FrancoLFernandez
Rango7 Nivel 34 (2278 ptos) | Autor novel
#1

En el barrio de San Justo de la pequeña ciudad, los vecinos evitaban la casa del señor Amador López. El aspecto ruinoso, las tejas caídas y paredes, mohosas sumado al fuerte olor a desperdicio eran un reflejo bastante acertado de su único habitante. Amador era un hombre de alrededor de 40 años, alto y encorvado que siempre vestía una sudadera gris y un pantalón raído ambos llenos de manchas de mugre. Siempre tenía la mirada perdida y enrojecidos los ojos, las pocas personas que alguna vez se le habían acercado aseguraban que despedía un olor nauseabundo, mezcla del tabaco y alcohol e incluso había quien decía que el hombre consumía drogas.

Era muy raro ver que alguien entrara en aquella casa, y aún más raro era ver a su propietario fuera de ella. Todo lo que el hombre necesitaba le era dejado en la puerta de entrada (víveres, artículos de limpieza, etc.) aunque nadie sabía exactamente de donde sacaba sus ingresos, porque el hombre no había trabajado en años.

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MintgreenOwls_51
Rango4 Nivel 17
hace casi 3 años

Peculiar historia, me gusto. Espero leer la continuacion pronto.


#2

Aunque no siempre había sido así, hubo un tiempo en que aquella vivienda rebosaba de vida y el señor Amador López había sido feliz. Pero todo cambio cuando, diez años atrás, llego la noticia de la muerte de la esposa de Amador en un accidente de tránsito.

Una tarde nublada, Amador se encontraba desplomado en su cama de dos plazas. Había terminado ya los últimos tragos del licor que le había llegado con el encargo semana, y la cabeza le daba vueltas. Un rugido en su estómago le indico que era hora de la merienda, o tal vez de la cena, le era realmente difícil saber qué hora del día era.

Se levantó con cierta dificultad, con la cabeza aun dándole vueltas, y busco a tientas un lugar donde apoyarse. Una vez erguido, camino torpemente hasta la cocina y abrió el congelador donde encontró un pedazo de carne de la noche pasada que acompaño con un trozo de pan que también había llegado en el encargo semanal.

Una vez saciado se levantó y tomo otra botella de aquel licor, la abrió y bebió una gran cantidad. Acto seguido se dispuso a recorrer la vivienda; las paredes despintadas seguían como siempre, pero la capa de polvo que habitualmente cubría el suelo ya no estaba lo que le dio a entender que la encargada de limpieza, que sus padres habían contratado para él, había pasado por allí mientras él dormía. Siguió caminando a pasos torpes hasta el living y se detuvo frente al retrato que adornaba una de las paredes de la habitación.

La pareja de recién casados sonreía radiante a la cámara, el con su esmoquin adornado con una lila en la solapa y ella con su blanco vestido de novia y cabello negro que le caía como cascada por uno de sus hombros, casi como si fuera un ritual no pudo evitar que cayeran las lágrimas.

Era increíble pensar como ya hace casi diez años, ella se había ido de su vida. Había conocido a Elizabeth Viotti, o Liz como le gustaba que la llamase, en sus años de universidad cuando cursaban ambos la carrera de Filosofía. Ella era una muchacha encantadora y el un joven introvertido, recordaba claramente la primera vez que la invito a salir, ella lo miro a los ojos y le dijo “me preguntaba cuanto más te ibas a tardar”, repitió aquella misma frase el día que le pidió matrimonio.

También recordaba con claridad aquel día hace casi ya una década. Él estaba preparando una lectura que daría en el acto de inauguración de las nuevas instalaciones de la universidad, ella llego a casa totalmente consternada por un problema con un colega del colegio donde impartía clases, un tal Flores, sin embargo el ocupado como estaba no le prestó atención. Si tan solo hubiera sabido que aquella sería la última vez que la vería, la habría escuchado, la habría abrazado y la habría consolado, que idiota que había sido.

Y fue con ese pensamiento que no pudo mirar más aquella fotografía, y volvió sus pasos lentos a la habitación para luego desplomarse bruscamente en la cama. Miro el calendario que colgaba de una de las paredes y se sorprendió al darse cuenta que faltaba tan solo una semana para que se cumplieran exactamente los diez años desde aquel día. Finalmente cerró los ojos y con la cabeza aun dando vueltas se hundió en un profundo sueño.

#3

Paso una semana, y tal cual como había hecho durante nueve años, ese día Amador López se vistió con su mejor traje y procedió a salir de la casa para visitar la tumba de su difunta esposa.

El cementerio estaba vacío, usualmente era un lugar silencioso sin embargo aquel día el viento oscilaba fuertemente en las ramas de los arboles haciendo que estos produjeran sonidos macabros. Frente a la lápida de Elizabeth estaba un hombre de mediana edad que vestía una gabardina gris que le cubría el cuerpo, pantalón de vestir y zapatos negros bien lustrados. Como si hubiera sentido que alguien se aproximaba, el hombre dio media vuelta, tenía la cara cuadrada y su rostro era adornado por una barba candado. El extraño lo miro por unos segundos y antes que le pudiese decir algo, salió a paso presuroso del lugar.

