SMDavid
Rango8 Nivel 36 (2564 ptos) | Poeta maldito
#1

CAPÍTULO PRIMERO
EL FARO

Galicia, 1776.

I
Se conocieron sin conocerse, una tarde que ya predecía desgracias. Él la vio y ella nunca sintió su mirada; su tamaño era minúsculo y su figura se perdía entre el polvo que se alzaba, entre la arena que regresaba triunfante de las playas. Él la vio bella, pero no definía la forma de su rostro, la veía como a cientos de personas que caminaban por las calles, alejándose a los pueblos; sonaban las campanas de la catedral y todos acudían a la misa de los domingos. Todos menos él, el no podía separase nunca de su puesto, con la vista en el mar, en las olas y nunca en la tierra.
Por más de veinte metros de altura, Alfonso mantenía la mirada en esa gente, no más que hormigas desde esa altura. No dejaba de pensar en otra cosa que no fuera la noche, el momento en que encendía la llama y direccionaba la luz, el momento en que tenía sentido su existir. En el día los barcos no necesitaban la luz del faro; por eso siempre despreció el nacimiento del sol en el horizonte, en la lejanía, sobre su mar.

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Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

Pregunta tonta: ¿no puede abandonar su puesto durante el día?

SMDavid
Rango8 Nivel 36
hace más de 2 años

En ese tiempo duerme.

Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

Claro, jejeje... pero el día (al menos en verano) es largo, siempre quedan horas de luz para poder dar una vueltecilla, yo trabajo de noche algunas veces.

SMDavid
Rango8 Nivel 36
hace más de 2 años

Jejeje, si fuera así, no habría historia. ;)

Purpura
Rango14 Nivel 66
hace más de 2 años

Hermoso comienzo, prometedora historia...
Saludos @SMDavid


#2

Ella solo era un bicho más, que caminaban sin rumbo, pero algo más llamó su atención. Algo lo atrajo, lo enrojeció, se apoderó de él, lo estrujó y desapareció sin más en pocos segundos. No. No se había ido, aun la recordaba. En su sueño la vio de nuevo, pero ahora no solo la veía, la olía, la sentía y la escuchaba; sabía que era bella y que ni la mar podría igualar la belleza que se escondía tras sus pupilas.

Despertó ese mismo día cuando el sol aun no mostraba señas de desaparecer, había nubes y estas lo cubrían por momentos; salió al mirador y vio en el horizonte otro barco que se aproximaba, su movimiento era lento, de seguro se trataría de un barco de pasajeros. Poco a poco el navío se aproximaba, cada vez más grande, más majestuoso; sus velas eran blancas como las perlas, por lo largo de la eslora la madera se disfrutaba pálida, el bauprés apuntaba al sur, todo el barco era destellante en contraste con el mar oscuro que lo sostenía; el sol se aproximo, rindiéndose a la belleza de la construcción humana y la alumbró, como si fuera esbirro de fuego, destinado a la única tarea de demostrar la beldad que gobernaba por encima de la naturaleza, contrastando el brillo de un ente que no descendía, sino que cada vez se encontraba más cerca de las estrellas. Del otro lado del horizonte la luna asomaba, tímida, casi transparente. Por el momento el único brillo lechoso del cielo era ese barco, que se perdía ahora entre el cielo que era más oscuro a cada legua, y el agua de la mar, que imitaba el color de los cielos. Ahora se acercaba, no lo veía de lado, sino de frente; Alfonso sabía que tenía que arribar esa noche en la costa, y él estaría ahí para enseñar el camino; le resultaba algo satisfactorio, a pesar de todas las molestias que le causaba, porque siempre terminaba descubriendo la misma verdad, que era que los barcos siempre son manejados por los hombres, y que él nunca podría encontrarse entre ellos: toda la gente se mantenía lejos del faro y él mantenía a todos alejados de sus tierras. Aun no alcanzaba tres décadas de vida y ya sentía un profundo desprecio por todo lo humano, las catedrales, las plazas, las leyes y la historia, todo se retorcía severamente en su imaginación como cientos de lombrices en lodo podrido; solo los barcos y la luz del faro eran bellos. Esa era su realidad. Y no le interesaba divorciarse de ella. Ahora el barco era más grande. La luna gobernaba los cielos y los ángeles alumbraban la oscuridad en pequeñas lamparas que nunca caían. La llama estaba encendida, y el se encargaba de regular su tamaño, en mover el reflector para direccionar la luz, todo se le antojaba similar a un rito, algo casi tan sagrado como la misa: la campana sonaba, pero no había badajo alguno siendo manipulado para producir el canto sagrado, solo luz. Tan. Tan. Tan. Retumbaba en su cabeza. Nadie más que él lo escuchaba. Nadie más se enteraba de ese rosario del mar, así como casi nadie se daba cuenta de los paisajes que el disfrutaba cada tarde, el sol alzando a la vista los barcos lejanos, todo parecía ser construido solo para él.

En su soledad, la belleza recobraba un sentido más que puramente estético. Sentía todo, lo sentía así como una flama que quema, así como el musgo que crece en los arrecifes, así como el viento que golpea tu rostro, así como una caricia. Le pertenecía, puesto que nadie lo reclamaba, él lo nombraba suyo y lo amaba. Por eso sintió una dura afrenta el ver que ella, la misma con la que había soñado, ahora se infiltraba con la vista en su mundo, en sus límites.

La sintió muy cerca, y poco le faltó para salir y gritarle de la manera menos amable que lograra encontrar, que se retirase a su poblado de cucarachas; pero no lo hizo, algo más le llamó su atención, y era que sus ojos brillaban, y no por la luz, sino por la forma en que miraban. Algo ocultaba. Un nuevo sentimiento que no lograba comprender del todo. En los atardeceres siguientes, de los días siguientes, ella apareció unas tres veces, siempre igual, con ese aura; después se perdió y ya nunca más demostró signos de vida. En todos esos días, mientras dormía, la soñaba. La soñaba tan real y luego la olvidaba. Despertaba sin entender que era lo que sentía. No lograba recordar, pero sabía que era ella, esa extraña. Una voz lo despertaba. Tan. Tan. Tan. La luz del amanecer. La lejanía, la ausencia, la altura. Algo se escondía y se mostraba.

Los meses circularon y el sol, como la luna, cruzaron los cielos a la velocidad de estrellas fugaces, nunca sin encontrarse, nunca sin poder amarse. Con las lluvias del verano finalizaron los días largos. En otoño la luz era más oscura que nunca. Esto ya anunciaba desgracia. Diciembre surgió como una nueva oportunidad.

Hace más de 2 años

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Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

Me gusta. Tiene pinta de que va a ser una buena historia y tienes buena pluma, creas imágenes cargadas de fuerza. Ahora te pongo las pegas... (es broma, sólo comentarte alguna cosa que creo que puede ayudar a mejorar) Creo que tendrías que estructurar algo mejor los párrafos, no alargarlos tantos y dar un respiro al lector con algún punto y aparte más, sin salto de línea (para que formen parte de esa unidad que tienes ahora mismo en cada párrafo), y dejar esos saltos donde los tienes. en la parte final, yo separaría en un párrafo aparte (con salto de línea) la parte que empieza "Los meses circularon..." para así marcar mejor que el tiempo ha pasado.
Otra cosilla... El último párrafo ("la sintió muy cerca...) yo lo empezaría con lo que has puesto más adelante: "En los atardeceres siguientes..." hasta "con ese aura", punto y seguir con "la sintió muy cerca..." todo igual pero cambiando esa parte de sitio, creo que quedaría mejor ordenado.

Bueno, ya me callo.

SMDavid
Rango8 Nivel 36
hace más de 2 años

@Sacra Creo que lo mejor que se puede hacer en favor de una historia o relato es abrir los puntos de vista y no mantenerla en una sola dimensión, que sería la del autor. Tendré en cuenta tu gratificante crítica en futuras ediciones de esto, que apenas es un borrador. Y más, no debes de callar, eso sería lo peor que le pediría a alguien jejeje. Aun así, espero, no te defraude.

Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

Estoy segura de que no me va a defraudar. Lo que te he puesto (y pondré) son cosillas que se me van ocurriendo y que yo probar por ver si resulta mejor (con mis trabajos lo hago constantemente), pero sólo son ideas que a veces sí y a veces no.


#3

II
Alfonso encontraba su soledad más pesada que nuca, como si sustancia contuviera. Una voz humana ahora lo distraía:

-Necesitas darte un baño, tu hedor me llegó desde la entrada.

-No necesito bañarme, tú eres el único que me reclama.

-Pero podríais recibir un día una visita inesperada, no lo crees. Con eso que a los turistas gustan visitar los sitios menos apropiados...

-Y este es el sitio menos apropiado para que alguien se acerque.

-Por ti.

El viejo Miguel se sentó, su cadera le había dolido a causa de los cambios drásticos de temperatura: ya era viejo, y nunca lo hubiera creído.

-Creí que me correrías, como lo haces en ocasiones.

-No te vi llegar.

-Pero sí me escuchaste, es imposible que alguien no escuche mis pasos.

-Sí, te escuché. Pero sabía que eras tú, por eso no dije nada.

Alfonso miraba a lo lejos.

-Hoy no hay barcos.

-Puede que se retrasen –dijo el viejo mientras se sobaba las plantas de los pies, ahora semejaban melones deformes por lo hinchado.

-Eso es extraño, digo que en todo el día no ha arribado barco alguno.

