Bastis13
Rango11 Nivel 51 (6854 ptos) | Artista reconocido

Leyendas Olvidadas 3: El Renacer de la Vida - Parte 2
FINALIZADA

Segunda parte de la tercera novela de la saga:

Alish y sus compañeros proseguirán con su duro viaje, y ya no se tratará solamente de salvar al mundo, también deberán devolverle el gran poder al Árbol de la Vida, para que éste renazca de nuevo y así lograr detener los oscuros planes de Padme. Alish seguirá adelante en busca de las Grandes Espíritus para conseguirlo y, lentamente, irá descubriendo la verdad y el pasado que se relaciona con ellos y los falsos dioses, poniendo fin a las viejas leyendas ya olvidadas.

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artguim
Rango12 Nivel 59
hace 12 días

Adelante con ella por mi parte, @Bastis13, ya lo sabes. ¿Con esta concluyes definitivamente la historia?

Bastis13
Rango11 Nivel 51
hace 11 días

Muchísimas gracias, @artguim, estás siendo un gran compañero en esta aventura.
Con esta se termina la trama principal, pero quedará una secundaria, que no podré solucionar por longitud en esta historia.
Así que con esta diremos adiós a Alish como protagonista.
Saludos, y gracias por seguir con la novela.


#2

Capítulo 24.1

—Gracias por besarme —susurró Alish, consciente de que ese gesto, antes simple, para Einar, en su estado, significaba sufrir.
—No me lo agradezcas —pidió con pesar—. Me siento un hombre horrible por desatenderte.
Alish negó enérgica con la cabeza, con la mirada gacha y un sutil sentimiento de alegría por haber podido sentir los labios de su amado.
—No te preocupes, ya te lo he dicho, que sólo pienses en ti, que yo esperaré.
—Me esperarás, sí, eso dijiste, pero con Erwin ocurrió algo, ¿verdad? —preguntó sabiendo que la respuesta no le agradaría.
—Einar, no fue nada que deba importar —bufó desganada.
—Sí, recuerdo que también dijiste eso pero… Alish, quizá a la larga si te importe.
—Sólo fue un beso, y después vi claro que si no son tuyos no quiero los de nadie más —confesó sin pensar.
Einar ensombreció el rostro; salió de la estancia con ira y rencor. Alish se quedó en la habitación llorando en silencio, arrepentida por haber hablando más de la cuenta.
—Einar… —susurró Shirley al ver en él la furia que emanaba.
Antes de poder entrometerse y detenerlo, el joven ya le había clavado una daga a Erwin en la mano, dejando la extremidad enclavada en la madera de la mesa y arrancando de su compañero una mirada de odio, pero, pese al dolor, no le dio el gusto de oírle gritar.
Owen y Lupo lo separaron antes de que hiciera alguna locura más.
—Alish me eligió y lo ha hecho de nuevo —espetó zafándose de sus compañeros—. Por mí como si quieres morirte, pero deja de acosarla o la próxima ira directa al corazón. —Desfogado se encaminó a la calle.
Shirley corrió tras él. Erwin la llamó antes de que saliera:
—Hermanita, ¿es que no piensas curarme? —preguntó con oscuridad en la voz, la mirada y el alma, aunque el tono pareciera sereno y frío. De un tirón arrancó la daga, sin dibujar gesto de dolor alguno, dejando a sus compañeros atónitos y asustados.
—Te lo has buscado tú solo, hermano —respondió dándole la espalda, tragándose sus miedos, sabiendo que él estaba dejando libre su parte más siniestra, sabiendo que nada, ni compartir sangre, la salvaría de su maldad si la oscuridad seguía tomando el control.
Erwin le lanzó la daga, que se quedó clavada en el marco de la puerta, junto al rostro de la muchacha, que por unos instantes detuvo la respiración.
—¿Podrías devolvérsela? —La sonrisa maliciosa que dibujó hizo retroceder a Owen y Lupo; Neil se levantó de la silla, alejándose también. Shirley desclavó la hoja, esforzándose para disimular su temor—. Así que se la darás, ¿y lo harás pese a que me ha amenazado con clavármela en el corazón?
—Si sigues por ese camino quizá no se lo impida si lo intenta —espetó al salir.
Erwin apretó con fuerza la herida, haciendo que sangrara más, mirando hacia la puerta con asco.
—Ni que ese imbécil pudiera hacerme algo —bufó molesto—. Pero esta traición me la pagarás, hermanita —musitó encaminándose a la habitación de Alish.
Owen temblaba, la palaba «pánico» no describía ni de lejos lo que sentía.
—¿Pero qué le pasa a ese chalado? —preguntó Lupo más inquieto de lo que le hubiera pensando.
—Alish debería sellarle los poderes —musitó Ligia, que con serenidad, había contemplado la escena.
—¿Esa niñata es de piedra o qué? —se sorprendió el lobo al ver la tranquilidad que mostraba pese a ser tan joven.
—No seas despectivo —le reprochó Neil.
—No importa.
—A mí sí me importa —le indicó el semielfo acuclillándose junto a ella—, y no quiero que nadie te diga nada que pueda molestarte.
Ligia agachó la cabeza, no se veía capaz de mirarle.
—Gracias.
—Mi relación con él no me alejará de ti —le susurró plantándole un beso en la sien y levantándose—. Owen, ¿estás bien?
—No —respondió dejándose caer sobre la silla—. Ya no respeta ni a Shirley.
—No tenemos de qué preocuparnos —añadió Ligia—. Alish se ocupará de Erwin en cuanto vea que se está descontrolando.
—Esperemos que no mate a nadie antes de que eso ocurra —suspiró Owen sin sentirse tranquilo. «Podría haberla matado cuando le ha lanzado la daga, y yo no podría haber hecho nada por ella…», se inquietó aún con el cuerpo tembloroso.
* * *
—Einar, ¿qué ha pasado? —le preguntó Shirley cuando llegó a su lado.
El joven se había sentado en uno de los poyos solapados a una casa apartada.
—Lo siento, de verdad, lo siento mucho —musitó con lamento y verdadero arrepentimiento.
—No; no tienes que disculparte, él… —La joven se arrodilló ante su amigo—. Erwin no es como nosotros —susurró con pena—. Estás pasando por algo muy difícil y él no hace más que complicar las cosas.
—¡Joder, Shirley! Le he agredido, no me digas que…
—¡¿Me vas a hacer caso?! —espetó con energía. Einar la miró sorprendido—. Tu salud mental no es estable, lo que has hecho no está bien, pero es comprensible. Erwin te está provocando para que actúes así.
—¿Por qué? No entiendo nada.
—Al principio seguro pensó que, acercándose a Alish, lograría hacerte volver, pero su oscuridad, su mente retorcida y el reconocer al fin que está enamorado de ella, pues… Dioses, lamento tanto esto.
—Alish le permitió que le robara un beso.
Shirley no supo que decir por unos instantes, luego le levantó el rostro y le dedicó una bella sonrisa.
—¿Un beso? Eso significa que Erwin no logrará nada más de ella.
—No puedes saber…
—¿Es qué no te das cuenta? —espetó con falsa molestia—. Si hubiera deseado a mi hermano no se habría detenido en uno sólo. O eres tú o no quiere hacerlo con nadie más.
—Eso me dijo ella, ¿pero cuánto tiempo será así?
—Te quiere, no te preocupes más —le susurró plantándole un beso en la frente.
—La he besado.
—¿No te dije que te mantuvieras a distancia? —preguntó reprimiendo el reproche en su voz.
—Ella lo necesitaba. Y su olor… no puedo resistirme nunca a ese olor a rosas —suspiró perdido en el recuerdo del aroma.
«¿De qué habla? Alish nunca ha olido a rosas. Mm… pero eso puede servir», pensó descolocada a la par que animada.
—Ya sé cómo lograr que puedas volver a acercarte a Alish —indicó con alegría y orgullo.
—¿De verdad? —exclamó esperanzado.
—Pues claro, ¿a caso dudas de mí? Soy una mujer extremadamente lista, ¿vale? —dijo con fanfarronería.
—Perdón, no quería ofenderos, my lady —se mofó sonriendo con algo más de alivio en su alma.
—De momento vayamos dentro —dijo poniéndose en pie y tendiéndole la mano—. Pero no te burles más de mí o…
—Me pegarás, lo sé —exclamó riendo.
—Idiota —susurró acompañándole las carcajadas, aliviada y feliz por lograr disipar parte de la pena que su amigo cargaba.
* * *
—Alish, necesito una cura —dijo Erwin entrando en la habitación sin llamar.
La joven se secó las lágrimas con prisas, pero sus lamentos desaparecieron, tornándose miedos al ver la sangre y la herida del muchacho.
—Pero, ¿qué ha ocurrido?
—Einar.
Alish tragó nerviosa.
—Lo lamento. —Le cogió la mano con ternura y dejó que su magia fluyera, sanando así la herida. «Algo no está bien en Erwin…», pensó al notar que su magia tardaba más de lo habitual en curar la lesión.
—¿Por qué te disculpas? No has hecho nada para ello, ¿o sí? —Su tono, pese a sonar sereno, a Alish le pareció frío y sombrío.
—Le conté a Einar que nos besamos —respondió ocultando su preocupación.
—¿Por qué?
—Porque él preguntó y yo estoy cansada de ocultarle siempre secretos que, a fin de cuentas, él ya conoce. «Aunque realmente fue sin querer, quería decírselo con más tacto».
—¿Tienes miedo de mí? —preguntó con la mirada vacía, dejando a la muchacha descolocada.
—No, ¿por qué iba yo a…?
—Mientes muy mal —la interrumpió, agarrándole la muñeca de la mano con la cual le estaba sanando—. Sé que lo notas; las sombras se expanden en nuestro interior.
—Me haces daño —se quejó deseando ignorar las palabras de su compañero.
—No salvarás a nadie si sigues dejando que las tinieblas crezcan.
—¡Calla! —gritó forcejeando, pero él apretaba más con cada tirón.
—Sella mis poderes tras mi regalo, y no permitas que pueda romperlo —susurró sin sentimiento alguno en la voz.
—¡Espera! ¡No lo hagas!
Pero las palabras de Alish no detuvieron a su compañero, que, sin dudarlo, arrancó las tinieblas del interior de la chica, llevándoselas, incrustándolas en su alma. Una poderosa cantidad de oscuridad abandonó el cuerpo de Alish; la nube negra y densa se metió dentro de Erwin, que emitió un grito de dolor cuando la aceptó en su totalidad. Ella, sin demorase, selló los poderes del joven; el sello no podría ser roto por él. Erwin cayó al suelo, el dolor era intenso, incluso al sentir su magia disiparse, las tinieblas, mientras menguaban, arañaban sus entrañas y su alma.
Alish lloró, creyendo que él no lo aguantaría, era demasiada oscuridad la que le había robado, y con esperanzas de ayudarlo, ella dejó fluir su luz, más intensa y cálida, logrando que las sombras desaparecieran junto a un dolor horrible.
—Erwin, háblame, dime algo —pidió entre sollozos.
—No llores, tonta —susurró agotado.
—¿Por qué? ¿Por qué has hecho algo así?
—No lograbas curarme —susurró acariciándole la mejilla con amor, mirándola anonadado y con ternura—. La oscuridad era tal que tu luz se estaba agotando, y te quiero por ser tan brillante y cálida.
Alish se arrodilló colocando la cabeza de Erwin sobre su regazo.
—Creí que eras tú —confesó con pena—. Pensé que te ocurría algo, pero era yo…
—No te equivocabas, querida —musitó forzando una sonrisa cansada—; mi alma se estaba ensombreciendo por momentos y mi mente estaba tornándose oscura.
—Erwin, ¿todo lo que hacías era por tus poderes?
—No todo. Alish, crees que soy un chico tierno, pero no olvides que pretendo hacerte mía a toda costa —reconoció dejando escapar un suspiro cansado e incorporándose.
Alish lo miró sin saber que decirle, sin saber qué hacer para que dejara de insistir.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó ella tras unos segundos de silencio.
—Cansado —sonrió.
—Vayamos al comedor, aún queda algo que he de aclarar —musitó con desgana.
—Sé que no deseabas contralo, pero somos tus compañeros, tus amigos y tu familia. Por lo que he leído, creí que debíamos conocer la verdad.

#3

Capítulo 24.2

Alish bufó.
—Podrías haber hablado conmigo antes —espetó levantándose.
—Ya, pero no hubieras aceptado —respondió poniéndose en pie con una sonrisa pilla.
—Descarado.
—No lo suficiente —exclamó besándole en el cuello.
Alish lo apartó con el rostro enrojecido.
—No hagas eso.
—Ya te he dicho que no voy a rendirme —indicó abriendo la puerta y haciéndole ademán para que saliera antes. Ella caminó hacia la puerta—. Y ahora me debes una —susurró cuando Alish cruzó ante él.
—Será mejor que no me enfades —apuntó molesta por el tono de extorsión que no había disimulado.
—Si pretendes darme miedo, no lo estás logrando. —La acorraló contra pared del pasillo—. Es más, esa expresión y esa actitud me encienden por momentos.
Alish lo empujó, no logró decirle nada, caminó con prisas para llegar cuanto antes al comedor. Erwin la siguió con gesto divertido, deseando seguir con su juego.
La chica llegó a la estancia cuando Einar y Shirley entraron por la puerta de salida a la calle; el joven miró al suelo, Shirley le dio un codazo y le sonrió.
—Creo que esperáis que aclare y cuente lo que Erwin indicó antes —dijo Alish mientras se acomodaba en la silla igual que sus compañeros.
Se hizo el silencio. La expectación era palpable. Alish, tras un suspiro empezó su relato.

#4

Capítulo 25.1

—Todo esto ocurrió antes de que las leyendas se formaran, cuando los dioses no eran dioses y la luz reinaba sobre las tinieblas:
»El Gran Árbol de la Vida se alzaba sobre el mundo; sus frutos brillaban inundando los cielos de esferas incandescentes, como un manto de estrellas, pero esas luces eran algo más que gases y fuego, eran almas y magia. Del Árbol nacieron los seres que protegerían y mantendrían la naturaleza en equilibrio; ninfas, duendes, elfos… Todos ellos convivían en armonía, entre bosques y desiertos, entre mares y montañas. Con la balanza en ponderación, y por deseo del Árbol, el ser humano nació y pobló las tierras para esparcir las almas que nacían de los frutos de la mágica planta.
—Por ende, los humanos somos hijos del Árbol, no de los dioses, ¿verdad? —intervino Shirley.
—Así es —prosiguió Alish—. Pero la paz que reinaba se vio truncada por unos seres que no provenían de este mundo, seres que cruzaron un portal buscando un lugar del cual obtener más poder, un vergel el cual marchitar. Los que hoy son nombrados como el Creador y la Gran Madre, emergieron del mágico pórtico acompañados de seis de los suyos y miles de seres que los obedecían; bestias y monstruos que deseaban alimentarse de carne y sangre.
—¡Eh! Espera, espera —interrumpió Einar.
—¿Ya te has perdido? —apuntó Erwin tratándolo de tardo.
—No, pedazo de idiota —exclamó molesto. Dirigió sus palabras a Alish—. Si todos ellos son oscuridad, tú…
Alish agachó la mirada, sabía que su verdadero origen incomodaría al joven.
—Eso no importa ahora —continuó tras un suspiro—. Padme no era feliz a su lado, no deseaba alimentarse de la magia que nacía en este mundo, pero así era su raza; la oscuridad era su esencia, la maldad su razón de ser. Ellos se nutrían de la luz de los mundos que invadían, tornándola penumbra, marchitando toda vida que encontraban.
—Eso me recuerda a lo que le ocurrió a Erwin —indicó Owen inquieto.
—Ya la has oído —exclamó Erwin como si nada le importase, ocultando su malestar—; trajeron la oscuridad, así que la nigromancia nació con su llegada, por lo que es lógico pensar que los magos oscuros actuemos con los mismos instintos de esos que nos marcaron con las tinieblas —explicó con una sonrisa sutil, más melancólica de lo que hubiese querido mostrar.
Shirley lo miró con lástima.
—Por favor, Alish, continua —le pidió sin poder apartar la vista de su hermano.
—Pero en este caso un contratiempo los detuvo —siguió—; el Árbol y su poder estaban protegidos por los ocho Grandes Espíritus; los primeros entes que nacieron de él, los más poderosos y antiguos. Al no poder acercarse a su objetivo, los seres oscuros escondieron su esencia y pactaron con los Espíritus. Pero Padme, que veía algo especial en los humanos, no deseaba destruir el mundo donde éstos vivían. Abandonó a los suyos y ocultó sus poderes para poder esconderse de ellos.
—Así que ella amaba a la humanidad. Mm… —musitó Shirley—. Hay algo que no encaja —dijo para sí.
Alish seguía narrando:
—Entre los hombres escogió a uno, uno al que amó; el padre de su hija. Un rey poderoso, no sólo por su corona, también por la luz que poseía, una magia cálida y abrumadora que atrapó a Padme.
—Pero, ¿realmente estás segura de los sentimientos de ella? —preguntó al fin su amiga con inquietud—. Un ser oscuro no puede amar; y lo mire como lo mire, después de saber que la luz era del monarca…, no puedo más que pensar en que ella sólo sentía atracción por la magia de él.
—No sabría que responder —dijo Alish con desánimo—; pero vi amor en su mirada, es su voz y en sus actos.
—No sabemos nada de su origen —intervino Ligia—. Por la parte que conocemos son oscuridad, pero al igual que los humanos, podrían haber elegido ese camino, ensombreciendo su lado puro, ¿no?
—Aún así… Hay que ser muy cruel para alimentarse de un mundo entero hasta agotarlo —exclamó Shirley.
—Pero ella era diferente —añadió Alish con melancolía—; era más luminosa que todos ellos, y aunque fuera solo un poco, era suficiente. Y más después de que, del amor con su rey, floreció una pequeña simiente. Cuando quedó en cinta su luz cobró fuerza.
—Pero después todo se jodió —gruñó Einar, molesto por como afectó el pasado a Alish, que asintió y prosiguió:
—El rey deseó hacerla su reina. Ella, pensando sólo en el amor, lo permitió, sin tener en cuenta que la noticia del enlace llegaría a oídos de los suyos, de su «familia». Su felicidad duró poco; el rey murió a manos de uno de uno de los seres oscuros, un ser que no deseaba que Padme abandonara lo que era; tinieblas. —Todos, menos Lupo y Ligia, dibujaron sendas cara de rabia, recordando al Corrupto y todo lo que perdieron por su culpa—. Padme, hundida en la pena, estalló en ira; deseaba matar a su hermano. Viendo que la oscuridad de la desdichada ponía en riesgo sus planes, la Gran Madre selló la oscuridad en su interior, usando a la niña como receptáculo.
—Y nacieron las Hijas de las Sombras —suspiró Shirley triste.
—Padme huyó de nuevo; se alejó de los Viejos Reinos y buscó en el continente hermano un lugar donde descansar, donde pasar la pena y criar a su criatura. En ese tiempo, los falsos Dioses, ya tratados como seres divinos por los hombres, iniciaron los planes de alimentarse del Árbol. Habiendo engañado a los Grandes Espíritus, se aprovecharon de sus poderes para tornar la luz del Árbol en tinieblas y así absorber su poder. Padme, con la niña ya nacida y oculta, deseó luchar por los humanos que la habían acogido, y por los que la amaban a ella y a su pequeña. Sabiendo que contra los suyos no podría ir, atacó el punto más vulnerable; los Guardianes. Convenció a los protectores para que desistieran de ayudar a los falsos Dioses, y éstos, creyendo en ella, en el último momento, rompieron los juramentos de sangre y dejaron de ser Guardianes o huyeron, dejando a esos seres a su suerte.
—Nuestro padre… —Shirley miró a Erwin, que no había dibujado gesto alguno—. Él… él era un Guardián, ¿no?
—Sí —respondió aguantando su amargura—; el de Padme en concreto. Ella pactó con uno de los Grandes Espíritus por temor a no poder hacer frente a su familia o como queráis llamarlos. Ulrik decidió ayudarla, después dejó de ser Guardián.
—¿Y qué ocurrió luego? —preguntó Ligia encauzando la explicación, y Alish continuó:
—Los Dioses desataron el poder de los Grandes Espíritus. Atacaron al Árbol de la Vida, drenando su magia, sin saber que usar a los Espíritus los había condenado. El Árbol se marchitó; no nacieron almas nuevas.
—Es un poco extraño pensar que las almas dejaron de crearse —indicó Owen.
—Por suerte para la humanidad seguía existiendo la posibilidad de la reencarnación —siguió Alish—. Después, Padme regresó junto a su pequeña sabiendo que el tiempo de su familia corría en contra de ellos. Pero uno la siguió; cuando quiso acabar con la vida de la niña, la madre se enfrentó a él, pero sin la totalidad de sus poderes y habiendo liberado al Gran Espíritu con el que pactó, pereció. Él absorbió lo que le quedaba de magia y de tinieblas, haciéndose más poderoso. Henchido de poder se tornó un peligro para los suyos, puesto que quería más. La oscuridad que robó lo marcó, el Corrupto nació. La Gran Madre lo encerró en un lugar tan oscuro como él, alejándolo de sus propósitos de arrebatarles el poder, siendo encerrado en las Tierras de Fuego y Muerte, junto a las bestias, que habían encerrado tiempo antes para engañar a los Grandes Espíritus.
—Pero ¿cómo soportó el Corrupto la maldición de los Grandes Espíritus? —preguntó Shirley intrigada.
—Se imaginó que Padme y los Guardianes tramaban algo y decidió no utilizar el poder del Espíritu con el que pactó —explicó Alish—. Cuando la promesa fue rota, el pacto también, y se liberó así al Gran Espíritu. —Miró sus manos entrelazadas y continuó—. Tras toda la historia, los falsos Dioses, con Padme muerta, cayeron dormidos. Los Grandes Espíritus los encerraron en los Templos de los Elementos junto a ellos para custodiar su descanso. Por último, los Espíritus utilizaron el poco poder que quedaba en el Árbol marchito para crear la Semilla, de la cual brotaría otro. Pero con el Corrupto encerrado nadie osó plantarla, optaron por esconderla, labor que llevaron a cabo los antiguos Guardianes.
—Ulrik la escondió —susurró Owen.
—La anciana Idris —añadió Alish—, también era una Guardiana y conocía la existencia de la Semilla.
—¿Y los demás? —preguntó Ligia—. Shirley es la nueva Guardiana de Hielo, pero su padre vivió junto a Padme, por lo que se deduce que dejaron paso a nuevas generaciones, pero no tienen por qué estar muertos.
—No sé que responder —dijo Alish—. No vi nada más.
—Tampoco importa mucho —apuntó Erwin—. Los Guardianes de ahora son lo que nos conciernen, los que hubo antes no nos son de utilidad.
—Pero ahora ya tenemos casi toda la información que necesitábamos —exclamó Shirley—. Si Padme era oscuridad su punto débil es la luz, y tenemos que tener en cuenta que sólo queda la mitad de su alma, no es poderosa como lo era completa.
—Aún así no sabemos si absorbió poder del Corrupto cuando lo venció o lo tomó de los seres encerrados —intervino Einar—. Tenemos conjeturas.
—No importa —insistió Shirley—, ya sabemos cómo vencer.
—Con luz —añadió Erwin mirando a Alish ocultando su preocupación.
«Luz… El problema reside en que yo la he ido perdiendo», pensó la joven mirando sus manos sin dejar salir sus temores.
—Disculpadme —dijo Alish poniéndose en pie—, me retiraré un rato.
—Alish, espera —pidió Erwin, pero antes de poder ir tras ella, Einar ya se había adelantado, arrancando de él una mueca de desagrado.
—No cierres —espetó Einar al llegar a la puerta, sujetándola con la mano, dejando a la chica pasmada.
—¿Qué ocurre?
Él entró y cerró la puerta con gesto serio.

#5

Capítulo 25.2

—¿Por qué no querías contar ese sueño? —preguntó preocupado, imaginándose que ocultaba algún otro secreto—. A parte del hecho de reconocer que provienes de algo que no pertenece a este mundo, cosa que importa, tampoco parecía que hubiese nada tan delicado como para no compartirlo antes.
Ella le dio la espalda.
—¿Por qué tienes que indagar siempre? —preguntó con una sonrisa triste.
—No me hagas suplicar.
—Supongo que no tenía muchas fuerzas para decir en voz alta que descendiendo de…
—Eres una… —Se tragó las palabras y la abrazó con fuerza tras interrumpirla—. No importa de dónde procedas, tú no tienes nada que ver con Padme y su familia.
—¿Y si mi luz no es suficiente para luchar contra las tinieblas? Siento como si hubiese perdido mi poder sagrado y ahora las sombras me invadieran.
—Es el miedo, mi Alish —le susurró al oído con ternura—. Pero no puedes dejar que los temores te venzan. En ti hay mucha luz. Lo que fuera Padme, eso, no importa, porque tú eres tú, y eres buena, dulce y… «Si pudiera hacerte olvidar lo que hiciste; no fue más que un terrible accidente». Eres humana, y los temores pueden vencer a veces, mi Alish, pero no hay que rendirse.
—Sí, es cierto, tengo miedo —reconoció sin alzar la voz, dejando escapar las palabras en un susurro triste—. Temo no poder vencer…
—Lo harás, vencerás.
—No lo sabes.
—Sí, lo sé. —Einar la hizo girar—. Eres fuerte, decidida y capaz de cumplir lo que te propongas.
—Pero…
Einar le colocó el dedo índice ante los labios.
—Sobreviviste ese día —musitó pegando la frente a la de ella—. Creí que te había perdido… Luego me devolviste mis recuerdos y te recuperé; pude verte, tocarte… —Le acarició el rostro cerrando los ojos, dejando que fuesen los sentimientos y el olor los que impulsaran su cuerpo a moverse—. Alish, aquel día yo… yo dejé de hablar, de comer y… y quería morir.
—Einar, eso es… ¡¿Por qué?! Precisamente yo quería que vivieras.
—Entiéndelo; perdí a mi primera mujer y a mi hija; y si aguanté perder a Seren fue porque estabas a mi lado, pese a todo, tu mano me mantenía en este mundo. Pero te fuiste, me dejaste y yo… «¿Cómo voy a vivir sin ti?».
—Mi Einar… —Posó sus manos sobre el pecho de su amado, sintiendo el latir desbocado de su corazón. «He de decírselo. No puedo dejar que ocurra sin más y no avisarle»—. Omití una parte.
—Lo sé —respondió con lamento—. Sé que siempre omites una parte —sonrió atormentado. «Vas a decirme que te perderé de nuevo. Lo sé».
—Para revivir el Árbol hay… hay que entregarle el poder de los Grandes Espíritus y de aquel que los posea, y si hago eso, yo…
—No ocurrirá —dijo besándole la mejilla—, hallaremos otro modo, esta vez aún hay tiempo.
—Mi Einar…
—Y yo voy a estar a tu lado —indicó con confianza—, se acabó estar alejado de ti.
—Pero, tú… Shirley te dijo que…
—Ya no aguanto más, mi vida. Quiero estar contigo. «Recordar lo que sentí al perderte me ha hecho desear tenerte cerca. Estamos perdiendo el tiempo, y es precisamente lo que se nos está acabando».
—Mi Einar, haz lo que creas que has de hacer, pero… pero si lo único que vas a lograr es odiarme más…
—¡No te odio! ¡¿Cómo puedes decir eso?!
—¿Y cómo he de decir que detestas mirarme, tocarme o escuchar mi voz?
—Está bien, tengo ciertos problemas con eso…
—Ya, dilo así si gustas.
—Pero no te odio —susurró en su oído con amor—. Sigo pensando en ti, en tu forma de ser; tierna, dulce, delicada a veces, fuerte otras, inteligente…
—Deja los halagos, no vas a lograr que me sienta mejor.
—Terca… —espetó junto a una sutil risa.
—Tonto —respondió sin poder aguantar la sonrisa.
—Seguiré con mis terapias con Shirley, pero esta vez me quedaré a tú lado.
—¿Es lo que de verdad quieres?
—Es lo que necesito.
Einar la envolvió y la apretó entre sus brazos dejándose llevar por el instinto de amarla, reprimiendo y reteniendo los recuerdos que Layla le obligó a grabar en su mente, rememorando, para ello, el momento en que Alish se perdió tras las puertas del infierno, sintiendo así la necesidad de mantenerse junto a ella.

#6

Capítulo 26.1

Por la mañana, los viajeros se reunieron para desayunar en el comedor de la posada abandonada.
—¿Cómo ha ido la noche? —preguntó Shirley apartando a Einar.
—Bien —respondió inquieto.
—Einar… —bufó sin creer las palabras de su compañero.
—No es mentira —espetó serio—. Ha sido complicado, pero no ha ido mal.
Einar, tras decidir esta junto a Alish, pasó la noche junto a ella. La joven durmió en una cama apartada de él. La muchacha se despertó varias veces a causa de sus pesadillas. Al final, Einar, viendo que su amada no lograba conciliar un sueño tranquilo, se acomodó a su espalda pese a las suplicas de ella, que le pedía que no se preocupara, que no se esforzara tanto, pero el joven, decidido, se acurrucó abrazándola. La incomodidad le recorrió el cuerpo, pero él no se separó, al final, el olor que su esposa desprendía lo embriagó. La noche transcurrió tranquila; Alish durmió sin más sobresaltos y Einar la acompañó.
—Así que Alish dejó de sufrir las pesadillas y tú igual, ¿eh? —Shirley lo miró pensativa.
—¿Qué ocurre?
—Pensaba en lo mucho que necesitáis estar el uno al lado del otro; es hasta perturbador —dijo con sátira y una sonrisa burlona, logrando que Einar la mirase con reproche—. Era una broma, no me mires así. Aunque es cierto que quizá, estar el uno con el otro, os proporciona más tranquilidad, al fin de cuentas, nunca habíais estado tanto tiempo separados.
—Desde que volví no he podido ni mirarla a la cara…
—Pero ahora no te toca mirarla con los ojos —indicó señalándole en el pecho, sobre el corazón—. Esto es lo que importa. Layla distorsionó lo que ves, pero no lo que sientes por Alish. No te rindas, ya que has decidido no hacerme caso, ahora te toca esforzarte mucho más.
Einar asintió con una tierna sonrisa y le plantó un beso en la mejilla antes de retirarse, dejando a Shirley extrañada y feliz por un gesto que su compañero no solía regalarle a nadie más que a su esposa.
Erwin tiró de Alish, alejándola del grupo.
—¿Has dormido bien? —preguntó ocultando su malestar tras una sonrisa amable.
—Tras varias pesadillas, al final, Einar durmió conmigo y descansé muy bien —respondió alegre y sonriente, sin pensar en lo mucho que esas palabras molestarían a su compañero.
—Vaya, pues me alegro. —Ensombreció el tono, pero no borró la fría mueca.
—Lo… lo siento, no quise…
—No te disculpes —susurró acercándose a su oído, acariciándole la mejilla—, sonriendo estás más bella. —Le plantó un beso más tórrido que tierno—. Lo malo es que me vuelve loco.
Alish sintió un escalofrío y su cuerpo tensarse.
—No hagas esas cosas —musitó ruborizada, intentando parecer enfadada.
—Lo siento, querida, soy así de impetuoso —espetó retirándose.
Alish suspiró tocando su rostro, sobre la piel besada. «Estas muestras de afecto han de acabar. Einar se está esforzando, no puedo permitirle a Erwin tal comportamiento», pensó acomodándose en la silla.
Tras desayunar recogieron sus pertenencias y acopiaron otras tantas. Con energías renovadas emprendieron la marcha, continuando hacia el sur, llegando a la frontera tras los diez días que Owen había calculado. La travesía por el desierto fue tranquila, agotadora pero sin sobresaltos, ya que Neil, con la ayuda de Reidar, los dirigió para esquivar a la mayoría de enemigos; salvo a algunas harpías y gusanos de las arenas, no se dieron grandes sobresaltos.
El pueblo fronterizo era otro enclave situado entre dos montañas, siendo éste un gran oasis, repleto de vegetación y vida; un río lo cruzaba, su caudal nacía de lo alto de la sierra del noreste, y se perdía en un lago encontrado en la falda de la montaña del suroeste. Una muralla mantenía el pueblo seguro, con solamente dos entradas; una por cada reino. Las casas eran de adobe, de no más de dos pisos, excepto la posada con una planta más; tejados planos, ventanas sin cristal, con contra ventanas y puertas hechas con madera de palmera, y todos los edificios tenían el color de la arena, perdiéndose a la vista del desierto. Al ser una ciudad importante, una cúpula mágica la cubría entera.
—Lo primero será buscar al Guardián, ¿verdad? —preguntó Owen deseando ir a la posada a descansar.
—Einar, Neil, Lupo y yo iremos a buscarlo —dijo Alish notando sus deseos.
—Mm… —gruñó Ligia insatisfecha.
—Sé que desearías acompañar a Neil —añadió Alish agachándose—, pero necesito que estás con Shirley.
—¿Por qué? —preguntó entre susurros.
—Erwin no puede usar sus poderes —explicó con ternura—, y Shirley sola no puede defender y atacar, necesita apoyo. Aunque estemos bajo la barrera no podemos descuidarnos.
—¿Y por qué no vamos todos?
—Owen necesita descansar, y tú, aunque intentes disimularlo.
La niña asintió apenada. Neil se acercó y le posó la mano sobre el hombro.
—No te preocupes. —Sonrió con cariño y le guiñó el ojo—. A la primera que vea peligro volveré corriendo, soy un cobarde, ¿recuerdas? —exclamó riendo sutilmente.
Ligia le agarró la mano que descansaba sobre ella.
—Sólo vuelve, ¿vale? «Tengo un mal presentimiento».
—Está hecho.
El grupo se separó.
Alish guió a sus compañeros entre las callejuelas. Neil y Lupo la seguían tres pasos más atrás y Einar, vigilante, se mantenía algo más apartado.
—¿Sabes a dónde vas? —preguntó Lupo con su habitual postura; los brazos alzados y las manos entrelazadas tras la nuca.
—Siento al Guardián… Ild lo siente —respondió Alish siguiendo sus instintos—. Está cerca…
—¿Ild? ¿Es el Espíritu de Fuego? —preguntó el lobo.
—Así es.
—Y ese, ¿puede ser el Guardián? —espetó deteniendo sus pasos, señalando con un gesto de cabeza hacia la calle de la derecha.
Alish y Neil se detuvieron y miraron curiosos.
—¿Cómo lo has…?
—El olor —respondió chulesco interrumpiendo a Neil—; huele a fuego, chiquitín.
—Lerdo —masculló el semielfo al ver el gesto jactancioso.
—Eso me ha dolido —exclamó con mohín de falso sufrimiento, con la mano en el pecho, sobre el corazón.
—Dejad las tonterías —suspiró Alish caminando hacia la callejuela. «Son como el agua y el aceite, aún así es bello verlos juntos», pensó más divertida de lo que aparentaba.
Neil miró a Lupo con reproche; «Se enfadó conmigo por tú culpa», pensó con el ceño fruncido.
—No me culpes a mí, tú me sigues el juego —le susurró Lupo al oído, dejando al semielfo sorprendido por haberle leído los pensamientos.
—Pero… ¿Cómo…?
Einar los empujó.
—Andando —dijo impaciente—. No dejemos a la dama sola. «Pobre Neil, lo que ha de soportar», pensó risueño y negando con la cabeza.
Alish llegó a una plazoleta desierta, se acercó a una fuente redonda y baja, donde descansaba una muchacha de aspecto peculiar. De piel fina y delicada con un suave tono rojizo. La cabellera, suelta y lisa, que llegaba hasta la mitad de espalda, era muy brillante; su tono descendía, de raíz a las puntas, con una tonalidad amarilla hasta un intenso carmesí. Su estatura, de metro sesenta, y su delgadez y finura, la hacían parecer frágil. El vestido, de lana fina amarillenta, le llegaba a los tobillos, era ancho, apretado a la cintura con un cinturón de cuero morrón oscuro. La mujer andaba descalza.
—Has tardado —espetó la joven—. Eres la Hija, ¿verdad? —sonrió.
—Otra tipa peculiar —masculló Lupo.
—Ni que tú fueras normal —le increpó Neil.
Alish los miró con reproche; Niel agachó la mirada arrepentido y Lupo disimuló no haberla visto.
—Disculpad…
—Nada de formalismos —interrumpió—. Soy Aridai, la Guardiana de Fuego.
—Gusto en conocerte —indicó la joven amable—. Soy Alish. Ellos Lupo, Neil y Einar.
—Mm… —Miró fijamente a Neil, dejando a éste incómodo—. Semielfo, ¿verdad?
Todos la miraron con preocupación, menos Neil que habló sin tapujos:
—Sí, así es, ¿algún problema con ello? —Dejó a todos sorprendidos por su valentía al reconocerlo, pero, sobre todo, por su falta de odio en la afirmación.
Aridai lo observó callada y pensativa, hasta que se lanzó a su cuello y lo abrazó con fuerza.
—¡No me lo creo! Eres el primero que veo en años —espetó alegre.
—Vale, no hace falta pegarse tanto —gruñó Lupo separándola con brusquedad. Alish y Einar aguantaron las sonrisas al verlo celoso; «Creí que Neil era el inseguro», pensaron a la par.
—Espera… eres… —Neil la escrutó con detenimiento.
—¿Es que no reconoces a un igual cuando lo ves?
—¡¿Qué?! —expresaron Alish y Einar con sorpresa.
—Soy mestiza —indicó apartando el pelo, enseñando las orejas puntiagudas; más pequeñas y redondas de las que lucían los elfos de pura raza.
—Con la esencia del poder del fuego no logré sentirlo —se disculpó Neil aún asombrado—. A demás, es la primera vez que me topo con un igual —explicó avergonzado.
—Me alegra ver que tienes buenos compañeros —sonrió dulce—. ¡Me hace feliz! —espetó abrazándolo de nuevo—. Es tan complicada nuestra vida.
—¡Qué te apartes! —insistió Lupo con rabia.
—¿Qué le pasa a este? —preguntó Aridai sin separarse y con el ceño fruncido.
—Lupo, no será que… ¿estás cel…? —quiso preguntar Neil, pero no osó preguntarlo al verle la expresión.
El lobo no contestó, lo miró con seriedad, apartando la mirada segundos después. «Un igual… No te has dado cuenta lo mucho que me ha dolido oírlo», pensó molesto.
—Será mejor centrarse —pidió Einar deseoso por ir a comer.
—Supongo que tenéis prisa —dijo la muchacha apartándose de Neil—. Aún así…
—No puedes acompañarnos, ¿verdad? —interrumpió Alish ocultando su decepción ante la situación.
—Siento decir que es así —prosiguió Aridai—. Soy el relevo de los tres únicos magos de la ciudad, si me fuera…
—La barrera caería —se lamentó Alish. «Otro Espíritu que no podré usar si el comino se complica».
—Lo lamento mucho —suspiró apesadumbrada—. Y más ahora que sé que Neil es como yo. Hubiera sido divertido viajar a tu lado.
—Es una pena —musitó Neil—, me había hecho ilusiones —reconoció con una sonrisa triste.
Lupo bufó.
—Os acompañaré a la posada —dijo Aridai clavándole al licántropo una fulminante mirada.
En ese instante la cúpula tintineó.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Alish más preocupada que extrañada.
—Mala señal —indicó Aridai ensombreciendo el semblante.

#7

Capítulo 26.2

—¿Cómo de mala? —indagó Neil sin querer saber la respuesta.
—Los magos están siendo atacados —exclamó la muchacha mirando a su alrededor—. Algo se acerca.
—Hay que ir a ayudar a los hechiceros —dijo Alish inquieta—. Si la barrera cae…
—Me necesitan, pero lo que se acerca no es enemigo al que debáis menospreciar —apuntó Aridai.
—Estaremos bien —indicó Alish mostrándose segura—. Los magos son lo principal.
—Y estos enemigos que se acercan van a por Alish —aclaró Einar escrutando su alrededor—. Si nos acercáramos a los magos…
—Los pondríamos en aprietos peores —terminó Alish molesta.
La barrera tintineó de nuevo.
—He de irme —exclamó Aridai impaciente.
—Nos encontraremos en la posada —dijo Alish a modo de despedida.
Aridai asintió y desapareció por la callejuela del fondo.
Lupo olfateó el ambiente.
—Son cuatro —indicó.
—¿Sabes qué son? —le preguntó Neil asustado.
—Si están dentro de la barrera y nadie se ha percatado de ellos… —masculló mirando a su alrededor, intentando averiguar por donde se acercaban—, sólo puede tratarse de djinns.
—¿Qué es eso? —intervino Alish sintiendo al enemigo aproximarse.
—Genios —respondió Lupo junto a un gruñido—. Y eso se traduce en problemas mayores.
—¿Por qué?
—Porque son invisibles a no ser que se dejen ver, entre otras cosas.
De improviso, una fuerza oscura empujó a Neil, Lupo y Einar separándolos, dejando a Alish en pie, preocupada por sus compañeros, irritada con sus enemigos.
—Chicos, ¿estáis bien? —preguntó observando la plazoleta.
—¡Neil! —gritó Lupo alterado.
Alish fue a girarse para comprobar que había sucedido, pero Einar la tiró al suelo saltando junto a ella. Una ola de fuego pasó sobre los dos.
—Se me ha hecho larga la espera —dijo una voz de hombre; penetrante y sombría—, pero al fin tengo ante mí a la Hija de las Sombras. —De una nube roja se fue creando el cuerpo de un hombre; hermoso, de anatomía esculpida, piel tostada, cabellos negros y ojos brillantes del mismo color del fuego. Su sonrisa, chulesca y perturbadora, dejó claras sus malas intenciones—. Soy Ahrimán, líder de los ifrit, y voy a quedarme con tu poder.

#8

Capítulo 27.1

Einar se incorporó, junto a él, Alish, que buscó con la mirada a Lupo y Neil tras escuchar al lobo preocupado por el semielfo.
—Neil… —susurró asustada.
Dos hombres, antes invisibles, se dejaron ver; uno mantenía a Neil quieto, sujetándolo, agarrándole con fuerza los brazos tras la espalda; el otro, sonriente y divertido, mantenía una daga de hoja serpenteante sobre la piel del cuello.
—No deberías preocuparte por tus amigos —dijo Ahrimán sacándola de sus pensamientos—. Ahora yo soy tu enemigo, ahora soy tu prioridad —rió.
—Has dicho que eres el jefe de los ifrit, ¿cierto? —preguntó Alish poniéndose en pie, con la mirada fiera clavada en su adversario.
—Así es.
—¿Qué pasaría si te derroto? «Dime que tus compañeros huirían», pensó con falsa esperanza.
—No lo sé —sonrió divertido—, pero no creo que llegues a averiguarlo.
Ahrimán atacó. El poder que dominaba con soltura era el fuego, ya que disfrutaba del calor, pero, sobre todo, de ver arder el mundo.
Alish protegió a Einar tras ella; creó una barrera. «Su poder es preocupante; similar al de Ild», pensó inquieta. Cuando retiró la protección para atacar, oyó a Einar gritar; el cuarto de los djinn se mostró, arroyando al joven, alejándolo de ella.
—Maldito… —gruñó la joven con ira.
—Eso es, Hija, deja que la ira fluya —sonrió Ahrimán—. Cuanta más negrura haya en tu alma, más fácil será dominarte.
Alish, al oír esas palabras dudó; «No puedo enfrentarme a él, mi poder… No debo dejar que mi oscuridad gane».
Mientras, a un lado de la plazoleta, Lupo observaba como los dos genios mantenían a Neil bajo su dominio.
—Hijos de pu…
—Si terminas la palabra lo degüello —indicó sonriente el de la daga. Era un joven, de aspecto similar a su líder, más delgado y sus ojos brillaban azules, de tono marino con destellos de un azul más claro.
—¿No es un poco rastrero que actuéis así? —preguntó Lupo escrutándolos, buscando la solución a su mayor problema, liberar a Neil.
—¿Te crees que no nos hemos percatado de lo que eres? —indicó el otro. Más robusto. Sus ojos verdes eran muy claros, con pequeños matices dorados. Lupo gruñó—. ¿El perrito quiere recuperar su juguete? —rió apretando los brazos de Neil, arrancándole un grito de dolor—. Sabes que lo puedo aplastar, ¿verdad?
—Neil…
—Ahora, pequeño semielfo —dijo el otro rasgándole de manera superficial la piel del cuello—, nos dirás el nombre del lobo, porque queremos jugar con él.
Lupo sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. «¿Cómo puedo salvarlo? Cuerpo a cuerpo no puedo ganar».
—Se llama Lupo —indicó Neil dolorido. «Su nombre, ¿para qué lo querrán?».
—¡Quiero el de verdad! —espetó apretándolo más.
Neil gritó, luego dijo aquello que creyó más seguro para Lupo:
—¡No sé su nombre! «Si lo quieren conocer no será para nada bueno. Sí él lo está ocultando debe tener un buen motivo, así que he de aguantar».
—Dejadlo —pidió Lupo con decisión—. Os diré mi nombre, pero soltadlo.
Los dos muchachos se miraron estallando en carcajadas.
—¿Y dejar la diversión nada más empezar?
—No, lobito, no; sin sangre, no hay recompensa.
Mientras, Alish intentaba averiguar cómo enfrentarse a Ahrimán. «He de centrarme, me necesitan. Prometí cuidar de ellos».
—Mientras más te lo piensas —dijo Ahrimán risueño—, más complicada será la situación para tus amigos.
Einar se puso en pie frente al otro genio.
—Alish, hazlo de una vez —exigió—. Lucha. No te rindas.
«Luchar… Es mi único destino». La joven miró decidida a su rival; «Domino mucho más que luz y oscuridad. Puedo vencer».
Mientras tanto, Lupo veía como el genio cortaba, muy despacio, la carne de Neil, rasgándole desde la parte baja del ojo, junto al lagrimal, hasta llegar a la quijada, haciendo que se retorciera, haciéndolo gritar.
—¡Parad! —pidió rabioso. «¡Joder! No sé qué hacer».
Neil gritó cuando le clavó la hoja afilada en un costado.
—Los semielfos nunca habéis tenido fama de ser muy resistentes bajo presión —se burló el genio de ojos azules—, así que, por favor, aguanta, porque lo estoy disfrutando —suplicó, clavando con fuerza la daga en el hombro del muchacho, que suplicó que se detuviera.
—Se me ocurre algo que podría ser también muy divertido. —El genio que retenía a Neil lo soltó, desapareciendo y apareciendo ante Lupo, agarrándole la cara con fuerza, empujándolo con una fuerza sobrehumana contra el suelo—. Vamos a hacerle daño a este también.
El lobo dejó escapar un grito ahogado, pero tal como tocó suelo, sujetó a su enemigo del brazo, evitándole escapar.
—No debiste ir a por mí —gruñó Lupo, dejando ver su verdadera forma. Clavó sus garras en la carne, hiriendo profundamente la extremidad, dibujándole una mueca de dolor al ifrit. Tiró de él haciéndolo caer fuerte contra el suelo, devolviéndole el golpe.
—¡Yo de ti dejaría a mi hermano! —espetó el otro genio amenazando a Neil, invocando en su mano magia.
—No… Lupo… —pidió jadeante y dolorido el semielfo—. Mátalo…
El lobo obedeció en cuanto su compañero se zafó de su opresor, desgarrándole el cuello con una de sus tantas dagas ocultas. Neil se apartó con torpeza, sangrando y mareado. Lupo arrancó de un bocado la yugular de su oponente, que forcejeando, había llegado a cortar al lobo con su magia de viento, pero fue inútil, el licántropo no lo soltó hasta haberlo matado.
—¡Hermano! —gritó el otro con el cuello tapado por su mano.
—Y ahora te toca a ti, puto bastardo —gruñó Lupo con rabia.
Mientras, Einar arremetía contra el cuarto ifrit, que lo miraba divertido, con unos ojos sombríos de un brillante marrón claro.
—¿Estás cansado? —preguntó con sorna.
Einar se esforzó por recuperar el aliento, sintiendo los brazos entumecidos al mantener a Colmillo golpeando contra un enemigo al que apenas lograba rozar. «Un cuerpo a cuerpo es imposible contra ellos», pensó irritado. Cada vez que blandía su espada, el genio se protegía con un muro de piedra o se desvanecía en una nube de polvo para aparecer tras él y golpearle.
—¡Joder! —espetó Einar sintiendo la fatiga.
—Si deseas, podemos descansar —sonrió malévolo—. ¿Te regalo el reposo eterno?
Bajo los pies de Einar la tierra se hundió; el joven cayó y una montaña de arena lo cubrió.
Alish, por otro lado, se defendía y atacaba a Ahrimán sin lograr dañarlo ni lo más mínimo. De improviso apareció el genio de ojos marrones.
—Creo que yo ya he terminado —rió—. Jefe, ¿queréis que juegue un rato con ella?
—Einar… —Alish miró alrededor de la plaza, no vio a su marido y el corazón se le aceleró, pero al ver a Neil, tendido en el suelo, jadeante y sangrando, al igual que Lupo, que se mantenía en pie con gran esfuerzo, arremetiendo contra el enemigo que lo atacaba sin cuartel, todo se detuvo para ella.
—Tú amigo está enterrado vivo —prosiguió el genio de ojos marrones—. Le quedan pocos minutos de vida. Deberías hacer al…
Alish estalló, dejó su magia salir. «Luz, oscuridad u otros elementos, ¿qué importa lo que utilice si los mantengo a salvo?».
Ahrimán atacó con fuego, esperando que ella levantara una barrera, momento en el que su compañero atacaría desde el suelo con el poder de tierra, pero, sorpresivamente, Alish solamente contraatacó con el poder del agua, extinguiendo las llamas, lanzando tras ese conjuro otro; púas de hielo nacieron en el suelo. Los genios esquivaron. Diestros y rápidos, los dos atacaron con fuego y tierra; Alish apagó el fuego de nuevo y desvió el torbellino de arena del enemigo con uno de aire, atrapando al genio de ojos marrones, desgarrando la carne de éste con hojas hechas de aire.
—Serás… —gruñó Ahrimán, que atacó a la chica desvaneciéndose, apareciendo ante ella. Le golpeó con fuerza en el abdomen, envolviendo el puño en magia. Alish cayó al suelo, sintiendo temblor en sus piernas—. ¡Consigue el nombre del lobo y que mate a su amigo! —le ordenó a su compañero malherido, éste asintió.
—No… lo… permitiremos —dijo Alish poniéndose en pie.
—¿Quiénes? —se extrañó risueño el genio, creyendo que del golpe había perdido la cabeza.
Alish sonrió con chulería.
—Nunca estoy sola.
Unas cuchillas de agua cayeron del cielo sobre el genio de ojos marrones; herido y sin reflejos, fue cortado por varias de ellas, perdiendo la cabeza en uno de los ataques.
Al otro lado de la plaza, estacas de hielo cayeron del mismo modo, obligando al genio de ojos azules a apartarse de Lupo y Neil.
—Gracias a los dioses —suspiró el lobo cayendo, clavando una rodilla en el suelo, volviendo a su forma humana. Con torpeza se dejó caer junto a Neil y le suplicó que aguantara unos segundos más.
—¿Quién osa interrumpir mi diversión? —gruñó rabioso el enemigo.
—Es una pérdida de tiempo decirte mi nombre si vas a morir —exclamó Shirley apareciendo junto a Ligia.
—Iré con Alish —indicó la niña desapareciendo en un charco y apareciendo junto a la muchacha.
—Gracias por venir —suspiró Alish aliviada.
—La impaciencia me pudo —dijo la niña mirando a Ahrimán con indiferencia—. Y no creí que fuera justo dejarte todo el trabajo a ti sola.
—Erwin y Owen…
—Están con Aridai —respondió—. Pero ese tema lo dejamos para luego.
Ligia se envolvió con agua caminando lentamente hacía el enemigo. Alish, antes de apoyar a la niña, removió el suelo con sus poderes y desenterró a Einar; corrió a su lado.
—¿Einar? Responde, por favor. —Se dejó caer junto a él, lo colocó bocarriba y comprobó que respiraba—. Mi Einar, respira… respira… —El joven tosió y cogió aire con ansia—. Tengo que ir a ayudar a Ligia, ¿te encuentras bien?
—Sí… ve —indicó agotado.
Alish se paró tras Ligia, que arremetía con su agua contra Ahrimán, apagando sus llamas, obligándole a retroceder, a protegerse de su poder, aún así no logró alcanzarlo ni una sola vez.
—Así no se terminará nunca este combate —musitó impaciente Alish—. Llamo a la sirvienta del agua y conocedora de la verdad. Yo te invoco, muéstrate ante mí, ¡Tjern! —dijo con decisión, haciendo aparecer entre un torbellino de agua al Gran Espíritu.
Tjern se mostró.
—Me alegra verte —dijo la ondina a Ligia con cariño.
—Terminemos con él —exclamó la niña mirándola con complicidad.

