CarloCantu
Rango7 Nivel 34 (2145 ptos) | Autor novel
#1
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  • #2

A duras penas logró entrar en su habitación y cerrar la puerta tras de sí, dejando atrás a los demonios. Con mucha dificultad, a causa de los violentos golpes proferidos contra la madera, logró colocar las numerosas cerraduras.
Encendió la luz, un bombillo que pendía de un cable, pero éste sólo emitió un débil e intermitente resplandor ambarino que apenas manchaba las húmedas y deterioradas paredes del cuarto. Tal vez la escasa corriente eléctrica se debía a la estruendosa tormenta de afuera, que parecía arreciar minuto a minuto.
Sudando frío y temblando de pies a cabeza, se dirigió de inmediato hacia su altar, donde estaba la enorme cruz de madera de roble que le regaló el Padre José. Su mentor y maestro; un ángel entre los sacerdotes. El padre que nunca tuvo.

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Aviere
Rango3 Nivel 12
hace alrededor de 4 años

Pinta interesante, me molan estas historias :)


#2

Encendió todas las veladoras, tomó su rosario y se puso de rodillas. Quiso rezar un Padre Nuestro pero no logró evocar más allá del segundo párrafo. Era una locura; lo sabía desde niño, lo decía todos los días, pero de pronto lo había olvidado. Tal vez eran los relámpagos y la fuerte lluvia que golpeaba las ventanas lo que le impedían concentrarse; tal vez era el bombillo amarillo que colgaba del techo, que ahora parpadeaba más que nunca; o tal vez era el demencial sonido de los demonios arremetiendo contra la puerta de su habitación, que parecía en cualquier momento saldría disparada de sus goznes. Tal vez incluso eran los propios entes del infierno quienes habían extirpado toda plegaria de su memoria. Comenzó a llorar.
A falta de una oración que decir, comenzó a suplicar directamente a Dios que lo protegiera.
-¡Señor, no permitas que me alcancen, por favor! ¡Te lo suplico! ¡Protégeme! Permíteme ser parte de tu rebaño, permíteme ser el mejor de todos tus hijos. Perdono a mi padre, perdono a mi madre. Cuida de ellos, por favor, tenlos en tu santa gloria por siempre. Y cuida de mí, déjame estar a tu lado, déjame ser uno más a tu servicio… permíteme ser alguien como el Padre José…
Los golpes cesaron de pronto.
Agudizó el oído, tratando de percibir lo que ocurría al otro lado de la puerta. Sólo escuchaba sofocados sollozos. Se puso de pie lentamente, temeroso, desconfiado. ¿Jugaban con él o el Señor lo había escuchado?
Estuvo a punto de volverse hacia la cruz para dar las gracias, cuando lo acometió el punzante dolor. Lo sintió en todo su cuerpo, era como si un millón de agujas al rojo vivo se clavaran en cada milímetro de su carne al mismo tiempo. Un desgarrador grito, que parecía venirle del alma, emergió de su garganta. Cayó al suelo y se convulsionó en lo que parecía ser un ataque epiléptico; se arrancó puñados de cabellos con las manos y se arañó el rostro. Algunas heridas volvieron a abrirse.
Gradualmente el dolor amainó hasta finalizar por completo. Se puso de pie lentamente. Se acomodó su ropa y arregló lo que quedaba de su cabello, mientras inspeccionaba la habitación. Muebles viejos, pinturas religiosas, fotografías de gente muerta y polvo por todas partes. Odiaba ese sitio. Odiaba toda la casa.
Volteó hacia la cruz y la escupió en señal de reproche, de despecho, de desprecio; después caminó hacia el espejo oval postrado en una pared cercana. Desde su reflejo, los demonios le sonrieron con malicia.
Se dirigió a su armario, de donde cogió un delantal de carnicero y unos lentes protectores. En el suelo, junto a sus zapatos, estaba su motosierra, la cual acarició con dulzura antes de tomarla.
Quitó las numerosas cerraduras de la puerta y salió hacia la sala. Ahí no había muebles, con la única excepción de una silla, y atada a ésta, una adolescente de extraordinaria belleza y escultural figura. La chica, amordazada, su rostro manchado de rimen, lo miraba con terror.
Los demonios querían, demandaban, exigían la cabeza del Padre José. Pero él se rehusaba. Por mucho que odiara la sotana que vestía, no iba a matar a su maestro. No quería. Las ninfetas mantenían conformes a los demonios por un tiempo y para él era un convenio justo. Prefería sacrificar a mil vírgenes, antes que entregar a su único amigo y ángel protector.
Un atronador relámpago iluminó su rostro al tiempo que encendió la motosierra.

Hace alrededor de 4 años

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Sheila_Stv
Rango7 Nivel 33
hace casi 4 años

Oh, Perfecto! Me encanto! Sigue así, que vale la pena leer.