Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64 (18954 ptos) | Premio de la crítica

I.

ENTRE SILENCIOS.

[Cuando todos duermen,
Él abre los ojos y los labios…
Canta.
Vuelve a la noche el manto plateado
de las ilusiones que bailan
sobre los parpados de los que descansan.]

El silencio se cierne sobre mí, pues en tus ojos encuentro esa dicha gustosa que brinda el placer del febril roce. Mi piel, complejo instante; transformado en dulce eternidad al roce de tu cuerpo; belleza sin igual. No eres mas que la luna llena de espasmos en la madrugada cubierta de astros dispuestos a callar ante tus suspiros. En la locura de este secreto te he guardado mis espasmos.

Las noches son testigo de lo que por ti yo he callado.

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Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64
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Muchas gracias por la lectura 🙏


#2

II.

CANTÁNDOTE AÚN.

Quiero que vivas mientras yo dormido te espero, quiero que tus oídos sigan oyendo el viento…, que huelas el aroma del mar que amamos juntos y que sigas pisando la arena que pisamos.

Quiero que lo que amo siga vivo…, y a ti te amé y canté sobre todas las cosas, por eso sigue tú floreciendo, para que alcances todo lo que mi amor te ordena, para que se pasee mi sombra por tu pelo, para que así conozcan la razón de mi canto.

#3

III.

EL TESORO VALE MÁS QUE LA SALIDA.

Amar al laberinto tanto que no desees salir de él, así sus muros te acorralen y sus espinas te laceren las plantas de los pies.

Hay algo que tiene ese laberinto, un centro precioso que guarda la belleza de una joya con tonalidades cristalinas y puras.

Una vez alcanzado el centro, ya no buscas la salida ni el retorno. Estás tan enamorado de la joya y de la luz que te provee que es casi imposible pensar, aunque sea ésto último lo que estés haciendo para permanecer.

#4

IV.

DE LA PASIÓN.

Ese bochorno… Ese calor… Esa cosquilla que se instala en las entrañas y que brota de las marañas locas que habitan en tu mente.

Esa pérdida que se lleva al aire cuando miras a lo que amas… Ese gemido quedo… Ese balbuceo torpe… Esa mirada lasciva… y su nombre.

Bailan las manos… La dermis se eriza… Las bocas se juntan… Entra el silencio con su coro agitado; murmura un “te amo” a ojos cerrados.

Se olvida el reloj… Se desenfoca la luz… Te vuelves materia que se moldea a la forma del agua; fluyes, entregas… Amas.


#5

V.

PENSAMIENTOS DE UN ERMITAÑO.

Una vez salí al mundo, tomé mi libro favorito y caminé…, tanto caminé que me sentí lleno de aire; de ése que te lleva a elevarte a las nubes. Hubo un momento en el que me topé con otros seres similares a mí (al menos, eso aparentaban al principio). Me sentí, de pronto, acompañado e ilusionado porque no estaba tan solo como lo había creído… Hasta que, al pasar del tiempo, los seres con los que me topé comenzaron a cambiar, a mostrar signos de desesperación, de una ansiedad que no entendía. Lo tenían todo. Pero, parecía que no eran conscientes de dicha ventura. Hubo un momento en el que se mostraron tal cual eran: se deshicieron de los velos y desnudaron su verdad. Petrificado y confundido, me alejé de esos seres y limpié mis ropas, así como los cristales que llevaba en las córneas y me aferré al libro que llevaba en mi regazo. Me perdí en un desierto que me llevó a la desventura, al dolor y a la cruda realidad que circundaba a esas criaturas que parecían estar poseídas por algo ajeno a ellas. Me detuve y caí de rodillas bajo el cielo rojo y el inclemente sol… Abrí el libro que cargaba y leí en voz entrecortada: ‘La paz está Contigo y con Tu Espíritu’. Repetí en mis adentros dicha frase hasta que la sentí derramarse en mis entrañas. Fue en ese momento de Epifanía que me planté en mis pies y regresé a Mi Hogar; ése del que jamás debí haber salido. Ahora que estoy de regreso, sólo analizo lo que experimenté y estudio lo que aprendí. Sin embargo, de una cosa estoy seguro… Allá afuera nunca volveré.

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VI.

ANOTACIONES DE UN HOMBRE SOLO.

Pasamos mucho tiempo juntos y lo único que deseábamos era olvidarnos, pero pasó que nos recordábamos cada día más. Era difícil tratar siquiera de eliminar de nuestros pensamientos esa primera vez que nos vimos; ella atada a un pasado que dolía y yo saliendo de un presente caótico. ¿A dónde podíamos ir desde ese punto? No lo sabíamos. Fue así que decidimos caer… Al final, creo que fui yo el que sintió de más. Hubo ocasiones en los que tuve que callar para evitarnos algún dolor o discusión inservible. No tenía caso decir lo que pensaba, mucho menos expresar lo que sentía… Ella lo que menos quería era escuchar. ¿Qué debía hacer?, cuando una persona nace para ser el centro del mundo es casi imposible hacerle ver que hay algo más que vanidad a su rededor.

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#7

VII.

ROCAS SIN COLOR.

Traigo cargando una pena que no puedo callar. Una pena que no sé si sea mía o ajena, el punto es que la estoy cargando y la quiero dejar.

Llegué sin maleta, con el alma libre y el cuerpo alerta… Sin el afán de buscar ni tampoco de encontrar… Solo el de vivir y gozar. Pero en el camino, me tope con dos piedras… Una esmeralda y otra violeta… Ambas con un brillo sin igual.

Las observe con dulzura y gran emoción, no sabía que cada una tenía dentro de si una profunda conmoción.

Tome la piedra esmeralda y la acaricié, la limpie con mis manos y un beso de mis labios le obsequié. No sabía que, por quererla ver brillar, lo único que estaba provocando era opacarla.

Triste, la dejé, ya no donde la encontré, pues perdí de vista el camino por ir cegado en su dulce brillo. Sin embargo, mi tristeza pareció esfumarse al encontrar en mi bolsillo derecho la piedra violeta que parecía estresarse al roce de mis dedos. A ella no la limpié, temía cometer el mismo error que con la esmeralda… sólo la observe y le sonreí.

Paso el tiempo y, con él, la piedra violeta comenzó a oscurecer. ¡No podía creerlo! ¡Sólo la miraba a diario, ¿cómo es que había cambiado?!

¡No pude más! ¡Estaba desesperado! Mi alegría pronto se había esfumado… Por querer apreciarlas, las mancillé, y sus fulgores opaqué.

Es tarde ya, no puedo regresar. El camino se ha cerrado. Las piedras ya no brillan más. Ahora vago con las manos secas, el rostro frío, la mirada ciega y con esa pena que he hecho mía, por mi manía de verlas brillar.

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VIII.

ENCUENTRO CASUAL.

