Yhradil
Rango7 Nivel 33 (1965 ptos) | Autor novel
#1

Todo solía ser extraño, como si las palabras de aquellos que me rodeaban fueran suprimidas por las voces susurrantes de esas sombras que acariciaban con delicadeza mi mente. Podía vivir con una sonrisa, que en ocasiones se torcía por las visitas al hombre de blanco; ese cuarentón de perfilada y cuidada barba que movía sus labios formando oraciones que rompían, temporalmente, mi escudo.
Si cierro los ojos, puedo recordar aquellas tardes, de mi niñez, que pasaba en la consulta; charlando, con miedo y frialdad, mientras posaba mis ojos en los marrones del extraño médico. Gracias a esto, por unos instantes me viene a la cabeza mi juventud, en la cual no pude liberarme de aquel señor.
Todo, en aquellos tiempos, solía ser extraño, pero felizmente agradable. Era como una salsa de sabor agridulce, pues mientras la soledad me rodeaba, yo me sentía acompañada por las voces de los seres invisibles que me defendían de la cruda realidad. Pero, como siempre ocurre, todo tiene un final. Los puntos son inevitables, pues sin ellos la vida sería infinita. Aunque, si no hubiera barreras, la muerte tampoco pararía, y todo sería un revoltijo de situaciones filosóficas y sin explicación alguna. Sin embargo, gracias a los finales todo es más sencillo.
No sé si he de estar entristecida por mi felicidad acabar, o agradecida por la realidad alcanzar.
Desconozco qué he de hacer.
Mi mente siempre me estuvo engañando, y gracias a ello mi concepto de la vida humana no es el que el resto de personas tienen.
Ahora noto las miradas burlescas de los que antaño parecían no fijarse en mí, e incluso escucho los insultos que me dedican. Nunca estuve acostumbrada a esta clase de situaciones, y ver como lo que evité durante veinte años, ahora en un mes consigue llevarme hasta este lugar; un parque rodeado de gente que parece enfocar su atención a mí... No es de mi agrado.
Paso la valla, subo al borde del muro y agacho mi mirada. El vacío iluminado por los lejanos focos, me deja ver a gente paseando doce metros más abajo. Alzo la mirada a la hermosa luna y luego sonrío a las estrellas.
Comienzo a hablar conmigo misma, intentando despertar a mis compañeras. Pero no hay respuesta, no hay voces algunas desde que tomé por primera vez aquella pastilla que tanto le costó a mi madre que ingiriese.
A lo mejor seguiría feliz si no hubiera caído en la trampa. Pero, siempre hay final, así que los murmullos habrían cesado en cualquier momento. Y, como nada sabía de la realidad, predije que mi punto sería marcado ahora.
Salté.

Hace más de 2 años Compartir:

2

3