MrOwlMan
Rango8 Nivel 38 (2891 ptos) | Poeta maldito

#1

"Has crecido", dijo el dios.
Su rostro era tierra, era piedra y marea. Sus labios eran sal, sol y luna; sus ojos bosques, hielo y niebla. Manos de montañas, cabello como desiertos.
"No", repuso ella, sentada en el umbral de la cueva. "Tú has empequeñecido".
Humana, mortal y mujer. Pero el dios la amaba. La amaba como un instante relampagueante, como una vela que parpadea bajo la brisa. La quería mucho y poco, eternamente y por un solo instante. La deseaba como solo un inmortal puede, sin moral ni raciocinio.
Terrorífico, el amor de un dios. Tan terrible como su aliento; poder en su más absurda y completa concepción.
Pero ella lo ignoraba, sentada en el umbral de la cueva.

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#2

#2

Sentado en su trono de solitaria inquietud, el anciano rey observó al mundo. Miró con ojos bondadosos a los zapateros y carpinteros, odió secretamente a los ladrones y asesinos, envidió a los niños que jugaban a la rueda. Su corazón latió con el sentir de su pueblo, con la maravillosa e inigualable lealtad y el respeto inequívoco que su gente le profesaba. Tanto amor sentía el viejo rey que hacia que su corazón se retorciera de dolor.
O quizás era el puñal de su hijo, que apuraba la línea de sucesión.

Hace alrededor de 2 años

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artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 1 año

Muy buena la última frase, @MrOwlMan. Con ella das nuevo sentido a todo el texto.

MrOwlMan
Rango8 Nivel 38
hace más de 1 año

Es interesante, @artguim el manejo de los microrrelatos. Siempre me interesó esa capacidad de decir tanto en tan poco, o de dar vuelta algo por tan solo una palabra. Muchas gracias por leerme y por tus observaciones!


#3

#3

El cielo se caía a pedazos. El viejo lo miraba desde su tocón, sintiendo el aroma del fuego y las cenizas y la muerte llenándole los pulmones. Respiró hondo una vez. Otra. Y otra. Sentía una extraña tranquilidad en él. Ya no era un viejo cualquiera, sino el último viejo. El único que quedaba.
Y eso, extrañamente, le daba una profunda e inigualable paz.

Hace alrededor de 2 años

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Romahou
Rango18 Nivel 89
hace alrededor de 2 años

Más que el último, y también, me crea curiosidad el primer anciano.....


#4

#4

Es gracioso.
Cómico, más bien. Lo que me mata es lo que me hace sentir más vivo. Una bala, trozo de plomo, en la tripa. La sangre mancha mi camisa y mis pantalones, cubriéndome de escarlata.
Siento el aire frío en mis mejillas, congelando los cortes que trazan mi rostro. Ya no puedo mover la mano izquierda, y mi ojo derecho está tan amoratado que me es imposible abrirlo.
Y nunca me he sentido tan vivo.
Muero, eso es evidente. Rápido, además. Apoyado contra la nieve y el hielo, me escapo de este mundo en medio de fanfarrias y fuegos artificiales. A lo grande.
Hay una extraña euforia en saber que te mueres y ya. Como si tu cuerpo celebrase una última fiesta, antes de irse. Se dice que morir es ser derrotado, pero quienes lo dicen todavía no han muerto. Porque nosotros, los cadáveres, los fantasmas, somos como los santos. Los muertos caminamos sobre el agua. Y corremos hacia nuestro olvido.

Hace alrededor de 2 años

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#5

#5

Sentado en su antigua silla, compañera de tardes de soles rojos y tormentas azules, observó al mundo morir.
El viento se retorcía y giraba en torbellinos, remolinos; sagaces muestras de la destrucción que abatía a toda la existencia. Otros se habrían preocupado más. Otros se habrían desesperado. Él no.
Se limitó a sorber su limonada fría, esperando que el fuego le alcanzase. Él no lloraba. Ni gritaba. Porque él estaba muerto por dentro. Y cuando estás muerto por dentro lo único que te queda es esperar morir por fuera también.

