FrankSheridan
Rango7 Nivel 30 (1435 ptos) | Autor novel
#1
    Partes:
  • #2

Es difícil concentrarse con el tic-tac del reloj magnificándose en el silencio de la habitación. Las estanterías están llenas de libros con lomos exageradamente gruesos; me pregunto cuántas muñecas habrán fracturado. A juzgar por la capa de polvo que los arropa y que descubro al rato, juraría que no muchas. De hecho, es probable que sólo formen parte del atrezzo de este decorado. Como ese diploma de la pared, ridículamente enmarcado: el marco es mucho más grande que el diploma en sí, dejando un ancho recuadro vacío entre el borde de madera y el papel. O las flores del jarrón, tan descuidadas que parecen secas. Oh, espera: son de plástico. Y, cómo no, el clásico diván, un cliché imprescindible en esta sala de confesiones. Supongo que es la imagen que tiene que dar todo psicólogo de su consulta (o, al menos, los licenciados en la Universidad Autónoma de Barcelona en la promoción del 91, como reza el título). A decir verdad, no recuerdo esa lección de interiorismo en ninguna asignatura de la carrera. Puede que me pillara en la cafetería, o que, desde el 91, las cosas hayan cambiado. Sí, será eso.

Hace casi 2 años Compartir:

0

6
#2

No es normal que esté tan nervioso. De acuerdo, es la primera vez que vengo al psicólogo, pero hace tres años que me licencié en Psicología. Debería estar preparado para enfrentarme a mis propios conocimientos. Me presento a un examen del que ya sé las preguntas. El problema es que he sido tan imbécil de no prepararme las respuestas. Es probable que me quede para septiembre, y en septiembre tenga que seguir viniendo a terapia, pagando a un tipo por hacer el trabajo que yo mismo debería saber hacer.
Es la segunda vez que me pregunta qué problema tengo, y está esperando una respuesta. Yo estoy en blanco, tanto como la hoja de mi examen mental. Experimento esa sensación que tienes cuando subes las escaleras de tu casa hasta la planta de arriba, llegas a tu habitación y no recuerdas para qué habías subido. Igual. Aunque, comienzo a vislumbrar algo; la niebla se disipa de mi recuerdo como una transición de vídeo. Pasa del limbo blanco a una imagen gradualmente definida. Apostaría mi vida y el primer número de Amazing Spiderman - Edición limitada a que es ella. Mis esfuerzos por olvidarla se rinden a medida que va cobrando forma. Primero, sus ojos verdes, hipnotizadores de mi atención cada vez que la tengo cerca. Después, los labios, rodeando su pequeña y delicada sonrisa. «A la mierda la Gioconda», me gustaba pensar; «si Da Vinci hubiera tenido la oportunidad de pintarle, habría enloquecido en su intento por captar su sonrisa». Seguidamente, su nariz, moteada con pecas sólo perceptibles si te acercas tanto como para besarle. Y en último lugar, aunque no menos encantador, su pelo oscuro, que en mi fantasía reposa sobre sus hombros desnudos. Hace meses que obligué a mi subconsciente a enterrarla en una profunda fosa rebosante de dolor, pero parece haberlo hecho como el culo. He de plantearme seriamente su despido. Pero, ahora, será mejor que me centre en hacerla desaparecer. Quisiera agitar las manos en el aire y que se desvaneciera, como el humo del cigarrillo de la persona que fuma en la mesa de al lado, en el bar. Mis pulmones se ensucian de algo que ni siquiera han probado; mi corazón se queja de alguien que no tiene. Joder, debo dejar de escuchar a Álex Ubago. Estoy saliendo de mi ensimismamiento cuando me topo con el portero del local. Estampa un sello en mi mano mientras me dice que espera volver a verme pronto. Será cabrón... Echo a correr, sin volver la vista atrás, deseando alejarme lo máximo posible. Y corro tan deprisa que me tropiezo y caigo en la silla justo delante del Doctor Azcón, quien, por cierto, me sigue mirando.
No tiene cara de buenos amigos. Sus ojos conjugan un alto porcentaje de apatía mezclada con tedio y algunas dioptrías -quizá de astigmatismo- tras sus gafas sin montura. O puede que no estén graduadas. Uno ya no sabe de qué fiarse. Antes, cuando preguntabas a alguien el motivo de sus gafas, solía responder «tengo miopía», «hipermetropía» o «un ojo vago». Sin embargo, ahora la respuesta es más concisa y alejada de cualquier terminología oftalmológica: «tengo estilo». De esa clase de personas que, una vez sometidas a cirugía ocular y presumiendo de desechar las gafas de pasta de los insultos y los rechazos amorosos de la época colegial, las rescatan del cajón y las lucen con orgullo. Se hacen llamar vintage, aunque yo prefiero llamarlo culmen de la estupidez humana. Tachadme de tradicional, pero soy de los que creen que llevar gafas es una mera cuestión médica. Imagino un futuro cercano de ortodoncias de diseño y de muletas como complemento estrella de la temporada primavera-verano. Y eso asusta un poco, la verdad.
—¿Qué problema tiene?
