MrOwlMan
Rango8 Nivel 38 (2892 ptos) | Poeta maldito
#1

Estoy sentada en un banco de una plaza, con la luz naranja de la mañana bañándome con delicadeza.
Lamentablemente, no estoy en verdad allí. No estoy sentada en un banco de una plaza, con la luz naranja de la mañana bañándome con delicadeza. Digamos más bien que me encuentro sumergida bajo el agua, con un potente respirador que me mantiene viva y ataduras que me mantienen presa. Ahora bien, para el propósito de esto es mejor si estoy sentada en un banco de una plaza, con la luz naranja de la mañana bañándome con delicadeza.
No es que quiera mentir. Soy buena en eso. Sé que lo soy. También corro bien. Me lo han dicho. Y tengo un buen trasero. Y también me distraigo con mucha facilidad. Por eso mismo no tenemos mucho tiempo.
Divago, perdón. Ignorad lo de la piscina, ¿sí? Para ustedes de ahora en más estoy sentada en un banco de una plaza, con la luz naranja de la mañana bañándome con delicadeza. Mucho mejor así. Menos sorpresas, ¿verdad? Mi madre solía tener un cuadro, una pintura, con un banco y una chica y la luz de la mañana. Creo que a eso voy. Me conviene empezar así. Y a ustedes también.

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#2

Disculpadme si mi voz es algo difusa, pero el respirador me dificulta hablar. Es algo a lo que nunca me acostumbraré. Oh, demonios, lo hice de nuevo, perdón. Cierto, estoy sentada en un banco de una plaza, con la luz naranja de la mañana bañándome con delicadeza. Lo tengo.
Me han dicho que estoy loca. Me lo dijeron varias, no, muchas veces. Me lo dijeron mis amigos, mis padres, mis novios y mis médicos. Quizás por eso mismo mi historia empieza con mi cabeza golpeándose repetidamente contra las paredes acolchadas de mi celda y gritando fórmulas químicas. O recetas de pizzas. No recuerdo bien, está...borroso. Mi memoria es así. Independiente. Juega a lo que quiere ahí dentro de mi cabeza. A veces es mi amiga, y otras veces es una maldita escurridiza.
Para concentrarme siempre me ayuda pensar en el cuadro de mamá. E imaginarme dentro de él. Estoy sentada en un banco de una plaza, con la luz naranja de la mañana bañándome con delicadeza. Era un cuadro muy bonito. La chica de la pintura me solía mirar raro, celosa creo, de que yo fuera de carne y ella, mucha más hermosa, se limitara a ser de lienzo. Toda mi infancia ella allí, clavando sus ojos de harpía recelosa en mí cada vez que iba por ese pasillo. Cosquilleos. Eso me daba. Cada vez que pasaba.
Me pierdo, de nuevo. Volvamos al comienzo. A las recetas de pizza.
Allí estaba yo, con mi uniforme verde y amarillo, chillando como una desquiciada. Lo que probablemente estaba. Había dejado de tomar las pastillitas arcoiris unos días antes y... las cosas no iban muy bien.
El osito de felpa había regresado. Volvió para robarme la luz de mi habitación. Para alimentarse con ella. Y así poder irradiar su cariño a todos sus amigos. Y yo conjuraba mis exorcismos para alejarlo. Sí, mis exorcismos son recetas de pizzas. O fórmulas químicas, es lo mismo.
Tuvieron que encerrarme en la Habitación Frontal por varios días, matándome con esa música suave, suaaave, suavecita. Me hacía castañetear los dientes y saltar como niña. Allí. Aquí. El osito seguía junto a mí, por supuesto, pero ya no me robaba la luz.
Sus amigos, las voces claras y altas y las miradas bajas y negras, revoloteaban a su alrededor.
Y fue entonces cuando sucedió.
Por primera vez, quiero decir. O sea, cuando sucedió por primera vez. Porque luego pasó de nuevo. Dioses, me vuelvo a perder. Volvamos al punto.
Sucedió. Algo. Algo feo.

