Happy_Endings
Rango10 Nivel 47 (4985 ptos) | Fichaje editorial

OSCURIDAD

El sobre amarillento que había hallado tenía la siguiente inscripción:
Si bajo nosotros vives,
Si desconoces el arriba
Y oyes pisadas en tu eterna noche,
No abras este sobre.
Pero si escuchas susurros
Y no le temes a la luz
Cuando ante ti aparece,
Lee con atención
Las siete cartas
Que te hemos dejado
Y abandona tu oscuro hogar.

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Happy_Endings
Rango10 Nivel 47
hace 5 meses

Quiero pedr disculpas. Por un tonto error mío, eliminé toda la historia en lugar de un capítulo. Asi que volveré a subir esta historia. Espero volver a tener su apoyo.


#2

Querido oculto y/o superior:
Mis sueños son oscuros, pero, de vez en cuando, aparecen luces en mi subconsciente. No es que sepa cómo lucen realmente; sólo las veo al cerrar los ojos.
En este momento, sé que estás imaginando que soy un chico ciego. Bueno, no es cierto, mas tampoco es algo tan descabellado.
Vivo bajo tierra, al igual que toda una ciudad entera. Desde que las historias orales pueden recordar, el hombre siempre ha estado por debajo de la superficie. Los motivos no se conocen, ni tampoco se sabe qué hay arriba.
Todos se atienen a la gravedad y nadie es capaz de describir la luz del Sol, pues su existencia es casi un mito. Los colores que nuestros ojos distinguen son opacos, oscuros y aburridos, vacíos y sin vida.
Desde pequeño sé que soy diferente a los demás y, por eso, lo he mantenido en secreto, pero alguien más descubrió mis capacidades, o bien, lo predijeron. La cuestión es que se las han arreglado para que encontrara las cartas que me llevarán al mundo de afuera.
Sin embargo, creo que debería comenzar desde el principio. Si me permites, continuaré mi carta así:

Mi nombre es Dum y soy el hijo único de Krad y Wodahs. De hecho, todos aquí son hijos únicos, pues no podemos exponernos a una superpoblación. Y con "aquí" me refiero a la ciudad de Somb. Tengo catorce años, edad en la que debo definir la continuidad de mi vida en forma profesional. Luego, a los quince, tendré que tomar por esposa a cualquier chica fértil.
Todos parecen satisfechos con estas fechas límites, mas yo no. Comprendo que a los cuarenta se acaba cualquier clase de productividad y que por eso todo se empieza desde temprano, pero... simplemente no encajaba en mí. Tal vez me aterra, no lo...

— ¿Qué haces, Dum?
—Casi me matas, Yerg —dije abollando el papel y guardándolo en el bolsillo más cercano.
—Casi. ¿Qué haces?
—Nada.
Con una mano, ella tomó el carboncillo con el que estaba escribiendo. Yo, como un tonto, intenté impedírselo, y terminé dejando desprotegida la carta. Yerg la alisó y leyó con ojos curiosos.
— ¿Quiénes son los oscuros y/o superiores?
—Nadie.
— ¿A quién le escribes? ¿Es un nombre clave para una chica?
— ¿Qué? Claro que no.
— ¿Y entonces?
No podía decir que era una historia porque allí los cuentos no abundaban. Sólo había leyendas y advertencias de nuestros ancestros. ¿Sobre qué hablarían si las aventuras no eran posibles, el amor se apresuraba, la vida era corta y nadie más que él conocía las verdaderas luces, y no esas tenues con las que iluminaban los rincones?
Por un segundo pensó que debía agregar a su escrito que se guiaban más por los otros sentidos que por la vista, el cual casi habían perdido.
— ¡Allí hay otra carta! Deberíamos dejar de gastar tantas raíces. Si me explicaras qué es esto, no sé lo contaría a nadie.
En un instante, también se adueñó del sobre que había recibido.
— ¡Seis más! Estarás en serios problemas... especialmente si alguien más lee esto.
—Lo harán si no me las devuelves.
—Ya sé. Le respondes a esta persona de aquí —exclamó Yerg señalando el viejo sobre.
—No sé quién me la envió.
— ¿Y entonces a quién?
—A nadie. Me gusta escribir.
— ¿Ah, sí?
—Sí —respondió imitando su tono de sorpresa.
— ¿Por qué escribir si puedes convertirlo en música?
—Si lo escribo en un papel, nadie tiene por qué leerlo.
—Sabes que pocas cosas se mantienen en privado.
—Créeme cuando te digo que no es así.

— ¿A qué te refieres?

—A que todos tenemos secretos y a que, sin dudas, Somb nos oculta una gran cantidad de cosas.
— ¿Cómo cuáles?
Entré en pánico: Yerg no podía conocer sus verdaderas intenciones ni sus más profundos pensamientos.
— ¿Tienes las otras cartas? —cambió parcialmente de tema.
—No.
—Ya descubrí uno de tus secretos, aunque sonó más a una mentira.
—No mentí.
— ¿Y por qué no te estoy creyendo?
—Pues no lo sé, ese es tu problema.
— ¿Sabes qué? Ya se hizo la hora de trabajar.
—Claro, porque viniste hasta aquí teniendo sólo cinco minutos. Parece lógico.
—Sí tengo que trabajar. Lo siento —dijo Yerg despidiéndose con una sonrisa. Sabía que regresaría con más de sus preguntas.
Yerg era una chica de dieciséis años, razón por la cual mencionó que trabajaba. A pesar de su edad, ningún joven la había escogido por poseer una tez negra. Para ellos simplemente era raro encontrarse con alguien así, cuando todos eran blancos. Era algo así como una abominación de la naturaleza y, como aun así era una integrante de la naturaleza, no podía ser dejada de lado. Además, una utilidad debía de tener, por más que muchos prefirieron que la asesinaran luego de nacer. Permitir que continuara con vida fue una excelente elección, pues ella podía realizar tareas en las minas que se le dificultaban a la mayoría de los hombres. Yerg era fuerte, liviana y ágil a la vez. Ese era otro motivo por el que continuaba sola, pues de nada serviría ya si quedaba embarazada y tenía hijos. Entonces, de una forma u otra, siempre controlaron sus acciones para el beneficio de la sociedad.
Casi nadie le hablaba. Otros pocos y yo éramos la excepción. En mi caso, la conexión había surgido porque la tía de Yerg era mi vecina y la visitaba seguido. Era una persona simpática y muy sociable; a mí no me molestaba su compañía, pero de vez en cuando se volvía insoportable y simplemente tenía que echarla porque ya se estaba metiendo en sus asuntos privados.
En Somb no se conocía la privacidad, lamentablemente. Es decir, encontrar las cinco primeras cartas fue un acto complejo —y mantenerlas en secreto más —, y todavía le quedaban dos. La sexta estaba en las minas, sitio al que se le prohibía ingresar a cualquier persona que no trabajara allí. En lo que respectaba a la última... creía que se hallaba en la entrada al nuevo mundo.
¿Un ser extraño y superior los estaría observando en ese preciso instante? ¿Sabrían que él había recibido las cartas? Bueno, sentado aquí no obtendré ninguna respuesta. Aprovechando que la intrusa se había marchado, proseguí con mi escritura. Lo necesitaba y, de paso, tal vez, alguien le contestaría.

Releí lo último que había escrito y continué:

Tal vez me aterra, no lo sé.
La primera carta apareció debajo de mi cama hace un año ya. Sin embargo, podría haber estado allí desde mi infancia, quizás pegada a la pared o bajo un viejo baúl, quién sabía.
La pregunta que me hago ahora es: ¿alguien la colocó allí? Es decir, a propósito, conociendo su contenido. Si dejo esta carta aquí ahora mismo, ¿vendrán a recogerla, la leerán y me responderán? Querido oculto y/o superior, ¿eres real o sólo un personaje ficticio que mi escritura necesita para llevarse a cabo? ¿Acaso eres más que la sencilla silueta de mis sueños o las pisadas sobre la oscuridad? Si existes, seas lo que seas, dímelo.

Doblé el papel y lo guardé bajo mi cama, en un lugar similar al de la aparición de la primera carta.
La verdad es que estaba volviéndome loco. Jamás había sido mi intención desviar el contenido de mis textos hasta tal punto, pero las palabras hablaban por sí solas. Ellas poseían su propia curiosidad y despertaban a la mente que las había dejado fluir.
Fui a finalizar mis deberes para darle privacidad a mi receptor. Regresé varias horas más tarde sólo para descubrir que no había cambios.
Agarré mis "obras de arte" y las destrocé. Con pasos rápidos, llevé los trozos hasta la estación de reciclaje.
¿Qué había estado pensando? La escritura carecía de sentido; por alguna razón nadie practicaba el hábito. Tan pocos párrafos me habían corrompido, me habían llevado a la demencia. Luego, recordé que la culpa inicial era de las cartas que había encontrado, que me habían llenado la cabeza con ideas absurdas. También quise deshacerme de ellas, mas, al mirarlas, al posar mis ojos sobre su tinta, algo me dijo que no debía hacerlo, y obedecí a esa corazonada.

Anectodas_adolecentes
Rango4 Nivel 18
hace 5 meses

me gusta tu lectura te invito a pasar por las mia y dejar unos me gusta y te los devulto

MintgreenCats_69
Rango5 Nivel 20
hace 5 meses

Estimado/a me encantó la lectura recien lei dos cajas. Lo unico para acotar o llamar la atención que me hizo ruido fue lo de "la tía". Saludos!!


#3

Dos semanas más tarde, cuando regresaba de la casa de mi abuela, me senté tranquilo en mi escritorio. Acomodé los pocos libros que tenía en posesión y conté cuántos carboncillos me quedaban: cuatro.

Algo no andaba bien, había un objeto extraño sobre la mesada que desorganizaba el conjunto de útiles. Debajo de un pilón de papeles se hallaba uno particularmente desalineado con el resto. Estuve a punto de devolverlo a su lugar hasta que lo toqué. Reconocí la textura al instante: era una de las cartas, aunque no las había guardado allí. La tomé para llevarla con sus compañeras, mas esa era diferente, pues estaba manchada con tierra y carbón, como si proviniese de... de la mina. Con el dedo esfumé la negrura del centro y descubrí un pequeño número seis inscripto en el sobre.
Había tenido que ir a buscar todas las cartas siguiendo las indicaciones, exceptuando la primera. ¿Por qué esta llegaría a él misteriosamente también? ¿O es que no era misterioso el asunto en absoluto? Sí, tal vez tendría que hacerle una visita a Yerg.

#4

— ¿Yerg?

Ella tardó un poco en salir de su casa. Su actitud parecía la de siempre.
— ¿Qué pasa?
—Sé que dejaste esta carta en mi cuarto.
— ¿Y quién lo dice?
— ¡La lógica lo dice!
— ¿No podría haber sido uno de esos ocultos?
—Da igual, porque sé que fuiste tú.
—Bueno, sí. Perdón. Es que necesitabas mi ayuda.
— ¿Ayuda para qué?
—Para encont...
—No me digas: ¿las has leído todas?
—Pues sí...
—No vuelvas a meterte en mis asuntos privados ni en mi propiedad privada.
—Ambos sabemos que, en el fondo, me agradeces el gesto.

En ese momento, no podía pensar, no quería admitir nada. Ni siquiera estaba seguro de lo que iba a hacer con la sexta carta.

#5

El tiempo seguía pasando y mi vida no parecía percibir cambios. Sin embargo, sentía cómo Yerg se aferraba a mí como una víbora. No me hablaba desde hacía semanas, pero distinguía que me miraba desde lejos, que buscaba la ocasión para aclarar las cosas y, un día, lo hizo.

— ¿Dum? —dijo Yerg mientras entraba a mi cuarto.
No le contesté. No abría la boca muy seguido, menos lo haría para eso; aquella conversación nonata no valía la pena.
—Dum, ¿qué te sucede? —Al ver que no respondía, prosiguió:— Sólo te falta una carta. ¿Por qué no haces nada al respecto? ¿Por qué ya no escribes?
— ¿Cuántas veces has entrado a mi casa? —quise saber enfadado.
—No es algo ilegal.
—Está mal visto.
—Pero no es ilegal, por lo que... bueno... no hay nada que puedas hacer al respecto. Volviendo a tu pregunta: sólo dos veces, para leer esas cartas y traerte la sexta. Y, además, antes vivías con las manos negras. O te has vuelto higiénico o no usas el carboncillo para otra cosa que no sea obligación.
Lo único que hice fue respirar con más entusiasmo del normal. Deseaba que comprendiera que ese tema me molestaba; era un cabo suelto que no lograba unir a nada, pues estaba allí, flotando en mi mente de un lado a otro. Por momentos, la idea de retornar a la escritura me tentaba y, por otros, me daban ganas de gritarme, aunque no lo intentaba porque no estaba permitido.
—Está bien. Si no quieres hablar, no hables, pero escucha.
—De acuerdo —exclamé algo más calmado.
—De acuerdo. Em... Al leer el sobre de la primera carta, realmente no sentí nada. Era todo muy misterioso y eso, pero nada me había impactado. Fueron tus palabras las que me impulsaron a querer saber más, quería averiguar qué te había llevado a escribir esas cartas y, además, me llamó la atención lo de las luces... que sueñes con algo que nunca viste. Eso ni siquiera es posible.
Yerg, que había estado todo ese tiempo parada, tomó asiento junto a mí y me miró fijamente.
—Fui a buscar esa carta porque necesitabas que lo hiciera. Yo ahora necesito que me acompañes a encontrar la última para descubrir lo que hay arriba.
— ¿Quieres ir arriba? —pregunté atónito.
—Sé que tú sí.
— ¿Y?
—Aunque seas una persona solitaria por elección, creo que deberías ir con alguien.
—Ya ni siquiera creo que deba ir.
—Escucha, Dum. Este no es tu hogar; se nota que no lo sientes como tu hogar, y está bien, no tienes por qué, pero nadie te está forzando a que mueras allí. ¿No sientes que algo le falta a esta vida?
—Sí...
—En ese caso, puedes ir allí arriba y ver qué es lo que tanto te intriga de ella, si cumple tus expectativas, si la luz es como la de tus sueños. Si no te gusta, vuelves.
—Haces que todo suene muy sencillo.
—Lo es. La vida es responder un par de preguntas. Dijiste que algo le falta a tu vida cotidiana, ¿cierto?
—Sí.
— ¿No quieres saber lo que te espera arriba?
—Sí.
— ¿No te fascinaría verlo, oírlo, olerlo, sentirlo? Todo con tus propios ojos y oídos, con tu propia nariz, con todo tu ser.
— ¿De... de dónde sacaste eso? —Para mí, el sentido de la conversación se había desviado considerablemente.
— ¿El que?
—Esa... pasión.
—Me... dejé llevar... Creo.
— ¿Tú quieres ir?
—Quiero estar allí. Nada más.
—Quieres buscar esas sensaciones.
—Sí.
—Pero ya las conoces porque, si no, no podrías describirlas así.
—No, Dum, te equivocas. No las conozco, pero tú sí. De alguna extraña manera, me has hecho que ansíe una aventura llena de sentimientos nuevos. Has despertado mi curiosidad.
— ¿Extraña manera?
—La escritura.
Ambos nos quedamos en silencio, reflexionando. De hecho, el único que volaba en sus pensamientos era yo, pues ella estaba decidida.
—Si sacas tan bellas pero simples palabras de una vida rutinaria y aburrida como esta, no me imagino lo que conseguirás con el arriba.
Yo tampoco, mas, en ese momento, más que nunca, todo mi cuerpo me pedía que lo intentara.

Las yemas de mis dedos rozaron el carboncillo que siempre llevaba en mi bolsillo. Lo aferré en forma de promesa.

#6

No fui capaz de conciliar el sueño en toda la semana. Estaba seguro de lo que quería pero algo me frenaba a actuar. Hasta ese momento, todo había sido una especie de fantasía, un juego o una adivinanza. Jamás se había planteado todos los cambios que conllevaría marcharse. Es decir, abandonaría a todos y a todo por un mundo desconocido que bien podría matarlo. También existía la posibilidad de que no deseara vivir allí para siempre. Suponiendo que así fuera, ¿le permitirían regresar? Lo que intentaba hacer era algo tan inimaginable que ni siquiera sabía si había una regla sobre eso; sólo estaba prohibido. ¿La Justicia y la Ley qué tendrían que decir?

Mi mente pedía a gritos que escribiera, cualquier cosa, pero que lo hiciera. Continuaría desvelado, pero, al menos, estaría siendo productivo.
Temía no encontrar las palabras adecuadas para expresarme, ya que hacía mucho había perdido el hábito y lo que necesitaba sacar era complejo. Sin embargo, las palabras fueron quienes me hallaron.

Tengo nombre pero no lo nombraré. Una edad poseo aunque esta me sentencie. Y ciertos aspectos me caracterizan mas no me definen.
Mi identidad no importa. Lo único relevante es que el arriba me llama. Siempre lo ha hecho y, esta vez, buscaré una forma de responderle.