#9

Capítulo 27.2

Ahrimán cambió el semblante, el poder de las tres muchachas era superior al suyo. El genio, con cobardía, se tornó invisible para huir, pero Alish, con su luz, disipó el hechizo que lo ocultaba. Ligia lo envolvió en agua, anulando sus poderes de fuego, y Tjern, hizo que cada molécula de de líquido cortara y se clavara como afilados cuchillos, destrozando al ifrit, que entre gritos, tragaba el agua que lo retenía, cortando así su interior. La burbuja se fue tiñendo de sangre, y al final, tras pocos segundos, Tjern hizo que el agua lo aplastara, destrozando su cuerpo, dejando un amasijo de carne.
—Nos veremos pronto —dijo la ondina a Ligia antes de volver al interior de Alish, que se tambaleó al sentirla entrar y al notar el desgaste de poder al invocarla.
Einar se acercó a su lado torpemente y la sujetó con delicadeza.
—¿Todo bien? —preguntó con aspecto lamentable. Alish le posó la mano sobre el pecho y le sanó las heridas—. No, detente, estás agotada y no… —«No me siento cómodo con que uses magia en mí», pensó inquieto, pero no le dijo nada para no molestarla.
—Neil y Lupo… ellos —balbuceó preocupada.
—Vamos. —Einar la cargó en brazos y la acercó a sus compañeros.
Shirley había sanado a los dos muchachos, quedando cansada, dejándose caer junto a ellos.
Lupo, con algo más de fuerza, incorporó a Neil, que había perdido el conocimiento tras la pérdida de sangre y el dolor de las heridas.
—Neil, despierta, dime qué estás bien —le pidió abrazándolo con impaciencia—. Lo siento mucho, no he podido protegerte… lo siento, mi chiquitín. —Escondió su rostro en el cuello del muchacho, apretándolo con fuerza.
—Dale un poco de tiempo —le indicó Shirley con ternura—. Ha estado cerca de morir…, otra vez.
—Y ha sido por mi culpa, otra vez.
—¿De qué hablas? No digas tonterías, has hecho lo que has podido y…
—Querían saber mi nombre —indicó molesto.
—Creí que tu nombre no podía saberlo nadie —añadió Einar sentándose a su lado, junto a Alish, que miró a Neil con preocupación—. ¿Por qué quisieron sonsacárselo a Neil?
—Porque se lo dije —respondió con lástima.
—Sé que es una pregunta idiota —dijo Shirley curiosa—, pero, ¿por qué se lo dijiste?
—¿Quién mejor que él para conocerlo? —respondió acomodando a su amado entre los brazos y sobre sus piernas—. Pero ello lo ha llevado a sufrir.
—¡Deja de decir tonterías! —exclamó Alish callando al chico—. Si dices semejantes sandeces entristecerás a Neil, cuando haberle dicho algo tan importante como tu verdadero nombre debería ser algo por lo que sentirse feliz.
—Ahora que lo pienso…
—No le has dicho lo que significa saber tu nombre, ¿verdad? —preguntó Shirley con una sonrisa tierna.
—No, y no creo que le hiciera mucha ilusión —indicó triste.
—Dioses, ¿por qué dices algo así? —prosiguió Shirley con la misma sorpresa que Einar y Alish.
—¿De verdad creéis que Neil está feliz con lo que tiene?
—¿Por qué no iba a…?
—No —interrumpió Ligia, que se había quedado en pie tras el grupo, callada, hasta que vio que Lupo realmente conocía a su amigo—. Él sabe que nos perderá. A la larga moriremos y el seguirá viviendo; todo lo que le demuestre que le amamos lo alegrará, pero a la vez…
—¡Basta! —espetó Lupo—. Lo siento, no debí…
—No importa —indicó Ligia con su habitual calma—. Ahora deberíamos llevarlo a que repose, y Alish también debería descansar.
—Siento no haber sido de mucha ayuda —dijo la joven apesadumbrada—. Mis dudas casi logran que os maten hoy.
—Alish, cielo, no digas eso. —Shirley se acercó y la abrazó por encima del hombro con un brazo—. Después de lo que ocurrió cualquiera tendría miedo de desatar su magia sin pensar. Por eso, y no pienses que te estoy regañando —sonrió con ternura—, deberías dejar que te ayudáramos más Ligia y yo.
—Dejarnos atrás ha sido una estupidez —indicó la niña sin suavizar el tono.
—¡Ligia! —le reprochó Shirley.
—Tiene rezón —añadió Einar llevándose una mirada de reproche por parte de Shirley—. Da igual, mírame como quieres, pero sin vosotras no puede usar el poder de los Ocho, y ahora mismo eso es lo que nos ha salvado el culo.
—Haga lo que haga me equivoco —suspiró Alish.
—Alish, cielo, no…
—Da igual, es cierto —la interrumpió—. He de empezar a pensar que sola no puedo con todo. Os dije que las decisiones las tomaría yo, y por ese motivo he de dejar de comportarme como una idiota indecisa. —Shirley le sonrió con cariño—. A partir de ahora pensaré mejor las estrategias, no cometeré el error de arrastraros a la muerte por culpa de mis problemas y mis dudas.
—Ya que te has dado cuenta de lo tonta que has sido —dijo Einar acariciándole la cabeza como a un cachorro—, vamos a descansar.
—Pero los magos…
—Aridai se habrá hecho cargo de ellos —respondió Einar—; la cúpula no ha vuelto a tintinear, así que seguro que lo tiene todo bajo control. Solo hay que ver a Ligia y a Shirley para ver que los Guardianes no son enemigos fáciles.
—Será mejor irnos ya —exclamó Shirley poniéndose en pie—. Si tardamos mucho en llegar a la posada se preocuparan.
—Sí, vamos —suspiró Alish cansada. Einar se levantó y le tendió la mano, ella aceptó.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Einar a Lupo, éste negó y se puso en pie con agilidad pese a sostener a Neil en brazos.
Con cansancio y deseos de reposar, emprendieron el camino de vuelta a la posada, deseando encontrar a sus dos compañeros y a la Guardiana de Fuego, esperando que realmente todo hubiese sido solucionado.

#10

Capítulo 28.1

El grupo llegó a la posada tras varios minutos de camino entre callejuelas estrechas y sombrías, frescas pese a ser mediodía. El trayecto se alargó, ya que Alish necesitó detenerse a descansar. Pero al fin encontraron el edificio gracias a las indicaciones de Shirley.
Cuando entraron, vieron a Owen, Erwin y Aridai sentados junto a una mesa a una esquina del comedor; amplio y limpio, iluminado con lámparas de aceite, el suelo de madera clara proporcionaba luminosidad junto a las paredes blancas.
Owen se puso en pie para ir junto a Shirley. Preocupado, comprobó que ella se encontraba bien, le dio un beso y le pidió que se sentara a su lado.
—¿Todo bien? —le preguntó Erwin a Alish, plantándose ante ella.
—Podría haber ido mejor —respondió sin ánimos.
—No te tortures más —le indicó Lupo desde atrás—. Llevaré a Neil a la habitación.
—Deberíamos de preguntar por el baño —sugirió Alish—. Será mejor que se quite la ropa ensangrentada y rota, al igual que tú.
—Iré a comprar ropa —dijo Einar encaminándose a la puerta.
—Te acompañaré —espetó Alish yendo tras él.
—Deberías descansar, yo solo pued…
—¿A caso sabrás acertar con el tamaño de las prendas? —interrumpió chulesca.
—No pienso responder a eso —sonrió burlón.
—Lo suponía —se mofó la chica sonriendo con descaro.
La pareja desapareció. Erwin contempló a Alish hasta el último segundo, sintiendo cada vez más lejana la oportunidad de ser correspondido. «Ese era el final que deseaba desde buen principio. Si es feliz, no debería pedir más», pensó junto a un suspiro.
—La llave de mi estancia —pidió Ligia seria e impaciente.
Erwin se la tendió, le indicó la habitación y la niña se retiró sin decir nada. El muchacho miró a Lupo y se encogió de hombros.
—Te acompaño a la habitación —le dijo amable al lobo—. Luego diré que os preparen el baño.
—¡Lupo! —lo llamó Shirley antes de que pusiera un pie en el primer escalón.
—¿Qué? —preguntó impaciente.
—Explícale a Neil lo del nombre.
—¿Es que no lo he dejado claro?
—O se lo dices tú o…
—Vale, vale, está bien —la interrumpió—. Entrometida —musitó.
—Lo es, pero no se lo digas o te pegará —se rió Erwin con disimulo—. ¿Puedo preguntar de qué hablabais?
—No —gruñó con poca amabilidad.
—No te agrado mucho, ¿verdad?
—Verdad.
—Demasiada sinceridad —sonrió.
—Has preguntado.
—Debí haberme callado —rió.
Los muchachos subieron, dejando a solas a Owen, Shirley y Aridai.
—Discúlpalos —pidió Shirley—. Se han olvidado de los modales.
—No importa —sonrió la muchacha—. Lo principal es atender a los amigos. Por cierto, ¿habéis vencido con muchas dificultades?
—Alish aún tiene miedo de que su magia se descontrole —respondió Shirley apoyando el codo sobre la mesa, sujetando la cabeza con la mano—. Esta vez lo ha pasado mal, pero se ha dado cuenta de que sola no puede abarcarlo todo.
—Me alegro que hayas ido a ayudarles —suspiró Owen cogiéndole la mano libre.
—Esta vez ha ido por poco —indicó Shirley—. Necesitó el poder de Tjern para vencer.
—Alish es muy joven e inexperta —intervino Aridai sonriendo tiernamente—, ha de aprender mucho, pero aún queda viaje por delante.
—Demasiado camino diría yo —suspiró Shirley cansada.
—Id a reposar. —Aridai se puso en pie—. Yo iré a buscar un objeto que os podrían ser de gran ayuda.
—Muchas gracias —dijeron al unísono.
La muchacha se retiró y la pareja se encaminó a la habitación.
* * *
Lupo dejó a Neil sobre la cama; cuidadoso y temeroso de que despertara. El joven se sentó a su lado. Con rabia, observó la marca de la cara, la del cuello y las manchas de sangre del hombro y el costado, imaginándose las cicatrices que había bajo la tela rota y teñida de rojo, recordando que había estado a punto de perder al único ser que realmente le importaba; «Casi te matan… Hoy casi te pierdo», pensó rozando la mejilla con la mano. «Es la segunda vez que te arrastro a una mala situación».
Lentamente fue desatando y retirando el cinturón, el peto y los protectores de los brazos, dejando al joven con la camisa y el pantalón. Con paciencia, desanudó las botas y las dejó en el suelo.
—Así estarás más cómodo, mi chiquitín —susurró mirándolo con amor.
Con manos inquietas, sabiendo que molestaría al joven, posó los dedos sobre el pañuelo de la frente; «Está empapado en sudor, debería lavarlo». Lo agarró de cada lado; fue a tirar de él hacia arriba cuando Neil le sujetó las muñecas con fuerza.
Los ojos del semielfo le dedicaron una mirada fiera.
—¿Qué crees que haces?
—¿Estabas despierto? Podrías haber dicho alg…
—No; no lo estaba. Responde —insistió con enfado.
—Quería dárselo a Alish cuando trajera la ropa; sólo pretendía que estuviese limpio. «¿Se ha despertado sólo por el pañuelo?».
—No lo toques a traición —gruñó molesto.
—¿Por qué me hablas así?
—Ya me ocuparé yo de mi cosas —espetó incorporarse con dificultad—. Tú preocúpate de tus asuntos.
—Elfo cruel —bufó molesto girando el rostro con rabia.
—¿Qué ha tenido de cruel lo que te he dicho? Sólo te pido que no te entrometas en lo que no te incumbe.
—¡¿Es qué no ves que si se trata de ti todo me importa?! —estalló mirándolo molesto y con los ojos dorados.
Neil apartó la vista.
—No pretendía…
—Nunca lo pretendes, pero siempre me aparatas; esa lengua tuya está más afilada que cualquier daga que portes encima.
—¿Y qué esperabas?
—Sé que no lo has tenido fácil y que no confías en casi nadie, pero yo… «La conversación no va bien, y aún he de decirle lo del nombre».
—No me apetece hablar —suspiró tendiéndose de nuevo «No es cuestión de confiar, es cuestión de que no quiero amar más de lo que ya amo», pensó colocando el brazo sobre el rostro. «Amarte no me traerá nada bueno a la larga… y estoy cansado del dolor, muy cansado».
—Quería contarte algo. Es… es sobre lo de mi nombre.
—Eso, explícame la razón por la que esos desgraciados insistían en ello. —Su voz mostró algo más de interés; «Ya que me han torturado, me gustaría saber el motivo».
—Siento no habértelo contado antes —suspiró con nerviosismo—. Querían conocer mi nombre para poder dominarme.
—¿Eso es cierto? —se sorprendió. Con esfuerzo se incorporó de nuevo.
—Hay ciertos magos que al conocer el nombre de una persona pueden controlarla, por lo que hay ciertos seres que no facilitamos nuestro nombre a nadie ya que sería peligroso. —Sintió el corazón acelerarse, la garganta seca y ganas de no continuar—. Aunque sí se lo decimos a una persona…
—No; no sigas. «No me digas algo así, por favor».
—El nombre, se dice que va ligado al alma, así que cuando lo entregamos, entregamos la llave de nuestra esencia.
—¡¿Es qué no me has oído?! ¡Cállate! —espetó con el rostro desencajado. Neil vio a Lupo derrotado, mirando al suelo, triste y dolido. «¿Por qué no puedo decirte algo bueno? Debería alegrarme por ese regalo pero… Realmente necesito ser cruel».
—El hecho es que, al entregar el nombre —prosiguió dibujando y dedicándole una triste sonrisa—, estamos comprometiéndonos de por vida con la persona que lo recibe. —Neil no logró luchar, las lágrimas brotaron sin control—. Lo siento, al final te hice llorar. «Sabía que te dolería. Dioses, ¿es qué mi amor no es más que dolor para ti?».
—Vete —susurró Neil retirando las gotas que recorrían su rostro.
—No me digas eso, yo…
—¡Vete! —Lo empujó.
Lupo no dijo más; descontento y dolido se puso en pie sin retirar su mirada dorada del rostro apartado de Neil. Con desasosiego se encaminó a la puerta y al abrirla, su cuerpo humano desapareció, dejando paso a la de un lobo negro de brillante pelaje y andares majestuosos, dejando tras de sí los pantalones raidos y sucios.
El semielfo lo contempló atónito, hipnotizado por la apariencia, entristecido por los motivos que habían llevado al licántropo a adquirirla. «Siento no poder decirte que estoy feliz. Nunca debiste acercarte, y no debí dejar que lo hicieras».
* * *
Alish y Einar llegaron a la hospedería tras comprar la ropa para sus compañeros. En el comedor ya no había nadie de su grupo.
—¿Les llevas tú la ropa? —preguntó Einar suspirando agotado.
—Claro —respondió con gesto de extrañeza y asunte.
—¿Qué ocurre? ¿Algún enemigo?
Alish negó remarcando el gesto fruncido.
—Lupo… —masculló agarrando la ropa que cargaba su amado, encaminándose con paso apresurado a la segunda planta.
—Me aclaras las dudas como nadie —gruñó sin tener claro si le interesaba mucho de lo que hablaba, aún así la siguió sin prisas.
Al llegar al pasillo, contemplaron, tumbado ante una de las puertas, a un lobo de pelaje azabache.
Alish, alterada y preocupada, corrió parándose y arrodillándose ante él.
—Lupo, ¿qué ha ocurrido? —preguntó con voz inquieta.
El lobo la miró indiferente y apartó el rostro, apoyándolo de nuevo sobre las patas delanteras.
—Déjalo tranquilo —pidió Einar—; por lo menos así estará callado —sonrió con escarnio.
Alish lo fulminó con la mirada.
—Vete a la habitación —ordenó fiera—. Así estarás callado.
—Lo que digáis, mi señora —resopló sonriente.
Alish lo vio desaparecer negando con un sutil gesto y desagrado.
—Disculpa su falta de tacto —le indicó a Lupo.
—«Ni que me importara lo que dice ese imbécil» —pensó el lobo indiferente.
—Ya me lo supongo —sonrió al obtener una respuesta—. No pareces del tipo de persona que le da importancia a lo que opinen los demás.
—«¿Acaso me…?».
—¿Oyes? Sí —respondió divertida—. ¿Cómo crees que me comunico con Reidar?
—«Ya, claro. Aún así, invadir las mentes de las personas no es que sea muy correcto» —bufó molesto.
—Ahora no luces muy humano —increpó sonriente—. Así que dime, ¿qué te ha llevado a ello?
—«No te…».
—Sí me importa; eres mi compañero, me preocupo por ti, y sobre todo si es Neil el que te…
—«Es nuestro problema».
—Terco y tonto —espetó apartando la mirada disimulando, como si no hubiese dicho nada.
—«Ilumíname, pequeñaja».
—Llámame así de nuevo y me hago un chaleco de pieles contigo —dijo tirándole de la oreja con una sonrisa mordaz—. Si Neil te aleja es por tu forma de acercarte —prosiguió—; eres demasiado intenso.
—«¿Por qué se entregó a mí para tratarme así luego?».

#11

Capítulo 28.2

—Porque pensó que no volvería a verte —respondió acomodándose en el suelo—. Pero ahora que sigues a su lado, poco a poco, va percatándose de que en un futuro todo se complicará, de que un día se tendrá que marchar y le será muy difícil decirte adiós.
—«¿Sabes qué pretende irse? ¿Te lo dijo?».
—Claro que no me lo dijo. Con quien más se ha abierto es con Ligia, y, de otro modo, contigo, pero lo conozco, más bien conozco la mirada, porque yo… yo también intenté alejarme de todos; la soledad se refleja en nuestros ojos, junto a la pena y el miedo de no poder volver a ser feliz en compañía de los que amamos. Pensamos que así nos protegemos del dolor y también que protegemos a los demás de él.
—«Es absurdo; aunque no se desee, de una manera u otra hacemos daño a los demás. Es más, quizá mañana estemos muertos y toda esa preocupación no sea más que una pérdida de tiempo».
—Pues haz que lo entienda —indicó poniéndose en pie—. Yo en su día lo entendí, y no hay mejor forma de vivir que disfrutar del día a día como si fuese el último, sobre todo sí se vive como nosotros, de batalla en batalla —sonrió dulcemente—. Ten mucha paciencia, y acercarte con calma, hazle ver que mañana quizá se arrepienta de no haber aprovechado mejor el tiempo contigo, así seguro que dejará de alejarte. —Se acercó a la puerta y agarró la maneta.
—«Alish…».
Ella se detuvo y miró a los ojos dorados con una ternura que a Lupo le pareció mágica.
—Si lo que deseas saber es el motivo por el cual deseé alejarlos, es tan simple como que, cuando llegue al fin de mi viaje, lo más seguro es que no logre sobrevivir —respondió a una pregunta no planteada sin borrar el gesto dulce de su mirada, acompañada de una sonrisa llena de pesar escondido. Sin esperar a una réplica por parte de Lupo, la joven entró a la estancia sin llamar—. Neil, traigo la ropa —indicó cerrando tras de sí.
—«Gracias» —dijo el muchacho más tranquilo, sorprendido de sentir aprecio por una joven a la que apenas conocía.
Alish se acercó a la cama. Neil reposaba dándole la espalda. La chica dejó las ropas sobre la mesa auxiliar. Se quedó observándole con una sonrisa tierna, imaginándose lo que debía estar pensando, lo mucho que se estaría reprochando tras alejar a Lupo con crueldad.
—Yo también creí que alejar a los demás era lo mejor —susurró esperando ayudar a sus amigos—, pero sabiendo que el final de este viaje puede ser el de mi propia vida, sólo quiero mirar atrás en el momento de dejarlo todo y no lamentarme de nada, sobre todo, no quiero lamentar el no haber disfrutado del amor que entre todos me brindáis. —Dio media vuelta y se paró ante la puerta—. El baño ya estará listo. Lupo espera fuera, quizá quieras pedirle que te acompañe; pese a su nuevo aspecto está cubierto de mugre de patas a cabeza. —Y se marchó.
Neil abrazó la almohada reprimiendo el llanto.
—Lo entiendo, de veras que sí, pero no puedo evitarlo, soy cobarde, demasiado cobarde.
Tras esperar unos minutos, habiéndose calmado y con las ideas más claras, salió con las ropas en la mano.
Lupo no osó mirarlo, esperando que el semielfo pasara por su lado sin decirle nada, pero éste se paró a su vera.
—Voy a darme un baño; llevo tu ropa, por si te apetece acompañarme.
El joven emprendió la marcha a la panta baja, y Lupo, sin variar de aspecto, lo siguió esperando que Alish le hubiese hecho recapacitar sobre sus ideas, esperando poder acercarse aunque fuera sin palabras.
* * *
Alish, tras dejarles las prendas a sus compañeros, entró en su habitación, amueblada con dos camas y una mesa auxiliar entre ambas. Einar se encontraba estirado en la que quedaba bajo la ventana.
—Siento el retraso —le indicó sin ver que se había quedado dormido. Se acercó con cuidado. «¿Está teniendo una pesadilla?», pensó al ver los sutiles gestos de malestar del muchacho. «¿Debería despertarlo?»—. Einar… Einar, despierta. —Le posó la mano en el hombro sin saber si hacía lo correcto.
Él joven se incorporó de improviso, dedicándole a Alish una mirada fría y llena de odio.
—¿Alish…? —susurró aterrado al percatarse de haber despertado.
—Ei… nar… —Tragó con fuerza, sintiendo como el mareo ganaba, perdiendo la cabeza. Intentó que el aire llegara a sus pulmones sin lograrlos. El intenso dolor duró poco. Cayó. Perdió el sentido. Se desplomó en el suelo con el pecho manchado de sangre y una daga clavada en él.

#12

Capítulo 29.1

Einar se arrodilló junto a Alish con el cuerpo tembloroso y un intenso terror inundando su ser. Balbuceó el nombre de ella, esperando despertar de la pesadilla que él mismo había creado. Sus manos se mancharon con la sangre de su amada cuando palpó el cuerpo de ésta en busca de un milagro. Cuando su mente logró hacerle reaccionar, con desesperación, corrió hacia la puerta y llamó a Shirley a voces, dejando la puerta empapada en sangre, junto al marco y la pared donde se apoyó para lograr mantener el equilibrio.
Shirley y Owen asomaron con preocupación ante el vocerío. Corrieron a la habitación.
—¡Dioses! ¿Qué ha pasado? —preguntó ella corriendo hacia su amiga, arrodillándose, dejándose caer con ansiedad junto a Alish.
—Einar… —musitó Owen mirándolo con la tez pálida, pero su compañero no lograba hablar, solamente pudo dejarse caer cerca de la esquina, con la espalda pegada a la pared, temblando como un niño asustado.
Shirley se quedó quieta, con rostro desencajado y desesperanza en el gesto.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Erwin apareciendo junto a Ligia.
—¡No! ¡Erwin, vete! —espetó Shirley temiendo su reacción, pero fue en vano; Erwin vio a Alish tirada en el suelo, con la daga y la sangre en el pecho; la ira lo invadió.
—Tú… —gruñó sin controlar sus instintos. Miró a Einar con toda su rabia.
—¡Erwin, déjalo! —le suplicó su hermana con la voz rota.
—¡Tú, cúrala de una vez!
—¡No puedo! ¡Ya es tarde! —increpó llorando.
Erwin no necesitó más para querer matar a Einar, que seguía sin moverse, con el rostro hundido entre los brazos apoyados sobre las rodillas. Pero antes de que Erwin llegase a rozar a su compañero, Ligia lo envolvió con una burbuja de agua, dejando al joven airado con gesto de sorpresa.
—No está todo perdido —dijo la niña señalando el cuerpo de Alish.
Todos miraron hacia el cuerpo; Shirley, que se encontraba a su lado, se apartó al ver a un gato de pelo largo y translucido, envuelto en un brillo cálido y claro.
—¡¿Qué es eso?! —exclamó la chica poniéndose en pie, ayudada por Owen, que fue en su ayuda al verla tan cerca de ese ser.
—Sea lo que sea —dijo Ligia dejando libre a Erwin—, sin duda, forma parte de Alish.
* * *
Alish despertó en su habitación.
Como era costumbre corrió hacia el jardín de rosas para encontrarse con sus padres, llevándose una sorpresa al ver que ellos no se encontraban allí, encontrando en su lugar, dándole la espalda, a una mujer desconocida que, por otra parte, le resultaba familiar.
—¿Quién sois? —preguntó la chiquilla mirando a su alrededor con cautela.
—Soy tu pasado —respondió dándose la vuelta. Su rostro era bello, de tez pálida y fina, ojos de brillo extraño con un azul claro que Alish reconoció sin dudas. Los cabellos negros y ondulados de la mujer ondeaban pese a la nula brisa.
—Eres…
—No hay tiempo que perder —exclamó sin dejarla seguir—. Has muerto.
—Einar… él…
—No interrumpas, chiquilla. —Alish asintió nerviosa—. Ni con los Grandes Espíritus lograrás derrotar a tu enemiga, has de usar su punto débil, aquello por lo que perdió la vida.
—¿Cómo…? ¿No podéis aclarar más?
—La leyenda lo cuenta, es lo único que no cambia. Llámame cuando sea el momento, yo seguiré dentro de ti; en su momento nómbrame y el fin de ella llegará. Una última cosa, la bruja, aunque muerto el cuerpo, sigue viva su alma y atormenta a aquel al que amas.
Una intensa luz cegó a la joven, que, llena de preguntas y dudas, se vio arrastrada por una corriente de poder. Alish sintió una intensa calidez recorrerle el cuerpo. Desde la lejanía oía voces familiares, voces que la llamaban con impaciencia.
—Despierta, por lo que más quieras, despierta.
La muchacha abrió los ojos con dificultad, sintiendo su cuerpo entumecido y pesado.
—Está volviendo en sí.
—Por los dioses, qué alivio.
—Alish, cielo, ¿cómo te encuentras? —preguntó Shirley acomodando la cabeza de su amiga sobre sus rodillas.
—¿Estoy… viva?
—Sí, cielo —sonrió tomándole el pulso desde la yugular—. Y parece que todo está correcto; buen pulso, buena temperatura…
—Otro milagro más a la lista —suspiró Owen arrodillándose junto a las chicas—. Ha aparecido alguien junto a ti, o algo, mejor dicho.
—Un gato —suspiró Alish intentando incorporarse con la ayuda de Shirley.
—¿Lo habías visto alguna vez? —interrogó Owen.
—Sí; me ha ayudado en alguna ocasión.
—¿Cómo ahora?
—Exacto. —Alish tocó su pecho; la ropa ensangrentada se le había pegado a la piel—. Tengo que quitarme la ropa —musitó molesta por la sensación húmeda—. Antes de que se me olvide… —Se dirigió a Einar a gatas, pero Erwin se colocó ante ella impidiéndole paso.
—Después de lo que te ha hecho no pienso dejar que te acerques.
—No ha sido él —exclamó Alish molesta—. Aparta, que he de solucionar lo que creía haber terminado.
—¿De qué diantres hablas?
—No quiero decir ni su nombre en su presencia —indicó Alish señalando a Einar con un gesto de cabeza—. Pero, aunque ella esté muerta, aún sigue atormentándolo.
—No puede ser —masculló Erwin inquieto—. Eso querría decir…
—Que se encuentra en otro plano —terminó Shirley poniéndose en pie y tirando de Erwin para apartarlo. «Debí haber escuchado a Einar cuando me dijo que Layla estaba viva, pero creí que eran sus temores. Qué idiota fui».
—¿Otro plano? —preguntó Owen esperando una aclaración.
—Las almas, con la ayuda de la magia, pueden mantenerse alejadas del otro mundo o la reencarnación si se esconden en otro plano de existencia —explicó Shirley sujetando a Erwin con fuerza y apartándolo.
Alish continuó gateando hasta llegar frente a Einar.
—Mi Einar, sé que estás aterrado —susurró con ternura—; no puedo ni imaginar que te habrá estado mostrando esa… esa… —Agachó la mirada luchando por seguir con un tono suave—. Pero ahora que sé la verdad, que sigue en algún lugar acechando dentro de tu mente, puedo alejarla. Deja que use mi magia en ti, mi amor, deja que te libre de ella.
Einar seguía callado, con el rostro escondido entre sus brazos apoyados sobre las rodillas.
—Quizá debería hacerlo yo —intervino Shirley amable.
—Está bien —suspiró Alish, y al intentar ponerse en pie, Einar la agarró de la muñeca.
—Lo… lo siento —balbuceó.
—No tienes que disculparte —susurró con amor. Aprovechando que la tenía sujeta, dejó su magia fluir, llenando a su amado de calidez, borrando las sombras que Layla había dejado incrustadas en su ser y hechizando al joven para que la bruja nunca más pudiera entrar en su mente—. Ahora todo está bien, todo ha terminado. Siento no haberme dado cuenta antes de que era lo que ocurría. Espero puedas perdonarme por no ayudarte antes.
«Esa maldita bruja… ¿Cómo no la sentí cuando le sané las herida que le provocó?», pensó Shirley sintiendo rabia.
Einar abrazó a Alish con inquietud, tembloroso y asustado por haber hecho tanto mal hacia la persona a la que más amaba, pero aún así, pese a la angustia, el sentir la respiración de Alish, su corazón latir y su cuerpo cálido, calmaron al joven, que logró dejar de temblar.
—Salgamos —dijo Shirley empujando a Erwin, que contemplaba la escena molesto.
El grupo salió; Shirley a la cola cerró la puerta tras de sí.
—Sé que debería sentirme tranquilo por verla viva —dijo Owen deteniéndose a mitad del pasillo—, pero…
—Ver a ese ser y no saber que es te preocupa, ¿verdad? —preguntó Shirley sonriente.
—Aunque le haya salvado la vida, sigo inquieto.
—Normal —intervino Ligia con su habitual tranquilidad—; la esencia de ese ser era la misma que la de Padme, con la diferencia que ese gato era más cercano al elemento de Luz. Aunque era tan poderoso que hasta tú, sin tener la habilidad de magia necesaria, has sentido su energía y su cercanía a Padme, la cual ya sentiste cuando Alish dejó el poder de la Hija libre.
—Si ese ser es cercano a Padme… —musitó Owen.
—Habrá que preguntarse si es amigo… —siguió Shirley.
—O enemigo —terminó Owen.
—Realmente estáis hechos el uno para el otro —gruñó Erwin con desgana—. Me dais arcadas.
—Envidia es lo que te tienes —sonrió su hermana con mofa.
—Olvídame —exclamó él antes de entrar en su habitación.
Shirley y Owen se sonrieron encogiéndose de hombros.
—Será mejor ir a descansar.
El grupo se adentró en sus respectivas estancias dispuestos a intentar reposar y disipar los nervios.
Dentro de la habitación, Alish se apartó unos centímetros de Einar, sonriente y dulce, la joven le habló:
—Deja de torturarte, en el fondo me has hecho un gran favor.
—¿A… a qué te refieres?
—Ese ente que se ha mostrado ante vosotros, sólo toma su auténtica forma cuando estoy en verdaderos apuros. —El silencio de él y su gesto de intriga dieron pie a la chica a seguir—. No he podido hablar mucho con ella, pero la mujer que me ha salvado ya lo había hecho antes, y esa mujer es la única baza que tengo para ganar a Padme.
—Espera…
—Lo has oído bien, ya sé cómo salir victoriosa; sólo queda que pueda llegar entera a la batalla final —sonrió como si sus palabras no le dolieran.
—¿Quién es ella? ¿Por qué dices que es la baza para derrotar a Padme?
—Ella es el motivo por el cual murió, el único ser al que ella escuchará y, sobre todo, al único ser al que no puede plantarle cara.
—¿Cómo es eso posible?
—Compartimos sangre, ¿recuerdas? Mi linaje está unido al de Padme y a su descendencia.
—¿Y es estás segura de qué podrás ganar? ¿Cómo sabes que no te está utilizando?
—Porque a diferencia de su madre, Ailish es más luz que oscuridad; al fin de cuentas, el rey de Balto era la otra cara de la misma moneda.
—Padme sombras y él luz, ya, eso ya lo sé, pero estás diciendo que la hija pretende ayudarte a derrotar a su madre.
—Las familias son complicadas.
—¿Confías en ella?
—¿Tengo más opciones? Los Grandes Espíritus serán una ayuda, pero no servirán para vencer; su finalidad es resucitar al Árbol, no presentar batalla.
Einar, dudoso e inquieto, acercó su mano al rostro de la chiquilla, que no borraba la sonrisa que ocultaba sus pesares y temores.
—¿Volverás a irte? En el caso de usar los poderes de los Grandes Espíritus, en el caso de necesitar la ayuda de ese ser…

#13

Capítulo 29.2

—No puedo responder con seguridad, pero, pase lo que pase, en mi mente sólo está la idea de salir vencedora y volver a casa, de volver a tu lado, mi Einar.
—Nunca borres esa idea de tus pensamientos, cada vez que te pierdo se me rasga el alma.
—Todo irá bien. «O eso espero». Será mejor que me dé un baño y me quite esta ropa —gruñó cansada antes de intentar ponerse en pie, pero Einar la agarró y la abrazó de nuevo.
—Estaba aterrado.
—Lo sé, mi amor. No te preocupes más, ya todo se ha acabado, eres libre de la maldición de esa condenada bruja.
—Quiero encontrar lo que quede de ella y hacerla arder —dijo rabioso, apretando a Alish sin tener en cuenta que le haría daño.
—Y lo haremos, a su debido tiempo, te juro que lo haremos; no voy a dejar que siga existiendo, ni en esta, ni en ninguna otra dimensión.
—Gracias.
—No agradezcas nada.
En ese instante desde el pasillo oyeron a Lupo gritarle a Neil.
—¡Pues si en eso es en lo único que piensas, lárgate de una vez! —gritó el lobo lanzándole la bolsa de viaje desde la puerta de su estancia.
Todos los compañeros asomaron al oír el vocerío.
—¿Es qué no puedes ponérmelo fácil? —le preguntó Neil aguantando la compostura.
—¿Lo quieres fácil? Por mi perfecto —estalló Lupo volviendo a su forma de lobo; el can se alejó por el pasillo, perseguido por las miradas sorprendidas de todos.
—Lupo… —susurró Alish corriendo tras él.
Neil se agachó y cogió su equipaje, suspirando decepcionado con él mismo por cómo había manejado la conversación.
—¿Quieres hablar de lo qué ha pasado? —le preguntó Erwin con preocupación.
—No serviría de nada.
—Te invito a vino.
—Vale.
Mientras, Alish alcanzó a Lupo en la calle.
—¡Espera, por favor!
—«¡Déjame de una vez, niñata entrometida!».
—No te vayas, te lo imploro.
—«¿Para qué iba a quedarme? Mi único motivo ha sido pisoteado».
—Lupo, por favor, para. —Inquieta porque no se detenía, con un gesto de mano, invocó una barrera que le impidió al lobo seguir.
—«Retira esta mierda, ¡ahora!».
—No puedo dejar que te marches.
—«¿Por qué? Si Neil ya me ha dejado clara la situación. Es imposible hablar con él, es… es demasiado cruel».
—No quiero que te quedes solo —dijo Alish arrodillándose ante él con los ojos llorosos.
Lupo la miró sorprendido por la reacción lastimera que le mostraba.
—«Y eso, ¿qué más te da a ti?».
—¿Cómo puedes preguntarme algo así?
—«Sencillo; todos me seguís mirando con desconfianza, cosa que no me importa, porque yo sólo seguía a vuestro lado por él».
—¿Acaso ahora te miro de ese modo? —preguntó sin lograr retener las lágrimas—. Eres mi compañero y eres la persona a la que más quiere uno de mis más preciados amigos; confío en ti, tanto como en ellos —dijo alargando la mano. «Si tu alma encaja con la de Neil puedo estar segura de que eres tan bueno como él».
—«Si la acercas te la arranco» —gruñó fiero, viendo como su corazón se veía arrastrado por los sentimientos de la chica.
—Sé lo que es la oscuridad y la soledad, viví en ella un año entero —susurró llorando—, y ahora que os tengo a todos a mi vera, no quiero que ninguno se quede perdido en la soledad como yo lo estuve. —Su mano rozó el cuello de Lupo, que derrotado por la pena de Alish, dejó que ésta lo abrazara—. Has pasado por tanto… Has abandonado tu hogar en busca de un lugar donde encajar, y ahora… ahora no puedo dejar que te marches.
—«Si me quedo será por ti, porque sé que los demás no piensan de igual modo».
—Deles tiempo y verás que este es tu sitio —suspiró Alish agradecida por haber podido convencerle.
—«Pero no quiero volver a mi forma humana, aún no».
—No importa el aspecto que tengas, tú siempre eres tú. —Se apartó de él para sonreírle con ternura.
—«Por cierto, ¿por qué vas empapada en sangre?».
—Oh, sí, es que Einar me ha matado.
—«¡¿Qué?!».
—Luego te lo cuento, pero antes volvamos dentro, que empiezo a estar incómoda.
Esa mañana, cerca ya del mediodía, se grabó en el alma de Lupo, quien, por primera vez, había deseado creer que alguien, diferente a lo que él era, lo aceptaba y lo consideraba de verdad un compañero.
El grupo descansó todo el día, esperando a la mañana siguiente para emprender de nuevo la marcha, deseando poner fin a la pesadilla de la humanidad y a la suya propia.

#14

Capítulo 30.1

Alish despertó; la cama de la posada no era de las mejores que había probado, pero era una gozada en comparación a dormir en el suelo. Sintió, entre sus brazos y sus dedos, una mata de pelo suave y tupido.
Pese a que el lecho no era muy ancho, Alish, estirada de costado, se había quedado dormida abrazada a Lupo. El lobo, de unos noventa centímetros de altura desde el suelo a los hombros, y de unos setenta kilos, dormía plácidamente, de costado y con las patas traseras colgando por el dorso del colchón.
La joven acarició el frondoso pellejo, arrancando un gruñido de molestia del animal dormido.
—No me rechistes, perro malo —masculló adormilada—. Hay que levantarse.
—Esto es... indescriptible —bufó Einar sentando en la otra cama, terminando de vestirse.
—¿Qué te ocurre ahora? —preguntó la muchacha mirándolo con sólo un ojo entreabierto.
—Nada.
—Einar...
Calló unos segundos hasta poder responder:
—Es lo de siempre, nada más. Olvídalo.
—Mi Einar... —dijo incorporándose; al dejar el sitio libre, Lupo se acomodó—. No te tortures más —sonrió sentándose—. A demás, no tienes de que preocuparte, éste sólo es un perrito de compañía.
—«Te he oído» —espetó el lobo levantando la cabeza para mirarla.
—Lo sé —respondió Alish sonriendo divertida.
—Y, para colmo, no sé de que hablas con la mascota —exclamó Einar alzando la ceja y sonriendo con malicia.
—«Imbécil».
—Lupo, no seas...
—Déjalo —rió—. Me lo merezco por incordiar. Eso sí, que no se aproveche por estar tan pegado a ti.
Tras oír esas palabras, el lobo se levantó, quedando sentado tras Alish. Empezó a lamerle cerca le la oreja, arrancado a la muchacha unas carcajadas incontroladas a causa del cosquilleo.
—Para, por favor —le imploró ella riendo y haciendo esfuerzos para apartarlo, esfuerzos mínimos, ya que la risa era más fuerte que sus propias fuerzas.
Einar lo fulminó con la mirada.
—Esperaré abajo —indicó saliendo de la estancia.
—«Por bocazas» —exclamo Lupo deteniéndose.
—Que sepas que no estaba enfadado de verdad.
—«Lo sé, pero tampoco le ha hecho gracia verme dormido a tu lado, y menos lo de que te lama la cara».
—Eres un lobo malo —sonrió acariciándole la cabeza y poniéndose en pie—. Voy a tener que adiestrarte.
—«Vale, pero ya otro día» —bufó poniéndose cómodo y estirándose de nuevo.
—Malo y vago —sonrió—. ¡Levanta de una vez!
Tras pocos minutos, Alish bajó al comedor. Los hombres del pueblo la miraron, desviando la vista, poco después, al gran lobo negro que la acompañaba.
Se sentó y saludó a sus compañeros, entre ellos se encontraba Aridai, charlando animada con Neil y Shirley, Ligia escuchaba atenta.
—¿Se va a quedar ahí? —preguntó Shirley mirando por debajo de la mesa, contemplando a Lupo enroscado a los pies de Alish.
—Si a él le apetece —respondió sin darle importancia al asunto—. ¿Tenéis todo listo para partir?
—Sí, pero Aridai nos ha hecho un gran regalo —exclamó Shirley volviendo a enderezarse, propinándose un golpe con la mesa, arrancándole una sonrisa burlona a Erwin. La muchacha lo miró con reproche y le tendió a Alish una esfera de cristal de cuarzo pulido.
—¿Qué es? —preguntó mirándola con curiosidad.
—Una esfera de absorción mágica —aclaró Shirley.
—Eso que tienes en las manos es un contenedor de hechizos —prosiguió Aridai.
Alish asintió sin apartar la vista de la curiosa canica, que le cabía entera entre las manos.
—No siento poder alguno —musitó.
—Aún está vacía —indicó Aridai amable—. Esa esfera se utiliza para guardar hechizos; el mago invoca sus poderes y el contenedor los absorbe, dejándolos a la espera de ser utilizados.
—Rostam tenía una —intervino Neil recordando la batalla contra el ettin—; cuando se cortó el brazo usó una para cauterizar el corte. Estaba llena de llamas doradas.
—Ese hombre es único —dijo Erwin con una sonrisa nerviosa.
—Aridai —continuó Shirley animada—, nos ha dado una para que podamos crear una barrera mientras dormimos.
—Eso es estupendo —suspiró Alish con alivio.
—Siento no poder ayudar más —añadió la Guardiana con pesar.
—No te lamentes, esta pequeña nos ayudará mucho —dijo Alish devolviendo a Shirley el objeto—. ¿Es lo mismo que usáis en la ciudad para protegerla?
—No exactamente —respondió la semielfina sonriente—; lo que se usa para crear las grandes barreras son esferas de ampliación mágica; el poder es aumentado, pero el flujo ha de ser constante, ya que no retiene en su interior hechizos concretos.
—Por eso son necesarios los relevos —masculló Alish, cayendo en la cuenta del motivo por el cual Aridai no podía acompañarlos en el viaje.
—¿Partiréis acabado el desayuno? —preguntó la Guardiana con pesar.
—Así es, lo lamento.
—Ahora que me había topado contigo —le dijo a Neil abrazándolo.
—También me hubiera gustado charlar más contigo —se entristeció el semielfo—. Jamás me había topado con nadie como yo, es casi imposible encontrar a una igual.
—«Pues que se quede con ella» —gruñó Lupo bajo la mesa.
Alish se inclinó y acarició la testa del lobo malhumorado.
Tras un copioso y suculento desayuno, el grupo, junto a Aridai, se encaminó a la puerta que conducía a reino sureño, el Reino de Viento. Los viajeros se despidieron de su anfitriona con afecto, dejando a Neil y a la muchacha espacio para que pudieran despedirse correctamente.
Lupo gruñó molesto, Alish se acuclilló a su lado.
—¿Por qué te molesta tanto? —susurró.
—«Porque esto es lo que él deseaba más que nada; encontrar a alguien igual».
—¿Y no es eso algo bueno?
—«Lo sería si se quedara aquí. Debería hacerlo, debería quedarse con ella, al fin de cuentas, sufre más a nuestro lado... Sobre todo a mi lado».
Alish no supo que decirle, así que sólo le pasó el brazo sobre el lomo y lo apretó junto a ella.
Cuando ya estuvieron listos, prosiguieron el camino al sur, deseosos de llegar a la capital, aunque quedaban unas tres semanas para ello.
Los aventureros, pese a que su espera sería larga, agradecieron el cambio de reino, puesto que al cruzar las montañas y descender, el Reino de Viento les brindaba mejor clima y más vegetación, haciendo el viaje más llevadero.
El grupo caminaba por el sendero que bajaba el monte. El bosque lo engullía todo. Cerca del camino encontraron un puesto de descanso; una cabaña hecha de madera, con tejado de pagoda y con una de sus paredes abierta y cubierta por una lona hecha de finas láminas de bambú, colocada en diagonal para dejar un hueco de paso. Dentro, escapándose por las pequeñas ventanas laterales, nacía una fina nube de humo, que arrastraba consigo el olor de té verde y comida dulce.
—¿No os parece extraño que haya algo así en medio de la nada? —preguntó Neil inquieto.
—No parece un enclave muy propicio para el negocio —añadió Einar desconfiado.
—Depende de cómo lo mires —dijo Owen, que contemplaba a Shirley atraída por el dulce aroma—; este sendero lleva a la frontera entre los reinos, por lo que viajeros y comerciantes que vengan o vayan pasaran por aquí.
—Ni un alma se nos ha cruzado en lo que llevamos de viaje —recordó Neil remarcando el hecho—; que recuerdo, han sido tres días enteros y, el de hoy, medio más.
—Bueno, como está la situación no creo que haya mucho comérciate viajando —suspiró Alish apenada—. Encuentro más lógico que nadie ande alejado de su hogar.
Lupo le dio con la cabeza en la mano. Alish lo miró y le sonrió con cariño, pero nada podía borrar el pesar de su mirada.
—«Nada de esto ha sido culpa tuya» —le dijo el lobo.
—Lo sé, aún así...
—Entonces —prosiguió Shirley—, ¿nos paramos a descansar?
—Precisamente porque ahora es demasiado peligroso vivir en medio de la nada, no me fío —continuó Neil preocupado—. Un sitio que huele a comida es lo primero que atacaría un monstruo.
—Vamos, me muero de hambre —insistió Shirley—. Alish, mandas tú, ¿qué hacemos?
—No noto maldad dentro del local —indicó serena—, podríamos comprobar la situación antes de decidir.
—¡Sí! ¡Vamos, vamos! —exclamó Shirley alegre y deseosa de probar la comida que tan dulce y ricamente olía.
—No tiene remedio —bufó Owen inquieto.
—Pues es tu esposa, chico —le recordó Erwin sonriéndole con burla, caminando tras su hermana con despreocupación—. ¡Eh, glotona! Deja algo para los demás.
El grupo acompañó la marcha y se adentró al edificio sin lograr sentirse tranquilos. El comedor era pequeño; seis mesas, con cuatro sillas para cada una, ocupaban el espacio. El suelo era de madera, limpio pero desgastado. Al fondo se veía una puerta y una ventana sin cristal, que dejaba ver parte de la cocina.
—Hola, ¿hay alguien? —dijo Shirley impaciente.
—Si es algo que nos quiera comer mejor que no salga —masculló Neil preocupado.
—No lo puedo creer, viajeros —exclamó una voz áspera de mujer, que asomó por la puerta, encorvada y vestida con una túnica cruzada hasta los tobillos, sujeta por un cinturón ancho de tela anudado a la espalda. Sus pequeños ojos rasgados, casi cerrados por completo, mostraban el agotamiento de su avanzada edad—. Creí que nunca más vería a nadie pasar por aquí, es como si el mundo se hubiese acabado.
Alish agachó el rostro con desazón y Lupo volvió a golpearle con el hocico en la mano.
—Qué... qué bonito... mm... perro —indicó la mujer incómoda, sin lograr disimular el desagrado en su gesto.
—Es un lobo —corrigió Alish acariciando al animal con cariño—. Pero no temáis, es un ser bondadoso —agregó mirándolo con ternura.
—«Al final lograrás que sienta algo de cariño por ti» —dijo arrancando a la muchacha una sonrisa amplia—. «Por cierto, esa mujer huele a animal». —Alish lo miró con extrañeza, ya que ella no sentía nada—. «Quizá no sea nada, quizá sólo es por vivir en el bosque».
La joven contempló a la anfitriona pero, por más que se concentraba, sólo lograba sentir distintas energías que provenían del interior de la floresta.
—La situación es complicada —explicó Shirley encauzando la conversación y sin dar muchas explicaciones—, complicada y peligrosa.

