IzaroMarin
Rango5 Nivel 22 (573 ptos) | Escritor en ciernes

SIPNOSIS

La diosa Flamma observaba con tristeza lo que antes había sido su reino, ahora bajo la dictadura de unos extraños los cuales se hacian llamar los descendientes de su hermano Ignis. Odiaba tener que estar encerrada en el espacio, sin poder hacer nada, solo esperar a que pasara el tiempo y los acontecimientos lo cambiaran todo.

Lurra ya no era la misma y lo sabia, ya casi no había corazones puros y se notaba. La gente moría por hambre y sed, había esclavitud y traiciones. Las cuatro naciones se regian por la ambición y la codicia, bueno tal vez Nani no tanto.

Flamma sabía que pronto ese descontrol colapsaría, que las revoluciones estaban por llegar y ella esperaba ansiosa que eso ocurriese, tal vez así podía descender otra vez.

Hace más de 1 año Compartir:

5

21

#2

PRÓLOGO

En la lejana Barria, lugar que había caído en el olvido para el Aquam Dei -Dios del Agua-, la noche cubría el cielo estrellado mientras solo se podía escuchar el suave sonido del viento y el de las olas de arena al chocar contra las estrechas callejuelas de roca y excrementos.

En una de estas callejuelas se encontraba un lugar lleno de vida y de luz, una taberna, la única de la aldea Ramil, estaba siendo anfitriona de la reunión que decidiría el futuro de muchos y del fin de algunos más.

Todos se encontraban sentados en viejas sillas de madera y hablaban acaloradamente, todos, excepto tres personas indiferentes al tema que se trataba.

Una de ellas era una silueta encapuchada de negro apoyada en la ventana, mirando de lado la tranquilidad del exterior.

Otra de las personas era el dueño del local que mimaba a un perro sarnoso al cual le faltaba una oreja, era un hombre gordo al cual sus extensos veranos le habían sentado mal.
De vez en cuando levantaba la vista y observaba a una joven de cabellos ceniza que revoloteaba de un lado a otro de los presentes asegurándose de que a nadie le faltara Uisce, bebida dulce estrella en la zona.

—No podemos continuar así, algo habrá que hacer. —Declaró el ex-alcalde golpeando su puño contra la mesa de madera carcomida.

Era un hombre de piel oscura -como la mayoría de los habitantes de Barria-, de ojos claros y mirada decidida. Hacía una década desde que había vuelto, junto con el resto de los hombres supervivientes, de la Guerra del Dayiq.

La guerra había provocado cambios y nada había vuelto a ser igual.

—¡Eso está claro! —protestó una mujer de mediana edad.

—Sí. ¿Pero el que? —inquirió su hermana sentada en la silla de al lado.

—¡Una revuelta! Los Bayad nos tienen rodeados y los impuestos son impagables, tenemos que revelarnos. —Soltó uno de los veteranos de guerra con mirada fría y calculadora.

Esa sentencia había rondado por la mente de todos los presentes durante la velada pero ninguno se había atrevido a decirlo en voz alta, por temor a las represalias.

El silencio se había extendido por la taberna y el sonido del viento se escuchaba chocar contra las ventanas.

—Aunque es la cosa más lógica es un caso perdido,  no podemos arriesgarnos a perderlo todo. No estamos preparados y los Bayad son muy poderosos.

—No me refería a hacerlo mañana mismo, podemos entrenarnos y esperar al momento oportuno. —Dijo otra vez el veterano con la vista fija en el ex-alcalde.

—¡Lo que no podemos hacer es estar de brazos cruzados mientras ellos se ríen en nuestra cara! —gritó uno de los hombres que había pasado la velada escuchando mientras se dedicaba a vaciar la jarra de Uisce.

Su rostro se había tornado rojizo, producto del alcohol que circulaba por sus venas.

El ex-alcalde iba a protestar algo cuando la caracola sonó.

Era un aviso, el toque de queda había llegado junto con el crepúsculo.
Poco a poco el local se iba vaciando, dejando al dueño y a la joven camarera solos.

(...)

—Hoy ha sido una larga jornada. —El dueño, llamado Kalab, dejó de acariciar al perro para detener su mirada en la chica a cual quería como si fuera hija suya, como la que nunca había podido tener. —Vete a dormir Kendra, ya me ocupo yo de este desorden.

Kendra se limitó a asentir y se quitó el harapiento delantal. Para posteriormente subir los escalones que comunicaban a las habitaciones en silencio.
Dejando a su padre recogiendo y limpiando la taberna mientras sus pensamientos vagaban preocupados por lo que dentro de poco sucedería.

Y mientras tanto Kendra, en la soledad de su habitación, miraba el horizonte de dunas con ojos llorosos.

Era una muchacha callada y retraída, le costaba abrir su alma a los demás incluso a su propio padre.

Un alma que ocultaba secretos y sueños que nunca se podrían llegar a cumplir.

Un alma rota.

Hace más de 1 año

4

6
IzaroMarin
Rango5 Nivel 22
hace más de 1 año

@Prometeo muchas gracias, yo tambien me he pasado por tu libro "biografia"


#3

CAPÍTULO UNO: Un nuevo día

La caracola volvió a sonar al amanecer, era un nuevo día en la aldea de Ramil, aparentemente como uno cualquiera, aunque el destino podía jugar una mala pasada.

La luz atravesó las cortinas de la habitación que Zaeim, el ex-alcalde, compartía con su mujer.

No había podido pegar ojo después de la reunión. ¿Cómo podía hacerlo si su pueblo se iba a sacrificar a lo tonto?

Después de la derrota de la Guerra de Dayiq, todo había sido un desastre.

La guerra había durado siete largos veranos.
Se habían enfrentado a sus compatriotas, los barrianos del norte, por un puñado de tierras que no valían para nada, pero que por ese entonces les importaba.

La cosa es que habían perdido la guerra y la mayoría de sus hombres.

La hambruna se expandió por toda Barria.

Los Bayad, los descendientes del Ignis Dei -Dios del Fuego- aprovecharon está ventaja para salir de las tinieblas y tomar el control del país. Sometiendo a toda la población.

En su habitación, Zaeim se debatía sobre su futuro y pasado, mientras su esposa dormía plácidamente y la aldea comenzaba a movilizarse.

(…)

Algo parecido ocurría en la taberna de la aldea.

Kalab, el dueño, preparaba el desayuno para él y su hija mientras escuchaba Jazz en su Age, la única radio y artefacto de telecomunicación que tenían permitido utilizar.

El perro esperaba paciente debajo de la mesa a que le cayera algo de desayuno.

Kendra aún estaba acurrucada en su cama, la caracola le había despertado pero no tenía ganas de levantarse, no quería volver ahí abajo y llevar la rutina de una subordinada.

Había pasado bastante rato hasta que se decidió por bajar, no le gustaba ser una cobarde.
Así que, con la ropa del día anterior y la melena completamente despeinada bajo las escaleras con paso decidido.

Su padre la esperaba en la cocina devorando un bocadillo de carne.

-Ya estaba por ir a buscarte y sacarte a patadas. -Dijo entre mordisco y mordisco.

Kendra se limitó a remover su cuenco de gachas sin decir nada.

-Últimamente estas muy callada, ¿Ocurre algo? -Kalab dejó el bocadillo sobre el plato y miró fijamente a su hija esperando una respuesta suya.

Kendra se limitó a negar. No sabía lo que le pasaba, solo sabía que cada día se sentía peor.

-Sabes que puedes contar conmigo. -Insistió su padre y sintió como se le nublaba la vista. -Bueno, si no quieres contarme no insistiré.

Dicho esto tiró el resto del bocadillo al suelo y el perro comenzó a comérselo. Kalab se levantó molesto y salió a la calle.

Kendra se quedó con la mirada perdida y con los ojos del perro fijos en ella.

«Me estoy ahogando».

Sentía como le faltaba el aire y los ojos le comenzaron a escocer.

«Este no es un escozor de llorar. Esto es como cuando... ¡No!¡No puede volverme a pasar otra vez!».

Se levantó del taburete y echó a correr saliendo de la taberna.
Kalab la siguió con la mirada hasta que se perdió por una de las callejuelas.

En su corrida apresurada se cruzó con los obreros que iban a la planta de petróleo y que la miraron extrañados.

Giró en otra esquina y consiguió salir a campo abierto, alejada de miradas que la pudieran descubrir.

El cuerpo le comenzó a subir de temperatura, con una potente fiebre.

Andó todo lo que pudo alejarse de la aldea mirando hacia todos lados por si se topaba con algún Bayad.

Pero todo estaba despejado.

Cuando notó que sus piernas no daban más de si se dejó caer sobre la arena.

La brisa soplaba y hacía suaves hondas en las dunas, borrando sin cuidado las pisadas que habían quedado grabadas en la duna.

(…)

Ya era mediodía y Kalab atendía a algún aldeano que había decidido tomarse una copa después de la comida y entablar una tranquila conversación.

-Y entonces fue él y le dijo: ¡Esa es mi mujer! -el hombre canoso rompió a reír por un supuesto chiste aunque Kalab no le prestaba atención.

Su mente estaba preguntándose donde estaba metida Kendra, desde que la había visto salir corriendo de casa no la había vuelto a ver.
Asintió mecánicamente cuando el hombre le hizo una pregunta cualquiera.

-¡Kalab!¿Acaso me estas oyendo? -llamó su atención el hombre que tenía delante. Emitió un "Mmm" como respuesta. -Te estaba preguntando cómo está tu hija Kendra.

Eso lo saco del todo de su ensoñamiento y miró hacia todos lados buscando a su niña.

-Bruq la ha subido hace un rato a su habitación, creía que te habías dado cuenta y habías hablado con ella.

«Viejo loco». Gruñó para sus adentros y subió hasta la habitación de su hija.
Bruq estaba junto a la cama, dónde una Kendra inconsciente descansaba.

-¿Cómo está? -preguntó aún desde el marco de la puerta. Bruq además de ser un amigo suyo era el curandero de la aldea.

-La encontré cerca de la Valla Separatoria. Estaba inconsciente ya, creo que le dio una insolación, pero no estoy seguro ya que algo no encajaba. -Bruq dudó al decir esto último, no sabía si estaría decir la verdad. No quería provocar un mal mayor.

-¿Qué paso, Bruq? -dijo desesperado ante el silencio de su amigo.

Bruq se miró las manos y tomó fuerzas para decirlo.

-Estaba...

-¿Papá?

Hace más de 1 año

0

7
#4

CAPÍTULO DOS: Día de impuestos

¡Bruq iba a contar su secreto! Tenía que evitarlo.

—¿Papá? —susurró fingiendo estar adormilada.

Los ojos de ambos hombres se centraron en ella.

Movió la cabeza en dirección de su padre e hizo ademán de incorporarse, pero Kalab rápidamente la detuvo con un gran abrazo.

—¡Kendra! Me tenías muy preocupado. —Dejó salir una lágrima mientras estaba abrazado a su niña.

—Papá… Me estas ahogando. —Dijo Kendra como pudo.

Kalab la soltó como si quemara y se limpió la lágrima rebelde con la manga de su camisa.

—¡Oh! Lo siento. —Farfulló como pudo.
Bruq se sonó la garganta y se incorporó.

—Creo que es mejor que me vaya. —Salió apresurado por la puerta, aunque ninguno de los dos le paró cuenta. Ya que se estaban mirando fijamente.

—¿Y bueno? Me tendrás que dar una explicación. —Kalab se cruzó de brazos con las piernas separadas, resaltando su prominente panza.

—Umm, bueno… Es que… —Balbuceó y su padre alzó las cejas. —Necesitaba pensar a solas y salí del pueblo, me senté en una de las dunas y me desmayé. Eso es todo.
—Está bien, haré como si te creyera. —Kalab resopló y salió de la habitación.

«Espero que sólo sean cosas de la adolescencia».  Ese era su mantra de todos los días.

Kendra se quedó mirando la puerta de madera cerrada.

¿Qué acababa de pasar?

