rmonascal
Rango13 Nivel 60 (14637 ptos) | Premio de la crítica
#1

PRÓLOGO:

—Definición 3: Una progresión geométrica viene dada por una taza de crecimiento r, donde cada elemento es igual al elemento anterior multiplicado por r.

El suave golpeteo de la tiza sobre la pizarra del profesor Herrádez imprimía sobre ella una copia de su monólogo rutinario. Detrás de él, un pequeño mar de rostros confundidos se asomaba, tentados a cruzar las acogedoras puertas del universo onírico. Algunos de ellos las habían cruzado ya hace tiempo, apoyadas sus cabezas sobre sus brazos cruzados, respirando profunda y pausadamente, contagiando su entusiasmo al resto de sus compañeros.

Poco sabía Herrádez que uno de su adormilados estudiantes estaba más ausente que el resto. En su acostumbrada cita con Morfeo, era Hades quien lo había recibido y le había ofrecido la más cordial bienvenida; de esas que ya nunca caducan.

La clase seguía su curso. Las definiciones y fórmulas fluían ignaras en un sinfín de símbolos y garabatos. Pronto descubrirían la realidad que los envolvía y se verían atormentados por una sensación irremediable de que lo peor aún estaba por llegar.

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Romahou
Rango18 Nivel 88
hace más de 2 años

Estupendo leerte de nuevo, amigo

Ya se denota este estilo de intriga y didáctica.
Además, es llamar a Morfeo, y allá corro

rmonascal
Rango13 Nivel 60
hace más de 2 años

¡Gracias, @Romahou! Qué gusto leer tu comentario. ¡Cómo extrañaba a mis compañeros de letras! Es un gusto y un alivio volver a recorrer estas calles digitales.


#2

Eran apenas pasadas las nueve de la mañana. Los rayos de sol se colaban entre las ventanas y cubrían el extremo izquierdo de la pizarra, imposibilitando a una gran parte del salón el distinguir las composiciones matemáticas que el profesor Herrádez plasmaba sobre ella. Algunos se esforzaban por descifrar los símbolos que se confundían entre espejismos mientras que otros, ya fatigados, habían comenzado a idear planes para pedir el cuaderno a alguno de sus compañeros mejor ubicados.

Los estudiantes en el fondo del salón discutían fervientemente. Herrádez intentaba convencerse a si mismo de que conversaban sobre el curso, explicándose unos a otros los puntos donde tenían mayores dificultades, resistiendo la tentación de arrojar uno a uno el arsenal de trocitos de tiza que le sobraban de sus clases anteriores. Las risas y el lenguaje que empleaban daban claras muestras de que no era así, pero debía mantener la compostura. Se volteó y cortésmente les recordó a los estudiantes del fondo que la asistencia no era obligatoria, que podían irse cuando quisieran, pero, si se quedaban, debían respetar el derecho de sus compañeros de poder atender el curso sin distracciones.

Los que estaban más adelante, en cambio, copiaban fervientemente cada palabra que el profesor escribía. Herrádez se preguntó entonces qué tanto podría desviarse de la verdad y decir tonterías arbitrarias, hasta que alguno despertara y se cuestionara lo que estaba copiando. Recordó entonces el comentario de un viejo profesor suyo que, con su expresión siempre petulante y rígida, clamaba: "la enseñanza es el proceso mediante el cual los apuntes del profesor pasan a ser apuntes del estudiante, sin pasar por el cerebro de ninguno de los dos". Recordaba que lo había molestado muchísimo el comentario y lo creyó un viejo demente. Pero poco a poco estaba comenzando a creer que había algo de razón en sus palabras. En verdad, no estaba seguro de quienes lo molestaban más, aquellos que hablaban durante la clase o quienes estaban tan ocupados copiando, que no procesaban ni la más leve pizca de lo que les estaba intentando enseñar.

Eran las 9:27am. y, aunque aún no había dado por terminada la clase, muchos de los estudiantes comenzaron a guardar sus lápices y cuadernos. Los dormilones comenzaron a despertar y, poco a poco, todos fueron saliendo del salón. Sólo uno quedó atrás. Aún con la capucha del suéter puesta sobre su cabeza, Herrádez pudo reconocer a Miguel Pérez.
—Vamos, Pérez, despierte que en este salón hay otra clase —dijo el profesor, pero Miguel no despertó. Herrádez intentó sacudirlo para despertarlo, pero aún sin éxito. Finalmente, lo sacudió un poco más fuerte y Miguel cayó al piso, haciendo un estruendoso eco en el salón ya vacío.

Herrádez tomó a Miguel, preocupado por la condición de su estudiante, y se apresuró a quitarle la capucha de encima. Inmediatamente, su preocupación se convirtió en un terror absoluto. Miguel estaba de un color azul pálido, con los ojos abiertos y en blanco, gélido al tacto. No quedaba duda de que Miguel Pérez estaba muerto.

Habiendo pasado la sorpresa inicial, lo que más conmocionó a Herrádez fue una peculiar marca sobre la frente del chico, aparentemente hecha con una navaja, que decía "3435". Herrádez se quedó petrificado, atormentado por una avalancha de preguntas. ¿Qué querrá decir esto? ¿Se habrá suicidado Miguel o será obra de alguien más? ¿Cómo llegó hasta aquí en estas condiciones? Repentinamente oyó las puertas del salón cerrándose fuertemente, volteó sobresaltado y descubrió un mensaje que lo perturbó en lo más profundo de su ser. Escrito en la pizarra, con la misma tiza que había usado hace minutos para hablar de progresiones y series, se mostraba una sola frase: "Bienvenido a mi juego" y debajo, escrito en una letra mucho más estilizada, a modo de firma, una sola palabra más: "Munchausen".

Lain_Faustus88
Rango6 Nivel 25
hace más de 2 años

Oh!! El primer capítulo no me convencía mucho, pero éste ya logró atraparme.
Gracias!!

artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 2 años

Tremendo giro, @rmonascal. Me ha pillado desprevenido, lo reconozco, pero también me ha enganchado.

Veamos qué ha ocurrido y qué está a punto de ocurrir.

JulesSchmidt
Rango12 Nivel 57
hace más de 2 años

Sorpresa!
¿Pero qué ha pasado? Si ha comenzado como un relato corriente y moliente, y ahora, para las próximas cajas, me voy a proveer de una buena fuente de palomitas de maiz....
Qué bueno, @rmonascal!!!!

oikosBsAs
Rango12 Nivel 58
hace más de 2 años

@JulesSchmidt cuando puedas comparte las palomas del maiz.....ja!!! buelan y buelan, con "b" (son mayorcitas), @rmonascal lo hace bien, ¿verdad?