-Eso es más extraño, aun...

-Nunca había visto algo así.

-Ni yo, aunque yo no veo todo el día el mar –luego, tras una pausa, añadió:- ¿Alguna vez duermes?

-Sí. En medio día; ya lo sabes.

-Insisto porque no te creo, siempre te veo despierto. Desde que estas solo en este faro no veo ni una sola vez que te acuestes y pierdas la conciencia en un sueño profundo.

-No duermo mucho.

-Es poco lo que hacéis. Además, igual casi no comes, si no fuera porque te traigo algo ya no existirías más.

-Eso casi me insulta.

-Pero no es ofensa.

Alfonso miró a Miguel, notó que se ponía los zapatos desgarrados con cuidado de no romperlos más con sus uñas largas. Agregó después:

-Ofensa sería que me llamen viejo.

-Nadie nunca te ha llamado así.

-Tú casi me lo insinúas, me exiges que descanse de más.

-Si tratas de reprocharme mis doce horas de sueño diarias deberías de ser más directo, ya que no las des-pre-cio. Dormir es lo más sagrado que puede haber, y más con lo que sueño, ¿nunca has quedado tan aprehendido a un sueño que deseas no despertar nunca?

-No.

-Pues te falta dor-mir más, joder.

El enojo fingido de Miguel arrancó una sonrisa a Alfonso, no importaba cuanto lo viera, ese vejete siempre podía decir algo tan incomprensible como benévolo que causara gracia aunque este no fuera justamente su objetivo.

-No planeo dormir ahora.

-Te puedo hacer dormir si quisiera, ¿sabes? Un tiempo el nombre de Miguel Lucio Vasconcelos fue conocido por ser el pero y mejor luchador de las calles; mi puño era infalible.

-¿Así como tu pesca? Si fuera así serías rico vendiendo pescado.

-He tenido mala suerte, estos años han sido más escasos, aun así siempre subo aquí para traerte un poco de mis capturas, tan fresco que ni un gato se le podría resistir -asomó de la pequeña canasta que llevaba cargando una sardina rodeada de moscas ahuyentadas por las palmas del viejo-. Nunca te resistirías a este manjar.

-Yo no te pido que me alimentes.

-No. Así como nunca me pides que te limpie los pastos, o que te ahuyente a la gente mientras "dices dormir".

-Tampoco pido que me regañes.

-Es una tundra. Aun eres como un niño, te hace falta salir más. Este faro no puede ser todo...

-Lo es todo para mí, y no pienso acercarme a ese pueblo.

-En eso concuerdo contigo, la gente de esta región es horrible. Lo que me gustaría es verte dejar esta costa, subirte a uno de esos barcos que tanto te gustan y perderte en el horizonte.

-¿Quién se encargaría del faro? ¿Acaso tu?

-Eso es una agresión. Yo no lo haría, ya estoy viejo -rió entre dientes- buscaríamos un sustituto, alguien miserable.

-¿Refieres que soy alguien miserable?

-Tanto como yo, y eso me preocupa, te veo (y siempre te veré) como alguien muy grande para este lugar tan pequeño, necesitas ir más allá, a nuevos horizontes. Eso lo digo con sinceridad –Alfonso cayo mientras volteaba de nuevo al horizonte, veía el cielo naranja y ningún barco a lo lejos: todo gesto de alegría había desaparecido de su cara; Miguel continuó hablando-, es lo mas sincero que me oirás decir, y has de saber que no será la última vez que lo haga, así como no es la primera.

Comieron mientras el faro iluminaba la noche invernal. No era su primera platica así entre los dos, siempre sucedía cada lunes, que el viejo Miguel Puño de Piedra subía los cien escalones y uno con un poco de pescado, pan y demás cosas comestibles que el hambre nunca despreciaría. A pesar del tiempo que llevaba conociéndolo muchos años, y del aprecio que sentía por él, Alfonso sentía cada vez más irritante a su vecino, al único humano que contactaba, al único que no le causaba tanto pavor. Su olor a pescado y las canas que cubrían su cabeza redonda le daban más aspecto de duende. Cada día se encontraba más jorobado, y cada día dormía más y pescaba menos. Esto o lo tomaba con mucha importancia, o al menos no lo convertía en prioridad. Los viejos siempre son así, se decía Alfonso a pesar que Miguel era el único hombre mayor de cincuenta años que conocía, o al menos que recordaba; y él no era muy bueno para recordar.

Hace más de 2 años

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teff_pg
Rango16 Nivel 76
hace más de 2 años

Me está gustando, te sigo en tu historia💜

teff_pg
Rango16 Nivel 76
hace más de 2 años

Por cierto, hay unos mínimos detalles por allí.
Nunca*. Y a esa oración no le falta algo? La noto rara. Ah y en el penúltimo párrafo: saber* 💜 Un abrazo

SMDavid
Rango8 Nivel 36
hace más de 2 años

@teff_pg Gracias por seguirme y por corregir mis errores


#4

III
-Oye, te acuerdas cuando me preguntaste si no soñaba nunca.

-Sí. Siempre te lo pregunto, jo-der.

-Pues...

-¿Algo que decir?

-No. Lo he olvidado.

Hace más de 2 años

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teff_pg
Rango16 Nivel 76
hace más de 2 años

Me intriga saber sobre esos sueños. Es real la mujer? O es parte de un pasado que no quiere recordar?🙈 seguiré leyendo.


#5

IV
Esa noche, soñó con lobos. Se lo comían, sentía dolor en todo su cuerpo; veía como la sangre se desbordaba por todas las fisuras que los colmillos de las bestias le impregnaban, la sangre era roja, era negra, era oscura, caliente y fría. El dolor era real, tan real que lo sentía fuera del sueño. Tan imposible que en el sueño, era su única realidad. Vio los ojos de uno de ellos. No eran lobos. Esos ojos no eran de un lobo, y no lograba descifrar lo que decía: hablaban. Algo se cernía sobre su cuerpo. Esos ojos tenían un brillo propio, algo tan maligno como incomprensible. Sentía que la vida se le iba y por momentos realmente creyó que iba a morir. Luego llegó ella.

Hace más de 2 años

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teff_pg
Rango16 Nivel 76
hace más de 2 años

Oooowwww😨😨

teff_pg
Rango16 Nivel 76
hace más de 2 años

Necesito saber maaaaaas😨😨


#6

V
Despertó cuando ya casi oscurecía. No podía creer que se había quedado dormido en el faro. Se levantó y corrió a ver el mar, se detuvo al ver de nuevo al Perla Blanca acercarse. Volteó a la costa, y vio el tejado, la chimenea y la tierra alrededor de la pequeña choza. Mantenía vivo el recuerdo de su modorra, de su debilidad para dejar su puesto, su miedo, y otras cosas que no podía explicar.

Había sido un día particularmente extraño, ya que era lunes y Miguel no se había presentado, eso le llegó a preocupar un poco, puesto que sus ausencias significaban que estaba enfermo o que algo más grave le había sucedido. Algo grave, repitió su cabeza. Recordó una vez en la que se calló al mar y casi muere ahogado, si no fuera por unos paseantes que lo vieron revolotear y lo escucharon gritar por su vida; el vejete de Miguel se quedó en casa de esos extraños casi una semana, en la que recobraba su salud pues le había cogido una gripe ligera. Cuando regresó aun se encontraba pálido, describió esa experiencia como su "encuentro más cercano con la muer-te". Después, no pasó día alguno (lunes alguno) en que él no hablara de cómo sentía que la perdía la vista en el mar y como su alma se desprendía de su cuerpo para regresar con Nuestro Señor. Lo demás eran grandes habladurías de su vida, de su esposa que llevaba cinco años muerta y del hijo que nunca tuvieron, que se reflejaba en la figura de él, Alfonso, y seguido a esto había una larga sesión de abrazos y lágrimas que le resultaban incomodas, pero que no podía despreciar. Ahora lo que acontecía era más acongojante. No lo podía negar, Miguel ya era un hombre viejo, y podría haber sufrido cualquier accidente; haber caído pescando no era lo más seguro, el viejo ya no pescaba, sino que había un grupo de personas que por caridad le llevaban peces y demás despensas para que se mantuviera sano, las conversaciones con respecto a la pesca eran arcaicas, surgían solas y de manera natural para mantener una rutina bien establecida, que ya no aceptaba ningún tipo de ruptura. Así que no podía haber caído al mar, así que desconocía cualquier otro tipo de accidente. Lo más probable era que había enfermado, ya en invierno los fríos resultaban dañinos para cualquier persona. Alfonso se calentaba continuamente con la luz de la lampara. Tan. Tan. Era hora de trabajar. Había barcos. Pero no había comida. Comenzó a tener hambre y recordó todo de nuevo, al viejo presumiendo su "cosecha" del día, sus puños que fingían golpear a un adversario invisible, sus lágrimas que se seguían después de haber tomado un poco de vino; miguel era un viejo sentimental, y casi siempre tenía que nombrar a su esposa, a quien Alfonso conoció y nunca tuvo deseos de conocer. Recordó sus narraciones. Se recordó como un niño cuando lo conoció y sin saber exactamente por qué, la recordó a ella, a ella que lo miraba.

Entonces la noche se volvía tan oscura que ni la luz de un faro la podía satisfacer. La sangre se calentaba y casi salía. Alfonso sintió claramente la mirada de un lobo que no era un lobo, y esto ya era una mala premonición.

