SaKirchen
Rango3 Nivel 11 (119 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Itziar, una influencer, se ve envuelta en una situación de lo más pintoresca justo cuando planeaba una Navidad en Grecia.
Sin embargo, gracias a ese imprevisto, abre los ojos a una realidad a la que no se había enfrentado antes, y en la que encuentra el regocijo de la solidaridad rodeado de la magia navideña.
Relato romántico en donde todo puede ocurrir.

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Título original: CONDENADA NAVIDAD © S.A.Kirchen2017 Diseño de portada: S.A.Kirchen Imagen de portada: S.A. Kirchen Encuadernación: S.A. Kirchen Corrección: S.A. Kirchen Esta novela fue registrada en CreateSpace con nº 1712175122249 Esta novela fue autopublicada en Amazon en diciembre de 2017

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Flaneta
Rango12 Nivel 55
hace casi 2 años

Vaya, una sinopsis. Y dónde se recluyó este año?


#2

Cuando descubres que tu existencia involuciona o cae en espiral hacia el caos, ¿cómo reaccionas? Sencillo, dejándote arrastrar, o incluso peor, provocando el alud que te sepulte.

En esas andaba yo a principios de aquel caluroso octubre, buscando excusas para contentar a mis mayores, satisfaciendo sus conciencias con mentiras bien elaboradas. Me había convertido en experta de grado superior en el arte de urdir embustes, ¡hasta yo misma llegué a creerme alguno! Mi cerebro disfrazaba con tal esmero la realidad que acababa por transformarla en certeza quimérica. Si para el resto, mi vida provocaba envidias, para mí, era una mierda. Tampoco importaba demasiado, con un lazo y eau de parfum, podía disfrutarla. Es un hecho constatado, la humanidad se siente más cómoda detrás de un disfraz.

Ahí andaba yo, mostrando la cara amable de niña bien para la familia durante las horas de sol, y revolcándome con todo aquel de perfil acorde a mis preferencias físicas en la noche. Por seguir en la línea de autodestrucción trazada involuntariamente, alternaba el sexo desmedido con alcohol y algún gramo de coca de tanto en tanto.

No hay motivo justificado para abocarse al vertedero de residuos orgánicos; ni la depresión, ni el dolor, ni el aburrimiento... La supervivencia dispone de resortes para evitarlo, y, sin embargo, algunos nos lamemos con tanta fruición las heridas que acabamos envenenados de nosotros mismos; entonces..., ¿importa algo?

A mí, sin ganas de probar bálsamos ni antídotos, no, y, ¡qué narices! ¡Ni ganas! La infelicidad también era una elección.

Simulaba prestar diligencia a las indicaciones de mi abogada, que consistían, en mantenerme callada y dejar que hablara ella. Me había vestido para la ocasión —también bajo sus sugerencias—, formalita y seductora, aplicando la regla no escrita de menos, es más. Lo cierto es que, aparte de un molesto bla, bla, bla, no seguía su conversación.

En esas, llegamos a los juzgados.

En esas, nos sentamos en las butacas negras de plástico e incómodas adrede, hasta que llegó nuestra hora.

Pasé cabizbaja, interpretando el mejor papel de mi vida. Caminaba triste, compungida, por aparentar un arrepentimiento que no sentía en absoluto. Tomé lugar al lado de la abogada y yo, con las manos sujetas, continué el teatrillo, sin alzar la vista.

Si deseaba salir bien parada, no podía escapárseme la risa, además de que debía concentrarme en poses afligidas, pestañeos inocentes y mohines cándidos, nada que no hubiera practicado de manera frecuente con mi familia. No obstante, mis meninges ya atisbaban con regodeo morboso, mi próximo destino navideño: Mykonos, el paraíso griego atascado de chiringuitos, clubs, bares y música las veinticuatro horas del día.

Recorría la Agios Ioannis Beach, con entusiasmo íntimo, cuando una patada me sacó del ensueño.

—La veo algo dispersa para estar jugándose unos meses de internamiento, Srta. Ansúrez. —¿Alguna vez una voz os ha recordado a un contrabajo? Pues la del magistrado sonaba infinitamente mejor.