«Has cabreado a papá, imbécil». La tristeza la envolvió.

Se sentó en su sitio habitual junto a la ventana.

Parecía que ya fuera media tarde al juzgar el cielo, pero era consciente de que no era tan tarde.

Al final decidió bajar e intentar disculparse.

En el fondo quería contarle todo a Kalab, pero algo en su interior le prohibía decírselo y eso le estaba dañando por dentro.

Su padre estaba en la cocina seguramente cocinando algo.

—No me interesa lo que me tengas que decir. —Le contestó nada más entrar en la estancia, dándole la espalda a su hija. —Ve a atender la barra.

La verdad es que a Kendra no le había sorprendido su actitud, así que, sin mediar palabra, se posicionó tras la barra a esperar que alguien viniera.

(…)

La taberna estaba en silencio y Kendra comenzó a dormirse sentada en un barril de Uisce.

Los gritos y jaleo de la calle la despertaron provocando que se cayera al suelo, se arrastró hasta quedar escondida debajo de la barra.
Kendra tanteó las tablas roídas hasta encontrar el cuchillo que siempre escondía y lo agarró con fuerza.

Los rayos de la mañana entraban por la ventana sin cristal de al lado de la puerta, una silueta blanca y azul se asomó por ella antes de derribar la puerta de una fuerte patada.

Kendra intentó calmar su respiración, no era recomendable que la descubrieran escondiéndose.

—¡Salgan todos, es día de impuestos! —gritó el recaudador haciendo que se le erizaran los pelos como a un puercoespín.

Unos pasos apresurados se oyeron bajar las escaleras junto con unos cuantos tropezones.

—¡Señor, lo siento pero no puedo pagarle con monedas! Apenas vienen clientes a la taberna —. Suplicó Kalab arrodillándose ante el ganándose una patada en la cara.

—¿Vive alguien más contigo?

—No, solo soy yo. Pero puedo pagarle con barriles de Uisce —. Dijo cubriéndose la cara asustado.

—¿Uisce?¿El mismo que el gran Qeddar te dio para que pudieras vender?

—Si, señor.

—¿Tengo que repetirte como van las cosas por aquí? El gran Qeddar os permite vivir en sus tierras a cambio de unos impuestos moderados que se recogen cada Talamh en un día aleatorio, solo se pueden recoger monedas, personas o ganado, no alcohol de pobres.

—Por favor, no tengo nada mas para dar.

—Si, tu vida. —La sonrisa del rubio fue cínica y malévola.

El recaudador esposó a Kalab a uno de los pilares de la taberna y se acercó al escondite donde estaba Kendra.

Se oyó cono se servía una copa de Uisce y un vaso romperse.

—Esto está asqueroso, no se como podéis apreciar esta bebida empalagosa y mugrienta, pero de igual manera también me lo llevaré. —Volcó el barril y lo hizo rodar hasta la puerta, con la intención de llevarlo al portal que habian creado en la plaza de la aldea. —Enseguida volveré a por mas, no me extrañes mucho.

En cuanto Kendra perdió de vista los pies del recaudador salió gateando de su escondite, cuchillo en mano y se puso a intentar serrar las esposas.

—Date prisa el bayad no tardara en llegar.

—Eso intento, tu céntrate en vigilar la puerta. —Kendra desde su posición no podía ver lo que ocurría fuera pero él sí.

Intentaba cortar el metal azulado cosa que resultaba imposible ya que era muy duro y los dientes del cuchillo acabaron destrozándose.

—Pox, pox, pox... —Maldijo mientras agarraba con la tela de su camisa uno de los cristales del vaso roto e intentó utilizarlo sin éxito, haciéndose un corte en la mano. —¡Pox!

—Niña, no digas malas palabras y céntrate en quitarme esto. —Giró la cabeza hacia su hija y la miró molesto.

—Y tu en vigilar que nadie venga.

—Demasiado tarde. —Uno de los recaudadores entró en la taberna y observó la situación.

Kendra se abalanzó hacia el empuñando el cuchillo roto y al final solo consiguió acabar en el suelo esposada y con un fuerte dolor de costillas y con la mano ensangrentada.

—Tu nos servirás de pago. —El bayad la alzó de manera brusca.

—No por favor, llévame a mi y los barriles de Uisce, pero a ella no. —Suplicó Kalab intentando levantarse sin éxito.

—¿Por qué iba a hacer eso? Nos vamos a divertir mucho con tu pequeña qanciq.

El recaudador la lanzó al exterior y cerró como pudo la destrozada puerta, símbolo de que en ese hogar ya se había recaudado.
La volvió a levantar y Kendra entre lagrimas escuchó los sollozos de su padre que se llegaban a escuchar entre todos los gritos de los aldeanos, ella era una entre muchas otras.

Observó mientras caminaba sujeta al hombre las callejuelas que ya nunca podria volver a recorrer con la libertad propia de una dictadura.

Hace más de 1 año

0

4
#5

CAPÍTULO TRES: De compras

Unos brazos firmes la consolaban mientras Kendra lloraba desconsolada pensando en su padre y en su futuro.
La que la acunaba era la chica más fuerte que Kendra había podido conocer jamás, Dost nunca lloraba ni cuando mataron a sus padres en un sacrificio colectivo en nombre del Ignis Dei.

Ella era la única amiga que había tenido ya que los demás la acosaban por ser diferente al resto, pero Dost se apiadó de ella y estuvo a su lado consolándola, ella siempre le consolaba aunque pensara que era una debilucha.

—Tranquila, todo saldrá bien.

Nada más salir del portal los habían enjaulado separándolos por sexo y edad con una sabana tapando sus barrotes, su jaula pese a ser igual que el resto era la más llena, no podían ni mover un pie sin pisar a otras esclavas.

—Mira, cálmate y te enseño algo.
Kendra se limpió los mocos con la mano y alzó la mirada hacia Dost.

—¿El que? —parecía una niña inocente lo que nunca había dejado de ser pese a ser ya una adulta joven.

Dost le señaló una rajita en la sabana que permitía ver el exterior a sus espaldas. Kendra acercó el ojo al agujero y observó sorprendida el paisaje, estaban en el comienzo del desierto, en una explanada de arena, un escenario se levantaba al lado de su jaula y un publico esperaba impaciente el comienzo de la subasta, pero lo sorprendente se encontraba más al norte, una gran ciudad oscura se alzaba con unos rascacielos puntiagudos y unas nubes negras cubrían el cielo.

—¿Eso que es? —murmuró sorprendida.

—Fiseng. —Dijo de manera natural.

—¿Fiseng? —preguntó aun sorprendida aunque era obvio que lo que tenían delante era la capital.

—Sí, la capital y hogar de nuestros queridísimos mandatarios bayad, además de ser la cuna del Ignis dei y…
La sabana fue retirada de golpe, lo que provocó que todas pegaran un respingo.

—Todas vayan saliendo en fila de una a una.
Kendra miró a su amiga ponerse de tras de ella, por un momento había guardado la esperanza de que idearía un plan para escapar lo que al parecer no tenia intención de hacer.

Al salir las esposaron otra vez y en fila india esperaron, un guardia estaba a su lado vigilando que no hicieran nada extraño. Kendra y Dost estaban en mitad de la fila.

—Y la primera en salir es esta joyita negra recién sacada de las lejanas tierras del sur, empezamos con cincuenta gumus. —Se escuchó una voz de hombre a través de un extraño artefacto de metal nada mas que una pequeña niña de tez oscura subiera con paso asustado las escaleras.

(…)

La subasta siguió su curso y no tardó a tocarle a Kendra su turno, la cual no había parado de llorar en todo el rato.

—¡No te preocupes!¡Acabaremos juntas y a salvo ya lo veras! —gritó Dost al ver que se la iban a llevar.

Subió los escalones con tropiezos y se dejó caer en el suelo nada mas subir mientras todo el publico la observa arrodillada enfrente de ellos y con los ojos cerrados.

—¡Pero que tenemos aquí! Una Boz es algo insólito y como lo habrán deducido ya, algo muy preciado, comenzamos con setenta qizil. —Kendra se resignó a ser simple mercancía al oír la voz del hombre. —Setenta y cinco para el encapuchado, ochenta para el caballero barriga-profunda ¡noventa para la dama! —el guardia que la mantenía esposada tiró de la cadena que la unía a ella por la muñeca para que se levantara lo cual no consiguió y Kendra siguió arrodillada en el suelo. —Vaya, cien para el encapuchado! —ante el grito del subastador Kendra levantó la vista sombrada eso era mucho dinero. —¿Cien a la una?¿Cien a las dos?¿Cien a las tres?¡Vendido!

El guardia volvió a tirar de ella y esta vez Kendra si que se levantó y se dejó llevar escaleras abajo mientras arrastraban a Dost por ellas.

—Y aquí tenemos a esta jovencita y por lo que me han contado es una chica dura, ¡empecemos con cuarenta qizil!

Se detuvieron al lado de las taquillas donde el encapuchado sacó su bolsa del macuto que escondía tras la capa y comenzó a contar monedas.

—Parece que le has gustado mucho. —Se burló el guardia recostándose en la pared de la taquilla, Kendra se limitó a ignorarlo y observar el escenario.

—¡Vendido para la dama!

Hace más de 1 año

0

4
#6

CAPÍTULO CUATRO: "No soy una niña a la que puedas engatusar"

—¿Hacia donde vamos?

Habían empezado a andar entre las dunas y los cuatro soles resplandecían en lo alto del cielo siendo Flamma la más potente.

—Hacia delante. —Su voz era cortante y en todo el rato del interrogatorio no había emitido mas de tres palabras en una frase.

—¿Con que rumbo? —Kendra ya había dejado de sollozar y se había serenado.

—El de mis pies.

Kendra guardó silencio ideando un nuevo plan para escapar ya que al parecer su nuevo amo no era ni amigable ni confiado.

—¿Cómo te llamas? —la pregunta le sorprendió a Kendra pero le contestó con rapidez.

—Kendra.

—Bien.

—¿Tú? —insistió al ver que él no hacia acción de decirlo.

—No es relevante. —Era tan cortante como el cuchillo ideal de cualquier esposado.

—¿Y que es relevante? —observó mirándose las muñecas enrojecidas y quemadas por el rusiente metal.

—Encontrar un buen sitio para pasar la noche. —Era la frase más larga que había dicho pero seguía siendo muy borde.

—Disculpa. —Kendra se detuvo para hacer que el encapuchado se girara hacia ella y alzó las manos inmovilizadas. —¿Podrías quitármelas? Hace mucho calor y eso ha hecho que estén rusientes y me están calcinando la piel.

—No.

—¿Por qué?

—Yo llevo la capa y no me quejo y tu llevas las esposas y la cadena y tampoco te tienes que quejar.

—Nadie te obliga a llevar esa capa mugrienta. —Protestó mientras reanudaban la caminata.

—¡No seas impertinente! Soy tu amo y me debes respeto.

—No soy impertinente, solo digo la verdad.

—La verdad es relativa. —Gruñó limpiándose el sudor de la frente.

—¿Tienes calor? Es que tendríamos que dormir de día y andar durante la noche así el frio Soyuq no nos devorara. —A ella el ardor del desierto no le afectaba tanto, estaba acostumbrada.

—Tu no eres quien para decir lo que tenemos que hacer.

Kendra molesta guardó silencio y se dejó guiar entre la nada.

(…)

—¿Para que me has comprado si no soportas mi presencia?

Se habían detenido debajo de una duna y el encapuchado había empezado ha preparar un campamento para pasar la noche mientras que Kendra estaba de brazos cruzados sentada en la caliente arena y sí, por fin podía cruzarse de brazos porque le había cambiado las esposas de sitio y ahora torturaban sus tobillos.

—No molestes.

—¡Como que no moleste! —volvió a llorar a lagrimón suelto y a gritar a puro pulmón. —Me han separado de mi padre, de mi hogar, de mi amiga y no pude hacer nada para evitarlo ¡Y me dices que no exija respuestas!

