SergioMaestri
Rango13 Nivel 61 (15618 ptos) | Premio de la crítica
#1

I

En una tórrida mañana de octubre del año 1975, arribé al Aeropuerto internacional “José María Córdova”, en Colombia, proveniente de Buenos Aires, luego de un vuelo accidentado y agotador de la compañía Aerolíneas Argentinas.
El motivo de mi visita a esa ciudad era asistir al “5° Simposio de Medicina Cardiovascular”, un evento de especialización cardiológico, cuya asistencia fue impulsada por la Fundación Favaloro, recientemente fundada en Argentina por los eminentes cardiocirujanos René Favaloro y Luis de la fuente, a los cuales me unía no sólo una enorme admiración sino también una amistad profunda y sincera.
Este aeropuerto se ubica en el municipio de Rionegro (Antioquia), a 20 kilómetros de la ciudad de Medellín. Y como el simposio recién se dictaba por la tarde, luego de dejar mi equipaje en el hotel y refrescarme, aproveché para estirar las piernas y recorrer aquella ciudad, cuyo nombre completo era “Santiago de Arma de Rionegro”, conocida también como Cuna de la Libertad, ya que fue una ciudad de suma importancia en el proceso de independencia colombiano.

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HernanACalvo
Rango14 Nivel 65
hace más de 2 años

Amigo @Prometeo por el momento vienes desarrollando muy bien el tema que a su vez es muy interesante.

HernanACalvo
Rango14 Nivel 65
hace más de 2 años

Amigo @Prometeo ya vamos en camino, nos situamos en el hotel y luego salimos a estirar las piernas. Seguimos

morocha_67
Rango6 Nivel 29
hace 2 meses

Si. Quiero saber qué le pasó en Medellín.