Le propuse hacer el amor, y lo que me respondió fue que sólo era capaz de amarse desde lo lejos… ¿Qué quiso decir con eso? Para serle franco, no entendí muy bien a lo que se refería. No insistí en llevarla a la cama, no tenia caso, estaba cansada… Lo pude notar en su mirada; llevaba unas gafas cristalinas que no cubrían del todo sus profundas ojeras. Decidí despedirme y dejar atrás esa conversación inoportuna. Caminé por el callejón de regreso a casa mientras reflexionaba, ya no en su respuesta, sino en mi interés por hacerla mía. Concluí que, en realidad, mi deseo no era real, fue sólo una muestra de mi aburrimiento con ella. No teníamos nada en común y pensé, incrédulamente, que iba a tener, al menos, la fortuna de llevarla a la cama. Es guapa. Tiene un rostro afilado con unos labios exquisitamente delgados, una nariz bien definida y unos ojos profundamente azules que enamoran a cualquiera. Aunque, siendo sincero, no estaba enamorado… Mi naturaleza de conquistador me demandaba terminar lo que había empezado en ese café en el que la encontré. No puso ninguna barrera para conocerme, supe al verla que estaba interesada en mí… Hasta que abrimos la boca y nos percatamos de la gran diferencia de opiniones que hay entre nosotros. Creo me invitó a su casa por ese deseo irreal que también había nacido en ella antes de abrirnos de lleno las cabezas. Quedamos satisfechos… Ninguno perdió algo que, luego, fuese a querer cobrar.

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IX.

TACHE Y BORRÓN.

Borrón… Tache… Borrón… Tache.

No llevaba ni un párrafo terminado y ya había borrado y tachado gran parte de la hoja que había tomado para anotar lo que sentía.

Borrón… Tache… Borrón.

Se quedó mirando por un minuto a la hoja arrugada mientras le pasaban por los ojos un sinnúmero de pensamientos que no se detenían. Tomó un respiro profundo y se llevó las manos a la cara. Se preguntó en silencio qué estaba tratando de escribir, pero no supo responderse; se encontraba confundido y muy dolido con todo lo que había vivido esos días previos a la presentación que iba a tener. Debía preparar su discurso, pero no le llegaban las palabras correctas, sólo había nudos en su mente y trozos de inquietud en su corazón.

Borrón… Tache.

Una vez más trataba de escribir al menos una línea, pero le era imposible. Había mucho ruido a su alrededor o, quizás, el ruido provenía de él; se hallaba agobiado, lacerado y frustrado. Las manos no le ayudaban, pues le temblaban al pasar la punta de la pluma sobre la hoja de papel. Sí, todavía escribía en papel, decía que se fluía mejor, pero ahora esa creencia parecía no corresponder con su sentir.

Borrón.

Suspiró profundamente mientras resbalaba la punta por la palma de su mano… Estaba oscureciendo, la calle se estaba cerrando y su pensamiento vago yacía revolviéndose en el ayer.

Ya no había nada que escribir… Era la hora de partir.

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X.

CAÍDA.

Resbalaba por sus cabellos lacios la lluvia de esa tarde que se precisaba gris y un gemido de sus labios musitó un adiós. Un adiós que se había guardado en la lengua, que había apretado en los dientes, que había escondido tras una sonrisa trémula y tímida. Un adiós que había nacido con la lluvia, que había soltado –como el agua de una presa– el sentimiento de no poderlo soportar más. Se aferró a esa caída, a la frialdad del liquido que, al contacto con el piso, se volvía cristal gris.

Y, con el valor tras los ojos, aguardó la mirada bajo una mueca cabizbaja de dolor. Lloraba, se ahogaba en la lluvia, se soltaba.

Y los labios se le fueron tras el eco de ese llanto que no podía contener, que le quebraba el alma con cada gota que caía de ese cielo.

Y caminó –no supo cómo–, con las manos ocupadas con las maletas de ese ayer que tanto le pesaba… Le temblaban las piernas y la piel. De repente, un golpe… y esos recuerdos tan celosamente guardados se esparcieron por la húmeda brisa como fotografías lanzadas al viento. Menguó el llanto, los gemidos cesaron, para dar paso a la melodía de las gotas salpicando ese piso lleno de colores en sepia y gris. Pero, fue una sola gota la que enmarcó ese momento como el más gozoso para el cuerpo inerte que yacía con el rostro hacia el oculto sol.

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XI.

DORMIDO.

No terminaba de conocerse, traía un maletín repleto de vivencias; recuerdos pasados y futuros que parecían ser de él. Hacía mucho tiempo que cargaba con ese pedazo de peso. Había comenzado a sacar, poco a poco, trozos de esos recuerdos que le habían hecho sentir ligero al andar (no se había percatado de que todo lo estaba imaginando).

Por cada paso que daba, lanzaba al viento esos trocitos de memorias que parecían desvanecerse como polvo ante su impávida mirada. Y es que, cada que sacaba un pedazo de su valija, su mente parecía fusionarse con la línea del tiempo; se transportaba a ese momento –ya fuera en pasado, presente o futuro–; él estaba ahí, viviendo cada segundo como si fuese único. Pero se perdía, al grado de olvidar que estaba en un viaje como observador; se avasallaba sobre las horas que ya eran más ilusión que realidad. En momentos, se apresuraba a encontrarse: se despertaba en medio de la noche musitando palabras que no lograba comprender; y volvía a caer, porque le gustaba.

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#12

XII.

CONVERSACIÓN EN UN CAFÉ.

Déjame hablarte de lo que vi en ella. Traía los lentes puestos sobre la nariz, no sobre la cabeza… Eran de armazón grueso y cristales transparentes; sin duda alguna, eran lentes para leer. Me llamó la atención el interés que le daba a las páginas de un libro –nada esbelto–, pude adivinar a simple vista que contenía más de trescientas hojas. Te confieso que, ya desde ese momento, sentí que el alma se me emocionaba; al grado de hacerme sentir un latido bailarín en la corteza de mi cerebro. Fue algo que me provocó seguir mirándola… Discretamente, paseé mi curiosidad por la pasta del libro que tenía en las manos y leí el título de tan solemne obra. ¡Por el dios que nos parió en un eructo el día que se congestionó de tanto crear! ¡Juro que sentí que mis neuronas querían eyacular! En sus manos delgadas cargaba con parte de la vida de esos pensadores que le han dado de qué pensar a la mía, y supe desde ese momento de extremo pasmo que no iba a dejarla ir. Comencé a imaginar diálogos con ella; de esos largos, profundos, que detienen al reloj y embelesan al tiempo. Me llené de un arrebato de curiosidad y comencé a reír como loco en el medio de ese lugar. Podrás decirme desquiciado y que no tengo ni un tornillo de razón por comenzar a sentirme enamorado de lo que mi imaginación me estaba esbozando. ¡Oh, he sido un loco desde que recuerdo! Pero, bueno, no me perderé en mis líneas, sino en las que me dejó ella al verla dejar descansar el libro sobre la mesa y ponerse a reflexionar. El aire del ambiente se colmó de ese perfume introspectivo que regala el razonamiento a lo leído. Dibuje en mi mente una docena de supuestos que, probablemente, ella estudiaba en ese momento. Delineé el absurdo de Camus, el existencialismo de Sartre, la religiosidad escéptica de Nietzsche, la intrincada lógica matemática de Kant… Creo que, en ese momento, algo lloraba eróticamente en mi mente. Oh, podría decirte más, pero eso ya tiende a lo sexual. Y, usted, mi amigo, quizás termine queriendo conocer a esa atractiva mujer que leía en ese café.