Romahou
Rango18 Nivel 88
hace más de 2 años

Magnífico

Quedo entregado a su prosa e historia
Espero una cadencia alta de capítulos.
Mi corazón no es eterno y sí débil, amigo

rmonascal
Rango13 Nivel 60
hace más de 2 años

Debo discrepar, amigo @Romahou. Tu corazón es eterno en el momento que lo derramas en blanco y negro. Cada palabra lo mantiene con vida en los ojos de quienes te leemos, de aquí hasta que la imaginación se extinga. :)

Romahou
Rango18 Nivel 88
hace más de 2 años

Se agradece amigo @rmonascal

Pero me hago viejo
Aunque no como los demás

Y leer me alimenta

Así que.... Me dejo en tus manos

El comentario, lo preservo. Emotivo

IndigoDolphins_73
Rango11 Nivel 50
hace 7 meses

"la enseñanza es el proceso mediante el cual los apuntes del profesor pasan a ser apuntes del estudiante, sin pasar por el cerebro de ninguno de los dos". Ay! Que cosa más triste, quizás porque más de una vez es verdad


#3

—Estuvo aquí —pensó Herrádez, totalmente paralizado, observando la pizarra y su tenebroso mensaje. El asesino, y ya no le quedaba la menor duda de que Miguel Pérez había sido asesinado, había estado ahí, frente al salón, escribiendo en su pizarra y ni siquiera se percató de su presencia.

Pasados unos instantes entró un hombre flaco y anciano, alto a pesar de lo encorvado que estaba, con un sombrero marrón que cubría su ondulado cabello plateado. Herrádez reconoció de inmediato al viejo profesor Di Pugglia y quiso pedir su ayuda, pero la voz se le escapaba y el aliento lo traicionó. El profesor Di Pugglia volteó hacia donde se encontraba Herrádez y, al percatarse de la escena que se desenvolvía frente a él, abrió sus ojos en absoluto asombro.
—¡Auxilio! —gritó con una voz grave y contundente—. ¡Hay un estudiante herido!
Los rostros de profesores y estudiantes curiosos no tardaron en llegar y, unos minutos después, le siguieron los bomberos voluntarios del campus.

Un bombero apartó al profesor Herrádez y otro lo llevó al baño del edificio, para que pudiera pasar el trauma y refrescarse. Conforme salían del salón, pudo escuchar a un joven bombero confirmar la muerte de Miguel Pérez y pedir que se contactara a la policía y los forenses para atender el caso.

Una vez en el baño, Herrádez se acercó al lavamanos y se enjuagó las manos. Sus manos no estaban sucias sino de tiza, pero habían cargado con el peso de un chico muerto, uno de sus estudiantes, una vida tan joven que había sido extinguida tan repentinamente. Una lágrima recorrió su mejilla izquierda y se unió al flujo de agua que escapaba del lavamanos. Herrádez creó un pequeño plato con ambas manos, lo llenó de agua y se mojó la cara. Aún con el rostro chorreando, subió la mirada y pudo contemplarse a si mismo en el espejo. Sus ojos rojos y expresión desolada le eran extrañas, como si se tratara de otra persona, un gemelo idéntico de algún universo paralelo. Pero aún era él, su cara redonda, su cabello castaño oscuro, sus cejas pobladas y ojos café, sus lentes finos y espeso bigote. Todo lo que era él se veía reflejado, pero no se veía a sí mismo.
—¿Será todo parte de una terrible pesadilla? —pensó, recordando a Miguel y cómo lo había visto, tan alegre y tan vivo. Las pocas conversaciones que tuvieron se revolvieron en su mente, creando una cruel sinfonía de imágenes y recuerdos. Finalmente, silencio.

Unos treinta minutos más tarde, la policía había llegado y colocado un perímetro en el salón donde reposaba Miguel. Midieron cada posible variable en cada posible sitio, pero no existía indicio alguno que pudiera llevarlos al asesino. Los familiares y la pareja de Miguel habían sido informados y ya estaban en camino.

El profesor Herrádez finalmente salió del baño y se dirigió hacia la multitud, sus principios exigían agradecer a los bomberos que lo habían auxiliado en aquel momento de crisis. Sin embargo, cuando llegaba al salón, escuchó a lo lejos un grito ensordecedor. Uno de los policías salió corriendo al encuentro de lo que hubiera sucedido en aquel lugar, se detuvo ante la puerta de un salón, se quitó su sombrero y se quedó inmóvil, observando un punto en el interior de aquel espacio.

Minutos más tarde el oficial volvió a la escena del crimen. Todos quedaron en silencio, a la expectativa de lo que diría el consternado oficial, hasta que finalmente pudo artícular sus pensamientos: "Ha pasado de nuevo. Las mismas marcas y la misma firma. Sin duda, estamos tratando con un asesino en serie."

Hace más de 2 años

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#4

—¿Qué... quién... quién ha sido? —preguntó Herrádez sobresaltado. La multitud volteó y todos los ojos se posaron sobre su exaltado semblante. El policía que había dado la información se le quedó viendo unos instantes, en total silencio, como si intentara decidir cómo expresar lo que había visto. El silencio fue roto por un grito de terror. En dirección a la segunda escena del crimen el joven Arnaldo Gutiérrez estaba de rodillas frente a la puerta del salón, con ambas manos cubriendo su rostro y una respiración pesada que se notaba incluso desde la considerable distancia que lo separaba de la multitud.
—¡No, Gaby, no! —gritó inconsolable. Entonces fue claro quien había sido la siguiente víctima: la novia de Arnaldo, la joven Gabriela Ochoa. Gabriela era una de las personas más dulces y gentiles que había conocido Herrádez y siempre lo saludaba con gran cariño. ¿Quién podría haber hecho tal atrocidad a tan inocente persona?

—¿Qué hay del mensaje? —preguntó uno de los oficiales de mayor rango—. ¿Es el mismo?. El oficial que había traído la información se negó con la cabeza y seguidamente reveló el nuevo mensaje a todos: "En el juego de la perfección, no hay espacio para falsos profetas".
—¿Falsos profetas? ¿Qué querrá decir? —se preguntó Herrádez—. ¿Qué clase de enfermo maniático es éste?

El resto del día transcurrió sin mayores novedades. Los policías y forenses examinaban ambos casos, intentado hallar alguna relación entre ellos. Cayendo ya la noche, el profesor Herrádez llegó a su pequeño apartamento, abrió la puerta, entró con paso lento y, ya casi sin ánimos, cerró la puerta tras él. Se quedó unos minutos parado, con la mirada perdida y el corazón destrozado. Finalmente se dirigió a la sala de estar y decidió servirse un trago de su ron favorito. Le hacía falta relajarse y pensar. Se sentó en su sillón y comenzó a recrear el día en su mente, meneando suavemente la copa en sus manos, componiendo una dulce melodía con el par de hielos que flotaban sobre el cobrizo líquido.
—Tiene que haber alguna relación— dijo en voz baja—. ¿Qué querrá decir ese número, 3435? ¿A qué se refiere con falsos profetas de la perfección? ¿Quién es ese tal Munchausen? —Las preguntas se acumulaban en su mente, pero eran constantemente interrumpidas por imágenes de las pobres víctimas, de sus seres queridos, de la preocupación de sus estudiantes y colegas.

