Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64 (18893 ptos) | Premio de la crítica
#1

En los albores de la segunda guerra mundial, en un año por demás tenso y agitado, una pequeña niña vestida con su uniforme escolar tipo militar, camina por las calles de una mañana de lunes. Va agitada, sus pies corren por entre la gente que se abarrota en el centro de la plaza principal de la ciudad. Hay desconcierto, miedo e incertidumbre en el aire. Sin embargo, la pequeña –más que darle peso a lo que la rodea– corre pensando en lo tarde que se le ha hecho para llegar a la clase de primeros auxilios que darán en la institución educativa en la que estudia. Se recrimina lo mal que durmió y lo poco que estudió lo que, el viernes anterior, le habían dejado como tarea. De pronto, algo llama su atención. Se detiene ante un kiosko de noticias en donde revistas, periódicos e historietas gráficas yacen ante sus ojos pasmados.

"10,072 hombres, mujeres y niños con discapacidades mentales y físicas son asfixiados con monóxido de carbono en una cámara de gas en el Hadamar Euthanasia Center en la Alemania nazi."

Lee el encabezado del periódico de la mañana con mirada asustada...

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#2

Quizás sea pequeña, pero entiende lo que ha leído. Sabe lo que es la guerra, pues la ha estudiado en la escuela. Sin embargo, jamás había sentido en la lengua ese sabor amargo que da el miedo. Titubea un poco, siente a sus piernas flaquear; no sabe lo que la ha puesto, de pronto, tan susceptible. Mira a su rededor con mirada sorprendida; pareciera que acabara de despertar de un sueño. He ahí, ante su pequeña presencia, la realidad caótica de ese año que está apenas empezando. Vuelve a recordar la escuela, las clases de primeros auxilios, lo que se le olvidó estudiar, lo tarde que se le ha hecho… y las ganas de llorar que, de repente, le han aparecido se le cuelgan en las mejillas que han palidecido. Quisiera detenerse, no seguir; pero, continua su camino con la imagen brumosa de ese encabezado que la hizo despertar dolorosamente a la realidad.

Corre, y la falda de su uniforme vuela, y piensa que si se va por el camino de siempre llegará más tarde. Decide doblar por una esquina y cortar por un atajo. El angosto y solitario callejón la recibe con una ventisca helada. La niña tiembla aun con el calor que le abrasa el cuerpo. Ya había usado ese callejón, y ahora recordaba la razón por la que no lo había vuelto a hacer. Tanta soledad la colma de escalofrío. Pareciera que el alboroto de la ciudad se desvaneciera en ese tramo. Tanto silencio. Tanta oscuridad repentina. Deja de correr para caminar lentamente, mientras mira a su rededor con temor. Tiembla e, instintivamente, sus piernas se detienen. Escucha unos quedos pasos detrás de ella, acercándose sigilosamente. Y, a pesar de oír lo que se acerca a sus espaldas, la niña no mira; no quiere. Hace todo lo contrario, apachurra los ojos como si con eso, lo que siente detrás, pudiera desaparecer.

Una mano rasposa se enreda en su boca, mientras un brazo se afianza a su delicada cintura. La niña trata de gritar, pero sus sentidos se adormecen con rapidez. Su nariz se colma de un aroma parecido al alcohol; lo sabe, lo ha olido, mas es ligeramente diferente. Sus extremidades se debilitan, así como su respiración. En unos minutos, su cuerpo está totalmente desvanecido, así como su consciencia. La oscuridad se hace presente y, con ésta, la perdida del tiempo y del espacio. Y, no obstante, escucha… ligeramente, escucha… una voz suave, pero rasposa tratando de calmarla, de hacerla sentir tranquila, confiada y segura.

Hace más de 1 año

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Tete
Rango13 Nivel 61
hace más de 1 año

Tremendo relato, por otro lado decirte que me ha parecido fantástica la forma de redactar. Sencilla y efectiva a la hora de transmitir. Saludos y enhorabuena por este trabajo.

Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64
hace más de 1 año

Muchas gracias por leer y, sobre todo, por tu apreciación.


#3

Despierta con letargo, con pesadez y sobresalto. Está oscuro, muy oscuro y silencioso. Abre los ojos queriendo desnudar a la oscuridad, pero no logra ver más allá de su nariz. Está asustada. El corazón le martillea en el pecho. Trata de levantarse, pero su cabeza topa con algo que yace encima de ella.