#15

Capítulo 30.2

—Me lo imagino —añadió la anciana haciendo ademán para que se acomodaran, sin dejar de mirar a Lupo de reojo—; debe ser así cuando el ejercito del rey llegó aquí pidiéndome que me trasladara a un lugar seguro.
—¿Os advirtieron y seguís aquí? —se sorprendió Erwin.
—A mi edad ya se tienen pocos temores. Si he de morir, que sea en mi hogar.
—Si vos lo decís —suspiró el muchacho.
Los aventureros se acomodaron agradeciendo el asiento y el lugar cálido.
—¿Querréis té y dulces? —preguntó la mujer amable.
—Sí, por favor —exclamó Shirley animada—. Hele de maravilla.
Sin demora, la anciana se encaminó a la cocina, poco después salió con una bandeja llena de vasos de cerámica, en otro viaje a la cocina llegó con una tetera a juego, mientras se iban sirviendo ellos mismos el té verde, la mujer iba y venía con un surtido de pastas y dulces de toda índole.
—¿Tú no deseas nada? —le preguntó Alish a Lupo, que se había tumbado a sus pies.
—«No, el dulce no me gusta».
—¿Ni agua para refrescarte?
—«Estoy bien, gracias».
Así, todos, menos Lupo, comieron y disfrutaron, tanto de los dulces manjares como del cálido y sabroso té. El lobo se fue quedando dormido, aburrido de la tranquilidad, hasta que una voz lo despertó.
—¿Han caído todos? —dijo una voz rasposa, cercana a femenina pero rota y anciana.
—To... todos, mi señora, todos es... están dormidos —respondió otra voz, más fina y difícil de saber a qué género pertenecía, por su tono se lograba deducir temor más que devoción.
«Era una trampa, como no», masculló Lupo sin moverse, esperando localizar a su enemigo.
—La chica, quiero a esa —indicó el ser.
—Cla... claro —tartamudeó aterrado.
—Tráela atrás, que tengo hambre.
—Co... como digáis.
—Me da a mí que no le vais a poner un dedo encima —indicó Lupo levantándose del suelo con su forma híbrida, mostrando una mueca chulesca para enseñar los dientes.
—¡Dijiste que estaban dormidos! —gritó el ser que contemplaba el joven; ser de apariencia femenina, la de una anciana demacrada, con una boca que cubría la anchura de su cara, sus largos cabellos blancos los lucía enredados, su túnica era roja y de estilo cruzado, muy sucia y harapienta, como su piel arrugada y de un tono enfermizo.
—Lo... lo lamento, mi... mi señora —se disculpó lo que le pareció a Lupo un pequeño zorro de pelaje blanco.
—Como sea, voy a tener que hacerme cargo de ti —gruñó la extraña anciana.
«Apesta a oscuridad», pensó Lupo junto a un bufido, molesto por el hedor; «¿De dónde habrá salido un ser tan oscuro, si Alish ni lo ha notado cerca?».
Mientras el licántropo cavilaba, el ser, con gran habilidad y velocidad, arremetió contra él. Saltó por encima de las mesas, llevando al lobo hacia el exterior de un tremendo golpe.
Lupo cayó de espaldas, sintiendo el peso de la extraña mujer sobre él. Forcejeaba con ella, que, del cinturón de tela, desde la espalda, había sacado una pequeña espada de hoja curva.
«Joder con la anciana, qué fuerza tiene», pensó él sorprendido.
Tras varios minutos, el zorro asustado, viendo que el lobo iba ganando por muy poco la dura trifulca, se irguió como una persona, abrió su pata, invocando unas llamas azules, el animal sopló y la extraña flama se transformó en una nube que se adentró en los aventureros.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Shirley sintiendo la cabeza dolorida.
—¡Ayudad a vuestro compañero! —gritó el zorro aún erguido, señalando al exterior; la entrada se había quedado sin la tela de caña que la cubría.
Alish miró al suelo y no vio al lobo negro a sus pies. La joven corrió sin preguntar.
—¡Lupo! —lo llamó corriendo hacia él.
El lobo se mantenía en pie, frente a éste, en el suelo, yacía un ser semejante a una anciana, con la cabeza separada del cuerpo. Lupo jadeaba. Alish, al llegar a su vera, vio a su compañero con la pequeña espada clavada en el costado; la sangre goteaba incesante, recorriendo el tupido pelaje negro, muriendo en la tierra.
—Parece que... que he ganado —sonrió antes de desplomarse, volviendo a su aspecto humano.
Alish lo sujetó como pudo, puesto que él pesaba demasiado, pero lo acompañó para que cayera sin golpearse contra el suelo. La joven le arrancó la hoja y sin demora sanó la herida, aunque sintió otras lesiones internas que el extraño ser le había causado, lesiones que Alish sabía que lo habrían matado de haber sido un hombre normal, y pese a extenuarse, lo curó.
Shirley llegó a su lado.
—Este muchacho nos ha salvado y casi lo matan —suspiró preocupada—. ¿Quieres que termine de sanarlo?
—No será necesario —indicó Alish agotada—, ahora sólo le queda descansar. Por cierto, ¿alguien me trae algo para taparlo? Empiezo a acostumbrarme a verlo sin ropa y no sé si preocuparme —suspiró con resignación y una sonrisa.
—¿Y qué hacemos con esto? —preguntó Einar agarrando al zorro por el pellejo de la nuca.
—¡Eh! ¡Suéltame! ¡Bruto! ¡Irrespetuoso! —bramaba el animal con enfado, zarandeándose con energía para zafarse, pero sin lograrlo.
Alish se acomodó la cabeza de Lupo sobre las piernas. Neil le acercó una manta de las del equipaje y cubrió a su compañero, llevándose una sonrisa de complicidad de la chica.
—Einar, trae al zorro —le pidió Alish, y él obedeció.
—¡Dile que me suelte! —exigió el animal con enfado.
—Por favor, Einar, déjalo en el suelo —pidió sonriendo amable al curioso ser, que al tocar el suelo fulminó a su captor con la mirada—. Discúlpale, pero dadas las circunstancias entenderás que las formalidades no nos parecen prioritarias.
—Lamento el haberos engañado —se disculpó el zorro sentándose—, pero ella era demasiado poderosa para mí, no me quedaba más remedio que obedecer, lo siento.
—Así que estabas bajo coacción, ¿no?
—Eso es; cuando los seres infernales escaparon, el bosque quedó bajo su dominio, y yo, como otros entes de menor poder, me vi obligado a servir para sobrevivir.
—Dioses, que horror —suspiró Shirley acomodándose junto a ellos—. Por cierto, ¿qué era ese ser? Parecía humana —preguntó intrigada.
—Era un demonio llamado yama-onna, una mujer maldita que ansia la carne humana —respondió con miedo el zorro—. Saben esconder muy bien su naturaleza, incluso para seres de alto nivel mágico como ella —indicó señalando con un gesto de cabeza a Alish—. Añado que esa habilidad también la domino yo.
—Mm... interesante —masculló Shirley animada.
—Después ya te dará más información —intervino Erwin sentándose junto a su hermana—; ahora dinos, ¿tú qué eres?
—Soy un kitsune y, para vuestra suerte, uno bondadoso. Mi trabajo es proteger el bosque, aunque soy demasiado joven e inexperto para enfrentarme a lo que ahora mora en él.
—Nunca había visto algo así —musitó Shirley fijándose en el animal.
—Diría que esto es demasiado extraño, pero ya ni me sorprendo de estar hablando con un zorro —indicó Erwin sonriendo divertido—. Deberíamos descansar hasta que éste —señaló a Lupo—, pueda moverse; si el bosque está infestado de seres malignos necesitamos que esté en condiciones de luchar.
—¿Podríamos quedarnos a descansar unas horas? —preguntó Alish amable.
—Por favor, después de lo ocurrido, os imploro que os quedéis y os ofrezco mi casa. —El zorro invocó una llama azul en su pata y ésta chocó contra el restaurante, apareciendo una cabaña, del mismo tamaño y forma; la pared que quedaba abierta ahora apareció cerrada por unas puertas correderas de madera y papel de arroz.
—¡Eso es sorprendente! —espetó Shirley emocionada.
—Usas una magia muy complicada para ser un zorro —indicó Erwin divertido.
—Para ser viajeros, conocéis poco del mundo, ¿no? —preguntó el animal extrañado de tanta sorpresa.
—¿Podemos dejar la conversación para cuando él ya esté dentro? —preguntó Neil mirando a Lupo, sin expresar en su gesto su verdadera preocupación.
Los aventureros aceptaron la amabilidad del zorro, y, tras acomodar a su compañero inconsciente, el grupo prosiguió charlando con el espíritu animal, dispuestos a conocer mejor el mundo en el que se adentraban, mundo sombrío que cada día se oscurecía un poco más.

#16

Capítulo 31.1

La noche alcanzó al grupo aún en la casa del extraño zorro. La estancia era cuadrada, la tarima de madera estaba a dos palmos del nivel del suelo, un fuego a tierra, siguiendo la forma de la habitación, se encontraba en el centro. El zorro se había sentado frente a la hoguera y lanzó otra llama desde su pata, encendiendo las maderas que reposaban bajo un caldero negro, esas llamas seguían prendiendo hasta después de que todos se hubieran quedado dormidos; yacían estirados repartidos por la pequeña estancia, excepto Alish que se encontraba apoyada de espaldas a la pared, con Lupo descansando a su lado, estirado con la cabeza y un brazo sobre las piernas de ella, roncando sutilmente. Pasada la medianoche, la joven, incómoda y dolorida, se despertó.
—Lupo, despierta —susurró zarandeándolo con cuidado, arrancándole un gruñido—, necesito levantarme.
—No lo despiertes —le pidió Neil acercándose.
—¿No dormías? —se sorprendió la muchacha.
—No logro conciliar el sueño —respondió parándose ante ella—, hay algo en este bosque que me crispa.
—Yo no siento nada, al menos nada tan intenso.
—Bueno, tú no eres como yo —le sonrió acuclillándose—, mi conexión con la naturaleza es, por decirlo de algún modo sencillo, mágica; la de éste debería ser mayor por ser de pura raza, pero no parece importarle nada —indicó mirando a Lupo.
—No te burles de él, está agotado después de salvarnos a todos heroicamente, ¿no te parece encantador? —preguntó con una mueca burlona.
—Sé lo que intentas y voy a ignorarlo —indicó sentándose al otro lado de Lupo—. Y, pese a tu indiscreción, voy a sacarte de debajo del «encanto» —sonrió con chulería. Se acomodó y tocó con delicadeza la espalda de Lupo, acariciando con el dorso de la mano la piel desnuda y marcada de su compañero, recordando que la mayoría de esas cicatrices se las hicieron sus antiguos camaradas cuando fue a rescatarlo a él. Lupo, instintivamente, sumido en su profundo sueño, se dio la vuelta y se abrazó a Neil, acomodando su cabeza y su brazo sobre las piernas del semielfo, apretándolo por unos segundos contra sí, gruñendo con lo que les pareció felicidad.
—Eso sí es mágico —susurró Alish moviendo sus piernas doloridas.
—Creí que Shirley era la entrometida.
—Lo siento, es que no puedo evitar sentirme cercana a él. —Un rastro de dolor se dibujó en su rostro y en sus claros ojos azules.
—Ya veo; apartados por vuestras personas amadas pese a que éstas os aman, ¿no?
Alish sonrió, se puso en pie y no respondió.
—Gracias por liberarme —dijo encaminándose a la calle.
Neil miró a Lupo cuando Alish desapareció por la puerta.
—Añoraba tenerte dormido a mi lado —susurró acariciándole la cabellera negra—. De verdad que te añoro mucho, mi lobo orgulloso.
El sol se alzó sobre la montaña, uno por uno empezaron a despertar y a moverse los aventureros; Erwin dejó en el caldero la sopa para el desayuno y salió al fresco de la calle, Shirley, sentada junto a su hermano, ordenaba, cortaba y guardaba sus hierbas, Owen entrenaba con la espada observando a su esposa cuando ésta hablaba sola, arrancándole pequeñas sonrisas a su marido, Ligia y Alish charlaban con el zorro, escuchadas por un silencioso Einar que limpiaba y afilaba su espada con paciencia y mimo, todos sentados en una pequeña banquetas que reposaba junto a la pared de la cabaña.
Neil se despertó con el cuello y la espalda doloridos, las piernas entumecidas y la sensación de tener más sueño que cuando se durmió. Miró hacia abajo, contemplando a su compañero aún sobre sus extremidades, con aspecto de seguir durmiendo.
—¿Eres medio lobo o medio marmota? —preguntó junto a un bostezo de agotamiento y zarandeando sutilmente al joven—. Despierta de una vez.
—Mm... Deja que me quede un poco más así —masculló Lupo sin deseos de despertar.
—Ya has dormido suficiente; si estás sobre mí es porque quería ayudar a Alish —indicó lamentando un tono que sabía que no podía suavizar—, así que no remolonees y apártate.
Lupo se movió quedando bocarriba, mirando, aún sin ajustar la vista, al semielfo, que sintió un escalofrío al contemplar una dulce inocencia en los ojos de su compañero.
—Gracias —susurró feliz junto a una sonrisa.
—No... no sé qué me estás agradeciendo —espetó sonrojado, intentando disimular el nerviosismo.
El lobo se incorporó con cuidado, sintiendo su cuerpo aún pesado, así que apoyó su espalda en la pared. Miró a Neil, dejó escapar un suspiro y negó con la cabeza levemente.
—¿Sé puede saber qué significa eso? —preguntó confuso e intrigado el semielfo.
—Realmente soy un idiota; por más cruel que hayas sido, por más que me apartes, yo sólo tengo ganas de... —Se acercó a su rostro, quedando a pocos centímetros de él—. Pero he de respetar lo que me pides —suspiró apartándose sin borrar la sonrisa. El semielfo no sé vio capaz de responder—. Y sí te daba las gracias era por haber ocupado el lugar de Alish, lo pobre chica seguro que se arrepiente de haberme pedido que me quedara —rió—. No soy más que una molestia —susurró sin borrar el gesto, pero dejando ver tristeza en su mirar.
«No eres una molestia. Eres... eres...». El semielfo, sin lograr detener su cuerpo le plantó un beso, y tal como se dio cuenta de lo que había hecho, se levantó con prisas y salió junto a sus compañeros, dejando a Lupo solo, preguntándose qué había dicho para lograr que lo besara, deseoso de repetirlo para robarle otro gesto de amor, pensando luego en tres palabras: «Te quiero, chiquitín».
Tras desayunar y haberlo recogido todo, el grupo se dispuso a partir.
—¿Estás seguro que no quieres irte a otro lugar más seguro? —preguntó Alish al pequeño zorro blanco.
—No, por favor, por mí no os preocupéis —respondió amable—. Ocultaré mi casa, y a mí, claro, y todo estará mejor. Fui demasiado descuidado —musitó para sí al final.
—Espero que así sea —rezó Shirley en un susurro.
—Sigo sin sentirme conforme —indicó Alish preocupada.
—Mi deber es proteger mi hogar y el bosque y, aunque sea aún inexperto, es lo que debo hacer.
—¿Y si aparece otro ser como el que te tenía esclavizado?
—Pues si eso ocurre será porque ha de ser así, pero no me rendiré —indicó el zorro alegre, repleto de energía—. Tú debes llegar a tu destino, y cuando lo logres, liberarás al mundo de la oscuridad. Un pequeño espíritu como yo no debería frenarte, puesto a que hay mucho más en juego que mi vida.
Alish aguantó la tristeza, sintiéndose inútil por no poder hacer nada por ayudar ni tan siquiera un pequeño zorro tan especial como aquel.
—Alish... —Erwin le puso la mono sobre el hombro—. Es una decisión que ha de tomar él, aunque no nos guste; es su hogar y su vida, y nada podemos hacer con el tiempo agotándose.
Ella asintió sin poder ocultar su pena. Se arrodilló y abrazó al pequeño animal, dejando escapar su energía hacia él.
—No es mucho poder el que puedo ofrecerte —susurró—, pero te ayudará.
—Gracias —murmuró el pequeño con alegría—. Después de haberos puesto en peligro y aún me ayudas.
—No te preocupes más por ello —indicó Alish separándose de él—. Además tus consejos nos serán muy útiles para no ser engañados con tanta facilidad.
—Espero volver a veros.
Tras la despedida prosiguieron su camino hacia el sur. El sendero quedó rodeado por árboles, tan antiguos, que el sol apenas lograba entrar entre las espesas y grandes ramas.
—¿Vamos por buen camino? —preguntó Erwin sintiéndose cada vez más atrapado por el bosque.
—Lo has preguntado cinco veces y la respuesta sigue siendo la misma, ¡sí! —respondió Owen empujándolo.
—No sé cómo lo haces, pero logras crispar hasta a Owen, con la paciencia que tiene —bufó Shirley negando con incredulidad.
—Es que estoy muy incómodo —indicó Erwin con desagrado.
—¿Incómodo? —preguntó Alish extrañada.
—Llevo rato con la sensación de que algo no aparta la vista de mi nuca —dijo con malestar.
—¿Desde cuándo eres tan paranoico? —se burló Shirley sonriente.
Alish se detuvo y miró atrás, concentrándose, buscando tras ellos alguna muestra de peligro.
—¿Qué haces? —le preguntó Einar—. No te dejes contagiar por las locuras de ese quejica.
—Es una pena que yo no tenga el cerebro reducido como tú y en cambio pueda notar la malicia ajena —gruñó Erwin en respuesta al ataque verbal.
—Quizá es que desde que no tienes poderes te estás acobardando y pones excusas idiotas —prosiguió Einar.
—¡Basta! —exclamó Alish molesta—. Hay algo...
—¿Estás segura? —le preguntó Shirley prestando atención.
—«¡Joder, apesta!» —gruñó Lupo llamando la atención de Alish—. «Sea lo que sea, se está dejando notar».
—Lo hemos descubierto —respondió Alish—, ya no tiene motivos para esconderse, aún así...
—«¿Por qué se ha expuesto si tenía el factor sorpresa?».
—Eso es lo que me gustaría saber.
—¿De qué habláis? —se molestó Einar—. Cuando estamos en peligro no es momento para no enterarnos los demás.
—Estrategia básica —indicó Owen—; si el enemigo tiene ventaja sobre su rival, ¿por qué mostrarse? Estaba oculto y de repente deja que Alish lo sienta y Lupo lo huela... Algo ha cambiado en la estrategia de lo que sea que nos sigue.
En ese instante el suelo tembló. Einar sujetó a Alish y la apartó, Owen a Shirley y Neil a Ligia, Lupo saltó en el último segundo antes de que el agujero lo devorara, pero Erwin, que intentó moverse no lo logró, algo atrapó su pie y lo arrastró al fondo de un abismo negro.
—¡Erwin! —gritó Shirley intentando zafarse de Owen.
—¡Espera! No podemos saltar sin saber cuan profundo es —le indicó el joven aguantando sus nervios.
—No logro ver el fondo —intervino Neil arrodillado, asomándose por el hueco—. Hay una gran nube de polvo, pero diría que es más profundo de lo que me gustaría pensar, profundo y amplio; ahí abajo hay una caverna gigante por cómo se mueve la nube.
—¡Reidar! —gritó Alish. El grifo atravesó las espesas copas de los árboles, asomando con su forma real—. Iré a buscarlo.
—No vas a ir tu sola —espetó Einar agarrándola del brazo.
—No irá sola, porque bajaré con ella —indicó Lupo que ya se estaba poniendo un pantalón.

#17

Capítulo 31.2

—¿Tú? —preguntó con escarnio—. No pienso dejar que vaya sola contigo.
—Cuando tengas mi olfato, mi fuerza, velocidad y vista te cederé el lugar encantado —sonrió burlón—, pero hasta entonces, yo cuido de su culo —gruñó subiéndose sobre el grifo, tendiéndole la mano a Alish, que miró con confianza al lobo y subió ante él.
Alish, con el poder de Tierra, agrandó el agujero, y el grifo, viendo el paso abierto, se dejó caer, desapareciendo en la oscuridad.
—Deberíamos ir todos —bufó Einar con enfado.
—Sería estúpido por nuestra parte —dijo Ligia recolocándose la ropa, sacudiendo el polvo de sus prendas—. Aunque la caverna sea amplia en esa zona no quiere decir que no se estreche más adelante.
—Y en un lugar estrecho mucha gente es sinónimo de problemas —suspiró Owen entendiendo la idea de la chiquilla.
—Nos molestaríamos más que apoyarnos —concluyó Ligia mirando a Neil—. Gracias por la ayuda, mi falta de atención ha sido un grave error.
—No me agradezcas —respondió el semielfo acariciándole la cabeza—, para eso están los amigos, ¿no?
—Erwin... —musitó Shirley asomada al boquete, con el corazón acelerado y malestar en el estómago.
—Todo irá bien —le susurró Owen—. Ella lo traerá de vuelta.
* * *
Reidar atravesó la polvareda llegando a una caverna amplia. Cuando tocó suelo, Alish iluminó con su magia la cavidad, y, viendo el poco espacio que se abría ante ellos, le indicó al grifo que se quedase en esa sala.
—Si se acerca algún enemigo vuela y huye, ¿entiendes? —Reidar gruñó y asintió—. Buen chico —le dijo acariciándolo.
—¿Nos ponemos en marcha?
—Claro, pero hay varios túneles... —murmuró Alish buscando algún rastro de energía que le diese una pista de que camino debía elegir.
—Ese —señaló Lupo emprendiendo el camino—. El olor de Erwin aún es fuerte.
Alish lo siguió sin discusión.
—Gracias por acompañarme —indicó ella intentando seguir las largas zancadas de su compañero.
—Quiero que te quede claro, no lo hago para que ellos confíen en mí.
—Lo sé, por eso te doy las gracias.
Lupo se detuvo en seco, dejando a Alish perpleja y confusa.
—Ven —pidió haciendo ademán para que se acercase, y ella obedeció. Los fuertes brazos de él rodearon a Alish por la espalda y las piernas, levantándola del suelo.
—¿Qué haces?
—Tus pequeñas piernas no me siguen el ritmo y se nos hace tarde, pequeñaja —indicó sonriente y con burla.
—No sé si debería agradecértelo —bufó con falso enfado.
—A mí no me agradezcas nada, sólo deja que te llame pequeñaja.
—Déjalo ya, antes que me enfade.
Con prisas, los dos llegaron al final del largo pasadizo de tierra. Alish sintió un aura oscura nacer de la estancia que asomó tras la salida del túnel, un aura poderosa y repleta de maldad.
Lupo dejó a Alish tocar suelo, y avanzaron despacio, observando atónitos el panorama; del alto techo, hasta el suelo, la mayoría de la estancia estaba repleta y cubierta por telarañas gigantes y espesas.
—Odio las arañas —gruñó Lupo con asco.
—¿De verdad? ¿El lobo pedante tiene miedo a los pequeños arácnidos? —se mofó Alish divertida.
—Bueno, lo de pequeños es broma, ¿no? —preguntó señalando al techo.
La luz creada por Alish reveló el paradero del enemigo; entre las telarañas vieron moverse un ser gigante, con ocho patas largas y un cuerpo redondeado y oscuro.
—Retiro lo dicho —indicó nerviosa. «Espero que Erwin esté vivo aún; no logro encontrarlo».
—Tu amigo está ahí —señaló el Lobo hacia una pared, ayudando a Alish a encontrar un capullo hecho de telaraña.
La joven quiso ir en su ayuda pero, tal como se adentró en la sala, la araña cayó. Lupo se transformó en unos segundos, saltando hacia Alish; apartándola y salvándola de ser aplastada por el titánico ser.
—No nos dejará llegar a él con tanta facilidad —gruñó el licántropo.
—Yo me encargaré de la araña, tú saca a Erwin de ahí.
—¿Y si necesitas mi ayuda?
—Mira a Erwin.
Lupo se fijó; arañas de menor tamaño se acercaban al blanco capullo que encerraba a su compañero.
—Mierda... Más arañas no.
—Yo te cubriré.
—Lo sé.
Alish observó a su enemigo. Dispuesta a luchar se enderezó, mostrándose decidida y combativa, se plantó ante la poderosa araña, que emanaba una intensa oscuridad y un insaciable deseo de devorar a su rival.

#18

Capítulo 32.1

Alish arremetía contra la descomunal araña con su magia de fuego, haciendo que el horrendo ser retrocediera. Lupo, habiendo llegado a Erwin, rasgó el capullo de telaraña, liberándolo al fin. Las crías del arácnido se acercaban con rapidez y algunas empezaron a saltar hacia el licántropo, que habilidoso, esquivaba los espantosos seres. Las que se arremolinaban junto a sus pies eran aplastadas sin piedad. Sin detenerse en su misión, Lupo se fue alejando de las telarañas para poner a salvo a Erwin, que se encontraba inconsciente, cargado a la espalda del lobo.
Alish miró tras de sí, viendo que su compañero ya se acercaba a la salida. La joven siguió atacando con llamas, y al ver que las crías de la araña seguían a Lupo y empezaban a rodearlo, desvió sus ataques, prendiendo a los arácnidos. Al desviar su atención del enemigo, éste aprovechó para atacar, golpeando a la muchacha con una de las patas, lanzándola contra las telarañas de la pared, donde chocó, provocándole un dolor agudo que le recorrió el cuerpo, y donde quedó atrapada por los viscosos filamentos.
—¡Mierda! —espetó Lupo al ver la escena. El joven deseó ir a ayudarla pero el número de criaturas aumentaba a su alrededor.
—Deja... déjame en... el suelo —susurró Erwin recobrando el sentido con lentitud.
—¿Estás loco? —espetó el lobo sorprendido ante tal petición.
—¡Ya! —exigió con impaciencia.
Lupo obedeció; Erwin tocó el suelo, cayendo de rodillas, protegido por el licántropo, que seguía matando las arañas que los rodeaban.
—¿Qué estás haciendo? Tenemos que salir de aquí —indicó Lupo impaciente.
—Consígueme unos segundos —pidió Erwin aún mareado. El muchacho empezó a dibujar un círculo en el suelo aprovechando la tierra suelta.
—Haz el favor de darte prisa.
—Saca a Alish de la telaraña —ordenó mientras proseguía con el dibujo.
Lupo bufó molesto, pero prefirió hacerle caso y ayudar a la chica. El lobo corrió entre las arañas, llegando ante la mayor, mareándola, saltando de un lado a otro hasta despistarla. En ese instante se paró ante Alish, tiró de ella y, rasgando la espesa tela, la liberó, arrancándole un quejido de dolor; la agarró y la apartó de la gran araña que los atacó de nuevo.
—¿Estás bien? —preguntó cuando dejó a Alish en un rincón.
La muchacha se tambaleó, sujetándose el costado izquierdo con la mano, justo donde le había golpeado el descomunal arácnido. Tosió, tapándose la boca con la mano, limpiándola con la manga.
—Erwin... hay que sacarlo... de aquí —respondió con dificultad, sintiendo como el aire no entraba en sus pulmones con normalidad, sintiendo en ellos un profundo dolor.
—¿Sólo a él? —preguntó Lupo irónico—. Cúrate; hueles a sangre. —Se miraron—. A mis ojos los engañas, pero no a mi olfato —sonrió.
—Quiere que sus crías lo devoren para obtener su poder.
—Lo tiene sellado.
—Pero eso no quita que su oscuridad siga dentro.
Antes de que Lupo pudiera ir a por Erwin, éste, que había terminado el mágico símbolo, posó la mano sobre él, dejando fluir una magia que nunca había mostrado; una ola de llamas arrasó con los enemigos, devorándolos, dejando de ellos nada más que cenizas. Alish cubrió a Lupo con una barrera cuando vio las flamas acercarse. El fuego calcinó con rapidez las telarañas, y, cuando todo quedó consumido, las mágicas flamas se desvanecieron.
—Impresionante —masculló Lupo sujetando a Alish—. Ahora, cura ese cuerpo pequeñajo —sonrió guiñándole un ojo.
—Insolente —bufó obedeciendo.
Los dos se acercaron a Erwin, que se quedó sentado, agotado y aún distraído.
—Erwin... —lo llamó Alish arrodillándose ante él.
—Tenía un bello sueño —susurró cayendo hacia adelante, quedándose apoyado sobre ella—, tan bello que no quería despertar.
—No digas tonterías —musitó la chica abrazándolo.
—Eras mía... —dijo antes de quedarse dormido, dejando en Alish un sentimiento de desazón.
—Yo cargo con él —indicó Lupo, que había vuelto a su forma humana.
—Gracias.
—No lo ibas a hacer tú, siendo tan pequeñaja —rió con falsa maldad.
—Estás demasiado impertinente.
—Pero me adoras por ello —sonrió con inocencia.
—Salgamos antes de que Shirley decida venir a por nosotros —dijo sonriendo, reconociendo que esa faceta del joven le gustaba.
Recorrieron el camino de vuelta encontrando a Reidar esperando en la galería, montaron en él y llegaron a la superficie agradeciendo el aire fresco.
—Ya era hora —espetó Shirley muerta de la impaciencia, ayudando a Lupo a descargar a Erwin—. El tarugo está dormido... —suspiró tras acomodarle la cabeza sobre sus piernas.
—Ha utilizado magia de fuego —contó Alish arrodillándose junto a ellos.
—No puede ser, él nunca...
—También utiliza agua y aire —interrumpió Ligia a Shirley.
—¿Cómo lo sabes?
—Ahora que suelo compartir estancia con él, para hacer del tiempo de descanso algo útil, ha estado practicando la magia elemental, y yo le he ayudado.
—¿Por qué no dijo nada?
—Aún necesita dibujar el círculo, así que no encontraba conveniente indicarlo cuando aún le es complicado lanzar el hechizo. Pensaba decirlo cuando lograse crear el círculo con su magia.
—Odio a mi hermano —terminó por gruñir Shirley con falso enfado.
—¿Por qué? —preguntó Alish.
—Digamos que yo me quedé con la inteligencia y él con la habilidad —sonrió divertida.
—Realmente es un gran mago —indicó Ligia—. El número de fracasos obtenidos ha sido mínimo, desde el primer intento ya mostró el potencial que esconde.
—Sigo siendo más inteligente —remarcó Shirley con cara de falso disgusto.
—También te quedaste con la hermosura —le dijo Owen sentándose a su lado, dándole un beso en la mejilla.
—Zalamero —río Alish con cansancio.
Einar le tendió un pellejo de agua, que ella aceptó agradecida, después se dejó caer junto a su esposa. Ligia se acomodó en el suelo junto a Owen. Neil se acercó a Lupo, que bebía agua de otro pellejo y comía un pedazo de carne curada.
—Esta vez parece que no te han molido —indicó el semielfo sin mostrar su alivio.
—Gracias por preocuparte —sonrió tierno—. Esta vez no ha sido a mí a quien casi matan —indicó dejando el pellejo dentro de la bolsa de viaje—. Aunque ha habido un momento que lo hubiera preferido.
—No bromees con eso —le reprendió disgustado.
—Odio las arañas —confesó alejándose—, y las había a cientos —remarcó antes de volver a su forma de lobo para tumbarse junto a Alish, la cual lo acarició con cariño.
—Aún así, no hagas bromas con lo de desear morir —musitó Neil apenado por ver como aún su compañero se escondía tras la forma de un bello animal.
Cuando Erwin despertó prosiguieron su camino. El viaje fue costoso y tardaron más tiempo del deseado, ya que el número de seres que invadía el bosque era amplio. Derrotando enemigo tras enemigo, el grupo avanzaba. Tras cuatro semanas y seis días de trayecto llegaron a Kaze, la capital del Reino de Aire.
La ciudad se había construido cerca de una pequeña colina, donde se alzaba el castillo, el resto de la urbe, diseñada en cuadrícula, se emplazaba a los pies de la pequeña elevación, a las afueras de la muralla, que protegía la morada del monarca, otro muro resguardaba a la población, y a las afueras, estaban los campos y algunas granjas con ganado.
El grupo llegó ante las murallas del palacio; una pagoda antigua, de planta cuadrada el edificio principal, que constaba de cuatro pisos, tras éste, conectado por pasillos exteriores, se encontraban dos edificios secundarios, uno trasero, rodeando un bello jardín con estanque, y otra edificación lateral, al lado derecho. En el área izquierda se encontraban los barracones, la cuadra, las perreras y el patio de armas.
La guardia que custodiaba la entrada constaba de cuatro hombres; portaban cascos de hierro, por el cuello se extendían láminas a modo de gorguera, los hombros y antebrazos los cubrían unas placas semicirculares, las muñecas las protegían con unos brazaletes de hierro cilíndricos, las piernas eran cubiertas por piezas de metal a modo de escarcela, quedando al descubierto las parte inferior de las extremidades, protegidas por dos piezas de metal atadas con cordones de cuero. En sus cinturas, envainadas, portaban sendas espadas de hoja curva, también sujetaban largas lanzas de filo alargado.
—Soy Alish Simurgh y...
—Sabemos quién sois —interrumpió uno de los guardias—. Aguardábamos vuestra llegada. Su majestad espera impaciente. Por favor, seguidme. Aunque el lobo deberá quedar...
—Lo lamento, pero Lupo es más que un lobo, es un buen amigo y no lo dejaré fuera —indicó Alish con su tono regio.
—Pero los animales no pueden...
—No habrá problema —indicó Lupo mientras se cubría con otro pantalón—. Dejo de ser un animal y arreglado, ¿no?
—Un... un licántropo —susurró el guardia sorprendido.
—Y un compañero fiel —añadió Alish—. Ahora sigamos, que no tengo tiempo que perder.
Todos obedecieron. En silencio, siguieron al guardia, que los condujo hasta el interior. Cuando llegaron a una sala cuadrada, donde no había mobiliario, más que unos finos cojines colocados en dos hileras paralelas sobre el suelo de madera, el guardia habló:
—Por favor, acomodaros, el emperador llegará pronto.
Sin más se fue, cerrando tras de sí la puerta corredera hecha con paneles de madera decorados y pintados con bellos paisajes de montaña y aves surcando el cielo.
—Espero que nos den de comer —suspiró Shirley agotada y hambrienta.
—Siéntate y deja de pensar con el estómago —se burló Erwin dejándose caer sobre uno de los cojines.
—Impertinente —suspiró Shirley sentándose junto a él.
Owen se acomodó al lado de su esposa y Neil al lado de éste. Frente a ellos se encontraban: Lupo, Alish, Einar y Ligia.
—¿Todo bien? —le preguntó Alish a Lupo cuando se percató de que olfateaba el ambiente.
—El olor...
—¿Un monstruo? No me digas que es un monstruo —dijo Neil lastimero y agotado.
—No; no es un monstruo —lo tranquilizó—, aunque no deberías preguntar si no quieres saberlo, chiquitín.
—Dinos ya qué has olido —increpó Shirley impaciente.
—Nunca había olido algo así.
—Di ya qué es.
—¡Comida! —respondió animado.

#19

Capítulo 32.2

—¡Sí! Ahora mismo he llegado a amarte —exclamó Shirley con una alegría desbordante.
La energía del lobo al comunicar la noticia y la alegría exagerada de Shirley arrancaron unas carcajadas incontroladas al grupo, que no se percataron de la llegada del séquito del rey. El Consejero carraspeó, logrando así captar la atención de los jóvenes distraídos, que, al ver al hombre, callaron de improviso, bajando la mirada avergonzados. El individuo era menudo, de ojos oscuros y rasgados. Sus cabellos negros empezaban a mostrar algunos claros y los portaba recogidos en una coleta baja. Vestía una túnica cruzada, su tono azul oscuro resaltaba los bordados dorados que la cubrían, haciendo cenefas con esvásticas entrelazadas en una larga cenefa.
—Se persona el emperador y soberano del Reino de Viento, Sho, señor de...
—Disculpad —interrumpió Alish al hombre con impaciencia—. Siento ser directa y no muy educada, pero tengo mucha prisa; el mundo tiene mucha prisa, para ser precisa. Dejemos las presentaciones presuntuosas, por favor, los títulos no me sirven de ayuda.
El Consejero gruñó, dedicándole un gesto de desagrado.
—¿Realmente alguien como vos es la salvadora del mundo? —bufó el hombre con cara de antipatía al ver a la muchacha y sus ropas polvorientas—. A mí sólo me parecéis una niñata insolente y una pordiosera más.
Einar deseó responder, pero sabía que debía callar y, al igual que todos, así lo hizo, todos menos Lupo, que se puso en pie con gesto chulesco.
—Quizá está «pordiosera», o como quieras llamarla, deba irse y dejar a la ciudad a su suerte —espetó brabucón, llevándose de Alish unos tirones y unas suplicas que él no escuchaba—. Seguro que tú serás el primero en salir en defensa del pueblo si un ser malvado os ataca, ¿verdad?
—Lupo, ¡ya! —ordenó la muchacha con incomodidad.
—Espera, quizá sea él el que tenga los huevos de pactar con el siguiente Gran Espíritu —prosiguió ver su enfado.
—¡Lupo!
—Esperad —habló el rey, apareciendo tras el hombre, que se apartó de la puerta corredera y le dejó paso mientras inclinaba su cuerpo en una reverencia—. Mi Consejero os debe una más que sincera disculpa, y yo por permitir tal ofensa —indicó con una mirada severa al Consejero, que se encogió avergonzado—. Tomad asiento joven —le pidió a Lupo con un amable gesto de mano indicando el cojín de donde se había levantado.
El monarca era un hombre de apariencia aún joven, de cabellos largos y negros, recogidos en un moño alto, sus ojos rasgados y oscuros mostraban seguridad. Su piel era clara, contrastando con la ropa; una túnica cruzada de seda negra, sujeta con un cinturón de tela amplio rojo, sobre la túnica, portaba otra abierta, más gruesa y también de color oscuro.
Lupo aguardó en pie mientras el rey pasaba por su lado, cuando lo hizo el Consejero, el joven le mostró sus ojos dorados y le gruñó enseñándole los colmillos, asustando al hombre y haciéndolo retroceder.
—Una... Es una bestia —susurró aterrado.
—Y que no se te olvide —añadió Lupo antes de llevarse otro tirón.
—Dioses, ¡siéntate! —ordenó Alish con imposición—. Siento su comportamiento —dijo mirando al monarca y luego a su Consejero—, es muy protector, pero no le haría daño a nadie solo por ser un insolente —remató con una sonrisa llena de burla disimulada con dulce simpatía.
Lupo, sin querer evitarlo, dejó escapar un bufido de gracia; Shirley, Erwin y Einar se tragaron las risas y dibujaron muecas de contener sendas sonrisas.
El emperador no añadió nada, sólo se sentó en un cojín que presidías las dos hileras paralelas donde se encontraban los jóvenes.
—Puesto que ya habéis dejado claro que tenéis prisa, no me andaré con preámbulos —dijo Sho ignorando lo sucedido, retomando el tema, apremiando como Alish había pedido—; mi segundo hijo, Taiga, me informó en una misiva de vuestra llegada y de la petición que teníais para mí.
—Así es —afirmó Alish abriendo su bolsa bandolera, tendiéndole la carta que Taiga había preparado como confirmación de que ella era realmente la que decía ser—. Pido poder llegar al Templo lo antes posible, mi señor.
—Y nosotros necesitamos ir a la biblioteca —añadió Shirley impaciente por poder echar mano de algún tomo único.
—No habrá problema —señaló Sho—, es más, la entrada del Templo de Aire se encuentra justo en la biblioteca que deseáis visitar, llamada Viento de Chishiki.
—Deseo ir tan pronto como sea posible —pidió Alish, pero el rey le hizo ademán de que esperara.
—Seréis acompañada una vez hayáis comido —indicó Sho poniéndose en pie, al igual que el Consejero—. Puesto que el Templo está en la parte más especial de la biblioteca, no puede entrar cualquiera, debéis elegir quien os acompañará. Si me disculpáis, he de asistir a una reunión.
—Gracias, pero... —dijo Alish sabiendo que no sólo ella deseaba entrar en el edificio—, y siento tener que insistir, pero dos de mis compañeros desearían visitar el lugar más que acompañarme al Templo, ¿podrían, pues, seguirme tres de mis amigos?
—¿Tres? —se sobresaltó el Consejero—. Os excedéis, señora... —Calló al ver a Sho hacerle gesto de reproche con una mirada severa.
—Deduzco que uno será el que os siga al Templo.
—Así es, pero debido a la situación actual en la que nos encontramos, quizá podamos encontrar algo en algún libro que nos ayude en este viaje y, lo más importante, a que finalice de forma propicia para la humanidad.
—Mm... Los dos que se queden en la estancia deberán ser vigilados.
—No habrá problema —indicó Alish agradeciendo con un gesto de cabeza—. ¿Y a qué hora podremos ir al Templo?
—A primera hora de la noche —respondió el Consejero con desagrado—. No queremos que los visitantes molesten a los eruditos.
Sin más, el monarca y su acompañante se retiraron, dejando entrar a las doncellas con las bandejas de comida. Shirley al verlas no pudo contener una sonrisa de felicidad. Alish bufó sutilmente al contemplar la comida ante ella.
—No refunfuñes y come —le dijo Erwin oliendo el licor que les habían servido.
—Pero si no he dicho nada —masculló molesta por la perspicacia del muchacho. «No sé si será por los Espíritus que hay en mi interior, por el uso de la magia o por otros motivos, pero la comida cada vez me sienta peor», pensó ocultando sus preocupaciones.
—Por cierto —intervino Lupo—, yo no he visto aún ningún templo, ¿puedo ir? —preguntó con voz infantil.
—No sé yo..., no pareces muy ilusionado —sonrió Alish divertida por la mueca lastimera de su compañero.
Lupo se abrazó a la chica y restregó su mejilla a la de ella repetidas veces mientras le suplicaba:
—Déjame ir, por favor. Seré bueno, te lo prometo.
Alish rió acariciando la cabeza del joven con ternura.
—Vale, vale. Si prometes ser un perrito bueno, te dejo acompañarme.
—Espera —intervino Shirley con la boca a rebosar—, ¿él será uno de los acompañantes? Si sólo se te permiten tres.
Alish la miró con malestar por el comentario.
—Lupo, si desea ver uno de los Templos, está en su derecho, al fin de cuentas, es uno más de nosotros.
—No me refería a eso —se disculpó la muchacha mirando al joven—. Siento que haya parecido que me oponía, pero es obvio que debería acompañarte al Templo alguien que pueda ocuparse de ti cuando termines el combate; Erwin o yo...
—No —la interrumpió Alish—, Erwin y tú debéis quedaros en la biblioteca, puesto que nadie más lograría entender nada de los libros ahí guardados, estoy segura. Por el tema del combate, yo puedo curarme, ya lo he hecho en otras ocasiones, así que mi vida no correrá peligro.
—Yo puedo cuidar de ella en caso de que salga malherida —añadió Lupo que comía con tranquilidad—. Los conocimientos de medicina básica son cruciales para los licántropos —prosiguió dando un trago al licor de arroz, mirándolo sorprendido por el buen sabor de éste—. Somos una sociedad beligerante, por lo que solemos salir heridos con facilidad.
—Eso ya lo hemos comprobado —sonrió Alish—. Aunque creí que era por tu torpeza.
—¿Cómo me puedes decir algo así? —exclamó él con falsa ofensa.
—Lo que me sorprende es que pueda guardar conocimientos útiles en esa cabeza de lobo atolondrado —se mofó Erwin riendo.
—Al final nos va a ser útil —prosiguió Shirley sonriente.
—Yo de vosotros dormiría con un ojo abierto —gruñó el joven con falso enfado.
Mientras los hermanos reían, Alish le posó la mano sobre el hombro.
—Sé que cuidarás de mí —sonrió tierna.
—Sigue tratándome de perro y no creo que debas confiar en ello, pequeñaja —sonrió con pillería.
—Serás... —Alish lo empujó riendo.
La comida fue animada. Pese al cansancio, los jóvenes intentaron mantener buenos ánimos antes de dejar que Alish se adentrara sola a otro peligroso enfrentamiento. Ninguno de ellos mostró preocupación, pero, en cada corazón, los temores y los pesares de que ella sola tuviese que cargar con semejante carga, se agolpaban con fuerza, haciéndoles rezar a los dioses, falsos o no, para que la muchacha regresara salva y victoriosa una vez más.

