BellaDonna_15
Rango9 Nivel 42 (3540 ptos) | Escritor autopublicado
#1

— ¡Tú me engañas! —gritó colérico acercándose a mí, sus ojos llameaban de pura furia.

—Claro que no, por favor... Sabes que jamás lo haría. Yo te quiero. —lágrimas me corrían por las mejillas. Dios… ¿cuánto más tendría que aguantar esto?

—Mentira... ¡Me engañas!... ¡Te revuelcas con el primero que se te aparece! —volvió a gritar empujándome contra la pared. Mis músculos no reaccionaban, estaba asustada, no era la primera vez que lo veía así, pero hoy estaba peor. Mucho más enfadado que las veces anteriores.

—Eso no es cierto... —lloré. Las palabras salían entrecortadas de mi boca. Casi forzadas. No podía respirar, el pánico me oprimía el pecho.

— ¡Eres una cualquiera! —gritó de nuevo y estampó su puño contra mi mejilla. Lo último que sentí fue la sangre saliendo de mis labios y un terrible dolor martilléandome el cerebro.

En la oscuridad de mi mente inconsciente, creí oír una puerta abrirse de par en par, gritos, golpes, cosas cayendo y haciéndose añicos, más gritos y más golpes. Quería abrir los ojos para saber qué pasaba, pero mi cuerpo recio a obedemerce, no reaccionó. No lo forcé.

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eleachege
Rango17 Nivel 82
hace más de 2 años

Un placer acercarme a tu perfil @BellaDonna_15 y toparme con esta interesante historia. Estaré pendiente de seguirla. Saludos.

Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

Que siga la historia, a ver si así conseguimos que estás situaciones solo se den en la ficción.

AThaini
Rango8 Nivel 36
hace más de 2 años

En la oscuridad de mi mente inconsciente, creí oír una puerta abrirse de par en par, gritos, golpes, cosas cayendo y haciéndose añicos, más gritos y más golpes.

Esa parte fue buena para engancharme amiga ;)


#2

Capítulo 1: Recuerdos.

—Oh Eve… —susurró él contra mi cuello mientras me embestía con fuerza y yo enterraba mis uñas en su espalda, cerrando los ojos sin poder evitarlo.
Sus gruñidos y jadeos inundaban nuestra habitación, el sudor cubría nuestros cuerpos en una fina capa, dándonos a ambos un tono perlado bajo las tenues luces de la habitación, que descendían sobre nosotros y nos cubrían como una manta. En el ambiente se podía oler la lujuria que él desprendía, su deseo de poseerme, de hacerme suya, como si el día de mañana no llegaría jamás.
—Grita mi nombre, Eve... —ordenó, mientras una de sus manos se perdía en mi cabello. Yo sólo gemí. Era lo único que podía hacer ahora, a penas si podía moverme con su peso sobre mí, ejerciendo toda su fuerza mientras se movía.
De mis labios no salía palabra alguna.
— ¡Grítalo! —exasperado, tiró de mi cabello al mismo tiempo que me embestía con una fuerza bestial, lastimándome.
— ¡Paul! —grité con fuerza aferrándome a sus hombros mientras arqueaba la espalda buscando aunque sea separarme un poco. Sentía que me estaba asfixiando, necesitaba respirar algo que no fuese el aroma de su colonia mezclada con el sudor de su piel y los residuos de nicotina.
—Eres mía... —dijo mientras me apretaba contra su cuerpo fuertemente, como si quisiese fusionarse conmigo, como si no quisiese que me apartase jamás de su lado. Un abrazo que seguro te dejará aún más moretones. Más de los que ya tienes, tonta. Fastidió mi cabeza.
Yo no contesté nada ante su afirmación porque sabía que si le llevaba la contraria se me vendría un infierno encima, además, aún no me encontraba la voz. Así que simplemente asentí, dándole total y completa razón.
Unas cuantas estocadas más y explotamos en un orgasmo salvaje, él al menos. Yo por mi parte lo fingí, como hacía la mayoría de las veces que teníamos relaciones. Paul se dejó caer a mi lado con un jadeo cansado y me atrajo a su pecho mientras me rodeaba con sus brazos y yo me quedaba estática, observando el techo perdido entre las tinieblas de la noche. Pensando. Les suplico, no se dejen engañar por esta fachada de una pareja de jóvenes enamorados que comparten una noche de sexo salvaje. Les aseguro que no todo es como se ve, este momento de paz me duraría al menos unas cuantas horas.
Un ronquido me indicó que se había dormido, así que lentamente, con cuidado, salí de entre sus brazos y me levanté de la cama. Caminé al baño abrazándome a mí misma. Entré y cerré la puerta.
Miré mi cuerpo desnudo en el espejo y solté un pequeño jadeo. Los moretones ya se formaban en mis hombros, cuello y mejillas, mi labio inferior estaba roto e inflamado. Me dolía todo el cuerpo; mis ojos se humedecieron. Dejé de ver esa horrible imagen de mí misma y me metí a la ducha, necesitaba un baño que me relajara después de lo vivido hoy, hacía apenas unas horas atrás.
A mitad del baño no aguanté más y me derrumbé. Me dejé caer contra la fría pared de azulejos hasta que quedé sentada en el piso, con el agua cayendo directamente sobre mí, recorriéndome. Rodeé mi cuerpo con los brazos y dejé que el agua corriera por mi cuerpo, limpiándome, aliviándome un poco, en tanto mi mente viajaba tres años atrás; cuando creí haber conocido al hombre de mi vida.
Ryan, mi hermano mayor, me había pedido ir con él a una fiesta a la que lo habían invitado. “La mejor fiesta del año” había dicho el anfitrión. Uno de los tontos amigos de mi hermano. Un par de horas después de haber llegado, mientras yo estaba sentada en un sofá con una cerveza entre mis manos vi a mi hermano acercarse junto con otro chico.
—Eve, te presento a mi amigo, Paul... Paul, ella es mi hermanita, Evangeline Ferguson —había dicho Ryan señalando al chico moreno a su lado, el cual tenía una amplia sonrisa siendo dirigida hacia mí. Le sonreí de regreso.
—Un placer, Eve —dijo antes de tomar mi mano derecha y depositar en el dorso de ésta un dulce beso que me dejó sorprendida, con los ojos abiertos como platos. Sin embargo, logré recomponerme para poder responderle.
—El placer es mío, Paul —sonreí como boba mientras hablaba. Este hombre era hermoso, su piel morena se notaba tersa, suave. Me encantó de inmediato. Tenía unos ojos negros preciosos e intensos, a demás de que era exageradamente musculoso y corpulento.
Desde ese día Paul y yo habíamos quedado enganchados irreparablemente el uno del otro. Siempre estábamos juntos, salíamos a todos lados, él conmigo y yo con él; no había fuerza que nos separara y cada día sentía que me enamoraba más y más de él. El día que se me declaró en matrimonio creí ser la mujer más feliz de este mundo.
Estábamos en casa de mi hermano cuando ocurrió. Ryan me enseñaba a jugar Mario Bross en la consola del PS3, Paul entró al living un tanto desconectado del mundo y eso captó mi atención, más no lo mencioné por no querer ser imprudente. Pero, en pleno juego se paró delante de la pantalla de la TV y me miró a los ojos fijamente. Me puse de pie por inercia, no sé. Él se acercó bajo la atenta mirada de mi hermano.
—Evangeline, he descubierto que eres la mujer que necesito en mi vida. Nunca podría amar a alguien como te amo a ti, eres mi todo... No soy nada si no te tengo conmigo. Por favor, Eve… ¿Te…te casarías conmigo? —había preguntado nervioso; con su rodilla pegada al piso. Con una de sus manos sostenía mi mano izquierda, mientras que con la otra me mostraba una cajita conteniendo un precioso anillo de diamante.
En mi pecho las emociones estallaron con fuerza. Mi corazón palpitaba frenéticamente, tanto así que podía escucharlo en mis oídos con total claridad. Tenía los ojos puestos en la hermosa pieza de joyería, pero de mis labios no salía nada salvo mis bocanadas de aliento.
« ¡Eve habla, él espera tu respuesta! » Gritó mi mente. Tenía razón.
Tomé una enorme bocanada de aire.
— ¡Claro que sí! —chillé efusiva, feliz. Me abalancé a sus brazos, rodeándolo con los míos. Después de un muy fuerte abrazo y un beso lleno de promesas y esperanzas se separó y adornó mi dedo con el anillo.
Tantos recuerdos lindos que tenía con Paul, que me era imposible no sentir dolor por lo que estábamos viviendo ahora, pues le quiero. Porque sí, yo lo quiero, aunque no lo merece. En momentos así, cuando estaba sola y podía pensar, me daba cuenta que era una tonta con todas las letras, ¿cómo podía seguir queriéndolo aún después de todo lo que me había hecho?
El agua comenzó a salir helada así que di por terminado mi baño. Cuando salí del baño envuelta en una toalla me acerqué de inmediato al armario para buscar qué ponerme. Finalmente me vestí con un pantalón holgado de algodón y una camisa blanca; me calcé mis pantuflas y salí de la habitación. En el pasillo había todo un desastre, los cuadros estaban en el piso, uno que otro florero roto y restos de flores por todo el suelo. Suspiré y comencé a recoger todo mientras recordaba lo ocurrido.
Estaba en la cocina preparando la cena para Paul, quien llegaría en unos minutos. Cuando la estaba sirviendo oí la puerta de su auto cerrarse y los pasos acercándose a la puerta. Mi corazón se iba acelerando. Se abrió y se cerró la puerta de la casa, los pasos entraron a la cocina y sus brazos rodearon mi cintura. Temblé.
— ¿Cómo está mi mujer? —susurró contra mi cuello. De inmediato el aroma a licor inundó mis fosas nasales. Cerré los ojos un momento, tragando el nudo que se me había formado en la garganta para así poder hablar con naturalidad.
—Bien, amor —mi voz ahogada de puro miedo me asustó incluso a mí misma. “Contrólate…”
—Qué bien, ¿ya está lista la cena? —cuestionó mientras me soltaba y se dirigía al comedor con andar pesado. En el camino, se deshizo del saco y la corbata, dejando ambas cosas sobre la encimera. Luego tendría yo que recogerlo.
—Sí.
Asentí para mí misma y le llevé todo lo necesario a la mesa. Mientras él comía yo me mantuve en segundo plano, simplemente observándole.
Pasó lo que me pareció un tiempo interminable mientras él terminaba de comer su guarnición. Tenía que decirle de la calefacción, pero de sólo pensar en mencionárselo comenzaban a dolerme los músculos y a tronarme los huesos.
—Mhm, Paul... Esta mañana vino el chico encargado de arreglar la calefacción… —comenté nerviosa manteniendo mi vista fija en mis manos que reposaban sobre mi regazo. Él dejó caer el tenedor con un sonido sordo, yo di un brinco en mi sitio.
— ¿Para qué demonios vino? —graznó.
Me permití alzar la vista y ahí estaba él, taladrándome con su mirada. Me estremecí en mi lugar.
—A arreglarla. ¿Recuerdas que no estaba funcionando bien? —mis manos comenzaron a sudar cuando él apartó el plato y apoyó sus manos en la mesa con gesto despreocupado.
—Evangeline, la casa puede estar cayéndose pedazo por pedazo, eso no me importa. Pero, el que estés sola con hombres dentro de esta casa no me gusta. Lo sabes, ¿no? —empezó a decir lentamente; como si le hablara a una niña pequeña.
—Lo sé, pero a esa hora tú no estás y era la única hora en que él podía venir… —traté de explicar mientras poco a poco iba entrando en pánico bajo su atenta mirada y su gesto severo. Dios, no…
— ¡No busques excusas Eve! —se levantó rápidamente y me encaró apoyando sus manos sobre la mesa. Mientras tanto, su ceño se fruncía de una manera alarmante y sus ojos llameaban de pura rabia.
—No… No son excusas…
— ¡Si lo son!... Son excusas para acostarte con él ¿verdad? ¡¿Verdad?! —y aquí íbamos de nuevo. Sabía lo que venía después de los gritos ensordecedores.
—Paul, por favor. Sabes que eso no es cierto. —dije mientras me levantaba de la mesa. Hice ademán de alejarme, pero él me sujetó del brazo fuertemente impidiéndomelo.
—Es cierto... ¡Eres una cualquiera! —levantó la mano para abofetearme. En aquel momento no sé de dónde saqué la fuerza y me zafé de su agarre corriendo escaleras arriba. Sin embargo, sólo me dio tiempo a llegar al piso superior, en el pasillo me alcanzó y me tomó del brazo haciéndome voltear para verle. Estaba furioso, podía notarlo en lo tenso de sus facciones.
— ¿Por qué escapas, eh?

Hace más de 2 años

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Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

Duele. Más cuando me detengo a pensar que este tipo de cosas pasan de verdad y todos los días. Sigue contando esta historia, es necesario que sea escuchada.

Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

Sí, bueno... esto de ser víctima de maltrato es un poco como ser fumador, sabes que lo mejor es dejarlo pero... No es tan fácil sin ayuda y menos cuando socialmente se tiene la idea de que quien aguanta es porque quiere y por tanto, en cierto modo, pierde su condición de víctima para ser vista (uso el femenino porque es lo más habitual, pero hay víctimas de todos los géneros) como "la tonta que aguanta".


#3

Capítulo 2: Mi infierno personal.

Luego de terminar de recoger el desastre del pasillo y la cocina, fui por un vaso de agua y una pastilla. El dolor que azotaba mi cuerpo amenazaba con acabar conmigo literalmente. Una vez que la pastilla estuvo en mi sistema, fui a la sala y me recosté un rato en el sofá para ver la televisión, así podría al menos distraer mi mente de tristes recuerdos. Ya eran pasadas las doce de la madrugada.

Cuando encendí el televisor lo que estaban pasando era una novela romántica, donde el protagonista de regalaba flores a su novia y le decía lo mucho que la amaba mientras le acariciaba el rostro. Sonreí al verlos, primero porque eso para mí era como un mundo paralelo y en segunda porque en un principio así fue para mí.

Durante el primer año de casados Paul era todo un sol, era amable, cariñoso, amoroso y muy respetuoso, además de que me ayudaba con los quehaceres del hogar. Nunca nos aburríamos, salíamos todas las noches a cenar y los fines de semana la pasábamos juntos, salíamos al parque, a la playa, a algún club o simplemente nos quedábamos en casa amándonos, como solo nosotros sabíamos hacerlo.

Pero hacia dos años que eso había cambiado, era como si el primer año de matrimonio hubiese estado ese chico dulce, dócil, que dice amarte mucho; y al año siguiente se quita la careta de borrego y se convierte en el lobo, haciendo de ti la presa. Una presa sin posibilidad de escapar.

Eso es lo que había pasado con nosotros, una noche, salimos a cenar y cuando regresábamos él estaba muy serio y no me miraba ni me decía lo que tenía; para mí era muy extraño porque entre nosotros siempre existió una confianza envidiable. Después de mucho insistirle en que me dijera lo que le pasaba, me contesto muy alterado, que no le gustaba la manera en que los hombres me miraban, que yo era de él y de nadie más. Su respuesta me desconcertó, yo estaba consciente de que llamaba la atención, no es por presumir pero, soy bonita, mi cuerpo es bien proporcionado, pero ¿tanto así? Traté de hacerle entender que yo sólo tenía ojos y corazón para él. Incluso me atreví a tomar su comentario como una broma y me reí. Pero mi respuesta no le agradó, así que después de discutir un tema que para mí era irrelevante, levantó su mano y la estampó contra mi mejilla.

Mi primera reacción fue devolverle el gesto, él no tenía ningún derecho de pegarme, ninguno. Pero me equivoqué monumentalmente, él tomó mi mano con fuerza, haciendo que los huesos de la muñeca me tronasen y me lanzó otro golpe; siendo éste más fuerte que el anterior. Así empezó todo, cada vez que un hombre me miraba, yo terminada pagando la taza de caldo.

Muchas veces lo amenacé con denunciarlo, con contarle a mi familia, con decirle a mis amigas, pero él siempre me contestaba lo mismo, que no le importaba, hasta que una noche que se lo dije con toda la seriedad que podía, aun con mi labio inferior sangrando.

Me encontraba en el piso, enfurruñada tratando de protegerme de los golpes que mi verdugo me proporcionaba, sentía la sangre correr por los bordes de mi boca, las lágrimas caían sin detenerse a paso libre por mis mejillas y de mis labios sólo salían sollozos.

Pensaba en lo fácil que sería denunciarlo, al día siguiente, mientras él iba al trabajo, si era posible; con los moretones en mi cuerpo, sería fácil que vieran las pruebas. Sin pensarlo, la amenaza salió de mis labios.

—Te denunciaré —dije en un susurro levantando mi rostro, que se encontraba oculto entre mis manos.

— ¿Qué? —apremió con ese tono de burla que a mi tanto me molestaba.

—Te voy a denunciar —volví a decir con un tono de voz más alto, para que no le quedara duda de lo que había dicho. Su respuesta fue echarse a reír a carcajada limpia, lo cual a mí me desconcertó por completo, lo miré como si estuviera loco. Él dejo de reír y me miró fijamente.

—No puedes hacer eso…

—Si puedo, y lo haré —decía mientras me arrastraba por el suelo alejándome de él. Mi voz sonaba segura y eso fue lo que a él le enfureció, me tomó de los brazos y me puso de pie de un tirón pegándome contra la pared.

—Tú haces eso y no vives para contarlo —susurró en mi oído mordazmente, haciendo que mi piel se erizara. Sería por el susto, el aturdimiento que tenía mi mente, pero no logré entender su amenaza.

— ¿De qué hablas? —no podía dar crédito a lo que estaba oyendo.

—Mi inocente Eve… Tú abres esa hermosa boca que tienes y yo voy preso, pero primero acabo contigo —ccomentó tranquilamente apartando un mechón de mi cabello. Yo lo miraba horrorizada, con el pánico seguramente bailándome en la mirada. Paul se lo estaba pasando a lo grande.

—No... —estaba asustada. Dios… ¿cómo podía decir algo así?

—Si linda, tú me denuncias y te mueres.

Y después de eso me besó con fiereza.

Mi mente analizaba sus palabras, no tenía salida, no quería morir, no quería morir sin antes vivir el amor verdadero, porque obviamente esto no lo era, aunque llegué a creerlo así alguna vez. Que tonta fui.

Así fue como comenzó todo, después de eso, se fue haciendo costumbre, primero fue un día al mes, luego un día a la semana, hasta que se volvió diaria la tortura. Mi única escapatoria era dejar todo listo para cenar y yo fingir "dormir" para que así no tuviera oportunidad de golpearme.

Pero había días en los que no media el tiempo y pues, él llegaba, cenaba, me golpeaba, teníamos sexo y se dormía, esa era la rutina.

No me negaba a acostarme con él porque aunque sabía que él no me amaba y me usaba como el saco de un boxeador -sin mencionar que fingía mi propio placer-, era en esos momentos cuando nuestros cuerpos estaban unidos, cuando veía al Paul del que yo me había enamorado; claro que a veces usaba la misma rudeza en la cama y al día siguiente no podía ni sentarme. Con el tiempo me acostumbré a la violencia, así que en las mañanas y tardes las utilizaba para salir con mis amigas y mi familia, sobre todo con Ryan. Un momento de paz para que cuando cayera la noche, no me diera tan fuerte la depresión después de la sesión de "caricias" que me daba Paul.

Les pido no me juzguen, seguro en este momento algunas pensaran que soy una loca masoquista y en parte sí lo soy pero, entiéndanme... Bueno, aunque si lo vemos desde otro punto de vista, no hay entendimiento para esta situación.

Sólo espero que un día venga mi príncipe azul y me salve del castillo embrujado donde la bestia me mantiene prisionera, solo eso espero, algún día salir de esta casa, alejarme de este hombre que decía amarme y darme otra oportunidad para poder vivir. Otra oportunidad para enamorar y ser feliz.

*

Buenas, aprovecho para oportunidad para recomendarles que se pasen por mi otra historia. Tabaco y Chanel. :D

Saludos.
BellaDonna.

