SaKirchen
Rango3 Nivel 11 (119 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Seguir una vereda, encontrar tentaciones, caer en ellas.
Descubrir el estallido de la excitación y tratar por todos lo medios de repetirlo saltándose la moralidad, guiada por la lujuria y el deseo más poderoso jamás experimentado.
Dos únicas opciones: resignarse a la mediocridad del sexo adolescente o perder la virtud a manos de su obsesión lúbrica...
No dudó, ni tuvo el menor reparo en eliminar la lujuria de los siete pecados capitales.
———————————
Título original: LÍBRAME DE TODO MAL © S.A.Kirchen2017 Diseño de portada: S.A.Kirchen Imagen de portada: S.A. Kirchen Encuadernación: S.A. Kirchen Corrección: S.A. Kirchen Esta novela fue registrada en safecreate con nº1710254649205 Esta novela fue autopublicada en Amazon en octubre de 2017

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1

5
Flaneta
Rango11 Nivel 53
hace casi 2 años

3 bian, guapita!


#2

La primera vez que el morbo se tradujo en humedad, la adolescencia afeaba un poco mi rostro con granos y espinillas, y me sorprendió paseando distraída hacia mi casa desde el instituto.
Por expreso deseo materno, nunca cruzaba el atajo del cementerio viejo con tal de acortar el trayecto. Ella aseguraba, a propios y ajenos, que el sendero lo plagaban las ánimas atormentadas vagando sin reposo. Explicaba apasionada, un sinnúmero de historias fantásticas sobre aparecidos y entes andrajosos visionarios de infortunios, que sugestionaban a los parroquianos hasta el punto de abandonar a sus muertos el Día de Todos los Santos. Yo crecí en ese ambiente religioso opresor, siempre temerosa al castigo divino, donde no era admisible pecar ni de pensamiento.
¿Qué me empujó a quebrantar la norma? Yo era carne de beata, siempre recatada y pudorosa. Mi uniforme escolar daba fe de ello; los calcetines bien altos y el dobladillo de la falda por debajo de la rodilla no dejaban un centímetro de piel al aire. Entonces, ¿cómo sucedió? Hoy tras años de mantener relegado aquel recuerdo al cajón desastre de mi memoria, comienzo a darle crédito a las fábulas de mi madre; algo hubo de arrastrarme inconscientemente por aquella trocha estrecha y poco transitada, colmada de piedras caídas de los muros resecos y de la tierra, que, convertida en polvo, se fijaba a los mocasines lustrados en la mañana.
Cada rama que pisaba, mi mente la convertía en el crujido de un hueso al quebrarse. Cada hoja que me rozaba, eran jirones del atavío para amortajar de alguna novia suicida. Temblaba con cada soplo de viento que movía mi cabello, y me aferraba a la carpeta escolar como si fueran misales con la propiedad de ahuyentar a los espíritus molestos por mi intrusión.
Sufrí alucinaciones de todo tipo, hasta el punto de sudar en frío y respirar atropelladamente aquejada por el pánico a lo desconocido o a lo imaginado. Me apresuré a salir de la hijuela —se me antojó una peregrinación— con pasos acuciosos. Sin embargo, en mi fuga, el pie se enmarañó en un raigón y al abrir los brazos para no perder los dientes en el batacazo, solté la carpeta y el contenido se desperdigó fuera de la senda. Ni sacudí la suciedad de la ropa, de un brinco me alcé. Con miedo atroz, trizaba zarzales a manotazos sin acusar el escozor por los rasguños de sus espinas. Así, fui penetrando en el margen de la vereda y los vi.
En el pueblo todos nos conocíamos, y todos también teníamos un apelativo, por lo general otorgado en honor a alguna aptitud, labor, defecto o tara heredada de un antepasado. En mi casa éramos los Coratos, en recuerdo al carácter montaraz de una abuela. Los que estaban desnudos en el claro, rodeados de espesura silvestre y yerma, tampoco se libraban.
Ella era Palmira, La Doña, nunca supe a qué venía el apodo, era la esposa del alcalde, un hombre regordete y bigotudo, con los brazos desproporcionados en comparación a su corta estatura, siempre apestando a puro, vino barato y refrito de bar. Yo les llamaba La extraña pareja. Las carencias físicas del marido, eran superadas con nota por la belleza delicada de la mujer y, sobre todo, por su elegancia.
Su acompañante no era el alcalde, si no el capellán, un hombre bien parecido y admirado por todas las devotas que proclamaban bondades de su persona.
Alarmada, podría narrar como el pavor a ser sorprendida atenazaba mis músculos, podría, pero no; la imagen me subyugaba a seguir camuflada tras los matojos.
Desde mi posición podía sentir el sonido de sus besos arrebatados. Él, le sujetaba con ambas manos la cara, sosteniéndola con la maravilla que se admira un milagro; ella desabotonaba su camisa de abajo a arriba, dejando a la intemperie un torso definido y masculino, bien formado.
Qué extravagante es la vida, nunca había contemplado a un hombre desnudo y el padre Samuel iba a mostrarme todas sus inocencias.
Centímetro a centímetro, La Doña, fue retirando las prendas que entorpecían el acceso a la zona más casta a mantener por un ministro del Señor, y cuando apareció ante mis pupilas perplejas aquel pecado erguido, ahogué un grito de estupor. La mujer no tuvo remilgos en abandonar la boca hipócrita que, en la mañana, había impuesto penitencias a las confesiones de sus feligresas, para trazar con sus labios un rastro ardoroso derecho a calmar los latidos del miembro que acariciaba.
Mi cuerpo también se agitó expectante y acalorado, ardían mis mejillas y mis pulmones demandaban henchirse más veces y más profundamente.
