PedroSuarez_80
Rango12 Nivel 55 (9361 ptos) | Ensayista de éxito
#1

Carl Rogers odiaba a los humanos, odiaba a la sociedad y ahora su odio se había multiplicado, porque actualmente esos humanos se habían convertido en muertos vivientes y de alguna manera siempre supo que su raza se iba a convertir en zombis. Así que, había preparado su casa para ese día, día al que los grandes noticieros—antes que dejasen de existir—llamaron: “La Era Z”.

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Kaeli
Rango10 Nivel 46
hace casi 2 años

Tanto tiempo y yo sin leerte @PedroSuarez_80 !
Pero he vuelto jaja y comenzaré con esta historia :)


#2

Carl Rogers, todas las tardes, luego de desocuparse de todas sus actividades, se sentaba en su sofá a tomar algunos de sus variados licores y a escuchar música de los géneros: clásica o nueva era. La tarde del 25 de enero del 2023 disfrutaba de los grandes éxitos de Enya, su cantante favorita. Casi siempre terminaba derramando algunas lágrimas al terminar el cd, y para ese momento ya estaba algo mareado.

Cuando se hicieron las siete de la noche, se levantó de su sofá para sacar el cd de la cantante irlandesa y luego guardarlo en una caja de plástico de una edición especial del 2005. Después apagó su equipo de sonido y puso una dvd en el reproductor. La película que pondría: “Soy Leyenda”, con Will Smith. Amaba esa película, se la sabía a la perfección, cada palabra, cada detalle. Todo en la película era perfecto, todo, excepto que Samantha o Sam, moría. Siempre lo lamentaba, siempre lloraba aquella actuación de Will Smith cuando tuvo que, obligatoriamente, acabar con la vida de su mascota y su única compañera. Él lloraba con el dolor de Will, y en su mente siempre decía: “Vamos Sam, te vas a poner bien, aguanta un poco, Will te hará un antídoto”; pero Will siempre le rompía el cuello.

Hace alrededor de 2 años

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Kaeli
Rango10 Nivel 46
hace casi 2 años

Pero ¡¿Quién no ha llorado en esa escena?!


#3

A las nueve de la noche, Carl Rogers apenas podía llegar a su cama y echarse a dormir para abandonarse en un profundo sopor, en donde constantemente soñaba con ella, con su sonrisa, con sus bellos y grandes ojos color miel, su suave y delicada piel, su inteligencia y su amor; su amor hacia él.

Por ella, él había llegado a hacer una especie de tregua con la humanidad, por ella había disminuido su fobia hacia una sociedad que él siempre consideró egoísta. Durante ocho horas de sueño, ella volvía a amarlo, volvía a ser parte de su ser. Pero a diez minutos para las cinco de la madrugada, su gallo siempre lo levantaba, colocándolo nuevamente en su realidad. A esa hora, Carl Rogers se dirigía al baño para ducharse con agua fría, se cepillaba los dientes con crema de calcio y flúor, se colocaba una ropa limpia y después iba a su cocina a prepararse un café bien negro, dos tostadas con mantequilla y jalea, y dos huevos fritos con una tajada de queso. Una vez tomado su desayuno, salía a su patio el cual era suficientemente grande para su propio y pequeño ecosistema.

En la sala de su hogar, un monitor mostraba todos los ángulos de la casa hacia el interior y el exterior. En el exterior—próximo a los muros—siempre estaban los muertos vivientes en una especie de letargo, esperando que algún día él se decidiera a abrir las puertas de su amurallado refugio. Pero los zombis no eran a lo que más temía Carl Rogers, sino a grupos de sobrevivientes humanos, ya que éstos últimos eran inteligentes y podrían hacer un plan para penetrar en su casa. En el monitor no se mostraban humanos ni zombis dentro de su patio; era seguro salir, pero aun así se colocó su pistolera que iba ceñida a su cintura como si se tratase de un vaquero del viejo oeste. En esta pistolera portaba una Beretta, dos cargadores de cartuchos 9 mm y un grande y afilado cuchillo de combate. Carl Rogers desplegó todos los pestillos y pasadores de su puerta los cuales emitían un ruido como si estuviese abriendo la puerta de un pabellón de Alcatraz. Eran las seis en punto de la mañana cuando sus pulmones se cargaron de aire fresco y su cuerpo recibía los primeros y agradables rayos del sol. Siempre lo llenaba de vigor y también le recordaba a ella...

