SaKirchen
Rango3 Nivel 11 (119 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

La primera vez que la vi, estaba de espaldas, observando las ramas desnudas del castaño centenario que presidía el patio del instituto. Caía sobre ella una llovizna leve, sin embargo, por como chorreaba su melena cobriza y ondulada, debía de llevar en plan contemplativo un buen rato.

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#2

Acababan de trasladar a mi padre a la Academia Naval de Maryland, y a mí me tocaba aterrizar a mitad del último curso, con todos los estragos que aquellos cambios originaban en el carácter de un adolescente, ya por sí exaltado; que había dejado en Florida a familiares, amigos y a Suellen, la capitana de las animadoras, colmada de virtudes físicas de las que me había empezado a beneficiar hacía relativamente poco. Describir el malestar con el que emprendí la mudanza me resultaría complicado, casi imposible.
Aquella mañana llegaba con tiempo de sobra. Aparqué mi precioso coche deportivo europeo, regalo compensativo de mis padres, alejado de las miradas curiosas, y el resto del trayecto lo hice caminando cabizbajo, con la capucha encasquetada, liándome un pitillo, enfadado con todos y por todo, ¡no era justo cómo me estaba tratando el mundo!
Ya en las instalaciones del centro, recuerdo apoyarme desganado en una de las columnas que sostenían el porche de la entrada trasgrediendo la norma de no fumar en el recinto, y me sacudí el agua del anorak. Fue ahí cuando reparé en ella.
Su ropa era inapropiada para la época del año en aquel Estado. Tan fina y tan mojada, que se apreciaba su silueta equilibrada y esbelta. Sentí la extraña necesidad de conocerla y prestarle abrigo, a pesar de no demostrar el mínimo síntoma de padecer frío.
Mientras bajaba las escaleras, lancé el cigarro al suelo sin molestarme en apagarlo —ya se encargaría la lluvia de hacerlo—, y me quedé un paso por detrás de ella.
—Hola, ¿se ha encaramado el gato a la copa? —con el saludo pretendí mostrar mi lado gracioso y amable, o lo que, para mí en aquel momento, era lo más cercano a un acto cordial.
—No —fue tajante y vehemente.
—¿Te puedo ayudar? —negó moviendo el cogote—, soy nuevo por aquí, me llamo Dries.
—No, Dries «El Nuevo», ahora no necesito tu ayuda. —Hoy sé, que no interpreté aquella frase final de manera adecuada o no le di importancia.
—¿Cómo te llamas?
Sus dotes comunicativas brillaban por su ausencia, sin embargo, el halo de misterio del que se rodeaba me atraía como un insecto a los jugos de una planta carnívora.
Di un paso más y me situé a su lado, aquel gesto propició que volteara la cabeza y dejara de observar el enorme castaño viejo y ajado, del que solo pendían algunos erizos vacíos, yermos o podridos.
Aún percibo como el asombro se apoderaba de mí por entero. En mis impúberes diecisiete años de aquel entonces, nada había logrado tal grado de fascinación, y haciendo una reflexión consciente, tampoco nada lo haría después, de hecho, a partir de aquel instante, la belleza siempre iría asociada a su cara de rasgos delicados y perfectos y, sobre todo, a su sobrecogedora y penetrante mirada violeta que parecía emitir destellos.
—Dries «El Nuevo», mañana no vengas al instituto —yo, no había recibido mi respuesta y su tono era insondable, como sus gestos. Sin embargo, me hubiera pasado allí admirándola el resto de mi vida.
—¿Por qué? —todavía me pregunto cómo fui capaz de hablar.
—Tú eres Dries «El Guerrero». —Sí, que fuera preciosa, no era aval de andar bien del piso cimero.
—Genial…, ¿y tú quién eres?
—Alguien a quien una vez conociste.