La mujer se postró ante él, aún vestida, mostrando los hombros, lo único que le había dado tiempo a descubrirle. Alzó la mirada desde su posición, implorando ante aquel altar, relamiéndose ansiosa de mimar sus exvotos expiatorios, y seguido, repasó con su lengua la envergadura exhibida sin reparos. Ahí, mis pulmones se vaciaron. A la par, en mis entrañas principiaba un cosquilleo viciosamente agradable. Cuando ella le proporcionaba una caricia fálica intensa, un millar de sensaciones se originaban alrededor, equivalentes a una sinfonía tosca de jadeos, paladeos, chasquidos y palabras sensuales, que me llegaban amortiguadas, pero con la energía estimulante precisa para avivar mis hormonas donceles.
De repente, él, con voz ronca y excitada, rogó que se detuviera apartándole la cabeza de su intimidad, obligándola a levantarse. La observaba férvido, igual a un imaginero su obra sagrada, y fue desarropándola sin prisas, botón a botón, sosteniéndole la mirada. Ambos desnudos se tumbaron en la yerba poco mullida. Los besos eran furiosos, suculentos, delirantes… Mordía el cuello de La Doña, que se contorsionaba bajo la figura del pecado. Tomó sus senos cual lactante hambriento y, cuando creyó haber catado suficiente, siguió buscando otro oasis en donde saciar su sed. No tardó demasiado en emplazarlo. Situando su boca en los labios íntimos de la mujer, conseguía que gimiera retorciéndose sin control implorándole un receso. No cedía a sus súplicas, al contrario, su lengua repasaba los pliegues del deseo, hurgaba en su cavidad íntima y se centraba en saborear los jugos de la excitación femenina, inmovilizando sus piernas, exponiéndola de par en par ante él, absorbiendo sin retén la ambrosía ofrecida.
Mi inquietud se había convertido en agitación y el calor, en llamas. La ropa interior empezaba a impregnarse de fluidos desconocidos hasta aquel entonces, mi libido intentaba orientarme torpemente sobre los pasos a seguir, hasta que la pareja cambió los juegos orales por los carnales.
Ella, aún entre espasmos y convulsiones, recibía el primer envite. Se arqueó, él se mantuvo allí unos segundos y salió lentamente, para entrar de nuevo y repetir la operación, una y otra vez, torturándola por como imploraba y se aferraba a la escasa hierba.
Mi mano tomó la iniciativa al reptar por debajo de la falda. Estaba mojada, mi intimidad había cambiado al tacto, era más suave y más esponjosa. Las censuras me asustaban y palpaba con aprensión. Súbitamente todos mis escrúpulos se evaporaron junto con mis bragas, permitiendo a los dedos acariciar mi sexo, experimentando a darme placer sin más prudencias.
Con la falda por encima de las rodillas y con las bragas a la altura de los tobillos, escudriñaba la manera idónea de avezarme en énfasis a aquella fogosidad, ya no observaba a la pareja, verme a mí era asaz. Inesperadamente, una contracción más grata a las anteriores se manifestó imparable. Manipulé mi vértice de goce, ignoto hasta el momento, y aprendí a presionarlo con el vigor adecuado para obtener una sacudida en respuesta. Algo restallaba dentro licuando mi candidez púber, tornando mi inocencia en un flujo viscoso y tibio que resbalaba entre mis nalgas. Llevé los dedos empapados a la boca, curiosa en conocer mi sabor y aroma, sin dejar de dedicarle fricciones intensas al punto erógeno profanado, succionando mi índice instruida por la visión de La Doña hacía unos minutos, y sin darme tregua a mí misma alcancé el éxtasis.
Contuve los gemidos mordiéndome los labios por respeto a los adúlteros de fe y promesas, que, tras consumar, se regalaban arrumacos de amantes fieles.
Fui recomponiéndome sin causarles molestia alguna y, tan silenciosa como aparecí, me marché.
Mi cuerpo aún sensible acusaba los roces de la ropa, también el corazón bombeaba la sangre con prisa y noté mis pechos pesados y turgentes, entendí la necesidad apremiante de los imberbes compañeros de clase, siempre animando a alguna de las chicas populares a complacer sus instintos básicos. Sin embargo, no solo disfrutaba de ese hallazgo, la angustia también ocupaba su parcela en mí, conjugando ambas emociones en diferente proporción, y, con cada paso que me aproximaba a casa, la aprensión ganaba al gozo.
Mi madre estaría allí, entre sus miles de quehaceres, esperando mi regreso, pendiente del reloj. Con el tiempo había conseguido diez minutos de cortesía, vadear el viejo osario me regalaba alguno, pero el rato de lubricidad superaba al cómputo total. Deseé con ahínco que ella estuviera aquejada por alguna jaqueca, hecho probable, era una mujer víctima de sus propias decisiones irreflexivas, producto de su lengua perennemente dispuesta a señalar los defectos ajenos e incapaz de distinguir los propios.
Para mi descanso, nadie me esperaba, respiré con alivio, había temido delatarme al mal fingir no conocer sucesos reseñables, cuando mis ropas sucias y mis zapatos polvorientos argüían lo contrario. La casa estaba vacía, podía mudarme ajena a miradas recelosas o preguntas incómodas a las que contestaría mintiendo.
Evitando que una inspección ocular hiciera saltar todas las alarmas, saqué brillo al calzado y lo guardé bajo la cama. Con sigilo, crucé de puntillas de mi habitación al aseo y pasé el cerrojo.
Al desabotonar la blusa del uniforme y contemplar la imagen del espejo, me vi distinta, concretamente no sé qué habría cambiado, pero mi cuerpo me gustaba más que en la mañana o en la noche anterior.