—No llores. —Reprochó y tiró las ramas secas que había sacado de su macuto para sentarse a su lado y Kendra se esperanzó al creer que por fin la iba a soltar y por lo menos le diría su nombre. —Te vas ha deshidratar.

Y con eso se levantó dejando a una Kendra a un mas molesta y dolida.

—¡Pox! —le gritó llevándose una bofetada.

—No me insultes y mucho menos berrees como una descosida, vas a atraer a los Canavarlar y estoy seguro que no querrás eso.

Kendra pestañeó intentando contenerse las lagrimas y cuando posó su mirada en el encapuchado vio que había hecho una hoguera no muy grande.

—¿Los Canavarlar? —preguntó confusa.

—Si, los de los cuentos. ¿Tu papaíto no te contaba cuentos o que? —negó con la cabeza y el encapuchado sonrió, con la ayuda de la luz del fuego se le podía ver el mentón, uno afilado con labios finos y rosados los cuales ahora formaban una mueca macabra. —¡Ja! Tienes suerte de que a mi si, pues veras: los Canavarlar eran los guardianes del palacio Soyuq, hogar de la diosa Flamma la cual aun intenta llegar a casa, ellos tras lo ocurrido con el dragón Noctis escondieron bajo la arena el hogar de su ama para que así nadie fuera capaz de habitar allí, esperando a que ella bajara de los cielos. Así crearon el desierto de Soyuq. Ellos protegen su palacio de día de cualquiera que intente perturbar la paz y por la noche descansan dejando a los peregrinos a merced de la furia de Talamh. —Detuvo su relato y Kendra la cual había escuchado atentamente alzó la vista hacia él, quien se había divertido mucho observando las expresiones de la muchacha. —Así que mocosa pox, como oses interrumpir la calma te lanzare sobre la hoguera y te calcinaré aunque los Canavarlar no aparezcan.

—No soy un niña pequeña a la que puedes engatusar.

Hace más de 1 año

0

3
#7

CAPÍTULO CINCO: “Tú déjamelo a mi"”

Era de noche y Zigor intentaba dormir pero se oían ruidos extraños desde el pasillo.

-Enzo -. Llamó a su mejor amigo que roncaba en la litera de abajo. -¡Enzo! -gritó más fuerte pero los ronquidos siguieron.

«Que asco de hombre. Al final siempre tengo que hacerlo yo todo». Rezongó bajando de un salto con una de sus katanas empuñada mirandoal suelo.

Agudizó el oído puesto que el camarote estaba en total oscuridad. Los demás no estaban en sus catres.

«Esto es raro».

Los ruidos del exterior se acercaron a la puerta y pudo percibir el sonido de acero contra acero.

«¡Qué sinvergüenzas! Montan una fiesta y no me invitan».

Abrió un poco la puerta, lo suficiente como para poder ver y no ser visto.
Toda la tripulación rodeaba a un hombre que estaba arrodillado con la cabeza gacha y agonizando. De inmediato lo reconoció.

El pasillo era estrecho y había una veintena de hombres agolpados en él.
Uno de ellos estaba apoyado en la puerta, sólo con limitarse a sacar la hoja por la rendija de la puerta podría decir que su momento de entrada sorpresa habría llegado a su fin.

El hombre cayó al suelo con una herida que le atravesaba el corazón.
Abrió la puerta de golpe dejando que la tripulación analizara lo ocurrido.

-¡Bienvenidas señoritas, al Circo del Boicot! -exclamó alzando la katana y rozando sin querer el cuello de uno de los hombres rompiéndole la tráquea. -Ups, lo siento Rhik.

Los hombres seguían sin reaccionar mientras que Zigor se volvía a felicitar por ser un peligro con cualquier arma.

Agarró al hombre del suelo y lo metió sin mucho cuidado en el camarote provocando que soltara un grito de dolor.

Iba a ponerse manos a la obra y un par de hombres hicieron ademán de lanzarse contra él pero unas manos lo echaron para atrás y cerraron la puerta tras de sí, haciendo que los piratas chocaran contra la madera.

Se apresuró a mover una de las literas y arrancar la puerta.

-Ya era hora de que te levantarás -. Le reprochó colocando otra.

-Era mucho más entretenido ver el espectáculo del Circo del Boicot -. Bromeó Enzo recostando a su antiguo capitán en su cama. Zigor detuvo su faena para fulminarlo con la mirada. -Está inconsciente y ha perdido mucha sangre -. Comentó mientras le hacía un torniquete con un trozo de sábana.

Los piratas de afuera no paraban de golpear la puerta y pronto cedería.

-Esto no durará mucho -. Zigor volvió a mirar la puerta. -Tenemos que salir de aquí.

El ojo de buey del camarote era muy pequeño como para poder salir por ahí.

-Voy a abrir -. Dijo serio moviendo una de las literas que bloqueaban la puerta.

-¿Qué? No -. Protestó Enzo.

-Sí.

Zigor movió otra de las literas haciendo que Enzo se apresurara a coger el látigo de pinchos que descansaba debajo de la cama.

(…)

-Te dije que era una mala idea -. Gruñó Enzo por lo bajo, no quería que les volvieran a golpear.

-¡Oh, cállate! Era eso o dejar que derribaran la puerta y morir como unos cobardes.

Habían conseguido derribar a unos cuantos pero eran demasiados para sólo dos, aunque en opinión de Zigor sólo habían sido uno y medio ya que Enzo no era buen luchador tal vez porque se empeñaba en utilizar un inservible látigo.
Pero volviendo al tema, habían sido demasiados y se les habían abalanzado, reduciéndolos hasta el punto de no poder dar más batalla.

Ahora se encontraban los tres atados de pies y manos en la popa del barco.

Estaban heridos y aparentemente desarmados. Enzo tenía escondida una pequeña navaja en el bolsillo del pantalón.

-Aún recuerdo cuando os cambiaban los pañales ¿Sabeis? Es una lástima que muráis junto a este traidor -. Comentó el cabecilla entre risas, sólo estaba él, restregando su victoria, mientras los demás piratas celebraban llenando sus estómagos con Gaothi.

Él también estaba ya borracho y tenía ganas de unirse con los suyos , por lo que no sería difícil.

Zigor prefirió no decirle quién era el traidor y planeó una ruta de escap, dejando marchar al nuevo capitán.

Estaban prácticamente a un paso del vacío, miró a Enzo, parecía que ambos habían pensado en lo mismo.

Zigor contó mentalmente hasta siete -manías suyas- y saltó al agua seguido por Enzo.

El barco siguió sin rumbo sin percatarse de sus fugitivos, el agua del mar pronto se calentó con el roce de la piel de Zigor.
Con ayuda de la navaja de Enzo cortó las ataduras de este y Enzo hizo lo mismo con él.

-¡Me has cortado! -chilló Zigor cuando notó el escozor de la sal.

-Te lo merecías por no hacerme caso -. Refunfuñó volviendo a guardar la navaja. -¿Y ahora qué? No tenemos casa, no tenemos armas... ¡Ni siquiera estamos vestidos!

Zigor lo abofeteó para que se calmara, aunque sólo era una escusa para poder desquitarse con los gruesos mofletes de su amigo.

-Tú déjamelo a mí.

-Te recuerdo que la última vez que te hice caso acabemos huyendo como los cobardes que tanto quieres.

Se volvió a ganar otro golpe y acabaron los dos peleando e intentando ahogarse uno al otro en vez de detenerse a pensar una solución.

Hace más de 1 año

0

4
#8

CAPÍTULO SEIS: El “médico”

Zigor dejó que la suave corriente los llevara a la orilla de una playa desconocida.

—Si mis cálculos no fallan estamos en Ke Awa. —Comentó Enzo mirando a su alrededor.

La playa era de arena fina y estaba rodeada por altas palmeras. No había nadie.

—¿En serio? —se mofó su amigo encaminándose hacia el norte con paso decidido.

—¿A dónde vamos? —preguntó Enzo siguiéndolo como si fuera su perrito faldero entre el bosque de palmeras.

—A la ciudad, obviamente.

—¿Estás seguro de que es por aquí? —sólo recibió un asintimiento como respuesta.

Era en esos momentos en los que Enzo era consciente de la sangre que corría por las venas de su compañero

Hace más de 1 año

0

3
#9

CAPÍTULO SIETE: Lo que Brais se dejó en la choza

Estaban en una taberna de mala muerte, su desgastada y escasa ropa había sido sustituida por algo más elegante y sus heridas habían sido curadas.

En la barra, Brais charlaba alegremente con el tabernero y los otros dos estaban de morros, aunque Enzo sabía disimularlo mejor.

El hombre se fue a la otra punta de la barra para atender a unos nuevos clientes y Brais se volvió por primera vez hacia sus acompañantes.

—Hoy cuando amanezca iremos de compras. —No pudo evitar mostrar la ilusión que tenía por eso. —Mi ropa es muy pequeña para vosotros.

Hizo un gesto de inocencia y Enzo volvió a estirarse para intentar hacer más grande la camisa.

La verdad es que Enzo y Zigor iban hechos un cuadro, a Enzo le iba muy ajustada la ropa, pero larga y a Zigor le iba pequeña en todos los sentidos. Hasta llegar el punto de que ya tenían un par de costuras rotas.
Pero aun así iban elegantes, o eso pensaba Brais.

—Estáis muy callados. ¿Pasa algo? —cada vez que Brais hablaba con su fingida inocencia a Zigor le daban aún más ganas de partirle la cara, pero tenían que seguir con el plan que habían ideado en un momento cuando el rubio los había dejado respirar hace un rato.

Una chica pelirroja se acercó a ellos contorneando las caderas. Tenía el cabello como si fueran llamas y su ajustado escote hacia sobresalir su pronunciada delantera.

—Hola guapos. —Aunque lo había dicho en plural sólo tenía ojos para Brais, era el único al que parecía darse cuenta de que estaba delante de ellos.
Éste sonrió de lado.

«Tampoco me vendría mal un poco de diversión, estos son unas setas». Pensó al ver las muecas de desagrado de sus acompañantes. «Tampoco se me van a escapar».

Sonrió intentando parecer lo más inocente posible y se incorporó de la barra de donde antes había estado recostado durante su charla con el tabernero.

—Chicos, creo que tengo que resolver algunos asuntos de suma importancia. —La chica no pudo reírse con malicia y le tendió la mano que Brais cogió gustoso.

Zigor sintió unas ganas increíbles de saltarle a la yugular a los dos.

«¿Cómo se atreven esa ramera y un imbécil a dejarnos plantados? Eso es porque no saben quiénes somos, si no ya se iban a enterar ya...

—No te preocupes, no nos moveremos de aquí. —Se adelantó Enzo, si no nos tendríamos que ir sin pagar y tampoco nos conviene meternos en líos, continuo en su cabeza.

Sonrió de la manera más hipócrita que podría haberlo hecho, ganándose otra mirada de odio por parte de Zigor.

Brais no parecía darse cuenta de ello y siguió mirando embobado la melena de la chica mientras lo alejaba de ellos y se dirigían al exterior de la taberna.

Hace más de 1 año

0

2
#10

CAPÍTULO SIETE: Lo que Brais se dejó en la choza 2

—Creo que me vas a tener que agradecer haberte salvado de esos gruñones. —Se oía despreocupada, pese a ir de la mano con un total desconocido, aunque ese era su trabajo.

«Uno que siempre hago mal porque no puedo dejar de ser un loro y en su defecto, una urraca». Refunfuñó mientras guiaba al larguirucho muchacho por las oscuras calles que ya podría recorrer con los ojos cerrados.

Brais se limitó a reír, ¿qué más podría hacer? Tampoco tenía mucha idea y simplemente tenía pensado dejarse llevar.

Pronto llegaron a una choza apartada del resto, hecha de troncos y cañas, con el tejado hecho de hojas de palmera.

—¿Y esta es tu casa? —preguntó cuándo se detuvieron en la puerta y ella se puso a desatar la cuerda que hacía de cerradura.