Hace más de 2 años

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Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

Supongo que has terminado la historia. Una pena, creo que podría haber dado más juego.
Me desconcierta que tu protagonista necesite que venga un príncipe azul para salvarla; mientras su cabeza funcione así se seguirá topando con maltratadores. Aunque también es cierto que las víctimas de malos tratos lo son (o mejor dicho, continúan siéndolo después del primer golpe) porque no se valoran y sienten que tienen que depender de alguien necesariamente.
Tu relato da mucho para comentar; por ejemplo muestras de forma sutil (y es uno de los juegos que podría haber dado el relato y que has pasado muy por alto) la complicidad de la sociedad en la violencia de género con su silencio, dices que tu protagonista pasa las mañanas con sus familiares y amigos para evadirse del infierno que le aguarda a la noche, ¿acaso son ciegos sus amigos y familiares?
En fin, espero que te plantees retomar la historia y darle un carácter más reivindicativo y menos romántico. Nuestras letras son una valiosa herramienta que, espero, aunque sea mínimamente, pueden despertar conciencias y provocar cambios necesarios.
Ha sido un placer seguir tu historia. Gracias por compartirla.

BellaDonna_15
Rango9 Nivel 42
hace más de 2 años

La historia no ha terminado @Sacra
Ahora es que sobra trama por narrar.
Agradezco mucho tu comentario, serán puntos que tendré en cuenta a partir de ahora. Saludos.

Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

Ay, qué bien! Como aprovechabas para dar entrada a tu otra historia pensé que dabas ésta por acabada. Pues me has dado una alegría, jejeje...


#4

Capítulo 3: El Vecino

—Eres una estúpida incompetente, ¿no puedes hacer nada sin mí? Eres una tonta... Ahora prepárame la cena antes de que te dé otra buena paliza —gritó colérico, dejándome tirada en el piso con un montón de moretones marcándome el cuerpo.

— ¡¡¡No!!! —abrí los ojos de golpe parpadeando nerviosa. Ese sueño me tenía sudando y mi respiración estaba alterada. Traté de enfocar mi vista y me encontré en la sala, el televisor estaba encendido. Me había quedado dormida. Me levanté, apagué el TV y miré el reloj, eran las 7:15 am. Faltaban 15 minutos para que Paul se levantara, así que encaminé al baño que quedaba en la planta baja de la casa y me acicalé.

Cuando terminé fui a la cocina a preparar el desayuno, justo a las siete y media de la mañana oí el agua correr en el piso de arriba. Serví todo en un plato y lo coloqué en la mesa junto con un vaso de jugo y una taza de café. Salí al buzón, tomé el periódico y lo dejé al lado del desayuno.

—Buenos días —dijo y lo sentí tomándome por la cintura. Me hizo girarme hacía él y me plantó un beso en los labios. Mi labio inferior protesto, pero yo disimulé.

—Buenos días —medio sonreí después de que me besara. Él levantó su mano y acarició mi mejilla con el dorso de ésta.

—Lo siento... —susurró. ¿Lo siento?... ¡Ja! Eso lo decía siempre. Todos los días, al levantarse, se disculpaba por su brutalidad, sin embargo yo tenía bien claro que esas disculpas no eran sinceras. Tal vez sólo lo hacía para sentirse menos culpable.

—No importa, mira, ya está tu desayuno —le señalé el plato, él sonrió complacido y se sentó.

—Por eso es que te amo —y comenzó a comer como el animal que es , Eve ¿qué dices? Es tu esposo. Dijo una parte de mi mente a lo que la otra parte le contestó: ¡Sabes que es verdad! ¡Es un ANIMAL! Sacudí mi cabeza entonces, lo que me faltaba, estar enloqueciendo.

Me serví el desayuno y me senté frente a él. Cada tanto nos lanzábamos miradas y él me sonreía, yo sólo le devolvía una media sonrisa y apartaba la mirada.

Cuando terminó dejó todo en el fregadero, fue al baño, se cepilló los dientes, se puso su saco y se fue después de darme un casto y seco beso. Me paré en el umbral de la puerta después de haberlo despedido y miré la gran casa, vacía... Recogí todo lo que había usado para el desayuno y me fui arreglar. Por suerte hoy mi cuñada y yo iríamos de compras y se lo agradecía inmensamente, tenía que salir de aquí, tenía que liberarme un poco.

Me vestí con un pantalón ajustado de jeans, un suéter manga larga de cuello alto que cubría la mayoría de mis moretones y unas botas de tacón de cuero negro. Me maquillé cargado, pero muy cargado, como casi nunca hacía pues no era de mi agrado, pero aquel día tenía que disfrazar mi realidad; cuando estuve lista, me veía realmente bien, tomé mi bolso y las llaves, gracias a Dios yo también tenía mi auto propio. Me subí a él y conduje hasta el centro comercial.

Cuando llegué, caminé entre las tiendas hasta nuestro incondicional punto de encuentro, las bodegas de Armani. Cuando me vio inmediatamente me saltó encima, abrazándome, le respondí con la misma efusividad disimulando con una sonrisa, el escozor y la molestia de mis cardenales.

—Ay Evangeline, como te he echado de menos. Este trabajo mío, como me consume —se quejó suspirando pesadamente. Yo rodé los ojos hasta ponernos en blanco. No conocía persona más dramática que Rosie, hasta pensaría que hubo tomado clases de actuación antes de ser modelo.

—Oye, ser la cara actual de Victoria Secret tiene sus privilegios, no te quejes —reí y entramos a la tienda. Pronto nos asaltarían las dependistas, ofreciendo y ofreciendo.

—Miren quién habla, una decoradora de interiores que no ejerce... ¿Me puedes decir por qué carajos no ejerces? —cuestionó cruzándose de brazos, expresando su reciente curiosidad por mi falta de empleo.

«Claro, verás, no ejerzo porque el salvaje de mi marido me lo prohibió, él me quiere todo el día en casa lejos de las miradas y los halagos de los hombres»

—En realidad, no lo sé.

—Eres buena en lo que haces, Eve. Estoy segura que conseguirías trabajo en cualquier empresa… —comentó convencida de sus palabras.

—Si bueno, ¿vinimos a comprar o a hablar de mi trabajo?

—Venga, vamos —rió y empezamos con nuestro tour por la tienda. Armani era una de nuestras marcas favoritas, los vendedores ya nos conocían y eso nos hacía más agradable la compra, ya que sabían nuestros gustos y tallas.

Después de una hora y media salimos con 3 bolsas cada una y nos dirigimos a otra. Así transcurrió la tarde, al final como a las cuatro teníamos más de 20 bolsas, claro que teníamos que estar yendo al estacionamiento a dejarlas, no podíamos cargar con todas nosotras solas y el mastodonte de mi hermano no había venido.

— ¿Y Ryan? —pregunté cuando nos sentamos en la mesa de un restaurante. Ya habíamos dada por finalizada nuestra travesía y era hora de comer.

—Ya sabes, en su oficina rodeado por ese montón de vídeo-juegos que lo vuelven loco —rodó los ojos— Yo creo que Ryan se olvida de mí cuando tiene un televisor frente a él y una consola en las manos —terminó riendo.

Reí con ella.

—Rosie, yo te doy la razón, mi hermano es un loco cuando se trata de "Mario Súper" —comenté divertida haciendo las comillas con mis dedos. Mi hermano Ryan era dueño de una cadena de empresas que fabricaban y vendían consolas y vídeo-juegos, y con la excusa "Debo probar lo que vendemos" se la pasaba todo el día en su oficina con los controles en las manos y gritando estupideces a medida que avanzaba de nivel. Mi pobre hermanito era un niño chiquito atrapado en el cuerpo de uno de los hombres más envidiados de todo New York.

Comimos acompañadas de una charla muy amena, las risas no paraban de ir y venir. Yo estaba feliz, al menos, en gran parte. Me encantaba compartir con mi cuñada, era muy graciosa, lista y exhibida. No le daba pena nada y más de una vez a causa de eso, nos la pasábamos en grande. Cuando acordamos que ya había sido suficiente por un día, nos despedimos y cada quien tomó su camino a casa.

Conduje con precaución entre las calles de la Gran Manzana, eran las 6:45 pm, tenía tiempo de llegar y prepararle la cena a mi "marido". Di vuelta en la esquina y entré a una de las calles más prestigiosas y resguardadas de la cuidad, al aparcar en el estacionamiento privado de cuatro plazas. Me bajé rumbo a la cajuela, me incliné y la abrí.

—Buenas noches, señorita. —escuché una voz de terciopelo detrás de mí haciendo que brincara del susto, girándome al mismo tiempo que me llevaba una mano al pecho. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. El hombre más hermoso del mundo, estaba ahí, frente a mí, sonriendo de lado, mostrando parte de su perfecta dentadura blanca. Un hombre alto, bien formado, de cabello negro y alborotado, que se mecía al compás de la débil brisa que soplaba en ese momento. Vaya… Y todo eso lo noté en una fracción de segundo.— Perdone, no fue mi intención asustarla, lo siento. —habló con la voz cargada de respeto y humildad. Por el amor de Dios, hacía años que nadie me hablaba así. Dejé de respirar por un momento.

—No, no… No hay problema. Yo estaba distraída. —traté de disipar el nudo que se había formado en mi garganta y amenazaba con dejarme sin oxígeno de un rato a otro. Me sonrió más ampliamente tendiéndome la mano.

—Permítame presentarme, soy Joseph Lovera, un placer —tomé mis nervios y los hice levantarse del suelo para poder estrechar su mano. En cuanto nuestros dedos entraron en contacto una extraña sensación me recorrió el cuerpo y bajó hasta alojarse en mi ingle. Me estremecí y tragué pesado. Parpadeé.

—Evangeline Fer… —murmuré con voz pastosa, pero tuve que aclararme la garganta— McGregor, Evangeline McGregor. —de inmediato solté su mano, a lo que él sonrió aún más— ¿En qué puedo ayudarlo Sr. Lovera?

—Bueno, resulta que me acabó de mudar hoy a la casa de enfrente. —la señaló con la cabeza— Y pues, no sé dónde se encuentra la caja de los fusibles. —Frunció el ceño desviando la mirada— Como la vi llegar, pensé que usted podría ayudarme...

¿La caja de los fusibles? ¿De verdad? Lo miré extrañada, se supone que el vendedor le debió haber mostrado la casa, incluyendo el cuarto de lavado donde debía estar esa caja. Además, ¿desde cuándo esa casa estaba en venta? Jamás vi un letrero. Eve… Ya estas imaginando cosas… Murmuró mi mente, escéptica.

—Bueno… La caja de los fusibles se encuentra en el cuarto de lavado, ¿no te enseñaron la casa? —le di la espalda, comenzando a sacar las bolsas de la cajuela, colocándolas en el suelo bajo su mirada atenta. Me estaba poniendo paranoica.

—Sí… Bueno, no. Se la enseñaron a mi asistente. Yo no pude estar presente. —lo miré con una ceja alzada. ¿Quién deja que su asistente elija y compre una casa? Al parecer este Dios Griego.

—Vale —miré mi reloj. 7:07 pm. Aún tenía tiempo— Déjeme llevar esto adentro y en un momento, le ayudo ¿sí? —me sonrió.

—Por favor, tutéame. Y déjame ayudarte, Evangeline. —se inclinó y tomó casi todas las bolsas entre sus manos, dejando para mí apenas unas tres. Asentí.

Comenzamos a caminar hasta la puerta de la casa, luego de que cerré el auto y coloqué la alarma. Cuando abrí, me dejó entrar primero, lo que me sacó una sonrisa. Vaya… que caballero. Lo mismo dijiste de Paul…

Dejamos las bolsas en el suelo del recibidor, junto con mi bolso. Cuando me incorporé de nuevo, él ya estaba esperándome en el umbral de la puerta. No pude evitar sonrojarme. ¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué su mirada me pone nerviosa? Pasé delante de él saliendo de mi casa y encaminándome a la de él.

—Te agradezco mucho la ayuda, Evangeline.

—Sólo Eve, por favor. —le sonreí cuando me alcanzó.

Hace más de 1 año

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Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 1 año

Me alegro de que hayas retomado, veamos a dónde llega la historia.


#5

Capítulo 4: Preocupaciones

Me miró confundido, pero luego asintió. Al entrar a su casa, todo estaba en penumbras, apenas si se veían ciertas superficies gracias al resplandor de luz que proveían los faros de la calle. Por lo que pude percibir, la decoración era muy masculina y minimalista. La casa donde yo vivía tenía de arriba abajo, de esquina a esquina el gusto de la madre de Paul. En ningún momento yo participé en la decoración de “mi hogar” aunque ella sabía de mi título en la materia. Jamás me permitió opinar.

La sala de Joseph estaba repleta de su esencia, la decoración variaba en tonos blancos y azules marinos, muy hermosos, o al menos eso fue lo que logré ver. Creo. Finalmente mi vista se acostumbró a la oscuridad que reinaba en el lugar y comencé a andar.

—Bueno, a lo que vinimos. Sígueme. —pasé del vestíbulo a la cocina, me tomé unos segundos para analizarla y localizar lo que estaba buscando. Logré visualizar la puerta del cuarto de lavado, consciente de que él mantenía encendida la linterna de su teléfono. Cuando alcé la vista, él me observaba. ¿Qué tanto veía?

Al abrir la puerta del cuartito, iba a presionar el interruptor de la luz, pero entonces recordé por qué estábamos aquí, así que me rodé los ojos a mí misma. Tanteé con mis manos las paredes hasta que di con la dichosa caja, que parecía más bien un estante. Lo abrí e hice memoria del mío. Tomé la pequeña palanca entre mis manos y la subí, pronto escuchamos el ruido del aire acondicionado y demás aparatos. Él encendió la luz.

—Muchísimas gracias. —hizo una leve reverencia, lo que causó que soltara una leve risa que inundó el estrecho lugar. Nos miramos mutuamente. Hasta que oímos la puerta de un auto cerrarse con fuerza. Me sobre salté. Dios… por favor, que no sea él.

— ¿Quieres quedarte a cenar?

— ¡No!... Digo, no puedo. Debo irme. —salí casi corriendo del cuartito, pasando a su lado. Pasé por la cocina, luego llegué al vestíbulo y abrí la puerta, cuando él me alcanzó.

—Oye, ¿dije algo malo? —Negué insegura— Seguro no fue mi intensión. Perdona, Eve.

—No, no fue nada Joseph. —miré afuera— De verdad, debo irme, gracias por ayudarme con las bolsas. Hasta luego. —me despedí y casi corrí hasta estar a salvo dentro de mi casa, que por suerte aún se encontraba vacía. Paul no había llegado. Cuando logré calmarme del susto que me había azotado el corazón, subí las bolsas a mi habitación y arreglé el contenido en mi armario. Cuando terminé, me cambié por una ropa más cómoda y me dispuse a hacer la cena.

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Me encontraba lavando la ropa, bueno, metiendo la ropa a la lavadora, ella es la que lava ¿no?... Era viernes, Paul no había ido a trabajar hoy, lo cual me tenía sorprendida y algo nerviosa. De hecho, me tenía sumamente nerviosa.

Estaba encerrado en su despacho dando gritos desde hacía un buen rato, al parecer hablaba con uno de sus colegas del trabajo y las cosas no estaban saliendo bien. Un pitido me indicó que la lavadora había iniciado su trabajo, así que me reincorporé y me puse a preparar el almuerzo. Saqué la carne del refrigerador y la puse a descongelar en el micro-ondas, luego tomé una sartén y la engrasé, poniéndola al fuego. Tomé un bol y corté los vegetales para la ensalada, que serviría de acompañante; en otra olla puse hacer el arroz, y por si no quedaba satisfecho, puse piezas de pollo a dorar en el horno.

Unos pasos en el pasillo me pusieron alerta, me volteé mirando la estufa haciendo que estaba controlando el fuego, sentí un golpe en la pared y me giré rápidamente asustada.

— ¡Maldita sea! ¡Nada puede salir bien! —empezó a balbucear incoherencias, yo sólo lo miré. Él noto mi mirada y gruñó— ¿Tú qué me ves? —alzó una mano señalándome con gesto molesto. Yo negué con la cabeza alzando las manos en son de paz. Que no me pegue, que no me pegue…

—Nada, nada. –me moví inquieta en mi lugar –Mhm, ¿estás bien? —cuestioné con voz baja. Al fin y al cabo me preocupaba lo que le pudiese estar sucediendo.

— ¡No! —gritó y volvió a despotricar como loco, yo simplemente me digné a mirarlo. En ese estado no me atrevía a darle la espalda. El micro-ondas sonó, dando aviso a que la carne estaba lista, eso pareció distraerlo un momento, me miró, luego al aparato y se fue.

Suspiré pesadamente dejando caer los hombros, me tomé un momento para recobrar los cinco sentidos, estabilizarlos y me puse manos a la obra, debía terminar la comida antes de que le diera un ataque de nuevo. Puse la carne a cocinar, añadiéndole los condimentos al paso que se iba cosiendo, le agregué un poco de aceite de oliva y la dejé tapada para que terminara de hacerse. Me dispuse a terminar la ensalada agregándole aceite y hojitas de laurel, cuando estuvo, la metí a la nevera, saqué el pollo del horno y lo puse a reposar.

En uno de esos momentos, miré por la ventana de la cocina que daba a la calle y divisé un auto negro. El conductor tenía una cámara entre sus manos y estaba apuntando hacia mí… Un momento ¿hacia mí?, parpadeé varias veces, volví a enfocar la vista y ya el auto había desaparecido. Agité mi cabeza, ¿me estaba volviendo loca? ¿O en serio me estaban fotografiando?

Decidí ignorarlo. Seguro eran ideas mías. Total, andaba con los nervios de punta debido a la presencia de Paul en la casa.

A la hora del almuerzo preparé la mesa y emplaté la comida, serví dos platos de carne mechada con arroz y tajadas, y a un lado coloqué un plato más pequeño con la ensalada. Caminé hacia el despacho de Paul e iba a tocar la puerta cuando algo en su conversación llamo mi atención. Así que escuché en silencio.

—No me interesa, quiero ese encargo aquí mañana... Saliendo del trabajo, mis amigos y yo nos encargamos de él ¿ok?... Sabes dónde dejarlo... Y no te equivoques esta vez porque no seré tan comprensivo... —ok ¿de qué rayos estaba hablando? Eve no te hagas ideas... Sacudí mi cabeza y toqué la puerta.

— ¿Paul?

— ¿Qué quieres Eve? —se oía obstinado. Conocía aquel tono de voz, aparecía cuando estaba a punto de perder los estribos.

—El almuerzo está listo…

—En un momento voy —dicho esto me alejé de la puerta, fui hasta la mesa y esperé que apareciera.

Diez minutos más tarde apareció con una sonrisa en el rostro “¿será bipolar?” pensé. En el tiempo que he vivido con él no sé si en serio lo conozco. Haló la silla y se sentó, tomó los cubiertos y comenzó a comer; yo lo imité tratando de mantenerme serena.

—Esto está muy bueno, Eve —me felicitó tomando mi mano por sobre la mesa. Yo le sonreí. Entrelazó nuestros dedos y yo clavé los ojos en la unión de nuestras manos.

—Gracias —asentí.

Ese fue el único diálogo que tuvimos durante la comida. Cuando terminó, me soltó la mano –la cual tuvo sujeta todo el tiempo que duró la comida en el plato-, se levantó, me dejó un beso en la frente, tomó sus llaves y se fue, dejándome sentada perdida en mis propios pensamientos y algo confundida por su actitud. ¿A dónde iba?

Decidí terminar mi cena. Al finalizar, ya sin anda en el plato me dispuse a recoger la mesa y lavar los trastes. Cuando terminé con eso sequé mis manos y subí a darme una ducha, una que en serio necesitaba, me sentía estresada… Justo cuando iba a abrir la llave de la ducha sonó el timbre, suspiré pesadamente ¿Y si no habría? Se cansaría y se iría…

Esperé a no oír nada para abrir la ducha y meterme directo bajo la caída del agua, mojé mi cabello y tome el jabón pasándolo por mi cuerpo, dejé que el agua me relajara mientras tomaba un poco de champú y lo regaba por todo mi cuero cabelludo. Masajeé mi cabello disfrutando de la sensación que eso me proporcionaba, poco a poco sentía como mis músculos se iban relajando, dejando ir toda la tensión contenida durante el día.