#2

Reconozco que me fascinó esa ciudad con sus casonas de arquitectura colonial, las fachadas antiguas de la iglesia de San Antonio de Pereira y de la Capilla de San José de las Cuchillas, el Puente Mejía, construido sobre el Río Negro, el portentoso Hotel Santiago de Arma, la Casa Provincial y la vieja Alcaidía, entre otros sitios destacados y pintorescos.
Proveniente de un pueblo provinciano, la ciudad de Ceibales, siempre he sido afecto a descubrir los pequeños tesoros turísticos de cada sitio que visito ocasionalmente.
Ya al filo del mediodía, fatigado por la extensa caminata, me detuve en un pequeño y recoleto restaurante del centro de la ciudad con la idea de comer algo liviano. En el menú me encontré con platos típicos, de elaboración casera, como ajiaco, sancocho, pescado frito, asado con papita criolla, yuca y plátano maduro, bandeja Paisa y otras exquisiteces autóctonas que no me sentí preparado para degustar, no sólo por mi recurrente y crónico reflujo gastroesofágico, sino también porque pretendía llevar a mi estómago algún alimento ligero que me permitiera estar suficientemente despierto al momento de la asistencia al simposio. No quería haber efectuado un viaje tan largo y agotador para dormirme en el medio de aquel evento, presa de una pesadez estomacal.
Por estos motivos decidí sólo pedir un sándwich y café negro.
Sentado en una mesa rinconera, en ese ámbito cálido y bullicioso, sumamente pintoresco y colorido, me quedé observando la decoración antigua, las paredes repletas de cuadros y fotografías, las elegantes aberturas vitradas, el mobiliario vetusto, la barra de caoba con sus estanterías atestadas de botellas de aguardiente, vinos dulces, chicha, chirrinchi y algunas cervezas artesanales, la enorme puerta de madera con antiguos vitreaux representando patronos rionegrinos y los pesados cortinados de encajes con bordados hechos a mano.
Y en el paneo visual de aquella curiosa decoración, me percaté de un detalle que no había advertido hasta entonces, que fue ganando mi atención paulatinamente, que me envolvió en un extraño sortilegio y me reveló el principio de una historia tan fascinante como increíble: las paredes estaban repletan de fotografías, posters, cartas, cuadros, recortes de periódicos y litografías relacionadas con Carlos Gardel, el extraordinario símbolo del tango rioplatense, aquel personaje cuya nacionalidad sigue siendo disputada hoy día por Francia, Uruguay y Argentina, sin que la cuestión logre dilucidarse.
Recién en ese instante advertí, a través de la portada del Menú, cuál era el nombre del restaurante: “El Zorzal Criollo”, clara alusión al prócer gardeliano.
Me incorporé de mi asiento y, con aire curioso, recorrí lentamente el ámbito, ante la indiferencia de los parroquianos que conversaban en voz alta, gesticulando con grandilocuentes ademanes.
Me detuve a inspeccionar la nutrida colección de objetos relacionados con aquel artista popular y me sorprendió no sólo la cantidad de reliquias, sino también la variedad de documentos, notas periodísticas y testimonios del fatal accidente de aviación que terminó no sólo con su vida, sino también con la de Alfredo Le Pera y sus guitarristas Guillermo Barbieri, Ángel Riverol y José María Aguilar, cuando el avión Ford Trimotor de la compañía SACO (Servicio Aéreo Colombiano), se estrelló en Medellín el 24 de junio de 1935, proveniente de Bogotá.
Varios recortes de periódicos, enmarcados en los muros, recordaban aquel terrible suceso. El diario El Colombiano rezaba “El avión de Gardel chocó al aterrizar en Medellín”, en tanto el periódico El Tiempo de Bogotá titulaba “El pavoroso siniestro aéreo de Medellín”.
La cantidad de fotografías del “mudo”, las tapas de sus álbumes discográficos y los afiches de sus películas poblaban aquel recinto gastronómico. Fotos con dedicatorias y autógrafos, maravillosas litografías, textos de cartas de puño y letra de Gardel, tapas de discos y objetos personales de enorme valor histórico estaban expuestos en las paredes, ordenadamente, con un inequívoco espíritu coleccionista, enmarcados o protegidos en vitrinas de vidrio.
El dueño del local, que hacía un rato me observaba con detenimiento, se acercó, entre risueño y curioso. Era un hombre moreno, entrado en años, de cabello entrecano, ojos saltones y penetrantes. Clavó sus ojos en mí y me preguntó:
- Argentino, ¿verdad?
- Más argentino que el dulce de leche – respondí.
Largó una carcajada estentórea, que le iluminó el rostro como una farola en la noche.
- Baldomero Brizuela Méndez – se presentó, estrechando mi mano con una potencia inesperada.
- Máximo Izarriaga – respondí, intentando soportar la presión de su mano vigorosa.
- Es un gusto sr. Izarriaga. Veo que le interesó la colección. ¿Es músico?
- Sólo en mis ratos libres. El resto del tiempo soy médico. Cardiocirujano.
- Comprendo. ¿Le interesa la obra de Gardel?
- Mucho – respondí –. Soy un gran admirador de su obra. Un cantor único. Jamás vi un artista con tanto carisma.
- Es cierto. Carlitos tiene un ángel muy especial. ¿Sabía que en su juventud quería ser cantante de ópera? Su voz tenía un maravilloso timbre de tenor, con una enorme frescura, que años después mutó a barítono ligero. En esa época era rellenito, algo tímido e incluso reconcentrado y esquivo.
- Si, sé que en Buenos Aires conoció al barítono italiano Titta Ruffo –agregué.
Me miró con extrañeza, algo risueño. Entonces le pregunté:
- ¿Esta colección es suya? Tiene piezas extraordinarias.
- Es la recopilación de toda una vida – dijo con orgullo-. El testimonio de una ferviente admiración que nació en mi infancia, escuchando sus primeros discos en la vieja fonola de mi padre y luego en el tocadiscos que compré con mis primeros ahorros.
- ¿Cómo consiguió esas cartas? Parecen originales. Igual que esa dedicatoria autografiada que tiene ahí arriba – le dije, señalando una foto de Gardel con un texto que decía: “A mi entrañable amigo Baldomero con afecto… Carlos Gardel” - ¿Ud lo conoció?
- Sí, lo conocí. Estuve en su último recital en Bogotá, y fui a despedirlo al aeropuerto cuando abordó el avión del trágico accidente. Fíjese esa foto – me dijo, señalando una vieja fotografía del aeropuerto en la que él estaba abrazado a Gardel.- ¿Sabe quien la sacó? No me lo va a creer. El mismísimo Le Pera. Un talento, muy introvertido y tímido. – Se detuvo un instante, buscando en su memoria los detalles que su recuerdo intentaba esconder -. Cuando Gardel venía a Medellín pasaba por el restaurante, que en aquel entonces administraba mi padre, ya fallecido. Yo lo ayudaba en la cocina. En ese entonces tenía 25 años. Recuerdo que me peinaba a la gomina como Carlitos y ladeaba la boca al sonreír, intentando, infructuosamente, esbozar una sonrisa angelical como la de él. Pero era imposible. Hasta aprendí a tocar la guitarra, reconozco que con poca fortuna y escaso virtuosismo, para entonar sus canciones.
Hizo una pausa prolongada, hundiéndose en el borrascoso pantano del pasado, y comentó, doliente:
- Cuando cayó el avión no lo podíamos creer. Recuerdo que lloré como un chico abrazado a mi padre, sin consuelo. Medellín era un manto de lágrimas. Era tanta la admiración de sus seguidores que se decretó duelo nacional.
- Increíble lo que despertaba en la gente –comenté, siguiendo el clima de la conversación.
- ¡Don Baldomero! – gritó uno de los mozos -. ¿Me cierra la mesa 5?
El dueño del local se disculpó conmigo y se alejó hacia la caja. Aproveché para relojear algunas fotografías y, finalmente, volví a mi mesa y solicité mi adición, luego de consultar mi reloj pulsera. En una hora debía estar en el Simposio, así que me apresté a marcharme.
Saludé con un ademán y salí presuroso para tomar un taxi.
Cuando estaba por trasponer la puerta, un hombre joven entró con prisa, llevándome por delante, como arrastrado por mil demonios. Sudoroso y agitado, se arrimó al mostrador, gesticulando nerviosamente, con gestos grandilocuentes y una voz chillona y medrosa. Antes de salir, escuché que decía:
- ¡Padre, se muere! ¡Venga pronto!