#3

Repasé con suavidad la rosada aureola que al contacto recuperaba tersura y mis senos tomaron forma sugerente, apetecible. Acariciaba las protuberancias semejantes a fresas y las pellizqué, primero con tiento, luego con más crudeza. Un júbilo chocante, entre gusto y desagrado, conectó mi sexo. Desabroché la falda y hasta el sonido al caer fue provocador. Mis braguitas de algodón con blonda infantil, estaban sucias, con briznas de paja y restos de arena; aún húmedas, las bajé, lanzándolas de un puntapié a un rincón del baño y de nuevo examiné mi reflejo escandaloso, recobrando la exploración en donde la había dejado antes de descubrirme a mí misma. Entre más maltrataba mis indefensos pezones, más necesitaba escarbar en mi libídine e introduje el dedo corazón para notar el pulso en mi intimidad. Nuestro Señor fue hábil al dotarnos de tantos dedos en cada mano, logré jugar con mis claves del hedonismo a la vez, aprendí a satisfacerme en menos tiempo del que empleé en la invocación al Espíritu Santo.
Cuando mi familia regresó de sus quehaceres, yo había preparado la cena, puesto la mesa y esperaba acabando mis tareas escolares. Presentía que, si me observaban con detenimiento adivinarían mi intrusión en esos horizontes intemperantes. Así que opté por intentar pasar inadvertida. En principio no debería de ser una empresa difícil, en casa solo notaban mi presencia en caso de retrasarme.
La noche estuvo llena de sueños variopintos, situaciones inconcebibles y tentaciones insólitas, en donde un fraile, poseía mi cuerpo haciéndolo retorcer bajo sus hábitos de saco, desgarrando su pureza con mi total entrega.