Cuando terminé mi baño, cerré la llave y abrí la puerta corrediza, tomé una toalla del perchero a un lado y me sequé detalladamente cada parte del cuerpo. Luego enrollé mi cuerpo con una bata y caminé al lavabo y mirándome en el espejo, gracias a Dios no había rastro de moretones; mañana saldría con mi hermano y no quería problemas, agarré mi cabello en una coleta para que no escurriese agua por todo el piso y abandoné el baño.

Una vez en mi habitación, fui directamente al closet, saqué mi ropa y me vestí. Fui al tocador, arreglándome un poco, dejé la toalla y la bata en cesta de ropa sucia y bajé a sacar la ropa de la lavadora para meterla en la secadora. Cuando terminé con eso, me dispuse a arreglar y limpiar un poco la casa, simplemente quitando la fina capa de polvo que ya cubría algunas superficies de la estancia. Como una hora después con todo limpio y en su sitio, fui al cuarto de lavado, donde con tranquilidad y tarareando una canción doblé las prendas calienticas por el calor de la secadora.

Eran ya como las cuatro de la tarde y me encontraba bebiendo un poco de jugo mientras ojeaba una revista, cuando un golpe seco en la puerta hizo que me sobresaltara. Dejé el vaso en la mesa de centro de la sala y me encaminé a la puerta, oí otro golpe y me asusté. Me llevé la mano al pecho alejándome instintivamente. Esperé a que otro golpe se oyera pero no sucedió, con todo el nerviosismo del mundo me acerqué temerosa y tome el pomo de la puerta en mi mano girándolo.

Asomando sólo mi cabeza, miré a todos lados y no vi a nadie, ya iba a cerrar la puerta pero fijé mi vista en un sobre que se encontraba encima de la alfombra del porche, me agaché y lo tomé entre mis manos. Citaba en letras negras "Evangeline Ferguson"...Un momento ¿Ferguson? Todos los paquetes que me llegaban aquí siempre traían mi apellido de casada, esto si era extraño. Cerré la puerta y me encaminé a la sala de nuevo, giré el sobre en mis manos y abrí la solapa, introduje la mano y saqué su contenido. Eran fotos... ¡Fotos mías! En la cocina esta mañana.

Es decir que no habían sido alucinaciones mías. ¡Si me habían fotografiado! Pero… ¿Quién? ¿Para qué? ¿Por qué? Dios…

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Mariana
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hace más de 1 año

Me tienes atrapada!!


#6

Capítulo 5: Un Óscar para Paul.

No superaba lo de las fotos aún. Ya había pasado un día y aún pensaba en ello como si acabase de suceder. Mi hermano Ryan ya me había llamado la atención varias veces en lo que iba de mañana. Y lo volvía a hacer ahora.

— ¡Te estoy oyendo, Ryan! —exclamé enojada de que moviera su gran manota frente a mi rostro. Simplemente sonrió de lado y se encogió de hombros, gesto que ambos usábamos muy a menudo.

—Pero enana, llevas distraída toda la mañana. ¿Te sucede algo? ¿Algún problema? —así era mi hermano, un completo inmaduro, pero no podía saber que algo me incomodara porque sacaba su lado maduro e inteligente para poder ayudarme. Por eso y otras razones, lo adoraba.

—No R, no te preocupes. Sólo que ha sido una semana dura. —que excusa más estúpida pude haber dado. Él no muy convencido asintió y seguimos con nuestro camino. Nos encontrábamos en el Central Park, esperando a que Rosie se nos uniera, Ryan me había ido a buscar hoy en la mañana y después de intercambiar unas cuentas palabras con Paul que también iba de salida, nos fuimos. ¿Dónde iría Paul un sábado por la mañana? Quién sabe…

—Oye, quiero pedirte un favor… —sonrió mi hermano alegre, llamando mi atención para que lo mirase, así lo hice instándolo a continuar— He conseguido cuatro entradas para una obra de teatro mañana y pensé en ustedes dos. Paul y tú. ¿Te gustaría asistir? Yo no pretendía ir, puesto que esas cosas me aburren, pero ya sabes cómo es Rosie… —alzó ambas cejas sugestivo— ¿Irán?

Lo pensé unos segundos, ¿ir con Paul a una obra de teatro? Veamos, sola con él sería un suicidio de los mil demonios, de seguro no llegaría viva a la casa, sin embargo mi hermano ofrecía ir con él y con su esposa. Era una buena opción, iríamos acompañados, no tendría chance a soltar uno de sus comentarios impropios, ningún insulto, mucho menos un golpe. Podría ser… Además me moría por hacer otra cosa fuera de la rutina, ¿por qué no?

— ¿Eve?

Parpadeé varias veces fijándome en Ryan. Le sonreí.

—Será un placer, R. Sólo que tú debes decirle a Paul, de seguro a ti no se te negará. —eso era verdad. Paul era un gran actor y prefería faltar a una junta de trabajo o a un juego de golf con sus amigos, que perderse una salida con mi familia. Condenado mentiroso… Sólo para aparentar ser el esposo perfecto.

Luego de nuestra pequeña conversación, Rosie llegó con nosotros y no supe más de fotos o de Paul, solamente éramos tres amigos riéndose de sus ocurrencias y chistes malos. Estuvimos mucho rato en el parque, caminando, sentados, acostados en la grama, por culpa de mi hermano había comido algodón de azúcar, palomitas, manzanas acarameladas, dulces por montón y para terminar un gran pero gran hot dog. Aunque él terminó comiéndose tres…

Para terminar la tarde pasamos por una heladería donde nos cansamos de comer montones y montones de helado de todos los sabores, Ros se quejaba de perder la figura pero en ningún momento dejó de comer de su bote de helado, mi hermano reía cual niño al llevarse una bola de su helado de limón a la boca y ensuciarse los labios, yo los veía enternecida y fascinada.

Me daba tristeza e incluso un poco de envidia verlos así, ambos riendo, Ros quitando los restos del helado de los labios de mi hermano con besos, yo me sentía un poco fuera de lugar, pero bueno… Ellos eran mi única familia, la única además de mi mejor amiga Limba, hija de un amigo de la infancia de mi papá. Habíamos crecido juntas, pero ahora ella se encontraba en Londres, cuidando de su padre, Lorence, el pobre había enfermado. Limba sin duda era la hermana que nunca había tenido.

No sé en qué momento de la velada Joseph vino a mi mente, sus ojos tan verdes como la esmeralda, ese cabello azabache rebelde que aquella noche se movía junto con la brisa. Su aroma… Dios, su aroma era el de los Dioses, olía tan bien que incluso llegué a pensar que era irreal, pero no. Era su olor propio, ligado con alguna colonia costosa. Lo que sí he de admitir, es que me causaba gran fascinación saber quién era él. ¿Alguien importante? ¿Algún empresario? ¿Extranjero? Mi mente me reprendió, ¿qué hacía yo pensando en mi vecino? De seguro tenía una novia hermosa, posiblemente una modelo, que iba del brazo con él a grandes eventos. Esos a los que Paul no me dejaba ir…

¿Será posible? No, no. No puede gustarme ese hombre, soy una mujer casada, tengo un esposo que aunque no es el mejor del mundo, es mi esposo y punto, mi compañero. «Evangeline, ¿a quién engañas? ‘Tu marido’ es un cerdo imbécil »Susurró esa vocecilla dentro de mi cabeza, fruncí un poco el ceño, ella tenía razón, pero yo quería negarme a creerlo. ¿De qué me valdría? No podía librarme de él… Creo que jamás lograría quitármelo de encima.

[…]

Llegó el día de la obra de teatro y como había previsto, un día antes mi hermano había invitado a Paul y este sin pensárselo dos veces aceptó encantando. Menudo actor que era mi esposo, eh. Se metía a todos en el bolsillo con esa sonrisita santurrona y sus chistes, que al fin y al cabo por ser más malos que buenos, hacían reír a la gente, sin mencionar que aunque quiera negarlo, tenía presencia ante las personas. Menudo condenado.

Mientras terminaba de arreglarme, veía a través del espejo del tocador a mi marido que se encontraba al otro lado de la habitación en la misma situación que yo. Me sonrió cuando se percató de mi mirada, y yo con un poco de dificultad se la respondí con igual espontaneidad. Eso pareció complacerlo, porque me lanzó un beso y yo casi me caigo de la silla. Bipolar… Susurró mi mente.

En tanto nos encontrábamos en la fila para entrar al teatro, mensajeaba a mi hermano para preguntarle dónde andaba. Él muy tonto me había contestado que necesitaba un momento a solas con Rosie; eso me sacó una carcajada. Mi hermano era así, un conejo, y Ros ni muerta ni perezosa se había puesto igual a él. Veinte minutos después estábamos los cuatro en las puertas del reconocido teatro; verificamos nuestras entradas y nos dejaron pasar. Todo estaba hermoso, la decoración de pies a cabeza era de tonalidades rojas y negras, con algunos detalles en plateado y dorado. Precioso.

Mi cuñada parecía una niña pequeña, a ella siempre le habían gustado las artes escénicas y no paraba de hablar de la decoración, además de ir sacando conclusiones a través del programa que nos habían entregado al entrar. Yo sólo sonreía, a pesar de estar muy nerviosa por el hecho de que Paul me tomara de la mano. Una vez mientras íbamos al cine, vio a unos tipos mirándome y como me tenía sujeta de la mano, la apretó tanto que el dolor fue horrible, incluso recuerdo que los huesos me tronaron... Sacudí la cabeza sacando esos pensamientos de mi mente, pasamos a nuestros asientos y nos acomodamos, la obra empezó.

Debo admitir que mientras más veía de la obra más me gustaba, era un amor prohibido, muy peligroso, la chica está perdidamente enamorada y su compañero corresponde. Sin embargo, pese a cualquier pronóstico, el chico amado muere y su joven pareja se sumerge en una depresión destructiva. La obra deja el final abierto a cualquier interpretación cuando se cierran los telones. Pero, igualmente los espectadores aplauden emocionados, incluso silban y balbucean halagos.

—Necesito ir al baño, chicos, nos vemos en la salida. —le avisé a mis acompañantes. Con dificultad logré liberarme del agarre corta circulación de Paul. Antes de darles la espalda, pude ver su mirada de advertencia. Entré al baño y respiré aire de libertad, Dios, aun estando en público la cercanía de Paul me hacía sentir sofocada, sin aire, atrapada.

Después de hacer mis necesidades y lavarme las manos, salí. No vi a mi hermano, tampoco a Rosie y ni por ahí a Paul, fruncí el ceño. En eso me llegó un mensaje. Ryan.

“Estamos en la cafetería de enfrente. Ros tiene hambre.”

Reí. Esa cuñada mía hacia que mi hermano hiciera lo que ella quería. Negué. Mientras me encaminaba a la salida pensaba en cómo era posible que Paul se fuera con mi hermano, o sea, ¿parte de su actuación del cuñado superestrella? Pues vaya que era bueno entonces. Antes de salir me proparé a ver una pintura que adornaba una de las paredes del pasillo. Era hermosa, una manzana cortada a la mitad y en su centro se podía vislumbrar una mariposa. Me entretuve admirándola, me cautivó.

—Muy hermosa, ¿verdad? —esa voz… Debo estar soñando. Me giré y ahí estaba él, con su mejor sonrisa mirándome, me sonrojé al instante— Hola de nuevo, Eve.

Juro que iba a morir, no estaba prepara para lo que vino después de eso, se inclinó y con toda la dulzura del mundo, depositó un beso suave y cálido en mi mejilla derecha, yo parpadee sin poder creerlo, tenía un revoloteo en el estómago, sentía que me faltaba el aire de una manera divina. Inhalé su aroma y él se retiró. Me sonreía todavía.

—Debo admitir que volver a verte es mucha mejor experiencia que ver esa obra de hace un rato, aunque doy crédito al director, fue buena. — ¿Cómo podía parecer tan normal, tan tranquilo, cuándo yo me sentía desfallecer por su cercanía?

¿Y qué demonios estaba pasando conmigo, por qué tenía éstos pensamientos y éstas sensaciones? Tenía que decir algo, parecía tarada.

—Sí, sí… La obra, estuvo genial. A mí me encantó. —murmuré con nerviosismo, di un vistazo tras él y efectivamente había una cafetería allí, eso me asustó, si no me daba prisa, Paul vendría y…

Vibró mi celular. Mi hermano.

“Ah sí, Paul se devolvió, al parecer se le quedó el celular en el asiento. Que despistado, ¿no?”

Sentí la tierra bajo mis pies abrirse, justo cuando terminaba de leer el mensaje, un carraspeo tras mi espalda hizo que muriera diez mil veces ahí donde me encontraba de pie. Nadie podría adivinar si quiera, las mil imágenes mentales que corrieron por mi cabeza, cerré los ojos dos segundos y respiré de nuevo. Mi marido ya se encontraba a mi lado, tomándome de la cintura con más fuerza de la necesaria.

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#7

Capítulo 6: ¿Amigos?

«Ya verás cuando lleguemos a casa… Lamentarás lo que ocurrió hoy » Yo ya estaba resignada, suspiré asintiendo y nos acercamos a la cafetería, mi hermano nos recibió con sus bromas. Rosie estaba comiéndose un pastelito de queso y jamón, yo solo pedí un café.

Cuando nos despedimos de mi hermano y mi cuñada, eran pasadas las siete de la noche, cada quien en su auto, yo ya sentía mis huesos débiles, hechos gelatina y eso que Paul ni siquiera me había tocado.

El transcurso a casa fue entre insultos y golpes al volante.

Zorra. Cualquiera. Perra. Mujerzuela.

Y una infinidad más de vulgaridades salían de la boca de Paul hacía mi persona. Sentía que cada vez me hacía más pequeña en el asiento, más insignificante. Cuando aparcó el auto, me sacó a empujones de él, me tomó con tanta fuerza del brazo que comencé a llorar de inmediato. Miré alrededor… No había nadie.

Una vez en el interior de nuestra casa, comenzó mi tortura, golpes iban y golpes venían, lágrimas recorrían mis mejillas libres, sin ningún tipo de restricciones, el dolor taladraba mi cabeza amenazando con que explotaría de un momento a otro. Podía oler la sangre que cubría mi nariz y boca, mi mejilla mallugada y cuando pensé que no podría más se detuvo.

No me levanté del suelo de la cocina, no podía…

[…]

Un mes había pasado desde esa bendita salida al teatro, mis moretones ya casi ni existían, ese día siguiente por la mañana fui al hospital a hacerme unos rayos X, no tenía nada fracturado, ni una fisura, nada. Agradecí a Dios que los enfermeros que me atendieron no preguntaron nada, sólo mis datos para el informe y fue todo.

Ahora estaba en la cocina, preparando el almuerzo, una simple pasta con salsa de carne, no tenía ánimos de más nada, en la sala, sonaba Chopin desde el equipo de sonido y yo no podía estar más tranquila. Aunque suene a mentira y nadie me crea, Paul no me había tocado desde esa última vez, llevaba cuatro semanas sin golpes, sin insultos, sin nada. Me preguntaba por qué…

Mi esposo se levantaba mucho más temprano de lo normal, incluso cuando mi despertador sonaba, que abría los ojos, él ya se había ido. Los primeros días eso me sorprendió, pero ya era así como una costumbre, aunque tampoco era que me permitiera a mí misma bajar la guardia. El resto del día me la pasaba sola en la casa, bueno, no tan sola… El joven Lovera venía de vez en cuando y aunque mis miedos eran terroríficos, lo dejaba pasar y compartíamos unas horas. Por las noches Paul, llegaba, cenaba y se encerraba en su despacho. Cuando yo me iba a dormir él seguía ahí…

Mientras ponía la mesa para dos, sonreía como tonta y negaba con la cabeza de vez en cuando, sólo recordando lo que Joseph y yo habíamos compartido aquí.

—Vamos Eve, no puede ser en serio. —reía él tan fuerte que tuve que unirme a él, mientras ambos degustábamos mis crepas de pollo.
Se burlaba de mí porque le había confesado que había ido a un parque de diversiones una sola vez en toda mi vida y que tenía más de dos años sin ir a la playa, en principio creyó que era una broma, pero cuando logré convencerlo de que era en serio, sólo se burló. No paraba de reírse.

— ¡Es muy en serio, Lovera! —golpeé su hombro suavemente y paró de reír.

—Ok, ok, te creo. Prometo que un día de éstos te llevaré a la playa y a demás visitaremos un parque de diversiones. —había dicho mientras terminaba de comer.

La tarde siguió transcurriendo tranquila mientras veíamos una película en la comodidad de la sala, él de vez en cuando hacía algún comentario y me hacía estallar en carcajadas, o hacía muecas, incluso llegó a hacerme cosquillas. La pasaba bien cuando él venía, y enterrando mis miedos y conflictos internos le daba acceso a mi casa, o él me abría las puertas de la suya.

Había descubierto que tenía una hermana mayor, Catalina, la cual era una aficionada por la moda, se había graduado en Leyes, pero desobedeciendo al Sr. Lovera padre, siguió su aspiración de estudiar Moda y Confección, y ahora era dueña de una pequeña firma de ropa. Junto con eso, supe que tenía dos padres maravillosos tal como él mismo decía, Amilcar y Dómine. Ella una decoradora de interiores y exteriores y él un reconocido abogado. Tal y como me los había pintado, su familia era perfecta. Me hizo ilusión… Ilusión que se desvaneció cuando me pidió hablar de mi familia. ¿Qué le podía decir? “Oh Joseph, pues mi madre es una arpía que sólo piensa en ella y mi padre es su marioneta. Creo que si hablamos de familia, sólo tengo a Ryan y Rosie”

Él notó mi incomodidad y cambió de tema.

Me hizo preguntas sobre Paul, y aunque no era el mejor tema de conversación, yo le respondía. A qué se dedicaba, dónde trabajaba, familia, hobbies, fortalezas, debilidades, incluso preguntó como era su relación conmigo. Eso si no lo contesté. En principio se me hizo extraño, parecía un interrogatorio, pero bah, con él se me hacía tan fácil hablar que mi lengua no podía estar entre mis dientes.

Sonó el timbre y di un respingo.

Me reí de mi misma mientras me acercaba a la puerta. Abrí y lo primero que vi fue un hermoso ramo de rosas rojas. Me sonrojé al instante. Joseph era sumamente detallista, lo había descubierto en estas semanas que había tenido la oportunidad de compartir con él.

—Son hermosas… —murmuré encantada por el detalle, dejó ver su rostro detrás del arreglo y me sonrió amplio guiñándome el ojo derecho.

—Un hermoso ramo de flores para una hermosa dama, muy apropiado, ¿no crees? —decía mientras me apartaba para que él pudiese pasar, cerré la puerta tras sus espaldas y corrí a buscar un jarrón. Él venía pisándome los talones. Cuando saqué el florero de uno de los compartimientos de la cocina y lo llené de agua, él arregló las flores y lo colocó en medio de la encimera. Sonreí.

—Somos un gran equipo ¿no? –me sonrió acercándome a él para abrazarme, se lo permití. Nuestra relación amistosa iba muy bien, con él me sentía segura de alguna manera, sentía que nada ni nadie podía dañarme cuando él andaba cerca de mí pero por las noches, cuando me acostaba y veía el techo un rato me asustaba, ¿qué estaba haciendo?

—Oye, ¿todo bien?

—Todo bien, tranquilo. ¿Comemos?

Pronto estuvimos uno enfrente del otro, comiendo de mi pasta, nos reíamos a carcajadas mientras contábamos anécdotas de la infancia y adolescencia.

No notamos el correr de las horas, cayó la tarde y Joseph Lovera seguía en mi sofá, conmigo al lado y ambos comiendo palomitas mientras veíamos una película de acción. Todo duró hasta que oímos el rechinar de una llantas, una puerta abrirse y cerrarse y los pasos en el porche, entré en pánico, me levanté de un salto y con disimulo vi a través de la cortina. Era Paul.

— ¡Debes irte! ¡Ahora! —chillé histérica, pero no tan alto para que nadie más nos oyera. Él no entendía mi miedo.

—Oye Eve, está bien. Le diremos que sólo vine a ver una película contigo, no es que hayamos hecho algo impropio o algo así.