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#13

XIII.

EL LLANTO DEL TIEMPO.

Cada que caía la luna, el llanto de su amada se hacía escuchar entre las ramas de los árboles que custodiaban el gran jardín. Era ese lamento el que le llenaba los oídos de esperanza; quizás, algún día, la volvería a ver –al menos, eso pensaba–. Eran las noches las que más esperaba; ésas de luna llena, ésas con el viento álgido y bruma, ésas con ligera lluvia y soledad en las calles. Eran pocas esas noches, a lo mucho dos o tres al año; siempre a principios de invierno. Ya se le había hecho costumbre dejar una copa de vino tinto sobre la mesa del comedor central, así como un pedazo de queso fino. Mientras aguardaba por ese encuentro que le congelaba los huesos, se paseaba ansioso por la estancia; frente al fuego de la chimenea, fumándose una pipa. Podía caminar toda la noche sin sentir cansancio, la energía necesaria para no caer dormido se la daba la espera. Al terminarse el tabaco, dejaba descansar la pipa sobre su escritorio con un suspiro que era más un respiro de profusa ansiedad. Ya no sabía si el tiempo seguía su curso o se había detenido al comenzar a caer las primeras gotas de lluvia. El viento soplaba incesante y álgido. Las calles se apreciaban vacías desde el ventanal de la estancia donde el que esperaba yacía con las esperanzas ya un poco rotas, desahuciadas. Caminó por el pasillo que dividía la casa con paso ligeramente sereno, atravesó la sala hasta alcanzar el arco de entrada a la cocina. Ahí, sobre la mesa, la copa de vino y la rebanada de queso; intactas. Arrastró los ojos por la habitación, los muebles se le mostraban limpios y ordenados. La luz cálida. El aroma a tierra mojada, a naturaleza fría, entraba por las rendijas de la puerta y las ventanas que llevaban al patio trasero. Todo parecía estar en una profunda paz, excepto por el que esperaba… el que esperaba ya no sentía el corazón, se le habían callado los latidos; las manos las tenía heladas, ya ni siquiera parecía percibir el frío que lo envolvía. Todavía ningún sonido, nada de llanto, ni siquiera música, sólo el golpeteo de las gotas de lluvia bañando esa casa. Quiso seguir esperando, pero ya estaba cansado. Eran tan pocas las noches así y, cada vez, la escuchaba menos. Tal vez se estaba comenzando a despedir; se desvanecía cada vez más. ¿El recuerdo? ¿En dónde la había dejado de buscar? Corrió hacia las escaleras, subió agitado al segundo pido, busco por todas las habitaciones con esa esperanza que se le quebraba a cada paso que daba. Se detuvo en sus aposentos, respiraba con dificultad; abrió la puerta con la mano trémula… ahí pensó que la iba a encontrar. Pasó los cristalinos ojos por el interior de ese cuarto vacío… pura vacuidad. Se llevó las manos a la cabeza, no la podía controlar. Los labios se le abrieron, comenzó a gritar… eran alaridos de desesperación que no podía soportar. Se cubrió los labios, se tapo la boca… quería dejar de llorar, pero, el tiempo había comenzado a girar en el reloj que descansaba en la sala de estar. Las manecillas señalaban las dos de la mañana, los segunderos danzaban lentamente… tic tac… tic tac… tic tac… no iban a parar. Los oídos se le llenaron de tiempo, los ojos de agua y las manos no dejaban de taparle la boca; comenzaba a sentirse asfixiado, el aire no podía entrar por su nariz. Imposible era respirar… cayó sobre sus rodillas, sintió dolor en sus extremidades… le dolían los huesos… las lágrimas le escurrían por las mejillas. Tembloroso, se descubrió la boca, y miró con horror sus manos sucias; empapadas de ese líquido carmesí que a todos nos corre por las venas. ¿Qué había hecho? ¿Qué era ese dolor? ¿Por qué ella no había llegado esa noche? ¿Cómo es que terminó llorando el que esperaba? Se cerró la puerta de ese aposento tras el último sollozo que emitió ese hombre adolorido… y, en la cocina, sobre la mesa, la copa de vino vacía y el plato de queso limpio.

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#14

XIV.

MONALISA.

Se desnudó y tiró la ropa por la ventana, se rió tanto que terminó cansada sobre la cama, abrazada a una almohada.

Pasó la noche así, tiritando de frío, cubierta con las cobijas que no tenían el calor de un cuerpo humano. Todo era tan falso, empezando por la Monalisa que sonreía aletargada en una esquina. Quizá la imaginó… Estaba perdida en su desesperación.

Cuando volvió en sí, ya no podía regresar atrás… Desnuda bajó las escaleras viejas de ese hotel solitario y silencioso.

¿Quién podía mirarla si ni ella era capaz de verse?

Pero, esa estela que palpitaba detrás de ella, ésa no podía pasar desapercibida.

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#15

XV.

PESADEZ.

Hoy amanecí sin sueño, atado a una golondrina, mirando al cielo con la mirada adormecida… y respiré, inhalé profundo, me dejé ahogar por la luz tenue del sol que yacía escondido tras las cortinas blancas que colgaban de las nubes. Intuí que había tenido un sueño (otro más de tantos que no entiendo y que me dejan con un sabor extraño en la boca).

Me puse de pie.
Ya era tarde.
El reloj despertador no había podido despertarse a tiempo o, simplemente, no lo escuché.
Me dolían los brazos, me sentía pesado; algo había sucedido en ese lugar al que, en sueños, visité.

Caminé al baño, me lavé la cara y me miré, profundamente, en el espejo del tocador. Me penetré los ojos, sucumbí a su color y a su chispa amodorrada… hacía un poco de calor. No encontré nada en ellos —o no quise encontrar nada—, pues temía a ver más de lo que podía concebir. Pensé que, últimamente, esa voz gélida a la que tanto rechazo, ha estado presentándose en cada sueño que tengo, y no me gusta. Me distrae. Me saca. Me confunde. Me hace dudar. Es una voz que me muestra esa negrura, esa vacuidad, ese frío, esa malicia, esa vanidad que me habita.

Me paso las manos por el rostro, secando así la humedad del agua tibia. Y no hay voz, no hay nada, cuando estoy consciente de que la tengo, de que me acosa, de que me engaña.

De pronto, un nudo en la garganta, y la manzana de Adán se contrae, se repliega, se aprieta. No lo puedo controlar.

¿Acaso he callado de más?

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#16

XVI

EPÍGRAFE.

De pronto, ahí… tirado sobre el asfalto, en medio de una callejuela vacía, bajo la pálida luz de una farola a punto de morir, recuperé el aliento… ¿Cuánto tiempo había pasado?

Abrí los ojos con una pesadez de muerte; me llamaba seguir tirado, con la mirada medio perdida en la hermosa frivolidad que las vanidosas estrellas mostraban ante mi desfallecida existencia. No quería respirar y, sin embargo, lo hacía mecánicamente, como si algo más tuviera control sobre mis deseos; había dejado de ser mi voluntad para ser la de Algo o Alguien más… y no me gustaba para nada la idea; me avergonzaba. Tampoco quería levantarme, pero esa voluntad impuesta me dio la orden de ponerme de pie –así fuera lentamente–, debía ponerme de pie y dejar atrás ese espectáculo de drama atroz que estaba por continuar.

