Anngiels_54
Rango10 Nivel 45 (4458 ptos) | Fichaje editorial
#1

Capítulo I
Del libro inédito:
Tu Piel de Primavera.

Septiembre
sólo es primavera
si lo vivo ebria del aroma de tu piel,
húmeda de placer.

Después de la segunda charla. Después de haberlo admitido nuevamente en su messenger, Teresa decidió aceptar que Juan fuera a buscarla para conocerse. Era una locura, pero su soledad fue la culpable de que olvidara su edad y se atreviera a conocerle. No le importaba si tenía treinta o cincuenta años más; él la veía sensualmente bella y quería conocerla.
Juan llegó en su camioneta 4x4. Vestía blue jean y una remera negra, adherida a su cuerpo cual si fuera una segunda piel. Lucía un moderno peinado despeinado con gel que le daba un aire de chico rebelde resaltando su juventud. Tenía la belleza misteriosa del hombre que, sin ser hermoso, tiene algo atrayente y atrapante.
Cuando la vio salir, se estiró y abrió la puerta del vehículo, recibiéndola con una sonrisa seductora que transmitía confianza. .

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#2

Ella subió con una sonrisa nerviosa: sabía que era una locura, una de las tantas que últimamente había cometido. Al fin y al cabo, Juan estaba allí; había hecho casi 30 kilómetros sólo por verla.
A pesar de que el joven conocía la ciudad, ella lo fue guiando. El muchacho bajó en un mini store para comprar bebida y tal cual lo r pactaran de antemano, se dirigieron a la playa.
Por el camino charlaron animadamente, como si se conocieran de toda la vida. Teresa se sentía cómoda y lo miraba pensando en cómo terminaría esa noche; sabía que, si había onda, él intentaría intimar.
Atenta a la conversación no podía dejar de pensar en qué pasaría si intentaba besarla. ¿Cómo sería su reacción? Pensaba que no le desagradaría sentir aquellos labios sobre los suyos. Se dijo que, si él no lo intentaba, ella reprimiría todo deseo.
Detuvo la camioneta frente a un mar calmo, que apenas se diferenciaba en la línea del horizonte con un cielo gris azulado increíble. Veía a la luz de la luna ondas en el agua producidas quizás por la tenue brisa.
La noche serena; el cielo impregnado de estrellas hermosas y plateadas titilaban apiñadas pendiendo del firmamento.

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#3

Juan abrió la ventanilla para aspirar el olor del mar y le mostró el cielo. Convinieron entre sonrisas que ése era el momento adecuado de verse y no otro, porque la noche era hermosa, romántica. La serenidad que los rodeaba creaba un marco perfecto para la cita entre un hombre y una mujer que de antemano habían hablado de un posible encuentro íntimo.
La charla se fue extendiendo. Juan parecía no tener apuro. Se mostraba muy cómodo con Teresa y ella disfrutaba de su compañía. De pronto él, suavemente y como al descuido, le tomó las manos y mirándolas con detenimiento le dijo:
— Que hermosas manos tenes. Te lo dije al verlas por cámara y eso que se veían un poco píxeladas, pero las advertí hermosas y cuidadas, y son así.
— Si, son lo único que conservó más o menos pasable: son manos pequeñas, parecen manos de adolescente — respondió mirándolo a los ojos. Sonrió y al instante desvió la mirada, dejando sus manos entre las de él, tibias y suaves.
— Si es verdad son de jovencita— añadió Juan llevándolas hasta sus labios y besándolas.
Su ternura la conmovió. No la esperaba después de haber hablado tanto y saber que era un hombre que no se ataba a nada, a nadie y que amaba su libertad. En ese momento, Teresa dijo sentir frío, culpando a sus sandalias demasiado abiertas. Juan cerró la ventanilla y, acercándose a ella le ofreció el calor de su cuerpo. Tenerlo tan cerca despertó un mundo de luciérnagas que iluminaron sus ojos y en su vientre sintió aleteos desconocidos o quizás olvidados. Sintió que su piel vibraba y que su sangre comenzaba a correr embravecida, al tiempo que sus labios fueron atrapados por los de Juan, ardientemente dulces y húmedos.

