Nubis
Rango12 Nivel 57 (11033 ptos) | Ensayista de éxito
#1
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  • #2

—…y les envié a mi hijo para que tuviesen un ejemplo a seguir, alguien inspirador para que se viesen reflejados y sentir que eran capaces de ser como él. Pero en su lugar una mayoría empezaron a ser mártires al sentirse mediocres, y eso que no están diseñados para ello, o incluso desesperados por querer ser como mi hijo en sólo unos días.
—Conozco esa sensación. Pienso que enfocan mal los ejemplos que se proponen seguir. Es eso que vosotros llamáis… sí…
—Idealización.
—Eso. Idealizan incluso por encima del ser que vanaglorian, pero sobre todo por encima de su propio ser. Normal que se sientan superados hasta la amargura.
Los dioses se miraron unos a otros y afirmaron provocando un murmullo cósmico.
—A veces creo… —Se detuvo un momento para suspirar. Cerró el ojo y se mantuvo pensativo. Uno de los dioses le animó a continuar—. A, a veces creo que me equivoqué y envié a su anti.

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#2

—¿Qué dices? Tú nunca te equivocas.
—Claro, pero las consecuencias…
Esa palabra hizo que todos los presentes en la terapia grupal mirasen alrededor, a la madre Universo.
—No creo que enviaras a su anti —expuso con voz calmada un dios púrpura transparente—. La culpa no fue de tu hijo. Los seres son —Calló. Varios lo miraron y analizaron su trance. Al final se pronunció—. Me sorprende que surjan de nosotros. ¿En el fondo del abismo somos así?
—Una eternidad de existencia demuestra que no somos como ellos.
—Salvo por la inseguridad.
—Por favor, deja de repetirlo cada siglo.
“Calma”
La voz omnipotente del moderador se impuso. Sin decir nada, quien debía hablar notó un hormigueo en la corteza existencial. Se trataba del que envió a su hijo, el del gran ejemplo.
—Como decía, en lugar de inspirarse, se sintieron mediocres. Y ahí se han quedado. Es como si sintiesen que ya está todo hecho y que ya no queda nada más por hacer.
—¿Sienten que todo está inventado? ¿Y para qué rayos ideamos la palabra infinito entonces?
—Eso, eso —dijo una entidad camuflada entre ellos.
—Estoy tan sorprendido como tú. Así que así estoy, a la espera de ver qué sucede.
—Creo que tu caso —inició un dios de prominente bigote de estrella— es lo que llamamos en mi sector Centauri 822 como “teléfono loco”. Perdón por mi tecnicismo, pero enseguida comprenderéis —dijo y se centró, tosiendo un poco de nebulosa—. Para este caso, el problema no es el trabajo, que siempre está bien hecho —puntualizó—, se trata de expansión de la palabra, que fue tergiversándose conforme más lejos llegaba.
—Así es. Fueron surgiendo seres que hablan en su nombre sin dar ejemplo.
—¿Veis? Los que más cerca estuviesen del hijo, más se parecerían. Los más alejados, interpretarían su propia retahíla. Eso si hablamos de distancia, que de tiempo...
—El tiempo no existe —se pronunció un dios enano.
—Eso será por tu parte, negado.
—Es mi trabajo. Soy más feliz sin tiempo.
—Si somos eternos.
—La eternidad no existe.
Se produjo un silencio incómodo que se registraría en frecuencias captadas de satélites separados por milenios. El dios del ejemplo continuó hablando:
—Por lo que cuentas, mi buen dios, es que creé el anti sin quererlo.
—Yo no he dicho…
—Me explico. Me refiero a esa onda expansiva que dejó mi hijo. El anti surgió en los puntos más alejados de la onda donde ya es tenue. Ni puntos de memoria en forma de escritos permiten reactivar la energía original…
—Mirad, lo voy a decir claro.
Todos se enfocaron hacia el dios que ocupaba media galaxia, situado en la lejanía. Hasta el momento en todas las reuniones se había mantenido como un espectador. Escuchar su voz resultaba revelador:
—No es problema nuestro lo que pase con esos seres. Nuestro trabajo es perfecto, y los errores surgen por el paso de sus generaciones. ¿En qué se parecen los primeros nacidos a los últimos? Varios de vosotros lo habéis comprobado muchas veces.
—Es injusto.
—¿Moral? Pasas demasiado tiempo con tus hijos. Deberías tomarte un tiempo para ti y el vacío. Nos apegamos tanto a nuestros seres que acabamos imitándolos. Al principio como mero capricho o curiosidad, luego como grandes actores que han olvidado quiénes son. Mirad —Se acercó un año luz—. El problema real es que escuchan sólo lo que desean: y a cada concepto de eso que llaman horas, según la esfera que habiten.
—Son selectivos.
—No, no —el eco de los noes se expandió por los eones—, no es eso. Sólo —remarcó— escuchan lo que desean, ¿sabéis? No lo que les parece mejor. Me refiero a lo que están deseando a cada momento.
—Pero si cambian enseguida. Me atrevería a decir que incluso por lo que comprenden como días.
—Eso es. Eso es —repitió por lo bajo—. Miles de palabras y siguen siendo tan creativos como para transformarlas a su punto de vista, una actitud mutable y por lo tanto ajena a nosotros.
“La Palabra es ambigua” expuso el moderador “Es el ser quien le da el brillo”.
—Y todos sabemos que la luz de Madre es de una intensidad variable, por no hablar de las tonalidades cuando es color.
Los dioses escuchaban y se miraban de reojo. Lo comprendían y lo sabían todo, pero por eso mismo que era tan vasto su conocimiento que tenían que estar recordando en cada vez.
—Así que —regresó a hablar el dios del hijo enviado—, no es mi culpa.
Nadie dijo nada.
—Es —continuó—, culpa de… no. Tampoco es su culpa. Resultaría en lo que ellos llaman injusto. Son así.
—Pero, ¿por qué ahora asumes? ¿No enviaste a tu hijo para que cambiaran?
—Sí, y algo logró. Pero en esencia…
El silencio regresó. Todos quedaron pensativos, abstraídos cada uno en sus seres creados. Era la verdadera imagen del amor: preocupación.
—Nosotros ya hemos hecho lo que debíamos, que no es poco. Ahora depende de ellos.
Y el cosmos continuó girando.