Diecoke
Rango7 Nivel 30 (1431 ptos) | Autor novel
#1

Estos son unos años que confunden enormemente a la gente. La Gran Guerra hizo que el mundo cambiara, que lo joven estuviera bien visto. La fiesta, la imagen propia incluso la propia búsqueda de la propia inmortalidad física eran cosas que los jóvenes de entonces buscaban y anhelaban con gran entusiasmo.
Todo aquello estaba bien. El mundo sufrió una gran masacre y necesitaba olvidar aquel pasado de muerte y dolor, por eso la mentalidad mundial cambió. Yo en cambio, no olvidé aquellos años de dolor y sufrimiento. El ser humano fracasó como especia y llegó a su culmen con esta guerra. Yo no buscaba la inmortalidad, la juventud o el divertirme. Yo buscaba evadirme como especie, como ser humano. Fue entonces cuando mi vida cambió por completo y descubrí que no éramos nada dentro de la infinidad que es el TODO.
Todo comienza cuando salí de la universidad dirección a la Biblioteca Central. Ese día llovía más de lo normal y, ante la ausencia de transporte público, me tocó ir con mi humilde paraguas y unas hojas del periódico de la tirada de ayer.

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Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

La verdad que es una historia que tengo en mente desde hace tiempo. Ya tienes la segunda parte para que la disfrutes


#2

El viento soplaba en contra de mi izquierda, haciendo que la función del paraguas careciera de uso. Solamente el periódico de ayer me protegía mi cabeza de la enfurecida lluvia, en la cual se podía leer difícilmente, a causa de la tinta corrida, algunas noticias: “Se establece un nuevo gobierno en Italia, dirigido por Benito…”, “Se estrena en el Teatro Principal la obra el Rey Amar…”, “Las tensiones entre Francia y Alemania crecen” o “¿Es la mejor época para EE.UU.?
Todas aquellas noticias carecían de importancia para mí. El mundo se aceleraba en una espiral de autodestrucción, donde el placer, el poder y la farsa estaban a la orden del día. A veces pensaba que el mundo no estaba hecho para mí, o yo no estaba hecho para él. El mero pensamiento de aislarme de este lugar me tentaba más, pero por desgracia el mundo en el que vivo es cruel y no suele conceder los deseos que uno más anhela.
La Biblioteca Central se alzaba ante mí, imponente y medio difuminaba entre la penumbra de la de la lluvia. Solo una calle nos separaba. Fui a cruzar la calle y notaba como de repente el ambiente se secaba. No había lluvia, solo una superficie a mis pies de color plateado, como plata líquida. Frente a mí, una intensa luz amarillenta o naranja la cual ponía en contraluz lo que parecía ser una gran ciudad, o más bien su silueta. Tras recobrar mi vista, la luz se convirtió de nuevo en lluvia, el líquido plateado en asfalto mojado y la ciudad en un coche que me esquiva a la vez que toca el claxon y su conductor me propicia un insulto que no llego a entender.
Sorprendido y asustado, fui corriendo al interior de la biblioteca. Dejé mi paraguas en el paragüero de la entrada y tiré el descompuesto y mojado periódico a la basura. El ambiente seco de la Biblioteca Central se agradecía bastante, incluso llegabas a entrar en calor.
Los días metido en aquel lugar me reconfortaban y se me hacía muy cortos. Mis círculos de amistades eran muy pequeños, por no decir inexistentes, por lo que mi vida social era bastante pobre. De momento mis únicos compañeros en estos años fueron Allan Poe, Stoker o Stevenson entre otros.
Las horas se pasaron volando, leyendo mientras un viejo volumen ya desgastado y con las puntas muy dobladas de historias y relatos de Edgar Allan Poe. La poca luz que entraba por las ventanas desapareció, dejando paso a la más aterradora de las oscuridades.
La gente ya no estaba y la bibliotecaria puede que estuviera en alguna otra de las salas o pisos de la biblioteca ordenando cosas o mirando que no se quede ningún despistado o alguna pareja llena de lujuria.
En ese mismo momento, fui a dejar los libros que estaba leyendo en la estantería de libros a devolver. Recogí mis cosas y me dispuse a ir hacia la salida de la biblioteca.

