artguim
Rango13 Nivel 63 (18392 ptos) | Premio de la crítica
#1

Te despiertas, sobre una superficie fría y dura, con un fuerte aturdimiento. Lo último que recuerdas es ir en el coche con tu grupo de amigos, de noche, por una carretera que atraviesa un bosque. Te encuentras en una habitación de paredes desnudas. A tu lado, tu móvil empieza a vibrar contra el suelo. No suena ningún timbre, pero la pantalla se ilumina y muestra la notificación de un nuevo mensaje recibido. El contacto remitente se llama Kevin, y su avatar es la representación de una perturbadora máscara tribal africana. Con manos temblorosas lo desbloqueas y entras en la aplicación de mensajería instantánea, sobre la que destaca una notificación sin leer.

Kevin: Veo que por fin te has despertado.

Tú: ¿Quién eres?

Kevin: Me extraña que no te lo imagines.

Tú: ¿Te conozco?

Kevin: Lo nuestro es algo más que conocernos.

Tú: ¿Miguel?

Kevin: No, no soy Miguel. Pero, ¿sabes una cosa? Lo conozco, ¡ya lo creo que lo conozco!

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#2

Miras a tu alrededor, recorriendo con la vista las paredes. Descubres una puerta. Intentas abrirla, pero no funciona. Parece estar bloqueada.

Kevin: Veo que ya has descubierto que la puerta no funciona.

Tú: ¿Cómo sabes que la he intentado abrir?

Kevin: No te preocupes por eso ahora. Dedícame por un momento toda tu atención. Luego ya podrás salir y buscarme. Porque estoy seguro de que querrás hacerlo.

Tú: ¿Quién eres? No conozco a ningún Kevin.

Kevin: Lo sé, por eso escogí el nombre.

Tú: ¿Y cómo es que tu número aparece en mi teléfono?

Kevin: Hace tiempo que lo tienes guardado. Varios años, de hecho.

Sales de la aplicación y entras en la agenda de contactos, pero, al instante, una ventana emergente te muestra un nuevo mensaje recibido.

Kevin: No te molestes en revisar la lista de contactos. He borrado todos salvo un puñado de ellos, que son los que me interesan en este momento. No serías capaz de descubrir cuál es al que le he cambiado el nombre. Te recomiendo que permanezcas en la aplicación, o te perderás todo lo interesante.

Tú: ¿Qué quieres?

Kevin: Interesante pregunta. Yo tengo claro lo que quiero, pero tú… ¿Qué quieres tú? Esa me parece una pregunta mucho más interesante. ¿Qué hacías ayer camino de la cabaña del bosque? ¿Qué ibais a hacer allí tú y tus amiguitos?

Tú: ¿Y a ti qué narices te importa?

Kevin: Nada. De hecho, ya sé lo que queríais hacer. Cualquier persona con dos dedos de frente podría averiguar qué se disponían a hacer un grupo de cinco compañeros de universidad a una cabaña perdida en el bosque, un fin de semana. Lo que me interesa averiguar es si tú sabías, y sabes, realmente lo que ibas a hacer.

Tú: No sé a qué te refieres.

Kevin: Uy, claro que lo sabes. Mira.

En la pantalla del chat aparece la miniatura de una foto. No te hace falta ampliarla para saber de qué se trata.

Tú: No es lo que parece. Además, no tengo que darte explicaciones de nada. Ni siquiera sé quién eres.

Kevin: En eso tienes razón: ni me las tienes que dar, ni sabes quién soy. Parece que esta conversación se está quedando algo empantanada. Vamos a darle algo más de… abarque.

(Kevin creó el grupo El confesionario de Kevin)

(Kevin te añadió)

(Kevin añadió a Mamá)

Tú: ¿Por qué añades a mi madre?

Mamá: ¿Cariño? ¿Qué es este grupo?

Kevin: Señora Marín, sepa que es todo un gusto tenerla por aquí.

Mamá: ¿Quién eres?

Kevin: Como ya he dicho, mi identidad no es lo importante. Lo único que debe saber es que cualquier cosa que haga en su teléfono a partir de este momento, la sabré. No realice ninguna llamada, no envíe ningún mensaje. Si lo hace, la expulsaré del grupo y no volverá a tener noticias de nosotros. Limítese a leer lo que hablemos a partir de ahora, sin intervenir, y todo saldrá bien.