—Se podría decir que sí. —Destrabó la puerta y la abrió con un hombro, y volvió a tomar a Brais de la mano, él ya no sabía si ilusionarse o agobiarse por tanto roce y mezcla de sudores.

Estaba nervioso, tenía que admitirlo.
La estancia era pequeña y pobre, solo contaba con una cama y un suelo muy sucio, por no tener, no tenía ni ventanas.

—Bueno que, ¿te vas a quedar ahí parado? —la pelirroja ya estaba sentada en la cama e intentaba lucir sensual algo que a su parecer le hacía parecer ridícula, pero era lo que le tocaba.

Brais dudó, pero al final entrecerró la puerta dejando que un pequeño hilo de luz iluminara la habitación, se acercó con pasos vacilantes hacia ella, pero un brazo le detuvo.

—¡Eh, quietecito! —Zenda dejó caer la palma en el pecho del chico. —Primero tenemos que hablar de negocios.

—¿Pero no tendría que haber sido en otro momento? —se quejó, de pronto las tornas se habían cambiado y la que estaba nerviosa era ella.

—Eeee, sí, pero es que se me había olvidado y...

—No te preocupes, tengo mucho oro, mira. —Sacó una bolsita de esparto que escondía entre las telas de la camisa y el chaleco. Hizo sonar las monedas y ella se relajó un poco. —Luego te daré todas las que quieras.

Agarró la camisa de su cliente con la mano que tenía descansando sobre ella, lo recostó sobre la colcha y ella se sentó a horcajadas sobre él.

Brais no sabía cómo había acabado allí, solo tenía curiosidad y ahora había acabado ahí, era como si hubiera caído en una tela de araña, no le importaba dar dinero a los demás, pero era extraño encontrarse en una situación así.

Casi tan extraño como se sentía ella al basarle el cuello y desabotonarle el chaleco y la camisa, su piel era como la de un melocotón y aunque había probado cosas peores no pudo evitar sentir nauseas al ir bajando hasta rozar la cadena que le había llamado la atención al conocerlo, lo que le refrescó su plan de siempre.

Sabía que a los hombres les gustaba pasar directos a la acción, pero a ella le convenía ir despacio así retrasaba lo que al final pasaría, todo acabaría y mientras él estaba aún atontado por lo sucedido ella lo dejaría inconsciente, le quitaría todo lo que tuviera y lo llevaría desnudo hasta el lago del bosque. El plan era laborioso, pero al final siempre acababa con buenas ganancias que podría vender en el mercado.

Pero siempre había un pero y ese era el medallón que colgaba de la cadena, ese que siempre escondía de las miradas curiosas. Era de un metal azulado, no sabía el nombre ya que no tenía ni idea siquiera de lo que significaba la alquimia, pero comprendía lo que era el símbolo que tenía grabado.

Tal vez tendría que haber mantenido los ojos cerrados, no haber hablado y seguir con su trabajo, pero el asombro y el miedo le impedían contenerse.

—Eso es... eres... eres u-un... —Tartamudeó incorporándose de golpe y retrocediendo.

Brais se sentó, asustado por el cambio repentino e intentó abotonarse la camisa, algo que no pudo hacer bien, le faltaba el aire y parecía que sus cuerdas vocales no funcionaban, así que aprovechando que Zenda estaba en shock huyó de la choza dejando a la muchacha con un ataque de ansiedad, una bolsa llena de oro y un fuerte dolor en su hombría.

Hace más de 1 año

0

1
#11

CAPÍTULO OCHO: ¡Pirata, soy un pirata!

Zenda en cuanto se recuperó del susto salió corriendo tras el rastro del joven, tampoco le resultaba tan difícil, Brais no paraba de tropezarse y al caer al suelo pegaba chillidos agudos que delataban su posición.

Además de que ella podía percibir el aroma que desprendía por el miedo al ser descubierto.

Sin darse cuenta ambos se estaban acercando a uno de los numerosos torrentes de agua que nacían en las altas montañas de Aer, el agua chocaba contra las rocas con fuerza y el ruido hizo que Brais parara  en seco, los arboles eran frondosos y las aves que estaban posadas sobre ellos intentaban hacerse escuchar a través del sonido del agua. No sabia hacia donde escapar.

(…)

Por otra parte estaban Zigor y Enzo esperando impacientes en la taberna.

—Cuanto le cuesta a esa nenaza deshacerse de esa ramera. —Protestó Enzo golpeando con su puño la mesa donde se habían sentado después de esperar lo que les habían parecido horas. —Ya estoy harto de esperar, ya no aguanto contenerme, ya no…— Se quejó Enzo, al ver que su compañero no le hacia caso subió el volumen de sus protestas y se levantó volcando el taburete, haciendo que algunas miradas curiosas se fijaran en ellos. —Ya estoy harto de esta ropa, de esta taberna mugrienta, ya no…

—¡Cállate! Me estas dando un dolor de cabeza del que si no te paras pronto te arrepentirás. —Siseó Zigor con el gesto mas frio e intimidante que pudo conseguir. Parecía un tempano de hielo, algo que solo podría conseguir un semejante a él.

—¿Y quien te dice que me voy a arrepentir? —le desafió poniéndose de pie y con aires de picardía. —solo eres un chulito, intentas aparentar que eres un titán pero luego eres una florecilla rosada.

En ese momento captó lo que Enzo pretendía y el gustoso continuó.

—Compórtate si no quieres que te rompa la botella en la cabeza. —Se levantó de la misma manera.

—Atrévete. —Le retó Enzo con picardía.
Zigor observó la mesa que se interponía entre ellos y sin dudarlo la lanzó lejos, provocando que las botellas de una de los estantes temblaran.

Se abalanzó sobre Enzo y le propinó un puñetazo en la tripa que hizo que se doblara y cayera al suelo.

Cuando estaba a punto de darle una patada en la cara una liana le cogió por el tobillo y lo tumbó al lado de su amigo.

—No queremos pendencieros en mi local. —El dueño salió de entre la multitud que se había formado alrededor de ellos.

(…)

Y así fue como estos dos consiguieron salir de la taberna sin tener que pagar ni una moneda.

—El principito ha ido por allí. —Señaló Enzo hacia una de las calles del pueblo.
Iban andando en silencio, Zigor contemplando al cielo que comenzaba a amanecer y Enzo apretando sus costillas con una mano.

«Menos mal que solo lo estábamos fingiendo, aunque parece que me tenia ganas de verdad».

—Venga ya, solo era de broma —. Y otra vez Zigor captaba sus pensamientos, se conocían desde siempre y cada vez era mas notorio que eran casi como gemelos.

Enzo se limitó a resoplar y ha girar por otra calle, deteniéndose delante de una pequeña cabaña.

—Este debe de ser el picadero que usa. —Murmuró mirando hacia todos los lados. —Entremos, aunque está vacío podríamos encontrar algo de valor.

Zigor miró mal a su compañero, él nunca podía dejar de buscar siempre algún tesoro escondido, aunque fuera en el lugar menos apropiado.

Ni siquiera le había pedido su opinión cuando ya estaba entreabriendo la puerta.

—¿Y esto se supone que tiene que ser un nidito de amor? Menudo cuartucho. —Protestó Zigor mientras vigilaba tras el marco de la puerta.

—En sitios peores hemos tenido que dormir. —Se limitó a responder.

Entre el colchón y las tablas encontró un cofrecito y una bolsa de esparto llena de lo que a su parecer por el ruido parecían monedas. Enseguida se lo metió todo en una bandolera roída de la que no estaba seguro de su procedencia.

—Vámonos, al parecer nuestro principito está teniendo problemas con la ramera pelirroja.
Salieron a paso rápido hacia lo mas profundo del bosque.

Hace más de 1 año

0

1
#12

CAPÍTULO OCHO: ¡Piarata, soy un pirata! 2

Brais al ver que estaba acorralado intentó trepar a uno de los arboles, pero solo consiguió caer desde una de las ramas donde se había agarrado lleno de raspones y arañazos.

—Te atrapé. —La sonrisa de Zenda era lobuna, como cuando un gato caza a un ratoncillo asustado e inofensivo.

Brais intentó escabullirse entre los arboles pero un cuchillo voló veloz y se clavó en la corteza del árbol que tenia a sus espaldas atravesando la tela de su camisa y su hombro.

Observó asustado su hombro, el cuchillo era un kunai, un arma típica de los guerreros del Caeli Dei. Levantó la vista hacia ella sin poder evitar una mueca de dolor.

—No te vas a ir a ningún sitio sin darme explicaciones. —Le amenazó Zenda que al ver el rostro de miedo del herido decidió divertirse un rato hasta conseguir las respuestas. —Uno de mis cuchillos lleva veneno de Izan el único que no uso para cazar, ya sabes lo que provoca.

Se levantó la falda hasta mostrar el arnés con sus kunais.

Brais intentó arrancarse el cuchillo, pero estaba demasiado incrustado.

—Que pena que te hayas topado con la única carnívora de toda Ke Awa, no sabes lo que se va ha divertir contigo mi mascota. —Su sonrisa se ensanchó mientras se acercaba más a él.

—Está bien, te lo voy a contar, pero sácame esto antes de que el veneno haga efecto. —Suplicó mientras intentaba idear una escusa convincente.

—Primero dime como has conseguido ese medallón. —Zenda se cruzó de brazos y Brais bajó sin querer por un segundo la vista hacia sus pechos, para enseguida quitarla y ponerla sobre su hombro que supuraba un liquido azulado.

—Lo gané en el juego de los dados en una taberna cerca de la costa Uliuli. —El labio le tembló compulsivamente.

—¿Sabes qué? No te creo. Me estas mintiendo y eso no me gusta nada de nada. —Negó ensanchando la sonrisa malvada.

—Vale, esta bien. —Suspiró pesadamente. —Se lo robé a un hombre trajeado hace varias noches.

—¡Ja! Sigues igual. Sé lo que eres pero quiero oírlo salir de tus labios mugrosos, repite conmigo y te daré el antídoto y después nos daremos un largo paseo. —Brais vio dos hombres que se acercaban a paso rápido directos hacia ellos. Zenda carcajeó al escucharlos mas cerca, hacia rato que los había oído venir, todos habían caído en su trampa. —Eres un…

—¡Pirata, soy un pirata! Y ahora quítame esto.

Hace más de 1 año

0

1
#13

CAPÍTULO NUEVE: Yo Enzo, el traidor

—¿Eres un pirata? —preguntó Enzo sorprendido por la respuesta del rubio.

Se habían detenido al lado de Zenda y los tres miraban sorprendidos al herido.

«De todo lo que podría decir es lo que menos me esperaba y lo mas sorprendente es que no parece que esté mintiendo, no le tiembla el labio como las otras veces». Reflexionó la chica entrecerrando los ojos.

—¡Venga ya! ¿Tú un pirata? Si eres un enclenque, ni siquiera eres capaz de sostener una espada. —Se burló Zigor después de arrancarle el cuchillo del hombro y se lo devolvió a Zenda —¿Y tú no se supone que eras una ramera? Los kunais no son un juguete para niñitas.

Zenda apretó los labios y decidió dejarlo pasar, en otro momento podría vengarse.

—¡Zigor cálmate!

—No me pienso callar, Enzo. —Dijo su nombre con retintín. —Este principito está insultando nuestra vida atreviéndose a decir que es un pirata, ¡un pirata! Eso son palabras mayores.

Zenda resopló y decidió callarlo de un golpe seco con una piedra que pudo lanzar con su don. Enzo agradeció mentalmente lo que la pelirroja había hecho, mejor que se quedara callado hasta que todo pasara.

—Bien, ahora ya podemos hablar tranquilamente, "principito". —Zenda se sentó en el suelo junto a Enzo y Brais, es cual se estaba curando la herida con unas hojas curativas que Enzo le tendía. —Eres un pirata, lo cual lo cambia todo.

—También cambia el hecho de que el kunai no estuviera envenenado y solo tuviera jugo de bayas Bilberry.