—No lo entiendes, debes irte. No puede saber que estuviste aquí, por favor… —decía mientras buscaba un medio de escape rápido. ¡La ventana!— ¡Por ahí! —le señalé. En principio me miró como si estuviera loca o buscando una señal de broma, pero algo debió haber visto en mi cara que no dijo nada y salió por donde le indiqué. Justo en ese momento, entró Paul a la casa.

— ¿Evangeline? ¿Qué demonios haces en la ventana? —fue lo primero que dijo al entrar, yo respiré con algo de alivio y me giré para encararlo, se veía confundido y con la ira contenida dentro de sus ojos. ¿Por qué?

—Yo, este… La estaba abriendo, tenía un poco de calor. —le sonreí con nerviosismo. Mis manos sudaban, para tratar de regular mi pulso me acerqué a la televisión y la apagué. Luego me acerqué a donde descansaba el bol de palomitas y lo tomé entre mis dedos. Lo miré— ¿Quieres?

Negó. Sólo me miraba. Yo no sabía dónde meterme.

—Mejor ve a servirme la cena. Hoy no estoy de humor para tus estupideces y recoge este chiquero, mira no más como está todo. —exclamó en tono desaprobatorio mientras se encaminaba a las escaleras. Esperé hasta oír la puesta de la habitación cerrarse y entonces respiré con calma.

Mientras le servía la cena a Paul, eché un vistazo a la casa de enfrente, ya tenía las luces encendidas. Negué con la cabeza, ¿qué estaría haciendo él justo ahora? De seguro ha de estar pensando que soy una loca sin remedio, una histérica que se altera al sentir su esposo llegar. Yo pensaría eso. Pero claro, él no sabía que la realidad era otra. Él no sabía que si Paul nos hubiese visto juntos, de seguro nos mataría a ambos antes de siquiera dar una explicación.

— ¿En qué piensas tanto? —murmuró Paul tras mi espalda, juro que casi se me cae el plato de las manos. Me volteé y ya lo tenía delante de mí, estábamos nariz con nariz, me tenía prisionera entre su cuerpo y la encimera. Sus manos recorrían mis costados y yo no sabía qué hacer. Su aliento estaba cargado de alcohol.

— ¡Respóndeme, Eve! —gruñó contrariado por mi silencio. Yo no podía, tenía la garganta atestada de nudos de puro miedo. Pero tenía que hablar o lo haría enfurecer.

—En nada, Paul, en nada. Sólo te servía la cena. —señalé sobre la encimera a un lado de nosotros. Él miró— ¿Ves? Se enfriará si te distraes. Anda, come.

Eso pareció convencerlo, me soltó y suspiré.

Terminé de hacer todo aquello y lo dejé cenar. Yo subí a nuestra habitación y luego de cambiarme me metí a la cama simulando dormir. Media hora más tarde él ocupó su lugar a mi lado, dándome la espalda. Pude dormir entonces.

A mitad de la noche me desperté asustada; las rosas…

Hace más de 1 año

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Mariana
Rango4 Nivel 19
hace más de 1 año

Real, me tienes atada!
Senti felicidad en leer "Nueva Parte" !!!
Eres muy buena


#8

Capítulo 7: Misión.

―Dorian, ya te he dicho que me importa una mierda quién esté involucrado. Quiero ese informe en menos de una semana ¿entendido? ¡Una semana! ―me gritaba mi jefe como si yo estuviera a veinte metros de distancia y diez años menos ¡Ni mis padres! Todos en la oficina se habían quedado en silencio sólo para poder oír mejor el regaño que me estaba dando este imbécil. Idiota…

―Pero Dom, ella no sabe nada. Él lo ha mantenido en secreto muy bien. ―trataba de razonar. Lo que él decía no tenía razón de ser. Es decir, ¿estaba loco o qué?

―No es mi problema, Hold. Te ordené acercarte a ella para llegar a su marido y ver en qué anda, no para que te hagas su mejor amigo y vayas a su casa a jugar a la merienda.

―Esa es mi manera de hacerlo, Dominic. Si me acerco a ella, será mucho más sencillo llegar a él.

―Hold, ya te lo dije. No me obligues a repetirme, sabes cuánto me molesta.

Sin decir nada más salí de esa mierda de oficina dando un portazo. Lo dejé con la palabra en la boca; mientras tanto yo soltaba un montón de maldiciones en su contra. Mi compañera, Cheah, una chica de veintitantos años, cabello rojo y grandes ojos, me detuvo.

―Oye, ¿estás bien?

Negué con la cabeza, ella entendió mi mensaje y tomándome del brazo me llevó fuera de las instalaciones. Ya en la plazoleta, mi ceño se suavizó.

―Dorian, creo que Dom tiene razón, es decir; no vemos avance, hace dos semanas no tenemos nada nuevo y eso nos estresa un poco. Tenemos que cumplir con el plazo o enviarán a los especialistas y nos dejaran fuera del caso.

Mi compañera se notaba preocupada, la miré. ¿Por qué demonios nadie me entendía?

―Cheah, esta es mi manera de proceder; si hago que ella confíe en mí podré adentrarme en su casa y averiguar lo que necesitamos. Ya la he interrogado, ella no tiene ni la más mínima idea de lo que se está o lo que creemos que se está cociendo aquí.

―Dorian, eso yo lo entiendo, no te diré que lo hagas de otra manera, pero sí te voy a pedir que presiones un poco.

En eso ella tenía razón, no había logrado mucho en estas últimas semanas y eso no ayudaba con la misión. Debía ponerme las baterías entonces.

―Lo haré. Gracias.

Dejé un beso en su mejilla antes de irme.

Estando en mi auto recorría las calles de New York, mientras, pensaba en cómo pedirle a Eve que me dejara entrar al despacho de su marido… ¡Demonios! Cómo lo odiaba; no sólo por la clase de persona que era, sino porque la tenía a ella… ¿En qué mierda piensas, Dorian? ¿Acaso te gusta? ¿Me gusta? ¿Eve me gusta? Bueno, no puedo negar que desde el principio me llamó la atención, es hermosa, sencilla, humilde y muy divertida…

― ¡Maldición! ―golpeé el volante frustrado. Increíble, Evangeline me gusta.

No, no, no, no puedo permitirme estás estupideces, tengo que hacer mi trabajo, tengo que concentrarme, debo hacerlo…

Mi teléfono comenzó a vibrar dentro del bolsillo derecho de mi pantalón. Con un poco de dificultad lo saqué y después de ver el número y suspirar, atendí.

― ¿Qué quieres?

―Hola, Dorian, ¿cómo estás? Pues, yo muy bien ¿y tú? ¡Ah, feliz de oírte Cata! ―chilló mi hermana al otro lado de la línea, pero Dios… qué haría con ella.

―Catalina, al grano ―suspiré.

―Bueno, bueno, pero no te exasperes Hold. Sólo te llamaba porque mamá quiere saber si vendrás a cenar. Todos te extrañamos, hace semanas que no te vemos, ni sabemos de ti…

Me lo pensé un momento. Hoy era… Jueves. ¿Por qué no?

―Está bien, dile a mamá que iré a cenar. Nos vemos allá, enana. ―ella rió ante el apodo y me colgó. Tiré el celular sobre el asiento del copiloto.

Estaba cansado, me dolía el cuello, estar toda la noche vigilando no era sano para mi salud mental ni física. La cosa es que Cheah había hecho tan bien su trabajo que había conseguido una casa justo enfrente de la residencia McGregor Ferguson. Me daba risa sólo recordar lo que le había dicho a Eve. Mi asistente... Sí, claro. Una asistente que dispara excelente y con un solo tiro puede dejarte tendido en la arena.

Doblé en la esquina y estuve dentro del área residencial. Conduje hasta estar frente a ‘mi casa’, me bajé del auto y caminé a paso lento hacía la puerta. Al entrar mis ojos sufrieron por el desastre. En la mesa de centro de la sala de estar, un montón de papeles y carpetas de distintos tamaños y colores. Regados por el piso otro poco de documentos, a un lado sobre uno de los sofás descansaba una grabadora y un peine de balas. Sin mencionar, algunas piezas de ropa esparcidas aquí y allá descuidadamente. Negué y terminé de cerrar la puerta.

Me tiré sobre el sofá más amplio que había, me removí pues estaba incomodó, alcé la cadera y saqué de la parte trasera de mi pantalón el arma, la dejé a un lado, en el suelo. Cerré los ojos y traté de conciliar el sueño.

Para cuando abrí los ojos de nuevo, ya era de noche. Me paré de un salto, eran pasadas las ocho de la noche. Mierda. Había dejado plantada a mi madre, Cata no me lo perdonaría. Busqué mi celular por todo el lugar y recordé que lo tenía en el auto. Busqué una chaqueta y me la puse antes de abrir la puerta. Fuera estaba cayendo un aguacero, las gotas de lluvia eran del tamaño de una metra, apenas si se podía ver algo. Corrí hasta el auto y abrí la puerta del copiloto, tanteé por algunos segundos hasta que di con el condenado teléfono, lo tomé, y estaba a punto de devolverme cuando algo llamó mi atención.

Las luces de un auto pasaron justo enfrente de mí, pero se desviaron a la casa de en frente. Oculto por la lluvia, las sombras y mi auto, observé como Eve y Paul descendían del auto, él lo rodeó con rapidez y la tomó a ella del brazo, zarandeándola un poco. O al menos eso creí ver. Cuando ellos se perdieron tras la puerta me acerqué a paso rápido hacía la ventana por la que había salido una vez. Me asomé con cuidado de no ser visto.

Paul la tenía presa entre la puerta y su cuerpo; la besaba de una manera que debería ser ilegal, ella no ponía resistencia. Yo sentía una impotencia enorme crecer dentro de mí, ¿celos? ¡Claro que son celos! Los observé por un momento hasta que se me fue imposible seguir mirando; me agaché y cerré los ojos unos instantes. Estaba empapado de pies a cabeza, si no me iba pronto cogería un resfriado.

Con calma me fui poniendo de pie para retornar a mi casa, pero entonces oí algo que me detuvo el corazón. Un golpe seco, al parecer contra la puerta. Me devolví a mi escondite y eché un vistazo, al principio nada parecía extraño, hasta que la vi…

Evangeline estaba tirada en el piso, casi inconsciente… Se movía apenas, sus ojos estaban cerrados, de ellos lágrimas salían a diestra y siniestra. ¿Pero qué demonios…? Entonces Paul apareció en la escena, enredó sus dedos en el cabello de Eve y la alzó en vilo; ella profirió un quejido de dolor, pero reaccionó a los jalones que él le proporcionaba. Yo ya veía rojo, ¿por qué demonios ella no gritaba, por qué no se defendía, por qué no pedía ayuda? ¿Por qué yo estaba aquí parado como un idiota en vez de ir a ayudarla?

"No cometas ninguna estupidez, Hold, o estarás fuera de esto."

"Tu trabajo es descubrir en qué anda."

"No hagas de esto algo personal, es el peor error que puedes cometer."

Las palabras de Dom hacían eco en mis pensamientos, yo no podía moverme, si entraba ahora y mataba a ese hijo de puta, nunca sabríamos lo que en verdad necesitamos saber para acabarlo, pero, ¿qué hacer? Estaba siendo testigo de que como ella era tratada igual que a un saco de boxeo. Decidí que no podía ver más, me largué de ahí, casi a punto de llorar. No, Eve no…

Sintiendo el agua caliente recorrer mi cuerpo, revivía en mi mente cada golpe, cada insulto que Paul enviaba hacía Evangeline una media hora atrás. ¿La seguirá golpeando? ¿Ya habría parado? ¿Estaría consciente?

Golpeé con mi puño una y otra vez la pared de porcelana de la ducha. Una y otra vez hasta que mis huesos tronaron y el dolor fue insoportable. Me sentía tan impotente, tan inútil, yo no podía ayudarla, al menos no de manera directa, eso sería echar mi trabajo de un año y medio por la borda, y no sólo el mío, sino el de Bree y todos mis compañeros. Qué mierda es esto…

¿Qué iba a hacer ahora?

Cerré el paso de agua y tomé una toalla. Después de secarme la enrollé en mi cintura y así salí a la sala, tomé asiento sobre el sofá y me incliné para tomar la carpeta azul claro que descansaba en la mesa frente a mí. La carpeta citaba: Nessa Evangeline Ferguson Clive. La abrí y mi corazón dio un vuelco. Su foto, fue lo primero que vi… Esa foto se la había tomado en el centro comercial, ella iba de paseo con una rubia que según el informe era su cuñada, Rosie Pretél, la misma estaba casada con Ryan Spencer Ferguson, hermano de Eve.

Se veía tan hermosa en esa foto, ese día las seguí por todo el centro comercial ¡Vaya que las chicas si compran! Fue el día en que me presenté como su “vecino” Recuerdo que conduje como un poseso para llegar antes que ella a la zona residencial. Observé la foto un tanto más y la pasé.

Y bueno, lo demás sólo eran más y más cosas acerca de la vida de estas personas. Me lo sabía todo de memoria, había pasado toda una semana estudiando todos y cada uno de los aspectos de la vida de Evangeline Ferguson y Paul McGregor. El más mínimo detalle me lo sabía. Pero, ahora eso no servía de nada…

Hace más de 1 año

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Mariana
Rango4 Nivel 19
hace más de 1 año

Noooo!!!
Porque estudia sus vidas???
Qué mas pasará??
La espero prontooo!!! <3


#9

Capítulo 8: Impotente.

Una mierda… Así es como me sentía. Una completa y total mierda.

¿Por qué? Simple.

Había pasado una semana desde que observé como un cobarde sin escrúpulos golpeaba a su esposa, ¿y yo que hacía? Nada. Me sentía de manos atadas.

La mañana que siguió a esa noche de porquería había llegado a la agencia con cara de pocos amigos y un nombre entre ceja y ceja: Paul.

Sin pedir permiso si quiera me había colado al despacho de mi jefe, el muy imbécil me miró con desaprobación pero lo ignoré, tenía cosas más importantes de decirle que empezar a decirle un montón de improperios.

―Dom, la golpea, la golpea como a un saco de papas… -le dije exasperado, pasándome las manos por el cabello mientras recorría su despacho de lado a lado como león enjaulado. Él me miraba sin entender. “Idiota…” ― ¡Paul McGregor golpea a su esposa! ¿No lo entiendes?

Ni se inmutó.

Pasaron unos segundos en silencio interminable y yo estaba a punto de arrancarle la cabeza cuando habló.

―Bueno, Dorian, no es el primer hombre que lo hace. ¿Cuál es la relevancia?

Estaba por protestar, pero él se me adelantó.

―Te recuerdo que ésta es una agencia de fuerzas especiales e inteligencia, nos encargamos de grandes casos, no de pequeñeces como esa, admito que cuando sea juzgado ese detalle puede ayudar, pero mientras no tengas la información que yo realmente quiero, lo que Paul McGregor haga o deje de hacer dentro de las paredes de su casa, no me interesa, ¿entendido? Ahora, si no necesitas algo más, quiero que salgas de mi vista.

Pedazo de mierda. Salí echando humo y como siempre Cheah tuvo que llevarle fuera todo aquello.

Dominic no se encargaría de nada siempre y cuando no fuera algo relacionado con el motivo por el cual nos habían llamado. Negué con la cabeza mientras me dejaba caer sobre la cama de ‘mi casa’. Lo cierto era que Cheah había hecho un excelente trabajo, me encantaba este lugar, era una residencia tranquila, todos eran amigos de todos. Exceptuando a los obvios… Si fuera por mí, y dejando de lado que estoy en una misión, la compraría de verdad.

Mientras observaba el techo un par de ojos castaños rondaban mi mente con frecuencia, de hecho, el rostro de Evangeline pasaba por mi mente la mayoría del tiempo en los últimos días y no porque hubiese presenciado cómo le daban una paliza, no. Sino más bien, porque en serio era hermosa, tenía una sencillez que la hacía especial, única. Me encantaba estar cerca de ella, charlar, hacerla reír, definitivamente, estar con ella era la mejor parte de mi trabajo.

Hipócrita…

Mi mente sabía jugarme malas pasadas, realmente. Pero mi cabeza tenía razón, ¿cómo podía ser tan hipócrita? Dios mío. Le había mentido a Eve desde un principio, había traspasado su muro de seguridad y ahora ella confiaba en mí, ¿y yo que hacía? Engañarla. Ni siquiera la había ido a visitar estos días, creo que era porque simplemente no quería toparme con una imagen desagradable como lo sería verla golpeada, con moretones y de más. No, no lo soportaría.

En ese instante, mi teléfono me sacó de mis pensamientos. Miré el identificador y suspiré. ¿Qué demonios quería? Decidí atender.

― ¿Qué pasa, Dominic?

―Me han dicho que no has estado cumpliendo con tu parte del asunto. Se supone que deberías estarte haciendo mejor amigo de Evangeline Ferguson y es lo menos que estás haciendo. No la has visitado en una semana, ¿qué pasa contigo? ¿Se hizo muy duro para ti? Puedes decírmelo y estás fuera de una buena vez. ―su tono era calmado y eso lo hacía más insoportable. Respiré hondo y calmé mis ganas de mandarlo a freír espárragos antes de responder. Lo cierto era que no lo entendía, él me había reclamado mi manera de proceder, había dicho que dejara de jugar a la merienda con ella, entonces, no veía el por qué de su llamada. ¿Será bipolar? ¿O tendrá problemas de retención de información?

―Sólo no lo he visto apropiado, Dominic. En estos momentos debe estar aplicando una crema sobre la sombra de sus cardenales, ya que su adorado y muy respetuoso marido, ve en ella un saco de box, ¿de acuerdo?

―Me importa un bledo lo que esté haciendo, Hold. Por mí puede estar desnuda, en la ducha, llorando, tú deberías estar ahí.

―Muy bien, iré a visitarla dentro de un rato. ¿Te parece bien? –pedazo de idiota, ¿cómo podía decir esas cosas y ser tan inhumano?

―Excelente, y no quiero volver a tener esta conversación contigo. ¡Sé profesional y cumple con tu trabajo! –dicho esto, colgó. Estuve a punto de aventar el teléfono contra la pared, pero luego tendría que ir a comprar otro, transferir la línea, guardar de nuevo los contactos, así que mejor preferí, dejarlo sobre la mesa de noche.

Me puse de pie, haciendo las sábanas a un lado, misteriosamente un calorcito se alojó en mi pecho cuando procesé el hecho de que la vería de nuevo. Mientras tomaba una ducha el sentimiento de felicidad se fue desplegando y alojándose por todo mi cuerpo, hasta el punto en que pensé que me pondría histérico. Al final, cuando estuve vestido y listo, estaba con una gran sonrisa en mis labios, definitivamente Eve era lo mejor que me había sucedido en esta encomienda.

Salí de casa y caminé los pocos metros que me separaban de la suya, al estar parado frente a la puerta, toqué suavemente y esperé. Se escuchó un pequeño revuelo y luego la puerta se abrió lentamente hasta dejarme ver a una Eve envuelta en su bata de dormir. Tuve que contener una carcajada. Después de un intercambio de palabras, entré y ella cerró la puerta.

― ¿Qué te trae por aquí, Joseph? –me cuestionó ella yéndose directo a la cocina, la seguí de cerca. Tomé asiento sobre uno de los bancos de la encimera y ella me ofreció café.

― ¿No puedo visitar a una amiga? –alcé una ceja a lo que ella rió.

― ¿A las siete y media de la mañana?

Mierda. ¿Tan temprano era? Idiota Dorian, debiste ver el reloj primero.

―Sí… ¿por qué no? Ya sabes lo que dicen, al que madruga… -me corté, ¿cómo era que decía? Mmm…

―Dios lo ayuda –completó sonriendo divertida. Al parecer yo le causaba diversión. ¡Bien!

―Eso, ¿ves? A demás, no sabía que tenías un horario de visitas supervisadas o algo así.

―Bueno, no. No tengo un horario. Simplemente que cuando has tocado la puerta terminaba de tomarme un café y pretendía volver a la cama.

―Oh, interrumpí tus planes, cuanto lo siento.

―Está bien.