#20

Capítulo 33.1

El grupo descansó durante lo que quedaba de día, esperando ansioso la llegada de la noche para proseguir con su misión. Alish iba a ser acompañada por Shirley, Erwin y Lupo a la gran biblioteca de Kaze, llamada Viento de Chishiki, y se quedaron en palacio a la espera; Einar, Owen y Neil, acompañaron a Ligia a la ciudad por petición de Alish, que no deseaba que el grupo se disgregase más de lo necesario.
Los aventureros fueron acomodados en las habitaciones reservadas a los invitados personales del monarca; cuatro estancias con suelos de madera oscura relucientes, camas amplias, de baja altura pero con cómodos colchones, rodeados por cortinas de seda semitransparente que caían de los doseles que rodeaban los lechos, que se encontraban pegados a la pared. Un armario por habitación, una mesa baja y lámparas de papel, era el resto de mobiliario.
Las doncellas que acompañaron a los invitados, abrieron las habitaciones, corriendo las puertas de madera decoradas con bellas pinturas, dejando a la vista la estancia, que quedaba abierta, por el mismo sistema de puertas, por la pared del frente a entrada, dejando el bello y cuidado jardín del palacio como paisaje.
Tras instalarse, todos, menos Alish, se dirigieron al baño; ella, sabiendo que debía entrar en combate pronto, pensó en hacer esa visita más tarde.
Cerca de la hora, Lupo se presentó en la estancia de su amiga, entrando sin pedir permiso. La muchacha se encontraba sentada en el suelo, acomodada sobre un cojín cerca de la puerta que daba al jardín, contemplando el paisaje y el cielo carmesí que se tornaba, a cada momento, más oscuro.
—¿Me puedo quedar a vivir aquí? —preguntó él sonriente, relajado y aseado.
—No creo que la vida de aristócrata te gustase —dijo dándose la vuelta, quedando sorprendida al ver al joven con una camisa puesta—. Demasiada ropa llevas y me parece extraño —sonrió curiosa.
—No te acostumbres —indicó dejándose caer sobre el colchón—. Puesto a que me he de pasear por palacio como humano, muy a mi pesar, he pensado que no necesitaré cambiar de forma ya que la ciudad está protegida, así pues, puedo llevar algo más de ropa, que seguro que por un sitio así estará mejor visto, supongo.
Alish se levantó y se sentó a su lado.
—Nunca te lo he preguntado, pero ahora que lo mencionas, ¿por qué solamente vistes con un pantalón?
—Porque desvestirse para transformarme me roba mucho tiempo —respondió colocando los brazos bajo su nuca—. No puedo permitirme ni la pérdida de tiempo ni comprar ropa cada vez que cambio de aspecto, y ya he roto dos pantalones; eso me molesta.
—Y yo que pensé que eras un simple exhibicionista —se mofó riendo.
—Le estás cogiendo el gusto a burlarte de mí, ¿eh?
—Por llamarme pequeñaja.
—Ya, será por eso... Por cierto, tengo un problema con la habitación.
Pero antes de que Alish pudiese preguntar, una doncella interrumpió, informándole que ya era la hora.
—¿Puede esperar? —preguntó Alish preocupada por su amigo.
—Claro, ahora hay algo más importante —respondió levantándose, emitiendo un gruñido de esfuerzo, ya que tras la relajación después del baño, empezaba a sentir el cansancio del viaje.
La joven se puso en pie tras su compañero, suspirando, deseando poner fin a otro pacto, deseando poder volver a la estancia y perderse en la tranquilidad.
Shirley y Erwin esperaban a la entrada del palacio, discutiendo como era costumbre, sin importarles que varios guardias fuesen testigos de su riña. Al ver a Alish y a Lupo, la pelea cesó y animados saludaron. Tras ello, fueron acompañados por cuatro guardias hasta la biblioteca.
Viento de Chishiki era un edificio tan antiguo como el palacio o más. Seguía la estructura del resto de edificaciones; cuadrada, estructura de madera, varios pisos... El edificio se componía de cuatro plantas superiores y otras dos inferiores.
Shirley miró a su hermano con emoción, sonriente como una niña a punto de recibir un regalo. Erwin no lo mostraba de igual modo, pero sentía la misma sensación de impaciencia y curiosidad por leer y hojear lo que en ese lugar se guardaba. Lupo, más pendiente de Alish, la miraba de reojo inquieto, notando en el olor de la muchacha que su ánimo había cambiado, y los nervios, junto a un leve temor, la invadían.
—Recuerda que el primero siempre es el más difícil y lo superaste —le indicó posando su mano en la espalda de Alish—. A estas alturas, eres más fuerte y seguro que todo irá bien.
La muchacha le sonrió, sintiéndose reconfortada, pero con cada paso que la acercaba al Templo, más difícil le era controlar los nervios.
Recorrieron un largo pasillo, hecho por la infinidad de estantes que llenaban la estancia. Descendieron por unas antiguas escaleras de madera hasta llegar a la última planta. En ella se encontraba, justo al frente, al final de la habitación, un fresco pintado hacía mucho.
Los jóvenes, informados por uno de los guardias, contemplaron la pieza, que representaban la ciudad algunos años después de ser fundada, protegida por los vientos del Gran Espíritu y su Guardián, siguiendo la pintura a la derecha, un árbol se divisaba al fondo, alto y luminoso, y sobre él, descansaba un ave que Alish reconoció pese a no distinguirse claramente.
—Un simurgh —susurró acercándose.
—Ese debe ser el Árbol de la Vida —indicó Shirley observando la pintura detenidamente—. Según la leyenda el simurgh anidó y vivió entre sus ramas.
—Creí que vivía en las montañas —dijo Alish extrañada.
—En leyendas posteriores así fue —prosiguió su amiga—. Supongo que con la desaparición del Árbol, si realmente el ave existió, debió buscarse otro hogar, y aunque no existiera...
—Sin el Árbol la leyenda cambió —terminó Alish inquieta. «Me pregunto qué relación tiene el ave con todo esto. No es una coincidencia que esté en este mural».
—La entrada... —dijo Erwin dirigiéndose a los guardias—; por un casual no sabréis dónde se encuentra, ¿verdad?
—Lo ignoramos —respondió uno—. Es un dato que no se revela más que al emperador y su sucesor cuando es coronado.
—Pues no nos lo ha dicho —se quejó el muchacho.
—No importa —dijo Alish contemplando el fresco—. Aire...
—¿Mm...? —Shirley la miró curiosa.
—En el Templo de Tierra la entrada estaba sellada —indicó buscando algo con la mirada—. Si este caso es similar...
—¡Ah! Ya entiendo —exclamó Shirley acompañándola en la búsqueda.
—¿De qué hablan? —preguntó Lupo, que miró a su lado, viendo que Erwin se encontraba leyendo—. Vale... ¡Eh! Mozas, si me aclaráis el tema, quizá os pueda ayudar.
—¿Moza? —Shirley lo fulminó con la mirada.
—No me mires así, que la única de alta cuna y que se puede ofender aquí es Alish —se mofó sonriendo con malicia.
—Eres un...
—Ignórale —sugirió Alish sin apartar la vista del mural.
—Ahora en serio —prosiguió Lupo—. ¿Qué buscas?
—El símbolo del elemento Aire —respondió Alish.
Lupo se alejó cuatro unos pasos, caminado hacia atrás y, como era normal en él, empezó a olfatear al sentir un extraño olor. Se encaminó a la pared izquierda, donde reposaba una estantería a rebosar de pergaminos y libros muy antiguos.
—Tened cuidado —pidió el guardia al verlo acercarse sin delicadeza.
—Hay una corriente de aire —indicó sin lograr encontrar el punto exacto.
—¿Dónde? —preguntaron Shirley y Alish acercándose.
—Tras ese estante —señaló Lupo—. El olor es distinto al que hay en la sala, es más fresco, húmedo... Muy sutil, pero lo noto.
—Necesitaríamos apartar todo esto —bufó Alish.
—Pues te equivocas —dijo Shirley mirando el mueble detenidamente, llevándose la atención de sus dos compañeros—. La estantería no tapa la puerta, es la puerta.
—¡Claro! —exclamó Alish buscando por donde abrir, encontrando en un lateral la marca del elemento Aire—. ¡Aquí está! —indicó apretando el dibujo del elemento. Un chasquido resonó en la habitación. Alish, con la ayuda de Lupo movió el pesado estante, que se desplazó gracias a unas grandes bisagras, que chirriaron con el roce.
—No ha sido tan difícil —dijo Lupo animado, impaciente por ver el Templo.
—Realmente puedes ser útil y todo —se mofó Shirley dándole una palmada al joven en la espalda.
—Ya basta —intervino Alish—. Shirley, ya puedes dedicarte a buscar algo que nos sea de ayuda entre esta montaña de tomos y pergaminos.
—Eso va a ser una ardua tarea —resopló la muchacha mirando a su alrededor, contemplando el gran número de estantes a rebosar que había ocupando la sala.
—No nos iremos hasta pasado mañana —dijo Alish mirando a Erwin de reojo—, puesto a que tendré que descansar para no oír quejas al respecto. Sólo haz lo que puedas.
—Tranquila, seguro que encontramos algo de utilidad —indicó Shirley antes de que Alish le indicara a Lupo que la siguiera—. Suerte, cielo... Mucha suerte.
Alish y Lupo recorrieron el camino oculto, iluminado por una llama que la chiquilla había invocado. Sus pasos resonaban junto al goteo de agua; las gotas caían de las estalactitas para morir en las estalagmitas o en el suelo.
Tras varios minutos de recorrido, a paso tranquilo, llegaron a destino.
—Esto es... —musitó Lupo sorprendido—. Es impresionante.
Alish lo miró sonriente.
—Es una lástima que no vieras el de Agua —se lamentó—. Aunque por suerte no viviste lo que sucedió en él —musitó con la mente ida, perdida en el mal rato que pasó en ese Templo, recordando el dolor que le causo ahogarse y la preocupación que vivió por Erwin.
—Recuerda que todo irá bien —susurró Lupo posándole la mano en el hombro—. Ya no eres la misma.
La joven asintió y contempló la gran cúpula. En el centro se encontraba el ataúd de cristal, con una joven dentro. Un peculiar rosal, con flores que aparecían y desaparecían, envolvía el féretro. Las esferas de luz, que flotaban en la cúspide de la bóveda, iluminaban la estancia, haciendo que los minerales de la roca brillasen con pequeños y sutiles destellos.
Alish se encaminó a la barrera. Con un paso decidido al frente, cruzó; para su sorpresa sintió un suave viento fresco.
—Si ha cruzado es que tiene su sangre —dijo una voz femenina, fina y etérea.

#21

Capítulo 33.2

—Si tiene su sangre quizá sus intenciones no sean puras —respondió otra masculina aunque similar a la anterior.
—Soy Alish —se presentó mirando a su alrededor, sin lograr encontrar a los dueños de las voces—. Entiendo el recelo, pero no soy como mis antepasados. Otros Grandes Espíritus viajan conmigo y espero poder obtener vuestra ayuda también.
—Si los otras están con ella es que han aceptado sus promesas —dijo la mujer.
—Si han aceptado sus promesas, es que son puras —indicó el hombre.
—Así pues, te toca derrotarnos —dijeron al unisonó, apareciendo sobre el sarcófago.
Alish contempló dos cuerpos humanoides formados por aire; una mujer a la derecha y un hombre a la izquierda. Variaban de color siguiendo el círculo de aire que los formaba; ella verdes claros y dorados, él verdes más oscuros y azules. La mujer tenía cabellos largos que se mecían como una brisa, tranquilos, como lo era el aire de su cuerpo. El hombre tenía cabellos a media melena y su aire era más rápido y furioso.
—Son dos... —exclamó sorprendida, y antes de poder decir más, los dos entes de abalanzaron sobre ella; detuvo el ataque usando una gruesa pared de roca, que se resquebrajó con el impacto.
Los enemigos, moviéndose rápido, se unieron en un torbellino que levantó una espesa nube de polvo, cegando a la chica durante unos instantes. «¿Por qué no me lo pueden poner más fácil?», pensó molesta. «Pero esta vez es verdad que es distinta, esta vez ya vengo con la magia de aire dominada», y concentrándose, sintiendo el poder que la envolvía y el que nacía dentro de su ser, invocó una ráfaga de viento que disipó la polvareda, aunque no a tiempo de ver unos luminosos y pequeños torbellinos. Alish sintió un dolor agudo en todo su cuerpo, y un gritó acompañó a la desagradable sensación. Los enemigos se detuvieron ante ella, contemplando como las ropas de la muchacha, ahora desgarradas, se teñían de rojo. «No debo bajar la guardia, su aire es más afilado que una espada», caviló mientras sanaba su cuerpo lo suficiente como para aguantar en pie. «He de derrotarlos a la vez, ir a por uno significaría apartar la atención del otro, pero... ¿cómo? ¿Cómo venzo al aire?», pensó mientras se protegía con una barrera, defensa que no lograría mantener por mucho más tiempo, ya que su magia se agotaría y los ataques de los dos entes no cesaban. Hojas de viento chocaban junto al torbellino formado por los dos seres. La barrera tintineaba con cada golpe, y Alish cerró los ojos. «El aire está en todas partes... Me envuelve», y entre sus pensamientos recordó la palabras la que le había dedicado a Lupo; «Es una lástima que no vieras el de Agua. Aunque por suerte no viviste lo que sucedió en él».
—¡Agua! —exclamó convencida de haber encontrado la solución—. El lugar donde no se mueve el aire a su antojo.
Los dos seres se alejaron, dispuestos a finalizar el combate.
—Dominamos el aire de este Templo —dijo la mujer.
—Dominamos lo que respiras —añadió el hombre.
Un remolino, que abarcaba toda la cúpula se levantó. Alish sintió la falta de oxigeno, y viendo que debía darse prisa, rodeó a los dos seres en burbujas de agua, dejándolos perplejos.
«En el reino del agua el aire no es dominante», pensó la chica sintiéndose mareada.
Los dos entes se desvanecieron dentro del líquido, deshaciéndose en miles de burbujas, deteniendo el remolino, devolviéndole el aire a la joven, que agradeció la gran bocanada que entró en sus pulmones. Alish hizo desaparecer las esferas de agua, liberando así a los entes, que aparecieron de nuevo.
—Has detenido el poder del aire, has de pactar con nosotros, Bris y Tyfon —dijeron al unísono.
—Ha... ha sido... rápido —bufó Alish sorprendida—. Juro luchar hasta mi último aliento para ver renacer el Árbol y darle una segunda oportunidad al mundo.
—El juramento es aceptado —dijeron los Espíritus uniéndose en una luz de un claro tono verdoso, desapareciendo dentro de Alish, que sintió la calidez de su poder.
La joven, cansada y dolorida, se tambaleó, paso a paso, hasta salir de la barrera. Antes de desplomarse, Lupo la agarró y la levantó, sujetándola en brazos.
—Sólo te ha faltado no dejarte herir —dijo aliviado.
—Es que me gusta preocuparte —sonrió cansada.
—Pues no era necesario —indicó emprendiendo la marcha de vuelta—. No te has curado como es debido —añadió tras olfatearla.
—Lo sé, pero no podía usar mi poder sólo para sanarme.
—Shirley se ocupará de ti.
—No es para tanto. Solamente... Sólo necesito descansar y... y más tarde terminaré de hacerlo. No quiero... no quiero molestar... la.
—Descansa, que te lo has ganado —susurró viendo que se había quedado dormida en sus brazos.
Al llegar a la estancia de la biblioteca, Lupo se sorprendió al ver solamente a un guardia.
—Vuestros compañeros se encuentran en los pisos superiores —informó—. Os acompañaré...
—No, he de llevarla a su habitación —interrumpió el lobo.
—Entonces os acompañaré a la salida e informaré a vuestros compañeros. —El guardia abrió la marcha de regreso.
Tras salir de la biblioteca, con paso firme y apresurado, Lupo se dirigió al palacio.
—Lupo… —lo llamó Einar desde el patio, entrando tras él—. ¿Cómo ha ido?
—Dioses, no deberías acechar en las sombras —espetó sorprendido consigo mismo por no haberse percatado del olor de su compañero—. Todo bien, sólo queda sanar lo que ella no ha podido, pero son heridas superficiales, ya no sangran.
—¿Y Shirley?
—Leyendo, anda perdida por algún rincón de la biblioteca, que es justo lo que quería Alish.
—¿La curarás tú?
—¿Lo harás tú a caso?
—Yo... no puedo.
—Pues no preguntes si sabes que sí.
Llegando a la habitación, Einar le abrió la puerta a su compañero, también se encargó de pedir lo necesario a la doncella, que se encontraba en el corredor, todo según lo que Lupo le había pedido a él previamente.
—Lupo...
—¿Qué? —preguntó con desgana.
—Gracias. Yo me retiraré y...
—Quédate si lo deseas, a mí me importa poco mientras no me molestes —indicó dejando a Alish con cuidado sobre la cama—. A ver que nos encontramos bajo los harapos —musitó al empezar a desnudarla—. Esto es... —No logró encontrar palabras al ver el cuerpo marcado de la chiquilla.
—No le digas nada de las cicatrices —le pidió Einar acercándose, sin lograr mirar a su esposa.
—No, por los dioses, claro que no, pero... Dioses, el hombro...
—Fue una harpía; debí haber cuidado mejor de ella y no lo hice.
—Las runas son las que le hiciste en Balto, ¿no?
—Sí, yo y Layla.
—La hija de Erwin, ¿verdad? Y la quemadura del brazo debió dolerle horrores.
—Su cuerpo ha de aguantar demasiado.
—Ni que lo digas. A demás habría que vigilar si come debidamente.
—Le cuesta comer —suspiró Einar mirando al techo.
—Se nota, y demasiado.
—¿Por qué lo dices? —se extrañó preocupado.
—¿Es qué no la has mirado bien? Aunque me conozco la respuesta, pero de verdad, quizá deberías observarla una vez con detenimiento —indicó dejando las ropas ensangrentadas de Alish en el suelo.
Einar, extrañado por las palabras de su compañero, con gran esfuerzo, y sin saber si lograría hacerlo, giró el rostro dispuesto a ver a su esposa, aunque aterrado por volver a ver el rostro que lo torturó hasta la muerte, miró, y al fijar su vista sobre la joven, no logró apartarla.
—Mi... mi Alish. —Se quedó atónito ante la visión de la muchacha; huesuda, herida y sucia.
—No entiendo cómo ha llegado a estar así —masculló Lupo—. Erwin siempre le insiste para que coma y ella lo hace, come poco pero parecía suficiente. ¿Será que necesita otra dieta?
—No es cuestión de que coma —dijo Einar con el rostro descompuesto—. Es la magia; la está consumiendo.
La doncella interrumpió el inquietante momento. Acompañada de otra muchacha, entró portando una bandeja con vendas, un pequeño mortero y un manojo de hierbas, la otra, portaba un bol envuelto en unos trapos, ya que el agua estaba caliente.
—Gracias —dijo Lupo sonriente, agarrando la bandeja, comprobando que eran las hierbas que había pedido.
—Parece que sí sabes lo que haces —suspiró Einar calmando su inquietud.
—Soy un ser conectado a la naturaleza, conozco bien las plantas y sus efectos, al igual que como han de usarse y para qué —aclaró sin ofenderse, ya que en el tono de Einar no notó burla, era más bien alivio al comprobar que ayudaría a su mujer.
El lobo le pidió a Einar que limpiase las heridas aprovechando el agua caliente, mientras él machacaba las hierbas y untaba las vendas con paciencia. Su compañero, aunque no deseaba acercarse a Alish, puesto que aún sentía inquietud, ayudó al licántropo, que parecía entretenido en su quehacer.
Una vez acabaron, dejaron a la joven vendada, tapada y descansando.
—Hasta hoy tampoco había visto el sello de la espalda —dijo el Lupo mientras apartaba la bandeja con todo lo sobrante—. Esta chica tiene mucho aguante para ser tan pequeñaja.
—Pero ¿hasta cuándo aguantará? —suspiró Einar observando a la chica, dándose cuenta que la Alish de sus recuerdos estaba desapareciendo, que ni la visón de Layla con su rostro era ya la de su amada. «Puedo mirarte porque ya no veo a la mujer de mis recuerdos, pero el precio está siendo muy alto..., demasiado alto».

Romahou
Rango19 Nivel 90
hace 10 días

Eres una máquina
Y sacaré tiempo para leer

Abrazo

Bastis13
Rango11 Nivel 51
hace 10 días

No te creas, @Romahou, ya casi todo lo tengo escrito, sólo estoy revisando, corrigiendo y compartiendo, aunque no me estoy dando ni un respiro jajaja.
Tómalo con calma, esta historia es más larga que un día sin pan jejeje.
Saludos y abrazos.

artguim
Rango12 Nivel 59
hace 10 días

Es larga, sí, @Romahou, pero creo puede gustarte por género. Toca muchos palos de fantasía/mitología en una travesía para lograr un objetivo que, conforme se acerca el final, parece cada vez más relevante. Recomendable.

Y puedo asegurar que no es el ritmo de escritura, pues no la doy seguido ni leyendo. Cada vez que me pongo al día, en la pestaña de "actividad" ya me esperan dos o tres capítulos nuevos, ¿verdad, @Bastis13?

Un saludo para ambos.

Bastis13
Rango11 Nivel 51
hace 10 días

Muchas gracias, @artguim, por decir que es recomendable, y no sé qué más decir. Eres genial.
¡Saludos!

Romahou
Rango19 Nivel 90
hace 10 días

Lo sé @artguim

Tuve la suerte de tomar algo con ella y hablar de su obra y arte

Sé que me gustará
Y ella es un encanto

Gran rato

Leeré

Bastis13
Rango11 Nivel 51
hace 10 días

Aquí es cuando me escondo porque se me suben los colores jajaja.
@Romahou, no digas esas cosas que me las creo jajaja.
Para suerte la mía ^v^

artguim
Rango12 Nivel 59
hace 9 días

Vamos, que vengo a vender el pescado a quien ya lo tenía comprado, @Romahou, ¿no?

Y @Bastis13, nada de esconderse. Una vez que te arriesgas a escribir, tienes que estar dispuesta a afrontar las buenas críticas.

Ya nos contará el amigo Romahou qué le parece, en un futuro seguro que no muy lejano.

Bastis13
Rango11 Nivel 51
hace 9 días

@artguim, si son criticas a mi obra las acepto bien, y es una grata sorpresa tenerlas la verdad, pero cuando es a mí a quien alagan por como soy, bueno, no estoy acostumbrada, así que me hago pequeña y me escondo rápido jejeje. Para otras cosas no, pero para eso, 100% vergonzosa.


#22

Capítulo 34.1

La noche fue tranquila. Einar se quedó con Alish, los dos no se presentaron para cenar y lo hicieron en su alcoba, Lupo tampoco se personó y los demás cenaron con algo más de sosiego puesto que Alish había ganado otro combate. Neil cenó rápido y se disculpó, dirigiéndose a su estancia con desánimo.
Cuando entró se encontró a Lupo al otro lado de la habitación, sentado en el pasillo exterior con la puerta abierta de par en par. Se había acomodado con la espalda en la columna. Bebía licor de arroz; tenía a su alrededor doce pequeñas botellas, pero sólo cinco quedaban llenas, una sesta aún se la estaba bebiendo con calma.
—¿Qué haces emborrachándote solo? —preguntó el semielfo acercándose, acuclillándose ante él.
—¿Y cómo voy a beber? —gruñó el lobo sin mirarle a la cara, molesto y con los primeros signos de embriaguez.
—¿Te has tomado todo eso? —se sorprendió—. Suerte que no eres humano del todo —suspiró sabiendo que tenía más aguante de lo normal.
—No soy humano, no soy lobo… y no soy suficiente para ti —masculló con malestar.
Neil se sentó junto a él y agarró una botella, que vacío sin respirar.
—Mañana me encontraré fatal —bromeó agarrando otra y repitiendo el proceso de vaciarla.
—¿Qué haces? —le reprochó Lupo cogiéndole la mano cuando fue a por una tercera. Neil lo miró con los ojos vidriosos pero no logró responder—. ¿Qué te pasa? Neil…
—¿Podemos… podemos simplemente no hablar?
Lupo acarició el rostro suave de su amado con ternura; apartó sus cabellos y los colocó tras la puntiaguda oreja que siempre escondía bajo la cabellera oscura.
—Tomaste una decisión pensando que era lo correcto, no te lamentes —susurró con amor, tragándose las palabras de suplica que deseaba soltar; quería pedirle volver, quería pedirle otra noche más en su lecho, pero, sobre todo, quería estar a su lado.
—¿Y si te pidiera…? —Agachó la mirada con dolor.
—Chiquitín, me estoy asustando, ¿qué pasa?
Neil no quiso contarle lo que había vivido en la ciudad, se guardó un amargo destino leído por una bruja, y, sabiendo que se arrepentiría de no aprovechar el tiempo junto a Lupo, Neil le besó, se lanzó a sus labios con decisión, sin lograr retener las lágrimas.
Lupo lo aceptó, le dejó desahogarse, pero cuando sintió que su razón se disipaba, ya fuera por el alcohol o la excitación, lo apartó con ternura.
—¿Estás seguro de esto? ¿Qué ha cambiado? Esto no es lo que querías, ¿por qué?
—Te he pedido que no hablemos —bufó molesto por la interrupción.
—Pero es que después de esto no habrá marcha atrás —le advirtió con los ojos iluminándose del dorado intenso que tanto le gustaba a Neil—. Si seguimos no te dejaré marchar.
Neil sonrió aguantándose las ganas de llorar.
—Por desgracia eso no lo podrás impedir —susurró volviéndole a besar, dejando en Lupo la amarga sensación de que algo oscuro preocupaba a su amor, pero obediente, ebrio y necesitado de su cariño, calló y dejó que Neil siguiera con su intento de ocultar sus secretos.
En la noche reinó la paz; Alish dormía observada por Einar, que no dejaba de darle vueltas al estado de su esposa, Erwin y Shirley volvieron a la biblioteca, Owen y Ligia dormían cada cual en su estancia y Lupo y Neil hicieron el intento de recuperar un tiempo perdido que el semielfo se reprochaba.
A la mañana siguiente, todos, menos el licántropo y el semielfo, se encontraron en el salón para comer. Shirley parecía agotada y Erwin parecía ausente mirando sus notas y diarios. Alish había dormido bien y del tirón, por lo que estaba relajada y animada, Einar le seguía la corriente, disimulando su preocupación tras sonrisas y una conversación amena y cordial. Ligia desayunaba en silencio, molesta por la ausencia de Neil, aunque Owen intentó animarla y al final aceptó participar en una plática con él.
—Erwin, ¿es qué no piensas dejar eso? —le reprochó su hermana quitándole los papeles y el tomo que sujetaba mientras comía.
—¡¿Qué haces?! —se quejó intentando recuperarlos—. Estoy a punto de encontrarlo —bufó molesto, y, aprovechando el despiste de Shirley, le arrancó sus pertenencia y se sumergió en la lectura—. Estoy muy cerca —musitó para sí.
—Cada día es más… mm… único —dijo Owen acariciando la espalda de Shirley—. Deja que siga con sus ocupaciones, así está callado —se mofó, logrando sonsacarle una sonrisa al achica.
Las puertas correderas interiores se abrieron de par en par y un muchacho entró con enfado.
—¡¿Quién ha osado robar en la biblioteca?! —espetó sin más. Tenía dieciséis años. Medía metro sesenta y nueve. Su aspecto era peculiar; pelo largo, recogido en una cola alta, que nacía verde oscuro en las raíces y se aclaraba a un sutil verde claro bajando hasta las puntas. Sus ojos rasgados brillaban entre el dorado y el verde según la luz. Sus ropas, de seda negra, consistían en una túnica cruzada hasta la cintura, sujeta con un cinturón de tela morado atado delante. El pantalón de lana llegaba poco más abajo de las rodillas. Cubría sus piernas con protectores de metal, de rodillas a tobillos.
Todos lo observaron atónitos y callados, menos Erwin, que alzó la mano mientras seguía leyendo, siendo él el centro de todas la miradas.
—Lo siento, necesitaba un libro —masculló sin preocupación.
—¡Seréis…! —fue a recriminar el joven, pero calló al ver el golpe que Shirley le propinó a su hermano.
—¡Pedazo de zoquete! ¡¿En qué cojones estabas pensando?! ¡Somos invitados! ¡¿Sabes que así dejas en mala posición a Alish?! —fue gritando con enfado. Alish y Owen intentaron detenerla.
—¡Joder, calla ya! —le espetó Erwin dejándola parada—. Necesito unos minutos más —exclamó adentrándose en la lectura de nuevo.
El joven caminó decidido hasta su vera y le quitó el libro que había tomado prestado.
—Esto pertenece a la biblioteca y no debe salir de ella.
Erwin lo agarró de nuevo y se lo quitó.
—Y a la biblioteca volverá cuando termine —gruñó molesto. Un silencio se apoderó de la sala, aunque el desconocido lo miró con ira. Antes de que pudiese recriminarle nada más, Erwin se puso en pie—. ¡Lo tengo! ¡Lo descubrí! ¡Joder, qué bueno soy! —espetó con alegría.
Alish se puso en pie y se paró ante él.
—¿Qué es lo que estabas buscando?
—Esto —dijo mostrándole el libro robado y sus notas al lado en uno de sus diarios. Alish leyó abriendo los ojos con sorpresa cuando entendió lo que le mostraba.
—Eres… ¡Eres el mejor! —espetó plantándole un beso en la mejilla.
Él la agarró de la nunca y le besó en los labios con energía.
—Esta vez me merecía un beso de verdad —dijo con pillería.
Einar se levantó pero Owen se puso en medio, pidiéndole con una sola mueca que por una vez se lo perdonara. Aunque nadie necesitó intervenir, Alish le tiró de la oreja con fuerza.
—¡No seas aprovechado! —le regañó disculpándose con Einar con una mirada.
—Vayamos al tema de una vez —exclamó Shirley observando los papeles de su hermano.
—¿Qué es lo que ha encontrado? —se interesó Owen.
—Portales… —susurró Shirley perpleja.
—¿Quieres decir…?
—He logrado descifrar la ubicación de los Pozos de las Ánimas —sonrió orgulloso.
—Nos libraremos de medio camino —celebró Shirley sacudiendo a su hermano, luego lo miró con rabia—. ¡Podrías haberme dicho algo!
—Sabes que no se te da bien resolver enigmas —se burló.
—Disculpad —interrumpió el desconocido con expresión de desconcierto.
—Lamento el problema que mi compañero haya podido causar —se disculpó Alish amable—. Sois el Guardián de Aire, ¿verdad?
—Sí, y el hijo menor del emperador —aclaró con tono regio—. Entiendo que necesitaseis esa información pero…
—Siento haberlo tomado prestado, pero si no me dejaban estar más en la biblioteca no tenía más opción. Lo que he encatrado es justo lo que necesitamos para recortar camino y tiempo, justo lo que se nos agota.
El joven respiró hondo y le tendió la mano pidiendo el libro; Erwin lo devolvió.
—Me ocuparé de mi padre antes de que el tema vaya a más —suspiró el muchacho.
—Gracias, mi señor —dijo Alish con una sonrisa de alivio.
—Terminad de desayunar —remató antes de irse sin decir nada más.
—En menudo aprieto nos has metido, ¡inconsciente! —le reprochó Shirley dándole un codazo.
—Me da igual lo que digas; Alish confiaba en que encontrásemos algo útil y eso he hecho —dijo centrando su mirada en Alish—. No quería fallarte.
Ella se avergonzó y respondió:
—Y no lo has hecho, gracias. —Einar gruñó molesto pero calló—. Terminemos de desayunar, me gustaría partir lo antes posible.
Pasada una hora, el hijo del emperador, asomó por la puerta.
—¿Habéis terminado? —preguntó sin más.
—Sí —respondió Alish poniéndose en pie—. Siento la impertinencia, ser directa y poco educada pero, sois el Guardián y necesito que nos acompañéis.
—No tenéis que preocuparos, he hablado con mi padre —explicó tomando asiento en cabeza del grupo; Alish se sentó también—. Soy Haku, el tercer hijo del emperador Sho. Puesto a que mi presencia no es necesaria en la corte, puedo acompañaros.
—Por fin —suspiró Shirley aliviada—. Por lo menos tenemos la seguridad de otro Guardián.
—El incidente del libro… —intervino Alish preocupada.
—Ha quedado aclarado —indicó Haku mostrando en su tono enfado—. Mi padre ha entendido la delicada situación en la que os encontráis.
—Gracias —dijo Alish sonriéndole dulcemente—. Lo que ha hecho Erwin ha sido una falta de respeto hacia nuestros anfitriones y su confianza, pero en verdad lo necesitábamos.
—No comparto los modos pero no se lo tendré en cuenta. —Miró a Erwin y le hizo un gesto amable con la cabeza.
—Gracias —sonrió Erwin avergonzado.
—Pues si ya está todo dicho —prosiguió Haku poniéndose en pie—, podemos partir cuando deseéis.
—Iré a avisar a Neil y Lupo —dijo Alish levantándose—. Recoged lo que os quede y emprenderemos la marcha enseguida.
Quince minutos después ya se encontraban todos en la entrada.

#23

AVISO: Abstenerse aquellos a los que les desagraden las escenas eróticas homosexuales entre hombres. Gracias.

Capítulo 34.2

Haku había propuesto ir a caballo, pero Alish se negó; era complicado el viaje con los animales asustándose, con enemigos al acecho no podían estar pendientes de ellos y las monturas. Así pues, cargados con sus equipajes y la ilusión de conocer los emplazamientos de los portales, el grupo reanudó el viaje.
Se dirigían al este, con buen paso y pocas sorpresas. Pese a sentirse observados, en pocas ocasiones se toparon con algún enemigo. Owen estaba convencido que era por el aumento de poder en el grupo; no solamente por el número de magos, que había crecido con la llegada de Haku, también estaba el hecho de que Erwin estaba mejorando a pasos agigantados y Alish contaba con los Espíritus de Aire, habiendo acrecentado también su poder mágico.
Pasaron tres días y medio antes de llegar a los pies de una montaña cubierta por un espeso bosque. Decidieron acampar esa tarde, descansar y explorar la montaña por la mañana, ya que el emplazamiento concreto del portal no lo conocían.
Owen y Einar montaron las tiendas con la ayuda de Haku y Ligia. Alish descansaba por petición insistente de Erwin, que preparaba la cena, Shirley se adentró poco en el bosque buscando frutos y hierbas, Lupo desapareció en busca de alguna pieza de caza y Neil cogió otro camino para buscar ramas para sus flechas, aunque en verdad deseaba escapar del grupo.
Lamentos y pesares, era lo único que Neil sentía al pensar, día a día, que su tiempo no corría y el de Lupo sí, que él envejecería lentamente en comparación a su amor, que él moriría siglos después de haber visto a la muerte arrebatarle a su hombre de entre los brazos. Pero todos sus miedos se disiparon durante el paseo por la ciudad de Kaze, cuando se separó de sus compañeros y se paró ante una adivina. El semielfo sintió su aura, no era una charlatana. No quería preguntar pero lo hizo, quiso conocer su futuro y el de su amado, algo lo empujó; la respuesta le dolió. No pudo decirle quien de los dos ni cuando, pero había una sombra que los seguía y no les deparaba un buen destino. Tras conocer ese perturbador detalle, Neil necesitó volver junto a Lupo y así lo hizo. Pero en su mente aún persistía la idea de que podía irse, alejarse de todos; si uno de los dos tenía un futuro desafortunado sería mejor que él no estuviese.
Pasaron dos horas de soledad y silencio. Se había sentado en el tronco de un árbol caído. Tallaba las ramas que había encontrado, haciendo de ellas las flechas para su arco.
«Sería fácil terminar ahora con todo», pensó mirando la daga de su mano; «¿Por qué sigo aquí? Si algo me ha de suceder que ellos no lo sepan, y si le ha de ocurrir a él no quiero saberlo. Sería tan rápido poner fin a esto; tan fácil como desgarrar la carne con la hoja, tan sencillo como clavarla profundamente».
—¿Qué haces? —Oyó tras él—. Me tenías preocupado.
Neil miró a Lupo, dedicándole una sonrisa, escondiendo sus pesares y oscuros pensamientos.
—Perdona, me despisté. «¿En qué diablos estoy pensando? Él, ¿qué sentiría si me fuera así? No quiero que me vea morir». —En ese instante la mano se le fue, hiriendo su otra extremidad con la navaja, justo en el pulgar—. ¡Mierda! —espetó soltando la rama y la cuchilla.
—¿Te encuentras bien? —preguntó alterado su compañero, acuclillándose ante él, introduciendo el dedo herido en su boca, rasgando un trozo de su pantalón para poder envolverle la herida—. No estás siendo tú.
«Me quiere tanto... Lo destrozaría; puedo imaginármelo porque yo me sentiría así», pensó Neil dejando aflorar un gesto de pesar.
—No es nada —dijo con un hilo de voz y agachando la mirada.
—¿Y por qué parece que sí sea algo? —Le subió el rostro acariciando el mentón con ternura.
Sus ojos se encontraron; «¿Por qué me miras con tanta tristeza?», se preguntó Neil alzando la mano herida y vendada, acariciando el rostro de su amor. «Jamás podré dejarte a este paso... Debería hacerlo cuanto antes pero... pero te quiero tanto...».
—Mi amor, ¿va todo bie...?
Neil calló a Lupo con un tierno beso, dejando escapar toda su pena. Movió los labios con ternura, mientras acariciaba la tez de su amado. Al final pasó el otro brazo por el hombro de su lobo, abrazándolo, deseando que no se apartara de su vera.
Lupo, con mil preguntas en la cabeza, agarró de la cintura al semielfo y le devolvió cada gesto sin interrumpirle, sintiendo que, en ese instante, Neil necesitaba expresarse de ese modo.
—Me estás provocando, chiquitín —logró decirle sin apenas aliento, intentando animarlo, actuando como si no hubiese nada de qué preocuparse.
—¿Eso es malo? —preguntó antes de besar el cuello de su compañero. «Por una vez quiero ser yo el que te busque para darte amor».
—No... nada malo —masculló sintiendo su cuerpo arder en deseos, aunque la preocupación seguía latente en su cabeza. «Algo anda mal».
Neil recorrió la yugular, beso a beso, marcando bien sus gestos de amor. Lupo se dejó emocionado y a la vez extrañado; «Nunca has sido tan lanzado, ¿dónde habrás dejado la timidez?», pensó mientras el semielfo besaba su piel y acariciaba su torso. «En qué estarás pensando, amor…».
El licántropo, inquieto, no pudo esperar y empezó a desanudar la ligera coraza de cuero de su amado, retiró los protectores de los brazos, y así pudo desvestirlo, dejándole el torso desnudo; acarició su fina piel, delicado y lento, notando en su alma que su amante necesitaba dulzura.
Neil siguió devorando a besos el cuello del licántropo, éste le retiró las botas y empezó a quitarle el pantalón. El semielfo se dejó, deseando ofrecerse enteramente; «Quiero entregarme a ti, por completo, sin dudas. Ocurra lo que ocurra, quiero que siempre sepas que no habrá nadie más que tú», y con ese pensamiento le besó en los labios, tan dulce y cálido que Lupo llegó a sentir la pena, el dolor e incluso unas lágrimas que realmente no existían.
—¿Qué te ocurre, mi amor? —preguntó separándose para mirarle a los ojos.
—Sólo quiero amarte... «Necesito demostrarte que te quiero».
Lupo se puso en pie. Neil le desanudó el pantalón impidiéndole hacer a él; descendió la prenda con lentitud, acariciando así las piernas de su amante, que sintió un escalofrío.
Antes de que el semielfo pudiese hacer nada, el lobo lo agarró, levantándolo de su improvisado asiento, colocándose él en su sitio. Acomodó a su amante sobre sus piernas.
—No pesas nada, mi chiquitín —susurró sonriéndole tierno.
Pero no Neil no respondió, solamente pasó el brazo sobre el hombro de su hombre, y, acariciando su rostro, lo besó con amor. «¿En qué pensarás, mi chiquitín? Me estás preocupando. Me estoy volviendo loco sintiendo tanto dolor. ¿Por qué mi amor no te hace feliz?», pero pese a esos sentimientos, Lupo, deseando concederle todo lo que su querido ansiaba, no habló; lo besó y acarició su cuerpo con una mano: su rostro, su cuello, su pecho, el muslo, el glúteo y paró en la intimidad de su amado, arrancándole así gemidos entre jadeos.
Neil movió su cuerpo, buscando el miembro de su amor, deshaciéndose en el deseo de sentirlo dentro, y Lupo, notando su impaciencia, lo colocó adecuadamente sobre él.
—Poco a poco —susurró el lobo tierno—, no quiero que te haga daño, mi amor.
El semielfo obedeció; lento, dejó entrar y deslizar el falo en su interior, permitiéndole a su voz escapar, uniéndola a la de su amante, que apretó los dedos contra las nalgas de su compañero y gruñó presa del deleite.
Neil escondió su rostro es el hombro de su hombre, apretando los brazos en un abrazo lleno de pesares. Lupo, notando esos sentimientos, enredó sus dedos entre los finos cabellos de su amado, y posó la otra sobre la espalda, agarrándolo con pasión y ternura. «¿Qué te pasa, mi vida? ¿Qué te hace tanto daño que no puedes ni mirarme?», pensó el licántropo apenado, aferrándose al cuerpo de su amante, dejando que éste se moviera, permitiéndole que expresara lo que necesitaba. «Tan dulce, tan tierno... Me estás volviendo loco». El lobo gruñó, enseñó sus colmillos, sus ojos brillaron dorados, pero no sacó sus garras, aguantó para no hacerle daño mientras lo abrazaba, no podía soltarlo, no quería dejarlo ir, y su cuerpo, extasiado, estalló en orgasmo.
—¿Cómo es que yo ya he terminado y tú no? —preguntó Lupo intentando disimular su preocupación. «¿Ni mi amor te consuela?».
—Lo siento —masculló sin levantar el rostro escondido—. Será el cansancio.
—¿Te sentirías mejor si yo me...? —El joven respiró nervioso, avergonzado. «Quizá es que no te he mostrado que te amo lo suficiente... O quizá es que no he sido nunca delicado contigo y tú lo necesitabas. Quisiera saber qué te ocurre, en qué he fallado y cómo he de arreglarlo».
—¿De qué hablas?
—De ser yo el que se entregue... ponerme... Por favor, no me hagas decirlo —suplicó tímido. «¿Por qué me pongo nervioso? Si eres tú, ¿qué importa nada?».
—No es necesario, sé qué prefieres tomarme, a ser...
—¡Eso no es cierto! —espetó separándolo para verle la cara—. Si es contigo me da igual, deseo lo que tú desees.
—No es sano ese pensamiento.
—Pero es que te quiero y no me importa entregarme; mi cuerpo es tuyo, como lo es mi alma.
Neil lo besó con amor hasta que su ternura se volvió pasión. Lupo lo retiró con delicadeza y el semielfo lo miró extrañado.
—¿Por qué me apartas?
—Te… te he dicho que… que quiero entregarme, y… y lo voy a hacer —respondió con vergüenza y tartamudeos.
Neil se levantó cuando Lupo le indicó. Lo miró atónito, sin creerse la expresión sonrojada y tímida que mostraba el lobo descarado; «Esta es la primera vez que me muestra ese gesto, y es tan tierno que no voy a poder decirte que no», pensó Neil sorprendido y rendido ante su hombre.
Lupo se colocó de rodillas y tiró su cuerpo hacia delante, apoyándose sobre el tronco donde había estado sentado.
—No… no me hagas esperar que… que cambio de opinión —exclamó sin apenas voz, escondiendo su rostro ruborizado. «Haré cualquier cosa por ti, hasta mostrarme vulnerable».

#24

Capítulo 34.3

—Eres un terco —suspiró y sonrió triste; «Realmente haces cualquier cosa por mí... y yo... yo sólo puedo aceptar tu petición, porque tampoco sé negarme a ti». Se colocó tras su amado, arrodillado, acariciando la fuerte espalda del lobo rendido ante él. Le besó de la nuca hasta la mitad del dorso.
—¡¿Qué... qué haces?! —balbuceó inquieto—. No… no te entretengas —pidió con cortedad.
Pero Neil no le hizo caso; continuó con sus besos, acariciando la espalda mientras la devoraba con sus labios. Descendió tranquilo, llegando a la zona íntima de su amado, que escondió el rostro entre sus brazos cruzados sobre el tronco, ahogando los gemidos, cohibido y extrañado, ya que sólo se había postrado así ante alguien en dos ocasiones, y ante Neil ninguna, aunque lo deseaba, también le avergonzaba.
«Parece otro», pensó el semielfo deleitándose con la escena, acariciando lo más íntimo de su hombre, provocándole un sutil temblor y arrancándole gemidos ahogados. «¿Por qué tanta vergüenza? Tú que has sido siempre atrevido, siempre tan seguro... Supongo que no te gusta rendirte ante nadie, aunque sea para hacer el amor. Mi lobo orgulloso... me regalas todo de ti, haciendo que todo sea más difícil», y entre tiernos besos descendentes por la espalda, Neil imitó lo que Lupo le hacía a él en esas ocasiones; le besó, acarició e introdujo los dedos en su recto, mimando a su pareja con cada gesto.
«No me tortures más», pensó Lupo sin aguantar el placer.
—Tómame, te lo suplico —imploró sin percatarse de que se expresó en voz alta.
Y Neil, incrédulo ante tal muestra de rendición, atendió a las suplicas de su amado, haciéndolo suyo por primera vez.
El semielfo suspiró y se detuvo unos segundos, la sensación era abrumadora, la nueva experiencia fue tan intensa que le borró los amargos pesares que no le habían permitido disfrutar del dulce momento de amor. Y, delicado, fue dejándose llevar, amando en cada movimiento a su lobo postrado y rendido para ser tomado. Pocos minutos le hizo sufrir en tan dulce agonía; Neil se dejó llevar, culminando mientras apretaba sus finos dedos sobre las fuertes caderas de su amado, emitiendo un gruñido de éxtasis, arrancando a su fiera otro.
Neil se dejó caer sobre la espalda de su compañero; agotado y jadeante, con el corazón acelerado y los pensamientos aún nublados.
—Deja… deja que me gire —suplicó Lupo en apenas un susurro tímido. Neil se retiró. El lobo pudo darse la vuelta; agarró a su amado y lo abrazó, escondiendo el rostro ruborizado en su pecho.
Neil sonrió tierno pero con desconsuelo mientras le acarició la oscura melena. «Parece tan frágil ahora; un niño tímido. Desearía poder estar así de por vida, pero sé que no podrá ser».
—Gracias, mi lobo amado —susurró Neil rodeándolo con fuerza entre sus brazos—. Te quiero, Velkan, de verdad que te quiero, no lo olvides nunca.
Lupo sintió su corazón partirse, su alma resquebrajándose. «Es la segunda vez que dices mi nombre y lo haces triste, con tormento. No puedes estar pensando en ello, y yo… yo no puedo decirte nada más que no sea…»:
—No te vayas, por favor —suplicó apretándolo, encogiéndose, escondiéndose más—. Aún no… Sólo espera un poco más. No… no estoy preparado… todavía no… no puedo decirte adiós.
«Por favor, no llores. Tú eres el fuerte, no lo hagas… mi lobo orgulloso», pensó Neil dejando escapar las lágrimas, acariciando la piel de su hombre con ternura y pesar.
Y los dos se fundieron en ese abrazo, dejando que sus penas se unieran, apagando el brillo alegre de sus almas con cada lágrima, temiendo que el momento de su despedida se acercaba, sin poder imaginarse los planes que el futuro tenía para ellos.

