tortugasdefusta
Rango5 Nivel 20 (413 ptos) | Escritor en ciernes
#1

A menudo me duele tanto el corazón que no me queda más remedio que romperlo. Después estoy unos días de un humor un poco raro y, hasta que me vuelve a crecer, me mareo con facilidad. Me pasa con tanta frecuencia que he decido implantarme una pequeña puerta de reja en el pecho, así me ahorro rajarme, la sangre y volverme a coser. Simplemente, cuando me duele que no puedo ni reír, abro la puerta, meto mi mano en mi pecho, saco el corazón y lo rompo.

La primera manera de romperme el corazón cumple un viejo sueño de la infancia. Cuando yo era pequeño lo llamábamos "rompetochos", porque era capaz de romper tochos. Era el petardo de 5.000 pesetas que mis padres nunca me compraron, no por peligroso sino por caro. Se que a ellos les hubiera gustado, pero nunca se les pasó por la cabeza gastarse tanto dinero en petardos. Yo fantaseaba con que se gastaran las 5.000 pelas en un surtido de los que llevaban petardos de luz y de ruido y en la caja un niño dibujado, que cogía sonriente de la mano a un adulto con cara de buena persona. Se que mi padre quería ser ese adulto con cara de buena persona.

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Javi
Rango13 Nivel 61
hace más de 4 años

Tienes mi voto por ese comienzo tan original ;)

Light
Rango6 Nivel 27
hace más de 4 años

Esa imagen del corazón con un petardo parece hecha a medida para esta historia, jaja

tortugasdefusta
Rango5 Nivel 20
hace más de 4 años

Es que está creada a medida para esta historia... XD

Vg87_
Rango5 Nivel 20
hace más de 4 años

Mola la historia... aunque me da que es de las que al leerlas me siento muy identificado por el tema de romper el corazónnn :(

Vg87_
Rango5 Nivel 20
hace más de 4 años

A ver cómo sigue!

Liss
Rango6 Nivel 28
hace más de 4 años

Me ha encantado!! Jajaja


#2

Me levanto esta mañana y se me han acabado los besos. Me acerco a su mejilla, aprieto los labios y sale una pedorreta. No le he dado importancia, estoy medio dormido, mi cerebro todavía no está solido, necesita unos segundos para regresar del estado líquido normal de los ratos de sueños.

Me lavo los dientes y no puedo evitar pensar que mi padre quería ser ese tío que inundaba con su sonrisa y su cara de buena persona la caja de petardos. Y más o menos lo era, a excepción de algún día que se le escapaba alguna ostia con la palma abierta y ponía cara de ser un pedazo de cabrón. Imagínate la cara que hubiera puesto si le pido que se  gaste mil duros en solo un petardo. Ahora, ese petardo cuesta 55 €. Puta estafa, puto euro, que mayor me hace...

Al regresar a la habitación le he estrellado sin querer otro par de pedorretas, en sus labios y en su mejilla, antes de darme cuenta de que algo pasaba. Ella ha seguido dormida. Me acordaba de como dar un beso, de todos y cada uno de los pasos necesarios. Un beso es tocar u oprimir con un movimiento de labios, a impulso del amor, del deseo o en señal de amistad, a otra persona.

Examino si me falta algo de todo eso.

El amor está ahí. Y recuerdo su boca, levanto las sábanas y reafirmo que el deseo también; oprimo los labios y otra vez vibran sin llegar a beso. Se me han acabado. Una buena excusa para romperme el corazón.

Me visto sin ruido y voy a la obra más cercana. Un parking de -4 plantas, por esas cosas de la crisis y de la burbuja inmobiliaria, a medio construir y con una apisonadora oxidada. Las llaves están puestas, dejo mi corazón en el suelo y pongo la apisonadora en marcha. Y me siento como Atila, o como Aníbal. Me siento vivo y algo alegre y oprimo los labios para comprobar si han regresado mis besos.

Hace más de 4 años

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#3

Hacerlo trizas con mis propias manos es la manera número 3 de romperme el corazón. Simple y poco creativa: desde hace unos días no tengo imaginación.

En el colegio, a esa edad en la que una persona mide algo menos de un metro cincuenta, ya me pasó. La profesora nos obligó a escribir una redacción de tema libre y para que no me castigara, rellené con mi letra patizamba cinco hojas pautadas.

Explicaba, con los detalles propios de una persona que está en la edad de medir algo menos de un metro cincuenta pero sin imaginación alguna, cómo mi madre muy embarazada se desmayó en la mercería porque una señora gorda que se llamaba Fina no le cedió la única silla de la tienda, a pesar de que mi madre se la había pedido muy educadamente. Ahora recuerdo a la profesora como una chica preciosa. Recuerdo también que Fina ya no está tan gorda, porque un endocrino o algo así le introdujo un balón de aire en el estómago para que comiera menos.

