JoaquinGodoy
Rango14 Nivel 68 (24991 ptos) | Best seller del año

Prólogo

Pazo de Rebolada, San Julián. Norte de Galicia, 1850.

Las campanas de la pequeña iglesia parroquial tocaron a difunto.
Casi en ese mismo instante, y como si se tratara de un inquietante signo premonitorio, un grupo de cuervos abandonó en desbandada la cumbrera del tejado, quebrando la solemnidad de la tarde con sus espeluznantes graznidos.

La señora del Pazo acababa de abandonar el mundo de los vivos tras una penosa y larga enfermedad, dejando a su niña, Ana, su única y muy querida hija, a cargo de un padre déspota y autoritario. Un hombre que lo único que veneraba más que la visión de su propia imagen reflejada en el espejo era el olor acre de los billetes que atesoraba en sus arcas. O, siendo más fieles a la realidad, en las arcas de su difunta esposa, pues todo allí: el Pazo, las propiedades, la fortuna, la respetabilidad en el pueblo e incluso el título nobiliario, pertenecían a la finada, siendo él tan solo el más indebido y afortunado consorte.

Hace 7 meses Compartir:

4

31
AaronJesus
Rango6 Nivel 27
hace 6 meses

Tremenda calidad en el comienzo de esta historia. Tomaré notas.


#2

Doña Angustias, el ama de cría de la pequeña, se persignó y enjugó las lágrimas con un pañuelo que siempre guardaba discretamente en la bocamanga de su vestido.

Al menos la señora había encontrado al fin descanso, dejando sus penurias y calamidades de pobre niña rica para los que aún moraban entre los vivos. Como era el caso de su pequeña y desvalida infanta. ¡Cuánto le quedaba aún por padecer a aquella pobre criatura al lado de un padre incapaz de mostrar el menor afecto por ella! Aunque a nadie en la Casa Grande le extrañaba un desapego tan inhumano y antinatural. Hasta los animales sienten querencia por sus crías, pero el señor conde era de una pasta distinta, tenía un corazón de piedra dentro de un sayo enteco e insensible. Difícilmente podía sentir afecto por la niña cuando tampoco había sido capaz de mostrar ni una pizca de aprecio por la bondadosa y amable señora mientras esta aún vivía. Y ella sí que era de auténtica pasta de ángel.

Doña Angustias alzó la mirada con resignación hacia la empinada escalera donde, valiéndose de la evidente ventaja que otorga la juventud, la criatura en cuestión subía los peldaños de dos en dos.

—¡Ana, no corras, mujer! Que te vas a hacer daño… —La anciana ama comenzó a subir las escaleras trabajosamente, sujetándose las faldas con ambas manos mientras jadeaba y resoplaba como un viejo animal cansado—. ¡Diantre de criatura!

#3

Al alcanzar por fin el rellano se detuvo un momento, liberó la gruesa tela del agarre y se llevó una mano al hígado, que en esos momentos la estaba matando, para permitirse tomar aire siquiera un segundo. En realidad, apenas un segundo, pues en el acto, meneando la cabeza con fastidio y resignación, se obligó a reanudar la persecución de aquella imparable criatura objeto de todos sus desvelos y cuidados.

—¡Ana, para de una vez! ¡Vas a caerte y a lastimarte de verdad…!

Pero la pequeña, convertida en esos momentos en un dinámico bulto negro plagado de volantes, lazos y tirabuzones, corría como una exhalación a buena distancia delante de su cuidadora, haciendo resonar sus pasitos por toda la galería, desde los lustrados suelos de madera hasta los inalcanzables rosetones del techo, dejando tras de sí un dulce aroma a agua de rosas y jazmín.

La anciana exhaló ruidosamente en plena carrera. En realidad, en esos momentos aquel angelito de cinco años le inspiraba tanta compasión que le resultaría imposible enfadarse con ella aunque le hiciera arrojar los hígados por la boca, como parecía muy probable que sucediera en cualquier instante.

En un momento dado, la pequeña paró en seco, se alzó de puntillas, clavó los deditos cortos y regordetes en el junquillo de la ventana y se encaramó al cristal, llenando de vaho la superficie delante de su nariz.

A lo lejos, el cortejo fúnebre, presidido por un majestuoso coche tirado por dos percherones adornados con crespones negros y seguido por un generoso séquito de almas enlutadas, descendía la ladera muy despacio en dirección al camposanto, que esperaba la llegada de la nueva moradora a poca distancia del mar.

#4

—¿A dónde se la llevan? —La voz de la pequeña sonó tan lastimera que doña Angustias sintió cómo su corazón se desgarraba hasta partirse en dos.

Se detuvo a su espalda, resollando y sudando como un animal de tiro, y dudó un instante si acariciar o no aquella adornada cabecita; al final se decantó por dejar su mano suspendida en el aire unos segundos para luego ocultarla con rapidez entre los pliegues de su falda, cerrándola en impotente puño.

—Tu madre ya no sufre, cariño. —Y tuvo que silenciarse cuando percibió una lágrima descendiendo en soledad por los regordetes mofletes de la niña. Ni un gemido, ni un sollozo. Ana, aun siendo tan pequeña como era, poseía una dignidad encomiable y una fortaleza digna del más valeroso guerrero. O de una damita de su posición, tal y como le había sido inculcado.

«¡No se llora, no se gime, no se muestra debilidad! Todo el mundo a tu alrededor es un enemigo potencial. ¿Lo entiendes, niña boba?», sermoneaba de continuo su estricto padre en un tono digno de general de campaña. ¡Malditas fueran sus enseñanzas!

—Ya no podré hablar con ella… —No era una pregunta.

—Siempre que quieras, amor; cada vez que cierres los ojos y la busques en tu corazón, allí la encontrarás.

La niña apretó los párpados con fuerza para cerrar el paso a las lágrimas. Pero sus esfuerzos fueron en vano, no importaba la fuerza o la voluntad con que los apretara: las lágrimas empezaron a brotar en ese mismo instante para correr por su cara como si alguien hubiera abierto de golpe la presa que las contenía.

—Ya no va a cantarme nunca más por las noches, ni esperará al lado de mi cama hasta que me duerma…

Doña Angustias no pudo evitarlo. Se inclinó con ímpetu sobre ella, furiosa con la vida y con el destino, la cogió en brazos y la abrazó muy fuerte, tratando de consolarla, y a la vez de consolarse a sí misma. La niña rodeó su cuello en un abrazo desesperado y apoyó su carita sobre el hombro de la anciana. Una vez amparada en tan amoroso refugio, rompió a llorar en silencio, como hacía siempre, tragándose todo el dolor y el sufrimiento para sí misma. Sin pretender dar lástima, sin apenas hacerse oír, sin desear llamar la atención.
«¡Un noble del reino jamás muestra signos de debilidad delante de sus inferiores, niña! Nunca lo olvides si esperas hacerte respetar. ¡A nadie le interesa tu dolor, ni a ti debe interesarte el dolor de los demás! ¿Te ha quedado claro? ¡Son tales cualidades las que distinguen el grado de nobleza de cada quien!», solía amonestarla su padre, obligándola a silenciar su llanto cuando se lastimaba durante sus juegos; cuando, como cualquier otro niño, se raspaba las rodillas y las manos hasta hacerse sangre. En esos momentos, no había besitos en la herida ni mimos misericordes, tan solo un brusco empellón para obligarla a levantarse y una regañina por su torpeza. Quizás incluso, dependiendo del humor que gastara el progenitor, podría recibir una bofetada como castigo a tanta indeseable debilidad.

#5

—Yo cuidaré de ti, mi pequeña, y estaré a tu lado cada día de mi vida hasta la hora en que me muera. —Las lágrimas descendieron también por las mejillas de la anciana mientras, a lo lejos, la comitiva fúnebre se perdía de vista tras las oscuras y rumorosas copas de los pinos que, en sintonía con el momento, deslizaban entre el follaje su lastimoso cántico para lanzarlo al infinito.

Muy poco tardaría la anciana en comprobar las escasas posibilidades que iba a tener de cumplir aquella promesa.

AaronJesus
Rango6 Nivel 27
hace 6 meses

La calidad de tu escritura es genial. Me encanta tu estilo.


#6

Capitulo I

Villa y Corte de Madrid, trece años después.

Ana Emilia Victoria Federica de Altamira y Covas se sentó muy erguida en el asiento forrado en cuero negro del coche que su padre había enviado expresamente para buscarla y llevarla de vuelta a su Galicia natal.

Un ligero movimiento en el asiento de enfrente provocó que desviara la mirada del manchón grisáceo que conformaban las calles madrileñas, difuminándose ahora a cierta velocidad al otro lado de la ventanilla, para fijarla en el enorme bulto cubierto de gasas y organdí que constituía su acompañante.

Doña Angustias, su anciana ama de cría, había ido a buscarla a la capital a pesar del tremendo trasiego que un viaje de tantas horas suponía para una mujer de su edad y envergadura. A esas alturas, luchaba a brazo partido por encajar sus generosas carnes, y sus voluminosas capas de ropa, en el reducido habitáculo.

Ana ladeó el rostro para observarla con una ternura infinita, el único modo en el que se sentía capaz de mirar a aquella buena y amorosa mujer, y una sonrisa pletórica de afecto ensanchó ligeramente su semblante.

Aquella anciana de rostro colorado y regordete cuyas mejillas flácidas se descolgaban a ambos lados de su cara como alforjas sobrecargadas había sido una segunda madre para ella aunque, debido a su edad, su rol se acercaba más al de una abuela afectuosa y protectora. Una abuela a la que amaba por encima de todas las cosas y que, estaba segura, la amaba a ella del mismo modo. Su muy querida nana.

Era muy consciente de que la pobre ama había intentado con todas sus fuerzas suplir la vacante que su señora había dejado en el corazón de la niña trece años atrás, y lo había hecho tan bien que Ana apenas sufrió su ausencia más de lo justo y necesario. De hecho, estaba convencida de que hubiera disfrutado de una infancia y una primera juventud bastante felices si su padre no la hubiera arrancado de forma abrupta de su lado, como se arranca una mala hierba de un bello jardín o la costra de una herida, para desterrarla a un frío colegio de monjas en un lugar que, en su mente infantil, le pareció tan remoto como la luna.