Alzó la mirada de nuevo hacia el árbol, estiró sus brazos para acariciar la corteza y un par de segundos después, arrancaba a correr en sentido contrario a las puertas del centro con una gracilidad extraña. Hubiera jurado haberla visto levitar, pero el cigarrillo iba aliñado y también podía deberse al efecto de aquel alucinógeno liviano.
No fui capaz de moverme de allí, incluso tras desaparecer de mi visión. Y sin entender los motivos concretos de su fijación, me dediqué a observar la copa del vetusto castaño.
Precisar el tiempo que empleé en aquella estupidez le costaría a mi memoria, sé que escapé de la catarsis gracias al movimiento del resto de estudiantes hacia el edificio principal.
Seguía impactado por ella y sus enigmáticas señales de arcano, y, por escapar del embrujo, determiné que, muy probablemente, debería de estar puesta hasta las cejas de droga, y de ahí su expresión jeroglífica.
Calado hasta los huesos, regresé a casa sin tan siquiera pasar por recepción a presentar los documentos para el ingreso en las clases.
Aquella tarde, después de la monumental bronca de mis padres, me encerré en la habitación, y, recordando a la muchacha de cabello largo engarzado al cuello y chorreando por la espalda, con la ropa adherida a la piel similar a un concurso de camisetas mojadas y a sus bellos rasgos fuera de lo común, di estreno a mi habitación desahogándome como cualquier adolescente de cualquier época. El resto de la noche me persiguieron sus ojos.
El despertador no sonó al día siguiente. Resucité sobresaltado por el timbre del móvil gritando improperios, a golpe del heavy desgañitado de un grupo de amigos, y el susto fue mayúsculo cuando en el dial el número de mi padre parpadeaba con insistencia. Descolgué alterado, preparándome para otra bronca épica al haberme dormido eludiendo mis obligaciones.
—Dime. —Por el ronco de mi voz, pudo imaginar en qué estadio del sueño me hallaba al descolgar.
—Dries, ¿estás bien? —El tono entrecortado y espantado de mi padre me confundió.
—Sí, ¿debería de estar mal?
—¿Dónde estás? —Y el desconcierto sustituyó la angustia anterior.
—En casa, papá… me he sobado.
—¡Dios, Dries! ¡Bendito sea tu inconformismo rebelde! —exclamaba aliviado, sin tintes mordaces.
—¿Qué sucede, papá?
—Esta mañana, ha caído el castaño del jardín del instituto sobre el porche del edificio principal. Hay muchos heridos y están por determinar el número de víctimas mortales… ¿Dries?
—Dime —farfullé.
—Ha sido providencial que te quedaras en casa… podrías ser uno de esos chicos.
—Sí, ha sido una suerte —respondí con desdén, absorto en mi propia conmoción, sin valorar el azar como socio de mi estrella.
—Llamaré a tu madre antes de que se entere por los medios y entre en pánico.
Me dejé caer en la cama y cerré los ojos aturdido por la noticia. Admitir afectación ante lo sucedido era exagerar, aunque noté cierta sensación de zozobra sopesando la posibilidad de que, de no toparme con la muchacha, podría formar parte de la crónica de sucesos. Al abrirlos, captó mi atención un pequeño dibujo en una de las vigas. Me puse de pie encima de la cama, esperando encontrar algo abstracto que les diera sentido a los sucesos acontecidos en las últimas veinticuatro horas, pero no era nada más que el nudo de la madera.
Tanto misterio trastornaba mi lógica y me burlé de mí mismo considerándome un sumo imbécil.
No recordaría nada de esto con tanto detalle, de no descubrir semanas más tarde, cuando todo empezaba a recuperar algo de normalidad, en la misma viga, dentro del mismo nudo y por alguien ducho en la escritura con cálamo, la frase:
Dries, el guerrero.