—No seas borde, ella solo quería intimidarte —. Le defendió Enzo, restándole importancia. —Por cierto, no nos hemos presentado, soy Enzo y mi amigo histérico es Zigor. —Le tendió la mano para que ella pose la suya y así besársela.

«Ante todo hay que ser caballeroso».

—Zenda. —Se limitó a decir ocultando las manos en su regazo, dejando a Enzo con la mano en el aire y cara de tonto.

«Lo que menos me apetece ahora mismo es hacer amigos, en cuanto pueda escapar lo hare».

—Pues mira que nosotros hemos sido piratas de toda la vida. —Si hubiera que destacar un gran defecto en Enzo seria este, la lengua demasiado larga. —Nos hemos criado en las orillas de las playas, saqueando de noche los pueblos cercanos y huir de día a otro lugar. Por eso a Zigor le ha molestado que te atrevas a llamarte pirata, siendo que no sabes nada de esta vida difícil.

Aunque se lo decía a Brais este no le estaba haciendo mucho caso ya que le estaba entrando un sueño terrible, la única que le escuchaba atentamente era Zenda la cual ya estaba recordando el porque había escapado de su casa acomodada para poder encontrarse algo así, lo que podría llegar a ser una gran mentira colectiva.

—Será mejor que volvamos. —Dijo haciendo levitar a los inconscientes del suelo musgoso.

(…)

Ya había pasado un rato y Brais y Zigor no despertaban.

—Podríamos llevarlos a la casa del principito, allí hay vendas y demás. —Propuso Enzo encabezando la marcha por el estrecho camino que hacían los arboles y helechos.

No recibió contestación, parecía que Zenda no le quería dar pie a una conversación.

Solo se limitó a golpear disimuladamente a Zigor con un tronco, ni él se despertó ni emitió un ruido, nada.

—No le hagas mas daño, suficiente tiene con estar así. Ya veras cuando despierte.

—Puedo con él de sobra.

Volvió a hacerse el silencio, pero Enzo no se daba por vencido.

—¿Vienes de Aer, no? Los kunais, tu don... se nota a leguas que eres de allí.

—Y tu de aquí y no te digo nada. —Enzo se detuvo y giró para enfrentarle, haciendo que Zenda y los flotantes se pararan también.

—Tu no sabes nada, yo no tengo patria, hace mucho tiempo que deje de tenerla. —Agitó su dedo acosadoramente.

—Bien, lo volveré a formular, tu sangre es naniana pero de seguro dejaste hace primaveras de ser vegano. —Esto ultimo provoco en el una sonrisa y que siguiera su camino.

—Sí, bueno, yo era un bebé cuando me raptaron así que tampoco es que llegara a comer nunca algún plato familiar.

—¡Enzo, cierra la boca! —Rugió una voz detrás de ellos. —Y tu maldita, no sabes con quien te has metido, nadie me toca ni un pelo.

Enzo se giro otra vez para ver como su amigo intentaba soltarse y que Zenda estaba paralizada.

De pronto el clima tropical se volvió mas frio y Zenda se fue volviendo morada.

—¡Zigor para! —chilló Enzo asustado, Zigor estaba fuera de si.

—¡Tú no eres quien para darme ordenes!¡Solo eres un sucio traidor!

Zenda quedó inconsciente entre las convulsiones producto de una hipotermia, cayendo al suelo con fuerza.

Zigor y Brais también cayeron, con la diferencia de que uno cayó de rodillas y el otro se golpeó el hombro herido con una gran piedra.

Zigor se puso de pie respirando de forma agitada y de sus ojos parecía que fueran a salir rayos. Se abalanzó sobre su compañero.
Enzo reaccionó rápido e hizo que unas lianas de un árbol cercano lo retuvieran por el cuello y los brazos.

—¡Tranquilízate! Si dice ser un pirata de seguro que tiene una embarcación, cuando nos la muestre podemos deshacernos de el y quedarnos con la chica y venderla a los traficantes de esclavos de Liedavik. —Intentó convencerlo agarrándolo por el mentón, mientras el no paraba de intentar soltarse haciendo que las lianas le estrangularan mas, como una boa cuando intenta matar a su presa.

—Traidor...

—¡No, no soy un traidor! Solo estoy intentando buscar nuestra salida, de todas maneras no tenemos nada que perder y podemos ganar un barco y unas cuantas monedas mas.

-Esta bien, pero solo porque no quiero oír mas tu voz insufrible. —Cedió Zigor apretando la mandíbula haciendo que unos cuantos mechones de pelo le taparan los ojos.

—Bien. —Susurró y sonrió alegre mientras soltaba su agarre.

Zigor en cuanto tuvo el brazo libre le propinó un puñetazo en la nariz que lo tumbó en el suelo.

—Chicos... creo que he perdido mucha sangre y que Zenda está muy pálida...

Hace más de 1 año

0

1
#14

CAPÍTULO DIEZ: El ladrón del desierto Soyuq

«En estos momentos es cuando agradezco tener que llevar esta dichosa capita».

Era ya media noche y hacia mucho frio, pese a la hoguera ambos notaban como sus labios se ponían morados, ni el fuego más potente con cinco mantas de Liedavik podría caldear una noche en el desierto Soyuq.

El encapuchado sacó dos mantas gruesas del macuto que estaba usando como cojín y observó a Kendra la cual parecía dormida y tiritando al otro lado de la fogata.
Se levantó y la arropó, tampoco quería que se le muriera a la primera noche, aun les quedaba mucho viaje juntos.

Se volvió a recostar sobre su almohada improvisada y miró el fuego planeando lo que tenían que hacer los próximos días, el portal que los llevaría a Nani se cerraría en dos días y aun les quedaban más de quince Navale¹ hasta poder llegar a la Valla Separatoria, iban a ir justos de tiempo.

Soltó un sonoro bostezo, pese a que se estaba cayendo de sueño tenia que seguir vigilando, no se podía permitir dormirse estando en territorio Canavarlar y con una mocosa escapista a su cargo.

(…)

—¡Despierta niñita dormilona! —unas fuertes sacudidas hicieron que se incorporara de golpe sobre el macuto.

Soltó sonidos incoherentes mientras se recolocaba la capucha, la cual gracias a los dioses no se había caído ni mostrado ni un pelo.

Se levantó y miró a la muchacha aun arrodillada al lado de donde él había estado.
La maraña de pelo rizado y gris le caía en una cascada desordenada por la cara y espalda formando una jaula para su cabeza. Las muñecas las tenia enrojecidas y un rastro de sangre seca manchaba su mano izquierda donde tenia un corte con inicio de infección.

Kendra desde el primer momento había levantado la cabeza e intentaba esconder la rabia que sentía por no haber podido quitarse las esposas ni desatar la cadena durante la noche mientras “su dueño” roncaba tranquilamente.

—Tengo hambre y sed, hace un día que no tomo nada. —Declaró Kendra levantándose también y mirándolo desafiante.

—Primero gánatelo. —El encapuchado se desperezó y sacó de un bolsillo interior un mapa arrugado. Kendra lo miró interrogante. —Recoge el campamento y luego ya veré si te lo mereces.

Se apartó un par de pasos de donde habían dormido y dejó a Kendra sola sin saber muy bien por donde empezar, de todas maneras tampoco había mucho que hacer, solo recoger las mantas y ya.
Las dobló sin cuidado y abrió el macuto del encapuchado para meterlas dentro, no le sorprendió ver una cantimplora llena dentro ayer por la tarde le había visto beber de otra, no parecía que fuera escaso en recursos por como la tomaba sin cuidado.

Él estaba de espaldas a ella por lo que no le resultó difícil pillársela entre la cadera y la cuerda que sostenía sus pantalones. Metió las mantas y cerró el macuto otra vez.
Se puso de pie y comprobó que no se notaba, ventajas de llevar siempre ropa mucho más grande de lo debido, la camisa por ejemplo, había sido de su padre.

—Ya he acabado.

El encapuchado guardó su mapa aun de espaldas y aunque Kendra no lo pudo ver, esbozó una sonrisa arrogante.

—Cada vez que te dirijas a mi tienes que decirme “señor”, vuélvelo a decir correctamente. —Se giró y se acercó a ella y al macuto ante los ojos molestos de Kendra.
Esta resopló pero hizo su orden.

—Ya he acabado, señor. —Dijo forzando una sonrisa desafiante pero añadió. —¿Desea algo más?
Esto ultimo le dieron ganas de reírse de la muchacha pero se aguantó.

—Parece que hoy alguien se ha levantado con mal pie. —Se cruzó de brazos escondiendo sus manos enguantadas. —Te doy permiso para que comas un trozo de pan y de carne seca, el agua no hace falta que te la ofrezca porque ya veo que ya la has cogido sin permiso, te iba a dar más comida pero veo que además de mal pie tienes la mano larga.
Kendra apretó los dientes mientras volvía a abrir la bolsa bajo la atenta mirada del encapuchado.

«Habría jurado por toda Barria a que no se notaba nada».

Una vez que Kendra hubo terminado de devorar su desayuno y de conseguir que el encapuchado cediera en dejarla hacer sus necesidades sin viguilancia volvieron a emprender la marcha pero esta vez se desviaron un poco hacia el este.

Hace más de 1 año

0

1
#15

CAPÍTULO DIEZ: El ladrón del desierto Soyuq 2

—¿Por qué no has desayunado?

Estaba con unas ganas tremendas de volver a llorar e intentó despejarse mirando el paisaje pero era demasiado monótono, estaban rodeados por grandes dunas y una brisa caliente arrastraba por encima de ellas arena y piedrecitas. No se oía ningún pájaro ni animal cerca lo que también resultaba muy aburrido.

Por lo que solo le quedaba la opción de intentar hablar con el sujeto que la había vuelto a esposar por las muñecas.

—No me gusta comer por la mañanas.

—¿Por qué?

—Es una costumbre y ahora silencio.

—Me aburro.

—Y a mi que me cuentas. —Eso había sido más cortante de lo normal.

—No seas borde. —Le recriminó deteniéndose en seco haciendo que el parara y se girara.

—Y tu no te comportes como una niña pequeña.

—Tú si que eres infantil.

El encapuchado resopló y volvió a emprender la marcha arrastrando consigo a Kendra la cual había empezado a llorar en silencio.

Después de un rato de andar en silencio, en el horizonte se pudo contemplar una silueta de un edificio blanco rodeado de una valla metálica.

—¿Allí es donde vives?

El encapuchado no le había querido contar nada, solo sabia que tenia padre y porque lo había dado a entender con lo del cuento para niños.

—No, es un club de ucus. —Contestó sin detenerse.

—¿Un qué de qué? —en Ramil claramente no había lugares de ocio aparte de la taberna la cual no era muy concurrida.

—Un sitio donde algunos Bayad se divierten conduciendo un vehículo volador.

—¿Y qué vamos a hacer allí? —preguntó sorprendida mirando las paredes blancas.

—Voy a coger uno.

—¿Para qué?

—¿No te cansas de hacer preguntas obvias? —esto hizo callar a Kendra la cual se limitó a beber un sorbo de la cantimplora robada.

(…)

La peligris esperaba sentada en la roca a la que hace un rato su dueño la había encadenado. Sabia que era su oportunidad de escapar, podía intentar soltar la cadena y huir, pero no sabia hacia donde ir y tampoco estaba dispuesta a perderse en la nada con solo media cantimplora de agua.

Observaba con curiosidad los arbustos que rodeaban el recinto, nunca había visto algo tan verde en toda su vida. Aunque eso no era lo impresionante, un gran circuito de obstáculos se alzaba hasta donde la vista no alcanzaba a ver.

Uno zumbido la sacó de su ensoñación e hicieron que dejara de contemplar los preciosos arbustos para ver como una estructura de metal azul salía  por la puerta levantando toda la arena a su paso. Se detuvo enfrente suyo y la puerta trasera se abrió con la intención de que subiera. Lo que provocó que su melena se sacudiera en el aire y no pidiera abrir los ojos por culpa del vendaval y lo que arrastraba.

—Me has encadenado, inteligente, no me puedo soltar. —Protestó.