Tú: Mamá, no le hagas caso. No sé quién es, pero dice que nos conoce a Miguel y a mí.

En la cabecera de la conversación aparece el rótulo que anuncia que “Mamá” está escribiendo.

Kevin: Señora Marín, primer aviso. Y le advierto que no tengo paciencia. Como vuelva a escribir, la echaré del grupo y le aseguro que no le gustará lo que le haré a su retoño.

Tú: Mamá, no escribas nada.

Kevin: Así me gusta, colaborando.

Tú: Vete a la mierda, quienquiera que seas. Lo único que intento es que no la metas en esto. Mamá, limítate a leer y no creas nada de lo que él diga.

Kevin: Eso deberías dejar que lo decidiera ella, ¿no crees?

Tú: Dinos de una vez qué pretendes.

Kevin: Ya te lo he dicho, asegurarme de que sabes lo que ibas a hacer, y de que sea lo que de veras quieres.

Tú: Eso ya lo has dicho, pero no tiene ningún sentido.

Kevin: Está bien. Veo que no estamos tan receptivos como pensaba. A ver si esto arroja algo de luz.

Al cabo de unos segundos, aparece una nueva imagen. Esta vez, se trata de una habitación similar a la que tú ocupas. En el centro hay una figura arrodillada sobre el suelo, con la cabeza cubierta por una bolsa de plástico negra.

Tú: ¿Quién es?

Kevin: Habíamos quedado en que los dos lo conocíamos, ¿no?

Tú: ¿Miguel? ¿Dónde está? ¿Qué le has hecho? Mamá, por favor, no escribas nada.

Kevin: Tranquilidad. De momento conserva los diez dedos en las manos.

Tú: ¿Por qué lo tienes así? ¿Qué quieres de nosotros?

Kevin: Creo que es como la tercera vez que te lo digo, pero lo repetiré una más por si no ha quedado del todo claro. ¿Qué queríais hacer en esa cabaña?

Tú: Mamá, por favor, no me juzgues. Yo no quería ir, pero Miguel y los demás insistieron hasta convencerme.

Kevin: Empezamos a hablar, pero todavía no tengo la impresión de que estés hablando con total sinceridad.

Tú: Está bien, está bien. Desde el principio me pareció buena idea. Me habían dicho que habría otros grupos de gente de nuestra edad. Se suponía que iba a ser una fiesta por todo lo alto.

Kevin: ¡Una fiesta! Qué divertido suena, ¿no, señora Marín? No responda, por favor. Me he dejado llevar por la emoción al pedir su intervención. Pero, para que se haga una idea de a qué se refiere con “una fiesta por todo lo alto”, le envío la foto que antes le he mostrado a su dulce criatura.

De nuevo, la foto de antes aparece en miniatura. Esta vez, pinchas en ella y descubres la imagen del maletero repleto de bolsas de plástico. Entre las siluetas, se distinguen decenas de botellas de cristal de diversas formas y tamaños, torres de vasos de plástico y cubitos de hielo empaquetados. Pero también asoma por una esquina el reluciente cuerpo metálico de una cachimba. Suplicas que tu madre no repare en ese detalle.

Kevin: Y todo eso para solo cinco personas que iban en el coche, señora Marín. Imagínese usted las proporciones de la fiesta. Resultaría antológica, cuanto menos.

Tú: Deja de meter a mi madre en esto. Ella no tiene nada que ver.

Kevin: No, tienes razón: ella no es de fiestas.

Tú: ¿Tú que sabrás?

Kevin: Oh, que no te lo he dicho. ¡Qué despistado soy! También conozco a tu madre. Elisa Marín, todo un bombón para su edad. No te imaginas la de cosas que hemos hecho los dos solos, en la intimidad. ¡Puro pecado! Y no, por si te lo estás preguntando, no soy tu padre. ¿Qué clase de grotesca situación sería esta si lo fuera?

Tú: ¡¿Qué coño quieres de mí?! Ya te he dicho lo que queríamos hacer en la cabaña. ¿Por qué sigues con este juego?

Kevin: Oh, un juego. ¡Pero qué buena idea has tenido! A ver, ya has visto que Miguel se encuentra en una situación… digamos que comprometida, ¿verdad?

Tú: ¿Cómo sé que es Miguel de verdad?