¿Podría haber muerto? No. Nunca más pienses en eso, nunca más creas eso.

Lo extrañaba, y no sabía explicarlo. También extrañaba a esa mujer, a esa misteriosa mujer, la extrañaba en sueños para olvidarlo después. La extrañaba sin haberla conocido aun. Y confirmaba que ciertamente aun era un niño, alguien que no sabe nada y cree saberlo todo, alguien que se sorprende y no sorprende a nadie. Había algo en todo eso que lo confundía, algo que no podía descifrar. Y no lo logró hasta el día siguiente, al despertar.

Se había recostado de nuevo. El sol le cegaba, le agotaba; podía resolver el dormir aun más, soñar aun más, y después despojarse de todo resentimiento consiente.

Escuchó con fuerza los pasos del viejo, pero aun así no se levantó. Era algo que hacía en contra de su voluntad. Se le antojaba todo como un sueño, pero no fue hasta que escucho su voz que descubrió que no era así.

-¡Valla! Vea que tenemos aquí, si no es un bello durmiente. Qué me lleven a Valladolid que no me lo creo. Buenísimos días mi señor.

Se levantó y casi sintió la presencia de Miguel como se siente la presencia de un fantasma. Lo veía pequeño y lejano, de color verde y sin ojos, sin más que un vacío, dos vacíos entre una nariz larga que concluía con la presencia de una verruga que cada año tenía un pelo nuevo. Sonreía y hablaba. Carcajeaba y gritaba:

-¡Bue-nos dí-as! Y si supiera hablar italiano, francés o alemán, también te los desearía, pero tendréis que satisfacer su calamidad con mi castellano ignorante!

Alfonso Calló.

-Aquí es cuando me tendréis que decir algo, algo así como "qué tienen de buenos", o... "deja dormir al prójimo". Algo como lo que siempre dices. Pero que cosa –dijo riendo- si no puedo creer que te veo dormir por vez primera desde hace más de diez años, aunque no en tu cama... ya había olvidado la expresión que hacíais, y que aun ha-ces, de disgusto con tus cejas, pero una mueca de alegría en tu boca, tu burla del sueño. ¡Ah, bufón aparentas! Qué tienes que decir algo, que de tanto hablar siento que voy a perder otro diente, más ahora que los cuido cual si fueran monedas de oro. (Ji. Ji. Ji.) y que ya es hora, levantaos, no quedaros ahí con los ojos de plato-os, que sino yo también me asustaré.

Mas no hubo respuesta.

-Nada queréis decir. Bueno no me sorprende.

-Dónde estabais -más que pregunta, fue un reclamo en voz baja.

-En mi casa, donde más -se volteó y miró al horizonte sintiéndose joven, de la edad de su pupilo-. En verdad parece que has visto un fantasma.

-No. Esa es mi cara con la que despierto.

-Pues qué bueno que te encontré despierto, ya que hoy no vengo a traerte comida, sino a donde está la comida.

-A..., a qué te refieres.

-A que vengo a llevarte, muy posiblemente en contra de tu voluntad, a una celebración a la que me han invitado, y a la que tú asistirás. Y no te estoy preguntando.

Hace más de 2 años

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Purpura
Rango14 Nivel 66
hace más de 2 años

Esperaré a ver cómo reaccionará Alfonzo a lo que será todo un reto para él.
Muy buena historia @SMDavid
Saludos.

Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

Está muy bien pero creo que necesita una vueltecilla para el tema de.ortografia y puntuación.


#7

CAPÍTULO SEGUNDO
UNA NOCHE EN LA CIUDAD

I
Alfonso, mientras bajaba los escalones no podía creer que ese vejete (Puños de Piedra, joder) lo había convencido. Tal vez la razón principal por la que accedió a acompañarlo fue porque sentía una enorme felicidad en verlo de nuevo, después de todo el día anterior en el que no dejaba de preocuparse por cosas sin sentido, por recuerdos perjudiciales y un sueño que no podía descifrar; eso, en cierto grado, lo había ablandado, y eso le indujo a acceder.

A primeras instancias no se había notado que Miguel no portaba su ropa común, con sus pantalones grises de marinero, su camisón y tirantes, sino que iba vestido como todo un galán, con su camisa blanca debajo de un chaleco azul claro, del color del cielo despejado a medio día, una capa negra por fuera y rojo por dentro, polainas negras y medias que olían y se veían como las prendas más limpias que su dueño usaba en décadas. Esto, don Miguel (se le podría decir ahora) caminaba con su paso habitual sobre unas zapatillas negras nuevas y brillantes, apenas cubiertas de una capa del polvo del faro. Se le veía joven que nunca, más feliz que nunca, y en su habitual canasto, que nunca soltaba, ahora no tenía comida, sino ropa nueva. -¡Todo es para ti! -decía riendo y mostrándosela. Alfonso apenas si podía procesar lo que escuchaba, apenas si comprendía.

Resultó que se iba a realizar una celebración de fin de año, en donde se le invitó a todos, y gracias a la caridad de buenos hombres le facilitaron la ropa adecuada a don Miguel para que se presentara, ya que era amigo de muchos en la ciudad, y don Miguel resultó que no quería aceptar la invitación si no se le daba el lujo de llevar un joven acompañante.

-Sí, al jovencillo del faro, a ese mismo.

La ropa era de la más barata que se consiguió, barata pero atractiva. Y ya puesta sobre Alfonso resultó no ser tan desagradable a la vista, solo que sí, un poco apretada en su entrepierna.

Pero antes, la cosa había sido como se debía de esperar, en una larga lucha en la que don Miguel casi acude a sus infalibles puños para llevarse al Joven del faro, que no dejaba de dar otra respuesta que no fuera no, no y no. Pasaron en esta larga discusión por más de dos horas, en donde toda buena invitación se excusaba a la razón que no había nadie que cuidara la luz del faro, lo cual haría que se perdieran los barcos que llegaran en la noche. La situación fue fácil de reconsiderar, ya que, a causa de la celebración, ningún barco iba a aproximarse, ni iba a partir, ya que esa fecha la noche solo se otorgaría a la celebración, al vino y a la música (ja, ja, ja); y pronto ya no hubo nada más que discutir. Entre dientes, don Miguel pensaba que aun tenía esa gran habilidad que siempre considero suya de convencer a los demás, de influir en sus decisiones y de disuadirlos a complacer sus caprichos.

Antonio salió por la puerta del faro, la noche ya estaba asentada y veía la luz apagada, cosa que le rompía el corazón pero que se decidió en aceptar.

-Esta es tu oportunidad, de conocer más, de ya no ser el terrible ermitaño que todos temen, demuéstrales que eres un buen sujeto, que sabes conquistar los corazones, joder.

Su camisa igual era blanca, y le resultaba bastante grande, solo que fajada en la polaina, se disimulaba, sus medias eran igual de nuevas que las de su acompañante, y era la prenda de más valor que portaba, pero a diferencia de el viejo Miguel, Alfonso no usaba una capa, ya que esto –en boca de Miguel- resultaba una prenda poco adecuada para un joven, así que logró que le dieran una casaca verde ornamentada por un gusto cuestionable, pero que a la escasa luz de la noche, se antojaba casi mística. Y también, otra diferencia entre los dos era que, mientras el vejete portaba un sombrero de copa redonda, el jovenzuelo usaba una peluca pequeña, blanca como la leche, y seguramente llena de piojos –pensaba con desagrado Alfonso-, los piojos eran lo único que no poseía y era lo que más le causaba intolerancia, pero se había resignado a ceder solo por esa noche, ya que esas horas de insistencia (y ese sueño extraño) lograron imponerse a su terca voluntad. La peluca, en sí, era pequeña, de solo una cola trenzada sostenida con un nudo desgastado, que cubría unos listones verdes que hacían juego con su casaca.

-Ya verás que son tan buenas gentes las que te voy a presentar, verás y te gus-ta-rá.

-Puedes dudar más en ello. No me propongo a más que comer y después ir a dormir ya que dices que no hay barcos, así que podré dormir doce reparadoras horas.

-No seáis necio. No más, mi querido... (casi se le sale la palabra hijo), que me a costado convencer a todos. Solo saluda adecuadamente, si sabes algo de latín o francés, es momento para que lo utilices, no te rasques tanto la cabeza ni la entrepierna, así darás buena impresión, y sonríe: haz eso que va muy en contra de tu naturaleza.

Hace más de 2 años

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enamoradadelaluna
Rango13 Nivel 60
hace alrededor de 2 años

Alfonso o Antonio?, me rebautizaste al personaje en este capítulo!


#8

II
El evento se hacía en casa de don Juan S., un burgués, hermano de la esposa del cuñado del Rey, eso ya era un buen prestigio. El banquete era de primera, con todo tipo de alimentos, llegados desde el mar y desde otras tierras más exóticas. El lugar estaba tan fuertemente iluminado, que ya dentro de él era difícil creer que en verdad era de noche. La pista era suave, lista para soportar los pasos de tantas personas que bailaban, tomaban, y se despilfarraban en el entorno. También había fuegos artificiales, estos se prendieron al dar las doce de la noche. Todos gritaban y tomaban más vino, vino tinto y vino rosado. ¡A salud del Rey! -gritaba don Juan ya con la peluca de lado y el chaleco dentro del frac desabrochado, mientras su panza crecía cual burbuja de jabón a cada ingesta desesperada.

