Daniel_Idazlea
Rango7 Nivel 31 (1585 ptos) | Autor novel
#1

La gran mayoría cuenta, a modo de leyenda, que Flickas Flint nació en un día ordinario en circunstancias muy poco ordinarias; otros, relatan la historia con cierta repulsión en el rostro, al punto de estremecerlos por completo. No se puede culparlos, por cuanto contemplar a un niño con ojos y piel de sapo es algo capaz de causarle repelús al más intrépido de los corazones.

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#2

El nacimiento de Flickas Flint resultó ser bastante intenso. Gente yendo para aquí, otros yendo para allá, entrando y saliendo de la habitación vagamente iluminada
La partera indicaba: “¡Puja! ¡Tienes que pujar más!”, mientras la madre tenía el rostro empapado de sudor. Gritaba con tanta fuerza que más parecía que iba a dar a luz a su alma que a su propio hijo. No obstante, tras mucho esfuerzo, el niño llegó al mundo, entre gritos desesperados al sentir la azotada de aire entrar en sus pulmones, como una sensación contraria a su placentera morada en el vientre. La partera, por su parte, al darle el primer vistazo, dio un respingo ante la sorpresa de lo que veía en esos momentos. Sus ojos se abrieron como enormes platos y, al entregárselo al padre, salió corriendo hacia el exterior, exclamando inentendibles cosas a la distancia producto de un evidente espanto.
Apenas quedaron solos en el cuarto los padres con su hijo, pudieron ambos contemplar con mas detenimiento al recién nacido, el cual lloraba con más desesperación que antes, hasta que llegó con suavidad a los brazos de su madre donde se calmó. Ella, como la gran mayoría de madres, no ve la imperfección en sus crías: sólo ve hermosura.
No le importó ver el rostro deforme del niño, con unos ojos grandes y negros cual sapo, separados uno del otro por una considerable distancia. Sus labios eran gruesos y largos, y su nariz achatada. Sólo tenia tres dedos gruesos en cada mano, mientras ambos pies contaban con los regulares cinco, y la totalidad de su piel era lisa, exactamente como la de un anfibio.
—Pero míralo, ¿no te parece hermoso?— dijo la madre con una sonrisa invaluable en su rostro, como retornando desde un sueño abismal.
El esposo prefirió el silencio, y asintió sólo por compromiso. Ella percibió el disgusto, pero lo pasó por alto para acobijar a su bebé. En la mente de él, no era que su hijo no le parecía perfecto, sino le preocupaba los rumores ya generándose, seguramente por culpa de la partera asustada. Lo verían como un bicho extraño, lo marginarían por completo en el pueblo. Todos dirían: “¡Miren! Ese es el hijo del Doctor Flint. ¡Qué horrible!”, o cosas como “Qué pena, ¿no? No se merecía tal desgracia, pobrecillos”.
Automáticamente se mordía las uñas, sumido en sus absurdos pensamientos. No había pasado ni una hora desde el nacimiento y ya proyectaba un futuro nada apetecible para el recién nacido (y para él mismo).
Para el doctor Flint, su reputación era todo.

#3

Los años transcurrieron, y el pequeño, deforme Flickas Flint, creció notablemente sano. Ya a la edad de seis iba a la escuela, pero siempre con las miradas fijas en él, en su rostro horrible, y esos tres dedos repugnantes junto con esa piel lisa y extraña. Esas miradas, cabe mencionar, eran de los padres, porque los niños son ajenos a hacer distinciones; ellos prefieren jugar. El hijo del doctor Flint hizo amigos con mucha rapidez. Inclusive se podría decir que tuvo una infancia demasiado buena y alegre.
Lo malo ocurría al llegar a casa.
Su madre lo recibía con una oleada de besos y abrazos bien recibidos, claro ésta. Flickas era humilde de corazón. Para tan corta edad era bastante consciente sobre su aspecto, y sobre cómo éste era visto desde otros ojos.
No obstante, Flickas Flint, varios años después, empezó a tomar el desprecio con otro sentimiento. Para él la adolescencia fue un castigo cruel, hasta el punto de quedarse a gusto con la soledad. Siempre se encerraba en su cuarto, ajeno al mundo exterior. En la escuela era evitado por todos, no tenia amigos, ni siquiera podría decirse que tenía compañeros. La única razón por la cual acudía a la escuela secundaria era Lilian, la única que no sabía de su existencia, pero él sí la de ella. A través de sus deformes ojos, esa chica tenía los rizos más dorados del mundo, unos ojos verdes como esmeraldas celestiales, y una sonrisa capaz de sucumbir cualquier montaña. Cada oportunidad para hablarle era una bendición, haciendo tontos y forzados malabares para llamar su atención hasta que otros chicos jóvenes la convocaban, gritándole “¡Oye Lilian, aléjate del sapo ese!”, seguido de carcajadas hirientes. Qué extraño era asimilar que la risa tuviera una naturaleza tan traicionera.
Pero las maravillas tienden a aparecer en este mundo revestidas con trajes inimaginables, pues la naturaleza es cruel, sí, mas no insensata. Ello es aplicable al deforme Flickas Flint, quien a pesar de todo contaba con un talento envidiable que casi nadie conocía. En esas tardes que pasaba encerrado en su cuarto, su imaginación volaba febrilmente, captando todas las ideas para luego materializarlas sobre papel y finalmente transformarlas en invenciones llamativas que coleccionaba en secreto.