― ¿Y tu marido? –Ok, Dorian, ha salido a relucir tu lado curioso y metiche.

―Ah, él, bueno, se fue muy temprano, como a eso de las seis, es extraño, lleva un par de días haciendo lo mismo, él no es así… Digo, ese no su horario de trabajo, él siempre se levanta a las siete y media y como a las ocho y media o menos es que se está yendo, pero como ves… ―ella también parecía confundida por lo que decía, incluso parecía no estar segura de lo que estaba diciendo.

―Bueno, tal vez tiene mucho trabajo y se va más temprano para adelantar… -sí, eso ni tú te lo crees.

―Sí, debe ser eso.

Luego de aquello, ella me pidió unos minutos para tomar una ducha y arreglarse y por mi parte no pude ver mejor momento para visitar el despacho de Paul, cuando escuché en el piso superior el agua correr, me dirigí por la planta inferior a la única puerta que no había visitado de este piso. El despacho del susodicho.

Tomé la perilla entre mis dedos y ¡maldición! Tenía la llave pasada. Estaba a punto de entrar en desesperación cuando una conversación que había tenido con Eve tiempo atrás rondó por mi mente.

*

—Jajajajaja, ay Joseph, qué ocurrencias las tuyas –decía ella mientras estaba se apretaba el estómago debido a las carcajadas que sacudían su cuerpo.

—Es cierto, te quedarás fuera un día si sigues haciendo eso –Eve me contaba que ella pasaba seguro a la puerta de su habitación todos los días cuando no estaba dentro de ella, eso me sorprendió y no vi más que burlarme diciendo que un día se quedaría fuera.

—Oh no, no lo haría. ¿Sabes? Tengo un llavero, donde tengo las llaves de todas las puertas de esta casa, todas.

Importante información, Evangeline.

—¿Dónde guardas ese llavero, eh?

—Ah, ah, ah, no te lo diré. Es un secreto.

Para antes de que terminara de hablar ya la tenía bajo mi cuerpo, proporcionándole un inminente ataque de cosquillas, en tanto se retorcía pidiendo piedad y manoteando contra mi pecho para que la dejara, pero no lo haría, nos la estábamos pasando a lo grande.

— ¡Ok! ¡Te diré dónde están! ¡Para, por favor! –chilló rendida y yo alejé mis manos de su estómago.

Mientras la ayudaba a incorporarse, no podía dejar de reír a causa de sus jadeos en busca de aliento y sus mejillas encendidas en un lindo color carmesí. Cuando estuvo completamente de pie y ya con la respiración a un ritmo regular, pregunté.

—Bien, Eve, ¿las llaves? –tendí mi mano derecha hacía ella, suspiró derrotada.

Me miró con sus ojos color almendra de una manera tan intensa que estuve a punto de decirle que no importaba.

—Las guardo dentro de un bote de detergente vacío tras la secadora, en el cuarto de lavado. –concluyó.

*

Salí de mi recuerdo con esa información y corrí hacía el cuarto de lavado, rebusqué entre los botes de jabón y detergentes que habían ahí hasta que di con uno que estaba completamente vacío, quité la tapa y lo voltee sobre mi mano. Las llaves cayeron sobre la palma de esta.

De nuevo en frente de la puerta del despacho, iba sorteando las llaves para ver cuál era la que abría la puerta, cuando por fin di con ella, entré y cerré de tras de mí, con prisa, no quería que Eve me descubriera. Con rapidez fui hasta el escritorio de Paul, comencé a hurgar entre los cajones buscando algo que llamara mi atención, abrí y cerré carpetas, leí y leí documentos, hasta que di con lo que buscaba.

El papel que tenía entre mis manos, hablaba sobre la entrega de ‘mercancía’ mañana a las 16:00 pm. Tal vez esto era lo que habíamos estado esperando.

Hace más de 1 año

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#10

Capítulo 9: Confusión.

Mientras me vestía, pensaba en los hechos extraños que habían sucedido a lo largo de la semana… Mi marido se iba a las seis de la mañana y no regresaba sino hasta pasada la media noche, o si llegaba temprano se encerraba en su despacho y de ahí no salía. Sí, muy extraño.

Eso sin mencionar que no me había puesto ni un dedo encima desde hacía casi dos meses, algo que me tenía totalmente sorprendida y un poco aliviada, podía usar mis mejores prendas sin preocuparme de tener que tapar un moretón o algo así. Rosie al parecer había sido la única en darse cuenta de esto y más de una vez me alabó mi estilo para vestir y se cuestionó por qué no lo hacía más a menudo.

Otra cosa que rondaba por mi cabeza y lo cual me inquietaba un poco, era el hecho de pillar a Joseph salir del despacho de Paul. Primero porque estaba segura de haberlo cerrado con llave y dos, porque no entendía que podía Joseph buscar allá dentro. Lo había interrogado, pero justo cuando perdía la paciencia y la confianza, mi teléfono había sonado, cuando fui a cogerlo, él se despidió diciendo que tenía cosas que hacer y prometiendo volver pronto. Promesa que hasta ahora no ha cumplido, y eso fue la semana pasada.

En eso, sonó mi teléfono.

― ¿Aló? –respondí sin ver el identificador.

―Estoy afuera. ¿Ya estás lista? –Mierda, Rosie.

―No, ya casi termino. Espérame.

Colgué a toda prisa y terminé de arreglarme. Alisé mi cabello con los dedos y tomé mi bolso junto con las llaves. Al salir, ella estaba ahí con su mercedes plateado, esperándome deslumbrante con una amplia sonrisa en sus labios. Le devolví la sonrisa, me encantaba salir con ella, era tan divertida y abierta, una gran amiga sin duda. Nos saludamos y rápido nos fuimos.

― ¿Cómo va todo? –cuestionó preocupada como siempre. Le sonreí.

―Excelente, nada de qué preocuparse.

―Bueno, ¿y Paul? No he sabido de él en un buen tiempo. Ha de tener mucho trabajo, ¿no? –se notaba su ceño levemente fruncido.

―Bueno, sí, supongo. Sale temprano y llega tarde. –Me encogí de hombros.- Esa es su rutina desde hace más o menos un mes y medio. Y yo le restaba importancia para no tener que matarme la cabeza pensando en eso.

―Oh –fue todo lo que dijo.

El resto del trayecto lo hicimos en silencio, cuando llegamos al centro comercial, estacionó y nos dirigimos a los elevadores. Una vez entre los pasillos del gran CC, íbamos hablando de nosotras, veíamos las vitrinas de las tiendas y una en particular llamó nuestra atención, nos miramos, reíamos en complicidad y entramos.

Una hora más tarde salimos con un par de bolsas cada una, yo no paraba de reírme de las ocurrencias de mi hermano, mi cuñada las relataba con demostración y todo y no podía ser más divertida. Así estuvimos unas horas hasta que nos decidimos tomar un descanso, fuimos hacía la zona de la feria y tomamos asiento mientras decidíamos que comer. Al final, fue pizza.

Mientras comíamos, hablábamos de trivialidades, evitaba por completo que me contara sobre sus citas románticas con mi hermano, no eran tema de mi agrado porque me recordaban mi miseria de matrimonio. Matrimonio…, como había soñado yo con casarme, y lo había hecho sí, con Paul. Él me había enamorado con la idea del amor y había caído por completo, ahora entendía mi error, nunca debí casarme con él sin conocerlo complemente, como me arrepentía de mi error, como me criticaba a mí misma por haber sido tan estúpida, tan inocente, tan… ingenua.

― ¿Eve, me estás oyendo? –Rosie agitaba su mano delante de mis ojos. Parpadee un par de veces y asentí.

―Sí, sí… perdón. –me sonrió y siguió hablando de cómo le había ido en su última sesión de fotos.

A eso de las seis de la tarde decidimos irnos, nos despedimos y cada una tomó su camino, mientras yo conducía camino a casa pensaba en lo poco que me quería a mí misma, era así, no podía mentirme, ¿quién se dejaría golpear por su marido si tan solo se quisiera un poquito? Nadie.

Pero hablando claro, ¿a quién podría decirle? ¿A mi mamá? Posiblemente me mandaría a internar en un siquiátrico antes de ayudarme o si quiera averiguar si en realidad digo la verdad. Mi padre queda descartado de una, mi pobre padre siempre había sido el títere de la arpía de mi madre y no es por hablar, pero el muy tonto ni cuenta se daba de que ella lo utilizaba para sus fines ‘malvados’. A mi hermano por descontado que no, mataría a Paul y tampoco quiero algo así. ¿A Rosie? No, de inmediato se lo diría a Ryan y bueno… Ya sabemos lo que este haría.

Del resto, no tenía a nadie más, no tenía amigos, familia, nadie. Estaba sola.

Joseph… susurró mi cabeza y casi me doy de trancazos contra el volante. ¿Qué disparate es ese? ¿Decirle a Joseph? Sí, claro. Ni siquiera lo conozco lo suficiente para decirle Joe o algún otro estúpido apodo. Idiota, Eve, eres una idiota.

Cuando llegué a casa, me asusté, las luces estaban encendidas, apagué el auto y miré a los lados. El auto de Paul no estaba, ¿qué demonios…? Me bajé completamente asustada del auto, saqué las llaves de mi bolso y caminé a la entrada, ni siquiera tuve tiempo a meter la llave en la cerradura, ya Paul estaba ahí, abriéndome la puerta. Dios… estoy muerta.

―Evangeline… qué bueno que has llegado. Estaba realmente preocupado por ti. –murmuró con la voz tan baja que creí que no podría oírlo, pero si lo hacía, tal vez debido a la cercanía en la que nos encontrábamos. Me tomó de la mano, cerró sus dedos alrededor de los míos y me haló dentro de la casa. Cerró de un portazo.

― ¡¿Dónde coño estabas?! ¡Son casi las siete de la noche! –gritó exasperado, caminando delante de mí de lado a lado como un poseso.

―Fui de compras con Ros, como siempre. –susurré bajando la cabeza. Humillante, lo sé.

― ¡¿Quién te dio permiso para salir de esta casa?! ¡¿Quién?! –tragué. Por favor, que no me golpee. Por favor, que no me golpee. Por favor, que no me golpee… Ese era ahora mi mantra interno.

―Yo…, lo siento. De vedad.

Un golpe.

Abrí los ojos y Paul tenía su puño contra la puerta, tras de mí. Abrí la boca sorprendida, no me había golpeado a mí, había golpeado la puerta. ¿Cómo era posible?

―Tienes suerte de que no pueda tocarte… ―su voz baja volvió a causarme un calosfrío. Un momento, ¿cómo que no podía tocarme? ¿De qué coño estaba hablando? ―Sólo será por un tiempo… Luego podré molerte a golpes por esta y todas las veces que me has desobedecido… ―continuó hablando, yo cada vez estaba más asustada.

¿Qué?

―Recuerda, Eve… ―tomó mi mentón entre sus dedos, acercó su boca a la mía… ―Eres mía… ―terminó de decir y plantó un beso brusco sobre mis labios. No correspondí de inmediato, pero su urgencia me tomó por sorpresa así que después de algunos segundos, moví mis labios sobre los suyos. Él se separó rápidamente, con una sonrisa irónica en sus labios.

―Así me gusta…―dijo antes de voltear e irse.

Quedé aturdida un par de minutos y cuando volví a tener el alma dentro del cuerpo, me obligué a caminar hacia la habitación. Las piernas me temblaban, al igual que el resto del cuerpo. Dios… Necesitaba una ducha.

[…]

Entré a la oficina de Dominic con una gran sonrisa en mis labios, cuando me vio frunció el ceño.

― ¿Y a ti qué te pasa?

―Lo tenemos, Dom. Tenemos a McGregor, tenemos pruebas. –le tendí la carpeta donde habían varias fotos y algunos documentos.

― ¿De qué demonios estás hablando? –preguntó incrédulo, ojeando el contenido de la carpeta, rápidamente.

―Metieron la pata, él y sus socios. El día ese de la entrega de ‘mercancía’ Cheah y yo seguimos a uno de los socios de Paul y él nos llevó a la ratonera que tienen por “oficina” –hice comillas con mis dedos― Son unos idiotas, estaban esperando un gran cargamento, pero algo se les complicó y tenían que ir a retirarlo ellos mismos. Les seguimos ¿y adivina qué? Están metidos hasta el cuello.

― ¿De qué estamos hablando, exactamente?

―De todo, Dominic, de todo. ¡Drogas, mujeres, niños, armas! Todo.

Se quedó pensativo un momento y luego se puso de pie, aventando la carpeta sobre su escritorio.

―Tengo que irme.

Entonces me dejó en su oficina sin entender qué demonios había sucedido.

Hace más de 1 año

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#11

Capítulo 10: En la piel de Paul.

*
Salí corriendo de mi habitación cuando escuché a mis padres discutir abajo, no me gustaban sus peleas, no me gustaba que se gritaran cosas feas, pero era inevitable, esa era la rutina de mi familia. Cuando llegué abajo me recibieron los cuadros rotos, floreros destrozados en el suelo, junto a grandes pozos de agua y flores llegadas por todos lados… Las flores que mi papá le traía a mi mamá cada noche.

Cuando me asomé a la cocina, mi mamá se encontraba acurrucada entre sus propios brazos, mientras mi papá soltaba un montón de improperios contra ella, la obligó a mirarlo y la bofeteó. Fruncí el ceño, no era la primera vez que veía como él la golpeaba, pero siempre sentía que debía protegerla, pero nunca lo hacía.

Papá notó que estaba ahí.

― ¿Ves esto, Paul? Se llama poder, jamás dejes que te pisoteen hijo, nunca estés por debajo de una mujer, al final todas son iguales, unas zorras. Así como lo es tu madre. Nosotros somos superiores, somos sus amos… debes entender eso. Si lo logras, serás grande. ―dijo antes de volver a golpear a mi mamá. Yo asentí.

Con el paso de los años entendí más a mi papá, él tenía razón, todas la mujeres eran iguales, sin corazón, unas expertas en el engaño, dispuestas a todo sólo por conseguir dinero, joyas y todas esas mierdas que les gustan.

Cuando cumplí los quince años conocí a la mujer que pensé sería el amor de mi vida, para siempre, pero me equivoqué y monumentalmente. En principio nada me importó siempre y cuando estuviera con ella, aunque fuera siete años mayor que yo, con ella tuve mi primera vez.

Con el correr de los meses, nuestra relación en secreto se fue fortaleciendo, nos veíamos todas las mañanas antes de que yo entrara al instituto y todas las noches hasta pasada la madrugada que nos separábamos porque yo tenía que ir a casa.

La pasábamos de maravilla estando juntos. Teníamos un sexo maravilloso, llegué a creer que me amaba, hasta que una noche descubrí que me robaba, la muy sucia me robaba el dinero que me ganaba trabajando para mi papá en la constructora. No me lo podía creer. Había estado usándome.

Se lo había dicho, le había reclamado y había hecho saber mis acusaciones, ella al principio se negó y dijo que era imposible, que ella jamás lo haría, pero después de tanto insistir, admitió que si tomaba mi dinero, le pregunté por qué y su respuesta fue sacar un paquetico de entre su escote, al enfocarlo quedé en blanco… era droga. Ella me robaba mi trabajo para consumir su porquería, vaya zorra. En ese momento me di cuenta de que mi padre siempre había tenido razón.

Esa noche la enfrenté y le dejé saber que no volvería a verla, ella muy pagada para sí misma, contoneando sus caderas protuberantes me decía que no podría olvidarla jamás, que estaba en la palma de su mano. “Un mocoso como tú…” había susurrado. Eso me sacó de mis casillas en ese momento y la golpeé, la golpeé con fuerza, descargando mi ira, ella sólo gritaba y gritaba, no dejé de golpearla hasta que tocaron la puerta. Fue entonces que noté lo que había hecho, ella yacía sobre el piso gimoteando de dolor mientras brotaba sangre de su labio partido y yo a su lado respiraba con dificultad. Entonces lo supe, así tenía que ser…

Dalila había presentado una demanda en mi contra por agresión física, pero siendo menor de edad no fue mucho el tiempo que estuve en un correccional, sin contar que había contribuido al descubrimiento de su consumo de drogas, al final todo acabó y no supe más de ella.


Entonces conocí a Eve… Era fantástica, inteligente, sensible y realmente hermosa, su hermano, Ryan, era mi amigo y nos la llevábamos muy bien, cuando me la presentó creí conocer a la mujer de mi vida, creí que podía olvidar a Dalila y toda esa mierda para comenzar de nuevo. Pero no pude, me engañé a mí mismo durante un tiempo, hasta que descubrí que Evangeline no era más que las otras, sólo una del montón. Ella gozaba de la atención masculina siendo mi esposa y eso me sacaba de quicio, hasta que una noche no me aguanté y la golpeé. Me sentí fuerte. Visualicé a Dalila…

Fue entonces que entendí que solo golpeándola la mantendría a mi lado, seguro de que no podría perderla, tranquilo porque me temía y eso la hacía quedarse. A demás podía revivir mi frustración y eso me daba determinación y afianzaba mi propósito, cada que veía a Evangeline, veía a Dalila riéndose de mí, mostrándome su porquería que había conseguido a costa de mi esfuerzo.

*

Salí de mis pensamientos cuando alguien tocó la puerta de mi despacho. Parpadeé varias veces y fruncí el ceño.

―Sr. McGregor… tiene una llamada por la línea dos. –me avisó mi secretaria, para luego cerrar la puerta.

Apreté un botón en el panel de mando del teléfono y pronto escuché la voz de mi ‘otro jefe’

―Paul, esta noche tenemos que retirar una mercancía en el puerto. Yo no podré asistir, tengo cosas que hacer, ve con Félix y Ted, y por favor, por favor, recuerda lo que te he dicho. Ah, ¡y no toques a tu mujer!

Y con eso, colgó

Joder con este cabrón.

Ah, sí, olvidé mencionar que todo, todo, absolutamente todo actualmente era una tremenda mierda, no podía mover ni un dedo sin informarle al imbécil de mi jefe. ¿Cómo me había metido en esta porquería? Ah, sí, ya sé, mi obsesión por el dinero y las ganancias que se obtienen al ensuciarse las manos. Ahora, las tenía más que sucias.

Mientras golpeaba con los dedos la superficie de mi escritorio pensaba en las palabras de mi jefe.

“Me importa un frijol cuan molesto estés, no la toques o tendrás a la policía encima de ti en segundos, y sabes que si van por ti, van por todos nosotros. No eres tan valiente como para no abrir la boca como un canario cuando te interroguen.”

¿Él tenía razón? Quién sabe… Lo que seguía sin entender, qué papel jugaba Evangeline en todo esto, desde que las cosas se habían complicado con la policía, el muy idiota me había dicho que me alejara de ella, que no la golpeara, que si no podía evitarlo me limitara a amedrentarla e insultarla pero me quedaba terminantemente prohibido tocarla, ni siquiera para tener sexo.

Le había preguntado por qué y su respuesta había sido que no quería más problemas. No cuestioné más nada, mis ganancias, mis acciones y todo estaban en juego, no podía darme el lujo de perderlo todo por el simple hecho de no poder controlar mis impulsos. Tenía que hacerlo, aunque las ganas de moler a Eve a golpes me superaran.

Volvieron a tocar la puerta y estaba a punto de mandar al que estuviera tocando a la mierda, cuando Vanessa entró a mi oficina, me acomodé sobre mi silla, sonriéndole de lado. Ah, Vanessa, una empleada, una linda zorra empleada… Se acercó a mi escritorio y lo rodeó llegando frente a mí. Se sentó sobre mis piernas y rió con picardía…

[…]

Llegando a casa, estaba relajado, había ido todo bien tanto en la empresa como en ‘lo otro’.

Me bajé del auto, lo cerré y coloqué la alarma. Me encaminé a la casa y al entrar lo primero que percibí fue el olor a comida recién hecha, Eve realmente era una artista en la cocina, nadie que yo conociera cocinaba tan bien como ella.

Entré en la cocina y ahí estaba, de espaldas a mí, brindándome una vista muy hermosa de su cuerpo. Dalila…

―Evangeline, vengo agotado, así que mejor que esté mi cena servida cuando baje ¿de acuerdo? –ella dio un respingo y se volteó asustada, yo sonreí de lado y me marché con los puños cerrados y la mandíbula tensa.