Esperaba que todo hubiera acabado, pero algo le decía que no sería así. Debía concentrarse, hallar la relación, identificar al asesino. El miedo comenzó a invadir su mente, pero no fue rival para la rabia que electrizaba sus nervios.
—¡No puedo permitir más tragedias! —gritó a la nada. Dejó el vaso con el ron intacto y se dirigió al estudio, en donde tenía su computadora personal. Encendió el equipo, abrió el explorador de internet e ingresó en el buscador: "Munchausen".

Hace más de 2 años

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Romahou
Rango18 Nivel 88
hace más de 2 años

Yo también lo busco....


#5

La búsqueda inmediatamente arrojó un resultado interesante, un tal síndrome de Munchausen: un trastorno mental en el que se asimilan dolencias y enfermedades falsas, con el objeto de llamar la atención u obtener algún valor. Esto le pareció curioso a Herrádez.
—¿Estaría el asesino buscando llamar la atención? Si, eso era evidente —pensó Herrádez—. ¿Pero, con qué objetivo?

Herrádez siguió investigando y vio que la enfermedad fue nombrada en honor a un personaje ficticio de una novela Alemana, conocido como el barón Munchausen; un personaje excéntrico, exagerado y narcisista. Leyó algunos de los relatos, pero no logró encontrar nada relacionado con sus estudiantes o con el misterioso número 3435.

La búsqueda había tomado direcciones inútiles y la información obtenida no parecía ser de utilidad. Entonces, como si un rayo cósmico lo impactara de pronto y le iluminara la mente, a Herrádez se le ocurrió consultar el directorio online del campus. Ahí, se encontraba la información de todos los estudiantes, profesores y empleados que hacían vida en la facultad. El directorio permitía buscar por número de carné. Introdujo el número misterioso y el sistema arrojó un único resultado: Jorge Cedeño, carné 10-103435, estudiante de física.

El joven Cedeño había desaparecido hace unos tres años, después de ser expulsado por dar golpes y lastimar gravemente a uno de sus profesores. Era un estudiante brillante, pero flojo y muy orgulloso. Solía hacer el menor trabajo posible y luego inventaba las más inverosímiles excusas, atacando a los profesores cuando no aceptaban sus mentiras.
—¿Será él Munchausen? —pensó por un momento. Era lógico, pero no estaba seguro—. ¿Debía contarle a la policía su descubrimiento? —Herrádez lo consideró unos minutos, pero concluyó que debía reunir más evidencia antes de acusar a una persona. Sin embargo, tenía un indicio y un sospechoso del cuál cuidarse. Ya cansado y sin más energía para considerar su hipótesis, el profesor Herrádez apagó su computadora, se dirigió a su alcoba, se subió a su cama y quedó profundamente dormido.

Al día siguiente, la facultad amaneció cubierta de neblina y un ambiente lúgubre. Las cintas de la policía aún podían verse adornando el edificio donde sucedieron los asesinatos del día anterior. Herrádez intentó no pensar mucho en eso y continuó hacia el edificio donde se encontraban las oficinas de los profesores. Al llegar, vio a un grupo de estudiantes frente a su oficina, esperándolo en silencio. Todos lo recibieron con mucho cariño y le ofrecieron su apoyo sincero por haber vivido una situación tan traumática. Conversaron sobre Miguel y sobre Gabriela, de las cosas que vivieron y de cómo los extrañarían. Herrádez estaba conmovido por tanto afecto y destrozado por la pérdida de sus estudiantes. Una lágrima se le escapó, algo que jamás se había permitido frente a sus estudiantes, pero, así mismo, jamás había tenido que sostener a uno sin vida antes.

En el pasillo de al lado, se escuchó de repente un agudo grito. Temiendo lo peor, Herrádez y sus estudiantes salieron corriendo hacia el origen del ruido. Totalmente acelerados y con los nervios de punta, llegaron hasta donde se encontraba la profesora Estela Pérez, una señora de cincuenta y tantos, siempre vestida elegantemente, con el cabello canoso amarrado en un tenso y cuidadoso nudo. En cuanto vieron a la profesora Pérez, el grupo comenzó a calmarse. Era de conocimiento común que la profesora era muy fácilmente impresionable. Herrádez, siendo mucho menos atlético y jóven que sus estudiantes llegó unos instantes después y le preguntó qué había pasado. Aún respirando profundo y hablando entrecortadamente, la profesora Pérez les confesó que creyó haber visto una enorme y tenebrosa araña. Los estudiantes, un poco molestos por haber corrido por tan poca cosa, se regresaron por el mismo pasillo hacia la oficina de Herrádez, que quedaba en camino hacia la salida. Herrádez se quedó acompañando a la profesora Estela, por cortesía, hasta poder asegurarle que la araña ya se había marchado.

Unos instantes más tarde Herrádez escuchó otro grito, esta vez en dirección a su oficina. Uno de sus estudiantes se asomó por el pasillo corriendo, tan rápido que tropezó y fue a dar al piso. Ignorando el dolor, se levantó de prisa y fue hasta donde estaban los profesores.
—Es Juan—les dijo, aún recuperando el aliento. Todos corrieron de vuelta, siguiendo al afligido estudiante. Nuevamente frente a la oficina de Herrádez, tendido en el piso, se encontraba Juan Dos Santos, con la cabeza totalmente torcida. En el pecho tenía un papel que decía: "Uno a uno, los falsos profetas caerán" y, nuevamente, una pequeña firma: "Munchausen". A Herrádez no le hizo falta ver la frente del chico para saber lo que había escrita en ella. Sintió que la realidad se encogía y una mezcla de rabia, miedo e impotencia se apoderaron de él. ¡Estaban hablando y llorando juntos hace apenas unos minutos! La profesora Pérez salió corriendo a pedir ayuda. En cuestión de minutos la facultad entera estaba rodeando el edificio y la policía hizo acto de presencia en la escena.

Hace más de 2 años

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#6

—Quien fuera el asesino conocía muy bien el campus y, más aún, lo conocía bien a él —pensó Herrádez. Una parte de él quiso hundirse en la tristeza y la pérdida de sus estudiantes, pero, a la vez, en sí vio nacer una llama implacable, un deseo irrefrenable de justicia, o quizá sólo de venganza. Debía atrapar al asesino y hacerlo pagar.