Hace alrededor de 2 años

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#6

Ella esperaba en la puerta del jardín. Una rosa y un clavel, estrellas en la mar ébano de su cabello. Sonreía. Sonreía, la ilusa. Sonreía, la infeliz.
Cuando él por fin salió del laberinto, cubierto de gloria y sangre y fama y entrañas, ella sonreía. Lo bañó, lo limpió. Lo untó con aceites perfumados, le masajeó los pies ¿Y qué pedía a cambio? Un mísero beso, un atisbo de una felicidad que las nubes le habían prometido.
Corrió el vino, el calor y la fiesta. Corrieron los años. Corrió ella, expulsada. Corrió ella, perseguida por él y su rubia esposa. Corrió, echando maldiciones.
Ya no sonreía.

Hace más de 1 año

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#7

Dicen que es lo más terrible que puede acontecerte. Dicen que te desgarra y te destroza. Dicen que quita tu hálito entre sus dedos de fiebre.
Pero el amor no duele, no.
Nunca dolió, ni duele, ni dolerá.
Porque el amor es un elixir de puro éxtasis. Es un niño que nace o una estrella fugaz.
El amor no duele, no.
Eterno malentendido y confusión. Culpable equivocado, o quizás mero deseo de endilgar.
Lo que duele somos nosotros. Cabeza, manos y ojos. Oído, pulmón y corazón. Somos nosotros.
Sueños e ilusiones, fanfarria tremenda. Gran pretidigitador, ese falso susurro de deseo.
¿Cómo podría ser carne de cadalso esa pasión indefinida, incontable, indecisa? ¿O acaso es mejor huir, tras esa cortina y la enorme cabeza de humo, con la seguridad de tener al reo? Porque el amor no duele, no. Lo que duele somos nosotros.

Hace más de 1 año

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#8

Obtusa niebla de neón,
triste encandecida en un alba
que más que venir se va,
como ese reflejo instantáneo y corto
de un par de ojos azules mar sin fondo.
Tiembla tu pulso al darme la mano,
lánguida gota de sudor que baja y sube,
cristalizada eternamente en tu piel.
Palpita enfurecida, loca,
esa piel tan tuya
de la cual me apropio sin afán ni empeño.
Se ciegan las voces,
gira que te gira en torbellino,
gris de poca luz y mucha noche,
pardas siluetas que danzan
con cordón y con maestría,
aquel rito privado, solitario,
del que busca y el que encuentra.

Hace más de 1 año

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#9

"Bragah, susurraron los vientos. Bragah ech Enoch, silbaron los sauces. Los ríos cantaron su nombre. Los juncos tallaron su historia en el cielo para que lo vieran todos. La espuma de la ribera narró su silueta, oyó su perfume, olió su sabor.
Eran cuatro los que había muerto allí, y ocho las flechas. No estaban repartidas equitativamente: Crom tenía tres asomándole por el pecho. Una abeja revoloteó sobre ellos, un pájaro zumbó por encima.
Bragah, dijo su madre. Bragah ech Enoch, dijo su padre.
Hijo de Lince y de Oso, Nieto de Águila, anunciaron los oráculos.
Muerto, afirmaron las flechas."

Hace más de 1 año

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#10

Arde esta vela bajo la cual leo,
su luz ilumina mis ojos
reflejando tanta dicha y tanta pena
que el horror me desgrana y me roba,
látigos de fuego en carruaje de humo.
Considero mis opciones, mis salidas
rutas negras en un mundo gris.
Mis párpados se queman,
se pulverizan ante la pura brisa
de esta noche tan puntera,
que asoma y roba todo retazo
de estrellas y corazones.
Pienso en nubes, seda de escarabajo,
en hilos infinitos que tejen un manto
tan extenso que cubre el horizonte.
Miro mis versos, respiro mi prosa
y callo.
Callo un silencio tal, tan tremendo y solo,
versátil y pasajero, irrompible.
Considero el vacío como se presenta:
absurdo de formas y esencias,
por fin rodeándome con brazos oxidados
extendiendo sus palmas al sol,
buscando agarre, grieta alguna.

