Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64 (18941 ptos) | Premio de la crítica
#1

I.

ÉL.

Todo comenzó al caer la lluvia. De pronto, el sol fue cubierto por un montón de nubes grises que se limitaron sólo a llorar. Estaba tumbado bajo el árbol más grande que habita en el jardín, en cuanto me sentí el cuerpo empapado me puse de pie y corrí al interior de la casa. Corrí la puerta de cristal mientras me reía; estaba totalmente bañado en agua fría, temblaba y respiraba agitado. Debí haber durado bastante tiempo ahí, bajo el árbol, con las nubes llorando sobre mí, y me sentí tan bien que no reparé en el tiempo ni tampoco en que estaba siendo abrasado por su algidez; la cual pasaba junto a las tupidas gotas que me mojaban. Caminé tembloroso a la cocina, encendí la hornilla y puse agua a calentar en la tetera. Respiré hondo tratando de atrapar algo de calor, pero me fue imposible. Dejé la cocina y pasé a la habitación, luego al tocador; ahí busqué una toalla para secarme. Me desnudé con el andar de las manecillas del reloj mientras mi mente vagaba al momento en el que parecía haberme perdido bajo las hojas…

Suspiré…

Inhalé y exhalé…

Y, súbitamente, estaba ahí otra vez.

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#2

Le había entregado la carta, pero me temía que ya no era necesario. Pasé mucho tiempo pensando en cómo dársela, peor aún, duré toda una noche en encontrar las palabras justas que describieran lo que me pasaba cuando estaba junto a ella. Me bebí casi una botella de coñac y fumé más de un cigarrillo tratando de comprender lo que me había llevado a tomar esa decisión tan repentina. Acabé borracho y medio dormido; creo que eso ayudó a escribir esas líneas; esas malditas palabras que no dejaban de taladrarme las sienes. Cada que le daba un sorbo a la copa, mis manos se suavizaban y se movían de acuerdo a los deseos de mi corazón. Oh, fui demasiado cursi, me desconocí. Cometí varios errores ortográficos, repetí una y mil veces las mismas frases, creyendo que iba a encontrar otra mejor manera de explicar mis sentimientos: imposible. Al final, ganó la sinceridad; ese hechizo beligerante que traspasa cualquier recato de sensatez y moral. Ah, me dejó de importar lo que pensara de mí al leerme. Ya había perdido todo, ¿qué más podría pasar? Era una mujer que, cada vez más, se alejaba de mí. Escribirle una carta era más un acto desesperado que una muestra del amor que sentía por ella. Di el último sorbo de coñac, me llevé el cigarrillo a los labios, me tragué lo que quedaba hasta dejar la colilla moribunda sobre el cenicero y dejé salir mi alma en humo por la boca. Y, una vez más, me perdí. No, no llovía. Era una noche estrellada, el cielo estaba limpio, abierto… perfecto. Entraba un viento suave y fresco por la ventana de ese hotel en el que me hospedaba. Tenía más de un día encerrado ahí, sin apetito, sólo con el vicio de escribir, y no cualquier cosa, sino esa carta… ¡esa maldita carta! No he podido dejar de pensar en su rostro, en sus grandes ojos, en sus labios apretados al tomar con lentitud el sobre y ese temblor casi imperceptible que me hizo entender lo que pensaba. No era complicado leerla… en sus ojos se podía ver todo lo que pasaba por su cabeza. La adivinaba, la sentía tanto, la podía definir tan bien, casi como si fuera a mí a quien estuviera descifrando. Era la mujer que tanto había soñado, pero que, por razones que se salen de la lógica, no podía tener. Pero, con mirarla me bastaba. Sin embargo, algo me llevó a escribirle esa carta. Debí, tal vez, quedarme callado; guardarme esta agitación que me acorrala; esconderla, eliminarla. Lo intenté. No pude.