A la profesora le encantó la redacción de tema libre que me había obligado a escribir. Me dijo que era de una madurez y una capacidad narrativa propia de una persona de mucha más edad y altura. Me obligó a presentar mi redacción a un concurso literario interescolar y ganó el primer premio. Nunca le expliqué a nadie que había escrito eso porque era incapaz de imaginar.

Hace más de 4 años

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#4

Maldigo esa puta manía que tenemos las personas de hablar en el ascensor por miedo a estar callados. Al parecer mi vecino recién divorciado, el del ático, nunca ha estudiado inglés y a pesar de eso el otro día se descubrió a él mismo hablándolo. Le hace tanta ilusión saber inglés de forma infusa, que no puede evitar explicármelo mientras pienso en romperme el corazón por cuarta vez.

Me explica que antes, cuando algo le sorprendía, le sorprendía en un claro y diáfano español. De su boca se fugaba un "¡Ostia!", en el que la "a" final tardaba en salir más, o menos, dependiendo de la duración o la intensidad de aquello que le estaba sorprendiendo. Ahora, cuando algo le sorprende negativamente, le sorprende en un claro y diáfano inglés.Y para demostrármelo, su nariz arruga un "What the fuck!"que sale de su boca como si fuera una bola de papel craft masticada con los colmillos. Sigue explicándome que, después de su primera sorpresa en inglés, estuvo un buen rato dándole vueltas y llegó a una conclusión: lo que hay entre el "¡Ostia!" y el "What the fuck!" no es más que la abismal diferencia entre una cultura tan "great" como la yanki, y una tan cutre y etnocéntrica como la española.

Gracias a los dioses, a los del olimpo, el vallhala y a todos esos otros en los que tampoco creo, el ascensor llega al cuarto piso, el mío. Y salgo de allí diciéndole adiós y el me da a cambio un "goodbye". Y justo cuando se cierran las puertas comienza a hablarme, alzando el tono desde dentro a medida que el ascensor nos distancia, recomendándome muy alto "Homeland" y gritándome que tiene toda la primera temporada en versión original con subtítulos en español y recordándome muy fuerte que puedo pasar por su casa cuando quiera a buscarla para terminar, con la voz ya muy ronca, muy death metal, que no me preocupe: que por la tarde ya se pasa él por mi casa para dármela.

Ni siquiera entro en casa. Vuelvo a pulsar el botón de llamada del ascensor. La amenaza de la visita me ha provocado el pánico. Otra vez. Y no puedo dejar de pensar en esa película tan terrorífica que vi de pequeño en la que Rutger Hauer hacia auto stop y desgarraba en dos mitades el corazón del incauto que lo recogía.

Hace más de 4 años

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#5

Hasta ahora, la forma más divertida de romperme el corazón es lanzarlo con una catapulta lo más lejos posible. Que despegue, que vuele, que orbite y que se estrelle en el suelo con un gran chof.

Hoy, me duele el corazón porque sé que nunca voy a llegar a la luna. Seguramente es el sueño más antiguo de la humanidad y, que yo sepa, la luna es lo más lejos que ha conseguido llegar nunca el corazón de un hombre. Al menos en un sentido literal de distancia recorrida en único viaje. Despegar, volar, llegar al espacio, ver la tierra como una gran canica azul, alunizar, decir una frase importante y que pase a la historia, pasearte alucinado, hacer unas fotos y volver. Y yo no voy a llegar nunca a la luna, que es toda gris, polvo y roca y tiene una cara oculta que es el perfecto escondite de invasores malvados y solitarios pensativos. Con lo malvado y solitario que yo soy.

Solo doce corazones lo han conseguido.Tan solo doce personas.
Seguramente la próxima persona que lo consiga será un chino y Santiago de Compostela, que es el lugar donde nací, está muy lejos de china. Seamos realistas, tengo pocas opciones de ser chino.
Las doce personas que se pasearon por la luna, y que hicieron unas fotos, recogieron unas piedras y cumplieron nuestro sueño en su nombre, han dejado en la superficie lunar doscientos mil kilos de basura. Eso son dieciseismil seiscientos sesenta y seis kilos de mierda, entre trastos y naves, por cada uno de los doce sueños cumplidos. Sin duda tantos seises son cosa del demonio y yo no me veo capaz de generar tanto desperdicio. Seguramente mis sueños son algo más pequeños y sostenibles, como apretar su mano cuando seamos dos viejitos arrugados con la misma fuerza con la que se la estrecho mientras vemos la tele. O como construir una catapulta a tamaño real y lanzar desde ella algo que despegue, que vuele, que orbite y que se estrelle en el suelo con un gran chof.

Hace más de 4 años

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