Paula_Treides
Rango12 Nivel 58 (12172 ptos) | Ensayista de éxito
#1

Una repentina brisa inundó la pequeña habitación a través de la ventana; aromas florales, mezclados con un agradable dulzor a melocotón, se esparcieron por la estancia. La joven accedió a través de la ventana y la cerró sin hacer ruido. Despacio, caminando descalza y de puntillas sobre el frío mármol, se acercó a una de las camas.
—Hola, abuelo —susurró—. Despierta —añadió mientras le daba ligeros golpes en la espalda.
El viejo giró su cuerpo he hizo crujir los oxidados muelles del colchón. Alargó la mano hasta alcanzar la mesita de noche y palpó aquella vetusta madera en busca de sus anteojos. Aunque era bastante mayor, no estaba demasiado torpe y los encontró rápidamente: se ajustó las gafas y alzó la mirada.
—Hola —musitó alegre—. ¿Qué haces aquí?, ¿cómo has entrado?
—Por la ventana, como siempre. —La joven abrazó al emocionado hombre y le dio un largo beso en la mejilla—. Ya han pasado dos semanas desde la última vez que vine y tenía ganas de verte. —Se acomodó junto a él.
El anciano encendió una pequeña lámpara a la par que se incorporaba: miró de nuevo a la joven y sonrió.

Hace alrededor de 2 años Compartir:

2

5
Romahou
Rango18 Nivel 89
hace alrededor de 2 años

Abre muchas puertas este inicio y esa etiqueta.

Espero impaciente.


#2

—No hagas ruido, ¿no querrás despertar a mi compañero?
—Eso sería un milagro, ¿cómo está?, ¿sigue sumido en su eterno sueño?
—Sí, pequeña, sigue igual que cuando me ingresaron. Aunque ahora parece mucho más viejo, envejece muy rápido, o al menos, eso me parece. Bueno, ¿qué te trae por aquí, jovenzuela? Como se entere tu madre te va a reñir.
—No te preocupes, abuelo. Nada podrá impedir que venga a visitarte. —La mirada de la niña se perdió en los ojos de su abuelo.
De entre las arrugas de aquel hombre, de edad indeterminada, se escurrieron un par de lágrimas.
—Siento no haber podido verte en tu estreno, mis piernas ya no son lo que eran. ¿Qué tal? ¿cómo fue todo?
—Fantástico, abuelo, maravilloso; las luces, el gentío, los aplausos. Los nervios me comían por dentro, pero al final, todo salió bien. Incluso mamá lloró de alegría. —Hizo una ligera pausa y sacó un viejo álbum de fotos de su bolso. —Mira, abuelo, mira lo que he encontrado.
El anciano tomó el pequeño y antiguo libro donde instantáneas en blanco y negro y los recortes de periódicos le trajeron al presente los recuerdos de su vida en el circo.
—¿Dónde lo has encontrado? Hace mucho que le perdí el rastro.
—Mamá lo tenía escondido en un arcón de la caravana. —Acercó su boca al oído de su abuelo—. Creo que hay fotos de mi padre —susurró.
Rebuscó entre las hojas y se detuvo al observar las fotos de los payasos.

#3

—Este es, el que tiene la cara pintada.
—¡Abuelo! Todos la tienen.
—Miiira. —Señaló con el dedo a un joven vestido de negro. Estaba sentado, con la sonrisa forzada por la pintura. Era un primer plano del grupo de payasos que se afanaban en maquillarse. —Alberto Moraga, ese era su nombre. Buen payaso. No paraba de hacernos reír y gastarnos bromas. Y no dejaba de mirar a tu madre. Se ensimismaba al verla surcar por los aires. Él sabía que su amor no podía ser, pero… —Pasó un par de hojas.
»Éste es Mario Sousa, trapecista, un Ala Dorada, como tú lo eres ahora, y como lo fue tu madre en otro tiempo. Todos sabíamos que estaba loco por ella. Era muy celoso. No soportaba ver como Alberto observaba a tu madre, pero estaba tranquilo; los payasos y los Alas Doradas no podían relacionarse, eso era así. Pero el amor todo lo puede, o eso se dice. Ay, qué tiempos.
La chiquilla comenzó a pasar más hojas hasta que su abuelo la detuvo.

#4

—Observa a tu madre. Qué joven. —Acarició la foto con su mano—. Fíjate bien. Te miro a ti, y la veo a ella. ¡Qué bien os quedan las alas!
—¿Por qué mamá se quitó las alas? ¿Por qué no quiso continuar en el trapecio?
—¿Nunca nadie te ha hablado de lo que ocurrió?
—No. Siempre me dicen: «Cuando seas mayor, hablaremos», pero nada, nadie me cuenta nada.
—Pues yo creo que ya es hora, ¿no? Ya tienes dieciséis, si no me equivoco —El viejo cerró el álbum—. Seré breve.
Cogió el vaso de agua que acostumbraba a dejar sobre la mesa y dio un largo trago.
—Escucha, pequeña. Primero quiero que entiendas algo. El circo es, a su vez, un pequeño mundo y una gran familia. Y como en todas las familias, siempre hay pequeños secretos, grandes mentiras y problemas de difícil solución. —Suspiró—. Tu padre y tu madre pertenecían a clases distintas bajo la carpa.
—Pero abuelo, mi…
—Tú guardas el gran secreto de los Alas Doradas —interrumpió a la pequeña—. Nadie debe conocerlo. Pero tu madre lo mostró, y se enamoró de un simple payaso. ¡Imagínate! Fue un gran disgusto en aquella época.
—Pero abuelo, mi…
—Espera, déjame terminar —interrumpió de nuevo—. ¿Por dónde iba? Sí, eso, lo de tu padre. —Se ajustó las gafas—. Tu padre tuvo que abandonar el circo. Fue en esta ciudad donde lo dejamos y ya no supimos nada más de él. Y cuando Mario se enteró del embarazo, montó en cólera, se puso hecho un animal. No pudo soportar que tu madre… en fin, fue una tragedia.
—Pero mi…
—Sí, sí. Lo de tu madre. Tampoco quedó muy bien; perdió a tu padre, verlo marchar fue muy duro para ella. Y la muerte de Mario su compañero en las alturas, fue un duro golpe. Se prometió que solo se ocuparía de ti y abandonó el trapecio, se cortó las alas.
—Abuelo, gracias. —Se abrazó y besó al anciano—. Ahora tengo que irme.
La muchacha se acercó a la ventana y se subió al alféizar. Allí, en cuclillas, lanzó un beso, desplegó sus alas y saltó.
—El Gran Arturo. — Una ronca y apagada voz se escuchó en la habitación.
—Perdona, ¿cómo sabes mi nombre? —Era la primera vez que escuchaba a su viejo compañero de habitación.
—Escuchar su historia me ha despertado, ¿por qué?, se preguntará. Solo le diré que los payasos envejecemos cuando estamos tristes.