JoaquinGodoy
Rango14 Nivel 68
hace 6 meses

esta conectado con el pasado de Agueon el inmortal, asi que atento a las otras lecturas. de Sangre de Dises y Reyes el Despertar del Antiguo @JulesSchmidt


#7

Habían sido trece largos años lejos de casa, trece largos años encerrada en aquel estricto internado para señoritas a donde su padre le había faltado tiempo para enviarla, pocas semanas después de la muerte de su madre, y donde nunca se había molestado en acudir a visitarla. ¿Para qué, en realidad? ¿Para obsequiarla con alguna de esas miradas engreídas suyas capaces de helar la sangre en las venas al alma más intrépida? ¿Para observarla con estúpido rigor por encima de su artificioso bigote? ¿Para negarle a la cara un abrazo, una caricia o una simple palabra de aliento? ¿O tal vez para recordarle lo beneficioso de crecer sin cariño ni compasión, en un colegio donde el contacto más cercano y personal procedía de los reglazos que las monjas descargaban sobre sus dedos a la mínima falta?

De su padre, durante aquellos años, había conservado tan solo un pequeño y compacto atado de cartas breves e impersonales, atado que horas antes de abandonar el internado se encargó de incinerar en la chimenea del comedor comunal. El severo don Alejandro Covas no se había molestado en plasmar ni una mísera pulgarada de afecto en ninguna de sus frases. Más parecía un esporádico intercambio logístico entre dos empresarios que trataran de cerrar un negocio que a ambos desagradara, que una comunicación cálida y afectuosa entre padre e hija.

Las comisuras de sus labios se elevaron en una sonrisa melancólica. ¿Por qué negarlo? Entre los dos jamás había existido una afectuosa relación padre e hija; a esas alturas era muy consciente de ello. Dolorosamente consciente de ello. Su padre, don Alejandro Covas, por alguna razón inexplicable, la repudiaba. Jamás había entendido el porqué. Tal vez por el simple e inevitable hecho de haber nacido.

En todo ese tiempo, además, el caballero tan solo le había permitido hacer cinco visitas fugaces al Pazo durante las vacaciones de Navidad y Pascua. Cinco visitas a casa en trece años.

Ana torció los labios en una mueca de disgusto que alcanzó también el verde manzana de su mirada. ¡Por supuesto, nada que pudiera comprometer su perfecta reputación de caballero distante y atildado, que no desea verse atrapado por innecesarios lazos afectivos o incómodos lastres a su espalda! Aunque ese lastre en cuestión fuese la joven condesa de Rebolada y apareciera perfectamente envuelto en lazos, muselinas, plumas y encajes. Aunque ese lastre fuera su propia hija.

Labios_de_Cristal_1517
Rango6 Nivel 26
hace 6 meses

Excelente historia y la manera de expresarte :) además, Galicia! poca gente leo escribiendo e galicia ♥ Espero atenta a la siguiente caja @JoaquinGodoy

artguim
Rango13 Nivel 61
hace 6 meses

Muy buena historia hasta el momento, @JoaquinGodoy. Los personajes y los detalles están muy bien descritos. Ahora falta conocer de qué tratará exactamente la trama principal, pero con estos mimbres se intuye una historia muy interesante.

Un saludo.


#8

Exhaló por la nariz conteniendo un jadeo. Por fortuna, doña Angustias jamás se olvidó de ella y no dejó de escribirle cada quince días enviándole todo su cariño garabateado en pliegues infinitos de papel, así como recuerdos furtivos de su San Julián natal en forma de diminutas espigas de lavanda o capullitos de rosa, que acababan por desecarse y alcanzar la eternidad entre las hojas de papel vitela. Una vez incluso tuvo el detalle de enviarle el nido abandonado de un carrizo, aquel pájaro diminuto de plumaje color castaño cuyo vuelo tanto le gustaba admirar de niña desde su ventana. Estaba segura de que, si hubiera podido y las severas monjas se lo hubieran permitido, la cariñosa mujer le habría enviado el propio pajarillo cantor para que la acompañara en sus horas más tristes.

Un intermitente zarandeo en el asiento de enfrente la apartó de golpe de sus amargos recuerdos, obligándola a centrar su atención en la anciana ama y, a consecuencia de ello, ocultar una sonrisa condescendiente bajo el tafilete de su mano enguantada. Doña Angustias había conseguido a duras penas acomodarse en su asiento, pero las amplias capas de enaguas, la estructura de la crinolina, el grueso tejido de la falda y su falta de estilo y coordinación habían propiciado que la tela se abombara alrededor provocando un efecto globo, por lo que la buena mujer permanecía ahora a medio sepultar bajo la profusión de organdí, bordados y encajes. El diminuto sombrero que coronaba su cabeza, ladeado y adornado con una pluma de faisán, suponía el colofón final para convertir aquella imagen en una pintoresca acuarela.

Sin poderlo evitar, de sus labios escapó una breve risita que trató de disimular replegándolos al interior de la boca. Siempre se había considerado una joven sensata y estaba segura de querer a su ama más que a nadie en el mundo, segura también de que nadie más bajo las estrellas se merecía más respeto y afecto que aquella buena mujer, por lo que en ese momento se sintió terriblemente culpable por haber convertido a la anciana, durante unos segundos, en el blanco perfecto para su hilaridad, actuando contra su habitual buen juicio y el profundo afecto que le profesaba. Se recriminó íntimamente su inmadura conducta, e hizo acto de contrición deslizando la mirada a través de la ventanilla para evitar caer de nuevo en la tentación.

—¿Contenta de volver a casa? —consiguió farfullar la mujer una vez se hubo arrellanado a conciencia y recuperado el aliento. Ana fijó sus enormes ojos verdes en ella y esbozó esta vez una amable sonrisa, gesto que consiguió embellecer aún más su hermoso rostro.

—Feliz de volver, y esta vez para quedarme —suspiró, y acomodó las manos sobre el regazo donde, adornadas con ricos guantes de tafilete, recordaban a dos palomas blancas dormidas sobre un océano lavanda, tal era en esa ocasión el color de su vestido.

—No sabes la alegría que siento al saber que regresas para permanecer entre nosotros, niña. No te imaginas lo que te he echado de menos todos estos años.

JoaquinGodoy
Rango14 Nivel 68
hace 6 meses

Asi advertirte que este esta conectado con el despertar del antiguo hay pequeñas referencia que voy dejando, es una super precuela que estoy haciendo ;)


#9

Ana percibió la presencia de lágrimas vidriando la mirada de su muy querida nana, así como un temblor delator agitando su labio inferior, por lo que se inclinó presurosa hacia adelante y atrapó una de aquellas manos regordetas entre las suyas. El ligero apretón en los dedos consiguió transmitirle a la anciana un atisbo de sosiego, y logró mudar su rostro, súbitamente contrito y presto al llanto, por uno ligeramente más relajado. Incluso se forzó a asomar una tímida sonrisa con tal de no turbar a su joven acompañante.

—Tu felicidad solo es comparable a la mía, mi querida nana. —Y esta vez fueron sus propias lágrimas las que temblaron en los arcos de ébano de sus pestañas. Pero no iba a permitirse llorar. No cuando se sentía tan inmensamente feliz por volver a casa al fin, después de toda una vida encerrada en el internado. Volvía al lado de aquella bondadosa mujer que la quería con toda el alma. Por eso parpadeó y sonrió para disimular su zozobra—. Me muero por estar de nuevo en nuestra querida tierra, por sentir el verde del paisaje acariciándome el alma… —Su expresión se tornó soñadora y su sonrisa más amplia, como la de un niño que describe la visión anhelada del paraíso de sus desvelos—. Por contemplar desde la galería ese mar que extiende su embravecido manto de olas gigantescas más allá de donde alcanza la vista, y ese ondulante océano verde que va desde el monte hasta la orilla de la playa…

Doña Angustias sonrió con condescendencia y no pudo retrasar por más tiempo la pregunta que llevaba acribillándole la cabeza, como cientos de agujas de calcetar clavándose en un ovillo de lana, desde que abandonara el Pazo un día antes.

—¿Te sientes preparada para enfrentarte a tu padre?

Ana la miró fijamente, abandonando el paraíso para volver a la realidad.

—Confiaba en que ningún enfrentamiento tuviera lugar.

La anciana chasqueó la lengua y se removió en su asiento. Tal y como estaba acomodada, con la estructura de la crinolina colocada de cualquier modo y la tela del vestido arrebujada alrededor, debía de encontrarse bastante incómoda y con la movilidad muy limitada.

—Quisiera poder asegurarte que no te verás en la necesidad de encararte con él. Pero conociéndole…

—Y conociendo mis circunstancias… —suspiró, y sus párpados descendieron en un melancólico mohín— y toda la frustración que mi sola presencia representa en su vida…

Doña Angustias casi gimió. Nada había más cierto que aquella lamentable afirmación.

—Niña, yo no me atrevería a poner la mano en el fuego por la paz entre vosotros…

Ana sonrió con indulgencia. A esas alturas ya se encontraba curada de espanto y mucho más que acostumbrada a los desaires de su estricto padre. Pero era natural que tal certeza entristeciera a su buena ama; a cualquiera con dos dedos de frente y un mínimo de corazón, en realidad.

#10

—Haces bien, querida nana, porque te la quemarías. —Acto seguido inhaló por la nariz y una sonrisa radiante asomó de nuevo a sus labios. Una sonrisa capaz de levantar las brumas que empezaban a velar el carruaje—. No te preocupes por mí, sabes que no es la primera vez que me enfrento a él; estoy acostumbrada a lidiar en este tipo de contiendas. —Su voz se tornó más afectuosa si cabe, su cariño alcanzó por extensión aquella mano enlazada a la suya—. Pero no hablemos más de ello. No quiero angustiarme todo el viaje pensando en rostros severos y miradas ceñudas, ya habrá tiempo de vestir la coraza y batallar. Ahora solo deseo pensar en cosas verdaderamente agradables —sus pupilas acuosas reflejaban una gran ilusión—, porque me muero por veros a todos y daros un abrazo enorme. ¿Ha cambiado mucho el Pazo en mi ausencia?

La anciana cabeceó, luchando a brazo partido contra el ejército de lágrimas que amenazaba con pasar al ataque de un momento a otro.

—Lo encontrarás todo igual de bonito que la última vez. Y todos están deseando verte.
Tras un último y afectuoso apretón, Ana soltó la mano de doña Angustias para volver a enderezarse en su asiento con encomiable dignidad. Su semblante, a pesar de mostrar la hierática expresión de siempre, dejaba traslucir una dolorosa tristeza, patente a través de la inmovilidad de sus pupilas o del severo fruncimiento de sus labios. La sombra funesta volvía a acechar.