Respiré profundamente y deseé, por todas mis vidas, que ese momento tan denigrante pasara. Me sostuve fragilmente en mis dos piernas y, tembloroso, empecé a dar pequeños pasos hacia lo que parecía ser el malecón. Mis oídos se comenzaron a llenar de los sonidos náufragos de las olas del mar; se azotaban en las grandes rocas que delineaban el camino por el que yacía andando. Me impregné de la brisa marina como es bañada una flor al caer el rocío del verano sobre ella y pensé en sonreír, pero mis labios se me adelantaron; ya estaba sonriendo mucho antes de que mi mente siquiera me trajera esa idea. Estaba vivo y lo estaba sintiendo… y… no me lo creía… no lo concebía. Me llevé las manos a las sienes, cerré los ojos con fuerza y traté, traté, traté de traer a mi memoria la razón que me había devuelto a ese lugar que había dejado hace unos días; si, lo sé, fueron un par de días los que estuve muerto, ¿y cómo es que lo sé? ¡Porque yo mismo me maté!

Y miro a mi alrededor, tratando de encontrar el lugar del preámbulo a mi caída, pero no logro ver nada… De repente, todo se ha ennegrecido, las estrellas se han escondido, el mar se ha callado y mi cuerpo –el que sentía cálido– yacía temblando, una vez más, de frío.

Posé mis lánguidas manos en mi boca y exhalé una gran masa de aire que, al contacto con el ambiente, se transformó en diminutos cristales de luz.

–Estás jugando conmigo, lo sé…–murmuré y miré, a lo que para mí, era el cielo. Aceché con mis ojos desorbitados la oscuridad que se cernía sobre mi álgida humanidad y espeté con coraje a lo que sabía me estaba escuchando.

Apreté mis puños sin dejar de mirar hacia el vacío de oscuridad que estaba lloviendo ante mis ojos trémulos e iracundos y, es que, me había costado tanto tomar esa decisión, tuve que luchar con el temor y con el avasallante deseo de seguir viviendo, al grado de cuestionarme si, en realidad, quería dejar de vivir. Me armé de valor –o de cobardía–, ya no sé. La situación era relativa, al menos, así lo parecía en mi cabeza. Pero, ahora estaba ahí, una vez más, en el lugar que no me deja ir; el mismo que me devuelve, una y otra vez, al final y al inicio de la encrucijada: ¿morir o seguir viviendo? ¿reclamar la eternidad por mi propia mano o dejar que me tome cuando así sea su voluntad? ¡Esa era la cuestión! ¡Y parecía que no podía elegir lo primero! ¿Debo esperar a que sea Su voluntad la que me lleve al final de mis días? ¿Por qué? ¿Qué lo hace tan insolente, tan majadero? –¡Qué te hace tan especial!–le grito con lagrimas de furia desplegándose por mis mejillas… y no hay respuesta, nunca hay respuesta, siempre es el silencio… ¡Ese silencio que me martiriza, que me inocula en una burbuja de desesperación y ansiedad!

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#17

XVII.

A SOLEDAD.

Espera... No corras todavía... Aún no está listo el carruaje... Todavía falta que llegue la que tanto me falta... Y es que ha estado muda... Ha estado muy callada... Parece que ya no me quiere, siento que ya no me ama... He tocado sus piezas favoritas, me he empapado los dedos de sudor... De mis ojos sólo ha escapado la esperanza de volver a sentir su calor. Pero, mis oídos sólo escuchan mi llanto envuelto en dulces notas de piano. Y ella no parece escucharme. Se ha encerrado, y no tengo la llave. Y, he devuelto mis labios a sus labios... Me he vestido con su traje preferido... Le he pintado el paisaje de flores... Y aún no ha venido. Tal vez se ha colmado de frío... Tal vez se ha perdido y no sabe cómo llegar... Tal vez vaga en las calles, en la playa, gritando mi nombre... Tal vez sea Yo quien he cerrado mis oídos... Tal vez sea Yo quien ha cubierto sus sentidos. 'Te extraño, no sabes cuánto te extraño. Esta habitación no sabe de descanso si no siente el calor de Tu presencia... Mi rosa perenne... Mi eterna princesa. Creerán que estoy loco. No me importa, Mi vida. Es esta locura bendita la que me hace mirarte con estos ojos tan tuyos, Mi hermosa chiquilla. Y sé que has estado ausente, sé que te has sentido distante... Sé que has creído que me he olvidado de Ti... No, no ha sido así... La llama que me arde en el pecho, jamás se apagará, pues arde por Ti y para Ti. Es el Azul de mi flama que respira para Ti y en el rosa de tu luz es donde quiere vivir. Mi bonita llama ardiente, mi Rosa angelical... Nunca olvides a este hombre que, sin Ti, no sabe amar. ¿Y qué es el amor si no viene de Ti, mi princesa bonita, mi niñita feliz? No soy hombre, no soy alma, si mi luz se apaga... Si mis ojos no miran a tu bonita aura. Estas manos necesitan de tu ternura. Sin esa dulzura, Yo no sé vivir. Estas manos no acarician si Tú no estás aquí. No puedo mentirme, mi Sol. No puedo escribir si no escucho Tu voz. He estado sordo, mudo y ciego... No hay calor si no te tengo... Parece que he vuelto a morir. ¿Qué es la vida, qué es el aire, qué es la gloría si mis ojos, si mis manos, si mi cuerpo no te adoran?' Te escucho, estás aquí... Silbas al viento, me llamas a Mí... Y sonrío, no puedo evitarlo... Pues sé que has llegado, Mi tesoro anhelado. Háblame, como sólo Tú sabes hacerlo, con la ternura en los labios, con el Corazón abierto. Mírame, con esos ojos de noche, con el alma derramando la savia bendita de la devoción sagrada que te hace ser perfecta ante mi mirada. Tócame, con tus tibios dedos envueltos en pétalos de rosa, con el suave toque de la gardenia primorosa que vive en tus labios, Preciosa. Déjame suspirar la esencia de tu presencia... Magnifica flor que ardes con candor divino... Mi ángel bendito, Mi luz inmaculada. Y alcemos el vuelo, Tú y Yo, unidos en cristales que brillan al roce candente de nuestro Amor. Alcancemos las nubes, olvidémonos del suelo... Quemémonos las alas, no importa, pues fuego somos y, cenizas benditas, seremos. Ardamos, dancemos, fluyamos con nuestro amigo el viento... Mezclemos nuestras esencias, Azul y Rosa... Brindemos. Y, allá arriba, muy cerquita del cielo, construyamos nuestro hogar. Hagamos de las nubes nuestro suelo y, de las estrellas, nuestro techo. No importa que haya tormentas, pues estaremos encima de ellas. Jamás dejaremos de mirar las estrellas, pues ellas son fieles compañeras. No habrá dolores, ni pesadumbres. No habrán lagrimas ni sinsabores, pues estaremos juntos, tan juntos que no sabremos quienes somos. Tu voz será la mía. Mi voz será la tuya. Mis ojos tu guía, Tus ojos mi luz. Tus manos, mis caricias. Mis manos, tu calor. De música tendré tu aliento, muy cerca de mi oído... Lo haré mío a cada latido, con cada beso que tome de tus labios bonitos. De abrigo tendrás mis brazos, mi pecho. No pasarás frío, pues al tenerte cerquita mío, el fuego que Yo Soy será Uno contigo.