Carlos_59
Rango14 Nivel 68
hace más de 2 años

Me resulta chocante lo de la nacionalidad. Creo que lo importante es su legado indiscutible e inigualable.

Precisamente hace unos días se cumplió el centenario de la composición "La cumparsita"

Interesante relato e intrigante final de esta caja.

Saludos amigo @Prometeo

Anngiels_54
Rango10 Nivel 45
hace más de 2 años

como siempre imposible dejar de leer, y lo mas importante sentir esa sensación de no querer que termine, tus textos aprisionan


#3

II

Con la última frase enganchada en mi memoria auditiva, salí presuroso del restaurante, con el propósito de conseguir un taxi que me acercara al hotel El Nogal. Tenía tiempo para cambiarme y asistir al salón Dorado del hotel, donde se dictaba el Simposio.
Me habían advertido que tomara un taxi amarillo, que eran los más confiables, ya que los taxis blancos son compartidos y suelen resultar más inseguros.
Esperé unos minutos en la vereda, con impaciencia, echando un vistazo a mi reloj, hasta que, finalmente, un taxi amarillo se divisó a la distancia y entonces le hice señas para que se detuviera.
Ya estaba por subir al taxi, cuando ocurrió un hecho inesperado, que no sólo cambió el curso de los acontecimientos, sino que también me adentró en la aventura más inverosímil, única e imborrable de toda mi vida.
- ¡Doctor! ¡Doctor Izarriaga! – escuché a mis espaldas.
Me di vuelta y vi a Baldomero y al muchacho que me llevara por delante en la puerta, ambos observándome con una extraña y desesperada mirada.
- ¿Si? ¿Olvidé dejar propina? – bromeé, lanzando uno de esos chistes inoportunos que acostumbro decir y de los que instantáneamente me arrepiento.
No me pregunten cómo ni por qué accedí a acompañarlos en el asiento trasero de su viejo Ford Mustang modelo 1971, de color azul metalizado. En principio pensé que se debía a aquel ruego insistente de Baldomero Brizuela Méndez, quien apeló a mi juramento hipocrático como arma de convencimiento. Pero creo sinceramente que sentí, a través de mi sexto sentido, que una aventura singular me esperaba al final del camino.
El viaje se hizo más largo de lo pensado, a través de un sendero tortuoso e intrincado. El muchacho, que resultó ser el hijo de Baldomero, conducía con rapidez pero con pericia. Desprendí el botón superior y remangué mi camisa, que se me adhería al cuerpo por el intenso calor de esa tarde plomiza y soleada.
Cruzamos el Río Negro, de aguas oscuras y circundado por una copiosa vegetación, a través del puente Mejía, un lugar de paso histórico cimentado sobre columnas de piedra, con una construcción de madera pintado de rojo y con un particular techado blanco de chapas, que representa un enlace entre el centro urbano y la zona boscosa de Quirama y San Antonio de Pereira.
Al cabo de media hora, ingresamos a un barrio de casitas coloniales, pintorescas, de abundante arboleda, con calles de tierra. Como un rayo pasó por mi mente el Simposio que me trajera a Colombia. Indudablemente tendría que inventar alguna buena excusa para justificar mi inasistencia cuando arribara a Buenos Aires.
El automóvil se detuvo frente a una casa con un alto paredón pintado de blanco y un portón de madera antiguo, que nuestro joven acompañante entornó para ingresar el vehículo.
Un camino de piedras, rodeado de un frondoso jardín de tupida arboleda y bellas y perfumadas matas de flores, nos condujo hasta el zaguán de la casa.
Abigarrados ramilletes de Victoria Cruziana, orquídeas lilas y violáceas, palmeras, Flor de la Pasión y plátanos se mechaban con glicinas y magnolias, que inundaban de dulces fragancias porteñas aquel vergel colombiano.
Sobre la entrada de la casa un letrero rezaba: “Rincón del Abasto”.
Descendimos del vehículo e ingresamos a la casona, en silencio. Apenas traspusimos el umbral de la puerta, Baldomero me tomó del brazo y murmuró muy cerca de mi oído aquellas palabras que nunca olvidaría:
- Querido amigo, debe prometerme que jamás le contará a nadie sobre este episodio. Lo que vea y escuche a partir de ahora debe quedar sólo en el rincón más recóndito de su conciencia. Jamás nadie debe enterarse. Prométamelo, por favor.
Asentí con la cabeza, mientras clavaba mis ojos en sus negras pupilas. Sólo entonces me soltó el brazo.
Contemplé aquel ambiente, una especie de living comedor de estilo antiguo, con muebles de algarrobo, de patas torneadas. Un cristalero realizado en canelo, de lujosa confección, era el depositario de diversos objetos y recuerdos personales: una colección de mates de madera y virtuosa orfebrería, miniaturas gauchescas y de malevaje, infinidad de premios y distinciones otorgados en diversas ciudades de América y Europa, estampitas de Ceferino Namuncurá y la Virgen María, piezas de arte y pequeñas litografías tangueras.