#25

Capítulo 35.1

Neil y Lupo volvieron al campamento en silencio. La tristeza y el sombrío ambiente eran notorios. Todos los miraron disimuladamente, en silencio y sin saber si preguntar o no.
Einar y Owen habían colocado unos troncos cortados a modo de asientos o respaldos, según los quisiera usar cada uno. Lupo se sentó apoyando la espalda en la madera, le tendió la mano a Neil, que aceptó y se sentó a su lado. El licántropo lo abrazó y le susurró al oído: «Descansa, mi chiquitín», después le dio un beso en la sien y Neil se quedó dormido.
—Lupo, ¿va todo bien? —preguntó Alish preocupada—. Neil está distinto y… No es que no me alegre pero… que estéis juntos es extraño.
—Siendo sincero diré que no lo sé —respondió él acariciando el suave y fino cabello de Neil—. Quiso volver pero no quiso hablar, y yo no he insistido; con él no funcionaría.
—Cuida de él, por favor —pidió Alish viendo que algo no iba bien, sintiendo un mal presentimiento; una extraña energía alrededor de sus compañeros.
—Tranquila, no pienso hacer otra cosa que no sea estar a su lado —indicó con una sonrisa lastimera.
Nadie dijo nada más, sólo cambiaron el tema y descansaron. Con la salida del sol recogieron el improvisado campamento y prosiguieron el camino. Se adentraron en el bosque siguiendo el foco de una magia que nacía del interior del monte. Buscaron una entrada y encontraron una cueva en la parte media del cerro. Un largo túnel los condujo hasta una galería de cielo abierto. La cima de la montaña dejaba entrar la luz del sol por el hueco, iluminando el portal mágico que apareció ante ellos. El agua corría por las paredes de piedra y rodeaba la base del pórtico, un camino de piedras facilitaba la llegada a él.
—Antes de entrar tenemos que tener claro a donde vamos —aclaró Erwin feliz de ver que realmente había encontrado la manera de viajar con rapidez.
—Pediremos llegar lo más cerca posible del siguiente Templo —dijo Alish agradecida de poder acortar tiempo de viaje.
—El siguiente es el Templo de Oscuridad —intervino Einar—. Hay que tener mucho cuidado en ese reino; el territorio es un campo de batalla de norte a sur.
—Es una tierra sin ley —añadió Haku—. No hay monarcas, no hay capitales. A demás, se cuenta que los seres oscuros son los que reinan esa tierra, no podemos fiarnos de nadie.
—Seguiremos con los ojos abiertos —suspiró Alish deshaciéndose de sus nervios—. Sólo necesito pactar e ir al siguiente Templo.
—No será tan sencillo, pero estoy a favor de pasar poco tiempo en ese reino —indicó Erwin ansioso.
—Crucemos de una vez —ordenó Alish dando el primer paso.
Einar cruzó con Alish seguidos de Reidar convertido en águila, Owen con Shirley, Erwin los siguió, Ligia fue acompañada por Haku y Neil y Lupo fueron los últimos.
Al llegar al otro lado el desconcierto los atrapó. En el otro lado del portal, enclavado en otra cueva, el grupo entero desapareció ante el semielfo y el licántropo, que ágil, apartó a Neil cuando presintió el peligro.
Lupo cayó al suelo protegiendo al semielfo. El lobo sintió el costado dolorido pero no esperó a ver qué sucedía, tan siquiera supo que una flecha le había rozado el costillar. Sin pensar, agarró de la muñeca a su compañero y corrió. Usó las columnas naturales, formadas por las estalactitas y las estalagmitas, como protección. Logró alcanzar un pasadizo que los alejaba del enemigo. Se percató del olor a sangre y frenó en seco; no era la suya.
Se giró y el corazón le golpeó con fuerza dentro del pecho.
—Ne… Neil…
—No… no podemos… parar —balbuceó el semielfo con esfuerzo y dolor en la voz.
Lupo lo contempló; una flecha le había atravesado el pecho y otra el hombro. La sangre había empapado la ropa del muchacho, por la boca escapaba un hilo de líquido rojo, que creció al toser. La saeta le había perforado el pulmón; se estaba ahogando y desangrando.
El lobo lo cogió en brazos aguantando el dolor de su corazón y corrió por el pasadizo hasta llegar a otra sala algo más amplia.
—Saldemos de aquí, aguanta —pidió angustiado.
—No… no puedo salir —dijo Neil con falta de aire—. Esa elfina… oscura… tengo que… ponerle fin de… una vez. «Sigue buscándome después de tanto tiempo; nunca seré libre si no muere. Aunque voy a morir aquí. Lo siento, Velkan», pensó Neil con pesar.
—Pero si no salimos…
—Me estoy… muriendo, no… saldré…
—No digas eso —pidió a punto de llorar.
—En mi bolsa… hay… algo que… los detendrá. «Espero que los mate a todos, sobre todo a ella».
Lupo no quería admitirlo pero no podía hacer nada más; no olía una salida, no olía a sus compañeros, sólo le llegaban los olores de los enemigos y eran demasiados. Sabiendo que los elfos oscuros eran un enemigo imposible de vencer para él, escuchó el plan de Neil.
Dejó a su amado apoyado contra una columna, de la bolsa de éste sacó unos explosivos; pequeños fardos de pólvora comprimida que colocó en los pilares más gruesos y débiles. Lo hizo con prisas, antes de que los alcanzaran; oía de lejos al enemigo acercarse con calma, como si supieran que no podrían escapar. Neil le dijo que tuviese preparada una bomba de luz para cegar a los elfos, que eran muy sensibles a las luminarias. También le indicó que usara una pequeña esfera que contenía un conjuro especial para ellos. Por último, y para detonarlos, Lupo esparció aceite de lumbre, aunque aún no sabía cómo prendería el fuego.
Volvió junto al semielfo, que mostraba signos de dificultad respiratoria, tampoco podía aguantar ya los quejidos de dolor.
—Sólo resiste, ¿vale? —le suplicó. Le plantó un beso sintiendo el sabor de la sangre al rozar los labios de su amado y se separó de él para preparar los últimos fardos de pólvora.
Neil lo contempló con la imagen de su amado borrosa, sus fuerzas desparecían con lentitud, pero su mente no dejaba de pensar en Lupo: «Tanto tiempo apartándolo para esto. Fui tan idiota que no merezco su perdón. Mi Velkan, mi lobo orgulloso, no quería verte morir y ahora eres tú el que ha de verme a mí. No quería nada más que amarte y ni eso he hecho bien», caviló dejando escapar las lágrimas. «Tengo miedo… Y el frío es tan fuerte ya. No quiero que así sea mi final, no quiero irme si verles una vez más, sin agradecerle a Alish todo lo que ha hecho por mí, sin decirle a Einar que es fuerte y puede superar cualquier cosa y creo en él más que en nadie, sin decirles a Shirley y Owen que envidio la relación que tienen, sin decirle a Erwin que las noches junto a él y Rostam fueron las mejores de mi vida, sin decirle a Ligia que ha sido como una hermana para mí y que siento no poder terminar de enseñarle la grandeza y belleza del mundo y sin decirle a Velkan que le amo una vez más».
—Ya casi he acabado, mi chiquitín —le susurró volviendo a su lado.
—Ve… vete —musitó Neil sin fuerzas, con gran dolor y falta de aire.
—No, no me iré. —Lupo le agarró la mano y se la besó con amor y terror porque no podía hacer nada por salvar a su amado—. Tú ya no puedes moverte, no podrás detonar los explosivos. Yo me quedo, mi chiquitín, me quedo a tu lado para siempre —sonrió sin lograr retener el llanto.
—Vel… kan… —Sus ojos se cerraron, su cuerpo se relajó y el último aliento se le escapó nombrando a su amado.
—¿Neil? No… no… no. Vamos, aguanta un poco más… no me dejes así… ¡Neil! ¡Neil! —Lupo vio su alma apagarse, sintió la suya romperse; se había ido sin él y la conexión de sus esencias se quebró, provocando en su interior un profundo dolor, más intenso y agudo que cualquier daño físico. El lobo gruñó. Su grito resonó en toda la cavidad. Abrazó el cuerpo sin vida de su amado y lloró con rabia, impotencia y desconsuelo. Su mente ya no funcionaba, ya no pensaba, sólo sentía dolor y soledad. Maldecir no le servía, ni llorar, nada era consuelo, ya no había nada más que vacío en su interior.
Del fondo de la cueva se escuchó una risa divertida. La elfina apareció rodeada de sus guardias, que tomaron posiciones en la estancia.
Lupo seguía tras la columna natural, abrazando a Neil, susurrándole que pronto iría con él, que le esperase allí donde estuviese.
—Por fin me he deshecho de ese maldito engendro —espetó alegre la mujer—. Ahora, tú, licántropo, quiero saber tú nombre.
Lupo gruñó rabioso.
—¿Engendro? Neil era pureza, la luz más bella que he podido ver, y tú… tú… ¡me la has arrebatado! —Siguió apretando a su amado entre los brazos, no lograba separarse, no quería que perdiera el calor, tenía miedo de soltarlo, de que lo tangible también desapareciese.
—No tengo tiempo para estas estupideces —dijo la elfina con tono prepotente—. Fuera aguarda mi ejército de orogs y orcos. La Hija también me espera, pero antes quiero tener una nueva mascota —rió avanzando unos pasos.
Lupo miró el rostro de Neil, aunque la visión no era nítida por culpa de las lágrimas. Acarició la mejilla con cariño, le retiró la sangre del labio y le besó la frente con dulzura.
—Te quiero, mi chiquitín.
Lupo salió de detrás de la columna con un objetivo en mente, matar a la elfina. Cerró los ojos cuando lanzó la granada de luz y la otra esfera. Corrío hacia ella cambiando su aspecto. Sonrió cuando intentaron huir y lanzar sus hechizos, porque no podían, la esfera contenía un conjuro que levantó una zona libre de magia. Durante la corta carrera arañó el suelo, unas chispas encendieron el aceite que cubría el lugar; el fuego se propagó con rapidez, pero antes, Lupo llegó ante la elfina. Clavó sus garras en el cuello y desgarró la carne, le arrancó la cabeza junto a un grito de dolor. Los elfos no veían, pero seguían oyéndole; tanto la elfina como sus guardias usaron sus espadas, clavando hasta cinco hojas en el cuerpo del licántropo.
—Esto es por Neil, puta.
Lupo se dejó llevar por el frío de la muerte antes que el fuego y las explosiones lo arrasaran todo. Cayó de espaldas sonriente, sabiendo que por lo menos ella no saldría jamás de allí. Su cuerpo no llegó a tocar el suelo; las cargas de pólvora detonaron, derribando la galería, sepultando a todos los presentes bajo toneladas de piedra.

#26

Capítulo 35.2

En el exterior, el ejército de orogs había acorralado a Alish y el resto del grupo. Entre las filas también se encontraban orcos y, como apoyo mágico, algún que otro liche se mantenía en la retaguarda enemiga lanzando conjuros.
Alish y el resto se vieron abrumados por el número de enemigos, pero sólo pensaban en ir a por sus compañeros. Aunque todo cambió en un segundo; una gran explosión hizo temblar la montaña desde sus entrañas. Una gran polvareda escapó por la entrada a la cueva y un alud de piedras descendió sin pausa, arrasando los pocos árboles que cubrían el lecho del monte.
El grupo se estremeció.
—¿Neil…? ¿Lupo…? —musitó Alish desentendiéndose del combate.
Ligia se paralizó; observó la nube de polvo sin oír siquiera lo que sucedía a su alrededor. Con su primera lágrima cayó la primera gota de lluvia. Su grito de agonía llamando a Neil desató la tormenta, pero ni la fuerza del agua era comparable al torrente de dolor que la invadía. Owen y Haku la cubrieron cuando el enemigo aprovechó su momento de debilidad.
—No podemos flaquear ahora —dijo Einar protegiendo a Alish, que también se había perdido en el dolor.
La joven solo oía a Ligia llamar a Neil entre llantos y gritos agónicos, la oyó caer de rodillas y clavar las uñas arañando la tierra húmeda.
Shirley, Erwin y Haku miraron a Alish.
—Replegaros junto a mí, ¡ahora! —gritó Shirley tirando de Einar, alejándolo de Alish y creando una barrera que cubrió a todos menos a la joven.
Los orogs, orcos y liches se estremecieron y emprendiendo la retirada.
Bajo los pies de Alish se vio la hierba moverse, como si una onda expansiva naciera de ella. La energía brotó otra vez sin fuerza, hasta que a la tercera estalló con furia. Erwin ayudó a Shirley a mantener la barrera. La oscuridad invadió a Alish; sus cabellos blancos danzaban, su piel se tornó color ceniza y sus ojos, rebosantes de lágrimas negras brillaron con el rojo de la sangre. La fuerza oscura, que se expandió sin control, atrapó al ejército de bestias enemigas, que murieron desintegrados entre sombras sin apenas dolor, sin enterarse de su fin.
Owen se arrodilló junto a Ligia, que se atragantaba con la entrecortada respiración que el llanto le provocaba. Erwin y Shirley luchaban por mantener la barrera intacta ante el poder oscuro de su compañera. Haku se unió a Owen para consolar a la niña y Einar, temblando de la impresión, observó el campo de batalla, donde no había más que muerte y miró a su Alish, sintiendo terror ante la falta de consciencia que mostraba y ante el poco control que demostraba de su parte más oscura y peligrosa.
—No… no vuelve en sí —gruñó Erwin haciendo esfuerzos por aguantar, sus poderes elementales eran aún demasiado débiles para resistir ante los de su compañera. «La dejé libre de oscuridad, ¿qué demonios ha pasado? Entiendo su dolor pero… nos matará a todos si sigue así».
—A… Alish —susurró Einar paralizado. «¿Esto es lo que pasó cuando Layla me secuestró? ¿Así perdió el juicio y mató a una ciudad entera?». Sin percatarse dio un paso al frente.
—Einar, ¿qué haces? —preguntó Shirley nerviosa—. ¡Einar!
—Ella… ella no es mi… no es mi Alish —tartamudeó avanzando.
—¡Joder, Einar! —exclamó asustada—. ¡Haku, intenta protegerle!
El joven dejó a Ligia con Owen y se puso en pie, concentrando su magia de protección alrededor de Einar, que salió de la barrera acercándose a Alish entre pasos lentos y temerosos.
—Alish… Alish… —susurró al llegar a su lado. Alzó la mano para tocarla.
—¡No la toques! —gritó Haku, sabiendo que, en cuanto la rozara, su magia perdería contra la de la muchacha.
Einar no le hizo caso, rozó la mejilla de Alish con el dorso de la mano; la oscuridad de la joven desintegró la barrera que Haku había creado, y las tinieblas rodearon a Einar, que antes de desplomarse susurró el nombre de su amada.
Alish lo vio caer. Su corazón latió con fuerza para retornarla a la realidad. Y todo cesó. Se arrodilló junto a Einar, que perdió el conocimiento, lloró a su lado y le acarició la cara, lo llamó con tristeza, con el alama rota y dejó escapar su luz para salvarlo de sus tinieblas.
—Mi Einar… —susurró posando su cabeza sobre el pecho de él—. Lo siento… lo siento…
Shirley y Erwin pudieron detener el flujo de magia; él por fin cayó de rodillas, deseando llorar por un compañero de hoguera, por un amigo con el que había compartido muchas noches de charlas y vino. Shirley se acercó y se agachó a su lado, lo abrazó con fuerza y lloró con él.
El agua seguía cayendo con fuerza; Ligia no lograba calmarse, sus llantos sobresalían sobre el estruendo del aguacero, y a ella se unieron sus compañeros, que no lograban creerse que las bellas almas de Neil y Lupo se hubieran apagado.
Alish perdió el conocimiento junto a Einar. Shirley, cuando logró recobrar las fuerzas, usó la esfera para crear el escudo que los protegería esa noche, lo modificó para que el agua no lo cruzara. Owen y Haku montaron las tiendas, Erwin se quedó en el suelo junto a Ligia, la cual sollozaba con más calma y con ello la lluvia caía más tranquila. Shirley se quedó al lado de Alish y Einar comprobando que el estado del joven se mantuviera estable.
Pasada una hora, Alish despertó, seguía sobre el pecho de su amado y a su alrededor el campamento había sido levantado. Erwin cuidaba de la hoguera mientras cocinaba, Shirley abrazaba a Ligia, que se había dormido tras no poder llorar más y Owen y Haku estaban sentados en silencio cada uno a lados opuestos de Shirley.
—Alish, cielo, por fin despiertas —dijo la muchacha que no había dejado de observarla.
La joven miró a Einar y se apartó cuando recordó lo que había sucedido.
—Él…
—Está bien, tranquila —indicó Shirley sin dejarle hablar.
Einar se movió, abrió los ojos al sentir frío. Se incorporó y apartó la mirada cuando se cruzó con la de Alish, que se levantó y se escondió en una tienda aguantando el llanto. Erwin la siguió sin escuchar las protestas de su hermana.
—Alish, ¿por qué te escondes? —le preguntó tras acomodarse junto a ella.
—Ahora… sí me teme. Ya no… no creo que me quiera. —Se secó las lágrimas, pero seguían naciendo en sus claros ojos—. Y… y ahora le necesito y no está; me siento… sola. «Me ha mirado como a un monstruo. No había más que pánico en sus ojos».
Erwin suspiró y la abrazó.
—Yo haré que vuelva de una vez —susurró apartándole el cabello del cuello, donde le besó con ternura.
—No estoy de humor…
—Calla y deja que haga lo que tengo que hacer, te lo he dicho muchas veces. —Besó de nuevo el cuello de la joven, después le deshizo el lazo que cerraba la camisa—. Preparemos una escena que lo engañe, hagamos que piense que tú te estabas dejando y ya no podrá quedarse quieto más tiempo.
Alish se giró y se acurrucó entre sus brazos. No pudo hablar, sólo dejó que Erwin le abriera la camisa, luego bajó su mano y desató el cinturón y desanudó el pantalón, sacó la camisa y acarició el vientre de la joven, notando bajo sus dedos las cicatrices que quedaron tras ser apuñalada por Layla.
—A ti no te molesta tocarme —musitó acariciando la mano del joven. «Einar tiembla siempre que me roza, por poco que sea; le doy tanto miedo…».
—Estaría loco si no quisiera tocarte pero… —Quiso dejar de rozar la fina piel con sus dedos, pero las caricias de Alish lo atrapaban y no podía detenerse pese a que esa era su intención—. Alish… debes salir, debes hacerle creer que…
La joven le besó; Erwin quiso separarse pero el deseo era más fuerte. «Sé que no es por amor. Sé que está actuando así porque no sabe cómo lidiar con el dolor. Sólo está buscando amor, consuelo. No me quiere…, no me quiere. No está en sus cabales», pensó aceptando los besos, deslizando la mano al interior del pantalón, haciendo que ella se estremeciera y suspirara, que gimiera sutilmente al notar sus dedos en su intimidad. Sus besos se hicieron pasión y Alish terminó por acariciarle la entrepierna, notando la erección bajo el pantalón. Erwin se retorció, agarró la mano de la joven y la apartó.
—Sal de una vez —gruñó dándole la espalda, encogiéndose para lograr detener sus impulsos.
—Erwin…
—¡Sal!
La joven obedeció desconcertada. Salió sin colocarse la ropa, se dio cuenta de ello cuando Einar la miró con rabia. Alish se fue corriendo, avergonzada y llorando. Él se levantó. Shirley le pidió a Owen que lo detuviese, pero fue empujado con fuerza y cayó al suelo. Einar abrió la entrada de la tienda y vio a Erwin encogido.
—Tú, maldito bastardo —gruñó airado. «Le partiré los huesos. ¡Le arrancaré las entrañas!».
—Ve tras ella… —susurró lamentando haberse detenido, lamentando estar entregándole la victoria cuando había prometido no rendirse por el corazón de la joven.
—¡Sal, desgraciado!
—¡Ve a buscarla! ¡Ve o iré yo y todo se habrá acabado entre vosotros! —le gritó con la voz rota, con el ánimo derrotado por todos los tristes sentimientos que se le agolpaban.
Einar lo hizo, sin pensarlo corrió tras Alish entendiendo lo ocurrido: «Erwin la ha echado. Alish… ella era quien lo ha seducido», pensó mientras la alcanzaba. Ella lloraba apoyada de lado en un árbol, mientras se maldecía e insultaba a sí misma con odio.
—¿Por qué lo has hecho? —preguntó Einar decepcionado—. Me prometiste esperar y no lo has hecho, ¿por qué?

#27

Capítulo 35.3

—¡Porque no quieres volver! —espetó sin querer contener lo que se había guardado dentro del corazón—. Ya no me quieres, no me deseas… Te doy miedo. Y yo… yo necesito sentirme a salvo a hora mismo. —Volvió a sollozar con fuerza, recuperó el aliento y prosiguió—: No quería hacerlo a traición, de verdad que no, pero tampoco puede controlarme. Estoy asustada, me siento sola y triste… Lupo me… me consolaba tanto. —Sus piernas temblorosas no lograron aguantarla, cayó, quedándose sentada sobre sus extremidades—. Él me entendía y me hacía más soportable el tenerte tan cerca y a la vez tan lejos. Y se ha ido… sin más. Y Neil… nos ha dejado; él que sufría por no vernos morir, él que deseaba estar sólo a nuestro lado… Tanto dolor para irse así. Los he querido como si fueran de mi familia, los quiero tanto y… y ni despedirme… no he podido decirles nada, ni que les quiero… ¿Cómo puedo soportarlo sin ti? ¡¿Cómo?! No puedo… no puedo ni controlar mis poderes, estoy rota y no sé estar así sin ti. —Volvió a estallar en llanto, se abrazó a sí misma buscando tranquilidad, pero sólo encontraba soledad y dolor. «Ni mis actos ni pensamientos son ya coherentes. He perdido la razón».
Einar se acercó en silencio, se puso delante de ella y se arrodilló. Sintió el fuerte latir de su corazón hasta en la cabeza. Alzó la mano sin poder controlar su temblor, acarició el rostro empapado en lágrimas, llegando a la barbilla, levantándole la cara a la joven desconsolada.
—Tienes razón, mi Alish… Lo siento. —Le besó los labios con ternura. Le rodeó el cuerpo con el brazo. Colocó la otra mano tras su nuca y apretó. «Ya no te tengo miedo. Tengo miedo a perderte, a dejarte sola, a hacerte llorar. No quiero volver a oírte decir que no te quiero, porque no tengo nada más que tu amor y el que yo siento por ti». Alish lo abrazó tímida y asustada, sin saber si él volvería a alejarse. Tras unos segundos la apartó para mirarle a los ojos—. No me dejes… por favor. Te quiero, mi Alish, de verdad que te quiero.
Los dos se quedaron abrazados en silencio bajo la fina lluvia.
En el campamento, Shirley se metió en la tienda junto a su hermano, que seguía encogido, llorando de la rabia.
—Erwin… Hermano, háblame, ¿qué ha pasado?
—La he dejado escapar —gruñó airado consigo mismo—. Ella quería y yo… yo la he dejado escapar. Era mía… era mía…
—¿Por qué? —Acarició la espalda del muchacho, que temblaba de la impotencia.
—Algo en mí creyó sentir a Neil; me dijo que hiciese lo mejor para Alish y… y yo no soy el hombre al que ama, estar a su lado no es mi lugar.
Shirley le obligó a moverse y a girarse, lo abrazó con fuerza mientras él lloraba. Había perdido a un buen amigo y había renunciando a la mujer que amaba; ella sabía que su hermano no sabía lidiar con el dolor.
—No estás solo, hermano. —Le besó sobre el cabello y apretó más sus brazos cuando él la rodeo a ella. Tapó con su pecho los llantos y lamentos de su amado hermano y aguantó los suyos por él, se mantuvo firme pese a sentir como su propia alma se rompía; ella también sentía el vacío que sus compañeros habían dejado, más que ninguno, pues Shirley había visto sus almas, al igual que veía la de Erwin, sintiendo aún más desconsuelo por no poder volver hacer que brillara.
El día fue largo. El silencio reinó junto a la pena. El cielo gris hacía juego con sus almas y sus corazones. La lluvia, fría y constante, no logró borrar un dolor que los acompañaría el resto de sus vidas.

#28

Capítulo 36.1

Con la llegada del nuevo día todo se hizo más real. Despertaron tras una dura noche y Neil y Lupo ya no estaban, la única compañera fiel era la lluvia, que nacía de la triste magia que se le escapaba a Ligia.
—Come un poco —le pidió Shirley con ternura, pero la niña negó sin palabras.
—Habría que decirles a Alish y Einar que el desayuno está listo —musitó Erwin con pesar.
Owen se levantó del suelo con un quejido de cansancio y los llamó, poco después aparecían con sendas caras de agotamiento.
Se sentaron en el suelo en silencio, sin saludar a sus compañeros. Einar le besó la sien a Alish y le preguntó si quería comer, ella quería negarse pero sabía que preocuparía a sus amigos, así que asintió, antes de que Einar pudiera moverse, Erwin les tendió un par de boles con caldo.
—Ahora os acerco algo de carne —dijo con un hilo de voz.
—Gracias —dijo Einar sin poder mirarle.
Ligia miró las bolsas de viaje mientras escrutaba el paisaje. Se acercó a ellas y vio la de Neil.
—¿Por qué está su equipaje aquí? —preguntó parada ante ella.
—Yo la cargué antes de pasar el portal —respondió Einar con un tono tranquilo—. No recuerdo ni el motivo, pero se la cogí de las manos a Lupo.
—Porque estaban discutiendo —indicó Shirley con una sonrisa triste—; Neil quería llevar su equipaje y Lupo quería librarle de ello.
—Les dijiste: «La llevo yo y así os calláis un rato» —prosiguió Erwin sintiendo ganas de llorar de nuevo.
—¿Qué haremos con sus cosas? —preguntó Ligia.
—¿Deberíamos llevarlas donde descansan? —preguntó Shirley porque no sabía que responder.
—¿Sería inapropiado pedir quedármelas? —siguió la niña.
—Si las quieres yo las cargaré —respondió Einar.
Ligia se arrodilló y cogió la caja de madera que sobresalía, la abrió, viendo que la flauta que le regaló a Neil seguía dentro, porque siempre la guardaba cuando se retomaban el camino.
—¿Alguien sabe tocarla? —Mostró el instrumento a sus compañeros.
—Yo —dijo Haku con inseguridad, ya que se sentía un poco distante; él no había pasado mucho tiempo con ellos, lamentaba que los dos jóvenes murieran, pero no podía compartir el dolor con los demás.
Ligia se acercó y se la tendió.
—¿Me enseñarías?
—Claro… pero ¿estás segura que quieres que toque ésta?
Ligia asintió.
—Neil no querría que guardásemos algo tan preciado. Diría que su función es hacer música no permanecer en una caja. Quiero aprender, quiero hacer música como él lo hacía; es un recuerdo que no desearía que se borrara.
Alish se esforzó por no llorar, porque la pequeña estaba siendo valiente, pero ella no pudo; tapó su boca con la mano y agachó la cabeza deseando poder tragarse el llanto.
—Tranquila —le susurró Einar acariciándole la espalda.
—Alish —la llamó Ligia con seriedad, ella no pudo mirarla—, no tenemos tiempo de llorarlos. Reponte, levántate y sigue adelante. Cuando todo termine serás libre de derrumbarte, de llorar y maldecir, pero no ahora, porque demuestras tu debilidad y los enemigos no dudaran en explotarla. —Todos la miraron con sorpresa—. Ya hemos perdido un día, debemos seguir, porque ellos no desearían sentir que son una molestia o un impedimento para ti. Sólo sigamos adelante.
Alish secó sus lágrimas y asintió con convicción.
—Encontremos el siguiente templo de una vez. Demostremos que nada nos hará retroceder.
Todos asintieron con la misma energía y pasión.
Tras desayunar y recoger el campamento, el grupo despidió, desde la falda de la montaña, a sus compañeros perdidos. Con la ausencia de Neil y Lupo en sus corazones y la decisión de no rendirse, se encaminaron al norte, donde Reidar, desde los cielos, había localizado las ruinas de una ciudad.
Los aventureros llegaron a un acantilado a mediodía. Vieron desde las alturas lo que quedaba de la urbe; casas destruidas, algunas calles enterradas por las paredes derruidas o la muralla con zonas caídas o a punto de ceder. A lo lejos, se podía ver lo que, un día, fue el gran castillo; veinte torres habían encumbrado su estructura hacía siglos, grandes lumbres, colocadas sobre columnas de mármol, habían iluminado el camino hasta el gran portalón, ahora yacían, la gran mayoría, en el suelo, impidiendo la llegada a la entrada principal.
El grupo descendió bordeando el despeñadero, llegando ante el castillo a media tarde. Caminaron por el patio de armas buscando una entrada al edificio. Desde los barracones abandonados la hallaron. Por un hueco, en la pared lateral, pasaron a uno de los salones de palacio; los muebles seguían en su interior: estanterías con los libros, sillones, mesas, tapices… El tiempo parecía haberse detenido. Anduvieron por el interior en busca de la entrada al templo, llegando al salón del trono, quedando boquiabiertos; grandes cristaleras recorrían la estancia, ventanales que llegaban del suelo al alto techo, decorados con escenas de mitología aunque poco se veían por estar rotos. Grandes columnas recorrían la estancia, sus formas, en espiral, y sus capiteles, decorados con seres fantásticos, les hacían sentir que eran observados. Del techo colgaban gigantescas lámparas en forma de rueda, llenas de cirios y cera de estos. Una gran multitud de bancos de madera hacían un pasillo en el centro, trecho decorado por una alfombra roja ya manchada y llena de agujeros, que conducía a una escalinata de piedra, culminada por el gran trono; un asiento de mármol hecho en un solo bloque, esculpido con la forma de un dragón posado en él, agarrándolo desde atrás.
—En su época de esplendor debió ser digno de ver este lugar —musitó Shirley impresionada.
—A mí me da grima —indicó Erwin observando bien la sala—. Y la oscuridad es demasiado intensa.
—¿Incluso con tu poder sellado te molesta? —preguntó Alish preocupada.
—Sí…, y mucho —gruñó manteniendo la mirada apartada.
—Busquemos la entrada al Templo de una vez —dijo Einar impaciente—. Hasta yo estoy sintiendo el extraño ambiente.
—¿Alguien tiene miedo? —se burló Erwin.
—Yo no, pero sigue diciendo estupideces y tú sí lo tendrás.
—Volvemos a la normalidad —suspiró Shirley empujando a su hermano—. Calla y camina, que estamos perdiendo tiempo.
—Creo que la entrada está bajo el trono —señaló Haku con tono recto y serio.
—¿Qué te hace estar tan seguro? —preguntó Owen curioso.
—Las corrientes de aire —respondió invocando sus poderes para que el sutil viento se viera con un tono verdoso, mostrando que había una de ellas colándose bajo el asiento.
Alish movió su mano buscando tocar a quien ya no estaba. Einar entrelazó la suya, apretando con ternura.
—No está, mi amor; el lobo descansa —le susurró besándole la sien.
—Es extraño lo rápido que me acostumbré a tenerlo al lado; acariciarle la cabeza en momentos de inquietud me tranquilizaba —suspiró Alish con pesar.
—Pues vuelve a acostumbrarte a tenerme a mí —sonrió con cariño.
—Si no hay más remedio… —suspiró con falsa molestia.
Einar rió y tiró de ella hacia el trono.
—Terminemos de una vez y luego ya veremos que te hago por ser tan insolente. —Le guiñó el ojo, logrando que la muchacha sonriera.
El grupo rodeó la gran mole de mármol.
—¿Cómo lo movemos? —preguntó Owen viendo que no podrían hacerlo entre los presentes.
—Seguramente haya algún mecanismo con en el Templo de Tierra o el de Viento —caviló Shirley en voz alta.
Alish observó la figura del dragón con detenimiento.
—No tengo ganas de esperar. —Alzó la mano y usó su magia para hacerla polvo. Todos la miraron con sorpresa—. ¿Qué? Tengo prisa.
—No tienes remedio —suspiró Einar divertido—. Bueno, parece que sí había un pasadizo. ¿No movemos?
Einar abrió la marcha y todos lo siguieron. Caminaron por un pasadizo que descendía en una ancha espiral. Llegaron a la gran cueva, viendo en ella a un hombre sentado con la espalda apoyada en la gran cúpula.
—¿Eres la Hija de las Sombras? —preguntó con voz ronca.
El desconocido vestía de negro, cubierto por una gran capa desde la cabeza hasta la pies, impidiéndole a los jóvenes ver el aspecto o ropas que vestía.
—Padme ya no está en mi interior, por lo que ese título no me corresponde —respondió Alish analizando al sujeto.
—Mi nombre es Senka —indicó poniéndose en pie, descubriendo su rostro, el cual no se veía completo porque unas vendas cubrían sus ojos—. Me presento ante vos como el Guardián de Oscuridad.
—¿Cómo sabías que venía?
—Dejemos el tema para luego —dijo sonriente—. Morke os espera con impaciencia.
—Me da mala espina —musitó Einar.
—Normal, apesta a oscuridad —respondió Alish con malestar.
—¿También vas a copiarle la frase? —bromeó el joven nervioso.
—Es que expresaba bien los hechos —indicó dando un paso al frente—. Empecemos de una vez.
Senka le hizo gesto invitándola entrar a la cúpula; Alish la cruzó decidida a ganar.
—Soy Alish, y vengo a pactar —exclamó ante el ataúd, que reposaba rodeado de etéreas rosas negras, hechas con sombras que se evaporaban y volvían a aparecer.
Ante la chica apareció un ser sin forma, negro y vaporoso.
—¿Podrás controlar tu oscuridad? —gruñó el ente—. Porque sólo si eres capaz de soportar tus miedos podrás vencer a las sombras.
Todo alrededor de Alish se tornó oscuridad, dejando a la joven descolocada y atenta. Fuera, todos se inquietaron al no poder ver que sucedía dentro.
—Tranquilos —dijo Senka sonriente, con algo de malicia en su gesto, como si disfrutase de la preocupación ajena—. Si deseáis ver lo que ocurre, os lo mostraré. —Puso la mano sobre la cúpula y la oscuridad se disipó para ellos pero no para Alish, que seguía mirando a su alrededor preparada para un combate que no sabía cuando empezaría—. Podréis oír también lo que se diga. Será divertido —masculló sonriente.
Todos observaron atentos y molestos por las malas sensaciones que provocaba el hombre.
Alish seguía sola entre las tinieblas, hasta que unas voces la llamaron.
—Hija.
—Alish.
—¿Padre? ¿Madre? —preguntó mirando alrededor.
—Hermana.
—Neil…
Ante ella aparecieron los tres, con rostros pálidos, ojos nublados y escuálidos; la esencia de la muerte se hacía presente en sus aspectos.

#29

Capítulo 36.2

—Tú… tú trajiste la desgracia a nuestro hogar —dijo Kendall con rabia—. ¡Tú nos condenaste!
—¡No! Eso no es cierto. Ni siquiera sois mis padres —se recordó con dolor en el corazón.
—No debí haberte traído a este mundo —exclamó su madre—. ¡Por tu culpa estamos muertos!
—Me arrebataste mi futuro —añadió su hermano—. Mi propia hermana me lanzó a manos de la muerte.
—¡No! ¡Habría dado mi vida por la vuestra! —gritó Alish tapándose los oídos.
Sus padres desaparecieron para dar paso a Neil y Lupo con el mismo aspecto cadavérico.
—¿Y por qué no viniste a salvarnos? —preguntó el semielfo dolido.
—Nos abandonaste —reprochó el licántropo—. ¡Tanto poder que tienes y sólo es para hacer daño!
—¡Basta! —suplicó Alish llorando—. Yo no los abandoné… no fue así… no… No sólo hago daño…
—Sí lo haces —apareció Ligia tras esfumarse sus compañeros fallecidos—. ¿Una ciudad entera no te pareció suficiente?
—¡Fue un accidente!
—Porque eres débil —gruñó con rabia—. Mi hogar… mi familia… Y luego no salvaste a Neil. Eres un monstruo, no hay diferencia entre tú y lo que Padme ha liberado.
Alish tembló; las tinieblas se adentraban en su alma con fuerza.
—Sólo atraes la desgracia —dijo Idris, cambiando su aspecto a Minau—. Todos los que nos hemos relacionado contigo hemos sufrido o muerto. —Cambió a Kobra—. Y has atraído más oscuridad, poniendo a mi familia en riesgo, a mi reino y a todos los demás. Mi sobrina y mi hermana, ¿qué más me arrebatarás?
—¡No es cierto! ¡No! ¡No escogí mi destino! Pero puedo cambiarlo, puedo terminar con todo.
—¿Cómo hiciste con mi padre? —preguntó Owen con mirada de odio.
—Eso fue…
—¿Otro accidente? —sonrió con malicia—. ¿No crees que son demasiados accidentes en los que has matado a alguien?
—Puedo salvar el mundo y redimirme. —Lloró abrazándose con angustia.
—¿Redimirte? —preguntó Shirley—. Yo nací tras la muerte de tu amiga, yo también era Shirley y ni me lloraste. —Se mostró Ulrik—. Y yo morí por nada. ¡Le entregaste la Semilla a Padme!
—Por favor, ya basta —suplicó perdiendo las fuerzas.
—Y ya que le entregaste la Semilla, ¿por qué no me salvaste antes? —preguntó Einar—. ¡Dejaste que me matara y abusara de mí! ¡Me torturó y no hiciste nada!
—Mi Einar, yo hice lo que puede.
—¡Andar tras Erwin es lo que hiciste! ¡No eres más que una zorra embustera que jugó a dos bandas!
—¿Qué…? No fue así.
Apareció Erwin ante ella y le agarró de los brazos con fuerza, arrancándole un quejido de dolor.
—¿Entonces sólo jugaste conmigo? ¿Sólo fui un entretenimiento? ¡Tú me besaste hace poco! ¡Tú te entregaste! ¡¿Sólo querías pisotear mi corazón?!
—¡Suéltame! —gritó. Cuando Erwin se evaporó la muchacha cayó de rodillas al suelo—. Lo lamento… Estaba muy confusa. Nunca quise hacerle daño a nadie.
—Pues por tu culpa siempre hay alguien que sufre.
Alish alzó la vista y vio a Seren.
Fuera, Einar quedó paralizado ante la visón de su hija.
—¿Por qué le hace pasar por esto? —preguntó agónico.
—La Hija ha de ser capaz de superar sus tinieblas —aclaró Senka mirando la escena divertido—. Estáis viendo el corazón de Alish, sus pensamientos y remordimientos más profundos.
—Eso es horrible —masculló Shirley atónita—. ¿Se está culpando de todo eso?
—Y aún hay más —sonrió Senka haciéndoles gesto de que guardaran silencio.
Seren se acercó a Alish con un fardo entre los brazos.
—No sólo me separaste de mi padre, a él tampoco le dejaste más opciones que la muerte. —Dejó caer el bulto de tela blanca manchada de sangre, que se deshizo dejando ver el feto de un nonato.
Alish gritó espantada y retrocedió entre llantos y gritos de terror.
—No fuiste capaz de hacer nada —dijo Layla pareciendo ante ella, levantándole el rostro posando la mano bajo la barbilla de la muchacha—. Tu hijo yace en el infierno junto mí.
—¡Saca a Alish de ahí! —le gritó Einar a Senka con rabia.
—Si intervengo no podrá pactar, perderá toda oportunidad —explicó con gesto divertido.
—¿Te parece gracioso? —le increpó acercándose con gesto sombrío.
—Einar, detente —le pidió Shirley tirando de él—. Alish podrá con ello, sólo espera.
—Pero ella…
Shirley lo abrazó con fuerza.
—Ya lo sé; no debería cargar con todo ella sola, pero ahora no puedes hacer nada —le susurró con el corazón roto—. Cuando salga ya le reprenderemos por lo idiota que es.
Alish se acurrucó abrazándose con más fuerza. Layla se acercó y le lanzó una daga, quedando ésta clavada ante la muchacha.
—Hay una solución para tanto dolor —dijo con alegría, dibujando su siniestra mueca—. ¿Por qué no haces algo bien por una vez y te quitas ya del medio? Libra a tus compañeros de más angustias, libra al mundo de tus poderes y libra a tu marido de una esposa que le arrebató a sus dos retoños. —Alish tembló, lloró y maldijo a la bruja, suplicándole que desapareciera, que dejara de hacerle daño—. Termina de una vez con tu oscura existencia. Has apagado demasiadas luces, apaga ya la tuya.
La joven se movió; tendió la mano temblorosa y empuñó la daga.
—¡Alish! ¡Alish, detente! —le gritó Einar.
—¿No será capaz de…? —masculló Shirley con temor.
—¡No lo hará! ¡¿Por qué no tenéis fe en Alish?! —espetó Erwin golpeando la barrera con rabia—. Ella no va a huir.
Alish desclavó la hoja. Entre sollozos pedía perdón, pedía clemencia y redención.
—Ten el valor de hacer, por una vez, lo correcto —dijeron todos los espectros que se le habían presentado, rodeándola y susurrando: «Hazlo» una y otra vez.
Alish miró la daga; era la de su padre.
—He hecho tanto daño —musitó con un hilo de voz—. Demasiado… —Alzó la daga, arrancando un gritó de Einar llamándola con todas sus fuerzas, con todo su temor e impotencia.
La sangre manchó la penumbra. El color carmesí salpicó las ropas de la joven, que gritó de dolor al sentir el filo atravesarle la mano. Alish dejó escapar su magia; su luz arrasó la oscuridad, dejando al descubierto el ente sin forma.
—Has roto mi hechizo.
Jadeante, Alish, desclavó la daga de su mano izquierda y la dejó caer al suelo. Se levantó. La sangre recorría su piel, cayendo por sus dedos, muriendo en el suelo de piedra.
—He causado mucho dolor a otros —gruñó con rabia—, pero a mí también. Son mis pecados y pienso limpiar mi alma, así que… ¡Nunca me quitaré la vida! ¡Sufriré cada día el recuerdo de lo que he hecho! Podré llorar, quejarme, maldecir, suplicar, pero jamás… ¡Jamás me rendiré! —Su luz invadió cada rincón, cegando a todos los presentes, haciendo retroceder al Gran Espíritu—. Mi vida terminará cuando el mundo viva en paz, hasta entonces… sufriré sabiendo que mis manos están manchadas de sangre —exclamó apretando la mano herida, haciendo que sangrara con fuerza.
—Haz el juramento.
—Juro no olvidar mis pecados y no rendirme por más que pesen.
—El pacto queda cerrado —indicó el ser desapareciendo en una pequeña esfera de luz violeta con el centro negro.
La luz de Alish desapareció. La joven miró su mano herida.
—Mi vida sólo podrá acabar cuando despierte el Árbol —susurró volviendo junto a sus compañeros.
Nada más salir Einar la abrazó; escondió su rostro entre los cabellos de su amada.
—Mi Alish, ¿por qué?
—Einar, ¿qué ocurre? —preguntó extrañada.
—Lo hemos visto y oído todo —indicó Shirley con pesar.
—Lo lamento…
—¡Deja de disculparte! —le increpó Einar sin dejar de apretarla entre sus brazos—. ¿Por qué siempre tienes que aguantarlo todo tú sola?
—Vamos, deja que la cure —le pidió Shirley librando a la chica de responder. La apartó de su marido y le cogió la mano; con su magia la sanó—. Ahora descansemos, ¿vale?
—Me vendría bien —sonrió Alish sintiéndose agotada al verse abrumada por los sentimientos.
—Busquemos si hay alguna casa donde resguardarnos —indicó Erwin empezando el camino de vuelta.
Shirley lo siguió y entrelazó su brazo al de él.
—Realmente no piensas que Alish te utilizara, ¿verdad?
Erwin la miró molesto, ensombreciendo su mirar hasta incomodar a su hermana.
—Lo pienso; es justo lo que hizo, pero no me molesta, es más, yo esperaba que me utilizara para olvidar a Einar.
—¿No hablarás con ella? Le vendría bien saber que no ha de preocuparse por eso.
—Aún no puedo acercarme.
—Entiendo que te resulte difícil pero…
—Hasta que no desaparezcan mis deseos de destripar a Einar, es mejor que no me acerque —dijo zafándose de ella, dejándola parada y horrorizada.
—¿Todo bien? —le preguntó Owen a su mujer apareciendo tras ella, que negó con la cabeza nerviosa.
—Erwin me da miedo —susurró lamentando que su hermano llegara a odiar a un compañero y amigo.
—Normal —suspiró Owen besándole la sien—. Dejémosle espacio y algún día volverá a ser el chico alegre que conocemos.
—Aún así, vigilemos las espaldas de Einar —indicó con seriedad—. No me fío de Erwin, aún es capaz de hacer alguna estupidez.
—Aunque me moleste reconocerlo, ya he estado vigilando por él —afirmó rodeando a la chica por la cintura—. No eres la única que le tiene miedo a Erwin —sonrió dulce para calmarla.
—Vamos, moveros —exclamó Einar desde atrás.
—Ya va, ya va… Qué prisas —bufó Shirley actuando tranquila.
—¿Ocurre algo? —preguntó Alish.
—No. —Shirley sonrió disimulando—. Erwin está un poco decaído y no quiere saber de su hermanita.
—Lo siento, es por mi culpa…
—¿Ya estás otra vez? Alish, cielo, no es culpa de nadie. Tú tienes tus sentimientos y él los suyos. —Su amiga la abrazó con ternura—. No está molesto contigo, está molesto con él por dejarte escapar. No te tortures por no poder amarle, sólo se feliz junto a Einar ahora que estáis mejor.
—Gracias —susurró Alish apretando a la muchacha, sintiendo su alma un poco más ligera.
Los aventureros abandonaron las ruinas del castillo en compañía de Senka. Buscaron una casa en condiciones, una que sirviese de refugio, y descansaron en ella, deseosos de conocer las intenciones del extraño Guardián.

artguim
Rango12 Nivel 59
hace 10 días

¡Han vuelto, @Bastis13! Has bajado la guardia por un instante y han sabido aprovechar su oportunidad. Estas malditas haches...

"y lo que Padme a liberado".

Bastis13
Rango11 Nivel 51
hace 10 días

¡Nooooo! ¿Otra vez? ¡Malditas! Son escurridizas, son como ninjas reptando por las sombras jajaja.
Muchas gracias, @artguim, parece que tendré que poner más atención o aceptar que son más listas que yo jajaja.