El ambiente no podía ser mejor para don Miguel, y de lo peor para Alfonso, que comenzaba a sentir irritación en los pies por caminar tanto y ardor en el sexo. Quería rascarse, pero cada vez que su mano descendía hacía esa costura central don Miguel la arrebataba con un golpe o una patada; a su edad era impresionante que aun pudiera alzar su pie más arriba de su cadera. Es el alcohol, pensaba Alfonso y se servía otra copa; recordaba que alguien le había contado que tomar produce esos efectos aforados.

El viaje resultó ser más extraño de lo que pensaba, el viaje para llegar a la dichosa mansión: las calles parecían más grandes de cerca, más impecables y más peligrosas, a consecuencia de lo anterior. Alfonso no poseía ningún recuerdo firme de alguna vez haber estado allí, si a caso unas cuantas luces llegaban a suplir el espacio que cubría esa gran incógnita. Se volvió ya cuando se encontraban en el portón de la casa, había un gran escudo arriba y se adivinaba una estructura impecablemente bien realizada, bien tallada, en un gusto barroco de lo más expresivo: flores de todas las especies, e incluso de las que solo existían en campos soñados, envolvían los delicados cuerpos de ángeles desnudos, con cachetes inflamados y ruborizados; había dos pilares sobre los que recargados, como vagabundos, dos hombres tallados de piedra, meditaban, miraban al piso y eran aplastados por el peso de una cúpula sobre sus hombros fornidos, en esa cúpula, una virgen de la santa gloria aun penaba la muerte de su hijo, y veía a todos sus demás hijos heredados llegar a esa casa dispuestos a realizar casi cualquier cosa, menos lo que los mandamientos de piedra indicaban.

Ya habían pasado más de dos horas después de la media noche, a lo lejos se escuchaban fuertes campanadas, y la orquesta tocaba hermosos vals; ya casi nadie reía, solo los más jóvenes, que seguían en una orilla en juegos que en cualquier otra fecha serían tachados de indebidos, pero en esa noche, en ese amanecer, todo se volvía aceptable. El viejo Miguel se encontraba en un rincón, ya harto de empinar tanto el codo, y solo charlaba con otros sujetos, de facciones más desgastadas que las del tutor no oficial de Alfonso: eran cuatro viejos cascarrabias que platicaban del pasado, de cuando las cosas buenas abundaban y las mujeres los seguían, antes de caer en la brutalidad de la vejes, del olvido y del miedo.

Alfonso, sentado en una esquina contemplando el ambiente que no dejó de desagradarle ni un momento, solo pretendía escuchar la música, que tampoco era mucho de su agrado, pero que soportaba más que el sonido de la voz de otras personas. Aun así se sentía intrigado.

La ciudad, ese espacio tan pequeño desde la punta del faro, ahora lo consumía, se lo tragaba, lo absorbía cual arena movediza, lo atrapaba entre sus garras semejante a las bestias de sus sueños. Se sentía extraño en ese ambiente, tan ajeno a él, tan lejano, que solo veía como el lado sucio de la vida, porque lo único, lo bueno, solo era la luz del faro a media noche. No había barcos. Eso era triste, pero, se preguntaba Alfonso, ¿Qué pasaría si se aproxima uno ahora, un viajero despistado que atrasó su velero y ahora, en esas horas tan de madrugada, apenas llegaba a la costa? Sí no veía nada, si la noche era hambruna, el arrecife lo recibiría disfrazado de mar, de costa y de esperanza. ¿Qué pasaría...?

En ese momento la vió a ella, a la extraña de sus sueños, a la que no recordaba pero ahora reconocía. La vio más cerca que nunca, más cerca que aquellas veces que desde su puesto la veía acercarse al arrecife para ver el mar, la vista que solo le pertenecía a él. ¿Quién era esa intrusa? ¿Por qué ahora lo invadía aquí?

Hace más de 2 años

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Sacra
Rango8 Nivel 35
hace más de 2 años

La historia va cobrando interés por momento.
Te sugeriría, en lo que a estructura se refiere, que adelantaras la descripción del viaje hasta la mansión a lo que pasa ya en la mansión, lo has incrustado en medio de la descripción de la fiesta y queda un poco raro.
Otra cosa: es "harto" y no "arto" . Y, por último, el protagonista unas veces se llama Alfonso y otras Alfonzo, tendrías que unificar.
Pero va muy bien, me gusta.


#9

III

-¡Ah! Alfonso, por fin te veo, te he estado buscando, ven, te presentaré con un amigo que es navegante, le fascinan los faros, y quiere saber más sobre ellos; ven, acércate, que no te morderá nadie, sino, te obligaré a ir con aquellos jóvenes que noto, no te agradan en lo más mínimo. ¡Ven, vamos!

Miguel jalaba a Alfonso que no dejaba de mirar a esa extraña: se alejaba ahora, hablaba con otros más, se reía y se perdía entre los que bailaban. Por más que estirara el cuello no podía ahora ver más que la punta de su cabeza y su cabellera castaña.

-¿Qué tanto miras, joder? Ven, te presentaré con ellos. ¡Miren! Acaso no les agrada la compañía juvenil. Ese que vez ahí, enfrente de ti es Álvaro, nos conocemos desde que tenemos cinco años los dos, ese otro, a su derecha, es Bartolo, igual comparto larga trayectoria con él, y este que está a tu izquierda es Carlos, a quien no desprecio en lo más mínimo.

Alfonso vio a los tres viejos frente a él, tan similares que creía alucinar con la visión triple de un solo personaje: vestían casi con la misma ropa, con las mismas pelucas, con las mismas sonrisas, todos tan arrugados, tan ojerosos y tan perfumados.

Los cinco se sentaron, y continuaron conversando largo rato, de cosas que parecían no tener sentido alguno, para Alfonso, pero que a los otros cuatro les provocaba hacer grandes muecas en su rostro de alegría y tristeza, de más cosas que no entendía. Pero él no dejaba de desviar en todo momento su mirada a otras partes, buscando a la extraña, y esperaba verla con su gran vestido rosa.

Y fue en estas andanzas, n estas circunstancias que la fiesta terminó, cuando muchos de los invitados ya habían partido y en la costa se veía al sol nacer, apenas una pequeña cresta dorada, unos rayos insignificantes que desvanecían al cielo estrellado. Pasó la noche tan rápido ya en sus últimas horas. Alfonso comenzó a sentirse mal a partir de las dos de la madrugada, se sentía mareado e incómodo, la cabeza le dio vueltas mientras le servían más vino, y solo atinaba a escuchar la risa de los cuatro viejos que lo rodeaban y que le inducían a tomar más. "No creo que aguante, Miguel dijo que apenas si sale..." "Esta es su primera fiesta..." "Pues que comience a acostumbrarse (ja ja ja)." Y más risas. Se le desvaneció la mirada cuando Miguel, aparentemente preocupado, les prohibió a sus amigos que le dieran de beber más. "Demasiado tarde, se nos ha ido, cuando despierte dale mi más sincera bienvenida al mundillo de los borrachos." Alfonso escuchó esto y perdió la conciencia, perdió todo sentido y solo fue presa de la noche, de la noche que terminaba y daba luz a un nuevo año.

El sol se volvió un faro, su luz ya no se dispersaba a todos lados, sino que se concentraba solo en Alfonso: él se vio a sí mismo, tirado, como un muerto, devorado y mutilado, repleto de marcas tan terribles sobre la piel, rasguños y mordidas, y la piel, mallugada como si de barro se tratara; brotaba sangre de todos lados, no tenía la mano derecha y un ojo salía rodando como una pelota sobre la tierra sucia; las miradas se incrementaron y tuvo miedo, más miedo que el que nunca hubiera presenciado, más que cuando estuvo a punto de morir en la vida real en el mar. Por eso se alejó, por eso decidió olvidar todo su pasado, a sus padres muertos en su juventud, a sus amigos que trataron de ayudarlo, a los demás adultos que le dieron un apoyo frío que solo lo lastimaba más. Se vio ahora a sí mismo correr por la tierra, hacia el arrecife: tenía la mente en blanco y los ojos llenos de lágrimas, literalmente lo había olvidado todo, y ni siquiera recordaba porque había corrido a ese lugar. Entonces vio el faro, tan imponente, tan bello y tan resplandeciente, vio la casa a los pies del monumento que sería en los años venideros su hogar, y vio como un hombre mayor salía para recogerlo del suelo; el extraño le sonrió y lo cargó hasta su casa, hasta la que sería su verdadero hogar, Así fue como conoció a Miguel.

-Despierta, que ya nos tenemos que ir. Vaya que te ha jodido el vino –Miguel rio un poco y puso su mano bajo el hombro de Alfonso, lo levantó hasta sentarlo: se había quedado dormido en el piso-. Se hará tarde, ya es de día, y no quiero causarte más problemas, creo que ya te he turbado mucho con esta noche.

Alfonso se levantó y sintió como sus pies temblaban mientras trataba de caminar, su cabeza ahora le dolía más que nunca y sentía un sabor muy amargo en la boca. Tenía la camisa a medio abrochar y desfajada, un zapato roto de la suela y la peluca se le había caído, no la encontraba por ningún lado, cosa que Miguel no pareció importarle. Sin más en que pensar avanzó sosteniéndose del viejo que lo agarraba de manera muy protectora, y solo logro decirse en voz baja: nunca más.

Hace alrededor de 2 años

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#10

IV

-Pero cómo que ya se van, si aún hay muchas cosas por hacer, no sé si quisieras acompañarnos unos momentos -decía Bartola a Miguel, deteniéndolo enfrente de la puerta antes de que él, con Alfonso aun en sus brazos.