Un gruñido salió de dentro del vehículo y la puerta delantera se abrió dejando salir al encapuchado el cual desató el fuerte nudo y volvió a sentarse en el asiento de piloto.
Era un vehículo pequeño, de dos plazas, automático y de energía solar aunque lo que más destacaba en él eran las hélices situadas en la parte baja que alzaban la estructura de metal un par de ayaq.

—¡¿Has conseguido apagar todas las alarmas?!

El encapuchado prefirió guardar silencio mientras la maquina los llevaba directamente a la Valla Separatoria, no quería que supiera que había calcinado toda la seguridad que los Bayad habían puesto para prevenir algún robo.

Hace más de 1 año

3

1
enamoradadelaluna
Rango12 Nivel 59
hace más de 1 año

Estoy súper copada con la historia! Muy interesante. Y el tema de dos relatos con personajes diferentes entrelazados es estupenda, mantiene la tensión. Una preguntita: ¿cuando pones "(...)" es porque has quitado algo del texto o porque quieres sugerir el paso del tiempo?

IzaroMarin
Rango5 Nivel 22
hace más de 1 año

@enamoradadelaluna_81 es un salto temporal. en la version oroginal (en Wattpad) tengo. vectores y queda más estetico.
Me alegra que te guste :)

enamoradadelaluna
Rango12 Nivel 59
hace más de 1 año

Lo sospechaba, pero quería confirmar! Genial...sigo leyendo. Saludos


#16

CAPÍTULO ONCE: El águila rí

Zigor le propinó otro puñetazo a Brais, el cual al cuarto golpe calló inconsciente otra vez.

—Vámonos Enzo, el principito no es lo que era, es un mentiroso que nos la ha jugado.
Enzo quiso protestar pero sabia que tenia razón, estaban en pleno día y los pájaros se habían vuelto aun mas bulliciosos cantando de rama en rama.

Zenda seguía congelada en el suelo de tierra con los ojos y boca bien abiertos como gritando en silencio.

Ambos la cargaron uno por cada brazo  y comenzaron a dar un par de pasos con la intención de abandonar a Brais inconsciente y con una profunda herida, pero el cuerpo de Zenda pesaba demasiado.

—Enzo podría hacer algo con tus lianas ¿no te parece? —Suplicó apretándose la herida que se le había vuelto a abrir por el esfuerzo.

—Esta bien. —Refunfuñó, Zigor sabia perfectamente que no le gustaba utilizar su don a menos que fuera necesario.

—Sabes que es necesario. —Le recriminó Zigor adivinando sus pensamientos.

—Que sí, pesado.

Con un par de lianas elevó a Zenda hasta la altura de las ramas, las cuales comenzaron a pasarla hacia delante, provocando que los pájaros gritaran asustados y comenzaran a atacar con picotazos los brazos y cara de la muchacha, mientras los arboles seguían deslizándola sobre ellos.

—¡Vaya! Ese truco es nuevo.

(…)

En el puerto se detuvieron a observar los barcos, unos estaban a punto de zarpar y otros desembarcaban bajando a tierra la pesca del Talamh o la mercancía obtenida mediante trueque con los leudanenses. Esta pesca se vendía a los marski ya que ellos no podían salir a pescar estando de servicio a menos que la misión lo requiriera.
También había un par de barcos marski, los cuales venían cada tres Talamh para relevar a los demás compañeros que cuidaban a los nanianos de las criaturas provenientes del Baso Iluna que solían atacarlos y comerse sus cosechas y en algunos casos hasta a ellos.

—Deberíamos coger esa kaumaha. —Sugirió Enzo al ver que el dueño ataba el cabo y se iba despreocupadamente con intención de buscar la taberna más cercana.

Era un barco de tamaño ideal para estar una temporada en alta mar pescando sin problemas, un buen barco veloz y eficiente.

Zigor asintió y echó a correr hacia el pequeño barco sin importarle que estaba rodeado de gente entre los cuales estaban los marski y que dejaba atrás a su amigo con la muchacha aun congelada.

—¡Espérame! —soltó un gritito bajo al ver que se quedaba solo.

Empezó a correr con Zenda a sus espaldas arrastrada por un par de lianas y con las costuras de los pantalones apretando sus piernas al intentar estirarlas.

Zigor llegó como es lógico primero e hizo que una potente ola lo alejara unos cuantos na lime del muelle, provocando que el cabo se rompiera y que los marski corrieran hacia ellos.

—¡Zigor! —gritó Enzo al verse rodeado.
Consiguió esquivar a unos cuantos pero seguían rodeándole y unas espadas de hielo apuntaban a su garganta y le cortaban el paso.

Zigor con un rápido movimiento hizo que todos cayeran al suelo también congelados.

—¡Vamos, date prisa! —chilló al ver que se descongelaban al tener el mismo don.

Enzo corrió asustado y le dio un latigazo con otra liana a una mano de un civil que le agarraba el brazo mientras Zenda seguía inmóvil detrás suyo.

En cuanto hubo saltado a la barcaza junto con Zenda miró hacia atrás, Zigor ya los estaba alejando del puerto y se podía ver con tranquilidad como los marski intentando detener la corriente de agua y volverla al puerto, pero ya estaban a media mile de ellos y era demasiado lejos.

Pero en lo que no se fijó fue en que una gran águila rí los observaba con mirada furiosa posada en una de las palmeras que decoraban el paseo del puerto.

—Venga, vamos a inspeccionar el barco.

(…)

—Nena, tu te vas a quedar aquí. —Murmuró mientras ataba con un par de cuerdas a Zenda al mástil central del barco.
Ella seguía congelada, lo cual  facilitaría el viaje hasta el suroeste de Liedavik donde la entregarían al fuerte Armija, hacia inviernos que su antiguo capitán había hecho un contrato de kapiery con ellos por lo cual podían comerciar con ellos y vivir allí siempre que quisieran y a cambio ellos no atacaban ningún barco leudanense.

—No le hables, ella no te puede escuchar. —Le regañó Zigor mirando por popa el agua cristalina.

—Eso tu no lo sabes. A mi una vez de pequeños me congelaste y yo te oí burlarte de mi.

—¡Eso es mentira! —protestó de manera infantil girándose hacia él.

—¡Me acuerdo perfectamente! —gruñó enfadado, ese era uno de sus peores recuerdos de la infancia.

—¡No es verdad!

Un ave voló sobre las velas izadas y pegó un grito que calló la discusión de ambos hombres. El ave comenzó a hacer círculos alrededor de la kaumaha.

—¿La has visto? —preguntó asustado Zigor.
Que un águila rí sobrevolara un barco robado nunca era buena idea.

Hace más de 1 año

0

1
#17

CAPÍTULO DOCE: Boz

Ya estaba apunto de oscurecer y habían dejado atrás el mar de dunas para empezar en un terreno  árido  y rocoso. Lo que se empezaba a asomar por el horizonte sorprendió a Kendra.

—¿Por qué vamos hacia la Valla Separatoria?
El hecho de que el encapuchado no le dirigiera la palabra la asustó más.

—¿Eres uno de ellos?¿Un quldurlar?

El joven no apartó la vista del cristal por el que se veía la Valla y el gran cañón Dayiq.
Pero no era posible, su piel era blanca, la había podido ver la noche anterior. Blanca… como la suya.

—No eres un bayad ni un quldurlar, eres un boz como yo. —Se atrevió a decir mientras la Valla Separatoria se iba haciendo mas alta a medida que se acercaban a ella.

—No vamos a ir a los pueblos quldurlar si es lo que quieres saber. —Dijo seco y con amargura.

—¿Y entonces a donde vamos?
No le gustaba el hecho de tener que contarle algo pero sabia que ella no pararía de parlotear hasta sacarle algunas palabras.

—Mas allá de estas tierras y del Itsasoa.

—¿Más allá? —estaba sorprendida de lo que oía, aparte de que por fin estaba consiguiendo respuestas estaba escuchando algo que ni en un millón de veranos habría podido pensar que ocurriría, poder llegar hasta las tierras lejanas del continente Kumao e incluso al gélido Liedavik. Ella nunca -aparte de la noche en Soyuq- había sentido frio y mucho menos había visto la nieve.

—¿Y a qué país vamos? —preguntó esperanzada. Por una vez desde que había sido tomada como esclava se olvidó de su padre y conocidos.

—Eso no te incumbe. —La respuesta le reventó la burbuja que había comenzado a formarse en su cabeza.

—¿Y entonces por qué me compraste por un dineral? —un recuerdo fugaz cruzó su mente. —Espera… Tú estabas aquella noche en la taberna, en la reunión. ¿Eres un espía?
El encapuchado se aguantó las ganas de reír por las ocurrencias de la joven.

—Esas cosas no se cuentan.

—¿Cómo que no se cuentan? —preguntó extrañada. —¿Si no me tendrías que matar? —se burló desafiante.

—No, mucho peor. —Él no estaba bromeando, lo que causó cierto pavor en Kendra.

—¿Por qué me compraste? —estaba segura que no iba a conseguir respuesta, pero aun así lo volvió a intentar.
El encapuchado resopló como un caballo viejo y giró la cabeza para mirarla.

—Ya estamos a punto de llegar, así que no me amargues lo que nos queda de viaje, ¿sí?
Kendra asintió, no sabia quien era aquel hombre y lo que podía llegar a hacerle. ¿Cómo confiar en alguien que no le había dicho ni su nombre?

Hace más de 1 año

0

1
#18

CAPÍTULO DOCE: Boz 2

El ucus se detuvo enfrente de un gran cactus seco y el encapuchado abrió las puertas apretando un botón.

—Baja. —Le ordenó mientras salía con rapidez del vehículo y se plantó al lado de su puerta tomando con rudeza la cadena que aun presionaba las esposas de sus muñecas.
Kendra le hizo caso en silencio no le apetecía discutir con él ahora.

El encapuchado le instó a andar detrás de el con pasos más rápidos hacia el cactus.
Solo se oían sus pasos en el terreno pedregoso y al viento soplar a sus espaldas llevándose consigo la arena que rozaba.
Él se detuvo enfrente del cactus el cual era casi tan alto como la Valla Separatoria e hizo que Kendra se adelantara dos pasos hasta llegar a su altura.

—¿Esto es un portal?

Al encapuchado le sorprendió que llegara a tal conclusión.

—¿Pero no nos pincharemos al cruzarlo?

Eso mismo le había preguntado él a Brais al ver donde se le había ocurrido crear el portal, solo a alguien tan despostado como Brais podía pensar hacerlo allí.

Se giró para decirle que pasara ella primero pero guardó silencio al notar la punta de un cuchillo en su garganta, una mujer menuda y de tez tostada agarraba con rudeza por el cuello a Kendra mientras con la otra mano sujetaba otro cuchillo contra su estomago.

—¿Enserio? —protestó molesto ante el comportamiento de las mujeres que los tenían inmovilizados.

De un manotazo apartó el cuchillo que Bekci sujetaba con fuerza y lo tiró lejos de ella, pero solo consiguió que lo volviera a coger y lo amenazara otra vez. Él dio un par de pasos hacia atrás y quedó con la espalda contra la Valla.

—Vasi suéltala y dejarnos ir. —Le ordenó a la mujer que tenia inmovilizada a Kendra la cual estaba aterrada por el asalto.

—No podemos. —La mujer volvió a rozar la punta contra su garganta. —Ordenes de Kafa.

Kendra se removió asustada entre el agarre de la mujer que tenia atrás, el encapuchado las conocía y parecían tener confianza.

—¡He chicos! —gritó la mujer que presionaba su cuchillo contra el encapuchado. —¡Mirar lo que hemos encontrado!

Tras la Valla aparecieron dos hombres corpulentos armados con unos pesados sables.

—Pero que tenemos aquí… —murmuró el primero mientras el otro se agachaba para levantar la trampilla que escondía el túnel que llevaba al exterior del cañón.

Ambos bajaron los escalones y segundos después ya estaban afuera junto a los demás.