Hace alrededor de 2 años

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#4

Carl Rogers tenía en su patio un complejo ecosistema autosustentable. Había convertido una piscina en una laguna artificial que no tenía nada que envidiar a una formada por la naturaleza. En dicha laguna criaba peces tilapia que se alimentaban de algas—estos peces tienen el poder de reproducirse de manera exponencial—. Las algas recibían nutrientes de las excreciones de sus gallinas ponedoras y de sus gallos que estaban puestos en un pequeño corral aéreo el cual asemejaba a un puente sobre la piscina. El agua que llegaba a esta laguna artificial era sacada del subsuelo por bombeo por la fuerza del viento a través de un modesto y elevado molino.

Con toda esa agua de la piscina, rica en nutrientes, Carl Rogers cultivaba hortalizas y algunos tubérculos, además, había hecho unos canales donde cultivaba la base alimenticia de todo su complejo: “la lenteja de agua”, una planta acuática que tiene tanta proteína como la soya, y por añadidura esta planta también tiene el poder de purificar el agua

—Esta rodilla se ve muy mal—le dijo ella un día que él tuvo el valor de ir al médico cuando se dislocó la rótula en una caída que tuvo en su estanque.
Ella era hermosa, él había jurado nunca más enamorarse, no se quería atar a nadie; pero ella era hermosa, vaya que lo era. Además era dulce e inspiraba mucha inteligencia.
— ¿Cómo te has hecho esto?—le preguntó ella mientras observa la placa de la radiografía.
Carl Rogers no sabía que responder. Él no quería hacer mención de su estanque autosustentable, no quería dar explicaciones, la gente le catalogaba como un loco ermitaño paranoico. Tal vez debía responder que esa lesión fue provocada jugando baloncesto, o fútbol; pero él no jugaba a los deportes, a ninguno, aunque si hacía mucho ejercicio, hacía pilates y ejercicios cardiovasculares.
—Entonces, señor Rogers, no me dirá como se hizo esto—dijo la hermosa doctora quien era una mujer alta, exactamente del tamaño de él quien medía 1,75 metros. Ella tenía el cabello negro y ondulado, ojos miel, y de una hermosa piel color canela. Sus labios eran carnosos y parecían suaves al tacto.
Carl Rogers se sentía intimidado y no sabía si era por la belleza de esa mujer o por la pregunta formulada a la cual titubeaba en responder. Finalmente respondió:
—Fue… fue jugando baloncesto—dijo rápidamente.
—Oh, juega usted baloncesto—contestó ella y después se sentó en la silla de su escritorio. –A mí el baloncesto me ha dado enormes alegrías, lo jugué cuando estaba en la preparatoria y en la universidad también. ¿Qué posición juega usted, señor Rogers?
Carl Rogers maldijo para él, no debió haber dicho que la lesión fue jugando baloncesto sino fútbol, no sabía un carajo sobre ese deporte salvo que los jugadores solían ser muy altos y tenían como objetivo meter el balón en un canasto.
—Juego defensa, doctora.
—Ah sí, pues todos en un equipo de baloncesto son defensas y a la vez atacantes. Haber, señor Rogers, dígame la verdad, sé que usted no juega baloncesto.

Hace alrededor de 2 años

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#5

Carl Rogers, en su patio, miraba la pequeña cancha de baloncesto que había construido para ella. Allí estaba el tablero intacto, él siempre lo mantenía como nuevo, el balón de cuero sintético estaba debajo. Colocó el canasto de papas que había recogido y lo puso en el suelo, luego tomó el balón y lanzó al aro, acertando.

—Tienes que mantener la vista en el aro, la maya es tu guía. Siempre debes lanzar con una sola mano y la otra te sirve de apoyo y de mira al mismo tiempo. Tu brazo con que lanzas debe estar en noventa grados.
A Carl Rogers no le gustaban los deportes, como se dijo antes, pero le encantaba tenerla a ella a su lado enseñándole. Se colocaba a su espalda y corregía sus brazos. Sentía sus manos firmes y fuertes pero de un tacto suave como la seda. Sentía su aliento. A veces pegaba su cuerpo al de él y el cuerpo de ella estaba sudado y desprendía un rico olor, era la fragancia natural de ella que tanto le encantaba. Le había llevado mucho tiempo aprender a tirar correctamente, luego otro tanto para poder encestarla y después metía balón en el canasto casi como ella.