#3

Scheiße! Otro día más despertando a media tarde completamente desubicado. Llegué a pensar que los malditos jet lag acabarían conmigo, sin embargo, el hombre como cualquier organismo dinámico a todo se acostumbra.
Llevaba pocas semanas establecido en Frankfurt am Main o Mainhattan, conocida así por su verticalidad y semejanza a la ciudad de las ciudades, y no mentiré, me gustaba todo excepto el idioma, que ya había empezado a practicar a base de maldiciones, pese a que en este país parecían estar en desuso.
Había aceptado la oferta de Lufthansa, principalmente por el sueldo y un sinfín de mejoras contractuales incluidas en él a modo de cacahuetes. Podría añadir mil motivos más en donde apoyar mi determinación, sin embargo, el más consistente respondía a la necesidad de mediar distancia entre mis oídos y las recriminaciones incesantes de mi padre, incapaz de comprender por qué el hijo de un marine estadounidense, escogía la aviación civil en lugar de la militar.
Por lo tanto, dentro de las pequeñas incomodidades con las que convivía, en cuanto a comunicación y costumbres, disfrutaba del entorno y de las ventajas que mi uniforme, unido al porte, obtenía sin esforzarme demasiado y, sobre todo, sin dar explicaciones, cosa que odiaba profundamente.
Lloviznaba, algo de lo más habitual en aquella latitud, el pronóstico de precipitaciones era de mañana y tarde, y optabas por no salir sin impermeable o paraguas al tercer día de vivir en él, ni para sacar la basura.
Me habría propuesto visitar Stuttgart, de hecho, lo tuve en previsión desde la primera semana después de instalarme, sin embargo, el universo se oponía con firmeza, enviando tareas e imprevistos que trababan mi determinación a conocer el museo contemporáneo, que mi asesor financiero durante el tiempo que residí en Philadelphia, me había aconsejado visitar encarecidamente.
Parte de tanta postergación se debía a la pereza de conducir durante algo más de dos horas hasta el destino, sin embargo, decidí no retrasarlo más, por eliminarlo de la lista de cosas culturales obligadas socialmente a cumplir.
Salí de la ciudad sin entusiasmo, las rutinas horarias alemanas eran semejantes a las americanas más conservadoras, a pesar de que en ambos países la globalización ya les obligaba a variar sus usos y adecuarlos al de los turistas, y por eso no me planteé la posibilidad de llegar y encontrarme el museo cerrado, como así fue.
Con tal de estirar las piernas y disimular el ridículo de verme empujando la puerta trabada, opté por dar un paseo y valorar la edificación fumándome un pitillo.
—Pensé que el ritual del humo correspondía a tiempos pasados. —Me volteé como si hubieran activado un resorte, buscando una voz que me perseguía martilleando mis fantasías. Y la descubrí apoyada en un roble cuyo tronco era imposible rodear con los brazos.
Soy incapaz de recordar, si tiré el cigarro o lo fumé de una intensa calada, sé que desapareció de entre mis dedos y no lo eché en falta.
—¿Nos conocemos? —Yo sí, pero preferí jugar al despiste.
—Dries, Dries, Dries… —se burló y acompañaba la sorna con una sonrisa de suficiencia que achicharró mis neurotransmisores—, sé que me sueñas. Prueba, reformula.
—¿Cercenarás también este árbol para impresionarme? —Lo reconozco, tuve miedo y sus carcajadas no suavizaron la sensación.
—¿De veras piensas que influí en los elementos para provocar aquella tragedia? —Jugaba conmigo, atravesándome con sus pupilas violáceas.
—Sí. —Se apartó del tronco. Sostuve la respiración y la orina, suerte de que mi próstata era joven, me fascinaba y asustaba su presencia en la misma medida.
—Tienes razón, lo hice. —En ninguna inflexión de su voz se reflejaba remordimiento.
—¿Por qué? —Tras aquella revelación, confieso tuve pánico de cagarme encima, igual a la mañana que descubrí mi nombre tallado en la madera.
—Es mi trabajo, como lo fue un día el tuyo. —¿Sería una tarada psicópata obsesionada conmigo? ¿Se habría arrepentido de haberme avisado?
—¿Mi trabajo? —determiné no saber más, estaba desequilibrada, y, si era capaz de tumbar un árbol centenario acariciándolo, a mí podría pulverizarme en dos pestañeos sobrándole uno—. Hace mucho de eso, si para el mundo fue un infortunio, yo seguiré callado.
—¿Crees que me importa? —era altamente embriagador el aroma que desprendía, seductor el tono que empleaba, desquiciante su mirada y aterrador el halo de misterio que la acompañaba. Podría haberle dado un empujón y salir corriendo como una nenaza, siempre he creído que una retirada a tiempo es una victoria, sin embargo, múltiples sirenas mentales alertaban de lo poco que iba a servir huir a pie.
—No, es evidente. ¿Por qué me buscas? —Puestos a morir, como mínimo conocería los motivos.
—¿Buscarte? Dries, siempre sé en dónde hallarte. Eres tú que no sabes distinguirme.
—Oye, ¿qué quieres? ¿Te debo algo? —su frialdad era exponencial a mi histerismo.
—La vida… ¿te parece poco? —Su expresión se tornó sombría. Nunca se me dio bien entender el discernir de las mujeres, descifrarlo en aquel instante acompañado por el miedo y teniendo en cuenta que no regía, era inútil.
—¿Y me acosas para que te dé las gracias?
—No, Dries.
—¿Entonces?
—Tu tiempo se ha agotado.
Avizoré un destello sobrecogedor en su mirada púrpura. Aquella afirmación me paralizó, iba a morir a manos de un delirio adolescente que había cambiado mi percepción sobre el atractivo femenino, siempre graduando a las demás con su rostro y su físico perfecto; un semblante y unas formas quiméricas, para nada del mundo real. No supe identificar la paradoja, no era momento para filosofías de cabecera, debía de utilizar mis últimos minutos en el mundo para desesperarme, suplicar, pensar en los míos y aceptar que no tenía elección. Qué patético me vi agarrotado de pies a cejas.
Me acarició con ambas manos la cara, con sus pulgares cerró mis párpados y susurró en mi boca: «ha llegado el momento de que el guerrero gane la guerra.»
Puedo certificar que nada hay más dulce al ósculo de la muerte. Un beso que absorbió mi energía suavemente, languideciendo mis músculos y articulaciones, arrebatándome el hálito y lo más agónico, deseando que sus labios no se separaran de los míos ya inertes.
No opuse resistencia a que acabara con mi vida, no apelé al recurso de la segunda oportunidad, no imploré a Dios orando la salvación, no invoqué a Satán cediendo mi alma para conseguir unos pocos años más… Me limité a permitir que cumpliera su cometido.
El tiempo mientras mueres es impreciso, sin embargo, hay un punto de inflexión, un momento en el que sabes que todo ha tocado su fin y fue ahí, en ese intervalo, cuando abandonó mis labios, me tomó de las manos e inclinó la cabeza a modo de saludo reverencial.
—¿Quién eres? —pregunté a sabiendas de estar ofreciéndole mi último aliento.
—Ariadne, la guardiana.