Kendra intentó deshacerse del agarre al ver como uno de los hombres se acercó a ella con pasos decididos mientras que el otro hacia que Bekci alejara el cuchillo de la garganta del encapuchado y lo agarraba con fuerza por los brazos arrastrándolo hacia los arbustos secos que ocultaban la trampilla para meterlo al interior del cañón Dayiq.

Vasi la soltó y se colocó a su lado agarrando la cadena que el encapuchado había soltado nada más notar el cuchillo en su garganta.

—Levanta. —Le ordenó dando un suave tirón.
Kendra levantó las muñecas dudosa y el hombre separó las esposas con un ligero golpe del sable. Por fin tenia los brazos libres de la cadena y con total movilidad aunque siguiera teniéndolas de recordatorio.

El hombre arrojó la cadena lejos de ellos y agarró con fuerza a Kendra por la cintura.

—¿Qué haces? —preguntó asustada al ver que la cargaba sobre su hombro y la agarraba fuerte por los muslos. Pataleó contra su pecho y notó como la cantimplora se deslizaba por su pantalón hasta caer sobre la tierra con un sonido metálico. —¡Suéltame!

La mujer agarró la cantimplora con un movimiento ágil y empezó a caminar hacia el arbusto como habían hecho sus compañeros y el hombre la siguió aguantando las patadas y puñetazos que le propinaba Kendra.
Vesi esperó que bajaran los escalones para poder volver a cerrar la trampilla desde dentro.

—Soy Iyi. —Dijo al comenzar a descender los escalones y la muchacha vio como la luz se apagaba de golpe. —Ella es Vasi. —Continuó al notar que seguía callada, sin importarle que estuviera clavando sus uñas contra su hombro.

Llegaron al túnel y empezaron a caminar por él.

—¿No vas ha presentarte maleducada? —ladró la mujer siguiendo los pasos que habían hecho sus compañeros.

Kendra intentó mirar hacia donde iban, pero el cuello no pudo girarse del todo y solo vio las paredes rocosas del túnel.

—Puedo andar yo sola, gracias. —Remarcó lo ultimo haciendo ademan de bajar, lo cual no consiguió.

—No puedo nena, es el protocolo. —Contestó Iyi caminando tranquilamente al lado de la mujer.

—¿Protocolo? —gruñó intentando zafarse del agarre del hombre en sus piernas y lo único que consiguió fue en un pinchazo en la herida de la mano. —¡Pox!

Hace más de 1 año

0

1
#19

CAPÍTULO TRECE: Kilian

Kendra vio desde su posición las escaleras de metal por las que los hombres les habían recibido y que doblaban una esquina.

—¿Esto es…

—Una red de túneles, sí. —Le cortó Iyi mientras caminan iluminados por las antorchas que se prendían a su paso. —Los tenemos por toda la región Quldurlar y los usamos para…

—¡Ily que estas haciendo! —Kendra escuchó el grito de Vasi.

—Nada mujer amargada. —Gruñó este.

—¡Como que nada!

—¡Calmaditos los dos! Que ya parecéis un matrimonio malavenido. —Intentó calmarlos la otra mujer.

—¿Pero tu lo has oído? Le estaba contando cosas que solo los quldurlar deben saber. —Se defendió Vasi adelantándose unos pasos y se puso al lado de Bekci.

El encapuchado el cual iba primero en el grupo con Yuksek a su lado, pudo ver como el punto de luz al final del túnel se hacia mas grande a medida que descendían.

Hacia mucho desde que no estaba en casa, su pueblo y mucho también desde que no veía a sus padres aunque ganas no le sobraban.

Salieron del túnel para encontrarse con una gran cueva rectangular iluminada por una hoguera en el centro de esta, el humo sabia por una chimenea excavada en la roca por la que se empezaban a asomar Talamh y las estrellas. Era la cueva siyasi, la cual estaba destinada a causas políticas de manera formal pero que en un día normal servía para las reuniones del consejo del pueblo.

—¡Kafa! —llamó alegre Bekci.

Un hombre estaba sentado tras una larga mesa de piedra llena de pergaminos rolu, los cuales estaban llenos de información y datos de todo lo que pasaba en Koy, Kafa levantó la cabeza del pergamino y observó sorprendido al grupo que salía del túnel.

Se puso de pie y en un par de zancadas estuvo delante de ellos con la gran fogata a sus espaldas y se quedó mirando con alegría disimulada con enojo al encapuchado.
Cuando Iyi salió del túnel y se unió con los demás Kafa ya discutía acaloradamente con el encapuchado. Dejó en el suelo arenoso a Kendra la cual se tambaleó hasta caer estrepitosamente contra este, provocando que todos la miraran.

—Siempre tienes que ser el centro de atención. —Protestó el encapuchado al ver como Kafa dejaba de hacerle caso a él y le tendía la mano a Kendra la cual dudó unos segundos antes de aceptarla.

El fuego iluminó las esposas que aun seguían en sus muñecas. El hombre al verlas se giró hacia el encapuchado con furia.

—¿Por qué has traído a una esclava? Sabes lo que opino al respecto.

—Papa ya te he dicho mil veces que yo no tenia intención venir aquí, han sido tus subordinados los que nos han arrastrado. —Se cruzó de brazos y le echó una rápida mirada a los baxislar los cuales observaban divertidos la escena.

—Ellos solo han hecho lo correcto. —Dijo molesto mientras lo acusaba con el dedo. —Tu lugar está aquí con tu pueblo, no por ahí de aventuras estúpidas. —Hasta Kendra se sintió dolida por sus palabras. —Ya eres adulto, no un niño y tu deber es proteger Koy y a los quldurlar. ¡Y encima nos traes a una esclava de los bayad!¿Que hiciste?¿Robarla? —El encapuchado mantuvo la mirada fija en la de su padre mientras él seguía echándole la bronca. —¿Te haces la idea de los problemas en los que nos meterás? Nos ha costado mucho llegar a un acuerdo con ellos como para que ahora vengas tú con un gesto de rebeldía y lo tires todo por tierra.

Vasi soltó una risita traviesa al ver como Kendra se ponía tan roja como el fuego al darse cuenta de que había sido el desencadenante de la disputa actual.

—La compré, padre. —Dijo seco con lo que consiguió calmar un poco al temperamental de Kafa.

—¿Con qué dinero? Es una boz y sabes perfectamente que son muy cotizados para los Bayad. —Al tener la hoguera de espaldas, su rostro adquiría un aura de poder y de dominio, la cual no causaba ningún efecto para su hijo pero sí para Kendra la cual disimuladamente se había escondido tras la espalda de Iyi.

—Con uno que no te incumbe.

(…)

Una figura de mujer se asomó tras la puerta del túnel, venia con la intención de convencer a su marido de que dejara los rolu y fuera a cenar con ella, pero al oír voces se dio cuenta de que estaba acompañado.

Desde la distancia no pudo oír con claridad de que hablaban, un grupo de cuatro baxislar custodiaban a una joven boz de cabellos grises iluminados por las llamas, la chica escuchó los pasos de la mujer y la miró, Anam le devolvió la mirada sorprendida ante el rostro de la joven pero lo ocultó con una mueca de indiferencia, no era el momento adecuado para hacer preguntas.
Cuando cruzó el arco del túnel lo primero que reconoció fue la voz y cuando se hizo camino entre el grupo la figura.

—¡Cariño! —gritó corriendo hacia su hijo.
El encapuchado intentó echarse para atrás pero los brazos de su madre lo atrajeron hacia ella.

—Ya pensaba que no volverías nunca. —Murmuró contra su hombro mientras que sus rizos jugaban con su cara. —¡Han pasado más de cinco Talamh! —gritó rompiendo el abrazo no correspondido, la risita de Vasi hizo que se girara hacia ellos y los fulminara con rabia. —¡Y vosotros! Largaros de aquí y hacer vuestro trabajo, viejas cotillas. —Al hacer énfasis en esto ultimo unas gotas de saliva fuera lanzada como dardos contra la cara de Vasi, la cual inmediatamente cerró los ojos con asco.

—Vamos. —Yuksek la agarró del brazo mientras que con el otro se restregaba la manga contra la cara mientras el la guiaba hacia el túnel con el resto detrás.
Kendra se giró hacia ellos sin saber muy bien si irse con ellos o no, pero la voz autoritaria de Anam le obligó a voltearse.

—¡Boz! —la llamó con firmeza. —Ven aquí. Kilian nos debe una explicación a los tres.

Hace más de 1 año

0

1
#20

CAPÍTULO CATORCE: Yo soy el que está malherido

Zigor y Enzo intentaron deshacerse del águila la cual se lanzaba para atacarlos y volvía a las alturas del cielo. Probaron a congelarla y a azotarle pero parecía que nada le causaba efecto.

—¡Esta ramera va ha conseguir que nos mate! —gritó Zigor molesto tras ganarse un zarpazo en el pómulo.

—Lo mejor será que bajemos. —Propuso mientras desataba con rapidez a la muchacha congelada.

—Está bien. —Zigor movió la cabeza rápidamente y echó a correr hacia la puerta sin esperar a su compañero.

—¡Gracias por tu ayuda! —gritó fuerte hacia la dirección por donde había desaparecido Zigor.

Enganchó sus lianas por las axilas de Zenda y comenzó la marcha hacia la puerta gateando, lo que tampoco evitó que la águila se posara sobre él y comenzara a morderle la ropa, la cual seguía siendo la que Brais les había prestado.

Enzo soltó una de las lianas que sostenían a Zenda y la enredó por el cuello del águila y comenzó a estrangularla mientras ella lanzaba picotazos al aire y aleteos, lo que provocaba que el agarre se hiciera más apretado. Una vez que el ave estuvo inconsciente la lanzó por la borda.

—¡A la! Apañado. —Murmuró mientras se sentaba encorvado y se tanteó la espalda, la cual estaba ensangrentada. —¡Zigor, ven aquí cobarde!

—¡Que quieres! —se oyó desde las tablas del suelo.

«Perfecto, a mi casi me matan y él tan cómodo y seguro».

—¡Sube!

—¿Ya has acabado con el pajarraco de la aeriana?

—¡Sí!

—¡Vale!

Se oyeron unos pisotones subir las escaleras.

(…)

Ya hacia un día y una noche desde que habian partido a mar abierto.
Habían cambiado de lugar a Zenda y ahora estaba atada a una silla en el area destinada a almacenar el pescado. Al haber sido congelada de pie, no llegaba a estar sentada y su espalda tenia una postura extraña e incomoda.

Zigor y Enzo se habían dividido las tareas de tal manera de que Zigor estaría en cubierta con el miedo continuo de que el volviera y Enzo se limitaría en vigilar que Zenda no se descongelase. Algo totalmente justo ya que Enzo tenia unos profundos cortes en la espalda que ni las hierbas medicinales de primeros auxilios podrían curar, causados según el, por culpa de que Zigor le había dejado solo.

Enzo pasaba las horas dormitando aburrido sobre la hamaca que había colgado al lado de Zenda y mientras tanto Zigor se entretenía pescando algo para la comida de ambos.
En una de esas siestas reparadoras, Enzo se despertó de golpe al chocar contra el suelo.

—¡Suéltame! —gritó la chica retorciéndose como uno de los peces que estaba pescando Zigor. —¡Damn, suéltame te digo! —gritó mas fuerte al ver que Enzo la miraba sorprendido, no podía comprender que se hubiera descongelado. —¡Que me sueltes! —pese a tener el don del Caeli Dei no conseguía desatar los nudos de las cuerdas que le apresaban. Enzo de pronto notó como le comenzaba a costar respirar e inconscientemente se llevó las manos al cuello. —Ya sabes lo que pasará si no lo haces. —Le amenazó con los ojos llenos de furia. Enzo sonrió con gran esfuerzo.

—¿Qué me desharé de ti como de tu pajarraco? —sabia que era algo suicida pero de eso fue consciente una vez dicho. Parecía que nunca aprendería a cerrar la boca.