Sin notarlo siquiera, tomé este escrito y las seis cartas y las guardé en mi saco. Salí de mi casa sin emitir sonido alguno.

#7

Toqué suavemente el hombro de Yerg y se despertó al instante. Abrió sus ojos de par en par en señal de sorpresa y se acomodó. Le enseñé una nota que ja la preparado para ella, una que resumía, básicamente, su deseo de partir en ese preciso momento.

—No, no hay nadie en las minas a esta hora. Qué bueno que...
Le indiqué con un gesto que podría hablar más tarde, cuando sus voces no fueran el único ruido.
Caminamos por largos pasillos hasta el sitio indicado. Para nuestra suerte, todos los habitantes de Somb debían dormir en ese horario. Lo que me extrañó fue que nadie vigilara. Si hubiese sabido que era tan sencillo, lo habría probado cinco veces.
Luego de pasar por la entrada principal de la mina nos topamos con una enorme pared de piedra.
—Esto no debería estar aquí —aseguró Yerg.
—Entremos por otro lado.
— ¿Por qué esto está aquí? —se dijo a sí misma.
No esperé a que se contestara. Volteé y regresé sobre mis pasos.
—Dum, aquí encontré la carta. ¿No debería ser por aquí?
—Claro, leíste la carta. Y sí.
—Esta mina no está conectada con ninguna otra. ¿Pero por qué está tapada la entrada?
— ¿Por qué es tan importante?
—Porque sé cómo las minas funcionan.
—Te dije que Somb guarda más secretos de los que te imaginas.
Yerg echó un vistazo en el muro, mas no había nada de utilidad.
—Dame la carta.
— ¿Para qué? Ya la leíste.
—Bueno, léemela entonces.
Leer. Eso sí que era algo que no hacían muy seguido.
—A una carta del final del camino te encuentras. Si quieres hallar la última, ve hacia lo desconocido. Las sombras son tu seguridad, pero ten cuidado: huyes de ellas con desesperación sin saber que son las que te protegerán. La salida es un largo camino, al igual que el conocimiento. Si quieres llegar, debes conocer.
—Debes conocer... Esta carta habla del conocimiento, ¿pero del conocimiento de las sombras o de la luz?
La ojeé velozmente.
—Ambas, porque cada carta hablaba sobre cómo encontrar a la siguiente y daba consejos sobre el arriba, pero esta dice que no podemos olvidarnos de lo que sabemos.
—No sólo eso. Nos dice que miremos hacia atrás.
— ¿Qué tan atrás?

—Sólo hay una forma de saberlo, pero debemos apresurarnos.

Nos dirigimos al colegio. Más específicamente, a la sección dedicada a los niños pequeños. Todo era estructurado y falto de imaginación, lo que daba lugar a una nueva generación repleta de gente estructurada y falta de imaginación.
La única reliquia era un viejo y pequeño libro que narraba leyendas e historias de terror sobre el arriba. Además, incluía dibujos sobre los monstruos que habitaban el lugar con el objetivo de asustar a los niños.
—Allí está —susurró Yerg con entusiasmo.
—Lo agarramos, lo leemos ¿y luego qué?
—La salida es un largo camino. Para encontrarla, debemos recorrerlo desde el principio.
Abrimos el libro siendo conscientes de que las pisadas que habíamos dejado no podrían borrarse y que, si no hallábamos una escapatoria pronto, nos atraparían y tendríamos que cumplir con el castigo correspondiente para evitar que un delito así no volviera a suceder.
—No se parece en nada a las cartas —comentó Yerg.
Por supuesto que no. Esos textos estaban hechos para generar terror e imponer disciplina. No encontraremos nada allí.
Recorrí la amplia habitación con la mirada y admiré el sitio en donde me había topado con la cuarta parte. Fue entonces cuando noté que el hueco reservado para aquel tomo era mucho más grande de lo que debería. Me acerqué y coloqué mi mano en la pared. Palpé la superficie y apliqué fuerza. La tierra se desintegró como si fuera arenilla, aunque no significaba una gran diferencia. El único motivo por el que le di importancia fue porque estaba determinantemente prohibida la existencia de paredes y techos poco resistentes.
Saqué de mi bolsillo el anfíbol que siempre llevaba conmigo y comprobé su dureza con un par de golpes. Como resultado, aire salió por el agujero que fabriqué; la piedra seguía intacta. Repetí la acción hasta que el hueco fue de un tamaño aceptable para que pudiéramos pasar.
—Deja eso ahí y vamos.
—Ni siquiera noté que estabas haciendo ruido.
—No fue muy alto.
Con un gesto, la invité a que se acercara. Metí primero los brazos y la cabeza y fui haciéndome lugar hasta que caí boca abajo en el suelo. Me puse de pie y exploré el pasadizo. Ni una sola luz, pero, por el eco y la corriente de aire, era largo. Un largo camino...
La muchacha se estrelló contra la tierra y se acopló en seguida.
—Agrandamos el agujero...
No contesté. Mi silencio le daría a entender que sólo quería continuar, que sólo quería llegar a la salida para pisar el arriba.

#8

— ¡Cuidado!

Ya era demasiado tarde. Una estalactita había abierto una herida en mi frente.
—Usas más la vista que los otros sentidos.
—Por algo me metí en esto.
— ¡Cuidado!
Esta vez, sí lo había visto. ¿Cómo no hacerlo cuando la oscuridad se tornaba más intensa?
—Creo que no falta mucho, ¿pero por dónde vamos?
—Agarrate al borde y tírate. No debe ser tan profundo.
En efecto, no lo era, mas, aun así, el aterrizaje fue desprolijo.
El suelo seguía descendiendo. Pronto, doblamos a la derecha y el techo bajó. Anduvimos agachados por mucho tiempo hasta que finalmente alcanzamos la mina.
— ¿Esta es la mina en la que trabajas?
—Sí... aunque esta parte no la usamos. Yo te guío.
Ya entendía por qué no la utilizaban: los pasillos eran demasiado angostos como para permitir un movimiento amplio.
—Y... aquí termina.
— ¿Qué? No. Tiene que haber algo más.
—Lo hay. ¿Ves eso a tu izquierda? Esta lleno de estalactitas y estalagmitas. No hay forma de pasar entre ellas.
Al instante en que finalizó la frase, Yerg supo que había cometido un error. Salté hacia el hueco y comencé a esquivar los obstáculos. Que nadie lo hubiese intentado para no provocar un derrumbe no significaba que fuese imposible. Además, no podía ser un terreno cubierto tan extenso...
El secreto estaba en rozar las rocas sedimentarias con delicadeza. Cuando creía haberlo agarrado la mano, tropecé con una piedra y mi costado partió una estalagmita.
—Estás destruyendo todo. ¡Lo desgastas!
A pesar de que deseaba abrir la boca, no se arriesgaría a provocar más vibraciones de las necesarias.
Volví a pararme y continué. Me convencí de que podía aguantar la respiración un segundo más, que ya no faltaba nada. El trayecto se extendió mucho como para soportarlo, pero el final existía, y tenía forma de escalera. Subí los escalones con torpes, obviando el hecho de que podían caerse a pedazos con una mala pisada. Y que no estaba solo.
Giré a la derecha dos veces, subí y giré otra vez, aunque a la izquierda. A pesar de verme imposibilitado de ponerme erguido, hice mi mayor esfuerzo mientras me frenaba en seco.

Ante mí se encontraba la salida. Era pequeña; una grieta, de hecho, pero allí estaba. Allí estaba la luz que las cartas me habían prometido.

#9

LUZ

—Dum, te olvidaste la última carta.
— ¿Qué?
Yerg me despertó del sueño que estaba proyectando con ojos abiertos. La mitad de mi cuerpo ya estaba en el exterior, en la luz. Captaba tantas cosas con los diferentes sentidos que simplemente me congelé.
Oía cómo seguía hablándome, pero no le presté ni la más mínima atención. Miré todo con detenimiento, asegurándome de que no se me escapaba nada para poder anotarlo luego.
Algo blanco arriba me impactó y me hizo retroceder.
— ¡Cuidado!
—No mires hacia arriba. Hay algo brillante que... lastima.
—Hay muchos puntos celestes y blancos...
— ¡Deja de mirar!
—Está bien. Está bien. Toma la carta.
Si bien me sentía perdido, ya había vuelto al mundo terrenal, listo para la última carta. Extendí una mano y parpadeé varias veces antes de enfocar las letras.
—Hasta ahora, llenamos las cartas de versos y rimas, de lo positivo del arriba, pero todo tiene su lado oscuro. A donde vas, los peligros abundan, razón por la cual muchos de los tuyos perecieron al inicio de su viaje.
»Nosotros no queremos que tengas el mismo final porque a ti no te mueve la rebeldía de la revolución. Algo te llama a subir, no es un capricho tuyo, y porque tu caída no es nuestro deseo, te guiaremos hasta nosotros, para que puedas aprender a vivir en este mundo.
»Cuando la luz te golpee, ve a la izquierda hasta el gran árbol muerto. Luego, camina hacia el frente otra vez.
Nos quedamos en silencio en un segundo. Yo ya estaba listo para continuar.
—Espera, aventurero. ¿No oíste la parte de "los tuyos perecieron"? Al parecer, otros antes que nosotros emprendieron este mismo viaje pero por otros motivos, y no lo lograron. Tenemos estas cartas. Usémoslas.

#10

—Bien. Adelante.

—Si bajo nosotros vives, si desconoces el arriba y oyes pisadas en tu eterna noche, no abras este sobre. Pero si escuchas susurros y no le temes a la luz cuando ante ti aparece, lee con atención las siete cartas que te hemos dejado y abandona tu oscuro hogar.

—Eso ya lo hicimos.

Respiré hondo e hice de cuenta que no oí nada. Saqué la carta del sobre y leí:

—Si el arriba quieres conocer, seis cartas más debes leer, pero no te distraigas pensando de más, pues las respuestas se te darán con cada paso que das.

»Grandes son los seres que pisan la tierra; siempre respetuosos de primera.

»Si sigues leyendo es porque algo grande te llama, o porque estás llamado a algo grande y, como tal, debes empezar desde abajo.

—Bien. La última parte habla sobre dónde encontrar la carta. ¿Dónde la encontraste? —preguntó de repente inclinando su cabeza a un costado.

—Junto al arroyo.

—Y la del medio sólo nos informa que aquí hay criaturas enormes, pero que no nos harán daño.

Claro que sí. Hacía meses que había llegado a esa deducción, pero permitió que prosiguiera con sus diferentes hipótesis y conclusiones. Estar parado sobre esas hebras verdes le alcanzaba para mantener la calma.

—No debemos olvidar el respeto.

Asentí. Yerg, al no estar acostumbrada a charlar —menos con un chico —, aprovechaba cualquier oportunidad para provocar sonidos con sus cuerdas vocales.

—Esta es la carta más importante porque significa que has emprendido el viaje.

»Junto al agua estaba; aquí, gotas caen. Las raíces se sumergirán, pero los árboles sólo trepan.

»El silencio que conoces, con murmullos se quiebra.

»Todo lo que aparenta, terminará de cabeza.

—Otra vez los árboles... ¿Cómo lucen?

— "Terminará de cabeza" — murmuré para mí —. ¿Se parecerán a las raíces pero de cabeza?

—Es posible. Y también aparece otra vez el tema del silencio que no perdura. ¿Alguna vez escuchaste algo raro?

—Emm... De niño decía que escuchaba cosas, pero no lo recuerdo bien. Me convencieron de que no era nada.

—Bien, continúa — exclamó algo decepcionada.

—Te has metido en las raíces buscando las figuradas. Tú sabes bien dónde dicen que yacen, mas, a fin de cuentas, son sólo un par de leyendas.

»El miedo y el cambio impulsan grandes historias, porque adaptarse no quisieron y bajo el temor vivieron.

»La vida arriba no es fácil; para eso debes ser hábil.

»La valentía importa si la esperanza no se aparta.

—Nuestros ancestros solían vivir arriba, pero porque la vida era muy difícil, se acobijaron en lo subterráneo.

—En realidad, no es que la vida arriba fuera difícil, sino que lo era para ellos, porque no eran hábiles.

—Entonces, nosotros debemos serlo. Adelante.

—Libertad es una palabra que no te suena. Allí arriba es real, pero existen...

— ¿Qué fue eso?

— ¿Qué cosa?

Mientras leía, olvidé totalmente que debía ser consciente de mi entorno. Por más que su vista estuviera más adecuado a ese lugar, los otros sentidos no podían volverse inútiles, y se encontraban en una tierra desconocida. Los peligros podían vivir en cualquier rincón.

—Un animal, pero... está arriba. Se acerca... ¿y se aleja?

—"¿Sabes lo que es volar? No, porque cortaron tus alas".

— ¿Estás diciendo que son esas criaturas grandes que atraviesan los aires y con sus garras...?

—Esos son cuentos —la interrumpí antes de que entrara en pánico—, pero creo que pueden ser esas criaturas. En fin, si se alejó...

—Eso parece —dijo Yerg sin despojarse por completo del miedo.

—Libertad es una palabra que no te suena. Allí arribas es real, pero existen leyes naturales que, si te atreves, desafiar puedes.

»El castigo será divino; siempre ha sido el mismo, porque cada acto consecuencias trae, consecuencias impuestas desde los primeros tiempos.

» ¿Sabes lo que es volar? No, porque cortaron tus alas.

No fue necesario resumir estas palabras: debíamos tener cuidado y punto.

—La luz han querido tapar, pero tú sueñas con ella. Ansías su calor, necesitas su brillo, porque sabes que acobija y no abandona, que permite crecer y de guía sirve.

»Mira lo que tu mente ha amplificado, lo que ha imaginado sin conocer que aquella potencia es poca.

—Es decir que las luces de la mina son insignificantes al lado de las de aquí... pero no están tan mal...

Para no responder a futuras preguntas, obvié el comentario de que yo sí sabía que podía ser mucho peor.

Repasamos las dos últimas y concluimos que debíamos cuidarnos de las criaturas que habitaban allí —sin faltarles el respeto—, la esperanza y la habilidad no podían debilitarse y, si bien las luces eran bonitas, las sombras nos protegerían mejor en este mundo nuevo.

Sin nada más que acotar, giramos hacia la izquierda, concentrándonos en hallar el árbol muerto, fuese lo que fuese. Me aseguré que lo distinguiría cuando lo viera.

#11

ÁRBOL

— ¿Lo habremos pasado?

—No.

Hacía como una hora que había retomado la marcha y la única novedad era que, mientras las sombras se hacían más oscuras, esa figura blanca ascendía.

Por momento, esas hebras verdes lucían más amarillas y eran más largas. Por todo lo demás, el terreno a nuestro alrededor era casi llano. Sólo una muralla negra a la derecha pintaba el paisaje, aunque era distante, y los bajos montes a nuestra izquierda. Allí abajo se encontraba nuestro hogar, mas nunca había sido el mío, porque jamás me había sentido cómodo en él. Toda una vida no me había alcanzado para adaptarme. ¿Esta vida sería diferente?

—Tengo una idea.

—Pues adelante —concedió Yerg.

Probablemente, no sería de su agrado. Si los años anteriores no habían funcionado, debía ser por algo. Agotaría todas las opciones hasta que encontrara la respuesta.

Comencé a mover las piernas con más velocidad, estableciendo una distancia cada vez mayor entre paso y paso. Aquello era como aprender a caminar otra vez. Mis músculos eran débiles y mis pulmones no estaban preparados para semejante esfuerzo, pero yo sólo me enfoqué en el aire que golpeaba mi cara, en cómo una simple brisa generada por mi movimiento podía dibujarme una sonrisa. Apenas sabía cómo se sentía.

La euforia se me acabó cuando mi pie quedó atascado, por una milésima de segundo, entre el tejido de una raíz o de una roca. La caída me dolió como ninguna otra. Me propuse levantarme... cuando las energías volvieran a mí.

No mucho tiempo después llegó Yerg y me ayudó. Ella también estaba exhausta.

—Estás loco.

En cuanto me repuse, retomé la carrera. Esta vez, ya no perdería de vista el suelo, aunque siempre mantuve mis ojos en dirección hacia donde el suelo cambiaba de color y se estiraba sobre mi cabeza hasta el otro extremo.

Nada en mi cuerpo había sido creado para esa actividad, mas la sensación que me producía su realización me daba la fortaleza que no poseía. Así que seguí y seguí...

Un cuerpo extraño se interpuso en nuestro camino y yo me dispuse a pasarlo de largo. Fue Yerg la que sugirió que podía ser lo que estábamos buscando. Entonces recordé que teníamos un motivo para estar allí, y un objetivo que cumplir. No era sólo para sentir el aquí y el ahora.

