mucho pasé por una situación así, y todavía me duele.

MikJaeL
Rango7 Nivel 30
hace alrededor de 3 años

@AngelMagat, creo que, aunque la situación es la misma, el dolor y los sentimientos pueden ser diferentes.


#2

Y luego de un suspiro volví a pensar en la muerte y en su estúpido, egoísta y ciego poder para arrebatarnos a las personas que precisamente hemos elegido amar de sobre otras. A mi costado, una mujer a la que nunca había visto apareció y empezó a acercarse renqueando con lentitud hasta el féretro, se hincó sobre el reclinatorio y empezó a recitar esta serie de interminables mantras en voz queda y sentí unas ganas incontenibles de vomitar.
Toda aquella escena me incomodó demasiado y opté por apartarme del ataúd. Solo que antes preferí llevarme la mano derecha a la boca, entonces la besé y terminé acariciando aquel frío cristal durante los siguientes cuatro segundos que me tomó dedicarle un último suspiro. Y así fue como le di mi versión de “el último adiós”: regalándole un último beso.
Cuando levanté los ojos noté que las personas a mi alrededor estaban observándome con la misma perplejidad con la que se observa a un bicho rarísimo o quizá a un extraterrestre informe. Pero, definitivamente, así que hubiese sido una auténtica criatura extraterrestre, sin duda, también hubiera sido un autentica criatura extraterrestre terriblemente sexy.
La modestia es algo que llevo guardando por años, es solo que no me gusta estar sacándola a cada rato y enrostrársela a cualquier tío con el que me tope.
No sé qué idea les cruzó por la mente a toda esa gente vestida de negro y ataviada de prejuicios irracionales cuando notaron mi presencia; supongo que el vestido rosa (deliciosamente vaporoso), mis zapatillas North Star (también rosas), “mi hermosa y cayente cabellera negra” (como a él le gustaba nombrar a mi preciosísimo pelo lacio), su respectivo mechón rojizo cayendo a un lado y mi maquillaje poco ortodoxo para la ocasión, no fueron del agrado fúnebre para la mayoría de los presentes.
Pero todo eso me importaba un elefantiásico mojón tamburquino.
Si yo había ido vestida así, era exclusivamente porque él me lo había pedido.

Hace más de 4 años

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Karlerin
Rango10 Nivel 49
hace más de 4 años

Me encantó :) felicidades y sigue escribiendo :3


#3

Aunque suene algo raro, a él le gustaba hablar de la muerte. Pero no lo hacía de la manera morbosa, no es que le gustara jugar con cuchillos al «suicídame», ni nada parecido. Simplemente, él creía que nadie puede asegurar si la semana siguiente estará parado frente a ti de la misma manera como puede estarlo hoy. «Es que, es cierto. Nadie tiene la vida comprada», me decía cada vez que le pedía que cambiara de tema. Entonces, dijo algo que recordaré por buen tiempo: «hablo de esto porque me puede pasar a mí, o te puede pasar a ti, y solamente quiero que los dos tengamos clara la idea de que aunque podamos jurarnos amor más allá de la muerte, nosotros sí podemos morir. Y no quisiera que sufras demasiado cuando algo así me acurra. Sólo quiero que recuerdes que la inmortalidad no viene junto con el paquete de noviazgo. Lo siento, pero la inmortalidad no se incluye en la garantía».
Y luego, yo empezaba a hablar de su ropa y de cómo podría hacer para que pudiera combinarla mejor la próxima vez que nos encontrásemos. Y así, poco a poco, como suele ocurrir en cualquier charla existencial entre dos cuasi adultos, terminamos hablando de lo que nos gustaría que se pusiera el otro si uno de los dos muriese antes.
Siendo algo sincera, me hubiera encantado verlo con su disfraz para mi funeral: como el guitarrista principal de AC/DC.
Mi traje era un pedido especial porque, según él, si me ponía un vestido rosa y me hacía ese mechón rojo, podía parecerme a la Avril Lavigne del clip de My Happy Ending.
Así fue como hicimos la promesa mutua de ponernos aquellos trajes fúnebres para nuestros respectivos funerales.
Me alegra que haya llevado hasta la tumba mis consejos sobre la ropa, ese esmoquin le sentaba muy bien y hacía una preciosa combinación con el resto de sus accesorios. Aunque, si no hubiese sido por la ayuda de Katya, no se hubiera podido lograr gran cosa.