En las paredes, pintadas de blanco, había fotografías de Buenos Aires: La Plaza de Mayo, el obelisco, el café Tortoni, La Boca, el Abasto, el Luna Park. También fotos de Gardel con José Razzano, Alfredo Le Pera, Ireneo Leguisamo, Matos Rodríguez, Mona Maris, Charles Chaplin e infinidad de personajes de la época.
Posters, tapas de discos, portadas de revistas, carteles cinematográficos y hasta anuncios publicitarios que lo tenían de protagonista, invadían aquel ámbito gardeliano.
Baldomero me condujo por un corredor hasta una puerta pintada de verde e ingresamos a una habitación espaciosa, semioscura, con olor a alcanfor y naftalina. Encendió un velador de pie que iluminó tenuemente el ambiente. Dos guitarras criollas se hallaban apoyadas contra una pared. Algunos portarretratos con fotografías en blanco y negro reposaban sobre una pequeña mesa de madera. Un anaquel con cuadernillos de poemas españoles, un compendio de letras de tango, algunas novelas ajadas, un ejemplar de las Aguafuertes Porteñas de Roberto Arlt y la biografía de Evaristo Carriego de Borges, eran algunos de los polvosos libros que dormían sobre las estanterías vetustas. Pegado al anaquel, un viejo fonógrafo.
Y sobre un rincón una mesa de luz con pañuelos y medicamentos y una vieja cama de hierro, junto a la ventana, donde reposaba un hombre canoso, morocho, delgado, ojeroso, que tosía con una tos seca y rasposa. A un costado, una silla de ruedas.
Me acerqué lentamente y me miró de soslayo.
- ¿Quién es el coso éste?
- Es el doctor Izarriaga –contestó Baldomero, señalándome.
- ¿Y mi “tordo”?
- Está de vacaciones. ¿No te acuerdas?
Me miró de arriba abajo, con desconfianza.
- Es argentino, Carlitos. De Buenos Aires.
Entonces me miró de frente y esbozó una sonrisa ladeada, inconfundible, encantadora. Mi maletín cayó de mis manos y sentí que las piernas se me aflojaban.
- ¡Mi Buenos Aires querido! –canturreó y su rostro se iluminó, como si estuviera en la cubierta de un barco, arribando al puerto de Buenos Aires.
- ¡No puede ser! – exclamé -. ¡Es imposible!
- ¿Qué es imposible? – me dijo, sonriendo.
- ¡Usted murió hace 40 años en Medellín! –afirmé, desconcertado.
- De alguna manera es cierto. La verdad es que sobrevivo desde hace 40 años.
Lo miré a Baldomero, incrédulo. Me sonrió, asintiendo con la cabeza.
- Pero… el accidente de avión… el cadáver trasladado desde Colombia a Argentina…la tumba en el cementerio de La Chacarita… No entiendo…
- Todo un engaño. Una farsa, mi amigo. El accidente ocurrió… pero no morí ahí… aunque perdí a muchos amigos entrañables…
Volvió a toser con fuerza y se tomó el pecho.
Le tomé el pulso.
- ¿Le duele el pecho? ¿Tiene náuseas? ¿Le falta el aire?
- Si – me dijo, resollando como un pez fuera del agua.
- ¿Siente alguna incomodidad en el brazo, en el cuello, mareos?
Asintió con la cabeza, presa de un sudor frío.
- Le está agarrando un infarto – afirmé.
- No sería el primero – dijo Baldomero.
- Mi “bobo” es como un viejo fuelle, compañero –bromeó Gardel.
- Tenemos que trasladarlo a algún centro médico urgentemente.
- No, pibe. Ya no – negó Carlitos -. Mi “cuore” ya se cansó de galopar. Ahora sólo anda al trotecito.
- Pero… es necesario que…
- ¡Dije que no! – gritó, con su potente voz de barítono.
Me quedé pensando un instante, desconcertado. Me acordé de mis tiempos como Médico sin Fronteras, cuando debíamos improvisar constantemente para salvar una vida, aún sin recursos ni elementos de trabajo.
- Abra la ventana – le ordené a Baldomero, revisando los medicamentos que estaban sobre la mesa de luz – y aflójele la ropa. ¿Esto es un anticoagulante?
- Sí – respondieron al unísono.
- Voy a inyectarlo.
Procedí a hacerlo e inmediatamente le realicé masajes y primeros auxilios cardiológicos. En pocos minutos había recobrado el color y respiraba sin tanta dificultad
- Fue un pre infarto. Descanse un momento.
Carlitos se quedó un instante con los ojos cerrados, en tanto alejé a Baldomero hacia la puerta y le dije en voz baja:
- Tenemos que trasladarlo urgente. Lo que hice es sólo un paliativo. Necesita ir a un centro de emergencias y que lo atiendan. Le va a dar un infarto y no puedo hacer nada, sin equipos ni medicación.
- Es inútil –me respondió-. Ya no quiere vivir.
Lo miré, tendido en su cama, con sus ojos clausurados como dos postigones, una camiseta blanco amarillenta y el cabello prolijo pero emblanquecido por “las nieves del tiempo”.
- Sos bueno, “tordo”… Muy bueno – dijo de pronto, moviendo la cabeza en un gesto de aprobación-. Tengo insuficiencia cardiaca desde hace varios años. El pucho, el escabio, los recuerdos que siempre me persiguen… Vení. Sentate acá – me ordenó, señalando la cama-. Vení que te voy a contar la historia del hombre que lo tuvo todo y todo lo perdió. Te voy a contar cómo viví 40 años en el anonimato y por qué lo hice. Vení, pebete. Hacete amigo.