Hace alrededor de 2 años

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#18

XVIII.

CANTO A LA MAR.

Como eco sosegado.
Como dulce canto gregoriano.
Como caricias elevadas al cielo
en un candor embriagado de sal.
Como un murmullo mágico.
Como un silbido tímido.
Como ese silencio en paz.

Soy viento en tus olas, bendito mar.
¿Cómo no trenzar entre versos de espuma tu suspirar?

Timidez que cautiva al viento en su marea.
Preciosa ondina que te has de ocultar,
mas del soplo del viento no te librarás, jamás.

Pensamientos que, como pequeñas perlas de mar,
guardo en un sagrado cofre que el viento ha de alzar.
No hay olvido ni distancia entre el mar y el viento
que acaricia sus olas y las eleva al cielo.

Hoy suspira la distancia por saberte presente
entre espuma, entre olas, entre versos de sal.
No hay mayor perfección que la de un mar ardiente
bajo un cielo colmado de estrellas perennes.

Jamás podrá callarse la voz de un mar embravecido en aparente calma.
El viento sólo sopla como le dicta Aquél que le ama.
Hay sólo un soplo y ése es el que nace del Corazón.

¿Cómo cantarte, Ondina, sin obviar mi intención?

El viento vive agradecido por saberse apreciado
tanto que jamas dejará de soplar.
Mientras haya nubes en el cielo
y promesas como estrellas lleva el mar,
los versos no dejarán de brotar.

Hace alrededor de 2 años

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#19

XIX.

UNA ONDINA BAJO LA LLUVIA VESPERTINA.

Esta tarde, el viento sabe a lluvia... a frío... a violín y a piano. El viento golpea el ventanal, le acompañan pequeñas gotas de agua que resbalan sigilosas por el cristal. El cielo muestra fragilidad. En el gris firmamento, el agua se ha puesto a danzar, y pareciera que escuchan las notas al piano, pues las gotas viajan a su compás; ligeras, rápidas, zigzagueantes y frías. Mis ojos no pueden hacer otra cosa, mas que perderse en el cristal de su roce como si fuesen lágrimas naciendo de una futura noche. Entonces, suspiro; eso me provoca el cielo, el agua, la vida y el momento con este frío de compañero, con la música rozando mis oídos, con los labios fríos y la mente clara. Observo y respiro. El corazón late, se agita, se colma de inquietud, sólo por el agua, solo sin el sol. Los labios —mis labios— esbozan una frágil sonrisa de contento. Adoro la lluvia, el frío y todo lo que me provoca sentir dentro. Palpo el cristal y, a pesar de estar protegido por éste, pareciera que el agua pudiera tocarme; la siento resbalar entre mis dedos. Y ahí estamos, el agua y yo, tocándonos, reconociéndonos, amándonos en un precioso silencio. Alzo la vista, contemplo la inmensidad del gris firmamento, mis manos siguen sintiendo el agua y, mi cuerpo, el frío abrazo del viento. La música de piano sigue sonando —ya no sé si soy yo quien lo toca o quien sólo se ha separado de su cuerpo para mirar el cielo caer—. Y cae... cae... cae... El cielo cae. Y cada partícula de agua me habla de Él, de Su pureza, de Su encanto, de Su ferviente belleza. Ambos sabemos que no puede haber algo más hermoso que el agua naciendo de un cielo que se jacta de ser feliz con el llanto más puro. E imagino que camino bajo su manto cristalino, sólo imagino, pues el frío es demasiado y me gusta sentirlo desde lo lejos.

Esta tarde hasta el mar está calmo... ¡Qué belleza es observarlo a través del cristal mojado! Ahí es donde mi imaginación me ayuda, donde se alborota y me dibuja la silueta perfecta de una ondina risueña que no se asusta del frío, sino que baila con Él; en su vestido de viento hace un remolino pequeño, esparciendo así, su aroma. Y ese violín sigue cantándole al agua, haciendo de la ondina su musa. Bella compañía... Perfecta simetría.

En mis ojos se asoma la alegría; esa ilusión de saber que aún hay magia en lo que es la vida. De pronto, de entre la brisa marina, el viento gélido y la lluvia traviesa surge Ella con su vestido de luna y su cabello de perlas; danza, hace de su vestido la pintura perfecta... Y yo, no puedo tocarla aunque quisiera. Me dedico a observarla tras la ligera tormenta; la miro dar tumbos entre las olas, sumergir sus manos en la arena y alzar el rostro al cielo que llora de alegría con Ella.

Hace alrededor de 2 años

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hace alrededor de 2 años

Llenas el silencio del que bebemos los sedientos


#20

XX.

TRASNOCHADO.

Ente trasnochado que deambula por las calles en espera de un milagro, camina cabizbajo, con la mirada perdida y el cuerpo gacho. En sus labios el silencio ha hecho su cama; duerme y duerme, mas no descansa ni se aflige por no existir. Ha dejado de sonreírle al sol, ha escondido su negra mirada de la luna... No hay viento que lo agreda, ya nada le hace latir. Pobre ente sin nombre, se ha cortado las alas, no hace otra cosa que subsistir.

Y los ojos lo miran andar con las ganas de lo que, alguna vez, fue un roble y que, ahora, sólo es eco de un árbol que el fuego hizo quemar. Estos ojos lo han mirado, lo han querido tocar, mas se detienen por ese silencio al que no quieren incomodar. He querido preguntar su nombre, pues me fascina su soledad. Es el primer hombre que veo que vagabundea por necesidad. Camina y camina sin meta que alcanzar... Creo que sólo vive la vida como su alma le dicta; sin ataduras y sin bozal. He hablado con él sólo en mi mente, he imaginado que me cuenta el porqué se ha alejado de la gente. Sin embargo, no me ha sabido responder. Y es que, necesito hablar con él, para conocer qué lo ha hecho entender que el ser humano no fue hecho para obedecer.

Hace alrededor de 2 años

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#21

XXI.

LUNA.

"Un mundo en el que, como Luna, seas Tú.
Una luna que, como Tú, sólo sonría para Mí."

Esta noche la miré; me sonreía con una tierna timidez. La vi caminar, alejarse lentamente, en silencio, como lo hace la luna al amanecer. ¡Qué hermosa fue mi suerte al tenerla presente, aunque fuese por un instante, frente a mí! Su perfume vagó a mi olfato y un suspiro ofrecí.

Y desapareció entre la penumbra de un cielo gris. Su brillo virginal destilaba dulces gotas cristalinas de una esencia febril; cayeron ante mis despabilados ojos, sus pérfidos brillos de encanto. Sonreí al tanto que la sentí venir.