Carl Rogers metió unos cuantos tiros esa mañana, le parecía escuchar su voz:
—Así es mi vida, lo estás haciendo muy bien. Tienes el talento. Hubieses sido un gran piloto (armador o conductor en el baloncesto).
A veces jugaban una partida de uno contra uno, le frustraba que ella siempre le terminase ganando. Había sido sin duda una gran jugadora en la universidad.
—Vamos, defiéndeme, que estás marcando a la mejor de todos los tiempos—le decía ella aquellas palabras en tono desafiante para provocarlo. — ¿No puedes contra una mujer?—luego ella anotaba y él respondía con mejor juego, dando lo mejor de sí mismo y llegando a ganar en algunas ocasiones.
—Claro que puedo contra una mujer, ¿puedes tú contra un nerd?—Carl Rogers también la provocaba, driblaba, avanzaba, giraba y lanzaba un gancho.
—Ahora verás quién es María Gómez.
Ella driblaba, cambiaba de velocidad, amagaba su avance. Después se enredó con los pies de él y ambos fueron a parar al suelo. Ella se levantó primero y le dijo:
—Vamos, levántate, que me has cometido falta.
—Ayúdame a levantarme—le dijo Carl Rogers extendiendo su mano derecha.
Ella le tomó la mano y acto seguido él la haló con mucha fuerza hacia él, cayendo ella nuevamente, esta vez completamente encima de él. Ambos quedaron frente a frente, sus bocas estaban cercanas unas a otras y sentían sus respiraciones y traspiraciones. Luego vino el cálido beso.

Hace alrededor de 2 años

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Sacra
Rango8 Nivel 35
hace alrededor de 2 años

Me está gustando como llevas los cambios de tiempo en la narración, logrados, muy logrados 👍

PedroSuarez_80
Rango12 Nivel 55
hace alrededor de 2 años

No claro que no @SDA_love50 Recomiendame una de tus obras. Una que se nueva, que estés llevando ahorita.


#6

Carl Rogers dejó el balón en su mismo lugar, entonces tomó las hortalizas frescas, las papas y las tilapias que había pescado y cargó todo hacia la cocina. En la cocina sacó de la nevera una masa dulce con trozos de nueces. Luego volvió al patio con una bandeja y la masa dulce. Carl Rogers cocinaría en su horno solar las galletas favoritas de María y mientras le daba forma a las galletas, siguió recordando:

—Entonces, señor Rogers, ¿no me dirá cómo se lesionó esa rodilla?
Carl Rogers era malo para mentir y una vez descubierto se entregaba por completo.
—Me he caído en mi propia piscina.
—Eso parece más lógico, pero ahora creo que me oculta algo. Pero puede mantenerlo oculto si lo desea. Es su vida privada.
Luego de ser enyesado, él se despidió cortésmente, se le había cruzado varias veces por su mente invitar a la doctora a cenar, pero seguro le dirá que no, quién podría tener interés en un hombre aislado de la sociedad, y menos una mujer tan hermosa y tan inteligente como ella. Él era un hombre apuesto, con un aire a George Cluny, pero con mucho menos canas, se vestía de manera anticuada y se escondía detrás de una barba espesa y desaliñada.

Carl Rogers le había dado forma a las galletas y luego las colocó dentro del horno, entonces escuchó algo que no había oído en años: el sonido de un motor a combustible. El sonido se percibía con nitidez, sin duda estaba cerca. Carl Rogers corrió hacia el interior de su casa para revisar el amplio monitor que mostraba todos los ángulos del exterior de su refugio.