—Todos no, estoy segura de ello. —Y devolvió la mirada al paisaje que se desdibujaba en jirones grises y negros más allá de la ventanilla, dando a entender con su gesto que no deseaba conversar más acerca de ese tema.

De ese modo también se aseguraba de mantenerse a salvo de la mirada condescendiente de la anciana, y de preservar su propia intimidad si llegado el momento algunas certezas la llevaban a un llanto inevitable.

De refilón, pudo distinguir la presencia de uno de los varios jinetes embozados que cabalgaban a la par del carruaje, bajo la orden de escoltarlo y custodiarlo durante todo el trayecto hasta su llegada al Pazo. Suspiró con resignación. Toda su vida había tenido a alguien detrás, respirando sobre su nuca, pegado a su augusta sombra, demostrándole que jamás daría un paso sin ser vigilada. Que jamás podría ser libre. Y la presencia de aquellos embozados centinelas, cuidando que el pajarito de porcelana no sufriera ningún percance dentro de su jaula de oro, venía a demostrárselo una vez más.

Apretó los párpados tratando de aliviar el intenso picor que empezaba a fraguarse detrás de ellos. ¿Cuál era la razón de tanto celo? ¿Acaso a don Alejandro Covas le importaba lo más mínimo el miserable pajarito y su seguridad? Estaba completamente segura de que, si por él fuera, él mismo abriría la portezuela de la jaula para que el pajarito volara en aparente libertad, solo para regocijarse cuando el primer halcón de paso acabara por derribarlo en pleno vuelo.

#11

Don Alejandro tamborileó con los dedos, intranquilo e impaciente, sobre la noble madera de su escritorio. El ceño fruncido, los labios firmemente apretados y la carne de las mejillas vibrante a causa de la cruel opresión que sufría la mandíbula evidenciaban su ofuscación. Su hija volvía a casa, y esta vez de forma definitiva. Esta vez para quedarse.
Por extraño que pareciera, la llegada de aquella criatura, la flamante y muy querida condesa de Revolada y señorita de Covas, no le reportaba ni un atisbo de felicidad. Torció los labios en una sonrisa cáustica. ¡En realidad su llegada no le hacía sentir más que rabia, envidia y frustración!

Esa muchachita ridícula adornada de lazos, tules y encajes era para él la nube negra que se instala en el cielo para eclipsar el sol. Simple y llanamente.

— ¡Condenada mocosa del demonio! —siseó—. ¿Es que jamás voy a poder librarme de ti?
Todo el mundo la adoraba, todo el mundo se deshacía en halagos hacia ella, todo el mundo elogiaba sus bondades y virtudes aun sin haberla tratado durante trece años. ¡Estúpidos aduladores! ¡Ineptos mequetrefes que no sabían más que babear tras un vestido de terciopelo o una caída de párpados ejecutada a tiempo!

Se llevó la mano a unos de los extremos puntiagudos de su bigote para acicalárselo con minuciosidad, moldeando la punta con severidad hacia arriba, gesto socorrido cuando se encontraba intranquilo o contrariado, y resopló con impaciencia.

Ana era un lastre en su vida. Siempre lo había sido, desde el mismo minuto de su nacimiento. Y por tanto, como todo lastre, estorbo o traba, sea cual fuere su naturaleza, le incomodaba tenerla cerca. Jamás le había gustado ni había sido capaz de soportar su cercanía, ni siquiera cuando no era más que una mocosa de medio metro plagada de bucles, lazos y volantes, que alzaba hacia él sus manos lechales para solicitarle con insistencia que la aupara.

Resopló torciendo la sonrisa, asqueado hasta la médula por aquellos lejanos recuerdos que todavía hoy le incomodaban. Ana Emilia Victoria Federica, Ana de Altamira… ¡tan ridícula como su madre e igual de melindrosa! ¡Tan inútil para la sociedad y para ostentar el título como ella! ¡Tan inoportuna para sus planes como lo había sido la condesa finada!

Volvió la cabeza muy despacio para fijar su mirada en el enorme óleo que presidía su despacho. La desaparecida condesa parecía observarlo con condescendencia bajo su enorme moño estilo María Antonieta, explotando al máximo esa mirada de cordero a medio degollar que usaba para derretir a todo el mundo. ¡Menos a él!

—Por si no me hubiera bastado contigo, ahora tengo que soportar también la presencia de tu estúpida hija…

Giró la cabeza en el acto, rechazando tanto la mirada de aquella dama como su presencia. Con la cara ligeramente empolvada con blanquete, los labios de un rojo carmesí y las mejillas encarnadas por el arrebol, su imagen se alejaba mucho del ideal de belleza del conde.

#12

¡Aquella boba remilgada nunca había conseguido despertar en él otra emoción más allá de la repugnancia y la lástima! ¡Pobre niña rica! ¡Despreciable niña rica! Desde el mismo momento en el que fueron presentados, había detestado a aquella mujer enfermiza, pálida y ojerosa, que no hacía más que ahogar sus toses contra un pañuelo salpicado de sangre y que, cada vez que un nuevo estertor la acometía, se aferraba al brazo de quien cuadraba más cerca con la desesperación de un pajarillo moribundo. Había odiado, en silencio y hasta el delirio, a aquella ridícula damisela a la que le había soportado la dosis justa de mojigatería romántica con la esperanza de poder manipularla a su antojo una vez casados. Porque la cuestión era así de simple: se había acercado a ella con el único propósito de desposarla, y la había desposado tan solo con el objetivo de tener acceso a su fortuna.

¡La condesa de Rebolada! ¡La de regio blasón! ¡La de suntuosos carruajes, espléndidos vestidos y tintineantes arcas! ¡La noble más pudiente del norte de Galicia, con tierras en la provincia e incluso en el limítrofe Principado! ¿Quién, del uno al otro confín del reino, no habría oído hablar de la augusta joven rodeada de fastos y admiradores que besaban a su paso el suelo que ella pisaba?

Todo el mundo sabía que aquella boba padecía el mal de la tisis desde hacía un par de años y que no caminaría mucho tiempo entre los vivos, por lo que solo era cuestión de echarle arrojos y atreverse a cortejarla antes de que hiciera el tránsito.

Alejandro Covas no era tonto, albergaba sed de poder y grandes ambiciones en su corazón. Por eso y, desde el momento en que pudo permitirse coincidir con ella en sociedad, se dedicó a perseguirla de salón en salón con el empeño de un ave rapaz. Y con idéntica porfía que el ave rapaz, esperó el momento oportuno para cernirse sobre su presa y hacerla suya.

#13

Su acecho pronto llegó a buen término, pues la condesa, que no era demasiado agraciada, ahuyentaba a todo posible pretendiente con su languidez, sus toses sanguinas, sus marcadas ojeras, su extrema delgadez y sus desvaríos románticos. La muy boba era una amante acérrima de los literatos ingleses y solía aburrir a los asistentes a las veladas en el Pazo recitando a Shakespeare o a Pope. ¿A quién diablos le importaban aquellos ridículos poetas extranjeros? Otras veces, ejercía de mecenas de literatos nacionales, invitándolos a sus veladas para ayudarles a entrar en sociedad; estas reuniones, donde se congregaban artistas de todo tipo, filósofos e intelectuales de todo el reino, hacían las delicias de la anfitriona, mientras que solo conseguían aburrir a gran parte de los asistentes con sus recitales de poesía o pequeñas representaciones teatrales. Ignorando tal vez que la mayoría de los moscones que la rodeaban solo estaban interesados en echarle el guante al relleno de sus arcas, y no en toda aquella parafernalia cultural.

Alejandro Covas, primogénito de un terrateniente venido a menos, sin títulos, nobleza ni propiedades, era un joven guapo y espigado, de elegante bigote y abundante cabellera peinada hacia atrás, perfectamente inamovible gracias al exagerado uso de afeites.

Su constancia, que llegaba hasta el punto de resultar cansino en ocasiones, su fingido interés, sus miradas arrobadas y sus sonrisas envolventes pronto dieron sus frutos, y la joven e impresionable condesa no tardó más de unas pocas semanas en reparar en la presencia del guapo caballero y caer rendida a sus pies. Todo en uno.

El cortejo fue absolutamente precipitado y la boda se organizó en un visto y no visto. Como justificación, el joven pretendiente alegó el precario estado de salud de la novia y su deseo de cubrirla de dicha durante los años que el Señor tuviera a bien concederles a ambos, y fue este un argumento que nadie pudo rebatir, máxime tratándose de una noble huérfana, mayor de edad y que no debía rendir cuentas ante ningún tutor legal.

Para el astuto caballero resultó imperativo tragarse los escrúpulos y ahogar las arcadas que la sensiblería de la dama y su cuerpo blanco y huesudo le provocaban, con la expectativa de que, con el paso del tiempo, y más pronto que tarde, la aristócrata fallecería y todo sería suyo. O al menos tal consigna era la que le mantenía firme en su empeño y le instaba a perseverar.

Pero sus ínfulas de poder se vieron seriamente arruinadas cuando, con el correr de los años, resultó que la dama no le hacía el santísimo favor de morirse, y que su papel en el Pazo se reducía al de un simple consorte. También se hizo evidente que los habitantes del condado jamás le mirarían con lealtad ni respeto. Durante todos aquellos años, solo había conseguido ser una sombra negra y silenciosa que lo único que puede hacer es reptar y tratar de sobresalir detrás de la persona que acapara injustamente toda la luz.

#14

Después, con la llegada de aquella mocosa, tan pálida, delicada y parecida en todo a su ridícula madre, su rabia se incrementó al mismo tiempo que su categoría en aquel maldito condado decrecía. Y sus esperanzas de convertirse en único heredero, también. No había forma humana de destacar por encima de la pequeña, a la que todo el mundo veneraba como a una maldita reina.

Los aldeanos se quitaban el sombrero, saludaban y se inclinaban en reverencia cuando la familia atravesaba los campos en su carruaje de paseo y la madre mostraba orgullosa a su niña a través de los cristales. Sin embargo, cuando él recorría en solitario aquellos verdes pastos a lomos de su caballo, apenas se dignaban a interrumpir sus labores en el campo para ofrecerle una contrita reverencia o un saludo, que poco o nada tenían de cordial.
No pudo evitarlo y descargó el puño contra el tablero, provocando que el material de escribanía se tambaleara sobre la mesa.

—¡Maldita! —siseó con rabia. Y no fue posible saber si su desprecio se dirigía esta vez a la madre o a la hija. Seguramente a ambas.