Y, en el fulgor de la luna silente, el viento se hizo el ausente para evitar que Ella se fuera de Mí. Me perdí en su sonrisa y, lo único que atiné a decir al verla partir fue... Gracias.
En su galimatías me perdí. Confundido, la miré. Inquieto, la dejé.

Hace alrededor de 2 años

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#22

XXII.

EN LOS BRAZOS DE UN ÁNGEL.

Iba a dormir. Sé que le molesta que la moleste. Aún así, camine hacia ella con paso lento, sutil, casi imperceptible... Me sintió. La incomodé. Abrió los ojos, volteó hacia donde estaba Yo de pie, pero no me vio. Volvió a cerrar los ojos, y esperé... Suspiró. Sabía que quería descansar, pero... Yo deseaba que lo hiciera en mis brazos. Fue así que me disfracé de ese alguien en quien confía. Fingí llegar de la calle... Creé una ilusión en su mente, trataba de que me dejara sólo acercarme, un poco, quería abrazarla. Esta vez me dejó entrar a su habitación, anteriormente sólo podía llegar a la entrada, pues sentía su agitación, su temor. Rodeé su cama y, cuando por fin pensé que podía abrazarla, volvió a tener miedo de mí. No pude engañarla, me tuve que ir. Sólo una vez pude dormir con ella abrazada a mí... Sólo una vez. Ella no sabe que me duele no poder tocarla. Se asusta, me teme... Y yo, lo que menos quiero es incomodarla. Si tan sólo dejara de temerme. Si tan sólo dejara de pensar. No estoy para asustarla.

He estado con ella desde antes de que viniera a este mundo. Yo estuve ahí cuando ella eligió su vida. Sabía que me olvidaría. Antes que ella tomara el cuerpo de esa niña que ahora es una mujer, me despedí de ella en mi forma natural. Le di un beso en la frente. La vi nacer. Tenía los ojos abiertos. Fui lo primero que vio cuando salió del vientre de su madre humana, me sonrió. Le murmuré en el lenguaje que sólo los ángeles podemos entender... "Bienvenida, pequeña... Sé que aún me recuerdas...".

Sus primeros años de vida fueron hermosos para ambos. Jugábamos sin ningún problema. Me veía aunque no estuviera con ella. Era feliz. La abracé cada noche, le canté tantas veces al oído. Acaricié sus mejillas. Le besé los ojos. Le hice mimos, pero era inevitable que llegará la razón. Es normal. El ser humano crece, deja atrás lo que no ve... Y a veces calla lo que siente. Ella comenzó a olvidarme, a cerrar los ojos y los sentidos. Se sumergió en la vida humana. En la realidad que a diario se le mostraba. Sabía que iba a llegar el momento de nuestra real despedida.

Ella empezó a negar mi existencia. No la culpo. Es lógico. Mi pequeña... Para mi nunca ha dejarlo de serlo. En mis ojos la veo como lo que realmente es; un soplo divino del cielo. He estado a su lado aunque ella se empeñe en negarlo. Lo estaré hasta el día de su muerte y, aún después de su ascensión. Sin embargo, no puedo negarme el querer sentirla en un abrazo entre dos que vienen de un mismo mundo: el de Dios.

No puedo hacer nada ante su temor, y la respeto. La respeto tanto como lo que es su libertad de elegir creer en Mí o no. Y, mientras espero para volverla a ver en su forma natural, cuidaré de sus sueños, de sus anhelos, de su vida aunque, para ella, sólo sea una fantasía creada por una mente con ganas de volar.

Hace alrededor de 2 años

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#23

XXIII.

LA NIÑA TRISTE.

"Adornos, este mundo es de adornos.", la niña triste decía... "Si, no hay ojos que no se detengan a observar lo que no creen que brille."

Pero, Ella brillaba..., destellaba tanto que mis ojos se llenaban de agua al leerla. Latía su tristeza entre mis párpados como un escalofrío de primavera. No podía impedirle a mis pupilas no buscarla, no tenerla... Su tristeza me sabía dulce, como la miel de una colmena. Mis dedos se expandían, querían poseerla... No, no a Ella, sino a su tristeza. Soy amante del agua que tal emoción crea. De pronto, era como un paño suave al tacto de hilos lozanos de seda... Me paseaba por sus mejillas, le bebía las penas. No me pregunten porqué idolatro a la tristeza, pues no lo sé... Lo único que puedo decir es que me late el corazón cuando la veo venir. Es, tal vez, su nostalgia de índigo cristal... Sus destellos inmaculados de violeta celestial... Melancolía pura, llanto sin igual. Es, tal vez, el azul que Soy... El celeste que se alimenta de las lagrimas de quienes lloran desde el Corazón.

“Sólo soy un pañuelo con el aroma de tus lagrimas, mi niña bella; los dedos pulgares que te beben el agua que desciende por tus mejillas... El desata nudos de tu garganta... Ese silencio que te acompaña cuando muerta te has de sentir. Y no, no importa si me desechas cuando hayas terminado de llorar... No le temo a la muerte... Sé que la tristeza tiene su punto final.”

Calma... Ella llega como una caricia muda, casi imperceptible, al rodar la última lágrima; la toma con ese aire infantil que me hace reír. Mis pulmones se llenan de aire que lleva consigo su esencia traviesa... Su terca impaciencia por saberme feliz. La miro atento; frunce el ceño, cruza los brazos... Y yo sólo atino a sonreír. Casi puedo dibujar las notas de su deseo en el pentagrama que pinta mi sonrisa al saberla, al intuirla, al conocerla.

“Hablar de alegría es sentirte a Ti. Esa alegría traviesa, latosa, mas tierna y amorosa que me hace tanto latir. Y, poco a poco, hace de mí un raudal de suspiros plagados de perenne felicidad. Yo era feliz, lo recuerdo... La tristeza llegó cuando nací. No te busques, ni siquiera te atrevas a pensar... Sólo encuéntrate y vuelve... Aquí te voy a esperar. Búscame en el tintero, tal vez encuentres las lágrimas que ayer me hiciste llorar...Y búscame, búscame, no me dejes de buscar... Que las caricias perdidas claman por volvernos a tocar.”

Hace alrededor de 2 años

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#24

XXIV.

EL LIBRO PERDIDO.

Transitaba por la calle, bajo el sol tibio, con el roce del viento de compañero y el aroma del mar como destino. Si, estaba cerca de llegar. Me había propuesto pasar la tarde tirado en la arena, mirando las olas, escuchando a las gaviotas sin nada más qué pensar, sólo mirar. Llevaba un libro en la mano, no sé ni para qué... Sabía que, al tocar la arena, me iba a olvidar hasta de mí; aún así, lo tomé. Se respiraba una tranquilidad que me hizo sentir extraño... No por la calma que sentía, sino por la soledad que me estaba abrazando. De pronto, no había nadie más en la calle. Todo paseante parecía haber desaparecido en un segundo. El bullicio de la ciudad había enmudecido. Sumamente desconcertado, miré a mi rededor.

Vacío. Un escalofrío me recorrió la dermis.