Hace alrededor de 2 años

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#7

Él se sentó frente al monitor, el cual estaba dividido en varias pantallas. No podía haber sido su imaginación, era cierto que él imaginaba muchas cosas y a veces alucinaba producto de la soledad, pero el sonido de un motor en el exterior había llegado con implacable nitidez a sus oídos. Pero en el monitor no se mostraba nada. Subiría entonces al otro piso de su casa. Allí, sobre el techo, tenía un cubículo que servía de atalaya de observación y además servía también para defender su casa junto a su fusil de franco tirador, un hermoso y antiguo Springfield.
Sin perder más tiempo, subió al siguiente nivel de su casa, luego, desde un cuarto donde almacenaba el trigo, el arroz y otros cereales, subió por una escalera de aluminio desplegable hasta ubicarse en su atalaya. Allí mismo tenía unos binóculos, los tomó y empezó a observar todo el horizonte a su alrededor. Veía los zombis cerca de su casa, más allá: las calles desiertas llenas de maleza con un manto de hojas secas que llevaban cuatro años cayendo sin que nadie las limpiase, también observaba las casas abandonadas al igual que algunos vehículos que estaban expuestos a la intemperie día y noche. Pero no divisaba ningún vehículo en movimiento ni tampoco alguno que no fuese de los mismos que habían dejado abandonados sus dueños. Allí estuvo observando ininterrumpidamente, por el espacio de media hora. Se volvía a cuestionar si había sido su imaginación. Esperó diez minutos más y bajó al patio de su casa, tenía que sacar las galletas del horno.
Las galletas estaban listas cuando el abrió su horno solar. Se puso un guante de agarraolla y retiró la bandeja para luego llevarla hasta su cocina. Olían muy bien pero no tomó ni una para probar. Estaba nervioso. Sabía y siempre lo supo, que su casa, al ser un refugio también era automáticamente un blanco para los saqueadores. Cuando su barrio fue evacuado y hubo quedado él solo, tres meses después, tuvo que defender su casa a fuego para evitar que personas hambrientas dispuestas a todo intentaran invadir su propiedad para robarle sus provisiones. Había quitado la vida a seis personas que ahora yacían en huesos alrededor de su casa, pero eran saqueadores inexpertos, cuatro años después, lo que hubiesen sobrevivido, serían muy fuertes y calculadores. Carl Roger tomó una cafetera, una botella de agua y volvió a subir a su atalaya. Allí se quedó hasta la una de la tarde. Tuvo hambre, pero no quería preparar almuerzo, solo bajó hasta la cocina, sacó un vaso de leche fría de la nevera, después se sentó a su mesa y la acompañó con algunas galletas. Había comido tres galletas y bebido todo el vaso de leche. Subió nuevamente hasta su atalaya y allí se quedó hasta las cinco de la tarde hasta que decidió vigilar su casa desde la sala.
Una vez en un su sala colocó una cómoda silla frente al monitor. Trajo una botella de licor y se dedicó a mirar. No colocó música esta vez, aún seguía nervioso, estaba alerta. Carl Rogers no confiaba en humanos, en nadie. Todos para él eran posibles saqueadores y asesinos. El licor, el cual era ron añejo proveniente del Oriente Venezuela, lo relajó un poco. Siguió tomado y sin darse cuenta ya estaba un poco ebrio, pero no dejaba de ver el monitor. Ya el sol se había puesto, así que colocó sus cámaras en modo de visión nocturna. Él seguía debatiendo con él mismo, si había sido su imaginación o había sido real. Entonces empezó a quedarse dormido.
—Tengo que ir Carl, es mi deber como médico. Para eso estudié, para salvar vidas—le dijo María, Carl estaba soñando y su sueño se iba convirtiendo en pesadilla.

Hace alrededor de 2 años

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#8

La pesadilla lo levantó casi a la una de la madrugada, era esa desagradable pesadilla que volvía siempre a él en dónde la perdía a ella para siempre por culpa de la maldad humana. Era una pesadilla cargada de profunda frustración, él siempre intentaba salvarla, pero nunca podía. La muerte de María había sellado por completo la pesada compuerta de aislamiento de Carl Rogers con la sociedad, ya no había entrada para nadie más.
Él se levantó de la silla y después se sirvió otra copa de ron añejo, la tomó de un solo trago y se dirigió hacia la cocina. Una vez allí bebió abundante agua fría de la nevera y luego tomó algunas galletas que puso en un pequeño plato, para irse otra vez al monitor donde volvería a vigilar. Siguió tomando ron, esta vez más pausado, logrando así lo que él quería: apaciguar un poco la angustia que le produjo el mal sueño de hace rato. Puso algo de música, el sueño se le había ido por completo. En su esterero había colocado lo mejor de Beethoven con arreglos y dirección de Gustavo Dudamel. Lo único que él consideraba bueno de los humanos era el entretenimiento audiovisual que ofrecían, incluyendo libros, y era porque un libro o una película de dvd jamás te iba a traicionar.
De repente, Carl Rogers observó un breve destello de luz en el monitor. Otra vez se puso alerta, terminó de dar un trago al vasito con ron que tenía en la mano y se clavó al monitor. Ahora sabía que no había sido su imaginación. Toda su atención estaba en la sección de la cámara uno (1) del frente de su casa.