#30

Capítulo 47.1

El grupo encontró una pequeña casa de dos habitaciones en un estado casi perfecto. Erwin y Owen recorrieron un par de casas colindantes para recoger la leña que había quedado abandonada. Shirley y Einar adecentaron el lugar, limpiando la mesa, preparando la zona para dormir y encendiendo las velas. Ligia y Haku buscaron más sillas y útiles entre las casas, luego volvieron y descansaron juntos sentados a la mesa, curioseando lo que habían encontrado. Senka, por su parte, desapareció sin decir nada.
Alish se quedó fuera con Reidar, que voló sobre la ciudad buscando enemigos. Luego descendió y se posó sobre el hombro de la joven, que entró con él en la casa.
—La ciudad está atestada de seres —infirmó acariciando al animal.
—Mm… Apenas se siente energía maligna —pensó Shirley en voz alta—. ¿Te ha dicho la apariencia que tienen?
—Dice que son pequeños, de aspecto humanoide, de orejas puntiagudas, tez morena…
—¿Podrían ser…? —caviló para sí—. Bueno, sí como creo son trasgos, no tendremos muchos problemas con la barrera.
—¿Son peligrosos? —preguntó Ligia.
—No mucho —indicó Shirley—. Son seres que se acercan a lo malvado pero no suelen hacen daño a los humanos. Invaden hogares y causan algunos estragos si están de mal humor; pueden destrozar todo lo que les moleste. Suelen gastar bromas aprovechando la noche y las horas de sueño de los habitantes de esos hogares. Lo que me hace pensar en que hay algo que no cuadra…
—Sin habitantes, ¿por qué hay trasgos? —dijo Einar sabiendo en que pensaba su compañera.
—¿Es eso algo extraño? —preguntó la niña curiosa.
—Los trasgos suelen mudarse con los humanos con los que han convivido —prosiguió la chica—, así que es lógico pensar que los habitantes de la ciudad han muerto y no se fueron.
—Pero con la falta de cadáveres es fácil pensar que ocurrió hace mucho —suspiró Einar indicándole a Alish que se sentara a su lado.
—También está la opción que algo los devorara hasta los huesos —añadió Haku con su gesto recto.
—No era necesario decir algo así —sonrió Shirley nerviosa.
Einar rió animado.
—La indiferencia de la juventud me deja desconcertado.
—Ligia y tú os llevaréis muy bien —indicó Shirley divertida.
Ligia y Haku se miraron y se encogieron de hombros.
—Son adorables —suspiró Alish sonriendo con ternura.
Senka entró por la puerta con gesto despreocupado; se sentó en una silla a la esquina de la mesa y puso los pies sobre la tabla, inclinando el asiento hacia atrás.
—Por fin vuelves —gruñó Shirley—. Teníamos ganas de charlar contigo.
—No pienso viajar con vosotros —exclamó sin necesidad de preguntas.
—¿No nos darás ni una oportunidad de convencerte? —añadió Einar molesto.
—¿Acaso entendéis lo que significaría tenerme cerca? —sonrió siniestro.
—No, pero esperamos que nos ilumines —espetó Shirley con desagrado.
—Por mi enlace con Morke, vivo por y para la oscuridad. La Hija de las Sombras, pese a que ya no contiene en su interior a Padme, es muy sensible a ese elemento. Por mí os acompañaría, el caos que hay sobre el mundo parece divertido, pero no creo que ella pudiera resistirse a mi influencia.
—Yo quiero que nos acompañes —dijo Alish lamentando tener que dejar atrás otro Guardián.
—¿Estás loca? —le reprochó Einar—. Tener al lado tanta oscuridad después de lo que ocurrió no es más que una insensatez.
—Einar, ten más tacto —le masculló Shirley incómoda.
—No; nada de tacto y dar rodeos. —Einar miró a Alish con decisión—. Nadie nos garantiza que de aquí al final del camino no perdamos a otro compañero. Alish, no puedes controlarte, me da igual que quieras discutir o te haga daño lo que te digo, no voy a permitir que tengas cerca a más malas influencias de poder.
—¿Lo dices por Erwin? —preguntó Alish molesta.
—Sí, y me importa bien poco que creas que son celos, porque en parte tendrías razón, pero lo que más me preocupa es que pierdas la cabeza y nos mates a todos.
—Qué bruto —susurró Haku sorprendido.
—Einar, cielo —interrumpió Shirley inquieta—, ya lo hemos entendido, no sigas, anda.
—Eres muy molesto cuando quieres —bufó Alish con malestar. Respiró hondo y respondió desganada—. Está bien, desisto; no tengo ganas de discutir contigo.
—Creí que la Hija tendría más carácter —se burló Senka.
—No es falta de carácter, bocazas —espetó Shirley—. Y más quisieras no ver a Alish enfadada.
—No sé, sería muy interesante —sonrió con pillería—. Pero he de obedecer a Morke, es parte del enlace entre Espíritu y Guardián, y él me ha indicado que me aleje de la Hija hasta el momento adecuado.
—Deja de llamarme así —se quejó Alish—. Tengo un nombre, ¿sabes?
—Es curioso, los humanos suelen buscar un nombre conocido que asuste a sus enemigos, pero tú prefieres uno cualquiera que no significa nada.
—Mi nombre significa más de lo que crees, impertinente —exclamó con fuerza.
—Sí que tiene carácter, sí —rió Senka poniéndose en pie—. Me marcharé de camino a vuestro último destino; será divertido el reencuentro con Padme. —Se acercó a la puerta.
—Sabes que no me fío de él, ¿verdad? —exclamó Einar dejándose oír por el extraño hombre.
—Ni tú ni nadie —respondió Alish mirando a Senka con desafío.
—Y hacéis muy bien —rió él—. Aunque tranquilos, mientras ella siga atada a Morke al igual que yo, estará a salvo de mí. —Sonrió de manera perturbadora. Se fue cerrando tras de sí.
—¡Maldito lunático!—bramó Shirley molesta—. Espero que no nos traicione.
—Alish puede estar tranquila —suspiró Einar.
—Pero el resto no lo creo —mascullo Shirley incómoda.
La media noche llegó tranquila. Ligia pidió quedarse de guardia, Haku la acompañó para que fuese más ameno el tiempo en vela. Pese a la barrera que los protegía, el grupo seguía sin confiar del todo, ya que podían aparecer seres capaces de atravesarla.
Los dos jóvenes jugaban a cartas en silencio; Haku le había enseñado un juego y ella parecía haberse olvidado un poco de la ausencia de Neil.
De repente, algo golpeó la barrera. Reidar emitió un gruñido desde la esquina de la vivienda; Alish le había devuelto su forma original.
—Parece que vamos a tener visita —indicó Haku poniéndose en pie.
Los golpes en el exterior de la casa se hicieron más intensos y seguidos.
—¡Chicos, en pie! —exclamó Ligia acercándose a la puerta—. Algo nos está atacando.
—¿No pueden esperar a mañana? —preguntó Erwin somnoliento—. Estaba soñando que este infierno se acababa.
—Pues despierta, hermanito, que la fiesta empezará sin ti —sonrió Shirley levantándose enérgica.
El grupo se dividió por la estancia. Alish le indicó a Ligia que abriera la puerta y la niña obedeció. El hedor de la muerte entró con fuerza, asqueando a los aventureros.
—¡La madre que los…! —se quejó Erwin, siendo interrumpido por la necesidad de cubrir sus fosas nasales.
—Lo que nos faltaba —masculló Shirley—. Vale, vamos a tener problemas, estad atentos.
—Pero ¿qué son esas cosas? —preguntó Alish asqueada, contemplando a los seres que se agolpaban en la puerta, que golpeaban las paredes de la casa y lanzaban piedras contra la barrera que los protegía.
Eran entes apestosos; olían a podredumbre. De poca altura, sin llegar al metro, de orejas puntiagudas, ojos negros y redondos. Su piel; rugosa, sucia, gruesa y oscura con matices verdosos, estaba recubierta de un vello muy fino. Sus grandes bocas, de labios finos, lucían repletas de dientes afilados. Vestían con piezas de cuero. En sus manos, de delgados y largos dedos, acabados en uñas afiladas, portaban armas, desde dagas a mazas, palos o piedras.
—Oh, no… Por el olor diría que son pishacas —infirmó Shirley perdiendo la voz por el temor—, y si están atacando todos a una significa que…
—Eso no me gusta —dijo Owen preocupado.
—Rakshasa —masculló Erwin mirando a su hermana, que asintió pálida—. ¡Hay que salir de aquí! —indicó nervioso.
—Estamos rodeados —afirmó Haku mirando por una de las ventanas. Los seres gritaban fieros y golpeaban rabiosos la casa; uno de los muros empezó a ceder.
—Alish, deberías sacarnos de aquí; invoca un portal —le sugirió Erwin.
—No puedo, retrocederíamos —respondió teniendo en mente que sólo podía abrirlos en lugares conocidos.
—No podemos vencer —afirmó Erwin mirándola con firmeza.
—¿Por qué tanto temor? —preguntó Owen—. ¿Qué clase de enemigo se acerca?
—Un rakshasa —respondió Shirley—. Son seres diabólicos que viven para el caos. Son muy poderosos y no hay magia que pueda con ellos, salvo…
—Salvo la magia arcana —intervino Erwin—, y ninguno usamos tales poderes.
—Aún así —habló Alish con gesto decidido—, por avanzar rápido, por reducir el maldito tiempo, Neil y Lupo no están hoy aquí. —Sus ojos brillaron ardientes por seguir adelante sin rendirse—. No pienso retroceder ahora, no pienso dejar que nadie más me haga tambalear, si no puedo vencer hoy, no lo lograré ante Padme.
—Pero…
—Estoy contigo —dijo Ligia interrumpiendo a Erwin—. Por Neil y el perro asilvestrado no podemos volver atrás, y menos por un enemigo. Vamos a vencer.
Einar sonrió divertido.
—Llevábamos días sin una buena fiesta.
—¿De verdad queréis luchar? —preguntó Erwin negando con la cabeza.
—Un guerrero no huye sin haber intentando vencer antes —dijo Haku mirando a Alish con convicción—. Por mi honor no dejaré enemigo en pie que nos entorpezca el camino.
—Tú te quedas a mi lado —le indicó Shirley a Owen con seriedad—. Ni se te ocurra alejarte, ¿entendido?
—Entendido —respondió serio.
—Muy bien —exclamó Shirley a modo de llamar la atención—. Nuestro enemigo no es nada sencillo; controla la magia de control mental, conocerá nuestros miedos y puntos débiles si le permitimos que entre en nuestra cabeza, así de simple. Aparte de la magia, tiene una gran fuerza física; su cuerpo es, para que os hagáis una idea, más grande que el de Rostam.
—¡Joder! —exclamó Einar—. ¿Pero puede haber algo más grande que Rostam? —bromeó animado.
—Pues sí —afirmó Shirley sonriente—. Dicho esto, ¿qué tal si vamos a darle la bienvenida?

#31

Capítulo 37.2

—Adelante —dijo Alish—. Einar, te quedas junto a Owen y Shirley, reducid el número de enemigos. Erwin, Ligia y Haku vosotros me apoyaréis, en caso de que ellos tengan problemas los ayudáis.
—¡Bien! —respondieron al unísono todos.
—Limpiemos el perímetro un poco —musitó Alish invocando el poder del aire; una gran corriente arrastró a los enemigos; decenas de pishacas volaron por los aires.
Una vez recobraron espacio, Shirley retiró la barrera de la esfera. Alish avanzó con la cabeza en alto y demostrando decisión, tras ella, Ligia, Erwin y Haku se mantenían cerca del tercer grupo, Shirley, Owen y Einar, que eliminaban a los que llegaban desde la retaguardia.
—¡El rakshasa llega! —avisó Erwin arrasando a otro grupo de pequeños enemigos con fuego.
De lo alto de un tejado saltó un ser de gran cuerpo, cayó rompiendo el suelo bajo él. Cuando se incorporó, su aspecto fiero y salvaje no inmutó a Alish, que contempló al extraño ser; su cabeza era de tigre, de ojos brillantes y dorados, grandes colmillos y una mueca de ferocidad dibujada en el resto del rostro. Su cuerpo era de hombre, muy musculoso y grande, cubierto por un fino pelaje que seguía el patrón del felino. Sus garras, con las palmas a la inversa, mostraban unas uñas largas y afiladas. Vestía con algunas piezas de cuero, recordando a un guerrero.
—¡Alish! —la llamó Shirley—. Sus uñas y dientes son venenosos.
La joven alzó la mano a modo de respuesta.
—A estas alturas ya no importa nada salvo ganar —susurró acumulando magia mientras seguía caminando. Al detenerse dejó escapar su magia; una ola de llamas quemó a todos los pishacas que la rodeaban. Sin esperar, lanzó cuchillas de aire afiladas contra el rakshasa, el cual las detuvo con su brazo, dibujando una sonrisa maligna en sus labios.
—¡Alish, atácale con magia sagrada! —le indicó Erwin.
La muchacha invocó su luz pero, antes de poder lanzar el conjuro, el enemigo atacó con rapidez, abalanzándose contra ella e intentando arañar el pecho de la chica, que esquivó esfumándose en una nube blanca, apareciendo tras él y lanzándole esferas de magia sagrada. El ser esquivó y atacó, rasgando la manga de la muchacha, que le agarró el brazo desde la parte interior, dejando fluir su magia. Él intentó atraparla, pero lo bloqueó con un escudo, dándole tiempo a quemar la extremidad con su luz. El rakshasa gruñó airado y dolorido. Alish se disipó en el aire apareciendo alejada ante él.
—Le daña pero no es suficiente —se dijo molesta.
—No podrá vencer si no le hace nada —gruñó Erwin desde atrás—. Necesitaría a Belyst —masculló inquieto.
Alish siguió con la lucha. El rakshasa parecía no agotarse, pero ella sí. Al final, el ser, sonriéndole con malicia, invocó bajo la joven un círculo mágico; antes de poder escapar una luz negra la atrapó.
—¡Mierda! —espetó Erwin abandonando su posición.
—¡¿A dónde demonios vas?! —le increpó Shirley.
Una luz oscura nació bajo Erwin y lo paró en seco.
—No deberías ser tan impetuoso —le aconsejó Senka apareciendo ante él.
—Has vuelto. ¿Por qué?
—Ordenes de mi señor, nada más —respondió esfumándose, apareciendo junto a Alish, que se había perdido en una nube negra. Senka rozó la neblina y ésta desapareció introduciéndose dentro de él, liberando así a la chica.
—Gracias —musitó ella intentando recuperar el aliento.
—Imagino que, tras el embrujo de Morke, te encontrabas en un paseo, aún así me han ordenado ayudarte.
—Recuérdame que me haga una alfombra con ese gato —sonrió Alish desapareciendo y surgiendo tras el enemigo—. Llamo al rey de lo oscuro y controlador de las penumbras. Yo te invoco, muéstrate ante mí, ¡Morke! —dijo rodeada de magia oscura. El tenebroso Espíritu salió de su interior en una esfera de luz negra y morada, su forma extraña se mostró.
—¿Qué hace? La magia oscura es parte de sus elementos —susurró Erwin atónito.
—Morke, aliméntate de su oscuridad —le pidió Alish mientras bajo sus pies otro gran círculo aparecía—. Llamo a la madre del invierno y domadora del hielo. Yo te invoco, muéstrate ante mí, ¡Kulde!
Morke envolvió al rakshasa, que sintió como su magia oscura era drenada y, pese a desear atacar a la chica, Senka le paraba cada movimiento con una sonrisa siniestra.
Kulde se mostró, haciendo que la temperatura del ambiente descendiera.
—La Hija me ha llamado.
—Kulde, necesito que congeles a todos los enemigos.
—El rakshasa no caerá bajo el poder de Kulde —informó el Gran Espíritu.
—No importa, deshazte de los pequeños —ordenó Alish.
Kulde asintió y desató su preciosa magia, donde la nieve nacía a su alrededor y danzaba como pétalos de flor. Al llegar al suelo los cristales de hielo crecían hasta llegar a los enemigos, los cuales, a centenares, eran congelados entre gritos de miedo y agonía.
—Kulde ha cumplido —dijo antes de desaparecer.
—¡Shirley, ayúdame con la magia de luz! —dijo Alish haciendo aparecer a su amiga junto a ella, cogiéndole la mano.
Las dos unieron su luz, desatando un gran conjuro que nació en los pies del rakshasa y murió en el cielo en una gran columna luminosa. Cuando el destello desapareció, el enemigo yacía de rodillas en el suelo; jadeante y dolido, el rakshasa hacía intentos de querer ponerse en pie.
—Remátalo, cielo —sonrió Shirley dando unos pasos atrás.
—Llamo a los hermanos de los vientos y tempestades. Yo os invoco, mostraros ante mí, ¡Bris, Tyfon! —Los dos Espíritus aparecieron rodeando a Alish entre dos brisas de bellos tonos verdes y azules—. Acabemos con él. —Los dos hermanos de unieron en un tifón que fue directo al enemigo, y Alish, con sus últimas fuerzas, unió su luz al ataque de viento, haciendo que éste penetrara al rakshasa y lo partiera en dos—. Ganamos —susurró Alish sonriente.
Bris y Tyfon volvieron, junto a Morke, al interior de de la muchacha, que se desplomó cayendo de lado. Erwin corrió junto a ella. La colocó bocarriba y la examinó mientras Shirley se plantaba al otro lado.
—Ha usado demasiada magia seguida —indicó él dejando fluir sus poderes al interior de Alish.
—Pero ha ganado —sonrió Shirley agotada—. Parece imposible, pero lo ha logrado.
—¿Cómo está? —preguntó Einar llegando a su lado junto a sus compañeros.
—Necesitará descansar bastante y recuperar sus poderes —informó Shirley alegre—. Pero por suerte podemos ayudarla con lo segundo.
Ligia se arrodilló y cogió la mano de Alish, dejando fluir su magia hacia ella.
—¡Eh! Senka, gracias —le dijo Einar sin muchas energías por disimular la poca confianza que le tenía.
El hombre se quedó alejado, hizo un gesto con la mano a modo de saludo y desapareció entre una nube de magia oscura. Se transportó a lo alto de uno de los tejados más alejados y, desde ahí, contempló al grupo.
—Su poder es casi infinito —musitó para sí sonriente—. Quizá sí sea cierto que se acerca una nueva era. Oh, Padme, esta vez elegiste mal.
Mientras los aventuraros acomodaban a Alish y se preparaban para descansar, Senka los vigiló hasta el nuevo día, sintiendo que un gran cambio llegaría pronto para la humanidad.

#32

Capítulo 38.1

Alish se despertó pasada la medianoche. Se encontraba en la vieja y abandonada casa. Sintió una cálida energía recorrerle el cuerpo y un hambre atroz. Abrió los ojos sin lograr enfocar nada.
—¿Erwin?
—No creí que pudieras despertar aún —dijo en voz baja para no despertar al resto del grupo.
—¿Cuánto llevas compartiendo tu magia conmigo? —preguntó intentando incorporarse.
—Deja que te ayude —musitó acompañando el agotado cuerpo de la muchacha—. Y no te preocupes, me he turnado con Ligia —respondió con una dulce sonrisa.
—Gracias —susurró sin fuerzas.
—Deberías seguir durmiendo.
—Me han despertado las ganas de comer —sonrió débilmente.
—¿Tú, con hambre? Qué novedad —bromeó poniéndose en pie—. Ahora te acerco algo.
Erwin se acercó al pequeño caldero, que descansaba cerca del fuego. Sirvió algo de caldo, aún tibio por estar cerca de las llamas, y cogió pan junto a un poco de jamón curado. Se lo tendió a Alish y luego le acercó uno de los pellejos de agua.
—Siento que tengas que cuidar de mí —dijo ella con un hilo de voz.
—¿Pero qué tonterías dices? —exclamó sentándose de nuevo a su lado.
—Bastante difícil tiene que ser verme como para que tengas que estar…
—Calla de una vez y come —le indicó con ternura—. No te preocupes, y tampoco es momento de pensar en ello, ahora te toca terminar con la comida y luego descansar.
—¿Por qué me rechazaste? —preguntó cabizbaja—. Lo lamento, no debí preguntar.
—Tranquila, entiendo tu curiosidad —sonrió pese a costarle—. Por alguna razón oí a Neil decirme que hiciese lo correcto para ti, y lo correcto era devolverte al lado de Einar.
—¿Oíste a Neil? —preguntó sorprendida.
—Sí.
—Yo también —indicó con un gesto melancólico—. Antes de dormirme, ese día me pareció oírle; creí que era una locura o el cansancio.
—No es una locura. La energía de los seres de bosque es distinta a la de los humanos, es capaz de perdurar un tiempo en la naturaleza antes de desaparecer por completo en el otro lado o reencarnándose. ¿Y qué te dijo?
—Me dio las gracias, se despidió y me dormí.
—Mm… Dormir, eso es justo lo que necesitas. Termina de comer y descansa.
Alish acabó su comida. Después de que Erwin le retirase el bol, el chico se acercó a darle las buenas noches.
—Lo siento —murmuró Alish mientras caía presa del sueño, y antes de que él se apartara, sin ser consiente, un último murmullo salió de sus labios.
—No me ayuda que me digas algo así —susurró Erwin acariciándole el rostro con ternura—. Y yo también te quiero, aunque no sea del mismo modo.
Con el sol naciente, el grupo empezó a despertar. Erwin, que había hecho la guardia y fue relevado más tarde por Owen, durmió mientras su cuñado se encargaba del desayuno. Alish, al oler la comida, despertó.
—Mm… —gruñó con el apetecible aroma.
—Pareces un chucho —se burló Einar sonriéndole.
—Tengo hambre —se quejó levantándose con dificultad. Einar la ayudó y la acompañó a la silla.
—¿De verdad? ¿Hoy no pondrás pegas para desayunar?
—Lo extraño sería que no tuviese hambre —intervino Shirley—. Los conjuros no sólo consumen energía mágica, también es necesaria la física, por lo que luego el cuerpo pide alimento. Por eso es importante un buen entrenamiento, tanto en el ámbito de la magia como en el del cuerpo.
—Y no te quejes de que no como mucho —espetó Alish molesta—. Ayer me desperté y Erwin me dio la cena. —Einar resopló—. Deja de bufar. ¿Es que no puedes dejar de lado el tema?
—Sí, claro, cuando él desaparezca —indico encaminándose a la puerta.
—¿A dónde vas?
—A dar una vuelta antes de enfadarme —respondió cerrando tras de sí.
—Terco —exclamó Alish irritada.
—Pues lo que dice Erwin de él no es mucho mejor —suspiró Shirley sin querer.
—¿Tan enfadado está? —se preocupó Alish.
—Cielo, mejor no preguntes; ni siquiera debería haber hablado —sonrió nerviosa lamentando ser una bocazas.
—Ahora sólo mantente cerca de Einar —le aconsejó Owen sirviéndole un bol de caldo—. Con el tiempo se les pasará.
—Tú, siendo comprensivo con Einar. ¿Quién eres y qué has hecho con mi marido? —preguntó Shirley seria, aguantándose las ganas de reír.
—No es que sea comprensivo, sólo que le entiendo; Alish me rechazó por él.
—Eso no ayuda —le increpó Shirley.
—No le estoy reprochando nada. Alish no puede elegir a quien amar ni por quien ser amada.
—El problema es la rivalidad que sigue habiendo entre ellos —musitó Alish con pesar.
—Justo —dijo Owen posándole la mano sobre el hombro—. Erwin y Einar son los que tienen el problema. Deja que se las arreglen, si pueden, y si a la larga no lo solucionan seguirá sin ser asunto tuyo. Einar es tu marido y Erwin tu amigo, sólo sigue al lado de cada uno como lo que son.
—Gracias. —Alish le sonrió animada.
—Parece mentira que seas tan listo —se burló Shirley sonriente y divertida.
—¿Y cómo he de responder a eso? —preguntó él con gesto de resignación.
Los tres rieron mientras Ligia y Haku los contemplaban en silencio y sin entender nada de lo que hablaban.
Tras el desayuno, el grupo decidió su siguiente destino.
—Atravesar otro portal podría llevarnos a otro desastre —dijo Erwin lamentándose por haber tenido él la idea de buscarlos.
—A estas alturas vayamos por donde vayamos todo será peligroso —intervino Shirley.
—Pero un enemigo que ataque al aire libre es menos peligroso que uno que aguarda al otro lado de una puerta.
—Comparto la postura de Erwin —comentó Owen pensativo—. Un peligro es mayor cuando no conoces su existencia. Cruzar a ciegas nos puede acarrear serios problemas.
—Aún así, el tiempo apremia —recordó Shirley.
—Las prisas en la labor suelen llevar a tener que repetirla —añadió Haku—. Acortar el viaje es nuestra prioridad, pero hacerlo correctamente nuestro deber.
—Si tan sólo hubiese pensando en ello antes de cruzar… —se reprochó Erwin.
—¿Qué diantres dices? —le reprendió Shirley—. No fue culpa tuya que el viaje a través del Pozo terminase como lo hizo.
—¿Crees que no me lo repito? Pero fui yo el que encontró las malditas ubicaciones; fue mi idea y no pensé en las consecuencias. —Erwin agachó el rostro dolido.
Alish se puso en pie y se acuclilló a su lado. Con ternura le agarró la mano.
—No era tu responsabilidad pensar en ello. Todos somos parte del mismo grupo, todos debemos pensar antes de dar un paso al frente, y ese día ninguno lo hizo. Que encontraras los portales ayudará a mucha gente; al mundo entero. Las muertes de Neil y Lupo no deben ensombrecer esa gran luz que le da una oportunidad a la humanidad. No te pediré que no te culpes, porque soy la primera en arrastrar tras de mí remordimientos que no debería, pero sí te pido que no te obsesiones con ello, sólo aprende de un error que fue de todos, no sólo tuyo.
Erwin le agarró la mano y la apretó con delicadeza, inclinó el cuerpo hasta apoyar frente con frente.
—¿Cómo eres capaz de liberar a los demás de sus cargas cuando la tuya es tan pesada? —susurró para que sólo ella lo oyera.
—Sí se trata de vosotros, no hay carga que me pese más que no ayudaros a alzaros si caéis.
Erwin la agarró por la nuca y le besó la frente, llevándose de Einar una mirada de rabia y asco que no logró disimular, pero calló sabiendo que Alish se enfadaría si actuaba como un marido celoso.
—Entonces… —interrumpió Shirley deseando romper el mal ambiente que se había creado alrededor de Einar—. ¿Iremos al siguiente portal o no?
—Sí —respondió Alish poniéndose en pie, mirándolos con decisión—. Sólo nos queda un Templo de los Elementos, un Gran Espíritu con el que pactar y un Guardián al que encontrar. El final está cerca y no vamos a desaprovechar la oportunidad de poder enfrentar a Padme antes de lo pensado. Lo haremos con cautela, preparados para afrontar lo que sea que encontramos, lo haremos sin vacilar, sin temor ni reproches suceda lo que suceda. Sólo puede haber un resultado, y es ganar a la oscuridad a toda costa; la humanidad entera depende de ello.
Todos asintieron con gesto serio, con convencimiento, pero, en el fondo, todos tenían temores, y, entre ellos, el que más les invadía la mente era pensar que Alish tenía pocas posibilidades de volver junto a ellos a casa.
Aún con miedos y pesares, el grupo se puso en marcha tras el desayuno. Se encaminaron al este, dirigiendo sus pasos hacia un gran lago, que se encontraba a dos días y medio del Templo de Oscuridad. A medio camino, en una zona antaño boscosa, el grupo fue atacado.
Un pequeño grupo de seres apareció en la lejanía, los rodeaban con paso lento, tanteando la situación.
—¿Qué… qué diantres son esas cosas? —preguntó Owen extrañado por la forma peculiar de los seres.
—Son quimeras —respondió Shirley indicándole a su hermano que se acercara—. Erwin, ¿podrías quedarte con Owen y Einar?
—Qué remedio —bufó con desgana.
—Alish, cielo, hay que proteger a todos del fuego —indicó Shirley sin apartar la mirada del enemigo—. Son muy veloces, tened cuidado.
—Bien —afirmó Alish asintiendo—. Ligia y Haku cubrid la retaguardia, Shirley y Erwin cuidad de los flancos y de los chicos, del frente me encargaré yo.
—¿Cómo narices puede un ser tener ese aspecto? —preguntó Owen espada en mano.
—Los engendros son llamados así por algo —sonrió Einar vigilando el panorama—. La cabeza de león los hace un buen depredador, y que mezcle el cuerpo con el de una cabra le dotan de poder para matar y resistencia en terrenos complicados.
—¿Y la cabeza de cabra? —preguntó Owen.
—La cabra le proporcionará el alimento necesario en caso de no encontrar presas de carne, supongo.
—¿Y la cola es una serpiente? ¿Alguna idea de para qué sirve eso?
—¿Me estás tomando el pelo? —preguntó Einar percatándose de que las preguntas de Owen empezaban a sonar burlonas.
—Sí, te ha costado verlo —rió animado.
—Vaya dos… —suspiró Shirley negando con la cabeza mientras sonreía.
Tal como había indicado Shirley, los animales se movieron con una velocidad sorprendente, en pocos segundos los tenían en frente, atacando con poderosas llamas que nacían de su interior y escapaban por sus bocas.

artguim
Rango12 Nivel 59
hace 9 días

"romper el mal habiente que se había creado". Creo que debería ser "ambiente", @Bastis13.

Bastis13
Rango11 Nivel 51
hace 9 días

¿Pero por qué me peleo con las haches? ¿De dónde leches las saco? jajaja
Gracias, @artguim.
He de empezar a corregir a horas normales porque me está afectado jajaja.

Bastis13
Rango11 Nivel 51
hace 9 días

Arreglada también la eme, porque para colmo las Haches piden refuerzos jajaja.
Cuando termine con la novela, @artguim, te voy a tener que invitar a una comida o algo, porque vaya lata te estoy dando jajaja.
Muchas gracias.

artguim
Rango12 Nivel 59
hace 9 días

En este caso, me imagino que fue el corrector quien te llevó a ese "habiente", @Bastis13. Y lata ninguna, ya te digo que desde fuera es fácil percatarse.

Un saludo.


#33

Capítulo 38.2

Desde el cielo descendió Reidar con fuerza, agarrando a una del lomo y desgarrándola sin esfuerzo, arrancándole la cola con cabeza de serpiente y usando las garras para destriparlo una vez había caído al suelo.
Shirley invocó su poder de hielo, atacando con finas hojas heladas, afiladas como el acero. Algunas pasaron de largo, otras cortaron a la fiera, pero ésta no se detuvo. Se lanzó hacia ella sin detenerse por el dolor. Viendo que las llamas no le llegaban, el animal optó por saltar sobre la joven, que formó una lanza de hielo en la que el monstruo quedó clavado.
—Idiota, dese el aire no podías cambiar el rumbo —sonrió orgullosa.
Ligia y Haku derrotaron juntos a otra; la niña usó el agua para distorsionar la visión del ser, que los veía tras una cortina de agua danzante. El joven, aprovechando que las llamas tampoco servían con la humedad que su compañera creaba, utilizó su cortante aire, que rodeó el agua y atacó por los flancos, haciéndole imposible al ser esquivar, saliendo los jóvenes vencedores. Erwin, conociendo los puntos fuertes y débiles del enemigo, sabía que su magia era aún insuficiente para atraparlo en una trampa, pero había una que no necesitaba de estrategias; invocó unos rayos que se dirigieron directamente al ser, que no logró esquivarlos pese a su gran velocidad, electrocutándolo y dejándolo muerto.
—Ni que pudieras ser más rápido que un rayo —masculló burlón.
Alish, con deseos de que todo terminase rápido, escogió el poder con el que se sentía más cómoda. Su luz envolvió al ser, quemándolo, reduciéndolo en nada.
—¿Estáis todos bien? —preguntó cuando la calma reinó.
—No… —suspiró Einar—. Cada vez veo más claramente que ya no sirvo de mucho —se lamentó.
—Einar…
—Pobre caballero sin dama a la que salvar —se burló Owen.
—Habló el indicado —exclamó con sarcasmo.
—Yo ya he asumido que viviré bajo el poder de Shirley hasta la muerte —rió divertido—. Y también temo por su fuerza física —dijo entre carcajadas.
—Imbéciles —gruñó Shirley molesta.
—Deberíamos seguir —aconsejó Erwin con desgana.
—¿A qué viene ese humor? —preguntó su hermana—. Tú por lo menos mantienes tu orgullo intacto.
—¡Eh! Que yo tengo orgullo —se quejó Owen con falsa molestia.
—Tenemos prisa —recordó Erwin emprendiendo la marcha tras recoger su bolsa del suelo.
Todos lo siguieron sin querer preguntar. Tras recorrer la segunda mitad del camino, llegaron a una gran explanada donde antaño había nacido y crecido una de las ciudades más grandes del reino. La urbe, de la cual sólo quedaban las ruinas, se había construidos cerca de un gran lago, que, bajo la oscuridad, quedó sumido en tinieblas con aguas turbias y tóxicas.
—Tocará llegar al centro del lago —indicó Owen mirando el mapa.
—¿Por qué agua? —bufó Erwin con malestar.
—¿Era por esto el mal humor? —le preguntó Alish en un susurro.
—No —respondió apartando la mirada avergonzado.
Ella sonrió tierna.
—¿Por qué será que no te creo? —preguntó amable—. No te preocupes, lo del Templo de Agua no volverá a repetirse nunca —dijo contemplando el gran lago que brillaba con el sol de la tarde.
—Confío en ti —indicó observando el paisaje también—, pero no en el agua —sonrió intentando calmar sus nervios.
Llegaron a la orilla con el sol perdiéndose en el horizonte. Alish le pidió a Ligia, ya que su experiencia con el acuático elemento era mayor, que les protegiera y les condujera al centro del lago. La niña, sin esfuerzo, creó una burbuja que los mantuvo a salvo hasta llegar al fondo. La oscuridad fue rota por la luz de Alish y Shirley, aunque el agua era tan turbia que apenas podían ver a un metro de distancia.
—No sé si preferiría ver lo que puede estar nadando por ahí —gruñó Erwin sin lograr esconder su temor.
—¿Es qué hay algo nadando en eso? —preguntó Owen inquieto, y sin ver claro que pudiera llamar al contaminado líquido «agua».
—Sí, hay seres oscuros —indicó Ligia con algo de preocupación—. Siento como sus tinieblas invaden cada gota de agua. Es muy intenso pero…
El silencio reinó unos instantes.
—¡Pero no te calles ahora! —exclamó Erwin rozando la histeria.
—Tranquilo —le susurró Alish agarrándole la mano con fuerza pese al gesto de disgusto de Einar.
—Nos dirigimos al Pozo —prosiguió la niña—, su magia fluye por todo el lago y nos acercamos pero…, algo anda cerca, algo poderoso y muy oscuro custodia el lugar.
—Nada será peor que un rakshasa, ¿no? —bromeó Owen nervioso, pues la niña no solía mostrar preocupación y en ese momento, por poco que fuese, se la veía intranquila.
—Por lo menos el rakshasa estaba en tierra firme —masculló Shirley provocando que Erwin perdiese el control por un segundo.
El joven se quedó parado, necesitó acuclillarse y respirar con calma; las piernas le temblaban y la fuerza que ejercían no era suficiente para sostenerlo.
—Erwin, tranquilo —susurró Alish agachada a su lado.
—Lo siento, debí callarme —se disculpó Shirley inclinada, acariciándole la cabeza.
—Parece que sí le da miedo el agua —susurró Haku junto a Ligia.
—Sufrió dos experiencias traumáticas relacionadas con el elemento —explicó la chiquilla con voz muy baja.
Pasados unos minutos, Erwin logró ponerse en pie, al igual que Ligia, él, Alish y Shirley sentían un poder mágico cerca, pero la niña, conectada al agua, lo notaba con intensidad, por ello, viendo que su compañero no podía mantener la serenidad, calló, no contó que los acechaba un ser gigante, solamente se mantuvo alerta hasta que llegaron a la entrada de un antiguo santuario que reposaba olvidado en centro del lago.
La antigua estructura era grande, construida entre las rocas del fondo. Un hechizo mantenía el agua a su alrededor, manteniendo el interior protegido del elemento. El grupo cruzó el gran portón abierto de la entrada, dejando atrás el agua.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó Alish a Erwin acariciándole la espalda con ternura.
—No —suspiró con una respiración entrecortada—. Como el hechizo se desvanezca todo se inundará y…
—Avancemos de una vez —espetó Einar impaciente, llevándose una mirada de reproche por parte de Shirley y Alish—. Cuanto antes lleguemos al portal antes se encontrará mejor —indicó sonando como un buen compañero—. Y antes dejaré de escuchar sus lloriqueos —bufó empezando a andar.
—Ya me parecía —masculló Shirley con una sonrisa nerviosa.
Los aventureros recorrieron el recibidor, los pasos resonaban entre las viejas paredes. Cruzaron los arcos del fondo, anduvieron por un largo pasillo y se adentraron hasta al centro, donde un agujero circular descansaba lleno de agua. Al fondo de la sala vieron el Pozo de las Ánimas. Decenas de columnas sujetaban la sala, decoradas con grandes serpientes enroscadas en ellas. Se dispusieron a cruzar la estancia, rodeando el orificio, cuando el agua de éste empezó a moverse.
—Algo se acerca —indicó Ligia con tranquilidad.
—Detrás de mí —ordenó Alish mirando a Einar, que asintió dando unos pasos hacia atrás.
Tres cabezas asomaron. El agua recorrió los largos cuellos repletos de escamas, los ojos marrones brillaron fieros tras una cortina de agua que caía revelando al titánico ser.
—Una… hidra —masculló Shirley nerviosa.
La gran serpiente arremetió contra los aventureros.
Alish creó un escudo y la primera cabeza chocó con fuerza, quedándose aturdida, Einar la cortó sin atender al gritó de Shirley.
—¡Pedazo de idiota! —le increpó molesta—. ¡¿Sabes lo que has hecho?!
—¿Por qué te enfadas? —preguntó desconcertado.
—¡No les cortéis las cabezas! —ordenó, llegando tarde el aviso para Ligia y Haku, que cortaron otra defendiéndose de otro ataque.
—Tendremos un problema —indicó Erwin tembloroso.
—¿Qué diantres…? —Alish contempló como, del primer cuello cercenado, nacían dos cabezas más—. Shirley, ¿cómo acabamos con ella? —preguntó nerviosa y asqueada por la imagen desagradable de ver como se formaban las testas.
—Hemos de atacar al cuerpo —indicó la joven protegiéndose de otro ataque.
—Sólo veo cabezas —exclamó Owen desde su espalda.
—El cuerpo sigue bajo el agua —observó la chica pensando en una solución.
La hidra golpeó entre ataques algunas columnas. Las piedras cayeron sobre el grupo. Alish y Shirley protegieron a sus compañeros, Ligia y Haku atacaron al enemigo sin intención de dañarla gravemente.
Del segundo cuello nacieron dos cabezas más, dos cabezas que atacaron destrozando aún más la sala.
—¡Se está derrumbando el techo! ¡Hay que salir de aquí! —exclamó Erwin viendo como el agua recorría las paredes—. La magia no durará mucho si sigue destrozando el lugar, se inundará todo… moriremos ahogados —masculló asustado.
—Deberíamos correr —señaló Owen con inquietud.
—No nos dejará pasar —se quejó Shirley mirando a Alish—. Llámala.
La hidra, ser irracional y violento, golpeó el techo con fuerza. Un par de cabezas se vieron aplastadas por los cascotes y el animal, indiferente al dolor, tiró, arrancando así las testas. Volvió a multiplicarse pasados unos instantes.
—Chicos, centraros en la defensa —pidió Alish concentrándose—. Llamo a la madre del invierno y domadora del hielo. Yo te invoco, muéstrate ante mí, ¡Kulde!
El Gran Espíritu apareció acompañado del frío intenso.
—¿La Hija necesita mi ayuda? —Miró a la hidra y a la sala sin mostrar importancia ante el derrumbamiento.
—Congela a la hidra —ordenó Alish observando su alrededor. «Por más que corramos la estructura cederá». La joven miró a Shirley—. Necesito también tu hielo. —Su compañera asintió. Alish creó columnas de agua y Shirley, viendo la intención de su amiga, las congeló. Los pilares de hielo mantuvieron el techo en su lugar por unos instantes más.
Mientras, Kulde heló a la hidra. La gran serpiente se retorció mientras sentía como el agua que la rodeaba se enfriaba, como el hielo se clavaba en su dura piel escamada.
—¡Salgamos de aquí! —exclamó Shirley.

#34

Capítulo 38.3

Alish quiso dar un paso, pero el agotamiento la derrotó. Einar la agarró entre sus brazos y corrió. Todos los siguieron. El agua estaba empujando una de las paredes laterales, que cedió, dejando que el líquido arrasara con algunas de las columnas de piedra. Kulde desapareció y volvió junto a Alish antes de que el grupo cruzara el portal. La sala se derrumbó enterrando el Pozo de las Ánimas y el cadáver de la hidra congelada.
Los aventureros llegaron a una sala oscura. El sonido de una pequeña catarata resonaba en la lejanía. Sintieron el agua empaparles las piernas hasta las rodillas.
—Hemos salido vivos del infierno —suspiró Erwin aún inquieto—, pero sigue habiendo agua.
Shirley iluminó la estancia.
—Tranquilo, es una pequeña corriente subterránea —indicó observando el panorama.
—Aún así —gruñó el joven con molestia—, tenía que terminar mojado.
—Salgamos a comprobar donde hemos aparecido —dijo Owen abriendo la marcha—. Por lo menos parece que estamos cera del exterior.
Reidar voló hacia una luz lejana.
—Alish, ¿te encuentras bien? —le preguntó Einar con ternura.
—Cansada —susurró acurrucándose, quedándose dormida sin poder luchar contra ello.
—Demasiadas invocaciones en muy poco tiempo —se suspiró Erwin—. No estamos siendo de mucha ayuda últimamente.
—Vamos —ordenó Shirley tirando de él hacia la salida—. Hermanito, de nada sirve lamentarse, hagamos lo que podamos, apoyemos a Alish y todo irá bien —sonrió animada—. ¡Lleguemos al último Templo! —exclamó eufórica.
Ligia y Haku los siguieron, Einar, a unos pasos alejado de sus compañeros, caminó apretando a Alish con amor.
—Mi Alish, ya queda menos… Sólo espero no perderte de nuevo.

#35

Capítulo 39.1

Los aventureros prepararon una hoguera para comer a la vera del pequeño lago, enclavado entre un gran peñasco que lo rodeaba por la parte norte. Una cascada caía con fuerza, las gotas del agua inundaban el ambiente, el cual era decorado con un bello arcoíris. La zona era boscosa, aunque, a lo lejos, se vislumbraba una gran montaña, sierra que recordaban bien, era un lugar que se veía lejano pero en su memoria seguía siendo cercano.
—¿Querrás descansar o seguir tras comer? —preguntó Einar sentado junto a Alish.
—Quiero seguir, pero por ahora no creo que pueda —susurró para que nadie más la oyera.
—Está bien —suspiró rodeándola con el brazo—. Sólo descansa. —La apretó con ternura y le besó la frente—. Owen, ¿podrías montar una de las tiendas para Alish? —preguntó sin deseos de dejar de apretarla entre sus brazos.
Su compañero asintió; con la ayuda de Erwin prepararon las tiendas para poder descansar todos. Einar acompañó a Alish para que se acostara. Los dos se tumbaron abrazados. Él la miró con ternura, le acarició la mejilla para pasar a rozar los labios con los dedos.
—Creí que querías que durmiera —sonrió Alish sujetando la mano que la mimaba.
—Pero llevo tiempo sin ti —susurró llevando la mano de la joven a sus labios, besando los nudillos con amor.
—Toma el acercamiento con calma —sugirió ocultando el pesar que le nacía al pensar que él seguía atormentado a causa de Layla.
—Estoy bien. Quiero sentirme más cerca. «Cuanto más me acerco más siento que terminaré perdiéndote. Quiero poder amarte antes de que todo termine ».
—Haré lo que me pidas. «No puedo tomar la iniciativa, podría echar a perder todo el esfuerzo que le dedica a sentirse mejor».
—Sólo tienes que ser tú, mi Alish.
Einar volvió a acariciarle la mejilla, luego los labios, descendiendo hasta la barbilla para hacerle levantar el rostro. Le besó los labios despacio, tierno y recreándose en el instante. Jugó con el labio inferior mordiéndolo levemente antes de separarse de su amada.
Con la poca luz que se colaba por unas pequeñas rendijas, sus ojos se encontraron.
—Te quiero —susurró él con melancolía. «Por fin empiezo a verte sólo a ti, por fin ella empieza a desvanecerse… Aunque quizá ya sea tarde».
—Yo también te quiero, mi Einar. «Está siendo tan dulce».
Alish, sintiéndose extraña, se avergonzó y escondió su rostro entre sus manos.
—¿Qué haces? —sonrió viéndola adorable.
—Mm… —No logró hablar. «¿Qué he de hacer? Suele ser más directo. Y hace tanto que no me tocaba de ese modo… ¡Dioses! ¿Qué me ocurre? Llevo mucho deseando esto y ahora no sé qué he de hacer».
Einar besó las manos que cubrían el enrojecido rostro de su amada mientras sonría divertido.
—¿Me dejas besarte? —preguntó atrapado por la dulzura de la chica. «Hacía mucho que no se avergonzaba de este modo. Me están dando ganas de devorarla»—. Alish, deja que te bese. —La joven no lograba moverse. Einar no podía resistir sus impulsos. —Si no llego a tus labios me quedaré con lo que encuentre —advirtió animado, a la par que deseoso. Besó las manos de nuevo, recorrió la zona hasta la oreja, descendió por el cuello hasta que se topó con la ropa. Ansioso, se colocó sobre ella con la idea de retirarle la ropa. Alish sintió el nerviosismo recorrerle el cuerpo, junto a un cosquilleo allí donde él tocaba, al final no pudo más que dejar escapar una risa nerviosa.
—¿Qué te ocurre? —sonrió sorprendido.
—Déjame —exclamó entre risas inquietas.
—Dioses, Alish… —susurró separándose.
La joven lo miró entre los dedos que ocultaban su rostro.
—¿Qué?
—Te estás riendo —indicó perplejo.
—¿Y qué?
—¿Desde cuándo tienes tantas cosquillas? —preguntó provocándole más, haciendo que estallara en carcajadas.
—Detente, te lo suplico —reía sin control.
—Dioses… —Se paró y la contempló mientras ella retiraba unas lágrimas de su cara. Einar gruñó de deseo—. Hermosa. Hacía mucho que no te veía así. Estás provocándome —exclamó abrazándola con fuerza, mordiéndole el cuello con ternura—. Te voy a devorar —susurró lascivo introduciendo una de las manos bajo la camisa de la chica, acariciando el costado, subiendo hasta llegar al pecho, haciendo que la muchacha se retorciera por el cosquilleo—. Quizá debería comerme lo que tengo entre los dedos —dijo risueño, arrancándole a Alish más suplicas de que parase aunque seguía riendo.
—Me haces cosquillas —exclamó al fin logrando apartar a Einar, que se quedó sobre ella mirándola callado—. ¿Por fin te has cansado? —preguntó mientras intentaba recuperar el aliento.
—No; creo que nunca lograré cansarme de verte así.
—Oh, calla de una vez —pidió sintiendo vergüenza de nuevo.
Einar le agarró las manos y las colocó sobre la cabeza de la joven, que protestó pero fue callada entre besos. «No sé si seré capaz de llegar hasta el final, pero deseo intentarlo, deseo demostrarle que la quiero pese a que mi mente siga rota». Mientras sujetaba las muñecas de su amada y le robaba besos con pasión, volvió a introducir la mano bajo la camisa de la muchacha para masajearle el pecho. Sus respiraciones se unieron en una espiral de gemidos mientras sus pulsos se aceleraban presa de la excitación.
Alish dejó de forcejear para que la soltara. Se dejó llevar y sólo podía aceptar los besos y las caricias que torpemente Einar le regalaba. Aún notaba, en cada gesto, los nervios que él sentía. «Está temblando. Está siendo tan tierno», pensó sin creerse que su mundo volviera a perderse entre los dos.
Einar desató con destreza el cinturón de la joven, desanudó el pantalón haciendo que la muchacha se moviese impaciente. Pero él sólo le acarició el cuerpo con delicadeza y amor. No pensaba correr, deseaba recrearse en cada centímetro de piel. Al final, soltó las finas muñecas de Alish y le quitó la camisa. Le cogió las manos y las besó con fuerza, luego las posó sobre su torso.
—Quítame la ropa —le pidió inquieto.
La joven obedeció; desanudó el cordón de la camisa y tiró de ella. Dejó el pecho de Einar desnudo. Retiró las manos sin saber si debía o no tocarlo.
Él se perdió en el abdomen de su amada, besándole el fino cuerpo. Mientras descendía, le quitaba el pantalón. La dejó desnuda, avergonzada e inquieta. Einar terminó de desvestirse y se colocó sobre su amada, todo entre caricias suaves y besos tiernos. «He llegado lejos, no quiero detenerme ahora pero…».
Alish le posó las manos sobre las mejillas, le sonrió y le susurró:
—Está bien, mi Einar, no tienes que forzarte.
—No. —La miró con determinación—. Quiero devorarte —gruñó descendiendo, perdiéndose, lentamente y entre besos, en la entrepierna de su esposa. Beso a beso fue arrancándole gemidos de placer, caricia a caricia fue haciéndola desaparecer en el deseo.
Alish sólo enredó las mantas de pieles entre sus dedos, apretaba con cada corriente que nacía de su intimidad y que le recorría el cuerpo. Sus manos y sus pies se tensaron cuando el orgasmo la atrapó. Su voz se apagó cuando Einar se detuvo. Respiró inquieta. Su cuerpo se relajó.
Él se incorporó y le pidió que se diera la vuelta. Pese al mal recuerdo de la última vez, Alish obedeció. Einar le acarició los glúteos, los besó y mordió con delicadeza, luego recorrió a besos la espalda, recreándose en cada vértebra mientras apretaba y jugaba con las nalgas de su amada. Cuando llegó a la nuca la mordió con amor. Pegó bien su cuerpo con el de ella, que se movía deseosa por el miembro que sentía rozarle el cuerpo. El joven, que no dejaba de besar a su esposa, sin pensarlo, unió su ser con ella; los dos gimieron por el extremo placer que hacía tiempo no sentían.
Alish apretó los dedos contra las mantas, escondió su rostro entre las pieles para ahogar su voz y no hizo nada más que dejar a su amado tomar de ella todo lo que quisiera, todo lo que pudiera soportar.
Einar, que seguía repitiéndose que quizá pronto la perdería, sentía, con cada movimiento de su cuerpo, una necesidad imperiosa de estar más cerca de Alish, de amarla por encima de todo, de perderse en el tiempo, en el calor de su interior. Continuó con la ternura, con los besos delicados, con los sutiles mordiscos, con pequeños gruñidos cada vez que su cuerpo sentía la corriente del placer recorrerle cada centímetro. Necesitado de más, deseoso de mucho más, se retiró, le dio la vuelta a la chica y siguió besándole los labios con delicadeza, mientras unía de nuevo sus cuerpos.
Con un brazo se mantuvo sobre ella para no cargarla con su peso, con el otro libre, recorrió el cuerpo de su esposa; le acarició todo lo que encontraba a su paso, terminando en la pierna, la cual agarró con fuerza y le obligó a pasarla por encima de él. Le apretó el glúteo mientras la besaba con más intensidad, mientras el ritmo crecía y enloquecía sus mentes.
Alish lo rodeó con los brazos cuando se acercaba al clímax. Él, notando el cuerpo de ella listo, incrementó el ritmo, llevándola al máximo placer para luego terminar en su interior. Einar, agotado, tembloroso aún por su inquietud, se dejó caer sobre ella, que lo apretaba entre sus brazos. El silencio habría reinado si no fuera por sus respiraciones entrecortadas e inquietas.
«Por fin volvemos a ser uno», pensó él escondiendo su rostro entre los cabellos de su amada; «Mi Alish, mi rosa, mi amada…». La miró para poder contemplar los ojos claros de la chica, que lo contemplaron resplandecientes, alegres y avergonzados a la par.
—Te quiero, mi Alish —musitó besándole los labios con ternura—. Por fin he vuelto a tu lado.
Alish volvió a cubrirse la cara con la mano.
—Pesas —exclamó con la voz temblorosa.
Einar la liberó del peso pero siguió sobre ella.
—¿Qué es lo que te pasa? —sonrió adorando esa faceta de su esposa—. Pocas veces has mostrado vergüenza, ¿qué te ocurre, mi Alish? Mi hermosa señora…
—Aparta primero —pidió empujándolo. Cuando él se retiró le dio la espalda—. Es que… hacía tanto tiempo que no me tocabas que…
—¿Te ha incomodado?
—No, sólo temía que no te gustara verme de nuevo despojada de toda ropa.