Por fortuna, la condesa solo sobrevivió cinco años después de haber dado a luz. ¡Y valiente sacrificio había hecho, pues ni ebrio de brandy hubiera esperado que aquella criatura enfermiza soportara los trabajos del parto! La muy ridícula parecía aferrarse a la vida, ¡y a su fortuna!, con desesperación. ¡No se moría de ninguna de las maneras! Y eso que él se encargaba de abrir las ventanas de su alcoba cada atardecer con la excusa de ventilar la estancia, pero ni con esas la mujer era atacada por una pulmonía. Siempre acudía alguna estúpida doncella, horrorizada ante tanta aireación, para cerrar la ventana y arropar a la inválida, ahuecarle los cojines y proporcionarle un sorbito de bálsamo cordial. Y, por supuesto, para dirigirle a él una mirada condenatoria. ¡Al diablo con todos ellos!

La moribunda, cuya voz se iba afectando conforme pasaban los días hasta asemejarse al débil gorjeo de un pajarillo, rogaba a cada minuto por ver a la recién nacida: pedía que se la acercaran al rostro y le dejaran besarla, susurrarle al oído, cantarle o amamantarla. La estampa que formaban las dos ante sus ojos le provocaba náuseas y unas ganas horribles de arrancarlas del mundo, ¡a ambas!, él mismo con sus propias manos.

#15

Por fortuna apareció por el Pazo una rolliza mujer del lugar, doña Angustias, para ocuparse de las labores de cría, y el conde agradeció que se llevara a la llorona al ala más distante de la casa. ¡Por apartarla de su vista hubiera permitido que se la llevara a las mismísimas Indias orientales! ¡Y a la madre también!

Pasaron los meses y, con los meses, los años, y la condesa fue apagándose como un pajarito. Él evitaba su compañía tanto como le era posible. No comían juntos, dormían en alcobas separadas y a menudo pasaban semanas enteras sin que se acercase a la de ella más que para comprobar si vivía o moría. A pesar de su evidente decadencia, la condesa se resistía a dejarse ir, hasta que, finalmente, y como debía ser, la de fúnebre crespón ganó la batalla.

Una vez muerta la diva, el camino empezó a despejarse para él. De pronto, y gracias a la juventud y consiguiente incapacidad de la pequeña, la sombra antaño insignificante y nunca tenida en cuenta pasó a convertirse en el único administrador de los bienes de Rebolada; todo fue a parar a sus manos, tal y como siempre había soñado.

Deshacerse de la niña resultó sumamente fácil. Solo había tenido que discurrir enviarla interna a un colegio de señoritas de la capital con la excusa de ofrecerle la mejor educación, digna de una dama de su categoría, y ya estuvo hecho.

Durante un tiempo todo salió a pedir de boca. Las visitas al Pazo se redujeron hasta el punto de extinguirse casi por completo, los años pasaron y la sociedad empezó a olvidarse de la niña al mismo tiempo que empezaba a prestar atención al conde viudo. Las invitaciones a tertulias, cenas de etiqueta, palcos en la ópera, estrenos de teatro y demás, empezaron a llegar al Pazo de Rebolada con bastante asiduidad, y solo un nombre figuraba en las tarjetas: «Don Alejandro Covas, conde viudo de Rebolada y señor de Covas».

Como siempre debiera haber sido.

Semejante libertad de pronto, semejante presencia en sociedad, tan elevadas relaciones con la flor y nata gallegas y el engrosamiento de una ya de por sí inflamada vanidad llevaron al conde al borde de un abismo al que él solito decidió asomarse: don Alejandro padecía un trastorno que le obligaba a jugar, con una urgencia psicológicamente incontrolable. Su afición al juego solo era equiparable a su incapacidad para salir airoso de cualquier partida, por más elemental que resultara el pasatiempo. Y la libre disposición de la fortuna de los Altamira no hizo más que empeorar dicho vicio.

#16

Las deudas empezaron a crecer, al igual que los rumores acerca de lo fácil que resultaba arrebatarle al conde viudo las monedas de su saquete. Los mensajes de los acreedores, cada vez más amenazantes y menos permisivos, se acumulaban en la platea del vestíbulo; negras sombras emergían en los ángulos oscuros del bosque al paso del carruaje, estorbando a los caballos, para asomar el brillo funesto de un arma bajo el abrigo de una capa, y en más de una ocasión, a la salida de algún club, el caballero se había llevado un apuro por parte de algún enviado de casa solariega para apretar las tuercas al noble deudor.

Mientras todo esto sucedía, las arcas de los Altamira empezaron a mermar de forma preocupante. Sin embargo, muy pocos fueron conscientes del declive en el que empezaba a caer un linaje tan noble y arraigado a causa del despilfarro descontrolado del único administrador de los bienes. Tan solo los más allegados, aquellos que frecuentaban sus círculos o padecían las consecuencias de su irresponsabilidad, empezaron a percatarse de que la otrora cuantiosa fortuna de la casa Altamira tenía los días contados y permitiría al conde tan solo unos cuantos años más de pudiente desahogo si mantenía ese nivel de vida, y todo parecía indicar que así iba a ser.

Don Alejandro tuvo que desprenderse además de algunas tierras para conseguir salvar las facturas que no admitían mayor demora, a riesgo de acabar recibiendo cualquier noche un tiro entre pecho y espalda.

Conforme pasaron los años, la camisa empezó a no llegar al cuerpo al conde, por lo que resultó imperativo trazar un plan para calmar la ira de sus principales acreedores y salvar el pellejo. Era eso o arriesgarse a convertir muy pronto el viejo mausoleo de los Altamira en su residencia definitiva.

Su pérfida sesera no tardó mucho en encontrar una solución: Ana regresaba al Pazo para quedarse, una vez concluida su educación en la Villa y Corte. Él no tenía el menor interés en tolerar su presencia ni sus ñoñerías de niñita consentida. A esas alturas no quería ni verla, y mucho menos contemplar en el espejo de sus ojos el recuerdo de la difunta condesa.

Por lo tanto, la mejor solución era emplearla como moneda de cambio con el fin de persuadir a alguno de sus acreedores más insistentes. Una vez el pez más gordo del estanque mordiera el anzuelo encandilado por la presencia de la bella y joven condesa, lo demás vendría rodado. Si jugaba bien sus cartas, sobre todo la de aquella reina de corazones de expresión adusta y ojos verdes, no solo se quitaría de encima a ese incordio de hija, sino que sus deudas quedarían saldadas y la paz de espíritu regresaría a su persona.

—Eso es lo que se hará —murmuró esbozando una sonrisa pérfida—. Al fin y al cabo, después de dieciocho años, sí vas a servirme para algo, pequeña idiota.

#17

Conforme se alejaban de la villa y corte de Las deudas empezaron a crecer, al igual que los rumores acerca de lo fácil que resultaba arrebatarle al conde viudo las monedas de su saquete. Los mensajes de los acreedores, cada vez más amenazantes y menos permisivos, se acumulaban en la platea del vestíbulo; negras sombras emergían en los ángulos oscuros del bosque al paso del carruaje, estorbando a los caballos, para asomar el brillo funesto de un arma bajo el abrigo de una capa, y en más de una ocasión, a la salida de algún club, el caballero se había llevado un apuro por parte de algún enviado de casa solariega para apretar las tuercas al noble deudor.

Mientras todo esto sucedía, las arcas de los Altamira empezaron a mermar de forma preocupante. Sin embargo, muy pocos fueron conscientes del declive en el que empezaba a caer un linaje tan noble y arraigado a causa del despilfarro descontrolado del único administrador de los bienes. Tan solo los más allegados, aquellos que frecuentaban sus círculos o padecían las consecuencias de su irresponsabilidad, empezaron a percatarse de que la otrora cuantiosa fortuna de la casa Altamira tenía los días contados y permitiría al conde tan solo unos cuantos años más de pudiente desahogo si mantenía ese nivel de vida, y todo parecía indicar que así iba a ser.

Don Alejandro tuvo que desprenderse además de algunas tierras para conseguir salvar las facturas que no admitían mayor demora, a riesgo de acabar recibiendo cualquier noche un tiro entre pecho y espalda.

Conforme pasaron los años, la camisa empezó a no llegar al cuerpo al conde, por lo que resultó imperativo trazar un plan para calmar la ira de sus principales acreedores y salvar el pellejo. Era eso o arriesgarse a convertir muy pronto el viejo mausoleo de los Altamira en su residencia definitiva.

Su pérfida sesera no tardó mucho en encontrar una solución: Ana regresaba al Pazo para quedarse, una vez concluida su educación en la Villa y Corte. Él no tenía el menor interés en tolerar su presencia ni sus ñoñerías de niñita consentida.

#18

A esas alturas no quería ni verla, y mucho menos contemplar en el espejo de sus ojos el recuerdo de la difunta condesa.

Por lo tanto, la mejor solución era emplearla como moneda de cambio con el fin de persuadir a alguno de sus acreedores más insistentes. Una vez el pez más gordo del estanque mordiera el anzuelo encandilado por la presencia de la bella y joven condesa, lo demás vendría rodado. Si jugaba bien sus cartas, sobre todo la de aquella reina de corazones de expresión adusta y ojos verdes, no solo se quitaría de encima a ese incordio de hija, sino que sus deudas quedarían saldadas y la paz de espíritu regresaría a su persona.

—Eso es lo que se hará —murmuró esbozando una sonrisa pérfida—. Al fin y al cabo, después de dieciocho años, sí vas a servirme para algo, pequeña idiota.

Madrid, el paisaje fue cambiando de forma paulatina.

El gris profundo que imperaba en los edificios y suelos adoquinados de la capital dio paso, poco a poco, a una sucesión de ocres, rojizos y marrones, anunciando la vasta llanura castellana, que en su dilatada amplitud parecía una colcha remendada con un sinfín de parches multicolores, todos dentro de la misma gama de tostados y bermellones. Cada atardecer, el sol se desangraba lentamente sobre el lejano horizonte, incrementando los pintorescos tonos fuego y oro de la meseta.

Ana contemplaba el paisaje a través de la ventanilla y doña Angustias se afanaba en limpiarse el sudor de rostro y escote con un pañuelo de mano, mientras bufaba y resoplaba como un lechón camino del matadero. Estaba colorada como una cereza y empapada como un pato zascandileando en su charco.

Ya no se escuchaba el repique de los cascos de los animales sobre los adoquines; ahora una densa nube de polvo ascendía en volandas del otro lado de la ventanilla. Y grandes bandadas de cuervos y grajos volaban sobre la línea del horizonte, acompañando a las viajeras en su camino mientras llenaban el aire con sus graznidos.