Hace más de 4 años

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#4

Cuando la marcha exequial empezó a enfilar por la Av. Arenas, no pude evitar recordar la última vez que pasé con él por esa misma calle: Yo me detuve en seco justo en la puerta del Mattías, quería que él me invitase algo de comer en aquel sitio. Él sólo me cogió suavemente de la mano y yo simplemente no quise moverme. Cuando parecía que iba a tirar de mi mano para que empezara a seguirle, se volvió hacia mí y dibujó esa sonrisita torcida en los labios y ¡Dios!... juro que moría por besarlos. Tocó mi cabeza con la otra de sus manos, me la sobó con mucha ternura y dejó el que sería uno de sus últimos besos en mi frente. Como era más alto que yo, sentí su hálito y aproveché el momento para gastarle una broma:
—Te quiero, mi chanchito.
—¿Chanchito? —Frunció el ceño— ¿Por qué me dices chanchito?
Me cubrí la punta de la nariz con una mano.
—Es que comes basura pe’.
—Chistosa —dijo monosilábicamente después de bufar o de hacer algo parecido—. Es que, la verdad, no tengo plata para esto. Además, sabes que no me gustan los lugares en los que no puedo ver la cocina. Y, ¿si nos vamos a comer unos heladitos?
—¿Al Igglú?
—¡Nooo!
—¿Entonces?
—Vámonos al Ivory.
—Bueno, vámonos.
Nos sentamos en esa mesita que daba hacia la calle y tomamos unas fotos a nuestros “Ampay cream” y luego a nosotros mismos.
Y, oficialmente, esa fue nuestra última cena.

Hace más de 4 años

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#5

Podía recordar esa cena a la perfección, pero lo que no podía recordar era cómo hacían las personas en momentos como estos para contenerse por más tiempo, y así que sólo pude hacer exactamente lo contrario: llorar.
Katya me observó desde donde se encontraba, dejó a la señora Céspedes, se acercó a mi lado y no preguntó si me sentía bien, porque era evidente que no lo estaba.
Cuando llegó a mi lado, cubrió suavemente mis hombros con uno de sus brazos y creí sentir en ella el mismísimo abrazo de su hermano.
Hice lo único que podía y quería hacer: llorar.
Así que sólo lloré, lloré y seguí llorando… llorando a cántaros.
Katya no dijo nada, no era necesario, creo que ella parecía conocerme mejor que yo misma.
Y pensar que cuando la conocí ni siquiera se había acercado a saludarme, solamente se había limitado a lanzarme una de esas miradas tipo escáner de cuerpo entero. Pero ahora, después de haber compartido algunas experiencias y de fabricar recuerdos entrañables, estaba junto a mí; su pelo lacio tan límpido como siempre, emanando una fragancia que contrariaba cualquier espíritu luctuoso que pudiera emerger de mi interior y el calor de su cuerpo cubriendo apaciblemente hasta el rincón más álgido de mi ser.
Me sentía exactamente así, como un espíritu luctuoso, dispuesta a derramar hasta la última gota de la moribunda esencia de mis ojos.
Todavía me parece increíble que bastara un sólo segundo para hacer que mi memoria lo trajera de vuelta. Únicamente levanté un poco la mirada, parpadeé unas cuantas veces, me limpié las lágrimas con el dorso de mi mano y observé sus ojos. Eran exactamente del mismo color que los de su hermano.
Aunque, a decir verdad, el color de sus ojos no fue precisamente lo primero que me encantó de él, en realidad, creo que ese gusto creció en mí sigilosa e imperceptiblemente.
Será porque, cuando nos vimos por primera vez, haciendo fila para poder entrar al Banco de Crédito, no le di mucha importancia. Aunque… recuerdo que en el fondo me gustó, pero sólo un poquito.