—Bueno... estoy nerviosa... —balbucí en un intento de engañarle.

—Sí, es para estarlo. Aunque, ni creo a la letrada, ni la creo a usted. —¿Cómo? Me ofendió su sinceridad. Le había subestimado, y no reforcé mi actuación con alguna lagrimita furtiva.

—Puedo asegurarle, que no me apetece lo más mínimo pasarme la Navidad en prisión por semejante futilidad. —La abogada, en esta ocasión, me pisó con tal energía que poco faltó para alisarme el pie.

—¿Futilidad?

—No tenga en cuenta esta declaración, su Señoría. Como ve, sigue un programa de rehabilitación, sus informes son favorables...

—La Srta. Ansúrez, no tiene el menor interés en dejar sus excesos, cosa que a mí, personalmente, me importa bien poco, sin embargo, que sus abusos causen daños, sí.

—¡Por el amor del cielo! ¡Me estrellé contra una marquesina! Me juzga como si hubiera atropellado a la mamá de Bambi. —Bien, en ese instante, yo misma había firmado mi sentencia. ¡Solo debía de guardar silencio!

—¡Usted, es un peligro público! —Me apuntaba con el dedo, en otra época hubiera lanzado un cuchillo de doble filo, no era merecedora ni de la hoguera—. En su blog la siguen miles de adolescentes engañados por ese simulacro de vida que les muestra. Fiestas, viajes, desenfrenos y licencias que nutren sus mentes con escaso espíritu crítico, tomando como referente su existencia prosaica y lamentablemente atractiva. Como árbitro en este juzgado me corresponde velar por la salud pública de nuestros jóvenes, y, como padre, por los intereses sociales.

—No cometo delito alguno, mi blog cumple todos los requisitos legales y fiscales. Es muy fácil barrer hacia fuera cuando no funciona el control parental. Le veo más censor que juez.

—¿Está desautorizando mi arbitrio como magistrado, y si lo fuera, como padre? —A pesar de lo enfadado que estaba y que la toga no le hacía justicia, el Sr. Juez era tan atractivo como irritante.

—Eso ha de juzgarlo usted mismo. —Podía haberme marcado un palo flamenco con zapateao incluido, sin embargo, me envaré para recibir el castigo. Sonriéndome la suerte, de ahí saldría engrilletada.

—Iba a firmar con gusto el fallo para que disfrutara de unos meses desconectada de su vida disoluta... sin embargo, la condeno a realizar mil cien horas de trabajos comunitarios, la idea es la reinserción en la sociedad y usted necesita conocer la vida real, no la que inventa. —Prefería eso a las galeras—. ¿Algo que objetar?

—No, su Señoría.

Yo podría haber discrepado hasta agonizar hablando, ¿sería útil? No. De volver a abrir la boca, conseguiría que me enviara a prisión y nada de trato preferente, así que negué y mantuve mis labios bien pegados.

—Me encargaré de estudiar personalmente sus informes semanales. Nos veremos en enero, y espero que con una actitud más conciliadora.

Salimos de la sala.

La abogada me trató de insensata, inconsciente e inmadura, nada que no supiera. Se pondría en contacto conmigo cuando le hicieran llegar la resolución judicial. Yo solo lamentaba la retirada del permiso de conducir, odiaba el transporte público y sus empujones, no soportaba caminar para ir de un lado a otro o esperar. No obstante... me lo gané a pulso.

#3

Recibí la sentencia semanas después y, tal como ya me había advertido el magistrado, iba a encargarse de revisar de manera excepcional, personal y escrupulosa, el cumplimiento de todas las cláusulas previstas en el laudo. Vamos, que el tipo sacaba tiempo cada tarde para merodear por el hospital cerciorándose de que cumplía el correctivo a mi conducta incívica, rigurosamente. De todos los funcionarios de aquel juzgado, me había caído en desgracia, la reencarnación sexi del Cardenal Cisneros. Por fortuna los métodos disciplinarios del XVI ya no se empleaban, de lo contrario hubiera dictado mi agonía utilizando la doncella de hierro o cachivache de tortura similar.