De vez en cuando se podían apreciar rebaños dispersos de gordas ovejas aquí y allá, moteando los pastos de un tono blanco sucio. También adornaba la senda la visión esporádica de pastores trashumantes, acompañados de perros de aguas enormes que imitaban la apariencia del lobo. Los hombres alargaban sus cuellos cual lagartijas y usaban su mano a modo de visera para observar con curiosidad el suntuoso carruaje con los blasones de la casa de Altamira pintados en cada portilla. Seguramente no se veían todos los días coches tan señoriales por aquellos lares.

#19

Pararon en varias casas de posta de la ruta para que los caballos descansaran y las viajeras pudieran refrescarse y comer algo, siempre perfectamente escoltadas por su pequeño séquito de guardianes y sin detenerse demasiado tiempo. Dormían en el carruaje, mecidas por el agitado e incómodo vaivén del camino que, en la mayor parte de las ocasiones, acababa interrumpiendo su sueño con algún golpe inesperado en sus testas.

Al llegar a Ponferrada, la última posta, las damas se asearon y se cambiaron de ropa para aligerar el calor y el polvo del camino. Ana se atavió con un vestido elegante, si bien discreto, confeccionado en damasco rosa palo listado en marrón, mangas ceñidas hasta los pulsos y prominente falda. Su padre le había hecho confeccionar un generoso ajuar para iniciar su nueva vida en Galicia. Un detalle inesperado, por tan amable, teniendo en cuenta el alma negra de la que procedía. Aunque Ana estaba segura de que tanta generosidad obedecía a algún interés privado del conde, pues era un hombre que no acostumbraba a dar puntada sin hilo.

Mientras se recreaba en la imagen que le devolvía el minúsculo espejo de la fonda, una sonrisa nerviosa curvó sus labios y dos rosas encarnadas encendieron sus mejillas. Quería causar buena impresión entre su gente, quería demostrar que ya no era la niña tímida y apocada de antaño, sino una joven valiente y preparada para asimilar el rol que le correspondía. Sus labios susurraron la consigna que durante tantos días llevaba macerando en su cabeza, a modo de repetitivo mantra: «Seré una buena condesa, daré lo mejor de mí, haré que todos en el condado se sientan orgullosos de mí; incluso él… Sobre todo, él. Conseguiré que no encuentre nada reprochable en mí o en mi conducta para poder atacarme después con ello. Seré digna heredera de mi madre».

Picaron algo de jamón frío, huevos cocidos y pan de maíz que les sirvieron con toda la ceremonia que tan augusta invitada merecía, y después, ama y señorita, se recogieron con presteza al interior del carruaje. Pronto estarían en casa y disfrutarían por fin de la frescura y el salitre del mar besando sus rostros, así como del fuerte perfume de los frondosos pinares de San Julián, cargados de aroma y ululares.

Doña Angustias observó con infinita ternura a su niña Ana mientras ésta dormía. Resultaba incomprensible cómo aquel adorable angelito podía dormir con tal placidez a pesar del traqueteo del carruaje o del insistente golpeteo de su cabeza contra la ventanilla. Pese a todo, parecía profundamente dormida, a juzgar por lo apacible de su respiración y por la expresión relajada de su rostro. Mientras la miraba, no pudo evitar sentir una infinita compasión por ella. La misma compasión que sintió años atrás por su difunta madre, que a pesar de haber vivido rodeada de grandes fastos, nunca había podido ser feliz. Temía que aquella infelicidad fuera hereditaria. Suspiró. Ana era mucho más bonita, sin duda, de lo que lo había sido su madre. Y ella contaba además con la fortuna de gozar de buena salud. Con un poco de suerte, no acabaría uniendo su vida a la de un hombre interesado y ambicioso que solo buscara su propio crecimiento personal, como le había sucedido a la difunta condesa. Con un poco de suerte, ella gozaría de un destino floreciente.

#20

Ana era un ángel. Bonita, blanca y pura como una azucena. De boquita diminuta como capullo de rosa, ojos verdes como el mar en un soleado día de verano, y cabello castaño oscuro, perfectamente acicalado en esa ocasión bajo un bonete de amplia visera de esparto, que realizaba la honorable función de resguardar aquel rostro níveo e incólume de las inapropiadas caricias del sol.

Discreta y reservada en sus emociones, prudente en sus palabras, de mirada directa y gesto insondable, con solo dieciocho años, Ana poseía un saber estar, una dignidad, una entereza y una compostura dignas de una persona de mucha más edad. Así era como la habían educado, tal consigna era la que se habían encargado de grabar a fuego en su cabeza.

«Debes aprender a ocultar al resto del mundo lo que bulle dentro de ti, esas inquietudes, ilusiones y esperanzas que dan alas a tu corazón y te mantienen con vida. No matarlas o ahogarlas, como otros te sugieren, sino dejarlas agazapadas en lo más profundo de tu alma hasta que llegue el momento oportuno de permitirles salir a la superficie; el momento en el que puedas disfrutar de ellas con absoluta libertad. Entre tanto, muestra un rostro valiente y una presencia de ánimo admirables. Solo así lograrás protegerte. Solo así lograrás que no te hagan daño. Y esta lección incluye, por supuesto y especialmente, a tu señor padre», le había aconsejado ella misma en tantas ocasiones desde que era niña.
Doña Angustias sabía que un sayo tan perfecto y templado, tan medido e impertérrito en apariencia, escondía en su interior un alma inquieta que abrazaba la sensibilidad de corazón, el aleteo incesante e imparable de una imaginación desbordada y un amor creciente por la naturaleza y las cosas sencillas. Sabía que era pura, dulce, buena, vehemente, entusiasta, idealista y romántica… aunque sabía también que jamás dejaría asomar tales emociones, salvo en presencia de alguien que gozara de su absoluta confianza e intimidad, por miedo a ser censurada o lastimada.

Ante el resto del mundo, su exterior reflejaría siempre la compostura y la dignidad propias de su condición.

Todavía mirándola, sonrió con ternura mientras la joven continuaba durmiendo de forma apacible. Inhaló profundamente, tratando de no despertarla.
Mucho había sufrido aquella pobre criatura, obligada a crecer completamente sola y sin el afecto de una verdadera familia. Doña Angustias meneó la cabeza mientras apretaba los dientes con gesto severo. Pero ahora sus tribulaciones habían terminado. Ahora volvía a casa y ella se encargaría de mimarla hasta el delirio, la malcriaría incluso, para resarcirse de todos aquellos años en los que las habían privado de afecto. A la niña. A ella. A las dos.

Se inclinó sobre la joven para colocar bajo sus brazos, perfectamente cruzados sobre el pecho, la manta de viaje que se le había resbalado hasta las rodillas. Después levantó un poco las capas de ropa que cubrían los pies de la joven para comprobar que su ladrillo seguía caliente bajo las botinas. Solo entonces, más tranquila y relajada en su labor de ángel custodio, se repantigó en su asiento, presta a llamar al sueño y no despertarse hasta llegar a Galicia.

—Ya no estás sola, mi niña —susurró para sí misma y para la durmiente—. Seguiré cuidando de ti hasta el día que me muera. Y esta vez no consentiré que te aparten de mi lado. Esta vez cumpliré mi promesa.

#21

2

El Pazo de Rebolada se encontraba emplazado en un altozano, a doscientos metros sobre el nivel del mar, aprovechando la prominencia que confería el descenso natural de la ladera antes de morir en plena costa.

El dicho popular «casa grande, capilla, palomar y ciprés: pazo es», que definía a la perfección las viviendas de la nobleza gallega, cobraba forma especialmente en el Pazo de Rebolada.

Se trataba de una casa solariega rectangular, de dos plantas, situada de tal forma que recibía los agradables rayos del sol durante todo el día, lo cual era posible gracias a su situación privilegiada en la colina. Su fachada se vestía de cal, por lo que con el paso de los años había adquirido un tono grisáceo, triando a negruzco, que le confería cierta solemnidad y un indiscutible aire aristocrático rural, acentuado por el escudo familiar de la condesa, de vistoso timbre heráldico tallado en granito, que presidía la fachada principal, sobre la puerta de medio punto, a modo de gala y ornato. El cerramiento era de madera de color verde en forma de estrechas puertaventanas o pequeñas ventanas cuadradas, excepto en la fachada sur de la planta superior, donde adquiría la forma de una amplia y romántica galería orientada mirando al mar.

En una cabecera, se erguía la capilla adosada al Pazo. Sobria, distinguida, sencilla. Detrás de la vivienda, mirando al norte, a cierta distancia en el jardín, se podía encontrar un prominente palomar de diseño cuadrangular y, muy cerca, un característico hórreo de madera teñida de rojo, alzado sobre seis pilares de granito.

Escoltando la Casa Grande, cinco oscuros cipreses centenarios, símbolo de intemporalidad y distinción, permanecían enhiestos e imperturbables al paso del tiempo, como fieles y legendarios centinelas de aquel señorío.

A un costado de la plaza, justo al lado de la enorme y maciza portilla de entrada, se erguía la oscura casa de piedra de los sirvientes, en cuyo margen se emplazaban los establos, un viejo pozo cubierto y algunas dependencias más. En medio del atrio, un solemne crucero de granito.

Limitaba toda la finca un prominente muro de piedra de considerable altura que, con el paso del tiempo, se había ido vistiendo de hiedra y maleza.

La propiedad incluía también más de treinta hectáreas de jardín, campo agrícola y frondoso bosque. Y una generosa vacada que amansaba los campos de san Julián y contribuía a engrosar las rentas de la casa solariega.

Ana descendió del carruaje valiéndose de la ayuda de un sirviente. Una vez puesto el primer pie en el suelo, inhaló en profundidad y trató de obviar el agitado aleteo de su corazón.

Doce amplios escalones de piedra descendían ante ella y la separaban del atrio. Doce escalones entre su persona y aquel precioso Pazo que siempre había amado y que, en realidad, apenas había podido disfrutar en toda su infeliz existencia.

A ambos lados del pórtico distinguió dos largas hileras de sirvientes. A la izquierda, las doncellas, perfectamente ataviadas con sus rigurosos vestidos negros, en los que destacaba la manteleta blanca cruzada sobre el pecho, el delantal blanco del mismo largo y volumen que las faldas y la cofia blanca.