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#4

Sentíase, adolescente, traviesa, rebelde, a quien nada le importaba. No existía en ese momento nada más que el pequeño mundo encerrado en esa 4x4, frente al mar sereno bajo un cielo ideal para hacer el amor.
Su pesada soledad había abandonado su trono, se había escapado, le soltaba la mano, aunque presentía no sería por mucho tiempo, quizás el suficiente como para sentirse libre de ella y plena como mujer; lo demás, el mundo, los prejuicios, las normas, los mandamientos o lo que fuera que pudiera juzgarla si supieran dónde y con quién estaba, no le interesaba ni preocupaba.
Juan se demoró en su boca carnosa e inquieta que respondía a cada beso jugando con su lengua, recorriendo los labios entraba y salía de su boca y se entrelazaba con la de él que no cesaba de hacer el mismo juego; mientras las manos no dejaban rincón sin recorrer, reconociendo cada pliegue, centímetro, las líneas de su cuerpo.
El frío ya no existía, los vidrios se empañaron y ese pequeño mundo se convirtió en una reducida y extraña habitación donde dos cuerpos se enredaban en los asientos. Con avidez y suavidad en la incomodidad del lugar, se fueron desvistiendo uno a otro con ternura, entre beso y beso, caricia tras caricia.
Ella notó con qué delicadeza Juan bajaba el bretel de su sostén, dejándolo caer por los hombros, y con sutileza besaba los pezones endurecidos de deseo.
Sentía la textura de la piel tersa y lozana al contacto de sus dedos que bajaban desde la nuca a la espalda y recorrían su espina hasta las nalgas firmes; mientras, el joven se detenía en sus senos, subía a su boca, acariciaba su cuerpo multiplicando las manos, hasta sentir la necesidad de que su virilidad penetrara dentro de ella.
Ese mismo deseo estaba escrito en sus ojos; lo miraba con lujuria y casi incrédula de estar entre aquellos brazos fuertes, trabajados en el gimnasio.
Aprisionada en esa boca dulcísima que no había dejado de recorrerla hasta sus piernas, se sentía nuevamente viva.

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Anngiels_54
Rango10 Nivel 45
hace más de 2 años

gracias @Prometeo por leer y estar no escribo como tú pero me gustaría eres genial

Anngiels_54
Rango10 Nivel 45
hace más de 2 años

@Prometeo gracias por tu generosidad, sigo atrapada por el Dr Winter, interesante hombre para conocer jajaja, ya lo admiro demasiado

SergioMaestri
Rango13 Nivel 61
hace más de 2 años

Ja ja!! Alguna vez te contaré el origen de este personaje. Su origen es tan interesante como su historia @Anngiels_54

Anngiels_54
Rango10 Nivel 45
hace más de 2 años

ya quisiera saberla realmente me ha despertado admiración y curiosidad jaja


#5

Lo sintió entrar en su cuerpo con lentitud, gozando cada milímetro de su recorrido, como si traspasara las puertas de un pequeño infierno, donde se iba quemando en la hoguera interna encendida en sus entrañas. Sendos suspiros chocaron en el borde de sus dientes, fueron mezclándose con gemidos, y el susurro del “me encanta” de Juan y el “quédate así… muévete suave” de Teresa, que no quería que se deshabitara su oscuro recinto de la presencia del sexo firme y fuerte del joven.
Se quedaron así: él, dentro de ella, largos minutos, gozándose, sintiéndose, entregándose sin ningún límite. Fueron fuego, sol, infinito, eternidad. Se miraban y besaban mientras Juanchy latía y se derramaba dentro de Teresa, quien lo recibía con el placer palpitando en sus venas y una sensación de placidez casi olvidada.
Juan se recostó en el asiento reclinado casi convertido en cama, desprendiéndose lentamente de ella. Teresa miraba su cuerpo deseable, perfecto, iluminado por las tenues luces del tablero de la 4x4 y no podía dejar de acariciarlo, su vientre era perfecto, plano, de músculos marcadísimos, muslos fuertes y duros. El tono de la piel recordaba el verano que se estaba despidiendo: un tentador cuerpo para su boca insaciable, para sus manos ávidas de placer y deseo.
Juan se lo ofrecía todo, era tan joven y apetecible como una fruta prohibida. Bien se sabe que todo lo prohibido tienta, y ese cuerpo, casi perfecto, sólo lo había visto alguna que otra vez en alguna revista o foto, y ahora estaba allí a su disposición.
¿Por qué no degustarlo, gozarlo, llevarlo impreso en sus retinas?, ¿Por qué no escanearlo con sus dedos, fotografiarlo con la mirada, dejarlo grabado en la piel de sus manos, en los pliegues de sus labios?, ¿Por qué negarse al placer de saberlo suyo, en esos momentos, por unas horas, por esa noche especial que la vida le ofrecía?