Hace alrededor de 2 años

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MrsMadness
Rango7 Nivel 33
hace alrededor de 2 años

genial, estoy enganchadisima con la trama, un saludo :)


#9

El haz de luz había destallado a una cuadra de su refugio, específicamente en lo que fue la casa del Juez O´Hara. Allí en esa casa no había nadie, al menos no el Juez y su familia. Carl Rogers conocía muy bien a todos sus vecinos, a quienes él “casi siempre” vio como sus potenciales enemigos más cercanos y más peligrosos, por tal razón estaba obligado a conocerlos muy bien, porque Carl Rogers seguía apecho aquella máxima del sabio Sun Tzu, quién dijo: “conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo, y en cien batallas jamás estarás en peligro”.

Él decidió subir a su atalaya, ya eran las dos y media de la madrugada. Había llevado consigo tabaco para mascar, un recipiente donde escupir y también llevó sus prismáticos de visión nocturna, lamentó no tener prismáticos de visión térmica, pero ya no había civilización donde pudiera adquirirlos.

Allí, en su pequeña atalaya, vigiló con más ahínco, haciendo más énfasis en la pequeña mansión del Juez O´Hara y en su alrededor. Cuando eran las tres y media de la mañana, Carl Rogers estaba cansado de la vigilancia, se sentó un momento en la silla de su pequeña torre. Escupía fluidos de tabaco en el recipiente y sin darse cuenta, se quedó dormido. A las cinco en punto de la madrugada el canto de su gallo lo despertó pero también lo preocupó, ya que el canto de su ave confirma a sus presuntos enemigos que en su casa hay vida y comida.

Lamentó tener gallo, sabía que era una alarma para él pero también un indicador de la abundancia que escondía su refugio, pero tener gallos era necesario para él si quería tener aves de corral de manera indefinida; era un riesgo que bien valía la pena. En breve tenía que bajar a su patio para alimentar a sus animales y también darle mantenimiento a su refugio. Luego de otra hora de observación, bajó a su cocina, se preparó un café bien cargado y desayunó algunas tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. Comió rápido y salió al patio con una humeante taza de café. Se había ceñido su cinturón de combate dónde colocó su peligroso cuchillo, su pistola y además se había terciado una escopeta Remington automática de ocho tiros calibre 12.

Hace alrededor de 2 años

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#10

A pesar de lo malo y lo poco que había dormido, estaba bien alerta. Hizo lo de costumbre, recoger los huevos, alimentar a sus aves, darle mantenimiento al estanque, ordeñar sus cabras enanas y alimentarlas. No hizo mantenimiento ni a su jardín ni a su huerto, no jugó baloncesto ni tampoco hizo galletas, sino que se subió a su atalaya otra vez; lo rutinario lo había hecho muy rápido.

A plena luz del día se dedicó a vigilar desde su torre y fue allí cuando vio el capó de un carro que no tenía que estar allí, escondido entre los arbustos y la maleza de la casa del Juez O´Hara. Entonces ese era el vehículo que estaba merodeando el barrio. No estaba loco después de todo. Ahora pondría más energía a su vigilancia porque estaba consciente de que él estaba bajo acecho. Su casa estaba preparada para defenderse de una invasión. Había una única entrada desde el exterior, y ese era su un portón ubicado al frente de su casa, el portón no podía ser embestido por algún vehículo ya que frente a éste estaban sembrados dos grandes árboles por donde apenas podía entra un carro de manera muy lenta, ya que al hacerlo a alta velocidad inevitablemente el vehículo se estrellaría de lleno con uno de los árboles. Además, Carl Rogers podía activar por fuerza mecánica un parapeto conocido como “garras de tigre” que él ocultaba bajo la rampla de la entrada, el cual es sumamente eficaz para pinchar neumáticos e impedir el avance.

Así pasaron tres días de gran tensión para Carl Rogers, hasta que el vehículo encendió su motor y decidió avanzar, eran las nueve de la mañana cuando ese carro se puso en marcha y para su sorpresa, el vehículo lo conducía una mujer quien estaba sola.