A pesar de la rigidez de su pose, pudo apreciar que muchas se sentían nerviosas por recibir, en algunos casos seguramente por vez primera, a la joven condesa. A la derecha, los lacayos, con sus negras e impolutas libreas, a juego con calzones por la rodilla y sus respectivas medias blancas, impecables y sin arrugas, camisa blanca y chaleco perfectamente abrochado y tirante, dirigiéndole furtivas miradas de soslayo mientras se esmeraban por permanecer en perfecta formación. Y en el centro, bajo el arco porticado, el implacable dirigente de aquella atribulada compañía. La silueta erguida, siniestra y temible del tirano: don Alejandro Covas.

Ana jadeó, sintiéndose repentinamente amedrentada, como cuando era niña y la silueta oscura de su padre se recortaba bajo el umbral, y sabía que acudía a regañarla o azotarla por un comportamiento indebido.

Alisó con la mano las arrugas inexistentes de la falda en un gesto sistemático, tratando de atemperar su ánimo. Lejos quedaba ahora aquella niña indefensa, por lo que no iba a consentir que la presencia de aquel hombre siguiera torturándola más allá de sus recuerdos. Ahora era una mujer. La condesa. El reinado de dolor del tirano había tocado a su fin. Y él tenía que aceptarlo.

Adelante Ana, estás en casa, en el hogar de tu madre, no permitas que él enturbie este momento también. Su potestad tiene que debilitarse de una vez por todas hasta desaparecer por completo. No puede dominarte, no puede dominarte… no se lo permitas.

#22

Manteniendo la costumbre que conservaba de su tierna infancia, se detuvo al pie del primer escalón, alzó la mano derecha y la mantuvo suspendida en el aire hasta que doña Angustias la atrapó en la suya. El apretón de dedos de la anciana consiguió reportarle un ápice de aplomo.

—¿Preparada? —susurró el ama sin apenas mover los labios, con la mirada fija en el severo conde. Era más que evidente que aquella mujer la conocía mejor que cualquier otra persona en el mundo.

—Ante él, nunca. —Pero sus palabras no tomaron posesión de su rostro pues, en el acto, se obligó a esbozar una amplia sonrisa y a descender los escalones manteniendo la espalda erguida y la barbilla en alto, desafiante, dando a entender que la presencia de aquel tirano ya no le producía ningún miedo.

Los pasos de la señorita resonaron sobre la piedra de la escalera, tal era el silencio solemne que envolvía el momento.

Doña Angustias la observó de refilón, sintiéndose orgullosa de su niña. ¡Temple, sí señor, temple y compostura hasta la sepultura! Aunque por dentro estuviera muriéndose de miedo, aunque ella pudiera apreciar el temblor de su mano o la ligera vacilación en sus pasos, por fuera seguiría comportándose como una auténtica reina; su porte era tan digno y su belleza tan serena que conseguiría abrumarlos a todos. Incluso al villano. Estaba segura de ello.

Al llegar frente a su padre se detuvo, soltó la mano amiga, alzó la barbilla y su mirada recorrió en un solo movimiento el temido rostro. El gesto hirsuto del hombre, y aquel semblante apergaminado de bigote enorme, le provocaron un estremecimiento que la sacudió de arriba abajo. Efectivamente su expresión seguía siendo dura, pura piedra tallada en forma humana, pero el descubrimiento de varias arrugas alrededor de los ojos y en la frente le hicieron ver que también era mortal y vulnerable al paso del tiempo. No era ningún Dios intocable, como siempre se había empeñado en parecer.

Aferrándose a ese pensamiento, logró mantener la compostura y no ofrecer al tirano el menor síntoma de debilidad. Al fin y al cabo, ¿no era eso era lo que siempre había pretendido inculcarle? Frialdad y compostura. Le demostraría que había sido una alumna aplicada.

—Ana. —Don Alejandro inclinó la cabeza a modo de saludo.

—Padre. —Realizó una rápida flexión de rodillas, manteniendo el talle erguido y la mirada fija en él. Ni un beso, ni un abrazo, ni tampoco un frío besamanos. ¿Para qué? Entre los dos ya estaba todo dicho y no había necesidad de más.

—Bienvenida al Pazo.

¿Lo decía de corazón o sería una simple formalidad fruto de las circunstancias? Lo mismo daba; ella también sabía ser sarcástica.

—Gracias, padre. Me siento feliz de estar aquí. —Paseó la vista por los alrededores, inhaló el fresco aroma de la lavanda y los alhelíes del jardín y sonrió con suficiencia—. En el hogar de mi querida madre.

Don Alejandro acusó la pulla esbozando una sonrisa más falsa que un real de madera, se tragó la bilis que ya quemaba su garganta, y apretó los dientes hasta que las muelas amenazaron con astillarse. Ninguno de los dos supo qué más decir. Nunca habían encontrado temas de conversación con los que pasar un rato ameno, y era obvio que sus mutuas presencias les incomodaban por igual.

Con rapidez, inclinándose de nuevo en una forzada cortesía, el caballero se hizo a un lado para permitirle el paso, indicándole el camino a seguir con un movimiento de su brazo. Ella ni siquiera le miró, sintiéndose ligeramente incomodada con su fingida condescendencia.

—Con su permiso, padre.
Se limitó a traspasar el umbral aguantando la respiración, manteniendo la pose erguida y la dignidad incuestionable de la condesa de Rebolada; en definitiva, lo que todos esperaban de ella. Lo que él esperaba de ella.

—Es propio.

Rebasarlo supuso un gran alivio. Era agradable entrar en aquella casa y permitir que los recuerdos del pasado afloraran a su mente, sobre todo aquellos que incluían a su muy querida madre.

Dos magníficas alfombras vestían el suelo de gres y servían de apoyo a dos robustos sillones torneados estilo Fernando VII, que recibían cordialmente al visitante. Después de un breve recorrido visual, la mirada se volvía de forma inevitable hasta la gran escalera de madera que conducía a la planta superior, cuyos peldaños aparecían revestidos con una moqueta de lana en tonos burdeos.

#23

La barandilla del pasamanos, al igual que el pie de arranque y los balaustres que la acompañaban en el ascenso, era robusta y de laborioso labrado en madera de roble, y mostraba sin duda un porte señorial y majestuoso.

Sabiéndola a solas en el gran vestíbulo, y temiendo que se encontrara perdida, doña Angustias corrió a su lado para confortarla con su presencia. En el exterior, don Alejandro se dedicaba a dar órdenes al servicio.

—¿Qué tal la primera impresión, mi niña?

Ana no dejaba de deslizar la mirada por todas partes: desde los señoriales suelos de gres a las paredes forradas de papel pintado; de los muebles ornamentados y macizos, a la mesita velador de forja, y de ahí a los solemnes óleos de antiguos Altamira que llenaban el lugar con su sola presencia.

—Al menos sigo de una pieza —ironizó, conteniendo un suspiro—. Me ha recibido sin la armadura y sin la fusta, lo que es de agradecer.

Doña Angustias secundó su hilaridad con una sonrisa disimulada. Teniendo en cuenta el carácter del conde, encararse con él y seguir de una pieza no era poco.

—¿Todo sigue tal y como lo recordabas? —preguntó, viendo cómo la joven miraba a todas partes con evidente admiración.

—Ahora me parece más bonito aún —dijo, y dedicó una mirada amorosa a su ama— porque ahora estoy aquí para quedarme.

El ama sonrió y la sujetó con afecto por el codo, instándola a caminar.

—Vamos. Te acompañaré a tu habitación, te ayudaré a acomodarte y te subiré unos hojaldres con miel, de esos que tanto te gustan. ¿Hace?

Ana arqueó las cejas.

—¡Todavía te acuerdas…! —No era una pregunta.

—Sigo preparándolos todos los domingos después de misa, como antes. —Le guiñó un ojo con disimulo—. Estoy segura de que aún quedan en la cocina, si es que los mozos no han dado con ellos. Te los subiré enseguida.

Ana esbozó una sonrisa cómplice mientras paseaba la mirada por la iluminada estancia.

—Estoy feliz de estar de vuelta; por el Pazo… —la miró a ella, esbozando una sonrisa radiante— por ti y por tus hojaldres con miel.

Sujetándose las faldas, le ofreció de nuevo la mano para subir las escaleras en su compañía, con la elegancia y la distinción que la caracterizaban.

#24

Le sorprendió que pocas horas después de su llegada, sin apenas darle tiempo más que a asearse, degustar unos ricos hojaldres en compañía de doña Angustias y cambiarse de vestido y peinado con ayuda de su nueva doncella personal, su padre solicitara audiencia con ella en su despacho.

No debería haber nada de raro en que un padre deseara pasar unos minutos a solas con su única hija tras un largo periodo separados. Deberían tener tanto que contarse, tantas preguntas que hacer y tanto tiempo que recuperar…

Ana puso los ojos en blanco y suspiró. Puede que algo así sucediera en una familia normal, cuya relación entre un padre y una hija normales conseguiría despertar en ella una envidia malsana. Pero no en el caso de don Alejandro Covas y Ana de Altamira; no en una relación tan fría, en constante tira y afloja.

Durante sus escasas visitas por vacaciones, los únicos momentos de reunión padre-hija procedían del tiempo que permanecían sentados a la mesa del comedor. Una mesa enorme, por cierto, que ejercía de perfecta barrera separadora entre ambas almas, pues cada uno solía ocupar su propia cabecera y ni siquiera levantaban la mirada de su servicio para fijarla en el otro. Bueno, siendo sinceros, Ana sí lo hacía. Solía dirigir furtivas miradas a su padre cuando este no se percataba, tratando de entender qué existía de diabólico en él, o de inaceptable en ella, para que jamás le hubiera dado la oportunidad de hacerse querer.

Después, durante la comida, el único sonido que llenaba el comedor procedía del choque ocasional de los cubiertos contra la vajilla, o de algún carraspeo casual.

Ana suspiró ante la negrura de sus recuerdos.

El hecho de que su padre deseara entrevistarse con ella en privado no podía más que extrañarle. Que solicitara dicha entrevista pocas horas después de su llegada, tampoco auguraba nada bueno.

Se miró en el espejo de cuerpo entero de su alcoba, muy erguida, analizando su aspecto. Un vestido en un suave tono blanquiazul, compuesto por un cuerpo de seda entallado con amplio escote en barco, mangas abullonadas a la altura del codo y voluminosa falda se reveló ante ella. El cabello, raya en medio, peinado en un rodete bajo adornado con horquillas de coloridos cristales, remataba el conjunto. Sí, sin duda estaba lo suficientemente aceptable para tan indigno interlocutor. Uno que, con seguridad, ni siquiera levantaría la vista durante toda la conversación para fijarla en alguien tan insignificante como ella.