— ¿Qué haces? —pregunté al instante de haber notado que estaba oliendo al objeto sospechoso. Extendió uno de sus brazos, luego el otro, y se impulsó hacia arriba. Palpaba e inspeccionaba cada sector de esa cosa.

Alcanzó una extremidad. La parte de arriba sí se parecía a una raíz, pero invertida. Era posible que fuera lo que estaban buscando, y confirmé mis sospechas cuando esa extremidad se partió y la chica terminó tendida de espaldas entre las hebras.

Se tumbó de costado y se paró con dificultad. Se acercó al brazo y le dio varias patadas.

—No sé bien cómo luce un árbol, pero esta cosa, definitivamente, no está viva. Si lo está, no quiere que nadie se entere de ello.

—Tiene que ser este.

—Sí. Ahora, hacia la derecha. Y, por favor, no corras más.

Al haber frenado, no tenía ninguna intención de hacerlo. A mi cuerpo ya no le quedaban reservas.

Después de mucho tiempo, tampoco me bastó la energía para andar con lentitud. Me dejé caer. Me dejé caer, pero el suelo no me atrapó en la cantidad de tiempo lógica. Se tardó más de lo debido. Y la verdadera oscuridad volvió a cubrir mis ojos.

#12

MADRIGUERA

Supe que ese era el lugar que nos protegería.

El ancho no se convertiría en un problema. Con respecto a la altura, no era nada que no hubiésemos superado antes.

Inconscientemente, atrapé a Yerg cuando se lanzó hacia los túneles, aunque los dos caímos.

—La próxima no tendremos tanta suerte.

—Espero que te equivoques. ¿Sabes lo que es esto?

— ¿No te resultan familiares?

—Un poco.

—Los pasillos viejos de Somb son idénticos a estos. Ya no quedan muchos de ellos, pero la marca de un topo es inconfundible.

— ¿Topo?

Yerg me miró como si fuera tonto, pero no lo era. Somb no era especial para mí, no me generaba nada, porque todo carecía de un verdadero sentido, la Justicia, la Ley, las normas, las edades impuestas, las costumbres, las escritura... todo. Por esta razón no prestaba atención en clase ni era muy observador. Es decir, soñando con luces maravillosas, ¿por qué querría estar bajo tierra?

A pesar de mi aislamiento neurológico, la apariencia de un topo formaba parte de mis conocimientos y, sus hábitos, también. Y su sabor. Era parte de la poca carne que consumíamos.

— ¿Qué deberíamos hacer si nos topamos con uno? —pregunté.

—Respetarlos.

Pasase lo que pasase, debíamos respetarlos. Me olvidé por completo de que podían convertirse en comida.

#13

Decidimos que nos merecíamos un descanso, a pesar de que deseaba continuar. Si bien estar allí abajo nos protegía de los problemas desconocidos hasta que halláramos a los autores de la carta, no podía evitar pensar que se sentía exactamente igual a estar en Somb otra vez. Lo entendía, ¿pero para eso había salido? ¿Para volver al mismo lugar?

A pesar de todas mis caídas y tropiezos, no había perdido mis objetos personales. Saqué las pocas hojas que me había guardado y el carboncillo. Debería cuidar bien de ellos o se acabarían en un sólo día.

Estoy en el arriba, buscando esa voz que me llamaba. Hasta ahora, no tuve suerte.

El suelo está cubierto de finas hebras verdes cortadas de forma irregular. Está unido a unas paredes y a un techo que se debatía entre el azul y el negro y entre los puntos blancos y los naranjas. Las luces allí se movían, especialmente la figura blanca brillante.

Las corrientes de aire traían consigo un aroma diferente, a vida, tal vez.

Los animales que vuelan y los árboles son reales. Este mundo es real, y me gustaría describirlo como se merece, pero no puedo. Semejante belleza se escapa de mis habilidades.

Realicé una pausa, pues ya había descargado lo más importante, y descubrí que Yerg me estaba observando detenidamente.

—Sigues convenciéndome.

Volví mi vista al papel, fracasando en mi intento de transcribir algo en él.

—No estás concentrado.

—Oye, no me gusta que me hablen, pero tampoco que me mires así.

—Mirarte es lo que me trajo aquí. Realmente tienes que estar aquí y escribir. Deberías ver tu cara cuando...

Traté de aislar mi mente una vez más, sin obtener los resultados deseados.

—Además —agregó cuando volví a prestarle atención del todo —, me necesitas. Si no fuera por mí, te habrías saltado el árbol muerto, y claramente estamos en el lugar indicado porque es un sitio seguro.

—Sí, hasta que aparezcan los topos.

—Como mucho, nos paralizarán. No nos harán daño, excepto que los ataquemos primero.

»Bueno, sigue escribiendo.

Lo haría, pero mi mente ya estaba en otro lado para ese entonces.

Preferiría estar solo, ¿mas a quién quería engañar? Con la compañía de Yerg llegaríamos más rápido a nuestro destino.

Las hojas y el carboncillo retornaron a su propio hogar.

#14

Retomamos la marcha para tomar una dura decisión: izquierda, centro o derecha.

—Vayamos a dónde no haya topos — propuse.

—Es un túnel de topos.

—Lo sé. Me refería a que usaras tu olfato para saber por dónde han estado recientemente.

Yerg pareció comprender que nunca iba a expresarme correctamente en voz alta y no dijo nada.

—Para mí son todos iguales —declaró luego de un minuto—. Lo siento, no soy un topo.

—Eso quiere decir que ellos sí pueden olernos.

—Probablemente.

—Sigamos por el medio —decidí de repente.

La muchacha pasó al frente para cambiar un poco la perspectiva, ya que la experiencia hacía rato que había dejado de ser divertida.

Esta vez, fui yo el que se quedó atrás. Inspeccioné las paredes y el piso, verificando cómo eran nuestras huellas y si otros animales habían dejado las suyas. Sólo parecía que éramos nosotros.

Pasé por un pasillo que se abría a mi izquierda, uno al que Yerg no le había dado importancia. Me metí en él sólo unos pasos y oí una serie de sonidos. Mientras trataba de descifrarlos, mis orejas percibieron otra vibración.

Salí del túnel y me dirigí hacia el lugar del incidente.

Grité de igual manera que Yerg lo había hecho y golpeé mi espalda contra una pared. La luz era tan cegadora que no pude distinguir dónde ni cómo estaba mi acompañante antes de bajar los párpados. Era una enorme columna amarilla que brillaba en todas direcciones y se sobrepasaba a cualquier cosa que hubiese visto en sueños. Sus membranas oculares no lo protegían del todo.

Algo rozó mi tobillo y lancé una patada hacia adelante.

— ¡Por poco me vuelas la cabeza!

—Podrías haber hablado.

Se la pasaba separando y juntando los labios. ¿Justo esa vez tenía que ser la excepción? Siempre confiaba en su vista y en ese momento no era capaz de hacerlo.

— ¿Qué te pasó?

—Creo que un animal estaba caminando por arriba y se cayó por un lugar en donde la tierra no era firme. Ocurrió justo delante de mí.

—Deberíamos avanzar en la misma dirección.

— ¿Qué? No, yo no...

—Tápate los ojos lo mejor que puedas.

Sin dudas, íbamos a encontrarnos con más esas luces; simplemente no podíamos dar la vuelta ante todas.

Luego de mucho tiempo, fui dejando que los colores fueran entrando otra vez por retina. Todo lucía seguro y no noté cambios, así que incité a Yerg a que se relajara, lo que no resultó muy bien.

—Veo borroso.

—Ya se te pasará. Tus ojos son más oscuros que los míos y yo estoy bien.

Los ojos de Yerg eran casi negros, mientras que los míos eran de un color miel. En Somb predominaban los verdes y azules. Estaba cansado de que todos fueran iguales, pero también me inquietaba que ella luciera tan diferente cuando ninguno de sus familiares se le parecía.

#15

—Creo que ya casi está —informó Yerg con respecto a su visión.

Tomé esto como un indicador de que ya podíamos caminar con más velocidad.

No sé cuál fue el momento en que la perdí, pero confié en que ella sería capaz de seguirme el rastro.

De vez en cuando, había algunas grietas en el techo u otros huecos como por el que habíamos caído. Como ahora estaba preparado, en cuanto notaba un cambio en la coloración de las paredes, cerraba los ojos.

Los rayos de la luz eran letales. Las sombras los estarían cuidando un largo tiempo hasta que fueran capaces de adaptarse. Aunque, ¿Yerg se quedaría? Yo ya sabía que permanecería allí indefinidamente, pues todo lo que la vida significaba de verdad parecía estar allí arriba y no bajo tierra, en una ciudad llena de impedimentos y de reglas que obedecer. Si corriera allá, ¿qué? ¿Me cortarían los pies? Bueno, yo no estaba dispuesto a dejar de correr.

Recordar los sentimientos que me había generado aquel movimiento hizo renacer en mí las ganas de escribir, y di un alto para anotar un par de líneas. Todavía parado, me apoyé un poco y comencé a dibujar una "c" con mi lentitud de siempre. Pocas palabras me llevaban minutos, pero sólo porque no movía el carboncillo con mucha agilidad. De todos modos, yo era el más veloz de todos los habitantes de Somb; esto jamás me había reconfortado.

Cuando ya estaba formando la "o", todo vibró y algo chilló. Mi carboncillo se escurrió entre mis dedos y se partió en tres al tocar el piso. Guardé rápido los papeles y me agaché para recoger las piezas de mi amado tesoro. Eso sólo provocaría que escribiera más lento todavía.

Una nariz rosa se asomó por un túnel detrás de mí. Olisqueó en varias direcciones y optó por tomar la que lo llevaría directo a mí.

Me paré lo más lento posible. No huiría, por más que mis anhelos fueran más enormes que el cuerpo marrón oscuro de ese animal. Lo único que se me ocurrió hacer fue bajar la cabeza en señal de respeto, esperando que lo entendiera.

Él se me acercó y me inspeccionó con su nariz. Me fue imposible no olerlo teniéndolo tan cerca. Su aroma era similar al nuestro, aunque más intenso.

Me miró con sus pequeños ojos. La simpatía y el respeto se estaban volviendo reales por mi parte. Incluso creí que me empujaría y continuaría con su camino para comerse alguna lombriz o rata.

Tal vez no demostré bien lo que sentía. Tal vez, esos animales no sabían lo que era el respeto o la rendición. Fuese yo o él el del problema, de una forma u otra, el topo lamió toda mi cara y fui perdiendo el contacto con mis nervios.

#16

TOPOS

Pasase lo que pasase, como ya había dicho, debía respetar a ese animal, y eso incluía no demostrar el miedo que sentía. El topo no me asustaba, pues sabía que no me comería. Lo que me preocupaba era a dónde me llevaba y el hecho de que las probabilidades de que estuviera mojando mis papales con su lengua eran demasiado altas.

La criatura poseía su propio ritmo: lento y tambaleándose de un lado a otro; a veces, mis pies se golpeaban contra una piedra o una pared. Tomamos infinidad de túneles, o recorrimos varias veces los mismos.

Los pasillos se volvieron más amplios y el terreno comenzó a descender. A lo lejos se oyó el chillido de un ratón pidiéndole piedad a otro topo, o a muchos, porque el olor era fuerte como para tratarse de un solo individuo.

De repente, mi topo comenzó a apresurarse. Me tiró en lo que parecía una sala y fue directo a participar del festín. Eso lo deduje por los sonidos, porque, en realidad, estaba de espaldas a la escena y el efecto de la saliva no había pasado.

Pasado un tiempo, alguno de ellos me movió con sus patas y me acomodó para que pudiera sentarme. Luego, me quitó los excesos de baba con una paño.

Eran cinco, cinco topos que se me quedaron mirando con sus cabezas inclinadas hacia un lado. De vez en cuando, echaban una buena olfateada al aire.

El que me había transportado, el más grande, dio un paso al frente e hizo bailar a su lengua por dos segundos. Llevó una de sus extremidades hacia adelante y tocó la tierra sólo con su dedo mayor. Perdió el contacto visual conmigo y se puso a dibujar un símbolo. Cuando terminó, volvió a fijar sus ojos en los míos.

#17

Un quinteto de topos estaba intentando transmitirme un mensaje que yo no sabía si sería capaz de descifrar.

Me encontraba ante un círculo no cerrado que continuaba su espiral, la cual se tornaba recta al dirigirse hacia arriba, cortando una línea perpendicular. Entonces, si apenas sabía cómo describirlo, estaría siglos dándole un sentido correcto.

Estuve en silencio con la mente totalmente en blanco hasta que mi topo me señaló y caminó en el lugar. A continuación, con su hocico apuntó hacia arriba.

—Yo. Tierra. Arriba —balbuceé con dificultad; mi cuerpo volvía poco a poco a mí. Como si ellos fuesen a entenderme. Sin embargo, parecieron hacerlo, porque emitieron un chillido enojado—. Bien, eso no es. Entonces, yo...

Me comunicaron que tampoco se trataba de eso. Remarcaron lo que para mí era "tierra" y "arriba".

—Madriguera —No —. Topos —No—. Roca—No—. Túneles.

Me mostró su lengua.

— ¿Túneles? —No de nuevo, pero era algo por el estilo—. Pasillos. Subterráneo. ¿Somb?

El sonido fue más agudo y estuvo acompañado por la lengua.

—Somb —Realizaron el mismo gesto—. Somb. Arriba —Por un momento, creí comprenderlo, así que sugerí mi idea:—. Yo estaba en Somb y fui al arriba.

Sí, eso era.

Me alegré por haberlo descubierto, pero la euforia me duró unos quince segundos. Había transcurrido una hora —o lo que se sentía como una hora— y había interpretado un símbolo que significaba algo que ya sabía.

Mientras mi topo dibujaba otro ideograma, el que tenía el pelaje más oscuro salió de la habitación.

El animal no se detuvo con su escritura, subestimando mis habilidades.

#18

El topo que se había marchado regresó con su propia presa: Yerg. En cuanto la vi, me acerqué a ella y la limpié con el paño. Aún no me movía con normalidad, pero al menos lo hacía.

—Yerg, estos topos no nos harán daño. Están tratando de pasarme un mensaje. Hasta ahora, lo que tengo es: vengo de Somb y vine al arriba. La luz nos molesta porque nos gustan las sombras, pero debo estar aquí. Con "nos" me refiero a los topos y a mí... y a ti.

Había más ideogramas, pero, por algún motivo, los animales decidieron no explicar ninguno más. En su lugar, dieron la vuelta y abandonaron la habitación por uno de sus túneles. Cuando notaron que no los seguíamos, mi topo regresó y asomó su hocico.

Levanté a Yerg como pude y nos dejamos guiar.

#19

ESTRELLAS

—Me gustaría poder comprender lo que dicen —comenté luego de muchas horas de caminata.

—Me gustaría que pudiéramos entender lo que nos quieren decir —comenté luego de muchas horas de caminata.
—A mí me gustaría que no se los comieran en Somb. No son los animales salvajes que siempre nos obligaron a creer.
—No, definitivamente no. ¿Por qué se dejarían cazar?
—No lo sé, pero mira —exclamó cambiando de tema:— ya casi camino como una personas normal.

#20

Arriba estaba oscuro de nuevo, momento apto para salir. Esta vez estábamos rodeados por árboles, aunque estos vivían, pues estaban pintados de verde, amarillo y de colores más intensos que nunca había visto.
Contemplé cada detalle y, cuando los ojos me fallaron, recurrí a mover mis agotadas piernas para acercarme.
—Dum. ¡Dum!
Hice de cuenta que no la había oído. En otras circunstancias, me habría enfadado, pero, ante todo aquello, ¿cómo era posible concebir un sentimiento negativo?
— ¡Dum, regresa!
Di media vuelta y regresé sobre mis pasos, los cuales eran muchos.
Yerg se hallaba en la salida del túnel junto a los cinco topos. El que me había raptado se adelantó y me explicó lo que sucedía con un par de gestos.
—Quiere decir que ellos deben regresar —me aclaró Yerg —. Creo que no pertenecen al arriba.
— ¿Y hacia dónde vamos?
A pesar de que me había asustado que un animal gigante me lamiera, me dejara inmóvil y me llevara como su presa por toda su madriguera, era consciente de que no habríamos logrado llegar hasta aquí sin ellos, porque sabía que estábamos en el lugar indicado. Me decepcionaba que tuvieran que abandonarnos, incluso si eran por razones lógicas.
—Debemos seguir esa cola brillante allí a lo alto. Señala la dirección que nos llevará a dónde nos esperan.
Mi topo realizó una reverencia y los otros lo imitaron. Nos enseñaron sus patas traseras y se metieron en sus pasadizos sin darnos tiempo a nada.
—Gracias —susurró Yerg.