Hace más de 1 año

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#11

Contempla el recuerdo, hijo, centra tu danza en la amplitud de los mementos.
Contempla la memoria, hijo, centra tu baile en el vacío de la añoranza.
Piensa, hijo mío, piensa.
Recorre aquellos senderos, entre helechos y azafranes; piérdete, hijo mío, allí en la maleza.
Eras una esmeralda en la noche. Eras mi absolución y mi castigo. En una torre lejana, ahí por donde se alzan las nieblas y las mistifarias, te vi crecer.

Hace más de 1 año

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#12

Era la noche, de esas que son entre día y madrugada. Era la luna, eran las estrellas. Era el aroma del agua o el suspiro de los sauces.
¿Era el hueso, que rebotaba entre las rocas? ¿Era la calavera, llevada río abajo? ¿O era el joven pescador, perdido entre los juncos?
¿Era acaso la madre sollozante, o el enfurecido padre? ¿Era el asesino, incógnita sombra río arriba?
Era el mediodía, de esos que son entre atardecer y medianoche. Era el campo perlado, era el golpe seco e inesperado. Era la desidia, era la venganza.
Era el hermano.

Hace más de 1 año

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#13

Ruge, ruge ante este atardecer.
Ruge, ruge ante el crepúsculo.
Las almas de los muertos,
ancestros en sus tumbas,
se remueven, levantan.
Rugen, rugen ante la noche estrellada.

Rompe los empejos, alza, alza los puños.
Hay caminos olvidados,
cubiertos de musgo y recuerdos,
iluminados por pobres antorchas,
por donde caminan los cómplices,
los cómplices de esta complaciencia.

Rugen, rugen los hijos de la luz.
Rugen, rugen los ancianos de la noche.
Campos de batalla repletos de huesos,
espadas oxidadas y escudos astillados,
donde las voces se hacen eco
y los pastos crecen altos, orgullosos.

Rompe los ojos, alza, alza la garganta.
Ruge, ruge ante este atardecer,
ante la soñolienta placidez,
ante rocas, rieles, hierros y ruinas.
Levanta, ruge, alza. Sostén en alto esos puños.

Sé corriente, marenada, sal del mar y arena,
Sé imparable, un corrida de toros,
huracán, tornado y febril invasión úrsica.
Ruge, ruge ante este anochecer.

Hace alrededor de 1 año

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#14

Hay cierta mirada, cierta perspectiva, que me lleva inexorablemente hacia ese río y ese lago. Cada vez que los pienso, que reflexiono sobre las estrellas reflejadas en el agua, veo la pasividad de la marea, el correr de la arena. Me han dicho que es la nostalgia, el recuerdo añorante de un tiempo diferente. También atribuyeron mis crónicos mementos a un temblor de mi alma, a un desfallecer incurable.
A veces creo que no es más que mi destino. A veces atento imaginarme sin ellos, sin ese lago y ese río.
Es como pensar en la lluvia sin nubes y sin agua. Imposible. Inatenible. Irrelevante.
Lo han atribuido a un desfallecer. A un olvido del rostro de mi madre. A una herencia desquiciada. A una maldición, incluso.
Soy el hombre que no puede amar, no porque no ama a nadie, sino porque estoy perdido. Perdido en una laberíntica cámara de recuerdos, donde cada recoveco culmina en un lago y en un río.
Soy el hombre que no puede amar, no porque no amo a nadie, sino porque amo a ese río y amo a ese lago y amo la búsqueda.
Amo tanto que ya no puedo amar.