Hace más de 2 años

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SergioMaestri
Rango13 Nivel 61
hace más de 2 años

Me imagino que tal vez @Navesirio el lenguaje y la historia te resulte complejo, ya que no sos argentina. Me encantaría saber cómo lo imaginas en tu mente!!!

Anngiels_54
Rango10 Nivel 45
hace más de 2 años

impecable tu relato como siempre un placer leerlo

Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64
hace alrededor de 2 años

Leerte es perderme en otro mundo... Mi total admiración para tu mente, tus manos y tu grandiosa creatividad. ¡Magnífico!


#4

III

- Sé que mucho se especuló con el día de mi nacimiento y mi país de procedencia. La verdad es que nací en un pueblo de Francia, Toulouse, el 11 de diciembre de 1890, y mi nombre real es Charles Romuald Gardés. Llegué a Argentina de pibe con mi vieja, Berta, y en 1923 me nacionalicé argentino.
Secó el sudor de su frente y bebió un sorbo de agua.
- Fui pupilo en el Colegio Salesiano y compañero de coro de Ceferino Namuncurá, el santito. Mi viejo nos había dejado y mi madre tenía que trabajar de planchadora, por eso me hice amigo de la calle, lo cual me trajo algunos problemas con la “poli”. ¿Me entendés? –hizo un gesto con los hombros y los brazos y prosiguió-. Con la vieja saltamos de conventillo en conventillo durante algún tiempo. La miseria nos perseguía adonde fuéramos, como esos perros callejeros que querés que se vayan e igual te siguen. Como vivíamos en la zona de los teatros, pronto me fui arrimando a ese ambiente. Fui claqué, utilero y comparsista, a cambio de entradas para los espectáculos.
Sonrió, pensativo, como evocando una época de felicidad y continuó diciendo:
- Ya adolescente, comencé a frecuentar el Abasto y bares bohemios como el Café O’Rondeman, en Agüero y Humahuaca, propiedad de unos amigos, los hermanos Traverso, lugar donde empecé a cantar semiprofesionalmente. Pero mis comienzos estuvieron relacionados a la payada, más que al tango. Y un gran payador, José Betinotti, me bautizó como “El Zorzal Criollo” –se detuvo evocativo, con una breve carcajada-. Por eso, en reconocimiento, uno de los primeros temas que grabé fue “Pobre mi madre querida”, de Betinotti.
Baldomero sonrió, con una sonrisa melancólica y un gesto aprobatorio.
- Tiempo después en la casa de un amigo en común, conocí a Razzano, el Oriental. Y formamos un dúo exitoso. Nos juntábamos en El Café de los Angelitos, un punto intermedio entre el Abasto y el Café del Pelado donde paraba Razzano. Hicimos un extraordinario dúo, nos complementábamos bien. Pero después me defraudó y nos alejamos… Pero bueno… esa es otra historia. –comentó, con cierto fastidio.
Hizo una pausa, para tomar aire, y me dijo:
- ¿Sabes cebar mate, “tordo”? Este colombiano no sabe ni poner la pava. Ja ja ja…
Asentí, risueño y sorprendido, y me apresté a empezar el mate. Fui a la cocina, puse la pava al fuego y en un mate de madera con incrustaciones de plata cargué yerba “Rigoletto” de una vieja lata original, que estaba elaborada en 1973. Con el agua caliente y el mate preparado, coloqué todo en una bandeja y me acomodé al lado de la mesita, en donde arrimé una silla.
Preparé la infusión y le tendí el mate espumoso al “Morocho del Abasto”, quien lo paladeó como si fuera un mágico elixir, luego de lo cuál comentó:
- ¡Ah, cuántos años hacía que no tomaba un cimarrón, compañero! Nunca logré encontrar a alguien por aquí que supiera cebarlos. –Sorbió el último trago y me extendió el mate, con cara de deleite y satisfacción.
Repuesto por el mate caliente, retomó su relato, acomodándose en la cama. Paladeando el espumoso brebaje, me apresté a escuchar la continuación de la historia.
- Entonces… ¿dónde estábamos? Ah, si… Columbia Records me contrata para grabar una serie de discos dobles, con temas como “La Mariposa”, “Brisas de la tarde” o “La mañanita”. No fueron discos tan exitosos, pero me abrieron algunas puertas, como la del Armenonville o el Teatro Nacional e incluso una memorable actuación en el Teatro Royal de Montevideo, en donde me recibieron como una celebridad.
Le tendí otro mate, que aceptó gustoso y siguió diciendo:
- Recuerdo que en esa época viajé a Brasil y en el barco conocí a Enrico Carusso. Pasamos una maravillosa velada bebiendo vino y cantando canzonetas napolitanas. También conocí ese día al actor Elias Alippi, un portento, un amigazo. Tiempo después festejamos con él y otros amigos mi cumpleaños en el Palais de Glace, un salón de baile de La Recoleta, y a la salida recibí un balazo de unos matones… Un ajuste de cuentas… En fin…
Me devolvió el mate y continuó:
- Al año siguiente creo me contratan de las discográficas Odeón y Disco Nacional y grabo mi primer tango: “Mi noche triste”. Allí realmente empieza mi carrera tanguera. Los discos se venden como pan caliente y esto me catapulta al cine. Filmo “Flor de Durazno”, todavía en la época del cine mudo, amigo. Con Contursi grabamos inmediatamente “A fuego lento” y en 1923, junto con Razzano nos vamos “pa’ las Europas”. Estuvimos en el Teatro Apolo de Madrid y después enfilamos para Francia… ¡¡Oh la la, París, Paris!!… ¡Qué bella ciudad! También visité Toulouse y a mi familia materna, que residía ahí.
Hizo una pausa y le dijo a Baldomero que quería ir al baño. Entonces éste le acercó la silla de ruedas, lo sentamos y se lo llevó al toilette. Antes de salir de la habitación, giró su rostro hacia mí y me dijo:
- En el accidente no perdí mi vida de milagro, pero sí mis piernas para siempre.
Me quedé solo en la pieza del “mudo”, sin poder creer todavía lo que me estaba sucediendo. Me hallaba en la casa de Gardel escuchando la crónica de su vida, mientras le cebada mate. “Es una locura”, pensé, moviendo mi cabeza hacia un lado y hacia el otro. Mientras “arreglaba” el mate, observé una foto blanco y negro sobre la mesita de luz. Era una mujer joven y bella, morocha y rellenita, con un hermoso sombrero y una sonrisa encantadora. Tenía una dedicatoria, con una bella caligrafía que decía: “Para ti, que eres el amor de mi vida”.
Al cabo de algunos minutos, Baldomero y Gardel volvieron a la habitación y lo instalamos nuevamente en su cama.
- ¡”Tordo, cebame otro “matienzo”!… Amargo, ¿eh? No me arruinés la yerba, que está cara…
- ¡Cómo no, “troesma”! – le dije, mimetizándome con su lunfardo.
- Así lo quiero… bien malevo, como debe ser un porteño de ley –dijo, con un brillo peculiar en sus ojos y un estado de ánimo alborozado.
- ¿Puedo preguntarle algo, Carlitos? –le dije, recelosamente.
- Dispare, pibe…
- ¿Quién es la mujer de la fotografía? –pregunté, señalando el portarretratos de la mesa de luz.
Se quedó un momento en silencio, melancólico, y sus ojos se nublaron de un incipiente llanto.
- Isabel… mi primer amor… mi único amor… Isabel del Valle… o Isabel Martínez del Valle. Una preciosa morocha con la que tuvimos un romance fulminante y clandestino. Era 20 años menor que yo… Sé que después de mi accidente, se casó y nunca más supe nada de ella…
Todos nos quedamos en silencio. Carlitos intentaba escapar de la telaraña de sus dolorosos recuerdos. Por su mente corrían imágenes de patios de conventillos, salones de baile, esquinas porteñas, carruajes antiguos y faroles esquineros.
- Pero no hablemos de eso, “tordo”. ¿Qué pasa con ese mate? –apuró.
Le extendí el mate y, mientras lo sorbía pacientemente, prosiguió su relato:
- Bueno, en el año 25 Razzano sufre una lesión de laringe y nos separamos y me consolido como solista. Empiezo una gira europea por España y Francia, que fue muy exitosa. Y en Barcelona grabo varios temas para el sello Odeón, por primera vez con un micrófono. ¡Mirá vos! Esto fue un gran avance tecnológico que mejoró mucho la calidad de las grabaciones. Cuando vuelvo a Buenos Aires empiezo a grabar muchos discos, con temas como “Caminito” o “Tiempos viejos”. Ahí conozco a Cadícamo, a Discépolo… gente muy talentosa. Y más adelante, compro mi primera casita en el Abasto, donde la llevé a mi viejita. Después viene la gira europea, por Madrid, Barcelona, Paris, Cannes, Montecarlo. Toqué el cielo con las manos cuando canté en la Ópera de Paris con éxito rotundo. Hice una gira de 6 meses por Francia –Se detuvo un instante, como paladeando mentalmente aquel momento de esplendor-. Y a principio de la década del 30, después del golpe militar, se me abren las puertas del cine. En esa época grabo 15 cortometrajes en Argentina, y después filmo en Francia y Estados Unidos. Filmo “Luces de Buenos Aires”, “Espérame” y “Melodía de Arrabal”. Y en “yanquilandia” filmamos con Le Pera “Cuesta Abajo” y “El tango en Brodway”. Y en el 35 filmo mis últimas dos películas: “El día que me quieras” y “Tango Bar”.
Se detuvo un instante y su rostro se ensombreció. Pasó su mano por su frente humedecida y pidió un sorbo de agua. Algo agitado, continuó diciendo:
- Después de mi viaje a Estados Unidos, comenzó mi gira americana… Mi última gira. Puerto Rico, Venezuela, Panamá, Cuba, México y finalmente... Colombia. Canté en Barranquilla, Cartagena, Medellín y finalmente di mi último recital en Bogotá.
- Y allí estuve yo – interrumpió Baldomero, con los ojos vidriosos por la emoción – y después lo despedí en el aeropuerto, junto a una multitud apasionada.
- Entonces inicié el último viaje de mi vida. Teníamos que viajar a Calí, pero hicimos trasbordo en Medellín… Y ahí empieza otra historia, compañero…