#21

Aunque pudiera recuperar mi energía con un parpadeo, el terreno lleno de obstáculos no me hubiese permitido correr sin tropezarme. A veces, las raíces salían de la tierra, o parecían crecer en sentido opuesto al normal. Las hojas que colgaban de los árboles caían sobre nuestras cabezas y nos asustaban, sin mencionar que los ratones correteaban por allí y no se tomaban la molestia de esquivar nuestros pies.
Subir por la elevación del terreno fue realmente difícil, tanto como no perder de vista a la cola brillante. En cuanto alcanzamos la cima, un río serpenteaba a una corta distancia de nosotros. Era todo lo opuesto al arroyo de Somb, ya que el de arriba era más ancho y activo. Era plateado, pero no como el triste gris de las sombras; era, más bien, parecido a... a nada. Era único y precioso; reflejaba el brillo de la figura blanca enceguecedora, aunque la luz podría haber sido propia.
La música que producía era más bella que la que tocaban en el subterráneo y...
— ¿Qué hacemos ahora?
Cierto, no estaba allí sólo para ponerle palabras a las imágenes. Había gente que nos esperaba.
—Esperar a que esa gente esté de este lado del río.

—Que la suerte nos acompañe una vez más.

#22

AGUA

A pesar de que revisamos todos los lugares posibles en los que podíamos encontrar algo útil, no obtuvimos nada.

La otra opción era que nuestro viaje no hubiera terminado, pero, para eso, debíamos cruzar el río, el cual lucía bastante profundo para nosotros. Sabíamos nadar, mas nunca había sido algo necesario de implementar; sólo lo aprendíamos como precaución. Quizás, podríamos construir un bote...

—De ninguna manera —casi gritó Yerg —. ¿Cómo se te ocurre? No podemos destruir algo que no es nuestro.

—Bueno, no hay muchas más opciones.

La muchacha caminó hacia la orilla y sumergió una de sus manos en el agua.

—La corriente no es muy fuerte.

—Eso es porque estás junto a la orilla.

—Tienes razón. En ese caso, tendremos que esperar.

Derrotado, tuve que admitir que, de momento, era lo que mejor que podíamos hacer.

Nos sentamos entre esas extrañas hebras que se volvían más altas a medida que estaban más cerca del río.

Después de un tiempo, me sentí derrotado otra vez. No dudaba de que esa gente nos estuviera esperando y de que las señales que nos enviaron no contenían ninguna trampa, pero tampoco podíamos pretender que ellos harían todo por nosotros. Quizás, ni siquiera les fuera posible.

Se suponía que estaba proporcionado de una gran paciencia, que lo rutinario y monótono no me aburriría jamás porque así me habían educado. Lamentablemente, nunca aprendí esa técnica que transformaba a las personas en seres limitados y estructurados en lugar de individuales y libres. Cada uno tenía la oportunidad de elegir, pero siempre entre determinadas opciones. Nada era infinito porque, si no, existiría lo impredecible.

Me puse de pie de golpe y corrí hacia la corriente líquida, repasando todo lo que sabía sobre la natación. Cuando los dedos de mis pies sintieron el frío contacto, fui consciente de que esos conocimientos no me bastarían, pero ya me estaba tirando.

Al principio, no fue tan complicado como había creído. Luego el río comenzó a hacerse más fuerte que yo y me empujó hacia donde le placía, a cualquier lado menos al que ansiaba ir. El agua no me tapaba ni me sacudía irremediablemente, mas, aun así, estaba jugando conmigo, y no había nada más por hacer que dar mi mejor pelea contra un rival que ya tenía la victoria asegurada.

Volteé para verificar qué tan lejos me había ido, tanto por curiosidad como para alimentar a esa pequeña esperanza de que Yerg llegara para salvarme, pero mi visión borrosa no logró captar su silueta. En cuanto fijé mis ojos en mi destino platónico una vez más, un árbol apareció a mi derecha, y uno enorme. No lo había visto ni entendía cómo podía crecer vida en el medio de un río y, además, resistir su corriente, pero no me puse a cuestionarlo. Era el salvavidas que necesitaba y no iba a juzgarlo.

Me dirigía justo a él. No lograría frenar el impacto, mas, al menos, debía asegurarme de abrazarlo primero y de sufrir el golpe después. Y fue lo que hice, con el precio de varias costillas rotas o fisuradas. Ya no podía moverme y respirar me resultaba complicado. Cerré mis ojos un segundo, no sé realmente por qué, y lo próximo que supe fue que mi cuerpo se trasladaba sin seguir a la corriente. Levanté los párpados para asegurarme de que no me lo estaba imaginando, y no, no lo hacía, o eso creía...

Llegué a la tan lejana y dichosa orilla y me tumbé boca arriba. Esos puntos eran bonitos... A continuación, mi cuerpo me recordó la experiencia que acababa de vivir con quejidos provenientes de todas partes.

De repente, una chica esbelta salió del río con un ritmo calmo, como si se entendiera completamente con el mismo. Estuve a punto de preguntarle quién era y cómo me había rescatado, pero me di cuenta de que todo ese tiempo había estado nadando con mis cosas, más específicamente, con mis hojas, ¡con mis sagradas y preciadas hojas!

#23

CONEXIÓN

Saqué todo lo que estaba en mis bolsillos. La piedra estaba bien y el carboncillo pronto se recuperaría, pero los papeles y sus contenidos estaban destruidos. No quedaba nada de ellos que se pudiera reconocer.

Hundí mis dedos en mi pelo y grité rechinando los dientes. Golpeé lo verde que cubría el piso y me convertí en una bola. Ya era la segunda vez que destruía mis escritos, y cada palabra desaparecida era un puñal en mi estómago. Ni siquiera había tenido el tiempo de decidir si valían o no.

— ¡Dum! —chilló Yerg.

Comprobé que estaba en la otra orilla haciendo señas y gestos. Apenas la miré; estaba sumergido en mi duelo y no quería saber nada más con nada.

—Iré a traer a tu amiga —dijo la desconocida, cuya presencia había olvidado.

Mientras yo seguía lamentándome, Yerg llegó a mi lado.

—Oh, lo siento.

Aunque me encantaran las palabras, este no era el momento para implementarlas. El silencio estaba bien, pero lo había arruinado, removiendo los sentimientos que habían empezado a estancarse.

—Sé lo importante que era para ti... pero puedes escribirlo de nuevo, y mucho mejor de seguro.

— ¡No! Yo quiero esas palabras, no otras.

No creía posible el hecho de que las reprodujera con exactitud. Lo que era seguro era que me olvidaría de muchos detalles y de sensaciones que viví en el momento previo a escribir que ahora se verían nubladas por mi rabia. Jamás recuperaría esas palabras.

Sin embargo, el enfado se fue debilitando y ya no tenía ganas ni de pensar.

— ¿Por qué no estás mojada? —le pregunté a Yerg al notar que estaba toda seca salvo los pies.

—Ella debe de tener una respuesta lógica.

Ella nos estaba mirando. Era alta, delgada —se le notaban los huesos de casi todo el cuerpo —, rubia y excesivamente blanca.

—Se los explicaré cuando hayamos llegado a la aldea —dijo con una voz dulce.

— ¿Y quién eres?

—Soy Kara.

Yo preferiría haber cuestionado qué clase de criatura maravillosa era.

#24

—Kara —exclamó Yerg un tanto desconfiada —, ¿quiénes integran la aldea?
—Ya lo verán —respondió como si nada.
— ¿Y dónde queda?
—No muy lejos.
— ¿Sabes quiénes somos?
—No con precisión, pero no es mi deber contarles.
— ¿Y qué es lo que sí puedes contarnos?
—Por favor, Kara, queremos saber cómo lo has hecho —intervine.
Kara, que iba adelante, me miró por encima de su hombro y me dedicó una sonrisa.
—Está bien, pero, en ese caso, también tendré que mostrárselos, lo que nos retrasará un poco.
—No hay problema —aseguró mi compañera, aunque para mí sí los había porque eso no me interesaba más que la gente que me había enviado las cartas.
—Los humanos tenemos cinco sentidos internos. Eso ya lo sabían, ¿cierto?
«Pues claro. No somos tontos». Sólo asentimos en su lugar.
—Luego está el sentido que interno-externo, que establece una conexión inquebrantable entre el individuo y lo que lo rodea, ya sea otro ser humano, un animal o una planta, etc. Eso también, por supuesto.
—Emm... no —aclaró Yerg —. ¿A qué te refieres?
— ¡Al arte! ¿A que más? A la pintura, a la música, al canto, a la escritura, a la escul...
— ¿Escriben? —De pronto, mi curiosidad se había acrecentado.
—Naturalmente —Si bien le pareció extraño, no hizo ningún comentario y prosiguió:—. Y después están los externos que nosotros podemos manipular.
— ¿Todos? —dijimos Yerg y yo al unísono.
—No, todos no. Se requiere de muchos años de práctica y estudio.
— ¿Y en qué consiste?
— ¿Qué te parece, querida? ¡Ya lo has visto! Entendemos lo que el entorno hace. Cómo, cuándo, por qué, dónde... Si entiendes lo que el río quiere, puedes usar su poder a tu favor.
—Comprendo lo que dices, pero lo que hiciste va más allá de eso —le planteé.
—Pues no deberías comprenderlo, porque entender a un río desde el razonamiento no te llevará a ninguna parte. Debemos conectarte con él.
— ¿Cómo?
—Ya lo he dicho: práctica y mucho estudio. Y, ah, ¡perseverancia, señores!
Crucé miradas con Yerg. Ninguno de los dos le encontraba coherencia a aquella explicación. Como resultado, no hicimos más preguntas.

#25

OJOS

Atravesamos la última hilera de árboles y llegamos a la aldea. Diferentes tipos de cilindros se desplegaban sobre las hebras, ahora amarillas. Continuamos caminando hasta un edificio en particular. Kara golpeó una pared hecha de un material desconocido para mí y, luego de unos segundos, esta desapareció y se presentó una persona saludándonos.

Sentí cómo Yerg se tensaba a mi lado. Aquel no era una mujer cualquiera, sino una de tez oscura, similar a la de mi acompañante. Casi podía oír su corazón saltándole en el pecho.

—Qué sorpresa, Kara. ¿Quiénes son ellos?

Sonaba amable, no había nada que temer. Yo debía mantenerme enfocado porque Yerg actuaría con impulsividad en cualquier momento.

—La verdad es que no les he preguntado —dijo Kara con simpleza.

Eso había sido bastante tonto por su parte, aunque justo. Si ella no iba a contarnos nada, nosotros podíamos imitarla. De todos modos, nuestros nombres no hubiesen hecho daño. ¿Y nuestros nombres eran garantía de que no éramos peligrosos?

—Bueno, no importa. Pasen, queridos.

—Hasta el amanecer, Kyya.

Y Kara ya no estaba. Por otro lado, ¿qué era amanecer?

Kyya se volvió hacia su cocina y comenzó a preparar infusiones. Deduje que debía de tener unos treinta años y que, por sus movimientos, era una persona despreocupada y alegre.

Cuando nos ofreció la bebida, todavía no habíamos intercambiado palabra alguna, ni siquiera miradas. Yerg se lo tomó sin pensar. Yo, en cambio, aguardé a ver su reacción, sólo por precaución. El que debía confiar ciegamente en esa gente era yo, no ella, pero ella —y no yo — era la que acababa de encontrar a una especie de gemela perdida.

Finalmente, también bebí la infusión, teniendo en mente que esa aldea podría estar integrada por personas que nada se relacionaban con las de mis cartas. Me seguía doliendo su pérdida, pero, al lado de mis propias cartas, no significaban mucho, pues, al fin y al cabo, ya habíamos extraído todo lo que podía sustraerse de aquellos sobres.

—Mi nombre es Yerg —dijo entusiasmada.

—Mucho gusto, querida. El mío es Kyya. ¿Y tú, pequeño?

— ¿Mi nombre? Mucho no importa. Dum.

—Dum... —meditó posando sus ojos marrón intenso en los míos. Por un breve instante, sus pupilas se dilataron, pero retornaron a su tamaño normal antes de que decidiera si me lo había imaginado o no.

— ¿Ustedes son los que me enviaron las cartas? —largué cansado de tanto suspenso.

— ¿Cartas?

—Sí, siete de ellas.

No estaba seguro de si quería evadir la verdadera respuesta o si realmente no sabía.

—Esperen aquí, queridos.

Kyya se paró, le comunicó algo a un hombre que ni había notado que se encontraba en el mismo hogar que nosotros y salió por donde habíamos entrado. Este señor, también negro, se sentó y nos observó desde lejos porque, como era obvio, su ¿esposa? le había pedido que los vigilara hasta que volviera.

Yerg entró otra vez en el ciclo de excitación: respiraciones rápidas y sonoras, escasos parpadeos, latidos fuertes... Incluso parecía que este nuevo espécimen le afectaba más que el anterior.

La mujer no tardó mucho, para mi suerte, mas no estaba sola, ya que una pareja iba a la zaga. Los seis conformamos un círculo y nos miramos de más. Los visitantes parecían especialmente interesados en mí...

—Sí, nosotros enviamos esas cartas —aseguró la mujer interrumpiendo mis pensamientos.

—Pero deberías mostrárnoslas, Dum —dijo nuestro vigilante.

—No va a poder ser posible... El río las ha convertido en...

Como no hallaba la palabra correcta para describirlo, saqué los restos de mi bolsillo. Por más que no sirvieran de nada, no era capaz de deshacerme de ellos tan pronto; su significado sentimental era demasiado grande para mí.

—Pero casi nos las sabemos de memoria —aportó Yerg.

De repente, todos se fijaron en ella, como si no la hubiesen notado hasta el momento.

— ¿Quién eres? Mejor dicho: ¿qué eres? —intervino el otro hombre que formaba parte de la reunión.

—Soy Yerg y...

—Y ella me ayudó a llegar hasta aquí. No sé si lo hubiese conseguido sin ella.

Aquellas dos oraciones habían sido más difíciles de pronunciar de lo que había previsto, pero no iba a convertirme en el salvador ególatra. Solía ocultar la verdad, mas no era un mentiroso.

—De todos modos... —comenzó a añadir Yerg hasta que la interrumpí previendo lo que iba a decir. ¿Les agradaría la idea de que una intrusa los espiara y regresara a su antiguo hogar con toda esa información? No podía arriesgarse.

—De todos modos, ella también sentía que ese sitio no era para ella.

—Cierto —concordó dudando.

—Si van a quedarse —dijo la señora desconocida —, no podrán salir seguido, sólo de noche.

¿De noche? ¿Amanecer?

—Pero lo importante es que tú estás aquí —prosiguió escrutándome fijo —. Cuando te adaptes a esta vida, te explicaremos todo.

Esa cercanía me incomodó, pues demostraba más dulzura de la necesaria. Me sentí un maleducado al no poder responder de la misma manera. Es que lo físico nunca había sido lo mío.

#26

AMANECER

Pronto, cuando todos se habían ido y Kara volvió, descubrimos los significados detrás de las palabras "amanecer" y "de noche". A mí no me bastaron. Quería —o necesitaba — verlo con mis propios ojos, incluso si eso terminara con mi visión. Es decir, una bola brillante que iluminaba y calentaba todo a su paso... Imaginarme cómo podía lucir me hacía olvidar todas las palabras que había perdido, porque semejante espectáculo prometía cosas maravillosas.

—Dum, con el tiempo lo verás —me había convencido Yerg, y tenía razón, mas nada iba a eliminar el sentimiento. Al menos podría contemplar el anochecer.

Seguía sin comprender cómo era eso del cielo. Me dijeron que era una especie de techo, pero que nunca podía alcanzarse y que no tenía fin. Y no sólo era eso, sino que, al contemplarlo, no entraba en mi pequeña mente cómo podía extenderse de norte a sur, de este a oeste —puntos cardinales que acababan de enseñarme — y de arriba al horizonte —palabra que también había aprendido hacía unos instantes —; no importaba cuántos esfuerzos hiciera.

Al parecer, existían muchos datos que no estaban en mi posesión y debía conocer por algún motivo, pero nadie me los revelaría hasta que me adaptara a esta nueva vida. Continuaban jugando con mi paciencia y sabía que en algún momento me cansaría.

Kara nos haría compañía todo el día y, por la noche, nos llevaría a presenciar una de sus clases. Hasta entonces, tendría que soportar nuestras preguntas, las cuales, por más disparatadas y prolongadas que fueran, no la molestaban en absoluto.

—Esta es la casa de Kyya y de Lout, su compañero de vida —nos contaba Kara —. Entonces, este es el hogar de la familia. El pequeño es el de los ancianos y el otro es el de los jóvenes. Todas las viviendas se agrupan de a tres siguiendo estos criterios, y los únicos que rotan bastante seguido son los jóvenes.

— ¿Y tú en qué grupo estás? —pregunté.

—Oh. En adultos.

— ¿Eso... emm...?

—Pero estoy en el hogar de jóvenes junto a este.

