ibeauchamp
Rango7 Nivel 32 (1857 ptos) | Autor novel
#1
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  • #2

Dicen que una persona loca es quien sufre alguna perturbación patológica de las facultades mentales. Dicen que así lo definen en los diccionarios. Dicen que la locura, en Manland, tiene otro significado y es sólo una enfermedad que sufren las mujeres. Como el cáncer de cuello uterino, como la menopausia, como ser madre, como ser ama de casa, como ser sumisa. Cosas únicamente aptas para mujeres.
En nuestro pequeño y acogedor pueblo, una mujer que quiera ir en contra de lo establecido en “La mujer de Manland” es enviada al loquero. Se la considera alguien fuera de sí, alguien desorientado, alguien que tiene una perturbación a nivel psicológico y principalmente, alguien peligroso para la sociedad que puede alterar el orden y la paz, que puede abrir mentes, alguien que es una amenaza y la cara de la revolución.

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Baizan
Rango7 Nivel 32
hace más de 2 años

Y aún hoy hay quien piensa así. Yo doy las gracias a tantas "locas" que han conseguido que el mundo evolucione.

Bonita reflexión @LBBH


#2

En Manland la vida es pacífica. Las voces masculinas son las únicas que se pueden oír con claridad durante todo el día, las femeninas solo hacen eco cuando van al mercado por los víveres y sólo pronuncian un “Buen día” y “Gracias”. No, no hay tiempo para ser sociables, debemos llegar al hogar a preparar la cena para los hombres. Se les repite esto a las niñas cada vez que salen de la tienda. Las preparan para cumplir con el acuerdo que, muchos años atrás, fue establecido y respetado sin chistar.
“La mujer de Manland” es un tratado que los fundadores del pueblillo concibieron para controlar al sexo femenino, porque consideraban que no tenían la inteligencia que poseían los hombres y por eso había que domesticarlas. Jamás podrían entenderlos, ni mucho menos hablar su mismo lenguaje.
Entonces, según cuentan, en su afán de proteger la autoestima de las mujeres, se implantó este contrato con la lista de cosas que está a su alcance. Nada demasiado difícil, pues podrían perder el control de sus facultades mentales. Dicen que dicen, que los psicólogos y psiquiatras de esa época, sostenían esta teoría. Dicen y dicen tantas cosas en Manland.
Dicen que si una mujer se opone a uno de estos mandamientos femeninos, va al loquero. Dicen que el loquero últimamente está teniendo sobrepoblación, dicen que en el loquero las internas tienen hambre de revolución.
Dicen que tengo que ir al loquero y cuando pregunto por qué, mi padre, mis tíos y primos se callan y solo me miran con decepción. Mi madre y mi hermana no hablan, saben que sus voces son como zumbidos de mosquitos que no dejan dormir por las noches. Madre prepara la cena, la pequeña Lolly hace un par de semanas aprendió a lavar calcetines y planchar camisas, así que eso hace.
Mientras esperamos a que llegue el taxi, pienso qué fue lo que hice para tener que ir al loquero. Dicen que no podré salir hasta que entienda que tengo que aprender a ser una señorita y respetar el privilegio de servir a un ser tan exquisito como el hombre. ¡Ay! ¡Dicen tantas cosas que ya no sé qué decir!
Pim pum pam. Pim pum pam. Llegamos al loquero. Papeleo, registro. Trato de chismosear mi legajo pero no logro a leer lo que dice en la casilla de “motivo de admisión”. Sigo sin entender.
Entro y me encuentro con un enorme salón lleno de mujeres. Bueno, al menos tendré amigas. Es un centro psiquiátrico más.
Cae la noche y todas deberíamos estar dormidas. Digo “deberíamos” porque claramente, no se está cumpliendo esa norma. Escucho ruidos en la sala de juegos y allí me dirijo. Una de las chicas me saluda susurrando y me obliga a usar su mismo volumen de voz. Resulta que cada viernes por la noche, se reúnen a charlar de cosas al azar. Como soy la nueva me dejan elegir el tema de conversación de la noche. Quiero conocerlas, así que nos elijo; elijo hablar de nosotras, elijo oír las voces de mis compañeras, elijo escuchar sus historias de vida, elijo que me cuenten sus sueños y fantasías, elijo que se expresen, elijo que nos escuchemos.
Oigo las historias y me voy enterando de que Lucía está en el loquero porque una vez, durante la cena, comentó que quería estudiar literatura. Su padre ríe, tratando de tomarlo a broma, pero de igual forma lo sintió como una amenaza. Dos días después, se mudó a este lugar. A Romina la trajeron porque le encontraron anticonceptivos en la mesita de luz. Los anticonceptivos, en Manland, son ilegales. Romina no terminó en prisión porque su padre la obligó a tener sexo con uno de sus colegas, quien a cambio del favorcito, movería sus influencias para que la hija de su amigo siga limpia ante la justicia. Después de todo, las enfermedades no son algo controlable. Julia quiso trabajar en una tienda de regalos, Sonia no quería casarse porque quería viajar por el mundo, o algo así. Sofía mantuvo encuentros sexuales con un amigo de su primo y Fernanda se negaba rotundamente a usar vestidos y faldas.
Mis compañeras me fueron contando lo que figuraba en la sección de “motivo de admisión” de sus legajos. Volví a pensar en el mío y entendí. Estaba en el loquero por el crimen que cometí al momento de nacer. Ser mujer.

Hace más de 2 años

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