Una litera, quizás.

Pasea las manos por la superficie en la que está recostada; un colchón duro y cubierto por una sabana áspera. Una vez más, quiere gritar, pero no puede; la lengua no le alcanza, la voz no le nace. A decir verdad, jamás ha podido articular palabra: nació muda. Se muerde los labios al grado de herirse y siente que el grito que sofoca su garganta muerta se le viene por los ojos cristalinos.

–No llores.

Sus oídos apenas pueden escuchar una voz; la misma que la trataba de tranquilizar cuando se sintió presa de unos brazos.

–No te pasará nada.

Abre más los ojos buscando el origen de esa voz, pero todo está lleno de penumbras. Gime mientras mueve las manos tratando de comunicarse con la dueña de esa voz, mas en esa oscuridad es imposible trazar algo en el aire que pueda verse.

–Tranquila, respira.

Agitada, escucha y hace caso. Toma un profundo respiro sin dejar de llorar. Súbitamente, una luz muy tenue se vislumbra en las penumbras, dejándola ver la silueta lúgubre de la mujer que yace sentada frente a ella.

–No te he traído aquí para hacerte daño, te pido que dejes de llorar. Las lagrimas no te ayudarán a salir de aquí; no si no son las que deseo despertar.

La niña seca sus lagrimas con sus temblorosas manos, y el agua sigue vaciándose inevitablemente.

–Cierra los ojos.

La pequeña no entiende la razón para cerrar los ojos. No hay nada que pueda ver, así que los deja abiertos y sigue llorando.

–¡Cierra los ojos!

La mujer le grita con voz exasperada, ocasionando en la pequeña un temor más grande, lo que la hace apretar los ojos con fuerza y esconderse bajo la sabana. Sin evitarlo, sigue llorando con más sentimiento.

La mujer, aún con la exasperación en la voz, comienza a contarle un cuento a la desconsolada pequeña; la cual, al escucharla, se inunda de desconcierto y confusión. Mengua su llanto al compás de lo que la mujer le va relatando. Poco a poco, abre sus oídos y, con ellos, su imaginación.

La voz la lleva, la arrastra, la guía por parajes insospechados; por todos esos lugares inimaginables que sólo una pequeña podría ver… y así, con ese canto agridulce, pero lleno de encanto, la voz atrapa a la niña en una burbuja de frenesí. De un instante a otro, la pequeña ya no siente dolor; el miedo se va, dejando sólo esa curiosidad que ha despertado la voz que le habla.

La mujer termina de relatar y apaga la tenue luz que hacía de su silueta una línea vaga en el espacio, mientras la niña vuelve a abrir los ojos y a llenarse de ansiedad. No entiende qué pasa, ni qué hace ahí. Trata de ver a la mujer, pero ésta ya ha dejado la habitación sin decir ni un palabra más.

Hace más de 1 año

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#4

La historia se repite al día siguiente… y las horas se hacen días… y los días se transforman en semanas… y las semanas se traducen a meses… y los meses a años; y la niña, que en todo ese tiempo sólo ha visto la luz de su imaginación anclarse en sus ojos, ya no sabe en qué momento vive, ni si respira o no. Todo ha pasado ahí; en la orfebre oscuridad, en la frágil línea entre la realidad y la irrealidad. Pareciera que se ha ido a vivir a un cuento eterno; uno que sólo la mujer que habla, puede hacérselo sentir.

Ha llegado la mujer y, una vez más, ha encendido la luz que la transfigura en una sombra que se mueve a la par de esa incandescente y diminuta flama que arde en sus manos. La niña ha aprendido a ver a través de la oscuridad, ya se ha grabado las formas de la mujer que, a diario, entra a la habitación a contarle un cuento distinto. Se sienta sobre el colchón a escucharla con ansiedad; pero, una que implora libertad, pues sólo cuando esa mujer entra y habla, la niña siente que es liberada a mundos que jamás podrá tocar.

–Hoy es tu último día aquí, estás lista para volver al mundo.

La niña se sobresalta.

–El tiempo ha sido bueno contigo y lo ha sido conmigo al elegirte como mi cántaro de agua.