Mientras me duchaba soltaba un montón de ofensas contra Dalila, contra Evangeline, contra todas las mujeres del mundo que no saben más que explotarnos a nosotros los hombres y creerse que son mejores, de obtenerlo todo a cuenta del trabajo de sus esposos, novios, amantes, cuando no son nada en realidad, cuando para lo único que nacieron fue para servirnos, ser zorras y más nada. ¿Machista? Claro que no, simplemente veo las cosas como son en verdad.

Al salir de la ducha, me envolví en una bata y bajé a cenar, la mesa ya estaba puesta y la comida humeante, sonreí amplio, era obvio que ella temía de mí y lo mejor de todo es que no se atrevía a abrir la boca, ni con su hermano ni con nadie, aunque a veces le provocase ella tenía presente que se las vería conmigo si me delataba.

―Ay, linda… tan ingenua… ―negué con la cabeza riendo mientras sopeteaba mi ensalada. Me sentía seguro en estos momentos, el negocio de hoy había sido un éxito y mi mujer tenía miedo de mí ¿qué más podía pedir?

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#12

Capítulo 11: Maravilloso.

― ¡Joseph, idiota! –chillé mientras le daba un golpe en la cabeza tratando de incorporarme. El muy tonto me había cogido en brazos y dado vueltas alrededor de todo el jardín. Obviamente, nos habíamos caído y para mi desgracia, al caer ambos al suelo, él cayó sobre mí y ahora me dolía a horrores el tobillo.

―Dios mío, como lo siento… ―trataba de disculparse, intentando tocarme pero yo le manoteaba las manos. Mi vista estaba fija en mi tobillo, maldición, me dolía. ¿Me lo habré torcido? ¡Maldito Lovera!

Cuando ambos nos tranquilizamos dejé que me ayudara a ponerme de pie, para mi suerte podía apoyarlo, pero sentía dolor. Con su ayuda, llegamos a la cocina, me sentó encima de la isleta y se agachó a la altura de mis pies, tomó mi pierna derecha y con cuidado retiró el zapato de tacón. Yo lo miraba atenta.

Le dio un par de movimientos a mi tobillo y se aseguró de que no estaba torcido y mucho menos roto. Eso me tranquilizó. Al parecer solamente me lo había lastimado un poco, nada que no se quitara con un ibuprofeno y un poco de descanso.

Ya en mí habitación, con él recostado a mi lado, observábamos el techo mientras nos reíamos de las tonterías que decía el otro. Lo cierto era, que Joseph y yo habíamos podido fortalecernos en una amistad muy linda, se había ganado mi confianza plena, justo en este momento me sentía capaz de meter las manos al fuego por él. Era tan divertido, tan abierto, tan transparente conmigo, que no vi de otra que ser igual con él, y al sol de hoy, no creo haber tomado mejor decisión que aceptarlo en mi vida, a pesar de todos mis temores.

Rosie lo adoraba, los había presentado cuando Ros un día llegó a mi casa de sorpresa y nos había encontrado almorzando, desde entonces los tres salíamos por ahí, nos encontrábamos en mi casa o en casa de Joseph. Nos la pasábamos realmente bien, era muy divertido ver a ese par peleando por quien era mejor en el Mortal Kombat. Rosie siempre le daba una paliza. Yo me partía de la risa burlándome de él.

Por otro lado, Paul seguía como hacía meses, no me golpeaba, ni me tocaba un pelo, cuando se ponía en ámbito violento simplemente me insultaba y soltaba una sarta de palabrotas en contra de mi integridad y dignidad; yo con los días aprendí a ignorarlo y simular que le prestaba atención. Por las noches dormía a su lado, pero sin estar ahí realmente, mi mente estaba al otro lado de la calle, con ese tonto que me hacía reír día a día. Incluso a veces, cuando mi cabeza se ponía creativa, llegaba a pensar que ya Lovera no me gustaba, sino que me estaba enamorando de él, pero cuando me daba cuenta de los disparates que me rondaban, sacudía la cabeza y me daba de bandazos imaginarios. Que estúpida.

―Eve, ¿crees que Rosie se enoje si te secuestro mañana para mí sólo? –giré el rostro para verlo. Él ya me observaba.

―Posiblemente –reí como si se tratara de una travesura lo que fuésemos a hacer. Rodé sobre mi costado. Me apoyé del codo y lo miré desde arriba. Él sonrió.

―Ya qué.

Estuvimos hablando un rato más del paseo del día siguiente hasta que nos encerramos en otro tema. Cuando vinimos a ver ya eran las 5:30 de la tarde y él tenía que irse. Nos levantamos de la cama y la arreglamos, entre bromas bajamos al recibidor y en la puerta nos despedimos con un beso en la mejilla.

Sí, lo sé. Pensarán “pero, ¿qué pasó con su temor a Paul?” Lo cierto es que todavía le tengo miedo, miedo no, pánico. Me tiemblan las piernas de puro terror cuando lo tengo cerca, pero la cosa es que con Joseph no puedo ser indiferente, cuando está frente a mí, siento unas ganas irrefrenables de abrazarlo, de sentirlo contra mi cuerpo, no sé, tal vez ya me esté volviendo loca, quizás pronto esté en un psiquiátrico recibiendo tratamiento.

Mientras preparaba la cena para Paul, no podía borrar la sonrisa de mi rostro, el simple hecho de recordar la sonrisa de Joseph me ponía los pelos de punta y sentía un revoloteo extraño en el estómago. Recordar sus detalles conmigo, como las flores, los chocolates, las salidas al cine, todo aquello, al rememorarlo, me hacía estremecer, me hacía perder la cabeza. Todo era así como en las novelas y en los libros…

No pude seguir indagando en mi hallazgo porque el chirrido de las llantas al estacionar me alertaron, con torpeza me puse a terminar con la cena, al entrar Paul, pasó directo a la cocina, se me acercó por detrás y sentí sus manos en mi cintura. Abrí los ojos de par en par.

―Pronto, Evangeline, pronto volveremos a ser los de antes… ―susurró a mi oído y se marchó. Yo me quedé en blanco, ¿a qué se refería con eso? ¿Los de antes?


Al día siguiente me levanté de volada directo a la ducha, Paul no estaba. Tenía una cita con Joseph y quería estar lista para cuando pasara por mí a las diez en punto. No sabía a dónde iríamos y eso me ponía aún más nerviosa. Casi con un ataque epiléptico.

Justo a las 10: 00 am, sonó el timbre. Mis nervios se dispararon a mil y estuve a punto de volverme bajo las sábanas de la cama. Pero no, no podía hacer eso.

―Buenos dí… ―empezó a decir a penas abrí la puerta, sin embargo no terminó la frase, más bien estaba recorriéndome con la vista y mis mejillas amenazaban con arder incontrolablemente. ―Woah, Eve, estás… Ni que decir, hermosa se queda corto, cortísimo… ―aseguró tomando mi mano derecha y haciéndome dar una vuelta. Me mordí el labio.

―Gracias.

―No puedo creer que esté vivo para ver tan semejante espectáculo, definitivamente es mi día de suerte. Y antes de que cambies de opinión y no quieras salir conmigo, vámonos, tengo un par de sorpresas para ti. –sólo atiné a tomar mi bolso antes de que él tirara de mí, llevándome hacía su auto.

―Eh, ¿por qué tanta prisa? –cuestioné mientras nos subíamos al vehículo. Reí, era simplemente divertido.

―No sé, simplemente me pones así.

El resto del camino estuvimos canturreando las canciones que salían a través del reproductor, riendo y burlándonos mutuamente. Sin embargo, estaba pendiente del camino, él no me había dicho a dónde me llevaría y quería saber si yo misma podía deducirlo viendo las calles. No pude.

Cuando se estacionó miré a mí alrededor y giré mi rostro para verlo.

― ¿Qué es este lugar?

Habíamos salido de la ciudad, eso sí lo sabía, pues la autopista la habíamos dejado atrás y nos habíamos adentrado entre calles amplias, apedreadas y con enormes árboles de lado y lado. Por minutos podía divisar hermosas casonas en el horizonte, entre los ramajes. Pensé por un momento que alguna le pertenecía pero no dejaría que mi mente me arruinara la sorpresa. Habíamos aparcado frente a una gran verja de metal negro, apenas tenía muestras de corrosión. Las enredaderas se habían anudado a su alrededor, brindándole un aspecto de portal mágico o algo así, precioso. Sólo podía ver un camino ancho, bordeado por pinos y manzanos, nada más.

―Es un lugar que conseguí hace poco recorriendo los recovecos de la ciudad, andaba perdido y di con esto. Te gustará, ya lo verás. –se bajó del auto y lo rodeó para poder abrir mi puerta, me tendió la mano para ayudarme a salir.

― ¿Qué se supone que haremos aquí? –alcé una ceja, observándolo ir a la cajuela del auto, de ella sacó una canasta, yo no podía más con mi confusión, estaba más perdida que una aguja en un pajar.

―Vamos, no me digas que nunca estuviste en un picnic. –él se rió, tomando mi mano. Se acercó al panel de control y marcó unos dígitos; la verja se estremeció levemente y comenzó a abrirse. Un hombre de entrada edad salió a nuestro encuentro con una sonrisa tímida en los labios.

―Señor.

Saludó a Joseph y yo no podía estar más confundida. A mí me ofreció un asentimiento con la cabeza que yo correspondí. Mi acompañante le entregó las llaves del auto y me incitó a avanzar por el camino que se abría paso delante de nosotros. Era precioso, no lo podía negar, el sol de la mañana nos ofrecía todo su esplendor, brillaba con fuerza, esperando el fulgor del medio día.

Me siguió conduciendo por lo que restaba del camino. Podía escuchar las aves cantar, pero nada más. Era como si la civilización se hubiese desvanecido y sólo estuviésemos él y yo. Cuando doblamos en la esquina de la arbolada, la arquitectura de una gran casa apareció frente a mis ojos. Quedé impresionada. Era de estilo antiguo, quizás aun poseía partes de la construcción original, aunque se podía diferenciar donde en algún momento trataron de modificarla.

―Di con ella hace como seis meses. Me gustó porque es misteriosa y creo que posee un gran valor, quizás no monetario, pero si posiblemente hablando de los recuerdos que alberga. –asentí a su voz y permanecí tranquila en mi lugar. Un par de minutos después, sus dedos volvieron a estar entre los míos, tiró de mí suavemente. No habíamos terminado de subir las escaleras de la entrada cuando una joven de unos veinte tantos nos abrió las puertas dobles de madera.― Bienvenidos.

En principio no detallé nada en particular, pero después de un par de ojeadas quedé boquiabierta. La sala era como especie de un invernadero, por las paredes las enredaderas y trepadoras yacían hasta el techo, enroscándose hermosamente sobre los vidrios que llegaban hasta al final del espacio, culminando como en una especie de cúpula. El sol se filtraba a través de ellos, bañando todo, hasta debajo de pequeños destellos del color de los arcoíris.

Descendiendo la vista, un montón de flores de todos los colores quedaron ante mí, había hileras y más hileras de flores, por todos lados, y aunque parecían estar regadas por todo el lugar, el orden en los colores era impecable; blanco, amarillo, rojo, azul, morado… y así hasta que empezaba de nuevo la gama de colores. Estaba pasmada, todo era tan hermoso, parecía sacado de un cuento de hadas, de esos donde el hada madrina agita su varita y todo se vuelve de colores y te hace vivir feliz para siempre. Yo no sé si viviré feliz para siempre, pero lo que sí sé es que en este momento no quepo en mi alegría.

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#13

Capítulo 12: ¿Ayuda?

Un carraspeo me hizo volver a la realidad.

Me volteé y ahí estaba Joseph.

―Estaba así cuando la encontré. Llegué a la conclusión de que fue abandonada y la naturaleza hizo de las suyas, adueñándose de ella. Así estaba todo el lugar, lleno de flores y maleza, pero las he mandado a remover. También contraté a un equipo que revisara la estructura e instalé las puertas; por seguridad. ¿Te gusta? –cuestionó dando los pasos que le faltaban para quedar a mi lado, ¿cuándo me había movido?

No sabía que responder.

―No sé ni que decir, esto es tan lindo, más que eso, es… es de ensueño. Jamás había visto o estado en un lugar como este, todo es…

―Hermoso, lo sé. –dijo él terminando la frase por mí. Le sonreí. –Lo mismo dije yo cuando lo encontré. Pensé en reportarlo para que vinieran a por ella, pero no pude, me quedé maravillado de cómo a pesar de haber indicios de que este lugar está abandonado, las flores han mantenido su orden, su vida… No sé. Me gustó simplemente. –se encogió de hombros como queriendo restarle importancia.

―Bueno, pues hiciste algo muy bueno, yo tampoco hubiese podido llamar para informarlo, me lo quedo para mí. –solté una risa.

―Seguro que sí.

Me llevó a la zona del comedor, una pequeña mesa de madera había sido instalada ahí y estaba cubierta por un fino mantel color crema. Puso la canasta sobre la misma y me abrió la silla para poder sentarme. Mientras charlábamos y acabábamos con el contenido de la canasta, mi mente no dejaba de pensar en una cosa… Paul.

«¡Eres una mujer casada! ¡No una quinceañera que se enamora del primero que le sonría bonito! ¡No seas estúpida!»

Gritó mi mente. Cuán odiosa puede llegar a ser mi cabeza, una completa y total molestia, una completa y total aguafiestas, intrusa y fastidiosa.

Agité mi cabeza y le sonreí a mi acompañante. Justo en este momento, estando ahí a su lado, con él sacando las fresas de un envase hermético nada me importaba. Por mí podría aparecer Paul en ese preciso momento y no le prestaría atención, seguramente por lo bien que me siento a su lado, por la seguridad que Joseph me proporciona, la tranquilidad, la paz…

—Eve, una vez me comentaste que a tu madre no le importa nada lo que pasa en tu vida, mi pregunta es ¿por qué? –alcé la vista y posé mi mirada sobre la suya, recordaba aquella vez que hablamos de nuestras familias, él pintó la suya como la familia perfecta.

—Bueno, como sabes, no me gusta hablar de ese tema, pero saciaré tu curiosidad. Primero que nada debes prometerme que bajo ninguna circunstancia lo que te diré saldrá de tu boca… —le comencé a decir, como si le fuera a confesar un crimen. Él sonrió.

—Vale, lo prometo.

—M mamá piensa, sueña y alucina con que todavía vive en esa época donde las mujeres usaban trajes acampanados y los hombres andaban con bastones mandados a hacer con el emblema de su familia, donde todo se regía por la etiqueta y las clases sociales. –rodé los ojos. — Ella es así, es simplemente superficial y poco imaginativa, lo único que le interesa es codearse con la gente rica, gente con influencia, personajes que puedan influir de buena manera en su círculo de amistades y claro, que tengan la capacidad monetaria de contribuir a sus “beneficencias”. –solté un suspiro mirando mis manos. — Yo soy todo lo contrario, no me importa si una persona tiene o no tiene dinero en su billetera, sólo que tenga buenos sentimientos y buenas intenciones, no pido más.

—Pero… —empezó a decir, no le dejé continuar. Alcé la mano.

—Para ella soy casi una repudiada, jamás aceptó el hecho de que no soy como ella, no soy ni fría ni calculadora, mucho menos ando pensando en la cuenta bancaria de mis amistades. Sólo soy… yo.

Alcé la vista por fin y él me sonreía.

—Estoy orgulloso de que hayas dicho eso. Tu madre no tiene ni idea de la hija tan maravillosa que tiene. –A penas dijo eso, me sonrojé a más no poder, mi corazón palpitó fuerte contra mi pecho y mis manos comenzaron a sudar. Me removí.

Hablamos un poco más acerca mis padres, pero cambié de tema y él notando mi incomodidad lo aceptó y seguimos como si nada. Mientras estábamos ahí yo observaba a mí alrededor de vez en cuando, queriendo grabar el lugar en mi memoria, en mis recuerdos. Era tan lindo.

Estuvimos ahí durante horas.

Mientras nos encontrábamos en silencio, él sostenía mi mano entre las suya, acariciando con suavidad el dorso de mi piel. Yo trataba de reprimir las sensaciones que él me producía, como el aleteo en mi estómago o el cosquilleo en mi piel. ¿Qué pasaba conmigo? ¿Por qué me tenía que poner así con su simple toque?

—Eve… —dijo de un momento a otro. — Necesito saber algo… Y espero de todo corazón no te enojes conmigo.

Lo miré atenta.

—Lo sé. –Comenzó a decir, yo no sabía de qué demonios estaba hablando, no le entendía.— Lo sé todo… —volvió a repetir y contuve el aliento.

No sé cómo, no sé por qué, pero de momento a otro mi cabeza había procesado lo que él estaba queriendo decirme, ¿Sabía todo? ¿Sabía lo de Paul? ¿Sabía de los golpes? ¿Cómo? No podía respirar, me helé por dentro.

—Tú… —quise decir, pero nada salió de mi boca. Estaba aterrada, ¿cómo se había enterado? ¿Cómo era tan imbécil para si quiera mencionarlo? Dios, él lo sabía, no lo había dicho aun pero yo sabía que era eso, todo este tiempo inventándome mil y una para que no lo sospechase y de momento a otro, justo ahora, me dice que lo sabe. ¿Será idiota? ¿Y por qué demonios me enojo tanto?

Joseph me seguía observando, atento, preocupado. Continuó.

—Lo descubrí una noche, estaba lloviendo y llegaron ustedes en el auto. Él, al bajarte tú del auto te tomó del brazo y prácticamente te arrastró a la casa, eso captó mi atención, así que… —no lo dejé continuar. ¿Qué?

—Nos espiaste. –lo acusé. ¿Cómo un día tan perfecto podía terminar con esta mierda? Dios, no.

—Eve, no entiendo, no entiendo nada. ¿Cómo se lo permites? –estaba enojado, lo sabía por la pequeña vena que se marcaba en su frente.

¿Él enojado? Yo estaba que me daba un ataque. Nos espió.

— ¡Cállate! –le chillé poniéndome de pie con una habilidad de la que hasta yo misma me sorprendí.— ¡Cállate y no digas más nada! ¡No es tu asunto, Lovera!

Por un momento se quedó en silencio, pero al par de minutos, explotó.

— ¿Cómo puedes decir algo así? Ese hombre te usa como saco de box y tú se lo permites, ¿tan poco te valoras? ¿no tienes instinto de auto preservación o qué? ¡Te golpea Eve, con un demonio! Ese imbécil, sólo te golpea y tú no haces nada para que ello cambie. –con cada palabra que decía yo me hacía más chiquita en mi sitio, él tenía razón, más no era nadie para criticarme.

—No te lo permito, Joseph. ¡No te permito que te metas en mi vida! Tú simplemente no sabes nada, eres un turista en esto. ¡No sabes nada! –le grité alzando las manos en señal de exasperación. Estaba asustada, molesta y muy, muy confundida.

— ¡Ilumíname, entonces! ¡Dime eso que no sé!

Me lo pensé. Si se lo decía, mi secreto quedaría en sus manos y yo no quería eso, más no podía dejar que nos siguiera espiando, eso era muy estúpido y hasta intimidador.

Estaba él por decir algo pero lo interrumpí.

—No lo entenderías, nadie lo hiciese si lo contara. ¿Quién me creería? Para todo el mundo somos el matrimonio perfecto… —susurré con pesar. Era cierto. Para la sociedad él y yo éramos el uno para el otro.

—Yo te creo. Soy testigo de ello. Puedo ayudarte. –murmuró queriendo tomar mis manos, yo me sacudí su agarre llena de furia otra vez.

— ¡No! ¡Nadie puede ayudarme! ¡Llevo más de un año soportando este infierno y ni tú ni nadie podrá hacer algo al respecto! ¡Nadie puede saber que si un hombre me mira, se me acerca, si quiera respira mí mismo aire, Paul me golpea hasta que no me puedo levantar del suelo! –las lágrimas ya rodaban por mis mejillas, él intentaba acercarse pero no se lo permitía. Estaba triste, todo esto se había ido a la mierda, ya no quería estar con él, saber que conocía mi realidad me hacía vulnerable a sus ojos y no quería eso. Su lastima, no la quería.