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#6

Juanchy con los ojos cerrados y sus labios entreabiertos estaba a su merced. Teresa no pudo menos que tomar lo que se le ofrecía desinteresadamente, lo recorrió con su boca, milímetro a milímetro, dibujando con su lengua sobre su piel arabescos, dejando el húmedo rastro de su saliva de norte a sur.
Sus manos caminaban suaves casi planeando sobre él; dócil y delicadamente y despertando su deseo nuevamente. Se detuvo en su sexo que volvía a sentir fuerte y duro entre sus dedos. Su mano complacía con arte el deseo latente en ese miembro viril, que generosamente volvía a invitarla a gozar sin ningún egoísmo. Teresa supo que debía regalarle el placer de su boca en retribución de tanto placer vivido. Juan le obsequiaba ternura, juventud, y una noche imborrable donde se había sentido despojada de su maldita compañera: la soledad.
Su boca sintió que pronto se derramaría en ella su savia y con destreza logró que se derramara cálidamente entre sus senos. Vio entonces en el rostro de Juan goce, satisfacción plena. Entonces él, la acercó a su boca, besándola con pasión y ternura.
La acomodó cerca suyo y tomados de la mano se dejaron estar uno cerca del otro mientras sin soltarse, veían cómo el amanecer los encontraba a medio vestir juntos, con los ojos llenos de luz, el cuerpo saciado de placer y una inmensa ternura rodeándolos.
Teresa se sentía plena, casi adolescente. Después de todo no son las personas maduras las que hacen el amor en un vehículo frente al mar y ven nacer el amanecer. Ella era feliz a su manera. Juan había sido muy hombre, muy cuidadoso con su persona. Había cubierto sus anhelos, y la hizo sentir la mujer elegida para estar con él, no por su belleza externa, sino por su belleza como ser humano. Se sintió respetada. Ella había retribuido de la misma manera. El mañana no existía. Sólo el ahora y ese ahora decía que había que volver a la realidad.
Se vistieron sin prisa, mirándose y sonriendo. Ni allí la ternura dejó de estar en sus rostros. De tanto en tanto volvían a besarse. Juan volvió a tomar sus manos y a besarlas con admiración. Lentamente reanudaron el camino, mientras un sol despuntaba el horizonte dorando no solo el paisaje sino también sus cuerpos.