#4

Ocupaba el pupitre doble distraída de las explicaciones del maestro, buscando entre los chicos alguno con quien poder dar el siguiente paso. Pensé que cualquiera estaría dispuesto a ayudarme a conseguir mi propósito. Sin embargo, en ninguno veía ese repunte de magia para lograr mutar la violencia de la penetración en placer, en lugar de ultraje.
Tras salir del instituto con los calcetines algo más caídos que de costumbre, sin pavores a entes etéreos mortificados, tomé el caminito deseando encontrar la misma escena u otra aún mejor. No fue así, el claro estaba huérfano de amantes deshonestos. ¿Me habrían descubierto la tarde de antes? ¿Tendrían otros horarios? ¿Serían pasiones fortuitas? Yo no disponía de experiencia para contrastar si la condición en la que se entregaban al deseo respondía a la depravación o al cariño. Lo más cercano al amor en mi vida, sin contar el fraternal, habían sido cuatro besos a un muchacho el último día de las convivencias del curso anterior, iniciando y finalizando el romance aquella misma noche, cuando no me vi dispuesta en conocer lo que ahora anhelaba.
Ya que estaba allí profanando los sagrarios de desleales con la contemplación, ¿por qué no hacerlo con el rastreo? Y, sin el menor pudor, me acerqué al lecho silvestre acolchado de inmoralidades. Pensé que encontraría la horma de sus cuerpos sobre la maleza, pistas de sus movimientos en la tierra amarillenta, una resonancia, un efluvio… Nada. Mi estrenada sed azarosa disoluta, manipulaba mi esencial gazmoña, haciéndome sentir defraudada, estafada en verdad, como si hubiera viajado a Perpiñán deseando ver películas salaces y proyectaran Sor Citroën. Acaricié el tronco del ciprés justo donde el párroco transgresor, se sujetaba el día pasado por tal de soportar la endeblez de sus piernas, ante el ungido salival de su María de Magdala particular. Ni el calor de sus palmas había prendido su corteza, ni la energía asiéndose en ella estampó un surco. Borrados los signos que avalarían mi obcecación como algo cierto, llegué a sospechar de un espejismo, hasta reparar en una tira rígida blanca y estrecha suspendida de un matorral.
Olvidado el alzacuello, ¿habría iniciado su secularización? Y pensando en su cuerpo, en lo que sabían hacer sus manos y su boca, supe quién hendería mi virtud. Recogí el salvoconducto dispensado y, dando saltitos infantiles con una alegría inusual camino a casa, fui trazando el método que me revelaría el placer de la degeneración y condenaría a mi alma con tan solo diecisiete años.
Tuve tiempo de meditarlo todo con precisión militar. Seguí mi rutina diaria regresando del instituto por el camino original, no era el momento de ser descubierta sin cumplir con mi obstinación. Todo se acaba desvelando y mi juego no iba ser una excepción, sin embargo, primero obtendría la recompensa y después, el Señor proveería.
La Doña, nunca iba a misa, otro motivo por el cual era criticada por el resto de vecinas. La trataban de atea, preocupada única y exclusivamente de mantener su belleza angelical intacta haciendo pactos diabólicos. Pobres mujeres de costumbres heredadas, orgullosas de sus insatisfacciones, exponiendo en corrillos femíneos su repulsión a la cópula… Me las imaginaba arrodilladas en el lateral del catre, rezando el rosario, misterio a misterio, pronunciando las jaculatorias y los avemarías, sin dejarse una cuenta, esperanzadas en no cumplir sus deberes conyugales. No, Palmira no rezaba, sin embargo, estaba más cerca de Dios, que ninguna de ellas.
Aquel sábado radiante, la primera visita era a su casa, me vestí con mi recatado traje de los domingos y mentí a mi madre con la excusa de ir a rezar a la ermita. No le sorprendió, no era la primera vez que la distraía esgrimiendo mi pasión por el Santo Cristo que moraba allí solo y desamparado. El embuste se sustenta de la confianza, y mi ficticia timidez garantizaba mi credibilidad, hasta entonces.