Hace alrededor de 1 año

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#15

Tiembla, oh cómo tiembla, la crepuscular cúpula entronada. Se sacuden sus huesos, castañetean sus dientes. Es el marchar confabulado de aquellos que sueñan, aún, en antecámaras y salones de plácida complacencia. Es el sacudir de los brazos, el rugir de las gargantas. Es el vertedero de tres mil veces seis mil voces, canto aturdido y aturdidor. Son las pancartas y los estandartes, el tibio rojo y el tormentoso azul, la verde sangre que tropieza y avanza, la canción incompleta y soñolienta, el gigante que aún duerme.
Retumba, oh cómo retumba, el sacrosanto templo enjoyado. Es el neón de una infinidad de ojos furiosos, es el abismo que asoma y persigue. Son los truenos y los relámpagos, embellecidos y tortuosos hijos del rayo. Es el firmamento, en su diamantina imprecisión. Acaso también son las rocas, gris sobre gris en gris, y las nubes imposibles.
Se tambalea, oh cómo se tambalea, la firmeza y la promesa inconclusa de aquellas manos abrazadas. Son los xilófonos, las cuerdas y los tambores, una miríada de trompetas y clarines. Huyen los flautistas, su séquito de ratas y niños danzando un ritmo inexistente, irrelevante, inconsecuente. Son los lobos, cada cual en un lado del foso, con sus ladridos y sus llantos. Sus gruñidos y amenazas, sus pedidos y ruegos.
Es el ciervo, el oso y el águila. Pues tiemblan, retumban y se tambalean en un baile fatal del que nadie saldrá ileso.

Hace alrededor de 1 año

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#16

Entre las estrellas y los astros hay un romance jamás mencionado.
Festejan la noche, en lujosas galas y palacetes hechos de pura oscuridad. Se deslizan uno junto al otro, rozan manos, muslos descubiertos. Hay flirteos y promesas. Los cometas los cosquillean al pasar, las lluvias los vuelven fatuos. Las estrellas visten largos vestidos, los astros brillantes túnicas. Se mecen, vienen y van. Y luego, al salir el rey, al salir el guardián, regresan a sus escondites. Olvidan, para crear de nuevo. Y cada noche que amanece ocurre otra vez. Ese cortejo secreto del que está prohibido hablar.

Hace alrededor de 1 año

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#17

Sentado frente al arroyo, Ixati pensó en lagartijas. Las pensó de mil maneras y formas. Porque Ixati tenía una imaginación que abarcaba mundos enteros, que corría por la espesura del monte y volaba con los papagayos. Sus sueños y sus ideas eran de nubes. De vapores de selva al mediodía. De piedras verdes de río, y de arenilla con caracolas.
Pensó a las lagartijas. 'Tienen que ser verdes', fue lo primero. Y las imaginó así, verdes.
Pensó a las lagartijas. 'Tienen que ser largas', fue lo segundo. Y las imaginó así, largas.
Antes de seguir, Ixati se arrepintió. Se arrepintió de que fueran verdes y largas. Ahora quería que tuvieran diez mil colores y un millar de tamaños. Amarillas, pequeñas, aguamarina, cortas. Así que Ixati tuvo que pensarlas de nuevo, a las lagartijas.
Las formó una por una, cada cual única e inigualable. Comenzaba a sentir orgullo. Las veía ya, correteando por las rocas cubiertas de musgo. Escurriéndose entre rendijas. Las podía ver... y entonces se arrepintió de nuevo: ¿si no eran todas iguales, cómo podrían reproducirse y expandirse? ¿Si cada una era una especie, solitaria?
Se paró, dio vueltas, frotó sus muslos, bostezó. Tomó agua y comió una papaya. Pensar lagartijas daba hambre y sed y sueño.
Así que Ixati, en cambio, decidió soñar a las lagartijas