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#7

Capítulo II

El rencuentro

El tiempo pasa a veces de prisa y otras lentamente, según lo que pase en nuestras vidas o lo que esperemos de ella. Lo cierto que para Teresa después del encuentro con Juan nada fue igual. Comenzaron a correr días de espera, donde su paciencia se mantenía indemne, su esperanza de otro encuentro indeclinable.
Su cuerpo había experimentado placer infinito al contacto de la piel del hombre joven, vital, hermoso a sus ojos. Su espíritu había sentido la calidez humana que encerraba dentro de sí, ese ser que tenía prohibido amar. ¡Qué importaban las prohibiciones! Nadie sabría lo que encerraba ella, dentro del baúl escondido en las profundidades de su alma, baúl secreto, lleno de ilusiones desteñidas, de sueños nunca cumplidos, de quimeras ebrias y desquiciadas.
¡Qué importaba nada de nada! ¿Quién sería capaz de navegar dentro de ese mar de locuras? De descubrir que ese hombre, tan distante de ella, que jamás la amaría, era quien ocupaba un lugar en su corazón solitario, ávido de amor y compañía. Aún sin amarlo, sabiendo de antemano que un día lo perdería definitivamente, lo esperaba.
Los días pasaban sin noticias de Juan, el MSN mudo. Nunca se impacientó. Sabía que volvería a verlo, a sentirlo. Un día, no sabía cuándo ni cómo, su piel suave y perfumada volvería a ser: sábana tersa y suave, de su cuerpo hambriento de aquella carne firme y delicada, tan suave a su tacto y agradable a su olfato, con la que tantas noches soñara.
Muchas noches en la soledad de su cuarto, en la tibieza de su cama imaginaba el cuerpo de Juan recostado a su lado. Desnudo totalmente, entregado al placer provocado por sus labios rozándolo, por sus manos delineando cada centímetro de piel, por su lengua reptando desde sus labios a su territorio más austral sutilmente.
Los días pasaban entre su casa, la familia, el trabajo, las noches de chat con amigas, entre poemas que alucinaba. Horas llenas de nostalgias, momentos de soledad y recuerdos. Necesitaba volver a sentir, a vivir, darle ese caudal de sensaciones vivas a flor de piel y a la vez recibirlas. Esperaba ver su nombre aparecer entre tantos nombres de su mensajero.
Una tarde vio encenderse el MSN con el nombre de Juanchy. Fue rara la hora, él jamás entraba de día. Charlaron un rato, pero era imposible encontrarse. Ella tenía que trabajar, él disponía de poco tiempo. No le importó, ya no dudaba que Juan volvería. Así sucedió tiempo después. Esta vez su nombre apareció de noche, pero ella no podía salir: debía cuidar a su hija que estaba enferma.
Su deseo de verlo era inmenso y el de él también. Hablaron de su encuentro en la playa, del deseo de volver a verse, de las ganas de estar en un lugar más íntimo y confortable. El invierno obligaba a buscar un lugar cálido. Ambos sentían las venas arder de anhelos. Recordaban el momento vivido en la 4x4 bajo una noche hermosa. Ella le revelaba sus ansias de volver a gozar de su cuerpo, de sentir su tersura en la yema de sus dedos, en sus labios. A Juan eso lo excitaba proponiéndole que en minutos estaría a su lado; parecía que aún no era el momento preciso, que debían esperar. Así pasaron varios días y fueron otros los impedimentos para encontrarse. Surgían inconvenientes casi tontos que reprimían el encuentro.
Chateando volvían a recordar. Se excitaban haciendo memoria de lo vivido e imaginando lo que vivirían la próxima vez, pero al fin quedaban deseándose mutuamente y en espera.