-No creo amigo, ya es tarde para nosotros dos, además que tenemos que recuperar energías, ha sido una jornada agotadora.

-Por eso quiero que nos acompañen, daremos una vuelta a pie por la playa, después almorzaremos en casa de un amigo, he invitado a Carlos, Álvaro no puede, ya me lo dijo, así que no nos abandones amigo, que ya seremos pocos.

-¿Quién más nos acompañará?

-Mi esposa, su hermana mi hija y una amiga de ella que es familiar de don Juan S., Carlos ha dicho que su esposa se ha ido de la ciudad por unos días por lo cual se encuentra solo, así que solo contamos con él y nadie más, por eso te pido de favor que nos acompañen.

-Decís que irán a la playa, no es así.

-Por supuesto, no creo que haya otro lugar mejor para recobrar la energía que el año viejo nos ha devorado.

Miguel vio a Alfonso que se mantenía con esfuerzo parado y en todos sentidos, lo miró pálido, ojeroso, en la peor forma posible y en los peores nervios, ya que temblaba cada cinco segundos y parpadeaba de manera muy rápida, como alejando pequeñas basuras de sus pestañas. Luego, vio a su amigo, en el mejor estado que nunca se hubiera imaginado, al hombre que conocía desde hace muchos años atrás y que nunca había visto con tal vivacidad y claridad para hablar; su rostro no era tan diferente que el de un hombre que hubiera descansado por más de doce horas sin tener ningún asunto pendiente o problema que le arranque de la modorra, sus ojos brillaban; era imposible negarle algo a alguien con esa mirada e insistencia.

-Creo que no te lo dije, pero nos moveremos en coche, ya rente uno lo bastante grande para llevarnos hasta la playa, no pensamos ir demasiado lejos del faro, que creo es el lugar al cual piensan ir –dijo Bartolo de un modo menos imperativo, sin tratar de forzar la opinión de su amigo.

-Creo que en ese caso no hay más que decir. Si hubieras empezado desde ahí no hubieras visto ápice de duda en mi rostro, amigo.

-Entonces caminad, que el coche está cerca.

Bartolo sujeto a Alfonso para ayudar a su amigo a cargarlo. Los tres llegaron hasta el carruaje, donde el chofer los esperaba mientras cepillaba a uno de sus caballos.

-Las damiselas ya están a bordo –dijo sin voltear la vista a los tres hombres que caminaban muy juntos, solo concentrado en el cuello de su yegua blanca.

-Gracias, Pedro, ¡y que bonitos caballos te has conseguido!

-Ya ve que la fortuna me ha llegado, después de tanta miseria –Pedro volteó y vio a los tres que llegaban y comenzaban a subirse al carro, miró con alegría a Bartolo, con indiferencia a don Miguel y con estupor a Alfonso, que comenzaba a tomar color pero no equilibrio, además que desprendía un olor a fermentación terriblemente alto y sus ropas desajustadas no daban mucho que desear.

Miguel fue el segundo en entrar, después de empujar a su ahijado tratando cuidadosamente de que este no se fuera para atrás y se rompiera la cabeza, Alfonso se sentó junto a la ventana y Miguel se acomodó a un lado de él, Bartolo se fue en frente del carro con el chofer donde también estaba su esposa.

Alfonso no veía nada claro, sus ojos estaban encandecidos, la luz del sol le cegaba y no lograba distinguir nada más allá de las siluetas dentro del carruaje que lo miraban de manera inquisidora. Frente a ellos dos, Miguel y Alfonso, se encontraban tres mujeres, la mayor, que vestía un elegante vestido de negro con un sombrero ancho que le tapaba la mitad de la frente se notaba más grande que las otras dos. Como Miguel había escuchado claramente que la mujer que acompañaba a Bartolo afuera del carro era su esposa supuso que esta otra era la hermana, cuñada de su amigo; las otras dos, más jóvenes y de radiante belleza, no podían ser más que su hija y su amiga.

Las tres mujeres callaron cuando los dos hombres entraron, al parecer sostenían una viva conversación, interrumpida por la difícil entrada de Alfonso.

-Así que usted debe ser don Miguel –de esta manera rompió el hielo la mujer mayor, mientras las otras dos callaban, no sin lanzar pequeñas risitas entre las dos mirándose a los ojos.

-Por supuesto, pero sin el don, ya que las formalidades no me caben del todo, solo soy un viejo pobres pescador, no es necesario que alce a grado de burgués.

-No es por querer hacerlo notar, solo era un modo de hablar educado.

-Me agrada su educación, no la recrimino, pero ahora que estamos en el mismo coche, me gustaría que me tratara con mayor confianza, si me lo permitiera usted, doña...

-Inés, puede decirme.

-Inés, así será.

Callaron unos momentos, el coche ya avanzaba, pero no se dirigía a la playa, sino que andaba rumbo a la catedral.

-Me parece que no tengo aun el gusto de conocer a su... -comenzó a decir Inés señalando con la vista a Alfonso.

-¡Oh, cierto! Joder que no he tenido la prudencia de presentarlo. Tengan ante sus ojos a Alfonso, el joven del faro. Vamos amigo, saluda a las respetables señoritas (sí, se lo digo a las tres).

Inés rio un poco. Alfonso, quien no había apartado la vista de la ventana del carruaje desde que entro, concentrándose solamente en no perder la visión por tanta luz, forzándose a soportar el ardor en las pestañas y el hormigueo constante que le corría desde la punta de los dedos hasta sus genitales que seguían igual de incómodos, por fin miró de frente a las tres mujeres, miró a Inés, que la tenía justo frente suyo, y luego distrajo su atención a las dos jóvenes que lo miraban sonriendo. En ese momento fue cuando todo cambió.

Estaba frente a él, a menos de dos metros de distancia; (aquel sueño), aquella joven que era un fantasma ahora se personificaba, se detallaba, le sonreía: era real y él no lo podía creer. La aparente ceguera y el agotamiento desaparecieron, solo quedó la impresión que se reflejó en un gesto estúpido sobre la cara de Alfonso que no podía creer lo que veía, que se sentía dentro de un nuevo sueño. Sintió miedo, al pensar que en cualquier momento las bestias podían llegar hasta él, porque siempre aparecían cuando ella aparecía... Pero no soñaba, lo comprobaba, lo sentía, no podía ser otra cosa que el destino lo había llevado hasta ese momento, hasta esa circunstancia en la que los dos se verían de frente, y él la vería más bella que nunca, más bella que cualquier otra mujer que haya conocido en su vida (que eran muy escasa la cifra), y más misterios que cualquier sueño que lograra recordar. Tened en cuenta, no era bueno recordando.

-¿El chico del faro? He oído sobre él. Se dice que es huraño y terrible, que parece ser en realidad un viejo que se turba con la presencia de la buena gente y de las buenas intenciones –dijo Inés dirigiéndose a Miguel y luego a las dos chicas.

-Como un ermitaño. ¡No, ya sé! Como un gnomo que protege un gran tesoro –dijo una de las dos chicas, pero no aquella a la que Alfonso había soñado más de una vez, y a la que le temía y adoraba.

-Es algo único, ¿no? Puede que no simpatice mucho, pero vea que parece ser al final de todo un ser humano común, un joven que tiene mirada de niño. No quiero que me mal interprete don Miguel, perdón, solo Miguel, cierto, pero me parece que su hijo es todo un personaje extraordinario, en el sentido más literal de la palabra.

-Él no es mi hijo.

-Oh, lo siento, creo que no he pensado antes de hablar, olvide lo que se dice de usted...

Las palabras se desvanecían, todo se desvanecía y solo estaba ella, esa bella mujer que era totalmente diferente a todos los insectos que le rodeaban; Alfonso no podía dejar de verla, y ella igual lo miraba fijamente, sin hablar, sin participar en la conversación que los dos adultos sostenían: lo analizaba, detenía su mirad en puntos específicos de su cuerpo y de su ropa, de su rostro y de sus ojos.

El carro se detuvo.

-Por fin llegamos, a nuestro primer destino. ¡Bajen todos, que es un día de dicha que debemos aprovechar! -decía Bartolo mientras abría la puerta del carruaje. No estaban en la playa, sino en la entrada de la iglesia mientras sonaban las campanas.

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#11

V

La gente llegaba a misa, misa de año nuevo a recibir la bendición para que el año venidero todo transcurra en la mejor gracia de Dios. Alfonso los veía a todos como insectos, como pequeños bichos retorciéndose en un espacio limitado, soltando pestes y ruidos terribles, tan banales, tan sin gracia que le asqueaban; pero entre toda esa terrible multitud resplandecían dos faros...

El viejo Miguel se veía más feliz que nunca, a pesar de mostrarse un poco molesto al principio por ser engañado por su amigo al no ir directamente a la playa como le había dicho, pero luego comprendiendo que las bendiciones son necesarias cada año para no sentir la vejez caer con vertiginosa fuerza. Y ella, la dama de sus sueños, o de sus pesadillas, la que olvidaba cada mañana y ahora se materializaba.

Alfonso aun callaba, presenciando todo sin poder creer lo que veía, ese contraste que hacían estas dos figuras tan notorias con el resto de los demás que no le atraían para nada. Bartolo se movía enfrente de todos, guiando el camino a la capilla su pequeño séquito.