Rompen las olas neblinosas a lo largo de la costa,
Los soles gemelos se hunden tras el lago,
Se prolongan las sombras
En Carcosa.

Las voces retumbaban en mi cabeza, cobrando presencia en mi mente cada palabra que escuchaba. No sabía si las voces venían de otros lugares del edificio o si finalmente me había vuelto loco. Giré mi cabeza hacia el interior de la oscuridad y no vi a nadie. ¿Sería la bibliotecaria? No puede ser, se oían más voces y excepto ella, no había nadie más. Podía ser una imaginación, así que me dirigí hacia la salida. Las puertas estaban abiertas de par en par y esa luz amarillenta o naranja volvía a aparecer. Era como si fuese de día en un lugar totalmente diferente. Cogí mi paraguas y como si estuviera hipnotizado fui directo hacia aquella luz que me transmitía la mayor paz que uno podía encontrar.
Nada más salir, una gota de agua cayó en mi cabeza, devolviéndome a mi realidad. Las farolas de la calle estaban encendidas, la lluvia aun persistía y el tráfico era menor que cuando llegué a la Biblioteca Central. En ese mismo momento sentía decepción y miedo pues lo vivido era algo que de verdad anhelaba, pero el mero pensamiento de volverlo a vivir me producía escalofríos del propio desconocimiento del suceso.
Volví rápido a mi casa. Tenía en mi mente aquella luz, aquellas formas… Necesitaba volver a verlo y a la vez no. ¿Qué era aquel sitio? ¿Por qué oí esas voces en la biblioteca? A lo mejor es algún trastorno psicológico de esos que había leído en algún libro de psicología, como por ejemplo esquizofrenia…
La noche se hizo larga. Aquellas palabras seguían dándome vueltas por la cabeza:

Rompen las olas neblinosas a lo largo de la costa,
Los soles gemelos se hunden tras el lago,
Se prolongan las sombras
En Carcosa.

Mis sueños eran de aquellos colores que vi en aquellas alucinaciones: plata, amarillo y naranja. Veía un lago, el contorno de aquella ciudad y las palabras flotaban en mi mente, como si estuvieran nadando en un mar de oscuridad y de colores cálidos a la vez. Pero una de estas destacaba más entre ellas: Carcosa.

#3

La noche la pasé mirando al techo maravillándome y horrorizándome de toda aquella aurora de colores que no paraban de aparecen y desaparecer. La mera presencia me asustaba ante el desconocimiento de lo que estaba ocurriendo. ¿Me estaría volviendo loco? La realidad de lo que veía era tal que me asustaba.
Intenté despejarme con una ducha, la cual no tuvo efecto. Intenté desayunar, pero no tenía hambre. La única opción que me quedaba era volver a la biblioteca. Hacía meses que dejé de ir a la universidad, pues no suponía un reto para mí, así que me pasaba los días leyendo libros en la Biblioteca Central y cuando era época de exámenes los hacía, aunque de vez en cuando, como ayer, iba a entregar algún trabajo.
Salí a la calle y el cielo estaba nublado, como si fuera a llover. Mientras caminaba por la calle con miedo pero a la vez ansioso de volver a aquel lugar, pues me transmitía todo aquello que anhelaba en mi vacía vida.
Con mi mirada al suelo, seguía caminando mientras estaba dentro de mis pensamientos. Carcosa, esa era la palabra que destacaba entre el resto en mi mente y aun no podía darle un significado. ¿Tal vez era aquel lugar? No dejaba de pensar en ello cuando entonces sonó un gran trueno.
El cielo nublado se llenó de rayos dorados como el oro. La tormenta eléctrica se podía ver por toda la superficie celeste, formando casi su propio sistema nervioso o circulatorio. Mi cara se quedó embobada mientras veía tal espectáculo hermoso y lleno de fuerza, cosa que la gente no apreciaba o no parecía ver.
Cuando llegaba a la biblioteca, me detuve en la calle de ayer, donde vi todo por primera vez. Un coche se aproximada a gran velocidad y cuando llegó a mi altura, todo su cuerpo se convirtió en un vendaval de arena y aire amarillo, volviendo de nuevo a su forma original.
Crucé la calle, cada vez más preocupado de lo que estaba viendo. Es entonces, llegando a la verja de la biblioteca cuando vi el horror. Como si de pequeñas luces amarillentas se trataran, logré ver a decenas de estas cosas entrar a la biblioteca. Eran como espectros, fantasmas que vagan con un único rumbo, ir hacia la biblioteca.

Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,
Y extrañas lunas giran por los cielos,
Pero más extraña todavía es la
Perdida Carcosa.

Me decían cuando pasaba al lado de ellos, sin mover boca alguna y mientras miraban al cielo, donde entre las grises nubes se distinguían dos formas brillantes y negras. Aquellos espíritus eran de todas las formas: humanos y humanoides, pero también los había de cientos de otras formas y razas, las cuales me causaban repulsión, horror y miedo. Todas ellas iban hacia la biblioteca y yo iba con ellas.

Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,
Y extrañas lunas giran por los cielos,
Pero más extraña todavía es la
Perdida Carcosa.

No paraban de repetir, palabras que resonaban y chocaban dentro de mi cabeza. Cada vez temía más aquel lugar que se me mostraba ante mí, pues era todo aquello que podía vencer la mente más fuerte del mundo.
La biblioteca ya no era la de siempre. Era un lugar solitario, luminoso y silencioso. Las viejas estanterías de madera pasaron a ser robustas y de una piedra jamás vista. Los libros apenas estaban todos encuadernados, dejando ver pergaminos y libros encuadernados de forma extraña que tendría más antigüedad que un eón.

Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,
Y extrañas lunas giran por los cielos,
Pero más extraña todavía es la
Perdida Carcosa.

Volvía a oír en mi mente. Y entonces me fije en el techo. La biblioteca era inmensa con una gran bóveda de cristal que dejaba ver el infinito cielo oscuro, con millones de estrellas formando constelaciones que jamás había visto y que se movía entrando por mis ojos y pasando a la mente.
Entonces corrí. Corrí para intentar buscar la paz que más ansiaba pero que ahora mismo no encontraba. Y es así como me choqué contra una de las gruesas estanterías y aparecí en la Biblioteca Central, respirando fuertemente y con lágrimas en los ojos.

Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,
Y extrañas lunas giran por los cielos,
Pero más extraña todavía es la
Perdida Carcosa.

¿Qué me estaba pasando?

#4

El dolor era horrible, pero era peor como estaba mi mente, mi cordura. Cada vez estaba convencido de que todo aquellos que estaba viviendo era tal real como el dolor que sentía en mi cabeza. La realidad, o por lo menos mi realidad, había vuelto. Las voces habían callado y la oscuridad de la Biblioteca Centras me rodeaba.
Unos pasos de acercaban a mí, pero era incapaz de reaccionar a ellos pues el miedo me paralizó. Un simple movimiento de cabeza y de ojos me permitían ver que era la bibliotecaria, la señora Chambers, la cual se acercaba apresurada a ver que me pasaba,
Me preguntó si estaba bien. Comentó que se me estaba hinchando la parte izquierda de mi frente, que era posible que me saliera un chichón. La verdad que la calidez y la cercanía de la señora Chambers me inspiró confianza y me tranquilizó, ayudándome a levantarme y coger mis cosas.
La amable señora me ofreció un té caliente de varias hierbas, el cual estaba delicioso y logró que mi mente olvidara por unos minutos toda aquella pesadilla que estaba pasando. Durante un rato estuvimos hablando de lo que me había pasado y sobre los libros que leía todos los días y sobre mis gustos literarios.
La conversación era bastante amena pero se interrumpió tras producirse un apagón de las pocas luces que quedaban encendidas en la biblioteca. Fue entonces cuando me di cuenta que había empezado de nuevo la tormenta, mucho peor que la de ayer.
Un trueno cayó e iluminó toda la estancia donde estábamos. Al hacerlo, durante una facción de segundos la señora Chambers no era ella. Era una masa de tentáculos y gusanos de gran tamaño formando una figura como humana cubierta por una túnica o harapos de color amarillo.
Salté de la silla al momento, saliendo corriendo del sitio mientras cogía rápido mis cosas y me tropezaba con toda silla posible. De fondo oía a la señora Chambers hablarme, pero sus palabras eran sordas para mi mente, la cual volvía a estar aterrada.