—No, te equivocas. Yo sí puedo ayudarte, puedo meter a ese pedazo de poco hombre tras las rejas, incluso mandarlo al otro mundo, sólo tienes que decirme que sí, que eso es lo que deseas… Puedo liberarte, Eve. Puedo salvarte…

Sus palabras calaron hondo en mi pecho, ¿él podía salvarme? No, no lo creo. Pero sus palabras, aunque imposibles, eran como una especie de bálsamo a mis heridas, sentía o al menos quería sentir que de verdad con sólo pedirlo él podía sacarme de todo esto, hacer que mi vida cambiara para siempre, poder liberarme de mi tortura, poder salvarme del infierno que había sido mi vida durante los últimos dos años…

—No… —susurré casi sin darme cuenta.– No puedo hacerlo.

Un gesto de dolor surcó su rostro.

— ¿Lo amas? –me cuestionó.

Pensé, pensé, pensé… No sé cuánto tiempo estuvimos ahí esperando a que yo contestara eso, pero ¿a quién quería engañar?

—No.

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#14

Capítulo 13: No puedes salvarme.

La desesperación se estaba apoderando de mí, mis pulmones se estaban quedando sin aire muy rápido, el miedo recorría mis venas como puñales, me sentía atada de manos y pies.

Quise huir. Comencé a caminar decidida dirección a la salida, no podía verlo a la cara, no después de lo que había ocurrido. No había si quiera llegado a la puerta cuando Joseph me dio alcance, me cogió del brazo y di un respingo ahogado. Me hizo voltearme. Lo encaré.

Nos miramos por lo que pareció una facción de segundo y antes de que pudiera protestar siquiera, plantó su boca en la mía, sus labios cubrieron los míos con ardiente desesperación, moviéndolos exigentes.

No sabía qué hacer.

Mi mente se desconectó de mi cuerpo tan rápido que me dio vértigo, mi boca pronto comenzó a responderle, sin saber muy bien el por qué. Mis manos libres de todo pudor buscaron lugar en sus costados mientras las de él me mantenían bien sujeta por los hombros. Me cosquilleaba la piel.

Ignorando todo lo que había sucedido, arrastrando todo al recoveco más escondido de mi cabeza decidí aunque sea por un minuto, saborear esos labios. Cerré los ojos y lo besé, lo besé con ganas, como tenía tiempo que no hacía… con nadie.

Su lengua buscó la mía dentro de mi boca, esta salió a su encuentro y se enfrascaron en una danza caliente, alucinante. ¿Qué pasaba conmigo? Parecía una adolescente.

En sus labios, el sabor de mis lágrimas era salado. Sus manos poco a poco abandonaron mis hombros y se desplazaron, ambas a mi cuello, sentí sus pulgares rozarme la garganta, mientras presionaba mi nuca hacía él, profundizando el beso.

Paul.

Con ese pensamiento me alejé de inmediato, Joseph se quedó sorprendido por mi reacción, había dado un salto atrás saliendo del contacto con sus manos, mi respiración así como la de él estaba alterada, más que eso, parecía que hubiese corrido la maratón. Estaba sorprendida, incluso de mí misma.

—Evangeline, yo…

—No, no. –negué con la cabeza.

Mi cordura estaba flaqueando. Ese beso… Ese beso.

Se acercó. Tomó mis manos entre las suyas.

—Me gustas demasiado. A penas te vi, lo supe. Eres una mujer maravillosa.

Yo no sabía dónde meterme. ¿Qué me estaba diciendo? ¡No, no, no! ¡NO!

¿Y tú? Tú estás calada por sus huesos.

Molesta vocecilla.

—No, Anthony, no puedes decirme eso… Por favor.

— ¿Por qué? ¿Por qué sabes que también te gusto? –alzó una ceja. ¡Arrogante!

—Serás… —antes de seguir me volvió a besar. Fue uno corto comparado con el otro, pero no menos caliente.

—Admítelo… —susurró contra mi piel. Contra mis labios.

Negué.

—Vamos …

¡Dios! Que complicado era todo, ¿cómo era posible que el panorama hubiese cambiado tan rápido? ¡Tan deprisa!

—Yo… —comencé a decir, pero entonces mi corazón se impuso, mi mente se hizo a un lado y salió de lo más profundo de mis sentimientos. — Sí, si me gustas.

Él sonrió.

Yo seguí hablando.

—Pero que eso no te engañe, yo estoy casada. Y sea lo que sea Paul, es mi esposo.

—Shhh, no digas más. –posó un dedo sobre mis labios. Sus ojos estaban anclados en los míos, nos mirábamos el uno al otro con extrema fascinación. Entonces lo supe, fue como una revelación. Él tenía razón, él me ofrecía una salida rápida de todo esto, él podía ayudarme a ser libre. A poder vivir sin el miedo de un día ya no abrir los ojos.

—Está bien. —Me miró sin entender.— Voy a denunciar a Paul.

Me besó de nuevo.

Y con eso, decidimos que era momento de volver.

Faltaba poco para llegar a casa, en todo el camino nuestras manos no se habían soltado en ningún momento. No sabía muy bien que sentía él por mí, sólo sabía que yo le gustaba, pero, ¿enamorado?

—Estás muy callada…

Lo miré y sonreí.

—Simplemente trato de imaginarme cómo será. Digo, cómo será no sentirme asustada y con miedo todo el tiempo.

—Lo averiguarás, lo prometo.

Al entrar a la zona residencial, mi corazón martilló contra mis costillas, ¿y ahora qué? ¿Qué haría con Paul? ¿Estará en casa? Miré mi reloj. Pasaban de las siete.

Pasamos frente mi casa, pero él se desvió para estacionar el auto en su aparcadero. Lo miré y simplemente se encogió de hombros. Al bajar, miré en dirección a mi casa, las luces estaban apagadas, todas. Sin indicios de vida. Suspiré con alivio. El auto de Paul no estaba.

—Vamos. –Me cogió de la mano de nuevo, cruzamos la calle y pisando la acera saqué mi juego de llaves. Al abrir la puerta un escalofrío me recorrió la espina dorsal pero lo ignoré. Joseph se toqueteó los bolsillos. Bufó.

—Espérame aquí, voy y vengo. No tardo. –besó mi mejilla y asentí. Se giró corriendo en dirección a su casa. Yo por mi parte me volteé y encendí la luz.

El alma se me fue del cuerpo.

Ahí, sentado con una pierna sobre la otra, una cerveza en la mano izquierda y el ceño fruncido, estaba Paul, con mirada asesina. Hizo un ademán con la cabeza y de inmediato entendí. Cerré la puerta tras mi espalda.

—Con que va y viene ¿no? ¿Fue a buscar un condenado condón o qué? ¿Tiene miedo de dejarte preñada porque yo me podría dar cuenta? —su voz era calmada, incluso demasiado. Cualquier pensamiento de esperanza que haya tenido se había ido por el retrete, jamás me libraría de él, lo tenía claro.

—Paul, yo… —me hizo callar.

—No, no, tranquila. –se puso de pie con lentitud. Dejó la cerveza sobre la mesa de centro y se acercó a mí, palidecí de inmediato. ¡Joseph! gritó mi cabeza.

Cuando estuvimos frente a frente, mi vista estaba clavada en mis zapatos. Vi su mano alzarse y pronto tenía sus dedos entre los mechones de mi cabello, apretando con tanta fuerza que el dolor de mi cabeza se disparó de inmediato. Lloriqueé.

—Siempre lo supe, siempre supe que eras igual a todas, una zorra interesada… ¡Todas son iguales! –gritó fuerte y estrelló mi cabeza contra la puerta, cerré los ojos conteniendo el aliento y el grito de dolor.

Mi vista se nubló de inmediato.

Volvió a tomarme, esta vez de los brazos y me empujó al pasillo. Trastrabillé, pero logré mantener el equilibrio, se acercó y estampó su puño contra mi mejilla, de inmediato caí al suelo, sintiendo mi pómulo hincharse y protestar contra el maltrato. A penas si tomé un respiro ahogado cuando la bota de Paul se hundió en mi estómago como un puñal, por inercia me incliné, pero estaba débil, así que caí sobre mí costado, hecha un ovillo. No podía respirar…

— ¡Levántate, zorra! –ordenó. Como no me moví, enredó de nuevo sus manos en mi pelo y me obligó a incorporarme apenas, no podía erguirme.

Me empujo, de nuevo. Pegué contra la pared final del pasillo y di un paso al frente para no sentir la textura fría.

—Me engañas… —susurró.

—No, Paul… —no me dejó hablar. Alzó una mano. Y aunque estaba a un metro de él, cerré los ojos. Al no sentir el golpe, los abrí de nuevo

— ¡Tú me engañas! —gritó acercándose a mí, con sus ojos llenos de furia.

—Claro que no, por favor... Sabes que jamás lo haría. Yo te quiero. -—ágrimas corrían por mis mejillas. Dios… ¿cuánto más tendría que aguantar esto?

—Mentira... ¡Me engañas!... ¡Te revuelcas con el primero que se te aparece! —volvió a gritar empujándome contra la pared. Mis músculos no reaccionaban, estaba asustada, no era la primera vez que lo veía así, pero hoy estaba peor. Mucho más enfadado que las veces anteriores.

—Eso no es cierto... —lloré, las palabras salían entrecortadas de mi boca. Casi forzadas.

— ¡Eres una cualquiera! —Gritó de nuevo y estampó su puño contra mi mejilla. Lo último que sentí fue la sangre saliendo de mis labios.

En mi oscura mente, inconsciente, creí oír una puerta abrirse de par en par, gritos, golpes, cosas cayendo y haciéndose añicos, más gritos y más golpes. Quería abrir los ojos pero mi cuerpo estaba recio a obedecerme. No lo forcé.

Más golpes.

Más gritos.

Golpes.

Gritos.

Nada.

Dejé de escuchar, intenté de nuevo abrir los ojos. Mis párpados cedieron esta vez, por una rendija entre mis pestañas traté de entender lo que pasaba, pero no distinguía nada, nada que no fueran unas luces rojas y azules, nada más. Oía voces, mucho barullo. ¿Qué pasaba?

Entonces el suelo se desvaneció bajo mi cuerpo, estaba flotando, no entendía nada, pero una voz en mi oído me tranquilizó, o al menos eso creo. Ni siquiera sé que dijo, pero esa voz la reconocía, aún en mi estado zombie, sabía quién era. Joseph.

Sentí movimiento y como era depositada en una mullida cama, ¿cama? ¿Acaso estaba dormida? No, imposible.

Mi mente protestó por el esfuerzo que estaba haciendo en querer averiguar qué sucedía y se sacudió. Yo dejé de intentar y suspiré.

Creí oír antes de caer de nuevo en la inconsciencia la voz de Joseph Lovera susurrar algo así como: Lo siento tanto, Eve. Estarás bien ahora, lo prometo. Yo te cuidaré.

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#15

Capítulo 14: Dorian Hold.

Un zumbido… Un tonto y fastidioso zumbido fue lo que me sacó de mi profundo sueño, Dios, estaba tan agotada. ¿Cuánto había dormido? ¿Horas? ¿Días? No lo sé.

No quería abrir los ojos, no, no. Me niego.

Me intenté mover y fue el peor error de mi vida. Todo, absolutamente todo me dolía, sobre todo los costados y la cabeza, sentía que me explotaría en cualquier momento, en cualquier instante. ¿Qué demonios…? Sentía que un camión de cebollas me había pasado por encima unas cien veces sin matarme, pero dejándome completamente inútil. Estúpido camión de cebollas…

Poco a poco los recuerdos me asaltaron. Mis ojos se llenaron de lágrimas, aun cerrados, no pude evitarlo. Golpes, gritos, insultos, más golpes. Dios… Paul, su furia, todo él rondaba mi cabeza, llenándome de dolor. Pero entonces mi defensor también estaba ahí: Joseph.

Me removí, ¿dónde estaba él? Intenté poco a poco abrir los ojos. Al lograrlo parpadeé un par de veces acostumbrándome a la molesta luz blanca que me rodeaba. Encima de mi cabeza más luz; molesta por cierto. Miré alrededor y debido a mis experiencias pasadas pronto supe dónde estaba, la habitación de un hospital. Arrugué la nariz.

Traté de moverme nuevamente y un quejido salió de mis labios. Las costillas me dolían muchísimo. Gemí de dolor, mi cabeza era lo peor de todo, me dolía horrores. Cuando pensaba en intentar moverme de nuevo, la puerta de la habitación se abrió.

La felicidad que me embargó en ese momento fue enorme, ahí estaba Joseph, delante de mí, con una barba naciente cubriéndole el rostro, vestidos con unos jeans y una camisa blanca. Le sonreí y él me devolvió la sonrisa, mientras a paso seguro se acercaba a mí. Me tomó de la mano apenas llegó a mi lado.

—Qué bueno que ya despiertas, me tenías muy preocupado. –afirma con pesar, antes de besarme el dorso de la mano. Me mira, me mira y me mira. ¿Tan mal aspecto tengo? Sonríe y se acerca a besarme en la frente. Lo miro.

— ¿Qué pasó? Con Paul, quiero decir. –necesito saber que está tras las rejas, segura de que ya no podrá lastimarme. Pero algo en su rostro me afirma que no es así. Se descompone.

—Eve, yo lo siento mucho. Paul ha escapado y no se sabe dónde está. –admite y mi mundo se tiñe entre tinieblas de nuevo. Dios no, ¿y ahora qué? ¿Esconderme? Sé que algún día Paul vendrá por mí. A reclamarme como suya o… a matarme. Dios… ¿Por qué?

—Te prometo que no se acercará a ti, yo estaré contigo en todo momento. Te protegeré. –quería creer sus palabras. Juro que sí, pero Dios, era tan difícil. Le sonreí.

Hablamos un poco más, me aclaró mis lagunas mentales con respecto esa noche y casi me ahogo cuando me dijo que llevaba una semana dormida. Al parecer tenía una contusión en la cabeza y una que otra costilla lesionada. Sin mencionar mi mapa de moretones esparcidos sobre el cuerpo. Lo oigo hablar con la voz cargada de ira y rencor. Impotencia más que nada.

—No fue tu culpa. Tranquilo, más bien, debo agradecerte por ayudarme. Sin ti, seguro estaría… bueno. Ya sabes.

Él asiente y me besa de nuevo la frente.

Me doy cuenta de algo que había pasado por alto antes. La habitación está llena de flores, peluches, incluso globos. Eso me llena de alegría. Joseph me explica que Ryan y Rosie han venido todos los días a verme. Le pregunto que si les dijo algo de lo ocurrido y el asiente. Suspiro.

Mis padres no dan señales de vida, aun cuando mi hermano les informa de mi estado.

Las pesadas cortinas azul mar, me impiden ver fuera. No sé qué hora es.

—Joseph, ¿qué hora es?

Él mira su reloj.

—Son las siete de la mañana. ¿Por qué?

Meneo la cabeza y le sonrío. Seguimos hablando por un rato más, hasta que una enfermera entra, trayendo mi desayuno consigo, veo la gloria. Muero de hambre. Como rápidamente, mientras la enfermera que se identificó como Nora, revolotea a mí alrededor, checando mis signos vitales y el montón de máquinas que me rodean, yo la ignoro monumentalmente, pues toda mi atención la tiene Joseph.

Pasan las horas y como a eso del mediodía por la puerta entran mi hermano y mi cuñada, mi alegría al verlos roza el júbilo. Los abrazo con entusiasmo aunque mi cuerpo protesta, y Joseph gruñe. Odia saber que siento dolor. Hablamos y hablamos, Ryan me forma el lío del año por lo haberle dicho lo de Paul, casi dos años siendo golpeada por él, y nunca se lo había dicho. Está enojadísimo.

Joseph es quien protesta por mí. Admite saber que no tiene vela en este entierro pues no está relacionado conmigo, pero no justifica como en tanto tiempo ninguno se había dado cuenta de que algo iba mal conmigo y con Paul, algún detalle, un indicio. Les recriminó fuertemente, algo que ellos aceptaron con madurez.

Sin embargo, el lío que me forma Ros cuando quedamos solas en la habitación es colosal, peor que mi hermano, me riñe como si fuera mi madre y me acusa de estar loca al no abrir la boca. Yo me río y ella me mira con el gesto serio, cruzada de brazos. Sigue y sigue regañándome y yo me dejo, porque en parte tiene razón. Incluso llora, cuando lo hace, nos abrazamos. Lloro yo también.

—Ay Eve, cuando Dorian nos ha llamado para decirnos que estabas aquí, creí morir. Al llegar nos contó todo, todo. Yo no lo podía creer, te quería matar, en serio. ¿Cómo es que no has dicho nada? Aún no lo entiendo.

Ella habla y parlotea, pero entonces capto su atención. Frunzo el ceño.

—Espera, has dicho Dorian. ¿Quién es Dorian?

En eso la puerta se abre. Entra Joseph con gesto serio y mira a Rosie.

— ¿Nos das un momento?

Mi cuñada asiente, con la disculpa en el rostro y se marcha. Yo no entiendo nada.

—Yo soy Dorian.

Al principio, mi mente no procesa lo que me está diciendo. ¿Cómo que él es Dorian? No, él se llama Joseph, ¿qué está sucediendo? Un momento… ¿Qué? Mi mente colapsa, no entiendo nada. ¿Dorian? ¿Qué no se llama Joseph? Lo miro con la duda plantada en los ojos.

—Mi nombre real es Dorian Joseph Hold Lovera, soy un agente encubierto de la policía. Desde hace un tiempo venimos siguiendo los pasos de Paul porque lo relacionamos con un criminal peligroso el cual tiene años escabulléndose, pero llegó un momento en que se nos hizo imposible seguir adelante, entonces tuvimos que encontrar una forma más segura de acercarnos a él. Tú.

Abrí mi boca para decir algo, pero él me calló con un gesto.

—Me mandaron aquí con la misión de acercarme a ti y de esa manera dar con Paul. La casa que “compré” es sólo una fachada. Mi “asistente” en realidad es mi compañera.; experta en armas, por cierto. Teníamos la esperanza de agarrar a Paul con las manos en la masa en uno de sus actos de tráfico ilegal, pero no teníamos fechas, lugares, nada. Fue por eso que me gané tu confianza, me metí en tu casa y saqué la información que necesitaba.

Cada palabra que dice me resquebraja por dentro. ¿Cómo?… ¿Cómo ha podido engañarme así? Antes de que diga cualquier cosa, se acerca y me toma de la mano. No me alejo, no puedo. Estoy en shock. ¿Tan seco y frío me dice que me ha estado mentido todo este tiempo? Lo miro, lo miro y lo miro.

—Eve, lo siento, de verdad, pero no había otra manera. Te juro que todo lo que te he dicho es cierto, sobre todo mis sentimientos hacía ti, en eso nunca te he mentido. Lo juro por mi vida…

No le dejo seguir. Me suelto de su agarre, mientras siento mi corazón bombear más fuerte que nunca. Siento mi cara ponerse roja, pero de ira.

— ¿Cómo? ¡¿Cómo has sido capaz de engañarme así?! ¡Por Dios, creí que lo nuestro era real, todas tus palabras me las tragué, me las creí como la tonta que soy! Dios… Yo creí que… que estabas en verdad enamorado de mí.

—Eve, y lo estoy. Lo juro, con mis sentimientos jamás te mentí. Si estoy enamorado de ti, si me gustas… Por favor, perdóname.

— ¡NO, NO, NO! ¡VETE, QUIERO QUE TE VAYAS! –mis gritos resonaban por toda la habitación. Joseph… emh, Dorian, ¡Ahs, quien sea! Se puso de pie y me miró con ojos suplicantes. Las lágrimas ya desbordaban de mis ojos y surcaban mis mejillas. El dolor que sentía en el corazón superaba cualquier que me acongojara en el cuerpo.

—Por favor…

—POR FAVOR NADA, JOSEPH, DORIAN, ¡QUIEN SEAS! ¡QUIERO QUE TE VAYAS! ¡ERES UN MENTIROSO Y UN FARSANTE! Por Dios… Yo confié en ti… —esto último salió como un susurro agónico.