Todos hablaban, todos parecían tener algo que decir, menos él que solo observaba, que solo trataba de caer de rodillas y se esforzaba de sobremanera por dar el paso siguiente y más al tratar de no demostrar sus penurias. Escuchando, atentamente, se dio cuenta que esa misteriosa dama, que parecía porvenir de las entrañas de las más oscuras modorras, era nieta de don Juan S., que había quedado huérfana a los once años y que su abuelo materno se encargaba de darle todo lo necesario para que llevara una vida digna, lo que era menester para todos aquellos que poseyeran sus apellidos y su sangre.

También se enteró de su nombre, que era Clara, pero no llegó a definir sus apellidos, aun así le pareció este el nombre más bello que hubiera escuchado antes, tan perfecto, tan simbólico, el sonido cortante que cubría al cuerpo místico que caminaba, sonreía, lo veía de repente y él agachaba la cabeza. Así se mantuvo todo el rato, sin atreverse a verla de frente, sin poder tomar el valor de dirigir unas palabras, al aire, a la tierra, a Miguel o cualquier otro bicho, y más valor le hacía falta para si quiera pensar en hablar con ella. Era un gran duelo el que sufría el pobre Alfonso.

Sufrió durante toda la misa, durante todo el sermón del padre, durante la bendición del pan y el vino y el alza de las alabanzas a Dios. Él miraba: todos, tan terribles, tan sucios, todos llenos de falsedades, lo sentía, podía verlos en todos ellos, podía sentir como mentían con cada susurro que emitían, con cada mirada que elevaban al cielo, con cada minuto arrodillados, con su silencio. No importaba que vistieran muy elegante, que los hombres usaran pelucas nuevas y polvosas, que se cubrieran de ropas finas y perfumes extraordinarios, que las mujeres usaran vestidos pomposos de colores brillantes, que sus zapatillas fueran finas y seis pies pequeños o que mostraran anchas caderas, con caras bonitas y ostentosos peinados.

Las cruces en alto no enaltecían la naturaleza humana, solo la aplastaban más y no había Dios ni rey, ni tierra ni viento sagrado que lo recompensara. Por eso Alfonso vivía exiliado, recordaba de nuevo, con tan solo estar una noche en la ciudad, porque había odiado tanto a los demás. Sin embargo el se contrariaba a sí mismo.

Veía de reojo a Miguel, porque se sentía inseguro al no tenerlo cerca; no era su padre, pero lo sentía como tal, sentía que si había alguien que en verdad se mereciera su cariño, ese era el viejo que cada día le costaba más levantarse. Y luego ella, la tercera pieza de su contradicción, clara, la que entre destellos llegaba y le torturaba: no podía dejar de tratar de mirarla, de pensar en ella, de pensar en su rostro, en su sonrisa y sus ojos grandes. Experimentaba tal gama de sensaciones tan duras, algo que nunca hubiera imaginado.

Entonces, mientras se mantenía de rodillas, alzo la vista para ver la cúpula sobre la cabeza de todos y a las representaciones de cristo con su padre, con el espíritu santo, con María la Virgen, y con cientos de ángeles que volaban desnudos solo cubiertos por el pudor, de la entrepierna; los vio con miedo, al sentir que estos se sumían sobre él, y pensó que al parecer, al final de todo, él también era despreciable, era uno entre todos, un piojo que le asqueaba; no importaba que tan alto fuera el faro en que vivía, no importaba que tan bella fuera su visión del mar, siempre regresaría a ser parte del horror humano, y que por consecuencia, poseía toda clase de defectos que nunca llegaría a comprender. Sabía que amaba, que la amaba a ella de una manera tan diferente, y la amo más al ver que en el Padre nuestro, Clara no movía la boca ni parecía demostrar devoción por sonido alguno que fluyera dentro de la catedral, sino que se mostraba indiferente a todo lo que pasaba. Se sintió en conexión con ella, y pensó que quizá, solo quizá, ella era igual a él, y que los dos por lo tanto estaban más que destinados a conocerse, estaban ahí para complementarse.

-Podeos marchad en paz.

-Alabado sea el Señor.

Salieron en silencio, ni siquiera Bartolo con su molesta elocuencia atinó a decir algo mientras los siete caminaban hasta la carroza. El cochero los esperaba mientras pulía las pesuñas de sus caballos. Subieron y ahora emprendieron el viaje a la playa. No fue hasta que todos estuvieron en su lugar, en el mismo en el en el que habían llegado, que por fin se soltó la extraña maldición de la lengua de todos y las palabras alegres regresaron a la boca de todos.

-Fue una bella misa –dijo Inés al aire.

-Tan bella como las tres señoritas que hoy tengo el honor de acompañar -espetó Miguel con una cordialidad teatral.

Inés rio y miró a las dos chicas mientras comenzaba a relatar una vieja historia de su decadente juventud en la que un jovenzuelo muy parecido a Miguel la enamoró, se casaron, pero él termino muriendo una noche en el mar, ahogado en medio de una ola gigante que consumió todo un barco de más de cincuenta tripulantes. Inés terminó lanzando una lágrima que se descendió entre su maquillaje, su sobrina, que se sentaba justa a un lado de ella la abrazó y consoló mientras que Miguel escuchaba con atención y cordialidad. Alfonso se percató que ahora Clara lo veía fijamente, y que no apartaba su mirada más que cuando su tía le dirigía la palabra directamente.

Él, Alfonso, al principio sintió temor, algo de incomodidad por la belleza de sus ojos, por su claridad y su profundidad, pero luego decidió que en no apartar la vista, en soportar su mirada, en demostrar que no era débil; si acaso era un bicho diminuto, no era un bicho al que fuera fácil aplastar. Inés hablaba con melancolía dolorosa, casi sin dirigirse a ningún ser en especial, solo concentrada en recordar cada detalle de su pasado, desde el primer saludo hasta el momento en que viuda se vio.

Ahora el recorrido pareció durar menos. En unos pocos instantes ya estaban llegando a la playa y el faro ya se encontraba en la vista de la ventana del coche. Alfonso no se dio cuenta de esto hasta el momento en que Clara sonrió sin dejar de verlo y masculló aprovechando un silencio de su tía en donde ella hacía memoria de su esposo difunto.

-Ya hemos llegado, el faro está ahí.

Alfonso volteó y lo vio, al monumento de su vida, el estandarte de su existencia. Por fin se sintió con la seguridad de poder hablar.

-Sí, al fin... -y trato de hacer alusión a su felicidad pero no logró más que atragantarse con las palabras atoradas en su cuello. Tragó saliva para relajarse y con ella todos sus pensamientos se fueron hasta la boca de su estómago en donde fueron digeridos.

Hace alrededor de 2 años

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#12

CAPÍTULO TERCERO
AMANECER

I
¿Quién necesita de la luz de una lámpara cuando el sol brilla a todo esplendor sobre los mares te, traslucidos? ¿Habrá una verdadera razón para ocultar todos nuestros miedos en la oscuridad, para mantenerlos en la noche, despreciando la luz de las estrellas? Es ese faro el que representa el triunfo del hombre, el estandarte más alto, lo primero que salta a la vista al momento de acercarse a la costa: si brilla, es que hay genhay vida, hay esperanza. Los pasos tempranos que daba la humanidad para dominar (y destruir) su mundo. ¿Quién necesita del sol y de la luna (o estrellas, en su defecto) para declarar su amor a la luz?

Hay más por descubrir en esta playa, hay más pasos que dar no solo en tierra, sino a través del mar. Alfonso regresaba a sentirse desgraciado, pero eso le hacía consiente de tener sentimientos, de poder declarar que la tristeza lo inunda, pero no sabe que esto es una consecuencia de haber amado una vez, de haber sentido empatía, que ya no la recuerda pero vuelve a reconocer. Da un paso más, va al final de la fila, enfrente de él una caravana, ya no de bichos, sino de hermanos, o tal vez de personas, y él el único insecto.

-Sí que es buen día para dar un paseo en la isla, ¿no? -dijo Miguel, en voz alta, sin dirigirse a nadie en especial. Nadie contestó, solo se detuvieron y se cerraron a su alrededor mientras veían el mar a su espalda.

-A lo lejos se ve que viene una tormenta –dijo Inés mientras se refrescaba con el abanico azul que siempre llevaba colgando de su cuello pero que apenas se veía que usara por primera vez.

-Sí, a lo lejos, pero aún falta mucho para que llegué.

-Ahorita hace mucho calor -reprochó Juana mientras desplegaba una pequeña sombrilla que clara le había dado, las dos se juntaron para cubrirse del sol abrazador.

-Podemos ir a mi casa, ahí tengo aguardiente y poncha, para las jovencitas, si es que gustan. ¡Ah, pero parece que me olvido de ti, amigo! Para ti, Bartolo, tengo un gran vino que hace poco he conseguido de una embarcación francesa, que apenas llegó hace tres días, te fascinara. ¡Vamos, vamos! Ya no queda lejos, se encuentra a menos de media legua.

-Pero que haremos con el coche, aquí se quedará, o se irá. ¿Cómo regresaremos?

Pedro, el dueño del carruaje, se bajó de este y se acercó al grupo. Se posicionó junto a Alfonso y antes de hablar le vio de reojo, no con mucho agrado.

-Tengo que irme, haré un pedido rápido, pero puedo regresar dentro de unas cuatro horas, o quizá menos...

-Yo digo que es es-tu-pen-do. ¿No amigos?