Durante unos instantes, no llega ningún nuevo mensaje. Finalmente, aparece en la pantalla el icono de un micrófono, junto al símbolo de “play” y una línea de audio. Una nota de voz. Temiendo lo que vas a descubrir, pulsas el icono del triángulo y comienzas a escuchar su voz temblorosa. Está llorando.

Miguel: Por favor, que alguien me ayude.

Kevin: Miguel, bienvenido a la conversación. ¿Quieres decirle algo a la señora Marín?

Miguel: Nosotros no queríamos hacerlo. Fue su idea. Nos embaucó.

Kevin: Vaya, no es eso lo que yo tenía entendido. Tendré que preguntar de nuevo.

La nota de audio llegó al final. Un nuevo mensaje escrito apareció en pantalla.

Kevin: ¿Por qué me has mentido?

Tú: No lo he hecho. Te he contado la verdad, la idea fue de ellos. A mí solo me invitaron.

Kevin: No sé por qué, pero me parece que sigues mintiendo. No sabría explicar la razón, es una especie de pálpito. ¿Usted qué cree, señora Marín? Simple retórica, por supuesto. No despliegue siquiera el teclado.

Tú: Acaba de una vez con este juego, por favor.

Kevin: ¡El juego, es verdad! Me olvidaba. ¿Recuerdas que antes hemos hablado de los dedos de Miguel? Pues bien, da la casualidad de que tengo por aquí a mano unas tenazas que me he comprado hace unas semanas y, no sé, me han entrado ganas de estrenarlas. Haremos lo siguiente: a partir de ahora, cada mensaje tuyo tendrá el valor de un dedo. Sabes a qué me refiero, ¿verdad? Piensa bien lo que escribes, pues solo hay dos maneras de llegar a la casilla de salida, que está al otro lado de la puerta que has intentado abrir hace un rato: o cuentas toda la verdad, o se acaban los dedos. Y, por supuesto, usted, señora Marín, está fuera del juego. Hágase a la idea de que se encuentra en la casilla de prisión en el Monopoly y que no tiene tarjeta de salida. ¿Todos los jugadores preparados? ¡Comenzamos!

Hace más de 1 año

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#3

Tú: Ya he dicho la verdad, yo no fui. La idea fue de los demás.

Kevin: Uy, ¿qué es esto? Hay algo junto a mi pie, en el suelo. ¡Vaya, pero si es un meñique! En fin, no creo que Miguel lo vaya a echar mucho de menos. Lo cierto es que los meñiques son bastante inútiles.

Tú: ¿Qué has hecho?

Kevin: Ups, creo que eso era un pulgar. Esto empiezan a ser palabras mayores. El pobre Miguel ya no podrá agarrar nada con su mano derecha. Adiós a su sueño de ser jugador profesional de futbolín. Bueno, siempre podrá ser el árbitro.

Tú: ¡Estás mintiendo! No le has cortado ningún dedo. Es todo una farsa.

El teléfono vuelve a vibrar y emerge en la pantalla la miniatura de un vídeo. Le das al play y colocas el dispositivo en horizontal. La imagen de Miguel arrodillado en el centro de la estancia ocupa toda la pantalla. La cámara hace zoom hacia su mano derecha, donde se aprecian solo dos dedos completos. En el lugar de los demás, solo una especie de muñón ensangrentado. No se le ve el rostro, pero se le puede oír llorar desesperado.

Kevin: Ya solo quedan siete…

Te detienes un instante, para pensar tu próximo mensaje. Las lágrimas se deslizan por tus mejillas y caen sobre la pantalla. Difuminan la siguiente línea de texto que aparece en pantalla.

(Mamá salió)

Tú: ¿Mamá? ¿Qué ha pasado?

Kevin: Estaba llamando a la policía. Eso son, por lo menos, tres dedos. Te quedan cuatro.

Tú: ¡Pero si has dicho que ella no jugaba!

Kevin: Mi juego, mis reglas. Además, estaba advertida. Ahora quedamos tú y yo, y un dedo menos. Miguel ya solo tiene dos anulares y un índice. Te puedo asegurar que ahora mismo ofrece una imagen bastante ridícula. Casi, casi me da hasta pena y todo, el pobrecillo.

Tú: ¡Eres un animal! ¡Ojalá la policía te descubra y te hagan pagar por lo que estás haciendo.

Kevin: Uy, este me ha costado cortarlo. Le estoy cogiendo gusto y todo, producen un sonido muy peculiar y relajante al partirse. Lástima que ya se estén acabando.