#3

De pronto, tocaron a la puerta… la taza de té estaba demasiado caliente y mis manos demasiado temblorosas, no pude sostenerla; se me resbaló de las manos. Seguían llamando a la puerta y la lluvia continuaba cayendo. El frío parecía intensificarse más, no dejaba de temblar y ya me había cambiado de ropa. No reparé en levantar del piso los trozos esparcidos, lo que hice fue caminar hacia la puerta, no con el interés de saber quién llamaba, sino por la necesidad de que terminara ese molesto sonido. No quería ver a nadie, mi deseo era estar solo; como siempre, como toda la vida. Abrí la puerta como quien abre un baúl donde guarda lo indispensable; eso que se dice necesario.

No esperaba esa visita…

No la imaginaba…

No la quería.

Y, no obstante, ahí estaba, ante mis ojos llenos de agua, ante mi boca trémula y mis manos frías.

Ahí estaba, de pie, empapada, con los cabellos largos pegados a la piel y a la ropa, con las mejillas bañadas en rimel, con los labios descoloridos y el aliento agitado.

Ahí estaba…

Y yo, yo no podía moverme… Yo no quería moverme… Yo deseaba desaparecer de ese lugar… Me invadió el dolor… La rabia… El recuerdo de esa mañana en la que le había entregado la carta y su respuesta tan fría, tan directa, tan hiriente, tan ella.

Quise cerrar la puerta, pero sus manos me lo impidieron. Se abrió paso ante mi desvalida fuerza y se encerró conmigo en esas cuatro paredes. Se lanzó a mi pecho en un abrazo gélido. Su cuerpo y mi cuerpo temblaban, pero ya no de frío, algo más pasaba… La agitación, el dolor, las ganas… El deseo de salir corriendo, de no dirigirnos la palabra, de olvidar que todo lo pasado nos había llevado a ese momento; a ese instante lleno de silencio matizado de agua.

Me buscó la boca, quiso besarme, robarme el aliento, atraparme… Se abalanzó a mi cuello tratando de tocarme, pero mis brazos la mantenían alejada de mí. No la dejé tocarme. La separé mientras le encajé la mirada turbia en sus ojos llorones y le di la espalda. No había nada más qué decir.

Había sido clara…

Sus labios no pudieron negar la realidad que nos separaba.

Abrió el sobre ante mi mirada arrepentida; en ese segundo, el anhelo de no haber escrito nada de lo que había vertido en esas hojas estaba comiéndome la razón. Pero, ella, con esa arrogancia que la hacía ser tan irresistible, comenzó a leer, palabra por palabra, lo que una noche antes habían escrito mis manos frías. No titubeó. Sus labios, su lengua, sus dientes, su respiración fueron perfectas oradoras: mis palabras se hicieron afluente al roce de su voz. Me desnudaba. Tenía en sus labios el poder de romperme y lo estaba haciendo en ese instante; el que tanto rehuí.

¿Volver?

Esa fue su respuesta.

Tomé, uno por uno, los trozos de papel que ella había dejado caer de sus manos al terminar de leer, mientras me daba la espalda y ascendía al tren que la llevaría de regreso a su vida.

¿Volver?

Esa ha sido mi pregunta…

Y no la sabe responder.

#4

II.

ELLA.

Tuvo tanto tiempo para irse, pero seguía pensando en cómo hacerlo. Ya había empacado la mayor parte de su vida en una pequeña maleta que su padre le había regalado en uno de sus cumpleaños. Estaba nostálgica, triste, amarga… se peinaba los cabellos frente al espejo mientras suspiraba. Eran esas ganas de no querer perderse, pero algo la volvía a llevar a ese lugar que la hacía sentir segura. Escuchó, por enésima vez, la voz de su padre despedirse de ella, ¿tanto quería deshacerse de su única hija?; era lo que pensaba en el preciso momento que se humedecía los labios con una ligera mordida. Estaba lista. Se levantó del tocador, se llevó las manos al pecho, luego caminó a la cama: ahí la esperaba esa pequeña valija. Respiró, suspiró, inhaló todo el aire que pudo, tomó su maleta, su bolso de mano y salió lentamente de la habitación. Bajó las escaleras con un semblante sombrío, a pesar de desear no querer estar ahí ya, sentía unas extrañas ganas de no irse. Dio una última mirada a lo que había sido, ya no su casa, sino ese espacio que tantas heridas le había provocado en el alma. Levantó la mirada hacia su padre, que ya la esperaba ante la puerta con ese perfil tan frío que lo caracterizaba.

