Ahgalynn
Rango3 Nivel 10 (84 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Es una historia sobre amistad, amor, mentiras, sufrimiento y alegría.

Una historia sobre la vida misma.

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#2

(Capítulo 1.1 - Él y ella)

Cuando se vieron por primera vez, ella estaba en una esquina, abrazada a sus piernas y con el rostro entre sus rodillas. Trataba de disimular el llanto, pero la sacudida de sus hombros no dejaba de delatarla. Por fortuna, aquélla era la parte posterior del instituto al que asistía, y según recordaba no había forma de que alguien la descubriera. En principio, porque las clases habían acabado hacía algunas horas.

En algún momento entre su llanto y autocompasión, un ruidoso grupo pasó no muy lejos del lugar. Apenas acababan de usar el gimnasio, por lo que iban de regreso a sus respectivos hogares. La pequeña bolita llorona habría pasado desapercibida, de no ser porque uno de los miembros del ya mencionado grupo se volteó por casualidad en su dirección.

En cualquier otro momento, de seguro habría hecho la vista gorda y continuado su camino fuera del complejo. No obstante, la bolita llorona se veía tan miserable que él no pudo sino voltearse a sus amigos y pedirles que se adelantaran. Acto seguido se acercó a la bolita. No faltaba mucho antes de que oscureciera, y aquélla no era la mejor de las zonas para transitar por la noche. Considerando ese punto, el jovencito se sentía con la ligera obligación de tranquilizarla un poco. Así al menos no tendría más razones para continuar llorando, y se retiraría antes de que cerraran las puertas del lugar.

Pasados algunos minutos, ella se quedó en silencio, a pesar del constante movimiento de sus hombros. En este caso, porque aún con la cabeza apoyada en sus rodillas intentaba limpiarse la nariz con los puños de su campera. Luego, levantó la mirada. Estuvo a punto de secarse las lágrimas con las mangas, pero una voz desconocida se lo impidió.

—Qué asco.

Ella se detuvo a medio camino, frunció el ceño, y vio a su derecha, de donde provenía la voz. Lo que más le llamó la atención no fueron las palabras en sí, sino lo cercanas que se oían. Allí, justo a su lado, él se hallaba sentado, cruzado de brazos y con la mirada fija en ella. La sudadera del uniforme abierta permitía ver la suciedad en la remera blanca bajo ésta, y el cabello castaño caía sobre su frente empapado con el sudor de horas de juego. La joven se echó para atrás, acompañando sus movimientos de un grito de sorpresa. Tuvo que apoyar una mano en el suelo tras de sí para no caer. Él le ofreció la pequeña toalla de mano que cargaba en su hombro derecho.

—Usa esto —sugirió. Mantuvo la mano extendida durante un momento, y así debió dejarla. Aún a pesar de que tenía el hinchado y ruborizado rostro empapado en lágrimas, ella no parecía dispuesta a tomarla.

—¿Y eso por qué? ¿También vas a molestarme? —inquirió. Tenía la voz demasiado fina, por lo que pareció más un chillido que una pregunta.

Conforme pensaba que quizás había sido mala idea acercársele, él se encogió de hombros y retiró su ofrecimiento. Estaba bien si al final lo rechazaba. Eso, claro, luego de recordar que la toalla estaba tan sudorosa como su dueño. Lo que no estaba bien era esa forma tan confusa de ser rechazado.

—Haz lo que quieras, pero, ¿me veo como si fuera a molestarte? Ni siquiera te conozco. Solo intento que no te quedes en este lugar cuando anochezca..., ni que te llenes la cara de moco.

«Y así me lo agradeces», pensó en decir, pero se contuvo.

—Los otros tampoco se veían como si fueran a molestarme, hasta que comenzaron a hacerlo —razonó ella en voz baja, abrazándose de nuevo a sus piernas. Ya poco le importaba la humedad en su rostro.

—Eh... —El muchacho rascó la cima de su cabeza, incómodo, y luego se levantó—. Como te dije, pronto oscurecerá, y de seguro cerrarán las puertas de entrada. No sé qué pasa por tu cabeza, pero te recomiendo salir... Aunque, si estás de acuerdo con convertirte en una bolita llorona por el resto de tu vida ya no voy a meterme.

Él dudó un momento, pero al final estiró una mano en dirección de la muchacha. Ella lo miró apretando los labios y con los ojos entrecerrados. Independientemente de lo que quisiera mostrar con aquella expresión, no se vio más amenazante que un cachorro. No obstante, de todas formas aceptó el ofrecimiento, aunque de mala gana.