Ya no puedes aguantarlo más. Te da igual lo que pase, que se sepa todo lo que ibais a hacer. Decides asumir la culpa de todo, aunque sabes que no es cierto, que tú solo eras un invitado más en esa fiesta.

Tú: Está bien. Fue todo idea mía, lo confieso.

Kevin: ¿Qué es lo que confiesas? Vamos, queremos más detalles. Miguel te lo ordena, por el poder que le confiere su único anular. Ya solo te queda un mensaje.

Tú: Fui yo quien se puso en contacto con todos, incluso con los que venían de fuera de la ciudad. Yo junté el dinero para comprar las bebidas y la hierba, todo. Planeábamos que esa noche fuera inolvidable, una fiesta como no habíamos vivido en nuestra vida. Y yo quería que lo fuera, quería desconectar de todo durante unas horas, sin importarme el daño que pudiéramos hacer. No pensé en las consecuencias, pero tampoco era mi intención causar ningún mal. Ya lo he dicho todo. Ahora suelta a Miguel y dime dónde están él y mi madre.

Kevin: Vaya, al fin has llegado a la casilla de salida. Me he divertido mucho durante el juego, pero lo prometido es deuda, y supongo que todo lo bueno se acaba. Tú sal por la puerta y lo comprenderás todo.

Te pones en pie, con el móvil en la mano. Te diriges hacia la puerta y la abres. Una potente luz te deslumbra. Te cubres con la mano hasta que tu vista se adapta. Es entonces cuando descubres a tus padres, tu hermana, Miguel y tus demás amigos sentados en un banco; a varias decenas de personas también sentadas a su espalda; a Javier Rodríguez, el famoso presentador, aproximándose hacia ti con un micrófono en la mano. También ves las cámaras, los focos del techo, las pantallas del fondo. Cuando el confeti comienza a caer sobre tus hombros, comprendes que estas en “Al límite”, el nuevo programa de televisión en el que someten al invitado a alguna dura prueba, con la colaboración como cómplices de sus padres y amigos. Te das cuenta en ese instante de que, al rendirte al posible castigo por algo que en realidad no has hecho, acabas de ganar el premio de cien mil euros, razón por la que tu familia corre hacia ti para abrazarte, con una enorme sonrisa.

Pero lo que ellos no comprenden es que esta noche no podrás dormir. Tal vez tardes varias noches en volver a conciliar el sueño. Desde hoy, Kevin ocupará tus pesadillas. Cada vez que tu madre te envíe un mensaje, tu corazón comenzará a latir desbocado. Cada vez que veas a Miguel no podrás evitar mirarle los dedos intactos de las manos.

Nunca volverás a ser la misma persona. Ni siquiera todo el dinero del mundo lograría que te olvidaras de Kevin.

Hace más de 1 año

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Gandalf
Rango10 Nivel 46
hace más de 1 año

Uy, un poco anticlimático el final...o capaz que soy yo que estoy de humor sanguinario y esperaba que fuese todo cierto...en fin, que me trajiste hasta aquí con el corazón a 200, y eso es lo que cuenta.
Va corazoncito de Sttorybox, úsalo bien.

artguim
Rango13 Nivel 63
hace más de 1 año

Gracias por la lectura y el voto, @Gandalf.

Es cierto que el final supone una ruptura con lo que parecía que iba a ser el relato, pero pretendía que la sensación de angustia por la situación desembocara en la descabellada -y al mismo tiempo plausible- idea de un concurso en el que se llevara a una persona a esa extrema situación solo por un premio monetario. Además, también está el hecho de que la familia haya contribuido y se alegre por el éxito del concursante, sin importarle que con ello lo haya convertido en una persona distinta, que jamás olvidará ese trauma.

Me parecía más interesante una conclusión que hiciera pensar, y no la de un psicópata real (tal vez más esperable). Comprendo, no obstante, que pueda existir desacuerdo en este término.

Un saludo.

Gandalf
Rango10 Nivel 46
hace más de 1 año

@artguim En realidad, por alguna razón me venía suponiendo que era una farsa, tal vez por eso me hubiera gustado que fuese real. No existe desacuerdo alguno en realidad, yo aprendí a disfrutar los relatos como vienen, porque hay una intención detrás de cada cosa, y no espero que lo cambies. La historia es muy buena.