Nubis
Rango12 Nivel 57 (11033 ptos) | Ensayista de éxito
#1

Hay un artista mimo en el salón de un hogar entreteniendo a las familias invitadas a una fiesta de cumpleaños. Gesticula los clásicos de estirar la cuerda, levantar peso, abrir una puerta para quedarse atrapado dentro de una caja… En esas realiza un movimiento idéntico a como si bebiese de una botella. Da otro trago, más extenso. Los padres de los niños se miran manteniendo la mueca de risa. Sus ojos comunican algo distinto. El mimo se tambalea de modo exagerado, haciendo gala de un equilibrio admirable. Su muda expresión delata otra sensación, y busca por su bolsillo imaginario un cigarro. Lo enciende frotando la cerilla invisible con el aire, y da una calada obscena como si estuviese solo. Un rascar de culo y un suspiro delator. El mimo se sienta sobre la nada con una perfección inquietante. Sigue fumando al tiempo que parece trastear frente a un ordenador. Gradualmente los espectadores van relajando sus expresiones de diversión. Analizan al artista como si este estuviese dentro de una jaula del zoológico. Con ímpetu el mimo se levanta de su asiento para entonces acercarse a la...

(Continúa)

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#2

Con ímpetu el mimo se levanta de su asiento para entonces acercarse a la zona detrás del sofá. A juzgar por cómo posiciona los brazos, se dispone a bajar unas escaleras. Mira hacia abajo y va brincando para representar que va bajando. Poco a poco, con realismo, desciende hasta desaparecer. Las familias espectadoras aplauden, provocando ruido nada molesto. Destacan los gritos de los niños. La ovación va en deceso al tiempo que aumenta la impresión sobre que algo no se ubica en su sitio. El mimo no reaparece desde detrás del sofá. Un par de padres se acercan y asoman para descubrir que allí atrás no hay nadie. Todos los presentes se amontonan en la zona, los niños subidos de pie al sofá. Pasa la tarde y acude la policía. No terminan de entender a qué se refieren los testigos del suceso, y de ser una broma comunal todos interpretan a la perfección la misma estupefacción. Sin embargo los agentes continúan relajados, como con un caso más. Un niño llama la atención, comentando que sabe cómo acceder al sótano donde está el señor mimo. Lleva una hora explicándolo, pero nadie le hace caso. Uno de los policías, mostrando una amplia sonrisa, le pide que le enseñe cómo lo va a hacer. El niño brinca y se pone nervioso, dirigiéndose detrás del sofá. El policía se acerca para observarlo, casi oculto el niño por su baja estatura. Lo aprecia posicionar los brazos. Se halla muy concentrado, hasta que el policía echa hacia atrás al apreciar el rostro de ojos en blanco del niño. El policía posiciona su boca en imitación a la del crío, que busca por desencajarse. El pequeño desaparece. El agente se acerca y observa que su intuición sigue en forma, que allí no hay nadie. Mira a los lados. Nadie se ha dado cuenta, ensimismados entre ellos. El hombre siente una corriente entre los hemisferios dentro de la cabeza. Traga saliva de forma ruidosa, dispuesto a avanzar hasta detrás del sofá. Respira hondo, se posiciona en el mismo punto que el niño. Coloca los brazos como si lo hubiese practicado cien veces. Y comienza a descender. Desciende. Baja y baja traspasando el suelo. Se hace la oscuridad, y luego la luz para apreciar un sótano. El niño está allí en el suelo. Al hombre le cuesta percibir si respira. Por las paredes de tierra soportada por vigas de madera hay personas. Parecen atadas sin cuerda, un par colgando en el aire por grilletes invisibles en las muñecas.
Siente el aire expulsado hacia su nuca.