#4

Si nadie se había preocupado nunca en prepararme para la muerte de terceros, para la mía, menos. Desconozco si para el resto de la humanidad el deceso, sería tan placentero como fue el mío, no obstante, por temor a abrir los ojos y encontrarme en el averno, seguía estirado allá en dónde estuviera, prolongando una inconsciencia profunda fingida, sin considerar que, para el Señor o el Diablo, duchos en descubrir embustes, estaba de más mi teatrillo. Incluso, podrían esperar alguna manifestación por mi parte, y no tardando revelarían su impaciencia, por muy eterna que la eternidad sea.
A mi alrededor no se percibían movimientos ni ruidos de cacharreo, ni pasos, ni gente murmurando, solo, y de tanto en cuanto, una mano acariciaba mi rostro cubriéndome con una tela ligera y delicada. Debía de estar sin duda en el paraíso.
—¿Vas a despertar, Guerrero? —¿Tenía opción? Desconocía si el avituallamiento era necesario en el período límbico. Decidí abrir los ojos, con miedo a la luz, con miedo a todo.
—¿Dónde estoy? —mascullé aturullado, la imagen devuelta por la retina de mi asesina, era la que yo recordaba de las vestales.
—En tu casa. Estás de nuevo en casa. —Sus dedos rozó mi mejilla. Nunca un toque tan sutil logró hacer despertar tantos órganos en mí simultáneamente.
—Permíteme que lo dude. —¿De dónde nace el valor cuando uno está muerto?
—No, no te lo permito. —Empezaba a entender el roll, yo era observador pasivo y ella, la imagen del deseo, la Madame. No me importó.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Puedes. —Hice por incorporarme. Aproveché el momento para observar a mi alrededor e identificar en dónde me hallaba. Recordé fugazmente las ilustraciones de la Divina Comedia, definitivamente no tenía pinta de infierno, aunque de bóveda celeste, tampoco.
—¿Estoy muerto?
—¿Tú qué opinas? —Al parecer, no estaba diseñada para contestar sin reformular, y no, no debía de estar muerto, porque notaba el pálpito de la rabia cabalgando hasta la sien.
—¡Hablemos claro! ¿Qué mierda hago aquí? —Me destapé descubriendo todos mis encantos masculinos, alzándome del lecho sin pudor. Ella ni se inmutó. ¿Quién me habría desnudado? Cabía la posibilidad de ser lo usual al cambiar de estado vital, al no haber estado muerto antes, no disponía de referentes comparativos.
—Tuve la esperanza de que volverías a recordarlo todo… —No acababa de confiar en su belleza sobrenatural, ¿dónde estaba escrito que no pudiera matarme otras veinte veces más? —te ayudaré.
Se acercó sin vacilación, ataviada con una etérea túnica que poco ocultaba, estiró su brazo y desprendió un broche que sujetaba la tela a su hombro. Quedará en mi memoria para la posteridad el sonido de la prenda al deslizarse de su cuerpo semejante a una escultura en alabastro.
Qué intemperante es la voluntad del hombre ante la belleza; el recelo quedó relegado a un reducto difuso en los recovecos de mi cerebro lascivo y no quise preguntar nada más.
Un paso nos separaba, un paso que no di, solo la atraje con rudeza hasta soldarla a mi pecho, y fui yo quien buscó sus labios como un sediento lanzándose a un caño de agua.
Sí, la muerte sabía a gloria, su boca era el maná prometido, nuestras lenguas trenzaban danzas antiguas de fuego y deseo, en tanto mis dedos se ensortijaban en su cabello sedoso.
¿Cuándo comprendí que su sabor ya lo había degustado? ¿En qué momento mi tacto recuperó la dulzura de su piel?
¿Mientras nuestros cuerpos se entregaban? ¿Mientras me ofrecía sin reservas las mieles de su pasión? ¿Cuándo, febril, poseía su intimidad haciéndola mía? ¿Cuándo sus caderas acompasadas a mi pelvis se movían impulsadas por el frenesí del éxtasis más absoluto?
Solo sé que mi memoria olfativa, táctil y gustativa, despertó a la visual, y con ella, todos los recuerdos adormilados desde hacía demasiados siglos turbaron parte del momento. No era nuestra primera vez, como tampoco era la primera vez que acababa con mi vida.