Probablemente, mis ojos se quedaron en blanco durante varios segundos intentando entender esto último. Sin embargo, Yerg fue mucho más práctica y realizó la pregunta concreta.

—Existen cuatro grupos: niños, jóvenes, adultos y ancianos, y también están las distribuciones de viviendas en: familias, jóvenes y ancianos.

—Más explicaciones.

—Los niños juegan y aprenden a su ritmo. Los jóvenes estudian, ponen en práctica diferentes habilidades y realizan diferentes tareas y actividades para comenzar a sumergirse en el trabajo y para descubrir hacia donde van a orientar sus vidas.

Descubrir. En este caso, era un sinónimo tan hermoso de "elegir". La libertad de la que había leído era real. Otra razón para no marcharme nunca.

—Una vez que se decide, se pasa a ser un adulto, hasta que se abandonan las actividades, que es cuando se llega a la última etapa: la ancianidad. Cabe aclarar que puedes integrar una familia siendo joven o adulto.

—Entonces —dijo Yerg —, tu trabajo es enseñar pero, como nos has conseguido un marido, vives en la vivienda de los jóvenes.

— ¿Marido?

—Sí, el hombre con el que te casas y tienes un hijo.

—Oh, ¡te refieres a los compañeros de vida! Y no se consiguen. Simplemente las dos personas se encuentran.

— ¿Y cuántos años tienes? —se me escapó. Quizás, eso sí la ofendería, pues se veía bastante mayor como para no tener a su "compañero de vida".

—Veinte.

Yerg esbozó una enorme sonrisa, como si se alegrara de la soledad de Kara. Poco a poco, parecía adorar más a esa vida que a la que había dejado atrás.

Si bien contestó a la mayoría de nuestros cuestionamientos, también pasamos muchos ratos bebiendo esa rara infusión que calmaba los nervios

Kara continuó explicándonos que respetaban a la naturaleza y a cada uno de sus integrantes, sin importar lo grande o pequeños que fueran. Es por eso que se alimentaban de lo que se les proporcionaba, sin abusar. Según ella, estudiaban constantemente el equilibrio de la naturaleza, y se cuidaban de no destrozarlo. Cosas como aquella o la conexión con el entorno se le escapaban a la lógica que yo conocía.

De vez en cuando en la charla, me distraía con los pequeños rayos que atravesaban los agujeros de la choza. Dolían, pero eran bonitos. ¡Cuánto más lo sería el amanecer gobernando el cielo entero!

#27

ANOCHECER

Mientras Kara preparaba la comida, nos había dejado tiempo para hablar entre nosotros, o para hacer cualquier cosa en general siempre y cuando no saliéramos de la casa ni nos acercáramos demasiado a los rayos de luz.

Yerg, como de costumbre, quería charlar y comentar todo lo nuevo que había visto. Aunque el brillo en sus ojos me conmovió por un segundo, fue sólo por un segundo, y yo necesitaba escribir y recomponer todo el daño que había provocado.

En esa aldea también escribían, pero el papel era diferente al que estaba acostumbrado. Sin embargo, no rehuía de mi carboncillo, así que, por mí, servía de todos modos.

Queridos padres:

Lo más probable es que yo nunca vuelva y que ustedes jamás lean esta carta, pero algo en mi interior me ha incitado a dedicarles estas palabras, palabras que, espero, sean de felicidad.

Nunca pertenecí a Somb; desde que puedo recordar sabía que había una pieza que simplemente no encajaba conmigo, o que yo era la pieza que no encajaba con Somb. No fue hasta que encontré siete preciadas cartas que ese deseado —del cual no era consciente — pudo ser concretado.

No sólo llegué al arriba, lo pisé, olía, vi, sentí y toqué, sino que también sobreviví a él, y ahora me hallo sentado en una silla dentro de una casa. Estoy en una aldea cuyo nombre aún no conozco, y me rodean personas que se agrupan de una forma diferente a la nuestra. Tampoco sé si tienen una denominación para ellos mismos. De lo que sí estoy seguro es que viven en libertad y en armonía con la naturaleza. Interactúan con el aire, el agua, el fuego, la tierra, los animales, las plantas, las hebras que cubren el suelo... con todo.

Aquí, todo lo que conocía parece amplificado y lo desconocido es brillante y transmite sensaciones de paz y grandeza.

La luz me hace daño; por eso permanezco en las sombras. Algún día me acostumbraré y podré ser uno más de ellos. Realmente quiero ser uno más de ellos.

Pero primero está lo primero. Por hoy, me conformó con contemplar el cielo nocturno.

#28

El atardecer había pasado y los fuertes colores del cielo ya se estaban apagando, por lo que creían que no nos lastimarían.

Era extraño estar por presenciar una clase cuando nadie nos conocía ni nos había presentado formalmente. De hecho, ¿sabrían que estábamos allí? Quería pensar que sí, que sólo estaban esperando a nuestra adaptación para hacerlo bien.

Kara reunió a sus alumnos al borde de los árboles vivos, siempre con nosotros a su lado. Sin embargo, cuando la explicación iba a comenzar, nos pidió que nos apartáramos y nos uniéramos al grupo.

—Buenas noches, queridos —saludó Kara.

Los chicos no replicaron nada. Eran unos veinte y debían de tener mi edad o un poco menos.

—Acompáñenme.

Mientras todos obedecían y la seguían, yo no pude evitar desviar mi mirada hacia arriba. El cielo era un poco más brillante de lo que mis ojos podían tolerar, pero las lágrimas involuntarias valían la pena. Lila, celeste y azul intenso con puntos blancos que iban apareciendo de la nada...

— ¡Dum! —susurró Yerg.

No habían ido lejos, pues sólo se habían adentrado para alejarse del bullicio —bastante tranquilo — de la aldea.

—Siéntense. Separados —Mientras nos acomodábamos, agregó:—. Ahora, cierren los ojos.

Me interrogué si también debía hacerlo, dado que mi experiencia era nula, pero la mirada de Kara me indicó que lo intentara.

— ¿Huelen el anochecer?

«Por supuesto que no» pensé. ¿Cómo puede olerse algo que sólo se ve, que ni siquiera se puede tocar? Sería como olfatear un color. Sin embargo, para mi sorpresa, muchos contestaron que sí.

—Bien. Ahora quiero que escuchen lo que trae el anochecer. ¿Qué oyen?

Esperé a que comenzaran a alzar la voz, mas nadie lo hizo. Al parecer, todos conocían a la perfección a su maestra.

—Como saben, lo oyen porque el aire es el que los conecta con vidas y objetos que se encuentran lejos de ustedes. Usen ese aire que los une para contactar con las luciérnagas. Cada uno elija a la suya y háblele. Hagan que brille.

Abrí los ojos. No tenía sentido que continuara "intentándolo", y me alegré de haber tomado esa decisión, porque me encontré ante fantásticos puntos verdes que no iluminaban nada realmente, pero que me transmitían... ¿alegría?

—Llámenlas.

Instantáneamente, me agaché. Por un segundo conseguí impedir que unas luciérnagas se estrellaran contra mi cara. Una a una se fueron apoyando sobre las manos de los alumnos. Era impresionante cómo podían controlarlas a voluntad, incluso si eran tan diminutas.

—Y díganles adiós.

Los animales voladores se marcharon como si nada hubiese sucedido; continuaron con su rutina y se dejaban titilar de vez en cuando.

—Bien, queridos. Escojan un árbol, como ya saben.

La clase se dispersó; los chicos ya sabían qué hacer y no necesitaban más indicaciones. Kara se acercó a nosotros, que nos acercamos a ella a su vez porque nos habíamos sentado alejados los unos de los otros.

— ¿Qué les pareció?

— ¡Asombroso! —exclamé — ¿Pueden controlar a cualquier animal?

—No, no los controlamos. Lo que hacemos es algo muy distinto. Los entendemos, nos comunicamos con ellos. Sí, pueden hacer lo que les pedimos, pero porque primero lo aceptaron voluntariamente.

—Qué bonito — dijo Yerg.

—Así es. La mayor parte del tiempo la pasamos en silencio, escuchando, viendo, sintiendo... ¿entienden?

—Mentiría si dijera que comprendo del todo —contesté.

#29

SUEÑO

Abrí los ojos alterado y salí por lo que ahora sabía que se llamaba puerta. La luminosidad afuera era demasiado intensa , pero hice mi mejor esfuerzo para avanzar con los ojos cerrados. Este no valió de nada.

Tirado en el piso, sentía cada vez más cómo me dolían los rayos, sin mencionar los raspones por la caída.

Cuando alguien me ayudó a levantarme, mi mente estaba ocupada por un único pensamiento, aunque incluía una secuencia de imágenes y sonidos. Sólo quería encontrarla.

En mi vida había tenido una certeza, pero ahora me hallaba ante otra y, tal como me había pasado antes, seguía sin fundamentos. Era una corazonada que cobraba sentido con evidencia física. Sin embargo, esta vez estaba bastante perdido. Pero tenía que hablarle.

— ¿Estás bien?

— ¡Dum! —gritó Kara — Sólo ha pasado una semana. ¿Qué crees que estás haciendo? ¡Vas a hacerte daño!

Sonaba asustada más que enfadada, pero nada de eso me importaba.

—Kara, quiero hablar con... con emm... la mujer que habló conmigo el primer día.

— ¿Con Tanya?

—Sí. Ahora.

—Está bien. Te acompañaré antes de que te lastimes más, ¿pero por qué quieres hablar con ella?

De ninguna manera iba a confiar en ella. Eso de expresar los sentimientos en voz alta no pegaba conmigo, y no iba a empezar con una desconocida. Además, consideraba que era un asunto que ni siquiera le incumbía a Yerg.

Me mantuve en silencio hasta llegar a la casa, aunque deseaba gritar, gritar sin que nadie me escuchara.

— ¿Qué sucede, Dum?

— ¡Tanya!

Me liberé del brazo de Kara y di un paso al frente, pero volví a caer porque mis piernas no paraban de temblar.

—Está ardiendo. ¿Por qué lo has traído aquí?

—Quería hablarte. No sé sobre qué.

—Tú... tú estabas allí —balbuceé —. Estabas allí y...

La boca se me seco. Los labios se despegaron de repente y expulsé un líquido horrible mientras todo se tornaba negro. ¿Es que la oscuridad no me dejaría nunca?

#30

REALIDAD

—Toma —me ordenó Kyya.

Negué con la cabeza. Estaba harto de esas sopas sanadoras, pues habían provocado la desaparición de mis sueños, los cuales se suponían que eran alucinaciones. Todavía continuaban explicándomelo y yo ya había empezado a decir que tenían razón. El problema era que las imágenes se repetían en mi mente una y otra vez. Se sentían reales... tenían que serlo...

#31

Unos días más tarde, comprendí que había estado viviendo en una fantasía. Había tenido los síntomas de una enfermedad que transmitía un mosquito y sólo había sufrido de más porque mi cuerpo no estaba acostumbrado a interactuar con otros seres vivos.

Ahora era capaz de diferenciar entre sueño y realidad, sin importar qué tan vívidos fueran los recuerdos... que también se sentían como recuerdos. Por primera vez, las visiones de las luces que había tenido desde siempre parecían cobrar sentido... Y ese era el problema: que parecían, pues no existía forma de que pudieran formar parte de su memoria.

También descubrí que no siempre podía adorar a mi mente. Me había hecho una jugarreta que yo no vi venir, una jugarreta que demostraba la inestabilidad de algunos de mis pensamientos. Hasta ese momento, mi cerebro era el único en quien confiaba, la fuente de seguridad y creatividad que me mantenía a salvo de lo que no me aceptaba y de la rutina que me esclavizaba. Era a lo que me aferraba para poder seguir a flote, pero ahora... ahora sabía que a veces se dejaba hundir y que no podía establecer una relación simbiótica con él si deseaba mantener la cordura.

¿Y a qué debía apegarme si no era a mis pensamientos? Según los del pueblo, a mis sentimientos, lo que tenía sentido hasta que lo aplicaba a mi caso. Las sensaciones eran las que me movían a ser quien era. Mi razonamiento sólo era su forma de expresión. Uno no podía existir sin el otro, al menos no en mí.

Permití que me tentaran y abandoné la escritura porque era consciente de que volvería a caer en lo mismo. Las palabras removían las experiencias más profundas e intensas, incluso aquellas que creíamos que no estaban allí.

Querían que aterrizara en la realidad y, si empuñaba un carboncillo, jamás lo lograría. Quizás, esa fuera la única forma de olvidar que mi mente intentaba advertirme que ya conocía a Tanya.

#32

ELEFANTE

Siempre y cuando caminara hacia el este, tenía permitido salir al atardecer, aunque debía correr hacia las sombras. Normalmente salía con Yerg o con Kara, pero esta vez había preferido hacerlo solo. Me habían sumergido en una nueva sociedad en la que todo estaba relacionado y conectado, pero yo necesitaba mantener mi soledad.

Siempre me daban ganas de voltear y mirar directo a la vela redonda que iluminaba la tierra, pero me resistía, pues algún día existiría la oportunidad. Además, ese será el momento en que mis manos desearán volver a escribir, y no quería volver a los viejos hábitos todavía.

Caminé durante más de una hora sin un rumbo fijo, o sin un pensamiento claro. Mi mente estaba casi vacía; sólo se ocupaba de recibir las percepciones, ni siquiera de interpretarlas.

Admiré el pasto, los árboles, los colores del cielo y la sensación de la brisa rozando mi rostro. Entonces caí al suelo, lo que no era tan sorprendente porque ya había perdido la cuenta de cuántas veces me había tropezado desde mi salida de Somb. Sin embargo, no había piedras ni pozos; me sobresalté y perdí el equilibrio.

Toqué mi frente y comprobé que ningún hueso o músculo me doliera. No, no estaba delirando, pero tampoco estaba soñando y, aun así, la realidad seguía mezclándose con mis recuerdos. Creía que había olvidado su sonido, que me habían convencido de que no existían...

Eran esos mismos pasos que se oían en la tranquilidad de la ciudad cuando era pequeño. La vibración era igual a la de mis sueños. ¿Por qué me estaba pasando eso otra vez?

Cerré los ojos, me relajé y me paré, únicamente para encontrarme con una enorme criatura gris. Movía sus orejas y su cola de un lado a otro sin preocupación; no notaba que yo estaba allí y, por algún tonto motivo, me acerqué.

Era probable que ese fuera el increíble animal que tanto adoraban en el lugar: un elefante.

Perdí el conocimiento en el trayecto. Lo próximo que supe fue que estaba acariciando una de sus piernas y que, por primera vez, tener compañía no se sentía raro.

#33

—Todas las criaturas son sagradas, pero esta es la más asombrosa de todas.

No podía arriesgarme a que la luz se infiltrara en mis ojos. De todos modos, reconocía la voz de Kyya.
— ¿Estas son las terribles bestias a las que debíamos tenerle miedo?
—Sabes mejor que nosotros que nuestro mundo y el que solía ser tuyo poseen infinidad de secretos. La única diferencia es que aquí no forzamos a la naturaleza a que nos los cuente.
— ¿Qué es lo que se supone que forzamos?
—Explotan los recursos que la naturaleza nos ofrece.
— ¿Y ustedes no? ¿En absoluto?
—Respetamos. Los elefantes pueden no ser amigables, pero, si los tratas con respeto, te devolverán el mismo gesto.
Algo en su voz indicaba que ocultaba un secreto, o varios. Esto no se trataba de los animales. Podía jurar que había un rastro de resentimiento al hablar de Somb.
— ¿Cómo conocen Somb?
—Nuestro pasado es el mismo. Éramos uno solo, pero una parte decidió dejar estas tierras.
— ¿Los elefantes tuvieron algo que ver?
—En parte. Esas personas no estaban preparadas para un montón de situaciones.
— ¿Cómo cuáles?
—Como la que tú estás viviendo ahora al tocar a ese elefante.
Era obvio que eso tampoco era todo, pero también quedaba claro que no se emitirían más secretos, así que no insistí y me conformé con el momento.

Miré a la supuesta bestia a un ojo. Nunca heriría a nadie; nada en ella la delataba como peligrosa. De hecho, nada allí arriba parecía serlo.

#34

HAMBRE

El arriba continuaba siendo perfecto para mí. También seguía llamándolo así en lugar de Maan —la aldea— y Afrika —el continente —; simplemente no me acostumbraba.

Yerg no parecía tener intenciones de irse, puesto que allí no se sentía tan sola. Yo, por supuesto, me encontraba como en casa.

Ninguno de los dos había podido superar los desafíos que la naturaleza nos ofrecía. Sin embargo, yo practicaba lo más que podía, no sólo para conseguirlo, sino para olvidarme de la escritura.

Poco a poco, me fui convirtiendo en un nativo. Sin embargo, todo cambió cuando descubrí que las cartas me habían mentido y que, en realidad, ese mundo ocultaba tantas verdades como mi lugar de origen. Lo que captaron mis ojos fue demasiado para mí y retomé mi vieja adicción cuando nadie me veía.