#3

Disculpad el dramatismo. Es parte necesaria de todo hecho viviente, dice el Coronel. Él solía venir mucho a visitarme. Antes, obviamente. Antes de esto de la piscina. De la piscina en la que no estoy sumergida y atada, porque con toda certeza estoy sentada en un banco de una plaza, con la luz naranja de la mañana bañándome con delicadeza. Pues bueno. Dejó de hacerlo por el osito. Y por lo que éste hizo.
Como decía, antes de que me distrajera otra vez (pasa demasiado a menudo) hablando del Coronel y de cuánto le encantaba hablar de teatro y drama y comedia y teatro y drama y comedia... Oh, no. Me perdí de nuevo. Soy terrible en esto. Es que estoy loca, ¿sabéis? Creo que os lo dije. En algún momento. Creo.
¡Ah! Ya recuerdo. El osito me había robado la luz. Yo había sido encerrada en la Habitación Frontal y algo feo había pasado. Listo. Lo tengo.
Pues bien, en sí nada parecía raro hasta que salí de mi contención. Las voces claras y altas y las miradas bajas y negras habían dejado de molestarme, y yo pensaba que tenía unos cuantos días de claridad de los cuales podría disfrutar. Ilusa. Eso soy. O era, creo que aprendí a no confiar en nada. Después de todo, la última vez que confié en alguien me ataron con seis tipos de nudos diferentes, me metieron un tubo de oxígeno en la nariz y me hundieron en agua.
Me llevaron al Comedor, al Espacio Común, Sala de Locos Sueltos. Allí me esperaba todo un arcoiris de pastillas, en un vaso de plástico descartable. Los mismos de siempre hacían lo mismo de siempre. Nada cambiaba en mi ausencia, jamás. Excepto que esta vez noté una falla.
El Viejo Ordenanza, un antiguo lavapisos del manicomio que había perdido todo sentido de la realidad de tanto estar en contacto con lo irreal, sangraba de todos los orificios de su cara. Nadie más lo notaba, por supuesto, pero yo sabía que significaba. Significaba que el osito ya no era osito. Era Oso.
Recuerdo que solté un aullido fenomenal. Mi mejor grito de guerra. Lamentablemente lo interpretaron como otra paranoia mía. En cierta manera era cierto. Más que de guerra era de miedo. Digamos que estaba aterrada. Hacía años y años que el Oso se había retirado a lo profundo. Yo lo había derrotado.
Pero aquí estaba de nuevo. Y el Viejo Ordenanza parecía una fuente de plaza, soltando sifonazos de escarlata que se derramaban por el suelo. Una de las voces claras y altas soltó una carcajada. Burlona. Ellas servían al Oso, siempre lo habían hecho. Y ahora su amo volvía por el segundo round.
Salté sobre el Viejo y comencé a tratar de taparle los agujeros de la nariz, las orejas, la boca. Chillaba como niñita sin juguete, pero no me detuve. Sentí como el aire vibraba a mi alrededor. El fuego relampagueó en mi espalda, y la camisa verde y amarillo del manicomio que llevaba puesta comenzó a arder.
Los enfermeros gritaron. Corrieron. Sentí a las voces y a las miradas poseerlos. Venían a por mi. El Oso venía a buscarme.

Romahou
Rango18 Nivel 89
hace casi 3 años

Me deja sin palabras, embriagado de esas sensaciones y miedos.
Transportado.

Las menciones cambiantes al osito, osezno, oso.... Clave

Saludo y todo mi respeto

MrOwlMan
Rango8 Nivel 38
hace casi 3 años

@Romahou muchisimas gracias por tus amables palabras! Un gran saludo para ti también


#4

El fuego me cubrió por entero, transformándome en una enorme antorcha humana. Una antorcha humana desnuda. Pero bueno, nadie lo notaría, considerando que estaba prendida fuego. Y no me dolía. O hacía ningún tipo de daño. El caso es que me puse de pie, en llamas.
El Viejo Ordenanza me miró con sus ojos muertos, derramando el agua vital de los seres vivos por su cara. Parecía que se estaba derritiendo. Honestamente no sé de dónde sacaba tanta sangre. Uno de los enfermeros se cayó, y comenzó a sacudirse, epiléptico. Otro retorció su cuello hasta que crujiera.Un tercero comenzó a caminar sobre sus manos.
Los otros desaparecieron por la puerta de servicio, gritando incoherencias. Me habían dejado sola. Bueno, sola no. Tenía a mi alrededor a unos veinte tipejos, poseídos por espíritus malignos.Que me querían hacer pedacitos.
Fue entonces cuando se apareció Oso.
Brillaba como árbol de Navidad el muy asqueroso. Rayos de luz salían de cada poro de su cuerpo, de su hocico, de sus orejas. No sonreía, porque eso era algo de Osito. Oso jamás sonreía. Él solo se limitaba a venir y destruirlo y todo.
Una de las voces se lanzó sobre mí, buscona. Le metí un puntapié en el estómago, y aplasté mi puño contra su nariz. Chilló en forma de la Sexta Sinfonía de Beethoven, mientras se retorcía en el suelo.
Las demás me rodearon, siseando. El Oso por detrás, imperturbable.
Pasó un segundo. Dos. Diez. Quince. Nadie hacía nada. Y entonces se tiraron todos sobre mí.
Tuve que retorcerme como gusano, pues el piso giró con ellos. Un enorme caleidoscopio, y yo era nada más que una de esas papelinas de colores. Me golpearon en la cara, en el hombro, en la rodilla. Quemé a todos cuanto pude, pero eran muchos... Demasiados.

artguim
Rango13 Nivel 63
hace casi 3 años

Me ha gustado el relato, @MrOwlMan. Llega a transmitir esa sensación de pérdida "mental" de la protagonista.

Un saludo.