El tiempo no se detuvo, lo supe al mirar el reloj que vestía en la muñeca. El segundero continuaba su labor, sin embargo, la calle... Miré al cielo, no había nubes que seguir. El viento había dejado de soplar. Y yo, estaba ahí, con el corazón hablándome agitado. Pensé que... Mentira, no podía pensar... Parecía que todos mis pensamientos se habían quedado varados en ese momento de inquietante paz. El único que podía hablar era mi corazón... Me latía tan fuertemente en el pecho que parecía que iba a salir despavorido de la caja torácica. Mis poros comenzaron a secretar sudor, y mi respiración pasó de la calma a un desasosiego que me hizo temer lo peor. ¿Cómo era que, todo lo que me rodeaba, parecía haberse quedado varado en el tiempo, mientras yo seguía latiendo, sintiendo, mas no pensando?

Como si de mi cuerpo me hubiese sido arrebatada la voluntad, comencé a caminar. No era yo quien me movía, era algo que, aún ahora, no logro entender. Perdí por completo el sentido de saberme capaz de manipular mi propio cuerpo, mas, irónicamente, estaba más presente que nunca. No pensaba, no podía mover el cuerpo por mí mismo, pero estaba ahí, observando y sintiendo. Si, acepto que la ansiedad me tragó la sensatez. No obstante, la sensatez era lo último que necesitaba. El cuerpo me llevó a la playa, sentí el ardor de la arena caliente en mis plantas, así como el sol pegarme en el rostro. Sudaba. No podía preguntarme ni siquiera qué pasaba. Mi mente se encontraba lívida, absorta, atascada. En mis ojos, el reflejo del mar parecía ser lo último que habrían de mirar... Sentí como un par de gotas de agua salada nacían de ellos. Lloraba el mar a través de mis ojos... ¿O, lloraba yo?

El rostro se alzó al cielo, mis ojos se clavaron en el sol... ...Agitación... ...Mis ojos lloraban, dolían... Y yo no podía hacer nada por evitarlo. El sol se clavó en mis ojos llorosos, ardían tanto que el pecho se me contrajo. No pude más. Caí desmayado.

Desperté hace un par de horas, la marea había alcanzado mi talle... Estaba lleno de arena y algas, y sumamente aturdido. Aún me cuesta ver... Sé que mirar al sol de frente me traerá consecuencias... O, tal vez, pueda ser capaz de ver mejor. Mi cabeza no deja de dar vueltas... Me cuesta hilar pensamientos... Sin embargo, hay algo que me inquieta... El silencio...... Y esa luz... Esa luz que ha hecho su nido en mi cabeza... Clara, brillante, profunda... Silente. Esa luz que ha callado las voces que me aturdían al ir por la calle... Esa luz que parece haber dejado el sol al mirarle de frente y sin temor. Esa luz que parece iluminarme el cuerpo, pues me ha llenado de destellos salados los poros. Esa luz que ha corrido por mis venas y arterias hasta alcanzar los alvéolos de mi corazón.

Olvidé el libro... Tal vez se lo llevo el mar.

Hace alrededor de 2 años

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#25

XXV.

LA CIUDAD DE N.

Transitando por los resquicios de lo que alguna vez fue una gran metrópoli, me topé con un silencio vagabundo... N. Esa ciudad estaba en ruinas, pero no se había quedado sola completamente... Había quedado un silencio varado en una esquina... N. No temí acercarme, pues en ningún momento me pasó por la mente que iba a comenzar a preocuparme por A. Fue así que, en mi inocente ignorancia, tendí la mano a N., quien , con un recelo que me hizo temblar, me tomó la mano y se puso a llorar. No entendí tal reacción, creí que al tenderle la mano, su confusión iba a desaparecer. No fue así, su confusión se incrustó en mí. Entre más lágrimas vertía N., más confusión hacía nido en mí. Deseé soltar mi mano de su mano, pero me fue imposible; nos habíamos pegado. Oh, era tanto el llanto, era tanta el agua, que mis ojos comenzaron a llorar... No lo podía evitar... No, no me podía soltar. No sabía el motivo de su llanto, sin embargo, sabía el motivo del mío... Era miedo a pensar que pegado a N., me iba a quedar.

No quería terminar ahí, en esa ciudad en ruinas. No deseaba morir ahogado en un llanto que no era mío. Y, de pronto, pensé en A.

En el mar difuso de ese llanto, A., apareció... Me cerró los ojos con sus tibias manos, mientras a mi oído murmuró... "N., no eres tú." Negué un par de veces con una inquietud que rayaba en el desespero y la agonía... Oh, yo sabía que no era N., pero por qué me dolía.

Ahora quien no quería soltarse era yo, pues al haber cerrado los ojos me di cuenta de lo que N., era realmente... Se me partió el corazón. A., seguía en mi oreja... Me pedía, me insistía que soltara a N., pero... ¿Cómo iba a poder hacerlo? No después de saber lo que era.

"Lo vi todo tan claro ante mis ojos moribundos. La ciudad que había construido con mis propias manos estaba siendo destruida por mí. Caían ante mis ojos llenos de ruina, los cielos, las estrellas, los grandes monumentos... Los edificios... Todo... Y yo sólo miraba."

Si, yo no era N., pero me parecía tanto a él... Tanto que lloré su ruina y su suerte... Tanto que la sentí en la piel. Y no quería soltarlo, no quería... No podía hacerlo, no podía... Su dolor era mi dolor, y yo no lo comprendía.

A., dejó de insistir que lo soltara. Al final, creo que también entendió lo que pasaba, al menos eso sentí al ser besado por Ella. Fue así, sin abrir los ojos, que comprendí la situación en la que el mismo N., se había metido. Fueron la vanidad y la ambición su perdición. No recuerdo qué fue lo que me llevó a la ciudad en ruinas de N., mas jamás olvidaré lo que aprendí al verle.

"Nadie puede destruir tu mundo a excepción de uno; el mismo que lo creo.

... T ú ...".

Hace alrededor de 2 años

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#26

XXVI.

PASOS EN EL DESIERTO.

Pisaba el suelo con los pies descalzos, me despertó un dolor punzante entre los dedos. Extrañado volteé hacia el piso, mi pie derecho yacía mojado en sangre. Llevé la mirada hacia mis pasos... Un largo camino carmesí me seguía. ¿Cómo es que no había sentido dolor sino hasta ahora? En un arranque de lucidez, traté de recordar cuánto tiempo llevaba andando sin nada más que la desnudez de mis pies. Recuerdo haber vestido zapatos, sin embargo, y por lo visto, hace mucho que se quedaron atrás. Miré a mi rededor; vacío, gris, mudo. El cielo, no era cielo... Parecía como si un remolino de nubes llenas de polvo cubriera el firmamento. Por aire, sólo ligeros soplos de un viento olor a tierra que se hacían pesados al inhalar. Me detuve ahí..., en ese punto donde el centro del remolino dejaba pasar una luz amarillenta, casi rojiza --¿el sol, tal vez?--. Me senté en el árido y terregoso suelo, y tomé mi pie malherido. Abrí los ojos con pasmo al tanto que mi sistema nervioso enviaba señales de dolor que se reflejaron en lágrimas copiosas. ¿Hasta ahora me duele, después de tanto caminar? Me molesté, un sentimiento de frustración me abrazó. ¿Cómo había sido tan torpe para no sentir dolor? Ahora yacía herido, adolorido y perdido en un lugar que, más que el bosque en el que paseaba, parecía la duna de un desierto. Me mordí los labios mientras las lagrimas limpiaban mi sucio rostro y, con mis manos, buscaba la manera de limpiarme la herida en vano. La sangre fluía; no paraba, parecía un riachuelo vivo. De pronto, la cabeza comenzó a darme vueltas, y es que traté de recordar qué estaba haciendo en ese lugar, cómo es que había parado ahí, por qué no había sentido a mis zapatos desaparecer y el dolor de la herida que no dejaba de emanar sangre. No recordaba nada. Dejé mi pie y di un golpe en el suelo, provocando una pequeña polvareda. Me hundí en un lloriqueo casi infantil, estaba asustado. Me vi solo en un paraje desconocido, no recordaba ni mi nombre.