Debía de sentir cierto aprecio fetiche por las marquesinas del autobús, alguna compulsión desatinada con ellas para obligarme a vestir de mula y pasar horas tirada un pesebre viviente, por haber doblado un poste.

Era indigno, si el Niño era un muñeco de goma, ¿a qué representar a la mula?, terminaría por provocarle un choque de calor o derritiéndolo.

Por otro lado, el denigrante disfraz me otorgó el poder de la invisibilidad por absurdo que parezca. Nadie solía fijarse en los animales si eran de pega —a pesar de ser más pulcros—, allí el protagonismo lo copaban el paje real y las cajas de atrezzo envueltas en papel de regalo repletas de aire de ilusión, ¡hasta la Virgen pasaba sin pena ni gloria!

Me aburría al punto de desear una abducción alienígena. El resto de los figurantes, voluntarios creyentes, eran una piña que representaban su papel cada hora impar, y yo, no tenía derecho ni a rebuznar.

Ese ostracismo concluía con la aparición de mi carcelero en funciones, tan correcto y distante, que al aproximarse al establo de cartón piedra, notaba frescor dentro del traje. Pese a eso, por semejante tío estaría dispuesta a derribar semáforos y señales de tráfico con mayor frecuencia. Malo que de reincidir el traje no sería de mula, si no de rayas.

—¿Cómo lleva la tarde? —Genial, productiva, divertida... ideal.

—Igual que ayer. —Me puse en pie.  Responder de rodillas, mirándole dócil... ¡ni de broma!

—Parece desinflada. —No movió un músculo facial, aunque interiormente se revolcaba de la risa, seguro.

—No, para nada, le he tomado el gusto a estar estirada bostezando, me impulsa a reflexionar sobre lo útil de mi pena para el bien común.

—De cooperar con las actividades de la asociación, con total probabilidad le vería el aporte social.

—No me han propuesto nada más atractivo que encarnar a la mula.

—Habla en tono despectivo de un animal muy apreciado en tareas requirentes de fuerza y resistencia, tiende a degradar aquello que desconoce.

—Para mí, lo más apasionante del mundo equino son las coces.

—En eso tiene algo en común con él, tiende a patear el hígado de cualquiera cada vez que abre la boca.

—Lo tomaré como apreciación en lugar de insulto —mentí.

—No era mi intención ofenderla. —Lo hacía, ¡y tanto que sí! Sin embargo, antes de demostrárselo prefería el calabozo.

—Tampoco lo conseguiría, aunque, sí cansa el tufillo a superioridad moral con la que se pavonea cada tarde cuando aparece a confirmar que la burra ejerce de mula.

—Saca de contexto cualquier expresión. Debería de probar a mostrarse tan atenta y fascinante como con sus seguidores virtuales, eso la ayudaría a escapar de esa burbuja de fantasía tan confortable en la que flota.

—Esa burbuja que tanto critica, es mi profesión, mi medio de vida, y me permite pagar los impuestos que contribuyen con parte de su sueldo. —Me di a mí misma una palmadita imaginaria en el hombro, a la vez que presentía lo efímero de aquel regocijo.

—Tiene un par de cualidades bien incomodas, Srta. Ansúrez, la de replicar sin meditar la respuesta y la de molestar con ella. Podría utilizar esos dones para fines más filantrópicos que a su exposición existencial, alimentada por deditos con el pulgar hacia arriba en publicaciones de lo más insustanciales.

—Podría, pero esos «deditos» mantienen mis contratos publicitarios, reportando liquidez a mi cuenta corriente.

El duelo de miradas estaba servido y por primera vez en aquellas semanas, vi en la suya algo más que un profundo desprecio. Atisbé un fugaz brillo de ternura no paternal, e inesperadamente, se aproximó a mí quedando a no más de diez centímetros de mi oído.

—Llegará un día que mirará hacia atrás y solo encontrará un inmenso vacío y, le aseguro que eso no hay depósito bancario que lo evite. —Me espelusqué con el aliento de sus palabras. También fue la primera vez que sonrió. Una sonrisa bribona inesperada, pero que le sentaba fabulosamente—. Sra. Ansúrez, para ser una mula huele de maravilla.

