carnaval
Rango5 Nivel 24 (667 ptos) | Escritor en ciernes
#1

Apenas empezaba a abrirse el mundo para mí y mis hermanos cuando sentí que me arrebataron. Escuché el ladrido de mi madre y el golpe que le asestaron. En seguida me lanzaron en el balde de una camioneta donde había otros de mi edad. Llovía y no teníamos cobijo. Empecé a llorar cuando ya no soporté el frío. Al detenerse el motor nos acurrucamos, mas enseguida nos alzaron de uno en uno para depositarnos en una habitación con heno. Me quedé inerme y al rato, como sonámbulo, recorrí el lugar hasta que encontré agua en una vasija debajo de un grifo. Me alivió beberla, después nos trajeron comida que no alcanzó para todos; tal vez éramos unos treinta. Sentí el estómago vacío y aullé añorando a mi madre. Todo era tan grande, las paredes… Entre la paja encontré algo que parecía comestible, me lo tragué. Por la noche traté de mendigar comida o cariño al guardia que traía las piltrafas pero me pateó …

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#2

Al día siguiente del encierro, el que parecía tener más tiempo allí, me dijo que no me preocupe por agua ni por comida; que tendríamos lo suficiente para sobrevivir hasta el día en que nos lancen al ruedo. No entendí qué quiso decir con eso. Dando vueltas por el espacio que nos detenía vi que debajo, en una de las esquinas, había una madriguera de ratas. Esa noche, una de ellas, la más gorda, se subió a la paca de heno donde yo estaba durmiendo. Pensé que me mordería pero el grito de otra le distrajo y se bajó; su cola dio con mi nariz.

Desde el primer momento en el cautiverio había estudiado la rutina de los guardias que nos alimentaban, siempre me escondía cuando llegaban con la bolsa de comida disecada. No me importaba quedarme con las sobras. Una tarde el guardia viejo se llevó a dos de los más grandes que gimieron cuando los agarraron. El que estaba junto a mí dijo que ya les tocaba ir al ruedo y que no los volveríamos a ver.
El sonido de las botas del guardia de turno me alertaba para ponerme detrás de la puerta y espiar el exterior mientras depositaba la comida. Ninguno de ellos se percataba si estábamos completos. Así que decidí escaparme la siguiente vez que los guardias entraran para alimentarnos.
Fue una mañana que, cuando el hombre se agachó para depositar el pienso en los comederos, con mi corazón saltando, me escabullí. Mas al ver varias construcciones rodeadas por un cerramiento alto no supe en dónde esconderme y me paralicé hasta que oí su grito ¡regresa estúpido! acto seguido sentí el dolor en mis costillas producto de las patadas con las que me devolvió al encierro. Me enrollé en el heno hasta que me pasó el dolor pero no las ansias de huir...


#3

Cada vez que el guardia entraba no perdía de vista sus actos, sus botas y la puerta. Si mis compañeros se arremolinaban hambrientos se demoraba más. Recién, al sonar metálico del cerrojo, me acercaba a la comida. En medio de la disputa conseguía atrapar algo que se les caía de los hocicos y hasta encontraba espacio para acercarme al platón y tragar varios bocados.
Una mañana recuerdo que soñé con mi madre; debe haber sido por el calor de otro compañero que se había acurrucado junto a mí. Cuando me moví, él despertó y se alejó.
El dolor que aún tenía en las costillas había mutilado mi valentía. Sin embargo, decidí que cuando me sintiera aliviado me escaparía. El día estaba oscuro cuando algo me impulsó a intentarlo otra vez. El guardia entró y las bisagras de las puertas se quedaron sonando. De inmediato salí mientras de reojo vi que los demás se arremolinaron y uno de mis compañeros voló un par de metros impulsado por la bota del hombre que derramó una de las bolsas de comida sobre el heno; maldiciendo con un grito. Afuera, el día se aclaró de golpe y mi corazón me obligó a tomar hacia la izquierda. Corrí varios metros y encontré un portón negro, grande de hierro, que estaba entreabierto por el que apenas pasó mi cabeza y luego mi delgado cuerpo café. En el interior me metí debajo de unos graderíos entablados y corrí hasta la esquina más alejada. Tiritando me pegué a la pared en un intento de desaparecer en ella. El ruido de mi jadear me parecía ensordecedor. Dejé de respirar cuando oí una voz alterada exclamando ¿quién dejó la puerta abierta del rodeo? Y tras, el sonido de la puerta cerrándose.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que sentí mi lengua chupada hacia la garganta. Intenté moverme para buscar agua pero, de nuevo, el chillido de las bisagras me detuvo. Vi los zapatos de una veintena de personas que entraron y haciendo tronar sobre mí los graderíos se sentaron para luego vociferar que se de comienzo a algo…