Hace más de 2 años

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#5

IV

- Poco recuerdo, amigazo, del accidente de Medellín –continuó relatando el “mudo”-.Por lo visto no sólo se dañaron mis piernas, mi columna vertebral, mi cervical y algunos órganos internos, sino también mi capacidad de recordar. Sólo sé que el avión rodó hasta la cabecera sur del aeródromo y hubo un brusco desvío, chocando con otro avión de la empresa Sociedad Colombo Alemana. Después todo fue un caos: gritos, golpes, explosiones y un terrible incendio. Sólo sé que me desmayé y que desperté días después con quemaduras muy profundas y dolorosas, con hemorragias internas y quebraduras múltiples. Vendado y enyesado casi totalmente y presa de un shock que me generó una amnesia que me duró un par de meses, tardé mucho tiempo en recobrarme de mis heridas físicas y mucho más de mis traumas psicológicos.
Se quedó un instante pensativo, con una mueca de pesar en su rostro.
- Pero… No entiendo… ¿Cómo se fingió su muerte? – pregunté -. ¿Cómo nadie, en tantos años, se dio cuenta del engaño?
- Todo fue gracias a mi “gomias” colombianos: el doctor Matías Larsen, el enfermero Cárdenas, mi amigo incondicional Baldomero y Samuel, su padre. Y un grupo de personas extraordinarias que me cuidaron y que preservaron mi identidad durante tantos años.
- Pero…¿y el cuerpo que trasladaron a la Argentina y que está en el cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires?
- ¡Vaya uno a saber quien es! Un pobre tipo que nadie reclamó.
- ¡Es imposible! Hubo muchas pericias forenses, médicas, policiales. ¿Cómo se escondieron evidencias, se fraguaron datos, se reemplazaron documentos? – pregunté, incrédulo.
- El doctor Larsen se encargó de todo. Hizo las autopsias, reemplazó el cuerpo calcinado de un extraño y lo hizo pasar por mí. Realizó el acta de defunción. Y a su vez me trasladó al hospital con una identidad falsa.
- ¿Y por qué hizo todo eso?
- Por solidaridad, por piedad. Lo hizo porque era mi amigo –respondió Gardel, con los ojos humedecidos-. Y siempre le estaré agradecido.
- No entiendo –dije, confuso.
- Te voy a explicar, “tordo”. Yo había llegado a la cumbre de mi carrera. Era joven, famoso, agraciado, talentoso. Amado por miles de personas. Lo tenía todo. Fama, dinero, mujeres. Pero cuando sufrí el accidente quedé con serias lesiones. Tenía un pronóstico reservado. Pocas chances de vivir. No se sabía si recobraría la memoria, si podría moverme, si me recuperaría de las terribles quemaduras y fracturas. Y mis amigos pensaron que tal vez era mejor que el mundo me recordara como era entonces. Que me transformara en una leyenda y no en un patético hombre sin piernas, sin futuro, sin alma.
- Claro. Entiendo –acepté.
- Durante varios días estuve peleándole a la muerte. Lentamente recobré la memoria. La piel se fue recuperando, gracias a dolorosos procesos de limpieza con cepillos para quitar la piel quemada y a base de morfina, antibióticos y cremas especiales que fueron regenerando las capas de piel. Un eminente traumatólogo realizó una complicada operación en la columna y acomodó mis vértebras, recuperando notoriamente mi tronco, pero así y todo no logró que caminara nunca más. Mis huesos soldaron, mis órganos mejoraron y mi cabeza se fue acostumbrando a mi nueva realidad –lamentó y luego agregó-. Y mis amigos me ayudaron desde entonces. Cambié mi identidad. Ahora soy Carlos Villalba. Invertí parte de mi dinero en esta casona, que es mi refugio, y en algunos negocios que me permitieron vivir sin sobresaltos. A veces salgo a pasear en auto, con mis amigos. Hacemos alguna “comilona” con los muchachos. Incluso agarro la “viola” y cantamos unos “tangazos”.
- ¿Nunca le contaron a nadie esta historia? ¿Nadie de Buenos Aires?
- Sólo a mi viejita. Baldomero la fue a ver un día y le contó. Viajaron a Colombia y se quedó conmigo bastante tiempo. Cuando murió, el 7 de julio de 1943, no pude ir a verla, pero Baldomero asistió al velatorio y le llevó un ramo de rosas rojas, que eran sus preferidas. Está enterrada junto a mi tumba ficticia.
Enjugó sus lágrimas y concluyó:
- Todo fue mejor así, amigo. Un final trágico, pero digno. Aunque morí para el mundo, mi leyenda aún sigue viva en el recuerdo de los que me admiraron y amaron.
Nos quedamos un instante en silencio. Todavía no podía creer que la vida me hubiese entregado semejante regalo. Gardel me pidió que jamás contara su historia. Se lo prometí.
- ¿Y cómo está Buenos Aires, “tordo”? –me preguntó, con su maravillosa sonrisa.
- Hermosa como siempre –respondí.
Se quedó sonriendo, enganchado en sus recuerdos
- Pasame la guitarra, Baldomero –dijo entonces-. Le vamos a hacer un obsequio a mi amigo porteño, por su fidelidad y hombría de bien.
Y entonces, con una voz que no había perdido su magnífico brillo, aunque sí su potencia, entonó “Volver”.
No pude dejar de llorar durante toda su interpretación.
Ya entrada la tarde, me despedí de Gardel con un profundo y emotivo abrazo y un “chau, pebete”. Baldomero me acompañó al hotel y luego me alcanzó hasta el aeropuerto. Nos dimos un abrazo interminable. Me agradeció. Le agradecí.