De haber sido más ingenua o una chica con poca experiencia en cuanto a temas de seducción, trataría el gesto como un halago sin trascendencia o una provocación para sonrojarme, pero, de ser yo una mujer incauta, no estaría allí perdiendo mi tiempo haciendo el ridículo, intercambiando prisión por humillación, al destrozar el mobiliario urbano al conducir, ebria y drogada. Sin embargo, logró su propósito de zurcir mis labios, y, tras su demostración de sensualidad bien medida, giró sobre sus talones, y se largó carcajeándose.

Reaccioné tarde, lo reconozco, si de por sí su impostura ya alelaba, la osadía de acercarse y susurrarme algo agradable, había derribado mi línea defensiva... ¡Esto no podía quedar así! Yo era una tía orgullosa y, solo me callaba para ignorar por no denotar aprecio, que es la manera más pérfida de despreciar.

Así, después de recomponerme y dentro de mi traje de burra, recorrí su estela hasta el ascensor. Una vez dentro, recordé que la flechita indicaba subida y sin pensar presioné el número dieciocho. Ya en el trayecto estuve llamándome idiota en bucle, ¿cómo iba a saber dónde había parado? Está visto, intentar restituir la soberbia herida sin un plan trazado en frío, es tan útil como escribir con tiza en una pizarra digital, así que, bajé del ascensor convencida de mi estupidez y, por no sentirme aún más imbécil, disimulé —discreta como nunca, con orejas tiesas y cola de rafia sintética— dando una vuelta por la planta.

—Hola. —Sonó a duende y me giré, por si era el del puchero de oro.

—Hola. —Un chaval en una silla de ruedas me observaba desconcertado.

—¿Por qué vas vestida de Ígor? —¿Quién era ese?

—Represento a la mula del Nacimiento del vestíbulo.

—Ah... pues si te pones un lazo rosa en la cola pareces el amigo asno de Winnie the Pooh.

—¿Qué te ha sucedido?

—Un accidente. —Encogió los hombros y le restó importancia a la respuesta—. ¿Y a ti?

—Un accidente. —También encogí los hombros y reímos al unísono—. ¿Te acompaño a tu habitación?

—Vale. —Tomé los mangos y empujé sin saber hacia dónde.

—No parece haber muchos niños en esta planta, por suerte.

—¡Qué va! Somos un montón, sin contar con los dormidos. —¿Los dormidos? Iba a pasar de figurar en un pesebre navideño a formar parte Del laberinto del Fauno, asombroso.—. ¿Cómo te llamas?

—Itziar. ¿Y tú?

—Diego.

—¿En esta planta solo hay niños?

—Sí. —Qué injusto, aquel lugar ya era en exceso sobrio para un adulto, cuanto más para un niño.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —Asintió con la cabeza—. ¿Y aún has de pasar mucho más?

—Todos los chicos de esta área tardamos mucho en volver a casa. Hacemos rehabilitación y nos ayudan a adaptarnos a las barreras arquitectónicas y sociales que nos encontraremos —hablaba con una madurez impropia a la edad que yo le presumía.

—¿Cuál es tu habitación?

—Aquella de ahí. —Señaló con el dedo—. ¿Te apetece jugar un rato a la Play Station? Mis compis tardarán en regresar.

—Por supuesto.

Y estuvimos jugando hasta que llegaron el resto de los chicos, y seguimos jugando hasta el momento de cenar, y me despedí de aquel grupo de cuatro, prometiendo pasar por allí al día siguiente para acabar la partida.

De vuelta al loft en el autobús de línea, saqué el móvil y contemplé las entradas del día. El vídeo sobre una mascarilla milagrosa colgado por la mañana había sido un éxito de visitas, compartido en todas las redes sociales algo más de cien mil veces, garantizando con ello que los anunciantes mantuvieran la confianza en mi blog.

Seguido revisé los mails, nuevos contratos, nuevos productos... más de lo mismo, y nada más; ni una llamada de ninguno de mis supuestos colegas, ni un mensaje con un: ¿qué tal?