-Es más, creo que sería mejor que volvieras en unas seis horas, Pedro, no os precipitéis, que ya muchos favores me cumples al día -dijo Bartolo acercándose a este para abrazarlo luego y soltarlo con afán de gran amistad.

-Esa embarcación, a quien pertenece -señaló repentinamente Clara señalando a un punto en el horizonte.

Bartolo y Miguel que le daban la espalda al mar se voltearon para tratar de ver con claridad.

-No veo forma alguna.

-¿A qué barco os referís, muchachita, creo que mis ojos fallan?

-Consecuencia de la edad, amigo, no lo olvides.

-¡Pero mirad quién lo dice! A-mi-go, recuerda que de entre los dos yo soy el que menos años le ha robado a la vida.

-¡Pero si no es por mucho! Además de los dos yo soy el que más se ha cuidado.

-Y el más panzón, querido Sancho, yo soy tu quijote que en el mar te guio por aventuras.
-¿Recordáis esos días de borracheras sobre tu bote y en el faro como aventuras, serás tan vil de hacer algo así?

-Esas fueron mis más vivas emociones, Bartolo.

En este punto Inés soltó una risa discreta, que trató de ocultar tras su abanico. Miguel Y Bartolo se voltearon, todos los miraban con diversión, ya que hace tanto tiempo que no les veían con gran interacción a pesar de siempre nombrarse amigos.

-De vino aun tienes el aliento, padre, creo que te has pasado más de la cuenta de copas, de las que presumíais -Juana reprochó esto sin soltar su sombrilla rosada y apretándose más a clara.

-Creo que esto es ya un chiste, no podría ser más ver-gon-so-so.

-Pero aun así no me lo han dicho –replicó Clara.

-¿A qué te referís, muchachita, creo que ahora también me falla el cerebro que no te logro entender?

-Se refiere al barco, joder Miguel.

-¡Bartolo, no comiences de nuevo! Recuerda de la promesa que hiciste hace un año con respecto a ese lenguaje.

-Sí, lo recuerdo amor, por favor perdonadme –Bartolo se acercó a su esposa y luego la abrazó, dándole un beso en la frente.

-Creo que ya es tiempo de partir –dijo Pedro interrumpiendo a todos-, entonces volveré en unas horas, y si es que no llego a la hora marcada, aguarden por mí, que hay muchas cosas que me demoran.

-Estaremos en la casa de Miguel -gritó Inés alegre mientras comenzaba a sacudir de nuevo su abanico.

-Es buen sujeto, Pedro, ¡apenas le conozco de hace tres años y parece que ya le conociera de más de una vida!

-Yo nunca le había visto.

-Tú, mi querido Miguel, hace mucho que no venías a la ciudad, incluso unos llegaron a pensar que ya habías muerto, que ya era hora de cavar la fosa del viejo puños de pescado, pero, ¡oh, milagro! Que apareces una tarde presumiendo de buena salud –en este punto, soltó a su esposa que no había dejado de abrazar desde que la besó, Bartolo, más de ya no soportar el calor que era más intenso con cada minuto-. No me sorprende que no estés al tonto de muchas cosas.

Aquí, de nuevo, comenzó una discusión entre los dos viejos; y entre más impertinencias se reprochaban, más hilarantes resultaban para el resto del grupo. Incluso Alfonso que no acostumbraba a reía mucho, sintió como los músculos de su cara le dolían al tratar de contener muecas y sonrisas que, involuntariamente, le provocaba tan tierna escena.

-¡Joder!

-¡Mierda!

-¡Bartolo!

-¡Padre!

-¡Dios mío!

-¡Oigan todos! -gritó aún más fuerte Clara-. Aun nadie me ha dicho, maldita sea, qué barco es ese que se acerca.

-Muchachita, ya no tengas muchas esperanzas en eso –dijo mientras le sujetaba la mano, María.

-El problema es que aún no veo a qué barco te referís, porque mis ojos solo ven el mar a lo lejos -espetó Miguel tratando de verse severo, pero solo siendo más cómico que nunca, cosa que le terminó de robar una risa a Alfonso, cosa que nadie notó más que Bartolo. Entonces Miguel volteó de nuevo: -Yo no veo na... Oh, ya lo vi. Pero igual no logro diferenciar de quien se trata.

-Y es que tú sigues en las mismas, amigo. No has olvidado que la ceguera es consecuencia de la embriaguez.

-Y también la lengua floja, nunca has sido tan parlanchín, Bartolo.

-Es mi remedio, la medicina que me han recetado.

-Pero si tu doctor no es Sganarelle, padre.

-Lo que sea, que es bueno para mi cuerpo y para sustentar mí fe.

-¡Bartolo, enserio que no creo lo que tu boca dice! -de nuevo reprochaba María tan roja y apenada como no recordaba estar desde hace años. Inés, a su espalda, reía discretamente, ahora sin su abanico que le había quitado apenas unos segundos antes su sobrina para tratar de reducir el calor que ni el paraguas podía evitar.

Todos callaron en ese momento, y pareció que ya no había nada más que decir, nada que no se dijeran en las miradas: María con ojos casi rojos puestos sobre su esposo que ahora trataba de verse dócil, como si de perro se tratara, con la cola entre las patas; Miguel no se encontraba tan diferente, viendo la arena que en sus pies crujía; Inés miraba divertida a Juana y con afán de pedirle de regreso su abanico que ya comenzaba a hacerle falta; Clara miraba divertida igual en general a su alrededor, pero también mostraba un poco hastío; Alfonso, por su parte, ya había borrado la sonrisa de su rostro y miraba igual la arena, que movía lentamente con la punta de sus pies, se sintió incómodo, terrible, con ese silencio que tan repentino llegó, que tan fuerte sujetó a todos y no se atestiguaba con la intención de soltarlos a todos. De pronto, Alfonso, sintió como era palpable el silencio, como nunca antes, a pesar de haber pasado la mayor parte de su vida sucumbido en él, y ahora, después de mucho ruido, de tantas voces, tanta alegría y risas, no lograba interpretar ese vacío, que le procedió. En ese momento sintió un impulso fuerte, más fuerte que ningún otro, un impulso que no logró contener como siempre lo había hecho antes, el de hablar.

-Es... esa embarcación. Creo... creo que es inglesa.

Con escepticismo, todos voltearon a verlo, ya que él se mantenía atrás de todos solo con Miguel a su frente. La sorpresa parecía exagerada al verlo sin hablar después de callar tanto.

-¡Ah! ¿Entonces es inglés? -preguntó clara, que se volteó para verlo directamente a los ojos.

-Sí... Eso creo, o parece, es un navío en línea, se nota por el puente largo, solo que no tiene todas las velas alzadas... y se mueve muy lento...

-¡Valla!, qué interesante, cuéntanos más.

La intimidación comenzó a crecer, su mirada era muy potente, devastadora, casi inefable. La materia gris de su mente se oscurecía, se volvía vulnerable al terror y a una tristeza que no comprendía. Su voz se volvía algo casi místico, algo que al parecer solo él, Alfonso, notaba sin remedio y salvación. Nadie más prestaba atención al hechizo que ella expulsaba, a la magia que de la luz brotaba, de la luz que emitía su cuerpo, del calor que irradiaba de la sangre que de entre sus venas, corría cual río salvaje, con la fuerza de una ola, de una ola hecha solamente para destruir un barco como aquel que se aproximaba.

Alfonso no dijo nada más, pareció quedar mudo.

Clara, al no recibir respuesta dirigió ahora su mirada a Miguel repitiendo el querer saber más acerca del barco que se acercaba.

Hace alrededor de 2 años

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#13

Miguel, que ya había notado la extraña forma en la que su ahijado miraba a la nieta de Don Juan S., y la extraña forma en la que se había comportado todo el viaje, entendió la tensión a la que Alfonso se estaba sometiendo. Él, Miguel, ya esperaba a que sucediera algo así, a que Alfonso no lograra decir nada en todo el transcurso del viaje, a que nunca lograra soltarse, y más bien se mantendría alejado de todos cual animal cimarrón, pero su sorpresa, la primera, fue grande al ver que al arribar a la iglesia no se le veía hastiado, enojado o insoportable, como lo era casi siempre al ver a alguien más y como esperaba verlo al estar rodeado de tanta gente, sino que más bien se veía asustado, maravillado, como un niño.

La segunda sorpresa llegó al ver que al arribar a la playa, Alfonso no salió corriendo a esconderse a lo más alto del faro, donde permanecía la mayor parte del tiempo, sino que hasta los acompañó hasta ese lugar donde todos yacían; lo peor sucedió cuando logró ver una sonrisa en su rostro, la peor sonrisa que hubiera visto en su vida, tan extraña sobre un rostro tan amargado. ¿Qué le sucedía? ¿Acaso algo desde hace poco más de nueve meses ha hecho que cambie, el pobre de Alfonso? Ese joven que ya tan lejos de la vida vivía sobre una luz falsa, ahora parecía ser cualquier otra persona. Quizá lo mejor sería aprovechar esto y no derrocarlo.

-Por supuesto, señorita, que con gracia y dicha le explicaré todo lo que quiera, pero mejor sería que no fuera aquí, ya que veo que no soportaremos más el calor. ¡Caminad a mi casa! El tiempo nos apremia con milagros de carne, así que avancen... mejor síganme.