Hace alrededor de 2 años

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Sacra
Rango8 Nivel 35
hace alrededor de 2 años

Me temo que la historia te tiene tan atrapado como a nosotros y que estás deseando avanzar, eso te lleva a no releer lo escrito y hacer las correcciones de erratas antes de publicar 😁.
Te entiendo perfectamente, pero de que acabes la historia el relato necesita un lavado de cara 😉

PedroSuarez_80
Rango12 Nivel 55
hace alrededor de 2 años

Pero tú me puedes corregir. @Sacra ves algo que necesite ser mejorado, tan solo dímelo, no me ofendería, ese complejo lo perdí hace mucho tiempo, y siempre es mejor cuatro ojos que dos. ;) @Sacra

Sacra
Rango8 Nivel 35
hace alrededor de 2 años

Son erratas sin más, con una relectura las ves, seguro.


#11

Detallaba el vehículo mientras avanzaba por la calle, el mismo iba directo a su portón. La calle, como todas las demás y cómo se dijo antes, estaba cubierta por millares de hojas secas y la maleza que se iba colando cada día a través de las resquebrajaduras de ésta. Observaba a la mujer, era rubia e iba vestida con una vieja chaqueta de cuero que tenía el logo de la Fuerza Aérea de US. Los zombis alrededor de la casa de Carl Rogers voltearon a sus espaldas atraídos por el sonido del motor y avanzaron hacia el vehículo en marcha, saliendo así de su letargo para avanzar lentamente. Carl Rogers por primera vez se dio cuenta que tener zombis alrededor de su casa era otro obstáculo defensivo para penetrar en su refugio, tendrían que abatirlos primero ellos antes de entrar. Entonces la mujer frenó el vehículo a unos cincuenta metros de su casa, luego sacó un letrero por la ventana que rezaba: “NECESITO COMIDA Y AGUA, NO TENGO MALAS INTENCIONES”. Aquella mujer estaba convencida de que la estaban observando, y de hecho era así, Carl Rogers la observaba. Hace mucho tiempo que él no veía a una mujer y esa mujer, a pesar de tener el cabello desaliñado y la cara sucia, era bonita. Luego la sobreviviente puso su carro en retro, dio la vuelta y se marchó, ya que tenía al menos unos cincuenta zombis que iban a por ella.

Carl Rogers sabía que la mujer volvería, ahora él tenía el dilema si asistirla en lo que ella requería o por el contrario, advertirle que se marchase de sus cercanías o de lo contrario le quitaría la vida de un disparo certero en su cabeza. A las dos de la tarde, la mujer se paró con su carro en el mismo lugar y sacó el mismo letrero con las mismas palabras. Carl tenía que hacer algo, tenía que haber una fórmula que no lo pusiese en peligro y que a la vez solventara la necesidad de la mujer. Se puso en los zapatos de ella, el tener hambre era algo terrible y él lo sabía muy bien; pero también recordó su bella y amada esposa que también quiso ayudar , lo cual pagó con su vida, de no haber sido así ella estaría con él ahora mismo, compartiendo la seguridad de su refugio y él sería feliz.

Meditó todos los aspectos posibles de que aquello representaba una trampa, una treta para irrumpir en su refugio, robarle sus cosas y acabar con su vida. La mujer podría estar sola, como también podría estar con ella una veintena de sobrevivientes, aunque consideró que no fuesen tanto ya que solo había escuchado el motor de ese vehículo. Si era una veintena o más de sobrevivientes tendrían que estar repartidos en otros vehículos, y en ese carro a lo sumo podrían caber solo seis personas incluyéndola a ella. Así que concluyó, que de tratarse de una trampa, tendría que defender su refugio contra un máximo de seis personas, y él no estaba solo después de todo, tenía a más de cien zombis a su alrededor que también podrían incrementar con facilidad sus números.

Hace alrededor de 2 años

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#12

Por otra parte, Carl Rogers había decidido no descuidar más su alimentación, si venía una batalla él tenía que estar a pleno en sus energías. Luego de meditar mucho sobre cuál sería su plan a ejecutar, tomó una botella de vino, puso música clásica y se dedicó a vigilar en su monitor.

Su plan consistiría en suministrar alimentos y agua potable a la mujer del carro, con la advertencia expresa de que tomase las provisiones y jamás volviese, de lo contrario la tomaría como enemiga. Esa noche el preparó un bolso de viaje con alimentos básicos. Había colocado dentro de éste: tres kilos de harina de trigo, tres kilos de arroz, un kilo de azúcar, un cuarto de kilo de sal, un poco de café, diversos enlatados, mayormente sardinas y atún, un tarro de mermelada, un kilo de su cosecha de mantequilla, dos kilos de su mejor queso madurado y algunas de sus galletas. El bolso contenía abundante provisiones, a lo que él añadió algunos antibióticos de amplio espectro, unas tabletas de analgésicos y cuatro botellas de agua y una botella pequeña de cloro concentrado para potabilizar agua contaminada. No entendía por qué estaba siendo generoso, aquellas cosas que ofrecía mayormente eran provisiones de su almacén que jamás iba a recuperar porque él no tenía ni los medios ni las tierras para producirlas. Concluyó que aún le quedaba algo de humanidad después de todo.