#36

Capítulo 39.2

—Mi Alish, eso es imposible. —Le obligó a girarse, a mirarle a la cara—. Lamento mucho hacerte sentir así, pero ten claro que jamás dejarás de gustarme, ¿me oyes? —Le acarició la mejilla con amor—. Un día te dije que eras perfecta y mantengo mi palabra.
—¿Pese a lo mal que se ve mi cuerpo?
—¿A qué… a qué te refieres? —preguntó sorprendido. «No le dije nada para no preocuparla».
—No necesito verme en un espejo para saber que mi aspecto está…
—Calla —le pidió tapándole la boca con la mano, posando la frente sobre la de ella—. Eres más que tu aspecto. Eres bella en tantas cosas que no importan las cicatrices, el sello, el peso… «Estoy muy preocupado, pero prefería callarme para no molestarte con otro problema».
Alish le retiró la mano.
—¿Te inquieta? —Einar tardó pero asintió—. Deseaba que no te percataras.
—Sí me inquieta, pero no por no agradarme, sino por lo que significa. «La magia te consume». ¿Y cómo no iba a darme cuenta de ello?
—Porque apenas me mirabas —sonrió tiernamente—. Pero al final me has visto; entre tantas tinieblas has logrado verme.
—Te veo, mi Alish, y eres una bella luz en mi eterna oscuridad.
Einar la tapó con la manta de piel, luego se cubrió él tras acomodarse. La abrazó y le besó la sien. Le susurró que descansara. Alish se acurrucó y gruñó agotada, se quedó dormida escuchando los latidos de su amado, sintiéndose feliz por lograr volver a una relación que ya había dado por perdida.
«Cuidaré de ti hasta que el destino lo permita», pensó Einar quedándose dormido, perdido en el olor a rosas de ella, perdido en el calor que desprendía, sintiendo, después de tanto tiempo, paz junto a su amada.
Fuera de la tienda, junto a la hoguera, se quedaron Ewrin y Haku, Ligia se había retirado y Owen y Shirley se habían alejado con la excusa de buscar hierbas y frutos.
—Deberíamos volver ya —indicó Owen con un puñado de hierbas que su esposa le había entregado.
—Sólo busquemos un poco más, sé que deben haber por alguna parte —pidió escrutando su alrededor—. Se dice que crecen en el norte, y más al norte no creo que pueda crecer nada.
—Aún no me has dicho que buscas exactamente —le recordó con reproche y curiosidad.
—Una flor; extraña y poco común.
—Pero eso sigue dejándome con dudas.
—Lo sé —sonrió con pillería.
—Te gusta dejarme como a un idiota, ¿verdad? —Shirley rió divertida—. ¿Eso es una afirmación?
—No lo es, joven señor —respondió animada y burlona—. Pero es divertido ver cómo os molesta no tener las respuestas justo cuando lo deseáis, mi lord.
—Deja de burlarte.
—Para haber sido lord comandante, me sorprende la poca paciencia que muestras; creía que en la batalla había que tener más cabeza y paciencia para la estrategia.
Owen la agarró del brazo y tiró de ella, la empujó contra un árbol con delicadeza, pero la retuvo apretándola, cuerpo a cuerpo, contra la corteza.
—Últimamente estás muy burlona —indicó con falso malestar—. Deberías tener cuidado con tus palabras, no querrás que el joven señor se enfade, ¿cierto?
Shirley sonrió divertida.
—No me tientes —suplicó deseando que él hiciera todo lo contrario.
—¿Quieres que te muestre cuál es tu lugar? —gruñó con seriedad, con más fuego en la voz que deseos de infravalorarla.
—Mm… ¿Y cuál es ese lugar al que pertenezco, mi señor? —preguntó agarrando la camisa de Owen.
—En realidad hay unos cuantos —susurró junto al oído—. Cualquiera en el que gocemos los dos es un buena opción.
—Sí que lo es —indicó moviendo el cuerpo para rozar el de él—. Pero dime, ¿dónde me quieres esta vez?
De improviso, Owen ensombreció la mirada, tapó la boca de Shirley y le indicó que no hiciese ruido. Tras el árbol donde se encontraban parados, un sonido emergió. Las ramas crujían, las hojas se movían y las rocas se desprendían. Un gruñido gutural se oyó.
Shirley susurró:
—¿Ves qué es?
Owen negó inquieto.
—¿Sientes algo? —le preguntó asomándose con cautela.
—Nada maligno. ¿Será un oso?
—No; no es un oso.
Mientras, Erwin removía la comida que hervía dentro del caldero.
Haku se puso en pie, llevándose una mirada de extrañeza de su compañero.
—¿Qué pasa?
—En el aire hay una esencia extraña.
—Otro que empieza con las respuestas inútiles —suspiró despreocupado—. ¿Vas a decirme qué notas?
—¿Acaso tú no lo sientes?
Erwin, más inquieto que extrañado, negó con la cabeza.
—Dime qué hay.
—No lo sé, pero está en dirección a Shir…
Erwin no necesitó que terminara la oración.
—Llama a Alish —ordenó encaminándose al bosque con prisas—. Sé que sabes cuidarte, hermanita, pero ve con cuidado.
Cuando llegó a la zona que la pareja había recorrido, empezó a sentir la extraña presencia. Erwin se mantuvo cauteloso, se movió despacio, en silencio, escrutando cada rincón con sus sentidos, y así se percató que la energía de su hermana se alejaba de él.
—Er… win… —Oyó a un lado, entre unos arbustos.
—Owen, ¿qué diantres…? Shirley, ¿dónde…?
—Ese hijo de puta se la ha llevado —gruñó con ira. Erwin le ayudó a ponerse en pie.
—¿Estás bien? ¿Te ha herido o…?
—Sólo me ha empujado; tiene mucha fuerza y no lo parece —indicó dolorido—. Hay que ir a por Shirley.
—Me adelantaré, tú espera a Alish.
—¿Crees que voy a quedarme quieto mientras mi esposa ha sido secuestrada?
—Owen, no me jodas —gruñó impaciente—. No sabré cuidar de ti con mis poderes, y si es tan fuerte como dices y la situación se nos vuelve en contra…
—Pero temo por ella.
—Y yo; no olvides que soy su hermano.
—No; no lo entiendes, hay algo más.
Erwin lo contempló extrañado, luego incrédulo y por último decidido.
—Espera a los demás —le ordenó—. La protegeré hasta que lleguéis, te lo prometo.
Erwin desapareció entre la maleza, dejando a Owen apoyado contra un tronco, rezando a los dioses, falsos o no, para que Shirley no corriese peligro, para que su hermano llegase a tiempo y la salvase, a ella y su futuro.

#37

Capítulo 40.1

Shirley se despertó con dolor de cabeza y un ligero mareo. Aún no lograba situarse, ni recordaba que había ocurrido. Al notar que se movía el mundo a su alrededor, luchó por prestar atención y centrarse.
—¡Qué diantres…! —espetó al percatarse de su situación.
Se vio cargada a hombros de un ser. Al ir bocabajo, sólo veía la parte baja y trasera del ente; cuerpo peludo, patas de carnero en vez de piernas y cola, sin ropa y andares algo zigzagueantes.
El desconocido le chistó.
—No grites —pidió con dificultad y aliento a vino.
«¿Está borracho?», pensó la muchacha al oírle hablar con apuros. Intentó moverse pero sentía su cuerpo pesado y el ser ejercía más fuerza de la que ella, en complicada postura, podía contrarrestar. «Chicos, venid pronto, que no me da buena espina nada de esto».
* * *
Owen, habiéndose quedado solo, sin plantearse siquiera quedarse atrás, siguió a Erwin cuando el dolor fue disipándose y se vio con fuerzas para seguir.
El terreno, complicado y traicionero, le hizo variar la ruta, sin saber que, bajo sus pies, un peligro mayor lo acechaba.
Con un paso en falso, cayó a un foso; un pozo que parecía natural aunque fue utilizado para retener a uno de los seres más peligrosos, un engendro que ni los otros monstruos deseaban tener cerca.
* * *
Haku, que había alertado al resto de sus compañeros, acompañó a Alish, Einar y Ligia por el sendero que Erwin tomó para ir en busca de su hermana. A mitad de camino, Reidar se plantó ante ellos. Alish se acercó al grifo y le acarició el pico mientras lo escuchaba atenta.
—Tenemos que dividirnos —dijo la muchacha—. Owen ha ido tras Erwin, que lo había dejado atrás y ha caído a un foso.
—¿Será broma? —gruñó Einar molesto.
—Einar, te vienes conmigo —indicó Alish—, Haku y Ligia, por favor, acompañad a Reidar y ayudad a Owen.
—Por mi honor que lo traeré de vuelta —respondió Haku haciéndole una sutil reverencia con la cabeza.
—Llevadlo al campamento —ordenó Alish antes de retomar la marcha—. Podría haberse hecho daño y es mejor que esté en un lugar seguro.
El grupo se dividió; Alish y Einar apresuraron su andar hacia el centro del bosque, Haku y Ligia montaron sobre Reidar hacia la parte norte de la floresta.
* * *

Owen se levantó con el cuerpo dolorido. Había caído sobre una acumulación de tierra y hojarasca que, por fortuna, suavizaron el impacto contra el suelo.
La poca luz que lograba penetrar entre los árboles, iluminaba tenuemente el recorrido de caída. El resto de la cavidad estaba a oscuras, impidiéndole ubicarse o hallar un camino por el cual tirar y buscar otra salida.
Se quedó sentado, respirando hondo para calmarse y pensar en una solución. Una voz llamó su atención. Al fondo, vio encenderse una luminaria. Un recorrido de fuego se prendió invitándole a adentrarse al pasadizo.
—Ni loco me acerco —suspiró inquieto—, huele a trampa.
Pero un sonido tras él lo alertó de que no se encontraba solo. Un gruñido le hizo recapacitar, así que decidió acercarse a la fuente de luz para, por lo menos, ver a su alrededor y tener, aunque fuera mínima, una oportunidad de defenderse.
«Mierda, esto es justo lo que quieren que haga», pensó nervioso. Se acercó cojeando al pasillo iluminado. Vio el canal de aceite prendido, que alumbraba la zona hasta una sala, a la cual no sabía si acercarse o no; «Quedarse aquí es mala idea; no tengo espacio de maniobra. Adentrarse es peor idea; me quieren llevar a una emboscada», caviló sin lograr decidirse.
El ser que lo acechaba por la espalda se movió en la entrada del pasillo, sin dejarse ver, pero haciendo el suficiente ruido como para que Owen entendiese que su deseo era que siguiera con su camino. Así pues, viéndose obligado, prosiguió con paso torpe, acercándose así a un incierto destino.
* * *
Shirley contempló como el suelo del bosque iba desapareciendo; adoquines, estropeados por los siglos, empezaron a asomar bajo los pies de su captor, que canturreaba una animada melodía.
La joven alzó la vista tanto como pudo, viendo a su alrededor una ciudad abandonada y en ruinas. Por el aspecto de los edificios, aquella urbe era más antigua de lo que podía haber pensando. «Anterior a la llegada de los falsos dioses», caviló al ver en el suelo un viejo mosaico; el dibujo mostraba el Árbol de la Vida y a los Ocho a su alrededor, en la copa del árbol, aunque muy deteriorado, se podía intuir un ave gigante; «De nuevo el simurgh».
La muchacha fue llevada al interior de un viejo templo; base rectangular, rodeado de columnas exteriores, una pared casi derruida en su totalidad, otra tanda de columnas y al fondo lo que un día fue una estatua, la cual ya era irreconocible por su mal estado. La luz del sol se colaba entre los boquetes que había en el tejado.
El ser dejó a la chica, con poco tacto, sobre una agrupación de cojines; de seda y terciopelo. Al fin pudo contemplar a su raptor.
—Un… un sátiro —masculló inquieta.
El ser, se acercó a una mesa y agarró un par de jarras de cerámica hasta que encontró una en la que aún quedaba algo de vino. Shirley lo contempló desconfiada, atenta a cada movimiento que él hacía.
—¿Quieres? —le preguntó tendiéndole la jarra.
—No, gracias —bufó con enfado.
—Qué humos… —exclamó antes de eructar.
—Por los dioses, qué desagradable —mascullo con gesto de asco—. ¿Se puede saber que quieres de mí?
—Que te unas a la fiesta —sonrió antes de darle otro largo trago al brebaje, el cual terminó bañando al ser.
Shirley se miró la mano cuando intentó conjurar su magia, pero no lo logró.
—¿Cómo es posible que no pueda usar mis poderes?
—Sería molesto que te intentaras resistir, así que los anulé con la poción que te lancé antes de atraparte. —Siguió en otra búsqueda entre jarras hasta hallar otra llena.
«Esto es un contratiempo importante. Sin poderes no puedo escapar, pese a la borrachera constante será más rápido que yo, y es mejor no enfadarlo. Piensa… ¿Cómo puedo librarme de este tipo?».
Antes de poder seguir con sus pensamientos, un grupo de voces le llamó la atención. Del fondo del templo empezaron a aparecer varios sátiros más. Sus aspectos eran poco agradables; gestos rudos, orejas de punta, un par de cuernos, narices chatas y mucho pelo.
El más anciano se acercó a la muchacha.
—Parece una buena elección —sonrió el ser haciendo un gesto con la mano para que le acercasen algo; otro le tendió una copa de vino.
—¿Elección? ¿Para qué? —preguntó la chica inquieta y molesta.
—Para llamar a nuestro señor —respondió el sátiro con claros signos de embriaguez.
—¿Co… cómo pretendéis llamarlo? —El temor le recorrió el cuerpo.
—Ofreciéndole tu cuerpo.
—¡¿Me queréis sacrificar?! —se alteró—. ¡No me pienso dejar matar!
—No, no, no; nada de muertes —le rectificó el ser pidiendo más vino—. Le vamos a mostrar que eres una buena mujer hecha para ser tomada.
—La madre que os… «Chicos, por los dioses, venid ya, que no deseo participar en esta fiesta».
* * *
Erwin llegó a las ruinas de la ciudad. Todo parecía tranquilo. El joven se adentró por una callejuela con cautela, procurando ver sin ser visto. Sus pasos lo condujeron hasta un callejón sin salida, que terminaba en lo que, un día, fueron unos baños. Viendo que las paredes habían decido, decidió adentrarse para cruzar un gran boquete y así no tener que dar media vuelta.
Cuando llegó al interior, tras cruzar un par de filas de columnas y lo que quedaba de la puerta, vio que su decisión no había sido acertada; en el centro, donde antes había habido agua, ahora dormía un grupo de mujeres; jóvenes, vestidas con túnicas que antaño habían sido blancas, rematadas con pieles de ciervo. Sus cabellos negros lucían mal recogidos y decorados con coronas de hojas de vid. Sus pieles eran blancas, menos en las pies, los cuales se veían repletos de mugre por andar descalzas.
Erwin miró el agujero de la pared; «Si logro pasar sin hacer ruido acortaré camino», se dijo. Prosiguió con su idea, silencioso y cauto, hasta que sintió como una mano le tocaba el hombro un par de veces. Al girarse sintió como una hoja afilada le rasgaba la carne del brazo. El joven emitió un grito de dolor.
—¿A dónde vas? —preguntó una de la jóvenes con una sonrisa traviesa. Lamió la sangre de la daga con gesto erótico, dejando ver cómo le excitaba la situación—. ¿Por qué no te quedas a jugar?
* * *
Owen llegó a la sala donde sabía le esperaba algo poco amigable.
La caverna era amplia. El canal para el aceite, se perdía hasta el fondo de la sala, donde brillaba una gran hoguera redonda, que iluminaba toda la estancia. El lugar, de planta redonda, fue excavado y creado como templo mucho tiempo atrás. En las paredes pulidas y que rodeaban la caverna, antaño, se pintaron frescos con imágenes de los Ocho, al fondo, tras la hoguera, se podía ver una pintura del Árbol de la Vida. El suelo había sido cubierto por bloques de piedra. Una hilera curva de columnas decoraba el lugar.
El muchacho caminó espada en mano, cauto y desconfiado. Al adentrarse a la sala, comprobó con asombro decenas de estatuas de piedra; se extrañó por sus posturas y sus gestos de terror.
Al pisar sintió como la losa bajo sus pies se movió; miró al suelo, viendo un símbolo que había visto antes; «Gorgonas», pensó inquieto, recordando haber leído sobre ellas en un libro que Shirley le había prestado.
A sus espaldas, rompiendo el tranquilo sonido del crepitar del fuego, un espeluznante siseo puso en tensión al joven. Una sombra se alzó en la pared del fondo, indicando que el joven había caído en la trampa.
Recordando lo que había leído, cerró los ojos y sostuvo su arma con fuerza. A su alrededor oyó a los seres moverse entre las estatuas. «Estoy perdido», pensó con terror; «Sólo espero que Erwin haya encontrado a Shirley y que ella me perdone».
Ante él sintió un aliento cálido y decenas de serpientes siseando.
—¿Por qué no me muestras la belleza de tus ojos? —preguntó una voz femenina, seductora y a la vez inquietante.

#38

Capítulo 40.2

Si pensarlo, Owen blandió su espada esperando alcanzar al ser, pero sólo sintió el aire moverse a su alrededor. El enemigo se colocó tras él, le acarició el brazo hasta llegar a la mano que sujetaba la espada.
—No necesitas esto.
Owen se giró y atacó con similar resultado.
«Demasiado rápida», maldijo.
—¿No deseas ver a una de las mujeres más bellas del mundo? —preguntó con burla.
—Siento ser tan descortés, pero mis ojos ya han contemplado a la mujer más bella, y luego me casé con ella —bromeó nervioso.
—¡Pero quiero que me mires! —espetó el ser abalanzándose contra él, clavándole las uñas en la cara intentando obligarle abrir los ojos.
Owen logró zafarse hiriéndola con la espada. Cuando el ser se separó, el joven no contempló otra solución; agarró una daga que portaba en el cinturón y se rasgó la cara, dañando los ojos, gritando de dolor, dejando caer la hoja.
—Antes de mirarte… prefiero quedarme ciego —respondió con dificultad, pensando que por lo menos, si moría, no quedaría olvidado como una eterna estatua dedicada al dolor.
—Si no puedes verme… ¡Te haré sufrir! —exclamó golpeando al muchacho, que cayó entre las estatuas, chocando contra una.
«Maldita mi estupidez», se reprochó intentando ponerse en pie, sintiendo como el dolor del cuerpo se le clavaba hasta lo más profundo.
Notó como las fuertes manos del engendro lo agarraban y lo lanzaban, cayendo contra el suelo con fuerza. Segundos después se puso encima y le sujetó la cara con una sola mano, agarrando la barbilla con fuerza, desgarrando la piel con sus uñas.
—Tus ojos quizá no vean, pero aún pueden saber bien —sonrió maliciosamente.
Owen gritó al sentir el intenso dolor. Agarró la muñeca del ser en vano, ya que no tenía fuerza suficiente para impedirle que le arrancara el ojo derecho, el cual se metió en la boca; lo saboreó y lo masticó con calma. El joven, cayendo presa del dolor, empezó a perder el sentido, aún así, pudo notar cómo le hurgaba en la cuenca izquierda, sacando el otro ojo, riendo satisfecha.
Antes de poder metérselo en la boca, una ráfaga de aire le cortó la mano, que cayó al suelo emitiendo un sonido metálico. El suelo se partió. El ojo cayó.
—¡Malditos seáis! —exclamó la fiera furibunda.
Ligia y Haku no le dieron tiempo a nada; viendo a su compañero en el suelo malherido, ni deseaban conversar ni alargar la lucha.
Haku, con gran rapidez, invocó su magia de aire; las cuchillas despedazaron al ser, que cayó muerto al lado de Owen.
Ligia corrió junto a su compañero, que balbuceaba una sola frase mientras se perdía en el dolor:
—No le miréis a los ojos.
Haku contempló el panorama; las estatuas de piedra no solamente eran de humanos, entre ellas había otros seres, como orcos, elfos y ninfas.
—Hay que llevarlo con Alish y Shirley —indicó la niña contemplando el mal estado de Owen. Miró a su lado y vio el ojo arrancado, el cual envolvió en una burbuja de agua que desapareció—. Quizá puedan hacer algo con sus poderes —masculló inquieta.
Ligia le indicó a Haku que se acercara. Una vez los tres juntos, la chiquilla abrió bajo ellos un portal para aparecer fuera, junto a Reidar, que esperaba paciente a su regreso.
—Cambio de planes —le indicó la niña al grifo—, tenemos que llevarlo junto a Alish ahora.
Haku, con la ayuda de Ligia, cargó a Owen a lomos del animal.
El reducido grupo emprendió la marcha hacia el interior del bosque, esperando encontrar pronto a su compañera.
Mientras, en un lado de la ciudad, un edificio estalló en llamas, alertando a los sátiros, despertando en Shirley una luz de esperanza.

#39

Capítulo 41.1

Erwin se vio rodeado por las mujeres; salvajes y agresivas lo amenazaban con sus gestos depravados y dagas.
—¿Podemos divertirnos con él antes de matarlo? —preguntó una de ellas.
—Seguro que no puede con todas —se burló otra.
—A mí me gusta —exclamó otra con voz pasional, acercándose a la mujer que había atacado al joven, rodeándola por detrás y acariciándole el cuerpo con lascivia—. Podríamos ver si está bien dotado —rió.
—Yo prefiero destriparlo —gruñó la anterior rasgándose ella misma el brazo con su cuchillo.
Erwin sonrió; sus ojos se ensombrecieron, dejando a la vista su malicia.
—Lamentándolo mucho, hermosas, prefiero veros arder.
Una gran explosión hizo temblar la ciudad. El estruendo hizo que el templo donde se encontraba Shirley se tambalease, cayendo cascotes, llegando a aplastar a unos pocos sátiros.
—Hermano… —masculló la joven sintiendo la esencia de Erwin.
—Las ménades… Provenía de su zona —se alteró uno de los seres.
—Dejad que me vaya —exclamó Shirley viendo como el temor se apoderaba de sus captores—. La persona que ha venido a buscarme no se lo pensará dos veces antes de haceros daño.
—¡Empezad con el ritual! —ordenó el anciano—. Nuestro señor vendrá y nos salvará.
—¡¿Qué?! ¡Ni se os ocurras tocarme! —estalló la chica poniéndose en pie—. No hagáis que os mate.
—Aún no tienes tus poderes —le recordó otro sátiro acercándose.
—Pero él sí —indicó señalando la parte delantera del templo.
Erwin los contemplaba sonriente, con un brillo sombrío en sus ojos verdes.
—¿Estás bien? —le preguntó a su hermana.
—Ahora sí —respiró aliviada.
—La fiesta termina aquí —indicó desapareciendo envuelto en aire, apareciendo ante Shirley, alejando a sus captores con una fuerte ráfaga de viento.
Las llamas se esparcieron con rapidez. El fuego, nacido del joven, devoró a los sátiros con furia, haciendo desaparecer hasta los huesos. Luego abrió un camino entre las llamas y agarró la mano de Shirley, tirando de ella para que caminara.
La muchacha aún seguía impresionada por como su hermano había terminado con los sátiros sin contemplación.
—¿No crees que te has excedido? —preguntó viendo como el fuego terminaba de destruir lo que quedaba del templo.
—No estoy para estas mierdas —exclamó con ira—. Podrían haberte hecho cualquier cosa.
La muchacha miró su mano.
—Sigo sin mis poderes —bufó molesta—. Espero que se pase pronto el efecto.
—¿Cómo te dejaste capturar tan fácilmente?
—¡Ay! ¡Owen! ¿Cómo está? —preguntó alterada.
—Lo dejé a la espera de Alish y los demás, estaba bien cuando…
—Gracias por venir —exclamó colgándose del cuello de su hermano en un fuerte abrazo.
—¿Qué otra cosa podía hacer? —suspiró más tranquilo—. Pero deberías ir con más cuidado, ¿vale?
Shirley sonrió y asintió.
—¡Chicos! —Se oyó al final de la calle.
—¡Alish! —Shirley corrió junto a su amiga.
—¿Estás bien? —preguntó preocupada.
—Gracias a Erwin, sí —sonrió animada—. Llegó a tiempo de que empezara una mala fiesta de sátiros.
—¿A qué te refieres?
—Digamos que les gusta mucho el vino y el fornicio, y que a mí no me iban a dar vino —indicó incómoda.
—Deberíamos volver —sugirió Einar.
En ese instante, se oyó a Reidar sobre ellos. El grifo aterrizó.
—Ayudadle —pidió Ligia con nerviosismo.
Al ver a Owen todos se inquietaron. Einar lo bajó de lomos de Reidar y lo tendió en el suelo. Shirley se cubrió la boca con las manos al verle el rostro. Erwin la abrazó en un intento inútil por consolarla. Ella apartó a su hermano y se arrodilló junto a su marido. Le agarró la muñeca.
—Aún tiene pulso —indicó intentando recobrar la serenidad.
—Deja que lo haga yo —le pidió Erwin, sabiendo que iba a examinar el rostro del joven.
Ella negó y se acercó.
—Sus… ojos… —tartamudeó.
—Aunque le cure no volverá a ver —se lamentó Alish dispuesta a sanarlo.
—¿Y si quedase uno? —preguntó Ligia—. A Erwin le cambiaron el corazón, pensé que con magia se podría… —Mostró la burbuja de agua con el ojo dentro.
—Dioses… Bien hecho, pequeña —le felicitó Erwin—. Pero Shirley ahora no tiene sus poderes…
—Lo haré yo —dijo Alish decidida.
—Deberás concentrarte mucho —advirtió Shirley preocupada—, sanarle primero el ojo interiormente, porque si no se hace bien, si queda cicatriz…
—Ya, ya; lo dejaría ciego igual. —Alish utilizó sus poderes para poder introducirle el ojo de nuevo a su compañero.
—Dioses, sus pulso es débil —masculló Shirley angustiada.
—Todo irá bien —masculló Alish esforzándose en la tarea.
Todos contemplaron como el lado izquierdo era sanado. Alish logró dejarle esa parte del rostro curado por completo, sin marca alguna. Pero en el lado derecho, ya con sus poderes al límite, sólo pudo cerrar la herida.
—Detente —le suplicó Shirley cogiéndole la mano.
—Pero…
—Ya has hecho suficiente —le indicó con ternura.
Alish detuvo el fluir de su magia. El cansancio se apoderó de ella; cayó de lado, teniendo que ser sujetada por Einar.
—Se ha dormido —suspiró inquieto.
—Ha consumido demasiado poder en estos días —se lamentó Erwin—. Le terminará pasando factura.
—Llevémosles al campamento —musitó Shirley acariciando el rostro de Owen.
El sol empezó a desaparecer cuando llegaron al campamento. Einar se quedó con Alish en una tienda, Shirley con Owen en otra. Erwin, Ligia y Haku aprovecharon para comer.
A media noche Shirley despertó al sentir a Owen moverse.
—Al fin recobras el conocimiento —suspiró aliviada.
—Estoy… —Seguía ido. Se incorporó con dificultad, sintiendo un gran dolor de cabeza y por la espalda.
—Despacio… Alish te ha sanado todo lo que ha podido, pero aún no estás bien.
—¿Sigo vivo?
—De milagro —le indicó acariciándole la mejilla.
El muchacho se tocó el lado derecho del rostro, luego contempló sus manos.
—Puedo ver…
—Ligia salvó tu ojo izquierdo y Alish lo sanó. —Le hizo mirarla tirando de la barbilla—. ¿Qué diantres ha pasado?
—Fui a buscarte y caí por…
—Sí, eso ya lo sé. Ligia me contó que te salvaron de una Gorgona. ¿Pero en qué pensabas para moverte tú solo por ahí?
—En ti. En vosotros —le susurró apoyando la cabeza en el hombro, posando la mano en vientre de su esposa, que lo abrazó con ternura.
—No vuelvas a asustarme de semejante manera, nunca, jamás…
—No pensé lo que hacía, lo lamento.
—Deberías comer algo —sugirió amable, deseando cambiar de tema para que él dejase de torturarse.
La muchacha le ayudó a salir. Erwin, que estaba de guardia, los miró con frialdad.
—¿No tendría que descansar? —preguntó dándole un trago al pellejo de vino.
—¿Y tú no deberías dejar beber mientras vigilas? —le reprochó su hermana.
—Al que intente quitarme el vino lo mato —masculló molesto.
—No olvidarás tus penas así.
—Ni tú me ayudas metiéndote donde no te llaman.
—Imbécil.
—Pesada.
—Chicos, por favor… —Owen se sentó con cuidado y pesadez—. Me duele la cabeza, ¿podéis discutir en otro momento?
—¿Te duele mucho? —Shirley se colocó a su lado, con ternura le acarició la mejilla.
—Lo puedo soportar —respondió con una sonrisa.
—Shirley… —Erwin la miró con seriedad.
—¿Qué quieres? —resopló desganada mientras le acercaba a Owen algo para que comiera.
—Quiero que rompas el pacto con Kulde; deja de ser una Guardiana.
Owen y Shirley lo miraron desconcertados.
—Pero… ¿Qué clase de petición absurda es esa? —logró decirle su hermana.
—No voy a permitir que acompañes a Alish hasta el final —indicó con una mirada fiera.
—Ni que tú pudieras decirme lo que puedo o no hacer.
—Te quedarás con Owen lejos de todo —insistió malhumorado, luchando por mantener la calma.
—Erwin, me estás enfadando —le advirtió con paciencia—. No entiendo a qué viene nada de esto, pero olvídate de esa idea.
—Viene a que quizá deberías haber pensado mejor el acostarte con Owen —le exclamó con enfado—. ¿Crees que voy a dejar que te expongas a más peligros en tu estado?
—¡Owen! —Shirley lo miró reprochándole no haber guardado el secreto.
—A él no le reprendas —prosiguió Erwin con enfado—. ¿Te crees que después de lo de hoy, voy a permitirte que sigas como si no pasara nada?
—Sé cuidar de mí.
—¡Os podrían haber matado! —estalló airado—. Debiste haberlo dicho, debiste ir con más cuidado… Romperás el pacto y punto.
Antes de que Shirley replicase, Owen le agarró la mano con cariño.
—Yo… Siento decirlo así pero… Shirley, por favor, haz caso a Erwin.
—Pero no puedo dejar mi lugar como Guardiana, Alish me necesita. No podemos dejarla sin…
—Y no se quedará sin su Guardián —interrumpió Erwin—. Como tu hermano mayor, he de protegerte en estas circunstancias.
—¿Estás diciendo de ser tú? —Shirley lo miró con recelo.
—Por la mañana hablaremos con Alish y solucionaremos este asunto —puntualizó dando por zanjada la conversación.
Lo muchacha lo miró con rabia.
—Shirley, cariño —dijo Owen dulcemente—, ¿podrías luego ayudarme con el dolor?
—Sí, claro —respondió volviendo a un tono amable.
—Come algo, también lo necesitarás —le pidió Erwin tendiéndole un bol de caldo.
La noche transcurrió tranquila y silenciosa. Por la mañana, Erwin había dejado preparado el desayuno mientras descansaba, relevado por Einar, que había dejado a Alish descansar un rato más. Shirley y Owen, tras cenar y dormir un poco más, se acomodaron alrededor de la hoguera junto a Haku y Ligia.
Cuando Alish salió de su tienda, Owen despertó a Erwin en contra de las peticiones de Shirley. Los hermanos discutieron al margen de sus compañeros, y Owen, agotado, habló sin esperar a que Shirley diera su brazo a torcer.
—Alish, ¿podrías pedirle a Kulde que escogiese a Erwin como Guardián?
—¡Owen! —Shirley fue a recriminarle cuando Erwin la mandó callar con enfado; todos se sorprendieron cuando la joven agachó la mirada y obedeció.
—Me gustaría conocer los motivos de tal petición —indicó Alish extrañada.
Owen empezó a hablar cuando Shirley le interrumpió:
—¿Es buena idea decírselo? Ella…
—Alish no es de cristal, y debe saberlo —bufó Owen impaciente—. Shirley está en cinta, y no quiero que esté presente ante Padme como Guardiana.

#40

Capítulo 41.2

—Dioses… —susurró Alish sorprendida. Quedó en silencio unos segundos hasta que asumió las palabras de su amigo—. ¡¿Cómo no se te ha ocurrido decirlo antes?! —espetó molesta.
—¿Por qué tanto enfado? —gruñó Shirley sintiéndose atacada.
—Debiste avisar. —Alish suavizó el tono al percatarse del de su amiga—. No estamos en condiciones de mantener secretos así. Tampoco quiero exponerte a nada que te deje exhausta, ahora debes cuidarte.
—Después de desayunar invoca a Kulde para el cambio de Guardián —intervino Erwin sin paciencia, poniéndose en pie y marchándose bordeando el lago.
—Alish, ¿estás bien? —preguntó Shirley—. No quería molestarte con la noticia.
—No seas tonta. —Alish se abalanzó sobre ella en un fuerte abrazo—. Estoy tan feliz por vosotros —le susurró con cariño, sonriente y animada. Luego se apartó y miró al matrimonio con curiosidad—. ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Cuánto tiempo tiene? —preguntó tocando el vientre de Shirley entusiasmada.
—Una semana —respondió Shirley aliviada de que Alish no tuviese en mente su más doloroso recuerdo—. Sentí como mi propia magia se unía a otro centro mágico, así que sólo podía ser que hay un futuro mago en camino —sonrió feliz.
—Cuidaremos de ti y del futuro padre —indicó Alish radiante—. Ahora sí que no puedo fallar, tengo que lograr un mundo seguro para esa criatura —exclamó con firmeza.
—Siento que tenga que pedirte que apartes a Shirley de todo —dijo Owen apenado, sabiendo que su esposa era un gran apoyo para Alish en batalla.
—No hay que disculparse de nada. —Alish se puso en pie—. Iré a decirle a Erwin que acepto la petición, que luego le preguntaremos a Kulde y haremos el cambio.
—Está muy enfadado —le advirtió Shirley—. Es tan protector…
—Eres su hermana, ¿no es lo normal? —Alish se alejó sonriente.
—Bueno, por lo menos está contenta —suspiró Einar aliviado.
—¿Y tú? —le preguntó Shirley.
El joven se levantó con el pellejo de vino en la mano y se sentó entre ella y Owen, posando el brazo sobre los hombros de su compañero.
—Tío Einar va a brindar con el padre —sonrió animado tendiéndole el alcohol.
—Tía Ligia quiere celébralo también —dijo la niña extrañando a todos por su intervención y sus ánimos.
—Dale un trago —le dijo Einar señalando al vino.
—¡Es muy joven! —espetó Shirley en contra.
—Es un momento especial —exclamó Einar animado.
—Lo que te espera —susurró Shirley acariciándose el vientre—. Es una familia de locos, pero es lo que hay…
Mientras en el campamento seguían con la improvisada celebración, Alish llegó junto a Erwin, que se había sentado al borde del lago.
—Se palpa el mal humor —bromeó la chica sentándose a su lado.
—Me crispa su insensatez.
—¿Y…?
—Estoy cansado —suspiró.
—Pues descansemos —sonrió con ternura.
—¿No tenías prisas?
—Owen necesita reposo, Shirley ha de sanarlo del todo y necesitará también descanso, yo estoy agotada física y mentalmente… Creo que es buen momento para darte un respiro.
—Ya, claro, darme a mí un respiro —sonrió junto a un suspiro—. Pues para empezar… —se puso en pie y empezó a quitarse la ropa.
—¡Erwin! ¡Eres un descarado! —le gritó apartando la vista.
Cuando oyó el sonido del joven contra el agua lo miró con reproche.
—¡Está helada! —exclamó sonriente.
—Debería llevarme tu ropa por exhibicionista y dejar que andes desnudo por ahí.
Erwin se acercó al borde del lago, cruzó los brazos sobre la hierba, posó la cabeza sobre ellos y la contempló en silencio.
—Deberías meterte.
Ella se tumbó ante él, imitando el gesto, cruzando los brazos y apoyando la cabeza, quedando cara a cara, muy cerca de él.
—No voy a picar.
—Es una pena —sonrió—. ¿Y un beso?
—Pero no te acostumbres —le pidió plantándole un pequeño y corto beso en los labios.
—Vaya, no pensé que funcionaría —sonrió pillo.
—Sólo es una expresión de cariño, algo que sigo sintiendo por ti pese a ser un dolor de cabeza —indicó risueña.
—Gracias… —suspiró acomodando la cabeza y cerrando los ojos. Todo el estrés fue desapareciendo con cada caricia que Alish le regalaba sobre sus cabellos mojados.
Otra mañana se perdió en un tiempo de descanso, algo que todos necesitaban antes de que todo terminase, ya que el futuro era incierto y sobrevivir al último encuentro con Padme una pequeña posibilidad.
«Quiero que os llevéis de mí buenos recuerdos, aunque mi alma os acompañará, ocurra lo que ocurra…».

#41

Capítulo 42.1

Tras el desayuno, Alish, cumpliendo la petición de Erwin y Owen, invocó a Kulde.
—La Hija me ha llamado. ¿Qué desea la Hija?
—Primero, que me llames Alish. Segundo, desearía pedirte que cambies el pacto con el Guardián; de Shirley a Erwin.
—Si es el deseo de la Hija.
Alish gruñó.
—No ha entendido lo del nombre —le susurró Einar con burla.
Kulde posó la mano sobre de pecho de Shirley. Una intensa luz nació del interior de la muchacha, que se quejó al sentir escaparse parte de sus poderes. A la misma velocidad que el Espíritu retiraba su esencia, el aspecto de la chica fue cambiando; su pelo marfil empezó a brillar de un claro castaño con tonos ámbar, sus ojos de plata se iluminaron con un suave verde y su piel fue recuperando un tono más rosado, despidiéndose de la extrema palidez. Cuando la magia fue retirada por completo, Owen sujetó a Shirley antes de que ésta cayera. Segundos después traspasó sus poderes a Erwin, el cual sintió un intenso frío en su interior, tan fuerte que le dolía. Al igual que su hermana, fue perdiendo su aspecto, pareciéndose al que Shirley había lucido toda la vida. Cuando Kulde terminó, Erwin clavó una rodilla en el suelo, luchando por controlar el frío y el gran poder que sentía recorrerle su interior.
—¿Estás bien? —le preguntó Alish acuclillándose ante él.
—Sí —dijo sin sonar convencido—. Creo…
—Shirley lo aguantó de pequeña, no seas tan quejica —bufó Einar, llevándose una mirada de reproche por parte de Alish.
—Gracias, Kulde, puedes retirarte —indicó Alish. El Espíritu desapareció.
Owen se perdió en su tienda con Shirley para descansar junto a ella. Erwin se quedó dormido junto al fuego cuando logró dejar de temblar por el frío que recorría su cuerpo. Ligia y Haku se separaron para jugar con Reidar, que parecía aburrido al estar tanto tiempo en el mismo lugar.
—He pensado que podríamos ir al Templo —indicó Alish a Einar.
—¿No querías descansar?
—Sí, y podría hacerlo después de pactar.
—Ahora, ¿a qué se deben esas prisas?
—Todos estás descansando; están tranquilos. Vayamos sólo los dos. Luego podremos tomarnos un tiempo y pensar en el siguiente paso.
—Sabes que deberías ir con Shirley por si…
—Lo sé, lo sé…
—¿Qué ocurre? ¿Te aburres?
—No, y no voy discutir más; me voy, me acompañes o no.
Einar suspiró vencido.
—Eres imposible.
—Ligia, Haku —los llamó Alish—, hacedme el favor de cuidar de todos. Nos vamos a dar una vuelta, necesito despejarme.
«Cuando quiere miente muy bien», pensó Einar con desgana.
—Tienes mi palabra —indicó Haku con solemnidad.
—Id con cuidado —pidió Ligia.
—Volveremos pronto —se despidió Alish emprendiendo la marcha junto a Einar.
La pareja recorrió el camino por el bosque hasta llegar a las ruinas de la ciudad. El fuego provocado por Erwin se extinguió durante la noche, ya sólo se vislumbraba una pequeña columna de humo.
Alish anduvo buscando la magia, la esencia del Templo y su Espíritu. Einar la seguía en silencio, odiando que ella no se detuviese un segundo a descansar, aunque sabía que había algo más.
—Allí —indicó ella señalando un pequeño edificio medio derruido—. Creo que la entrada está ahí.
—Aún estamos a tiempo de regresar.
—No. —Retomó el paso.
Einar suspiró y la siguió aguantándose las ganas de sonsacarle.
Llegaron al edificio. Pasaron entre las piedras; partes de las columnas, paredes o tejados derruidos. Contemplaron el lugar, de planta cuadrada, había sido decorado con mármol, en el centro se podía ver lo que quedaba de un mosaico, el cual mostraba el símbolo del elemento del Templo, aún quedaban algunas columnas en pie y al fondo, a causa del derrumbe de la pared, vieron una entrada. Alish se acercó con decisión, comprobó que era un acceso secreto, tapiado siglos atrás. Einar le indicó que se apartara; tras varias patadas, otro trozo de pared cayó.
Recorrieron el pasadizo que los llevaba al Templo. Al llegar al final del pasillo contemplaron con sorpresa que había un portal mágico. Alish le hizo ademán al joven para que siguiera andando. Cruzaron el mágico pórtico. El aire frío los alcanzó con fuerza. Habían aparecido en la cima de una montaña. El cielo gris les dio la bienvenida con algunos relámpagos. La cúpula se alzaba ante ellos, dentro, como costumbre y a la vez como novedad, se encontraba un sarcófago, pero sin cuerpo.
—Era el Padme… —susurró Alish sintiendo opresión en su corazón y un vuelco en el estómago.
Einar miró a su alrededor, comprobando que no había nada más que vacío.
La muchacha se encaminó a su destino, pero él la detuvo.
—Sé que no es necesario decirlo pero…
Alish le agarró la mano con cariño y la besó.
—Iré con cuidado. Volveré pronto.
Lo soltó y atravesó la barrera. Dentro, sintió como una invisible corriente le recorría el cuerpo. Una voz retumbó en la nada, entre el estruendo de los truenos.
—Tú… ¿Cómo osas presentarte ante mí? —El Espíritu se mostró; un ser de contorno humanoide, creado por electricidad, sin rostro claro. Su cuerpo era grande, imponente. La atmosfera que se creó a su alrededor incomodó a Alish.
—Vengo a pactar.
—¡Largo!
—Necesito el pacto.
El ser, viendo que la muchacha no desistiría atacó con rabia. Sus rayos casi alcanzaron a Alish, la cual logró crear una barrera que la protegió.
—No voy a pactar contigo. ¡No volveré a postrarme ante ti!
«¿Volver a postrarse ante mí? Me está confundiendo con Padme», pensó molesta. Mientras que el ser despotricaba con enfado, Alish atacó, uso la roca que la rodeaba para acometer contra el enemigo. El Espíritu destruyó las piedras nacidas del suelo, las volvió polvo. Acumuló su poder y volvió a atacar; la barrera de la muchacha cedió ante el gran poder de su oponente, que a diferencia de los otros Espíritus, pretendía acabar con la vida de su rival.
Alish logró desviar medio metro el ataque utilizando la roca para protegerse; los rayos chocaron con fuerza contra el suelo, estallando, lanzando a la chica unos metros antes de impactar contra el ataúd; ahogó un grito de dolor. Cayó al suelo sujetándose el costado con el que había impactado. «No podré vencer así, esto es más que una prueba, me está intentando matar». Su respiración era costosa, el costado le dolía más de lo que lograba aguantar. Se sanó lo suficiente como para resistir unos minutos más, pero no veía claro el poder soportar mucho más.
El ser volvió a la carga, lanzó, uno tras otro y sin descanso, decenas de rayos eléctricos, los cuales intentó detener con otro escudo, pero, al igual que el anterior, cedió, y se vio alcanzada por los ataques. La muchacha fue despedida en el aire. Cayó al suelo inconsciente.
—Esta vez te mataré —gruñó él a punto de darle el golpe de gracia.
Einar contempló, atónito y aterrado, como el Espíritu cargaba en su mano una esfera eléctrica.
—¡Detente! —gritó alterado, temblando al ver que nada podía hacer por su amada—. ¡Basta! ¡Alish, despierta! ¡Alish!
Con gesto de ir a lanzarla, el ente se vio frenado; unos ojos enfurecidos lo contemplaron entre él y la joven.
—¿Por qué te interpones? —preguntó el Espíritu de Rayo.
—Estás actuando de manera errónea y he de detener seméjate barbarie —exclamó Dverg.
—Ella es todo lo que juramos detener. ¡Es pura oscuridad!
—Te estás confundiendo, Lyn.
—No voy a dejar que me utilice como os utilizó a los demás.
—¡Alish no es uno de ellos!
—No aceptaré el pacto, no aceptaré a nadie que se parezca a ella.
—Si tanto deseas vengarte de Padme, ahora tienes ante ti la oportunidad. —Dverg señaló a Alish—. Esta muchacha está luchando por la humanidad; su destino es detener a Padme y revivir el Árbol.
—Padme también nos habló de paz, de luz y de amar a la humanidad, y ahora…
—Padme ya no es la que fue, la muerte y la oscuridad la han conducido a un camino erróneo, el mismo que tomarás tú si sigues con esta desfachatez.
—No logrará vencer.
—No lo sabremos si no la ayudamos.
El resto de Espíritus apareció junto a Dverg.
—Kulde no permitirá que le hagas un daño incensario a la Hija. La Hija debe vivir.
—Lyn, te lo imploramos —suplicó Tjern—, acepta a Alish y terminemos con esta era de caos.
El silencio, roto por los lejanos truenos, reinó entre los Ocho durante unos segundos eternos.
—No ha pasado la prueba.
—Tú mismo has roto las normas —le reprochó Dverg—. Sabes que tenernos prohibido dar muerte a humanos y, aún así, tus intenciones no han sido otras que terminar con su vida.
—Lyn le debe el pacto a la Hija —sentenció Kulde.
El ser eléctrico gruñó molesto.
—Aceptaré su juramento pero… —Respiró con furia—. Os aviso, como ose engañarnos, yo mismo haré que su corazón deje de latir.
Belyst hincó una rodilla junto Alish, posó la mano sobre el pecho de la joven y dejó que su magia fluyera, sanando así a la chica.
—No te arrepentirás —le dijo Dverg con confianza.
—Lo dudo —resopló su compañero.
—Lyn no pondrá un dedo sobre la Hija —advirtió Kulde mostrando por primera vez fiereza en su rostro siempre inexpresivo—. Kulde cuidará de la Hija.
Todos desaparecieron antes de que Alish recobrase la consciencia. Se incorporó sintiéndose libre de dolor. Miró al Gran Espíritu con sorpresa.
—¿Qué ha ocurrido? He… he perdido.
—Haz el juramento.
—No entiendo; he sido vencida, ¿por qué…?
—No fue un combate limpio por mi parte; los Espíritus tenemos prohibido usar nuestro poder para matar a los humanos, así que durante el combate de prueba mantenemos nuestro poder a raya, algo que yo no he hecho.
—Has intentando matarme, vale… Entiendo —suspiró poniéndose en pie—. Entonces, juro hacer pagar a Padme por el gran pecado que ha cometido —dijo con convicción.
—Termina con todo o yo lo haré contigo —exclamó antes de desaparecer en el interior de la chica.
Alish, aún descolocada por la extraña situación, volvió junto a Einar, que la miraba ansioso, a la espera de poder abrazarla. Cuando la muchacha cruzó la barrera, él la rodeó entre sus brazos.
—Casi te mata —musitó tembloroso, aún incrédulo de tenerla frente a él—. Por poco te pierdo de nuevo.