#3

Entra a la habitación marcando el ritmo con chasquidos de dedos. La música es un jazz ambiental que no se amedrenta, haciendo notar el ritmo por debajo conforme transcurre su composición, de apariencia infinita. El hombre, sin un pelo, reluciente, remarca una mueca que en fotografía o contado no podría llamarse sonrisa, pero que en presencia y alma claramente lo es. Viste de traje, el más oscuro que pudo encontrar, y no se sabe si va de gala o de entierro. Concentra los pies en el centro del salón, junto al sofá. Mueve la cintura como un metrónomo retrasado, y sin embargo no queda mal con el ritmo imperante y el compás endiablado. Chasquea y chasquea los dedos a la misma intensidad. Su seria expresión enarbola la más absoluta felicidad.
Chasquea, amigo.
La música desaparece. Él sigue chasqueando, y su labio se retuerce hacia abajo, primero por un extremo después el otro. Mira a sus dedos y prueba a chasquear con una de las manos. Sacude la cabeza al hacerlo, retrocede un momento. Insiste y entonces aprieta los dientes, acercando la mano para aplastar la oreja. Los alerones de su nariz comienzan a marcar un ritmo al tiempo que mira alrededor. Se desplaza inquieto, los pies sin saber a dónde dirigirse de la sala. Da una vuelta completa en torno al sofá. Detiene su aleatoriedad al percatarse de algo. Su oreja se sacude viva. Mira hacia el sofá y lo examina durante un minuto. Se echa al suelo como en la guerra y se arrastra con los antebrazos para asomar por debajo del mueble. Mantiene la posición haciendo notar la respiración, sin vaivén alguno del cuerpo. Comienza a sacudir la cabeza en lo leve. Va in crescendo, meneando la calva con ritmo del que le gusta.
Debajo del sofá deben de haber unos músicos de jazz en plena juerga post-cena, y no son nada novatos. Para nada.
Hay que alcanzarlos, se propone, y comienza a introducir la mano debajo del sofá. Va seguida del antebrazo. Alcanza la altura del codo. Introducir hasta el hombro no parece inviable. Así hace. Debe alcanzarlos, es su destino del momento. La música suena más intensa, junto a su cara. Aprieta los dientes. Empuja, casi los tiene. Esos malditos de jazz drogadictos que se guardan sus fiestas para sí dentro de su nihilismo conformista e hipócrita porque son los que más saben sobre placer sin tacto y se guardan para ellos la evocación de lo inalcanzable que está a la mano pero como es invisible se dan tandas de ciego. Sólo un empujón más y los alcanza… nada, pero al intentar estirar el brazo, lo nota paralizado. Insiste. Parece encallado. Vuelve a intentar, se esfuerza hasta enrojecer. Los dientes apretados. Más. Un leve crujido en el hombro, del que no se percata. La calva roja, destacando los ojos que grises van aumentando hasta destacar un blanco nube. El par de nubes manchadas comienzan a transportar tormenta rojiza.
El mayor crujido. Se hace el silencio. En el fondo, prestando atención, suenan los músicos de jazz, tan expertos en regalar para nosotros un poco de desatención hacia el mundo.
El grito del hombre inunda la escena hasta cubrirla. Volvemos a lo visual y apreciamos el cuerpo de esa persona retorciéndose en el suelo. Parece más obeso y sudoroso, atrapado su brazo debajo del sofá. Por mucho que se mueva y grite, la posición de su hombro ni se inmuta. Grita y grita, comienza a quedarse afónico. Los ojos totalmente abiertos buscan alrededor, la otra mano golpea el suelo, alternando algún golpe contra su barriga. Tose y tose, entremedias traga con esfuerzo. Sigue tosiendo, algún lamento, un retorcer de labios y de la voz como inicio a llorar. Su cara se torna patética, pero de ahí no surgen lágrimas. Intenta esforzarse más, pero ya no puede ser más patético, y sabe que eso no hará acudir a las lágrimas.
Como si se hubiese cansado de un juego, el hombro sale un tanto de la rendija del sofá. Abriendo la boca con esperanza, mira perplejo. Comienza a sustraer el brazo. Tras cuatro sacudidas lo logra. Su expresión facial se torna seria conforme ve el estado del brazo, como si nada le importase. Analiza como un médico el estado retorcido de su miembro. Afirma agarrándose el mentón. Su extremidad parece partida por tres sitios, formando una “s” digna de una fuente de letra teutona. Sorbe la nariz ante de regresar a gritar, esta vez cerrando los párpados con fuerza, con tanta que parece que se le vayan a colar dentro los globos oculares. Patalea con los talones mejor que un niño, y respira antes de gritar abriendo los ojos, centrando en la pared del fondo como si allí estuviese su peor enemigo. De repente calla. Ha visto algo allí en la pared. No. Se agarra el brazo malherido a la altura del pliegue retorcido. Después desplaza la mano sana al pecho. Cae de espaldas produciendo un golpe con eco que recorre el suelo hasta las paredes. Quedan los músicos en lo tenue.
Siguen los músicos en lo tenue.
Así permanecen.
Pero no.
Entra a la habitación marcando el ritmo con chasquidos de dedos. La música es un jazz ambiental que no se amedrenta, haciendo notar el ritmo por debajo conforme transcurre su composición, de apariencia infinita. El hombre, de larga melena, ha nacido para eso, y así ha hecho durante toda su vida. Salta el cadáver situado el suelo junto al sofá. Da un par de vueltas sobre sí mismo y vuelve a brincar sobre el cuerpo inerte. Levanta las rodillas orgulloso, siempre al compás: es un fiera. Chasquea que chasquea, al saxo le falta cambiar una letra para terminar de hacérselo a su alma. Qué fuego, qué vibración a lo largo de su pelo. La música se detiene. Sigue chasqueando. Sigue. Y se siente molesto. Retuerce la cabeza y arruga la cara al son de sus chasquidos. Gruñe mudo y se frota la oreja.
Se da la vuelta. Aprecia al hombre muerto. Analiza.
Comienza a gritar, apretando su cabeza con las manos al tiempo que lentamente eleva el rostro hacia el techo. Aprieta un poco más las manos y el grito cambia de tono.

Jose_Mierez
Rango13 Nivel 64
hace casi 2 años

Me revivió la sensación de los finales de Cuentos de la cripta, escalofríos, etc, esos capítulos que recuerdas para siempre y son frecuentes en la memoria. Vaya arte tienes.