“Y si esa mujer estuviese realmente sola, y si fuese una buena persona. Tal vez su… o sus compañeros murieron por alguna gripe, una infección o un ataque directo de los zombis. Debe ser terrible andar a la deriva, sin cuatro paredes y un techo donde poder refugiarse, sin saber que se va a comer mañana o si mañana será el último día”, pensaba Carl Rogers. “Demonios, ¿qué me está pasando?, no Carl, no puedes, ni lo pienses. Te va a traicionar”, Carl meditaba la idea de poder dejarla entrar a su refugio, necesitaba una compañera, ella—María—lo aprobaría, querría que fuese así; pero también podría ser un error, un grave y a la vez un tonto error. Todo lo que había construido se podía venir abajo. No, desde luego que no podía tomar ese riesgo, no lo tomaría. Pero dentro de su ser aún latía un corazón.

Hace alrededor de 2 años

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#13

Si Carl Rogers quería entregar las provisiones a aquella mujer, tenía que crear una distracción a los zombis para llevarlos a la parte trasera de su refugio. Afortunadamente los zombis no solo tenían apetito por los humanos sino también por los animales vivos. Pero él tendría que comunicar su plan a la mujer. Podía usar su altavoz portátil o escribir en un letrero; era más fácil desde luego comunicar por su altavoz.
Cuando la mujer llegó con su carro a la misma hora, él ya estaba en su atalaya con megáfono en mano. La mujer sacó el mismo letrero, y él desde su atalaya comunicó su plan hablando en plural para hacer creer que, allí en su refugio había más de una persona:
— ¡Nosotros te vamos dar las provisiones, luego las tomas y te vas! ¡Si no lo haces daremos fin a tu vida!—indicó Carl Rogers.
Los zombis se empezaban a acercar al vehículo de la mujer y Carl Rogers de manera expedita comunicó su plan a la mujer.

Hace alrededor de 2 años

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#14

El plan consistía en lanzar al exterior el bolso con provisiones, las botellas de agua potable y la botellita de cloro concentrado; luego, con un par de gallinas puestas en una jaula, y esta jaula asida a una vara, Carl Rogers las llevaría al otro extremo de la casa, poco a poco, con el objetivo de mover toda la masa de muertos vivientes. Él haría todo lo posible para no perder sus gallinas ponedoras las cuales por razones obvias eran muy valiosas. La hora de la ejecución del plan iba a ser a las doce del mediodía. La mujer dio marcha atrás con su vehículo y se marchó.
A treinta minutos de la hora prevista, Carl Rogers llevó una escalera de aluminio desplegable al frente de su casa, muy cerca del portón. Subió por las escaleras con las provisiones y el resto de las cosas. El bolso con el contenido antes descrito lo arrojó al exterior y los zombis ni se inmutaron por éste. Después tomó la vara en donde estaba asida la jaula con las gallinas y se ubicó en la esquina derecha de su muro y a continuación sacó el cebo. Los zombis, al oler la carne fresca de las gallinas se empezaron a dirigir hasta esa esquina. Su muro medía poco más de tres metros. La horda de zombis se aglomeró allí, luego Carl Rogers fue desplazando el cebo poco a poco hacia la parte posterior de su refugio y a su vez los muertos vivientes se desplazaban, ellos no podían llegar a las gallinas pero lo intentaban con arrebato feroz. Una vez que él llegó con sus aves hasta la parte trasera de la casa, ató la vara a una de las vigas de acero en el muro que servía de sostén al alambrado de púas. Acto seguido, Carl Rogers subió rápidamente a su atalaya, desde donde vigilaría todo la operación con su Springfield.
La sobreviviente, una vez que se percató que el camino estaba despejado de muertos vivientes, avanzó hasta dónde estaban las provisiones. Se bajó de vehículo y empezó a recoger las cosas que le habían dejado. Carl Rogers la detallaba con el telescopio de su arma, era muy bella, también era delgada, no pesaría más de cuarenta y cinco kilos, y tendría de estatura 1,65 metros. Él solo la enfocaba a ella y se había descuidado de vigilar alrededor de la sobreviviente y, cuando empezó a hacerlo advirtió que varios zombis de otros lugares avanzaban hacia a ella.