Por su mente pasó acusar directamente al joven Cedeño, a quien había encontrado en sus búsquedas por la web, pero primero debía reunir más evidencias. Debía trabajar por su cuenta, la policía no lo dejaría colaborar con la investigación, alegando que harían lo mejor que pueden para atrapar al sujeto y los dejara hacer su trabajo. Pero no podía quedarse de brazos cruzados y ver caer uno a uno a sus estudiantes.
—¡Hay un patrón, debe haberlo! —exclamó Herrádez—. Sólo tengo que encontrarlo.

Esa noche volvió a sentarse en su computadora y buscó información personal de los tres estudiantes asesinados: Miguel, Gabriela y Juan. Miguel y Juan estudiaban Ingeniería Industrial y Gabriela estudiaba Ingeniería Química. Todos habían inscrito al menos un curso con él. Decidió crear una ficha para cada uno de ellos, de forma de tener la información más organizada y analizarla más eficientemente.

MIGUEL PÉREZ:
—Número de Carné: 15-108128
—Carrera: Ingeniería Industrial
—Promedio escolar: 61.34 / 100
—Edad: 19 años.
—Sexo: Masculino
—Materias cursadas conmigo: Introducción al Álgebra.

GABRIELA OCHOA:
—Número de Carné: 15-114689
—Carrera: Ingeniería Química
—Promedio escolar: 83.01 / 100
—Edad: 19 años.
—Sexo: Femenino
—Materias cursadas conmigo: Cálculo 2.

JUAN DOS SANTOS:
—Número de Carné: 14-114617
—Carrera: Ingeniería Industrial
—Promedio escolar: 76.40 / 100
—Edad: 21 años.
—Sexo: Masculino
—Materias cursadas conmigo: Cálculo 1, 2 y Procesos Estocásticos.

Por más vueltas que le diera Herrádez, no pudo conseguir patrón alguno. No había preferencia por estudiantes de buenas o malas notas, por sexo, por edad, por carrera ni por algo más. Incluso pensó en encontrar alguna relación entre los números de carné, pero, de existir alguna, no logró encontrarla. Siempre existe la posibilidad de que tales ataques fueran arbitrarios y que haya sido sólo casual su relación con los tres estudiantes, pero dudaba que tales muestras de planificación y precisa ejecución hayan sido arbitrarias.

Sólo una cosa estaba clara, parecía estar en el centro de los ataques. Es posible que sea todo parte de alguna venganza contra él, aunque no imaginaba quién pudiera odiarlo de tal forma. Todos los estudiantes asesinados habían sido sus estudiantes y era razonable pensar que los demás también podrían estar en peligro.

Al día siguiente fue a la universidad y solicitó al decano dar un permiso especial a todos los estudiantes que alguna vez hayan cursado alguna de sus asignaturas de faltar a clase por un tiempo, mientras se calma el ambiente. El decano, un hombre sumamente serio, con un bigote negro como la noche y aún más espeso que el de Herrádez, colocó su mano sobre el hombro del profesor y le aseguró que estaba siendo paranóico.
—No hay manera de que seas el centro de este ataque —dijo el decano— y no creo que debamos preocupar a tus estudiantes de esa manera. Ten fe y paciencia, que las autoridades encontrarán al culpable pronto. Sin embargo, creo que es buena idea que te tomes unos días para descansar y recuperarte. —Herrádez sabía que el decano simplemente lo estaba despachando, pero no había mucho más que pudiera hacer. Salió de la oficina y, resignado, se preparó para regresar a casa.

Cuando comenzó a bajar las escaleras, decidió voltear una vez más hacia la oficina del decano, deseando que abriera la puerta, cambiara de opinión y lo ayudara a advertir a sus estudiantes. Pero en cambio vio algo mucho peor. Guindado del techo se encontraba el cuerpo de un estudiante más, uno que jamás había visto en clase sino ocasionalmente por los pasillos. Regresó corriendo a la oficina del decano, entró sin siquiera tocar la puerta y robó la atención del decano y sus secretarias al desmayarse rotundamente sobre la entrada.

Al despertar, la policía ya estaba en el edificio y habían identificado al cadáver. Se trataba de Joaquín Vivas, estudiante de Geología. Joaquín jamás cursó asignatura alguna con Herrádez, pero eso no hizo menor el impacto. Lo que si era cierto, es que la teoría en la que todos los asesinados eran estudiantes suyos se había desmoronado ante la más reciente tragedia. La evidencia era cada vez menos clara.

JOAQUÍN VIVAS:
—Número de Carné: 14-100456
—Carrera: Geología
—Promedio escolar: 66.53 / 100
—Edad: 20 años.
—Sexo: Masculino
—Materias cursadas conmigo: Ninguna.

Hace alrededor de 2 años

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#7

Después del 4to estudiante asesinado en menos de una semana, el campus cerró oficialmente sus puertas. Ningún estudiante, profesor, empleado o visitante tendría permitido entrar a las instalaciones sin una razón bien justificada. El último mensaje había sido particularmente aterrador: "Como las hojas de un árbol en otoño, seguirán cayendo. Abríguense bien, que apenas empieza la temporada".

Las noticias se esparcieron rápidamente por la ciudad. Los nombres de Miguel, Gabriela, Juan y Joaquin sonaban en las conversaciones de cada esquina y un cierto temor se notaba en quienes se atrevían a hablar del tal Munchausen. Pero, aún con el conocimiento general del público, ni la policía ni Herrádez estaban más cerca de descubrir al asesino.

Después de una difícil noche, derrotado por el mismo alcohol que debía calmarlo y ayudarlo a relajarse, Herrádez despertó con un terrible dolor de cabeza.
—¿En qué estoy pensando? —se preguntó Herrádez—. ¿Cómo voy a resolver un caso así por mi mismo?

Sin perder más tiempo, el alterado profesor se vistió, se tomó un par de pastillas para el dolor y salió con rumbo a la estación de policía. La calle se veía extrañamente calmada, con pocas personas caminando y muchos de los negocios aún cerrados. Aparentemente era mucho más temprano de lo que creía, pero seguramente los policías lo recibirían con gusto. Un par de cuadras antes de llegar a la estación, pudo ver a lo lejos al joven Arnaldo, novio de la difunta Gabriela, sentado solo en una plaza, con la cabeza baja y los ojos llorosos. Quiso ir a consolarlo, pero consideró mejor darle su espacio. Siguió caminando y, al cabo de unos minutos, estaba cruzando el portal de la estación de policía.

El oficial de turno le saludó e invitó a sentarse. El aún somnoliento y adolorido profesor comenzó entonces a discutir su investigación y sus resultados. Habló del joven Cedeño, de la aparente pero desmentida relación con él mismo y la ilógica falta de un patrón. El policía se mostró muy interesado y anotaba todo lo que decía con el mayor cuidado. Luego archivó lo anotado y escoltó a Herrádez a la salida, asegurando que tomarían muy en cuenta lo que les había compartido. Aunque no se sintió muy convencido de que realmente tomaran en serio su investigación, Herrádez decidió dejar de involucrarse tanto, dejar el trabajo de investigación a los profesionales y realmente dedicarse a su propia recuperación.