La niña no entiende. Para ella, el tiempo se ha estancado. La noción de estar viva es más una ilusión que una certeza. Siente el latido de su corazón y el aire entrar en sus pulmones, pero… toda esa oscuridad, ese silencio que la acompaña cuando la mujer no está, esa pausa en el reloj…

Sus vagos pensamientos son interrumpidos por la voz de la mujer, haciéndola sentir, de pronto, deprimida. Ojalá pudiera preguntarle la razón de ese encierro, mas la mujer no ha tenido el tacto –ni la intención– de saber lo que piensa ni lo que siente. Ese tiempo ahí; encerrada en esas cuatro paredes, la ha vuelto más tímida y retraída. La ha transformado en un ente invisible, transparente y vacío, pero con una imaginación que se sale de todo lo concebido.

La voz la toma, la arrastra consigo a un mundo de grises filamentos, de oscuridad plagada de pequeños puntos de luz que vagabundean en el vacío de un espacio que se precisa anclado en el aire. Ahí, en el centro acústico de esa voz, yace el palpito reluciente de una flama ardiente que atrae a la pequeña que, hace tiempo atrás, sintió la muerte del mundo como lo conocía. Así, trémula, mas inquieta, acerca sus pies a la fuente vibrante de esa voz cautivadora que la atrae con dulzura y castidad. La pequeña asciende una escalinata hacia la flama que, al arder, forma esbozos de humo aromático en el aire que llena ese solitario espacio perdido en la nada. Al llegar a la cumbre, la pequeña acerca sus manos al fuego y, sin miedo a quemarse, posa los dedos apenas sobre la llama. Cierra los ojos. Toma un respiro profundo, tragándose el mítico aroma que deambula por sus extremidades. Eleva el rostro a ese cielo negro que la cubre y, de repente, siente a la lluvia caer; intensos hilos de agua perfumada nacen de sus pupilas apretadas… y ella, cubriéndose el pecho con sus propios brazos, gime entre la tristeza y el gozo, entre la gratitud y la sinrazón… Abre los labios, emite un murmullo y ahí; en ese instante, se hace la luz.

–Abre los ojos.

Escucha la voz de la mujer en su oído, pero dentro, muy dentro de ella; se sobresalta, se agita, se asusta y obedece: abre los ojos llenos de agua salada, mientras llora con todo ese sentimiento atascado de años. Mira a su alrededor con pasmo, la oscuridad se ha ido. Busca a la mujer que la tuvo encerrada, pero no la ve en ningún rincón de la habitación. La mente se le nubla, pero no el corazón. Se pone de pie. Araña las paredes. Golpea el piso con los pies, mira hacia el techo… No hay salida, sólo una ventana de cristal al fondo; un rectángulo que muestra el verdor de la tierra, la frescura de la vida, la luz del sol. Y la pequeña se mira el cuerpo, se toca la piel; se desconoce. Ya no es la misma que entró a esa habitación hace siete años… Ya no es la misma que escuchó a esa mujer relatarle cuentos a diario. Se toma el cuello con las manos temblorosas y, por instinto, abre la boca, mueve los labios: habla.

Y no puede evitarlo, no puede. Se aferra a la ventana, al cristal que la encierra. Va y toma la silla, en donde la mujer se sentaba, para azotarla en el cristal: una y otra y otra vez, hasta lograr su cometido. Limpia los cristales con las manos, se rasga, se corta, se araña… sangra. Pero, no le importa, ya nada le importa. Busca la manera de salir; se empuja por la ventana rota, arañándose el blanco vestido.

Logra salir y, con ello, siente una extraña sensación que no puede explicar; ¿libertad o esclavitud?, ¿confusión o certeza? No entiende nada, ¡nada! Es así que corre con el único deseo que se le forma en el corazón: alejarse de ahí, perderse de ese lugar y, mientras lo hace, va llorando, va gritando, va preguntándose qué pasó.

El cansancio la alcanza y la hace caer. Ella se aferra a la maleza que la ha hecho de colchón para su cuerpo, sigue llorando, sigue sintiendo… hasta caer profundamente dormida.

"Novel escritora narra en novela autobiográfica la experiencia que vivió al ser secuestrada por una mujer que, hasta el día de hoy, está desaparecida."

-- Fin --

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