#4

El rincón donde me escondía parecía de hielo. Por una rendija del rodeo vi que uno de mis compañeros, encogido y embadurnado de sangre, daba vueltas en la arena. La gente se alborotó más hasta que dos canes corpulentos, uno negro y otro atigrado, que gruñían babeando, fueron liberados. Y lejos de atacarse uno al otro se abalanzaron sobre el indefenso y antes de esquivar la mirada vi que se dividían su cuerpo entre las guillotinas de sus mandíbulas, la gente avivaba el horror. Los animales perdieron el sentido con la presa para después lanzarse, mostrando sus inmensos colmillos, para atacarse. La gente festejaba bebiendo y comentando, hasta que el perro negro cayó presa de las fauces del otro y antes de que lo asfixie, un par de hombres, los paralizaron con descargas eléctricas.
No miré los siguientes episodios sólo oí los gritos de los espectadores y sobre estos los aullidos de las pequeñas presas antes de que se desmembraran sus cuerpos.

Al final cuando todos aquellos seres salieron sentí que el aire colmó por fin mis pulmones. La puerta quedó entreabierta porque una piedra la obstaculizo y pude dejar el lugar. Todo estaba ya oscuro…

Me escabullí siempre pegado a las hierbas de lo que alguna vez fue un jardín y que crecían abundantes junto a las paredes. En un momento se acabaron las paredes y salí a un patio amplió donde estaba la camioneta en la que habíamos llegado; era roja. Decidí esconderme bajo el motor que aunque apagado despedía calor. Así palié el frío de la primera nevada del invierno. Me desperté con los cantos de los negros mirlos y la claridad me permitió ver un desolador panorama: un cerramiento alto de color gris coronado con cables eléctricos y un portón negro de hierro que no permitía ver el exterior. Pensé que debía esperar tras una mata que estaba junto a la apertura del portón y deslizarme para afuera en cuanto se abriera. Poco tiempo después sonó el motor que abría el portón; esperé y vi otro auto rojo entrar. Antes de que la puerta se cierre por completo me deslicé al exterior. Ya afuera corrí hacia la derecha con el corazón agitado y sin mirar atrás. Cuando el cuello me latía como bomba y la lengua ya no podía salirme más bajé la velocidad y regresé a ver. Iba por un camino que bordeaba a un bosque; decidí internarme en él. Mas al intentar cruzar la vía oí el ruido de un automóvil y el chirrido de las llantas. No sé si me golpeó pero recuerdo yacer sobre el pavimento cuando vi unos zapatos pequeños y otros grandes a mi rededor. Luego con suavidad unas manos me elevaron y sentí el calor de un rostro sobre el mío…
Pobrecito está helado. Debemos abrigarlo, ¿tienes hambre pequeño? No parece estar muy golpeado. Mami ahora es nuestra mascota ¿cierto? No podemos abandonarlo. Bueno, pero debemos ser responsables con su cuidado. ¿Me van a ayudar con él en todo lo que les diga? Si. Si. Lo prometemos.
¿De dónde habrá venido?