Toqué el timbre. Dediqué los segundos de espera a estirarme la falda. El alcalde no estaba, se pasaba prácticamente toda la mañana en la taberna del pueblo bebiendo y jugando a la brisca. A nadie le parecía insólito o inadecuado, a juzgar por su cargo. En aquella época la meritocracia no entraba en las premisas para optar a cargos públicos, ni la democracia tampoco.
El gesto de La Doña se traducía en asombro, aunque sonrió antes de invitarme a entrar.
—Buenos días, Ludi. ¿Qué te trae hasta mi puerta?
—No tengo intención de importunarla —mentí mientras ocupaba uno de los cojines del sofá—, aunque, como en el centro lúdico usted siempre está dispuesta a escuchar, me he tomado la libertad de venir a su casa.
—¿Y qué necesitas confiarme? —No podía asegurar si el deje era de burla, tampoco importaba demasiado, con total seguridad no iba a hablar una vez lo hiciera yo.
—Pues… —Estiré un poquito más del posado inocente—. ¿Usted cómo descubrió el amor?
—¿Te gusta un chico? —reformuló con simpatía.
—Ese es mi dilema, me atrae más observar a mis compañeras en el vestuario, que a los muchachos sin camiseta en el río. —Ahí levanté la mirada con tal de recoger la reacción a mi testimonio.
—¡Es anti natura! Las mujeres no yacen con mujeres. Ludi, has de ir a la casa de socorro, necesitas ayuda.
—Un cuerpo es un cuerpo, ¿qué importa lo que penda entre las piernas?
—¡Me hago cruces! Eres una niña. ¡Por el amor de Dios!
—Todas mis amigas están emparejadas como las cigüeñas. Yo, quitando estos cuatro granos, tengo un perfil bonito y un cabello denso. Soy esbelta, los chicos sí se fijan en mí…
—¿Y a qué viene contarme esto?
—Porque para saber qué cuerpo prefiero, es imprescindible probar.
—Te encerrarán en un manicomio, los invertidos no tienen cabida en la sociedad. ¿A qué agitarme el estómago con tus desvaríos?
—Porque quiero que hoy, ahora concretamente, lamas mi sexo como hiciste con Don Samuel hace unos días. —Ya no reía. Pertrechada tras sus manos, con una mueca indescifrable o aguantando una arcada, se arrellanó en el sofá asustada.
—¡Sal…!, —susurró apretando la mandíbula—, sal…, ahora mismo de mi casa.
—Bien, como guste. Aunque antes de regresar a la mía, pasaré por la tasca. Su marido tendrá las orejas bien despiertas…, las lenguas afiladas afirman que es mal cazador, sin embargo, a corta distancia, ¿alguien falla? —Palmira era de las pocas mujeres que llevaban gafas de sol en la comarca, por lo visto, tener cortos los brazos no era impedimento para disponer de una mano demasiado suelta, y escasos eran los maridos que no ejercían el uso de la violencia como lenitivo conyugal, y menos las mujeres que se revelaban ante el abuso.
—¡No, por Dios! Escucha, no te precipites… Deberías —se atragantaba razonando —, intentar encontrar a alguien con tus mismos deseos.
—Yo no sé si me satisfacen o no las mujeres, solo intento averiguarlo. Tú tampoco lo has probado…, ¿qué diferencia puede haber entre lavarle los bajos al cura o hacérmelo a mí?
—Eso es un acto ignominioso. Entre Samuel y yo…
—No me importa —fui tajante, no iba a dejarme arrastrar por sus súplicas. —Puedo asegurarte que los míos poseen menos usos.
—Por favor…, no me hagas esto —gimoteó.
—En fin, no voy a obligarte. Te recomiendo, escondas la llave del armero, sea que el alcalde venga borracho y con ganas de cazar… conejos.
Me levanté, recompuse los plises de la falda y me dirigí a la puerta, indolente. El objetivo era mellar su seguridad, no se movería de allí. Ella debía de elaborar su propio plan de huida.
—Ludi —el cambio de tono me sorprendió más que el de actitud—, vayamos a la habitación de los invitados…