Teresa presentía que no tardarían mucho en volver a verse. Lo ansiaban con vehemencia y presentía que el muchacho también la deseaba de igual manera. De hecho, no se habían podido ver, pero siempre el problema había partido de ella, como si algo, alguien, no quisiera que volviera a verlo. Esas eran maldiciones del destino, de los hados en contra. Ella no retrocedería en su intento jamás, ni dejaría de pensar en positivo. Jamás renunciaría a volver a poseerlo, en su cabeza era un hecho consumado en un futuro no muy lejano.
Teresa se tomó unos días de vacaciones y fue a visitar a una de sus hijas, llegó un lunes. Retomó sus actividades; al regresar a su casa, como siempre prendió su computadora, comenzó a recorrer sus páginas habituales, Facebook, correo, abrió el MSN, saludó a sus amigos de todos los días. De pronto golpearon su puerta, la vecina le pedía prestada su otra PC por un rato, le dijo que no había problema. Dándose vuelta al sentir el sonido de un mensaje, su corazón parecía volarse de su pecho; vio encenderse el mensajero con el nombre de Juanchy y, como despedida por un arco, tomó asiento para leer lo que había escrito
-¿Hola, cómo estás?- En su estómago una bandada de pájaros comenzó a aletear. Los ojos se encendieron cual luciérnagas enloquecidas dentro de un frasco de vidrio.
-Bien, ¿y vos? Perdido, ¿por dónde andabas? - preguntó deseando que estuviera en Bahía y no trabajando en la zona
-En Bahía, ¿vos que haces? -contestó Juan
-Esperándote ja ja - Lo escribió sin dudas y sin pensar siquiera
- ¿Ahora? -preguntó él
-Ahora o en 45 minutos igual, ja ja, ataque fatal el mío ¿no? - nada importaba, quería verlo ya, no perdería esa oportunidad
-Mejor, dale-
Cuando leyó la respuesta, su sangre se convirtió en tremenda marejada dentro de sus venas y arterias. Todo su interior era inquietud, perturbación, deseo desaforado
- ¿En serio? No me vas a dejar esperando… ¿no? -Teresa escribió casi con temor
- Sí, voy para allá y hacemos un viaje rapaz, para la ruta a ese lugar-
Era lo que ansiaba hacía meses, y suponía que también él quería; si no ¿por qué estaba ahí buscándola esa noche tan fría?
-Ok, dame una horita y estoy lista –
Le pidió un poco más de tiempo para ponerse presentable, quería arreglarse para él, sentirse cómoda. Y no pensar tanto en la diferencia de edad
- Dale, me cambio y arranco para allá - contestó Juan
-Ok, corazón dejo el MSN abierto. Te espero… Beso-
-No recuerdo la dirección o ¿dónde nos encontramos? -
-Vení a buscarme, poné el GPS y me encontrás, Salta y Chaco-
Sabía que él llegaría, lo había hecho una vez. Volvería hacerlo porque ella advertía que Juan, también deseaba regresar y sentirla como aquella noche.
-Beso-
Se duchó, se vistió y maquilló en tiempo récord. Sus manos parecían multiplicarse, en menos de una hora estaba casi lista, le faltaba calzarse y peinarse, se aproximó a la PC y preguntó
- ¿Por dónde estás? - escribió nerviosa.
-Afuera- fue la respuesta.
Sintió alivio y felicidad. Al fin volvería a estar con él, por fin había logrado lo que tanto anhelara en tanto tiempo de espera.
-Salgo ya- se calzó rápidamente, cepilló su cabello, se abrigó, activó la alarma y salió. Una sonrisa se dibujada en su rostro, y el corazón galopaba en su pecho.