EPÍLOGO

El 8 de abril de 1976, poco después del inicio de la dictadura militar en Argentina, recibí un llamado telefónico en mi casa. Era Baldomero. Gardel había muerto hacía unas horas, como consecuencia de un trastorno cardiorrespiratorio.
Unos días después viajé a Colombia y visité a Baldomero en su restaurante. Me recibió con notable alegría y emoción. Comimos juntos y charlamos durante horas. Luego me trajo un paquete y una carta, escrita de puño y letra por Carlos Gardel, con instrucciones muy precisas. Dentro del sobre había una fotografía autografiada de Gardel.
Me emocionó que se acordara de mí en sus últimos días y me confiara aquella misión tan especial y honrosa.
Ya de vuelta en Buenos Aires, me dirigí con mi automóvil hacia el Abasto, esa región porteña repartida entre los barrios de Balvanera y Almagro, donde funcionara durante muchos años el Mercado de Abasto de Buenos Aires y en cuyo barrio viviera Gardel, ganándose así el mote de “El Morocho del Abasto”. Sobre la calle Jean Jaures al 700, detuve el auto y bajé con el paquete que me entregara Baldomero. Quité el envoltorio y descubrí la urna de plata labrada con motivos tangueros.

“Querido “tordo” – empezaba diciendo la carta-. “Siempre soñé con volver a Buenos Aires. Un pedazo de mi corazón quedó para siempre en la avenida Corrientes, en el Café de Los Angelitos, en el Obelisco, en mi viejo barrio, anclado al río de La Plata, en el Armenonville, en el Palais de Glace, en el viejo Teatro Nacional.”
“Por eso quiero pedirte este último favor. Que mis restos queden para siempre en mi querido Abasto, en mi barrio, en la casita en la que viví con la vieja, en mi terruño tan amado.”
“Sólo quiero ver por última vez el cielo de Buenos Aires, sentir el olor de las glicinas de un viejo conventillo, robar una manzana al “tano Riganti” del Mercado de frutas, escuchar un lejano bandoneón arrabalero, paladear una porción de pizza con fainá, canturrear una milonga por la calle Corrientes, hacia el Bajo.”
“Y sólo vos, querido “tordo”, que sos un porteño de ley y que me vas a entender, podes cumplir el deseo postrero de este viejo cantor de tangos”.
“Te mando un abrazo, compañero. Hasta siempre.”
“Tu amigo… Carlos Romualdo Gardel.”
2 de abril de 1.976.

Cuando abrí la urna y arrojé las cenizas, el viento sopló con una tibieza especial y única, como si arrastrara las chispas de un farol esquinero, los sabores profundos de un viejo bodegón, el olor penetrante del puerto y la recóndita armonía de una melancólica milonga.

FIN

Hace más de 2 años

6

8
SergioMaestri
Rango13 Nivel 61
hace más de 2 años

Muchas gracias estimado @IGnus Me alegra saber que te gustó el cuento. Sí, realmente me pareció que era muy importante documentarse adecuadamente para encarar la historia, sobretodo por la riqueza del personaje. Es un relato que maduré en mi cabeza durante años y recién ahora me sentí preparado para plasmarlo al papel. Gracias por tus valiosos comentarios, los cuales valoro mucho. Un abrazo.

morocha_67
Rango6 Nivel 29
hace 2 meses

Muy bonita la historia. Felicidades.


#6

Sólo me quedó decir que este cuento es un homenaje a mi padre, quien no sólo me condujo por el difícil arte de la narración, sino que además era un admirador de la obra de Carlos Gardel.
Así que se lo dedico post mortem. Seguramente, desde algún lugar ignoto de este u otro mundo, estará sonriendo con su inconfundible sonrisa gardeliana.

Hace más de 2 años

5

6
Purpura
Rango14 Nivel 66
hace alrededor de 2 años

Preciosa historia, excelentemente narrada. Habia escuchado sobre Carlos Gardel hace un buen tiempo ya, pero no conocía en sí su historia, que bueno leer algo como esto. Saludos estimado escritor @Prometeo

Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64
hace alrededor de 2 años

Transmites mucha melancolía, nostalgia y añoranza en este escrito... se siente y es maravilloso. Envuelves y adentras al lector en ese mundo que vas pintando de una manera exquisita. Eres un gran escritor y es un honor tener la oportunidad de leerte. Gracias por compartirte. 🙏