Admitía mi desidia por mantener una relación cercana con acólitos de desfase, me movía en un mundo de postureo al que estaba suscrita solo por interés pecuniario. Nunca había confiado en la amistad, tampoco había considerado a nadie amigo, ni nadie había mostrado voluntad en ofrecerme la suya, sin embargo, aquella tarde compartiendo los mandos de una consola con unos muchachos de entre diez y trece años, luchando por reponerse de secuelas y enfermedades, me sentí absurda y tremendamente sola.

Entré en Amazon dispuesta a invertir una pequeña fortuna en regalos para aquellos pequeños, y fui cargando la cesta con todo aquello que se me ocurría.

En ocasiones, un destello pasa por entre los pliegues grises de la mollera impregnándola de sentido común, y comprendí que ni aquellos chicos, ni ninguno de la planta, necesitaba juguetes... necesitaban ser niños en un ambiente de niños y recordé una pared de azulejos en una sala blanca y anodina, asociándola a un cliente que fabricaba todo tipo de pinturas y esmaltes.

#4

                 

Una semana hacía ya, que a modo de Homer Simpsom, tal como tocaba la hora, yo salía danzando hacia la planta de trauma.

Nos juntábamos en una sala todos, excepto los dormidos, un par de chicos y una chica en coma profundo, velados permanentemente por algún familiar a los que les leían, les ponían música, les acariciaban los brazos, la cara o les arropaban... No reaccioné bien al conocer su situación, sin embargo, al día siguiente, con las mismas esperanzas y fe de sus padres, pasé a saludarles como se merecían.

Estudiaba juegos y entretenimientos para no excluir a ninguno de los chavales, fuera cual fuera su discapacidad, aunque en realidad demostraban ser más hábiles con sus dificultades que yo con mis articulaciones intactas.

Aquella tarde la habíamos dedicado a fabricar nieve con papel de seda y estábamos en pleno lanzamiento de virutas cuando inesperadamente la puerta se abrió de par en par, apareciendo el Sr. Juez y la Virgen, que, por su indignación, debía de ser alguna activista pro derechos del papel.

—¿Qué ocurre aquí? —A ver, en Jerusalén nevaba solo de manera ocasional, pero para algo el Señor nos había provisto de imaginación.

—Nos habéis pillado en plena batalla de bolas de nieve.

—¿Y a quién le has pedido autorización? —Ni caí en ello. Era un área lúdica, ¿de qué consentimiento hablaba?

—Estamos jugando en el lugar habilitado para ello, ¿a quién he de pedir permiso?

—A mí. —A todo esto, el Sr. Juez, observaba con gesto divertido la pugna «santa versus mula».

—¿Por qué?

—Yo organizo las actividades infantiles a través de la asociación. —Cruzó los brazos por debajo del pecho acomodando los hombros en un medido movimiento soberbio. Por suerte, los niños seguían disfrutando, unos tirados en el suelo, otros en sus sillas, otros de rodillas... y así seguirían hasta la hora de cenar, o no me llamaba Itziar.

—¿Tú no tienes que ir a cambiarle los pañales al niño?

—Eres tan insensata que no te has parado a pensar los peligros.

—¡No seas absurda! Es papel, ninguno tiene menos de tres años, ni alergias...

—¿Cómo sabes que no tienen alergias, Itziar? —Pestañeé tan seguido que dejé de ver. Nunca antes me había tuteado ni utilizado el nombre de pila... y sonaba tan bonito en sus labios...

—Pregunté a sus padres.

—En tal caso, Sra. Colmenero, no hay de qué preocuparse, Itziar —si volvía a nombrarme caería de espaldas—, lo tiene todo controlado.

La Virgen salió con ínfulas de indignación y yo me permití observar al magistrado con una sonrisa de desconcierto.

—Algo de razón, sí que tiene —determinó. Disponía de una sonrisa cautivadora.

—Sr. Juez, algo de razón tenemos todos, lo interesante es ponerse del lado de quien la argumente mejor.

—Pablo. —Extendió la mano. Para nada iba a perder la oportunidad de darle dos besos.

—¿Te quedas? Estamos ideando la manera de hacer un muñeco de nieve zombi-princesa-extraterrestre.

—Para contentarles a todos.

—Hay que ser permisivo y plural. Empatía positiva, lo llaman.