Hace alrededor de 2 años

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#14

II

El camino se volvería largo, tan corta distancia se volvía infinita, en ese silencio incómodo, esa ausencia tan presente, ese ardor que ninguna sombrilla podría disminuir. El viento soplaba a contra mar, y se sentía una atmósfera sofocada; Miguel caminaba hasta enfrente, tratando de ser lo más imparcial posible, de no importunar para nada a nadie, pensando en que ya importunaba a las damiselas con hacerlas caminar tan largo trayecto. Comenzó a sudar y se dio cuenta que en sus divagaciones había acelerado el paso y ya había dejado a sus acompañantes muy atrás. Alfonso estaba era el último en la pintoresca caravana.

-Esperad, amigo mío, que a mí los años, ciertamente, me han afectado más. El aliento ya me falla con estos pasos –dijo Bartolo deteniéndose y apoyándose sobre los hombros de su esposa.

-Ya te lo decía amigo...

-¿Pero es que acaso hay un pobre diablo a mis espaldas? Que yo no lo veo, mientras tu rehúyes de él, tan desaforado como ni en la juventud lo hacías.

Miguel retrocedió y llegó hasta estar frente a su amigo. Vio a los demás, a Inés sosteniendo a su cuñado con una mano, con la otra abanicándose sin reparo; a Clara con Juana, muy juntas a pesar de estar rojas por el bochorno; Alfonso ahora de nuevo tan callado, cabizbajo, casi avergonzado, muy nervioso y visiblemente ahora más incómodo que nunca con su ropa apretada que aún no tenía la oportunidad de cambiar por sus habituales ropajes poco galanes.

-¡Alfonso!

Alfonso escuchó el grito de Miguel muy lejano, a pesar de no verlo a unos cuantos pies de distancia, y de verlo tan claro, con las arrugas que ya perfilaba en su rostro y que el calor había asentado, al igual que en su amigo Bartolo que yacía más rojo que cualquier otra alma sobre esa playa. Alzó la cabeza para ver al su viejo amigo pero su mirada fue desprovista de toda intención de seguridad al encontrarse también con los ojos de Clara que lo miraba también fijamente, sin soltar el brazo de su amigo que peleaba con su tía por el abanico.

-¿Alfonso? -dijo Clara con voz imprecisa y deslumbrando una candela inigualable en sus ojos que apenas si podría ser opacada por el sol en el cielo despejado-. Ya no me terminaste de hablar sobre el barco, me has dejado con la curiosidad alta.

Clara se apropiaba de su discurso, de las palabras que antes Alfonso soltó sin mucha conciencia y sin ser dueño de su cuerpo como lo había sido siempre, ese "me" en lugar de un "nos", para hacer general la curiosidad, resaltó de sobremanera, poniendo aún más rojo a Alfonso que ya comenzaba a sudar, casi llegando al color de Bartolo que aún no terminaba de tomar aire para continuar caminando.

-Cierto, Alfonso, solo atinaste a que era inglés, pero qué más -dijo Juana tras un breve momento de silencio en el que Alfonso, sin mucho esfuerzo, quedó casi hipnotizado por la mirada de Clara que le sonreía ahora, casi olvidándose de los demás a su alrededor.

-Pues desde aquí podréis apreciadlo mejor, miren, que se ve cerca, pero no avanza tan rápido -dijo Miguel acercándose hasta Alfonso.

Ahí se encontraba el barco, sin las velas desplegadas, errante, vacío.

Siguieron caminando, ahora dejaban atrás el terreno tan caliente de arena para pasar a la cuesta de piedras, el camino para subir a la casa de Miguel, y más arriba, al faro. Alfonzo camina a la altura de Juana y Clara, ambas agarradas como siempre, adelante Inés ahora iba con Miguel; Bartolo era arrastrado por María, quien ahora tenía las majillas más hinchadas que nunca. Alfonso siguió de nuevo cabizbajo, mirando cada paso dado por los zapatos que Miguel le había dado la noche pasada, tan relucientes, tan apretados. Clara se volteó a verlo, y él sintió su mirada, insoportable, tan radiante.

-Es extraño -dijo Juana que no había dejado de mirar el barco.

-¿Qué sucede? -preguntó Clara mientras volteaba ahora a ver a su amiga.

-El barco, ahora parece moverse al revés.

-¿Al revés? Y cómo es eso, Juana.

-Míralo bien, no sigue el camino hacia la costa, sino que parece ser movido por la voluntad de las olas.

Todos voltearon a ver el barco, que desde esa altura a la que ya habían ascendido se veía más claro que nunca. Ahora se movía sin rumbo fijo, el barco, y la voluntad de un mar traslucido lo movía hacía la vereda, hacía las piedras, lo arrastraba de manera peligrosa y Alfonso sintió miedo al percibir un posible impacto; agudizo la vista y vio que en efecto el navío se encontraba vacío.

Siguieron subiendo hasta llegar a la casa de Miguel, no sin antes detenerse ahora por Inés que casi caía desmayada en el terreno seco por falta del aire fresco que le brindaba su abanico. Al llegar por fin, todos se sentaron a la sombra de la casa que el sol que se inclinaba comenzaba a impregnar. Desde ese punto, a esa altura veían mejor como el navío Inglés era arrastrado, ora cerca del arrecife, ora alejándose a mar abierto, ora al puerto amenazando con impactar con los otros navíos que llegaban de todas direcciones.
Alfonso por fin se sintió en casa, y al entrar en la choza de Miguel casi siguió el impulso de aventar las zapatillas que tenían a sus pies como dos jitomates aplastados, pero se contuvo al recordar la compañía.

-Creo nunca haber visto algo similar –dijo Bartolo una vez sentado con la vista a la playa, mientras su amigo le servía una copa de un vino sin etiqueta-. No lo crees, algo así se ha de ver cada siglo.

Miguel miró el barco que ahora parecía regresar a la playa desierta, también vio que ya había muchas personas observado a distancia el suceso tan extraño, mientras otros se subían a pequeñas balsas para tratar de acercar al navío. Se sentó entre Inés y María, sin voltear a otro lado, y sin dejar de servirse su copa de vino.

Clara y Juana estaban de pie, un poco más cerca del camino para descender para ver con mayor detalle a la gente que llegaba. Alfonso seguía apartado, desde adentro de la casa, y viendo con mayor interés que el de los demás el suceso que le atraía viejos y desconocidos temores. Sin saberlo, de nuevo experimentaba esa desventura que le traían sus pesadillas, veía a Clara de reojo y sentía de nuevo la necesidad de acercarse a hablarle, por más pena que tuviera, por más temor que le causara el ser devorado por lobos. Pero también sentía una gran tristeza, una melancolía inusual, todo producto de un vago recuerdo que no lograba procesar pero que no podía dejar de relacionar con sus padres y su antigua vida, antes de su huida y su total desapego hacia la gente de la ciudad, y más aún a los adultos (en el momento en que decidió ya nunca pertenecer a la sociedad aún era un niño). Solo Miguel, solo ese vejete, era y fue su única relación con la vida, porque en la soledad, en el vacío y en el frío piso del faro, era como si estuviera muerto. ¿Y qué es esta extraña sensación?, pensaba de alguna forma Alfonso, que no conectaba ideas, sino que solo las sentía, ¿por qué ella llega y me hace sentir esto? ¿Qué viejos fantasmas del pasado han de regresar ahora que no puedo controlar más mis temores, ahora que ya no soy dueño de mis voluntades y de mis pensamientos? Y sin poder retenerse, antes de ser del todo consiente de sus acciones, se vio parado junto a Clara que ahora miraba como entre dos barcos de gran tamaño habían acorralado al navío inglés, y como de estos salían navegantes que abordaban el puente del errante que trataban de retener.

-La tormenta se aproxima ahora –dijo repentinamente, Clara.

-Qué decís, amiga.

-Las nubes, mirad, ahora se mueven más rápido e igual se acercan.

Alfonso sintió un escalofrío y vio como Bartolo y Miguel ahora se peleaban por un pequeño telescopio, sin dejar de tomar vino y dispuestos a abrir una segunda botella.

-A qué se deberá esto -pronunció casi en susurro Clara ahora sin dirigir las palabras al aire, sino que las enfocó directo a Alfonso, incluso volteando a verlo.

-No..., no sabría.

-Tú sabes mucho de navíos, ¿no?

-Sí...

-Pues has de imaginar algo, no sé, tal vez que fue atacado por piratas y lo han vaciado totalmente, ¿no crees que eso podría pasar?

-Sería posible que hayan sido fantasmas, pues es algo casi ilógico, amigo –terció Juana.

-No, no sería posible, ya que los fantasmas serían incapaces de tocar a los navegantes –dijo Alfonso con una elocuencia que le impresionó y que también llamó la atención de Miguel que a pesar de mirar hacia la costa, prestaba casi única atención a cómo Alfonso parecía afrontar la situación.

-¿En verdad crees eso? -Clara lo miro directo a los ojos ahora.

-Sí, sí... es que si lo pensáis con mayor cuidado, los fantasmas en verdad... en verdad no pueden causar daño, solo son animas y ya. Yo pensaría más que ese barco ha sido saqueado, pero no por espectro alguno...

-Entonces si serán piratas, ¡Qué horror! -dijo Juana que ahora también miraba a Alfonso.
-Es curioso que pienses así, yo creía que entre todos los navegantes siempre se contaban leyendas de este tipo, y todas eran creídas en su totalidad -interrumpió Clara.

-Yo no soy navegante, solo controlo la luz... del faro.

-Eso es interesante, porque no me platicas más sobre eso.

Hace alrededor de 2 años

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