#5

Ahora el juego iba en serio. Contemplar el renuncio no era opción. Había calculado mal todas las posibilidades, solo la supuse aterrada, escapando o escondida, pero accediendo a mi petición ficticia, no. Una mixtura de repulsión y pasmo se gestaba con cada paso, y mi mente depravada calibró eficaz la nueva situación. Ese extremo aún me acercaba más al objetivo origen de tanta perversidad, y, meditándolo fríamente, yo era mujer y me había dado placer a mí misma, no podía ser tan malo que otra con experiencia sexual, lo intentara.
Caminaba modosa tras ella. Sí, lo reconozco, tuve miedo, no obstante, en el trayecto del pasillo se religó con el morbo y, para cuando traspasamos la puerta del dormitorio, la combinación era tan homogénea, que determinar dónde empezaba uno y dónde acababa el otro se hacía imposible.
—Recuéstate en la cama y levanta la falda.
Obedecí. No me descalcé, subí sin preguntar los pies al lecho. Una reflexión errática recayó sobre la colcha de ganchillo, me preocupaba deteriorarla; duró poco, fue una angustia efímera y ridícula.
Ella, tomó mi ropa interior por las costuras laterales y la bajó hasta los tobillos. Su gesto era insondable mientras situaba ambas manos en mis rodillas, ponía en manifiesto lo curtida que estaba en cumplir repugnancias. Para La Doña, solo era una labor de tantas ingratas, como el veterinario metiendo la mano hasta el codo en el ano de una vaca o el ganadero extrayendo el semen porcino.
Abrió mis piernas como las alas una mariposa. Notaba mi estómago constreñido, sin embargo, mi sexo palpitaba expectante. No me miró en ningún momento. No me dedicó ni un breve vistazo de soslayo, se arrodilló ante mí, yo fijé mis pupilas en las vigas de madera, suponiendo controlar la respiración con ese método tan baladí.
Con dos de sus dedos, abrió la hendidura con cuidado, exponiendo las zonas más rosadas. Trazó una elipse alrededor de ellas y me estremecí con el contacto. Seguido, sin dedicarle ni un minuto a aquella caricia tan agradable, su lengua repasó en vertical desde la cúspide hasta la base y la introdujo al llegar al portal. Lamía con fruición, si había empezado con asco, ahora lo hacía con gusto. Me acercaba con cada lengüetazo al abismo de la lujuria, era imparable y más intenso a lo experimentado con mis dedos. Mi columna se arqueaba para comprimir sus labios, fundirlos con los míos, captar el chasqueo de su lengua en el recorrido, facilitarle cualquier tipo de roce o succión, exigiéndole intensidad con mis movimientos inexpertos. Y, justo cuando el éxtasis se apoderaba de mi ser perdiendo la retentiva y dominio de mis reacciones, miccioné. Estiré las piernas y ella se separó limpiándose la cara con las manos. Respiraba azarosa, excitada, no obstante, eludió cualquier observación al respecto.
A día de hoy, sabiendo todo lo que ya sé sobre sexualidad, juraría que, aquel chorro rápido y enérgico, no se trataba de orina.
—Ya sabes dónde está la puerta. Cierra al salir.
Se marchó de la habitación, y yo, aún con mi cuerpo sensible, coloqué mis bragas en su lugar, bajé la falda y me fui.
Palmira siempre fue una mujer fuerte, aunque de voluntad frágil.