#5

Había luchado en tantas guerras patrias que no sabría mesurar cuánta de mi sangre estaba en otros, ni cuánta de los otros se mezclaba con la mía. Las misceláneas de credos, promovieron la pérdida de espiritualidad, las épocas gloriosas en que los dioses nos protegían, habían acabado y ninguno consideró descender de su pedestal agradecidos por mi entrega a la causa. Si ya no disponía de motivos para blandir mi espada servil a sus favores, en breve moraría en los prados Asfódelos, si es que existían.
Regresaba a casa entrada la noche, cabalgando desganado, oculto del cielo, nunca se sabe cuándo Zeus podía enviar un rayo de castigo.
Súbitamente un halo espectral cruzó ante el morro de Airon, que alzó las patas delanteras imprevisible.
Descendí de su grupa y seguí con cautela el rastro de la estela que la luna reflejaba.
No podría atestiguar si disponía de pies, de tenerlos, no rozaban el suelo, sin embargo, su silueta era hermosa y sus cabellos flotaban ingrávidos y gentiles. Se detuvo y yo até las riendas de mi caballo a una rama, con tal de conseguir aproximarme sin ser visto, aunque tuve la certeza de que sabía que estaba allí, observándola.
—¿Dries? —No fui capaz de mover un músculo de mi cuerpo—, Dries… acércate, necesito tu ayuda.
Su voz era sugerente, musical y balsámica, un canto de sirena que me obligaba a salir de mi escondrijo.
—¿Quién sois? —Me acercaba con más curiosidad que gallardía, demostrando cuan sencillo era perder la vida por pura estupidez.
—No temáis, estoy de vuestro lado… —Poco a poco, tomó ante mí forma su rostro, y jamás ya hubo otro para mí.
—¿Cómo conocéis mi nombre?
—Dries, El Guerrero, Afrodita te tiene en gran estima —¿Afrodita?, la diosa de la lujuria, esa sabía protegerse sola—, ella me envía, desea que te rescate, te aparte de la decrepitud de esta era insalvable hasta que el mundo y los dioses, vuelvan a necesitarte.
—¿Y cómo pensáis protegerme, mujer? —Descortés, sonreí ante la inocencia de sus palabras, Afrodita me enviaba el deseo a modo de guarida. Se hallaba en lo cierto al señalar el escaso valor que se le otorgaba a la lealtad y a la osadía.
—Espolea a tu caballo, dale libertad, ya no precisarás más de su grupa y su galope. Nunca encontrarás mejor cobijo que mi cuerpo.
—Quién eres.
—Ariadne, La Guardiana.