No sé si fue por mis gritos, pero pronto la habitación se vio llena con mi hermano, mi cuñada, la enfermera Nora y otra chica, menuda ella, con el pelo negro como Joseph y los ojos verdes.

Nora se acercó a mí y con gesto serio miró a los demás.– Necesito que se vayan por favor, ella necesita dormir, descansar. –Las protestas iban a comenzar pero Nora con voz firme, les cortó el rollo. — Es por su bien. —Poco a poco la habitación se vació. Solo quedamos la enfermera y yo, le sonreí con desgana, luego de calmarme e indicarme dormir, se fue.

Dormir se me hizo imposible, incluso cerrar los ojos era tarea difícil. No podía dejar de pensar en cómo Joseph me había engañado así. Fuesen cual fuesen sus excusas, no tenía derecho a ganarse mi confianza, mi amor y luego confesarme a corazón de hielo, que todo había sido un engaño. ¿Por qué? Trabajo. Encima el muy descarado, es policía. Dios, todo se había ido a la mierda, me sentía engañada, traicionada, pero por sobre todo, usada. Sí, usada… Así me sentía.

Estuve todo lo que restó de la tarde y por el resto de la noche llorando. Nora venía a verme de tanto en tanto, me miraba con ojos tristes, incluso llegó a abrazarme. Le agradecí, eso era lo que necesitaba ahora, alguien que no me hubiera mentido dándome apoyo mientras lloraba y sufría por alguien que sí me había engañado.

Y fuera de todo eso, más me dolía que mi cuñada y estoy segura de que mi hermano, lo sabían y ninguno de los dos fue digno de decirme la verdad. No, tuve que enterarme por una metida de pata de Rosie. Dios, que mierda… ¿por qué a mí?

Mirando el reloj de la pared blanca de mi habitación me quedé dormida como a eso de las seis de mañana del día siguiente.

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#16

Capítulo 15: ¿Perdónalo?

[…]

Abrí los ojos, quejándome del dolor horroroso de cabeza. Como un ángel Nora apareció con mi desayuno y algunos calmantes. Acompañándola, un doctor, lo decía su bata. Más o menos alto, delgado, de cabello castaño y sincera sonrisa.

—Buenos días, Evangeline. Mi nombre es Amilcar Hold, tu médico tratante. –se presentó y le sonreí. Pero pronto la sonrisa se me fue de los labios. ¿Hold?

¿Será posible….?

El doctor a ver la duda reflejada en mi rostro, asiente.

—Sí, Eve. Soy el padre de Dorian. Mi hijo te trajo aquí hace unos días con múltiples golpes y lesiones. Te tuvimos que atender de emergencia, no reaccionabas. Estabas viva, pero inconsciente. Y así estuviste hasta ayer.

Asentí, él continuó.

—Tienes una contusión leve en el cráneo. Sanará por sí sola, sin embargo en los próximos días, posiblemente te duela la cabeza; para eso le he dicho a Nora que medicamentos debe darte. A demás, tienes un par de lesiones importantes en las costillas, no hay fisuras ni nada por el estilo, pero si están un poco maltratadas. ¿Te sientes incómoda al respirar, cierto?

Yo asiento.

—Bueno. Y con respecto a tu rostro, ya habrás notado que tienes el labio roto, sanará solo. Los moretones desaparecerán solos también, te recomendaré una pomada para acelerar el proceso. Por lo demás, estás muy bien, gracias a Dios. Eres una chica muy fuerte y muy valiente. He tenido chicas que llegan aquí con menos que tú y no lo cuentan.

¿Eso debería hacerme sentir mejor? Sólo lo miro y asiento. Le doy las gracias y él se va junto con la enfermera. Me quedo sola, con mi desayuno. Pero de repente no tengo apetito. Sólo puedo pensar en él. En Dorian Joseph Hold Lovera. En cómo me engañó. En cómo jugó con mis sentimientos. En cómo se ganó mi confianza, obtuvo lo que quería y luego me suelta la verdad así de golpe, sin pensar en cómo me sentiría yo.

Trato de dormir, lo intento. Cuando por fin lo consigo, su rostro me persigue en sueños.

“Paul. Me grita, me empuja, me golpea. No para de insultarme, me dice lo muy zorra que soy y yo lloro enfurruñada contra una esquina en la que él me tiene atrapada. Golpe tras golpe, lloro más y él se enfurece. Me golpea más duro… Siento que no paso de esta noche. Le suplico. Él sonríe con ánimo oscuro y me golpea más. Yo grito, no lo puedo evitar.

— ¡Eve! ¡Eve, despierta!

Lo intento, lo intento.”

— ¡Evangeline, por Dios!

Abro los ojos.

Aturdida miro a mí alrededor en busca de mi atacante, no hay nadie… Salvo Rosie. La miro con los ojos entrecerrados.

— ¿Qué haces aquí? –escupo.

—Por el amor de Dios, ¿sigues enfadada conmigo? Te juro que yo no sabía nada de Dorian. El día que llegaste aquí, él nos llamó. Cuando llegamos le preguntamos qué había pasado y fue cuando él nos explicó todo. Te juro que me enojé muchísimo, le recriminé. Incluso lo abofeteé…

Abro los ojos como platos. ¿Qué ella hizo qué?

— ¿Lo golpeaste?

Ella se encogió de hombros.– Es que estaba muy cabreada. ¡Nos mintió! Pero bueno, después de pensarlo mucho, él no tenía otra opción, es su trabajo. A demás, sólo es su nombre y unos cuantos detalles. Del resto, se puede decir que lo conocemos bastante bien, ¿no?

Negué. ¿Ella estaba loca?

—No, Rosie. No es sólo eso. Me mintió, jugó conmigo, me utilizó. ¿Cómo pretendes que venga así no más y lo perdone? ¡No lo haré!

—Pero Eve, ¿cómo iba a hacer el pobre? No podía llegar diciéndote: “Hola, Evangeline, sé todo sobre ti y tu familia. Estoy aquí porque pretendo usarte para llegar a tu marido y así poder meterlo tras las rejas” –ella alza una ceja y yo resoplo.

Ironía.

—No, pero al menos pudo habérmelo dicho tiempo después y así yo no hacía papel de tonta…

—Él no…

— ¡Rosie, tú no fuiste la que se enamoró de él! –grité exasperada. Ella me miró sorprendida y se calló. Yo aparté la mirada mientras mis dedos jugaban con las costuras de la sábana.

Estuvimos un rato en silencio, ninguna de las dos dijo nada. Alcé el rostro para verla y ella me miraba fijamente, con cariño. Me sonrió y le devolví la sonrisa, o eso creo, más bien, una mueca.

—Debes perdonarlo y aceptarlo. –Murmuró con voz suave, me vio negar con la cabeza y prosiguió. — Has dicho que estás enamorada de él ¿no? Pues tonta, él lo está de ti, no más había que verlo ayer cuando lo echaste, estaba perdido.

—Rosie, no. –la miré con seriedad. Ella suspiró y asistió.

—Está bien, no hablemos más de él. Ahora, dime, ¿cómo es que jamás nos hablaste de Paul?

Estuvimos hablando por largo rato, en el que ella me regañó, gritó y demás. Yo me dejé pues ella tenía toda la razón, aunque claro, yo tuve mis motivos, aunque a ella esos motivos le valieron madres. Me prometió que al salir de aquí llevarme aún spa, y además me inscribiría en clases de defensa personal. Le supliqué que no, pero fue imposible hacerla cambiar de idea.

Más tarde, mi hermano entró a la habitación, me echó un sermón, pero antes de que lo mandara a la mierda, se le humedecieron los ojos y se afirmó como un mal hermano. Le hice venir hasta mí y lo abracé diciéndole al oído que jamás había sido un mal hermano. Después de eso, nos quedamos los tres, hablando tonterías, de vez en cuando entraba Nora para saber cómo estaba y se iba con una sonrisa.

Por la noche, después de que se llevaran los restos de mi cena, entró el Dr. Hold a revisarme y luego de cruzar un par de palabras, me avisó que mañana mismo podría irme, con la promesa de volver si llegaba a sentir cualquier molestia. Yo asentí.

La mañana siguiente fue movida, obligué a Nora a salirse del baño, asegurándole que podía ducharme yo sola, me tardé un poco, pero después de media hora salí con una gran sonrisa en mis labios. Ros me ayudó a vestirme, aunque estaba horrorizada por cómo tenía marcas en todo el cuerpo. Yo sólo le aseguraba estar bien.

Al medio día, mi hermano vino por nosotras. Salí caminando sobre mis dos pies de la habitación, estaba feliz, por fin saldría de esta prisión blanca y azul. En recepción Nora me pilló y me abrazó con cariño, ella había sido tan adorable conmigo que le devolví el abrazo y le di las gracias. Ella me prometió estar siempre ahí para mí. Firmé mi salida y el Dr. Hold dio su visto bueno, me despedí y salí de allí en compañía de mi hermano y mi cuñada.

Camino a casa, me recriminaba el sentirme mal por no ver a Dorian Joseph, Dios, aun no sabía ni cómo llamarlo. Dorian era su primer nombre, sí, pero yo me había acostumbrado a Joseph. Suspiré.

Entrando a la zona residencial, fruncí el ceño y le pregunté a Ryan qué hacíamos allí, pues tenía entendido que me iría con ellos por algunas semanas. Mi hermano aseguró que sólo veníamos a buscar algunas de mis cosas. Llegando al parking, mi vista por inercia viajó a la casa de enfrente. Mi corazón se hundió cuando leí el letrero que citaba: Se Vende.

Quise llorar, pero me negué a hacerlo. Yo quise que él se fuera y ahora debía asumir las consecuencias. A demás, debía concentrarme en empezar mi nueva vida, una vida libre de Paul.

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#17

Capítulo 16: No me importa quién seas.

Dos semanas… Dos semanas habían pasando desde que salí del hospital, dos semanas viviendo con mi hermano y su esposa, dos semanas en las que pude respirar un poco de paz, dos semanas sin saber de él…

Ahora me encuentro en “mi habitación” mirando el techo. No tengo nada que hacer, no sé qué hacer. No hay nada que limpiar, nada que acomodar, me siento inútil. Y lo peor de todo, con tiempo libre para pensar. Mi mente no ha parado de pensar en Dorian —sí, al final decidí llamarlo por su primer nombre, aunque todavía no me acostumbro—Está presente en mis sueños, en mis suspiros, en mis pensamientos, en mis sentimientos incluso. Y lo que más me molesta en que ni siquiera pienso en su engaño, en lo furiosa que debo estar con él, sino más bien, en lo mucho que lo extraño, en la mucha falta que me hace… Ahs, soy patética.

—Dios, no puedo seguir así… —me regañé a mí misma, levándome de la cama. Salí de la habitación y me dirigí a la cocina, dispuesta a preparar el almuerzo, aunque estaba sola en casa. Sólo para entretener mi mente en otra cosa que no sea él.

Monté una olla con agua al fuego, pretendía hacer una pasta, era rápido y delicioso. En otra, puse a hacer la salsa; un poco de sal, tantito de pimienta y por supuesto la salsa, le agregué salsa de tomate extra, adoro el tomate. Con todo montado, me apoyé de la encimera y suspiré, mientras el agua hervía tenía tiempo de pensar y eso era lo que no quería. Me molesté conmigo misma y me dirigí al pequeño balcón que tenían Rosie y Ryan en su piso. Al salir la brisa me golpeó suavemente el rostro, inhalé despacio cerrando los ojos. Dorian…

Abrí los ojos y miré a mi alrededor, abajo, en las calles, miles de cabezas se movían de un lado para el otro, todas con un destino distinto. Los autos igualmente, iban y venían, algunos rápidos, otros lentos. Los niños tomados de las manos de sus padres, saltaban de allá para acá, reían, se divertían, y sus padres propios gozaban al verlos. Cosa que molestaba mi campo visual eran las parejas… Felices, tomadas de la mano.

*

—Hey, Eve, ¿crees que Rosie se enoje si te secuestro mañana para mí sólo? —giré el rostro para verlo. Él ya me observaba.

Tonto. Cerré los ojos.

—¡Dios, no! –chillé de un momento a otro soltando el cuchillo que tenía entre los dedos. Me llevé las manos a la boca conteniendo mis sonidos de sorpresa y nerviosismo al darme cuenta de cuan tonta había sido todo este tiempo.— Me he enamorado de Joseph… —murmuré para mí sin dar crédito a lo que estuvo frente a mis ojos, en mi cabeza, en mi corazón. No me había dado cuenta hasta justo en este momento.

Reí. Dios, que tonta había sido… ¡A mí me encanta, Lovera! Y pensar que casi me da un paro cardíaco cuando me di cuenta de tal hecho tan obvio. Cristo, no me conozco ni a mí misma.

—Buenos dí… —empezó a decir a penas abrí la puerta, sin embargo no terminó la frase, más bien estaba recorriéndome con la vista y mis mejillas amenazaban con arder incontrolablemente.– Woah, Eve, estás… Ni que decir, hermosa se queda corto, cortísimo… —aseguró tomando mi mano derecha y haciéndome dar una vuelta. Me mordí el labio.

Tan atento conmigo, tan dulce, tan detallista. Me ponía nerviosa cada que me decía algo lindo, incluso con su mirada las piernas me temblaban. Me ponía loca cuando él andaba cerca, se me erizaba la piel y me estremecía. Madre… ¿qué me hiciste, mentiroso?

—Eve, yo…

—No, Joseph. No. –negué con la cabeza.

Mi cordura estaba flaqueando. Ese beso… Ese beso, Joseph besa como el mismísimo Dios.

Se acercó. Tomó mis manos entre las suyas.

—Ese beso me confirmó lo que vengo planteándome hace semanas, Evangeline… —susurró. No entendí.— Me gustas Eve, demasiado. A penas te vi, lo supe. Eres una mujer maravillosa.

Ay, por Dios, sus labios… Sus besos, tan divinos, tan desvividos. Inconscientemente me toqué mis labios. Recordando como los suyos se habían movido sobre los míos, con posesión, reclamándome, queriéndome…

*

Ese día, hace casi un mes, lo veía tan lejano, ¿cómo habíamos terminado así? ¿Cómo podía yo, ser tan cabezota? Rosie no paraba de decirme que lo perdonara, que lo aceptara de nuevo. Yo me negaba siempre. Pero es que me sentía engañada, aunque en el fondo sabía que él tenía sus razones y sus motivos para hacerlo. A demás, al final, solo habían sido algunos datos, no es que me haya mentido sobre toda su vida… ¿no?

Negué.

—Fui tan estúpida. –me dije a mí misma. Alcé la vista y observé el cielo unos instantes, sonreí, estaba tan hermoso el día hoy. Suspiré.

No podía seguir así, tenía que ser madura, una mujer. No podía dejarme consumir por algo que podía resolverse muy fácilmente. Tenía que resolverlo…

Tenía que verlo.

Me moví del balcón, caminando hacía la cocina. Entré y casi grito… La salsa se había secado y soltaba humo como loca. Me moví rápido, apagando el fuego y apartado la olla de allí con ayuda de un paño. Me reí de mi misma, Dios, me había distraído tanto que me olvidé por completo de la comida que había montado, por suerte no había agregado la pasta al agua, por lo que eso no era problema.

Esperé a que se enfriara y lo llevé al fregadero, lavé todo, sequé y guardé. Volví a mi habitación y tomé mi bolso. Al llegar al recibidor tomé las llaves del auto de mi cuñada y salí del departamento. Tenía que ir a mi casa, primero por algunas cosas y luego vería como encontrar a Dorian.

Mientras conducía, mi mente procesaba a velocidad que da vértigo cómo encontrar a Dorian. Al final llegué a la conclusión de que la mejor forma era hablando con Rosie, ella era su amiga, ella podría saber algo, tal vez incluso tener su número.

Entrando a la zona residencial, los recuerdos me asaltaron y el miedo hizo acto de aparición en mí, miré en todas direcciones al bajarme del auto y mientras caminaba por el piso de piedra hasta la entrada de la casa. Suspiré al introducir la llave y girar la perilla.

Dentro, todo estaba recogido, como si nada hubiese pasado. Fruncí el ceño. Ahora que lo pensaba, todo esto estaba bien raro, ¿qué no tendría que haber un guardia en la puerta o algo así? ¿La cinta de ‘No pase’? Caminé con paso inseguro hasta la cocina, nada. Todo inmaculado.

Mi corazón se aceleró mientras subía los escalones hasta el piso superior, cuando puse la mano sobre la perilla de mi habitación, cerré los ojos y entré. Dentro nada había cambiado, salvo las posiciones de algunos adornos. Extraño. Al final me mentalicé en hacer lo que venía a hacer e irme. Nada más tendría por qué importarme.

Me dirigí al armario, corrí las puertas y abrí el primer gavetero.

Lo primero que noté fue la ausencia de la ropa de Paul, todo, a excepción de algunas prendas, se lo habían llevado. Él había estado aquí, había cogido sus cosas y se había ido de nuevo. Negué con la cabeza, cerrando el gavetero y corriendo las puertas. El pánico se estaba apoderando de mí y necesitaba salir de ahí ahora.

Estado ya en el auto, conduciendo camino al centro marqué el número de Rosie, al segundo timbre me atendió.

—Eve, ¿todo bien?

—Sí, sí. Sólo quiero pedirte un favor, ¿tienes el número de Do… de Dorian? –tartamudeé un poco. Tenía tantas dudas y sólo una persona podría resolvérmelas.

Mi pregunta pareció sorprenderle.

—Este…, sí. ¿Por qué? Eve, en serio, ¿está todo bien? –se notaba preocupada.

—Estoy bien, Rosie, en serio. Sólo necesito su número. ¿Me lo envías por mensaje, por favor?

—Está bien. Ya te lo envío.

Le colgué antes de que me preguntara cualquier otra cosa. Al par de segundos después, recibí su mensaje. Intercambiaba miradas entre el camino y mi celular, pero es que tenía que hablar con él, necesitaba saber qué estaba pasando.

Marqué su número y al primer timbrazo me atendió.

— ¿Eve?

Escuchar su voz de nuevo hizo que el corazón me diera un vuelvo dentro del pecho. Comencé a pensar en miles de cosas que quería decirle, en todo lo que quería sacar, que quería que él supiera. Las manos comenzaron a hormiguearme. Tuve que estacionarme para continuar con nuestra conversación.

— ¿Evangeline? ¿Estás ahí?

Tomé una bocanada de aire.

—Sí, sí. Te llamo para saber si… Bueno, ¿puedo verte? Necesito hablar contigo. –tonta, tonta.

—Sí, por supuesto. ¿Dónde estás?

—Nos vemos en casa de mi hermano, ¿sí? Seguro sabes dónde es. –y con eso colgué. Al dejar caer el teléfono en el asiento del copiloto, solté el aire de golpe, sentía que me ahogaba. Dios…

Diez minutos después tuve control sobre mi misma de nuevo e incluso me reí. Le acusé de saber dónde vivía mi hermano, pero es que era de lógica. Mi cuñada se hablaba con él, encima seguro que él tenía una carpeta o algo así con mi nombre con todos mis datos dentro. ¿Por qué no sabría dónde vive mi hermano? Después de cerrar los ojos y respirar hondo, tomé camino de regreso a casa. Durante el camino me preguntaba cómo sería volver a verlo. Cómo sería tenerlo frente a mi otra vez. El corazón me iba a mil… Yo, simplemente no sabía que esperar.

Al llegar al edificio, estacioné frente a la entrada principal y me bajé del auto. Al hacerlo, un escalofrío me recorrió.

—Eve… -murmuró a mis espaldas. La piel se me erizó. Era él.

Por un momento no era yo la que estaba allí, yo estaba kilómetros de distancia, observando todo desde arriba. Poco a poco me giré, encarándolo, contuve el aliento mordiéndome el labio inferior. Se veía casado, incluso podía jurar que no había dormido en un par de días. Me sonrió con esa sonrisa torcida tan característica de él. Se la devolví, pequeña, pero lo hice.

—Aquí me tienes. Dime, ¿en qué puedo ayudarte? –volví a la realidad. Parpadeé varias veces y asentí.

— ¿Subimos? –le cuestioné dudosa, moviéndome en mi lugar. Él asintió.

Hace alrededor de 2 meses

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