Camino de vuelta a su casa, pensó en ver si seguía Arnaldo en la plaza y quizá quisiera un poco de compañía. Sin embargo, al acercarse a la plaza vio a un gran grupo de personas reunidas. Se acercó rápidamente y se abrió paso entre la multitud. Al llegar al centro del tumulto no pudo creer lo que vio. Un letrero que decía "Pierden la cabeza por encontrarme, pero la perfección es una sola y soy ineludible". Clavado en la parte superior del letrero se encontraba la cabeza cercenada de Arnaldo, aún con los ojos aguados y la mirada perdida. Herrádez no pudo evitar vomitar en el acto y, seguidamente, caer desmayado en el suelo.

Despertó y el profesor se encontraba en su casa, recostado sobre su sillón. A lo lejos se sentía un ligero aroma de caldo de pollo.
—¿Quién me habría traído? —pensó, aún medio dormido.
Escuchó el sonido de cuchillos chocando viniendo de la cocina y sintió miedo. El sonido de pasos acercándose lo llenó de terror, pero estaba demasiado adolorido para moverse. Finalmente una figura salió de la cocina, sosteniendo un plato grande de sopa.
—Buenos días profesor, tome esto. —sonó una voz familiar—. Le hará bien.
La voz venía nada menos que de la profesora Pérez, a quien le había confiado una llave de su apartamento por si en algún momento ocurría una emergencia.
—Espero me disculpe —continuó la profesora, mientras lo ayudaba alevantarse —. Lo hubiera llevado a mi casa, pero toda la zona de la plaza está en cuarentena por la policía.

Después de tomar la sopa y agradecer muy efusivamente a la profesora por su atención, Herrádez investigó los datos de Arnaldo como lo había hecho con las víctimas anteriores.

ARNALDO GUTIERREZ:
—Número de Carné: 15-110038
—Carrera: Ingeniería Electrónica
—Promedio escolar: 54.07 / 100
—Edad: 20 años.
—Sexo: Masculino
—Materias cursadas conmigo: Cálculo 1.

Luego, invitó a la profesora a tomar un café y charlar, en forma de agradecimiento por rescatarlo después de desmayarse. Decidieron detenerse en una pequeña pastelería de nombre "La Prestige" que tenía fama de servir muy buen café. Tomaron una mesa para dos, justo a un lado de un grupo de jóvenes que también tomaban café y estudiaban. Los jóvenes no reconocieron a los profesores ni ellos a los primeros, por lo que seguramente no eran del campus. Sin embargo, ya toda la ciudad seguramente estaba enterada de los sucesos de los últimos días. Ambos pidieron un café marrón fuerte y, después de algunos instantes de silencio, comenzaron a discutir, avivando la imaginación y convocando avalanchas de teorías y argumentos sobre todo lo ocurrido.

Hace alrededor de 2 años

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Romahou
Rango18 Nivel 88
hace alrededor de 2 años

Cogemos ritmo....
Que no pare


#8

—¡Es increíble cómo se sale con la suya! —clamó Herrádez. El asesino había logrado matar a cuatro estudiantes, a plena luz del día. Al pobre Arnaldo incluso lo había decapitado y nadie lo había visto hacerlo—. ¿Cómo lo hace ese desgraciado?".

La profesora Estela olfateaba su café con elegancia, adornando sus facciones con el ligero y serpenteante humo que despedía. Para ella era claro que tales actos sólo podían ser llevados a cabo por un profesional, quizá bajo contrato de alguien con los motivos y los recursos para planificar tales atrocidades.
—¿Pero, por qué? —continuó pensando Herrádez—. ¿Qué podrían haber hecho esos inocentes chicos para merecer tal destino?
La teoría resonó con el agotado profesor, que vio la lógica en el argumento de su colega y se convenció de que el asesino y artífice debían ser personas distintas.
—¿Pero quién podría ser el artífice?

Herrádez recordó lo que había investigado sobre el joven Cedeño.
—¿Podría ser él el misterioso artífice? —se permitió pensar. Al volver a su apartamento, tendría que averiguar más sobre él y contactarlo, de ser posible. Pero, si tenía razón y era él, correría un gran peligro al contactarlo directamente.

Como si le leyera la mente, la profesora Pérez le aconsejó no meterse en problemas y dejar todo el asunto a la policía.
—¿Cómo podría? —continuó pensando Herrádez—. ¿Cómo podré vivir conmigo mismo si no hago algo más? Obviamente no soy detective, pero sí matemático y, como tal, emplearé toda mi lógica y razonamiento para encontrar al culpable.

Después de despedirse y de que su preocupada colega le repitiese que se mantuviera a salvo y al margen de todo el asunto, un muy decidido Herrádez entró rápidamente a su apartamento, encendió el ordenador y comenzó su investigación sobre Jorge Cedeño. Aparentemente seguía viviendo en el pueblo y trabajaba en un taller mecánico, "Autopartes y mecánica Josmer". Anotó el número del taller y la dirección. Luego intentó ver si existía algún indicio de su sospechoso en las redes sociales o en páginas de anuncios personales, pero poco mas que nada resultó de tal búsqueda. Era evidente que debía buscarlo en persona.

Al día siguiente, Herrádez se acercó al taller, que quedaba a unas 25 cuadras de su apartamento. No se veía descuidado, pero tenía ese aspecto grasiento y usado que suelen tener los mejores talleres. El profesor, intentando ocultar los nervios, entró, dió los buenos días y preguntó al aire por repuestos para un Corolla. Detrás de uno de los carros salió un hombre calvo, alto, aparentemente contemporáneo con el profesor, con un estómago prominente que no combinaba con sus brazos musculosos y bien formados.
—Con gusto, en seguida lo atiendo —respondió el hombre, con un tono amable y calmado—. Si quiere tome asiento.
Herrádez asintió y tomó asiento en unos bancos que había detrás suyo, pegados a la pared el taller, esperando a que su anfitrión se desocupara.

—Buenas tardes profesor, ¿Qué lo trae por acá? —Herrádez se había olvidado por completo de a quién buscaba, mientras una voz tenebrosamente familiar le hablaba desde un costado. Se volteó y vio al joven Jorge Cedeño, mucho menos joven, envejecido por el trabajo físico constante del taller. —Hola Jorge —respondió el profesor, intentando ocultar su sorpresa—, tiempo sin verte. No sabía que trabajaras aquí —mintió el profesor.
Jorge le contó entonces cómo había conseguido el trabajo, que llegó en el momento adecuado para poder ayudar a su familia. Se alegraba de haber sido expulsado de la universidad pues, aunque extrañaba develar los misterios del universo, tales sueños no le pertenecían, pues tenía una responsabilidad que cumplir con sus seres queridos.