Hasta el día de ayer, la posibilidad de tener una buena vida era posible, o se veía posible, mas nunca lo había sido. Entiendo que no todo funcione como es debido, a pesar de que a mí me gusta remarcar la perfección del arriba, pero era obvio que debía de existir alguna falencia. Esta no formaba parte de mi conocimiento a propósito porque, de haberlo sabido, quizás, me habría marchado. Yo sé que no lo habría ni intentado, mas ellos no me conocen y desconfiaron de mí.

¿Seguirían desconfiando? ¿Cuántas mentiras más tendrían guardadas? ¿Se trataría de más gente muriéndose, aunque no por hambre, sino por otro motivo?

#35

Lo único que sabía era que los niños que lucían débiles eran dejados de lado. La comida no alcanzaba para todos muchas veces, y elegían apostar por los más fuertes, los que sabrían mantener a la aldea en el futuro, el cual era incierto para muchos, ¿pero por qué? La calidad de vida no era tan maravillosa como le habían descrito. Me pregunté si siempre había sido así y lo habían engañado desde un primer momento o si la situación había cambiado con el pasar de los años.

De todos modos, eran buenos ocultándolo, especialmente a nosotros. Yerg ni siquiera lo había notado y, si me era posible, yo también la mantendría ignorante sobre el asunto. Si descubriera aquello, tal vez se marcharía, y no podía hacerlo, no después de todo ese tiempo, no después de encontrar un sitio en el que de verdad la aceptaran.

Les hice creer que me olvidé de lo que mis ojos habían captado para poder averiguar por mi cuenta lo que ocurría. Ellos tendrían una excelente relación con la naturaleza, pero de seguro no eran tan observadores como yo.

#36

PASADO

Pasó más del tiempo que hubiese deseado, pero conseguí lo que tanto anhelaba, aunque no fue de la forma esperada.

Kyya y Kara me contaron la verdad a duras penas, algo avergonzadas, ya que su territorio solía ser mucho más amplio. Digo solía porque les fue robado por un grupo vecino totalmente opuesto a ellos. No eran pacíficos, no entendían a la naturaleza y no la respetaban. Tampoco les importaba que ya había gente viviendo en esas tierras, no. Sólo les preocupaban sus propios intereses y, al parecer, correrlos de su hogar les proporcionaba justo lo que necesitaban. De todos modos, siempre querían más.

Ser pacíficos nunca había traído muchos beneficios, especialmente si el resto no lo era. Cualquiera podía aprovecharse de su bondad, o peor: de sus principios. Los aldeanos se habían debatido entre sobrevivir y renunciar a sus creencias. Por otro lado, tampoco podían defenderse fervientemente, pues sabían que esa tierra no les pertenecía; nadie era dueño de la naturaleza. Sin embargo, estas personas sí deseaban sobrepasarse en su actitud típica de humanos primitivos. Al menos, en Somb huían de sus temores, pero estos otros eran guiados por una sed que ni ellos sabían cómo saciar. ¿Para qué necesitaban tanto? Sí, yo estaba acostumbrado a la igualdad, a la rutina, a hacer lo que me ordenaran —o hacer de cuenta que obedecía—, pero no mi cerebro no lograba comprenderlo. Era algo dañino tanto para la gente de Maan como para ellos mismos. Al parecer, no debían de verlo, pues, si conocieran el peligro en el que se estaban colocando, no actuarían de la misma manera, aunque, de nuevo, eso se correspondía a mi pensar y proceder. Incluso Yerg, que había crecido conmigo, era distinta y miraba al mundo con otros ojos. No era lógico que todos hicieran lo que yo consideraba correcto, sin importar si yo tenía razón o no. De todos modos, no iba a dejar de pensar que eran unos egoístas y ciegos

El poder, el engaño y el dinero fueron sus grandes armas. Ni una gota de sangre fue derramada en batalla, mas quién conocía el número exacto de fallecidos como consecuencia de su aparición, porque era algo demasiado indirecto y las causas podían ser otras, si así quería verse.

Con el pasar de los años, este pueblo, conocido como Goud, fue acercándose más y más, hasta que se impuso. Habían estudiado a su "enemigo" y sabían con qué acorralarlo. El enfrentamiento físico estaba descartado, lo que resultó una ventaja. Lo único que podían intentar era ganarse la tierra con dinero o, mejor dicho, con productos de la naturaleza. Además, lo que necesitaban se hallaba en Somb.

Para Maan, todas habían sido negativas y, al final, tuvieron que retroceder luego de un año y quedarse con muy poco. Las esperanzas se acabaron cuando abandonaron sus raíces cuatro años más tarde y, ahora, si bien habían encontrado la forma de seguir adelante, nada era lo mismo. Deseaban volver a sus tierras, ¿pero cómo? Si conociera una forma de ayudarlos, lo haría sin dudarlo, no sólo por ellos, sino por el lugar que me describieron que, en realidad, no era para nada ficticio. Había llegado allí buscando una nueva vida y no estaba dispuesto a renunciar a mi sueño.

—El pueblo en general quiere regresar, ¿pero es un hecho? ¿Hay gente dispuesta a hacer lo que sea necesario para recuperar sus tierras? —dije luego del relato.

—Esas tierras pueden pertenecer tanto a nosotros como a ellos —dijo Kyya.

—Pero se están muriendo. No pueden seguir viviendo aquí.

— ¿Y qué sugieres? —intervino Kara.

—Que sean lo que me prometieron, que sean un lugar mejor que Somb.

Me dolía hacer la comparación porque, en realidad, aun desintegrándome por el hambre, preferiría sentarme sobre esos verdes pastizales y dejarme quemar por la luz hasta que todo acabara. Un día más en esa cueva provocaría en mí una muerte súbita. De todos modos, mi instinto me incitaba a utilizar una especie de amenaza. Ellos tendrían sus principios y sus reglas, y estaba bien que así fuera, pero ya no salían ganando. Todavía era posible que enfrentaran sus problemas como creían que era correcto. Sí, la naturaleza es de la naturaleza, mas el hombre necesitaba aprovecharse de ella para subsistir. Era maravillosa la forma en la que se conectaban con el entorno; ya era momento de que cambiaran el rumbo y se redujeran a lo que sabían que necesitaban.

—Ellos no son como nosotros. ¿Por qué deberíamos rebajarnos a su nivel?

— ¿Y si intentan conversar? —sugirió Yerg.

—Lo hemos intentado en el pasado.

—Pero su situación es cada vez peor —expliqué—. Quizás, ahora sí los escuchen.

—No lo sé...

—Oigan. Yo no vine aquí para esto y, si son cómo me lo describieron, encontrarán una manera.

#37

Ya no podía evitarlo por más tiempo: la escritura siempre había formado parte de mí y había sido un gran error haberla dejado de lado. Sin embargo, mi intención no era lanzarme de nuevo a mis viejas costumbres. Luego de haber estado tanto tiempo distanciado, descubrí lo que significaba en mi vida, lo importante que era para mí, y no sólo eso, sino también los alcances que poseía. Hasta hacía poco tiempo, no había conocido a ninguna persona que tuviera mi misma pasión; por eso lo había tomado como algo personal, pero ahora, que me presentaban una situación totalmente diferente, era obligatorio que me planteara hacia dónde debía ir y, por lo tanto, mi camino debía comenzar por un lugar real.

Tal vez, no me encontraba parado en el sitio ideal, pues las palabras no habían nacido allí. Los orígenes estaban lejos, pero podía aprovechar la oportunidad como cualquier otra.

Era el atardecer y varios se habían ofrecido a acompañarme, mas pedí explícitamente que me dejaran solo. Todos entendieron mi necesidad de soledad, salvo Yerg. Ella, ni ninguno de Somb, tenían esa costumbre.

Era lo más sencillo del mundo: unos dientes de león y la hierba algo inclinada hacia determinados costados. Eso era todo y, sin embargo, para mí era mucho. Según Kara, la naturaleza había querido escribir eso a través de un joven. Era corto, con unos cuatro símbolos, pero allí estaba lo sorprendente. Los signos eran lo maravilloso. Estos eran los mismos que los topos habían utilizado. Es decir, el pasto y unos animales subterráneos hablaban el mismo idioma.

El problema de haber querido ir solo era que nadie se hallaba allí para explicarme su significado. Pasaría por el momento, mas luego preguntaría, pues parecía de suma importancia. Con pensarlo un segundo era bastante obvio que lo era.

También había marcas y huellas de animales en el suelo. Quizás me lo estaba imaginando, pero para mí seguían una especie de patrón hecho hace poco y hace mucho a la vez.

Observé estas maravillas un largo tiempo, hasta que me las supe bastante de memoria y pude conectarme de alguna manera con ese mensaje que alguien había plasmado en la vida misma.

Intenté volver sobre mis pasos, aunque ya había oscurecido por completo y todo lucía diferente. De todos modos, veía y sabía cómo orientarse, pero le costaba mucho más, especialmente porque quería dirigirme a una zona a la que nunca había ido. Le decían "La Villa de los Letristas" y, si cumplía mis expectativas, pasaría a ser mi lugar en el planeta.

Llegué justo a tiempo para contemplar cómo la gente, desde niños hasta ancianos, se reunía alrededor de una fogata, como lo hacía cada vez que ocurría un evento especial en el cielo.

Me acomodé detrás de un árbol esperando no ser visto, aunque era consciente de que el calor que quemaba mi rostro era un indicador de que este estaba siendo iluminado. Luego de varios minutos, terminaron de acomodarse y un pequeño de unos siete años se acercó al fuego. Enfrentando al público, dijo:

—Los árboles son viejos, más viejos de lo que cualquiera de nosotros podría decir, y eso te incluye a ti, Bejaardes.

Al señalar a un viejo, todos se rieron, incluso el aludido, quien agradecía su corto minuto de fama.

—Y porque son tan viejos, guardan para sí cientos de historias. No. ¿Qué digo? Tantas historias como puntos hay en el cielo. Y como eran tantas, necesitaban contarlas...

—Espera —lo interrumpió otro niño que se ponía de pie —. Te equivocas. El primer narrador fue el viento. Él fue quien le susurró cuentos a las hojas de los árboles.

—Te olvidas de que el viento le robó sus historias a las aves.

—Sí, pero sólo porque ellos no sabían contarlas tan bien como él.

—Bueno, hoy es mi turno y narraré lo que quiera.

Los adultos sonreían ante la discusión de los muchachos. Era tan inocente la forma en la que competían por tener esa oportunidad y usarla correctamente. Yo podría estar en su lugar sin problemas, si es que me hallara en soledad, por supuesto.

—Y necesitaban contarlas —prosiguió pretendiendo que no había sucedido nada —. Por eso echaron raíces y obligaron a sus ramas a llegar más lejos, para alcanzar tanto el cielo como la tierra. En su propio idioma, transmitieron todos sus conocimientos a cada ser viviente. Nosotros no fuimos olvidamos y sus leyendas nos han alcanzado, pero nuestra memoria no es tan grande como la de los elefantes. Necesitamos ayuda.

Me abracé el pecho y caí al suelo. Habían hecho sonar un tambor detrás de mí y casi provocaba que escupiera mi corazón. Cada vez era más fuerte y rápido. Cuando el susto se me fue, noté un patrón totalmente distinto al de los mensajes escritos: existía un ritmo y, si mis oídos no me fallaban, se estaban alzando unos extraños susurros.

Antes de que me diera cuenta, los aldeanos cantaban y bailaban junto al fuego ardiente, el cual acompañaba su movimiento con entusiasmo. Algunas chispas lo rodearon y anduvieron sobre sus manos. Era como si supieran que sus poderes residían allí.

La escritura no tenía por qué ser algo individual y cerrado. Mirándolos, lo único que me salía pensar era que le daban otro nivel a mi pasión, otro significado, otra motivación. Podía ser una expresión hermosa que huyera de mis anotaciones, que fuera algo más. Estando allí parado, alejado de todos, sólo ansiaba tener mi propia historia que contar.

#38

RAÍCES

Froté mis manos y me puse en acción. Me enfrenté al gran espacio vacío que me pedía que lo llenara, y que lo hiciera como era debido.

En cualquier otra ocasión de mi vida, habría empezado así, sin más, con un par de ideas listas para ser expulsadas de mi cerebro. Pero esta vez —y esperaba que todas las futuras oportunidades — sabía que tenía que ser diferente, pues yo ya no era el mismo. No, no sabía quién era, mas estaba allí para descubrirlo, ¿y qué mejor ayudante que la escritura?

Nervioso, tomé un carboncillo y lo apoyé sobre la hoja. Permanecí así como durante cinco minutos, hasta que lo levanté y miré el punto que había creado. Antes de realizar esto último, creí que enloquecería por mi propia estupidez, pero lo que captaban mis ojos se había convertido en una obra de arte inspiradora. De una cosa tan pequeña, dejé que mi mente saliera a volar y explorara diversas sensaciones y mundos. Aterricé y volví a flotar entre la luz y la oscuridad incontables veces.

Para cuando salí de mi trance, realmente no comprendía lo que había escrito, pero sabía que era maravilloso, pues había salido de mí; yo no lo había obligado a aparecer o a formarse en mi conciencia. Era como si una gran energía estuviera atrapada dentro de mí y, por fin, hubiese hallado la forma de escapar.

Al lado de todas mis producciones anteriores, esta era, por mucho, la mejor. Sin embargo, aún no estaba preparado para mostrárselo a alguien más. Quizás, si lo dejaba en algún sitio a la vista de Yerg, por ejemplo, ella, con lo curiosa que era, lo agarraría y leería. Ahora, eso no aseguraba que le dirigiera una palabra al respecto, ya que ya lo había intentado en el pasado y era conocedora de mis reacciones exageradas —y fundamentadas — al respecto.

Bueno... Pasaría lo que tendría que pasar. Sería un trabajo de la naturaleza decidir la continuación de mi cambio.

#39

Con un poco de tiempo, mi vida se restableció y se asentó. De pronto, hasta parecía aburrida, pero no lo era, pues aún tenía muchas cosas para descubrir. El único problema era que ya había alcanzado mis mayores metas y que hasta me estaba encontrando a mí mismo. Con una pequeña aventura de vez en cuando corriendo por esas hierbas, no podría ser más perfecto y reconfortante cada despertar.

Luego terminé arrepintiéndome de estas afirmaciones. Nunca es demasiado tarde para que una sorpresa se presente ante nosotros o, mejor dicho, siempre es temprano para asegurar que conocemos cada aspecto de algo o alguien, incluso de uno mismo.

Sí, creía saber quién era, lo cual no cambiaba, pues el pasado jamás cambiará mi forma de ser, pero el haberme enterado podría modificar varios aspectos del futuro; obviarlo y pretender que no existía sería tonto de mi parte. Toda la paz que pensaba que había adquirido, de repente fue puesta en duda, y yo dudé como el mejor, pero no de mí, sino de... de todo lo demás.

Aunque me costó, me animé a tomar mis instrumentos de trabajo y pulí mis pensamientos. Fue difícil porque ponerle palabras claras y precisas significaba que eran reales, y eso me mataba. De todos modos, sabía que lo necesitaba, así que comencé con brusquedad:

Nunca había sentido a Somb como mi hogar, y ahora sé por qué. Es que nunca lo había sido, no de verdad. Mis raíces caían en otra parte, en las tierras de mis sueños.

Sabía, sentía que mi vida tenía un significado, que no había aparecido en este mundo para ser alguien más, pero esto... esto supera cualquier producto de mi imaginación. Mi verdadero pueblo me impuso una misión, aunque, si lo pienso, nunca me forzaron a seguirla. Sólo confiaron en que yo fuera lo que les hacía falta. Acertando todos los pronósticos, o ninguno, lo fui.

La verdad es que todavía no he realizado lo que necesitaban, mas el primer paso ya estaba dado. Que me encontrara allí ya era bastante sorprendente para todos, menos para...

Inspiré empleando más fuerza de la necesaria. De alguna manera, las lágrimas habían llegado a mis ojos. ¿Pero qué me sucedía?

Intenté respirar con más calma y despejé mis ideas. Uno, dos, tres...

... menos para mis verdaderos padres, porque Krad y Wodahs parecían unos simples extraños ahora.

Todo me resultaba extraño. Mi única certeza recaía en el cielo nocturno...

Sabía que había más por escribir, pero no me salía, no encontraba las palabras. ¿Dónde estaba mi amplio vocabulario cuando lo necesitaba? ¿Cómo se describía esa sensación de traición, de falsedad, de que la vida misma me había condenado a transitar un camino que no era el mío? Y, sin embargo, no me dolía tanto. Lo entendía, mas eso no quitaba el hecho de que me impactara y me empujara hacia otra dirección. Tenía todo tan claro y, ahora, ¿hacia dónde me dirigía? Sí, era eso lo que me molestaba porque, realmente, ¿no podrían haberme mostrado cómo era todo de verdad en lugar de exhibirme una historia? Porque lo habría aceptado sin problema; no era como los demás. ¿Cómo iba a serlo después de los caminos que recorrí sin ni siquiera saberlo? Podría haber colaborado desde antes si tan sólo no me hubiesen juzgado tan erróneamente. En lugar de eso, me estaban obligando a hacerme preguntas que me agotaban contestar.