#6

De regreso, el hormigueo persistía. Agradecí al Creador que la exaltación lasciva no se evidenciara como las embriagueces.
No fue casual dejar pasar el sábado sin más. Cuando determinas llevar a cabo sevicias sin escrúpulos, la condición es tomarse el tiempo preciso para no anudarse al cuello cabos sueltos con los que estrangularte. Debía de ser cauta. A mi manera, seguía creyendo en el bien y el mal, mi madre era muy dada a introducir al maligno incluso cuando ofrecía consejos, con lo cual, lo único que podía enviarlo todo al traste, era ese resquicio de respeto al castigo divino. Sin embargo, aquella noche solo la dediqué a revivir el frío encuentro con el apetito venéreo al que La Doña había sucumbido y yo había gozado.
El domingo me desperté llena de vitalidad y alegría. Aseándome con esmero, dedicándole especial mimo a mi pubis. No era demasiado tupido comparándolo con el de mi madre, aunque sí, más descuidado en la poda si lo equiparaba al de Palmira. Con tal de no desentonar, tomé unas tijeras y me deshice del excedente con una destreza desconocida.
Busqué entre mis ropas aburridas, un vestido de recato moderado, de colores puros para seguir engañando a los que creían conocerme, incluido a Don Samuel.
Me acicalé sin abusos y siguiendo las tradiciones cristianas, emprendimos la familia al completo el camino a la parroquia para misa de doce, yo satisfecha con el resultado, me observaba en los aparadores de las tiendas.
El padre apareció con su casulla verde. Aquel sayo le otorgaba respetabilidad, lo alejaba de lo mundano, probablemente si la prenda hubiera sido roja lo habría considerado un aviso. Recordando su cuerpo desnudo, repasé y mordí mi labio inferior, casi podía sentir el placer sin tocarle. Seguía los rezos de la doctrina católica cual autómata, sin reparar en lo que expresaban las oraciones, enardecida con el movimiento de sus manos, imaginándolas sobre mí.
En esas estaba cuando le escuché pronunciar mi nombre, estremeciéndome como si me hubiera soplado en la nuca.
—¿Sí? —el eco del templo aportó fuerza al hilo de voz con el que contesté.
—Sube al púlpito, he escogido una bonita lectura para la liturgia. —No era un hecho insólito colaborar en la misa, sin embargo, me sobresalté ante su requerimiento desbaratándome con su mirada de un azul espectral. Aceptando la invitación, me coloqué tras el pedestal intentando aclarar la voz disimuladamente.
—Sermón sobre el discurso del Monte 1, 9, 21:CCL 35, 22-23. Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos… —Leía sin prestar la menor atención a las palabras, procurando no trabarme, con seguridad y aplomo. Mi madre pecaba de vanidad y soberbia, levantaba el mentón para causar envidia a las vecinas, mi padre de bostezo en bostezo, de pereza. Yo, era pura lujuria —..., a vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.
¿Maligno? ¿Inocencia? Qué lectura más conveniente había sido aquella. De haberla sintetizado en su momento, ¿habría cambiado mi empeño? Probablemente no.
Mentí a los de casa de nuevo para poder llegar más tarde, supuse que para la hora de comer ya estaría de vuelta. ¿Cuánto se podría tardar en arrebatar la castidad a una virgen? Mis padres consumaban en contadas ocasiones, mi dormitorio daba puerta con puerta al suyo y, tomando como referencia de tiempo los estertores próximos a la muerte emitidos durante la coyunda, no se superaban los cinco minutos.
La iglesia volvía a estar vacía, el olor de la cera quemando era penetrante, aunque no desagradable y el ruido de mis pasos sonaba hueco e insistente. Fui directa al reclinatorio y uní las manos fingiendo rezar. No tardó un minuto en aparecer, ya con el típico traje negro y sin alzacuello.
—Hija, ¿qué se te ofrece? —Se sentó a mi lado, yo evité mirarle.
—He de confesar un pecado, padre.
—A tu edad cualquier descuido se considera travesura. A más, tu madre es muy celosa de tu moralidad.
—Sí, padre, su celo es opresivo, imagine, no me permite ni atajar por el camino viejo.
—Nunca son equivocados los consejos de quien bien nos quiere. A ver pues, cuál es esa falta que te aflige —reconocí el sarcasmo y me ofendió, procurándome el valor de encararle.
—No lo he cometido yo, estoy aquí para confesar uno suyo. —Comenzó a reír incontinente, con carcajadas que llenaban el espacio.
—¿Vas a devolverme el alzacuello, Luz Divina?
Su mirada inyectaba cristales de hielo que atravesaban mi carne como un cuchillo caliente en olla de manteca. Me había cuidado de no compartir con La Doña ese dato y que él lo conociera hizo saltar en mí todas las alarmas, sin saber los motivos.
Aquel contratiempo sumado a una sonrisa cínica y maula, paralizaba mi voluntad obscena, en tanto la del padre se manifestaba por segundos.
—Ay…, pequeña mentirosa… —Acomodó uno de mis mechones detrás de la oreja y acercó su boca—. Yo, al igual que Dios, lo veo todo, lo sé todo.
Su voz acariciaba mi oído, su aliento aceleraba los pulsos, el retumbo de sus susurros erizaba mi piel, arrepintiéndome de arrepentirme, recuperando el capricho que me había llevado hasta allí aquella mañana, y tuve la certeza de saber quién era y qué iba a suceder.
—Me has tentado —algo debía declarar en mi defensa—, yo nunca tomo esa senda.
—Yo no te llevé hasta allí, yo no te obligué a quedarte a mirar, yo no friccioné tu sexo hasta alcanzar el éxtasis.
Su mano había ido reptando desde mi rodilla hasta mis muslos por debajo de la falda, su tacto era abrasador y frío, un contraste pérfido que humedecía mi entrepierna.
—Pero…, tú orientaste mis pasos hasta ti.
—Oh…, pequeña, ¿te crees esas calumnias? —el tono era inocente, como el empleado con los niños—. Distorsionas la realidad, y no te culpo, hasta yo pensaría eso de mí mismo si aceptara todas esas habladurías que las almas podridas han vertido sobre mí.
—¿Y no son ciertas? —Mi candidez era el mejor escudo del que podía valerme y lo usé deseando que no fuera efectivo.
—Solo ayudo a que emerja el verdadero carácter, dulce Luz Divina.
Sus palabras eran fuego mientras sus dedos largos y hábiles se introducían entre la tela de unas bragas de puntilla que mamá no usaba por encontrarlas indecentes. Los desplazaba con suavidad arriba y abajo, sin introducirlos en mi cavidad íntima, que latía deseando percibirlos dentro. Tiré la cabeza hacia atrás y él aprovechó el acceso para pasar la lengua del cuello hasta mi oído.
—Si deseas que continúe solo has de pedírmelo, y yo, para hacerlo más íntimo, cerraré las puertas.
—Sí, sí quiero —fui contundente, sin dudas, ni tan siquiera sentí miedo cuando el pesado portalón de madera golpeó el quicio resonando por todo el templo, sin que él se moviera de mi lado.
—Es curioso, yo traigo la luz y tú la divinizas.
Musitó antes de cubrir con su boca la mía, mientras la base de su mano frotaba vigorosamente mi sexo palpitante…, mientras su dedo tomaba mis entrañas y su lengua ahogaba mis gemidos. Fue rápido llegar al clímax con tal ímpetu, sin embargo, que me contorsionara entre sus manos no le impidió seguir con su cometido. Se irguió del banco en donde estábamos y se encaminó hasta el altar, desabrochándose la camisa.
—Ven Luz, aún no hemos acabado.