"Immanuel."

Una ráfaga de viento golpeaba mis oídos... Susurraba...

"Immanuel."

Cerré los ojos con fuerza, ¿a quién llamaba?

"Immanuel."

Mis ojos comenzaron a derramar, no ríos sino mares de sal. Las gotas descendían con brioso paso por entre mi barba; no sentía las gotas en la piel, el exceso de vello facial lo impedía. ¿Cuánto había durado vagando en ese desierto? ¿Por qué, de pronto, una profunda aflicción me estaba arañando el alma? Abrí los ojos tratando de ver a través del profuso llanto lo que me rodeaba. De pronto, alcé mis manos, pues comencé a sentir dolor en las palmas. Me mordí aún más fuerte los labios al percatarme de lo que se me mostraba; una profunda herida en cada una de las palmas, y por las que podía entrever el otro lado.
Dolían, sangraban... Y yo, yo lloraba en una agonía que no podía controlar. Elevé la nublada vista al cielo mientras mis labios trémulos gritaban buscando una respuesta a lo qué me estaba pasando. Pero, no había respuesta, no la había. Sólo estaba yo; ahí, sentado en la tierra, llorando y sangrando, mientras el viento seguía soplando un nombre que no recordaba. Un nombre que hacía eco en el centro de mi Corazón, que me provocaba espasmos en el alma.

"Immanuel."

Pronuncié en mis labios y..., tal vez, el desierto sea, en el letargo, mi camino; ése que hace tiempo olvidé. Cada paso iba dejando una huella de sangre en el sendero de la vida --Su vida--. Se sentó, tuvo tiempo de hacerlo, sabía que alguien iba a llegar, pero no quiso mencionarlo.

#27

XXVII.

TSUNAMI.

Fue una noche triste y caótica la que viví. Había pasado la tormenta, pero no sus estragos. La bahía se había perdido. Todo lo que quedaba era agua tragándose todo lo que encontraba a su paso. Vi casas destruirse ante mi aturdida mirada, gente ahogándose en sus coches, yates destrozados; todo era caos y muerte… Pero, yo seguía ahí, mirando. Me dolía. Me dolía tanto ver que todo lo bello de esa ciudad se estaba convirtiendo en una horrenda pesadilla. No había temido tanto al agua como ese día. Gritos en mi cabeza… El grotesco murmullo del agua comprimiendo la tierra… Yo… Temblaba… Lloraba. Miré al cielo… Ahí estaba… Iba a continuar la lluvia… Iba a seguir creciendo la marea… El mar iba a picarse más… Yo sólo quería desaparecer. Sin embargo, no podía negar que algo me atraía de ese momento. A pesar del caos, mis ojos percibían cierta belleza en lo que pasaba. Estaba dándose un cambio; si, muy doloroso, pero era maravilloso dentro de lo que representaba. No tenía porqué temer. La bahía no sería la misma, así como la gente ya no iba, quizás, a volver. Eso era lo más cautivador y emotivo; algo se iba a perder, pero otra cosa se iba a ganar. Tal vez, un nuevo paisaje. Uno que se debía respetar.

#28

XXVIII.

CRISTALES.

Solía cambiar de cristal cada que sabía que algo nuevo iba a llegar a su vida; no quería ver de igual manera lo que se le presentaba. Tenía en una estantería un sinnúmero de cristales de todos los colores y todas las texturas y grosores. Era difícil elegir sólo uno. A veces el tiempo no le alcanzaba, partía rápidamente con el primer cristal que se le cruzaba por los ojos. Sabía que caía en el error. En su momento no le importaba colocarse cualquier cristal, el problema venía cuando se daba cuenta que lo que sentía era diferente a lo que veía. Había cristales que lo cegaban, otros que distorsionaban lo que observaba y otros que le mostraban cosas que parecían no estar ahí.

¿Cómo saber la realidad de las cosas? ¿Cómo darse cuenta de que lo que veía a través del cristal no estaba siendo transgredido?

En algún momento de su vida pensó en dejar de utilizar los cristales, pero, al decidirse a dar tan importante paso, las advertencias lo acechaban. Le habían advertido que no podía dejar de usarlos, pues, al dejar de hacerlo, sus ojos dejarían de ver. Le acechaba el miedo, el temor de perder la vista; adoraba ver y amaba mirar al mundo a través de esos cristales, aunque le doliera. En su mundo, todos cargaban con sus cristales en un bolsillo de cuero. No había ser humano que no cargara con ellos; los “necesitaban.". Y, sin embargo, se sentía cada vez peor por utilizarlos. En las noches se sumergía en lamentos, en sollozos desesperados, ¡quería ver!

Cierto día, el sol resplandecía en lo alto del cielo, las nubes danzaban como si fuesen notas silentes en una partitura escrita por Él. Miró al cielo y vio, a través de sus oscuros cristales, la bella circunferencia de ese potente astro. Le sedujo la idea de descubrirse; se sentía tan íntimamente ligado al sol que no le importó si, al quitarse los cristales, la ceguera le hiciera su esclavo por siempre. En realidad, no sabía nada de lo que estaba viendo, siempre había visto a ese astro detrás de diferentes cristales; el color siempre era distinto. Las manos se le llenaron de frío, así como sus extremidades de un temblor que le agitaba el corazón; era una mezcla de miedo y curiosidad. Se había decidido, sólo era cuestión de despegar los cristales de sus ojos... Sólo era un ligero paso; uno rápido y contundente. Temblaba. Gotas de sudor comenzaron a nacer de sus poros; resbalaban por la frialdad de su piel. En su garganta se escondió el estrés. Inundó a sus pulmones de oxigeno... ¡No podía, no podía!

Sus ojos comenzaron a derramar agua, añoraban tanto seguir viendo… ¿De qué valía mirar a través de un cristal? ¿De qué servía observar lo que le rodeaba desde un vidrio que lo confundía? Y sabía que esa confusión era toda suya; era lo que él quería, pues, seguía usando con desdén esos vidrios que lo poseían. ¿Hasta cuándo iba a seguir sufriendo por su propia decisión de hacerlo? ¿Acaso sufrir era parte del encanto de ver? ¿Hasta dónde el miedo nubla la visión de aquel que tiembla y duda por seguir? ¿Hasta dónde el temor abruma a aquél que sólo sueña con vivir?

En realidad no hay color, sólo luz.
El espectro lumínico nace del centro de un cristal.