Él, como aquel primer día abrió la puerta sonriendo. Se dieron un beso suave; un roce apenas de labios, sirvió para estremecerlos y hacerles recordar a sus cuerpos, aquella perturbación sentida y nunca olvidada.
Todo estaba dicho, sabían dónde ir, ni había que hablarlo, Juanchy tomó el camino del motel. En el trayecto, como sucediera aquella noche, hablaron tranquilos como si ayer se hubiesen despedido, como si se conocieran de toda la vida.
Teresa lo miraba, veía en ese hombre joven un ser especial, quizás era un sueño, una locura, pero ella se sentía segura, feliz. Disfrutaba de su presencia, de la charla amena, la compañía. No sentía ni sus años, ni nada la incomodaba. Eran un hombre y una mujer dispuestos a gozarse, a sentirse, a saberse vivos. Cada cual tendría sus motivos para estar allí, cada cual sabía qué era lo que los empujaba a buscarse y qué era lo que hacía que el otro esperara el regreso.
Entretenidos por la charla casi pasan de largo la entrada del motel, de hecho, un poco perdida en una especie de calle que desembocaba en la ruta.
Juan se tiró a la banquina y retrocediendo, enfiló por la calle que llevaba a La Posada. El lugar parecía estar poco concurrido, el conserje le entregó la llave y el control del televisor, Juan subió y dirigió la 4x4 hasta la habitación 21.
Al abrir la puerta, sintieron el cuarto cálido y todo el frío del invierno quedó afuera. Ellos traían el calor de la pasión acumulada de tres encuentros frustrados. Teresa llevaba consigo el fuego contenido en larga espera, Juan la hoguera propia de su sangre joven y ganas de poseer y ser poseído.
Fueron despojándose de la ropa, desnudando sus cuerpos. Él se recostó, dejando solo su bóxer puesto, ella su ropa interior. De rodillas a su lado, Teresa miraba su cuerpo deseado, añorado y recordado; toda su piel se estremecía. Se acercó y comenzó a besarlo suavemente, con delicia, con cuidado, saboreándolo, disfrutando del perfume de su piel tersa. Lo acariciaba con ternura, sus manos en vuelo rasante apenas lo rozaban. Su lengua lo recorría sin tregua de norte a sur, de este a oeste. De tanto en tanto lo miraba entregado totalmente al placer que le prodigaba, y ella gozaba con su goce, con la sensualidad que Juan revelaba en su rostro.
No había en ella otro motivo más sublime, que el verlo en esa posición, horizontal a su lado. Ofreciendo todo su ser para que ella hiciera de él lo que quisiera, ella lo sentía suyo, íntegramente, en ese momento le pertenecía, era parte de ella.
Sentía las manos de Juan recorrerla, buscando su sexo, buceando en su intimidad. Su sangre fluía caudalosa, mientras su humedad pasaba a convertirse en un mar adecuado para ser navegado.
Teresa hundió su lengua en la boca de Juanchy, jugueteó con la suya, mordió suavemente sus labios, los delineó con su lengua pincel como si los dibujara sobre un lienzo y fue deslizándose sensiblemente por la comisura de sus labios, el declive de su cuello, derrapando por su pecho, zigzagueando por la planicie de su vientre, hasta llegar a su pelvis y encontrarse con su virilidad erguida esperando la suavidad de sus labios y la humedad de su lengua que dibujaría, con transparente pintura, sensaciones infinitamente sublimes que se veían estampadas en los gestos de Juan y se manifestaban en sus jadeos.