Hace más de 4 años

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#6

Yo estaba vestida con una blusa sin mangas de color uva que había llegado a mis manos como un regalo de cumpleaños enviado directamente desde Lima por cortesía de mi prima Lisia. Era una prenda bellísima. Recuerdo que para aquella temporada me hice un corte en degrade que llegaba justo hasta donde empezaba la escotadura de aquella prenda. Llevaba puesto un comodísimo pantalón de mezclilla color negro que me llegaba justo hasta los tobillos, y unos zapatos de tacón del mismo color.
Él traía puesto una camisa albiceleste a cuadros de manga corta, un pantalón de vestir caqui y una chompa negra que pendía de sus hombros; también estaba en aquella fila zigzagueante esperando su turno.
No sé cómo, pero en algún momento, cuando giré la vista de improviso, encontré sus ojos mirando los míos. Yo, definitivamente, miré de inmediato hacia otro lado. Ahora, cuando rememoro aquel día, me resulta inevitable dejar en el tintero aquellos primeros trazos de su surcadora inocencia. Era todo un caballerito.
Casi olvido algo, y deseo mencionarlo porque para él este era un detalle un tanto romanticón y bonito: sin que él lo notara, me salí de la fila. (Mientras él contaba esta parte, yo siempre trataba de imaginar la cara que pudo haber puesto cuando notó que desaparecí de la fila y, aquí lo citaré textualmente: “aquella fue la primera vez que me preocupé tanto por una extraña”. Ahora que lo pienso, creo que hice mal al dejar que hablara todas esas boberías, porque el hecho de escuchar su voz vez tras vez hizo que al final terminara enamorándome de él hasta los huesos). Pero, aquel día en el banco, la verdad no me fui, sólo salí a comprar un Cheetos picante a la carreta de a lado y con las mismas volví a la fila, y eso fue todo.
Como él estaba adelante en la fila, entró al banco antes que yo. Bueno, como dije, no pretendo quitarle el lado melodramático a esta historia: sí, me volvió a mirar un par de veces. Bueno, lo reconozco, también lo hice yo. Y luego, en distintos tiempos, ambos coincidimos las miradas unas cuatro veces.

Hace más de 4 años

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#7

Cuando me quedé sola en la fila, y él estaba todavía dentro, empezó a caer una ligera e inesperada llovizna. ¡Y sólo estaba con una blusa!
Me arrimé a la pared intentando protegerme de aquella lluviecita.
Entonces él apareció, así, de la nada.
Y eso me gustó.
—Eh… —el pobre ni podía hablarme. Se remojó los labios, miró a los costados y tragó algo de saliva—. Eh. No no no, no sé cómo decir esto, pero. Pero, de verdad, me gustaría poder evitar que te mojaras.
Sólo logré parpadear mientras él miraba mis ojos.
—¿Qué tal si dejas que yo haga tu operación bancaria y me esperas dentro del banco?... para que te mojes, pues. Digo, para que no te mojes.
Aunque me pareció algo simpático su nerviosismo inicial, puse mi cara de madrastra.
—Pero si ni siquiera te conozco —conmigo no la iba a tener tan fácil.
—Sí, lo entiendo. Pero, no sé, es sólo que siento una inesperada e impostergable necesidad de ayudarte. Mira —aquí es donde yo solía remedarle haciendo sus mohines, el tono de su voz y hasta sus ademanes “enfáticos”, como él los llamaba—, nunca he hecho algo parecido, por favor, no creas que es mi costumbre. Es que, no sé, te vi ahí, parada y sin abrigo ni nada y empecé a preocuparme. Y ahora estoy aquí.
Sonaba sincero.
—Bueno, ya que insistes —abrí la pequeña cartera que colgaba de mi hombro derecho, saqué un papelito con el número de cuenta, se lo entregué junto con el dinero y dibujé una de mis sonrisas seductoras en los labios. Después de todo, creo que se lo había ganado—. Gracias. Te espero, entonces.
Y sólo esperé.
Y cuando salió, seguía sin saber qué decirme.
—En serio, no no no es mi costumbre acercarme a las chicas y hacer esto. Pero igual, gracias por dejarme hacerlo. Aquí tienes —tendió el tique y lo tomé de entre sus dedos.
—No te preocupes, estoy acostumbrada a que me aceche de cuando en cuando uno que otro depravado.
Arqueó el entrecejo.
—¿Qué?
—Nada. Es sólo una broma.
Bajé las gradas con intención de despedirme.
—¿Para dónde vas? —preguntó.
—Hacia la Arenas.
—Pues, vamos. Te acompaño.
—Bueno.