Herrádez escuchó atentamente el relato de Cedeño y se convenció poco a poco de que una persona tan responsable y honrada no podría ser el artífice de tales atrocidades. Sin embargo, para no levantar sospechas, le preguntó sobre los repuestos para Corolla. Después de anotar los modelos y costos que Cedeño le describía, el profesor deseó el mayor de los éxitos en su vida al joven mecánico y se despidió con una gran sonrisa, de la manera más natural que pudo, disponiéndose a marcharse. El profesor salió del taller y comenzó a caminar de vuelta a su apartamento.

—Hay muchos talleres buenos cerca de donde usted vive. Gracias por viajar tan lejos para venir hasta el nuestro —le dijo Jorge con voz sonora, aún desde el interior del taller.
Herrádez se hizo el sordo, repentinamente más nervioso que nunca y siguió caminando hasta la esquina de la calle, donde cruzó y, de forma completamente instintiva, comenzó a correr lo más rápido posible de ahí.

Hace alrededor de 2 años

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#9

Una vez se hubo alejado unas cinco cuadras, Herrádez se detuvo, casi sin aliento, y se apoyó sobre un poste de luz. La cabeza le daba vueltas y no lograba enfocar sus pensamientos. Decidió entonces irse a su apartamento, intentar descansar un poco y luego analizar lo sucedido.
—¿Cómo sabe Cedeño donde vivo? —pensó Herrádez—. La dirección de cada profesor está públicamente disponible, pero no habría motivos para que él la investigara. ¿O acaso me está probando? —Lamentó haber salido corriendo, pues no sabía si Cedeño lo había visto huir—. ¿Qué haré ahora?

Llegó a su apartamento, dispuesto a abrir la puerta y entrar en su nirvana privado de tranquilidad. Al tocar la puerta notó que la misma se abría sin necesidad de siquiera girar el pomo.
—¡Qué descuidado! —se reclamó Herrádez a sí mismo.
Aunado a todo, para colmo había dejado la puerta abierta, como si no fuera suficientemente inseguro el pueblo últimamente. Entró y cerró la puerta tras él, cerciorándose de que la misma cerrara bien. En el estudio una tenue luz se proyectaba sobre la pared. Parecía haber dejado el ordenador encendido también, pero claramente recordaba haberlo apagado la noche anterior. Se acercó para apagarlo, considerando empezar a tomar pastillas para la memoria, pues tanto descuido era extraño en él.

Al llegar al estudio, su corazón dio un brinco. Al ver la pantalla, se mostraba una página web que no recordaba haber visitado. Un artículo sobre un tal "trastorno de identidad disociativo" se mostraba, incitándolo a leer su contenido. Algo le decía que no debía leer ese artículo misterioso, además de que aún estaba exaltado y cansado, pero la curiosidad lo venció finalmente y lo sentó frente al monitor. "El trastorno de identidad disociativo se diagnostica a individuos que tienen dos o más identidades, claramente definidas, coexistiendo dentro de su mente. Muchas veces estas identidades no son conscientes de la existencia de las otras y las personas que lo padecen pueden llegar a confundirse, quedando consternados cuando otros comentan acciones que no recuerdan haber realizado."

Era claro que tal trastorno correspondía a lo que se conoce comúnmente como el desorden de personalidad múltiples.
—¿Por qué un artículo sobre esta enfermedad se muestra en mi ordenador? —se preguntó Herrádez—. ¿Habrá sido parte de su investigación y no lo recuerda?
Miró a través de la ventana y llovía fuertemente, los jardines del campus se veían verdes, felices de recibir su baño matutino. Siempre le había gustado la vista desde su oficina.

Regresó su mirada al monitor y, unos instantes después, quedó en completo shock.
—¿Qué hago en la oficina? —se preguntó el profesor, exaltado y ansioso—. ¿Cuándo volví a salir de mi casa? ¿Cómo es que sigo leyendo el mismo artículo misterioso en el ordenador de mi oficina?
Se levantó sobresaltado de su asiento y salió corriendo de su oficina a pedir ayuda, pero sólo encontró a un extraviado estudiante de primer año. El edificio parecía estar casi desierto. Fue hacia la oficina de la profesora Estela, pero se encontraba cerrada. Se sentó en el piso frente a la puerta de la oficina, con los nervios de punta, abrazándose las piernas mientras temblaba incontrolablemente, esperando que por algún milagro apareciera la profesora y le ayude a dar sentido a lo que le estaba ocurriendo.

Unos minutos después, ajeno a toda posibilidad, la puerta de la oficina se abrió. Pero no fue la profesora Pérez quien apareció, sino Jorge Cedeño, aún con su uniforme del taller, sosteniendo un afilado objeto en su mano derecha y con una expresión implacable. Herrádez quiso gritar, pero sólo un ruido ahogado salió de su garganta. Cerró lo ojos y esperó el golpe final.

Abrió los ojos lentamente y vio alrededor, estaba en su casa, recostado en el piso del estudio, a un lado del ordenador.
—¿Qué pasó? —se preguntó Herrádez—. ¿Habrá sido un sueño? ¡Pero se sintió tan real!
Se levantó y vio que en el monitor ya no se mostraba el artículo, sino una imagen. Era un retrato en blanco y negro de un sujeto con prominente nariz, bigote encrespado, cabello enrollado en tubos a los costados del cráneo y una gran calvicie en la parte superior. El sujeto le parecía familiar, como si lo hubiera visto antes. Recordó entonces lo que un estudiante una vez le recomendó hacer cuando tuviera dudas sobre una imagen en internet. La copió y usó el buscador de imágenes para encontrar imágenes similares e información sobre las mismas. El primer resultado fue un correspondencia perfecta. La información de la imagen consistía únicamente de dos palabras: Baron Munchausen.

Hace alrededor de 2 años

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Romahou
Rango18 Nivel 88
hace alrededor de 2 años

Cada vez lo veo e imagino más épico.....

rmonascal
Rango13 Nivel 60
hace alrededor de 2 años

Que interesante efecto, @Romahou. Veamos si así sigue. :)


#10

Herrádez revisó su reloj, eran ya las dos de la tarde. La mañana había pasado y no estaba más cerca de comprender lo que le había sucedido. Se levantó del piso y caminó hacia la sala de estar, levantó el teléfono y llamó a la profesora Pérez. La profesora contestó el teléfono con su característico "diga" y Herrádez se quedó en silencio, sin saber como expresar lo que quería decirle. —Diga —volvió a decir la profesora, y finalmente Herrádez habló y le saludó con una voz ronca y debil.