Se calzó los escarpines de raso sostenidos con cintas, entrecruzando las lazadas alrededor del tobillo, y abandonó su cuarto con la sombra de la desconfianza empañando su mirada. No quería tener miedo, no podía permitirse mostrar debilidad ante su padre, pero no podía negar los nervios que sentía en el vientre.

Doña Angustias la aguardaba al pie del primer escalón, como siempre, esperándola para bajar las escaleras. Ana resopló hastiada, entregándole su mano. Aborrecía aquellas estúpidas reglas instauradas por su padre años atrás con el único objetivo de limitarla y volverla débil y dependiente. No de protegerla, como rezaba doña Angustias a modo de excusa, sino de controlarla. Estaba segura de ello.

Prohibido subir o bajar las escaleras sin la ayuda de un adulto, prohibido relacionarse con personas que su padre considerara inapropiadas —y que venían a ser todas aquellas a las que él no les concediera previamente su aprobación—, jamás hablar con personajes de condición inferior ni rebajarse a ser condescendiente con el servicio, prohibido leer novelas y mucho menos revistas para señoritas, prohibido escuchar a determinados compositores, prohibido pintar o tocar cualquier instrumento, por ser considerado por el señor conde un pasatiempo demasiado frívolo y poco funcional y, sobre todo, prohibido abandonar el Pazo sola.

—¿Sabes qué es lo que quiere, nana? —preguntó en el primer rellano, salvando con un saltito el último escalón, a modo de desafío a tanta absurda normativa. Doña Angustias no la miró, pero aceptó su rebeldía con una sonrisa cómplice.

#25

—No tengo ni la menor idea, niña.

Ana resopló y continuó bajando las escaleras con paso resignado.

—¿Es que ni siquiera va a dejar que me instale en paz? Acabo de llegar de la Corte. —Puso los ojos en blanco—. Santo Dios, ¿qué es lo que quiere de mí? ¿Tanto le fastidia mi existencia que está dispuesto a estorbarla a cada instante?

—No pienses de ese modo, niña.

—No puedo pensar de otra forma, nana. —Segundo rellano y segundo saltito para salvar el escalón—. Estoy segura de que si le hubieran dado a elegir, hubiera preferido un perro en vez de una hija. Un podenco tal vez. —Torció los labios en una sonrisa irónica—. Al menos un perro le serviría para cazar.

—Eres la condesa, haz el favor de no compararte con un perro.

Ana se detuvo en mitad del escalón para mirarla con el ceño fruncido.

—Entonces, ¿qué es eso tan urgente que no puede esperar a que la condesa descanse tras un largo viaje?

—Tal vez desee saber cómo te encuentras…

La joven jadeó, escéptica.

—Muy ingenua demostrarías ser si así piensas, nana. A don Alejandro Covas solo le importan tres cosas.

El ama arqueó una ceja componiendo una expresión interrogante. Ana satisfizo su curiosidad en el acto, acompañando sus palabras de un prolongado suspiro:

—Él, él mismo y otra vez él.

Doña Angustias la acompañó en su suspiro y tiró de ella, que se dejó llevar con docilidad.
—Te espera una intensa vida social a partir de ahora y tu papel en ella es muy importante, querida, no lo olvides.

#26

—No lo olvido —resopló—. Una vida social para la que llevo trece años preparándome.
Doña Angustias continuó sin mirarla, pero su semblante reflejaba ahora una gran compasión.

—Seguramente el conde querrá explicarte cómo están las cosas por aquí, lo que sería absolutamente normal. Tienes mucho sobre lo que ponerte al día, querida.
Ana alzó las cejas.

—Nada hay de normal en mi relación con el señor conde, y lo sabes.

La anciana ignoró el apunte.

—Hay mucho que hacer. Debes conocer a la perfección el funcionamiento del Pazo y de las restantes propiedades de tu madre para cuando llegue el momento de hacerte cargo de ellas. Es un asunto muy complicado y que exige una gran responsabilidad, debes ser consciente de ello.

En el aire flotó lánguido el eco de un suspiro, fruto del aburrimiento y la resignación.

—Tengo cinco años por delante hasta alcanzar la mayoría de edad y poder tomar posesión de todo esto; hasta entonces tengo tiempo de sobra para prepararme, no creo que corra tanta prisa. Además, sé muy bien cómo están las cosas por aquí, nana—replicó, nada más poner pie en el vestíbulo con un nuevo y desafiante saltito—: a merced de un dictador implacable al que nadie soporta.

—Puede que las cosas hayan cambiado. Debes tener fe…

—No lo creo. Mi formación académica ha concluido y las monjitas me mandan de vuelta. —Se humedeció los labios y miró al frente, dispuesta a encarar su destino—. Mi padre ha de estar furioso porque no le queda otro remedio que soportar mi presencia.

Doña Angustias la liberó de su agarre y la dejó ir, sin más palabras. No eran necesarias: la niña tenía razón en todo lo que había dicho.

Ana cruzó el vestíbulo con aplomo. Sus pasos ni siquiera se sentían sobre el sobrio gres del suelo. La vaporosa tela de su falda emitía un curioso fru fru al caminar, producto de la rigidez del tejido y de la ingente cantidad de tela empleada, a pesar de que esta no descendiera más allá de los tobillos. Su porte, pensaba doña Angustias al verla alejarse, era absolutamente el de una reina, o el de una estrella recién nacida refulgiendo por vez primera en su cielo, un cielo que le había sido arrebatado durante mucho tiempo. Pero no importaba; ya estaba allí, brillando en lo alto, pura, hermosa, resplandeciente, imitando en belleza a Selene, la diosa de rostro plateado que cada noche corona la bóveda celestial en su carro de nácar, derramando a su alrededor el mismo halo de señorío y donosura que la blanca deidad.

#27

Un lacayo le abrió la puerta del despacho después de obsequiarla con la debida reverencia. Entró sin mayor ceremonia, enlazando las manos frente al talle para permanecer de pie en medio de la amplia sala.

En el aire flotaba la esencia amarga del tabaco y la madera seca, una atmósfera sobria y absolutamente varonil. Hacía años que no entraba allí, pero todo mostraba el mismo aspecto austero, oscuro y abrumador que recordaba de niña. Por entonces tenía totalmente prohibido entrar en aquella estancia, y jamás se sintió tentada a desobedecer: aquel lugar resultaba casi tan sombrío como el alma que solía ocuparlo.

La escasa iluminación natural procedía de dos únicas ventanas protegidas por espléndidas caídas adamascadas, habitualmente corridas, que sumían la estancia en un ambiente de contrastes, luces, sombras y rincones oscuros. Paneles de oscura madera noble forraban el suelo y las paredes, confiriéndole al despacho una gran distinción y también un aire sombrío e intimidatorio. Un inmenso tapiz vestía la pared lateral y representaba la feroz escena de decenas de perros atacando con saña a un corzo solitario.
Todos contra el más débil, el solitario e indefenso. ¡Qué tópico resulta!

Por fortuna, la visión en la pared principal de un enorme óleo en tonos pastel que representaba a su madre en pose sedente con fresca naturalidad, sonriéndole directamente con su cara de ángel y su porte de ninfa hecha de bruma, consiguió reportarle cierta calma. Algo muy de agradecer en una dependencia que conseguía ponerle los nervios de punta.

Un escritorio robusto presidía el centro de la estancia. Detrás de él la esperaba su padre, con las manos entrelazadas sobre el estómago, repantigado con displicencia en un butacón orejero de estilo afrancesado ricamente tallado y tapizado.

—Padre —saludó con sequedad, doblando la rodilla derecha mientras retrasaba el pie contrario—, ¿me ha mandado llamar?

Él cabeceó en señal de bienvenida y, por toda respuesta, hizo un gesto con la mano para instarla a tomar asiento. Tras un instante de vacilación, Ana optó por acomodar sus faldas, no en la silla vacante frente al escritorio, como era de esperar, sino en un butacón más retrasado, cercano a la puerta y, por lo tanto, lo más distante posible de su padre y propicio para una pronta retirada.

Don Alejandro aceptó el desafío torciendo los labios en una sonrisa cáustica. ¡Ya le daría él verdaderos motivos para rebelarse dentro de unos minutos! Si la muy boba consideraba que tenía alguna posibilidad de salir victoriosa de aquel despacho, se equivocaba con rotundidad.

—Así es, Ana. Te he mandado llamar.

—Pues aquí me tiene, a su merced —inclinó la cabeza en provocadora reverencia, mientras abría los extremos de la falda para insistir en su cortesía. Una forma sutil, como otra cualquiera, de desafiar su autoridad.

Don Alejandro exhaló por la nariz conteniendo un exabrupto y las ganas de abofetear a aquella melindrosa insurgente.

—Soy consciente de que acabas de llegar y de que seguramente te encuentres todavía cansada del viaje.

Al menos tiene la delicadeza de darse cuenta de ello, aunque no se moleste en respetarlo.
—No se preocupe, padre —dijo convencida de que, por supuesto, no lo hacía—; efectivamente, no es un trayecto que haya realizado más que cuatro o cinco veces durante toda mi vida —la puñalada fue efectiva, a juzgar por el fruncimiento de ceño del caballero—, pero soy una persona fuerte y estoy convencida de que, después de una noche de descanso, me sentiré recuperada por completo. Mi cama, la cama del Pazo, no puede compararse con el asiento del carruaje, o con la dura y estrecha cama del internado.

#28

Ana casi podría jurar que los extremos del bigote temblaron debido a la tirantez que sufrieron los labios. Aquel hombre que se sentaba del otro lado del escritorio era su padre tan solo porque así lo rezaba un documento legal. Jamás había recibido de él más que desprecio o indiferencia.

—Me alegra que pienses así y que te presentes como una criatura fuerte y resistente, puesto que, como bien sabes, la vida de un noble no admite pausas innecesarias ni flaquezas. Hay asuntos que están por encima de nuestros propios intereses. Nos debemos al pueblo, a aquellos que dependen de nosotros, y tenemos la obligación de cumplir con nuestras responsabilidades. Espero que seas consciente de ello. —Ana le miró de soslayo. ¿Ahora pretendía hablarle de responsabilidades? ¿Él, que siempre había eludido las suyas como padre?

—Y cumpliré con las mías sin rechistar, como he hecho siempre. —Le dirigió una mirada retadora, cargada de intención—. Soy consciente de lo que represento y lo que se espera de mí. He venido para ser la condesa.