Había estado en el suelo hecha un ovillo demasiado tiempo, por lo que al momento de levantarse sus piernas se sintieron demasiado entumecidas como para estirarse sin problemas. Con un chillido, apretó la mano que estaba sosteniendo, y con tal de no perder el equilibrio se impulsó hacia adelante, quizás demasiado. Lo próximo de lo que se enteró fue estar abrazada al otro muchacho, quien debido a su propia incomodidad no hacía más que mirar a un lado. Más sorprendida que otra cosa, ella lanzó un nuevo chillido y se echó para atrás. Como todavía sentía sus piernas un poco temblorosas, casi acabó en el suelo una vez más, pero él se apresuró a tomarla del brazo para evitarlo.

—Serás idiota. No tienes que escandalizarte por todo —le reprochó él. Si bien al principio lo hizo mirándola a los ojos, con la última oración desvió la mirada, un poco avergonzado.

—Gracias, pero sigo sin confiar en ti. —La joven se soltó de una sacudida. De inmediato dio media vuelta en busca de su mochila. No quería que se viera que también se sentía avergonzada.

—Ajá.

Así como ella, él dio también media vuelta y se dirigió a la salida. Se dio cuenta en tanto avanzaba, de que ya era demasiado tarde como para alcanzar a los demás. No le quedaba otra opción que volver a casa. Suspiró. De todos modos, necesitaba una ducha y adelantar algunas de las tareas que tenía atrasadas.

#3

(Capítulo 1.2 - Él y ella)

No puso gran distancia entre el instituto y él, hasta que sintió que alguien lo seguía. Algo natural siendo que en ese horario no había mucho movimiento por aquella zona. Al girarse vio a la bolita llorona caminando con lentitud mientras miraba el suelo. Tenía una mano oculta en uno de sus bolsillos, y con la otra frotaba sus ojos. Al mismo tiempo, parecía estar refunfuñando algo entre dientes. Él la vio tan distraída, que decidió detenerse en su lugar y esperar a lo inevitable: que ella lo golpeara.

—¿Qué...? —comenzó a preguntar ella, pero se detuvo al ver con quién se había topado.

—¿Me estás siguiendo?

—Tch, como si quisiera. Solo acostumbro a seguir este camino.

—Ajá.

Al ver que ambos seguían el mismo recorrido, acabaron por andar uno al lado del otro en un tenso silencio. Él cargaba su mochila en un hombro, y su toalla alrededor del cuello. De vez en cuando echaba un vistazo a su izquierda, solo para advertir que ella ni siquiera miraba al frente. A ese paso, no sería una sorpresa si un auto la embestía.

—Eh... —dijo él después de un rato—. Alan.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué? —preguntó. El muchacho se encogió de hombros.

—Es mi nombre. —Su compañera se fijó en su perfil con ojos entrecerrados. Era alto. Solo hasta entonces se dio cuenta de eso—. ¿Por qué llorabas? Ya sé que dijiste que te molestaban, pero...

—Ésa es la única respuesta.

«Qué carácter», pensó Alan.

—Soy Chloe —dijo ella de pronto—. Perdona por ser tan grosera.

Él volvió a encogerse de hombros.

Una vez más, ambos permanecieron en silencio. Continuaron uno al lado del otro durante un trecho lo suficientemente largo para que se cuestionaran qué tan cercanos eran sus hogares, y cómo no lo habían notado hasta ese momento. Chloe mantuvo la vista en el suelo en todo momento, hasta que a la hora de cruzar una avenida se detuvo a medio camino, y escrutó el lugar a su alrededor. Casi al mismo tiempo fue arrastrada hacia atrás. La joven lanzó un chillido e intentó soltarse y retomar su camino, pero el semáforo en verde y los autos en movimiento detuvieron su paso.

—¿Hay alguna razón por la que desees morir? —le reprochó la voz de Alan. Solo hasta entonces ella advirtió que se había detenido a mitad del camino de cebra cuando el semáforo estaba a poco de cambiar. Conforme pensaba en eso, escuchó al muchacho a su espalda mascullar por lo bajo—: ¿Cómo fue que me convertí en niñero?

—Nadie te pidió nada —dijo ella tras voltear la cabeza lo suficiente para ver su rostro. No obstante, como no levantó la mirada, solo alcanzó a ver su pecho. Él la observó con ojos entrecerrados, curioso. ¿Por qué tenía esa chica que ser tan chocante? Un sencillo «gracias» no iba a matarla.

—Ajá.

En cuanto el semáforo volvió a cambiar, él se adelantó. A mitad de la siguiente cuadra se volteó con intención de hacer una pregunta, pero Chloe ya no estaba ahí. Algo desconcertado, Alan dio media vuelta en su lugar y buscó con la mirada a la muchacha, pero claramente no estaba. Había... desaparecido.

El muchacho llevó una mano a la cima de su cabeza y sacudió un poco su cabello. Asumió que ella tan solo había evitado cruzar la calle. Suspiró. Uno intentaba prestar una mano, y ni siquiera recibía una despedida. Tras sacudir su cabeza volvió a dar media vuelta y retomó su camino como si ese raro episodio nunca hubiera ocurrido.

Sin embargo, nada decía que ese par no se volvería a encontrar.