La profesora Pérez reconoció de inmediato la voz de su colega y enseguida le preguntó qué había pasado. Herrádez le contó que había ido a buscar a Jorge Cedeño y éste le había parecido un buen muchacho, salvo por esa última frase que le resultaba sumamente sospechosa. Le contó de la puerta de su casa que encontró abierta, del artículo en su ordenador y de la experiencia en su oficina, la cual aún no estaba seguro si había soñado o no. La profesora escuchaba atenta, realizando únicamente sonidos para indicar que entendía y que podía continuar con la explicación.

Al finalizar Herrádez su relato, un poco más tranquilo por haber podido expresarse con alguien de confianza, la profesora inició su respuesta con un tono calmo. Le aseguró que iría a visitarlo inmediatamente para que no estuviera solo, pero también lo regañó por no hacerle caso y haberse metido en situaciones que lo ponían en peligro.
—No debiste haber ido a ese taller —le dijo la profesora— tienes suerte de que el chico no tuviera malas intenciones.
Después de despedirse y que Herrádez le agradeciera a la profesora por su amabilidad, ambos cerraron el teléfono y el profesor se trasladó a la cocina, donde comenzó a preparar un café para su invitada. En unos veinte minutos debía estar llegando, considerando que viniera a pie.

Mientras el agua hirviendo se colaba a través de los granos molidos, el profesor recordó la conversación con su amiga. Tenía razón, no debía seguirse exponiendo de esa forma. Tenía que hallar la manera de investigar sin correr esa clase de peligros. De repente una verdad implacable lo golpeó como una gran ola. Jamás le había dicho a su colega que el lugar donde había encontrado a Cedeño era un taller mecánico.
—¿Cómo lo supo? —se preguntó Herrádez.
Tuvo entonces el peor de los presentimientos y, en un ataque de pánico, decidió salir lo más rápido posible de su apartamento, antes de que la profesora llegara.

Ni su apartamento era seguro ya. Ella tenía una llave de repuesto.
—¿Habrá sido ella quien entró y dejó ese artículo en el ordenador? —pensó, alterado y frustrado—. ¿Habrá sido ella quien dejó la puerta mal cerrada? —No estaba seguro, pero sentía que debía huir lo más rápido posible—. ¿Ahora en quién podré confiar? ¿A dónde podré ir?
Decidió entonces ir a una librería que quedaba a unas seis cuadras de su apartamento. Ahí podría estar un tiempo y planificar mejor qué hacer a continuación.

Aún llovía por lo que el profesor tuvo que abrigarse y llevar su paraguas. Una parte de él sentía lástima por la profesora, que llegaría a su apartamento y no lo encontraría ahí. Si ella no era parte de todo esto, seguro le parecería una gran falta de respeto y perdería una valiosa amistad. Decidió entonces dejarle una carta pegada a la puerta: "Discúlpame Estela, tuve que salir de improviso. Creo que no estoy seguro aquí. Te contactaré apenas evalúe la situación y saque alguna conclusión. Por favor, entra si lo deseas; hay café recién hecho. - E. Herrádez".

A pesar del paraguas, Herrádez llegó totalmente empapado a la librería. Tuvo que esperar a escurrirse un poco antes de arriesgarse a dañar los libros y muebles del lugar. En la librería había algunos jóvenes leyendo alrededor de una mesa. Uno de ellos le recordó al joven estudiante que había visto en su sueño, si es que eso había sido. Tomó un libro arbritrario para justificar su estadía en la librería y se sentó en un sofá.

El profesor echó un vistazo al libro que había tomado. No tenía el título en la portada, ni el autor. Impulsado por la curiosidad, abrió la primera página y encontró que tenía en sus manos un libro del autor alemán Rudolf Erich Raspe. Pasó a la siguiente página y se encontró de frente con la casualidad más aterradora que podría haber imaginado. El título del libro que había tomado era "Las Narraciones del Barón Munchausen, de sus Maravillosos Viajes y Campañas en Rusia". El profesor palideció.
—¡Tiene que ser casualidad! —murmuró en pánico. Nadie podría saber que se dirigiría a esa librería ni que tomaría ese libro en particular.

Mientras Herrádez contemplaba lo descabellado de esa aterradora casualidad, el encargado de la librería se le acercó y le entregó un pequeño sobre.
—Me pidieron que le entregara esto —dijo el encargado. Herrádez se quedó perplejo y confundido. ¿Quién le enviaría un sobre en aquel lugar? Le preguntó al encargado quién la había enviado, pero él le respondió simplemente que no sabría decirle.

El profesor abrió el misterioso sobre con cuidado y dentro había una hoja doblada. Sacó la hoja y la desdobló nerviosamente. Lo último que vio Herrádez antes de caer desmayado sobre el sofá fue el aterrador contenido de aquella carta, escrita con las mismas hojas que usaba para sus propias cartas, hojas especiales que había mandado a hacer con sus iniciales, las mismas que había usado recién para dejar una carta a la profesora Estela. Una sola frase, breve y contundente en su significado: "El juego de la perfección continúa. - Munchausen" y un poco más abajo "P.D.: Gracias por el café."

Hace alrededor de 2 años

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#11

Al despertar, Herrádez se encontraba aún en la librería y muchos de los que estaban ahí al desmayarse seguían hundidos entre páginas amarillentas. Tenía aún la carta entre sus manos, aunque hubiera preferido que fuera todo un mal sueño.
—¿Estela? —pensó, consternado—. ¿Acaso podría ser ella la asesina?
El pensamiento desapareció de su mente tan pronto como se formuló y fue reemplazado por un profundo temor. Su amiga seguramente estaba en un peligro mortal y él la había dejado a merced de un psicópata asesino. En seguida se levantó del sillón y salió de la tienda a un paso vigoroso, inconsciente de que se estaba robando el libro que llevaba bajo el brazo.

La lluvia se había detenido, pero el cielo se mantenía oscuro. Angustiado, el profesor Herrádez caminó lo más rápido que pudo, hasta que llegó a la puerta de su apartamento. La nota que había colgado en la puerta ya no estaba, pero eso era de esperarse. Entró a su apartamento, que estaba completamente a oscuras y cerró la puerta tras de él.

Hacia la habitación logró distinguir una tenue luz que rompía la oscuridad absoluta, una luz rojiza que parecía titilar débilmente. Entró con cautela y vio que la luz provenía de dos relojes, aparentemente en una cuenta regresiva, cada uno en una esquina de la habitación. Prendió la luz y pudo ver entonces la realidad. Detrás de cada uno de estos extraños relojes había una sorprendente carga de dinamita y detrás de cada carga, una persona atada e inconsciente. Uno de los relojes marcaba el tiempo frente a la profesora Pérez. El otro, frente a un joven que Herrádez creyó ver alguna vez en el campus, pero no lograba ubicar en dónde.