#7

El deseo llama al deseo, juro no haber vuelto a admirar torso más poderoso, ni cuerpo tan tentador, por mucho que él insistiera en evadir su parte de culpa. Yo, cual polilla atraída al brillo de las candelas, obedecí con las rodillas inconsistentes y mi sexo chorreando.
—Ahora, mejor sin ropa. —Me sentía una marioneta en manos de un titiritero mañoso—. Puedes tocarme, no quemo.
Desabotonó el vestido con precisión de cirujano y lo sacó de mis hombros cayendo a plomo. No llevaba combinación y, como ninguno de mis sujetadores eran adecuados al momento, había prescindido de ellos. Mis pechos acumulaban la tirantez de la excitación y se mantenían erguidos. Los cobijó unos segundos con ambas manos, no se entretuvo más, y las bajó entrelazando los pulgares en la ropa interior mojada, acariciando mis piernas en el descenso. Expuesta ante él, miró con entusiasmo lúbrico mi pubis, y, arrodillado como estaba, introdujo su nariz aspirando mi aroma. Mis receptores del miedo deberían de haberme hecho temblar avisándome del peligro, sin embargo, lo único que me hacía vibrar, era el deseo urgido con cada lengüetazo propinado, con cada succión, con cada pellizco entre sus dientes.
Recuperé el apuro de estallar entre gritos, pero no me lo permitió.
Tomándome de las nalgas, me sentó en el altar, profanando el lienzo inmaculado que lo cubría, mordía mis muslos, para después besar mi vientre, hasta llegar a los senos y ofrecerles la atención que antes había descuidado. Pensé en las quejas de las mujeres al amamantar, él lo hacía en aquel momento y la sensación era únicamente de vivo éxtasis.
Me inclinaba y el roce de mi sexo con la hebilla del cinturón solo incrementaba mi lubricidad.
Sin dejar de succionar, percibí el silbido de la cremallera al bajar con apremio, exhibiendo su excitación. Alzó la cabeza y me observó con la mirada turbia, oscura, enardecida, y de un tirón certero situó mis nalgas en el borde de la mesa sagrada, me aferré a la representación de la Síndone por evitar caer. Él colocó mis piernas en sus hombros y asiéndome de las caderas, sin indicaciones ni advertencias se deslizó dentro con suavidad.
Noté un pellizco molesto que contrajo mis entrañas, y sonrió gozoso de su proeza al notar el respingo. Salió sin prisas y repitió la acción, esta vez no resultó incómoda, aunque el malestar al desgarrar mi inocencia, había frenado parte del clímax.
Apretó las manos a mis costados cuando percibió que mi deseo huía al encontrarse con el dolor, y, siguiendo su pauta de no informar, comenzó a poseerme a un ritmo frenético, de castigo, sin pausas ni calmas. Mi cuerpo bloqueó a los emisores de la aflicción y se arqueaba absorbiéndole en profundidad, anhelando percibir la tensión en el vientre que me transportaría al éxtasis más absoluto.
Entraba y salía y, con cada envite, un jadeo de brío brotaba de entre sus labios, enredándose en mis tripas que yo recibía enfebrecida. Ahí mi cuerpo tocó la cúspide y se contrajo entre los espasmos del placer jamás sentido. Él siguió en su propósito de satisfacer sus propias necesidades y se dejó ir dentro de mí. Fui testigo mudo de la fusión de su semen con mis fluidos y me sentí huérfana al abandonar su posesión.
Me observaba orgulloso de su proeza abotonando la camisa impasible, mientras mi sexo secretaba aquella aleación pecaminosa y rosada que teñía el blanco del paño. Sonriendo, fijó su mirada entre mis piernas y una carcajada heló mi regocijo, recordándome quién era el dueño de mi virtud y dónde la había perdido.
—Corre a casa, Luz Divina…, corre y disfruta honrada al saber que ahí dentro ha horadado Lucifer.
Me cubrí el rostro avergonzada, asustada, escuchando el eco de su risa malvada y fría. Cuando osé destapar mi cara, aún perduraba el repiqueteo jocoso entre paredes y columnas, pero él, ya no estaba allí, sin embargo, la pesada puerta doble estaba abierta de par en par.

#8

Me desperté entre sollozos, gimoteos y sudores fríos. Nunca en mi vida había sufrido una pesadilla tan vívida. Estaba exhausta, como si hubiera huido de algo toda la noche. El sueño impúdico me había llevado a experimentar un sinnúmero de orgasmos y placer incontrolado; por eso no había abierto los párpados, deseando alargarlo hasta la mañana, sin embargo, se estropeó al final y el pánico más espantoso se apoderó de mí al despuntar el alba, dejándome un sabor un tanto agridulce en la boca.
—¡Ludi! —Entró mi madre con una mueca de horror dibujada en su cara.
—Madre, ¿qué sucede?
—Una tragedia, hija. Se ha derrumbado la iglesia. Don Samuel y La Doña, estaban allí.
—Pero…, ¿cuándo ha sucedido?
—Antes de Laudes. La Paca, ya sabes cómo madruga para atender a los cerdos, les vio en la sacristía a través del ventanuco enrejado que da al jardín…, amancebados —expresó más repugnancia con el gesto que con la lengua—. ¡Dios se apiade de sus almas miserables!
No pude articular palabra. Tragué saliva, ¿qué otra cosa podía hacer? Desconozco sí Palmira murió sabiendo que el padre Samuel era Samael en esencia. Lamentablemente, al levantar las piedras hallarían el cuerpo de un sacerdote entregado a sus tentaciones, nada más.
Me tapé la cabeza con las sábanas, intentando descubrir hedor a azufre, creyéndome la pesadilla. La ropa únicamente olía al jabón Lagarto, Espliego y pureza. Suspiré aligerada. Debía de olvidar todas aquellas novelas eróticas que Margarita me prestaba y yo leía a escondidas antes de dormir.
—¡Luz! ¡Espabila! Debemos de ayudar al desescombro.
Estiró de la colcha y abandonó mi habitación con ademanes nerviosos.
Fue al sentarme en la cama, intentando desentumecer mi cuerpo, cuando percibí punzadas íntimas. Abrí el camisón y comprobé el reloj tatuado por unos dientes rodeando mi aureola y, aun sabiendo lo que iba a encontrarme, bajé mis bragas —todavía algo infantiles—, para certificar lo que entre magulladuras gritaba mi cuerpo.
Jamás encontraría a otro amante con sus virtudes, nadie igualaría sus destrezas. Me había desvirgado satán, y yo había gozado con él…, el resto de mi existencia, sería un devenir de pasiones fugaces, buscando su estela entre algunos ángeles y muchos demonios con menos talentos.
Errar sin destino tras su sombra…, tras su luz, se convertiría en mi perpetua penitencia.

Por Sònia A. Kirchen