DanielTurambar
Rango10 Nivel 49 (5926 ptos) | Fichaje editorial
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Érase una vez un equinocio perezoso que estuvo remoloneando en la cama hasta casi noviembre. Y, claro, mientras no se levantara para dar inicio al otoño, los días, indecisos, ni crecían ni menguaban, el Sol seguía calentando sin darse por aludido, la fresca nocturna no se atrevía a dejarse notar como debiera por esas fechas, la luna tampoco estaba segura de si debía pasar de nueva a llena o de llena a nueva, ni las nubes osaban lavar sin permiso la cara de una tierra recién parida.

En el poblado, muchos se quedaron sin saber qué hacer, una vez recogida la cosecha, aparte de mirar al cielo buscando respuestas a este inusual retraso. Pero sólo encontraban un inmutable Sol deambulando por el límpido azul durante el día; durante la noche, alguno, aunque menos, se fijaba en las estrellas o buscaba indicios en los cambios a destiempo de la luna.

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DanielTurambar
Rango10 Nivel 49
hace alrededor de 2 años

Gracias, a ver si puede seguir un poquito más


#2

En el poblado, muchos se quedaron sin saber qué hacer, una vez recogida la cosecha, aparte de mirar al cielo buscando respuestas a este inusual retraso. Pero sólo encontraban un inmutable Sol deambulando por el límpido azul durante el día; durante la noche, alguno, aunque menos, se fijaba en las estrellas o buscaba indicios en los cambios a destiempo de la luna.

Los campos esperaban a que los zachos los hendieran y dejaran oreados para recibir las aguas del otoño e hibernar hasta las vísperas del vernal. Pero pocos labradores se afanaban en una tarea dura, para la cual, además, pareciera haber siempre tiempo de sobra mañana.

Los chiquillos estaban más asilvestrados que de costumbre al entender que si el verano no tenía fin, tampoco lo tendrían sus vacaciones, y pasaban las horas jugando en las calles, bañándose en los ríos o haciendo trastadas en los huertos.

Más de un zagal desarrolló cierto desespero, pues confiaba en que la vuelta a la rutina le sirviera como excusa para finiquitar los amoríos estacionales, dejándolos marchitar por incomparecencia, que cayeran como hojas de álamo y fueran olvidados hasta que el calor del cuerpo les pidiera yacer bajo una nueva sombra, acaso más fresca.

Hasta las viudas, impasibles al discurrrir del siglo, comenzaban a tomar infusiones para templar los nervios. Que no era apropiado que hiciera tan buen tiempo estando tan próximo el día de rendir homenaje a sus santos difuntos. Dios no lo permita.

Con el paso de las semanas, y no pudiendo aguantar más esta zozobra, hubo quien impuso su cordura y planteó ignorar la no llegada del equinocio obrando como macaba el calendario. Que si los días pasaban se podían tachar, y ya estábamos en octubre y aquí a nadie parecía importarle. Y se acabaron los suspiros al cielo en busca de respuestas, y los juegos infantiles en horario lectivo, y el hastío rompió la magia de los amores de verano, y las viudas no vieron tan mal la oportunidad de adecentar sus tumbas sin que les incordiara el viento. Así, a falta de que cayeran las hojas de los álamos, cayeron los días del calendario.

Casi llegando noviembre el equinocio irrumpió y quiso traer, de golpe, todo lo que por su culpa se había aplazado. Pocos recordaron, llegado el final del mes, la tardanza del otoño de aquel año en que Noviembre amaneció recordando que era un bastardo del invierno.

FIN

Hace alrededor de 2 años

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Flaneta
Rango12 Nivel 56
hace alrededor de 2 años

En su línea. 3 bian!

enamoradadelaluna
Rango13 Nivel 60
hace casi 2 años

Es buenísimo! Como siempre una narrativa muy simple, pero muy bien desenvuelta, con una historia en el marco de la realidad pero con atisbos mágicos. Me gustó.