—Una buena técnica de marketing. —Sostuvo su mirada magnética sin titubeos, sin embargo, tuve el pálpito de ser yo la hipnotizadora, dato confirmado cuando sacudió la cabeza para despertar. Me sentí poderosa—. Disfrutaría aportando una toga a esa obra conceptual prevista, pero hoy me será imposible.

—Pasa mañana, el papel pinocho aguanta mejor el calor que la nieve. —No como mis neuronas que, de continuar observándome así, terminarían por achicharrarse.

—Veré si puedo.

—Seguro podrá hacernos un hueco.

—En tal caso nos vemos mañana. —Tampoco iba a dejar escapar la ocasión de despedirme con cariño, ni de percibir el aroma sutil del after shave. Y para regocijo de mis debilidades, me devolvió el gesto besando mis mejillas con firmeza, posando los labios y presionando. Si no me desmoroné, fue puro milagro o cosa del esqueleto. Y aún floja como un fideo de sopa, le devolví el guante.

—Sr. Juez, tiene una sonrisa seductora.

—Pablo.

Levantó una de las cejas y acompañó la mueca con otra sonrisa de las de necesitar el «boca a boca» seguido de un tú a tú. Y, apajará perdida me dispuse a continuar jugando con los chicos.

A partir de aquella tarde, Pablo —el Sr. Juez para molestarle—, colaboraba aportando ideas y actividades interesantes. Después, cuando los pequeños marchaban a cenar, nosotros hacíamos lo propio en el self service del hospital, y entre confidencias y chascarrillos, disfrutábamos del insípido menú, que ninguno saboreábamos.

En más de una ocasión pensé proponerle cenar fuera, un burguer serviría, sin embargo, dar el paso suponía avanzar y, ¿estaría él preparado para más de mí?

Yo le gustaba, sabía interpretar las señales, no era nueva en esas lides, no obstante, le atraía mi persona en la misma proporción que le repelía mi entorno, por lo tanto, me conformaba con la sopa fría de cada noche, el trayecto en coche hasta mi casa y el par de besos de cortesía.

#5

Empecé a considerar mi castigo el responso de absolución. Era sumamente gratificante disfrutar con todos los chicos de sus juegos y temores, ahí, poco podía hacer yo, aunque solo demandaban ser escuchados y a eso me dediqué, a escuchar mucho y a olvidarme de mí.

Con tal de no esquinar a nadie, dos días a la semana nos reuníamos en la habitación de «Los Dormidos» y les introducíamos de alguna manera en aquel club de la lucha y la superación. 

El ambiente navideño impregnaba las calles y los comercios. Sería el primer año desde no sabía cuándo que no viajaba ubicaciones exóticas, filmaba mis desfases y los colgaba con el fin de impresionar a individuos que no me importaban. Conmuté el «yo, conmigo misma» por el «nosotros» y me sentía cómoda en mi función de tramoyista.

Aquella mañana salí de un brinco de la cama, el encargo de semanas anteriores estaba listo para recoger, y no podía perder un minuto, sin embargo, no llegaría a tiempo de hacerlo en transporte urbano y, ¿qué era una prohibición si no se trasgredía? Del paraíso no podían expulsarme. Tomé las llaves de mi Mercedes SLK biplaza —nada discreto— y salí zumbando. Me vi más delincuente que nunca.

El universo es un lugar desconcertante; con prisas, fluye todo lento hasta paralizarse, todo excepto el tiempo, ese, se contrae de tal manera que cambia horas por segundos.

Me encontré suplicando a los semáforos y a los peatones caridad compasiva... pero, ¡qué va!, se orquestaron en mi contra y llegué a mi cita con el Portal de Belén, tarde. Por evitar la bronca de Doña María y Don José, subí directa a la planta de los chicos y, una vez todo estuvo preparado, tras la comida, les reuní en la sala de espera, donde estaba el inmenso mural de baldosas blancas, tan inmaculadas como tristes.

—Hola chicos, —saludaron todos con alegría—. Siempre me ha llamado la atención esta pared tan vacía, así que hoy vamos a darle mucho color —gritaron emocionados—. Traigo unas pinturas especiales y unas herramientas adaptadas para cada uno de vosotros, así que no tenéis excusa.

