PedroWarg
Rango9 Nivel 44 (4142 ptos) | Escritor autopublicado
#1
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  • #2

Su cabello plateado y ojos color ámbar deberían haberla hecho resaltar como una gota de sangre sobre la nieve fresca, pero todo el mundo parecía ignorarla por completo. La ausencia casi total de vegetación hacia que su magia casi desapareciese por lo que apenas lograba disimular sus orejas terminadas en punta.
Adriel, con ochenta y cinco años, apenas podía llamarse adulta entre los elfos, pero para los humanos que la rodeaban (e ignoraban su naturaleza) ella sería una completa anciana. Su padre, miembro de la guardia real de Agrador, nieto del mismísimo Oberon, le había dicho que los mortales eran seres salvajes, ávidos por la guerra y que en sus ciudades las calles rebosaban de excrementos tanto de sus pobladores como de las bestias que los servían. Sin embargo lo que aquella joven veía era muy diferente, aquellas personas vestían ropa de algodón y materiales aún más finos, no había rastro de estiércol por ningún lado, ni siquiera se podía ver un caballo en las proximidades, las personas se movilizaban en unas cajas metálicas con ruedas que, suponía, se impulsaban con algún tipo de magia.

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Navesirio
Rango11 Nivel 54
hace 2 meses

Me encanta el comienzo, a ver como sigue. :)


#2

Había llegado a aquella ciudad durante la noche, a lomos de un águila cuyo plumaje relucía de plata a la luz de la luna y sus ojos refulgían de forma natural con un fuego místico. En ese momento la ciudad le pareció de lo más tenebrosa, a pesar de su iluminación, tenía muchos recovecos y callejones oscuros. Ni bien desmonto al ave, un gato derribo unos botes de basura, a pesar del desagradable olor, se acercó a ver un poco más de cerca, "¿cómo puede un gato tirar unos cubos metálicos tan grandes?" se preguntaba, eran de un metal extraño, muy ligero y flexible, le recordó de alguna forma al acero que los enanos usaban para reforzar los cascos de los barcos de los elfos del mar, pero no era tan fuerte como aquel.
Un gruñido de algún animal hizo que voltease, era un perro bastante grande, no tanto como los que su padre usaba durante las expediciones de caza con el rey, pero era el doble de corpulento, su pelo era casi completamente negro, excepto en sus patas y un par de marcas sobre sus ojos, que eran marrones. Intento hablarle, como solía hacer con los perros que había conocido, animales inteligentes capaces de entender su lengua y, en algunos casos excepcionales, incluso hablarla, pero ni usando el idioma de los mortales el animal dejo de gruñir, Adriel dio un paso hacia atrás, y el perro uno hacia adelante, retrocedió uno más y la bestia avanzo otra vez, la joven elfo salió corriendo y el perro detrás de ella. Adriel debió de correr casi por una hora antes de perder al furioso animal, supuso que de haber sido un humano el perro probablemente la abría atrapado, pero los elfos, sobre todo los del Bosque Blanco como ella, son grandes corredores, incluso el más lento de ellos podría dejar en vergüenza al más veloz de los mortales, o eso era lo que solía decir su tío, uno de los mejores cazadores del Bosque Blanco.
Al amanecer, lo primero que haría sería buscar un lugar donde vender unas pocas gemas que llevo para conseguir dinero de los mortales, según su padre ellos ya no usaban oro como en los tiempos en que elfos, enanos y hombres comerciaban entre sí, de eso ya hacía unos mil años, mucho tiempo incluso para un elfo, sino que ahora utilizaban papel y monedas de muy poco valor. Sin embargo al ponerse en busca de aquel lugar surgió un gran dilema, su padre, madre e incluso su hermano mayor, que solo la aventajaba por cuarenta y tres años, le habían contado cosas terribles sobre lo taimados y engañosos que podían ser los mortales, por lo que no se atrevía a pedir indicaciones a nadie, sobre todo siendo tan obvio que saldría con una buena cantidad de dinero después de vender las gemas. Así termino perdida, pero cuando su estómago comenzó a gruñir no tuvo de otra más que pedir indicaciones.
-Di... disculpe- para evitar tener problemas eligió como guía a una anciana, de unos ochenta y tantos, aunque le pareció gracioso pensar en alguien de casi su misma edad como una anciana -¿me puede decir donde hay una... ¿cómo dijo mi hermano que se llamaban? a si ¿dónde hay una casa de empeño cerca?-
La mujer se volteo con una sonrisa, pero al ver su cabello y ojos, los cuales nadie más parecía notar, abrió los ojos y cambio su expresión como si hubiese visto un fantasma.
-No, no, no- se alejó diciendo la mujer de forma muy grosera - yo no sé nada, pregúntale a alguien más- se fue tan rápido como le permitieron sus piernas roídas por la edad, al voltearse, Adriel vio a la anciana hacer unos gestos con su mano derecha, tocándose la frente, el estómago y los hombros sucesiva y rápidamente.