Hace más de 4 años

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#8

Permanece fresco en mi memoria, el recuerdo de esas minúsculas gesticulaciones que formaba en sus labios mientras trataba de reunir en su mente las palabras para poder decir algo, pero al final el pobre sólo terminaba con la boca entreabierta. Fue la primera vez que me pareció tan tonto, pero a la vez lindo.
—Disculpa, no me he presentado correctamente. Mi nombre es Antoni, y ¿el tuyo?
—¿Mi nombre? ¿Y para qué quieres saber mi nombre?
—¿Cómo que "para qué"? —me reí ni bien escuché cómo había repetido mi pregunta— Pues, ¿no crees que toda buena historia debería tener el nombre de una chica?
—¿Historia?
—Sí, claro. Como en los cuentos o en las novelas, tú sabes, historias de ese tipo.
—No me digas que TÚ escribes historias de "ese tipo".
—Pues, la verdad —miró a un lado, medio sonrió y se rasco un poco detrás de la oreja— sí. Me gusta mucho escribir historias de "ese tipo". De hecho, mis amigos hasta me han puesto una chapa por eso.
—¿Así? ¿Y cuál es?
—¿De verdad quieres saber?
Asentí sin caer en la cuenta de que una menuda sonrisita había doblegado mis labios.
—El escritor frustrado.
—¿El escritor frustrado? ¿En serio?
Asintió como loco.
—Pues, creo que esa chapa te cae a pelo.
—¿En serio?
—Claro. Aunque, yo lo digo más por lo segundo que por lo primero.
—¿Así? ¿Y cómo es eso?
Y cuando entendió mi chiste entornó los ojos, me miró de refilón, sonrió brevemente y siguió caminando.
—Oye, ¿podría invitarte un helado? —señaló con el pulgar hacia la entrada del Ivory.
—Por supuesto que no.
Puso cara de asustado. Obviamente no esperaba una reacción así.
—¿En serio? —su rostro era la misma de un cachorro sin hogar y su voz la misma de uno hambriento si pudiese hablar— Pero…
—Espera, espera, déjame terminar —le interrumpí—: Por supuesto que NO, voy a rechazar una invitación de ese tipo —sonreí—. Gracias.
Y, oficialmente, aquella fue la primera vez que nos vimos.

Cuando Katya llegó a mi lado, tomó mi mano y me apartó de la multitud hasta llegar a la puerta de la heladería de la que he estado hablando.
Salió después de unos minutos, y regresó con un par de helados en las manos.
Me trajo el de manjar, mi favorito.
Nos rezagamos del séquito fúnebre, pero no me importó. Había muchas cosas que aquel preciso instante dejaron de importarme, hasta que vi algo. Era una envoltura arrugada de Cheetos picante que había sido abandonada por algún insensible zoquete cerca del bordillo.
Y recordé lo del Cheetos.

Hace más de 3 años

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RedFoxes_24
Rango2 Nivel 8
hace más de 3 años

Alguna vez tuve una conversación parecida.
Seguiré la historia, a ver qué pasa.