Los cantos que cantarán las Híades
Donde flamean los andrajos del Rey,
Deben morir inaudibles en la
Penumbrosa Carcosa.

Las voces volvían a mi cabeza y mi terror volvía a invadir mi cuerpo. Aquella situación era casi indescriptible para cualquier persona, pero una cosa era clara, la única forma de salir de aquello era corriendo como alma que lleva el diablo.
Salir de la biblioteca supuso un choque de frío y humedad por la gran tormenta que acaecía fuera. La calle estaba llena de agua de lluvia, de gente con sus paraguas y coches yendo de un lado a otro. Salí corriendo hacia ellos, sin abrir el paraguas ni nada, solamente mi miedo como protección.
Los rayos caía y sonaban todo el rato, sin dar tregua a mi mente que no paraba de oír aquellos malditos cantos.

Los cantos que cantarán las Híades
Donde flamean los andrajos del Rey,
Deben morir inaudibles en la
Penumbrosa Carcosa.

Mi carrera era continua y no sé cómo ningún no me había atropellado aun, pues mi vista solo estaba centrada en el frente, sin importan que más había a mi alrededor. Mi único pensamiento propio era corroer, correr para que todo desapareciera. Solo quería huir. Huir o morir.
Los rayos y truenos eran más fuertes. Mi ropa estaba empapada y el frío se me colaba hasta al más mínimo hueso del cuerpo. Tropecé y caí al suelo. La gente, extrañada, me miraba pero al momento pasaba de mí, mostrando aquella asquerosa indiferencia propia del ser humano.
Fue entonces cuando lo vi. Lo vi todo claro en ese momento. Fue verlo y me aterré para siempre. Alcé mi vista al cielo y vi de nuevo aquellos edificios que vi ayer. Entre ellos volaban unas criaturas con alas pero que parecían del jurásico. Y en medio de todo estaba él, con sus harapos amarillos. Lo comprendí todo.

Los cantos que cantarán las Híades
Donde flamean los andrajos del Rey,
Deben morir inaudibles en la
Penumbrosa Carcosa.

Ahí estaba el Rey Amarillo.

Romahou
Rango18 Nivel 88
hace casi 2 años

Como lo disfruto....

Sigo


#5

Sus harapos amarillos se movían al son del viento, marcando por encima toda su forma corpórea. Su cara, a simple vista, era inexistente. Como piernas tenía decenas de tentáculos que se movían a ritmos diferentes entre ellos. Era la visión de lo más bello y horrible que había visto en mi vida.
El Rey Amarillo alzó los brazos al cielo, mientras aquellas criaturas monstruosas volaban alrededor de él. Mis músculos estaban temblorosos a causa del miedo. Mis ojos no podían dejar de mirarle, asombrado y maravillado. Mi mente no sabía que pensar, pues aún seguía procesando todo lo que le estaba pasando.
Un rayo que cayó cerca de mí me hizo volver a mi realidad mental. Debía salir de aquel lugar de locura. Recobrando lo poco que me quedaba de mi raciocinio, me levanté y salí corriendo poseído por las ganas de salir de ahí. Al hacerlo, oí como aquellas criaturas gritaban y se acercaban a mí.
La desesperación me podía. Sabía que en cualquier momento alguna de esas cosas me acabaría atrapando y sería mi final para siempre. Mis piernas no paraban de moverse, de forma torpe, mientras intentaba salir de aquella ciudad.

Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,
Muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas
Se secan y mueren en la
Perdida Carcosa.