Zenda se puso pálida y aguantó un sollozo, pero ejerció mas poder contra el joven. Su águila era una extensión de ella, una parte de su ser y la que la unía a su diosa y ancestros

Hace más de 1 año

0

1
#21

CAPÍTULO QUINCE: Es ella

—No hay nada que explicar. —Protestó al ver la mirada rencorosa de su madre. —De verdad.

—¡No nos mientas! —gritó Anam molesta moviendo las manos de manera frenética.

—No estoy mintiendo.

—¿Por qué la has traído? —Kafa hizo referencia a la muchacha que estaba a unos pasos de ellos y que los miraba con timidez.

—Estaba paseando por las dunas, había una subasta de esclavos y me apeteció ir. —Dijo serio mientras miraba a Kendra y luego volvió su vista hacia sus padres. —Vi una boz y no pude evitar comprarla. —Se encogió de hombros y fijó sus ojos en los de su padre con desafío. —Siempre me ha inculcado que debo proteger a mi sangre.

Anam se quedó sin aliento, parecía que sus sospechas eran reales.

—Ella es… —susurró bajito acercando la cabeza a la de ellos.

—Creo que sí, pero por favor no le digáis nada. —Dijo con voz autoritaria, parecía que se le había olvidado que aun no era el líder de Koy.

—¡Pero como no le voy a decir nada si es mi…

—Que no. —Su voz fue fría. —Y baja la voz, nos puede escuchar.

—No le hables así a tu madre. —Le defendió Kafa. —¡Bekci! —Llamó a la mujer que estaba escuchándolo todo desde el túnel.

—¿Si mi señor? —preguntó una vez que hubo cruzado el umbral.

Kafa se giró hacia ella y señaló a Kendra.

—Llévala a la cueva de Kilian, ya le buscaremos mañana una propia. —Ordenó Kafa ante la mirada molesta de su familia.
Una vez que las dos mujeres desaparecieron pudieron conversar con más tranquilidad.

—¿Cómo estas tan seguro? —pregunto Kafa, las manos le temblaban, nunca había sentido tantos nervios y miedo a la vez.

—Por que lo se, igual que Anam lo ha notado al entrar. Es ella. —Su voz era decidida.

(…)

Bekci la guio por los túneles escavados en la arena y roca. Las antorchas se encendían a su paso igual que cuando habían entrado en dominio quldurlar.

Kendra no pudo evitar detenerse un par de veces enfrente de esculturas talladas en la pared o en gruesas cortinas de dibujos que hacían de puerta y dar privacidad en las viviendas.

—¿Tenéis el don del Ignis Dei? —se atrevió a preguntar, la duda ya le había surgido antes pero el miedo le había podido.

—Sí. —Contestó sin girar la vista hacia Kendra, la cual iba unos cuantos pasos atrás.

—¿Cómo los Bayad?

Bekci soltó una carcajada amarga.

—No. —Negó con la cabeza. —Esos bastardos no vienen de su estirpe, seguro que la diosa Talamh hace veranos que los renegó.

Sus palabras fueron duras y Kendra sintió como algo se encogía en su interior.

—¿Y entonces por que tenéis que vivir aquí y no os habéis revelado?

Bekci forzó una sonrisa y se detuvo en frente de una de las cuevas.

—Esta es. —Corrió la cortina y empujó a Kendra dentro de ella. —Voy a buscar algo para que duermas.

La cueva era oscura y cuando sus ojos se acostumbraron pudo observar que estaba llena de estantes con grandes tomos y pergaminos que cubrían las paredes sin dejar ver la roca tras ellos, en el centro había una mesa llena de mas libros y polvo. Parecía que hacia mucho tiempo desde que alguien se había atrevido a limpiar eso.

Al dar unos pasos hacia ella el polvo le entró por la nariz y boca y no pudo evitar toser. Rozó con sus dedos el pergamino con miedo a que se rompiera y estaba por leerlo hasta que vio delante suyo una cortina oscura, la corrió y observó una pequeña habitación con un catre de madera, un armario destartalado y un agujero que parecía ser un ventana.

Se asomó y pudo ver fascinada la gran Talamh sobre el cañón iluminado por el fuego del resto de las cuevas. Kendra miró hacia abajo, el suelo estaba oscuro y parecía que todos los quldurlar estaban en sus casas dispuestos a irse a dormir.

Nunca había imaginado estar en el Dayiq, rodeada de la gente que hace muchos veranos habían luchado contra su pueblo y todo por esas tierras, las del cañón, donde ahora estaban hacinados. Los quldurlar según había oído contar en su pueblo eran unos salvajes, unos bandidos que en la noche salían para atacar las aldeas mas cercanas y llevárselo todo. Nunca habían atacado Ramil.

—¿Boz? —la voz de Bekci se oyó por toda la cueva. Kendra dejó la ventana y salió al encuentro de la quldurlar. —He conseguido un cojín, espero que eso te sirva para dormir.

—Me llamo Kendra. —No le gustaba el termino boz, era demasiado despectivo.

—Sí, eso. —Le pasó el cojín. —Espero que no te moleste dormir entre polvo y libros. Kilian siempre ha sido muy desordenado.

Kendra se limitó a asentir.

—Mañana te habilitaremos una cueva en el ala este, esa suele estar vacía. —Continuó Bekci estirando el brazo para coger un gran tomo con el titulo oculto por el paso del tiempo.

—No te aconsejo hacer eso. —Se oyó la voz del encapuchado tras ellas, lo que provocó que ambas pegaran un respingo por el susto. —Vete.

Bekci se limitó a asentir y cruzó el hueco que Kilian abría al apartar la cortina para que ella se marchara.

—No te acostumbres a Koy, mañana saldremos del cañón y cruzaremos el portal. No podemos estar mucho mas tiempo en Barria.

El encapuchado desapareció tras la cortina que daba a su habitación.

—¿Por qué tanto misterio con tu nombre? —preguntó siguiéndolo, estaba sentado en la cama mirando fijamente a través de la ventana aun con la capucha puesta.

—No te importa. —Soltó seco, se notaba que no le gustaba estar de vuelta a casa.

—Kilian… —dijo con burla haciendo que este girara la cabeza hacia ella. —Tengo hambre.

No habían comido nada desde la mañana y aunque no habían andado casi estaba casi sin fuerzas.

El encapuchado resopló con cansancio y se levantó.

—Venga, vamos.

Hace más de 1 año

0

1
#22

CAPÍTULO DIECISÉIS: La medio cenub que ardió

El encapuchado la guio por los túneles a oscuras, lo cual a Kendra le daba mas miedo a cada paso que daba.

—¿Tú no enciendes las antorchas? —preguntó atrayendo sus manos hacia el pecho.

—No. ¿Tú puedes? —preguntó con sorna.

—¡Oye! —protestó reuniendo el poco valor que le quedaba. —Ya no soy tu esclava, no tienes por que hablarme así.

—¿Y quien te ha dicho que ya no lo eres? —el encapuchado la encaró acercándose peligrosamente a ella de manera amenazadora. —Tu sigues siendo mi esclava, yo te compre y es lo único que importa.

—¡No! Les has mentido a tus padres, tu estabas aquella noche en la taberna, sabias quien era. —Kendra se alejó unos pasos. —Porque sea una cenub no quiere decir que sea tonta.

—¡No eres una cenub! —gritó molesto, de seguro todo Koy se había enterado de la discusión. —Eres una boz.

—¿Una boz? —sonó burlona intentando que no se notara el miedo en sus palabras. —¿Cómo tu?

Kilian resopló -algo muy típico en el hay que destacar- y comenzó la marcha hacia la cueva mutfak dejando atrás a Kendra. Ya había tenido muchas broncas en poco tiempo.

—¡Oye! —chilló al quedarse sola en la oscuridad. —¡Espérame!

(…)

Ambos comían en silencio al lado de una gran hoguera en la que la gente cocinaba y comía en familia, aunque ahora debían de haberse ido a dormir, ya que no había nadie.

—¿Por qué tanta afición con las hogueras? —Kendra ya había devorado su parte y se aburría como la mayoría de veces en las que el encapuchado se cerraba en banda.

—Los quldurlar somos descendientes del Ignis Dei, el dios del fuego, es normal que nos atraigan las llamas…

—¿Nos? —preguntó sorprendida.

—Sí, nos, como soy un boz soy mitad quldurlar. —Esta afirmación hizo sonreír a Kendra, era la primera vez que lo admitía. Ella había acertado.

—Y también cenub. —Afirmó a lo que Kilian solo se limitó a asentir con la cabeza.

—¿Por qué aun llevas la capa? Estas en tu casa, no tienes por que ocultarte de los bayad.

—Eres demasiado preguntona. —Se quejó cansado de que intentara sacarle información privada.

—No. —Fue seca, igual que el lo era con ella la mayoría del tiempo.

Se volvió ha hacer el silencio entre ambos.

—¿Cómo nacieron los dioses? —preguntó de repente, se la sabia de memoria pero quería entablar una conversación o tan solo escuchar una voz, aunque fuera una desagradable.

—¿Para que quieres saber?

—Curiosidad nada mas. —En parte era cierto.

—¿Cómo puedes no saberlo? Cenub tenias que ser. —Kendra sin darse ni cuenta le pegó un puñetazo en el brazo.

Kilian le miró sorprendido.

—Yo…Eh… ¿Lo siento? —dudó por el miedo. —Bueno, no, en verdad no lo siento, te lo merecías por racista.

El encapuchado suspiró cansado y volvió a mirar el fuego.

—¿Quieres que te lo cuente o no? —tomó el silencio de Kendra como una afirmación. — La gran diosa Talamh se sentía sola en el gran universo, por lo que decidió ser madre, primero nacieron Aquam y su melliza Frigus a partir de una de sus lagrimas, pero ellos necesitaban un hogar acuático para vivir, por lo que cogió una de las pequeñas motas de polvo que había en el universo y la llenó de agua y ahí los acunó —Kendra soltó un bostezo, tenia que admitir que era algo bastante aburrido. —, pero ella seguía sintiéndose sola y mientras descansaba en una roca aparecieron Montis y su melliza Flos, con cuidado los cargó y los dejó junto a Aquam y Frigus, pero ellos no eran como sus hermanos y no sabían nadar, por lo que creó el continente Pangea. —Y también absurdo. —Talamh bajó al planeta donde habitaban sus hijos y les cantó una nana hasta que se durmieron, cuando estaba por callarse de su voz nacieron Caeli y Ventum, al ver que no podían pisar tierra firme y que flotaban creó un reino en los aires de una costa para que pidieran vivir allí. —Mientras la voz aburrida del encapuchado sonaba de fondo se dio cuenta de que eran más entretenidas las llamas. —Pasó el tiempo y Talemh descubrió que el universo era muy grande y que ella no era el único ser, un día mientras paseaba por una galaxia cercana a Lurra -hogar de sus hijos- vio a un gran dragón brillante que se acercaba a gran velocidad con intención de comérsela, era Lux el dragón de la luz, que se le abalanzó y le desgarró la muñeca, de su sangre nacieron Ignis y Flamma, las cuales mataron al dragón y salvaron a su madre. Ella muy contenta las llevó a casa, pero por donde ellas pasaban todo se envolvía en llamas, por lo que creó un gran desierto de tierra para que vivieran allí y no destruyeran el territorio de sus demás hermanos.

Kendra ya no escuchaba al encapuchado solo podía ver el fuego, las llamas la tenían hechizada y su danza la había hipnotizado invitándola a acercarse mas.

En esta ocasión no tuvo síntomas, notó que un escozor empezó a recorrerle por la mano e iba subiendo por su brazo. Salió del trance de golpe y lo primero que pensó es que una llama de la hoguera le había alcanzado pero pronto se dio cuenta de que era ella la que estaba ardiendo.

Hace más de 1 año

4

1
IzaroMarin
Rango5 Nivel 22
hace más de 1 año

@enamoradadelaluna_81 lo siento :( estoy en época de clases y de exámenes infernales... te prometo que para Navidades habrá unos cuantos caps nuevos