—Pero si escuchas susurros y no le temes a la luz cuando ante ti aparece...

¿Cómo iba a tenerle miedo a algo que siempre había conocido? Ahora todo cobraba sentido...

Tuve una idea. Busqué otro espacio en blanco para rellenar y me focalicé. Se me había ocurrido apuntar todo lo que me definía para frenar mi vaivén porque, si bien el futuro era incierto, el presente no tenía por qué parecérsele.

Al final, supuse que mi mente estaba más vacía que todas las hojas y cueros intactos del mundo. Hasta el viento poseía más creatividad que yo, pero, en este caso, mi imaginación no importaba en absoluto. No había que inventar nada; se trataba de describir. Bueno, a mí me resultaba bien todo lo que me rodeaba: instrumentos para la escritura, soledad y un delicioso amanecer asomándose...

Estaba bien así. ¿Heriría a alguien si me quedaba en donde estaba? Tal vez no, pues respetarían mi decisión, o eso creía, mas el que de verdad saldría lastimado sería yo, porque mentiría si afirmara que así me encuentraba perfecto, que no necesitaba nada más. Si había llegado tan lejos era debido a una parte de mi ser que siempre me había reclamado una pizca de aventura, pero una pizca era sólo el comienzo cuando ya se había probado y degustado el sabor. Y, por alguna razón, mis tripas se quejaban, se quejaban hasta no dar más.

En realidad, comprendía el motivo: era una mezcla de todo, pero una de las cosas que me quitaban el apetito era observar cómo el hambre los desgastaba a todos. Un salvador era requerido desde hacía tiempo, ¿por qué habían tardado tanto? Porque de esta manera ya no quedaría nadie, sólo yo y mis dos mundos.

Así que había descubierto una cosa en esa reflexión: debía moverme. Mi estrategia continuaba escapándoseme, mas ya había una certeza, y no podía ser tan malo.

#40

Había afirmado que encontrarían una manera... Tonto fui al pensar que no lo habían planeado todo ya. Yo era su alternativa. Se suponía que debía ayudarlos a ingresar a Somb. Como un conflicto armado estaba fuera de la mente de cualquiera —y más muertes no eran aceptables —, comprar las tierras parecía lo único correcto, o lo único que se podía intentar. Después de todo, el abandono de un bebé en unas minas y que este regresara a sus raíces tenía que significar algo, ¿no? Porque un esfuerzo tan grande no podría haber sido por nada.

Mis verdaderos padres habían perdido un hijo, le habían otorgado una vida llena de puntos buenos y malos, sin saber si lo volvería a ver, todo por un propósito. Sonaba bastante egoísta, pero lo entendía. Es decir, yo mismo había dejado todo por lo que creía correcto, incluso si estaba hiriendo a alguien en el proceso, pues ya no soportaba estar encerrado en una caja, mis pulmones ya no toleraban ese aire sucio y asfixiante. Bueno, había niños que no, no se estaban asfixiando, mas estaban muriendo, o peor: se estaban separando de sus propias raíces. ¡Cuántas maravillas debían de existir allá a lo lejos! Yo también daría todo por contemplar ese paisaje aunque fuese por un segundo. Pero pisar la ciudad de Somb una vez más para pedir piedras preciosas y minerales...

¿Mi nuevo hogar valía tanto? ¿Valía un retroceso, un dolor de cabeza más? La verdad era que sí, y habían sabido desde el principio que mi amor por este mundo era tan grande que hallaría la manera de retornar a él algún día, incluso si sólo lo recordaba en sueños borrosos. Algunas cosas nunca cambian.

#41

FUTURO

El olor del amanecer me acompañó todo el camino hasta mi destino. Aquel encuentro me generaba más terror que no saber qué escribir. Mi cerebro ya ni siquiera funcionaba, no había palabras coherentes en él; sólo se limitó a mantenerme vivo y en movimiento, y sí que me movía. Se había rehusado a contarme la identidad de mis verdaderos padres; me dijeron que lo mejor era que lo viviera por mí mismo, aunque yo me ocupé de registrar cada rostro que veía para descartarlo. No era él, ni él, ni ella, ni ellos, ni siquiera los que me generaban más expectativas. Uno no elige a los padres y yo me lo estaba pensando. De todos modos, ni siquiera me aseguraron que ambos estuviesen vivos. O quizás sí, pero en esos momentos todo era tan confuso que no era capaz de formular una hipótesis coherente y fundada.

El río se hizo visible y sentí la frescura que traía consigo. Su música tapaba unas voces que no lo habían notado llegar, y mis ojos se negaban a desviar su objetivo; si lo intentaban, la imagen se desenfocaba. Continué moviéndome entre pasos ciegos y dejé que la naturaleza me guiara.

De repente, todos los sonidos se apagaron y quedó todo muy claro. Los había reconocido. ¿Y ahora? Sin darme cuenta, mis párpados estaban combatiendo con mis ojeras, haciéndolas más profundas y marcadas.

Era consciente de que debía enfrentar la situación, mas saber y actuar conforme a los razonamientos lógicos eran cosas distintas.

No podía ser posible que después de todo lo que había vivido, de todos los riesgos que había enfrentado, esto me resultara difícil, porque no lo era.

Esta vez, los rostros tenían nombre y no los consideraba extraños. Eran Geluk y Waarheid, la pareja que había aparecido en su conversación con Kyya y Lout en su primer día en la aldea. Desde entonces, el contacto había sido mínimo pero, ahora que comenzaba a comprender, los había atrapado varias veces mientras me observaban con detenimiento. Y todo cobraba sentido al fin... Bueno, no aún.

—Dum... —dijo Waarheid en un susurro.

Por unos largos segundos, creí que estaba experimentando un momento de suma importancia en mi vida y que la alegría no haría más que crecer y crecer, y ahí fue cuando Waarheid tuvo que implementar las palabras. Ni siquiera yo había hablado, o pensado, para ser exacto. Nuestras miradas se habían convertido en lo más incómodo que me podía imaginar y sólo me urgían ganas de salir corriendo a mi extraña y lenta manera.

Di un paso atrás y me volví al agua. Me reflejaba en ella, aunque mi figura se deformaba por el movimiento. Al río no le preocupaba el pasado ni el futuro. Él sólo dejaba que las cosas fluyeran y que la basura se fuera lejos. Todo pasaba y, si bien el destino estaba lejos, continuaba sin rendirse. Deseando ser él, enfrenté mis miedos... pero mirar fue demasiado para mí, así que me sumergí en el frío.

Hace alrededor de 2 meses

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#42

No sé bien quién me sacó de allí, o quién fue el que calentó el aire a mi alrededor, pero le estaba agradecido. El río me había dado respuestas y ya no necesitaba permanecer en él. Realmente no tenía ganas de decidir si esas dos personas que se hallaban junto a mí iban a convertirse en mis padres —de hecho, ni siquiera lo intentaría ahora —, pero sí sabía que deseaba quedarme en Maan y, para mi desagrado, volver a Somb era la única posibilidad de construir un hogar.

—Dum, si quieres, algún día te enseñaré a nadar —dijo Kara, cuya presencia ni siquiera había notado. La idea no sonaba para nada mal, incluso si los conocimientos ya los poseía y sólo necesitara aplicarlos correctament, mas ese día tendría que esperar un poco.

Me paré y caminé tambaleándome gracias a la irregular naturaleza del suelo.

— ¡Espera!

En un segundo, Kara ya lo había alcanzado, por lo que no pudo rehuir de su mirada. De todos modos, ella no le dio un pie para que pudiera excusarse.

—Entiendo que esto debe de excederte, pero...

—Voy a guiarlos a Somb —la interrumpí antes de que fuera tarde.

—Em... eh... qu...

—Y los representaré.

Yo continué pero ella se quedó atrás por sólo unos momentos.

— ¿Estás diciendo que ayudarás a mi gente para que no muera de hambre?

—Nuestra gente.

Hace alrededor de 2 meses

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#43

PISADAS

La hora posterior al atardecer me parecía la más fría de todas, aunque todos me aseguraban que en verdad no lo era. Esta vez, por la ansiedad y los nervios me movía de un lado para el otro. Conseguí, así, que mi temperatura corporal aumentara considerablemente o, al menos, dejé de prestarle atención.

Se suponía que estaban decidiendo qué hacer conmigo y mi propuesta, aunque también se suponía que ya lo sabían desde hacía tiempo, si no, de otra manera, yo no estaría allí.

— ¿Es verdad lo que dice Kara?

Me volteé conociendo bien a quien me hablaba.

—No sé lo que dice Kara.

—Que los guiarás a Somb, que volverás.

—No volveré, Yerg. Sólo pisaré esas cuevas una vez más.

Ella se rió como si se hubiese desacostumbrado a sus actitudes. Sin embargo, a ese gesto le siguió una mueca algo extraña. Quizás, la había sorprendido... o decepcionado. Con sólo pensarlo se me quitaban las ganas de ir, pues ella me había apoyado y acompañado en todo ese proceso. Su desaprobación significaba que podía estar defraudándome a mí mismo sin notarlo.

— ¿Quieres que te acompañe? —dijo en su lugar, movilizándome un poco.

—No es... no es necesario.

—Puedo acompañarte de todos modos.

— ¿Es que tú si quieres volver?

— ¿Qué? No, yo no...

De repente, se dio cuenta de que lo había negado con demasiada certeza. Se tapó la boca y cerró los ojos avergonzada: se había olvidado por un instante de su familia y de las cosas buenas que había vivido en la ciudad. Se sentía más cómoda allí, pero no era como yo.

—No tienes que ir si no quieres.

—Debería querer ir... Aunque sí quiero ver a mi familia.

—Pero no en ese lugar —deduje.

—Exacto.

—Entonces quédate y sigue descubriendo tu vida aquí.

— ¿Y tú te irás para dejar de descubrir tu vida?

—Me voy para preservarla. Tú tienes que quedarte para hacer lo mismo. Si regresas, no sé si lo resistirás.

— ¿El qué?

—Todo: tus raíces, tu familia, tu pasado, tus costumbres... Estás acostumbrada a los hábitos de ese lugar, nada se sale de su lugar nunca, no hay sucesos inesperados.

—Yo estoy salida de lugar, pero no aquí.

— ¿Es que realmente sabes lo que es encajar? ¿No tienes miedo de que tu historia se repita?

— ¿No estarás hablando de ti mismo?

—Podría ser, salvo por el hecho de que yo nunca busqué compañía. La soledad está bien para mí.

—A veces nos decimos lo que queremos oír —susurró sin apartar sus ojos de los míos.

Antes de que pudiera decidir quién tenía razón, se había marchado con un andar lento... triste.

Hace alrededor de 2 meses

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#44

En total, los viajeros seríamos diez, incluyendo a mis padres biológicos, lo cual me incomodaba un poco... bastante. Yerg se quedaba atrás, siguiendo mi sabio consejo.

La extrañaría en ese trayecto, al igual que a Kara. ¿O las necesitaría? Yo no solía necesitar a nadie más que a un carboncillo y algo de papel, pero la realidad simplemente me excedía. ¿Sería capaz de encontrar una respuesta ingeniosa a los problemas que estaban por venírseme encima? Porque las últimas palabras de Yerg me hicieron dudar, tanto de mí como de la vida. Y el asunto de mis orígenes no ayudaba en absoluto. Sin embargo, la decisión ya estaba tomada y tendría que arreglármelas solo, pues estaría solo; los demás no contaban para mí. No debería ser tan difícil, ya que, después de todo, era algo que llevaba haciendo toda mi vida y, aun así, me costaba horrores, me daba miedo. ¿Y si realmente no me conocía a mí mismo? ¿Y si toda esta situación va a definir quién soy en verdad? En ese caso, quería hacer las cosas bien, quería ser quien tenía que ser pero, a la vez, sentir que ser esa persona estaba bien. Tal vez, Somb era justo lo que necesitaba para descubrirlo... solo.

En los días en que se tardó en organizar todo, no experimenté ningún cambio ni recibí ninguna iluminación. Eso me lo esperaba, pero me extrañaba que Yerg no se hubiese acercado a pedirme que enviara saludos suyos a su familia al menos. Incluso me la crucé varias veces, mas fue inútil que la mirara. Se había enojado conmigo por una simple discrepancia y, por eso, iba a derrochar una gran oportunidad. Es decir, ¡quizás nunca volveríamos! Quizás, ellos ni siquiera aceptaban el trato y toda mi vida pasaría a no significar nada...

Con esto en mente, partí junto con mi grupo y recordé lo largo que era el viaje, aunque ya no se sentía igual de agotador, pues había tomado la costumbre de caminar y de soportar poco a poco la luz. De todos modos, ya no poseía ese impulso que me llevó a encontrar Maan, esa corazonada inexplicable.

En cuanto llegamos a los túneles de los topos, no los tomamos, lo que me desilusionó, pues estaba esperando poder encontrarme con seres más agradables con los que estaba conviviendo. Aunque, en realidad, ellos no eran el problema. Simplemente estaban cerca mío cuando quería gritar y hacerme mil preguntas sin que nadie me preguntara nada. Los topos parecían ideales para eso, por no mencionar que eran más listos que muchos humanos.

A lo largo del camino, fueron desplegando sus diferentes poderes para que la naturaleza guiara su camino. Yo, mientras tanto, me seguía asombrando y continuaba aprendiendo de ellos, pero no dejé de hacer lo que más me gustaba, no dejé de intentar mejorar en ello.

Cuando ya estábamos tan cerca que incluso podía verse a lo lejos el gran árbol muerto, de repente, el suelo se levantó bajo nuestros pies. Algunos trastabillaron pero no cayeron; yo fui la excepción. Estaban extrañados y tranquilos a la vez. Me relajé un poco en cuanto se asomó un pelaje oscuro y grande y... y una piel oscura... Era Yerg subida a un topo.

— ¿Qué haces aquí, Yerg? —le preguntaron.

— ¿Les molestaría si hablara a solas con Dum? —dijo ella como respuesta.

Me asombré un poco, pero todos los demás parecieron comprender a la perfección y se alejaron. Yerg, con su gran altura, se colocó frente a mí y me miró a los ojos fijamente.

—Dum, yo no necesito ir allí —comenzó —. De hecho, creo que no me hará bien, pero se nota que tú si lo necesitas, más de lo que te das cuenta y... y no voy a dejarte solo.

—Estoy bien así. Gracias por la preocupación —repuse con el escaso sarcasmo que me quedaba.

—Bueno, si tú dices que estás bien, no discutiré contigo, no ahora, mas deberás demostrarme que así es, que nada de esto influye en ti.

Sabía que lo lamentaría, pero acepté el desafío, lo acepté y fingí ser... Dum, pues, al final del día, hasta una roca tenía más energía que yo. Al menos, había captado algo de lo que había estado observando en la aldea.

Hace alrededor de 1 mes

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#45

CARBÓN (1/2)
— ¿Puedo atreverme a preguntar por qué el carbón de Somb puede llegar a salvarlos? ¿Por qué es tan valioso? —preguntó Yerg mientras estábamos metiéndonos a las cuevas por las que habíamos salido hacía tanto tiempo ya.

—La gente de Goud es diferente a la nuestra y a la de aquí —dijo Geluk—. No aprecian nada, aunque nosotros pensamos que sí podían desarrollar esa capacidad, así que nos abrimos a ellos... Al parecer, alguna de las propiedades del carbón les llamó la atención.

—Seguramente descubrieron que podían usarlo para ganar más dinero —agregó Waarheid—, y es lo único que nos atrevemos a darles.

Sí, se atrevían a entregar algo que no les pertenecía. Por eso yo estaba aquí.

—A pedir, querrán decir —los corregí.

La oscuridad se iba afianzando con cada paso que dábamos. Viejos olores llegaron a mi nariz y los recibí con un desagrado menor al que esperaba, pues todo me recordaba un poco a lo que había vivido, a esos catorce años de mi supuesta realidad, que ahora sabía que eran menos. Lo quisiera o no, en ese lugar habían nacido mis sueños y palabras especiales que, si bien no fueron las mejores que implementé, fueron las primeras que llenaron mis papeles y mi mente.

Mis acompañantes usaban sus habilidades para percibir a los integrantes de la oscuridad, mas no siempre tenían éxito y tropezaban con las rocas que habían sido invisibles para ellos. Para mi sorpresa, a pesar de la distancia y los grandes cambios que había atravesado, no había olvidado cómo recorrer esos túneles. Sin embargo, la que estaba más habituada a este sitio era Yerg, razón por la cual ella era quien lideraba la marcha.