Hace alrededor de 1 año

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#18

Algunas veces a Sara le gustaba decir que el frío hacía las cosas más difíciles. Como si fuera eso. Como si fuera el frío.
Le dolían las manos. Una señal, diría Sara. ¿De qué? se preguntaba él. El dolor es eso, nada más. Dolor. El burro levantó el hocico. Olisqueó el aire. Olisqueó el frío. Le dolían las manos mientras ajustaba el cuero. Le dolían las manos.
Observó las gastaduras en la silla de montar. Las siguió con la yema de los dedos. Pensó en que le recordaban a ríos. Y eso...bueno, eso lo llevaba a otras cosas. El burro lo miró con cara de burro, juzgándolo. O quizás solo se preguntaba.
La leña estaba atrás, en el cobertizo. Se detuvo frente a la puerta, la mano en la madera. Cerró los ojos, sintió la aspereza. Era solo tacto. Oscuridad y tacto. Tanteó a ciegas. ¿Qué tenía en la palma, ahora? ¿Era una rama, un mango?
El burro seguía ahí, quieto. También Sara, del otro lado de la ventana. Cada movimiento de ella era una corte, incluido el tribunal. Pensó que seguro era por él pero que capaz no. Capaz. Ató la leña. Las manos le dolían.
Sara siempre renegaba cuando él salía a cazar, porque volvía quejándose. Quejándose sobre el dolor de sus manos. Y ahora ella lo miraba, desde la cocina.
Quiso entrar a la casa. Se detuvo en el umbral. Consideró que mejor no, que mejor no entraba. Golpeó el vidrio. La puerta se abrió, y salió su hijo. Su hijo, y detrás salieron los ojos de Sara. Y el raspar de sus manos.
El chico se subió al burro. Con la leña.Leña y niño. La estrella del norte brillaba mientras subían al cerro. Padre, hijo y burro.

Hace alrededor de 1 año

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#19

"Considera, mortal, tu breve existencia", le dijo aquél ser de millones de estrellas y corazón de años.
"Piensa en el dolor, en la negrura blanca, en el vacío inescapable de tu fin", añadió, especulativo. Cada vez que hablaba una montaña crecía y se desvanecía a lo lejos.
"Imagínate al crudo invierno, sin hogar ni llamas que te protejan. Sin capote, bufanda o sombrero", comentó. Su respiración era la marea alta, la marea baja y el huracán.
Estaba sentado en una alta roca, el cabello que fluía bajo la brisa. Sus barbas eran muchas, tantas que no podían ser contadas, y todas flotaban al unísono.
"En eso pienso, alto padre, y elijo caer con gloria. Rodar por el polvo pero brillante como seis amaneceres. Caeré al dominio de aquél que rapta, pero lo haré sin bajar la cabeza. En eso pienso, alto padre", dijo él, el de los pies ligeros.

Hace alrededor de 1 año

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#20

"El hombre rana en el ático"

El hombre rana en el ático. Nunca se va pero nunca está ahí. Nunca está ahí. Vive su vida entre espejos y esponjas, el hombre rana en el ático.
Lo escucho moverse por la noche, por el día. Siento sus pisadas en el techo, ir y venir. Sus gruñidos me desvelan cuando duermo, sus ronquidos me enloquecen. Desde mi cama oigo sus saltos y correteos, lo oigo bailar. El hombre rana en el ático, que viene y va, no me deja dormir.
Su baba gotea en la cocina. Ensucia mis platos, tapa el desaguadero. Se pega al armario, oxida los cuchillos. El hombre rana en el ático, que va y viene, no me deja comer.
Croa, croa el hombre rana en el ático. Croa sobre mi estudio, croa sobre el baño. Se sumerge en la bañera y asoma por el lavatorio cuando me quiero lavar. Mancha mis papeles, me roba mis libros. El hombre rana en el ático, que nunca está ahí pero nunca se va, no me deja vivir.

Hace alrededor de 1 año

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#21

Pensemos en el origen de las cosas.
En ese día tan lejano que parece no existir. Un día que tampoco lo era, porque los días no existían.
Pensemos en eso que las define. En esa sustancia imperceptible que recorre todo y está hecha de puro vigor y pura alegría.
En un tiempo que solo el recuerdo recuerda, donde los ancianos y las vacas pastaban en la copa de los árboles.
Pensemos en la magia, en la fe, en la ciencia de ese instante. En el irresoluto conflicto de la vida.
¿Qué es? ¿Y qué no es?
Pensemos, porque pensando corre el viento. Pensando tiramos el anzuelo y recogemos mundo, pensando somos semilla.

Hace alrededor de 1 año

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