Las voces volvían a demoler mi cerebro con sus cantos de ultratumba. Las lágrimas, de desesperación me caía por la cara mientras notaba como el aliento de aquellas criaturas voladoras me daban alcance. Iba a morir.
Fue entonces cuando aparecí en la calle de mi ciudad. Me senté en un rellano de un portal de un edificio a llorar. La desesperación y el no saber qué hacer me provocaban un estado de impotencia que jamás había experimentado. Cada vez pasaba más tiempo en Carcosa. Mi salud mental en tan poco tiempo se vio gravemente afectaba y aun no sabía que quería de mí el Rey Amarillo. Mi cabeza se dividía en dos mundos, uno que desconocía y otro que odiaba.
Fui dando tumbos hacía mi casa, recordando las horribles pero bellas palabras que mi mente seguía reteniendo, mientras intentaba buscarle algún sentido. La lluvia se me calaba por todos lados, haciendo que tuviera frío y empezara a tiritar. Al menos mi casa estaba cerca.
Dejé mi ropa a secar cerca del fuego. Desnudo, procedí darme un baño caliente, intentando relajarme y por unos minutos olvidar toda la locura que estaba viviendo estos días. Cuando la bañera estaba llena, me fijé que el vapor del agua estaba por todos lados, dejando apenas ver mis alrededores. Mi mente creía que nada podía pasarme en mi casa, pues esta me transmitía seguridad.
Los minutos pasaban, mi cuerpo entró en calor y se relajó. Logré alcanzar un estado de relajación mental que me permitió llegar a dormirme. Mi respiración era pausada y tranquila. El calor y la humedad que desprendía el agua caliente me rodeaba como si estuviera en una especie de sueño propio.
Creía que todo había acabado, que por fin había encontrado la paz. Mis ojos estaban cerrados, todo era negro para mí. Entonces oí en el ambiente una respiración, muy sutil pero que se podía percibir. ¡Hay algo en el agua! Abrí directamente los ojos. Notaba como algo había entrado en la bañera. Por Dios, me había rodeado la pierna y notaba su viscosa textura y sus ventosas, como si fuera un tentáculo. Me incorporé rápidamente y vi que no estaba en el baño de mi casa.
El lugar era de piedra amarilla, eran como unos baños públicos romanos que estudié en mis libros de arqueología. Salí corriendo de la enorme bañera de piedra amarilla y salí, buscando algo para taparme.

Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,
Muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas
Se secan y mueren en la
Perdida Carcosa.

La voces volvían me chivarme donde estaba. Aterrado, sin encontrar aunque sea una toalla con la que taparme, empecé a deambular por aquellos enormes baños llenos de vapor. Volvía a estar en Carcosa.
Entre la neblina logré entre ver una figura oscura y borrosa por los vapores. Estaba quieta y suponía que me estaba mirando. Se estaba acercando a mí, como si flotara. Entonces se puso frente a mí y me ofreció la mano, como si me invitara a ir con él. Aun no podía ver quien era aquel ser y no me fiaba de qué hacer. Estaba paralizado del miedo, de lo desconocido. La oferta de aquel ser, aunque no pronunciara palabra, era como si me tentara. Con la mano temblorosa me acerqué a él y sin saber por qué, le di la mano, que al momento de estresársela, se transformó en tentáculos que me querían llevar con él.


#6

Aquellas cosas me agarraban fuertemente mi mano, retorciéndose por todo mi brazo y llegando a mi codo. Intentaba soltarme pero su fuerza era mayor y aquellos viscosos y horribles tentáculos intentaban llevarme con la misteriosa figura.
Empezó a arrastrarme. El suelo estaba tan mojarlo que resbalaba y mi cuerpo desnudo no podía aferrarse contra tal terrible destino que parecía aguardarle. Pataleaba desesperadamente intentando zafarme, pero mis esfuerzos se convertían en suspiros fuertes, gritos y llantos de impotencia y miedo. Mi mente sabía que no podía salir de aquello.
El vapor aún seguía por el ambiente y yo luchaba todo el rato por salir de esa. Las puntas de mis dedos estaban sangrando de intentar agarrarme sin éxito a algún lado para poder vivir, pero su fuerza era infinitamente superior a la mía.
Aquel baño parecía haberse acabado y el suelo ahora era áspero y seco. Me estaba raspando mi cuerpo y provocándome heridas que me escocían demasiado y aun así, no era lo que más me preocupaba, porque a cada paso veía mi destino más cerca.
El vapor poco a poco se iba disipando y tras de mi estaba dejando un pequeño reguero de sangre mía que iba dejando mi cuerpo de las múltiples y pequeñas heridas iba teniendo. Mis ojos estaban rojos de las lágrimas que estaba soltando y mi voz quebrada de los gritos de desesperación que iba soltando en aquel infinito camino que estábamos recorriendo.
Llegamos a unas escaleras de piedra amarilla, pulidas y brillantes hacía que se asemejara al oro. Aquella criatura no dudó en subirlas sin importarle mi integridad física. A cada escalón que subía, para mí era una terrible tortura: golpes, cortes y algún hueso roto era la factura que me hacía pagar aquel ser del horror.
Cuando llegamos arriba, entrado como a una especia de gran salón con grandes vidrieras que dejaban pasar aquella luz típica de Carcosa que se fundía con la arquitectura de piedra amarilla de la ciudad, creando como un todo unificado. Era lo más bello y horrendo que mis ojos habían podido presenciar en toda mi vida, pues su propia existencia ya me parecía antinatura.
Él estaba ahí, sentado, en un gran tono de aquel material amarillo que estaba por toda la ciudad. Aunque no podía percibir sus ojos, sé que me observaba fijamente, analizando todo lo que hacía. Por otro lado, la otra criatura me soltó, cayendo yo del todo al suelo. Mi cuerpo se liberó y pude ponerme como mínimo de rodillas. Volví a mirar al Rey Amarillo, ahí sentado mientras me miraba. Demasiado tiempo estaba pasando ya en Carcosa, cosa que mi cuerpo y mi mente sufrían por ello.
El Rey Amarillo se levantó y alzó los brazos. Volví a mi casa, exactamente fuera de la bañera, en el pasillo que daba a la habitación de mis padres. Me levante, con sufrimiento y dolor y me dirigí hacía su habitación.