«¿Que qué problema tengo? ¿De verdad cree que si lo supiera iba a venir aquí?», pienso. Pero lo hago con tal énfasis que lo acabo soltando por la boca. O escupiendo, más bien. Ahora me doy cuenta de mi estado de alteración. Así que, esbozo una mueca mitad asombro y mitad vergüenza a modo de disculpa, e intento tranquilizarme. Comienzo a contarle algo. Pero no es el problema en sí. Más bien, los síntomas, las consecuencias.
—Apatía, desgana, cansancio... Y, a la vez, insomnio.
Mi estado de ánimo lleva un tiempo en decadencia. Hay escombros de alegría y optimismo esparcidos por todo mi ser. Tengo una imagen de mí mismo en ruinas; una ciudad que ha sido devastada por un huracán. Y, hasta donde sé, la mayoría de los huracanes llevan nombre de mujer. Así que, prefiero ser arrastrado por un tsunami. Me niego a revivir la experiencia de ser abandonado. Sería como dar un paso atrás. Ella no es mi problema. No.
Pregunta número 2: ¿a qué se dedica? Visualizo las respuestas: A) Estudia B) Trabaja C) Está en el paro D) Otros (Indique cuál). Estoy indeciso. Descarto de inmediato la opción A), haciendo referencia a mi flamante licenciatura en Psicología, lo que sorprende (como era de esperar) al Doctor Azcón. Contemplo la C) como una opción de reciente incursión a las respuestas, siendo, probablemente, la más seleccionada por sus pacientes. Y, finalmente, rodeo la B) con cierto titubeo.
—Trabajo... Más o menos.
—¿Más o menos?
Lo pienso mejor y empiezo a plantearme la D) como la respuesta correcta, así podría especificar. Podría decirle que una vez tuve una idea. Algo original, innovador, que se me ocurrió mirando al cielo. Que vivo de esa idea a expensas de encontrar un trabajo de verdad. Pero, por fortuna, recuerdo la norma principal de todo superhéroe: nunca reveles tu identidad. Decido mentir, gesto que no es muy efectivo ante tu propio psicólogo, sinceramente. Corres el riesgo de contradecirte de manera involuntaria y hacerle creer que hay dos cables en tu cabeza sueltos y dando chispazos. Puedes entrar algo triste, y salir bipolar, cleptómano, o pirómano obseso-compulsivo con un principio de desorden alimenticio y trauma infantil. Como pedirle al farmacéutico un medicamento que no te hace falta, ya que podría ocasionarte efectos secundarios realmente potentes. Cuando mi abuela me pilló de pequeño jugando con sus botes de medicamentos, me dijo que una de sus pastillas podría convertirme en una bola de pelo con patas. Al principio tendría su gracia eso de ser un niño-mono. Pero, después, el pelo seguiría creciendo hasta taparme casi por completo, y me atemorizaba el hecho de no poder ver más allá de mi flequillo. Dejé las pastillas en el cajón donde las guardaba y nunca más volví a abrirlo. Al poco, retomando la conversación, pregunté a mi padre si su calvicie tenía relación con algún otro medicamento de la abuela. Mi madre se echó a reír, pero él permaneció serio, me miró y me dijo:
—Que sepas que es hereditaria.
En su momento no le entendí, y a día de hoy sólo espero que la culpa sea de los medicamentos.
—Trabajo en... Soy repartidor.
—¿De qué?
—De... cosas. —He de reconocer que en ciertas circunstancias ando lento de reflejos. Suelo caer al rato, cuando ya no es útil.
Vuelve a interrogarme, esta vez por mis hábitos cotidianos y mi entorno, y le comento sobre la falta de comunicación con mi familia. Sigo percibiendo el tic-tac del reloj demasiado elevado y me desconcentra. Barajo mentalmente la posibilidad de haber desarrollado un sentido auditivo ultrasensible, pero, como resulta poco probable, considero dejar de leer tantos cómics. Narro algunas anécdotas poco trascendentales de mi etapa por la Universidad y un par de miedos pueriles que no sé si retengo. Entonces me vienen a la cabeza pizzas, periódicos, cartas y paquetes de empresa, comida a domicilio, cerveza, congelados, picón, y algunas otras alternativas a repartidor que utilizar en mi tapadera. A buenas horas.
—Si la depresión fuera un virus, se podría decir que lo está usted incubando —anuncia tras escucharme hablar. Y me quedo sin palabras, sin saber qué decir ni qué pensar.
Estoy frente al Doctor Azcón, mirándole, pero lo olvido durante unos segundos. Los engranajes de mi cabeza giran desmenuzando la noticia para analizarla con detenimiento.
—¿Se encuentra bien? —pregunta.
Asiento con la cabeza, dándole la razón como a los locos. Irónico, teniendo en cuenta que se trata de mi psicólogo. El tic-tac del endiablado reloj cobra de nuevo protagonismo en mis sentidos.
—¡Cállate! —le grito, girando bruscamente la cabeza hacia el objeto. Pero las manecillas continúan burlándose de mí con su juego circular.
El Doctor Azcón parece algo pasmado, aunque, como psicólogo, debería estar más acostumbrado a ver gente gritando a cosas. No le culpo si cuestiona mi cordura. Al fin y al cabo, es su trabajo.
Estará pensando que estoy loco. Yo, mientras, pienso en el Consolador.