—¿Y qué pintamos?

—Lo que os apetezca explicarle a cualquier otro niño que venga cuando vosotros ya no estéis.

—¿Y los dormidos?

—También tendrán su espacio, ¡faltaría más!

Ahí nos vimos, entre sillas y muletas, pinceles, brochas, cubos y sábanas para el suelo. Las enfermeras se unieron a la causa y yo, por primera vez fui Hydna de Escíone en lugar de Ninel Conde —sí, aquella que confundió los tsunamis con el surimi—. Con la ayuda de los celadores, sacamos de las habitaciones a «Los Dormidos» y con asistencia de sus padres, sus manos plasmaron la promesa de despertar.

Se convirtió en un espectáculo de colores y risas, hasta que la Virgen abandonó el pesebre para vocear, cual energúmena sin medicar, delante de nuestro mural.

—¿Cómo se te ocurre? Esas pinturas podrían dañar a los niños, ¡insensata! —¡Harta estaba de la palabra comodín!

—Vas a necesitar el traje de mula de continuar rebuznando.

—¡¿Quién te ha permitido esto!?

—Nadie me lo ha prohibido tampoco, e intenta moderar el tono, acabarás afónica. —O espumando.

—No voy a permitir que conmutes la pena en mi pesebre, ¡infractora drogadicta!

—Eso no lo repites sin el manto.

Por no atomizar el ambiente festivo con su histerismo, la saqué tirando del brazo hasta una terraza adyacente escondida de miradas curiosas.

—No me pegues, por favor.

¿A qué venía taparse la cara con los brazos? No precisé de explicaciones, el reflejo del ventanal me ofreció la respuesta.

—Dudo que eso fuera a suceder. —Perdí cinco litros de aire y los recuperé en ego al oír su voz.

—¡No la quiero en la asociación!

—No volverá.

Se marchó zapateando, enredada entre los faldones y las alpargatas. Él me observaba con enfado manifiesto, ya no era Pablo, sino el magistrado del tribunal de lo penal.

—Las pinturas son aptas para menores de tres años, no tienen agentes tóxicos y me aseguré que ninguno de ellos tuviera alergias o intolerancias a los pigmentos.

—¿Qué hace tu coche en la zona de ambulancias? —¡Mierda, el coche! Me permitieron estacionar para descargar y allí quedó.

—Bueno... no iba a llegar...

—¡No puedes saltarte la ley cada vez que se te antoja!

—¡Oye, lo siento!

—¿Y esto? ¿Sabes cuánto tiempo lleva la asociación intentando lograr la aprobación de ese proyecto?

—¿Y cuál era el problema? A mí no me han puesto inconvenientes.

—¡La dirección, Itziar!

—¡Ja! Aquí pretendían repartirse el pastel y los honores, ¿es eso? ¿Me equivoco? —Alzó las manos al cielo, tensionándolas, cerrando los puños después, intentando canalizar el cabreo— ¡No te entiendo! Vienes todas las tardes, les escuchas, disfrutas con ellos..., de veras, ¿necesito justificarme?

Se acercó a mi cara, casi tocando nariz con nariz.

—¡Has de cumplir la ley! ¡Has de seguir las normas! —El aliento restallaba sobre mis labios con la furia de un tifón diminuto. Me empoderé del desenfreno mezclando enfado y excitación, y, sujetándole de la corbata conseguí unir nuestras bocas, mas el efecto no fue el deseado. Me separé—. ¿Qué haces?

Pasé del calor al frío sin templarme. Sin despedirme de los chicos, sin recoger todo el tinglado, escapé corriendo. Necesitaba refugiarme en un espiral de vergüenza reconfortante, y, por no seguir sumando delitos, y por no regresar a recoger mi bolso, tomé un taxi, que me escoltó a casa, por asegurarse de cobrar la carrera.

Apelotonándome en el sillón, me fastidiaba a mí misma saboreando el hálito de su voz y lo esponjoso de sus labios. Una vez leí en algún sitio, de algún alguien, que, negar nuestros impulsos era lo mismo a negar lo único que nos convertía en humanos.