Don Alejandro esbozó una amplia sonrisa que elevó aún más los curvos extremos de su bigote. Su mirada rezumaba tanta maldad que ni la más radiante de las sonrisas sería capaz de disimularla. Tampoco tenía la menor intención de hacerlo.

—No esperaba menos de la señorita condesa, que tanto entusiasmo muestra por ejercer como tal —comentó con retintín—. Desde luego es un gran papel el tuyo, y debes de sentirte emocionada por representarlo. —La sonrisa falsa volvió a asomar—. Espero que ese grado de compromiso se extienda no solo a tus funciones de aristócrata, sino también a las de hija.

Ella arqueó una ceja. ¿A dónde pretendía llegar? No pudo evitar que su tono rezumara un cierto reproche cuando se expresó a continuación.

—Creo que siempre he sido una hija leal y obediente. No ha de tener queja de mí. ¿O sí? ¿Le han dicho algo las monjitas?

Don Alejandro la miró sin dejar de sonreír. Sin duda había recibido una buena educación: su temple y su flema resultaban admirables. Si estaba asustada, no lo parecía. Si se sentía intimidada, nada en su expresión lo daba a entender. ¡Brillante!

—Nada me han dicho las monjas. Hasta el día de hoy has sido una buena hija —concedió.
Desde luego, no se quejará de que le haya dado mucho que hacer durante estos años.

—Y espero que lo sigas siendo.

—Jamás he cuestionado sus decisiones —musitó—, si a eso se refiere.

Y eso que había motivos suficientes para cuestionar cómo un padre puede prescindir de su única hija durante trece años tras la muerte de su esposa.

El caballero se tomó un minuto para inhalar una bocanada de aire y sondear la expresión de su hija. Lacónica, sobria, digna, elegante… ¿A quién pretendía engañar? Seguramente en el fondo fuera una boba soñadora como su madre, solo que ésta, muy al contrario que su progenitora, parecía esconder sus flaquezas tras una máscara de orgullo y altivez. De nuevo, se quitó mentalmente el sombrero ante ella. Parecía una adversaria digna, pero él no se dejaría amilanar jamás por una mujer, y mucho menos por una que le recordara sus limitaciones.

#29

—No te he dado permiso para abandonar el despacho, Ana, vuelve a sentarte.

Al mismo tiempo que Ana abandonaba su plan de escape, el caballero se levantó de su asiento y empezó a pasearse con arrogancia por la estancia, con las manos en puños a su espalda, ocultas bajo los faldares de la chaqueta, y la barbilla erguida. Ana rehusó acompañar sus pasos con la mirada más tiempo del estrictamente necesario, lo que venía a reducirse a unos pocos segundos. No sentía el menor deseo de admirar la figura de aquel hombre.

—Cinco años es mucho tiempo para que una mente influenciable y frágil se mantenga ociosa. Ana Emilia Victoria Federica, Ana de Altamira y Covas… acabas de salir de un internado que ha actuado sobre tu alma a modo de burbuja protectora y, por tanto, tu personalidad es débil y maleable. Y ya sabes lo que opino acerca de la debilidad de carácter.
Ana se mordió el labio inferior. Durante trece años había tenido tiempo de fortalecer su carácter. Y, sin duda, lo había hecho. Se encontraba en un punto en el que no se consideraba a sí misma ni débil ni maleable. Puede que fuese ingenua e inocente, dulce y candorosa en su naturaleza, pero no tonta ni fácil de persuadir.

—Le aseguro, señor…

Pero él la interrumpió.

—No tienes entereza, experiencia ni talante. —Sus ojos se achicaron con maldad—. Y tampoco potestad para tomar decisiones importantes, así que yo las tomaré por ti.

Ana se envaró. No le agradaba el cariz que estaba tomando la conversación.

—¿Qué pretende decirme, padre? ¿Decisiones? No entiendo de qué me está hablando.

—Tu condición y tu patrimonio te convierten en apetecible carnaza para los cazafortunas que pululan de salón en salón, en busca de una incauta que les arregle la vida. Y la casa Altamira no ha nacido para arreglarle la vida a cualquier sacacuartos, lo entiendes, ¿verdad?

#30

Ana frunció el ceño, cada vez más confusa.

—No, no lo entiendo. No sé lo que pretende decirme, y disculpe mi torpeza, señor.
El caballero detuvo en seco su paseo. Resopló, hastiado en verdad de la simpleza de su hija, para dirigirse a ella con voz firme.

—Debes casarte.

Así, sin paños calientes. A sangre fría y sin escrúpulos.

Sin poder contenerse, Ana se levantó de su asiento con tal ímpetu que arrastró la butaca sin ningún tipo de ceremonia hasta que acabó impactando contra la pared, lo que provocó que su padre se envarara y la mirara con el ceño severamente fruncido. Casi en el acto se arrepintió de dejar a la vista sus emociones ante un enemigo tan despiadado; pero, a pesar de ello, no se volvió a sentar. Se limitó a quedarse de pie mientras observaba a su padre con una rabia insondable borboteando en su interior.

—¿Debo casarme? —replicó sofocada—. ¿Para decirme eso ha organizado esta entrevista?

—Es un punto muy importante a tener en cuenta. Un punto que debemos arreglar cuanto antes. En este mismo instante, a ser posible.

Ella jadeó y deslizó la mirada por todas partes sin ser capaz de fijarla en ningún punto concreto.

—Es mi deseo que contraigas matrimonio, Ana —insistió su padre—. Es mejor prevenir que lamentar, mejor buscar un candidato apropiado antes de arriesgarnos a que te desposes con un derrochador que nos hunda en la miseria. Debemos asegurarnos de mantener a salvo el patrimonio familiar, de que la fortuna de la casa Altamira no caiga en malas manos.

Ana se ruborizó hasta el nacimiento de sus cabellos.

—¿Y por qué debo casarme? ¿No puedo permanecer soltera? De ese modo la fortuna que tanto teme perder quedará en manos de la familia —rebatió, sintiendo una oleada de calor e indignación subiendo por su cuello. Seguramente había alzado la voz más de lo esperado en un carácter apacible como el suyo, pero no lo podía ni quería evitar. En esos momentos, ardía en rebeldía.

—¿Soltera? ¡No seas ridícula! —El conde había alcanzado un cierto grado de coloración en el rostro, prueba inequívoca del ardor con el que se expresaba y de lo poco dispuesto que se encontraba a admitir una negativa—. El matrimonio es un negocio. Y los negocios fortifican los blasones familiares. ¿Eres consciente de la vergüenza que supondría para esta noble casa si comprometieras el título y la grandeza de tu apellido por culpa de un comportamiento desacertado?

#31

Ana apretó los dientes hasta que sintió un profundo dolor en las sienes.

—¿Y por qué habría de comportarme con desacierto? ¿Acaso me considera tan imprudente? —Sus manos se cerraron en puños a ambos lados de su cuerpo. Sus uñas se clavaron en las palmas—. ¡Soy una mujer inteligente, sé cuidarme sola, padre! —rugió entre dientes, arrastrando las palabras—. ¡Llevo trece años haciéndolo!

Don Alejandro exhaló profundamente por la nariz. Ana no podía saberlo, pero empezaba a perder la paciencia. ¿Desde cuándo aquella mocosa se atrevía a rebatir sus deseos?

—No se trata de eso. Empiezo a ser consciente de lo inteligente que eres. —La fulminó con la mirada—. Y la inteligencia en una mujer resulta absolutamente indeseable.

Ana no pudo evitar dar un respingo. Aquellas palabras habían sonado demasiado crueles, incluso para un alma cruel por naturaleza.

—Soy joven para casarme, no puede pensar siquiera en obligarme a ello… —Ana parpadeó, expresándose apenas en un susurro. No sabía cómo rebatir y defenderse ante un enemigo tan bien preparado. Y estaba claro que el conde tampoco esperaba que la joven tuviese algo que decir al respecto.

—¡Soy tu padre, y es mi última palabra! —exclamó, dedo acusador en alto—. ¡No te queda otra opción que obedecer… u obedecer!

Ella tragó saliva y fue consciente de la terrible picazón que empezaba a fraguarse detrás de sus párpados y de lo que sucedería si no era capaz de controlarla.

—¡Demonios, no eres una mujer libre, nunca lo has sido y nunca lo serás! Como te dije, no tienes potestad para negarte a mis designios. ¡Y no me desafíes o lo lamentarás! —Su voz descendió una octava para adoptar un registro bajo y sombrío—. No te imaginas cuánto.

Aquella amenaza sonó en su cabeza como la más amarga de las sentencias. Sintió que las rodillas le fallaban, que a su alrededor la habitación al completo, con sus fastuosos candelabros, sus tapices y sus jarrones orientales, se iba a pique con ella dentro. Un sudor frío se instaló sobre su nuca y en su frente. Se apoyó sin disimulo en el brazo del butacón en el que minutos antes se había sentado, para no desplomarse.

—¡Y ahora vete a descansar! Serás informada de todo en su justo momento. ¡Retírate!
Pero Ana no se movió del sitio. Alzó la mirada de forma sistemática y la visión del enorme retrato de su madre consiguió insuflarle arrojos. No podía dejarse vencer, no por él.

—Será todo un detalle por su parte mantenerme informada… de la resolución de mi vida. —Las palabras salieron solas de sus labios, escoltadas por las lágrimas que ya se agolpaban en sus ojos a la espera del pistoletazo de salida.

Se llevó una mano a la helada frente y trató de serenarse, pero las lágrimas empujaban tan fuerte que a duras penas podía contenerlas.

—¿Y si me niego? ¡Soy la condesa! ¿Y si me niego? —protestó entre sollozos.

—¡Con mayor razón, señorita condesa! —replicó burlón—. Es tu obligación dar ejemplo. ¡Debes casarte y obedecer a tu padre! —insistió con rotundidad.

Ella alzó la barbilla, desafiante.

—No voy a casarme, padre. Tendrá que obligarme.

El caballero se llevó dos dedos al puente de la nariz y apretó fuerte mientras cerraba los ojos, aparentemente agotado.

—No me has entendido, Ana. No te estoy ofreciendo una posibilidad a considerar. —La miró achicando los ojos y sonriendo ante su inminente victoria—. Te lo estoy ordenando. —Estrelló el puño contra la mesa, consiguiendo que su hija diera un respingo—. ¡Y obedecerás! ¡Por mi vida que obedecerás! ¡Aunque sea lo último que hagas! ¡Si es necesario, te llevaré a rastras al altar, no te quepa la menor duda!