#9

Aquella noche estaba sentada en uno de los bancos del parque Ocampo, tenía las piernas recostadas sobre todo el asiento y mantenía la vista en dirección al parque Centenario. Bebía poco a poco de una botella de agua San Mateo.
Entonces apareció, y como la última vez, de la nada.
—¿Quieres un Cheetos?
Tendió un paquete de Cheetos picante a la altura de mis ojos, recuerdo sus dedos sosteniéndolo, recuerdo la tenue luz ambarina embadurnando su rostro y abrigando su pequeño copete ladeado.
—¿Tú? ¿Qué haces por aquí?
—Pues, nada. Sólo pasaba, te vi y quise acercarme para saludarte e invitarte esto.
Tomé el Cheetos y lo abrí sin más preámbulos.
Encogí mis piernas para darle algo de espacio y así tuviera dónde sentarse.
—Gracias —dijo mientras se arrellanaba.
—¿Quieres un poco? —le tendí el Cheetos tratando de mostrar algo de cortesía.
—Gracias —contestó y cogió gustoso unos cuantos bocaditos—. Y pensar que han pasado cerca de diecisiete días desde la última vez que nos vimos.
—¿Diecisiete? ¿De veras?
—¡Claro! Supongo que no lo recuerdas… da igual, qué importa.
—Lo siento, es que —intenté excusarme—, últimamente he tenido unos días muy pero muy recargados.
—Eh, ¿trabajo? ¿exámenes?
—Sí —le apunté con el dedo índice mientras asentía como loca—, exámenes. Pero, felizmente, ya acabé con eso.
—Ah, entonces estás en la u, ¿cierto?
—La UAP.
—La GUÁC.
—Ya ya ya, tranquilo, no te pases.
—Era una broma.
—No no no, esas bromas no me gustan.
—¿De verdad?
—Claro. O es que crees que me estoy riendo.
—No —reconoció el pobre con tono asustadizo.
Y empecé a reír porque no pude resistir más.
—Y… qué haces para, no sé, matar el tiempo —preguntó después de un rato.
—Eh, no sé, mirar… ¿series? ¿películas? ¿doramas?
—¿Do… qué? —dijo mientras fruncía sus frondosas y bonitas cejas.
—Doramas.
—¿Doramas? Y eso, ¿cómo se come? Es un plato típico, ¿cierto? O ¿es un traje costumbrista?
Reí levemente.
—Son series de televisión. Novelas coreanas.
Puso la cara que cualquier otro chico promedio hubiera puesto para representar facialmente la sensación que siente al escuchar alguna palabra con “coreanas”: asco.
—¡Guácala! ¿En serio? ¿También miras esas cosas?
—¡Aish!, ¿siquiera viste uno en toda tu aburrida vida?
—Nones.
Y luego de un larguísimo debate, terminé convenciéndolo de mirar el que sería su primer dorama: Boys Before Flowers.
Claro, no hay primera sin segunda, o al menos eso dicen. Y con Antoni la cosa no iba a quedar sólo en la segunda.
Recuerdo bien esos fines de semana que pasábamos frente a la tele, enfrascados en maratones de doramas. Sí, primero fue Boys Before Flowers, después Escalera Al Cielo (no podíamos solamente evadir un clásico de los doramas), luego Hi! My Sweet Heart, Playful Kiss, y The Heirs.
Fui testigo de su progresiva conversión en todo un k-poper con personalidad propia y completamente independiente. Hasta se descargaba las canciones al celular y las escuchaba todo el día. A veces, parecía que los doramas le afectaban tanto porque había días en los que ni llamaba, ni mensajeaba, ni nada; y de repente, se aparecía de improviso, justo cuando yo caminaba por la calle donde está mi casa, colocaba hojas impresas a la altura de mis ojos y antes que estuviera a punto de dar un paso para irse, solamente decía: “He escrito esto para ti. Léelo. Después me llamas y me dices qué te ha parecido”. Luego desaparecía sin dejar rastro alguno hasta que yo decidiera escribirle algún mensaje o llamarle al celular.

Hace más de 3 años

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#10

Una vez, después de leer uno de sus cuentos, le envié esto:
Tengo que admitirlo, realmente me fascinan las cosas que escribes.
Tardó en responder mi mensaje unos cuatro minutos:
¿En serio? Lo hice pensando en ti. ¿Te dije que me resultas demasiado literaria?
Al rato le contesté:
Lo sé. Además, no olvides el hecho de que no puedo sencillamente evitar ser ineludiblemente adorable. Es algo con lo que tengo que cargar.
Y llegó su mensaje:
De verdad, amo tus frases: “Me muero pero bien muerta”, “Conociéndote como te conozco” y, mi favorita: “Hay un millón de sentimientos reunidos en mí”. Algún día voy a escribir nuestra historia y tú estarás en ella, con tus redundancias y todo.
Decidí girar un poco el tema de la conversación, creí que el ambiente se estaba haciendo un tanto cursi:
Mi papá me ha traído caminando desde Pachachaca. Mis pies están matándome.
Esta vez se demoró en contestar como diez minutos:
¿Tus piececitos? ¿No serán los callos?... xD Bueno, aunque la verdad, yo también tengo algunos.
También me tomé un tiempo, no quería que creyera que era la única persona con la que estaba masajeándome, aunque en realidad era la única persona con la que estaba masajeándome. Conté los minutos y le mandé el mensaje cuando llegué al octavo:
¿Callos? Por favor, no hables de tus anomalías. No quiero tener pesadillas esta noche.
El reloj de mi celu marcaba las 11:47 de la noche cuando llegó su mensaje:
☹ ¿No podrías ser un poquito más dulce conmigo?
Me hizo gracia aquel mensajito y le contesté de inmediato:
¿Callos dulces te parece mejor? :P
Luego de unos seis minutos mi celular vibró por última vez aquella noche:
Bien, creo que ese es un buen comienzo. Hasta mañana. Espero que sueñes con callos dulcecitos.
Y también me despedí:
Así lo haré. Ya te dije, todo lo que tengo es dulce. Hasta mañana.

Hace alrededor de 3 años

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