Sonó el timbre y dejé que sonara. Cuando aporrearon la puerta, decidí abrir. Sabía quién era, y enfrentarme a su compasión era infinitamente peor que el rechazo.

—¿Traes a la policía? ¿Vas a detenerme? —Apretaba la mandíbula y mordía los labios—. ¡Hazlo! ¡Ten! Puedes ponerme los grilletes si lo prefieres.

Uní las manos por las muñecas extendiendo los brazos a la altura del pecho, con las palmas hacia arriba, temblorosas.

Sus pupilas se clavaban con precisión de aguja hipodérmica en las mías. Elevé más el mentón, desafiándole, mostrándome más rival que resignada. Ambos, inspirábamos y exhalábamos el aire con brusquedad, dominando nuestras iras con una técnica nada útil en aquel momento.

Súbitamente, alzó sus manos y separó las mías, cerró de un taconazo la puerta y me empujó hasta topar mi espalda con la pared. Se adhirió a mi cuerpo, mientras seguía sujetando mis manos a la altura de mi cabeza. La rabia se transformó en deseo y su aroma activaba los resortes lúbricos, traicionando a la razón, que no tenía la menor idea de en dónde hallarla.

—Tiene derecho a guardar silencio. —Bastante complicado era respirar—. Cualquier cosa que diga puede y será usada en su contra en un tribunal de justicia. Tiene derecho a hablar con un abogado y que esté presente durante cualquier interrogatorio—. Mordía mis labios a medida que susurraba la Advertencia Miranda a mi oído y el hálito, acariciaba mi cuello erizando el vello de todo mi ser empezando por la nuca—. Si no puede pagar un abogado, se le asignará uno de oficio. ¿Le han quedado claro los derechos mencionados?

—Quiero que me lo repitas en la cama.

—No vamos a llegar.

Su boca tomó mi cuello con avidez de cánido hambriento, su pecho subía y bajaba al mismo ritmo que el mío. Forcejeé para poder emplear los dedos en desabotonar su camisa y sus manos cedieron con la finalidad de tirar de mi camiseta llena de lamparones de pintura, por conocer la piel de mi vientre, de mi pecho... Tocar el suyo, me provocó tal escalofrío que, por intentar atenuar la tiritera, me rodeó con sus brazos.

—Quiero besarte hasta dejarte sin saliva. —Enaltecía mi sensibilidad desde los tímpanos hasta los talones, sin embargo, la astillita del repudio aún espinaba y revolcarme en un zarzal era sexo inseguro.

—Rechazaste mi beso.

—Te estoy besando ahora.

Me sirvió la respuesta, no hay idioma más completo que el del ósculo, una lengua tan sencilla y arbitraria, tan completa y comprometida con la pasión. Los nuestros se hablaban de tú, con el frenesí del deseo. También las caricias gozaban de un léxico análogo que se traducían en erotismos e incandescencias mientras las piezas de ropa pendían de las aristas del mobiliario. No nos dimos tregua, ambos habíamos traspasado el limen hacia el infierno paradisiaco que auguraban nuestros furores, y con ayuda de la pared y de su vigor sexual, me anudé a su cintura para permitir fundirnos en uno.

Consentí todo de él, consintió todo de mí y fue maravilloso.

—Pablo... —La cama había sido más placentera que el tabique. Dormitaba sobre su pecho al arrullo de los latidos, apreciando la suavidad de su piel... embriagándome de su aroma. Él, reseguía con las yemas de los dedos el dibujo de mi columna y de tanto en tanto me provocaba un estremecimiento—. ¿Y ahora qué?

—Pues ahora, vamos a empezar..., vamos a intentarlo. Yo estoy listo.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—No lo estoy, pero tampoco lo estaba cuando te conmuté la pena.

—No sé lo que quiero de la vida, pero hoy me resulta más apetecible vivirla. ¿Podré seguir visitando a los niños?

—¿Sin pintura?

—El acusado puede mentir para defenderse, ¿verdad? —Me despeinó riéndose.

—Veré que puedo hacer.

—Te voy a complicar la vida.

—Cielo, el único día fácil, siempre es ayer.

FIN

GRACIAS POR LEER