#42

Capítulo 42.2

—Mi Einar… —Le devolvió el gesto lamentando preocuparlo siempre, sentía su corazón partirse al ver y saber cómo sufría su amado—. Era el último, ya…
—¿Alish? —Einar notó como los dedos de su esposa se le clavaban en la espalda, como el cuerpo de la chica se tensaba y empezaba temblar.
Alish gritó. Sus piernas no lograron sujetarla y se desplomó. Einar la sujetaba sin saber qué hacer. De la espalda de la chica surgió una luz, y ahí, justo en su dorso, emergiendo del sello, nacía un gran dolor. En su interior, el gran poder de todos los Grandes Espíritus se acoplaba los unos a los otros junto a la joven. El tormento duró poco, pero para ella fue eterno y muy intenso. Pasados unos minutos recobró el control de su cuerpo.
—Mi Alish…
—Todo está bien —musitó cuando pudo.
Einar, arrodillado, dio la vuelta a la chica y la colocó sobre sus rodillas.
—¿Qué te ha pasado? —Le acarició el rostro, empapado por el sudor.
—Se han vuelto a unir los Ocho, nada más —suspiró agotada—. Quiero dormir…
—Pues descansa, mi Alish. —Le besó la frente y se puso en pie tras acomodarla entre sus brazos. La cargó y se encaminó al campamento; caminó sin prisas, atesorando los últimos momentos que pasaría junto a su amada, pensando en cómo le diría que él no deseaba estar presente en su último combate.
Cuando llegó a destino, Erwin ya había despertado; al ver a su compañero cargando a Alish se puso en pie con inquietud.
—¿Qué ha pasado? ¿Está bien?
—Ha pactado con el último Espíritu. —Einar se acomodó junto al fuego, colocando a su esposa sobre él, abrazándola con ternura, agradecido de sentir sus latidos, de oler su dulce aroma o notar la calidez de su cuerpo.
—¡Pero…! —Erwin suspiró para calmarse y se sentó—. Creí que iba a descansar antes de la prueba.
—Pues no ha sido así.
—Entonces…
—Los Ochos están reunidos y sólo queda ir a por Padme. —Einar contempló el rostro de su amada mientras dormía, recorriendo cada rincón para poder memorizarlo.
—¿Qué piensas hacer?
—Eso es algo que sólo le importa a ella. —Le dedicó una mirada fiera.
—Quédate con mi hermana y Owen.
—Te he dicho que eso lo hablaré con Alish. Déjame en paz. —Se acomodó apoyándose en un tronco tumbado y se quedó callado, acariciando la melena de Alish mientras él también se quedaba dormido.
Alish durmió durante el día entero. El grupo aprovechó el tiempo de descanso para aclarar ideas, para convencerse y prepararse de lo que tocaba en un futuro próximo y para disfrutar de los últimos instantes que pasarían todos juntos antes de que llegara el fin de la aventura.

#43

Capítulo 43.1

Alish despertó al amanecer dentro de la tienda. Se sentía aún cansada, pero agradeció el largo descanso. El dolor había desaparecido, dedujo, así, que su cuerpo había asimilado la unión de los Ochos. Miró a su lado, viendo a Einar durmiendo plácidamente; la cara de tranquilidad arrancó una sonrisa a la muchacha, la cual le acarició la mejilla en un impulso de ternura.
—¿Qué haces? —Einar abrió un ojo.
—Nada —sonrió animada—. Gozaba de la visión que reposaba ante mí.
—¿Qué planeas hacer a partir de ahora?
—Demasiado directo —indicó ocultando su tristeza—. Iremos a Balto, quiero que Shirley y Owen se queden allí; estarán a salvo, algo que me permitirá estar más centrada en mi misión.
El silencio reinó uno segundos.
—Había pensado… —Einar retiró la mirada, respiró nervioso hasta que Alish se incorporó y se colocó sobre él.
—Quédate en Balto.
—Alish, yo…
—Sé que no quieres llegar hasta el final y lo entiendo; no te preocupes —sonrió ocultando sus pesares—. Yo tampoco quiero que estés presente, no podría pedirte que me siguieras para verme… para verme desapa…
Einar la calló con un beso; intenso y triste. Enredó sus dedos entre los cabellos de la nuca, apretó a la joven contra él desesperado por callarla, por no oír lo que había luchado por ignorar. El joven sintió en su rostro las lágrimas de su mujer amada, y sólo logró abrazarla, escondiendo su faz entre la melena de Alish.
—Sólo te pido que te vayas sin despedirte —suplicó él aguantando el llanto—. No podría verte marchar.
Alish no logró responder, su voz se perdía entre los agónicos sollozos que no podía controlar; por segunda vez, debía decirle adiós a su amado, por segunda vez, debía entregarse a la nada para brindarle un futuro al hombre de su vida.
Reunido el grupo y con todo recogido, Alish abrió un portal directo a Balto. Cruzaron para llegar al patio de armas; los presentes se pusieron en guardia hasta que vieron a Alish cruzar la primera.
—Mi señora. —Uno de los guardias se acercó—. Permitid que os acompañe al interior de palacio.
Los aventureros caminaron junto al soldado, el cual les pidió que aguardasen en el recibidor mientras él avisaba a la reina de su llegada.
Minutos después, Rostam apareció por un de las puertas de la derecha.
—Alish, me alegro de verte —musitó con alivio, abrazándola con cariño.
—Te estoy echando mucho de menos —dijo ella devolviéndole el gesto y besándole la mejilla.
Tras separarse, Rostam miró a Erwin con extrañeza.
—Siento decirte que nos ha dejado —informó su compañero con pesar.
—No, dioses… —Rostam negó aguantando las formas. Alish le agarró la mano y apoyó la frente en su brazo.
—Se fue junto a otro gran compañero y su amor —dijo la muchacha reprimiendo el dolor.
—No os esperaba —indicó Kobra rompiendo el momento—. ¿Ocurre algo, Rostam?
—Mi reina —dijo él sin lograr mantener un tono neutro—, un buen amigo no ha vuelto.
Kobra miró a Alish, que se mantenía con la cabeza gacha. Se acercó a ella y la abrazó.
—Todo pasa —le dijo con convicción—. El dolor sólo ha de hacerte más fuerte.
—Gracias. —Alish le devolvió el abrazo, sintiéndose reconfortada.
Cuando la reina se apartó, la miró con una sonrisa sincera, llena de energía y cariño.
—Me alegra teneros de vuelta, y con nuevos compañeros. —Contempló a Ligia y luego a Haku—. A Taiga le gustará ver que su hermano ha pasado a saludar —sonrió—, aunque no lo mostrará.
La broma de la reina hizo sonreír al agotado grupo.
—Mi reina, yo… —Einar le agacho la mirada aún con vergüenza.
—Ve con Alish —respondió la monarca a una petición no formulada—, les alegrara la visita allí donde estén.
—Gracias. —Einar le tendió la mano a Alish, y tras una reverencia con la cabeza a la reina, los dos se apartaron del grupo, dirigiéndose al jardín privado de Kobra.
—El resto, supongo que queréis disfrutar de un buen baño y una deliciosa comida, ¿verdad? —preguntó mirando a Shirley.
—Comida, sí, por favor —exclamó animada.
Kobra contempló la cambiada apariencia de los hermanos.
—Muchas cosas han cambiado —dijo Erwin restándole importancia.
—Rostam, acompaña a nuestros invitados a las habitaciones, y que las doncellas vayan preparando los baños —ordenó la reina—. Mandaré que preparen algo para comer.
Tras agradecimientos y despedidas, el grupo se separó.
Mientras, Alish y Einar se habían sentado en el banco enfrente de las estatuas de Minau, su hermana y Seren.
—Se llamaba Sadira —dijo Einar tras un largo silencio—. Ella iba a ser entregada al Templo de los Oráculos porque tenía el don de oír a los dioses. Debía mantenerse pura y alejada del mundo, pero era demasiado impetuosa como para obedecer las normas —sonrió con melancolía—. Era incontrolable, incluso para Kobra. Era como un pájaro enjaulado, siempre anhelando la libertad.
—¿Por qué me cuentas esto ahora? —se extrañó Alish—. No es que no quiera saciar mi curiosidad, pero…
—Sólo pensaba en que lentamente me estoy olvidando de ella —se lamentó—. No de lo vivido, sino de detalles como la voz, los gestos… —Miró a su amada con pesar—. No quiero que eso ocurra si no vuelves.
Ella le sonrió con cariño, escondiendo su agonía.
—Mi Einar, con que siempre recuerdes que estuve a tu lado mi alma descansará en paz.
—Vamos a la habitación —pidió poniéndose en pie, tendiéndole la mano a Alish, que aceptó y lo siguió.
Se encerraron en su alcoba el resto del día; alejados de todo, al margen del mundo, perdidos en su pequeño universo, atesorando cada segundo juntos, luchando por no caer en la pena, luchando por crear unos últimos recuerdos que pareciesen felices.
A la hora de comer, todos, menos Alish y Einar, se personaron en el comedor privado de la reina. Kobra y Taiga encabezaban la mesa, Haku se sentó junto a su hermano y Ligia, al otro lado, Erwin, Shirley y Owen. Cuando llegó Rostam disculpando a los dos jóvenes ausentes, Kobra le pidió que se sentara a la mesa con ellos.
—Así pues —habló la reina curiosa—, ¿qué planes tenéis?
—Los Guardianes acompañaremos a Alish —respondió Erwin—, iremos al Reino de Viento, a un pueblo costero y de ahí iremos en barco al continente donde vivió el Árbol, o eso ha dicho Haku.
—¿Los Guardianes? —se extrañó.
—Yo y Owen nos quedaremos aquí, y… —indicó Shirley ocultando su pesar, incapaz de acabar la frase.
—Mi hermanita ha de preocuparse del nuevo miembro de la familia —sonrió Erwin feliz.
—Es una gran noticia —añadió la reina—. Pero hay algo más, ¿verdad?
—Einar también se quedará atrás —intervino Ligia con serenidad—. No se ve capaz de ver a Alish morir.
—¡Ligia! —Erwin se enfadó.
—No he dicho que vaya a suceder —remarcó la niña con calma—, pero es lo que él teme y la razón por la cual desea quedarse atrás.
—Si ella no vuelve…
—Owen, calla —le reprochó Erwin.
—Pero pensemos en ello un segundo —prosiguió—; Einar, no hará una locura, ¿verdad?
—Por como actuó la otra vez —dijo Erwin despreocupado—, sí, es probable que se tirase de una de la torres o alguna estupidez así.
—¿Y te parece normal decirlo así? —Shirley le pegó en la nuca.
—No me voy a poner dramático.
—Eres… ¡Dioses! No tengo ni ganas de seguir hablando contigo.
—Yo tampoco es que tenga a Einar en alta estima —intervino Kobra—, pero alguien que ha perdido tanto y aún así ha logrado llegar tan lejos, quizá sea digno de nuestro respeto, al fin de cuentas, no todos seríamos capaces de perder a dos mujeres y dos hijos y mantener la cabeza fría.
—Y no sólo eso —prosiguió Ligia—, también fue capaz de superar lo que Layla le hizo. Sin duda, es un hombre increíble.
—Espero que no haya llegado al límite —susurró Shirley con temor. Ni sentir como Owen le apretaba la mano con cariño, logró calmar su corazón.
Durante todo el día, el grupo se mantuvo junto; pasearon por la ciudad, curiosearon por los mercados, disfrutaron de los espectáculos callejeros e intentaron no pensar en lo que el mañana les deparaba.
Pero el tiempo corrió apresurado, y la mañana llegó pese a las suplicas de que se retrasara.
Alish se levantó de la cama sin decirle nada a Einar. Se vistió y salió de la habitación llorando en silencio. Se reunió con sus compañeros a primera hora en el patio principal; Kobra, Taiga y Rostam, aguardaban también por ella.
—Alish, cielo… —Al verla llegar llorando, Shirley la abrazó con cariño.
—Cuida de él, por favor —le suplicó en un murmullo ahogado por los sollozos.
—No te preocupes, no me apartaré de su lado hasta que vuelvas, porque sé que lo harás, sé que volverás.
Alish se apartó, secó las lágrimas e intentó recuperar la compostura.
—Esta vez no pienso decirte adiós —dijo Owen sonriéndole con los pocos ánimos que tenía—, sólo te diré: hasta pronto.
Alish lo abrazó, y él le devolvió el gesto con cariño.
—Te quiero —le susurró la muchacha haciendo esfuerzos por no llorar—. Gracias por seguir a mi lado pese a todo lo que te hice padecer.
—No digas tonterías. Conocerte ha sido lo mejor que me ha ocurrido en la vida.
La joven se dispuso a partir. Rostam se despidió con cariño, como lo hizo también Kobra. Una vez preparados, Haku, concentrándose, abrió un portal que los llevaría al pueblo costero del Reino de Viento.
Alish cruzó la primera, aguantando por no mirar al balcón donde sabía que se encontraba Einar, diciéndose que sí miraba, no podría marcharse. La siguió Erwin y Ligia, Haku cerró la comitiva y el portal tras cruzar.
Shirley miró allí donde Alish no pudo.
—Si me disculpáis —dijo marchando hacia el interior del castillo. Con prisas llegó a la habitación de Einar y entró sin siquiera llamar.
El joven se encontraba en el suelo, apoyado en la balaustrada, con el brazo sobre la rodilla y el rostro escondido en él. Shirley se sentó a su lado, lo abrazó con amor y dejó que se desahogase. Para sorpresa de la muchacha, Owen entró poco después, se sentó al otro lado de Einar y le agarró la mano a su compañero.
—Volverá —susurró convencido—; ella siempre vuelve.

#44

Capítulo 43.2

En el Reino de Viento, Alish se reunió con todos los Guardianes. Alvíss, mientras estuvo en Balto, preparó el viaje; le comunicó a Taiga que necesitarían ir al sur en barco, y el rey, le traspasó la información a su padre; el emperador Sho dispuso un barco en el punto acordado, done los Guardianes se reunieron siguiendo sus esencias. Por último, Taiga se lo comunicó a Haku, que conocía el punto de encuentro por haber recorrido su reino en varias ocasiones.
—No me creo que vaya a subirme a uno de estos de nuevo —masculló Erwin con miedo al ver el navío.
—Siento hacerte pasar por esto —le dijo Alish cogiéndole la mano—. Si pudiese evitarlo…
—No te preocupes, a fin de cuentas, soy yo el que te sigue sin pensar —sonrió nervioso.
—A estas alturas, y sigo sin saber que haría sin ti.
—No exageres.
—Es que aún no soy capaz de entender cómo termino siempre a tu lado.
—Alish…
—Si logro regresar, esto tiene que terminar —suspiró sin apartar la vista del barco.
—Sabes que solo hay una manera de atajarlo, ¿verdad?
—En el caso de que vuelva a casa, no quiero volver a verte —dijo apretando la mano de Erwin con fuerza, aguantando el dolor que le producía decirle esas palabras.
—Te lo prometo —suspiró él tranquilo—, me apartaré para que no sientas dudas nunca más.
El grupo embarcó con deseos de llegar a su destino, con deseos y esperanzas de acabar con la oscuridad que asolaba el mundo y con la falsa diosa que pretendía hacerse con él.
El barco surcó veloz el mar; Haku utilizó su magia para que las corrientes les fuesen favorables. Para no toparse con problemas, los Guardianes crearon una barrera que protegía el buque, evitando así sobresaltos y paradas innecesarias.
Alish, viendo que Erwin cada vez mostraba peor rostro, le agarró la mano y tiró de él hasta su camarote, con una sola cama, tranquilo y limpio.
—¿Por qué me traes hasta aquí? —preguntó él con malestar—. Aún se nota más el vaivén.
—Túmbate —le pidió señalando la cama.
—¿Quieres que me ponga peor?
—Hazme caso —insistió.
Tras un suspiro de resignación, obedeció estirándose en la cama.
—¿Qué… qué haces? —le preguntó sorprendido al ver que ella se estiraba a su lado y lo abrazaba.
—Soñemos juntos —dijo dejando escapar su magia, haciendo que él cayera presa del sueño junto a ella. «Este será mi último regalo y mi despedida».

#45

Capítulo 44.1

Con la llegada del mediodía, el grupo de Guardianes logró vislumbrar el continente que había sido olvidado por la humanidad.
—¿Ya hemos llegado? —preguntó Alish apareciendo tras sus compañeros.
—¿Has descansado? —preguntó Ligia al verle en el rostro un extraño gesto.
—Un poco —sonrió ausente—. Tenemos que movernos —indicó mirando hacia atrás; Erwin había subido a cubierta—. Dejemos el barco antes de llegar.
—Sabes que no hay factor sorpresa, ¿verdad? —indicó él mirando el paisaje.
—Lo sé, pero somos un blanco fácil en el mar. —Miró a sus compañeros—. Vuestra prioridad es la Semilla; protegerla y limpiarla de la oscuridad que le haya inoculado. Yo me ocuparé de Padme y luego… «Mi fin», me tocará despertar al Árbol.
—Permitidme abrir el camino —sonrió Senka con su sombrío gesto—. Qué de recuerdos me trae este lugar. —El hombre abrió un portal—. ¿Preparada?
—No me queda más remedio —bufó Alish dando el primer paso.
Al cruzar el mágico pórtico se encontró en una planicie; la hierba se mecía con la suave brisa marina y aroma del mar se unía al del pasto húmedo. Un gran cráter ocupaba el centro del continente; Alish dedujo que esa era la huella dejada por el antiguo Árbol.
—Por fin nos encontramos —susurró una voz rodeada de penumbra; una mujer apareció entre sombras vaporosas, sus ojos carmesí contemplaron a Alish con indiferencia.
—Padme, ¿por qué? —preguntó Alish dolida.
El portal se cerró a sus espaldas cuando los Guardianes cruzaron.
—Has venido bien acompañada.
—Ellos sólo están aquí para ocuparse de aquello que robaste.
—No se puede robar lo que es de uno.
—No es tuya; la Semilla le pertenece al mundo, y al mundo se la devolveré.
Padme alzó la mano y la Semilla apareció; su luz, antes pura, se veía manchada con la oscuridad de quien la poseía.
—Este mundo hubiese dejado de existir si yo no hubiese luchado en contra de los míos, de aquellos a los que consideré mi familia; no tendríamos lazos de sangre pero eran mis hermanos.
—¿Y qué pretendes condenando ahora a los que deseaste salvar?
—Los hombres se han olvidado de mí, de cómo les dediqué mi vida para que la suya, corta e insignificante continuase —respondió dejando ver parte de su furia—. ¿Para qué me traicioné a mi familia y hallé la muerte, si la humanidad sigue atascada en las tinieblas que los míos les mostraron? No han aprendido nada.
—Este no es el camino —se lamentó Alish—. Deseas abrirles los ojos tiñendo su mundo de sangre, ¿por qué?
—El miedo, el dolor, la muerte… Ellos se unirán o perecerán. Se postrarán o desaparecerán.
—Rectifica y dame la Semilla.
Padme la envolvió en oscuridad y la hizo desaparecer, mostrándola segundos después en el centro del gran cráter.
—Ahí la tienes, pero sólo podrás resucitar al Árbol de la Vida si antes terminas con lo que queda de la mía.
—No lo deseo, pero es lo que debo hacer. —La joven giró el rostro y miró a sus compañeros por encima del hombro—. Por favor, encargaros de la Semilla; protegedla y purificadla.
Los Guardianes asintieron y se alejaron; Erwin se acercó antes de marcharse.
—Sabes cómo ganar, ¿verdad?
—Eso espero.
—No hagas que me preocupe mucho por favor —susurró antes de irse.
Padme y Alish se retaron con la mirada.
—Si te mato nada de eso habrá servido de mucho —dijo Padme concentrado sus poderes.
—No podrás revivir la Semilla sin los Espíritus.
—Si les robo el poder… —Se esfumó entre una nube negra—, no los necesitaré —dijo apareciendo ante Alish, atacándola con oscuridad.
La muchacha, esquivó; se evaporó en luz, colocándose tras su enemiga. Le lanzó su magia, llegando a rozar las sombras que rodeaban a Padme, pero ésta ni lo sintió; se giró e invocó sombras bajo Alish, la cual notó como le herían el cuerpo; las disipó con sus poderes sagrados y arremetió de nuevo.
Mientras, los Guardianes llegaron junto a la Semilla, que levitaba sobre el suelo envuelta en sombras.
—Baldur, creo que esto es trabajo para ti —indicó Erwin sintiendo malestar ante tanta oscuridad.
—Necesitaré ayuda para limpiarla de tanta contaminación —dijo sorprendido por la cantidad de mal que envolvía y mancillaba la Semilla.
—No te preocupes —exclamó Senka sonriente—, para mí será un placer quedarme con esta preciosa penumbra.
Mientras Senka y Baldur se encargaban de cumplir la petición de Alish, ésta seguía enfrentándose a su rival. Sus fuerzas, muy igualadas, sólo las mantenían en una batalla que no parecía tener fin, pero la muchacha empezó a cansarse, a sentir la fatiga y el dolor, entretanto, Padme se mantenía en plenas capacidades.
«Ailish, si estás ahí, ayúdame a ponerle fin a esta guerra sin sentido», pensó la chiquilla viendo que la balanza empezaba a inclinarse a favor de su enemiga.
—Sabes que no ganarás, ¿verdad? —dijo el espectro acumulando más poder, atacando con deseos de derribar a su enemiga, que sintió un fuerte golpe; la chica cayó al suelo con fuerza, notando el dolor recorrerle las entrañas.
—Ni tú ni yo conocemos el futuro —sonrió Alish limpiándose la sangre que asomaba por su boca—. Muchas veces me han dicho que no podía vencer, y sigo en pie.
Se levantó y volvió a plantarle cara; prosiguió con los ataques con la intención de hacer tiempo hasta hallar una solución, ya que no obtuvo respuesta de Ailish; «¿Dónde está? Creí de verdad que me ayudaría», caviló nerviosa; «Si no quisiera apoyarme no se habría presentado antes, habría dejado que muriese», durante sus cavilaciones fue golpeada de nuevo; el dolor intenso le hizo caer en la cuenta; «Quizá sólo hay una forma de encontrarme con ella». La muchacha se paró ante Padme sin esquivar ni defenderse de sus arremetidas.
—¿Ya te has rendido? —preguntó Padme con decepción—. Esperaba mucho más de ti. —El espectro lanzó su último conjuro; la oscuridad penetró en Alish, la cual notó como la desgarraba por dentro. La nada la envolvió.
—Ailish, por favor, necesito tu ayuda.
Una luz se formó ante ella.
—«Siento no haberte dicho como llamarme exactamente». —La voz resonó perdida en el oscuro infinito—. «Sólo si eras capaz de sacrificarte por un bien mayor podía acudir y prestarte mi poder en batalla».
—No puedo ganar, necesito tú ayuda.
—«Y por tu buen corazón, mi ayuda obtendrás».
Una intensa luz rodeó el cuerpo de Alish, haciendo retroceder a Padme, que contempló como la chiquilla volvía a la vida y lo hacía acompañada de un ser puro.
—No puede ser… —masculló perpleja.
Alish se puso en pie con dificultad.
—He de detenerte a toda costa —indicó la chica—, aunque no me agrade que una hija deba enfrentarse a su madre, si ese es mi camino a la victoria, lo aceptaré.
—Ailish, ¿por qué? Mi niña…
El espíritu, envuelto de luz no dijo nada, solamente rodeó a Alish con su magia.
—Lo siente tanto como yo, pero este mundo era su hogar y quiere protegerlo.
La pureza fluyó por las entrañas de Alish, sus fuerzas se vieron renovadas y su poder creció. Con el apoyo de Ailish, la joven se dispuso a finalizar la batalla.
Padme fue atrapada por la luz; luchaba por aguantar, por mancillar la intensa luminaria, pero no logró resistirse a la calidez de su querida hija.
—«Me protegiste con tu vida para que tuviese un futuro; Alish forma parte de ese futuro, de nuestro linaje; es de nuestra misma sangre. Lo siento madre, pero no puedo dejar que le arrebates aquello que deseaste para mí».
—¡¿Por qué, Ailish?! —exclamó Padme viéndose tragada por la luz—. ¡¿Por qué dejas que los humanos sigan con su desgracia?!
—«Este mundo les fue entregado a ellos y se le dejó a su libre albedrío. Nadie más debe entrometerse en los designios de aquél que les dio la vida. No es tu derecho».
—¡Yo tengo derecho a ser recordada! ¡¿Por qué iba a quedarme encerrada por toda la eternidad por unos seres que ni recuerdan de donde provienen?! ¡Sí yo me pierdo en el infierno, ellos también! —su oscuridad estalló en un intento de luchar.
Alish dejó escapar con mayor esfuerzo su magia, envolviendo a Padme casi en su totalidad.
—«Yo te llevaré conmigo» —susurró Ailish en la mente de su madre—. «Deja que su bella luz lo inunde todo y nunca más volverás a estar sola en la oscuridad».
Padme se rindió a la petición amorosa de su hija. Ailish se alejó de Alish y abrazó a su madre, Alish, por su parte, logró envolver, con su magia más pura, a su adversaria por completo; el espíritu oscuro se desintegró entre los brazos del de su hija, dejando ver motas oscuras subir y perderse en el cielo; Ailish se disipó junto a su madre del mismo modo pero entre destellos blancos. Alish contempló como las dos almas se perdían, sintiendo un extraño sentimiento de paz por haber reunido a Padme con aquella persona a la que más quería.
—¡Alish! —la llamó Erwin yendo hacia ella.
Alish encaminó sus pasos hacia la Semilla, llegado junto al joven.
—Terminemos de una vez.
—Pero tú…
—Estoy bien —sonrió—. Y con lo poco que queda, no hagamos esperar más a la nueva era.
Alish y los Guardianes rodearon la Semilla, la cual relucía limpia de oscuridad. La muchacha respiró profundamente e invocó a los Grandes Espíritus:
—Llamo a los seres nacidos del Gran Poder, hijos de la Vida y hermanos de la naturaleza. Yo os invoco, mostraros ante mí, Grandes Espíritus.
Los Ochos aparecieron en pequeñas esferas, cada cual con su color; formaron un círculo sobre la Semilla, mostrándose con sus apariencias tras colocarse en sus correspondientes lugares.
—Alish… —musitó Erwin viendo que la joven luchaba por mantenerse en pie.
—Revivid al… Árbol —dijo con dificultad la muchacha.
Los Ocho obedecieron; dejaron fluir sus poderes hacia la Semilla. La magia de Alish también empezó a ser drenada. Y así el Árbol empezó a crecer; la Vida renacía tras siglos de silencio. Cuando la planta se mostró, Alish empezó a desfallecer.
—Se está quedando sin magia —musitó Erwin—. ¡Tenemos que ayudarla!
Con esa exclamación, todos los Guardianes le cedieron sus poderes a la joven, que pese a todo, seguía sintiendo que todo su ser era arrancado.

artguim
Rango12 Nivel 59
hace 8 días

Contribuyo a la correción con algunos detalles, @Bastis13:

-que no podía vences(r)

-acudir y pres(t)arte mi poder

-les fue entreg(ad)o a ellos

-un extraño sentimiento (de) paz

-Los Ocho(s) aparecieron

-con sus apariencias t(r)as colocarse


#46

Capítulo 44.2

La pequeña planta creció hasta tornarse árbol; de gran tamaño, pero aún no en su totalidad, todavía sin frutos, pero de hojas luminosas. Los Ocho detuvieron el flujo de energía cuando la copa fue lo suficientemente amplia como para que se vislumbrara por todo el pequeño continente.
Alish cayó en brazo de Erwin, que seguía cediéndole su poder al ver que ella no se recuperaba.
—Las promesas has sido cumplidas —dijeron al unísono los Grandes Espíritus—. Los Ocho somos libres.
El vínculo entre los Espíritus y Alish se rompió, junto al núcleo de magia, la cual se le escapaba sin control, llevándose también su vida.
No se está recuperando —indicó Erwin nervioso—. La magia… no la retiene.
Baldur se arrodilló junto a la chica; posó su mano sobre el pecho, cada vez menos inquieto, de Alish, que apenas respiraba.
—El núcleo de magia está roto —masculló atónito—; tanto poder lo ha resquebrajado.
—Hay que hacer algo —exclamó Ligia asustada.
—Alish, por favor, Alish —la llamó Erwin desesperado por mantenerla despierta—. Aguanta un poco más, por favor, aguanta.
Si se duerme y no logramos que recupere una estabilidad de poder, ya no podrá volver a despertar y, de ahí, sólo le quedará la muerte —dijo Aridai ayudando a Erwin a mantener la magia dentro de la chica; tras ella, se unieron los demás Guardianes.
Baldur se concentró, dirigió su poder al centro de Alish, esperando reparar lo único que la salvaría. La muchacha se quejó, todo su ser dolía, sintiendo que hasta su alma se rasgaba. Los minutos se les hicieron eternos. Baldur se esforzó, hasta que el propio cuerpo de la chiquilla lo expulsó, haciendo que una corriente le golpeara la mano, que retiró junto a un quejido de dolor.
—¿Lo has podido reparar? —peguntó Erwin expectante.
—No del todo, pero no me ha permitido seguir; su cuerpo está al límite y me ha rechazado. La buena noticia es que, el flujo de magia que se le escapa, por suerte, es mínimo.
—¿Qué le ocurrirá? —se preocupó Ligia.
—Seguirá sin poder recupera sus poderes enteramente, pero no corre peligro.
Ligia respiró aliviada, como el resto de presentes, que se separaron de la joven cuando se movió, recobrando la consciencia.
—¿Por qué siempre tienes que preocuparme? —bromeó Erwin dedicándole una dulce sonrisa—. Te pedí que no lo hicieras.
Ella intentó responder pero no tenía fuerzas para hablar.
—Tardarás un tiempo en sentirte bien —le indicó Alvíss bajo las varias capas de ropa que lo escondían del sol.
—Ahora deberías descansar —sugirió Aridai con ternura.
Alish asintió. No luchó por mantenerse despierta y se perdió en la calidez de los brazos que la sujetaban. Ligia se arrodilló a su lado y le agarró la mano deseando que no se escapara durante el sueño.
—¿Y ahora nosotros que debemos hacer? —preguntó Haku—. Nuestro trabajo ha terminado, ¿no?
—Podemos romper nuestro vínculo con los Espíritus —apuntó Senka con su habitual mueca siniestra—, o seguir hasta la próxima vez que alguien los reclame.
—Pero aún no hemos solucionado lo de las fieras liberadas —dijo Ligia recobrando su serenidad.
Una voz familiar resonó tras el grupo:
—El Árbol aún es muy joven como para libera al mundo del mal, pero dadle tiempo y la paz reinará de nuevo.
Tjern… —Ligia se alegó de verla.
—El caos aún tardará en disipase, pero queda una esperanza.
—Los Guardianes —dijo Aridai a sus compañeros—. Ese es nuestro trabajo, custodiar, no sólo a Alish; nuestro deber va más allá.
—Así es —confirmó Tjern—, vuestro poder es suficiente como para inclinar la balanza a vuestro favor. Los Ocho podremos apoyaros en la batalla, sólo es necesario hacer un juramento.
—¿Podemos ser invocadores? —se animó Senka.
—Somos libres de nuestro antiguo deber, así que podemos pactar con nuevos receptáculos. Eso sí, tened en cuenta que, si decidís pactar, el vínculo como Guardianes se romperá y deberá entregarse a otro en vuestro lugar.
—¿Pero quién cuidará del Árbol? —preguntó Haku—. ¿Nadie lo custodiará?
—Un Gran Espíritu se quedará siempre aquí —indicó Tjern mirando a Erwin—; aunque todos podríamos acudir en caso de toparnos con algún imprevisto. Así pues, decidid; en los templos os aguadarán las pruebas.
—¡Tjern! —la llamó Ligia antes de que se fuera. El Espíritu aguardó—. Aún no tengo suficiente experiencia, pero un día iré a buscarte; espera, por favor.
—Aguardaré paciente —sonrió antes de desaparecer.
—Es un poco decepcionante —bufó Haku—, que, pese a todo, no haya podido librar al mundo de todo mal. —Miró a Alish con pesa.
—No podíamos pretender que todo cayese sobre las espaldas de Alish —dijo Baldur recuperando su eterna sonrisa amable—. Hagamos algo más que mirar; relevemos a Alish, que se merece descansar.
—Así que todos pactaréis con los Espíritus, ¿no? —indagó Erwin aliviado de que la carga de su compañera fuese tomada por otros.
—¿Tú no lo harás? —preguntó Ligia.
—No, yo tengo un asunto pendiente desde hace demasiado tiempo —respondió sin desear añadir más.
—Por eso Tjern ha dicho que un Espíritu se quedaría —masculló Ligia sabiendo que la ondina ya conocía el futuro.
—Ahora, y si ya no tenemos nada más que hacer aquí, llevemos a Alish a Balto —pidió Erwin poniéndose en pie con la chica en brazos.
—Yo me despido aquí de todos —indicó Senka quitándose el sombrero y colocándoselo de nuevo—. Ha sido casi un placer conoceros. —Abrió un portal y desapareció.
—Yo me retiraré también —dijo Alvíss con más simpatía—. Deseo volver bajo tierra; ya me he arriesgado mucho saliendo a la luz del sol.
—Gracias por la ayuda —dijo Erwin.
Tras cordiales despedidas, el enano creó otra mágica obertura y se marchó. El resto acompañó a Alish hasta Balto; deseos alguno por reencontrarse con sus compañeros, otros con ganas de celebrar junto a todos el principio de la nueva era.

artguim
Rango12 Nivel 59
hace 8 días

Algunas correcciones más, @Bastis13:

-El v(í)nculo entre los Espíritus y Alish se rompió, junto al núcleo de (su) magia,

-recobrando la con(s)ciencia

-hasta la próxima vez (que) alguien los reclame.

-tened en cu(e)nta que

-El Espíritu agua(r)dó

-que se merece descansa(r).

-T(r)as cordiales despedidas,


#47

Capítulo 45
(Sin revisión)

Haku abrió el camino directo, haciendo que el grupo llegase al patio de armas con los últimos rayos del atardecer. Los guardias, allí presentes, se acercaron a prestar ayuda, otros dieron aviso de la llegada de los aventureros.
La primera en aparecer fue Shirley, que se acercó corriendo; antes de decir nada comprobó que su amiga siguiese con vida.
—Realmente ha vuelto… ¿Cómo ha ido? ¿Cuál es su estado? —interrogó con nerviosismo—. ¿Y tú, estás bien? —le preguntó a Erwin posándole las manos en el rostro.
—Tranquila, hermanita —sonrió—, todo está bien. Aún hay temas por solucionar pero, por ahora, nos merecemos un descanso.
—Claro… —suspiró. Se giró para mirar a Ligia y Haku y los abrazó con energía—. Me alegro de veros otra vez aquí. Venga, vayamos dentro que hay alguien ansioso por verla —dijo mirando a Alish—. Está tan aterrado que no se ha atrevido a salir.
—Ella quizá no vuelva a ser la de antes, pero… —Erwin contempló el rostro de Alish con ternura—. Ahora podrá descansar y eso es lo que importa.
Tras cruzar la entrada, el grupo encontró a Owen, que había estado tranquilizando a Einar, el cual no logró ni moverse al ver a Alish. Erwin se acercó al ver a su compañero paralizado.
—Creo que te toca a ti cuidar de ella —dijo esperando a que le quitara la muchacha de ente los brazos —. Yo ya he cumplido.
Einar logró moverse; alzó sus manos, tembloroso y sin poder asumir aún todo lo que sentía. Cuando por fin logró sostenerla, la abrazó con fuerza y agradeció al destino que se la hubiera regresado de nuevo.
—¿Por qué no la llevas a la habitación? —le sugirió Shirley—. Descansa junto a ella.
—Gracias —le murmuró a Erwin antes de encaminarse a su alcoba.
—De verdad, no me las merezco —masculló el joven sintiendo que ya jamás volvería a ver a Alish; «Le di mi palabra; ha regresado a casa y yo he de alejarme».
—¿Va todo bien? —le preguntó Shirley al verle ido.
—Es el cansancio —mintió—, pero con un poco de vino se me pasará.
—No cambiarás nunca —rió su hermana.
Rostam apareció junto a Kobra.
—Habéis regresado —suspiró el hombre con alivio—. ¿Y Alish? Ella… —Se tensó por el temor.
—No, tranquilo —le interrumpió Erwin—; Einar la ha llevado a la habitación.
Rostam se relajó.
—Los demás desearéis descansar —intervino Kobra.
—Yo quiero vino —exclamó Erwin volviendo a animarse.
—Yo tengo hambre —informó Ligia.
—Vayamos al comedor —los invito Kobra sonriente—. Deseo que me pongáis al día con todos los detalles —indicó abriendo la marcha—. Y no estaría de más, conocer a los nuevos acompañantes.
El grupo reposó y celebró el regreso a casa. Mientas Einar dormía junto a Alish, los demás comieron y bebieron hasta bien entrada la madrugada. Al mediodía siguiente aún dormían casi todos los aventureros.
Alish se despertó sola en la cama; el olor de la comida la hizo abandonar su plácido descanso. Se intentó incorporar pero no logró más que sentir dolor y pesadez.
—Espera —le pidió Einar acercándose—, yo te ayudaré.
—¿Einar?
—Sí, mi Alish, has regresado a casa.
—Tengo un hambre atroz —dijo apenas sin voz.
—Tienes suerte, acaban de traer la comida.
Alish, con la ayuda de su marido, intentó ponerse en pie, pero en cuanto hizo el gesto de ponerse en pie, cayó.
—No puedo andar —musitó inquieta.
—Estás muy cansada, no te preocupes. —La agarró en brazos y la sentó en la silla—. Come, repón fuerzas y te irás recuperando.
La puerta sonó; Shirley pidió paso y entró tras la invitación de Einar.
—¡Buenos días! —exclamó feliz—. Pero sí ha despertado nuestra salvadora. ¿Qué tal te encuentras, cielo?
—Estoy sin fuerzas —respondió cabizbaja, agotada y algo desorientada.
—No puede ni mantenerse en pie —añadió Einar mostrando su preocupación.
—Sí, de eso quería hablar. —Shirley se sentó en la otra silla, frente a Alish—. Lo primero, es que te quede claro que no debes preocuparte. Ayer nos contaron que tu núcleo de poder, ahí donde se genera tu magia, se resquebrajó.
—Suena mal —dijo Einar inquieto.
—Bueno no es —prosiguió Shirley sonriéndoles para calmarlos—, pero Baldur lo reparó tanto como tu cuerpo le permitió, así que tu vida no corre peligro alguno.
—¿Pero…? —preguntó Einar viendo que había una segunda parte.
—Pero aún sigue dañado, por lo que tu magia se pierde conforme se va recuperando.
—¿Y qué me ocurrirá?
—Hasta que tu cuerpo se acostumbre, y eso no sé cuándo puede ser, sentirás fatiga, mucha.
—Por eso no puede ni andar, ¿verdad?
—Es un síntoma normal —aclaró Shirley poniéndose en pie—, pero te recuperarás. Come, duerme y relájate, ahora ya no tienes que preocuparte de nada más.
Alish asintió con su alma más relajada.
—¿Los demás están todos bien? —preguntó Einar avergonzado—; ayer ni me preocupé por ellos.
—Sí, están todos muy bien, tanto, que estuvieron de fiesta hasta que se hizo de día.
—Me alegro…
—Más tarde ya os pondré al día de todo —indicó encaminándose a la puerta—, pero, por ahora, disfrutad de la tranquilidad.
Shirley salió cerrando la puerta, dejando a la pareja comer. La joven se encaminó a la estancia de Erwin, ya que el día anterior se percató del comportamiento extraño de su hermano. Llamó a la puerta pero entró sin esperar respuesta.
—¿Qué diantres…? —se sorprendió al ver al joven con su aspecto normal.
—He roto mi relación con Kulde —aclaró recogiendo sus pertenecías, metiéndolas en su bolsa de viaje.
—¿Por qué? ¿Qué haces con el equipaje?
—Me voy.
—¿Vas a aclararme algo? —estalló preocupada—. Erwin…
El joven paró, la miró y suspiró.
—He roto mi vínculo con Kulde porque no lo necesito ni lo quiero, y me voy porque he de encontrar… Ya sabes lo que tengo que encontrar.
—¿Pero ahora? Podrías esperar unos días. Hermano, ¿por qué me está dando la sensación de que ni pretendías despedirte?
El joven agarró su bolsa y se la cargó al hombro.
—Ahí tienes algo que te dará una idea. Lo siento, pero tengo que irme. —Erwin abrió un portal y desapareció pese a las suplicas de Shirley, que se quedó unos segundos mirando a la nada con el corazón roto y un intenso sentimiento de soledad. Sobre la mesa vio un par de cartas.
—Una es para mí, la otra para Alish.
La muchacha leyó la suya, pero siguió con la idea de que algo faltaba en las explicaciones de su hermano, así que, sabiendo que hacía mal, leyó la misiva para su amiga, carta que se guardó y no le dio a la joven.
Varias semanas transcurrieron con tranquilidad. Aridai, Baldur y Haku volvieron a sus hogares, el resto del grupo, se encontraba en el comedor cuando Rostam entró con noticias desde el Reino de Luz.
—Ha llegado un mensaje para Alish —indicó el hombre acercándole una epístola.
La joven leyó para sí.
—¿Qué dice? —se impacientó Shirley.
—Como sabéis, tras la desaparición de Padme, el conjuro que cambió la memoria de todos aquellos relacionados con nosotros, desapareció. Así que mandé una carta al rey Raskorg.
—¿Por qué? —se extrañó Owen.
—Con la invasión de seres, la ley contra los magos fue abolida.
—¡¿De verdad?! —exclamó Shirley con sorpresa—. ¿Por qué no sabíamos nada hasta ahora?
—Tengo permiso para volver a mi hogar, es más, los magos están siendo bien recompensados por servicios de protección, así que tenerme en las tierras de Simurgh les ahorraría dinero, puesto a que es mi pueblo y no cobraría por protegerlo.
—Me parece que es mucho descaro —bufó Shirley.
—Pero tú no puedes usar tus poderes —indicó Einar.
—Eso le respondí la primera vez que recibí respuesta —aclaró Alish.
—¿Cuántas cartas has enviado y recibido? —peguntó Owen molesto por no conocer nada de ese asunto.
—No importa —prosiguió la chica—. El caso es, y creo que es lo que importa, que podemos volver pese a todo, pues alguien ha informado a todos los monarcas que el Árbol volvió a la vida y fui yo la responsable; creen que soy una heroína —resopló molesta—. Me gustaría saber quién es el bocazas —masculló.
—Oh, cielo, volverás a casa, que eso es lo que más deseabas; vuelves a ser lady Alish, señora de Simurgh —sonrió Shirley.
—Owen —dijo ignorando a su amiga—, tu lugar en el Valle ha sido restaurado; la idea de tener a un héroe y a una maga en la frontera, parece, que animó mucho al rey.
—¿Podré… podré volver a casa?
—El Valle es tuyo de nuevo —sonrió Alish.
—¿Y yo? —interrumpió Ligia el momento.
—Tú decides —le dijo Alish—. Siento decirte que tu hogar sigue… Pero puedes venirte con Einar y conmigo.
—Podrías ayudar a Alish a proteger a su gente —le sugirió Shirley—. Estará bien que tenga a alguien de confianza al lado.
Ligia asintió.
—Estaré un tiempo, hasta que decida qué hacer en un futuro —indicó la niña.
—Así pues, os marcharéis ponto, ¿verdad? —preguntó Kobra lamentándolo, pues le agradaba la compañía.
—Sí —respondió Alish—, y jamás podré agradecerte lo suficiente todo lo que has hecho por mí.
—No digas tonterías —sonrió Kobra—, los ocho Reinos están en deuda contigo, no has de agradecer nada.
—Aún así… gracias.
—Entonces nuestra primera parada es el pueblo de Alish —se animó Shirley.
—Sí —afirmó Owen—, pero luego, hazte a la idea que vas a ser señora del Valle de Glen.
—No sé si podré —sonrió incómoda.
—Con tu carácter seguro que sí —bromeó Einar riendo.
—¡Serás…!
El grupo rió animado, aún incrédulos de que todo, poco a poco, estuviese volviendo a la normalidad.
Alish, tras perder tanto, se vio recompensada; podría volver a casa, junto a su familia, su pasado y con la esperanza de poder crear, como antaño lo habían hecho sus ancestros, un futuro al lado de su hombre amado.
El viaje había terminado para algunos, para otros se presentaban nuevos retos, pero todos ellos sabían que el futuro de la humanidad había sido salvado y una nueva era nacía junto a nuevas esperanzas.

artguim
Rango12 Nivel 59
hace 7 días

Final feliz para una historia repleta de baches, @Bastis13. Aunque quedan algunas incógnitas en el aire, como a donde se dirige Erwin o cuál es el contenido de las dos cartas. Por ahí podría haber material para seguir escribiendo.

En general, me ha gustado la historia completa. Tiene un ritmo bastante ligero para lo extensa que es y personajes y tramas bien desarrollados. Te felicito por el buen trabajo realizado.

Quedo pendiente de los próximos proyectos que afrontes.

Un saludo.

Bastis13
Rango11 Nivel 51
hace 7 días

@artguim, muchísimas gracias. No podría haber pedido más, ha sido magnifico leer cada comentario y saber que te ha gustado el primer intento de novela (más bien trilogía) que he hecho en mi vida.
Mil gracias por la ayuda, por dedicar tiempo a indicar fallos y hacerme más llevadero el corregirlos.
Ha sido todo un honor tu compañía durante este proyecto.
Aún le quedan muchas horas de revisión y unos últimos retoques, pero ya estoy empezando otra historia, con nuevos protagonistas y las respuestas a esas dudas que han quedado por resolver; no puedo dejar cabos sueltos.
Gracias de nuevo y un gran saludo.