Pronto, comenzaron a oír un repiqueteo. En ningún momento me había puesto a pensar qué hora era en Somb. Esos trabajadores se asustarían mucho si veían a tanta gente nueva. Es decir, todos creían que no había nada arriba más que peligro. ¿Nos considerarían peligrosos a Yerg y a mí por haber transgredido sus normas? ¿Y a ellos, a los extraños? ¿Cómo los verían a ellos que ni siquiera habían tenido la oportunidad de conocer? Quizás, les aliviaría saber que criaron a uno de ellos y que no les salió tan mal... aunque sí lo hizo. Sólo pude confortarme con la idea de que eran gente pacífica, que no se atreverían a hacernos daño. Sin embargo, al mismo tiempo alababan el orden y la disciplina como los maanitas a la naturaleza, y su llegada los desafiaba y los ponía en juego.

—En el próximo giro es probable que nos crucemos con alguien —advirtió Yerg—, así que estén atentos pero, sobre todo, callados. Déjennos hablar a Dum y a mí.

Reprimí mis pensamientos negativos y dejé que Yerg desarrollara sus propias creencias poco fundadas. Ella iba a tener que hacerse la fuerte cuando nos rechazaran a todos.

Disminuimos el paso y me coloqué junto a la líder del grupo. Los martillazos sonaban cada vez más cerca, más intensos. Viejos recuerdos vinieron a mí, aunque se notaban más en los ojos de mi compañera. De todos modos, eso me parecía, pues me había desacostumbrado a la oscuridad y no me resultaba muy sencillo apreciar todo con lujo de detalles. Lo único que se había potenciado era mi percepción de las cosas en el silencio.

— ¿Escuchaste eso? —dijo alguien en las minas.

—Sí. Pensaba que me lo estaba imaginando.

Lo que al principio era alegría por no haber tenido alucinaciones, había pasado a ser miedo por todo lo que significaba esto último.

—Klab, Tsol, somos Yerg y Dum.

A lo lejos, otros mineros eran ajenos al reencuentro y continuaban trabajando, pero, por todo lo demás, había nacido el silencio.

Yerg se asomó y luego le seguí yo, y me topé con rostros que no sabían qué expresar; se debatían entre el horror, el asombro, el cansancio y un suspiro, entre qué era lo correcto y qué no para esta circunstancia. A todos se les notaba que tenían algo para decir, algo que se les escapaba de los labios, pero ninguno se atrevía a escupirlo. Por lo tanto, simplemente nos miraron y nos dejaron pasar como si fuéramos una extraña serpiente venenosa que no podían ni siquiera tocar y que, a la vez, admiraban por su majestuosidad y valentía.

Continuamos caminando hasta alcanzar la salida de los túneles. Los únicos que nos recibieron con alegría fueron los niños... y Krad y Wodahs. Ellos me dirigieron una amplia sonrisa cada uno, a las cuales no pude corresponder. De inmediato, les contagié mi seriedad y pasaron a no comprender qué me sucedía. Mientras tanto, nos rodeó la mayoría de los habitantes de Somb y nos dedicaron miradas inquisidoras. Sabía que mi deber era hablar, pero Yerg se me adelantó, por suerte.

—Nos gustaría hablar con la Ley y la Justicia —declaró. Sin embargo, nadie pareció escucharla, pues nos llenaron de preguntas al haberse roto el silencio incómodo. Querían saber quiénes eran ellos, por qué estaban allí, por qué estábamos allí. Otros, nos gritaban que nos fuéramos, ya que esa había sido nuestra elección hacía... Ya había perdido la cuenta.

—Escuchen —grité cansado de que todos se estuvieran peleando—: ellos vienen de arriba y...

Las exclamaciones de sorpresa lo interrumpieron. Quizás no debería haber sido tan directo con ese tema.

— ¿Eso significa que ustedes también estuvieron arriba?

—Sí, pero no quer...

— ¿Cómo sobrevivieron?

— ¡No deberían estar aquí! —chilló una anciana.

—Pero... —intenté explicar, aunque más y más voces me fueron tapando.

— ¡Basta! —exclamó Yerg— Nos juzgan a nosotros por haber pisado la tierra prohibida cuando ustedes están rompiendo con las normas impuestas hace cientos y cientos de años. ¿Dónde está el orden y la armonía en sus actitudes, en sus voces? ¿Para qué pido hablar con la Ley y la Justicia si ya no recuerdan lo que eran?

—Ustedes jóvenes ni siquiera saben lo que son la Ley y la Justicia. No hay nada a lo que le puedan hablar —dijo un hombre.

— ¿De qué...? ¿A qué se refieren?

—La Ley y la Justicia fueron creados hace cientos de años, como tú dijiste, en base a todo lo que había salido mal arriba y en nuestro nuevo hogar. Son tradiciones, reglas y normas que han funcionado a lo largo de la historia.

—Si prevemos todo y somos cuidadosos desde raíz—agregó una anciana—, no hay nada que nos pueda sorprender. Si todo forma parte del plan, no existe la necesidad de que la Ley y la Justicia sean representados por personas. Y, ante la duda, recurrimos a la línea de pensamiento implementada con anterioridad.

— ¿Entonces que solución queda para esta situación? —dije algo molesto— ¿Acaso hay antecedentes?

—No, nunca ha pasado.

—Lo único que queda es que nos escuchen.

Ambas partes habían sido heridas con lo expresado y no se sentían lo suficientemente fuertes como para atacar con fuerza por temor a caer más bajo.

— ¿No le cortaban la lengua a los que gritaban?

Todos nos dimos vuelta y dirigimos nuestra mirada al niño que había hablado. Aún me costaba acostumbrarme a la escasez de luz, mas pude distinguir un pequeño gesto: el padre de la criatura, mientras tanto, le apretaba la muñeca que le estaba tomando ya de antes. Dudé sobre si lo que mis ojos captaban era real o no. Debía de serlo, pues el aire Inspeccioné los rostros de los demás, pero nadie parecía notarlo. ¿Conque así funcionaba realmente Somb, con amenazas, con violencia?

«Todo por mantener el orden, ¿cierto?» pensé.

Rocé a Yerg con mi codo y le señalé lo mejor que pude la situación, intentando no levantar sospechas. Sin embargo, no pareció entenderme. En su lugar, pidió explicaciones por lo dicho.

—Es un niño, no sabe lo que habla —expresó su progenitor.

—Aquí nadie tiene imaginación —dije sintiendo el calor subiendo a mis mejillas —. Me cuesta creer que alguien tan joven pueda llegar a pensar en algo tan siniestro como eso.

—Siempre hay excepciones a la regla.

—Y, por lo que dice tu hijo, esas excepciones son castigadas antes de que esparzan sus ideas por la ciudad.

—Eso no fue lo que dijo.

—Oh, ¿ahora sus palabras importan?

—Hay cosas que simplemente se aprenden en la vejez —agregó una de las personas más grandes de Somb—. Por algo existen las diferentes etapas: para respetarlas.

— ¿Cómo se convirtieron en esto? —murmuró Yerg cabizbaja.

—Siempre fueron así —le aclaré.

—No, la gente de Somb solía ser la de Maan, y ahora son cosas totalmente opuestas.

— ¿Maan?

#46

CARBÓN (2/2)
El público había escuchado su supuesta conversación privada; habían olvidado que los sentidos que más tenían desarrollados era la audición. Con tantas formas de sentir la vida, se conformaban con las más ordinarias.

Esta vez, los que se alzaron fueron nuestros acompañantes.

— ¿Cómo es posible siquiera? Son sólo una historia.

—Como dije: aquí nadie tiene imaginación. Una de las mejores leyendas que nos han contado están basadas en la realidad, salvo por el hecho de que arriba no es lo que pensábamos. Allí...

Alguien llamó mi atención con el tacto y me vi obligado a frenarme al ver a mi padre biológico detrás de mí. Como ya habíamos aprendido que hablar en voz alta no nos brindaba confidencialidad, nos transmitimos un mensaje en silencio, aunque yo no comprendí nada de lo que me comunicaron. Supuse que lo mejor sería callarme y dejar que las cosas fluyeran sin mi intervención.

En lo que parecieron minutos eternos, salió a la luz el motivo de la visita. Yerg y yo lo único que hacíamos era asentir ante cada afirmación. Al final, yo era el más especial de todos pero nadie me necesitaba.

—Nuestro carbón es eso —exclamó mi antiguo y molesto vecino—, que es nuestro y no de ustedes.

—Según la Ley y la Justicia, ¿qué es lo correcto? —preguntó la muchacha de tez negra.

—La preservación del orden —contestaron muchos al unísono.

— ¿Y cómo obtenemos eso? ¿Cambiaría algo si les dan carbón?

—Si fuera poco, tal vez —dijo un chico que solía molestar a Yerg. De seguro lo hacía para molestarla nada más.

—Entonces ayuden con lo que puedan y nosotros podremos retribuirles de alguna manera.

— ¿Nosotros? —dijo la tía de Yerg mientras se abría paso entre la multitud. Lucía más delgada de lo normal. Es decir, todos allí abajo eran flacos y se les notaban los huesos, pero eso ya era demasiado, pues su piel había pasado a tener una tonalidad sin vida y sus ojeras eran marcadas. Por el sufrimiento reflejado en sus ojos, podía concluirse que extrañaba a su sobrina con todo su ser, de una forma que la estaba consumiendo.

—Sí, nosotros. Lo siento.

De repente, dejándome llevar por los lemas que los ciudadanos de Somb repetían una y otra vez, tuve una idea que prometía ser la mejor pensada por cualquier persona jamás. No lo razoné dos veces y la pronuncié en alto seguro de mí mismo. Había sonado tan bien en mi cabeza que era imposible que no funcionara.

—Analicemos nuestras opciones, ¿quieren? Podemos hablar pacíficamente e irnos o, bien, llevarnos algo de carbón. También podemos negarnos a echarnos atrás y quedarnos hasta que nos hagan caso, pelear, desestabilizar a su adorado orden, hay muchas cosas que podemos intentar. Sólo sepan que no nos vamos a rendir con facilidad. ¿Qué prefieren?

— ¿Cómo van a sobrevivir aquí si se quedan?

—Hay comida, ¿cierto? La tomaremos.

Sabía que algunos aspectos del plan que había expuesto eran contradictorios con las costumbres de Maan, mas Somb no tenía por qué enterarse de aquello.

—Repito: ¿qué prefieren?

Luego de observarse como si en el silencio pudieran encontrarse respuestas, la mayoría coincidió en que lo mejor era que se fueran y que todo volviera a la normalidad. Ahora, ¿cuál sería el precio que estaban dispuestos a pagar para conseguirlo?

—Mientras más rápido cooperen, menos tiempo estaremos en sus mentes como un mal recuerdo —pidió Yerg.

—Dejen que nos convirtamos en una historia que ustedes contarán como quieran. Seres los malos, los buenos, lo que deseen. Sólo dennos algo de carbón.

— ¿Y qué tienen para ofrecernos?

Mucho, ¿pero qué les gustaría recibir? ¿Qué necesitaban? También, tantas cosas...

—Comida —ofreció su compañera.

—Enseñanzas —dijo Waarheid.

—Música —propuso Geluk—. La música trae paz, armonía, unidad, orden si quieren. Podemos darles nuestros instrumentos o crear unos con lo que tengan.

No era lógico que me sorprendiera por la respuesta, pero elegían todas las opciones. Todo o nada. Y, como los maanitas eran tan pacíficos y estaban en un momento de gran desesperación, aceptaron.

#47

MÚSICA
La decisión había sido tomada por miedo, ¿pero qué asustaba más: perder todas las tierras de Maan o dejar de ser lo que en verdad eran? Porque brindarles comida que la naturaleza nos les había autorizado a otorgar no era correcto, porque pasarles sus conocimientos así como así sin que entendieran toda la energía que había detrás era profanar su tradición, porque construirles un par de instrumentos no les serviría de nada. ¿Acaso las dos partes se contentarían con el trato?

Un grupo partió para buscar, recoger y traer algo de comida, cualquiera estaba bien ya que, después de todo, no sabían qué había arriba y nunca se molestarían por averiguarlo. Y ahora que lo pensaba, ¿aceptarían comer alimentos provenientes de aquel sitio venenoso? ¿Lo harían porque escaseaba?

De nada servía que me llenara la cabeza con miles de preguntas, pero eso era lo que mejor sabía hacer: ponerle palabras a todo, especialmente a los problemas. Si no las escribía, explotarían dentro de mí y nadie comprendería qué me sucedía. Así que, mientras el resto de los maanitas estaba ocupado dando música, enseñanzas y alimentos, me permití visitar mi antigua casa para usar algunos de esos papeles y recuperar mis preciados carboncillos. Mi ánimo se partió al ver que ninguna de mis pertenencias estaba. No me había ido tanto tiempo como para que se olvidaran de mi existencia. ¿Es que ni siquiera les interesaba tener un objeto con el que recordarme?

Al salir, me topé con Krad, quien ya había entendido toda la situación. Intentó explicarme que no era lo que parecía, que los habían obligado a tirar mis cosas. Lo curioso era que pensara que me importaba su historia o sus sentimientos. Si fueran personas reales buscarían cambios con tal de hacer lo que consideraban correcto. Quererme, querer en general, no estaba en sus planes. Unos días en Maan me habían hecho darme cuenta de eso.

Se suponía que teníamos que dormir allí, mas no iba a soportarlo, tanto porque no podía permanecer más tiempo encerrado como porque terminaría vomitando con todas esas actitudes podridas.

Fui directo a la mina. Esperaba estar solo, sobre todo porque había olvidado que allí existían horarios. A pesar de que todos me dirigían la mirada y se distraían de los trabajos que no podían interrumpirse, continué caminando por un túnel similar al que habíamos tomado cuando escapamos. Al pensar en el plural, al parecer invoqué la presencia de Yerg, pues habíamos tenido la misma idea: misma hora, mismo sitio, misma actitud reflexiva. De seguro sus motivos para estar allí sentada eran otros; mejor dicho, lo eran, pues era imposible que estuvieran experimentando algo parecido siquiera.

—Tu sombra me molesta —dijo Yerg de forma seria.

— ¿Qué sombra? —bromeé — Aquí todo se ve igual de oscuro.

Me acomodé a su lado sumido en una extraña cercanía y confianza.

—Después de haber conocido tantos colores, este lugar simplemente me da asco.

—Sí, a mí igual.

Se abrió un silencio entre nosotros, pero ya no resultaba incómodo. Y así permanecimos un largo rato, cada uno nadando en sus propias cuestiones.

— ¿Ya no estás molesta conmigo?

—Eso depende del motivo por el que estás aquí, que me imagino que no es nada bueno. ¿Estás bien?

—Sí, aunque a veces nos decimos lo que queremos oír.

La miré fingiendo una sonrisa y ella me devolvió una verdadera, como si estuviera orgullosa.

—Entonces ya tienes muchas palabras para poner en un papel. No todo es malo.

—Si tan sólo pudiera tener todo el papel que necesito para poner en ellos todas mis dudas, todas mis incertidumbres, todo lo que quiero decirles... y ese odio, ese odio tan profundo que les tengo.

— ¿Y quién querrá leer eso? Ni siquiera tú lo harás el día de mañana.

—No escribo para ser leído.

—Con esa actitud me obligas a tomar tus escritos y ojearlos.

—Eso está prohibido aquí y en cualquier tierra.

—Pero en Maan es algo que se comparte, como la música. No tocas un tambor para escucharte a ti mismo. ¿Cuál es el punto de eso?

— ¿Sentirse bien con uno mismo? —sugerí dudando y estando seguro a la vez. A Yerg el comentario también la descolocó un poco.

—Oh, todos tenemos puntos débiles. ¿Tú sí te sientes bien contigo mismo?

—No lo sé. Debería escribirlo para saberlo. Y... —intenté agregar, mas me detuve; no sabía de dónde provenían esos sentimientos y me asustaba un poco — y no tienes que odiarte. No eres rara.

—Si me comparo con ellos, lo soy.

—Entonces yo también, aunque sí soy algo extraño, pero me gusta. Si tus diferencias fueran malas, no me caerías bien.

—Y todos sabemos lo difícil que es eso.

—Quería hacerte sentir mejor, no que me insultaras tú a mí.

—Lo siento.

Dimos un par de vueltas y nos tropezamos con algunas rocas mientras seguíamos intentando esquivar a la ciudad y a sus habitantes. Mientras estaba unos pasos adelante mío, la chica preguntó:

— ¿Crees que algún día podré tener un compañero de vida? ¿Una familia?

—Si la quieres, la tendrás, y será bajo tus términos y no los de ellos.

—Te olvidas de que tiene que haber una persona que quiera que yo sea su compañera de vida.

—Oh, ya encontraremos a alguien allí arriba.