Hace alrededor de 2 años

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Sacra
Rango8 Nivel 35
hace alrededor de 2 años

1,65 y 45 kg... los zombis van a pasar hambre si la pillan :-)


#15

La mujer ya había notado que los podridos venían por ella, y solo le faltaba tomar las botellas de agua y de cloro, meterlas en su carro y largarse. Súbitamente se escuchó un disparo, Carl Rogers abatía al zombi que estaba más próximo a ella. La mujer volteó para ver el zombi neutralizado luego vio hacia la atalaya, estaba sumamente nerviosa, dos botella se le cayeron y una fue a rodar alejada de ella. Otro disparo se escuchó y otro zombi cayó. De pronto empezaron a salir más zombis de quien sabe qué lugar, eran atraídos sin duda por el sonido de los disparos. El asunto se empezaba a complicar, Carl Rogers no había tomado en cuenta que muchos zombis estarían por allí ocultos entre las casas del barrio en estado de letargo y que ahora habían sido despertados. Se aproximaban muchos y si la mujer no se apuraba Carl Rogers no podría neutralizarlos a todos.
Cuando la mujer introdujo todas las provisiones en su carro, excepto aquella botella de agua que se fue rodando alejándose de ella, se dispuso a arrancar y a largarse de allí para siempre, pero su carro se había apagado, intentaba prenderlo, pero el vehículo no respondía. Desde la atalaya Carl Rogers seguía disparando con su Springfield, lo hacía con angustia, además, cada cinco disparos tenía que recargar su arma. Su plan no había resultado, la mujer sería devorada en breves instantes; al menos que él bajase, abriese su portón y la rescatase dejándola entrar a su refugio. Ya no había tiempo para pensar en más opciones.

Hace alrededor de 2 años

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#16

—Baja tu arma—le ordenó Carl Rogers a la sobreviviente.
La mujer bajó su pistola automática con la que hace rato se había defendido de los zombis, y la puso sobre el piso. El portón ya se había cerrado por completo y desde afuera se escuchaba los fuertes quejidos de los muertos vivientes quienes también arañaban y aporreaban el gran portón de acero reforzado.
Carl Rogers la apuntaba directamente a la cara con su Remington, cualquier movimiento en falso y la mujer perdería su cabeza.
—Pégate contra la pared, abre las piernas y levanta los brazos—volvió a ordenar Carl Rogers, quien luego se terció la escopeta para después empuñar su Beretta, puso el cañón de la pistola contra la espalda de la mujer y luego la empezó a revisar para ver si portaba otras armas. Lo que consiguió fue un cuchillo de cacería de una hoja mediana y bien afilada.
—No me interesa hacerte daño. Intentaré reparar mi carro y luego…—dijo la mujer con sus brazos levantados y pegados a la pared.
— ¡Silencio!—exclamó Carl Rogers, pegando con más fuerza el cañón de su Beretta contra la espalda de la mujer.
—Oye, no es necesario que…—habló la mujer nuevamente.
—Te dije… silencio.
La extraña, a pesar de ser una mujer hermosa, olía mal y Carl Rogers notó que, al tocar su cuerpo para revisarla, estaba bastante delgada. La ropa que llevaba puesta la hacía aparentar un peso que no era el suyo, tomando en cuenta que aún con la ropa lucía flaca. Sintió lástima por ella.
—Te quedarás algunos días aquí. Luego veremos qué plan llevar a cabo para que te vayas—dijo Rogers y luego advirtió: — Y si intentas cualquier cosa extraña yo mismo terminaré con tu vida y te arrojaré a los podridos. –Baja los brazos. Ya te puedes dar la vuelta. Mi nombre es Carl Rogers. ¿Cómo es el tuyo?
—Melissa, Melissa Porter—contestó la mujer luego de bajar los brazos y darse la vuelta.
— ¿Andas sola, Melissa?
—Sí, mi pareja murió hace dos semanas a manos de…
— ¿De quién?
—De un grupo muy extraño de sobrevivientes.
—Okey, luego me hablarás de ellos—dijo Carl Rogers—. Ahora, sígueme.

Hace alrededor de 2 años

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