Rompen las olas neblinosas a lo largo de la costa,
Los soles gemelos se hunden tras el lago,
Se prolongan las sombras
En Carcosa.

Mis pasos eran cortos. No me importaba estar desnudo. Ya nada es este mundo me importaba.

Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,
Y extrañas lunas giran por los cielos,
Pero más extraña todavía es la
Perdida Carcosa.

Entré en la habitación de mis padres. Se habían ido, o eso supuse, así que no había peligro de que me descubrieran.

Los cantos que cantarán las Híades
Donde flamean los andrajos del Rey,
Deben morir inaudibles en la
Penumbrosa Carcosa.

Fui a la mesa de noche de mi padre, saqué su vieja pistola y me quede arrodillado en el suelo. Entonces volví al lugar más hermoso y horrible del mundo.

Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,
Muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas
Se secan y mueren en la
Perdida Carcosa.

Carcosa me volvió a llamar y el Rey Amarillo se quedó mirándome. Estaba de rodillas en el suelo con la mirada perdida. Abrí mi boca y puse el cañón de la vieja pistola de mi padre en ella. El pulso no me temblaba y puse el dedo en el gatillo.

Mi alma sería inmortal,
El sufrimiento se acabaría para siempre,
En la horrible y en la bella
Carcosa.

Jose_Mierez
Rango13 Nivel 64
hace casi 2 años

Pantalla en negro y aplausos. Me gusto mucho.

Ichabod
Rango10 Nivel 49
hace casi 2 años

Perfecto. Me ha encantado y ese toque Lovecraft que mi mente intuye... Maravilloso @Diecoke

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

@Ichabod soy un gran lector de Lovecraft y fan suyo. Si revisas otros relatos, menos el primero que escribí, son basados en el universo creado por el maestro de Providence. Me alegro que te haya gustado

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

@Jose_Mierez me alegro que te haya gustado. Es un género que disfruto mucho escribiendo

Romahou
Rango18 Nivel 88
hace casi 2 años

Ovación

Esa mezcla de oscurantismo
Guiño pistolero
Lenguaje

Grande!

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

Muchas gracias @Romahou seguiré con más relatos inspirados en el universo del maestro de Providence

Romahou
Rango18 Nivel 88
hace casi 2 años

Sin pausa
Yo continuaré leyendo entonces

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

Llevo uno empezado sobre Egipto. A ver cómo evoluciona

Romahou
Rango18 Nivel 88
hace casi 2 años

Déjame tu correo electrónico, quiero enviarte una propuesta de certamen que te va a interesar, todo lovecraftiano...

WitcHeart
Rango8 Nivel 36
hace casi 2 años

Wow! Me he quedado sin palabras @Diecoke. Me ha encantado, de verdad ;)

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

@WitcHeart me alegro que te haya gustadom es de las que mas me gustan de las que he escrito