Caminaron juntos hasta el automóvil, no se dirigieron la palabra; así fue en todo el trayecto. La carretera se había pintado de naranja, se veía caer al sol y a la luna asomarse atribulada. El silencio, ¿qué decir de él?, sólo que pesaba. El aire era denso entre esos dos que, en el fondo, se adoraban.

Comenzó a aparecer ante la vacuidad de la carretera la fastuosa fachada del que sería su nuevo hogar. Destiny tomó un suspiro, un nudo en la garganta la hacía llorar mientras su padre la miraba con el rabillo del ojo, también tenía agua en los ojos, pero le pesaba más la tranquilidad que iba a encontrar después de dejarla donde debía estar. Detuvo el auto frente la robusta entrada y bajó sin emitir palabra. Destiny hizo lo mismo, esperó a que su padre bajara su pequeña valija de la cajuela mientras apretaba la bolsa de mano. Su corazón estaba tranquilo, pero su mente agitada. No quería temblar. Estaba aguantándose tanto las ganas de gritar, de salir corriendo de ese lugar que sabía iba a enclaustrarla hasta su muerte. Cerró los ojos, tomó un profundo suspiro y sintió la mano de su padre en su hombro para reconfortarla. Así la acompañó hasta la recepción, en donde ya la esperaba una pulcra y recatada mujer vestida de blanco. Le lanzó una mirada gélida y, con una mueca tosca, la hizo caminar por un largo pasillo. Ya no le dio tiempo para decir adiós, para mirar por última vez a su padre a los ojos y darle las gracias.

#5

El ambiente era tan nostálgico, ya había estado ahí anteriormente y sabía que no había sido agradable, pero era seguro, al menos, para quienes Destiny amaba. Se sabía peligrosa, desequilibrada, loca. Se conocía tan bien que le dolía entenderse, porque eso jamás lo había podido ocultar; se lamentaba. Era la misma oscuridad vestida de mujer y eso, hasta a ella misma, la helaba.

La mujer de blanco caminaba a sus espaldas, Destiny sabía ya cuál era su habitación, no era necesario que la enfermera la dirigiera, pero sí que la escoltara; debía tener a alguien siempre vigilante para no dejarse salir. No podía estar sola. La soledad era su fuerza, su catalizador, su pozo y su agua. Y pensar que era lo que más anhelaba.

Sus pies la hicieron detenerse ante la puerta blanca, esperó a que la enfermera la abriera y encendiera la luz. Entró con los pies deseando no andar, ya había llegado la noche y, con ella, lo que más odiaba. Se mordió los labios hasta producirse una herida; el dolor la mantenía consciente de su lamentable situación, así como el sabor de la sangre la hacía sentir viva. Porque lo estaba. Se sabía con un corazón. Se lo sentía latir en el pecho. Era lo que la tenía plantada en el piso. Miró a la mujer de blanco con los ojos oscuros y el hilo de sangre resbalando por su barbilla, le dirigió una ligera sonrisa haciéndole saber que estaba lista, que podía tomar asiento, pues esa noche ella iba a vigilar su sueño y no iba a ser agradable. La enfermera no pudo evitarse tragar saliva. Cerró la puerta de la habitación tras de sí y caminó a la silla en la que iba a pasar la noche. Destiny la miraba, la seguía con los ojos negros que tenía; la estudiaba, la definía, la descifraba en su mente como un código simple. La vio sentarse y tomar un respiro, intentaba calmarse los nervios –cosa que no podía ocultarse–, pues estar ante Destiny era desnudarse.

Cayeron las prendas al suelo, una a una, con la ligereza de la gravedad y Destiny se iba metiendo entre las cobijas, desnuda, limpia de ropa, con la piel erizada, con los pezones erectos… se cubrió abrazándose a la almohada y volvió a morderse los labios; era la sangre la que la reconfortaba.

Una vez más descansaría, lo intuía… Mientras estuviera vigilada lo haría… Su corazón se calmaba al igual que su ira. Poco a poco, los párpados caían y sus ojos negros se escondían en las sombras impolutas de un sueño del que, quizás, no despertaría.