Hace más de 2 años

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#8

Con total sumisión dejaba en manos de Teresa, sin solicitar nada, la satisfacción del placer que ella le producía generosamente. Hasta que, tomándola por la cintura, le indicó que galopara sobre él; amazona experta en esas lides , subió sobre su pelvis con audacia y desenfreno, sus movimientos eran los de una ola contra los acantilados, rítmicamente se balanceaba, mientras en su océano Juan navegaba hasta lo más profundo de su ser, donde todos sus instintos y sensibilidad se aunaban para provocarle deleite absoluto que manifestaba en sus múltiples orgasmos que Juan gozaba a la par; hasta lograr, después de un lapso dilatado de tiempo, llegar ambos a la cima del placer ilimitado.
Exhaustos, plácidos, abrazados, respiraron hondo, besándose luego tiernamente; se miraron a los ojos y sonriendo ella le preguntó casi en un susurro:
- ¿Te gustó? ¿Lo gozaste? - Juanchy sonrió, sin dejar de mirarla le dijo también casi murmurando
-Me encantó ¿y a vos?
-¡Mmm… bebé! ¡Me fascinó! Sabía que en una cama serías más que maravilloso.
Descansaron unos minutos y decidieron ducharse, Teresa apretada a su espalda esperaba que el agua tomara temperatura ideal, mientras lo besaba, acariciaba su torso. Él la dejaba hacer, gozaba minuto a minuto de la sensualidad que ella le ofrecía. Cuando el agua estuvo en su punto justo se metieron bajo la ducha, Teresa le enjabonó espalda y pecho, su intimidad; Juan dejaba que lo besara mientras lo hacía y permitía que lo acariciara gozando de cada beso y roce que recibía.
Como dos adolescentes jugaron bajo el agua mientras hablaban, se mimaban y reían; si alguien los observara no podrían suponer nunca que en ellos solo prevalecía el goce, cualquiera podría suponer que entre ellos había algo más ¿amor, cariño, respeto?
Nadie imaginaría que los unía solo la necesidad de la carne y los instintos, pero, quizás sin saberlo, ellos sentían algo más: un afecto nacido del respeto que ambos sentían y el deseo del uno por el otro.
Se abrazaron, besaron y fueron secándose uno al otro. Volvieron al lecho.
La cama era una marejada de sábanas enredadas y húmedas; se acomodaron apenas estirándolas. El frío reinaba afuera, en una noche real de pleno invierno, pero el cuarto tenía una temperatura más que agradable, sus cuerpos aún exudaban calor, el baño de agua caliente, la sangre excitada, el fuego acumulado, hacían una primavera dentro de la habitación que los invitaba a permanecer desnudos y destapados. Ella, pegada a la izquierda de su cuerpo, pasados pocos minutos volvió a caer en la tentación de besarlo y recorrerlo; Juanchy, cerrando los ojos se dejó llevar por las sensaciones que le provocaba la boca de Teresa que ávidamente, repitiendo el recorrido, se encendieron las alertas de cada una de sus neuronas que en conjunto elevaban al más alto regodeo todo su ser.
Se entregaba al paso de su lengua, de aquellos labios rojos y carnosos que lo excitaban con solo rozarlo, y aquellas manos, que parecían un regimiento de hormigas transitando sus muslos, subiendo, bajando y produciendo estertores en su cuerpo, mientras las cavernas de sus venas se desbordaban de sangre revelada y estimulada por Teresa. Ella lo miraba sumiso por la pasión que le producía y él disfrutaba a pleno.
Los cuerpos eran brasas encendidas, centellas en noche de tormenta, las manos de Juan buscaban suavemente los pétalos de la flor escondida entre sus extremidades, flor humectada de rocío, abría sus pétalos al paso delicado de los dedos del joven, que con sutil movimiento producía vastas sensaciones que Teresa expresaba con suave gemir; cuando su enajenación parecía ya llevarla a la plenitud del goce él la recostó, penetró con lisura mientras sus movimientos cadenciosos y lentos los acercaron al paraíso. Se miraban embelesados, se sentían uno parte del otro, perfecto encastre de dos piezas, donde cada uno parecía haber sido diseñado para el logro perfecto.
Teresa no podía entender la plasticidad lograda por su cuerpo, respondiendo a las necesidades de Juanchy, ni comprendía como respondía a pesar de su edad a diferentes posturas; sus gemidos y jadeos se entremezclaban con “Me encanta” en labios de él y el susurro “Me enloqueces” de ella. Cuando Juan vio en sus ojos y su rostro saciedad, se fue desprendiendo de ella con sumo cuidado y, horizontales los dos, pudieron respirar profundo y sentirse plenos. Sonriéndose, se miraron y ella le dijo:
- Sabía que volver a tenerte sería más maravilloso, aunque aquella noche será para mi inolvidable por lo que me reste de vida- y le agradeció con su mirada cómplice.
Luego a su lado, se dedicó a acariciarlo y darle placer con sus manos y la suavidad de sus dedos, hasta hacer que explotara de gozo y salpicara su pecho; después fue abrazarse, besarse, charlar, acompañarse y sentirse bien uno con el otro, hasta que sonó la campanilla del teléfono avisando que terminaba el sueño y había que despertar.
Volvieron a ducharse, se vistieron y salieron del cuarto colmados de satisfacción, serenos, livianos cual pájaros libres en pleno vuelo. El regreso fue agradable, el muchacho parecía no querer irse, estuvieron más de una hora charlando en la camioneta y, de tanto en tanto, rozaban sus labios con suma ternura.
Al despedirse, Teresa preguntó cuándo volvería a verlo; él dio una repuesta vaga a lo que respondió sin ningún tipo de asombro:
- Todo bien, cuando quieras, para vos siempre estoy, solo búscame en mi MSN- lo besó y bajó del vehículo.
La mañana teñía ya de rosa el cielo y el sol se desperezaba en el horizonte.
Vio alejarse la camioneta y sintió que quizá esa fuera su última vez con Juanchy, no quiso pensar en nada más que en él, en lo vivido, ahora era feliz y así se dormiría. Mañana sería otro día, otra realidad… en ese momento era muy feliz.

Hace más de 2 años

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eleachege
Rango17 Nivel 82
hace más de 2 años

Bien estructurada y narrada la historia @Anngiels_54 de sentimientos y deseos encontrados. Saludos y como siempre un placer leerte.