La gravedad de la situación lo golpeó en un instante, como un balde de agua fría, inesperado y repentino. En lo que los relojes llegaran a cero, las cargas de dinamita explotarían y matarían a la persona que custodian. Quedaban apenas un poco más de cincuenta segundos, por lo que sólo podría intentar salvar a alguno de ellos, ¿pero a cuál?

Los segundos pasaban inclementes mientras Herrádez decidía si salvar a su amiga o al joven. Recuerdos de Estela se reprodujeron en su memoria, de buenos momentos compartidos, de risas y de un cariño muy fuerte, aunque nunca fuera dicho en voz alta. El joven no tendría esas memorias, no habría tenido oportunidad de crearlas, la vida le sería arrebatada a destiempo, sin justicia o piedad. Entonces Herrádez supo lo que debía hacer.

Con un par de lágrimas amenazando con escaparse de sus ojos, el profesor se dirigió hasta donde estaba el joven y lo desató con cuidado. Al terminar, los relojes marcaban apenas 7 segundos. Herrádez subió al chico a su hombro izquierdo y, con toda la fuerza y la resistencia que logró invocar, corrió hacia la salida. Apenas le dio tiempo de abrir la puerta cuando la onda expansiva de la explosión los arrojó hacia el piso del pasillo. Herrádez golpeó el piso fuertemente, quedando un tanto desorientado, pero vivo aún.

Los vecinos se acercaron, exaltados por el estruendo de la explosión, y encontraron a Herrádez recostado junto al joven, a unos pocos metros del infierno en que se había convertido su apartamento.
—Está muerto —escuchó decir el profesor, aún mareado. Se volteó y vio a uno de los vecinos tomando el pulso del joven. Terminó de voltearse como pudo y confirmó que el joven, en efecto, había muerto. Viéndolo con más atención, logró ver una pequeña herida en el fondo de su mentón. Parece que un cuchillo lo había atravesado, mucho antes de que la explosión siquiera hubiera ocurrido.
—Mala elección —escuchó murmurar una voz, cruel y fría, pero, al voltearse, no había nadie más ahí.

Hace alrededor de 1 año

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Sarym
Rango16 Nivel 75
hace alrededor de 1 año

Wow, cariño, me tienes en vilo con esta historia, estoy totalmente fascinada, espero su pronta continuación. Saludos mi apreciado @rmonascal ;*

rmonascal
Rango13 Nivel 60
hace alrededor de 1 año

Con casi un año de pausa, la trama vuelve renovada y con nuevas direcciones. ¡Gracias por leer y por apreciar mi humilde escrito, @Sarym! Espero siga siendo interesante conforme avance. :)


#12

Perder el conocimiento se estaba haciendo costumbre ya para el profesor Herrádez y, apenas recobró el conocimiento, se vio en en el interior de una ambulancia. Sintió una mano sobre la suya, reafirmándolo y transmitiéndole apoyo. Abrió los ojos lentamente y pudo distinguir una figura a su lado, una persona sentada al lado de la camilla que lo transportaba. Intentó enfocar y creyó reconocer a la profesora Estela, pero sabía que debía estar alucinando.
—Todo va a estar bien —escuchó decir a la persona, y luego volvió a hundirse en su subconsciente.

Cuando volvió a recobrar el conocimiento, estaba en el hospital. El televisor estaba encendido en el canal de noticias y pasaban un recuento de los hechos de los últimos días. Entre las historias salió a flote la suya.
—Un atentado en casa del profesor Emmanuel Herrádez, matemático e investigador —decía el presentador —. Hubo una víctima fatal: el joven Diego Requena, que apenas había ingresado a la universidad este año.

De otro lado de la habitación, escuchó la puerta abrirse y sintió como entraba un grupo de personas a la habitación.
—Veo que ya despertó —dijo una de las personas recién ingresadas—, me alegra. Soy el doctor Álvaro Villa y me encargaré que salga de esto mejor que nuevo.

Herrádez intentó voltear para ver al doctor, pero pronto comprendió que su cuello estaba inmovilizado por una serie de almohadas y barras de acero.
—¿Dónde está Estela? —preguntó Herrádez, haciendo poco caso a la presentación del doctor.
—¿Estela? —preguntó el doctor en respuesta—. ¿Se refiere usted a la profesora Pérez?
—Sí —respondió el adormilado profesor, angustiado, sintiendo un nudo formarse en su garganta a la expectativa de la respuesta—. ¿Lograron encontrar su cuerpo?
—¿Su cuerpo? —continuó el doctor, evidentemente confundido—. Profesor, su colega ha estado a su lado desde que llegó al hospital.
—No se preocupe, doctor —escuchó decir a una voz familiar—. Imagino que es natural este tipo de confusiones en accidentes así.

Herrádez no supo cómo es que no volvió a perder el conocimiento en ese momento. Seguramente las drogas lo mantenían consciente o la curiosidad que invadía cada molécula de su ser.
—¿Estela? —preguntó Herrádez—. ¿Cómo? ¿Cómo es que estás viva?
—No me ha pasado nada, Emmanuel —respondió la profesora, con un tono preocupado pero, a la vez, algo condescendiente—. Te diste un golpe muy fuerte en la cabeza.
—Pero, pero —continuó balbuceando el profesor—. Yo te vi. Estabas ahí cuando todo explotó.
—Estaba camino a mi casa —respondió la profesora, ya con un tono más seco y formal—, intentando pasar el coraje de haber ido hasta tu casa para encontrarme con nada más que una nota tuya.
—¿Y de quién es el otro cuerpo en mi apartamento? —preguntó Herradez, ahora aterrado.
—¿Cuál cuerpo? —respondió una voz diferente, proveniente de la misma dirección del doctor—. Mis disculpas, soy el detective Bombau y estoy encargado de esta investigación. Si se siente ya un poco mejor —continuó el detective—, me gustaría que me contara todo desde su punto de vista.
—No creo que eso sea conveniente, oficial —intervino la profesora Pérez—. Seguramente el profesor está agotado y necesite descansar un poco más. ¿No lo cree así, doctor Villa?
—Si, claro —respondió el doctor, con un tono aparentemente disperso—. El profesor debe descansar un poco más antes de exponerse a revivir un evento tan traumático.
—Muy bien —respondió el detective—. Volveré tan pronto como sea médicamente seguro realizar algunas preguntas.
—Hasta entonces —dijo Estela, con voz dulce pero sutilmente fría.

Hace alrededor de 1 año

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rmonascal
Rango13 Nivel 60
hace 7 meses

¡Wow! Cuánto agradezco que te hayas tomado el tiempo de leer y comentar mis historias @IndigoDolphins_73. En serio, lo aprecio muchísimo. ¡Gracias! Espero algún día la inspiración me regale la continuación de este relato, jajaja.