El día permaneció nublado y el viento azotaba con fuerza, Amador supuso que este ya se habría llevado las flores que había dejado en la tumba de Liz. Tardo alrededor de una hora en volver a casa, y cuando llego noto algo inusual en la ya peculiar fachada. El jardín, si así podía llamarse, estaba desordenado (mucho más de lo acostumbrado) muchos de los adornos que Liz había comprado hace ya tiempo, se encontraban fuera de lugar, incluso un gnomo de cerámico yacía en dos mitades en el suelo. El césped que había crecido alto, estaba todo aplastado como si alguien se hubiera recostado por allí. Amador supuso que algún grupo de niños habría estado jugando por ahí ( a veces solían hacerlo para molestarle) hasta que se dirigió a la puerta y el corazón le dio un vuelco.

Clavada a la puerta estaba una nota, y en ella escrita un mensaje firmado por su difunta esposa:

“La verdad reside en los recuerdos, que fueron abandonados en lugares vacios”
LIZ


Amador leyó la nota una y otra vez, la frase inscrita en ella le hacía eco en la cabeza, era vagamente familiar, pero lo que más le alarmaba era que aquella, si mal no lo recordaba, era la estilizada caligrafía exacta de Elizabeth Viotti.

De repente, le vino a la memoria un libro que Liz leía a menudo y supo porque se le hacía familiar esa cita. Irrumpió en la vivienda sin siquiera sorprenderle el hecho de que la cerradura había sido forzada, y corrió hacia su habitación.

Tal como supuso, todo en aquel lugar había sido revuelto. Busco en los pequeños montones de basura que habían quedado desparramados por el suelo y finalmente encontró el libro tirado debajo de su cama. Lo hojeo un buen tiempo hasta que dio con una foto y una nueva nota.

“No solo el criminal es el culpable del delito, todos somos los responsables”
LIZ

Nuevamente una frase del libro, estaba seguro de saber que significaba y para corroborarlo miro la fotografía. En ella había un grupo de personas (la mayoría mujeres), todas sonriendo a la cámara salvo una persona. Un hombre de rostro cuadrado y barba candado, su rostro había sido redondeado con una fibra roja y a lado de él estaba escrito con la misma caligrafía de Liz el nombre de “Ignacio Flores”

El pulso se le acelero, y la cabeza le daba vueltas aunque esta vez no era producto del alcohol, ¿Por qué después de diez años pasaba esto? ¿Quién estaba detrás de todo? ¿Realmente era un mensaje de su difunta esposa?

El ruido de la puerta del frente le hizo salir de su ensimismamiento, y apresurado fue hacia la entrada de la vivienda para encontrar una tercera nota.

“En los ojos de los impuros podemos ver que anhelan volver al lugar de donde provienen”
Liz

Aquella no era una frase del libro, o al menos no se le venía a la mente ningún pasaje de el donde podría haber estado escrita. Tomo la nota y se dio cuenta que estaba escrita al reverso de una fotografía. En ella no había ninguna persona, tan solo una lápida de piedra solitaria en medio de un paisaje gris, aquella misma que había visitado hace apenas un par de horas.

No estaba seguro de como proseguir, aquella era alguna especie de invitación, sin embargo sabía que lo correcto sería hablar con la policía y no acudir a ese encuentro, pero ¿acaso le creerían si les decía que su esposa muerta le mandaba aquellos mensajes del mas allá?

#4

La curiosidad fue más fuerte, guardo la fotografía en el bolsillo y emprendió el viaje de vuelta al cementerio. El lugar estaba cerrado así que tuvo que escalar por las rejas que se alzaban casi a tres metros desde el suelo, le sorprendió descubrir que aquella hazaña no le fue difícil. No había nadie en el lugar que el buscaba, tan solo la lápida de Liz que se hallaba tal cual como la había dejado ese día; aquello le dio mala espina.

De repente todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Las sombras se movían de un lado a otro encerrándolo, dejándolo totalmente sin salida. Un golpe en la nunca le indico que había alguien más detrás de aquellas sombras, trato de defenderse pero los espectros no desaparecieron.

Las piernas no le respondieron cuando busco emprender carrera. Algo lo empujó hacia atrás y cayo rodando hasta golpearse la cabeza con alguna otra lapida. La sangre broto cálida de la herida que se abrió en su cráneo y se le nublo la vista.

Elevo la mirada hacia la tumba de Liz y los ojos se le salieron de orbita. Frente a la dura piedra, que indicaba quien descansaba en aquel lugar, estaba ella; vestida con un largo vestido de novia (el mismo que había usado el día de su boda), le miraba directo a los ojos y el no habría sabido decir si aquella miraba reflejaba tristeza o enojo. Su piel brillaba con un extraño blanco perlado y a lado de ella se encontraba el hombre de la gabardina gris. Parpadeo, y la imagen se esfumo dejando tan solo algo del extraño brillo. Nuevamente la cabeza le dio vueltas, cerró los ojos por segunda vez y ya no vio nada más.

En el barrio San Justo, en la pequeña ciudad, los vecinos hablan tan solo de una cosa. Una mañana nublada se encontró el cuerpo sin vida del señor Amador López en el cementerio local. La policía declaro que en su mano se encontraba una nota arrugada, que según informes forenses fue escrita por el mismo difunto.

“En sus ojos he visto la verdad. El culpable fui yo por dejarla ir sin mí.”
A.López

FIN